San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 13 de abril de 2023

Beato Mártir Padre José Eugenio Serra Meliá

 


El Beato Mártir Padre Serra.


Vida de santidad.

Don José Eugenio Serra Meliá nació en Llaurí el 20 de Marzo de 1898, el día siguiente de la fiesta de San José, de quien tomó el nombre. Su padre Avelino Serra, era agricultor y su madre, Salomé Meliá, ama de casa. En 1911 ingresó en el Colegio de Vocaciones Eclesiásticas de San José, en Valencia, para cursar Latín y Humanidades, continuando la Filosofía y la Teología en el Seminario Conciliar de Valencia. Fue ordenado presbítero en 1923. Regentó las parroquias de Millares (1923-1924), Sempere (1924-1926) y Benimodo (1926-1934). Su último nombramiento fue como párroco de Carpesa: allí estuvo desde el 1 de diciembre de 1934 hasta el verano de 1936.

En Carpesa fundó la rama de hombres y jóvenes de Acción Católica, se dedicó con gran empeño a la catequesis de niños, visitaba frecuentemente a los enfermos. También destacó por su gran dedicación a la música, como modo de dignificar la liturgia. Tocaba el armonio, compuso diversas piezas musicales y fundó un coro parroquial. Muchas de las canciones que Don José enseñó todavía siguen cantándose en las celebraciones eucarísticas de su Parroquia. Fue Don José quien inició el rito de la “Descoberta” con motivo de la fiesta de la Virgen de los Desamparados. Él enseñó las poesías que en ese día proclamaron los niños de Carpesa, como aquella que en mayo de 1935 fue recitada ante la imagen de la Virgen de los Desamparados y que concluía diciendo:

“Viva la Virgen María,
 Madre de los pecadores.
Viva Carpesa que te envía
 De tu fiesta y las flores”.

Aún se conservan el Sagrario y las estampas del Vía Crucis que adquirió para el Templo Parroquial. Alguien le indicó que ese nuevo Vía Crucis quizá fuera pronto destruido, a lo que respondió relatando la historia de un Obispo que se vistió sus ornamentos solemnes para esperar a la muerte.


El Padre Serra, antes de su ingreso al seminario.


Así recuerda su figura el sacerdote hijo de Carpesa Don Jesús Martí Ballester: “Su apostolado más intenso lo enfocó en dignificar el culto por medio del canto, para lo que formó un grupo de jóvenes cantoras que, con sus frecuentes ensayos, muy costosos y meritorios porque ninguna sabía solfeo, lograron grandes y admirables progresos, llegando a interpretar piezas a varias voces, incluso las Misas de Haller a dos voces, la del maestro Lorenzo Perossi y el “Exultate justi in Domino” salmo a varias voces de Ludovico Grossi. También Trisagios, Villancicos y un extenso repertorio. Me encargó comprar los dulces para el refrigerio con que agasajó al Coro Parroquial el día final de las Cuarenta Horas, después de haber celebrado con gran solemnidad y éxito los Trisagios de los tres días y la procesión por la calle. Era pues generoso con quienes colaboraban con él. Era muy querido. Su conversación era muy amena, por su gran sentido del humor. Dignificó en gran manera las celebraciones e incluso encargaba a otros sacerdotes que le sustituyeran en el altar para poder él dirigir el coro y acompañarlo al armonio. Lo recuerdo en la sacristía iniciándonos a los seminaristas en la predicación, hallazgo de los textos bíblicos y comentarios, por ejemplo, sobre la antífona: “El justo florecerá como la palmera”, enseñándonos a hacer nuestras propias interpretaciones y reflexiones”.


La estola sacerdotal del Beato Padre Serra.


Iniciada la Guerra Civil, fue acogido durante una temporada en casa de Antonio Estellés y Vicenta Martí, en Carpesa, tiempo que aprovechó para salvar diversos objetos de culto. Las imágenes, los ornamentos y el archivo parroquial fueron casi totalmente destruidos. Los altares fueron derribados, mientras que el Templo Parroquial fue convertido en almacén y garaje. Con todo, pudieron salvarse algunas imágenes, como la de San Pedro o la Virgen del Rosario. También se pusieron a salvo otros objetos de culto, la Cruz Parroquial, el Lignum Crucis, la Custodia Eucarística, el Sagrario, las estampas del Vía Crucis o las coronas de la Virgen de los Desamparados y de la Virgen de Agosto.

En este punto es importante recordar cómo Don José consiguió proteger la reliquia de los Santos de la Piedra que se venera en nuestra comunidad parroquial. Don Vicente Gil Martí, sacerdote hijo de Carpesa, en una carta que se conserva en el Archivo Parroquial, recuerda cómo Don José Serra se sirvió de un hijo de Carpesa y cofrade de los Santos, Germán Cuñat Badía (Germán el ric) que vivía en Valencia junto a su esposa, propietaria del Teatro Ruzafa. En Valencia fueron puestas a salvo, y allí pasaron el enfrentamiento bélico. Y una vez finalizada la contienda, regresaron a la Parroquia. De esta forma, el Padre Serra se convirtió en el mártir que salvó la reliquia de los mártires.


El Cáliz de ordenación sacerdotal del Beato Padre Serra.



En estas difíciles circunstancias, Don José Serra fue protegido por toda la población. Incluso en Carpesa se guardaron algunos de sus objetos personales. En la “Alquería de Chusa” se escondieron los cuatro tomos del breviario de Don José, un copón pequeño y el cáliz de su primera misa, que fueron devueltos después a su familia.

