San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 29 de junio de 2023

Solemnidad de San Pedro y San Pablo


 


         Esta solemnidad festeja a las dos columnas de la Iglesia[1], San Pedro y San Pablo, cada uno con su don particular de gracia y con una misión establecida por Nuestro Señor Jesucristo.

Se celebra por una parte a Pedro, quien se caracteriza por ser el elegido por Cristo para ser “la roca” de la Iglesia, el elemento central de unidad y de poder sacerdotal sobre el que el mismo Cristo edificará su Iglesia, según sus palabras: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 16). San Pedro acepta humildemente su misión y por el nombre de Jesús sufre la cárcel y maltratos de parte de quienes se oponen a la Revelación de Cristo (cfr. Hch 5, 41). Predica con “parresía”, es decir, con valor y amor sobrenatural, lleno del Espíritu Santo (cfr. Hch 4, 8). Pedro es el amigo entrañable de Cristo, el hombre que ha sido elegido por Cristo para ser su Vicario en la tierra y que, a pesar de este amor de predilección que le muestra Jesucristo, lo niega tres veces, aunque luego se arrepiente de haber negado a su maestro, reparando la triple negación con la triple declaración de fe y de amor que hará luego del encuentro con Jesús resucitado. La fe de Pedro no es una fe más entre tantas, es la fe de la Iglesia, es la fe que reconoce en Cristo como Mesías, como el Salvador de los hombres; es la fe que reconoce en Cristo a la Segunda Persona de la Trinidad encarnada en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (cfr. Mt 16, 16). Esta confesión de Pedro, revelada por el Espíritu Santo, en la que reconoce la Divinidad de Cristo -"Tú eres Dios Hijo"-, es fundamental para la Doctrina Eucarística de la Iglesia Católica, porque si Jesús es Dios Hijo encarnado, la Eucaristía es el mism Dios Hijo, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía. La misión de Pedro finalizará con el supremo testimonio del martirio, profetizado por Jesús: “Cuando seas viejo otro te ceñirá y te llevará donde no quieres” (cfr. Jn 21, 18).

Pablo, por su parte, recibe la gracia de la conversión a Cristo cuando se dirigía a Damasco y esta conversión lo lleva a un cambio radical en su vida: pasa de ser un tenaz perseguidor de los cristianos, a ser el “Apóstol de los gentiles”, llamado así porque con su prédica fervorosa numerosos cristianos se convertirán a su vez a Cristo.  Luego de su encuentro con Cristo, Pablo se convierte en el Apóstol incansable que recorre el mundo conocido en la época para anunciar la Buena Nueva de la salvación en Cristo Jesús, sin importarle ninguna otra cosa más que predicar a Cristo crucificado y resucitado por nuestra salvación: “¡Ay de mí si no evangelizare!” (1 Co 9, 16). También a Pablo se le reservaba, al igual que Pedro, la gracia del martirio, derramando su sangre por Cristo[2].

Además de estas misiones particulares, San Pedro y San Pablo forman, por disposición del Señor Jesús, lo que se conoce como “Colegio Apostólico”, en el que Pedro, Vicario de Cristo, el Papa, es el principal elemento constitutivo de este Colegio Episcopal, es su cabeza. Entonces, en el Colegio Apostólico, los Apóstoles están unidos entre sí al Romano Pontífice, sucesor de Pedro y los obispos, sucesores de los Apóstoles, están unidos al Papa y el Papa a Cristo, Segunda Persona de la Trinidad. De ahí que la estructura de la Iglesia sea vertical y jerárquica: Santísima Trinidad, Dios Hijo se encarna en Jesús de Nazareth, el Papa como Vicario de Jesús el Cristo, los Apóstoles, los suceros de los Apóstoles, los obispos, el pueblo fiel de bautizados. De esto se ve que la estructura vertical y jerárquica de la Iglesia forma parte de su esencia y que el que diseñó de esta manera a la Iglesia, es solamente Dios Uno y Trino. De esto también se deduce la temeridad diabólica de pretender cambiar la estructura jerárquica de la Iglesia, por una "democrática", como lo pretende el Sínodo alemán. Además de esto, el Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia, le entregó las llaves de ella y lo instituyó pastor de todo el rebaño: "Está claro que también el Colegio de los apóstoles, unido a su Cabeza, recibió la función de atar y desatar dada a Pedro". Este oficio pastoral de Pedro y de los demás apóstoles pertenece a los cimientos de la Iglesia y se continúa por los obispos bajo el primado del Papa.

El Papa, obispo de Roma y sucesor de san Pedro, "es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles". "El Pontífice Romano, en efecto, tiene en la Iglesia, en virtud de su función de Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, la potestad plena, suprema y universal, que puede ejercer siempre con entera libertad". (Catecismo de la Iglesia Católica 881-882).

Por último, como dice San Agustín[3], celebramos en un mismo día el martirio de los dos Apóstoles, aunque fueran martirizados en diversos días, porque ambos en realidad eran una misma cosa. Y, también como dice San Agustín, “procuremos imitar su fe, su vida, sus trabajos, sus sufrimientos, su testimonio y su doctrina”[4].



[2] Juan Pablo II, 29 de junio de 2002.

[3] Cfr. Sermón 295, 1-2. 4-7. 8: PL 38, 1348-1353.

