San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 20 de septiembre de 2023

Las llagas del Padre Pío y el Amor de Dios

 



         Dentro de la inmensidad de dones, virtudes y prodigios que caracterizan la vida del Padre Pío, hay algo que sobresale a primera vista y es la presencia de las Llagas o estigmas, es decir, las heridas en sus manos, en sus pies y en su costado. Podemos preguntarnos qué significado tienen y cuál es la relación de esas llagas con cada uno de nosotros.

         Con relación a su significado, las Llagas del Padre Pío, si bien las llevaba él en su cuerpo, hay que decir que son las mismas Llagas de Cristo. Es decir, esas heridas abiertas y sangrantes que sufrió Nuestro Señor Jesucristo en la cruz, en el Monte Calvario, son las mismas Llagas que llevó el Padre Pío en su vida terrena y aunque él las cubría con un mitón o paño de lana, las heridas, cuando aparecían y por el tiempo que aparecían, ya que había momentos en que desaparecían, no dejaban de sangrar. Algo que hay que tener en cuenta es lo siguiente: si bien nosotros vemos fotos e incluso algunas filmaciones del Padre Pío en donde se lo ve sonriente con sus mitones en las manos, no es que las heridas no le doliesen: le dolían tal y como le dolían a Nuestro Señor Jesucristo en la cruz, pero el Padre Pío, sobreponiéndose al dolor, no dejaba de tener una sonrisa paternal y afectuosa en su rostro, para todo aquel que se le acercaba y de tal manera era así, que podemos decir que la inmensa mayoría no se daba cuenta del dolor que sufría el Padre Pío por llevar consigo las Llagas de Cristo. Otro detalle a tener en cuenta es que las Llagas nunca se infectaban, siempre permanecían abiertas y sangrantes, con sangre fresca y con los bordes de las heridas frescos y abiertos, lo cual indica dos cosas: una, que la ausencia de infección es signo de la pureza, no solo del Padre Pío, sino ante todo de Nuestro Señor Jesucristo, que en cuanto Dios, es la Pureza Increada, es el Cordero Inmaculado, sin mancha alguna de pecado y la Santidad Increada en Sí misma. El hecho de que siempre estuvieran sangrantes, es señal de que Cristo derramó, literalmente, hasta la última gota de su Sangre Preciosísima, para salvarnos de la eterna condenación, para perdonarnos nuestros pecados, para convertirnos en hijos adoptivos de Dios y para sí llevarnos al Cielo, al final de nuestra vida terrena.

         En cuanto a la relación que tienen las Llagas de Cristo, portadas por el Padre Pío en su vida terrena, son una señal visible, tangible, perceptible, del Amor de Dios por todos y cada uno de nosotros. Es decir, si alguno se pusiera a pensar y dijera: “¿Es verdad que me ama Dios, como si yo fuera el único ser humano en la tierra? Y si me ama, ¿cuál es la medida de su Amor por mí?”. Si alguien se hiciera esas preguntas, solo con contemplar las Llagas del Padre Pío, tendría de inmediato las respuestas: Dios nos ama a cada uno de nosotros como si cada uno de nosotros fuera el único habitante de la tierra, de manera que el Amor de Dios por nosotros no tiene límite ni medida, es infinito y eterno, así como es Dios, infinito y eterno; además, la medida del Amor de Dios por cada uno de nosotros, se puede comprobar también en las Llagas del Padre Pío, las Llagas de Cristo, porque lo que lo hace sufrir a Cristo su Calvario y su Pasión, como dice la Sierva de Dios Luisa Piccarretta, es el Amor, su Amor infinito y eterno por nosotros. Uno podría pensar que los flagelos, las trompadas, los golpes de todo tipo son los que hacen sufrir al Señor Jesús y no es así: el verdadero verdugo de Nuestro Señor Jesús es el Amor, porque es el Amor el que lo lleva a sufrir todo tipo de dolores y de amarguras, de penas y de tristezas, con el solo fin de salvarnos.

         Al recordar al Padre Pío en su día, le pidamos que interceda por nosotros, para que no solo nunca nos quejemos de la Cruz, sino que seamos capaces de llevarla con amor, caminando detrás de Jesús por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis, el Único Camino que conduce al Cielo.

jueves, 22 de septiembre de 2022

El Padre Pío y el verdadero alivio del sufrimiento

 



         Dentro de todas las innumerables virtudes del Padre Pío, se encuentran su compasión por quienes se encuentran afligidos por diversas enfermedades. A tal punto llegó su compasión, que no se quedó cruzado de brazos, sino que comenzó una campaña para recolectar dinero para poder fundar un hospital destinado a los que padecen todo tipo de enfermedades, hospital al cual llamó: “Casa alivio del sufrimiento”. En la actualidad, el hospital fundado por el Padre Pío es uno de los mejores de Italia y del mundo.

         Pero hay un designio del Padre Pío en el nombre del hospital y es que en el nombre se indica cuál es el verdadero alivio que el Padre Pío quería para sus enfermos. Aunque pueda parecernos extraño, el Padre Pío quería que los enfermos se curaran y así se vieran aliviados, pero no era ese el principal deseo del Padre Pío, porque él buscaba otro alivio, mucho más profundo, para los enfermos, que la simple curación de sus enfermedades y era la curación del alma por la gracia santificante de Cristo y su santificación por medio de la participación en la Pasión y Muerte en cruz de Cristo. Ése era el verdadero alivio que buscaba el Padre Pío para los enfermos: no tanto que se curasen de sus enfermedades del cuerpo, sino ante todo que fueran curados en el alma por la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo, gracia que brota de su Corazón traspasado y que se comunica por medio de los sacramentos.

Y es el mismo Padre Pío quien nos muestra cuál es el verdadero alivio del sufrimiento y nos lo muestra con sus llagas: el verdadero alivio no es la curación de la enfermedad, sino la unión con Cristo crucificado. Cuando el alma se une a Cristo en la cruz, es ahí cuando experimenta un alivio en su sufrimiento, no porque su enfermedad sea curada milagrosamente, sino porque al unirse a Cristo por el sufrimiento, es Cristo Quien toma ese sufrimiento como si fuera propio y lo convierte, con su santidad y su poder divino, en una fuente de santificación, para el alma que sufre y para todos aquellos por quienes esa alma ofrece su sufrimiento. Al recordarlo en su día, le pidamos al Padre Pío que nos enseñe a apreciar y desear unirnos a Cristo crucificado, para así obtener alivio para nuestras almas y las de nuestros seres queridos.

jueves, 28 de enero de 2021

Santo Tomás de Aquino

 



          Vida de santidad[1].

          Nació alrededor del año 1225, de la familia de los condes de Aquino. Estudió primero en el monasterio de Montecasino, luego en Nápoles; más tarde ingresó en la Orden de Predicadores, y completó sus estudios en París y en Colonia, donde tuvo por maestro a san Alberto Magno. Escribió muchas obras llenas de erudición y ejerció también el profesorado, contribuyendo en gran manera al incremento de la filosofía y de la teología. Murió cerca de Terracina el día 7 de marzo de 1274. Su memoria se celebra el día 28 de enero, por razón de que en esa fecha tuvo lugar, el año 1369, el traslado de su cuerpo a Tolosa.

          Mensaje de santidad.

          Cuando constatamos nuestra propia miseria -nuestras inclinaciones al mal, nuestras faltas de enmienda, nuestras escasas o nulas aspiraciones a la santidad-, en vez de desalentarnos y derrumbarnos espiritualmente frente a tantas dificultades, Santo Tomás de Aquino -quien además de eximio filósofo y teólogo era un místico excepcional-, nos da un instrumento con el cual podemos avanzar rápidamente en la vida espiritual y en el camino de la santidad. Arrodillados frente al Crucifijo o frente al Sagrario, podemos reflexionar acerca de la siguiente meditación de Santo Tomás, quien nos propone a Jesús crucificado como modelo y fuente de todas las virtudes.

