San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 19 de mayo de 2023

San Expedito vence al Tentador con la Santa Cruz de Jesús

 



         Un día en la vida de San Expedito, elegido por Dios desde la eternidad para conceder a San Expedito la gracia de la conversión a Cristo, el santo recibió la gracia de conocer a Jesucristo como al Hombre-Dios, como al Salvador de los hombres y en ese pensamiento estaba San Expedito, sosteniendo la Santa Cruz de Jesús, cuando el Demonio se le apareció bajo la forma de un cuervo negro. El Demonio, que se había dado cuenta del cambio en San Expedito, que ya no adoraba a los falsos ídolos, que son los disfraces del Demonio y dándose cuenta de que estaba a punto de convertirse a Cristo, comenzó a dar vueltas a su alrededor, gritando: “Cras, cras!”, que en latín significa: “¡Mañana, mañana!”. Es decir, el Demonio tentaba sutilmente a San Expedito para lograr que se alejara de Jesucristo, pero no le decía: “No te conviertas”, sino que le decía: “Conviértete, pero deja la conversión para mañana, ya tendrás tiempo de convertirte, mientras tanto, continúa con tu vida de pagano, continúa adorando a los falsos ídolos”. Esta tentación era sutil, porque no le decía que no se convirtiera, sino que postergara la conversión para “mañana”, lo cual es una trampa, porque ninguno de nosotros sabe si estará vivo “mañana”. Esto quiere decir que si San Expedito cedía a la tentación del Demonio, llamado el Tentador, ponía en riesgo su eterna salvación, porque si moría esa noche sin convertirse a Cristo, su alma se condenaba. Pero San Expedito venció a la tentación del Demonio por medio de la Santa Cruz de Jesús: sosteniendo en alto la Santa Cruz, recibiendo de la Cruz la gracia y el poder de Cristo, San Expedito exclamó con voz firme y potente: “Hodie!”, que significa en latín: “Hoy”, es decir, San Expedito, recibiendo el poder de Cristo a través de la Cruz, eligió a Cristo y no al Demonio.

Entonces, hasta antes de conocer a Jesucristo, San Expedito era un soldado romano pagano, es decir, adoraba a muchos ídolos, los cuales son demonios, como dice la Escritura: “Los ídolos de los gentiles son demonios”. Esos ídolos, en nuestros días, serían las devociones paganas y supersticiosas como la Difunta Correa, el Gauchito Gil, San La Muerte, aunque también son ídolos demoníacos el dinero, el éxito, la fama del mundo, las ideologías anticristianas como el comunismo, socialismo y liberalismo e incluso hasta sistemas de gobierno que no se guían por la Ley de Dios y sus Mandamientos.

Vivimos en un mundo en el que el espíritu del Anticristo se hace cada vez más y más fuerte y en el que el Demonio se esconde para tentarnos con su astucia, para que nos alejemos de nuestro Salvador, Nuestro Señor Jesucristo. Al recordar a San Expedito en su día, le pidamos al santo que interceda para que no posterguemos nuestra conversión eucarística, para que ya, desde ahora, comencemos a adorar al Cristo Eucarístico y a vivir según sus Mandamientos.

miércoles, 20 de abril de 2022

San Expedito vence a la tentación con la Cruz de Cristo

 



         San Expedito era un soldado romano, pagano, que en un determinado momento, recibió una gracia especial, la de conocer al Salvador, Jesucristo. Es decir, San Expedito era pagano, lo cual quiere decir que adoraba a falsos dioses, a ídolos de piedra y barro, que no son otra cosa que demonios que se ocultan detrás de esos ídolos; sería el equivalente al Gauchito Gil, a la Difunta Correa, a San La Muerte y a tantos otros ídolos demoníacos más de nuestros días. Como Dios lo amaba mucho a San Expedito, no quería que siguiera viviendo su vida de pagano, una vida de ocultismo, de esoterismo y de prácticas oscuras y por eso le envió la gracia a su alma para que conociera a Jesucristo.

