San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 27 de julio de 2018

San Pantaleón



         Vida de San Pantaleón[1].

         Pantaleón fue un médico nacido en Nikomedia, Turquía. Durante la persecución del emperador romano Diocleciano, fue decapitado dando testimonio de Cristo el 27 de julio del año 305. Sabemos de él debido a que su vida y martirio están narrados en un manuscrito del siglo VI. Su padre era un pagano llamado Eubula y su madre era cristiana, siendo ella quien le inculcó la fe en Jesucristo. Era médico, una de las máximas ciencias de la Antigüedad y tuvo como maestro a uno de los médicos más notables del imperio, llamado Euphrosino. Ejercía la medicina con tal maestría, que llegó a ser médico personal del emperador Galerio Maximiano en Nicomedia.
         Como dijimos, fue su madre cristiana quien le transmitió la fe en Jesucristo, pero San Pantaleón, luego de haber conocido el catecismo -tal como sucede con la gran mayoría de niños y jóvenes de hoy, que luego del catecismo de Primera Comunión y la Confirmación abandonan la Iglesia-, se dejó llevar por el paganismo del mundo en el que vivía y, rechazando la gracia, se dejó arrastrar por las tentaciones, cayendo en el mundo del pecado y en la apostasía. En ese momento de su vida conoció a un cristiano piadoso y devoto, practicante de la fe, llamado Hermolao, quien lo despertó a la vida de la fe, instándolo a que, ya que él era médico, conociera “la curación que proviene de lo Alto”. Es decir, Hermolao le proponía a San Pantaleón, que era médico y curaba el cuerpo, que se interesara por un Médico del cielo, que era Jesucristo, que era quien curaba aquello que los médicos terrenos no pueden curar y son las heridas del alma. San Pantaleón fue dócil al consejo de su amigo y fue así cómo, interesándose por el Médico de las almas que es Jesucristo, regresó al seno de la Iglesia, abandonando su vida de pagano, es decir, la vida abandonada a la tiranía de las pasiones sin el control ni de la razón, ni de la gracia. Desde entonces entregó toda su vida a Jesús, empezando por su profesión, puesto que se dedicó a curar a sus pacientes gratuitamente y en nombre de Cristo y no en nombre propio, como lo hacía antes.
         Fue en ese entonces, en el año 303, que comenzó una gran persecución a la Iglesia, dirigida por el emperador Diocleciano en Nikomedia. Pantaleón, que había entregado todo lo que tenía a los pobres, fue denunciado ante el emperador debido a la envidia de algunos de sus colegas, por lo que fue arrestado, ya que estaba prohibido profesar públicamente la fe en Jesucristo. Debido a que era su médico personal, el emperador trató en vano de lograr que San Pantaleón renegara de su fe en Jesucristo, prometiéndole salvarle la vida si declaraba que no creía en Jesús, ni en el Credo, ni en la Eucaristía, ni tampoco en las virtudes cristianas que todo cristiano debía seguir. San Pantaleón se negó rotundamente a apostatar, es decir, a renegar de su fe en Jesucristo, porque sabía que si daba su vida por Jesús, ganaría el cielo inmediatamente. Para demostrar la verdad de la condición de Cristo como Dios y por lo tanto, la verdad de la fe de la religión católica que así lo proclama, curó milagrosamente, con el poder de Cristo, a un paralítico.
         El emperador, viendo que no podía hacer abandonar a San Pantaleón su fe en Cristo, condenó a San Pantaleón, a su amigo Hermolao y a otros dos cristianos, a la muerte por decapitación. Fue así como San Pantaleón, a la edad de 29 años, murió mártir el 27 de julio del año 304, un año después de haber empezado la persecución a la Iglesia. Si en algún momento de su vida había negado a Jesús, ahora con su muerte martirial, con la que daba testimonio de que Cristo es Dios, reparó la falta que había cometido al apostatar antes de la fe, manifestándole al Señor la máxima muestra de amor que alguien puede dar, y es la de “dar la vida por los amigos”, como lo dice Jesús. San Pantaleón era amigo de Jesús y dio su vida por Él y por eso mereció el cielo.
         En las Actas de su martirio se refieren una gran cantidad de hechos milagrosos que sucedieron antes de su muerte, todos destinados a confirmar la veracidad de la fe en Cristo por la cual San Pantaleón estaba ofrendando su vida. Así, por ejemplo, sus verdugos intentaron matarlo de seis maneras diferentes: trataron de quemarlo vivo con fuego; le arrojaron luego plomo fundido; luego trataron de ahogarlo; lo arrojaron a los leones; lo torturaron en un aparato con forma de rueda, estirándole las articulaciones para desmembrarlo vivo y finalmente, trataron de matarlo arrojándole flechas y también atravesándolo con la espada. Puesto que el Espíritu Santo es el que inhabita en el mártir, fue el Espíritu Santo el que no permitió que San Pantaleón muriera, hasta que, llegado el momento en que ya había dado testimonio de Cristo, el Espíritu Santo permitió que San Pantaleón muriera decapitado. Si el Espíritu Santo no lo hubiera permitido, tampoco esta forma de muerte podría haberle dado muerte al santo. Según se narra en las mismas Actas del martirio, el olivo en el que fue decapitado, que estaba seco, floreció al instante, al contacto con la sangre del mártir. Así, San Pantaleón derramó su Sangre por Cristo, proclamando la verdad de su divinidad y la falsedad del paganismo.

