San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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sábado, 29 de mayo de 2021

San Justino, mártir

 



         Vida de santidad[1].

Flavio Justino, conocido como San Justino Mártir, nació en Neápolis (actual Nablus o Naplusa, en Samaria, Palestina) hacia el año 100 de nuestra era y murió, martirialmente, en el año 165, en Roma. Poseía una poco frecuente sed por el saber, la verdad y el conocimiento y fue esto lo que lo llevó a buscar respuestas en diversas escuelas filosóficas de su tiempo, como la escuela de los estoicos, peripatéticos, pitagóricos y neoplatónicos; su amor por la Verdad lo llevó a su definitiva conversión al Cristianismo, conversión que le llegó por medio de las enseñanzas de un anciano cristiano en Éfeso, quien le enseñó la fe católica por medio de la lectura del Antiguo y el Nuevo Testamento. Por esto es considerado el primer filósofo cristiano y también uno de los primeros Padres Apologistas griegos, siendo la escuela filosófica cristiana fundada por él, un puente entre el paganismo y el Cristianismo, un puente que conduce, desde el error del politeísmo pagano, a la Verdad de un Dios Uno, según sus propias palabras: “la filosofía es lo que nos conduce a Dios y nos une a Él”.

Escribió unas ocho obras, pero sólo se conservan fragmentos de sus dos “Apologías” y de su “Diálogo con Trifón”. La primera o defensas de la Fe Cristiana frente a los malentendidos, ataques y persecuciones de los paganos, está dirigida al emperador Adriano y contiene tres artículos dedicados al Bautismo y a la Eucaristía y en ellos se nos muestran cómo la Iglesia se mantiene fiel al Cristianismo primigenio; la segunda apología es continuación de la anterior y va dirigida al emperador Marco Aurelio; en ambos casos, dice que las escribe “a favor de unos hombres y una raza que son injustamente perseguidos, yo uno de ellos, Justino, hijo de Prisco”. Por su parte el diálogo con el judío Trifón, su obra más importante en el marco de la Filosofía, recoge sus principales enseñanzas de corte filosófico y describe su búsqueda de la verdad, esto es, la Fe, después de la insatisfacción que le produjeron las diversas respuestas ofrecidas por los movimientos filosóficos de su tiempo.

Según las actas notariales de su martirio fue decapitado bajo el prefecto Junio Rústico (163-167), en Roma, junto a otros seis cristianos: Caridad, Caritón, Evelpisto, Hierax, Peón y Liberiano. Así finalizó su vida terrena un hombre santo que vivió buscando la Verdad de Dios y la encontró en Jesucristo y, habiéndola encontrado, dio su vida por Jesucristo, la Sabiduría Encarnada.

         Mensaje de santidad.

         Ante todo, San Justino es ejemplo de santidad en su deseo apasionado por conocer la Verdad acerca de Dios –y en esto se parece mucho a San Agustín-; por este deseo de conocer la Verdad divina, es que se dio cuenta de que en las escuelas filosóficas paganas no se encontraba la Verdad Absoluta, tal vez, algunos destellos de verdad, pero no la Verdad Total que Él andaba buscando. Esto es un ejemplo para nosotros, porque quien busca y ama la Verdad, en realidad está buscando y amando a Dios, que es la Verdad Increada y la filosofía, esto es, el uso del intelecto humano en búsqueda de la Verdad, es un instrumento óptimo para esta búsqueda, siempre que se sea honesto, como San Justino, es decir, siempre que, en la búsqueda de la Verdad, el alma sea capaz de apartarse de todo aquel sistema filosófico o religioso en donde no se encuentre la Verdad. San Justino, en su “Diálogo con el judío Trifón”, dice que “la divinidad no es visible a los ojos de los hombres pero sí es comprensible por su inteligencia”[2] y esto es así, porque el hombre es “capax Dei”, es capaz de encontrar a Dios con su intelecto, rectamente usado. Por esto es que San Justino es ejemplo para todo aquel que busca, con sinceridad de corazón y con amor, la Verdad Absoluta acerca de Dios. Quien esto hace, encuentra a Dios, porque Dios se deja encontrar por quien lo busca con recto corazón y con amor. Y cuando encuentra a Dios Uno con la inteligencia, Dios se revela, en Cristo, como Dios Uno y Trino, como Trinidad Una y Santa, que pone en marcha, por deseo de Dios Padre, el plan de salvación, enviando a la Segunda Persona de la Trinidad a morir en Cruz, para conducir a los hombres, por medio de la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, al Reino de los cielos. Es esto lo que le sucedió a San Justino y es lo que le sucede a todo hombre que con rectitud de corazón y con amor busca a Dios: lo encuentra con su inteligencia como Dios Uno y ese Dios Uno se le revela como Uno y Trino, que ha venido a la tierra en el Hijo de Dios, para llevarlo, en el Hijo, por el Espíritu Santo, al seno de Dios Padre.

 

lunes, 18 de noviembre de 2019

Santa Cecilia, virgen y mártir


Santa Cecilia
          Vida de santidad[1].