         En ese mismo instante se apareció el Diablo, en forma de cuervo negro, para hacerlo caer en la tentación, para que San Expedito desperdiciara la gracia de conocer a Jesús y siguiera su vida de pagano, de idolatría a falsos dioses. El Diablo revoloteaba alrededor de San Expedito diciendo: “Cras, cras”, que significa “mañana, mañana”, incitando a San Expedito a que postergara para mañana su conversión a Jesucristo. Pero esto es un error, porque no sabemos si vamos a vivir mañana, es decir, no sabemos si Dios nos llamará ante su Presencia esta misma noche, por lo que sería temerario de nuestra parte dejar pasar una gracia actual, como la que recibió San Expedito.

         El santo se encontraba en una encrucijada: por un lado, había recibido la luz de Dios que le concedía el conocimiento de Jesucristo como Salvador de los hombres; por otro lado, estaba la tentación del Demonio, por la cual no era que rechazaba totalmente a Jesucristo, pero lo postergaba para “mañana”, lo cual significaba el gran peligro de no llegar a conocer nunca a Jesucristo, si rechazaba la gracia y Dios lo llamaba al Juicio Particular.

         Estando en ese dilema, el santo, que tenía la Santa Cruz de Jesús en sus manos, elevó la Cruz en lo alto y dijo, ayudado por la gracia: “Hodie”, que significa “hoy” y después dijo: “Hoy y no mañana dejaré la oscuridad del paganismo para abrazar el cristianismo; hoy y no mañana abandonaré a los ídolos demoníacos para amar y servir a Jesucristo; hoy y no mañana dejaré de ser esclavo del Demonio para ser libre con la libertad de los hijos de Dios; hoy y no mañana dejaré de cumplir los mandamientos del Demonio, para cumplir y vivir los Mandamientos de Dios”. Y fue así que, ayudado por la Santa Cruz de Jesús, San Expedito venció a la tentación. Como devotos del santo, hagamos el propósito de imitarlo en su lucha contra la tentación, abrazando la Santa Cruz de Jesús.

martes, 19 de febrero de 2019

San Expedito y su triunfo sobre el Dragón



         Al contemplar la imagen de San Expedito podemos establecer cuáles fueron las causas que lo convirtieron en un santo. Por un lado, San Expedito sostiene la Santa Cruz de Nuestro Señor; bajo uno de sus pies, yace aplastado un cuervo. ¿Qué significado tiene esto? Por un lado, que la fuerza para resistir la tentación del maligno, de postergar su conversión para otro día, para el día siguiente, viene de la Cruz. En efecto, habiendo recibido San Expedito, que era pagano, la gracia de la conversión, se le apareció el Demonio en forma de cuervo, quien graznaba diciendo: “Cras, cras”, que en latín significa “mañana”. Es decir, el Demonio le decía que podía continuar tranquilamente con su vida de pagano por el día de hoy; total, ya habría tiempo de convertirse el día de mañana. Sin embargo, eso es una falacia, porque no sabemos si estaremos vivos el día de mañana y si postergamos nuestra conversión, puede que muramos sin convertirnos. San Expedito se encontraba entonces en la disyuntiva de elegir, o la conversión hacia Jesucristo, respondiendo inmediatamente a la gracia, o bien continuar como pagano, posponiendo la conversión y rechazando la gracia.
         Sin dudarlo un instante, e impulsado por la fuerza que le venía de la Santa Cruz que sostenía en sus manos, San Expedito respondió velozmente  a la gracia, eligiendo a Jesucristo de modo inmediato, en vez de ceder a la tentación. Por esta razón, San Expedito es el Patrono de las causas urgentes, la primera de las cuales es la conversión del alma a Dios.
         Por otro lado, en la imagen de San Expedito vemos que aplasta con su pie a un cuervo: no se trata de un animal, sino del Demonio en forma de cuervo. Éste, inadvertidamente, en su deseo de hacer caer en la tentación al santo, se le acercó demasiado, siempre en forma de cuervo y, cuando se encontraba a la distancia del pie del santo, éste, con la fuerza que recibió de la Cruz, lo aplastó. Esto nos enseña que no hay ninguna tentación que no pueda ser vencida con la fuerza de la Cruz.
         El santo nos enseña dos cosas, entonces: que no debemos dilatar la decisión de la conversión, empezando desde ahora mismo a vivir como hijos de Dios y de la gracia santificante y que cualquier tentación puede ser vencida con la fuerza de la Cruz. Al recordar al santo en su día, le pidamos la gracia de que interceda para que seamos siempre prontos a la gracia y que recurramos a la Santa Cruz de Jesús en los momentos de tentación.

