San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 13 de diciembre de 2023

Santa Lucía, virgen y Mártir

 



         Vida de santidad[1].

         Nació en Siracusa, Sicilia (Italia), de padres nobles y ricos y fue educada en la fe cristiana y fue ejecutada en el año 304 d. C.  Su nombre figura en el canon de la misa romana, lo que probablemente se debe al Papa Gregorio Magno[2]. Se le representa llevando en la mano derecha la palma de la victoria, símbolo del martirio y en la izquierda los ojos que le fueron arrancados en su martirio por Cristo. Perdió a su padre durante la infancia y se consagró a Dios siendo muy joven. Sin embargo, mantuvo en secreto su voto de virginidad, de suerte que su madre, que se llamaba Eutiquia, quería que se casara con un joven pagano. Sin embargo, debido a que ella ya se había consagrado a Dios, le dijo a su madre que no se casaría. Su madre aceptó la decisión de la santa, pero el pretendiente de Lucía, indignado, la denunció ante las autoridades romanas, puesto que en ese entonces estaba en pleno apogeo una de las primeras persecuciones a la Iglesia y si alguien era denunciado como cristiano, era detenido de inmediato. El pro-cónsul Pascasio, siguiendo las órdenes del emperador Diocleciano, quien había decretado la persecución, ordenó la detención de Santa Lucía, conduciéndola luego ante el juez, para intentar hacerla apostatar de la fe en Cristo. El juez la amenazó todo lo que pudo para convencerla a que apostatara de la fe cristiana.  Ella le respondió: “Es inútil que insista. Jamás podrá apartarme del amor a mi Señor Jesucristo”. El juez le preguntó: “Y si la sometemos a torturas, ¿será capaz de resistir?”. La santa respondió: “Sí, porque los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. El juez entonces la amenazó con llevarla a una casa de meretrices para someterla a la fuerza a la ignominia.  Ella le respondió: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente”. Esta respuesta de la santa, admirada por Santo Tomás de Aquino, se corresponde con un profundo principio de moral: No hay pecado si no se consiente al mal.

El juez entonces la sentenció a muerte, pero no pudieron llevar a cabo la sentencia pues Dios impidió que los guardias pudiesen mover a la joven del sitio en que se hallaba. Entonces, los guardias trataron de quemarla en la hoguera, pero también fracasaron. En algún momento de la tortura, le extirparon ambos globos oculares, por lo cual se la representa con la palma de martirio en una mano y con los ojos suyos en una bandeja, en otra. Finalmente, la decapitaron. Pero aún con la garganta cortada, la joven siguió evangelizando a los demás cristianos, instándolos a que antepusieran los deberes con Dios a los de las criaturas.

Mensaje de santidad.

Santa Lucía es un modelo y ejemplo de cómo los jóvenes pueden amar a Dios por encima de las creaturas y con tal intensidad, que ya desde la infancia desean consagrar su virginidad a Dios, para entregarse a Él en cuerpo y alma. Con su consagración, Santa Lucía nos dice que la hermosura de Dios Trino es tan inmensa, que todo lo que conocemos fuera de Dios es igual a nada.

También es modelo y ejemplo de cómo los cristianos en general deben dar testimonio de Cristo, sin temor a los hombres, confiando en las palabras de Jesús: “No temáis a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Por último, Santa Lucía es también un modelo de cómo conservar el cuerpo como templo del Espíritu Santo, aun a costa de la vida propia, ya que es el Espíritu Santo quien les concede a los mártires la luz de la sabiduría divina para confesar con el martirio a Jesús como al Hombre-Dios, como así también les concede la fortaleza para soportar todo tipo de torturas, las cuales serían imposibles de soportar, si no estuvieran asistidos por el Espíritu Santo. Esto es además un aliciente para nosotros, que frecuentemente, por pequeñas contrariedades, nos vemos desanimados, sin detenernos a pensar en cómo el Espíritu Santo concede una fortaleza divina tan grande a los mártires, que los hace capaces de soportar torturas sobrehumanas. Es muy probable que no suframos el martirio cruento, como los mártires, pero sí podemos, tomando ejemplo de ellos, pedir asistencia al Espíritu Santo para que nos conceda sabiduría y fortalezas divinas, para así poder sobrellevar las adversidades de cada día. Le pidamos entonces a Santa Lucía que interceda para que no pidamos que nos sea retirada la cruz, sino para que la abracemos con el amor, la sabiduría y la fortaleza que solo el Espíritu Santo puede conceder; le pidamos también que, al igual que ella, que seguía viendo a pesar de no tener ya los ojos, seamos capaces, con el auxilio de la gracia divina, de cerrar los ojos a los placeres terrenos, para abrir los ojos del alma a la feliz eternidad que espera, en el Reino de los cielos, a quienes son fieles al Cordero de Dios, Cristo Jesús.

 



[1] Cfr. https://www.corazones.org/santos/lucia.htm ; Cfr. Butler, Vida de los Santos; Sálesman, Eliécer; Vidas de Santos.