Don José regresó a Llaurí, su pueblo natal y allí fue obligado a trabajar en un campo de secano lleno de plantas espinosas, teniendo que arrancarlas con sus propias manos. Muchas noches era despertado por los milicianos, que le recordaban que su fin estaba cerca. Días antes de su muerte, enseñó a su hermana la fotografía de unos milicianos disparando contra sus víctimas, y le indicó: “¿Ves hermana? Así moriré yo”. A los suyos les dijo: “Me persiguen. La furia antirreligiosa podrá quitarme la vida, pero jamás la fe. El martirio llevará mi alma a Dios”.  Ante la persecución a sacerdotes, respondió: “Así me salvaré: siendo mártir”.

Era consciente de cuál podía ser su final. De hecho, en una carta que remite desde Llaurí a Roque Cortina Bellver sin firma ni dato identificatorio alguno (debía cuidar la seguridad del receptor de la misiva) se hace evidente el peligro que corre. Así, jugando de una forma sutil con las palabras, Don José escribió: “Si la censura lo permite, voy a escribir una noticia alarmante; y es que, por estos parajes, apenas ya si quedan ratas. No porque no haya grano que roer, sino porque abundan muchos gatillos”.

El 10 de Septiembre de 1936 fue llevado esposado a El Saler (Valencia) y, perdonando a sus enemigos, fue asesinado mientras exclamaba: “¡Viva Cristo Rey!”. Tenía 38 años de edad.  Murió junto con otros tres sacerdotes de Llaurí: el beato José Toledo Pellicer, Tomás Peris Rubio y su primo Baldomero Rubio Meliá.

La comunidad parroquial de Carpesa sigue conservando en la memoria las cualidades que le caracterizaban: buen humor, gran piedad dulzura de carácter, bondadoso, amable, humilde, sincero, trabajador incansable, siempre contento. Fue un hombre enamorado de su vocación sacerdotal, que vivió entregado totalmente a sus feligreses.

El 3 de junio de 2004, el Sr. Arzobispo de Valencia inició su proceso de canonización. Ya había escrito Tertuliano a inicios del siglo III, cuando las persecuciones del Imperio de Roma, que la sangre de los mártires es semilla de cristianos: “Sanguis martyrum, semen christianorum”.

Si la Iglesia del primer milenio nació de la sangre de los mártires la misma sangre de los mártires sigue siendo una llamada a la coherencia y a la fidelidad para la Iglesia del tercer milenio.  El martirio de los Santos Abdón y Senén, el martirio del Siervo de Dios Don José Eugenio Serra, son llamadas a vivir el Evangelio con toda su grandeza. Y para ello contamos con la ayuda inigualable de nuestros mártires.

 

ORACIÓN

Oh Dios, gloria y corona de los mártires,
Que escogiste para el sacerdocio ministerial
a tu Siervo JOSÉ EUGENIO SERRA MELIÁ 
y le concediste asemejarse a tu Hijo
en una muerte como la suya, 
te pedimos alcanzar por su intercesión
las gracias que ahora te suplicamos
y verle glorificado para  bien de tu Iglesia.
Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.
María, Reina de los Mártires, acoge nuestra oración.

         Mensaje de santidad.

         Dentro de las grandes virtudes naturales y sobrenaturales del Padre Serra podemos destacar, por un lado, el amor a Jesucristo, Rey de los mártires, puesto que el Beato Padre Serra, que ya había entregado su vida a Cristo, a través del sacerdocio, ahora lo hacía nuevamente, esta vez por el martirio. En la historia de la Iglesia, hay ejemplos de quienes recibieron la gracia del martirio, pero la rechazaron: el Padre Serra es un gran ejemplo de cómo aceptar esa gracia, que implica un don grandísimo, porque a cambio de dar la vida terrena por Cristo, Nuestro Señor nos purifica completamente con su Sangre y así el alma ingresa triunfante en el Reino de Dios.

         Por otro lado, el mensaje de santidad del Padre Serra podemos encontrarlo en algunas de sus frases, las cuales nos dejan maravillosas enseñanzas. Por ejemplo, cuando días antes de morir le muestra a su hermana una foto de milicianos comunistas disparando contra fieles laicos: el Padre, lejos de atemorizarse, le dice a su hermana, con serena alegría: “¿Ves hermana? Así moriré yo”. Podríamos decir que el Padre Serra nos enseña una gran entereza ante la muerte, pero todavía mucho más importante que entereza ante la muerte, lo que nos enseña el Padre Serra es que el martirio es una gracia que el Señor Jesucristo concede a quienes ama con predilección, porque con esa muerte, la muerte por Cristo, el alma ingresa en la vida eterna del Reino de los cielos directamente, sin pasar un segundo por el Purgatorio. La gracia martirial es un don tan grande que, si nos diéramos cuenta de lo que vale, besaríamos las manos de nuestros verdugos -en el caso de recibir esa gracia- porque son el instrumento divino que la Providencia nos envía para entrar en el Cielo bañados en la Sangre del Rey de los mártires, Jesucristo.

Otra de sus frases es la siguiente: “Me persiguen. La furia antirreligiosa podrá quitarme la vida, pero jamás la fe. El martirio llevará mi alma a Dios”. Al ser perseguido, el Padre Serra se configura plenamente con Cristo, quien fue perseguido por el Ángel caído (cfr. Ap 12, 6ss) desde el momento mismo de la Encarnación, en persona y también a través de hombres malvados como Herodes y como los escribas y fariseos, quienes finalmente lo condujeron al patíbulo de la Cruz: al igual que Cristo, el Padre Serra fue perseguido por hombres malvados al servicio de Satanás, los integrantes del Partido Comunista, y finalmente fue ejecutado. Y del mismo modo a como el Rey de los mártires, Cristo, pasó de este mundo al seno del Padre a través del martirio de la Cruz, así el Padre Serra, imitando a Cristo y unido a Él por la gracia y la fe, pasó de este mundo hacia la vida eterna, por medio de la muerte martirial.

