San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 19 de julio de 2024

San Expedito nos enseña a vencer las tentaciones del Demonio

 




         Como todos sabemos, a San Expedito se le apareció el Demonio bajo la forma de un cuervo negro y lo comenzó a tentar, diciéndole que postergara la conversión para “mañana”, pero San Expedito, alzando la Santa Cruz en alto, dijo en voz alta: “¡Hoy!”, es decir, “¡Hoy me convertiré y no mañana!”.

         En nuestros días, el Demonio también se manifiesta, pero no como cuervo negro, sino bajo la Nueva Era, que tiene a su vez muchas maneras de manifestarse. Algunas de estas son: la numerología, los viajes astrales, las hadas, los duendes, el coaching, la piramidología, las devociones neo-paganas como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, que es el Demonio en persona; los ángeles de la Nueva Era, llamados Azrael, Uzbel, etc.; las sectas como los umbandas, los espiritistas; el ocultismo, el satanismo, la brujería, la Wicca o brujería moderna; amuletos como la cinta roja para la envidia, el ojo turco, la mano de Fátima, el árbol de la vida; la adivinación; el tarot, los mal llamados “juegos”, porque no son juegos, sino invocaciones de espíritus de muertos o de demonios del infierno, como el Charlie-Charlie, el juego de la copa, el juego del espejo, el tablero ouija, Mary blood o María sangrienta; la antroposofía, la metafísica, la gnosis; las ideologías anticristianas como el comunismo, el socialismo, el marxismo ateo, el ateísmo, el liberalismo; las guerrillas subversivas armadas; el narcotráfico, los atrapasueños, los libros de auto-ayuda o auto-control, que prescinden de los sacramentos, de la gracia, de la Iglesia y de Jesucristo; la masonería; el yoga, el biomagnetismo, la biodecodificación, la bioneuroemoción; las misas negras, el budismo, la magia oriental y asiática; el esoterismo, la cábala judía, sectas falsamente católicas como el Centro Mariano Aurora, muy presentes en internet, vestidos como católicos, pero con lenguaje y mensaje de la Nueva Era, anticristiano; los ovnis, los chamanes, las ciencias ocultas y muchas otras manifestaciones anticristianas y satánicas.

         Frente a todas estas manifestaciones demoníacas, hagamos como San Expedito: levantemos en alto la Santa Cruz de Jesús y pidamos a Nuestro Señor Jesucristo ser iluminados por su gracia y su Verdad, para no caer en las tinieblas del error, de la herejía y de las sectas.


jueves, 13 de abril de 2023

Beato Mártir Padre José Eugenio Serra Meliá

 


El Beato Mártir Padre Serra.


Vida de santidad.

Don José Eugenio Serra Meliá nació en Llaurí el 20 de Marzo de 1898, el día siguiente de la fiesta de San José, de quien tomó el nombre. Su padre Avelino Serra, era agricultor y su madre, Salomé Meliá, ama de casa. En 1911 ingresó en el Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José, en Valencia, para cursar Latín y Humanidades, continuando la Filosofía y la Teología en el Seminario Conciliar de Valencia. Fue ordenado presbítero en 1923. Regentó las parroquias de Millares (1923-1924), Sempere (1924-1926) y Benimodo (1926-1934). Su último nombramiento fue como párroco de Carpesa: allí estuvo desde el 1 de diciembre de 1934 hasta el verano de 1936.

En Carpesa fundó la rama de hombres y jóvenes de Acción Católica, se dedicó con gran empeño a la catequesis de niños, visitaba frecuentemente a los enfermos. También destacó por su gran dedicación a la música, como modo de dignificar la liturgia. Tocaba el armonio, compuso diversas piezas musicales y fundó un coro parroquial. Muchas de las canciones que Don José enseñó todavía siguen cantándose en las celebraciones eucarísticas de su Parroquia. Fue Don José quien inició el rito de la “Descoberta” con motivo de la fiesta de la Virgen de los Desamparados. Él enseñó las poesías que en ese día proclamaron los niños de Carpesa, como aquella que en mayo de 1935 fue recitada ante la imagen de la Virgen de los Desamparados y que concluía diciendo:

“Viva la Virgen María,
 Madre de los pecadores.
Viva Carpesa que te envía
 De tu fiesta y las flores”.

Aún se conservan el Sagrario y las estampas del Vía Crucis que adquirió para el Templo Parroquial. Alguien le indicó que ese nuevo Vía Crucis quizá fuera pronto destruido, a lo que respondió relatando la historia de un Obispo que se vistió sus ornamentos solemnes para esperar a la muerte.


El Padre Serra, antes de su ingreso al seminario.


Así recuerda su figura el sacerdote hijo de Carpesa Don Jesús Martí Ballester: “Su apostolado más intenso lo enfocó en dignificar el culto por medio del canto, para lo que formó un grupo de jóvenes cantoras que, con sus frecuentes ensayos, muy costosos y meritorios porque ninguna sabía solfeo, lograron grandes y admirables progresos, llegando a interpretar piezas a varias voces, incluso las Misas de Haller a dos voces, la del maestro Lorenzo Perossi y el “Exultate justi in Domino” salmo a varias voces de Ludovico Grossi. También Trisagios, Villancicos y un extenso repertorio. Me encargó comprar los dulces para el refrigerio con que agasajó al Coro Parroquial el día final de las Cuarenta Horas, después de haber celebrado con gran solemnidad y éxito los Trisagios de los tres días y la procesión por la calle. Era pues generoso con quienes colaboraban con él. Era muy querido. Su conversación era muy amena, por su gran sentido del humor. Dignificó en gran manera las celebraciones e incluso encargaba a otros sacerdotes que le sustituyeran en el altar para poder él dirigir el coro y acompañarlo al armonio. Lo recuerdo en la sacristía iniciándonos a los seminaristas en la predicación, hallazgo de los textos bíblicos y comentarios, por ejemplo, sobre la antífona: “El justo florecerá como la palmera”, enseñándonos a hacer nuestras propias interpretaciones y reflexiones”.


La estola sacerdotal del Beato Padre Serra.


Iniciada la Guerra Civil, fue acogido durante una temporada en casa de Antonio Estellés y Vicenta Martí, en Carpesa, tiempo que aprovechó para salvar diversos objetos de culto. Las imágenes, los ornamentos y el archivo parroquial fueron casi totalmente destruidos. Los altares fueron derribados, mientras que el Templo Parroquial fue convertido en almacén y garaje. Con todo, pudieron salvarse algunas imágenes, como la de San Pedro o la Virgen del Rosario. También se pusieron a salvo otros objetos de culto, la Cruz Parroquial, el Lignum Crucis, la Custodia Eucarística, el Sagrario, las estampas del Vía Crucis o las coronas de la Virgen de los Desamparados y de la Virgen de Agosto.

En este punto es importante recordar cómo Don José consiguió proteger la reliquia de los Santos de la Piedra que se venera en nuestra comunidad parroquial. Don Vicente Gil Martí, sacerdote hijo de Carpesa, en una carta que se conserva en el Archivo Parroquial, recuerda cómo Don José Serra se sirvió de un hijo de Carpesa y cofrade de los Santos, Germán Cuñat Badía (Germán el ric) que vivía en Valencia junto a su esposa, propietaria del Teatro Ruzafa. En Valencia fueron puestas a salvo, y allí pasaron el enfrentamiento bélico. Y una vez finalizada la contienda, regresaron a la Parroquia. De esta forma, el Padre Serra se convirtió en el mártir que salvó la reliquia de los mártires.


El Cáliz de ordenación sacerdotal del Beato Padre Serra.