jueves, 19 de julio de 2018

San Expedito nos enseña a vencer en las tentaciones



         ¿Por qué en las imágenes de San Expedito aparece un cuervo aplastado bajo los pies del santo? Porque ese cuervo en realidad no es un cuervo, sino el Demonio en forma de cuervo y aparece bajo los pies de San Expedito porque el santo, con la ayuda de Jesús, lo venció con la cruz. El Demonio se le había aparecido a San Expedito como un cuervo, para intentar tentarlo e impedir así su conversión, instándolo a que dejara la conversión para “mañana”. El Demonio tentó a San Expedito porque ésa es su tarea, ése es su cometido, el tentar a las almas para alejarlas de Dios y por eso uno de sus nombres es “El Tentador”.
         A nosotros el Demonio no se nos va  a aparecer como un cuervo o como un animal, o en cualquier forma sensible, pero no por eso va a dejar de obrar en nosotros su obra perversa de tentarnos para alejarnos de Dios y su gracia. El Demonio actuará sobre nosotros, de forma insensible e invisible, pero no por eso menos real, y lo hará para que tomemos decisiones equivocadas que nos alejen de Dios.
         Pero también es cierto que no todas nuestras decisiones erróneas deben ser atribuidas al Demonio, porque si es verdad que es el Tentador, es verdad también que nosotros seguimos siendo libres para cometer o no un pecado, para ceder o no a la tentación. Por ejemplo, cuando se trata del pecado de la pereza –sea corporal o espiritual-, si yo hago pereza, si cometo el pecado de pereza, soy yo el perezoso y no es el Demonio el que “me obliga” a ser perezoso; soy yo el que cometo, personalmente, el pecado de pereza. Lo que sí puede hacer el Demonio y es lo que hace, es presentar al pecado –en este caso, la pereza-, como algo bueno y apetitoso, porque como es el Engañador, presenta a lo bueno como malo y a lo malo como bueno. Es decir, el Demonio me presentará a la pereza como algo bueno y atractivo y me ayudará a caer en el pecado de pereza, pero el responsable último del pecado sigo siendo yo. Y como con la pereza, así actúa con todos los demás pecados y vicios: los presenta como algo agradable y atractivo, pero siempre permanece mi libertad, que es la que me lleva a resistir, con la ayuda de la gracia, a la tentación, o si rechazo la gracia, a caer. En esta vida terrena, dicen los santos, los pecados aparecen como algo atractivo, pero en la otra vida, y sobre todo en el Infierno, es en donde aparecen en toda su horrorosa fealdad. Si los pudiéramos ver en su fealdad en esta vida, no pecaríamos nunca.
         A San Expedito el Demonio se le apareció en forma de cuervo y lo tentó, no para que no se convirtiera, sino para que se convirtiera “al otro día”, es decir, “mañana”, cuando eso es un error, porque no sabemos si habremos de amanecer el día de mañana, por lo que no hay que desperdiciar las gracias que Dios nos da y hay que aprovecharlas en el mismo momento, como hizo San Expedito.
         San Expedito venció con la fuerza de la cruz de Cristo, porque es Cristo el que con su luz nos hace ver la realidad de cómo son las cosas: nos hace ver la belleza de la virtud y la fealdad del pecado; nos hace ver lo verdadero como verdadero y lo falso como falso, para que no nos equivoquemos. Cristo nos muestra  a la virtud como algo bueno y al vicio y al pecado como algo malo, que es contrario a la voluntad tres veces santa de Dios. Cristo nos muestra la virtud y la gracia desde la cruz y nos hace desearla, porque fuimos creados para el bien y para la verdad, fuimos creados para la virtud y no para el vicio y Él nos ayuda también para que no solo deseemos la gracia, sino que nos ayuda para que seamos capaces de elegir siempre el bien y no el mal. Cristo nos hace desear la gracia que nos viene por los sacramentos y nos ayuda para que la conservemos y la aumentemos cada vez más.
         Frente a la tentación, Cristo nos da la luz, la sabiduría y la fuerza de Dios para que eligiendo la gracia, lo elijamos a Él y lo imitemos a Él y vivamos con su misma vida divina. San Expedito nos da ejemplo de cómo vencer en las tentaciones: unidos a la Santa Cruz de Jesús.

