San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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lunes, 13 de mayo de 2019

San Isidro Labrador



         Vida de santidad[1].

Según cuenta su biografía, sus padres eran unos campesinos tan pobres que no podían enviarlo a la escuela; sin embargo, esto no fue un obstáculo para que San Isidro recibiera educación, pues sus padres, que eran muy devotos, le enseñaron la mejor educación del mundo: le enseñaron el temor de Dios, el tener mucho temor en ofender a Dios con el pecado y además, a tener gran amor de caridad hacia el prójimo y un enorme aprecio por la oración y por la Santa Misa y la Comunión. A los diez años quedó huérfano y desde esa edad se empleó como peón de campo, ayudando en la agricultura a Don Juan de Vargas un dueño de una finca cerca de Madrid. Siendo ya joven, se casó con una campesina humilde como él, que llegó a ser santa, también como él, siendo conocida como “Santa María de la Cabeza”, porque su cabeza es sacada en procesión en rogativas, cuando pasan muchos meses sin llover. La vida de San Isidro era muy sacrificada: se levantaba muy de madrugada y nunca empezaba su día de trabajo sin haber asistido antes a la Santa Misa. Precisamente, por esta razón, algunos de sus compañeros, movidos por la envidia –San Isidro era muy trabajador- lo acusaron ante el patrón por “ausentismo” y abandono del trabajo. Para constatar la veracidad de las denuncias, el señor Vargas se fue a observar el campo y notó que sí era cierto que Isidro llegaba una hora más tarde que los otros (en aquel tiempo se trabajaba de seis de la mañana a seis de la tarde) pero mientras Isidro oía misa, un personaje misterioso –que era en realidad su ángel de la guarda- le guiaba sus bueyes y estos araban juiciosamente como si el propio campesino los estuviera dirigiendo. Por esta razón se lo representa a San Isidro con sus bueyes, que están siendo guiados por un ángel.
Otra cosa que caracterizaba a San Isidro era su gran caridad: lo que ganaba como jornalero, lo distribuía en tres partes: para el templo, para los pobres y para su familia (él, su esposa y su hijito). Los domingos los distribuía así: un buen rato en el templo rezando, asistiendo a misa y escuchando la Palabra de Dios. Otro buen rato visitando pobres y enfermos y por la tarde saliendo a pasear por los campos con su esposa y su hijito.
En el año 1130 sintiendo que se iba a morir se confesó sacramentalmente y luego de pedir oraciones por su alma y de recomendar a sus familiares y amigos que tuvieran mucho amor a Dios y mucha caridad con el prójimo, murió santamente. El rey Felipe III, curado por la intercesión milagrosa de San Isidro, intercedió ante el Sumo Pontífice para que declarara santo al humilde labrador, y por este y otros muchos milagros, el Papa lo canonizó en el año 1622 junto con Santa Teresa, San Ignacio, San Francisco Javier y San Felipe Neri.

         Mensaje de santidad.

         San Isidro de Labrador se caracterizó por no tener grandes conocimientos mundanos, pero sí tenía sabiduría celestial: ante todo, tenía un gran temor de Dios, que es el “principio de la Sabiduría”, como dice la Escritura y como parte de este temor de Dios, tenía un gran amor a la Santa Misa y a la Eucaristía, a la cual asistía todos los días. Otro ejemplo que nos deja San Isidro es su amor al trabajo y que Dios no se deja ganar en generosidad, porque si bien es cierto que algunas veces llegaba tarde a causa de su devoción a la Misa y la Eucaristía, también es cierto que su ángel de la guarda, como lo pudo comprobar su patrón, hacía su trabajo por él hasta que él llegara. Otro ejemplo es su responsabilidad hacia la Iglesia, pues donaba siempre parte de su sueldo para el mantenimiento del culto, además de dar para los pobres y nunca descuidando a su familia. Sabiduría celestial, temor de Dios, amor de Dios, amor a la Eucaristía y a la Santa Misa, amor a los pobres y un gran deseo del cielo en el cumplimiento del trabajo diario, es el mensaje de santidad que nos deja San Isidro Labrador.

martes, 15 de mayo de 2018

San Isidro Labrador



         Vida de santidad[1].