          Una tradición muy antigua dice que pertenecía a una de las principales familias de Roma, que acostumbraba vestir una túnica de tela muy áspera y que había consagrado a Dios su virginidad. Sus padres la comprometieron en matrimonio con un joven llamado Valeriano, pero Cecilia le dijo a éste que ella había hecho voto de virginidad y que si él quería ver al ángel de Dios debía hacerse cristiano. Valeriano se hizo instruir por el Papa Urbano y fue bautizado. Luego entre Cecilia y Valeriano convencieron a Tiburcio, el hermano de éste, y lograron que también se hiciera cristiano.
Las historias antiguas dicen que Cecilia veía a su ángel de la guarda. El alcalde de Roma, Almaquio, había prohibido sepultar los cadáveres de los cristianos. Pero Valeriano y Tiburcio se dedicaron a sepultar todos los cadáveres de cristianos que encontraban y ése fue el motivo por el que los arrestaron. Al ser llevados ante el alcalde, éste les ordenó que declararan que adoraban a Júpiter, pero ellos le dijeron que únicamente adoraban al verdadero Dios del cielo y a su Hijo Jesucristo, Dios Hijo encarnado y que por lo tanto no estaban dispuestos, de ninguna manera, a adorar a ídolos. Ante su negativa de adorar a ídolos paganos, fueron entonces ferozmente azotados y luego les dieron muerte. Los dos santos mártires animaban a los demás cristianos de Roma a sufrir con gusto todos los horrores, con tal de no ser infieles a la santa religión, es decir, preferían toda clase de martirios y castigos, antes que renegar de la fe en Jesucristo Dios.
Luego de los dos mártires, fue arrestada Santa Cecilia, a quien también le exigieron que renunciara a la religión de Cristo y que desconociera a Cristo como Dios. Pero la santa, ante el asombro de todos, declaró firmemente que prefería la muerte antes que renegar de la verdadera religión y traicionar a Jesús. Entonces fue llevada junto a un horno caliente para tratar de sofocarla con los terribles gases que salían de allí, pero en vez de asfixiarse ella cantaba gozosa alabanzas a Cristo y a la Trinidad –por esta razón es que fue nombrada patrona de los músicos-. Al comprobar que con este martirio no podían acabar con ella, el cruel Almaquio mandó que le cortaran la cabeza. La santa, antes de morir le pidió al Papa Urbano que convirtiera su hermosa casa en un templo para orar, y así lo hicieron después de su martirio. Antes de morir, había repartido todos sus bienes entre los pobres. En 1599 permitieron al escultor Maderna ver el cuerpo incorrupto de la santa y él fabricó una estatua en mármol de ella, muy hermosa, la cual se conserva en la iglesia de Santa Cecilia en Roma. Está acostada de lado y parece que habla; además, tiene en su mano derecha extendidos los dedos pulgar, índice y medio, y doblados el anular y el meñique, indicando con esto a la Santísima Trinidad: esto quiere decir que aun después de muerta, la santa seguía confesando a Dios Uno y Trino como al Único y verdadero Dios y a Jesucristo como Dios Hijo encarnado y Salvador del mundo.

          Mensaje de santidad.

          En estos tiempos tan difíciles en los que vivimos, llenos de confusión y de traiciones encubiertas y explícitas a Cristo Dios y a la Santa Religión Católica, es preciso que miremos al ejemplo de Santa Cecilia y que le pidamos su intercesión para estar dispuestos a dar la vida antes que renegar de Jesucristo y adorar a ídolos paganos como la Pachamama, el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte y tantos otros ídolos demoníacos más. Le digamos así a Santa Cecilia: “Santa Cecilia bendita, dile a Dios que también nosotros prefiramos mil muertes antes que ser infieles a nuestra santa religión Católica, Apostólica y Romana”.

miércoles, 28 de agosto de 2019

San Agustín y el misterio del Dios católico



         Según narra el mismo Agustín, él tuvo un episodio en su vida en el que, meditando acerca de la Verdad de Dios, la encontró, del modo más inesperado posible. En efecto, San Agustín, que meditaba en cómo era posible que Dios fuera Uno y Trino, tuvo una revelación acerca del misterio del misterio de Dios, pero no de un Dios cualquiera, sino del Dios de los católicos, Dios Uno y Trino. Narra el santo que un día “paseaba por la orilla del mar, dando vueltas en su cabeza a muchas de las doctrinas sobre la realidad de Dios, una de ellas la doctrina de la Trinidad. De repente, alza la vista y ve a un niño, que está jugando en la arena, a la orilla del mar. Le observa más de cerca y ve que el niño corre hacia el mar, llena el cubo de agua del mar, y vuelve donde estaba antes y vacía el agua en un pequeño pozo. Así el niño lo hace una y otra vez, hasta que despierta la curiosidad de San Agustín por lo que, acercándose al niño, le pregunta: “Oye, niño, ¿qué haces?”. Y el niño le responde: “Estoy sacando toda el agua del mar y la voy a poner en este pozo”. Y San Agustín dice: “Pero, eso es imposible”. Y el niño –que en realidad era un ángel- responde: “Más imposible es tratar de hacer lo que tú estás haciendo: Tratar de comprender en tu mente pequeña el misterio de Dios”[1].
         Lo que el ángel le pretendía hacer entender a San Agustín es que, por un lado, el Dios que él buscaba estaba en la Iglesia Católica y en ningún otro lugar más, porque se trata de un Dios que es Trinidad de Personas; por otra parte, le quería hacer ver que este Dios católico es un misterio, un misterio tan insondable y tan grande, tan inefable y tan majestuoso, que la capacidad de la razón humana e incluso de la angélica –simbolizadas en el pozo- no puede llegar a comprender ni conocer a Dios en su constitución íntima, como Dios Uno en naturaleza y Trino en Personas –simbolizado en el mar-, si no es revelado. Con el ejemplo del pozo en la arena comparado con la inmensidad y majestuosidad de Dios, el ángel le demuestra a San Agustín la pequeñez de la mente humana y angélica –el pozo- en comparación con la grandeza y majestuosidad de Dios Uno y Trino –el mar-. Una grandeza y majestuosidad que no pueden ser ni siquiera imaginadas sino son revelados y estos se llaman “misterios sobrenaturales absolutos” de Dios. Entonces, Dios sí es católico, es el Dios Uno y Trino y la Segunda Persona de esa Trinidad se encarnó para salvarnos en el seno de María Virgen por obra del Espíritu Santo y por obra de ese mismo Espíritu, continúa y prolonga su Encarnación en la Eucaristía. La constitución íntima de Dios Trinidad, la Encarnación del Verbo y la prolongación de su Encarnación en la Eucaristía son misterios absolutos de Dios que sólo pueden ser conocidos si son revelados  y sólo pueden ser creídos si son amados. Le pidamos a San Agustín que nos haga partícipes de su humildad y de su amor a Dios Trino, para que también nosotros conozcamos la Verdad de Dios Uno y Trino y la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, y amemos estos misterios con todo el corazón, como lo hizo el mismo San Agustín.

miércoles, 3 de enero de 2018

San Basilio Magno y su celo por el Dios verdadero


De su vida de santidad, destacaremos el celo y el amor de San Basilio por la Verdad acerca del Único Dios verdadero, revelado por Nuestro Señor Jesucristo, es decir, Dios Uno y Trino.
Basilio se opuso firmemente a los herejes que difundían toda clase de errores con respecto a Dios: escribió contra quienes negaban que Jesucristo fuera Dios como el Padre[1], y también contra quienes no aceptaban la divinidad del Espíritu Santo, afirmando que también el Espíritu Santo es Dios y “tiene que ser colocado y glorificado junto al Padre y el Hijo”[2]. Por este motivo, Basilio es uno de los grandes padres que formularon la doctrina sobre la Trinidad: el único Dios, dado que es el Acto de Ser Subsistente en sí mismo –el Ipsum Esse Subsistens-, es por esto mismo, un Ser Purísimo, Perfectísimo, y esto implica que sea un solo Dios en Tres Divinas Personas, las cuales forman la unidad más perfecta que existe, la unidad divina[3].
Dios Uno y Trino es nuestro Creador, Redentor y Santificador; de Él dependen nuestras vidas, nuestro ser y nuestra existencia, y sin Él no tendría nuestra vida razón de ser. De Dios Uno y Trino dependen nuestra vida, tanto la temporal, como la vida eterna; Él nos creó con su omnipotencia –Dios Padre-, nos redimió con la Sabiduría divina, la Sabiduría de la Cruz –Dios Hijo-, y nos santificó con el Espíritu Santo –Dios Espíritu Santo-. Vivir y morir por la Verdad de Dios Uno y Trino, y defender su Santísimo Nombre, como lo hizo San Basilio Magno, es un inmerecido honor; es una gracia inmerecida, pero la pedimos de igual manera, por intercesión de San Basilio.