          Al contemplar a Cristo crucificado, Santo Tomás se pregunta acerca de la necesidad de que Cristo padeciera en la Cruz como lo hizo, y la respuesta es doblemente afirmativa: para perdonarnos los pecados y para darnos ejemplo de cómo obrar santamente. Dice así el santo: “¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar”[2]. Nos detendremos en la segunda razón, que es la que nos servirá para progresar en la vida espiritual, ya que así lo asegura el santo: “la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida”. Es decir, es en la Pasión de Cristo -y particularmente en el momento de la crucifixión- en donde debemos buscar cualquier ejemplo de virtud en la cual deseemos progresar, sabiendo que las encontraremos en Cristo expresadas en grado infinito y no sólo eso, sino que, además de modelo de virtudes, Cristo es la Fuente de toda virtud. Entonces, si lo que necesitamos es amor, para dar a nuestro prójimo -no amor humano, sino el Amor sobrenatural del Corazón de Cristo, el Amor del Espíritu Santo-, lo encontraremos superabundantemente en Cristo crucificado: “Si buscas un ejemplo de amor: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz”[3].

          Si lo que necesitamos es paciencia, porque somos proclive no solo a la impaciencia, sino a la ira o a la cólera, también Cristo es modelo y fuente de paciencia: “Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: corramos también nosotros con firmeza y constancia la carrera para nosotros preparada”. Es decir, postrados ante la Cruz y abrazados a los pies ensangrentados de Jesús, contemplemos cuán pacientemente sufre Jesús toda clase de sufrimiento -físico y espiritual- y le imploremos la gracia de tener un corazón “manso y humilde” como el suyo.

          Si somos soberbios y orgullosos y lo que nos falta es humildad, todo eso lo encontraremos en Jesús crucificado: “Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilatos y morir”[4]. En una muestra extrema de humildad, Jesús, siendo Dios, no dudó, para salvarnos, en someterse voluntariamente al juicio inicuo de un juez terreno, como Pilatos.

          Si somos rebeldes y estamos dominados por nuestro juicio propio, busquemos el ejemplo extremo de obediencia en Jesús crucificado: “Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte”[5].

          Si estamos apegados a los bienes materiales y pensamos que esta vida se reduce a poseer más y más riquezas terrenas, busquemos en Jesús crucificado el extremo desprendimiento de todo lo material: “Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien, finalmente, dieron a beber hiel y vinagre”[6].

          Un último consejo de Santo Tomás, siempre contemplando a Jesús crucificado -o en la humildad gloriosa de la apariencia de pan, la Eucaristía-, para que nos impulse cada vez más a no solo desprendernos de las cosas materiales, sino a desear nada más que la vida eterna: “No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se reparten mi ropa; ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que, entretejiendo una corona de espinas, la pusieron sobre mi cabeza; ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre”[7].

          Siguiendo a Santo Tomás, nos postremos ante Jesús crucificado o ante su Presencia en el sagrario, y abrazados a sus pies sangrantes, pidamos la gracia de tener sus virtudes, ya que Él no solo es modelo de toda virtud, sino Fuente Inagotable e Increada de toda virtud. Sólo así, en la imitación de Cristo, lograremos pasar de este mundo a la vida eterna, al Reino de los cielos.

         



[2] Santo Tomás de Aquino, Conferencia 6 sobre el Credo.

[3] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

[4] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

[5] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

[6] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

[7] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

sábado, 24 de octubre de 2020

Solemnidad de Todos los Santos

 



(Ciclo A – 2020)

         La Iglesia celebra en este día a “Todos los Santos”. ¿Quiénes son los santos? Los santos son seres humanos que han sido glorificados con la gloria divina luego de su muerte terrenal y, luego de morir y atravesar el Juicio Particular, fueron considerados dignos de ingresar en el Reino de los cielos, para alegrarse y gozarse por toda la eternidad, en la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y el Cordero, en compañía de la Santísima Virgen y de los Ángeles de Dios.

         Pero, ¿qué hizo que los santos fueran santos? Todos los santos –con la única excepción de la Madre de Dios, que nació sin la mancha del pecado original- fueron pecadores, porque nacieron, como todos los hombres, con la mancha del pecado original. Y hubieron algunos, como por ejemplo San Agustín, que vivieron largos años en estado de pecado, alejados de la gracia de Dios y de su Iglesia y sus Sacramentos. Sin embargo, todos los Santos, también sin excepción, recibieron, en algún momento de sus vidas, una gracia especialísima, que los convirtió de pecadores en santos, que los hizo abandonar su vida de pecado y los encaminó por el Camino Real de la Cruz y es así que todos los Santos se caracterizan por haber cargado la cruz de cada día y haber seguido a Cristo camino del Calvario, todos los días de su vida, hasta la muerte, siendo esta fidelidad a la gracia y a la cruz lo que los condujo al cielo, en donde ahora habitan, plenos de felicidad, por siglos sin fin. En otras palabras, los santos fueron, antes de ser santos, hombres comunes y pecadores que, de no haber recibido la gracia de la conversión, habrían continuado en su vida de pecado y se habrían condenado. Sin embargo, lo que los hizo convertir de pecadores a santos fue, como dijimos, la recepción de la gracia santificante, gracia que no sólo quitó el pecado de sus almas, sino que hizo que empezaran a vivir, por participación, de la vida del Cordero, ya desde esta vida terrena, vida que ahora viven en su plenitud, en la gloria del Reino de Dios. Esto quiere decir que, sin la gracia santificante, los Santos a los que veneramos y que están en el cielo, habrían sido hombres comunes y pecadores: esto nos anima a nosotros, que somos hombres comunes y pecadores –en realidad, somos “nada más pecado”- a emprender el camino de la santidad, tal como lo hicieron los Santos, camino que consiste, esencialmente, en recibir la gracia santificante, atesorarla en el corazón como el tesoro más preciado, más valioso que el oro y la plata, y cargar la cruz en el seguimiento de Cristo crucificado, para morir en el Calvario al hombre viejo y así nacer a la vida nueva de los hijos de Dios, los santos, destinados al Reino de los cielos. Entonces, es el atesoramiento de la gracia lo que hizo a los Santos ser Santos y merecedores del Reino de los cielos y por éste motivo es que la Iglesia nos pone como ejemplos, para que nosotros los imitemos en su camino de santidad, en su aprecio y amor de la gracia santificante.

         Por último, otra cosa que caracteriza a los Santos, sin excepción, es su amor por la Eucaristía y por la Virgen. No hay santo que no se haya destacado por su fe, devoción, piedad y amor hacia Jesús Eucaristía y hacia la Virgen, que es la Madre de la Eucaristía. Los Santos nos muestran entonces el camino al cielo: poseer la gracia santificante en el alma y amar a Jesús y a la Virgen. Si esto hacemos, algún día, luego de nuestro paso por la tierra y luego de atravesar el Juicio Particular, participaremos con Todos los Santos de su alegría, la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y del Cordero, por los siglos sin fin.