         Nació en Madrid a finales del siglo XI. Los padres de San Isidro fueron campesinos que trabajaron duramente toda su vida y que le inculcaron a San Isidro una gran fe, un gran amor y una gran piedad desde muy niño. Así, el niño creció amando a la Iglesia y a su tesoro más grande, la Santa Misa y la Eucaristía. Luego se casó con una mujer como él, muy piadosa, llamada María Toribia, también canonizada y conocido como María de la Cabeza[2]. Desde joven, comenzó a trabajar en aquello mismo que trabajaban sus padres, el labrado de la tierra. A pesar del trabajo, San Isidro se daba tiempo para ir a Misa todos los días, levantándose temprano y caminando varios kilómetros para llegar a la Santa Misa. En algunas ocasiones, se quedaba haciendo largos ratos de oración en acción de gracias por haber recibido sacramentalmente al Rey de los cielos, Cristo Jesús.
         Fue en uno de esos días que los compañeros de San Isidro, envidiosos y celosos porque el santo era un trabajador muy dedicado, fueron a acusar a su patrono de que San Isidro no cumplía con el horario de trabajo, porque por ir a Misa, llegaba tarde al trabajo, cargando a los demás con su propio trabajo. Su empleador no se dejó llevar por las malas lenguas y decidió ir en persona al lugar donde trabajaba la tierra San Isidro y se ocultó para no ser visto, justo a la hora en que el santo debía comenzar a trabajar. Grande fue su sorpresa cuando el dueño del campo vio que, en lugar de San Isidro –que en ese momento estaba dando gracias en la Iglesia por la comunión sacramental-, el que estaba arando el campo y haciendo el trabajo de San Isidro era un ángel, el ángel de la Guarda de San Isidro. Ésta es la razón por la cual al santo se lo representa, en muchas imágenes, con un ángel que está tirando de una yunta de bueyes. Esto nos enseña que Dios no se deja ganar en generosidad y que si alguien se entrega a Él en cuerpo y alma y con todo el amor de su corazón, como San Isidro, Dios dispone todo para que esa persona no falte en nada cuando se trata de los deberes de estado. Y así fue que era el ángel de San Isidro el que hacía su labor hasta que el santo regresara, con lo cual el dueño del campo comprobó que las acusaciones contra San Isidro eran totalmente falsas.

         Mensaje de santidad.

         San Isidro Labrador no destacó por su ciencia terrena, pues su trabajo de labrador le impidió dedicarse al estudio y a esto se le sumó el hecho de que en esa época la escolarización no estaba al alcance de toda la población, no le permitió destacarse en el conocimiento de la ciencia de los hombres. Sin embargo, San Isidro Labrador poseía otro conocimiento, infinitamente superior al conocimiento terreno, y era la sabiduría celestial, la sabiduría que proporciona la fe. Y puesto que el conocimiento que da la fe proviene directamente de Dios, es un conocimiento que supera infinitamente a los más altos conocimientos que pueda adquirir un hombre con la ciencia humana. Este conocimiento de la fe, infundido en el bautismo pero que debe ser acrecentado con actos de fe, de piedad y de devoción por el bautizado, le permitía saber a San Isidro Labrador lo que otros no sabían: San Isidro sabía que un matrimonio vivido en castidad y pureza eran una participación al matrimonio místico entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa y por eso se destacó en su matrimonio, viviéndolo en santidad; San Isidro sabía que la oración es el alimento del alma, así como el alimento terreno es lo que da fuerzas y vida al cuerpo y por eso dedicaba gran parte del día a la oración; San Isidro sabía que la Santa Misa es el tesoro más grande de la Iglesia Católica, porque posee algo que vale más que el universo y más que los cielos eternos y es la Eucaristía y por eso se esforzaba por asistir a la Santa Misa todos los días de su vida, aún con riesgo de su trabajo; San Isidro sabía que la Eucaristía vale más que los cielos eternos, porque la Eucaristía es el Cuerpo, la Sangre, el Alma  y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo y sabía que por la comunión, el Dios Tres veces Santo, Jesús de Nazareth, venía a inhabitar en su alma y por eso trataba de comulgar, con el alma confesada, todas las veces que podía. San Isidro sabía el valor de su Iglesia, la Iglesia Católica y por eso la amaba más que a nada en el mundo y jamás se le habría ocurrida dar ni el más pequeño paso que lo llevara fuera de la Iglesia, como muchos hacen hoy, que despreciando los tesoros de la Iglesia, quieren incluso hasta ser borrados de las actas de bautismo. Por intercesión de San Isidro, pidamos la gracia de poseer la sabiduría y el amor divinos por la Santa Misa y la Eucaristía que poseía San Isidro Labrador.
        

martes, 16 de mayo de 2017

San Isidro Labrador


         Vida de santidad[1].