[1] Cfr. San Basilio, Carta 9, 3: PG 32, 272a; Carta 52, 1-3: PG 32, 392b-396a; Adversus Eunomium 1, 20: PG 29, 556c.
[2] Cfr. De Spiritu Sancto: SC 17bis, 348.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Santos Ángeles Custodios


         Los Ángeles Custodios -que son seres espirituales reales, y no simplemente "amigos invisibles" de la infancia (y por lo tantos inexistentes), tal como lo pretende implementar la mentalidad laicista y racionalista contraria a la Iglesia que impera en nuestros días-, han sido asignados por la Divina Providencia para que nos asistan en esta vida desde que nacemos hasta el día en que morimos, para inculcarnos en la mente y en el corazón el amor a Dios Uno y Trino, a Jesús, Dios Hijo encarnado, a la Virgen, la Madre de Dios; han sido encomendados, especialmente, por la Santísima Trinidad, para ayudarnos a evitar la eterna condenación en el infierno y para ayudarnos a salvar nuestras almas, para que el día de nuestra muerte seamos juzgados dignos de ser conducidos a la Casa del Padre, a gozar de la visión de las Tres Divinas Personas.
Sin embargo, la educación liberal, racionalista, atea, agnóstica y materialista de nuestro tiempo, ha reducido a los ángeles de Dios a seres poco menos que de fantasía, que existen solo en las lecciones de los niños de Primera Comunión y de Confirmación, cuya función se reduce a acompañar a los niños a la noche, antes de dormir, y nada más, luego de ser invocados con una oración. Posteriormente, con el crecimiento del niño y con el paso de los años, su presencia y su función son olvidados rápidamente y en la práctica, su existencia es negada de un modo pertinaz, de manera que si alguien afirma su existencia según la Doctrina católica, es puesto en ridículo, y este es el logro más acabado de la ideología atea, liberal y materialista.
A pesar de esto, el gnosticismo luciferiano ha logrado profundizar aún más las tinieblas en las que se encuentra inmerso el hombre de hoy, porque si bien es cierto que se ha logrado desterrar de las mentes y de los corazones a los ángeles de Dios –principalmente y ante todo, paradojalmente, de entre los bautizados de la Iglesia Católica-, sí se puede, en cambio, porque es “políticamente correcto”, aceptar la existencia de ángeles, pero no según la Doctrina católica, sino según la angeleología “new age”, es decir, según la angeleología de la Nueva Era, la secta luciferina que no solo niega a Jesucristo en cuanto Hombre-Dios, sino que proclama a Lucifer como el salvador del mundo. Según esta angeleología acuariana, los ángeles que existen, no son los ángeles de luz, los que están al servicio de Cristo, Rey de los ángeles, y de la Virgen, Reina de los ángeles, sino los que están servicio del Príncipe de las tinieblas, y es así que estos ángeles de la Nueva Era, al ser invocados, no hacen referencia, en ningún momento, ni a Jesús ni a la Virgen, ni tampoco al cielo ni al infierno, pero sí se habla de un “cristo cósmico” que se encuentra en una “nave espacial”, al cual ellos, en cuanto sus mensajeros, deben conducir a los hombres, para ponerlos a salvo y escapar de la tierra en las naves de la confederación galáctica. Por gracia de Dios, los ángeles de la oscuridad se pueden reconocer fácilmente por estos delirios, además de que sus nombres son absolutamente extraños a la Revelación –por ejemplo, se hacen llamar, entre otros nombres: Azrael, Aiwass, Methatron, Kryon, Ramtra, Elohim, etc.-, por el hecho de que su ayuda a los hombres consiste -no como la de los verdaderos ángeles de luz, el conducirlos a un mayor conocimiento y amor de Jesucristo, Rey de los ángeles, y de María, Reina de los ángeles- en la obtención de cosas terrenas y vanas, que solo excitan la concupiscencia y las pasiones carnales, indicios todos de que estos ángeles proceden del infierno: dinero, salud, prosperidad.
         Por el contrario, la señal de que un ángel es de Dios y no de las tinieblas, es que nos comunica de su amor al Rey de los ángeles, Jesucristo, y de su amor a la Reina de los ángeles, la Madre de Dios, porque nuestros Ángeles Custodios están permanentemente ante la Presencia del Cordero en los cielos, adorándolo y postrándose ante el altar de los cielos, y cuando el Cordero desciende, obedeciendo a las órdenes del sacerdote ministerial, en la Santa Misa, para renovar el Santo Sacrificio de la Cruz, de modo incruento, en el Santo Sacrificio del Altar, nuestros Ángeles Custodios bajan junto con Él y lo adoran, descendiendo hasta el altar eucarístico, postrándose ante “el Cordero como Degollado” hasta tocar con sus frentes el suelo, que se encuentra ante ellos en el altar, en la Santa Misa, así como antes estaba glorioso ante ellos en los cielos, y se encargan luego de recoger la Sangre del Cordero en el cáliz del altar.