[2] Además de las actas en versiones griegas y latinas de Santa Lucía, lo que es prueba de su existencia, está fuera de duda que, desde antiguo, se tributaba culto a la santa de Siracusa. En el siglo VI, se le veneraba ya también en Roma entre las vírgenes y mártires más ilustres. En la Edad Media se invocaba a la santa contra las enfermedades de los ojos, probablemente porque su nombre está relacionado con la luz y además porque en el martirio, a pesar de que le fueron extirpados ambos ojos, la santa continuaba viendo. La historicidad de Santa Lucía terminó de comprobarse cuando se descubrió, en el año 1894, una inscripción sepulcral con su nombre en las catacumbas de Siracusa.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Santa Lucía y la esperanza de la vida eterna en el cielo




La vida de santidad y sobre todo, la muerte martirial de Santa Lucía, nos enseña a mirar más allá de este mundo, cuya figura pasará al fin del tiempo, porque Santa Lucía dio su vida por una esperanza, pero no por una esperanza mundana, sino por una esperanza de una vida nueva, una vida distinta a esta vida terrena que vivimos, la vida eterna en el Reino de los cielos. Porque Santa Lucía poseía esta virtud de la esperanza en grado heroico, es que despreció no solo al mundo y sus riquezas, sino a esta vida terrena, por eso es que no le importó lo más preciado que tiene el hombre por naturaleza y que es la propia vida. En nuestros días, días caracterizados por ser días en los que el hombre ha construido un mundo y una sociedad sin Dios y se ha alejado de Él, debido a esta ausencia de Dios, los hombres ya no tienen la virtud de la esperanza en la vida eterna, sino que su esperanza es una esperanza mundana: el hombre de hoy tiene esperanzas de que la economía va a mejorar; tiene esperanzas de que podrá ganar más dinero; tiene esperanzas de que con ese dinero podrá comprar más y más cosas; tiene esperanzas de que no se enfermará y que vivirá sano; tiene esperanzas de que construirá una familia y que vivirá esta vida sin problemas. El hombre de hoy, un hombre sin Dios, tiene esperanza, pero se trata de una esperanza meramente humana y mundana, porque solo espera en bienes materiales y solo quiere bienes materiales. El hombre de hoy tiene esperanza, pero esperanza intra-mundana, una esperanza que lo lleva a creer que puede vivir esta vida con el estómago repleto y con las pasiones satisfechas.
         Por esta razón, la muerte martirial de Santa Lucía es un ejemplo para nosotros, porque Santa Lucía no muere por una esperanza intra-mundana, sino que muere porque espera vivir en el más allá, en la vida eterna, en el Reino de los cielos. Pero es incompatible querer vivir esta vida y poner todas las esperanzas en esta vida y sus bienes, y al mismo tiempo esperar vivir en el Reino de Dios, por eso es que Santa Lucía, puesta en la disyuntiva de elegir entre una vida sin mayores sobresaltos –tanto ella como su pretendiente poseían abundantes bienes materiales- y dar esta vida terrena para conseguir una vida superior, la vida eterna en el Reino de los cielos, Santa Lucía no duda ni un instante en elegir dar su vida por Cristo, porque espera en Él y sólo en Él y no en este mundo. Aprendamos de Santa Lucía a vivir la virtud de la esperanza, pero no una esperanza de que este mundo y esta vida sean mejores, sino que pidamos la gracia de que vivamos en la esperanza de llegar a vivir en la vida eterna, en el Reino de los cielos.

viernes, 7 de diciembre de 2018

Santa Lucía y su amor a la pobreza de la Cruz



         Santa Lucía, que nació en el siglo  d. C., pertenecía a una familia noble, de muy buena posición económica[1]. Su padre murió siendo ella muy pequeña por lo que, al ser hija única, se convertía en la única heredera de la fortuna familiar. En un primer momento, su madre quiso convencerla de que contrajera matrimonio con un joven pagano, pero la santa “dijo a su madre que deseaba consagrarse a Dios y repartir su fortuna entre los pobres”[2]. Su madre, luego de haber sido curada milagrosamente gracias a los ruegos de Santa Lucía, y llena de gratitud por el favor del cielo, le dio permiso para que cumpliera los designios de Dios sobre ella, esto es, que no contrajera matrimonio, sino que consagrara su virginidad a Dios y entregara sus bienes a los pobres. Esto ocasionó que el pretendiente de Lucía se indignara profundamente y delatara a la santa como cristiana ante el pro-cónsul Pascasio, en momentos en que la persecución de Diocleciano estaba entonces en todo su furor. Fue así que la santa fue detenida, sometida a torturas para que renegase de la fe de Cristo y, al no conseguirlo sus verdugos, la martirizaron.
         Al desprenderse de los bienes materiales heredados de su familia en favor de los pobres, Santa Lucía nos da ejemplo de amor a la pobreza. Ahora bien, nos tenemos que preguntar de qué pobreza se trata y porqué Santa Lucía elige la pobreza. Ante todo, no se trata de una pobreza que se limite solamente a la pobreza y no es algo que surja de ella como virtud propia; tampoco se trata de que Santa Lucía se consideraba como parte de una clase rica y dominante y que al repartir sus bienes, lo que buscaba era hacer justicia social, dando de sus bienes a los más pobres materialmente. No se trata de esta concepción de la pobreza, puesto que esta concepción es una concepción marxista y anti-cristiana, propia de la Teología de la Liberación, que es anti-cristiana al dividir a los hombres en buenos por ser pobres y en ricos por ser malos. No es esta la pobreza de Santa Lucía. Santa Lucía reparte sus bienes a los pobres y se queda ella misma en la pobreza, pero no para hacer una pretendida y falsa “justicia social”, sino porque su pobreza era una participación a la pobreza de la Cruz de Cristo. Es decir, Santa Lucía se hace pobre voluntariamente porque Cristo, que era rico siendo Dios, poseyendo la riqueza de la divinidad, se hace pobre al encarnarse, al asumir nuestra naturaleza humana, para enriquecernos con su divinidad. Además, la pobreza de Santa Lucía es una participación a la pobreza de la Cruz de Cristo: en efecto, en la Cruz, Jesús se despoja de todo lo material y conserva sólo aquello que lo conducirá al Cielo y aun así, todo lo material que posee, es don de su Madre y de su Padre del Cielo: el velo con el que cubre su Humanidad es el velo que le da su Madre, la Virgen; los clavos que sujetan sus manos y sus pies; la corona de espinas que ciñe su cabeza; el cartel que indica que es Rey de los judíos y hasta el madero mismo de la Cruz, son todos bienes materiales que le han sido prestados por Dios para que con ellos lleve a cabo la obra de la Redención de la humanidad. Es de esta pobreza de la Cruz de la cual participa Santa Lucía: ella se vuelve pobre pero no para combatir a los ricos y hacer ricos a los pobres repartiendo su pobreza, ya que esto es simplemente socialismo anti-cristiano: Santa Lucía da sus bienes a los pobres y se vuelve pobre para imitar y participar de la pobreza de la Cruz de Jesús. Al hacer esto, Santa Lucía se vuelve rica, porque adquiere la riqueza de la gracia del martirio, que le permite dar su vida por la salvación de los hombres, en unión con el sacrificio de Jesús. Santa Lucía se empobrece materialmente, pero adquiere la riqueza del Cielo, la salvación eterna. Es esta la verdadera pobreza cristiana, la que se despoja de los bienes materiales para enriquecer a los demás, pero no con los bienes materiales en sí, sino con la riqueza de la caridad y del amor de Cristo. Al recordar a Santa Lucía, le pidamos que interceda para que seamos capaces de amar a la verdadera pobreza, la pobreza de Cristo, que es la pobreza de la Cruz, la pobreza que nos hace pobres materialmente, pero nos enriquece con la gracia y el amor de Cristo Jesús.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Santa Lucía y el don de la piedad