San Isidro nació en Madrid en el año 1082, en una humilde casa cercana a la iglesia de San Andrés, de padres cristianos mozárabes[2]. Sus padres eran unos campesinos sumamente pobres que ni siquiera pudieron enviar a su hijo a la escuela y por esa razón San Isidro no era muy instruido. Sin embargo, esta carencia en su formación humana fue compensada con creces, ya que sus padres le enseñaron la más grande enseñanza que los padres puedan dar a sus hijos: le enseñaron a tener temor de ofender a Dios, un gran amor de caridad hacia el prójimo y un enorme aprecio por la oración, por la Santa Misa y la Comunión y un gran amor filial por la Virgen.
Quedó huérfano a la edad de diez años, empezando desde esa temprana edad a trabajar como peón de campo, ayudando en la agricultura a Don Juan de Vargas, un dueño de una finca, cerca de Madrid. Se unió en matrimonio con María Toribia, una sencilla campesina que también llegó a ser santa y ahora se llama Santa María de la Cabeza (no porque ese fuera su apellido, sino porque su cabeza es sacada en procesión en rogativas, cuando pasan muchos meses sin llover). Precisamente, en casa de Vargas nacería Illán, hijo de Isidro y de María, y fue en esa casa en donde tuvo lugar uno de los numerosos milagros –más de cuatrocientos, constatados en su proceso de canonización- que se atribuyen al santo: siendo muy pequeño el hijo de Isidro, en un momento de descuido, se cayó a un pozo, provocando una gran angustia a su madre. Al enterarse de lo sucedido, San Isidro suplicó a la Virgen de la Almudena su mediación y apenas terminada la oración, el agua comenzó a subir inexplicablemente, llegando casi a rebasar el borde del pozo lo cual le permitió extraer a Illán sin rasguño alguno[3].
Isidro se levantaba muy de madrugada y nunca empezaba su día de trabajo sin haber asistido antes a la Santa Misa, dato que es corroborado por el Papa Gregorio XV, quien dijo de él: “Nunca salió para su trabajo sin antes oír, muy de madrugada, la Santa Misa y encomendarse a Dios y a su Madre Santísima”. Esto significa que la fuente de su santidad era la Eucaristía y que el portal bendito por el que le llegaban las gracias necesarias para su vida de santidad, era la Madre del cielo, la Virgen María, a la cual se encomendaba todos los días.
Aunque no era muy instruido en las ciencias humanas, San Isidro poseía sin embargo una gran sabiduría celestial, que le hacía despreciar los bienes terrenos y desear los bienes celestiales, los primeros entre todos, la Eucaristía y la Virgen[4]. Se distinguía además por su gran dedicación a su trabajo de agricultor, tarea que cumplía con gran destreza: uncir los bueyes, cuidar de los animales, podar los rastrojos, trabajar en la vendimia, la siembra, la cosecha, etc., aunque lo que hacía grande y santo a su trabajo, no era solo la dedicación, el sacrificio y el esfuerzo que ponía en cada tarea, sino que lo ofrecía siempre a Jesús y a la Virgen, al igual que también hacía lo propio su esposa, María.
San Isidro amaba tanto a la Virgen y a Jesús Eucaristía, que anteponía la Santa Misa –y la unión en el Amor con Jesús Eucaristía-, a su trabajo, aunque nunca dejaba de cumplir con su trabajo, aun cuando asistía a Misa todos los días. Precisamente, un clamoroso hecho sobrenatural, narrado en el proceso de canonización, se produjo en ocasión de su trabajo, hecho que a la vez comprueba la afirmación de que “Dios no se deja ganar en generosidad”: su ángel de la guarda araba por él, mientras San Isidro estaba en Misa.
Sucedió que sus compañeros de trabajo lo demandaron a su patrón, acusándolo de que llegaba tarde a sus labores, lo cual era verdad; es decir, San Isidro efectivamente llegaba tarde porque asistía a la Santa Misa. Sin embargo, su patrón se sorprendió de que, a pesar de que llegara tarde, su trabajo estaba siempre bien hecho, y completo. Intrigado por esta aparente contradicción –el santo llegaba tarde porque iba a Misa, pero su trabajo estaba siempre bien hecho-, Juan de Vargas decidió investigar por su propia cuenta, y es así como acudió al lugar de trabajo de San Isidro, ocultándose para pasar desapercibido. Desde ese lugar, Juan de Vargas pudo comprobar, con sus propios ojos, la razón por la cual, a pesar de que San Isidro llegaba tarde al trabajo a causa de la Misa, su labor estaba siempre realizada a la perfección: un ángel –probablemente su ángel custodio- lo reemplazaba en su tarea, arando las tierras para que pudiera asistir tranquilo a Misa sin faltar a su trabajo. Este es uno de los milagros más conocidos del santo y es la razón por la cual en la iconografía se lo representa con unos bueyes y con un ángel tirando de ellos.