Por último, una señal para saber discernir acerca de la presencia y de la actividad de nuestros Ángeles Custodios en la Santa Misa es el aumento del amor a la Presencia eucarística de Jesús, porque eso quiere decir que nuestros ángeles nos comunican del ardor de su amor por Jesús en la Eucaristía, ya que esa es una de sus principales tareas aquí en la tierra: iluminar nuestras mentes y nuestros corazones, para que conozcamos y amemos cada vez más al Cordero de Dios, Presente con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la Eucaristía, y esto como anticipo de la adoración eterna que, junto con ellos y con la Reina de los Ángeles, y por la Misericordia Divina, esperamos tributarle, por toda la eternidad, en el Reino de los cielos, en la Jerusalén celestial.

jueves, 4 de septiembre de 2014

El significado de las espinas, las llamas y la cruz del Sagrado Corazón de Jesús


         El Sagrado Corazón, el corazón del Hombre-Dios, posee tres elementos, que no están presentes en ningún corazón humano: las espinas, que forman una corona alrededor suyo; el fuego, cuyas llamas lo envuelven, y la cruz, que se yergue, triunfante, en su base.
         ¿Qué significan estos tres elementos?
Las espinas son la materialización de nuestros malos deseos, de nuestros malos  pensamientos, y la realización de nuestras malas obras; es decir, la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, es la materialización de nuestros pecados, lo cual quiere decir que todo aquello que para nosotros no representa dolor -o, por el contrario, representa placer, como por ejemplo, el placer que provoca la ira homicida en un acto de venganza-, en Jesús, se convierte en dolor, y en máximo dolor, puesto que la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, lo rodea en todo momento apretándolo contra sí misma, de manera tal que las espinas hieren la musculatura del Corazón de Jesús en los dos movimientos propios del Corazón, tanto en la fase de llenado -diástole porque las espinas se hunden de lleno contra las paredes cardíacas-, como en la fase de expulsión de la sangre, es decir, en la fase de la contracción cardíaca -sístole, porque en la retracción de las paredes ventriculares, las espinas desgarran la musculatura ventricular-. De esta manera, en cada latido, el Corazón de Jesús dice: “Amor, dolor”, Amor, que es lo que Él da, en cada latido, a las creaturas ingratas; dolor, por lo que El recibe de las creaturas, a cambio de su Amor. Entonces, las espinas que rodean al Sagrado Corazón de Jesús deben recordarnos, por un lado, el Amor infinito y eterno de Dios Uno y Trino, que se nos dona a través del Corazón de Jesús, Amor que está contenido en cada Eucaristía; por otro lado, debe recordarnos el dolor que nuestros pecados le provocan al Sagrado Corazón de Jesús -que si bien ha muerto y resucitado, continúa su Pasión en su Cuerpo Místico, hasta el fin de los tiempos-, y esto debe servir para que evitemos el pecado y hagamos el propósito de morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, es decir, antes de provocar un dolor de tal magnitud a Jesús.
Las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón significan el Amor de Dios que inhabita en el Sagrado Corazón desde la Encarnación misma del Verbo. El Amor de Dios se representa con fuego, porque es ardiente como el fuego y abrasa como el fuego, pero a diferencia del fuego material, no solo no provoca dolor, sino que provoca en el alma amor, dulzor, alegría, paz, y dicha sin fin, y envuelve al Sagrado Corazón porque el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y al encarnarse el Hijo, este Espíritu Santo, que procede eternamente del Padre y del Hijo, comienza a inhabitar en el Sagrado Corazón de Jesús, santificando su Humanidad santísima, glorificándola y haciéndola arder en el fuego del Amor Divino. Y como este Fuego es el que abrasa a Jesús en la cruz y es el que le hace exclamar: “Tengo sed” (Jn 19, 28), Jesús arde en deseos de comunicar el Amor que vuelve a su Corazón incandescente como una brasa; ese Fuego es el que desde el Sagrado Corazón quiere expandirse y comunicarse a los hombres y lo hará a través de la efusión de Sangre, cuando el Corazón de Jesús sea traspasado por la lanza, y es esto lo que explica que, sobre todo aquel sobre quien cae esta Sangre, ve lavados sus pecados y ve su corazón arder en el Amor de Dios, porque la Sangre del Cordero “como degollado” (cfr. Ap 5, 7-14) es vehículo del Espíritu Santo, y es por eso que el Cordero de Dios, “quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29) y concede la Vida eterna y enciende al alma en el Amor de Dios.
En la base del Sagrado Corazón, está la cruz, y esto es para significar que el Corazón del Hombre-Dios está crucificado y que por lo tanto, quien quiera acceder a los tesoros inagotables del Amor Divino, no tiene otro camino que el camino de la cruz; también quiere decir que quien quiera gozar del Amor Eterno de Dios Uno y Trino, del Amor de un Dios que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8) en sí mismo, no debe temer, ni debe desconfiar, ni debe pensar que Dios no lo ama, porque precisamente, para que el hombre no tema, ni desconfíe, ni piense que Dios Trino no lo ama, es que Dios se ha encarnado por Amor al hombre, se ha dejado crucificar por Amor al hombre y ha dejado su Sagrado Corazón en la cruz, traspasado, con su Sangre fluyendo y con su Amor vivo, latiendo, deseoso de ser recibido por un corazón contrito y humillado, humilde, piadoso, fervoroso y necesitado de su Amor Divino. Viendo al Sagrado Corazón traspasado en la cruz, que deja fluir, inagotable, su Sangre Preciosísima, y con su Sangre, el Espíritu Santo, el Amor Divino, para donarlo a quien quiera recibirlo, ¿quién puede dudar del Amor de Dios?
Por último, el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, y le mostró estos tres elementos, que no están en ningún corazón humano, pero con toda la gracia que significa tan maravillosa aparición, Jesús no se le dio en alimento; a nosotros, diariamente, se nos da en alimento en la Eucaristía y allí, en la Eucaristía, está latiendo, vivo y glorioso, el Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en las llamas del Amor Divino, Amor que se comunica en el silencio y en la intimidad del alma que comulga con fe, con humildad, con piedad y con amor.