[4] Cfr. ibidem.

viernes, 19 de mayo de 2023

San Expedito vence al Tentador con la Santa Cruz de Jesús

 



         Un día en la vida de San Expedito, elegido por Dios desde la eternidad para conceder a San Expedito la gracia de la conversión a Cristo, el santo recibió la gracia de conocer a Jesucristo como al Hombre-Dios, como al Salvador de los hombres y en ese pensamiento estaba San Expedito, sosteniendo la Santa Cruz de Jesús, cuando el Demonio se le apareció bajo la forma de un cuervo negro. El Demonio, que se había dado cuenta del cambio en San Expedito, que ya no adoraba a los falsos ídolos, que son los disfraces del Demonio y dándose cuenta de que estaba a punto de convertirse a Cristo, comenzó a dar vueltas a su alrededor, gritando: “Cras, cras!”, que en latín significa: “¡Mañana, mañana!”. Es decir, el Demonio tentaba sutilmente a San Expedito para lograr que se alejara de Jesucristo, pero no le decía: “No te conviertas”, sino que le decía: “Conviértete, pero deja la conversión para mañana, ya tendrás tiempo de convertirte, mientras tanto, continúa con tu vida de pagano, continúa adorando a los falsos ídolos”. Esta tentación era sutil, porque no le decía que no se convirtiera, sino que postergara la conversión para “mañana”, lo cual es una trampa, porque ninguno de nosotros sabe si estará vivo “mañana”. Esto quiere decir que si San Expedito cedía a la tentación del Demonio, llamado el Tentador, ponía en riesgo su eterna salvación, porque si moría esa noche sin convertirse a Cristo, su alma se condenaba. Pero San Expedito venció a la tentación del Demonio por medio de la Santa Cruz de Jesús: sosteniendo en alto la Santa Cruz, recibiendo de la Cruz la gracia y el poder de Cristo, San Expedito exclamó con voz firme y potente: “Hodie!”, que significa en latín: “Hoy”, es decir, San Expedito, recibiendo el poder de Cristo a través de la Cruz, eligió a Cristo y no al Demonio.

Entonces, hasta antes de conocer a Jesucristo, San Expedito era un soldado romano pagano, es decir, adoraba a muchos ídolos, los cuales son demonios, como dice la Escritura: “Los ídolos de los gentiles son demonios”. Esos ídolos, en nuestros días, serían las devociones paganas y supersticiosas como la Difunta Correa, el Gauchito Gil, San La Muerte, aunque también son ídolos demoníacos el dinero, el éxito, la fama del mundo, las ideologías anticristianas como el comunismo, socialismo y liberalismo e incluso hasta sistemas de gobierno que no se guían por la Ley de Dios y sus Mandamientos.

Vivimos en un mundo en el que el espíritu del Anticristo se hace cada vez más y más fuerte y en el que el Demonio se esconde para tentarnos con su astucia, para que nos alejemos de nuestro Salvador, Nuestro Señor Jesucristo. Al recordar a San Expedito en su día, le pidamos al santo que interceda para que no posterguemos nuestra conversión eucarística, para que ya, desde ahora, comencemos a adorar al Cristo Eucarístico y a vivir según sus Mandamientos.

miércoles, 20 de abril de 2022

San Expedito vence a la tentación con la Cruz de Cristo

 



         San Expedito era un soldado romano, pagano, que en un determinado momento, recibió una gracia especial, la de conocer al Salvador, Jesucristo. Es decir, San Expedito era pagano, lo cual quiere decir que adoraba a falsos dioses, a ídolos de piedra y barro, que no son otra cosa que demonios que se ocultan detrás de esos ídolos; sería el equivalente al Gauchito Gil, a la Difunta Correa, a San La Muerte y a tantos otros ídolos demoníacos más de nuestros días. Como Dios lo amaba mucho a San Expedito, no quería que siguiera viviendo su vida de pagano, una vida de ocultismo, de esoterismo y de prácticas oscuras y por eso le envió la gracia a su alma para que conociera a Jesucristo.

         En ese mismo instante se apareció el Diablo, en forma de cuervo negro, para hacerlo caer en la tentación, para que San Expedito desperdiciara la gracia de conocer a Jesús y siguiera su vida de pagano, de idolatría a falsos dioses. El Diablo revoloteaba alrededor de San Expedito diciendo: “Cras, cras”, que significa “mañana, mañana”, incitando a San Expedito a que postergara para mañana su conversión a Jesucristo. Pero esto es un error, porque no sabemos si vamos a vivir mañana, es decir, no sabemos si Dios nos llamará ante su Presencia esta misma noche, por lo que sería temerario de nuestra parte dejar pasar una gracia actual, como la que recibió San Expedito.

         El santo se encontraba en una encrucijada: por un lado, había recibido la luz de Dios que le concedía el conocimiento de Jesucristo como Salvador de los hombres; por otro lado, estaba la tentación del Demonio, por la cual no era que rechazaba totalmente a Jesucristo, pero lo postergaba para “mañana”, lo cual significaba el gran peligro de no llegar a conocer nunca a Jesucristo, si rechazaba la gracia y Dios lo llamaba al Juicio Particular.

         Estando en ese dilema, el santo, que tenía la Santa Cruz de Jesús en sus manos, elevó la Cruz en lo alto y dijo, ayudado por la gracia: “Hodie”, que significa “hoy” y después dijo: “Hoy y no mañana dejaré la oscuridad del paganismo para abrazar el cristianismo; hoy y no mañana abandonaré a los ídolos demoníacos para amar y servir a Jesucristo; hoy y no mañana dejaré de ser esclavo del Demonio para ser libre con la libertad de los hijos de Dios; hoy y no mañana dejaré de cumplir los mandamientos del Demonio, para cumplir y vivir los Mandamientos de Dios”. Y fue así que, ayudado por la Santa Cruz de Jesús, San Expedito venció a la tentación. Como devotos del santo, hagamos el propósito de imitarlo en su lucha contra la tentación, abrazando la Santa Cruz de Jesús.

martes, 22 de junio de 2021

Santa Rita y su devoción por la Pasión del Señor

 



         Es muy conocido, en la vida de Santa Rita, uno de los milagros más asombrosos recibidos por esta santa a lo largo de su vida terrena. Santa Rita, que amaba mucho y era muy devota de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, solía pasar largas horas, en su celda, arrodillada frente a un crucifijo, meditando acerca de los sufrimientos de Jesús. Fue en el transcurso de esas meditaciones, que sucedió el milagro que todos conocen: desde la corona de espinas de Nuestro Señor, una de las espinas de la corona se materializó, por así decirlo y fue a dar, con fuerza, en la frente de Santa Rita, la cual experimentó, como es obvio, un gran dolor, además de que su frente comenzó a sangrar.