         Santa Lucía es ejemplo inigualable, para nosotros que somos cristianos del siglo XXI, de piedad. Para saber a qué nos referimos, tenemos que recordar qué es lo que significa la piedad, que viene del vocablo latino “pietas”[1]: con este vocablo se quiere significar una virtud –un hábito bueno en el alma- que se manifiesta por la devoción en relación a las cuestiones santas y que tiene por guía al amor que se siente hacia Dios. Esta virtud se traduce también en obras de misericordia hacia el prójimo, obras que tienen como motor el amor que se siente por otros y la compasión hacia el prójimo. Un ejemplo de piedad en la vida de Lucía se da en ocasión de la enfermedad de su madre, ya que sufría de una enfermedad –no se dice cuál, pero con toda seguridad, provocada por la ausencia de plaquetas en la sangre, ya que sufría de continuas hemorragias, es decir, de continuas pérdidas de sangre-. Santa Lucía convenció a su madre y la acompañó a que fuera a orar ante la tumba, en Catania, de Santa Agata, a fin de obtener la curación de su enfermedad. Ella misma acompañó a su madre, y Dios escuchó sus oraciones, por lo que su madre quedó curada[2].
         La piedad, entonces, está asociada tanto a la humildad, como al amor a Dios y al prójimo por amor a Dios. En el caso de los padres, es de especial importancia cultivar la virtud de la piedad, porque en los padres se reflejan tanto la voluntad como el amor de Dios, aunque esta virtud se dirige a todo prójimo, ya que el primer mandato obliga el amor para con Dios, para con el prójimo y para con uno mismo: “Ama a Dios y a tu prójimo como a ti mismo”.
         Es decir, la piedad, en cuanto virtud, está subordinada al amor a Dios y, por Dios, hacia el prójimo y en especial modo, a los padres.
         Puesto que Lucía amaba con amor perfecto a Dios, en ella brillaban todo tipo de virtudes, en especial, el de la piedad, el cual implica, primero, amar a Dios y, en Dios y por Dios, al prójimo y en especial a los padres. No puede haber piedad verdadera –compasión, conmiseración- hacia el prójimo, si no hay amor a Dios. Que el ejemplo de Santa Lucía, de piedad hacia su madre y de amor perfecto hacia Dios, sea nuestra guía y nuestro ejemplo en nuestro peregrinar hacia el cielo y que Santa Lucía interceda para que no solo nunca faltemos a esta virtud, sino que la vivamos con todo el amor del que seamos capaces.