sábado, 2 de agosto de 2014

San Alfonso María de Ligorio


         ¿En qué consiste la santidad y la perfección? Dice San Alfonso María de Ligorio que “la santidad y la perfección del alma consiste en el amor a Jesucristo, nuestro Dios, nuestro sumo bien y redentor”[1]. Ahora bien, una vez conocido esto, se plantea el siguiente interrogante: por un lado, tenemos al hombre, ser inteligente y libre, creado con una profunda sed de amor; por otro lado, tenemos a Dios Uno y Trino, Ser creador, que es el Amor en sí mismo, libre también Él, que desea ser amado por su creatura, pero cuyo libre albedrío respeta tanto, que no puede obligarlo a amarlo. A su vez, Dios Trino sabe que el hombre, creado a su imagen y semejanza, solo será feliz si el hombre lo ama a Él con todo su ser, con todas sus fuerzas, con toda su alma, con todo su corazón; pero sabe también, que no puede obligarlo a amarlo, porque el hombre lleva la impronta de su semejanza, que es el libre albedrío. ¿Cómo puede hacer Dios para que el hombre, ser libre, sea feliz, amándolo a Él? En otras palabras: ¿cómo puede Dios, Creador del hombre, hacer que su creatura más preciada, el hombre, sea feliz –felicidad que sólo logrará en el amor a Él, Dios Uno y Trino-, sin forzar su libertad, puesto que la libertad es la imagen sagrada que lleva el hombre en su ser? La Divina Sabiduría y el Divino Amor encontraron la respuesta: colmando al hombre de dones, de manera tal que, viéndose el hombre colmado de tantos dones por parte de su Creador, Dios Uno y Trino, no tuviera más opción que enamorarse de su Creador y amarlo con todo su ser, con toda su alma, con todas sus fuerzas, con todo su corazón.
Dice así San Alfonso: “Dios, sabiendo que al hombre se lo gana con beneficios, quiso llenarlo de dones para que se sintiera obligado a amarlo”[2], y luego, para explicar de qué se trata esto, pone estas palabras en boca del mismo Dios: “Quiero atraer a los hombres a mi amor con los mismos lazos con que habitualmente se dejan seducir: con los vínculos del amor”[3]. Más adelante, continúa San Alfonso: “Y éste es el motivo de todos los dones que concedió al hombre. Además de haberle dado un alma dotada, a imagen suya, de memoria, entendimiento y voluntad, y un cuerpo con sus sentidos, no contento con esto, creó, en beneficio suyo, el cielo y la tierra y tanta abundancia de cosas, y todo ello por amor al hombre, para que todas aquellas creaturas estuvieran al servicio del hombre, y así el hombre lo amara a Él en atención a tantos beneficios. Y no sólo quiso darnos aquellas creaturas, con toda su hermosura, sino que además, con el objeto de conquistarse nuestro amor, llegó al extremo de darse a sí mismo por entero a nosotros. El Padre eterno llegó a darnos su Hijo único (…) Llevado por su amor inmenso, mejor aún, excesivo, como dice el Apóstol, nos envió a su Hijo amado para satisfacer por nuestros pecados y para restituirnos a la vida, que habíamos perdido por el pecado. Dándonos al Hijo, al que no perdonó, para perdonarnos a nosotros, nos dio con él todo bien: la gracia, la caridad y el paraíso, ya que todas estas cosas son ciertamente menos que el Hijo[4]”.
Según San Alfonso, entonces, Dios Padre nos colmó no sólo de toda clase de bienes y dones naturales, sino sobre todo, de bienes sobrenaturales –la gracia, la caridad- y, en el exceso de su amor, nos dio a su Hijo único, para que nos viéramos obligados a amarlo.
Y ese Hijo único de Dios, Jesucristo -en cuyo amor está la máxima felicidad del hombre-, se encuentra, vivo, glorioso y resucitado, Presente en Persona, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, y con su Amor -que es el Amor que une al Padre y al Hijo en la eternidad, el Espíritu Santo-, en la Eucaristía, porque el Hijo de Dios renueva su sacrificio en la cruz, cada vez, de modo incruento, en la Santa Misa, y es por eso que la Eucaristía y la Santa Misa son las dos obras del Amor Trinitario que nos obligan a amar a Dios Uno y Trino con todas nuestras fuerzas, con todo nuestro ser, con toda la potencia de que sean capaces nuestros corazones, porque no hay obra de amor más grande que “dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13), y Jesús, en la Santa Misa, da la vida por nosotros, derramando su Sangre en el cáliz y entregando su Cuerpo en la Eucaristía.
Pero además de la Misa y de la Eucaristía, Jesús -cuyo amor hace máximamente feliz al hombre-, también se encuentra Presente, misteriosamente, en el prójimo más necesitado, de ahí la necesidad imperiosa de hacer obras de misericordia, si queremos alcanzar el cielo: “…tuve hambre, tuve sed…, estuve preso…, estuve enfermo….” (cfr. Mt 25, 35-46).
En síntesis, según San Alfonso María de Ligorio, Dios nos creó libre para amarlo, y en el amor suyo está nuestra máxima felicidad, pero como no podía forzar nuestra libertad, se vio en la “necesidad” –por así decirlo- de colmarnos de dones –naturales y sobrenaturales-, para que nos viéramos “obligados” a amarlo. Y para asegurarse de que no tuviéramos ninguna excusa para no amarlo, nos envió a su Hijo único, Jesucristo, para que no sólo muriera en cruz para nuestra salvación, sino para que perpetuara el don de sí mismo en la cruz en la Santa Misa –llamada por esto ‘renovación incruenta del santo sacrificio de la cruz’- y para que permaneciera con nosotros “todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20) y el modo de cumplir esta hermosa y consoladora promesa, es el don admirable de la Eucaristía, don por el cual permanece y permanecerá con nosotros, en todos los sagrarios del mundo, hasta el fin del mundo. Y por último, también está Jesús misteriosamente presente en nuestros hermanos más necesitados, para que podamos demostrar, con obras, nuestro amor hacia Dios, socorriendo al prójimo, imagen viviente de Dios, porque el hombre es creado “a imagen y semejanza de Dios” (Gn 1, 26).
De esta manera, así, al colmarnos de tantos dones, Dios Uno y Trino conseguía su objetivo: por un lado, respetaba nuestro libre albedrío, y por otro, se aseguraba que fuéramos máximamente felices, al amar a Jesús, única fuente de felicidad y de amor, en la Eucaristía, en la Santa Misa y en el prójimo más necesitado.



[1] Cfr. Tratado sobre la práctica del amor a Jesucristo, edición latina, Roma 1909, 9-14.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

martes, 29 de abril de 2014

Santa Catalina de Siena y la corona de espinas de Jesús


          En un mundo como el nuestro, dominado por el materialismo y el exitismo y el deseo de acumular bienes materiales a toda costa, como fruto de una visión puramente temporal y terrena, sin visión sobrenatural, en la que todo se limita a esta vida y no hay una perspectiva de una vida en el más allá, la vida, las palabras, las acciones de los santos, nos abren un horizonte nuevo que nos permiten trascender los estrechos límites de la vida humana.