En estas difíciles circunstancias, Don José Serra fue protegido por toda la población. Incluso en Carpesa se guardaron algunos de sus objetos personales. En la “Alquería de Chusa” se escondieron los cuatro tomos del breviario de Don José, un copón pequeño y el cáliz de su primera misa, que fueron devueltos después a su familia.

Don José regresó a Llaurí, su pueblo natal y allí fue obligado a trabajar en un campo de secano lleno de plantas espinosas, teniendo que arrancarlas con sus propias manos. Muchas noches era despertado por los milicianos, que le recordaban que su fin estaba cerca. Días antes de su muerte, enseñó a su hermana la fotografía de unos milicianos disparando contra sus víctimas, y le indicó: “¿Ves hermana? Así moriré yo”. A los suyos les dijo: “Me persiguen. La furia antirreligiosa podrá quitarme la vida, pero jamás la fe. El martirio llevará mi alma a Dios”.  Ante la persecución a sacerdotes, respondió: “Así me salvaré: siendo mártir”.

Era consciente de cuál podía ser su final. De hecho, en una carta que remite desde Llaurí a Roque Cortina Bellver sin firma ni dato identificatorio alguno (debía cuidar la seguridad del receptor de la misiva) se hace evidente el peligro que corre. Así, jugando de una forma sutil con las palabras, Don José escribió: “Si la censura lo permite, voy a escribir una noticia alarmante; y es que, por estos parajes, apenas ya si quedan ratas. No porque no haya grano que roer, sino porque abundan muchos gatillos”.

El 10 de Septiembre de 1936 fue llevado esposado a El Saler (Valencia) y, perdonando a sus enemigos, fue asesinado mientras exclamaba: “¡Viva Cristo Rey!”. Tenía 38 años de edad.  Murió junto con otros tres sacerdotes de Llaurí: el beato José Toledo Pellicer, Tomás Peris Rubio y su primo Baldomero Rubio Meliá.

La comunidad parroquial de Carpesa sigue conservando en la memoria las cualidades que le caracterizaban: buen humor, gran piedad dulzura de carácter, bondadoso, amable, humilde, sincero, trabajador incansable, siempre contento. Fue un hombre enamorado de su vocación sacerdotal, que vivió entregado totalmente a sus feligreses.

El 3 de junio de 2004, el Sr. Arzobispo de Valencia inició su proceso de canonización. Ya había escrito Tertuliano a inicios del siglo III, cuando las persecuciones del Imperio de Roma, que la sangre de los mártires es semilla de cristianos: “Sanguis martyrum, semen christianorum”.

Si la Iglesia del primer milenio nació de la sangre de los mártires la misma sangre de los mártires sigue siendo una llamada a la coherencia y a la fidelidad para la Iglesia del tercer milenio.  El martirio de los Santos Abdón y Senén, el martirio del Siervo de Dios Don José Eugenio Serra, son llamadas a vivir el Evangelio con toda su grandeza. Y para ello contamos con la ayuda inigualable de nuestros mártires.

 

ORACIÓN

Oh Dios, gloria y corona de los mártires,
Que escogiste para el sacerdocio ministerial
a tu Siervo JOSÉ EUGENIO SERRA MELIÁ 
y le concediste asemejarse a tu Hijo
en una muerte como la suya, 
te pedimos alcanzar por su intercesión
las gracias que ahora te suplicamos
y verle glorificado para  bien de tu Iglesia.
Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
María, Reina de los Mártires, acoge nuestra oración.

         Mensaje de santidad.

         Dentro de las grandes virtudes naturales y sobrenaturales del Padre Serra podemos destacar, por un lado, el amor a Jesucristo, Rey de los mártires, puesto que el Beato Padre Serra, que ya había entregado su vida a Cristo, a través del sacerdocio, ahora lo hacía nuevamente, esta vez por el martirio. En la historia de la Iglesia, hay ejemplos de quienes recibieron la gracia del martirio, pero la rechazaron: el Padre Serra es un gran ejemplo de cómo aceptar esa gracia, que implica un don grandísimo, porque a cambio de dar la vida terrena por Cristo, Nuestro Señor nos purifica completamente con su Sangre y así el alma ingresa triunfante en el Reino de Dios.

         Por otro lado, el mensaje de santidad del Padre Serra podemos encontrarlo en algunas de sus frases, las cuales nos dejan maravillosas enseñanzas. Por ejemplo, cuando días antes de morir le muestra a su hermana una foto de milicianos comunistas disparando contra fieles laicos: el Padre, lejos de atemorizarse, le dice a su hermana, con serena alegría: “¿Ves hermana? Así moriré yo”. Podríamos decir que el Padre Serra nos enseña una gran entereza ante la muerte, pero todavía mucho más importante que entereza ante la muerte, lo que nos enseña el Padre Serra es que el martirio es una gracia que el Señor Jesucristo concede a quienes ama con predilección, porque con esa muerte, la muerte por Cristo, el alma ingresa en la vida eterna del Reino de los cielos directamente, sin pasar un segundo por el Purgatorio. La gracia martirial es un don tan grande que, si nos diéramos cuenta de lo que vale, besaríamos las manos de nuestros verdugos -en el caso de recibir esa gracia- porque son el instrumento divino que la Providencia nos envía para entrar en el Cielo bañados en la Sangre del Rey de los mártires, Jesucristo.

Otra de sus frases es la siguiente: “Me persiguen. La furia antirreligiosa podrá quitarme la vida, pero jamás la fe. El martirio llevará mi alma a Dios”. Al ser perseguido, el Padre Serra se configura plenamente con Cristo, quien fue perseguido por el Ángel caído (cfr. Ap 12, 6ss) desde el momento mismo de la Encarnación, en persona y también a través de hombres malvados como Herodes y como los escribas y fariseos, quienes finalmente lo condujeron al patíbulo de la Cruz: al igual que Cristo, el Padre Serra fue perseguido por hombres malvados al servicio de Satanás, los integrantes del Partido Comunista, y finalmente fue ejecutado. Y del mismo modo a como el Rey de los mártires, Cristo, pasó de este mundo al seno del Padre a través del martirio de la Cruz, así el Padre Serra, imitando a Cristo y unido a Él por la gracia y la fe, pasó de este mundo hacia la vida eterna, por medio de la muerte martirial.

Otra frase suya es muy significativa, esta vez acerca de la certeza de la salvación eterna por medio del martirio: “Así me salvaré: siendo mártir”. El Padre Serra sabía que si moría mártir, dando testimonio de fe en el Hombre-Dios Jesucristo, salvaría su alma y es así, porque es doctrina de fe de la Iglesia Católica que el mártir, es decir, el bautizado que da su vida por Jesucristo, es llevado inmediatamente luego de su muerte al Cielo; en otras palabras, no solo no está en mínimo riesgo de condenación, sino que no pasa por el Purgatorio ni un segundo, porque la participación en la muerte martirial de Cristo en la Cruz le borra toda culpa y pena que pudiera tener al momento del martirio y así ingresa directamente al Reino de Dios. El Padre Serra era consciente de esta gracia y por eso la acepta con toda alegría en su corazón.

La última y más significativa frase es la que pronuncia el día de su ajusticiamiento, el 10 de Septiembre de 1936: es llevado esposado a El Saler (Valencia) y perdonando a sus enemigos, es asesinado mientras exclamaba: “¡Viva Cristo Rey!”. De esta manera, el Padre Serra se configura a la perfección con Jesucristo, puesto que, por un lado, muere imitando a Cristo, perdonando a sus verdugos -antes de morir, Jesús perdona a quienes le quitan la vida: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”- y por otro lado, al mismo tiempo, muere aclamando a Cristo, el Hombre-Dios, como Rey –“¡Viva Cristo Rey!”- y esto se corresponde con la realidad de Nuestro Señor Jesucristo, Quien es “Rey de reyes y Señor de señores” (cfr. Ap 19, 16). Y ahora, por la eternidad, lo aclama junto a los ángeles y santos del Cielo.