         Desde ese momento, y durante toda su vida, Santa Rita llevó la espina de la corona de Jesús incrustada en su frente; sólo desapareció en una oportunidad, por unos días, en los que la santa y sus hermanas de religión peregrinaron al Vaticano para hacer una visita al Santo Padre y recibir su bendición; luego desapareció, sin dejar rastros, en el momento de su muerte y además de desaparecer, el olor repugnante que desprendía la herida se convirtió en un intenso aroma a perfume de rosas. Hay que decir que la espina no solo era una fuente de dolor permanente, puesto que era una espina verdadera, de madera de acacia, fuerte, punzante, extremadamente dolorosa, sino que también era causa de vergüenza para Santa Rita, porque la herida, con el tiempo, se infectó y se llenó de pus sanguinolenta, lo que hacía que despidiera un penetrante olor nauseabundo. Este olor, que desprendía la herida, era tan fuerte y tan desagradable, que provocaba náuseas a quien se le acercara, por lo que Santa Rita tuvo que vivir aislada de sus hermanas de religión por el resto de su vida terrena.

         Esto nos lleva a considerar lo siguiente: por un lado, la santa nos da ejemplo de oración y de amor a la Pasión de Nuestro Señor, puesto que la espina la recibió mientras meditaba en la Pasión. Esto significa que la Pasión es el camino para llegar al cielo, ya que Jesús así lo dice: “Quien quiera seguirme, que cargue su cruz y me siga” y como Jesús va camino del Calvario, el Calvario es el lugar en donde toda alma que ame a Jesús debe anhelar estar.

         Otra enseñanza que nos deja es que en la herida infectada y maloliente, están representados nuestros pecados, tal como Dios los ve: si para nosotros el pecado es insensible, en el sentido de que no puede ser captado por los sentidos, para Dios nuestros pecados son como la herida maloliente que la santa llevó en su frente. De forma contraria, la desaparición de la herida y su reemplazo por la piel sana y un intenso aroma a perfume de rosas, simboliza al alma que se encuentra en estado de gracia, porque el alma en gracia posee “el buen perfume de Cristo” (2 Cor 2, 15).

         Por otro lado, el milagro recibido por la santa nos muestra cuán inútiles son los atractivos del mundo y cuánto ama Jesús a quien más se aparta del mundo para acercarse a Él en la cruz. También nos enseña que no debemos buscar el favor y el aplauso de los hombres, sino el Amor de Dios, mediante el recogimiento, la oración y la adoración. El hecho de que la herida de la frente fuera tan maloliente, le ayudó a Santa Rita a apartarse de los vanos aplausos y glorificaciones que dan los hombres, para vivir estrechamente unida al Señor Jesús, crucificado por nuestro amor y para nuestra salvación.

         Este episodio de la vida de Santa Rita debe conducirnos a desear meditar en la Pasión del Señor, en su Amor infinito por nosotros y en el desprecio que debemos tener del mundo y sus atractivos. De esta manera, cuanto más nos alejemos de los falsos placeres terrenos, tanto más el Corazón de Jesús nos acercará hacia Sí con la fuerza de su Amor, el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

          

viernes, 19 de febrero de 2021

San Expedito y su lucha contra el Demonio


 


         San Expedito era un soldado romano pagano, es decir, que no conocía a Jesucristo y por lo tanto adoraba a ídolos falsos. Un día, recibió la gracia de conocer a Jesucristo como Hombre-Dios, como el Salvador de la humanidad. Pero antes de que pudiera contestar a la gracia, se le apareció el Demonio bajo la forma de un cuervo negro, quien lo tentaba diciéndole que se convirtiera, sí, pero que lo dejara para “mañana”, es decir, que aceptara a Jesucristo, pero no hoy, sino mañana; hoy podía seguir en su vida de paganismo, de atracción por las cosas vanas de la tierra y mañana sí podría aceptar a Jesucristo. Es sabido, porque así nos lo reveló Nuestro Señor Jesucristo, que el Demonio es el “Padre de la mentira”, por lo que lo que le proponía el Demonio era falso, porque nadie puede saber si amanecerá vivo al día siguiente: el Demonio lo que le proponía en realidad era que continuara en la vida de pecado, en la vida de pagano, en la vida de adoración de ídolos falsos, en la vida de la seducción por los placeres terrenos.

         En este momento, San Expedito se enfrentaba a una encrucijada en su vida: por un lado, había recibido la gracia de conocer a Jesucristo como a su Salvador; por otro lado, el Demonio lo tentaba para que pospusiera su conversión, dejándola para otro día, para que continuara con su vida de pagano. San Expedito debía luchar contra la tentación, detrás de la cual se encontraba el Tentador de la raza humana, el Ángel caído. Entonces, San Expedito, que tenía la Santa Cruz en su mano, recibió la fuerza de Jesucristo desde lo alto, desde la Cruz y, con esa fuerza divina, levantó la Cruz en alto y dijo: “Hodie”, que significa “Hoy”, al mismo tiempo que aplastaba la cabeza del cuervo-demonio que, inadvertidamente, se había acercado hasta los pies de San Expedito. Al decir “Hoy”, San Expedito quería decir: “No mañana, sino hoy me convierto a Jesucristo; no mañana, sino hoy, ahora, en este momento, digo “no” a la tentación, digo “no” a las obras del Demonio, digo “no” a la oscuridad del paganismo, para abrazarme a la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesús”. Por su celeridad en responder a la gracia, es que San Expedito triunfó sobre el Demonio y se convirtió en el santo de las causas urgentes.