Lo que ganaba como jornalero, Isidro lo distribuía en tres partes: una para el templo, otra para los pobres y otra para su familia (constituida por él, su esposa y su hijito). Amaba a Dios por sobre todas las cosas, y a las cosas en Dios, reconociendo en la naturaleza la Sabiduría y el Amor divinos, y este amor a Dios en la naturaleza lo demostraba cuidando hasta de las pequeñas aves, a las cuales alimentaba en pleno invierno, esparciendo granos de trigo por el camino para que las avecillas tuvieran con que alimentarse. Un día lo invitaron a un gran almuerzo y el santo se llevó con él a varios mendigos a que almorzaran también. El invitador le dijo disgustado que solamente le podía dar almuerzo a él y no para los otros. Isidro repartió su almuerzo entre los mendigos y alcanzó para todos y sobró.
En el año 1130 sintiendo que se iba a morir hizo humilde confesión de sus pecados y recomendando a sus familiares y amigos que tuvieran mucho amor a Dios y mucha caridad con el prójimo, murió santamente. A los 43 años de haber sido sepultado en 1163 sacaron del sepulcro su cadáver y estaba incorrupto, como si estuviera recién muerto. Las gentes consideraron esto como un milagro. Poco después el rey Felipe III se hallaba gravísimamente enfermo y los médicos dijeron que se moriría de aquella enfermedad. Entonces sacaron los restos de San Isidro del templo a donde los habían llevado cuando los trasladaron del cementerio. Y tan pronto como los restos salieron del templo, al rey se le fue la fiebre y al llegar junto a él los restos del santo se le fue por completo la enfermedad. A causa de esto el rey intecedió ante el Sumo Pontífice para que declarara santo al humilde labrador, y por este y otros muchos milagros, el Papa lo canonizó en el año 1622 junto con Santa Teresa, San Ignacio, San Francisco Javier y San Felipe Neri.
Murió en Madrid el 15 de mayo de 1130. Fue sepultado en el cementerio de San Andrés, de cuya parroquia era diácono Juan, redactor de su vida. A través de una revelación divina en 1212 se descubrieron sus restos, constatándose que su cuerpo estaba incorrupto. Desde entonces se le considera patrón de Madrid. Pablo V lo beatificó el 14 de junio de 1619. Y Gregorio XV lo canonizó el 12 de marzo de 1622, pero al fallecer éste, hubo que esperar al 4 de junio de 1724 fecha en la que Benedicto XIII expidió la bula de canonización. Aquél gran día de 1622 en la gloria de Bernini se encumbraba a los altares a un humilde campesino junto a estas grandes figuras de la Iglesia: Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Teresa de Jesús y Felipe Neri. El 16 de diciembre de 1960 Juan XXIII declaró a Isidro patrón de los agricultores y campesinos españoles.
         Mensaje de santidad.
A pesar de que se le contabilizan unos cuatrocientos milagros, aun en vida, no fueron estos milagros los que lo llevaron al cielo, sino el cumplimiento honrado y sacrificado de su trabajo, el cual le servía además como fuente de santificación, al ofrecerlo a Jesús crucificado. Pero lo que santificó a San Isidro, mucho más que el trabajo ofrecido a Dios, fue su gran amor a la Eucaristía y a la Virgen, amor demostrado en su deseo de asistir a la Santa Misa y comulgar con amor y fervor, cuantas veces fuera posible. Para San Isidro, la Santa Misa era la fuente de su vida, literalmente hablando.
Por último, en estos tiempos en los que los cristianos vacían las iglesias para abarrotar estadios, parques y paseos de compras el Domingo, San Isidro es ejemplo perfectísimo de cómo vivir el Domingo como lo que es, el “Día del Señor”: la actividad principal del Domingo era la Santa Misa, pues amaba recibir a Jesús Eucaristía por la comunión sacramental, cumpliendo así la primera parte del Primer Mandamiento: “Amarás a Dios por sobre todas las cosas”; luego visitaba pobres y enfermos, cumpliendo así la segunda parte del Primer Mandamiento: “Amarás a tu prójimo” y por último, dedicaba el resto del día para su esposa y su hijo, fuentes de su felicidad, y así cumplía la tercera parte del Primer Mandamiento: “(Amarás a tu prójimo) como a ti mismo”.