Al recordar al Padre Serra, le pidamos que interceda para que perseveremos en la Santa Fe Católica y en las obras de misericordia todos los días que nos queden en esta vida terrena; además, le pidamos que interceda para que, en estos tiempos en los que el Dragón -el comunismo-, la Bestia semejante a una Pantera -la masonería intra y extraeclesial- y el cordero que habla como dragón[1] -el Falso Profeta- parecen coordinar sus esfuerzos para “la última persecución a la Iglesia Católica” (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, num. 675). Padre Serra, intercede por nosotros, para que, por la Misericordia Divina, lleguemos un día al Reino de los cielos, para adorar al Cordero de Dios por toda la eternidad.



[1] Cfr. Ap 13, 11.

miércoles, 20 de abril de 2022

San Expedito vence a la tentación con la Cruz de Cristo

 



         San Expedito era un soldado romano, pagano, que en un determinado momento, recibió una gracia especial, la de conocer al Salvador, Jesucristo. Es decir, San Expedito era pagano, lo cual quiere decir que adoraba a falsos dioses, a ídolos de piedra y barro, que no son otra cosa que demonios que se ocultan detrás de esos ídolos; sería el equivalente al Gauchito Gil, a la Difunta Correa, a San La Muerte y a tantos otros ídolos demoníacos más de nuestros días. Como Dios lo amaba mucho a San Expedito, no quería que siguiera viviendo su vida de pagano, una vida de ocultismo, de esoterismo y de prácticas oscuras y por eso le envió la gracia a su alma para que conociera a Jesucristo.

         En ese mismo instante se apareció el Diablo, en forma de cuervo negro, para hacerlo caer en la tentación, para que San Expedito desperdiciara la gracia de conocer a Jesús y siguiera su vida de pagano, de idolatría a falsos dioses. El Diablo revoloteaba alrededor de San Expedito diciendo: “Cras, cras”, que significa “mañana, mañana”, incitando a San Expedito a que postergara para mañana su conversión a Jesucristo. Pero esto es un error, porque no sabemos si vamos a vivir mañana, es decir, no sabemos si Dios nos llamará ante su Presencia esta misma noche, por lo que sería temerario de nuestra parte dejar pasar una gracia actual, como la que recibió San Expedito.

         El santo se encontraba en una encrucijada: por un lado, había recibido la luz de Dios que le concedía el conocimiento de Jesucristo como Salvador de los hombres; por otro lado, estaba la tentación del Demonio, por la cual no era que rechazaba totalmente a Jesucristo, pero lo postergaba para “mañana”, lo cual significaba el gran peligro de no llegar a conocer nunca a Jesucristo, si rechazaba la gracia y Dios lo llamaba al Juicio Particular.

         Estando en ese dilema, el santo, que tenía la Santa Cruz de Jesús en sus manos, elevó la Cruz en lo alto y dijo, ayudado por la gracia: “Hodie”, que significa “hoy” y después dijo: “Hoy y no mañana dejaré la oscuridad del paganismo para abrazar el cristianismo; hoy y no mañana abandonaré a los ídolos demoníacos para amar y servir a Jesucristo; hoy y no mañana dejaré de ser esclavo del Demonio para ser libre con la libertad de los hijos de Dios; hoy y no mañana dejaré de cumplir los mandamientos del Demonio, para cumplir y vivir los Mandamientos de Dios”. Y fue así que, ayudado por la Santa Cruz de Jesús, San Expedito venció a la tentación. Como devotos del santo, hagamos el propósito de imitarlo en su lucha contra la tentación, abrazando la Santa Cruz de Jesús.

viernes, 19 de febrero de 2021

San Expedito y su lucha contra el Demonio


 


         San Expedito era un soldado romano pagano, es decir, que no conocía a Jesucristo y por lo tanto adoraba a ídolos falsos. Un día, recibió la gracia de conocer a Jesucristo como Hombre-Dios, como el Salvador de la humanidad. Pero antes de que pudiera contestar a la gracia, se le apareció el Demonio bajo la forma de un cuervo negro, quien lo tentaba diciéndole que se convirtiera, sí, pero que lo dejara para “mañana”, es decir, que aceptara a Jesucristo, pero no hoy, sino mañana; hoy podía seguir en su vida de paganismo, de atracción por las cosas vanas de la tierra y mañana sí podría aceptar a Jesucristo. Es sabido, porque así nos lo reveló Nuestro Señor Jesucristo, que el Demonio es el “Padre de la mentira”, por lo que lo que le proponía el Demonio era falso, porque nadie puede saber si amanecerá vivo al día siguiente: el Demonio lo que le proponía en realidad era que continuara en la vida de pecado, en la vida de pagano, en la vida de adoración de ídolos falsos, en la vida de la seducción por los placeres terrenos.

         En este momento, San Expedito se enfrentaba a una encrucijada en su vida: por un lado, había recibido la gracia de conocer a Jesucristo como a su Salvador; por otro lado, el Demonio lo tentaba para que pospusiera su conversión, dejándola para otro día, para que continuara con su vida de pagano. San Expedito debía luchar contra la tentación, detrás de la cual se encontraba el Tentador de la raza humana, el Ángel caído. Entonces, San Expedito, que tenía la Santa Cruz en su mano, recibió la fuerza de Jesucristo desde lo alto, desde la Cruz y, con esa fuerza divina, levantó la Cruz en alto y dijo: “Hodie”, que significa “Hoy”, al mismo tiempo que aplastaba la cabeza del cuervo-demonio que, inadvertidamente, se había acercado hasta los pies de San Expedito. Al decir “Hoy”, San Expedito quería decir: “No mañana, sino hoy me convierto a Jesucristo; no mañana, sino hoy, ahora, en este momento, digo “no” a la tentación, digo “no” a las obras del Demonio, digo “no” a la oscuridad del paganismo, para abrazarme a la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesús”. Por su celeridad en responder a la gracia, es que San Expedito triunfó sobre el Demonio y se convirtió en el santo de las causas urgentes.

         Hoy el Demonio no se nos aparece como un cuervo negro, sino disfrazado de los colores del arco iris: se nos presenta bajo la ideología de género, bajo la cultura de la muerte, haciendo creer que el aborto y la eutanasia son derechos humanos; se nos presenta bajo ideologías anti-cristianas como el comunismo, que aplastan los derechos de Dios y persiguen a los cristianos; se nos presenta bajo falsas ideas de hacer de esta tierra un paraíso terreno por medio del ateísmo, del materialismo, del hedonismo; se nos presenta bajo la religión del Anticristo, que es la Nueva Era, en donde se practica el ocultismo, el satanismo, la brujería y toda clase de ritos demoníacos. Al recordar a San Expedito en su día, le pidamos que interceda por nosotros para que tengamos la misma fortaleza ante la tentación y la misma celeridad en decir “no” al Tentador y decir “sí” al Salvador de nuestras almas, el Hombre-Dios Jesucristo.

lunes, 1 de febrero de 2021

Santa Águeda, virgen y mártir

 



         Vida de santidad[1].