Otra frase suya es muy significativa, esta vez acerca de la certeza de la salvación eterna por medio del martirio: “Así me salvaré: siendo mártir”. El Padre Serra sabía que si moría mártir, dando testimonio de fe en el Hombre-Dios Jesucristo, salvaría su alma y es así, porque es doctrina de fe de la Iglesia Católica que el mártir, es decir, el bautizado que da su vida por Jesucristo, es llevado inmediatamente luego de su muerte al Cielo; en otras palabras, no solo no está en mínimo riesgo de condenación, sino que no pasa por el Purgatorio ni un segundo, porque la participación en la muerte martirial de Cristo en la Cruz le borra toda culpa y pena que pudiera tener al momento del martirio y así ingresa directamente al Reino de Dios. El Padre Serra era consciente de esta gracia y por eso la acepta con toda alegría en su corazón.

La última y más significativa frase es la que pronuncia el día de su ajusticiamiento, el 10 de Septiembre de 1936: es llevado esposado a El Saler (Valencia) y perdonando a sus enemigos, es asesinado mientras exclamaba: “¡Viva Cristo Rey!”. De esta manera, el Padre Serra se configura a la perfección con Jesucristo, puesto que, por un lado, muere imitando a Cristo, perdonando a sus verdugos -antes de morir, Jesús perdona a quienes le quitan la vida: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”- y por otro lado, al mismo tiempo, muere aclamando a Cristo, el Hombre-Dios, como Rey –“¡Viva Cristo Rey!”- y esto se corresponde con la realidad de Nuestro Señor Jesucristo, Quien es “Rey de reyes y Señor de señores” (cfr. Ap 19, 16). Y ahora, por la eternidad, lo aclama junto a los ángeles y santos del Cielo.

Al recordar al Padre Serra, le pidamos que interceda para que perseveremos en la Santa Fe Católica y en las obras de misericordia todos los días que nos queden en esta vida terrena; además, le pidamos que interceda para que, en estos tiempos en los que el Dragón -el comunismo-, la Bestia semejante a una Pantera -la masonería intra y extraeclesial- y el cordero que habla como dragón[1] -el Falso Profeta- parecen coordinar sus esfuerzos para “la última persecución a la Iglesia Católica” (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, num. 675). Padre Serra, intercede por nosotros, para que, por la Misericordia Divina, lleguemos un día al Reino de los cielos, para adorar al Cordero de Dios por toda la eternidad.



[1] Cfr. Ap 13, 11.

miércoles, 3 de junio de 2020

San Carlos Lwanga y compañeros mártires

San Carlos Luanga y los mártires de Uganda,3 de Junio,Vidas ...


          Vida de santidad[1].

          Uganda, país de África, fue misionado por los Padres Blancos del Cardenal Lavigerie, por lo que pronto comenzaron a convertirse al catolicismo muchos nativos. En ese entonces, el jefe de la nación, llamado Muanga, tenía el vicio de la homosexualidad y cuando el jefe del personal de mensajeros del palacio José Makasa, se convirtió al catolicismo, le hizo saber al jefe que en la Biblia se condena y prohíbe totalmente la homosexualidad y que la llama una “aberración”, o sea algo abominable, porque va contra la Ley Divina y por lo tanto es algo totalmente impropio de la persona humana. Le citó varios pasajes de la Biblia para confirmar sus dichos, como por ejemplo: “la homosexualidad es un pecado merecedor de la muerte” (Lev 18) y “algo que va contra la naturaleza” (Rom 1,26) y que los que lo cometen “no poseerán el Reino de Dios” (1 Cor 6,10). Esto enfureció tanto al rey, que ordenó asesinar a José Makasa el 15 de noviembre de 1885, y así este llegó a ser el primero de los 26 mártires de Uganda. Al saber esta terrible noticia, los demás católicos que trabajaban en el palacio real como mensajeros o empleados, en vez de acobardarse, se animaron más fuertemente a preferir morir antes que ofender a Dios.
La segunda víctima fue un pequeño mensajero llamado Denis. El jefe Muanga quiso irrespetar a un jovencito llamado Muafa, pero este le dijo, citando la Biblia, que su cuerpo era un “templo del Espíritu Santo”, y que él se haría respetar costara lo que costara. El rey averiguó quién le había enseñado al niño estas doctrinas y le dijeron que era otro de los mensajeros, Denis, por lo que también le dio muerte. Así este jovencito llegó a ser el segundo mártir San Denis. Antes de darle muerte, el rey le preguntó: “¿Eres cristiano?” y el niño respondió: “Sí, soy cristiano y lo seré hasta la muerte”.