sábado, 30 de mayo de 2020

El significado del Sagrado Corazón y sus elementos



          Al aparecerse a Santa Margarita de Alacquoque como el Sagrado Corazón, Jesús le muestra su Corazón, al que lleva en una mano. Según lo describe la santa, el Corazón de Jesús era transparente como el cristal, estaba rodeado por una corona de espinas, en su ápice se veía una cruz y estaba envuelto en llamas de fuego.
          ¿Qué significado tienen cada uno de estos elementos?
          La transparencia del Corazón de Jesús significa la transparencia, en el sentido de ausencia de sombras, del Ser divino trinitario. En efecto, Dios Uno y Trino es la Verdad Absoluta, el Bien Supremo y la Misericordia en sí misma; en Él no hay sombra alguna de falsedad, mentira, engaño o corrupción. Es esto lo que significa la transparencia, entonces: la santidad de la Trinidad, que inhabita en el Corazón de Jesús.
          La corona de espinas que rodea al Corazón de Jesús y que le provoca un intenso dolor -misteriosamente, Jesús está resucitado y glorioso y no experimenta ya dolor, pero este dolor es de tipo moral-, representan los pecados de los hombres, nuestros pecados, que se materializan en las espinas de la corona y le provocan un acerbo dolor en ambas fases del latido del Corazón: en la fase de expansión, porque las espinas se incrustan en él; en la fase de contracción, porque las espinas desgarran el músculo cardíaco, provocando también dolor. Es para significar el dolor moral que experimenta Jesús ante nuestros pecados y que los pecados no pasan desapercibidos para Dios, sino que son causa de un profundo dolor moral (como el de una madre que ve cómo su hijo se dirige por el mal camino).
          La cruz en el ápice del Corazón de Jesús significa que, si queremos alcanzar el fruto exquisito de la salvación, que es el Corazón de Jesús, debemos subir al Árbol de la Vida, la Santa Cruz de Jesús, así como quien desea alcanzar un fruto exquisito de un árbol, debe subirse al árbol para conseguirlo. No hay otra manera de llegar al Corazón de Jesús que no sea por medio de la Santa Cruz.
          Por último, las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón, simbolizan al Espíritu Santo, llamado también “Fuego del Amor Divino”. El Espíritu Santo se simboliza con una paloma y también con llamas de fuego -así es como se manifiesta en Pentecostés- y es este Fuego del Divino Amor el que inhabita y envuelve al Corazón de Jesús y es el Amor que el Corazón de Jesús, contenido en la Eucaristía, comunica al alma cuando ésta lo recibe por la comunión sacramental en estado de gracia, con fe, piedad y amor.       

viernes, 19 de julio de 2019

San Expedito y la elección de Cristo Eucaristía



         San Expedito era un soldado romano que vivía en el paganismo, es decir, no conocía ni a Dios Trinidad ni a su Mesías, Cristo Jesús. No conocía el Credo, no conocía los Diez Mandamientos, no estaba bautizado. Además de eso, era pagano, es decir, tenía a ídolos por dioses y es así que ante los problemas, en vez de rezarle a Jesús, o a la Virgen, o a los santos, o a los ángeles, como hacen los cristianos, acudía a los brujos y le rezaba a los ídolos. Como si alguien, en nuestros días, frente a un problema, en vez de acudir a la Iglesia a rezar, fuera a un brujo para que le haga magia y le solucione sus problemas por intermedio de San La Muerte, el Gauchito Gil, la Difunta Correa.
         Pero sucedió que un día Dios Trino se apiadó de él y le envió la gracia de conocer a Jesucristo: San Expedito entonces tuvo, ante sí, el conocimiento de quién era Jesús, sabía que Jesús era Dios y Hombre; sabía que Jesús se había encarnado para subir a la Cruz y morir para salvarlo del pecado, del Demonio y de la muerte; sabía que prolongaba su Encarnación en la Eucaristía y que por eso estaba vivo y glorioso en la Eucaristía; sabía que Jesús había dejado los Mandamientos de Dios; sabía que Jesús había vencido para siempre a los ídolos paganos a los cuales él le rezaba; sabía que los brujos no tenían ningún poder sobre la cruz y que la cruz vencía a todos los brujos y a todos los demonios del infierno juntos; sabía que Jesús habría de venir un día a juzgar a vivos y muertos y que iba a dar el cielo a los que vivieran en gracia y el infierno a los que vivieran en estado de pecado mortal. En un momento dado, San Expedito sabía todo esto, pero debía elegir, porque cuando Dios da la gracia, debemos aceptar la gracia, ya que para eso nos hizo libres. Entonces, San Expedito debía elegir: o aceptaba a Cristo y su Cruz y comenzaba a vivir como cristiano, sirviendo a Cristo como a su Señor, o rechazaba a Jesús y su Cruz y continuaba viviendo como pagano, adorando a los ídolos y siendo esclavo de ellos.
         El Demonio, que se había acercado bajo la figura de un cuervo, lo tentaba diciéndole: “Cras, cras”, que significa “mañana, mañana”, es decir, lo tentaba para que dejara su conversión para mañana, que ya habría tiempo para ser cristiano, que él continuara siendo pagano. Pero eso es un error, porque no sabemos si hemos de amanecer vivos el día de mañana. Entonces San Expedito, alzando en alto la Cruz y recibiendo de la Cruz la gracia y la fuerza para elegir al Hombre-Dios Jesucristo, dijo: “Hodie!”, que quiere decir, “¡Hoy!”, es decir, “Hoy elijo a Cristo como a mi Dios y Señor; hoy comienzo a ser cristiano; hoy abrazo la Cruz; hoy comienzo a recibir a Jesús en la Eucaristía; hoy elijo a la Virgen como mi Madre; hoy dejo de lado la vida de pagano y mis antiguas creencias supersticiosas; hoy comienzo mi preparación para ir al Cielo!”. Y al mismo tiempo, con la fuerza que le daba la Cruz, aplastó la cabeza del Demonio, que se le había acercado bajo la forma de cuervo.
         Porque San Expedito no dudó ni un instante en elegir a Cristo, es que es el Santo de las causas urgentes y la primera causa urgente, para nosotros y para nuestros seres queridos, es la conversión eucarística del alma, es decir, la conversión a Cristo Eucaristía.

sábado, 22 de diciembre de 2018

San Expedito y la inversión de los valores en la Cruz



         Cuando se contempla la imagen de San Expedito, hay algo que se destaca, entre otras cosas y es el hecho de que el santo eleva hacia lo alto la Santa Cruz de Jesús. Esta exaltación de la Cruz que hace San Expedito –y con él, toda la Iglesia-, es incomprensible si se la mira sin los ojos de la fe. Sin la fe católica, la Cruz representa dolor, humillación, muerte, desprecio, ignominia y oprobio: el que está en la Cruz sufre indeciblemente, es humillado, muere, es despreciado. Pero la incomprensión de la Cruz se da cuando se mira la Cruz con ojos humanos, sin la fe católica. Cuando, comunicada por la gracia, la fe católica nos ilumina, podemos contemplar cómo Dios invierte los valores en la Cruz[1] y así en la Cruz el dolor deja de ser dolor, porque con su dolor en la Cruz, Cristo santificó nuestro dolor y lo convirtió en un dolor salvífico, con lo cual el dolor deja de ser sufrimiento, para ser fuente de salvación; en la Cruz, la humillación deja de ser humillación, para ser glorificación, porque el Que está humillado en la Cruz es el Hijo de Dios quien, con su majestad divina, convierte a la humillación en fuente de grandeza y majestad ante Dios y los hombres; en la Cruz, la muerte deja de ser muerte para ser Vida y Vida divina, porque Cristo con su muerte en Cruz destruyó a la muerte y nos dio su Vida divina; en la Cruz, el desprecio, la ignominia y el oprobio dejan de ser tales, para convertirse en admiración y adoración, porque cuando se ve que Aquel que cuelga de la Cruz, el Hombre-Dios Jesucristo, el alma solo puede asombrarse, adorar y amar a Jesucristo, que por nuestra salvación se humilló a sí mismo, muriendo con muerte dolorosa y humillante en la Cruz.
         Como todos los santos, San Expedito eleva en lo alto la Cruz, porque allí se invierten todos los valores: si el mundo desprecia a Jesús Crucificado, Dios lo ama, porque Jesús Crucificado es su Hijo, a quien el Padre ama con amor eterno. Es por esto que San Pablo dice: “La doctrina de la Cruz de Cristo es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan” (1 Cor 18). Si para el mundo la Cruz es necedad, para la Iglesia la Cruz de Cristo es poder de Dios y así vemos cómo, con su omnipotencia divina, todo lo que es despreciable para el mundo, Cristo lo convierte en fuente de salvación, porque es Él quien, con su poder divino, invierte los valores en la Cruz. Por esta razón la Iglesia toda exalta y adora la Santa Cruz de Jesús.