La fe de Santa Lucía la llevó a dar su vida por Cristo



         Como todos sabemos, Santa Lucía murió mártir por causa de su fe en Jesucristo. Precisamente, lo que la define como “mártir”, es el hecho de dar su vida en testimonio de Jesucristo. Ahora bien, esto nos lleva a considerar dos cosas: por un lado, qué es lo que entendemos por “fe” y qué es lo que entendemos por “Jesucristo”. Porque un evangelista, o un miembro de una secta, también pueden tener “fe en Jesucristo” y eso no los convierte en mártires ni en santos como Santa Lucía. ¿Por qué? Porque la fe y el Jesucristo de Santa Lucía son la fe y el Jesucristo de la Iglesia Católica, los cuales son muy distintos a los de los protestantes y a los de cualquier secta. “Fe”, dice la Escritura, es “creer en lo que no se ve”. Es decir, es algo invisible a los ojos del cuerpo, es algo en lo que creemos, pero que no lo vemos con los ojos del cuerpo, pero sí lo vemos con los ojos del alma, iluminados por la luz de la gracia. ¿Y qué es eso en lo que “creemos sin ver”? Es Jesucristo, pero no el Jesucristo de los evangelistas; no el Jesucristo de los integrantes de las sectas. Nosotros, los católicos –y por lo tanto, Santa Lucía- creemos en un Jesucristo muy distinto al Jesucristo en el que creen los evangelistas y los sectarios. Para nosotros, Jesucristo no es un hombre común, no es un hombre santo, no es una persona humana: es el Hombre-Dios, es la Segunda Persona de la Trinidad, es Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios y para nosotros, está en la Cruz, representado y está en Persona en la Eucaristía. Ni los evangelistas, ni los sectarios, creen en estas verdades, que son propiamente católicas. Los evangelistas no veneran la Cruz, porque no veneran imágenes y no adoran la Eucaristía, porque no creen en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesucristo en la Eucaristía, como sí lo creemos los católicos. Santa Lucía dio su vida por esta fe, la Santa Fe Católica, la fe que se nos infundió en el Bautismo, que se nos fortaleció con la Confirmación, que se nos infunde en cada Eucaristía, la fe católica en Cristo, el Hombre-Dios, que está representado en la Cruz y está en Persona en la Eucaristía. Hay un dicho que dice: “Católico ignorante, futuro protestante”. Si nosotros ignoramos nuestra Fe católica en Jesucristo, vamos a pensar que da lo mismo venir a la Iglesia Católica, que a la evangelista o a las sectas, pero nuestra Fe católica no tiene absolutamente nada que ver con la fe de estas iglesias y sectas que no son católicas. Por eso nosotros veneramos y adoramos la Cruz, el Viernes Santo, y por eso adoramos la Eucaristía y nos arrodillamos delante de la Eucaristía y hacemos adoración eucarística, porque nuestra Fe católica nos dice que allí está Jesucristo.
         Al recordar a Santa Lucía, le pidamos que interceda desde el Cielo para que no caigamos en la confusión de pensar que todas las religiones son iguales y le pidamos también que encienda en nosotros el mismo amor que tuvo ella por el Cristo de la Iglesia Católica, el Cristo de la Cruz y el Cristo de la Eucaristía, ese mismo Amor que la llevó a dar su vida por el Hombre-Dios Jesucristo.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

La consagración y el martirio de Santa Lucía, modelos de nuestra entrega cotidiana a Cristo


         El martirio de Santa Lucía no es otra cosa que la culminación de la entrega total de su vida a Jesucristo, por medio de la consagración de su cuerpo y su alma. El sentido de la consagración a Jesucristo es entregarle a Él todo su ser, su cuerpo y su alma, para que Jesucristo tome posesión de ella y haga de ella su morada. Pero para que esto suceda, el alma debe ser pura en cuerpo y alma, además de estar en estado de gracia santificante. Santa Lucía se consagró desde muy pequeña a Jesucristo, ofreciéndole su virginidad, lo cual quiere decir que ella quería que su cuerpo no solo no tuviera amores terrenos –aun cuando estos amores terrenos sean buenos y puros, como el verdadero amor esponsal-, sino que estuviera todo consagrado al amor esponsal celestial de Cristo Esposo. Santa Lucía consagra su virginidad a Jesucristo, pero no porque no tuviera posibilidad de contraer matrimonio –al contrario-, sino porque su amor espiritual, puro y sobrenatural por Jesucristo Esposo, era mucho más grande que el amor a cualquier esposo terreno. Por eso debía consagrar su cuerpo, su virginidad, para que le perteneciera, en su cuerpo, en su totalidad, a Jesucristo.
         Pero Santa Lucía no solo consagró el cuerpo, sino que también consagró su alma, para que esta fuera morada de la Trinidad y su corazón altar donde Jesús Eucaristía fuera amado y adorado. Para eso, Santa Lucía debió rechazar las impurezas del alma, así como debió rechazar las impurezas del cuerpo; la diferencia es que las impurezas del alma son la mentira, la falsedad, el cinismo, la hipocresía, y sobre todo, la apostasía de la Fe, es decir, abandonar a Jesucristo por los falsos ídolos del mundo. Es por esta razón que la apostasía se compara, con toda justicia, al adulterio: así como en el adulterio el cuerpo se entrega a quien no es el cónyuge, manchándolo con esta grave falta, así en la apostasía y en la idolatría el alma y el corazón se entregan a los ídolos, que no son otra cosa que demonios. Un católico idólatra, como por ejemplo, aquel que le prende velas y le reza al Gauchito Gil, a la Difunta Correa, a San La Muerte, o usa la cinta roja contra la envidia, o cree en supersticiones, como el árbol gnóstico de la vida, o cualquier otra superstición, es un adúltero espiritual, porque comete adulterio con los ídolos paganos, que no son otra cosa que demonios. Abandonan al Hijo de Dios, que dio por ellos su vida en la cruz y la continúa dando en la Eucaristía, por los demonios, que solo quieren su eterna condenación.
La consagración de su cuerpo y de su alma tuvo su coronación en Santa Lucía con el martirio, es decir, con el don de su vida de modo cruento, con derramamiento de sangre. Si a lo largo de su vida había entregado en secreto su cuerpo y su alma a Jesucristo, ahora, para gloria de Dios, Santa Lucía entrega su cuerpo y su alma de forma pública, eligiendo la muerte antes que dejar de poseer el Amor de Cristo. Por último, el fundamento tanto de su consagración por amor a Cristo, como de su martirio, no radica en ella, sino en Jesucristo, Rey de los mártires, quien muere mártir en la cruz porque consagró su vida a nuestra salvación, entregándose en su totalidad a Dios Padre en el ara de la cruz, para donarnos a Dios Espíritu Santo y así conducirnos al cielo. Es de esta consagración de su vida al Padre para salvarnos y de su muerte martirial en la cruz, que Jesús hace partícipes a los santos mártires como Santa Lucía. Esto último tiene mucha importancia para la vida espiritual: la consagración y el martirio de Santa Lucía nos enseñan entonces que quien desea consagrarse a Jesucristo y dar su vida por Él -en el testimonio cotidiano de su Evangelio y según el propio estado de vida-, es porque tiene en sí mismo al Espíritu Santo, donado por Jesucristo y que hace partícipe al alma de su consagración y amor. Acudamos por lo tanto a Santa Lucía para mantener siempre la pureza del cuerpo -la castidad-, y la pureza del alma -la integridad de la fe-, según nos aconseja la Didajé, las Enseñanzas de los Doce Apóstoles: “Buscarás cada día los rostros de los santos, para hallar descanso en sus palabras”[1]. Solo así perteneceremos totalmente a Cristo, en cuerpo y alma, en el tiempo y en la eternidad.