         Santa Águeda provenía de una familia noble de Catania, Sicilia; además, poseía una gracia y belleza naturales. Sin embargo, nada de esto le importaba a Santa Águeda: para la santa, su tesoro más valioso y el objeto de todo su amor no estaba en la tierra, porque la santa sólo amaba a Jesucristo y deseaba con ansias que se acercara el momento en que podría encontrarse con Él, en la vida eterna. esta oportunidad se presentaría con ocasión de la perversión de un senador romano llamado Quintianus quien, con el pretexto de la persecución del emperador Decio (250-253) contra los cristianos, la tomó prisionera, pretendiendo poseerla para él, con la intención de satisfacer sus bajos instintos. Pero todos los esfuerzos del senador por seducir a Santa Águeda fueron inútiles, puesto que la santa ya había consagrado su amor y su virginidad al Hombre-Dios Jesucristo, al unirse esponsal, mística y sobrenaturalmente a Jesús y su decisión era tan firme, que estaba dispuesta a dar su vida terrena antes que renegar de Jesucristo, algo que efectivamente se cumplió poco tiempo después. Al verse rechazado en su intento de seducir a la santa, el senador Quintianus no se dio por vencido y la entregó en manos de Afrodisia, una mujer malvada, con la idea de que esta la hiciera caer en el pecado carnal y en la apostasía a Jesucristo, por medio de las tentaciones del mundo, aunque esto también fracasó, debido a la firme decisión de permanecer fiel a Jesucristo que demostraba Santa Águeda. Entonces el senador, dejándose llevar por la ira, cambió de estrategia y en vez de intentar seducirla, ordenó que la santa fuera cruelmente torturada, llegando a ordenar que le amputaran los senos. Es famosa respuesta de Santa Águeda: “Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?”. La santa fue consolada con una visión de San Pedro quien, milagrosamente, la curó. Pero las torturas continuaron y al fin la santa murió, al ser arrojada sobre una gran cantidad de carbones encendidos[2].

         Mensaje de santidad.

         Por su amor y su fidelidad a Jesucristo, Santa Águeda obtuvo una doble corona: la corona del martirio y la corona de la virginidad y esto es un gran ejemplo para los jóvenes de nuestros días, quienes son sometidos, por todos los medios de comunicación, tanto al abandono de la fe en Jesucristo –apostasía-, como al desprecio de la virtud de la virginidad y de la castidad, a través de la ideología de género y la Educación Sexual Integral. En efecto, el abandono de la fe católica en el Hombre-Dios Jesucristo se promueve a través de la secta luciferina de la Nueva Era, en donde Jesucristo es presentado como un profeta, o como un hombre santo, o incluso hasta como un extra-terrestre al mando de una flota intergaláctica, pero jamás es presentado como quien Es verdaderamente, el Hijo de Dios encarnado, la Segunda Persona de la Trinidad inhabitando la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth. Por otra parte, el desprecio de las virtudes de la castidad y de la virginidad –virtudes que deben ser vividas en la imitación de Cristo, quien es casto y puro al ser la Pureza Increada en sí misma-, se introduce en las mentes y corazones de jóvenes y no tan jóvenes, por medio de la promoción de la ideología de género y de la Educación Sexual Integral, para las cuales no existe pecado alguno en el uso de la sexualidad fuera del matrimonio, cuando es esto lo que enseña la Fe católica.

         En síntesis, en un mundo en el que la secta Nueva Era y la ideología de género parecen apropiarse de un número cada vez mayor de almas, los santos como Santa Águeda resplandecen como estrellas luminosas en medio de densas tinieblas espirituales.



[1] https://www.corazones.org/santos/agueda.htm ; Fuentes antiguas: su oficio en el Breviario Romano se toma, en parte de las Actas de latinas de su martirio. (Acta SS., I, Feb., 595 sqq.). De la carta del Papa Gelasius (492-496) a un tal Obispo Victor (Thiel. Epist. Roman. Pont., 495) conocemos de una Basílica de Santa Águeda. Gregorio I (590-604) menciona que está en Roma (Epp., IV, 19; P.L., LXXVII, 688) y parece que fue este Papa quien  incluyó su nombre en el Canon de la Misa. Aparece en el Martyrologium Hieronymianum (ed. De Rossi y Duchesne, en el Acta SS., Nov. II, 17) y en el Martyrologium Carthaginiense que data del quinto o sexto siglo (Ruinart, Acta Sincera, Ratisbon, 1859, 634). En el siglo VI, Venantius Fortunatus la menciona en su poema sobre la virginidad como una de las celebradas vírgenes y mártires cristianas (Carm., VIII, 4, De Virginitate: Illic Euphemia pariter quoque plaudit Agathe Et Justina simul consociante Thecla. etc.).

[2] Según la tradición, en una erupción del volcán Etna, ocurrida un año después del martirio de Santa Águeda  (c.250), la lava se detuvo milagrosamente al pedir los pobladores del área la intercesión de la santa mártir. Por eso la ciudad de Catania la tiene como patrona y las regiones aledañas al Etna la invocan como patrona y protectora contra fuego, rayos y volcanes. Además de estos elementos, la iconografía de Santa Águeda suele presentar la palma (victoria del martirio), y algún símbolo o gesto que recuerde las torturas que padeció.

 

miércoles, 13 de diciembre de 2017

La consagración y el martirio de Santa Lucía, modelos de nuestra entrega cotidiana a Cristo


         El martirio de Santa Lucía no es otra cosa que la culminación de la entrega total de su vida a Jesucristo, por medio de la consagración de su cuerpo y su alma. El sentido de la consagración a Jesucristo es entregarle a Él todo su ser, su cuerpo y su alma, para que Jesucristo tome posesión de ella y haga de ella su morada. Pero para que esto suceda, el alma debe ser pura en cuerpo y alma, además de estar en estado de gracia santificante. Santa Lucía se consagró desde muy pequeña a Jesucristo, ofreciéndole su virginidad, lo cual quiere decir que ella quería que su cuerpo no solo no tuviera amores terrenos –aun cuando estos amores terrenos sean buenos y puros, como el verdadero amor esponsal-, sino que estuviera todo consagrado al amor esponsal celestial de Cristo Esposo. Santa Lucía consagra su virginidad a Jesucristo, pero no porque no tuviera posibilidad de contraer matrimonio –al contrario-, sino porque su amor espiritual, puro y sobrenatural por Jesucristo Esposo, era mucho más grande que el amor a cualquier esposo terreno. Por eso debía consagrar su cuerpo, su virginidad, para que le perteneciera, en su cuerpo, en su totalidad, a Jesucristo.
         Pero Santa Lucía no solo consagró el cuerpo, sino que también consagró su alma, para que esta fuera morada de la Trinidad y su corazón altar donde Jesús Eucaristía fuera amado y adorado. Para eso, Santa Lucía debió rechazar las impurezas del alma, así como debió rechazar las impurezas del cuerpo; la diferencia es que las impurezas del alma son la mentira, la falsedad, el cinismo, la hipocresía, y sobre todo, la apostasía de la Fe, es decir, abandonar a Jesucristo por los falsos ídolos del mundo. Es por esta razón que la apostasía se compara, con toda justicia, al adulterio: así como en el adulterio el cuerpo se entrega a quien no es el cónyuge, manchándolo con esta grave falta, así en la apostasía y en la idolatría el alma y el corazón se entregan a los ídolos, que no son otra cosa que demonios. Un católico idólatra, como por ejemplo, aquel que le prende velas y le reza al Gauchito Gil, a la Difunta Correa, a San La Muerte, o usa la cinta roja contra la envidia, o cree en supersticiones, como el árbol gnóstico de la vida, o cualquier otra superstición, es un adúltero espiritual, porque comete adulterio con los ídolos paganos, que no son otra cosa que demonios. Abandonan al Hijo de Dios, que dio por ellos su vida en la cruz y la continúa dando en la Eucaristía, por los demonios, que solo quieren su eterna condenación.
La consagración de su cuerpo y de su alma tuvo su coronación en Santa Lucía con el martirio, es decir, con el don de su vida de modo cruento, con derramamiento de sangre. Si a lo largo de su vida había entregado en secreto su cuerpo y su alma a Jesucristo, ahora, para gloria de Dios, Santa Lucía entrega su cuerpo y su alma de forma pública, eligiendo la muerte antes que dejar de poseer el Amor de Cristo. Por último, el fundamento tanto de su consagración por amor a Cristo, como de su martirio, no radica en ella, sino en Jesucristo, Rey de los mártires, quien muere mártir en la cruz porque consagró su vida a nuestra salvación, entregándose en su totalidad a Dios Padre en el ara de la cruz, para donarnos a Dios Espíritu Santo y así conducirnos al cielo. Es de esta consagración de su vida al Padre para salvarnos y de su muerte martirial en la cruz, que Jesús hace partícipes a los santos mártires como Santa Lucía. Esto último tiene mucha importancia para la vida espiritual: la consagración y el martirio de Santa Lucía nos enseñan entonces que quien desea consagrarse a Jesucristo y dar su vida por Él -en el testimonio cotidiano de su Evangelio y según el propio estado de vida-, es porque tiene en sí mismo al Espíritu Santo, donado por Jesucristo y que hace partícipe al alma de su consagración y amor. Acudamos por lo tanto a Santa Lucía para mantener siempre la pureza del cuerpo -la castidad-, y la pureza del alma -la integridad de la fe-, según nos aconseja la Didajé, las Enseñanzas de los Doce Apóstoles: “Buscarás cada día los rostros de los santos, para hallar descanso en sus palabras”[1]. Solo así perteneceremos totalmente a Cristo, en cuerpo y alma, en el tiempo y en la eternidad.