[1] Cfr. Odo Casel, Misterio de la Cruz, Ediciones Guadarrama, Madrid2 1964, 168.

sábado, 11 de agosto de 2018

Santa Teresa Benedicta de la Cruz



         Vida de santidad[1].

         Nació el 12 de octubre de 1891, en la entonces ciudad alemana de Breslau (hoy Wroclaw-capital de la Silesia, que pasó a pertenecer a Polonia después de la Segunda Guerra Mundial). Ella era la menor de los 11 hijos que tuvo el matrimonio Stein. Sus padres, Sigfred y Auguste, dedicados al comercio, eran judíos. Él murió antes de que Edith cumpliera los dos años, y su madre hubo de cargar con la dirección del comercio y la educación de sus hijos.Judía de nacimiento, abraza la fe católica ya siendo profesora de universidad y reconocida filósofa. Entra en las Carmelitas descalzas y muere víctima de los nazis en Aushwitz. Canonizada por Juan Pablo II el 11 de Octubre, 1998. Consideró su conversión a la fe católica como una conversión también hacia una más profunda identificación con su identidad judía. Su testimonio ilustra dos temas inseparables: La unidad entre el judaísmo y la fe católica y el valor del sufrimiento.

         Mensaje de santidad[2].

         Además de su gran vida de santidad, su mensaje está en sus escritos. En uno de ellos, titulado: Ave Crux, spes única (Salve Cruz, esperanza única), Santa Teresa Benedicta o Edith Stein manifiesta la razón por la cual los cristianos ponemos toda nuestra esperanza y  nuestra única esperanza, en la cruz. Dice así: “Te saludamos, Cruz santa, única esperanza nuestra”. Así lo decimos en la Iglesia en el tiempo de Pasión, tiempo dedicado a la contemplación de los amargos sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo”. Edith Stein se refiere a una de las antífonas que la Iglesia canta en uno de los más importantes tiempos litúrgicos, el tiempo de Cuaresma, en donde la Iglesia no solo medita sino que participa, místicamente, de la Pasión del Señor, “de los amargos sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo”.
         Luego prosigue describiendo la situación actual del mundo contemporáneo, una situación en la que todo está envuelto en llamas, como producto de la “lucha entre Cristo y el Anticristo”: “El mundo está en llamas: la lucha entre Cristo y el Anticristo ha comenzado abiertamente, por eso si te decides en favor de Cristo, ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la vida”. Dice Santa Edith Stein que vivimos en una época en la que abiertamente luchan Cristo y el Anticristo y no se refiere simplemente a las luchas o guerras materiales, en las que se enfrentan un ejército contra otro, pues esta situación es consecuencia de una lucha espiritual entre las fuerzas del Bien, representadas en Cristo y su Iglesia, y las fuerzas del mal, representadas en el Anticristo y los hombres malvados a él aliados. En esta lucha, una probabilidad muy cierta es que, quien lucha para Cristo, deba ofrendar su vida por Él: “ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la propia vida”.
Más adelante, la santa nos anima a contemplar a Jesús crucificado, que por todos y cada uno de nosotros “cuelga del madero” en su obediencia al Padre hasta la muerte de cruz: “Contempla al Señor que ante ti cuelga del madero, porque ha sido obediente hasta la muerte de Cruz. Él vino al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre”. Es necesario contemplar a Jesús crucificado porque si el alma quiere desposarse en desposorios místicos con el Cordero, debe imitarlo en todo, principalmente, en su obediencia al Padre hasta la muerte de cruz: “Si quieres ser la esposa del Crucificado debes renunciar totalmente a tu voluntad y no tener más aspiración que la de cumplir la voluntad de Dios”.
La renuncia a todo bien terreno –y a toda gloria terrena- forma parte esencial del seguimiento de Nuestro Señor Jesucristo, puesto que Él muere pobre en la cruz. Si alguien desea seguir a Cristo pero no se decide a dejar los bienes terrenos, el apetito por los bienes materiales se interpondrá como un muro entre el alma y Jesucristo: “Frente a ti el Redentor pende de la Cruz despojado y desnudo, porque ha escogido la pobreza. Quien quiera seguirlo debe renunciar a toda posesión terrena”.
Quien desee seguir a Cristo debe arrodillarse ante su cruz con un corazón contrito, que ha renunciado de modo absoluto a toda posesión material y terrena, porque el Señor ha derramado hasta la última gota de us Sangre Preciosísima para demostrar cuánto amor nos tiene y así ganar nuestro amor. La renuncia a los bienes materiales y a la gloria mundana son necesarias para participar de su pureza, que en el hombre se traduce en “santa castidad”. Así, el alma que desee seguir a Jesucristo no debe tener otro pensamiento ni otro anhelo que no sea el mismo Jesucristo: “Ponte delante del Señor que cuelga de la Cruz, con corazón quebrantado; Él ha vertido la sangre de su corazón con el fin de ganar el tuyo. Para poder imitarle en la santa castidad, tu corazón ha de vivir libre de toda aspiración terrena; Jesús crucificado debe ser el objeto de toda tu tendencia, de todo tu deseo, de todo tu pensamiento”.
Como consecuencia de la lucha entre el Bien y el Mal, el mundo arde en llamas y esas llamas son tan altas y peligrosas que incluso pueden alcanzar la relativa seguridad del propio hogar. En esta situación, la cruz se presenta no solo como el único refugio seguro, sino como el único camino que nos quita de este mundo en llamas y nos traslada al Reino de los cielos: “El mundo está en llamas: el incendio podría también propagarse a nuestra casa, pero por encima de todas las llamas se alza la cruz, incombustible. La cruz es el camino que conduce de la tierra al cielo”.
Quien se abraza al madero de la cruz, es transportado al seno mismo de la Trinidad, porque es el Espíritu Santo quien, en Cristo, lleva al alma al Padre: “Quien se abraza a ella con fe, amor y esperanza se siente transportado a lo alto, hasta el seno de la Trinidad”.
Las llamas espirituales, que brotan del mismo Infierno y que abrasan este mundo terreno, solo pueden ser apagadas por la Sangre Preciosísima del Cordero, que brota inagotable de sus heridas abiertas: “El mundo está en llamas: ¿Deseas apagarlas? Contempla la cruz: del Corazón abierto brota la sangre del Redentor, sangre capaz de extinguir las mismas llamas del infierno”.
Quien mantiene fielmente los votos de castidad, obediencia y pobreza, no solo imita sino que participa del Acto de Ser divino trinitario y así su corazón se encuentra verdaderamente libre de toda clase de esclavitud, al tiempo que sobre él se derraman “torrentes del amor divino”: “Mediante la fiel observancia de los votos, mantén tu corazón libre y abierto; entonces rebosarán sobre él los torrentes del amor divino, haciéndolo desbordar fecundamente hasta los confines de la tierra”.
Quien se abraza a la cruz puede, verdaderamente, dar consuelo a las almas que están en este mundo en llamas y que por lo tanto sufren, aun cuando no sepan el origen de su dolor. El que así obra, se vuelve corredentor junto al Redentor: “Gracias al poder de la cruz puedes estar presente en todos los lugares del dolor a donde te lleve tu caridad compasiva, una caridad que dimana del Corazón Divino, y que te hace capaz de derramar en todas partes su preciosísima sangre para mitigar, salvar y redimir”.
Desde la cruz, Jesús nos mira a lo más profundo de nuestro ser y nos pregunta si aceptamos, libremente, el pacto por el cual Él derrama su Sangre sobre nuestros corazones y nosotros a cambio le damos la totalidad de nuestros pobres corazones y en ese pacto celestial, que brota de la cruz, radica toda nuestra esperanza y ésa es la razón por la cual decimos: “Salve, Cruz, esperanza única!”: “El Crucificado clava en ti los ojos interrogándote, interpelándote. ¿Quieres volver a pactar en serio con Él la alianza? Tú sólo tienes palabras de vida eterna. ¡Salve, Cruz, única esperanza!”.