[1] 4, 2.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Las lecciones del martirio de Santa Lucía


         El martirio de Santa Lucía nos deja numerosas lecciones para nuestra vida espiritual. Veremos de qué manera.
         Si bien no está documentado en las Actas, sin embargo, Santa Lucía aparece en las imágenes, retratada con sus ojos en una bandeja de oro y la razón es que “antiguas tradiciones narraban que a ella le habían sacado los ojos por proclamar su fe en Jesucristo”[1]. Esto nos enseña que, con tal de mantener la fe en Jesucristo, no importa nuestro cuerpo terreno y que nuestras miradas deben ser puras, como las miradas de la Virgen y de Jesús.
         Lo primero que se destaca es el tormento psicológico al que es sometida la santa, por medio de amenazas de muerte, dirigidas a que Santa Lucía apostate de su fe, es decir, renuncie a la fe en Jesucristo. La respuesta de la santa es firme y determinada: “Es inútil que insista. Jamás podrá apartarme del amor de mi Señor Jesucristo”. Quien ama a Jesucristo con el Amor mismo de Dios, no con un amor humano, lo ama más allá de esta vida terrena y está dispuesto a entregar esta vida terrena, con tal de permanecer en el Amor de Cristo. Se cumplen así las palabras del Señor: “Si alguien me ama, mi Padre y Yo moraremos en él”.
         Luego la amenaza con torturas físicas, las cuales suelen ser siempre muy crueles: el juez le preguntó: “Y si la sometemos a torturas, será capaz de resistir?”. Santa Lucía respondió: “Sí, porque los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. La Santa nos da las etapas de la vida espiritual: creer en Cristo, llevar una vida pura por amor a Él y en consecuencia, poseer el Espíritu Santo que, por la gracia santificante, inhabita en el alma del justo, siendo el Espíritu Santo el que da al alma del mártir “fuerza, inteligencia y valor”. Sólo por la Presencia del Espíritu Santo en el alma del mártir, es que se explica que los mártires puedan soportar torturas inhumanas, además de mantener la calma, la serenidad e incluso alegría, y responder con sabiduría celestial.
Ante el fracaso de la tortura psicológica, el juez la amenazó con hacerla llevar a un lugar en donde sería inducida a la corrupción y a la impureza corporal, pero Santa Lucía le respondió: “Aunque el cuerpo sea irrespetado, el alma no se mancha si no acepta ni consiente el mal”. Así, nos deja la enseñanza entre tentación, que no es pecado, y tentación consentida, que sí es pecado. Si no se consiente a la tentación, no hay pecado. Otra lección, es que la impureza corporal es despreciada por Santa Lucía, porque considera su cuerpo como “templo del Espíritu Santo”, destinado a servir de morada a la Santísima Trinidad, mientras que su corazón está destinado a ser altar en donde Jesús Eucaristía sea amado y adorado.
Al intentar llevarla a esta casa de perdición, los soldados trataron de moverla, pero no pudieron moverla, quedándose la santa inmóvil en el sitio donde estaba. Esto nos enseña cuán firme debe ser nuestra fe en Jesucristo, al punto de no ceder ante la presión del mundo.
Finalmente, la decapitaron, permaneciendo sin embargo todavía unida su cabeza al tronco, por lo que podía hablar suavemente; hasta su muerte, continuaba evangelizando y llamando a la conversión de los corazones a Cristo. Esto nos enseña cuán vanas son nuestras conversaciones y cómo debemos, como dice la Escritura, “predicara a tiempo y a destiempo”, no tanto con palabras, sino con ejemplo de vida, como Santa Lucía en su martirio.



[1] http://www.ewtn.com/spanish/saints/luc%C3%ADa.htm

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Santa Lucía


         Vida de santidad[1].