jueves, 19 de abril de 2018

El Demonio no nos tentará como a San Expedito pero sí bajo otras formas



         A San Expedito el Demonio se le apareció bajo forma de cuervo; es decir, era el Demonio en persona, pero tenía la apariencia de un cuervo negro. Y bajo esa apariencia es que lo tentó y la tentación consistía en posponer la conversión “para mañana”.
         A nosotros, no se nos va a aparecer como un cuervo; de hecho, no se nos aparecerá visiblemente –gracias a Dios- de ninguna manera, pero igualmente nos tentará, porque como dice la Escritura: “El Demonio anda rondando como un león rugiente, buscando a quién devorar”. Esto quiere decir que el Demonio, que es muy astuto e inteligente, es también para nosotros invisible, con lo cual no nos damos cuenta de su presencia, aunque sí esté en la realidad (como en este momento, en medio de la misa). Además, cuenta con otra ventaja sobre nosotros: si bien no puede leer nuestros pensamientos porque solo Dios puede hacerlo, sí sabe, en cambio, cuál es nuestro punto débil. El Demonio sabe, mejor que nosotros, cuál es la tentación a la cual cedemos más fácilmente y así buscará hacernos caer en aquello en lo que estamos más débiles. Por ejemplo, a algunos los tienta con la ira, a otros, con la pereza, a otros, con la lujuria, a otros, con la infidelidad, a otros, con la superstición –y así los tienta para que, en vez de rezar a la Virgen el Rosario frente a las tribulaciones de la vida, acudan a los brujos, magos, chamanes y hechiceros-; a otros, los tienta con el robo; a otros, los tienta con la pereza espiritual de no querer confesarse, ni comulgar, ni rezar; a otros, los tienta con los ídolos neo-paganos, como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte; a otros, los tienta con la codicia, la avaricia y la envidia de los bienes ajenos; a otros, los tientan con la desesperación y la tristeza; a otros, los tienta con la gula; a otros, con soberbia –es el que no perdona ni pide perdón-, etc.
         Es decir, el Demonio, como dice el dicho, sabe “dónde nos aprieta el zapato” a cada uno en particular.
         Sin embargo, San Expedito, con su ejemplo de santidad, viene en nuestra ayuda, ya que cualquiera que sea nuestra debilidad saldremos siempre triunfantes, así como salió triunfante San Expedito: probablemente, San Expedito, antes de ser santo, estaba atacado por la pereza, por eso el Demonio le decía que deje la conversión para más adelante, pero salió vencedor, porque venció a la pereza con la prontitud y celeridad en la respuesta a la gracia y por eso es el Patrono de las causas urgentes.
         ¿Cómo venció San Expedito a las tentaciones del Demonio? Abrazándose a la Cruz de Cristo, amándolo y adorándolo en su corazón y reconociéndolo como su único Dios y Señor. San Expedito plantó la cruz de Cristo en su corazón y de la Cruz de Cristo obtuvo las gracias más que suficientes para vencer a cualquier tentación. Que a imitación de San Expedito nosotros también nos aferremos a la Santa Cruz de Jesús, para así salir triunfantes sobre la Tentación y el Demonio.