         Mensaje de santidad.

         El testimonio martirial de San Pantaleón es más actual y vivo que nunca. En nuestros días, se produce un abandono masivo de la Iglesia y un rechazo práctico de la fe católica, sobre todo por parte de niños y jóvenes que, apenas terminada la etapa de la instrucción catequética, abandonan la fe y se internan en el mundo, viviendo como paganos y no como cristianos. En nuestros días, cientos y miles de niños y jóvenes abandonan la Iglesia y dejan de dar testimonio de Cristo y de vida cristiana ante los hombres, viviendo en la práctica como si nunca hubiesen oído hablar de Cristo. Hoy no hace falta que desde los gobiernos se ordene la persecución a la Iglesia para disminuir el número de cristianos, ya que la gran mayoría abandona la Iglesia voluntariamente. La gran mayoría de los cristianos comete el mismo pecado de San Pantaleón antes de su definitiva conversión y es el de renegar de Jesucristo y adorar a los ídolos paganos, que en nuestros días son el dinero, los bienes materiales, la sensualidad y los ídolos paganos y demoníacos llamados Gauchito Gil, Difunta Correa y San La Muerte, además de muchos otros. Muchísimos católicos abandonan la Iglesia Católica, dejan de practicar los sacramentos y se vuelcan a las sectas, como la magia wicca, la secta umbanda, el ocultismo, la hechicería y muchas otras sectas más. Es por este motivo que el ejemplo de San Pantaleón, que prefirió la muerte antes que renegar de Cristo, es más válido que nunca en nuestros días, sobre todo para niños y jóvenes.

jueves, 29 de junio de 2017

San Juan Bautista y su testimonio de Cristo


         Toda la vida de Juan el Bautista, desde su nacimiento hasta su muerte, constituye un testimonio del Hombre-Dios Jesucristo.
         Su nacimiento es un testimonio porque es concebido por sus padres en la ancianidad, y Dios obra este milagro, anunciado a Zaquarías por medio del ángel, para que el mundo, al maravillarse por el milagro, contemple al Precursor del Mesías.
         Una vez concebido, y aun antes de nacer, es iluminado por el Espíritu Santo y “salta de alegría” en el seno de Isabel, al saber, por el Espíritu de Dios, que el que viene en el seno virgen de María, antes que su pariente, es el Mesías, el Salvador de los hombres.
         Ya de adulto, es un testimonio del Mesías con su vida austera, con su penitencia y prédica en el desierto, porque así anuncia que el hombre con su vida terrena y caduca está destinado a recibir otra vida, la vida eterna, la vida que trae el Salvador de los hombres.
         En el desierto, señala y da el nombre al Mesías, llamándolo “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, el mismo nombre con el que la Iglesia continuaría llamando al Mesías, en el desierto del mundo y de la historia humana, al Mesías oculto en apariencia de pan, la Eucaristía.
         Con su martirio, testimonia la santidad del Hombre-Dios, y de su Esposa, la Iglesia Santa y pura, porque da su vida pero no por la defensa de las buenas costumbres, sino porque testimonia que el matrimonio entre el varón y la mujer aquí en la tierra deber ser santo, porque participa de la santidad de otro matrimonio, anterior a todo matrimonio terreno, el desposorio místico del Cordero, Esposo de la Iglesia Esposa, y que el adulterio equivale a la idolatría, ya sea de un falso cristo con la verdadera Iglesia, o de una falsa iglesia con el verdadero Cristo Eucarístico.