          Es lo que sucede con santos como Santa Catalina de Siena, quienes a pesar de vivir en la tierra, el estado de gracia santificante permanente y las gracias místicas recibidas, hacían de sus vidas terrenas un anticipo del cielo en la tierra. Santa Catalina vivía en una unión mística permanente con Jesús y es por eso que vivía en grado heroico las virtudes sobrenaturales como la castidad y la caridad, y es este grado de unión mística con Jesús por la gracia, lo que explica sus elecciones, incomprensibles para el mundo materialista y ateo de hoy. Fue esta unión con Jesús lo que llevó a Santa Catalina a elegir la corona de espinas en vez de la corona de oro que le ofrecía Jesús. En la visión en la que Jesús se le presentó ofreciéndole que eligiera una de las dos coronas, Santa Catalina de Siena le respondió así: “Yo deseo, Oh Señor, vivir aquí siempre conforme a tu Pasión, y encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y deleite[1]”. Luego, tomó ansiosamente la corona de espinas y se la colocó sobre la cabeza.
          La elección de Santa Catalina de Siena no se entiende a la luz de la filosofía atea y existencialista, materialista y utilitarista del mundo progresista y sin valores trascendentales en el que vivimos hoy. El mundo de hoy pone sus esperanzas en el oro, en el dinero, en la materia, porque no cree en Dios, porque ha desplazado a Dios, pero esas esperanzas son vanas, porque el dinero nada puede dar, sino desesperación y vacío. No en vano Jesús advierte en el Evangelio: “No se puede servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13), porque el que pone sus esperanzas en el dinero, pone sus esperanzas en el vacío y en la nada. Santa Catalina, al elegir la corona de espinas, nos está diciendo lo mismo que nos dice Jesús en el Evangelio: no se puede servir al rey dinero; se debe servir al Rey de reyes, al Rey coronado de espinas, al Rey cuya corona no es una corona de oro, de plata, de zafiros, de rubíes, sino de gruesas y afiladas espinas; al Rey de la gloria, al Rey cuyo trono es una cruz ensangrentada y cuyo cetro son tres gruesos clavos de hierro.


          Como los santos son ejemplos que Dios Uno y Trino nos brinda para que los imitemos, hagamos como Santa Catalina, y pidamos también como ella a Jesús la corona de espinas, porque no podemos, de ninguna manera, pretender una corona de oro, mientras nuestro amado Rey está coronado de espinas. Más que pedir, supliquemos, roguemos, imploremos, con lágrimas de contrición en los ojos y arrodillados ante la cruz, a la Virgen de los Dolores, que está de pie junto a la Cruz, mientras besamos con amor los pies ensangrentados del Rey de reyes, que nos dé la corona de espinas de su Hijo Jesús. 




[1] http://www.corazones.org/santos/catalina_siena.htm

viernes, 22 de noviembre de 2013

Santa Cecilia, virgen y mártir, y la comunión eucarística


         Podemos decir que hay dos aspectos que sobresalen en la vida de esta santa, que son de mucho provecho espiritual: el hecho de que Santa Cecilia le “cantaba a Dios en su corazón” y el modo de su martirio, que nos indica algo muy especial.
Comencemos por el primer aspecto, el canto de Cecilia: según consta en las actas del martirio de Santa Cecilia, el día de su matrimonio, la santa le cantaba a Dios en su corazón, y esto le valió el ser considerada patrona de los músicos. Pero no necesitamos ser músicos para que Santa Cecilia sea nuestra celestial patrona e intercesora ante Dios, puesto que, aun sin saber ejecutar ningún instrumento, y aún sin ser ni siquiera diestros en el arte de la música, podemos imitar a la santa, cantando a Dios con el corazón. Hemos sido creados por Dios, para Dios y es esto lo que explica que, como dice San Agustín, nuestro corazón “no está tranquilo hasta que no reposa en Dios”. El canto de Santa Cecilia refleja precisamente este hecho, porque no se trata de un mero canto, interpretado como un pasatiempo: el canto de Santa Cecilia, en su corazón, a Dios, surge de la alegría que experimenta el alma al haber encontrado a Aquel que es la causa de su gozo, Dios Uno y Trino. Santa Cecilia le canta a Dios y en su canto expresa el gozo, la alegría, el amor y la paz que experimenta el alma al haber encontrado a Dios, aunque en realidad es Dios quien se ha dejado encontrar por la santa. Santa Cecilia le canta a Dios en el tiempo, como anticipo del canto que habría de entonar por la eternidad en los cielos, y en esto es un ejemplo para nosotros: la Santa nos dice que no tenemos que esperar a morir para cantarle a Dios, sino que debemos hacerlo ya, desde ahora, en todo lo que nos resta de nuestra vida terrena, para continuar luego cantando de gozo y alegría, en éxtasis de amor continuo, por los siglos sin fin. Y una oportunidad que tenemos para expresar con el canto este gozo celestial, es el momento de la comunión eucarística, porque ahí poseemos en anticipo a Aquel a quien contemplaremos en la eternidad, el Cordero de Dios, Cristo Jesús, la causa de nuestro gozo y de nuestra alegría. Al comulgar, entonces, recordemos el ejemplo de Santa Cecilia, que cantaba a Dios en su corazón, y preparemos nuestro corazón con cánticos de amor, de adoración y de alabanzas, para el ingreso majestuoso de nuestro Dios, que viene a nosotros bajo apariencia de pan, y recibamos a la Eucaristía con el canto gozoso y en silencio del corazón.
El otro aspecto de la vida de Santa Cecilia que nos enriquece espiritualmente es, paradójicamente, el momento de su muerte, porque no es una muerte más, sino que se trata de una muerte martirial, y como todo mártir, sus palabras y sus hechos están inspirados, iluminados, guiados por el Espíritu Santo, de modo que las palabras y la muerte del mártir debemos tomarlas como provenientes de la Voluntad Divina. En este caso, no nos detendremos en sus palabras, sino en los hechos que rodearon su muerte martirial. Según las actas del martirio, Santa Cecilia murió decapitada, pero lo particular es que el verdugo –probablemente a un cálculo erróneo del golpe, o al estado defectuoso del arma que utilizó para decapitar a Santa Cecilia- debió dar tres golpes en el cuello de la santa; a pesar de esto, la cabeza de la Santa no se separó por completo del tronco, por lo cual estuvo tres días en agonía, antes de morir; finalmente, su mano derecha –según consta el relato del escultor que esculpió su imagen tal como fue encontrada siglos después, incorrupto- tenía doblados los dedos anular y meñique, y extendidos el pulgar, el índice y el medio, con lo cual quedaba de manifiesto que la santa había muerto con la intención de señalar el número “tres”. A su vez, con su mano izquierda, señalaba el número uno, pues tenía el dedo índice levantado. Es decir, al morir, en Santa Cecilia se repite el número tres: tres golpes, tres días de agonía, tres indicado con sus dedos, a lo que se suma el número "uno" señalado con el dedo índice de su mano izquierda: con esto, la santa nos indica que da su vida, gozosa, por Dios Uno y Trino, el único Dios verdadero. Y también aquí nos sirve el ejemplo de Santa Cecilia, para crecer en nuestro amor a Dios Trino, porque si bien la santa dio su vida por Dios Trino -y esa es la razón de su eterna felicidad, porque ahora ella está feliz en los cielos-, sin embargo, al momento de su muerte, ella no recibió corporalmente aquello que era la causa de su felicidad, el don máximo de la Trinidad, la Eucaristía; nosotros, en cambio, debemos considerarnos mucho más afortunados que la santa, porque sin que se nos urja a morir, recibimos la obra más grande y maravillosa de Dios Uno y Trino, la Santa Eucaristía –Dios Padre nos dona a su Hijo Dios para que Él a su vez nos done a Dios Espíritu Santo-, y esto como un anticipo de lo que será la comunión de vida y amor con las Tres Personas de la Trinidad en los cielos.