jueves, 19 de enero de 2017

San Antonio abad


Vida de santidad[1].
Considerado como el padre del monaquismo, San Antonio abad nació en Egipto hacia el año 250, hijo de acaudalados campesinos. Luego de la muerte de sus padres, en el momento en el que asistía a una celebración Eucarística escuchó las Palabras de Jesús: “Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”, que San Antonio consideró como dichas directamente a él. Fue así que repartió su herencia entre los pobres y se retiró al desierto, para llevar una vida de penitencia y oración, llevando una vida eremítica y convirtiéndose en modelo de espiritualidad ascética. Fundó comunidades de oración y trabajo, logrando así conciliar la vida solitaria con la dirección de un monasterio. Además de su espiritualidad monacal, se caracterizó por el apoyo a los confesores de la fe durante la persecución de Diocleciano, además de apoyar a San Atanasio en sus luchas contra la herejía gnóstica sostenida por el sacerdote apóstata Arrio. Murió en el año 356 en el monte Colzim, próximo al mar Rojo. Se dice que de avanzada edad pero no se conoce su fecha de nacimiento.
         Mensaje de santidad[2].
Una colección de sentencias suyas, conocida como “apotegmas”, demuestra su profunda y sobrenatural espiritualidad evangélica. De entre los temas de los apotegmas, podemos rescatar uno, referido a la tentación, en la que el santo la describe como incluso necesaria para la salvación, puesto que así el alma puede probar –sostenida por la gracia- su amor por Dios y su rechazo por el demonio. Es decir, lejos de ser la tentación un obstáculo para la vida espiritual, es imprescindible para su crecimiento e incluso, para entrar en el Reino de los cielos: “Quien no ha sufrido la tentación no puede entrar en el Reino de los Cielos. En efecto, dijo, suprime las tentaciones y nadie se salvará”. En otro lugar, dice así: “La tentación acompaña al hombre como su sombra, incluso se le adelanta... Esta es la vía de la salvación, la única: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación, porque probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman” (Sant 1, 12)”. Para San Antonio, la tentación hace ver al hombre cuál es la realidad de su ser, su fragilidad, y por lo tanto, su dependencia de Cristo, ayudándolo así a crecer en la humildad y a evitar la soberbia: “La tentación conduce al hombre a la verdad de su ser, dándole la media exacta de su fragilidad; la tentación le fortalece probándole y le lleva a su madurez en Cristo”. Citando a otro Padre del desierto, Isaac el sirio, San Antonio afirma que el hombre que “ha visto su pecado”, es decir, se ha reconocido en la tentación, “es más grande” que alguien que hace milagros portentosos, como resucitar muertos: “Aquel que ha visto su pecado, dice Isaac el sirio- es más grande que quien resucita muertos”.
Luego da el remedio contra la tentación, el contemplar a Jesús crucificado para obtener su gracia y así ser curados, al igual que los israelitas en el desierto eran curados cuando contemplaban la serpiente de bronce de Moisés: “Si somos mordidos por alguna serpiente, contemplemos a Cristo clavado en la cruz, como los israelitas miraban la serpiente de bronce en el estandarte (Núm 21, 8-9)”. Luego afirma que la tentación tiene un “sentido pascual”, porque es un “paso” que conduce de “nuestra muerte”, a la Vida, que es Jesús: “Toda tentación tiene un sentido pascual: nos arranca de nuestra muerte y nos hace pasar a Él, el Viviente”.
Esta función benéfica de la tentación no se limita a un período de la vida, sino que se prolonga hasta el último instante de la existencia terrena: “Dijo Antonio al Abba Poemén[3]: “Este es el gran quehacer del hombre: reconocer su pecado en presencia de Dios y esperar la tentación hasta el último respiro””.
         En un momento de la historia y de la Iglesia en la que el hombre, más que eliminar el pecado, pretende convertirlo en algo bueno y apetitoso, San Antonio abad con sus apotegmas, nos alerta ante el peligro que subyace en esta y en toda tentación, el creer en la Gran Mentira del Tentador: “Seréis como dioses” (cfr. Gn 3, 5).





[1] http://www.corazones.org/santos/antonio_abad.htm
[2] http://parrhesiamonastica.blogspot.com.ar/2011/04/apotegmas-de-san-antonio-abad.html
[3]Poemén”, que significa “pastor”, es una figura grande del monacatao de Scete. Se le atribuyen más de 200 sentencias. Afirma que la verdadera grandeza del hombre es reconocer su miseria.