Mientras tanto, el nuevo jefe de los mensajeros, Carlos Luanga (que había reemplazado a San José Makasa) reunía a todos los jóvenes y los catequizaba recordándoles lo que enseña San Pablo en la Biblia, acerca de que “los que cometen el pecado de homosexualidad tendrán un castigo inevitable por su extravío” (Rom 1, 18) y les recordaba que la “homosexualidad es la tendencia a cometer acciones impuras con personas del propio sexo”, y que eso no es amor de caridad que busca el bien de la otra persona, sino que es un “amor de concupiscencia” por el afecto que se siente hacia personas del propio sexo. Y les narraba cómo las ciudades de Sodoma y Gomorra fueron destruidas por una lluvia de fuego por cometer ese pecado, y cómo la Biblia anuncia tremendos castigos para los que lo cometen. Carlos terminaba sus charlas recordando aquellas palabras de Jesús: “Al que me confiese delante de los hombres, Yo declararé a su favor en el cielo”.
Con estas instrucciones de Carlos Luanga, ya todos los jovencitos mensajeros y empleados del palacio real de Uganda quedaron resueltos a perder su vida antes que renunciar a las creencias católicas o perder la pureza de su alma con un pecado de homosexualidad. Y ahora estaba por llegar el desenlace fatal y sangriento. El rey tenía como primer ministro a un brujo llamado Katikiro, el cual estaba disgustadísimo porque los que se volvían cristianos católicos, ya no se dejaban engañar por sus brujerías; entonces se propuso convencer al rey de que debía hacer morir a todos los que se habían declarado cristianos.
El cruel Muanga reunió a todos sus mensajeros y empleados y les dijo: “De hoy en adelante queda totalmente prohibido ser cristiano, aquí en mi reino. Los que dejen de rezar al Dios se los cristianos, y dejen de practicar esa religión, quedarán libres. Los que quieran seguir siendo cristianos irán a la cárcel y a la muerte”. Y luego les dio una orden mortal: “Los que quieran seguir siendo cristianos darán un paso hacia adelante”. Inmediatamente Carlos Luanga, jefe de todos los empleados y mensajeros del palacio, dio el paso hacia adelante. Lo siguió el más pequeño de los mensajeros, que se llamaba Kisito y enseguida veintidós jóvenes más dieron el paso decisivo. Inmediatamente entre golpes y humillaciones fueron llevados todos a prisión. El Padre misionero no había alcanzado a bautizar a algunos de ellos, por lo que estos jóvenes valientes viendo que su muerte estaba ya muy próxima pidieron a Carlos que los bautizara. Y allí en la oscuridad de la prisión Carlos Luanga bautizó a los que aún no estaban bautizados, y se prepararon todos para su paso a la eternidad feliz, que ya estaba muy cerca.
El rey los volvió a reunir y les preguntó: “¿Siguen decididos a seguir siendo cristianos?”. Y ellos respondieron a coro: “Cristianos hasta la muerte”. Entonces por orden del brujo Katikiro fueron llevados prisioneros a 60 kilómetros de distancia por el camino, y allí mismo fueron asesinados por los guardias. Después de haberlos tenido siete días en prisión en esas lejanías, en medio de los más atroces sufrimientos, mientras reunían la leña para el holocaustos el 3 de junio del año 1886, día de la Ascensión, los envolvieron en esteras de juntos muy secos, y haciendo un inmenso montón de leña seca los colocaron allí y les prendieron fuego. Entre las llamas salían sus voces aclamando a Cristo y cantando a Dios, además de recitar el Credo y esto lo hicieronhasta el último aliento de su vida. Por el camino se llevaron los verdugos a dos mártires más, ya mayores de edad. El uno por haber convertido y bautizado a unos niños (San Matías Kurumba) y el otro por haber logrado que su esposa se hiciera cristiana (San Andrés Kawa). Ellos se unieron a los otros mártires (de los cuales 17 eran jóvenes mensajeros) y en total murieron en aquel año veintiséis mártires católicos por defender su fe y su castidad. Los mártires de Uganda, con Carlos Luanga a la cabeza, fueron declarados santos por el Papa Pablo VI y ahora en Uganda hay un millón de católicos, cumpliéndose así el adagio: “La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.