[2] Edith Stein Weke, II. Band, Verborgenes Leben ‘Vida Escondida’, Freiburg-Basel-Wien 1987, S. 124-126

jueves, 19 de julio de 2018

San Expedito nos enseña a vencer en las tentaciones



         ¿Por qué en las imágenes de San Expedito aparece un cuervo aplastado bajo los pies del santo? Porque ese cuervo en realidad no es un cuervo, sino el Demonio en forma de cuervo y aparece bajo los pies de San Expedito porque el santo, con la ayuda de Jesús, lo venció con la cruz. El Demonio se le había aparecido a San Expedito como un cuervo, para intentar tentarlo e impedir así su conversión, instándolo a que dejara la conversión para “mañana”. El Demonio tentó a San Expedito porque ésa es su tarea, ése es su cometido, el tentar a las almas para alejarlas de Dios y por eso uno de sus nombres es “El Tentador”.
         A nosotros el Demonio no se nos va  a aparecer como un cuervo o como un animal, o en cualquier forma sensible, pero no por eso va a dejar de obrar en nosotros su obra perversa de tentarnos para alejarnos de Dios y su gracia. El Demonio actuará sobre nosotros, de forma insensible e invisible, pero no por eso menos real, y lo hará para que tomemos decisiones equivocadas que nos alejen de Dios.
         Pero también es cierto que no todas nuestras decisiones erróneas deben ser atribuidas al Demonio, porque si es verdad que es el Tentador, es verdad también que nosotros seguimos siendo libres para cometer o no un pecado, para ceder o no a la tentación. Por ejemplo, cuando se trata del pecado de la pereza –sea corporal o espiritual-, si yo hago pereza, si cometo el pecado de pereza, soy yo el perezoso y no es el Demonio el que “me obliga” a ser perezoso; soy yo el que cometo, personalmente, el pecado de pereza. Lo que sí puede hacer el Demonio y es lo que hace, es presentar al pecado –en este caso, la pereza-, como algo bueno y apetitoso, porque como es el Engañador, presenta a lo bueno como malo y a lo malo como bueno. Es decir, el Demonio me presentará a la pereza como algo bueno y atractivo y me ayudará a caer en el pecado de pereza, pero el responsable último del pecado sigo siendo yo. Y como con la pereza, así actúa con todos los demás pecados y vicios: los presenta como algo agradable y atractivo, pero siempre permanece mi libertad, que es la que me lleva a resistir, con la ayuda de la gracia, a la tentación, o si rechazo la gracia, a caer. En esta vida terrena, dicen los santos, los pecados aparecen como algo atractivo, pero en la otra vida, y sobre todo en el Infierno, es en donde aparecen en toda su horrorosa fealdad. Si los pudiéramos ver en su fealdad en esta vida, no pecaríamos nunca.
         A San Expedito el Demonio se le apareció en forma de cuervo y lo tentó, no para que no se convirtiera, sino para que se convirtiera “al otro día”, es decir, “mañana”, cuando eso es un error, porque no sabemos si habremos de amanecer el día de mañana, por lo que no hay que desperdiciar las gracias que Dios nos da y hay que aprovecharlas en el mismo momento, como hizo San Expedito.
         San Expedito venció con la fuerza de la cruz de Cristo, porque es Cristo el que con su luz nos hace ver la realidad de cómo son las cosas: nos hace ver la belleza de la virtud y la fealdad del pecado; nos hace ver lo verdadero como verdadero y lo falso como falso, para que no nos equivoquemos. Cristo nos muestra  a la virtud como algo bueno y al vicio y al pecado como algo malo, que es contrario a la voluntad tres veces santa de Dios. Cristo nos muestra la virtud y la gracia desde la cruz y nos hace desearla, porque fuimos creados para el bien y para la verdad, fuimos creados para la virtud y no para el vicio y Él nos ayuda también para que no solo deseemos la gracia, sino que nos ayuda para que seamos capaces de elegir siempre el bien y no el mal. Cristo nos hace desear la gracia que nos viene por los sacramentos y nos ayuda para que la conservemos y la aumentemos cada vez más.
         Frente a la tentación, Cristo nos da la luz, la sabiduría y la fuerza de Dios para que eligiendo la gracia, lo elijamos a Él y lo imitemos a Él y vivamos con su misma vida divina. San Expedito nos da ejemplo de cómo vencer en las tentaciones: unidos a la Santa Cruz de Jesús.

jueves, 30 de noviembre de 2017

San Andrés, Apóstol


         Vida de santidad[1].

San Andrés nació en Betsaida, población de Galilea, situada a orillas del lago Genesaret. Era hijo del pescador Jonás y hermano de Simón Pedro. La familia tenía una casa en Cafarnaúm, y era en esa casa en la que Jesús se hospedaba cuando predicaba en esta ciudad. Según la Tradición, San Andrés murió mártir bajo el reinado del cruel emperador Nerón, el 30 de noviembre del año 63.

         Mensaje de santidad.

Andrés tiene el honor de haber sido el primer discípulo que tuvo Jesús, junto con San Juan el evangelista. Los dos eran discípulos de Juan Bautista, y este al ver pasar a Jesús (cuando volvía el desierto después de su ayuno y sus tentaciones) exclamó: “He ahí el Cordero de Dios”. Al oír esto y movido por el Espíritu Santo, San Andrés fue, junto con Juan Evangelista, en busca de Jesús. Cuando lo alcanzaron, Jesús se volvió, entablándose el siguiente diálogo: “¿Qué buscan?”, les dijo Jesús. Ellos le dijeron: “Señor, ¿dónde vives?”. Jesús les respondió: “Vengan y verán”. El Evangelio relata que San Andrés y San Juan Evangelista fueron con Jesús y pasaron con Él aquella tarde. Luego de este encuentro, San Andrés, también iluminado por el Espíritu Santo, fue a ver a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Salvador del mundo, el Mesías”.
Andrés y Simón, pescadores, fueron llamados por Jesús, cuando se encontraban en su oficio. Jesús les dijo: “Síganme” y ellos, dejándolo todo, lo siguieron. De esa manera, Jesús elevaba su oficio de pescadores a un nivel sobrenatural: de ahora en adelante no serían más pescadores de peces, sino pescadores de almas, aquellas destinadas el Reino eterno de Dios.
Andrés, que vivió junto a Jesús por tres años, tuvo el privilegio de presenciar, con sus propios ojos, la gran mayoría de los milagros que hizo Jesús, además de escuchar, uno por uno, sus maravillosos sermones, con toda su sabiduría divina. En el milagro de la multiplicación de los panes, fue Andrés el que llevó a Jesús el muchacho que tenía los cinco panes.
En el día de Pentecostés, Andrés recibió junto con la Virgen María y los demás Apóstoles, al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, y desde entonces se dedicó a predicar el Evangelio con la fortaleza y la sabiduría de Dios.
Una tradición muy antigua cuenta que el apóstol Andrés fue crucificado en Patrás, capital de la provincia de Acaya, en Grecia. Según esta tradición, lo amarraron a una cruz en forma de X, dejándolo padecer en esa posición durante tres días, los cuales aprovechó para predicar e instruir en la religión a todos los que se le acercaban. Dicen que cuando vio que le llevaban la cruz para martirizarlo, exclamó: “Yo te venero, oh cruz santa, que me recuerdas la cruz donde murió mi Divino Maestro. Mucho había deseado imitarlo a Él en este martirio. Dichosa hora en que tú al recibirme en tus brazos, me llevarán junto a mi Maestro en el cielo”.
La vida de San Andrés es modelo para nuestra vida cristiana, pero sobre todo a partir de su encuentro personal con Jesús, encuentro que habría de cambiar su vida, literalmente, para siempre. Como hemos visto, San Andrés tuvo el privilegio de haber escuchado el Nombre Nuevo dado por Juan el Bautista al Mesías: “Éste es el Cordero de Dios”, y de ser invitado por el mismo Jesús en Persona a su morada, luego de que San Andrés le preguntara “dónde vivía”: “Vengan y verán”.  Ahora bien, también nosotros, al igual que San Andrés, tenemos el mismo privilegio de San Andrés, y aún mayor: a nosotros no nos anuncia Juan el Bautista dónde está el Cordero de Dios, sino que es la Iglesia quien nos lo anuncia, a través del sacerdote ministerial cuando, luego de producida la transubstanciación –el cambio de la substancia del pan y del vino por la substancia del Cuerpo y la Sangre del Señor, la Eucaristía-, el sacerdote ministerial eleva la Hostia y la ostenta al Pueblo fiel para que este la adore, al tiempo que dice: “Éste es el Cordero de Dios”. Y al igual que Andrés, que fue adonde vivía Jesús para estar con Él, también nosotros somos llamados por el Espíritu Santo, para “estar con Él”, en donde Él vive, en el sagrario, por medio de la Adoración Eucarística y también recibimos el Espíritu Santo, no solo en la Confirmación, sino también en cada comunión eucarística, en la cual y por la cual Jesús, Dador del Espíritu junto al Padre, sopla sobre nuestras almas al Amor de Dios, la Tercera Persona de la Trinidad. Un último ejemplo de santidad es su amor a la cruz y el deseo de morir crucificado en ella, a imitación de Jesús, tal como lo dice en su oración a la cruz. Imitemos a San Andrés, y le pidamos a Nuestra Madre del cielo, la Virgen, la gracia de amar la cruz y de ser crucificados, como San Andrés, por amor a Jesús.