Entonces, al comulgar, recordemos a Santa Cecilia y demos gracias a Dios por su martirio.     

lunes, 24 de junio de 2013

San Juan Bautista, mártir del misterio divino



         Cuando se lee el párrafo del Evangelio que narra la muerte de Juan el Bautista, se piensa que dio su vida por el matrimonio y, específicamente, por el matrimonio cristiano, puesto que es su firme oposición al concubinato lo que le vale ser decapitado. El hecho es así, efectivamente, pero su testimonio no se detiene en la defensa del matrimonio monogámico: Juan el Bautista da su vida por el misterio de Dios Uno y Trino, misterio que se hace visible en la Encarnación del Hijo de Dios, y misterio que se manifiesta al mundo a través del matrimonio monogámico.
         Es decir, Juan el Bautista muere por defender el matrimonio monogámico y por oponerse al concubinato, pero muere también por algo infinitamente más grande, que es aquello que fundamenta al matrimonio, y es el misterio de Dios Trino y el misterio de la Encarnación de Dios Hijo. Es de este misterio celestial y sobrenatural de donde el matrimonio obtiene sus características de unidad, indisolubilidad y fidelidad en el amor. En otras palabras, el matrimonio es uno e indisoluble porque Dios es Uno y Trino, y es indisoluble y los esposos se deben la fidelidad en el amor porque la Segunda Persona de ese Dios Uno y Trino, Dios Hijo, se encarnó y se unió en nupcias místicas a la naturaleza humana, y esta unión la hizo en el Amor de Dios, en el Espíritu Santo.
Por este motivo, cuando se defiende al matrimonio monogámico –y mucho más, cuando se da la vida por él, como en el caso de Juan el Bautista-, no se está defendiendo un mero orden moral, aun cuando este sea nuevo y sobrenatural, como en el caso del cristianismo: se está defendiendo un “gran misterio”, el misterio de la Trinidad y el misterio de la Encarnación, misterio del cual el matrimonio es una manifestación visible en medio de los hombres. El matrimonio no puede ser de otra manera que uno e indisoluble, porque una e indisoluble es la naturaleza divina de Dios Trino, y la fidelidad de los esposos no tiene otro fundamento que el Amor divino, porque es el Amor el que une a las Tres Divinas Personas en los cielos, y es el que une en la tierra al Verbo de Dios con la naturaleza humana en la Encarnación. La unidad, la fidelidad conyugal, el amor de los esposos terrenos, constituyen una manifestación “ad extra” de la unidad y el Amor que reina entre las Tres Personas divinas, y entre el Hijo de Dios y la humanidad. El adulterio, el concubinato, representan los amores impuros del hombre, que se aleja de Dios para amar creaturas que no son Dios, y en esto consiste su falta más grave.
Por esta razón, el concubinato, el adulterio, la infidelidad esponsal, la ausencia de amor, no solo son faltas contra el matrimonio y el amor esponsal, sino que ante todo son faltas contra el Amor divino, que en los cónyuges y a través de ellos, quiere difundirse entre los hombres.

La muerte de Juan el Bautista no es, entonces, solo por defender el matrimonio monogámico, ya que si fuera solo por eso, no sería considerado mártir. Juan el Bautista ofrenda su vida por el misterio de la Trinidad y por el misterio de la Encarnación, misterios que se reflejan en el amor conyugal, fiel e indisoluble, hasta la muerte de cruz, de los esposos cristianos.

jueves, 31 de enero de 2013

El altar eucarístico, símbolo del Sagrado Corazón



         El Sagrado Corazón de Jesús es llamado “altar de Dios”, porque allí se ofrece el sacrificio de adoración y de alabanzas a Dios Trino. El Sagrado Corazón, que se le aparece a Santa Margarita envuelto en llamas, arde en el Amor divino, Amor que es puro, perfecto y santo; Amor que es eterno e infinito; Amor que es el mismo Amor de la Trinidad, el Espíritu Santo. Por este motivo, el Sagrado Corazón es altar en el que se rinde el culto perfectísimo de adoración a Dios Uno y Trino, y es impensable que se ame y se adore, en este altar, a nadie que no sea Dios Uno y Trino.
         Las llamas del Amor divino, que envuelven al Sagrado Corazón, son un testimonio de que en este Corazón del Hombre-Dios ningún amor profano, ni creatural, ni sacrílego, tuvieron, tienen, ni podrán jamás nunca tener lugar, porque esas llamas representan al Espíritu Santo, la Persona Amor de la Trinidad, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Amor que une en la eternidad al Padre y al Hijo.
         El Sagrado Corazón, por estar envuelto en las llamas del Espíritu Santo, es el altar sagrado en donde se rinde adoración al Dios verdadero, Dios Uno y Trino; el Sagrado Corazón es la encarnación del Amor eterno que el Verbo de Dios profesa al Padre desde toda la eternidad, Amor que se expresa sensiblemente como llamas de fuego, porque el Amor que lo envuelve es el Fuego de Amor divino, el Espíritu Santo, que arde con amor eterno en el altar del Sagrado Corazón.
El Sagrado Corazón, entonces, envuelto en las llamas del Amor divino, es el altar exclusivo en donde se adora a Dios Uno y Trino; en la tierra, un símbolo del Sagrado Corazón es el altar eucarístico, puesto que en el altar eucarístico se rinde culto exclusivo, puro y perfectísimo a Dios Trino. En el altar eucarístico, al igual que en el Sagrado Corazón, no hay lugar para amores profanos, porque es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, el único que sobrevuela sobre el mismo, en la consagración de las especies, para convertirlas a estas en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Cordero de Dios, Jesús. El altar eucarístico, en la consagración, es envuelto por las llamas del Amor divino, el Espíritu Santo, espirado por el Padre y el Hijo, para convertir la materia inerte de las ofrendas en el Pan Vivo bajado del cielo. Por esto mismo, aunque está en la tierra y está hecho de materia, el altar eucarístico es una parcela del cielo eterno en la tierra, destinado a contener a Aquel a quien los cielos no pueden contener debido a su infinita grandeza, Cristo Jesús en la Eucaristía. Es impensable e inimaginable que el altar eucarístico, símbolo del Sagrado Corazón de Jesús, sobre el cual desciende el fuego del Espíritu Santo en la consagración, sea utilizado para otro fin que no sea el de rendir homenaje de amor, adoración, alabanza y gloria a Dios Uno y Trino, como es impensable e inimaginable que el Sagrado Corazón de Jesús pueda adorar a otro que no sea al único Dios verdadero, Dios Uno y Trino.
Y sin embargo, lo inimaginable, lo impensable, sucede. La realidad supera a la imaginación; la realidad supera a lo que la imaginación no puede concebir, y es así que el altar eucarístico, en un lugar de un país sudamericano, ha sido profanado, al haber sido utilizado para ritos de magia, por una tal "Maga Hania". En la magia se invoca al demonio, el Príncipe de las tinieblas, por lo que es inaceptable que en un altar eucarístico se haga un rito mágico y pagano.