Mensaje de santidad.

Los mártires de Uganda no sólo dieron la vida por la pureza corporal, sino también por la pureza de la fe, puesto que ambas van unidas: quien es casto y puro, lo es no por la virtud en sí misma, sino por amor a Cristo, que es la Castidad, la Pureza y la Inocencia Increadas en sí mismas. Por eso, en su sacrificio, no sólo debemos ver un homenaje a la virtud de la pureza de cuerpo y alma -que lo es-, sino también una participación en la Pasión de Cristo, puesto que su muerte martirial fue un modo de participar de la muerte martirial del Rey de los mártires, Cristo Jesús. Por último, los mártires de Uganda murieron entonando cánticos de alabanza a Dios y también rezando el Credo: cuando asistamos a la Santa Misa y recemos el Credo, recordemos que por las verdades del Credo debemos estar dispuestos a dar la vida, tal como lo hicieron los santos mártires de Uganda.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

La consagración y el martirio de Santa Lucía, modelos de nuestra entrega cotidiana a Cristo


         El martirio de Santa Lucía no es otra cosa que la culminación de la entrega total de su vida a Jesucristo, por medio de la consagración de su cuerpo y su alma. El sentido de la consagración a Jesucristo es entregarle a Él todo su ser, su cuerpo y su alma, para que Jesucristo tome posesión de ella y haga de ella su morada. Pero para que esto suceda, el alma debe ser pura en cuerpo y alma, además de estar en estado de gracia santificante. Santa Lucía se consagró desde muy pequeña a Jesucristo, ofreciéndole su virginidad, lo cual quiere decir que ella quería que su cuerpo no solo no tuviera amores terrenos –aun cuando estos amores terrenos sean buenos y puros, como el verdadero amor esponsal-, sino que estuviera todo consagrado al amor esponsal celestial de Cristo Esposo. Santa Lucía consagra su virginidad a Jesucristo, pero no porque no tuviera posibilidad de contraer matrimonio –al contrario-, sino porque su amor espiritual, puro y sobrenatural por Jesucristo Esposo, era mucho más grande que el amor a cualquier esposo terreno. Por eso debía consagrar su cuerpo, su virginidad, para que le perteneciera, en su cuerpo, en su totalidad, a Jesucristo.
         Pero Santa Lucía no solo consagró el cuerpo, sino que también consagró su alma, para que esta fuera morada de la Trinidad y su corazón altar donde Jesús Eucaristía fuera amado y adorado. Para eso, Santa Lucía debió rechazar las impurezas del alma, así como debió rechazar las impurezas del cuerpo; la diferencia es que las impurezas del alma son la mentira, la falsedad, el cinismo, la hipocresía, y sobre todo, la apostasía de la Fe, es decir, abandonar a Jesucristo por los falsos ídolos del mundo. Es por esta razón que la apostasía se compara, con toda justicia, al adulterio: así como en el adulterio el cuerpo se entrega a quien no es el cónyuge, manchándolo con esta grave falta, así en la apostasía y en la idolatría el alma y el corazón se entregan a los ídolos, que no son otra cosa que demonios. Un católico idólatra, como por ejemplo, aquel que le prende velas y le reza al Gauchito Gil, a la Difunta Correa, a San La Muerte, o usa la cinta roja contra la envidia, o cree en supersticiones, como el árbol gnóstico de la vida, o cualquier otra superstición, es un adúltero espiritual, porque comete adulterio con los ídolos paganos, que no son otra cosa que demonios. Abandonan al Hijo de Dios, que dio por ellos su vida en la cruz y la continúa dando en la Eucaristía, por los demonios, que solo quieren su eterna condenación.
La consagración de su cuerpo y de su alma tuvo su coronación en Santa Lucía con el martirio, es decir, con el don de su vida de modo cruento, con derramamiento de sangre. Si a lo largo de su vida había entregado en secreto su cuerpo y su alma a Jesucristo, ahora, para gloria de Dios, Santa Lucía entrega su cuerpo y su alma de forma pública, eligiendo la muerte antes que dejar de poseer el Amor de Cristo. Por último, el fundamento tanto de su consagración por amor a Cristo, como de su martirio, no radica en ella, sino en Jesucristo, Rey de los mártires, quien muere mártir en la cruz porque consagró su vida a nuestra salvación, entregándose en su totalidad a Dios Padre en el ara de la cruz, para donarnos a Dios Espíritu Santo y así conducirnos al cielo. Es de esta consagración de su vida al Padre para salvarnos y de su muerte martirial en la cruz, que Jesús hace partícipes a los santos mártires como Santa Lucía. Esto último tiene mucha importancia para la vida espiritual: la consagración y el martirio de Santa Lucía nos enseñan entonces que quien desea consagrarse a Jesucristo y dar su vida por Él -en el testimonio cotidiano de su Evangelio y según el propio estado de vida-, es porque tiene en sí mismo al Espíritu Santo, donado por Jesucristo y que hace partícipe al alma de su consagración y amor. Acudamos por lo tanto a Santa Lucía para mantener siempre la pureza del cuerpo -la castidad-, y la pureza del alma -la integridad de la fe-, según nos aconseja la Didajé, las Enseñanzas de los Doce Apóstoles: “Buscarás cada día los rostros de los santos, para hallar descanso en sus palabras”[1]. Solo así perteneceremos totalmente a Cristo, en cuerpo y alma, en el tiempo y en la eternidad.



[1] 4, 2.

martes, 25 de abril de 2017

San Jorge


Vida de santidad.

Nacido en Lydda, Palestina, la tierra de Jesús, era hijo de un agricultor –aunque algunos afirman que su padre, que se llamaba Geroncio, era oficial del ejército romano—muy estimado[1]; su madre, de nombre Policromía, lo educó en la fe cristiana[2]. Poco después de cumplir la mayoría de edad se enroló en el ejército y debido a su carisma, Jorge no tardó en ascender y, antes de cumplir los 30 años fue nombrado capitán, siendo entonces destinado a Nicomedia como guardia personal del emperador Diocleciano (284-305) [3]. Falleció a principios del IV, probablemente en la ciudad de Lydda, la actual Lod de Israel. Está atestiguado que murió mártir: San Jorge fue decapitado por profesar el cristianismo hacia el año 303. El martirio fue ordenado por el propio Diocleciano, después de que San Jorge le recriminara la cruenta persecución de los cristianos que el emperador había iniciado ese mismo año[4].

Mensaje de santidad.