miércoles, 19 de octubre de 2016

De dónde obtuvo San Expedito la fuerza para vencer la tentación


         Cuando recibió la gracia de la conversión, inmediatamente, a San Expedito se le presentó el Demonio, tentándolo para que postergara la conversión, permaneciendo en su vida de pagano. Sin embargo, San Expedito, a pesar de la fuerte tentación que esto suponía –el Demonio no le decía que abandonara a Jesucristo, sino que postergara su conversión, lo cual no parecía nada malo-, rechazó de modo inmediato y enérgico esta tentación diabólica. ¿De dónde obtuvo San Expedito la fuerza necesaria para hacerlo? De la Santa Cruz de Jesús.
         En nuestros días, la tentación demoníaca se repite día a día, facilitada enormemente por la debilidad de nuestro espíritu y por la fuerza de nuestras pasiones, desviadas hacia la concupiscencia a causa del pecado original. Hoy el Demonio tienta a los jóvenes con el hedonismo, el exitismo, la pereza, el relativismo, el materialismo, el ateísmo, aunque en muchos casos, no hace falta que sea el Ángel caído el que los tiente, sino que los mismos jóvenes, llevados por la acedia, la indiferencia y el desamor hacia Dios y, sobre todo, hacia su Presencia Eucarística, caen por sí mismos en las seducciones y tentaciones, y la razón es que el alma, sin la fuerza que viene de Dios, es extremadamente débil y no puede mantenerse en pie por sí misma.
         Pero también los jóvenes, al igual que San Expedito, que obtuvo la fuerza sobrenatural de la cruz de Jesús, para no ceder a las tentaciones del Demonio, así también los jóvenes de hoy pueden y deben obtener la fuerza para no caer, si todavía no lo hicieron, o para salir, si ya lo están, de los submundos de violencia irracional, consumo de substancias tóxicas, ateísmo, relativismo, hedonismo, que conducen a la desesperación existencial y a la muerte, de la Santa Cruz de Jesucristo.

         Al recordar a San Expedito en su día, le pedimos su intercesión para que los jóvenes lo imiten y, levantando en alto la Cruz de Jesús, digan: “¡Hoy sigo a Cristo y dejo de lado mi vida de pecado!”.

viernes, 1 de julio de 2016

El Sagrado Corazón de Jesús


         Unos dos o tres meses después de la primera aparición del Sagrado Corazón a Santa Margarita, se produjo la segunda gran revelación, la cual es descripta así por la santa: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más brillante que el sol, y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas (…) y una cruz en la parte superior (…)”[1].
         ¿Qué simbolizan cada uno de estos elementos?
Las espinas: nos lo dice la misma Santa Margarita: “significando las punzadas producidas por nuestros pecados”[2]. Jesús, en su Pasión, fue coronado de espinas en la cabeza, pero ahora vemos que también su Sagrado Corazón está circundado por una gruesa corona de afiladas, duras y punzantes espinas, que perforan y laceran su Corazón a cada latido. Estas espinas son la materialización de nuestros pecados y nos muestran así cuál es la realidad del pecado: mientras el pecado, en el hombre, produce placer de concupiscencia, este mismo pecado, en Jesús, se traduce en una gruesa, filosa y punzante espina. La contemplación de la corona de espinas del Sagrado Corazón debería conducirnos a no pecar más, al menos, para tener compasión de Jesús, para no seguir provocándole dolores tan intensos y desgarradores.
         Las llamas de fuego: Jesús es Dios y, como tal, espira el Espíritu Santo, Fuego de Amor divino, junto a su Padre, desde la eternidad. La Presencia del Espíritu Santo, simbolizado en las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón, no es algo accidental, ni está ahí sólo para ser contemplado: el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que envuelve al Sagrado Corazón, está en el Sagrado Corazón para ser donado junto con él, para que el alma que lo reciba, si dispone su corazón sediento del Amor de Dios, se encienda en las llamas de este Divino Amor, así como una madera o un hato de hierba reseca arden al contacto con las llamas de un fuego ardiente.
         La cruz: también este símbolo nos lo explica Santa Margarita: “(la cruz) la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en él la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”[3]. La cruz, plantada en la base del Sagrado Corazón, significan, por un lado, los sacrilegios, indiferencias, desprecios, que iba a sufrir por parte nuestra, los cristianos, que muchas veces nos comportamos y vivimos como paganos, porque simplemente dejamos de lado a Jesús, a su gracia santificante y a sus Mandamientos. Por otro lado, la cruz significa que el Sagrado Corazón se encuentra en Jesús crucificado, como el fruto exquisito del Árbol de la Vida, la Santa Cruz, así como un fruto delicioso cuelga de las ramas de un árbol frutal y que así como alguien, deseando comer de ese fruto, debe subirse al árbol para tomarlo, así el cristiano que quiera deleitarse con las dulzuras del Sagrado Corazón, debe subirse a la cruz, el Árbol de la Vida, para poder disfrutar de él.
         La herida por la que fluye su Sangre: la herida es el resultado del lanzazo recibido por Jesús en la cruz el Viernes Santo, herida por la cual comenzó a fluir, a borbotones, el contenido del Sagrado Corazón, la Preciosísima Sangre del Cordero, la cual, puesto que contiene al Espíritu Santo, quita los pecados del alma sobre al cual esta Preciosísima Sangre cae, al tiempo que la purifica y la santifica con la gracia divina.
         Por último, recordemos lo que sucedió en la Primera Revelación, siempre según la narración de Santa Margarita: “(El Sagrado Corazón) me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado (…)”.
         Lo que hizo Jesús, el tomar el corazón de Santa Margarita para introducirlo en el suyo y convertirlo en una llama encendida de amor, fue una muestra de amor para con Santa Margarita, pero para con nosotros, siendo muchísimo más indignos que esta gran santa, Jesús demuestra más amor todavía que para con ella, porque en vez de tomar nuestro corazón, nos da su Sagrado Corazón, contenido en la Eucaristía y envuelto en las llamas del Divino Amor, para que lo entronicemos en nuestros corazones. Es por esto que, cada comunión eucarística, realizada en gracia y con el corazón sediento por el Amor de Dios, es un don del Divino Amor y un milagro infinitamente más grande que la misma aparición del Sagrado Corazón.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

jueves, 14 de abril de 2016

Santa Liduvina, Paciente enferma crónica


Santa Liduvina, paciente enferma crónica[1]
         