lunes, 18 de febrero de 2013

San Expedito elige la Cruz en vez de la tentación



         Al observar la imagen de San Expedito, notamos que en su mano derecha sostiene, en alto, la Cruz de Cristo, mientras que con su pie derecho, al mismo tiempo, aplasta a un cuervo negro, el Demonio.
         Esto nos indica, visiblemente, cuál fue la elección interior, invisible, de San Expedito: entre la Cruz de Cristo, que significa la negación de sí mismo para imitar a Cristo que lleva la Cruz camino del Calvario, y la tentación ofrecida por el Demonio, representado en el cuervo negro, San Expedito elige la Cruz. A su vez, el santo elige la Cruz porque es fiel a la gracia de la conversión, que le pide el adherirse a Cristo sin demoras, de modo urgente.
         El ejemplo de San Expedito nos ayuda entonces a vivir la Cuaresma con espíritu de penitencia, porque nos enseña a elegir bien: entre la tentación, ofrecida por el Demonio, y la Cruz del Hijo de Dios, ofrecida por Dios Padre, debemos elegir la Cruz de Cristo.
         El mundo de hoy, sometido a las obras del Príncipe de las tinieblas, ofrece múltiples ocasiones de tentaciones, de todo tipo, adaptadas para cada temperamento, para cada carácter, para cada personalidad. El mundo de hoy ofrece las tentaciones bajo un aspecto agradable, multicolor, pleno de sabores, de sensaciones, de licencias de todo tipo, pero que esconden el aguijón venenoso del pecado. Así, el mundo tienta al hombre con asistir al estadio de fútbol el domingo, pero el cristiano debe responder con la Cruz de Cristo, que consiste en asistir a la Iglesia para recibir el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía; el mundo de hoy tienta al hombre con el alcohol, las drogas, la música ensordecedora, los bailes sensuales y lascivos, el erotismo y la pornografía, como medios de corromper al “templo de Dios”, pero el cristiano debe elegir la Cruz de Cristo, que significa vestir con modestia, evitar el alcohol y todo tipo de substancias tóxicas, escuchar música decente, evitar los bailes desenfrenados, para así conservar la pureza del cuerpo, “templo del Espíritu”; el mundo de hoy tienta con el poder, con el dinero, con el placer, y así lleva a hacer “lo que uno quiera”, pero el cristiano debe elegir la Cruz de Cristo, que es obedecer los mandamientos de Dios y no los de Satanás, para así cumplir la Voluntad divina en cada momento de la vida.
Cruz o tentación. La Cruz de Cristo o la tentación de la concupiscencia, que nace del corazón herido por el pecado original, y la tentación del demonio, que las pone a cada paso como trampas mortales para alejarnos para siempre de la vida eterna: lo que cada uno elija, eso le será dado. San Expedito eligió la Cruz de Cristo, y le fue dado participar de la fuerza de la Cruz para vencer a la tentación y al demonio, y luego el cielo en recompensa. Como devotos de San Expedito, pidámosle entonces que interceda para que obtengamos la gracia de elegir siempre la Cruz de Cristo.

viernes, 19 de octubre de 2012

San Expedito, la Cruz y el demonio



         En la imagen de San Expedito se puede ver que el santo, con uno de sus pies, aplasta a un cuervo negro, que a su vez lleva en su pico la inscripción “cras” (que significa “mañana” en latín), mientras que en la mano derecha sostiene una cruz blanca, con la inscripción “hodie” (“hoy”, también en latín).
         ¿Qué significa esto?
         El cuervo que San Expedito aplasta, no es en realidad un cuervo, sino que es el demonio, el ángel caído, el Príncipe de las tinieblas, que se había disfrazado de cuervo para poder acercarse a San Expedito y así tentarlo. Como sabemos, el santo, que era pagano, recibió una gracia extraordinaria: fue iluminado con la luz del Espíritu Santo, y vio con toda claridad la vida de pecado que llevaba, y la gracia de la conversión que le ofrecía Jesús desde la Cruz. El demonio, al enterarse de que San Expedito había recibido esta gracia, se apresuró a ir delante suyo para persuadirlo de que no acepte la gracia de la conversión. Como su aspecto es extremadamente pavoroso, y su ausencia de gracia lo convierte en un monstruo espantosamente horrible, él sabía que si se presentaba así como era, el santo lo rechazaría inmediatamente, si no moriría de susto antes, con lo cual quedaba frustrada su empresa. Por lo tanto, decidió convertirse en un cuervo negro, horrible, pero al menos más aceptable que lo que él era en la realidad. Se acercó primero volando, y luego quedó cerca de San Expedito, al alcance de sus pies.
En todo momento le repetía: “Cras, cras”, es decir, “mañana, mañana”, pretendiendo que el santo dejara la conversión para el otro día, cuando es bien sabido que no tenemos asegurado ni un solo segundo de vida. Tenía la esperanza de que el santo rechazara la gracia de la conversión, y como pretendía asesinarlo, quería que muriera en pecado, para así poder arrastrarlo al infierno y torturarlo por toda la eternidad.
Ahora bien, lo que el demonio quería hacer con San Expedito, es lo que quiere hacer con toda alma humana, incluidas las nuestras, por eso es conveniente fijarnos en cómo actuaron los santos frente a la tentación, para obrar nosotros de la misma manera.
San Expedito no consentió nunca a la tentación, y llevado por la fuerza divina que emana de la Cruz, aplastó la cabeza del demonio disfrazado de cuervo, levantando la cruz en alto y diciendo al mismo tiempo: “Hodie”, es decir “Hoy”. San Expedito nos enseña cómo se debe actuar frente a la tentación: debe ser aplastada con la fuerza de la Cruz de Cristo. Para eso, es necesaria mucha oración, y tener siempre en la mano, en la mente y en el corazón, el santo crucifijo.
Hoy el demonio está más activo que nunca multiplicando las tentaciones, y una de las principales, es la de no rezar, la de dejar la Santa Misa y la oración, haciendo creer que estas dos cosas, necesarias para ir al cielo, son una pérdida de tiempo, y que es más divertido ocupar el tiempo viendo Internet, televisión, cine, o escuchando música, o haciendo cualquier actividad, con tal de no asistir a Misa y no rezar el Rosario.
Cuando tengamos esta tentación, tenemos que decir, como San Expedito, con la Cruz en alto: “Hodie”, “Hoy rezaré y haré el propósito de nunca más faltar a Misa el Domingo, hasta el día de mi muerte, hasta el día en que vea cara a cara a mi Señor Jesucristo”.
        