Desde antiguo se tributaba culto a la santa de Siracusa: en el siglo VI, se le veneraba ya también en Roma entre las vírgenes y mártires más ilustres. En la Edad Media se invocaba a la santa contra las enfermedades de los ojos, probablemente porque su nombre está relacionado con la luz (Lucía: Lux, la que lleva luz). Ello dio origen a varias leyendas, como la de que el tirano mandó a los guardias que le sacaran los ojos y ella recobró la vista.
De acuerdo con “las Actas” de Santa Lucía, nuestra santa nació en Siracusa, Secilia (Italia), de padres nobles y ricos y fue educada en la fe cristiana. Perdió a su padre durante la infancia y se consagró a Dios siendo muy joven, manteniendo en secreto su voto de virginidad. Su madre, que se llamaba Eutiquia, la exhortó a contraer matrimonio con un joven pagano.  Lucía persuadió a su madre de que fuese a Catania a orar ante la tumba de Santa Ágata para obtener la curación de unas hemorragias. Ella misma acompañó a su madre, y Dios escuchó sus oraciones. Entonces, la santa dijo a su madre que deseaba consagrarse a Dios y repartir su fortuna entre los pobres. Llena de gratitud por el favor del cielo, Eutiquia le dio permiso. El pretendiente de Lucía se indignó profundamente y delató a la joven como cristiana ante el pro-cónsul Pascasio. La persecución de Diocleciano estaba entonces en todo su furor. Luego de ser sometida a un interrogatorio y a torturas, por medio de las cuales se pretendía hacerla apostatar, Santa Lucía fue decapitada, muriendo mártir en el año 304 d. C.

         Mensaje de santidad.

         Del diálogo entre Santa Lucía y el juez inquisidor, nos queda su mensaje de santidad, por lo que conviene reflexionar en el mismo.
En el diálogo previo a su muerte, el juez la presionó cuanto pudo para convencerla a que apostatara de la fe cristiana. Ella le respondió: “Es inútil que insista. Jamás podrá apartarme del amor a mi Señor Jesucristo”. Santa Lucía está dispuesta a dar su vida por Cristo, el Redentor, y no hay nada que la pueda apartar del amor de Cristo. La santa vive en carne propia las palabras de la Escritura: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” (cfr. Rm 8, 35-39).
El juez le preguntó: “Y si la sometemos a torturas, ¿será capaz de resistir?”. Santa Lucía respondió: “Sí, porque los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. Es la doctrina de la inhabitación de Dios en el alma del justo por la gracia santificante. Santa Lucía no sabía de teología ni de dogmas, sin embargo, respondió con la más profunda teología católica y afirmando el dogma de la inhabitación trinitaria en el alma de quien se encuentra en gracia. La razón de esta respuesta, es que el Espíritu Santo, que inhabitaba en ella, la iluminaba con sabiduría celestial. Por otra parte, se cumple en la santa lo que dice Nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio, acerca de las persecuciones: “No os preocupéis por vuestra defensa, porque el Espíritu Santo hablará por vosotros” (cfr. Mt 10, 19).
El juez entonces la amenazó con llevarla a una lugar de perdición para someterla a la fuerza a la ignominia. Ella le respondió: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consciente”. Santo Tomás de Aquino admiraba esta respuesta de Santa Lucía, puesto que corresponde con un profundo principio de moral: no hay pecado si no se consiente al mal. A su vez, nos deja ejemplo de cómo el amor por los bienes eternos –el cielo y la contemplación del Cordero por la eternidad-, debe siempre triunfar en el cristiano, por encima de los bienes terrenos y, mucho más, por encima de la concupiscencia. Y para nuestros tiempos, el amor de Santa Lucía a la pureza corporal por amor a Cristo –considerar el cuerpo como “templo del Espíritu” que no debe ser profanado por amores mundanos-, es un valiosísimo testimonio, tanto más, cuanto que en nuestros días se pretende inculcar la anti-naturaleza, la desvergüenza, la impudicia, desde la más tierna infancia, haciéndola pasar como si fuera lo más normal y “natural”.
No pudieron llevar a cabo la sentencia pues Dios impidió que los guardias pudiesen mover a la joven del sitio en que se hallaba. Entonces, los guardias trataron de quemarla en la hoguera, pero también fracasaron. Finalmente, la decapitaron. Pero aún con la garganta cortada, la joven siguió exhortando a los fieles para que antepusieran los deberes con Dios a los de las criaturas, hasta cuando los compañeros de fe, que estaban a su alrededor, sellaron su conmovedor testimonio con la palabra “Amén”. Aún con su garganta cercenada, Santa Lucía continúa predicando, lo cual es cumplimiento de la Escritura: “Predica a tiempo y a destiempo”, y nos debe hacer reflexionar a nosotros acerca de cómo utilizamos nuestro tiempo, hablando de cosas sin importancias, cuando deberíamos hablar de la vida eterna que nos espera en el Cielo.