         Hoy el Demonio no se nos aparece como un cuervo negro, sino disfrazado de los colores del arco iris: se nos presenta bajo la ideología de género, bajo la cultura de la muerte, haciendo creer que el aborto y la eutanasia son derechos humanos; se nos presenta bajo ideologías anti-cristianas como el comunismo, que aplastan los derechos de Dios y persiguen a los cristianos; se nos presenta bajo falsas ideas de hacer de esta tierra un paraíso terreno por medio del ateísmo, del materialismo, del hedonismo; se nos presenta bajo la religión del Anticristo, que es la Nueva Era, en donde se practica el ocultismo, el satanismo, la brujería y toda clase de ritos demoníacos. Al recordar a San Expedito en su día, le pidamos que interceda por nosotros para que tengamos la misma fortaleza ante la tentación y la misma celeridad en decir “no” al Tentador y decir “sí” al Salvador de nuestras almas, el Hombre-Dios Jesucristo.

lunes, 7 de diciembre de 2020

San Ambrosio

 


Vida de santidad[1].

Nació en Tréveris (sur de Alemania) en el año 340. Huérfano de padre a muy corta edad, su madre lo educó en la religión católica, instruyéndolo en toda clase de virtudes. Siendo joven aprendió griego, llegó a ser un buen poeta, se especializó en hablar muy bien en público y se dedicó a la abogacía. Las defensas que hacía de los inocentes ante las autoridades romanas eran tan brillantes, que el alcalde de Roma lo nombró su secretario y ayudante principal y cuando apenas tenía treinta años fue nombrado gobernador de todo el norte de Italia. Allí se ganó la simpatía de todos, pues era un excelente gobernante. Al morir el Arzobispo de Milán, fue aclamado obispo por parte de todos los fieles de la ciudad, por lo cual hubo que ordenarlo sacerdote, al tiempo que el emperador emitía un decreto por el cual decía que Ambrosio debía aceptar el cargo.

Se preocupa por su formación personal, dedicando gran cantidad de tiempo en leer la Biblia y también a los grandes escritores católicos, especialmente San Basilio y San Gregorio Nacianceno, para luego dedicarse a instruir al pueblo en la santa religión católica. Es en uno de sus sermones que San Agustín, que todavía no se había convertido, se convierte y se hace bautizar por el santo y así inicia su nueva vida como hijo de Dios.

San Ambrosio era prácticamente el único que se atrevía a oponerse a los altos gobernantes cuando estos cometían injusticias. Escribía al emperador y a las altas autoridades corrigiéndoles sus errores y estos se lo agradecían; por ejemplo, el emperador Valentino le decía en una carta: “Nos agrada la valentía con que sabe decirnos las cosas. No deje de corregirnos, sus palabras nos hacen mucho bien”. En este sentido, San Ambrosio es un ejemplo para los sacerdotes de hoy, quienes debemos oponernos con todas nuestras fuerzas a los poderosos de este mundo, que pretenden, entre otras cosas, implementar leyes genocidas, como la ley del aborto, tal como está sucediendo en Argentina en estos días. Confiados en la protección de San Ambrosio, condenamos con todas nuestras fuerzas el proyecto de ley genocida enviada al Congreso Argentino por parte del Presidente, Alberto Fernández y el inepto Ministro de Salud, González Ginés García.

Como Arzobispo, se produjo un episodio que demostró su valentía y su confianza en la Misericordia de Dios: sucedió que el emperador de su tiempo, llamado Teodosio, era católico, pero se dejaba arrebatar por la ira y un día, en represalia por la muerte de un oficial suyo, ordenó en represalia asesinar siete mil personas con su ejército, lo cual fue algo tan brutal que conmovió a todos. Inmediatamente, San Ambrosio le escribió una carta diciéndole: “Eres humano y te has dejado vencer por la tentación. Ahora tienes que hacer penitencia por este gran pecado”. El emperador le escribió diciéndole: “Dios perdonó a David; luego a mí también me perdonará”. Y nuestro santo le contestó: “Ya que has imitado a David en cometer un gran pecado, imítalo ahora haciendo una gran penitencia, como la que hizo él”. Teodosio aceptó, pidió perdón e hizo grandes penitencias y en el día de Navidad del año 390, San Ambrosio lo recibió en la puerta de la Catedral de Milán, como pecador arrepentido. Después ese gran general murió en brazos de nuestro santo, el cual en su oración fúnebre exclamó: “Siendo la primera autoridad civil y militar, aceptó hacer penitencia como cualquier otro pecador, y lloró su falta toda la vida. No se avergonzó de pedir perdón a Dios y a la Santa Iglesia, y seguramente que ha conseguido el perdón”.

Este gran sabio compuso muy bellos libros explicando la Biblia, y aconsejando métodos prácticos para progresar en la santidad. Especialmente famoso se hizo un tratado que compuso acerca de la virginidad y de la pureza. El viernes santo del año 397, a la edad de 57 años, murió plácidamente exclamando: “He tratado de vivir de tal manera que no tenga que sentir miedo al presentarme ante el Divino Juez”.

Mensaje de santidad.