[1] 4, 2.

martes, 7 de febrero de 2017

Santos Pablo Miki y compañeros mártires


         La muerte de los mártires por Cristo es uno de los testimonios más evidentes acerca de la divinidad de Jesús, como del origen celestial de la Iglesia Católica. La única explicación posible acerca del estado moral y espiritual de los mártires, ante una muerte cruenta, no se explica simplemente por las virtudes humanas; es decir, no se explica simplemente por el hecho de que los mártires sean personas humanamente virtuosas, o por el hecho de que tengan una esperanza humana, terrena, horizontal. Los mártires, ante la proximidad de la muerte cruenta, precedida en muchos casos por torturas inhumanas, no sólo no dan muestras de terror, de pánico, de miedo, como cabría de esperar, sino que, por el contrario, se muestran serenos, firmes, valientes, decididos, sabios, y con la mirada de sus ojos y de sus almas en el más allá, lo cual indica que la fuente de sus esperanzas, de su fortaleza, de su alegría inclusive, no está en la tierra, sino en el cielo. Esto se puede constatar en todo mártir y, de manera particular, en el martirio de los santos Pablo Miki y compañeros. Según el relato de un testigo ocular[1], San Pablo Miki y sus compañeros, en el momento de ser torturados y crucificados, y hasta el momento mismo de sus muertes gloriosas, mostraron un comportamiento que refleja lo que acabamos de decir: que la fuente de su esperanza no es terrena, sino celestial, y que lo que los anima, como alma de sus almas, es el Espíritu Santo.
         Dice así el relato de su martirio: “Una vez crucificados, era admirable ver la constancia de todos, a la que los exhortaban, ora el padre Pasio, ora el padre Rodríguez”. Un primer elemento que aparece, es la constancia, es decir, la perseverancia en la fe, común a todos los mártires, lo cual es contrario a toda esperanza humana, pues humanamente, para los mártires, todo estaba perdido.
Luego continúa: “El padre comisario estaba como inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos en acción de gracias a la bondad divina, intercalando el versículo: En tus manos, Señor. También el hermano Francisco Blanco daba gracias a Dios con voz inteligible. El hermano Gonzalo rezaba en voz alta el Padrenuestro y el Avemaría”. Luego de ser torturados atrozmente, y luego de permanecer por horas crucificados, los mártires muestran una fortaleza no solo corporal, sino espiritual, pues dan muestras de su fe entonando salmos y rezando en voz alta, que supera toda lógica humana.
Luego viene el relato de Pablo Miki: “Pablo Miki, nuestro hermano, viéndose colocado en el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado, empezó por manifestar francamente a los presentes que él era japonés, que pertenecía a la Compañía de Jesús, que moría por haber predicado el Evangelio y que daba gracias a Dios por un beneficio tan insigne”. Pablo Miki es consciente de que muere “a causa del Evangelio” -la Compañía de Jesús fue una gran congregación que dio muchos mártires a la Iglesia, combatiendo al Protestantismo y al Paganismo y llevando a la conversión a innumerables almas-, pero en vez de lamentarse por ello, “da gracias a Dios” y no sólo, sino que lo considera “un beneficio tan insigne”, puesto que, ante sus ojos, tenía ya presente la recompensa que Jesucristo concede a quienes dan sus vidas por Él y el Evangelio: la feliz bienaventuranza, la contemplación gozosa de la Santísima Trinidad por los siglos sin fin.
Pablo Miki dice sus últimas palabras, y en todo se asemeja al Rey de los mártires, Jesucristo, porque está asistido por Él y porque participa de su muerte en Cruz: “(…) a continuación añadió estas palabras: “Llegado a este momento crucial de mi existencia, no creo que haya nadie entre vosotros que piense que pretendo disimular la verdad. Os declaro, pues, que el único camino que lleva a la salvación es el que siguen los cristianos. Y, como este camino me enseña a perdonar a los enemigos y a todos los que me han ofendido, perdono de buen grado al rey y a todos los que han contribuido a mi muerte, y les pido que quieran recibir la iniciación cristiana del bautismo”. Declara que “el único camino” para la salvación es el camino de la Santa Cruz de Jesús y, al igual que Jesús, que desde la Cruz perdonó a sus verdugos, así también Pablo Miki los perdona, en el Nombre y por la Sangre de Jesús, además de instarlos a que ellos también –sus verdugos y asesinos- se conviertan al Único Salvador de los hombres, Cristo Jesús.
Continúa el relato: “Luego, vueltos los ojos a sus compañeros, comenzó a darles ánimo en aquella lucha decisiva; en el rostro de todos se veía una alegría especial, sobre todo en el de Luis; éste, al gritarle otro cristiano que pronto estaría en el paraíso, atrajo hacia sí las miradas de todos por el gesto lleno de gozo que hizo con los dedos y con todo su cuerpo. Antonio, que estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber invocado el santísimo nombre de Jesús y de María, se puso a cantar el salmo: Alabad, siervos del Señor, que había aprendido en la catequesis de Nagasaki, ya que en ella se enseña a los niños algunos salmos. Otros, finalmente, iban repitiendo con rostro sereno: “¡Jesús, María!””. Luego de las palabras de Pablo Miki, les invade a todos una alegría y gozo sobrenatural, que hace que sus almas entren en éxtasis, al contemplar, ya desde la tierra, y a un paso del cielo, los gozos eternos que les esperan, apenas sus almas sean separadas de sus cuerpos a causa de la muerte. En ninguno hay desolación, tristeza, desengaño, traición a Jesús, ni reclamo alguno; por el contrario, todos, invadidos por el Espíritu Santo, exultan de alegría sobrenatural, al ser conscientes de que los gozos eternos están al alcance de la mano, agradeciendo incluso a quienes les ayudan a pasar de esta vida a la otra, sus verdugos.
Finalmente, el testigo ocular dice: “Algunos también exhortaban a los presentes a una vida digna de cristianos; con estas y otras semejantes acciones demostraban su pronta disposición ante la muerte. Entonces los cuatro verdugos empezaron a sacar lanzas de las fundas que acostumbraban usar los japoneses; ante aquel horrendo espectáculo todos los fieles se pusieron a gritar: “¡Jesús, María!”. Y, lo que es más, prorrumpieron en unos lamentos capaces de llegar hasta el mismo cielo. Los verdugos asestaron a cada uno de los crucificados una o dos lanzadas con lo que, en un momento, pusieron fin a sus vidas”. Los mártires, llenos de gozo y de alegría celestial, sobrenatural, perdonan a sus verdugos, los llaman a la conversión, y a los que ya son cristianos pero quedan en este mundo, los exhortan a una vida de santidad, de manera tal que todos puedan, algún día, gozar con ellos de la alegría que significa contemplar al Cordero de Dios, por el cual derraman su sangre, por toda la eternidad. Todo este admirable testimonio no se explica si no es por la acción del Espíritu Santo en las personas de los mártires.