viernes, 15 de mayo de 2015

San Isidro Labrador y su amor por la Santa Misa y la Sagrada Comunión


         San Isidro fue un agricultor de grandes contrastes: de muy escasa instrucción en ciencias humanas, era al mismo tiempo muy sabio en sabiduría divina, pues dedicaba gran parte de su tiempo a la oración; era muy pobre humanamente, ya que no poseía prácticamente ningún bien material, pero poseía, desde niño, y hasta su muerte, un gran amor a la Santa Misa y a la Santa Eucaristía, y así, siguiendo el consejo de Nuestro Señor, “atesoró tesoros en el cielo” (cfr. Mt 6, 20), pues se consiguió una mansión en el Reino de los cielos, en donde habita para siempre.     Sus padres le inculcaron, desde muy pequeño, un gran amor a la oración, a la Santa Misa y a la Eucaristía[1], y esa es la razón por la cual, ya de adulto, cuando su oficio era el de agricultor, llegaba tarde a su lugar de labranza y por eso fue denunciado, por envidia, por algunos de sus compañeros, a pesar de lo cual, su producción como labrador fue siempre el doble que la de sus compañeros, porque mientras San Isidro asistía a Misa, el que araba los bueyes, para que él asistiera a Misa, era su ángel de la guarda, y ésa es la razón por la cual se lo representa, en las imágenes y esculturas, con un ángel que está arando con los bueyes.
         ¡Cuán diferentes son los hombres de hoy, que desprecian todo lo que amaba San Isidro Labrador, la oración, la Santa Misa y la Eucaristía! Los hombres de hoy, prefieren las diversiones mundanas, la televisión, internet, el fútbol, el deporte, las carreras, la política, los paseos, cualquier cosa, antes que elevar la mente y el corazón en oración a Nuestro Señor Jesucristo, Presente en Persona en la Eucaristía; los hombres de hoy prefieren pasar horas ante un aparato que emite sonidos y que mira a través de una pantalla multicolor y que presenta la vida llena de risas, de carcajadas, de cosas para comprar, para disfrutar, de pecados para gozar y de mandamientos divinos para evitar, pero que en el fondo es un ídolo muerto, inerte, que a la hora de la muerte está ausente y que no puede evitar la eterna condenación. El hombre de hoy ama la televisión, la computadora, el estadio de fútbol, las carreras, los paseos, las diversiones y los placeres ilícitos, y evita la oración, la Santa Misa y la Eucaristía, evitándolos como si fueran la peste, y no se da cuenta que son la fuente de vida y de vida eterna. El hombre de hoy no ama la oración, no ama la Santa Misa y no ama la Eucaristía, como lo hacía San Isidro Labrador, que era un campesino analfabeto y pobre a los ojos de los hombres, pero sabio y rico para el cielo, porque San Isidro Labrador amaba la oración, la Eucaristía y la Santa Misa, porque comprendía que allí se encontraba la fuente inagotable de la Sabiduría divina y de la riqueza que da la verdadera felicidad al hombre, una felicidad que, comenzando en esta vida, se extiende a la otra vida, a la vida eterna, y no finaliza más, porque continúa para siempre, en el Reino de los cielos. Muchos, en nuestros días, tienen por cosa de poca monta aquello que hizo sabio y rico, a los ojos de Dios, a San Isidro Labrador: la oración, la Eucaristía y la Santa Misa. Que San Isidro Labrador interceda para que también nosotros seamos, como él, ignorantes en las cosas del mundo, pero sabios con la Sabiduría divina, y pobres de riquezas materiales, pero ricos por poseer tesoros en el cielo: obras buenas, oración, Eucaristías y Santas Misas asistidas con devoción y amor.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Isidro_labrador5_15.htm