martes, 13 de diciembre de 2016

Santa Lucía, virgen y mártir


         Durante su vida terrena, Santa Lucía alcanzó dos méritos sobrenaturales, que le valieron ganar el cielo: el ser virgen y el ser mártir y con ambos anuncia que existe una vida eterna. Por esto mismo, y también por su juventud, Santa Lucía es un luminoso y valiosísimo ejemplo para los niños y jóvenes de nuestro tiempo, en donde se niega la trascendencia y la vida eterna –se vive el hoy, el aquí y ahora, en la inmanencia más absoluta-, al tiempo que se exalta la impureza –en todas sus formas, incluida la contra-natura- al punto de exigirla, reclamarla y declararla como “derecho humano”, es decir, se pretende convencer a niños y jóvenes no solo que la pureza corporal no tiene sentido, sino que la impureza corporal es legítima, natural y un “derecho del hombre”. Por su doble condición de virgen y mártir, entonces, Santa Lucía es un ejemplo inigualable para los cristianos, pero sobre todo, para niños y jóvenes.
         Con su virginidad –se consagró secretamente a Dios siendo niña muy pequeña y una de las causas de su muerte fue precisamente por resguardar esta consagración-, Santa Lucía anuncia ya la vida futura en el Reino de los cielos. Quien en esta vida elige la virginidad consagrada, es decir, renuncia al amor esponsal terreno, no lo hace porque no sabe amar a su prójimo, sino porque ama a un Amor Eterno, celestial, sobrenatural, encarnado y manifestado en Cristo Jesús. Es decir, la virginidad consagrada es un testimonio viviente de que hay un Amor esponsal que no es terreno, sino celestial y sobrenatural, que es el Amor de Jesucristo, que ama a cada alma así como un esposo ama a su esposa. Consagrar la virginidad y renunciar al amor esponsal terreno no es entonces no saber amar, sino amar con un amor esponsal a un Amor infinitamente más grande que cualquier amor humano, y es el Amor de Cristo. Santa Lucía, al consagrar su virginidad, anticipa entonces la vida eterna en los cielos, porque renuncia a los desposorios terrenos –y por lo tanto, a tener cónyuge y a formar una familia- para amar, ya desde la tierra, al Amor divino, Cristo Jesús. Así anticipa la vida celestial en la eternidad, porque nos indica que hay un Amor que está más allá de esta vida, reservado esponsalmente para quienes renuncian a los desposorios terrenos. El consagrado, con su virginidad, nos está diciendo: “No me caso en la tierra, porque espero desposarme con el Amor de Dios, Cristo Jesús, en el cielo”.
         El otro mérito de Santa Lucía, el martirio, es decir, derramar la sangre y entregar la vida por Jesucristo, es también un testimonio de que existe una vida eterna, porque al entregar la vida terrena despreciando todo lo que el mundo ofrece y que, con su mundanidad, ofende a Dios –el hedonismo, la satisfacción ilícita de las pasiones, el materialismo, el consumismo, y los ídolos de todo tipo que el paganismo y el neo-paganismo ofrecen-, elige libremente la vida eterna, con sus bienes celestiales, esto es, la contemplación de la esencia divina de Dios Trino y del Cordero, contemplación que provoca en el alma un gozo celestial imposible de imaginar, que brota del Ser trinitario de Dios como de una fuente inextinguible. Quien da la vida por Jesucristo, es decir, quien prefiere morir antes que renegar de la fe en Él, que es el Cordero de Dios, nos está diciendo: “Comparada con los gozos que nos esperan en la vida celestial, que se derivan de contemplar al Cordero, todo lo que ofrece este mundo es igual a nada, y por eso prefiero entregar la vida terrena, antes que resignar la vida eterna con sus gozos, dichas y alegrías infinitas”.

         Ahora bien, dijimos que Santa Lucía es un ejemplo para niños y jóvenes –y también para todo cristiano-, y todos la podemos imitar, de alguna manera y en nuestro estado de vida en su pureza de cuerpo y alma. ¿De qué manera? Podemos imitarla, ya sea con la virginidad consagrada o con la castidad –aquí la imitamos en la pureza de cuerpo-, y también con el propósito de morir antes de pecar –aquí la imitamos en la pureza de alma- y, con esto, la imitamos también en su testimonio sobre la vida eterna, porque si queremos ser puros de cuerpo y alma como Santa Lucía, es para obtener, en anticipo, ya desde la tierra, el doble gozo del Amor esponsal con Jesús y la contemplación de la Trinidad, y esto lo tenemos por la comunión eucarística: cuando comulgamos, entronizamos a Jesús en nuestros corazones, para que allí el Cordero de Dios sea amado, bendecido y adorado; por la comunión en gracia, con pureza de cuerpo y alma, nos unimos a Jesús, Esposo celestial, ya desde la tierra, anticipando el gozo y la alegría que experimentaremos, en la eternidad, al adorar al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Santa Lucía y el amor a la pureza como expresión del amor de Jesucristo