         En la imagen de San Expedito se puede ver que el santo, con uno de sus pies, aplasta a un cuervo negro, que a su vez lleva en su pico la inscripción “cras” (que significa “mañana” en latín), mientras que en la mano derecha sostiene una cruz blanca, con la inscripción “hodie” (“hoy”, también en latín).
         ¿Qué significa esto?
         El cuervo que San Expedito aplasta, no es en realidad un cuervo, sino que es el demonio, el ángel caído, el Príncipe de las tinieblas, que se había disfrazado de cuervo para poder acercarse a San Expedito y así tentarlo. Como sabemos, el santo, que era pagano, recibió una gracia extraordinaria: fue iluminado con la luz del Espíritu Santo, y vio con toda claridad la vida de pecado que llevaba, y la gracia de la conversión que le ofrecía Jesús desde la Cruz. El demonio, al enterarse de que San Expedito había recibido esta gracia, se apresuró a ir delante suyo para persuadirlo de que no acepte la gracia de la conversión. Como su aspecto es extremadamente pavoroso, y su ausencia de gracia lo convierte en un monstruo espantosamente horrible, él sabía que si se presentaba así como era, el santo lo rechazaría inmediatamente, si no moriría de susto antes, con lo cual quedaba frustrada su empresa. Por lo tanto, decidió convertirse en un cuervo negro, horrible, pero al menos más aceptable que lo que él era en la realidad. Se acercó primero volando, y luego quedó cerca de San Expedito, al alcance de sus pies.
En todo momento le repetía: “Cras, cras”, es decir, “mañana, mañana”, pretendiendo que el santo dejara la conversión para el otro día, cuando es bien sabido que no tenemos asegurado ni un solo segundo de vida. Tenía la esperanza de que el santo rechazara la gracia de la conversión, y como pretendía asesinarlo, quería que muriera en pecado, para así poder arrastrarlo al infierno y torturarlo por toda la eternidad.
Ahora bien, lo que el demonio quería hacer con San Expedito, es lo que quiere hacer con toda alma humana, incluidas las nuestras, por eso es conveniente fijarnos en cómo actuaron los santos frente a la tentación, para obrar nosotros de la misma manera.
San Expedito no consentió nunca a la tentación, y llevado por la fuerza divina que emana de la Cruz, aplastó la cabeza del demonio disfrazado de cuervo, levantando la cruz en alto y diciendo al mismo tiempo: “Hodie”, es decir “Hoy”. San Expedito nos enseña cómo se debe actuar frente a la tentación: debe ser aplastada con la fuerza de la Cruz de Cristo. Para eso, es necesaria mucha oración, y tener siempre en la mano, en la mente y en el corazón, el santo crucifijo.
Hoy el demonio está más activo que nunca multiplicando las tentaciones, y una de las principales, es la de no rezar, la de dejar la Santa Misa y la oración, haciendo creer que estas dos cosas, necesarias para ir al cielo, son una pérdida de tiempo, y que es más divertido ocupar el tiempo viendo Internet, televisión, cine, o escuchando música, o haciendo cualquier actividad, con tal de no asistir a Misa y no rezar el Rosario.
Cuando tengamos esta tentación, tenemos que decir, como San Expedito, con la Cruz en alto: “Hodie”, “Hoy rezaré y haré el propósito de nunca más faltar a Misa el Domingo, hasta el día de mi muerte, hasta el día en que vea cara a cara a mi Señor Jesucristo”.
        