         Como la vida del Bautista, la vida de todo católico debería ser, desde su nacimiento en el bautismo como hijo de Dios, hasta su muerte, un testimonio, ante el mundo, de la Presencia real, verdadera y substancial del Mesías, el Cordero de Dios, Jesús en la Eucaristía.

martes, 22 de noviembre de 2011

Santa Cecilia mártir



Se cree que Santa Cecilia nació en Roma, en el seno de una familia noble, y que fue casada contra su voluntad con un joven pagano llamado Valeriano[1].

Cecilia logró que su marido respetara su virginidad y se convirtiera al cristianismo.

Las actas del martirio de la santa afirman que pertenecía a una familia patricia de Roma y que fue educada en el cristianismo. Solía llevar un vestido de tela muy áspera bajo la túnica propia de su dignidad, ayunaba varios días por semana y había consagrado a Dios su virginidad. Fue obligada a contraer matrimonio con un joven pagano llamado Valeriano, pero según las mismas actas, el día de la celebración del matrimonio, mientras los músicos tocaban y los invitados se divertían, Cecilia se sentó en un rincón a cantar a Dios en su corazón y a pedirle que la ayudase.

Cuando los jóvenes esposos se retiraron a sus habitaciones, Cecilia, armada de todo su valor, dijo dulcemente a su esposo: “Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel del Señor vela por mí. Si me tocas como si fuera yo tu esposa, el ángel se enfurecerá y tú sufrirás las consecuencias; en cambio si me respetas, el ángel te amará como me ama a mí”. Valeriano replicó: “Muéstramelo. Si es realmente un ángel de Dios, haré lo que me pides”. Cecilia le dijo: “Si crees en el Dios vivo y verdadero y recibes el agua del bautismo verás al ángel”. Valeriano accedió, se convirtió y fue bautizado.

Luego Valeriano, junto a su hermano y a otro romano convertido, fueron decapitados por haber dado sepelio a otros mártires, y Cecilia sepultó los cadáveres. Ante esta actitud, Cecilia fue llamada para que también renunciase a la fe y debido a que se negó a hacerlo, fue condenada a morir en la hoguera, pero aunque los soldados estuvieron todo un día atizando el fuego, no le sucedió nada a Cecilia.

Finalmente, el prefecto romano envió a un soldado a decapitarla, el cual descargó tres veces la espada sobre su cuello sin lograr su propósito –es decir, sin lograr decapitarla totalmente- y la dejó tirada en el suelo, agonizando. Cecilia pasó tres días entre la vida y la muerte. Una de sus manos quedó con dos dedos doblados y tres en alto, indicando la Santísima Trinidad.

Las actas señalan también que, al igual que en su matrimonio, cantó también durante el tormento, por lo cual es patrona de los músicos.

Todo cristiano está llamado a imitar a Santa Cecilia en su vida: como ella, el cristiano está llamado a unirse en místicas nupcias con Dios Uno y Trino; como ella, el cristiano está llamado a dar testimonio de la Trinidad y de la Encarnación del Hijo de Dios, de su Pasión y Resurrección, y aunque este testimonio no sea cruento, el cristiano está llamado al martirio cotidiano que supone vivir la fe en Cristo Dios en un mundo paganizado; como Santa Cecilia, todo cristiano está llamado a cantar a Dios Trinidad en su corazón, en todo tiempo, como anticipo del canto de alabanza y glorificación que ha de entonar en los cielos, por la eternidad; como Santa Cecilia, que con su cuerpo agonizante testimonió el misterio de la Santísima Trinidad, porque recibió tres golpes, uno por cada Persona, y con los dedos de su mano señalaba el número tres, así el cristiano está llamado a dar testimonio de Dios, no como Dios Uno, sino como Dios Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, pues son las Tres Personas Divinas, que poseen la misma Esencia y el mismo Ser divino, la misma majestad y la misma gloria y poder, las que disponen todo en la vida del cristiano para llevarlo al cielo, a la feliz eternidad.


[1] Cfr. Butler, Vida de los Santos, Vol. IV.