miércoles, 14 de mayo de 2014

San Isidro Labrador, indocto en ciencias humanas, Doctor en Ciencias Sagradas


San Isidro Labrador era un campesino inculto en ciencias humanas, pero Doctorado en sabiduría divina y por lo tanto, un ejemplo luminoso para el siglo XXI, en el que los avances científicos y tecnológicos han oscurecido la mente del hombre, impidiéndole contemplar la maravillosa luz que emanan los rayos del Sol de justicia, Jesucristo.
San Isidro Labrador consideraba al día Domingo como lo que es: la participación al Domingo de Resurrección y por lo tanto creía firmemente en el Domingo como en el Día del Señor; creía en el Domingo como el Día más importante de la semana, pero no porque estuviera puesto allí para descansar del trabajo de la semana, como se piensa en nuestros tiempos, sino porque creía que el Domingo estaba iluminado por el resplandor de la luz eterna proveniente del sepulcro el Domingo de Resurrección y que surgió del Cuerpo hasta entonces muerto de Jesús, volviéndolo a la vida y concediéndole la gloria y la luz divina que poseía desde la eternidad. Y es por eso que San Isidro Labrador todos los Domingos rezaba un buen rato antes de Misa, luego escuchaba la Santa Misa, luego visitaba enfermos y a la tarde paseaba con su esposa y con su hijo. Pero también asistía todos los días a la Santa Misa, porque estaba convencido que la Santa Misa era la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz y tanta era su devoción, que muchos compañeros, por envidia, lo acusaron de “ausentismo laboral”, de modo que su empleador, el señor Vargas, fue a comprobar si era verdad que San Isidro llegaba tarde al trabajo por asistir a Misa, y comprobó que sí era cierto que San Isidro llegaba una hora tarde por escuchar Misa, pero también pudo comprobar, con sus propios ojos, que un misterioso personaje, que resultó ser su ángel de la guarda, guiaba al buey de San Isidro Labrador, haciendo el trabajo que le correspondía a San Isidro, mientras el santo estaba en Misa[1].
San Isidro se caracterizó también por su gran caridad, porque lo que ganaba como jornalero, lo distribuía en tres partes: una para el templo, una para los pobres, otra para su familia. Tenía gran caridad para con los pobres, dándole de comer de su propia comida. En vida y después de muerto, obró muchos milagros, entre ellos, la curación milagrosa del rey Felipe III, milagro que le valió su canonización.
Pero es sobre todo su gran aprecio por la Santa Misa, la obra más grandiosa de la Santísima Trinidad, la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz, lo que hace de San Isidro Labrador, indocto en ciencias humanas, un Doctor en Ciencias Sagradas y un luminoso ejemplo para todo aquel que quiera llegar al cielo.