Además de toda su vida, su mensaje de santidad podría resumirse en su última frase, dicha antes de morir: He tratado de vivir de tal manera que no tenga que sentir miedo al presentarme ante el Divino Juez”. Esta simple frase resume todo lo que debe hacer un cristiano para salvar su alma, evitar la condenación y ganar el cielo: vivir en gracia, cumplir los Mandamientos de la Ley Divina, obedecer a la Voluntad de Dios y obrar según la misma. Si todos hacemos esto, estaremos confiados y alegres esperando el Juicio Particular, seguros de que por la Misericordia Divina viviremos en la alegre eternidad del Reino de los cielos.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

San Expedito vence al Demonio con la fuerza de la Cruz de Cristo

 


         San Expedito era un soldado romano que, antes de la conversión, profesaba el paganismo. En un momento determinado de su vida, recibió la gracia de la conversión, es decir, fue iluminado interiormente por la luz del Espíritu Santo y así conoció a Jesús como el Hombre-Dios y el Redentor de la humanidad. Ahora bien, en el mismo momento en que recibía esta gracia que le hacía conocer a Cristo Dios y Salvador, se le apareció el Demonio en forma de cuervo, para tentarlo con la postergación de su conversión: el Demonio, bajo la forma de un cuervo negro, comenzó a volar alrededor de San Expedito diciéndole “cras, cras”, que en latín significa “mañana”; la tentación consistía no en negar a Cristo Dios, sino en postergar la conversión, dejándola para el día siguiente, para “mañana”, lo cual es un engaño, porque no sabemos si hemos de vivir el día de mañana. Por esta razón, no debemos postergar la conversión y en esto San Expedito es nuestro ejemplo y modelo a imitar, porque el santo, ante la tentación de postergar la conversión, se aferró a la Cruz de Jesús y, recibiendo la fuerza divina que bajaba de la Cruz, la elevó en alto diciendo “hodie”, que significa “hoy”. El ejemplo de San Expedito consiste entonces en esto: no solo en no diferir la conversión, sino en rechazar velozmente la tentación y reconocer a Jesucristo como nuestro Dios, nuestro Salvador y nuestro Redentor. Por esta razón, porque respondió velozmente a la gracia, es que San Expedito es el santo de las “causas urgentes”.

         Otra consideración que debemos hacer es la siguiente: a nosotros, no se nos aparecerá el Demonio con la figura de un cuervo, pero sí se manifiesta el Ángel caído de diversas formas, todas agrupadas bajo la religión del Anticristo, la secta luciferina de la Nueva Era o Conspiración de Acuario. En esta secta, el Demonio se manifiesta de muchas formas, como por ejemplo, las filosofías y prácticas orientales como el reiki o el yoga; también se manifiesta en las prácticas ocultistas, como el tarot o lectura de cartas, la adivinación, la magia blanca, la magia negra, la wicca o brujería moderna, el gnosticismo, el esoterismo, el espiritismo; también se manifiesta el Demonio en devociones satánicas como el Gauchito Gil, la Difunta Correa o como el ídolo demoníaco conocido como “Santa Muerte” –aunque debería llamarse “Satánica Muerte”, ya que de santo no tiene nada-; el Demonio también se manifiesta en el plano civil y legislativo, como la ley del aborto o de la eutanasia –hay que recordar que la secta Templo Satánico considera al aborto como un ritual religioso, en el que se ofrece una víctima inocente, el niño por nacer, a Satanás-; también se manifiesta el Demonio en diversos aspectos de la cultura moderna, como la sensualidad, el hedonismo, el goce desenfrenado de las más bajas pasiones del hombre, disfrazadas de “derechos humanos” –tal como lo sostiene la ideología de género-; el Demonio se manifiesta también en el materialismo o deseo de poseer bienes materiales de forma avara; se manifiesta también en la música, en el cine, en la cultura, en la televisión, en Internet. Esto no quiere decir que debemos ver al Demonio en todas partes, pero tampoco debemos caer en el error de pensar que, como no se nos manifiesta como un cuervo negro o como una serpiente o dragón, entonces no se manifiesta de ninguna forma, con lo cual negamos su existencia. Ni ver al Demonio en todos lados, ni negar su existencia, además de estar atentos a sus distintas manifestaciones, eso es lo que como católicos debemos hacer.

         Al recordar a San Expedito en su día, le pidamos entonces que interceda por la verdadera causa urgente, que es nuestra conversión y la de nuestros seres queridos; le pidamos que interceda por nosotros para que, a imitación suya, respondamos velozmente ante la tentación, evitando el pecado y conservando la gracia y le pidamos también el poder reconocer lo que viene de Dios y lo que viene del Diablo, para aferrarnos a la Santa Cruz y así confesar nuestra fe en Cristo Dios, incluso hasta dar la vida.

sábado, 24 de octubre de 2020

Solemnidad de Todos los Santos

 



(Ciclo A – 2020)

         La Iglesia celebra en este día a “Todos los Santos”. ¿Quiénes son los santos? Los santos son seres humanos que han sido glorificados con la gloria divina luego de su muerte terrenal y, luego de morir y atravesar el Juicio Particular, fueron considerados dignos de ingresar en el Reino de los cielos, para alegrarse y gozarse por toda la eternidad, en la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y el Cordero, en compañía de la Santísima Virgen y de los Ángeles de Dios.