 En una época como la nuestra, en la que la inmoralidad, la sensualidad, el libertinaje y la ausencia casi absoluta de valores morales y de respeto a la ley natural se ha instalado en la inmensa mayoría de la sociedad, el ejemplo de santidad de Santa Lucía resplandece como una antorcha en medio de la más negra oscuridad. Desde niña, sin saberlo sus padres, Santa Lucía había consagrado su virginidad a Dios. Durante la persecución del emperador Diocleciano, un pagano, pretendiente suyo, despechado por este voto de virginidad, la denunció ante las autoridades. El juez la amenazó de muerte, para lograr que apostatara de la fe cristiana, entablándose el siguiente diálogo, según se puede leer en las Actas de los mártires. Ante la amenaza de muerte, Santa Lucía le respondió al juez: “Es inútil que insista. Jamás podrá apartarme del amor a mi Señor Jesucristo”. Entonces, el juez le preguntó: “Y si la sometemos a torturas, ¿será capaz de resistir?”. La santa contestó: “Sí, porque los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. El juez entonces la amenazó con llevarla a una casa de prostitución para someterla a la fuerza a la ignominia.  Ella le respondió: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente”.
El juez ordenó entonces su muerte, pero no pudieron llevar a cabo la sentencia pues Dios impidió que los guardias pudiesen mover a la joven del sitio en que se hallaba. Entonces, los guardias trataron de quemarla en la hoguera, pero también fracasaron. Finalmente, la decapitaron[1].
Con respecto a su última respuesta: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente” –y es en lo que reside su mensaje de santidad para nuestro mundo de hoy, contaminado por una oleada de inmoralidad que no conoce precedentes en la historia de la humanidad-, además de que se corresponde con exactitud al principio de moral, que sostiene que no hay pecado si no se consiente al mal[2], esta respuesta de Santa Lucía expone admirablemente la imagen de Dios en el hombre, y es el libre albedrío: si el alma consciente, el cuerpo se contamina con el pecado; si el alma no consciente, el cuerpo no se contamina, y la persona no comete el pecado, permaneciendo la persona en estado de gracia, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo.
Sin embargo, más allá del hecho admirable de la virtud de la castidad –que es lo que, en definitiva, le vale a Santa Lucía, ganar el cielo-, lo admirable es el hecho de que la castidad o pureza corporal, se trate de la expresión de la pureza del alma y la pureza del alma sea, a su vez, expresión de la gracia, pero como el estado de gracia es solo un estado que conduce al alma a un estado superior de vida, que es la inhabitación en el alma del Espíritu Santo -y luego de las otras Divinas Personas-, se puede decir que, en última instancia, la pureza corporal, es expresión de la virtus divina en el alma; dicho de otra manera, la pureza del Ser trinitario de la Persona Tercera, que inhabita en el alma en gracia del santo –en este caso, Santa Lucía-, se irradia y se expande con su fuerza inmaculada, toma posesión del ser metafísico del alma y como el alma es el principio vital del cuerpo, desde el alma, impregnada por la pureza del Ser trinitario, la vitalidad natural que el alma comunica al cuerpo, conlleva ahora, la gracia divina, es decir, la pureza del Ser trinitario, que ha invadido, desde la raíz, su ser metafísico.
Ahora bien, esta virtus divina, comunicada al alma y del alma al cuerpo, no es comunicada por un “ente” impersonal, sino, como dice Santa Lucía, por el Espíritu Santo, que vive en quienes creen en Cristo, porque Cristo es Dios Hijo y Él es, junto con el Padre, Dador del Espíritu, tanto en cuanto Dios, como en cuanto Hombre: “…los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. Es decir, quien vive la pureza, no vive la pureza por amor a la pureza en sí misma, sino por amor a Cristo, que es Dios, y por amor al Amor de Dios, al Espíritu Santo. Y quien ama a Cristo y al Espíritu Santo, ama a Dios Padre.
         Del diálogo de Santa Lucía con el juez, entonces, hay dos mensajes claros para nuestros días, días aciagos en el que la inmoralidad, la impureza, la sensualidad y la ausencia de valores morales, están convirtiendo a la sociedad humana en una sociedad casi post-humana, casi bestial: por un lado, se destaca el libre albedrío, porque quien quiere llevar una vida de pureza, la lleva libremente, tal como lo dice Santa Lucía: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente”; por otro lado, se destaca que el llevar la vida de pureza no es por el amor a la virtud en sí, sino por amor a Dios, que es Amor y que es Trinidad de Personas; quien ama la pureza corporal –la virginidad, la castidad- la ama porque esa pureza es expresión de la Presencia del Ser trinitario y, por lo tanto, de las Tres Divinas Personas, en el alma, como lo sostiene Santa Lucía:  “…los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. Y quien tiene al Espíritu Santo consigo, tiene a Cristo y tiene al Padre.
Ser puros de cuerpo, de mente y de corazón, por amor a Jesucristo, Dios Inmaculado, ése es el mensaje de Santa Lucía, para los niños, los jóvenes y los adultos de nuestros días.





[1] http://www.corazones.org/santos/lucia.htm
[2] http://www.corazones.org/santos/lucia.htm

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Santa Lucía, virgen y mártir


         Puesto que murió mártir, Santa Lucía es representada con una hoja de palma, que simboliza el martirio. Pero también es representada con una bandeja en la que están sus ojos y el motivo es que, según antiguas tradiciones, le habrían sacado los ojos por proclamar su fe en Jesucristo.
Todo en Lucía remite a la luz, porque su nombre -“Lucía”- significa “la luminosa”, mientras que los ojos, con los cuales se la representa en una bandeja, son la “ventana del alma”, por donde “entra la luz”.
En los tiempos presentes, tiempos “de tinieblas y sombras de muerte” (cfr. Lc 1, 68-71), Santa Lucía, en cuanto santa y mártir, se nos muestra entonces como quien nos anuncia la luz, una gran luz, la luz que eterna que derrota a las tinieblas vivientes -los ángeles caídos-, y a las tinieblas del error y del pecado, y esa Luz Viva e indefectible, eterna e inaccesible que nos anuncia Lucía, es Jesucristo, “Luz del mundo” (Jn 8, 12).
Si todo santo es puesto por la Iglesia como modelo y ejemplo de santidad, Santa Lucía, con su vida y muerte ejemplar, es para nosotros como una luz en la noche oscura, luz que nos anticipa y preanuncia el Sol de justicia, la “Lámpara que ilumina la Jerusalén celestial”, Jesús, el Cordero de Dios.

Lo que nos deja Santa Lucía como ejemplo a imitar es su luminosidad, pero no la luminosidad que se desprende de su nombre, sino la luz de la gracia, luz creatural participada de la Gracia Increada, Jesús, el Hombre-Dios. Quien se deja iluminar, como Santa Lucía, por la “Luz de Luz” que es Jesús, no solo no vive en tinieblas, sino que ya, en este mundo, vive iluminado por la luz de Dios, luz que es Vida y Amor, luz que derrota para siempre a las tinieblas del error y de la ignorancia. Que Santa Lucía, “la luminosa”, interceda por nosotros para que vivamos, en el tiempo que nos queda de vida terrena, en la luz de Cristo, como anticipo de la luminosa vida de gloria que por la Misericordia Divina esperamos vivir en la eternidad.