[1] Cap. 14, 109-110: Acta Sanctorum Februarii 1, 769

jueves, 3 de noviembre de 2016

San Martín de Porres



Vida de santidad[1].

Fue un mulato, nacido en Lima, Perú, en el 9 de diciembre de 1579. En el libro de bautismo fue inscrito como “hijo de padre desconocido”. Era hijo natural del caballero español Juan de Porres  y de una india panameña libre, llamada Ana Velásquez. Era sumamente capaz y muy inteligente y tenía inclinación por la medicina. Había aprendido las primeras nociones en la droguería-ambulatorio de dos vecinos de casa y puesto que la profesión de barbero en aquella época estaba ligada con la medicina, ejerció durante un tiempo esta doble carrera.
Sintiendo el llamado de la perfección cristiana pidió a los quince años de edad ingresar en el convento de los dominicos del Rosario en Lima, siendo admitido como hermano lego y recibiendo como encargo los trabajos más humildes. A pesar de que a los ojos de los demás parecía el más insignificante de todos, a los ojos  de Dios, sin embargo, era uno de los más valiosos, por sus virtudes heroicas, destacándose principalmente en dos, que lo asemejaban al Sagrado Corazón de Jesús: la humildad y la caridad. Por su humildad, era capaz de soportar con una sonrisa las injurias y los malos tratos recibidos por otros miembros de la caridad, llegando incluso a alegrarse de las injurias, como cuando un hermano de religión, que estaba enfermo y malhumorado, lo trató de “perro mulato”. San Martín de Porres ofrecía en silencio estas humillaciones, uniéndolas a las humillaciones de Jesús en la Pasión, y esto era lo que le daba paz y alegría a su alma. Con respecto a la virtud de la caridad, Fray Martín sobresalió en su tarea de enfermero, al atender y al curar a los más de doscientos hermanos religiosos, además de gente que venía al convento, sin hacer distinción entre ricos y pobres.
Poseía el don de curar milagrosamente todo tipo de enfermedades, recibiendo a todos con tanta solicitud y caridad, que a quien hablaba con él, le parecía estar hablando con el mismo Cristo en Persona.
Vivía de forma muy austera; apenas comía lo necesario para mantenerse en pie y dormía debajo de una escalera sólo unas pocas horas. Todas las noches, pasaba largas horas rezando delante de un gran crucifijo, al cual le contaba sus penas y problemas, y también hacía largas horas de adoración frente a Jesús Sacramentado, o bien hacía oración ante la imagen de la Virgen.
Además de la mansedumbre, la humildad, la caridad y el don de la curación milagrosa, tenía también otros dones sobrenaturales, como la profecía –conocía con anticipación lo que habría de suceder-, el éxtasis -unión sobrenatural con Dios en el que los sentidos quedan suspendidos, para poder contemplar la divinidad- y la bilocación: sin haber salido nunca de Lima, fue visto en lugares tan distantes como África, China y Japón, dando ánimo a los misioneros que se encontraban en dificultades. Sin tener las llaves de la puerta del convento, solía salir del convento para atender a un enfermo grave, para luego regresar, y cuando le preguntaban cómo lo hacía, respondía simplemente: “Yo tengo mis modos de entrar y salir”.
Por el don de curación, venía a él los enfermos de peste, cuando hubo una epidemia en una ocasión, y curó milagrosamente a todos los que acudieron a él[2]. Una vez que unos enemigos suyos entraron a su habitación para hacerle daño, San Martín le pidió a Dios que lo hiciera invisible y así sucedió, porque estos no lo vieron, a pesar de estar delante suyo.
Con la ayuda de varios ricos de la ciudad fundó el Asilo de Santa Cruz para reunir a todos los vagos, huérfanos y limosneros y ayudarles a salir de su penosa situación.
En diversas ocasiones –algunas cuando estaba delante de un gran crucifijo- se lo vio en éxtasis y es conocido el episodio en el que el virrey fue a verlo y tuvo que esperar a que saliera del éxtasis. Poseía también el don de la sabiduría divina, pues a pesar de no ser un gran letrado ni tener estudios superiores eclesiásticos, sin embargo acudían a él para hacerle consultas números teólogos, obispos y autoridades civiles.
Por ser parte de la Creación de Dios y debido a que vivía en un alto estado de gracia y santidad, a San Martín de Porres le obedecían insectos y animales y tenía por ellos un gran cuidado. Una vez, sucedió que los mosquitos lo atormentaban con sus picaduras; al ir a ser curado con un hermano de religión, éste le decía: “Vámonos a nuestro convento, que allí no hay mosquitos”. Y Fray Martín respondía: “¿Cómo hemos de merecer, si no damos de comer al hambriento?” – “¡Pero hermano, estos son mosquitos y no gente!” – “Sin embargo, se les debe dar de comer, que son criaturas de Dios”, respondió el humilde fraile.
Otras anécdotas sucedieron con ratones: en una ocasión, estos infestaban la ropería y dañaban el vestuario. San Martín no le puso trampas, sino que les dijo; “Hermanos, vayan a la huerta, que allí hallaréis comida” y ante su orden, los ratones obedecieron en el momento. Además, Fray Martín les daba todos los restos de comida y si alguno volvía a la ropería, el santo lo tomaba por la cola y lo echaba a la huerta, diciendo: “Vete adonde no hagas mal”.  Loa animales le seguían en fila muy obedientes. Daba de comer en un mismo recipiente, al mismo tiempo y sin rencillas, a un gato, un perro y varios ratones. En la actualidad todavía se lo invoca contra la invasión de los ratones.
A los sesenta años, después de haber pasado 45 en religión, Fray Martín se sintió enfermo y anunció proféticamente que habría de morir a causa de esa enfermedad. Toda la ciudad de Lima se conmovió y el mismo virrey en persona, conde de Chichón, se acercó a su lecho de moribundo para besar la mano de aquél que se llamaba a sí mismo “perro mulato”. Mientras se le rezaba el Credo, Fray Martín, al oír las palabras “Et homo factus est” –Y el Verbo se hizo carne-, besando el crucifijo expiró plácidamente. Era el 3 de noviembre de 1639; toda la ciudad acudió a su entierro, multiplicándose desde entonces los milagros por su intercesión.

Mensaje de santidad.