         Pero, ¿qué hizo que los santos fueran santos? Todos los santos –con la única excepción de la Madre de Dios, que nació sin la mancha del pecado original- fueron pecadores, porque nacieron, como todos los hombres, con la mancha del pecado original. Y hubieron algunos, como por ejemplo San Agustín, que vivieron largos años en estado de pecado, alejados de la gracia de Dios y de su Iglesia y sus Sacramentos. Sin embargo, todos los Santos, también sin excepción, recibieron, en algún momento de sus vidas, una gracia especialísima, que los convirtió de pecadores en santos, que los hizo abandonar su vida de pecado y los encaminó por el Camino Real de la Cruz y es así que todos los Santos se caracterizan por haber cargado la cruz de cada día y haber seguido a Cristo camino del Calvario, todos los días de su vida, hasta la muerte, siendo esta fidelidad a la gracia y a la cruz lo que los condujo al cielo, en donde ahora habitan, plenos de felicidad, por siglos sin fin. En otras palabras, los santos fueron, antes de ser santos, hombres comunes y pecadores que, de no haber recibido la gracia de la conversión, habrían continuado en su vida de pecado y se habrían condenado. Sin embargo, lo que los hizo convertir de pecadores a santos fue, como dijimos, la recepción de la gracia santificante, gracia que no sólo quitó el pecado de sus almas, sino que hizo que empezaran a vivir, por participación, de la vida del Cordero, ya desde esta vida terrena, vida que ahora viven en su plenitud, en la gloria del Reino de Dios. Esto quiere decir que, sin la gracia santificante, los Santos a los que veneramos y que están en el cielo, habrían sido hombres comunes y pecadores: esto nos anima a nosotros, que somos hombres comunes y pecadores –en realidad, somos “nada más pecado”- a emprender el camino de la santidad, tal como lo hicieron los Santos, camino que consiste, esencialmente, en recibir la gracia santificante, atesorarla en el corazón como el tesoro más preciado, más valioso que el oro y la plata, y cargar la cruz en el seguimiento de Cristo crucificado, para morir en el Calvario al hombre viejo y así nacer a la vida nueva de los hijos de Dios, los santos, destinados al Reino de los cielos. Entonces, es el atesoramiento de la gracia lo que hizo a los Santos ser Santos y merecedores del Reino de los cielos y por éste motivo es que la Iglesia nos pone como ejemplos, para que nosotros los imitemos en su camino de santidad, en su aprecio y amor de la gracia santificante.

         Por último, otra cosa que caracteriza a los Santos, sin excepción, es su amor por la Eucaristía y por la Virgen. No hay santo que no se haya destacado por su fe, devoción, piedad y amor hacia Jesús Eucaristía y hacia la Virgen, que es la Madre de la Eucaristía. Los Santos nos muestran entonces el camino al cielo: poseer la gracia santificante en el alma y amar a Jesús y a la Virgen. Si esto hacemos, algún día, luego de nuestro paso por la tierra y luego de atravesar el Juicio Particular, participaremos con Todos los Santos de su alegría, la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y del Cordero, por los siglos sin fin.

jueves, 15 de octubre de 2020

Santa Teresa de Ávila

 



         Vida de santidad[1].

         Nació en Ávila (España) el año 1515. Ingresó en la Orden del Carmelo, donde realizó grandes progresos en el camino de la perfección y gozó de místicas revelaciones. Habiendo emprendido la reforma de su Orden, tuvo que sufrir muchas dificultades, que superó con gran fortaleza de ánimo. También escribió varias obras, insignes por lo elevado de su doctrina, fruto de su experiencia personal. Murió en Alba de Tormes el año 1582.

         Mensaje de santidad.

         En un mundo caracterizado por dos extremos, un materialismo ateo y una espiritualidad pagana y anti-cristiana como la de la Nueva Era, Santa Teresa de Jesús nos deja un maravilloso mensaje de esperanza, no para esta vida, sino para la vida eterna. Analicemos brevemente el poema “Vivo sin vivir en mí”.

“Vivo sin vivir en mí,/y tan alta vida espero,/que muero porque no muero”. Santa Teresa vive, con la vida natural, pero no vive de ella y para ella, sino para otra vida, la vida eterna y es “tan alta” esta vida eterna en Cristo Jesús, que aunque viva con esta vida terrena, vive ansiando la muerte, para vivir eternamente con Cristo: “Muero porque no muero”.

“Esta divina unión/del amor con que yo vivo/hace a Dios ser mi cautivo/y libre mi corazón;/mas causa en mí tal pasión/ver a Dios mi prisionero,/que muero porque no muero”. Es un dogma de fe que Dios Trinidad, por la gracia, vive, inhabita, en el alma en gracia y a eso se refiere Santa Teresa cuando dice que “por el amor Dios vive cautivo en su corazón” y ese vivir de Dios Trino en su corazón, por la gracia y el amor, le causa tal ardor de amor, que se impacienta por no morir, para empezar a gozar de la visión beatífica: “Muero porque no muero”.

“¡Ay! ¡Qué larga es esta vida!/¡Qué duros estos destierros,/esta cárcel, estos hierros/en que el alma está metida!/Sólo esperar la salida/me causa dolor tan fiero,/que muero porque no muero”. Esta vida terrena, comparada con la hermosura inimaginable de la vida eterna en el Reino de los cielos, es como “una cárcel”, “unos hierros”, que se hacen “largos” porque el alma que contempla la vida futura en compañía del Cordero, no ve la hora en que llegue su muerte terrena, para alcanzar la vida eterna.

“¡Ay! ¡Qué vida tan amarga/do no se goza el Señor!/y si es dulce el amor,/no lo es la esperanza larga;/quíteme Dios esta carga/más pesada que el acero,/que muero porque no muero”. Esta vida terrena, además de ser una “cárcel” y unos “hierros”, es “amarga”, porque no se puede gozar, mientras estemos en la tierra, de la dulzura del Ser divino trinitario y de la contemplación en el Amor de Dios del Cordero; por eso, si bien se atenúa un poco la amargura por el amor que se puede tener a Dios, aun así, “la esperanza es larga”, esto es, la esperanza de morir cuanto antes a esta vida terrena para empezar a gozar de la Trinidad, hace que esta vida se vea como muy larga, y por eso el alma “muere porque no muere”.

“Sólo con la confianza/vivo de que he de morir,/porque, muriendo, el vivir/me asegura mi esperanza;/muerte do el vivir se alcanza,/no te tardes que te espero,/que muero porque no muero”. El alma que desea contemplar cara a cara a Dios Trino “muere porque no muere”, pero hasta que eso suceda, vive con la confianza que algún día ha de morir y que la muerte terrena significará, para el alma que vive en gracia, el comienzo de la vida eterna, de la bienaventuranza sin fin y por eso le dice a la muerte que “no tarde” y que hasta tanto, “muere porque no muere”.