Vida de Santa Liduvina
         Liduvina nació en Schiedam, Holanda, en 1380. Hasta los 15 años Liduvina era una adolescente como tantas otras, sin más preocupaciones que las propias de su edad y su estado social. Sin embargo, fue a esa edad, la plenitud de la juventud, cuando le sucedió un accidente que cambiaría su vida para siempre: al ir a patinar con sus amigos, resbaló, cayó en el hielo y se fracturó la columna dorsal, lo cual le provocó una sección de su médula, dejándola imposibilitada de caminar para siempre. A partir de entonces, la joven comenzó un verdadero calvario, producto de su estado: vómitos continuos, cefaleas, fiebre intermitente –la alta temperatura corporal le provocaba una sed insaciable, debido a la deshidratación-, dolores corporales –que no se aliviaban con ninguna posición-, eran cotidianos y tan intensos como frecuentes. El cuadro clínico se agravaba debido a dos factores: por un lado, no había modo alguno de reparar el daño medular, puesto que el daño era irreversible, lo que significa que el cuadro era progresivo; por otro lado, los avances médicos eran limitados y no se contaba con los recursos terapéuticos –analgesia, fisiatría, etc.- propios de nuestra época, que podrían haber aliviado su estado clínico.
         Al inicio, Liduvina, postrada en su cama, incapacitada para caminar y para hacer cualquier tarea, lloraba amargamente cuando oía a sus compañeras que corrían y reían despreocupadamente, y le preguntaba a Dios porqué le había permitido un martirio de esa magnitud. Pero un día, su vida cambió, gracias a que el nuevo párroco del pueblo, el Padre Pott, le hiciera ver el valor del sufrimiento ofrecido a Jesucristo crucificado: el Padre colocó un crucifijo frente a la cama de Liduvina y le dijo que de vez en cuando mirara a Jesús crucificado y se comparara con Él y que pensara que, si Cristo sufrió tanto, eso se debía que el sufrimiento –ofrecido a Él- conduce a la santidad.
En ese momento, Liduvina recibió una gracia particular, por la cual ya “no volvió más a pedir a Dios que le quitara sus sufrimientos, sino que se dedicó a pedir a Nuestro Señor que le diera valor y amor para sufrir como Jesús por la conversión de los pecadores, y la salvación de las almas”[2].
Por esta gracia recibida, Santa Liduvina no solo no se entristecía por sus dolores o por no poder movilizarse como antes, sino que llegó a amar de tal manera sus sufrimientos que decía frecuentemente: “Si bastara rezar una pequeña oración para que se me fueran mis dolores, no la rezaría”. Al mismo tiempo, descubrió que su “vocación” era ofrecer sus padecimientos a Jesús crucificado por la conversión de los pecadores, dedicándose a meditar en la Pasión y Muerte de Jesús. Desde entonces, sus sufrimientos –que antes eran causa de dolor e infelicidad-, se le convirtieron en una inagotable fuente de gozo espiritual, además de ser su “red” para convertir a los pecadores, apartándolos así del camino hacia el infierno y ayudándolos a encaminarse hacia el cielo. Santa Liduvina había descubierto dos grandes medicinas que le concedían fuerza, alegría y paz, según ella misma lo afirmaba: la Sagrada Comunión y la meditación en la Pasión de Nuestro Señor.
Con el tiempo, el deterioro físico de Santa Liduvina no hizo otra cosa que empeorar progresivamente: por su postración e inmovilidad, desarrolló grandes escaras –lesiones por decúbito- en la piel, lo cual le producía grandes dolores. Perdió totalmente la visión de un ojo, mientras que el otro se volvió tan sensible a la luz que no soportaba ni siquiera el reflejo de la llama de una vela. La rigidez muscular y la inmovilidad comprendían sus extremidades superiores e inferiores, con excepción de un ligero movimiento que podría hacer con el brazo izquierdo. A esto se le sumaba la extrema pobreza, que hacía casi imposible calefaccionar la habitación en la que se encontraba postrada y es así como el intensísimo frío de los inviernos de Holanda hacía que sus lágrimas se le congelaran en sus mejillas. En el hombro izquierdo se le formó un absceso –colección de pus, producto de una infección- dolorosísimo, a lo que se le sumó una neuritis -inflamación de los nervios aguda-, causante de dolores intensísimos. Era tanto su sufrimiento, que daba la impresión de que ya en vida hubiera comenzado su cuerpo a sufrir la descomposición orgánica propia de los cadáveres. Sin embargo, a pesar de todo esto, nadie la veía triste o desanimada, sino todo lo contrario: feliz por lograr sufrir por amor a Cristo y por la conversión de los pecadores. Además, se daba un hecho sobrenatural, que contradecía su estado clínico: podía percibirse a su alrededor un perfume –cuando en realidad, debía percibirse el olor fétido propio de las escaras infectadas y los abscesos- que, además de suavizar el ambiente, llenaba el alma de deseos de rezar y de meditar.
Se dice que una vez, en los inicios de su estado de postración, Liduvina soñó con Nuestro Señor, el cual le proponía cambiar su estado actual por una estadía en el Purgatorio. Entre la Santa y Nuestro Señor se entabló el siguiente diálogo, diciéndole así Jesús: “Para pago de tus pecados y conversión de los pecadores, ¿qué prefieres, 38 años tullida en una cama o 38 horas en el purgatorio?”. Liduvina respondió: “Prefiero 38 horas en el purgatorio”. En ese momento, sintió que moría, que iba al purgatorio y empezaba a sufrir, tal como lo había pactado con Jesús. Una vez allí, pasaron 38 horas y 380 horas y 3.800 horas, pero su martirio no terminaba, por lo cual, extrañada, le preguntó a un ángel que pasaba por allí: “¿Por qué Nuestro Señor no me habrá cumplido el contrato que hicimos? Me dijo que me viniera 38 horas al purgatorio y ya llevo 3,800 horas”. El ángel fue y averiguó y volvió con esta respuesta: “¿Que cuántas horas cree que ha estado en el Purgatorio?”. Liduvina: “¡Pues 3,800!”. Y el ángel: “¿Sabe cuánto hace que Ud. se murió? No hace todavía cinco minutos que se murió. Su cadáver todavía está caliente y no se ha enfriado. Sus familiares todavía no saben que Ud. se ha muerto. ¿No han pasado cinco minutos y ya se imagina que van 3.800 horas?”. Al oír semejante respuesta, Liduvina se dio cuenta no solo de la severidad de la Justicia Divina, sino de la gravedad del pecado, y dijo: “Dios mío, prefiero entonces estarme 38 años tullida en la tierra”. En ese momento, despertó. Desde entonces, comenzó a cumplirse el pacto entre ella y Jesús, pues realmente estuvo 38 años paralizada y a quienes la compadecían les respondía: “Tengan cuidado porque la Justicia Divina en la otra vida es muy severa. No ofendan a Dios, porque el castigo que espera a los pecadores en la eternidad es algo terrible, que no podemos ni imaginar”.
Además de esta prodigiosa conversión, gracias a la cual convirtió su enfermedad en fuente de santificación personal y para muchos pecadores, Santa Liduvina recibió otra gracia especial, reservada a los grandes santos: sólo se alimentaba de la Eucaristía, lo cual fue confirmado oficialmente no por autoridades eclesiásticas, sino por las autoridades civiles de Schiedam (su pueblo), quienes en  el año 1421, o sea 12 años antes de su muerte, publicaron un documento que decía así: “Certificamos por las declaraciones de muchos testigos presenciales, que durante los últimos siete años, Liduvina no ha comido ni bebido nada, y que así lo hace actualmente. Vive únicamente de la Sagrada Comunión que recibe”.