San Martín de Porres se caracterizó porque, sin tener grandes dignidades ni civiles ni eclesiásticas, tuvo sin embargo muchos dones sobrenaturales, como la profecía, el éxtasis, la bilocación y el don de curar milagrosamente las más variadas enfermedades, con solo imponer sus manos. Sin embargo, lo que lo hizo santo no fueron estos dones –que, por otra parte, él no los pedía, sino que Dios se los concedió en su bondad-, sino la fidelidad a la gracia –como todo santo, detestaba el pecado- y la posesión de dos virtudes que agradan especialmente a Dios: la mansedumbre y la caridad. Por la mansedumbre, soportó con paciencia, alegría y amor, las más duras ofensas, como el ser llamado “perro mulato”, y esto lo podía hacer porque cada vez que era humillado, de esta o de otra forma, en vez de rebelarse, enojarse y ofenderse, demostrando así soberbia, aprovechaba esas ocasiones para unirse a Jesús, humillado por él y por todos nosotros, en la Pasión, y así nos enseña el santo a cómo no solo soportar, sino ofrecer las humillaciones y así crecer en santidad. La otra virtud era la caridad, es decir, un amor sobrenatural, un amor celestial, un amor que es el Amor de Dios, que no es como el amor humano, que se deja llevar por las apariencias, sino que ama al prójimo por ser el prójimo una imagen viviente de Dios y porque en el prójimo, sobre todo en el más necesitado, ve a Jesucristo, misteriosamente Presente en él. Mansedumbre, humildad y caridad, esas son las virtudes que le hicieron ganar el cielo a San Martín de Porres, y esas son las virtudes que debemos buscar imitar, si es que también queremos ganar el cielo.



[1] http://www.corazones.org/santos/martin_porres.htm; cfr. Butler; Vida de los Santos; Sálesman, Eliecer, Vidas de Santos 4; Sgarbossa, Mario, Luigi Giovannini, Un Santo Para Cada Día.
[2] Sorprendió a muchos con sus curaciones instantáneas, como la del novicio Fray Luis Gutiérrez que se había cortado un dedo casi hasta desprendérselo; a los tres días tenía hinchados la mano y el brazo, por lo que acudió al hermano Martín, quien le puso unas hierbas machacadas en la herida. Al día siguiente, el dedo estaba unido de nuevo y el brazo enteramente sano. En cierta ocasión, el arzobispo Feliciano Vega, que iba a tomar posesión de la sede de México, enfermó de algo que parece haber sido pulmonía y mandó llamar a Fray Martín. Al llegar éste a la presencia del prelado enfermo, se arrodilló, mas él le dijo: "levántese y ponga su mano aquí, donde me duele". ¿Para qué quiere un príncipe la mano de un pobre mulato?, preguntó el santo. Sin embargo, durante un buen rato puso la mano donde lo indicó el enfermo y, poco después, el arzobispo estaba curado.

miércoles, 10 de agosto de 2016

San Lorenzo, diácono y mártir


En el año 257, mientras Lorenzo era uno de los siete diáconos al servicio del Papa San Sixto, el emperador Valeriano publicó un decreto de persecución en el cual ordenaba que todo el que se declarara cristiano sería condenado a muerte[1]. El 6 de agosto el Papa San Sixto estaba celebrando la santa Misa en un cementerio de Roma cuando fue asesinado junto con cuatro de sus diáconos por los soldados del emperador[2]. Según cuenta una antigua tradición, al ver Lorenzo que el Sumo Pontífice era arrestado y condenado a muerte, le dijo: “Padre mío, ¿te vas sin llevarte a tu diácono?”, a lo que San Sixto le respondió: “Hijo mío, dentro de pocos días me seguirás”. Lorenzo, escuchando la respuesta con gran alegría, pues eso significaba que pronto habría de ir a gozar de la gloria de Dios, vio cumplida esta profecía del Santo Padre cuatro días después, cuando también él, junto con otros diáconos, fueron arrestados y condenados a muerte.
Antes de ser martirizado, se produjo el siguiente diálogo entre San Lorenzo y el gobernador de Roma, quien le dijo así a San Lorenzo: “Me han dicho que los cristianos emplean cálices y patenas de oro en sus sacrificios, y que en sus celebraciones tienen candelabros muy valiosos. Vaya, recoja todos los tesoros de la Iglesia y me los trae, porque el emperador necesita dinero para costear una guerra que va a empezar”.
Lorenzo le pidió que le diera tres días de plazo para reunir todos los tesoros de la Iglesia, a lo que el gobernador accedió, pues pensaba llenar sus arcas con los cálices de oro, los candelabros de plata y todas las demás riquezas que él suponía que tenía la Iglesia. Sin embargo, San Lorenzo tení aun concepto de “tesoros de la Iglesia” muy distinto al del gobernador, y fue así que en los días sucesivos, invitó a todos los desamparados a los que él, como encargado del Papa, ayudaba con limosnas: pobres, lisiados, mendigos, huérfanos, viudas, ancianos, mutilados, ciegos, leprosos. Al tercer día los llevó ante la presencia del gobernador y le dijo: “Ya tengo reunidos todos los tesoros de la iglesia. Le aseguro que son más valiosos que los que posee el emperador”. El gobernador, que esperaba algo muy distinto –oro y plata-, se disgustó enormemente, pero Lorenzo le dijo:  “¿Por qué se disgusta? ¡Estos son los tesoros más apreciados de la iglesia de Cristo!”. Y es verdad en cuanto a nosotros, puesto que los pobres son la puerta abierta al cielo, si es que los auxiliamos, pues en ellos está Presente Jesucristo de un modo misterioso, tal como Él lo dice en el Evangelio: “Lo que habéis hecho a uno de estos pequeños, a Mí me lo habéis hecho” y es la razón por la cual, todo lo que hacemos a nuestro prójimo, sea en el bien como en el mal, se lo hacemos a Jesucristo.
Al comprobar que delante suyo en vez de oro y plata sólo había hombres necesitados de todo tipo de ayuda, el alcalde se enfureció y le dio a San Lorenzo: “Pues ahora lo mando matar, pero no crea que va a morir instantáneamente. Lo haré morir poco a poco para que padezca todo lo que nunca se había imaginado. Ya que tiene tantos deseos de ser mártir, lo martirizaré horriblemente”. Dicho esto, mandó encender un gran fuego y colocar encima una parrilla de hierro, sobre la que acostaron al diácono Lorenzo. Afirma San Agustín que el gran deseo que el mártir tenía de ir junto a Cristo le hacía no darle importancia a los dolores de esa tortura, aunque podemos agregar que la ausencia de dolor se debe, más que al deseo del mártir de ir al cielo, a la Presencia del Espíritu Santo en el mártir, que es quien lo libra de todos los dolores. Precisamente, como signo de esta Presencia del Espíritu Santo en el alma y el cuerpo de San Lorenzo, los cristianos presentes, testigos de la muerte del mártir, vieron su rostro “rodeado de un esplendor hermosísismo y sintieron un aroma muy agradable” mientras lo quemaban, mientras que los paganos ni veían ni sentían nada de eso[3]. Sólo el Espíritu de Dios, que es Hermosísimo y cuya naturaleza divina es fragancia exquisita y estaba inhabitando el cuerpo y el alma del santo, podía explicar que los testigos percibieran esta luz sobrenatural y el aroma exquisito, en vez de lo que debería suceder normalmente, esto es, escuchar gritos de dolor y sentir olor a carne chamuscada y quemada. La Presencia del Espíritu Santo en San Lorenzo hacía que su cuerpo fuera como una brasa ardiente sobre la cual se echa incienso que despide perfume agradabilísimo, y este perfume era su oración, que subía al cielo en honor a la majestad del Cordero, por quien estaba dando su vida. Ya una vez en el fuego y luego de un prolongado rato de estarse quemando en la parrilla que estaba al rojo vivo, dijo San Lorenzo a sus verdugos: “Ya estoy asado por un lado. Ahora que me vuelvan hacia el otro lado para quedar asado por completo”. Eso fue lo que hicieron los verdugos, darlo vuelta –así como se da vuelta un trozo de carne en el asador-, de manera que el santo mártir terminó quemándose por completo, de lado a lado. Cuando sintió que ya estaba completamente asado exclamó: “La carne ya está lista, pueden comer”. Luego de decir esto, con una paz sobrenatural que no podía en ninguna manera explicarse humanamente, sino con la asistencia personal del Espíritu Santo, San Lorenzo elevó una oración por la conversión de Roma y la difusión de la religión de Cristo en todo el mundo, y exhaló su último suspiro. Era el 10 de agosto del año 258.
Ahora bien, una vez conocida su vida, podríamos preguntarnos lo siguiente: ¿es verdad que los pobres son los “tesoros de la Iglesia”, como dijo el diácono San Lorenzo? Podemos decir que sí, tomando en cuenta el contexto en el que San Lorenzo hizo esta afirmación, y era que el gobernador de Roma quería los cálices, las vinajeras, los candelabros de la Iglesia, pensando que estos eran de oro y plata. Pero estas cosas materiales, en comparación con los pobres, en los que inhabita Cristo, son igual a nada, siendo en cambio los pobres los “tesoros de la Iglesia”. En este contexto, sí podemos decir que los pobres son el “tesoro de la Iglesia”. Sin embargo, en un sentido absoluto, no, porque es otro el Tesoro de la Iglesia: podemos decir que el verdadero y único tesoro de la Iglesia es la Eucaristía, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, puesto que la Eucaristía es el mismo Dios Hijo encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, que renueva su sacrificio en la cruz en la Santa Misa y que se nos dona como Pan de Vida eterna en la Hostia consagrada, y no hay mayor tesoro que esto, que es invaluable, y es tan alto don y misterio, que no alcanzarán las eternidades de eternidad, ni para comprenderlo en su totalidad, ni para agradecerlo adecuadamente. Y a San Lorenzo, al recordarlo en su día, le podemos pedir que interceda para que, -puesto que difícilmente suframos su misma muerte, la de ser quemados en el cuerpo por el fuego material-, nuestros corazones sean incendiados en el Fuego del Divino Amor, un Fuego que quema pero que no arde, sino que produce gozo y dulzura en el Señor, al transmitirnos el Amor de Dios.