La iconografía de San Jorge lo representa, casi exclusivamente, en su lucha contra un dragón, y esto en detrimento de su condición de mártir, puesto que las representaciones en cuanto tal son muy escasas. ¿Qué significado tiene la imagen de San Jorge con el dragón? ¿Se trata de un hecho real, o de una alegoría que remite a una realidad sobrenatural? La respuesta más probable es la segunda, es decir, que sea una alegoría, lo cual no significa que sea un relato imaginario, sino una representación sensible de una realidad invisible, sobrenatural.
Si se tratara de un suceso real, lo cual es poco probable, podría decirse que el dragón sería, en realidad, un caimán de grandes proporciones, pero siempre un caimán, es decir, una creatura animal; otros afirman que se trataría de un tiburón, también de gran tamaño. En todo caso, este animal gigantesco tenía aterrorizada a una población de Libia, exigiendo dos corderos diarios para alimentarse, lo cual debía ser satisfecho por la población, puesto que el animal emanaba un hedor insoportable, al tiempo que, por la escasa higiene de su cuerpo, contaminaba el terreno a su paso. Luego de que los habitantes del poblado se quedaran sin animales para calmar a la bestia, decidieron que se entregaría una persona viva, la cual sería elegida por sorteo, tocándole en suerte a la hija del rey[5]. Es aquí en donde interviene San Jorge quien, arremetiendo a la carrera con su lanza, atravesó al animal de lado a lado, dándole muerte. Al enterarse del hecho, los vecinos, llenos de admiración, agradecieron a San Jorge quien, aprovechando la ocasión –como dice la Escritura: “Predica a tiempo y a destiempo”-, les predicó acerca de Jesucristo, haciendo que muchos de ellos se hicieran cristianos.
La otra posibilidad es que la iconografía se refiera a un hecho real pero sobrenatural, representado por símbolos e imágenes, es decir, que se trate de una alegoría. En este caso, los distintos elementos de la imagen, darían lugar a distintas realidades sobrenaturales y preternaturales (relativas al mundo de los ángeles). Así, el caballo blanco sería representación de la Iglesia que, en cuanto Esposa de Cristo, es inmaculada y pura, por la gracia del Espíritu Santo que inhabita en sus miembros y que brota de su Cabeza, Jesucristo; el dragón, sería el Demonio, el Ángel caído, que es nombrado como “dragón” en las Escrituras; también representaría aquello detrás de lo cual se oculta el Demonio, esto es, el paganismo y la idolatría[6] –en nuestros días, el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, y tantos otros ídolos demoníacos-, lo cual implica la brujería, la magia, la superstición –cinta roja, cruzar los dedos, etc.-, los adivinos, el ocultismo, y muchos otros trucos del Demonio; la hija del rey a punto de ser sacrificada al Dragón, puede significar, con su inocencia, juventud y hermosura, el alma en gracia, que es hija adoptiva de Dios y que por la gracia participa de la eterna juventud de Dios, de su inocencia y de su hermosura; el sacrificio de la hija del rey, significa la entrega de la juventud, por parte de la sociedad sin Dios, al Demonio, mediante la ofrenda de los jóvenes a los ídolos demoníacos de la sociedad materialista y atea: la droga, el dinero, la sensualidad, la fama, el poder; San Jorge, que atraviesa con su lanza la garganta del Dragón dándole muerte, representa al mismo santo que, con su prédica y participando de la fuerza celestial de Jesucristo, da muerte al Dragón y salva a la princesa, es decir, impide que el Demonio se apodere de las almas de los jóvenes, cuyas almas, por el bautismo, pertenecen a Jesucristo, y si no son bautizadas, pertenecen a Dios, por ser creaturas suyas creadas a su imagen y semejanza; también representaría la victoria del cristianismo sobre el paganismo, es decir, sobre la brujería, la wicca, la hechicería, el satanismo, propios de la Nueva Era; por último, la lanza de San Jorge, representaría las armas espirituales con las que el santo arrebata las almas al Demonio: el Santo Rosario, la Misa, la gracia santificante de los sacramentos.
En cuanto a su muerte, sucedió de la siguiente manera: en el año 303, el emperador Diocleciano emitió un edicto mediante el cual todos tenían que adorar ídolos o dioses falsos; además, se prohibía adorar a Jesucristo y se autorizaba la persecución de los cristianos por todo el imperio, persecución que continuó luego con Galerio (305-311). Jorge, que recibió órdenes de participar, confesó que él también era cristiano, que nunca dejaría de adorar a Cristo y que jamás adoraría a los ídolos paganos del imperio. Una vez conocida la decisión de San Jorge, Diocleciano ordenó que lo torturaran a fin de lograr su apostasía, pero debido a que no pudieron hacerlo renegar de la fe en Jesús, el emperador lo mandó matar por decapitación. Al enterarse de su condena a muerte, San Jorge se alegró enormemente, pues aquello que había deseado desde el momento de su conversión, el encuentro cara a cara con Jesucristo en el Reino de los cielos, estaba al fin por cumplirse éxito. De paso para el sitio del martirio lo llevaron al templo de los ídolos para ver si los adoraba, pero en su presencia varias de esas estatuas cayeron derribadas por el suelo y se despedazaron. Por ello se ordenó su ejecución y fue decapitado frente a las murallas de Nicomedia el 23 de abril de 303.
Mientras lo azotaban, meditaba en los azotes recibidos por Jesús en su lugar y, en acción de gracias, no se quejaba ni siquiera mínimamente. Al verlo sufrir por Cristo, muchos exclamaban: “ss valiente. En verdad que vale la pena ser seguidor de Cristo”. En el camino a la ejecución, recitaba las palabras de Jesús antes de morir: “Señor, en tus manos encomiendo mi alma”, lo cual nos da una idea del alto grado de mística participación de San Jorge en la Pasión del Señor.
La vida de santidad y su muerte martirial, constituyen un modelo invalorable para nuestros días, en los que el Demonio, escondido en las sectas multicolores de la Nueva Era, tiende trampas de todo tipo a la juventud. Al recordarlo en su día, debemos implorar su intercesión ante el Rey de los mártires, Jesucristo, para que envíe a su Iglesia grandes santos que, como San Jorge, enfrenten al Ángel caído con las armas espirituales de la Iglesia y así pongan a salvo a los hijos adoptivos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica.



[1] https://www.aciprensa.com/recursos/san-jorge-4548/
[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_de_Capadocia
[3] http://www.santopedia.com/santos/san-jorge
[4] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/j/jorge_san.htm
[5] https://www.aciprensa.com/recursos/san-jorge-4548/
[6] https://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_de_Capadocia