[1] http://www.ewtn.com/spanish/saints/Isidro_labrador5_15.htm

martes, 14 de mayo de 2013

San Isidro Labrador y la adoración eucarística




         Nació en Madrid, España, en el año 1130. Debido a la escasez de recursos, sus padres no pudieron enviarlo a la escuela, por lo que se preocuparon ellos mismos de darle educación, al mismo tiempo que le enseñaron aquello que sería lo más valioso para San Isidro, puesto que le valdría la vida eterna: le enseñaron el horror al pecado y el amor a la oración[1].
         Desde muy joven, comenzó a trabajar como labrador en la casa de un rico hacendado, Juan de Vargas, en donde se desempeñaría en ese oficio hasta su muerte. Con su esposa, que luego también sería santa y sería llamada “Santa María de la Cabeza” -porque se acostumbraba sacar la reliquia de su cabeza en procesión en tiempos de sequía-, tuvo un solo hijo, el cual murió siendo niño; desde entonces, hicieron voto de vivir en perfecta continencia para mejor servir a Dios.
         Existe una anécdota, en la vida de San Isidro, proporcionada por su empleador, Juan de Vargas, la cual contribuyó a la fama de santidad que ya tenía. San Isidro acostumbraba a levantarse muy temprano para ir a Misa, y ya en el trabajo, conversaba con Dios, con su ángel de la guarda y con los santos del cielo. Los días de fiesta los pasaba visitando al Santísimo en las distintas iglesias de Madrid y sus alrededores, visita que hacía también cotidianamente. Precisamente, fueron estas visitas al Santísimo, realizada todos los días antes de ir a trabajar, las que le valieron la acusación de parte de sus compañeros de trabajo: lo acusaron ante su patrón de que llegaba tarde a trabajar. Juan de Vargas quiso comprobar personalmente si era verdad aquello de lo que se lo acusaba, y se puso a espiarlo. Comprobó, efectivamente, que San Isidro llegaba tarde al trabajo, debido a sus visitas al Santísimo, y se dispuso por lo tanto a reprocharle su proceder. Sin embargo, con gran admiración, vio que una yunta de bueyes blancos, conducidos por un desconocido, araba el campo al lado del arado de San Isidro, realizando en tiempo y forma el trabajo que San Isidro debía estar haciendo. Minutos después, la yunta de bueyes y el misterioso personaje desaparecieron, comprendiendo Juan de Vargas en ese momento que el cielo mismo se encargaba de hacer el trabajo que debía hacer San Isidro y que no lo hacía en ese momento por estar adorando a su Dios en el Santísimo Sacramento del altar.
         San Isidro amaba mucho también a los pobres, a quienes invitaba con frecuencia a comer, reservándose para él los restos de comida. Amaba también a los animales y una anécdota lo demuestra: en un frío día de invierno, vio una bandada de pájaros acurrucados en la rama de un árbol, y comprendió que no habían encontrado nada para comer. Ante la burla de sus compañeros, sacó las semillas que llevaba en su bolsa, y les dio la mitad de lo que llevaba, y continuó su camino. Al llegar al lugar donde debía sembrar, comprobó que la bolsa estaba llena; además, la semilla produjo el doble de esperado. Murió el 15 de mayo de 1130.

         Mensaje de santidad

San Isidro Labrador nos muestra que la pobreza material no es incompatible con la riqueza espiritual, puesto que naciendo, viviendo y muriendo pobre, fue en la vida más feliz que muchos ricos con posesiones materiales, ya que vivió en permanente estado de gracia, y fue por lo tanto capaz de alcanzar la riqueza que no se corrompe, la vida eterna en los cielos. Siendo pobre materialmente, San Isidro sin embargo no codició nunca los bienes materiales de su amo rico; por el contrario, los tuvo en nada, en comparación con el bien incomparable de la gracia santificante. Supo “atesorar tesoros en el cielo”, como nos pide Jesús, esto es, la oración, la adoración eucarística, el amor a Dios y al prójimo, y así se convirtió en santo, que vale más que todas las riquezas del mundo juntas. También nos enseña a cumplir el mandamiento que dice: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 34-34), porque San Isidro hacía visitas a las iglesias para adorar a Jesús Dios, presente en el Santísimo Sacramento del altar para cumplir con el deber de amar a Dios, lo cual está antes incluso que el deber de trabajar, y la anécdota con los bueyes nos enseña que cuando se cumple este deber de amar a Dios por encima de todas las cosas, Dios mismo se ocupa de hacer nuestro trabajo[2], y esto constituye un gran ejemplo para los adoradores eucarísticos: la Santa Misa y la adoración eucarística están antes que todo. 
Otra enseñanza que nos deja San Isidro es el amor a los pobres, ya que siendo él mismo pobre, no se excusó en su pobreza para no atender a los más necesitados, ya que les daba de su propia comida, reservándose para sí los restos. En recompensa, Jesús le abrió las puertas al Banquete de bodas del Cordero, en donde la fiesta y la alegría son continuas por la visión de la Trinidad, y se come el manjar exquisito de los cielos, el Pan de Vida eterna, el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, y la Carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo.
        
        



[1] Cfr. Alan Butler, Vidas de los Santos, Volumen II, México2 1968, Ediciones Clute, 310ss.
[2] Hay anécdotas similares con otros santos, como por ejemplo, con Santa Catalina de Siena.