jueves, 19 de enero de 2012

San Expedito y la celeridad de la respuesta a la gracia



         Lo que caracteriza a San Expedito, y por eso es llamado el santo de las “causas urgentes”, es su celeridad a la respuesta de la gracia, sin ceder a la tentación. Cuando recibe la gracia de la conversión, en la que él con su libertad debía decir que “sí”, inmediatamente se le aparece el demonio en forma de cuervo, para tentarlo con la pereza espiritual, la acedia, que lo inducía a postergar para otro momento la respuesta a la gracia, diciéndole: “Mañana, mañana… Deja la conversión para mañana, disfruta ahora, hoy, esta dulce tentación que te ofrezco a tus sentidos y a tu alma”.
         Lejos de ceder a la acedia espiritual, a la pereza del alma, a la que lo quería llevar el demonio, San Expedito responde inmediatamente: “Hodie, hodie, hodie”, “Hoy” seré santo; hoy lucharé contra esta tentación; hoy retiraré este acto; hoy dejaré este vicio.
Otra cosa que se destaca en la conversión de San Expedito, es que nunca se habría imaginado todo lo que recibiría por haber sido fiel al Espíritu Santo: por una fracción de segundo de su libertad, en la cual le dijo que “sí” al don de Dios, San Expedito ganó una eternidad de felicidad, de alegría inimaginable, de dicha interminable, de paz, de amor, de vida, para siempre, por los siglos de los siglos.
Por responder rápidamente a la gracia, por no decir que “no” a lo que Dios le pedía en ese momento, que era luchar contra la tentación de la pereza, que inducida por el demonio, lo tentaba para dejar para más adelante la conversión, San Expedito gana toda una eternidad de felicidad.
Es lo opuesto al pecado: en el pecado, se dice que no a la gracia, y se dice que sí a la tentación, que es la que hace caer en el pecado, en el mal. Y las consecuencias también son distintas: por unos segundos de disfrute del mal, del pecado, de la tentación consentida, el daño producido al alma es letal, mortal, puesto que le provoca la pérdida de la gracia y la coloca en estado de condenación y, si el alma muere en ese estado, se condena irremediablemente en el infierno.
La Santísima Virgen, en sus apariciones en Fátima, el 13 de julio de 1917, les hizo ver a los pastorcitos el infierno y cómo caían las almas en el lago de fuego: “Nuestra Señora extendió sus manos y de repente los niños vieron un agujero en el suelo. Ese agujero, decía Lucía, era como un mar de fuego en el que se veían almas con forma humana, hombres y mujeres, consumiéndose en el fuego, gritando y llorando desconsoladamente. Lucía decía que los demonios tenían un aspecto horrible como de animales desconocidos. Los niños estaban tan horrorizados que Lucía gritó. Ella estaba tan atemorizada que pensó que moriría. María dijo a los niños: “Ustedes han visto el Infierno a donde los pecadores van cuando no se arrepiente”.
El mundo de hoy tiende muchas trampas a los cristianos que quieren vivir en gracia, a través de la televisión, a través de internet, a través de lo que se ve en la calle todos los días, y los cristianos tienen la oportunidad, a cada momento, de invocar a San Expedito para que interceda ante Dios y les conceda el poder responder rápidamente a la tentación, diciendo que no a programas de televisión indecentes, como los de bailes; diciendo que no, en el caso de los jóvenes, a la moda indecente, a la música indecente –cumbia, wachiturros, Lady Gagá, y tantos otros-; diciendo que no al permisivismo sexual; diciendo que no a la pereza espiritual de preferir un programa de televisión antes que la oración.
Muchos, muchísimos cristianos, caen en el pecado y viven en estado de condenación por no responder rápidamente a la gracia. Muchos, muchísimos cristianos, hacen lo opuesto a San Expedito: se dejan llevar por la pereza espiritual, la acedia, y ceden a la tentación, ven programas indecentes de televisión y dejan de rezar. Muchos se darán cuenta muy tarde el no haber imitado a San Expedito en su respuesta rápida a la gracia.