[1] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Lorenzo_8_10.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem..

jueves, 2 de junio de 2016

San Justino y el amor a la Verdad que salva, Cristo Jesús


         ¿Qué fue lo que llevó a San Justino a dar su vida por Jesucristo? Su amor a la Verdad, porque San Justino buscó siempre la verdad, la que hace brillar el alma con la Divina Sabiduría, disipando las tinieblas del error y la ignorancia. Y como la Verdad de Dios Encarnada es Jesucristo, al buscar a la Verdad, sin saberlo, San Justino buscaba al Hijo de Dios Encarnado, la Verdad y Sabiduría de Dios en Persona. Al responder al Alcalde que finalmente lo enviaría a ser decapitado, San Justino proclamaba, en pocas palabras, la verdad de fe de la religión católica, verdad que salva las almas: “La religión cristiana enseña que hay uno solo Dios y Padre de todos nosotros, que ha creado los cielos y la tierra y todo lo que existe. Y que su Hijo Jesucristo, Dios como el Padre, se ha hecho hombre por salvarnos a todos. Nuestra religión enseña que Dios está en todas partes observando a los buenos y a los malos y que pagará a cada uno según haya sido su conducta”[1]. Basta saber esto para entrar en el Reino de los cielos, aunque para poder entrar es necesario sellar con la propia sangre el testimonio de lo que se cree, como lo hizo San Justino, aunque en nuestros días el testimonio martirial sea de otro tipo: no cruento, sino incruento, y todos los días, pues todos los días el mundo trata de imponer su error, para alejarnos de la Verdad Encarnada, Jesucristo, Verdad que es Camino al Padre y Vida eterna para el alma (cfr. Jn 14, 6).
         Que San Justino interceda por nosotros, en estos tiempos nuestros signados por la confusión, el error y la ignorancia acerca de las verdades elementales de la verdadera y única fe en Jesucristo, el Hombre-Dios, Dios Hijo Encarnado que se dona con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía, para que también nosotros, como él, seamos capaces de dar testimonio cotidiano de la Verdad en Persona, Jesús de Nazareth.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Justino_6_1.htm

jueves, 26 de noviembre de 2015

San Expedito, ejemplo de fidelidad a la gracia de la conversión



         San Expedito era un oficial romano practicante del paganismo; un día, Nuestro Señor Jesucristo le concedió la gracia de la conversión, manifestándose a su alma y dándose a conocer. Debido a que la gracia de la conversión necesita de una respuesta libre, era necesario que San Expedito diera su consentimiento a esta gracia, la cual implicaba el reconocimiento de Jesucristo como Redentor y el rechazo de su antigua vida de pagano, vida dominada por el pecado. Antes de que San Expedito diera su respuesta, apareció el Demonio bajo la forma de un cuervo que, comenzando a revolotear por encima suyo, repetía a cada momento: “Cras!”, que significa: “mañana”. Es decir, el Demonio tentaba a San Expedito con la postergación de su conversión, dejándola “para mañana”; no le decía que no debía convertirse, sino que la dejara “para mañana”: “No te conviertas hoy; continúa tranquilamente con tu vida de pagano, con tus pecados; mañana tendrás tiempo de convertirte; no tomes decisiones apresuradas, disfruta un poco más de tu vida pagana y alejada de Dios, ya mañana tendrás tiempo de elegir, con más tranquilidad”. Es decir, en un momento determinado, San Expedito se vio en la disyuntiva de elegir: o Jesús y su gracia y el comienzo de una nueva vida cristiana, o el Demonio y el pecado y la continuación de una vida pagana y pecaminosa. Aferrado a la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, San Expedito no dudó un instante en responder: “Hodie!”, es decir: “¡Hoy!”, “Hoy me convierto; hoy dirijo mi corazón hacia Jesucristo, Sol de Justicia, hoy reconozco a Jesús como a mi Dueño y Señor, como a mi Redentor y Salvador; hoy dejo para siempre mi antigua vida pagana y pecaminosa y comienzo a vivir la vida nueva de la gracia, la vida de los hijos de Dios”. De esta manera, por su veloz respuesta, es que San Expedito es el “Patrono de las causas urgentes”, y aunque tengamos varias causas urgentes por las cuales pedimos su intercesión, la primera causa urgente es aquella en la que él nos da ejemplo y es la conversión. Y así es ejemplo también de cómo, asistidos por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo y abrazados a su Cruz, podemos vencer en toda tentación, cuando el Demonio, el Tentador, nos sugiera cometer algún pecado (el Demonio nos tienta generalmente a través de pensamientos que parecen buenos pero que conducen a un fin malo, ya que excepcionalmente se aparece de modo visible, como a San Expedito): levantando la Santa Cruz de Jesús en lo alto, recibió de Él su fuerza omnipotente y, con un velocísimo movimiento, aplastó al Demonio en forma de cuervo, el cual, sin darse cuenta, se había acercado caminando hasta ponerse a distancia del santo. Que San Expedito interceda para que respondamos prontamente a la gracia, a toda gracia que nos conceda Nuestro Señor Jesucristo.