“Vivo sin vivir en mí,/y tan alta vida espero,/que muero porque no muero. Amén”. El alma que ama a Dios vive en esta vida terrena, pero no vive en sí ni para sí, sino que vive en Dios, por Dios y para Dios y espera “tan alta vida” en el Reino de los cielos”, que “muere porque no muere”.

Imitemos a Santa Teresa de Ávila y vivamos en esta vida deseando morir para vivir la vida eterna; mientras tanto, recibamos de esa vida eterna que se nos da, como un anticipo, en la Sagrada Eucaristía, en donde Jesús vive para darnos su Vida Eterna.

 



[1] http://oraciondelashoras.blogspot.com/

lunes, 2 de marzo de 2020

San Casimiro


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Vida de santidad[1].

San Casimiro era hijo del rey de Polonia y tuvo la gracia de ser educado por unos padres sumamente devotos y por el profesor Calímaco, quien lo introdujo en el camino de la santidad. Su más grande anhelo y su más fuerte deseo era siempre agradar a Dios y por eso trataba siempre de evitar no solo el pecado mortal, sino también el venial e incluso las imperfecciones. Para lograr esto buscaba de dominar su cuerpo, antes de que las pasiones sensuales mancharan su alma. Aunque era hijo del rey, sin embargo vestía muy sencillamente, sin ningún lujo. Hacía múltiples mortificaciones, sea en el comer, en el beber, en el mirar y en el dormir; muchas veces dormía sobre el duro suelo y se esforzaba por no tomar licor. Y esto lo hacía en un palacio real, donde las gentes eran bastante inclinadas a una vida fácil y de muchas comodidades y comilonas.
Para Casimiro el centro no solo de su devoción sino de su vida, era la Pasión y Muerte de Jesucristo. San Casimiro sabía que para crecer en el amor a Dios es muy provechoso meditar en la Pasión de Jesucristo y es así que pasaba la mayoría del tiempo meditando en la Agonía de Jesús en el Huerto y en los azotes que padeció, como también en la coronación de espinas y las bofetadas que le dieron a Nuestro Señor, además de la subida de Jesús al Calvario y en las cinco heridas del crucificado, meditando también en el amor que llevó a Jesús a sacrificarse por nosotros. Le gustaban los cristos muy sangrantes, y ante un crucifijo se quedaba tiempos y tiempos meditando, suplicando y dando gracias.
Otra gran devoción de Casimiro era la de Jesús Sacramentado. Como durante el día estaba sumamente ocupado ayudando a su padre a gobernar el Reino de Polonia y de Lituania, aprovechaba el descanso y el silencio de las noches para ir a los templos y pasar horas y horas adorando a Jesús en la Santa Hostia.
A pesar de tener mucha gente adinerada a su alrededor, pues eran los miembros de la corte real, sus preferidos sin embargo eran los pobres. La gente se admiraba de que, siendo hijo de un rey, nunca ni en sus palabras ni en su trato se mostraba orgulloso o despreciador con ninguno, ni siquiera con los más miserables y antipáticos. Esta predilección por los pobres no era pura filantropía, sino que era el amor tan grande que le tenía a Dios, el que lo llevaba a amar inmensamente al prójimo, y es por esto que nada le era tan agradable y apetecible como la entrega de todos sus bienes en favor de los más necesitados, y no sólo de sus bienes materiales, sino de su tiempo, sus energías, de su influencia respecto a su padre y de su inteligencia. Otra virtud que se destacó en San Casimiro fue el amor a la pureza: su padre quiso casarlo con la hija del Emperador Federico, pero Casimiro dijo que le había prometido a la Virgen Santísima conservarse en perpetua castidad y es por esto que renunció a tan honroso matrimonio.
Los secretarios y otras personas que vivieron con Casimiro durante varios años estuvieron todos de acuerdo en afirmar que lo más probable es que este santo joven no cometió ni un solo pecado grave en toda su vida. Y esto es tanto más admirable en cuanto que vivía en un ambiente de palacio de gobierno donde generalmente hay mucha relajación de costumbres. A su padre el rey le advertía con todo respeto pero con mucha valentía, las fallas que encontraba en el gobierno, especialmente cuando se cometían injusticias contra los pobres.
Se enfermó de tuberculosis, y el 4 de marzo de 1484, a la corta edad de 26 años, murió santamente dejando en todos los más edificantes recuerdos de bondad y de pureza. Lo sepultaron en Vilma, capital de Lituania.

Mensaje de santidad.

En un tiempo en donde se enarbolan las banderas de la impureza, de la lujuria, de la fornicación, como derechos humanos, y en un tiempo en el que los jóvenes pasan su tiempo embelesados con esos espejitos de colores que son los celulares, las computadoras y la televisión, el ejemplo de San Casimiro resplandece con todo el brillo de la santidad, señalando para los jóvenes de nuestro tiempo el camino que conduce al cielo. San Casimiro transmite a los jóvenes –y a los no tan jóvenes- cuál es el camino que conduce al cielo: el amor a la gracia –no basta con evitar el pecado-, el amor a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo –en vez de pasar horas consumiendo contenido vacío de santidad en las pantallas-, el deseo de imitarlo –en vez de imitar a tantos personajes que llevan vida disipada-, el amor a los pobres –que, como dijimos, no es filantropía, sino reverberación del amor a Dios, que se vuelca de preferencia en los más desamparados-; por último, el amor a la pureza, a la castidad, en lugar del desenfreno de las pasiones que alejan del camino de la santidad. La vida  de San Casimiro es un libro abierto en donde los jóvenes de hoy pueden contemplar cómo es el camino que conduce a la unión con Dios en esta vida y por la eternidad.
         

lunes, 18 de noviembre de 2019

Santa Isabel de Hungría


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          Vida de santidad[1].