lunes, 26 de diciembre de 2016

San Esteban, protomártir


         Vida de santidad.
Teniendo en cuenta que las palabras de los mártires son inspiradas por el Espíritu Santo, es conveniente recordar lo dicho por San Esteban, diácono y protomártir, según lo relatan las Sagradas Escrituras en Hechos 7, 51-54, a quienes serían sus verdugos. En su discurso, San Esteban demostró que Abraham había dado testimonio de Dios y había recibido de Él grandes prodigios y favores; que a Moisés se le mandó hacer un tabernáculo, pero que también se le vaticinó una nueva ley y el advenimiento de un Mesías; afirmó que tanto el Templo como las leyes de Moisés eran temporales y transitorias y debían ceder el lugar a otras instituciones mejores, establecidas por Dios mismo al enviar al mundo al Mesías[1].
         Luego San Esteban les reprocha que “resisten al Espíritu Santo” y que ellos, como sus padres, que asesinaron a los profetas, así también ellos “asesinaron al Justo”: “¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como vuestros padres, así vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquel a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado; vosotros que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis guardado”. El “Justo” al que “asesinaron”, no es otro que Cristo Jesús, el Mesías, el Salvador, el Cordero de Dios Inmaculado, que fue acusado injustamente e injustamente condenado a muerte en la Cruz, por lo que se hacen culpables de deicidio, al haber asesinado a Dios Encarnado.
         Estas palabras de Esteban a los fariseos, le vale la condena a muerte, tal como se relata en la Escritura[2], siendo en ese momento en que San Esteban tiene la visión del cielo, adonde irá inmediatamente después de morir: “Al oír esto, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él. Pero él (Esteban), lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios”. Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él; le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y diciendo esto, se durmió”.
Mensaje de santidad.
San Esteban se enfrenta y acusa a quienes fueron los autores intelectuales de la crucifixión de Jesús –y que son quienes le darán muerte a él también-, pero lo que tenemos que considerar es que no son sólo los fariseos, escribas y maestros de la Ley los que “asesinaron al Justo”, condenándolo a muerte infame de Cruz: también nosotros, los cristianos, cada vez que cometemos un pecado, lo crucificamos y le damos muerte, porque elegimos la iniquidad y la malicia del pecado, antes que la justicia y la bondad de la gracia santificante. Otro mensaje de santidad es la asistencia del Espíritu Santo al alma del mártir, que configura al mártir con el Rey de los mártires, Jesucristo: en efecto, San Esteban, al momento de morir –curiosamente, la Escritura dice: “dormir”-, repite dos de las palabras de Jesús en la Cruz: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”, que equivale a las palabras de Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46), y luego perdona a sus verdugos: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”, equivalente a la expresión de Jesús: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). San Esteban, mártir, imita, porque es hecho partícipe, por el Espíritu Santo, al Rey de los mártires, Jesucristo.
El otro mensaje de santidad que San Esteban nos deja es que el Credo que profesamos, y el que tantas veces repetimos tal vez un poco mecánicamente, comporta la decisión de dar la vida, literalmente hablando, por la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, y en Quien decimos creer. Y esta decisión se prolonga a la fe en la Eucaristía, puesto que la Eucaristía es el mismo Cristo Jesús que, encarnado en el seno de María, prolonga su Encarnación en el seno virgen la Iglesia, el altar eucarístico, por el poder del Espíritu Santo.

miércoles, 22 de abril de 2015

San Jorge, mártir


Según la tradición, San Jorge, que era capitán del ejército[1], al llegar a una ciudad de Oriente, se encontró con un dragón de un pantano –otros dicen que era un caimán de enorme tamaño-, que devoraba a mucha gente y nadie se atrevía a acercársele. San Jorge lo enfrentó valientemente y acabó con tan feroz animal, luego de lo cual reunió a todos los vecinos del pueblo, que estaban llenos de admiración y de emoción, y les habló tan fervorosamente de Jesucristo, que muchos de ellos se convirtieron y se hicieron cristianos.
Fue en esa época que el emperador Diocleciano ordenó que todos los súbditos, en su imperio, debían adorar a los ídolos o dioses falsos, prohibiendo al mismo tiempo la adoración al verdadero y único Dios Jesucristo. Lejos de acatar tan sacrílega e impía orden, San Jorge declaró que él nunca dejaría de adorar a Cristo y que jamás adoraría ídolos. Entonces Diocleciano decretó la pena de muerte contra el santo. Según las actas del martirio, cuando San Jorge era conducido hacia el lugar de su ejecución, fue llevado al templo de los ídolos, para tentarlo y ver si los adoraba, pero al entrar San Jorge en el templo, en su presencia varias de esas estatuas cayeron derribadas por el suelo y se despedazaron. En su muerte martirial, imitó a Nuestro Señor Jesucristo en muchos aspectos, como todo mártir, pero sobre todo en dos momentos: como Jesús, fue azotado y mientras lo azotaban, meditaba en la flagelación de Nuestro Señor, uniéndose a Jesús sin pronunciar un solo quejido; y también como Jesús, antes de morir, encomendó su alma a Dios, pues se le oyó decir: “Señor, en tus manos encomiendo mi alma”. Su última alegría en la tierra, preludio de la alegría eterna de la cual ya goza eternamente en el Reino de los cielos, fue saber que iba a ser decapitado por su fe en Jesucristo, pues de esa manera conquistaría inmediatamente un puesto de honor junto al Rey de los mártires, Jesús. Su entereza y valentía al momento de morir y su testimonio de fe en Jesús, llevaron a muchos a la conversión, porque al verlo con tanta fortaleza interior, decían: “Es valiente. En verdad que vale la pena ser seguidor de Cristo”.
La vida y la muerte martirial de San Jorge, es un ejemplo para todos nosotros: así como San Jorge luchó y venció al dragón en nombre de Cristo, así también nosotros, armados con la armadura de la fe y levantando en alto el estandarte ensangrentado de la cruz de Jesús, así nosotros venceremos al dragón infernal, que pretende arrebatarnos la vida de la gracia con sus tentaciones. El ejemplo de un gran santo y mártir como San Jorge, que movido por el amor del Espíritu Santo, prefirió morir antes que postrarse ante los ídolos, es sumamente necesario en nuestros días, en los que abundan los ídolos neo-paganos: la vida de santos como San Jorge nos recuerda que el único Dios verdadero ante el cual debemos doblar las rodillas en adoración, es Nuestro Señor Jesucristo, el Cordero de Dios, Presente en la Cruz y en la Eucaristía.