Santa Liduvina, paralizada y sufriendo espantosamente en su lecho de enferma, recibió de Dios muchos otros dones místicos, como por ejemplo, anunciar el futuro a muchas personas y de curar a numerosos enfermos, orando por ellos. A los 12 años de estar enferma y sufriendo, empezó a tener éxtasis y visiones: mientras el cuerpo quedaba como sin vida, en los éxtasis conversaba con Dios, con María Santísima y con su Ángel de la Guarda. En algunas ocasiones, recibía de Dios la gracia de poder presenciar los sufrimientos que Jesucristo padeció en su Santísima Pasión; otras veces contemplaba los sufrimientos de las almas del purgatorio, como así también podía ver algunos de los goces que nos esperan en el cielo. Lejos de desear terminar los sufrimientos para comenzar a gozar del cielo, Santa Ludovina, después de los éxtasis, se afirmaba cada vez más en su “vocación” de salvar almas por medio de su sufrimiento ofrecidos a Dios. Además, al finalizar cada una de estas visiones, sus dolores no solo no disminuían, sino que aumentaban todavía más, en paralelo con el aumento del amor con el que ofrecía todo a Nuestro Señor crucificado. Hay algo que debemos tener en cuenta con este aspecto de su vida y es que lo que la santificó, no fueron ni las visiones ni los éxtasis, ni la experiencia por anticipado de los gozos del cielo, sino el dolor ofrecido, en mansedumbre y con amor, por manos de la Virgen, a Jesús crucificado.
También tuvo otra gracia, por medio de la cual participó de una de las Bienaventuranzas del Señor: la de sufrir la calumnia por el Reino de los cielos: “Dichosos seréis cuando os injurien, os persigan y digan contra vosotros toda suerte de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mt 5, 11-12). Sucedió que trasladaron al santo párroco que tanto la ayudaba y que la había iniciado en la conversión y el camino de la santidad, por otro menos santo y menos comprensivo; este empezó a decir que Liduvina era una mentirosa que inventaba lo que decía. Pero ante esta calumnia, el pueblo se levantó en defensa de Liduvina y las autoridades, para probar lo infundado de estas acusaciones, nombraron una comisión investigadora compuesta por personalidades respetables y muy serias. Los investigadores declararon que ella decía toda la verdad y que su caso era algo extraordinario que no podía explicarse sin una intervención sobrenatural. Y así la fama de la santa no solo no sufrió menoscabo alguno por las calumnias, sino que creció y se propagó mucho más allá de las fronteras de su pueblo natal.
Y para que seamos conscientes de que el Amor de Dios –infinito y eterno- se nos comunica a través de la Santa Cruz de Jesús, lejos de atenuarse sus dolores y sufrimientos, en los últimos siete meses de vida aumentaron con tanta intensidad los dolores de Santa Liduvina, que no pudo dormir ni siquiera una hora a causa de sus padecimientos. Sin embargo, en ningún momento cesaba de elevar su oración a Dios, uniendo sus sufrimientos a los padecimientos de Cristo en la Cruz.
Su muerte ocurrió de tal manera, que ya anticipaba su destino final, el cielo: el 14 de abril de 1433, día de Pascua de Resurrección, poco antes de las tres de la tarde, la Hora de la Misericordia, pasó santamente a la eternidad. Pocos días antes de morir, recibió todavía una gracia más: contempló en una visión que en la eternidad le estaban tejiendo una hermosa corona de premios, pero al mismo tiempo se le decía que aun debía sufrir un poco. Y así sucedió: en esos días llegaron unos soldados, quienes lejos de compadecerse por su estado, la insultaron y la maltrataron. Santa Liduvina, tal como lo había hecho desde su conversión, ofreció todo a Dios con mucha paciencia, luego de lo cual oyó una voz que le decía: “Con esos sufrimientos ha quedado completa tu corona. Puedes morir en paz”.
La última petición que le hizo al médico antes de morir fue que su casa la convirtieran en hospital para pobres. Y así se hizo. Y su fama se extendió ya en vida por muchos sitios y después de muerta sus milagros la hicieron muy popular. Tiene un gran templo en su pueblo natal, Schiedam. Además, tuvo el gran honor de que su biografía la escribiera el escritor Beato Tomás de Kempis, autor del famosísimo libro “La imitación de Cristo”, lo cual es, por este hecho, una garantía de que los hechos relatados fueron reales y no una fábula.
         Mensaje de santidad
         Santa Liduvina, por su enfermedad y por el ofrecimiento que de esta hizo a Jesús, es la Patrona de los enfermos crónicos. Con su vida de santidad, Liduvina nos enseña a aprovechar la enfermedad para pagar nuestros pecados, convertir pecadores y conseguir un gran premio en el cielo. El decreto de Roma al declararla santa dice: Santa Liduvina fue “un prodigio de sufrimiento humano y de paciencia heroica”.
         Con su vida de sufrimientos, Santa Liduvina nos deja un valiosísimo mensaje de santidad: unir los dolores a los dolores de Jesucristo en la cruz y también a los dolores de María Santísima. Ella participó con sus dolores a la Pasión de Jesús y de esa manera, se santificó a sí misma y santificó y convirtió, por su intercesión, a una multitud de pecadores. La Iglesia nos pide a nosotros, sus hijos, que hagamos lo que hizo Santa Liduvina: si estamos enfermos, antes que pedir la gracia de la curación, lo que debemos hacer es ofrecer a Jesús nuestra enfermedad –con todo lo que esto implica, mortificaciones, tribulaciones, además del dolor físico-, para participar de su Pasión redentora. Así lo pide expresamente la Iglesia: “Que los enfermos vean en sus dolores una participación de la pasión de tu Hijo, para que así para que así tengan también parte en su consuelo”[3]. Como podemos apreciar, la enfermedad –física, corporal, mental, moral, espiritual- es un gran tesoro, un grandísimo don ofrecido gratuitamente por el cielo a quienes más ama Dios, porque por ella, Jesucristo atrae al alma hasta la cima del Monte Calvario, donde está Él crucificado y donde está Nuestra Señora de los Dolores, al pie de la cruz. Pero este tesoro fructifica el ciento por uno sólo y únicamente si su dueño, la persona enferma, en vez de renegar de su enfermedad, la ofrece con amor a Jesús, por manos de María Santísima, pidiendo por la conversión de los pecadores –y también ofreciéndolo por las Benditas Almas del Purgatorio-: sólo así, el alma no solamente se llena de paz y de alegría, sino que, haciendo fructificar su dolor, es fuente de conversión y santificación –lo cual quiere decir, amor, alegría y paz- para un gran número de pecadores. Por todo esto, nos damos cuenta de que es un gran error no solo rechazar la enfermedad, sino pedir su curación, aún cuando, desde el punto de vista humano, se tenga la obligación moral de realizar todo lo que esté al alcance, para curar o aliviar la enfermedad y sus síntomas –a causa del Primer Mandamiento, que manda “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”-. Santa Liduvina nos enseña que la enfermedad es un tesoro de valor inestimable, un talento valiosísimo dado por Dios a quienes más ama, pero, al igual que en la parábola de los talentos, este se puede enterrar, dejándolo sin fructificar, lo cual sucede cuando renegamos de la enfermedad, o bien se lo puede hacer rendir “el ciento por uno” y esto sucede cuando lo ofrecemos a Jesucristo por mediación del Inmaculado Corazón de María, pidiendo por la conversión de los pecadores y por las Almas del Purgatorio. Al recordar a Santa Liduvina, le dirigimos entonces esta oración: “Oh Santa Liduvina, Patrona de los enfermos crónicos, alcánzanos de Dios la gracia de aceptar con amor y paciencia nuestros sufrimientos como pago por nuestros pecados y ruega a Nuestra de los Dolores que sepamos ofrecer nuestros padecimientos a Jesús crucificado, para así conseguir, por la Sangre de Jesús derramada en la cruz, la conversión y salvación de muchos pecadores. Amén”.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Sta_Liduvina_4_14.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. Liturgia de las Horas, I Vísperas en la fiesta de San Antonio Abad.