A los 15 Isabel años fue dada en matrimonio por su padre el Rey de Hungría al príncipe Luis VI de Turingia, con el cual tuvo tres hijos. Se amaban tan intensamente que ella llegó a exclamar un día: “Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿Cuánto más debiera amarte a Ti?”. Su esposo no ponía reparos a la costumbre de Isabel de dar a los pobres todo lo que encontraba en su casa. Él solía decir: “Cuanto más demos nosotros a los pobres, más nos dará Dios a nosotros”. Una vez se encontró un leproso abandonado en el camino, y no teniendo otro sitio en dónde colocarlo por el momento, lo acostó en la cama de su marido que estaba ausente. Llegó este inesperadamente y le contaron el caso. Se fue furioso a regañarla, pero al llegar a la habitación, vio en su cama, no el leproso sino un hermoso crucifijo ensangrentado. Recordó entonces que Jesús premia nuestros actos de caridad para con los pobres como hechos a Él mismo.
Cuando Isabel tenía apenas veinte años su esposo murió en una de las Cruzadas a Tierra Santa; Santa Isabel, con gran dolor, aceptó con resignación cristiana la voluntad de Dios y desde entonces, rechazando otras ofertas de matrimonio, se dedicó a vivir en la pobreza y a dedicarse al servicio de los más pobres y desamparados.
Sin embargo, un día su suerte cambió radicalmente, puesto que el sucesor de su marido la desterró del castillo y tuvo que huir con sus tres hijos, desprovistos de toda ayuda material. Y así, aquella que cada día daba de comer a 900 pobres en el castillo, ahora no tenía quién le diera para el desayuno. Pero Isabel nunca dejó de confiar en Dios y fe así que poco tiempo más tarde el Rey de Hungría consiguió que le devolvieran los bienes que le pertenecían como viuda, y con ellos construyó un gran hospital para pobres, y ayudó a muchas familias necesitadas. Un día, cuando todavía era princesa, fue al templo vestida con los más exquisitos lujos, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó: “¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?”. Nunca más volvió con vestidos lujosos al templo de Dios; como consecuencia de esto, un Viernes Santo, después de las ceremonias, cuando ya habían desvestido los altares en la iglesia, se arrodilló ante uno y delante de varios religiosos hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto de pobreza, como San Francisco de Asís, y consagró su vida al servicio de los más pobres y desamparados. Cambió sus vestidos de princesa por un simple hábito de tela burda y ordinaria de hermana franciscana y los últimos cuatro años de su vida –murió joven, a los veinticuatro años- se dedicó a atender a los pobres enfermos del hospital que había fundado. Se propuso recorrer calles y campos pidiendo limosna para sus pobres, y vestía como las mujeres más pobres del campo. Vivía en una humilde choza junto al hospital. Tejía y hasta pescaba, con tal de obtener con qué compararles medicinas a los enfermos.
Tenía un director espiritual que, para ayudarla en su camino a la santidad, la trataba duramente. Ella exclamaba: “Dios mío, si a este sacerdote le tengo tanto temor, ¿cuánto más te debería temer a Ti, si desobedezco tus mandamientos?”.
Cuando apenas cumplía 24 años, el 17 de noviembre del año 1231, pasó de esta vida a la eternidad. A sus funerales asistieron el emperador Federico II y una multitud tan grande formada por gentes de diversos países y de todas las clases sociales, que los asistentes decían que no se había visto ni quizá se volvería a ver en Alemania un entierro tan concurrido y fervoroso como el de Isabel de Hungría, la patrona de los pobres.
El mismo día de la muerte de la santa, a un hermano lego se le destrozó un brazo en un accidente y estaba en cama sufriendo terribles dolores. De pronto vio a parecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo: “¿Señora, Usted, que siempre ha vestido trajes tan pobres, por qué ahora tan hermosamente vestida?”. Y ella sonriente le dijo: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado”. El paciente estiró el brazo que tenía totalmente destrozado, y la curación fue completa e instantánea. Dos días después de su entierro, llegó al sepulcro de la santa un monje cisterciense el cual desde hacía varios años sufría un terrible dolor al corazón y ningún médico había logrado aliviarle de su dolencia. Se arrodilló por un buen rato a rezar junto a la tumba de la santa, y de un momento a otro quedó completamente curado de su dolor y de su enfermedad. Estos milagros y muchos más, movieron al Sumo Pontífice a declararla santa, cuando apenas habían pasado cuatro años de su muerte.

Mensaje de santidad.

Tal vez el mensaje de santidad lo podemos descubrir en dos afirmaciones de quienes conocieron a la santa. Un sacerdote de aquella época escribió: “Afirmo delante de Dios que raramente he visto una mujer de una actividad tan intensa, unida a una vida de oración y de contemplación tan elevada”. El mismo emperador Federico II afirmó: “La venerable Isabel, tan amada de Dios, iluminó las tinieblas de este mundo como una estrella luminosa en la noche oscura”. Es decir, Santa Isabel de Hungría, siendo noble de nacimiento y muy rica en bienes materiales, eligió, por amor a Cristo, despojarse de la nobleza terrena para adquirir la nobleza que da la gracia y eligió además despojarse de sus bienes materiales para darlos a los pobres y así ganar una mansión en el Reino de los cielos. Antes que los honores mundanos de la corte, prefirió el silencio y la oración y antes que disfrutar de los bienes terrenos, prefirió darlos todos a los pobres y servirlos a ellos, viendo en ellos al mismo Cristo crucificado. Santa Isabel de Hungría no sirvió a los pobres por mero altruismo, sino porque en ellos veía a Cristo crucificado, pobre y necesitado de todo. Y Cristo crucificado, recibiendo todo tipo de atenciones en los pobres, le dio a Santa Isabel lo que Él reserva para quienes lo abandonan todo por el Evangelio en esta vida: el Reino de los cielos.





[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Isabel_de_Hungr%C3%ADa.htm