[1]https://www.ewtn.com/spanish/saints/Jorge_4_23.htm;cfr.https://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=124

domingo, 2 de febrero de 2014

San Blas, obispo y mártir




Según relata la Tradición, la noche antes de morir, Nuestro Señor Jesucristo se le apareció a San Blas, que se encontraba refugiado en las montañas a causa de la persecución a los cristianos, pidiéndole que le ofreciera el sacrificio. San Blas entendió que el Señor le pedía el martirio, por lo que celebró la Santa Misa y se dispuso a esperar a los soldados del emperador que lo viniesen a arrestar, lo cual sucedió. Cuando estos llegaron y le dicen que salga de la gruta, San Blas los recibe con el rostro sonriente y con estas cariñosas palabras, según constan en las Actas de su martirio: “Bienvenidos seáis, hijitos míos. Me traéis una buena nueva. Vayamos prontamente. Y sea con nosotros mi Señor Jesucristo que desea la hostia de mi cuerpo”. Luego sucedió lo que todos sabemos, el milagro en el camino, el de la resurrección del hijo de una mujer, que había muerto a causa de una espina que se le había atravesado en la garganta y que vuelve a la vida luego de que San Blas le impusiera sus manos en la garganta y es el milagro que da origen a la fiesta que hoy celebramos.
         Pero más importante que ese milagro son las palabras de San Blas a sus captores, porque reflejan su disposición interior, espiritual, con la cual él como obispo y sacerdote celebraba la Santa Misa. Esta disposición es una disposición muy particular, y es la disposición misma del Salvador, es la disposición martirial. Jesús se le aparece tres veces por la noche antes del martirio físico, pidiéndole que celebre los “sagrados misterios”, es decir, la Santa Misa, como modo de prepararlo para la entrega final, definitiva y total de su vida en el martirio cruento que habría de suceder pocos días después.
La muerte martirial, por la cual él habría de derramar físicamente su sangre y entregar materialmente su vida, no tendría valor ni sentido si no estuviera precedida y fundamentada en la entrega sacrificial de su espíritu y en la inmolación de su ser en la cruz del altar, unido a Él, a Jesucristo, el Salvador, por medio de la Santa Misa, y es por esto que Jesús se le aparece por tres noches consecutivas, anteriores al martirio, para que se una espiritualmente a Él, al sacrificio de la Cruz, de modo tal que el sacrificio de su cuerpo, que sucederá días después, será solo la coronación del sacrificio del espíritu que ha sido ya inmolado en la Cruz al Rey de los mártires. Es esto lo que San Blas entiende y es esto lo que hace, y por eso es que San Blas dice a sus captores: “Mi Señor Jesucristo desea la hostia de mi cuerpo” y, lejos de oponerse a su captura o lejos de huir de una más que segura muerte, los recibe con cariño y afecto, porque sus verdugos son en realidad ejecutores del plan divino que para él, para San Blas, consiste en unirlo a la Cruz de Jesús y así conducirlo al cielo.
Es por esto que San Blas, además de ser para nosotros protector de todo mal de garganta –especialmente, del mal más terrible de todos, el mal del pecado, y por eso lo que debemos pedirle es que jamás salga, ni de nuestras gargantas ni de nuestros corazones, pecado alguno que ofenda la majestad y bondad divina-, nos enseña a participar en la Santa Misa con disposición martirial, de modo que en cada Santa Misa digamos, junto con San Blas: “Mi Señor Jesucristo desea la hostia de mi cuerpo y de mi espíritu”.

miércoles, 16 de octubre de 2013

San Ignacio de Antioquía y el testimonio de su amor a Cristo


         San Ignacio de Antioquía sufrió el martirio en tiempos del Emperador Trajano, quien decidió la persecución de todos aquellos que no adoraran a los dioses del panteón romano, a quienes atribuía la victoria sobre sus enemigos. En las Actas del martirio de San Ignacio, se puede leer el interrogatorio al que fue sometido por el emperador en persona y el testimonio de fe en Jesucristo que resulta de este diálogo:
-¿Quién eres tú, espíritu malvado, que osas desobedecer mis órdenes e incitas a otros a su perdición?
-Nadie llama a Teóforo espíritu malvado, respondió el santo.
–¿Quién es Teóforo?
-El que lleva a Dios dentro de sí.
-¿Quiere eso decir que nosotros no llevamos dentro a los dioses que nos ayudan contra nuestros enemigos?, preguntó el emperador.
-Te equivocas cuando llamas dioses a los que no son sino diablos, replicó Ignacio. Hay un solo Dios que hizo el cielo y la tierra y todas las cosas; y un solo Jesucristo, en cuyo reino deseo ardientemente ser admitido.
-¿Te refieres al que fue crucificado bajo Poncio Pilato?.
-Sí, a Aquél que con su muerte crucificó el pecado y a su autor, y que proclamó que toda malicia diabólica ha de ser hollada por quienes lo llevan en el corazón.
-¿Entonces tú llevas a Cristo dentro de ti?
-Sí, porque está escrito, viviré con ellos y caminaré con ellos.
Cuando lo mandaron a encadenar para llevarlo a morir en Roma, San Ignacio exclamó: “Te doy gracias, Señor, por haberme permitido darte esta prueba de amor perfecto y por dejar que me encadenen por Tí, como tu apóstol Pablo”.
         San Ignacio de Antioquía demuestra, con el don de su vida, que aquello que decía con sus palabas, de que llevaba a Dios dentro de sí, era realidad, y por esto muere como “Teóforo”, es decir, como “Portador de Dios”. San Ignacio vive y hace carne las palabras de Cristo: “Donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón” (Mt 6, 19-23): su tesoro es Cristo crucificado y por eso su corazón está al pie de la Cruz, mereciendo así compartir la muerte martirial del Rey de los mártires.
El ejemplo de este mártir, con sus palabras, vida y obras, es válido para todo tiempo, pero mucho más para nuestro tiempo, en el que el mundo ha logrado desplazar del corazón de los hombres a Cristo Dios, para colocar en su lugar a los ídolos del neo-paganismo imperante que parece triunfar por todas partes. Al recordar a San Ignacio de Antioquía, le pedimos que interceda por nosotros para que en nuestros corazones arda el Amor de Cristo, ese Amor que es depositado en el alma en cada comunión sacramental, para que así encendidos en el Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús seamos convertidos en “Cristóforos”, es decir, “Portadores de Cristo”.