La "Maga Hania" profanando el altar eucarístico
al rezar oraciones de magia y brujería
mediante las cuales se invoca al demonio.

No se trata de una simple transgresión de usos de objetos litúrgicos, sino de algo muchísimo más grave: se trata de la “abominación de la desolación” de la que habla el profeta Daniel (11, 31), porque si el altar eucarístico es una parcela del cielo eterno, parcela en donde se rinde adoración y alabanza a Dios Trino, entonces es un intento, aquí en la tierra, de las fuerzas del infierno, de colocar al Ángel caído en el lugar de Dios. Si en el cielo sólo se adora a Dios, y si en el altar eucarístico sólo se adora a Dios, rezar oraciones de magia, que son invocaciones al demonio, en el altar eucarístico, es hacer lo mismo que hizo el Demonio en los cielos: pretender desplazar a Dios y ocupar su lugar, y es en esto en lo que consiste la “abominación de la desolación”.
Cuando el demonio cometió el pecado que le valió perder el cielo para siempre, el pecado de soberbia, que lo llevó a decir la primera mentira “Yo soy como Dios”, el Arcángel San Miguel replicó, con voz tronante: “¿Quién como Dios? ¡No hay nadie como Dios!”, con lo cual dio inicio a la batalla que en los cielos finalizó con la expulsión de los ángeles rebeldes.
Esos mismos ángeles son los que continúan la lucha que perdieron en los cielos, en la tierra, y con la misma insolencia y soberbia con la que quisieron desplazar a Dios Trino de los cielos, así quieren desplazar al Sagrado Corazón Eucarístico de su altar.
Reparemos con misas, rosarios, oraciones, sacrificios, penitencias y ayunos tan grande sacrilegio, y junto con San Miguel Arcángel, defendamos el altar eucarístico, símbolo del Sagrado Corazón de Jesús, diciendo: “¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios! ¡Nadie que no sea Cristo Dios habrá de ocupar el altar eucarístico!”.

lunes, 1 de octubre de 2012

Los Santos Ángeles custodios nos enseñan el Camino para llegar al cielo: Cristo Jesús



         Con la devoción a los Ángeles Custodios se verifica, hoy en día, una triste paradoja: mientras los hijos de Dios -es decir, aquellos que han sido bautizados en la Iglesia Católica, a los que la Divina Providencia les ha asignado un ángel custodio para que los acompañen desde el nacimiento hasta la muerte, guiándolos en el camino que conduce a Cristo-, niegan su existencia, o la ignoran, o son indiferentes a su existencia, o la consideran un cuento de niños para Primera Comunión, los hijos de las tinieblas, por el contrario, exaltan el culto y la devoción a los ángeles, aunque no se trata, en este caso, de los ángeles de luz, sino de los ángeles de la oscuridad, los ángeles caídos, los ángeles de la Nueva Era. En otras palabras, mientras los católicos, poseedores de un ángel custodio, los relegan a la categoría de fábula, leyenda o cuento para niños que estudian el Catecismo, olvidándolos de esta manera por completo, los sectarios de la Nueva Era multiplican cada vez más el culto de los ángeles caídos. Estos ángeles de la oscuridad, que se presentan disfrazados de luz, prometen bienes pasajeros y superficiales, cuando no dañinos para la vida espiritual, como "buena suerte", "paz mundana", "sabiduría esotérica, gnóstica y ocultista", aumentando de esta manera, cada vez más, la confusión, el error, la maldad, en el mundo y sobre todo en la Iglesia.
         Nada tiene que ver esto con el verdadero culto a los ángeles custodios, los ángeles que se mantuvieron fieles a Dios Uno y Trino, seres espirituales puros que están ante la Presencia de Dios, y lo adoran continuamente. Estos seres celestiales tienen la misión de custodiar a los hombres en su peregrinar por la tierra hacia la Jerusalén celestial, pero no pueden ejercer de modo eficaz esta custodia, si los hombres no acuden a ellos en la oración; por lo tanto, el descuido de su devoción no es mera falta de piedad, sino abandono en masa, por parte de los hombres, del camino de la salvación. 
         El abandono de estos ángeles se debe, en gran medida, a una mala interpretación de su misión: por lo general, en ambientes católicos, comenzando por el Catecismo de Primera Comunión, es el primer lugar en donde se rebaja su misión, la cual queda reducida a una especie de "guardaespaldas" cuya tarea es simplemente velar o proteger físicamente a los seres humanos, para que no sufran percances. 
       Esta noción simplista, agregado al hecho de que su creencia ha quedado relegada a la infancia, puesto que "el hombre adulto y racional del siglo XXI no puede creer en cosas de la Edad Media", ha contribuido, en gran manera, a desvirtuar su función principal, la de proteger de los males espirituales, el primero de todos, el olvido de Dios y el pecado, y la de proteger de los espíritus malignos, los ángeles de la oscuridad.
Pero además de esta protección física y espiritual, los ángeles tienen otra misión, principalísima, y es la de hacer conocer al Hombre-Dios Jesucristo, y a la Reina de los ángeles, la Virgen María, y acompañar a los hombres a lo largo de esta vida terrena, en el camino del Calvario, el camino que los conduce a la feliz eternidad. Y debido a que en la Santa Misa se renueva sacramentalmente el Sacrificio del altar, que es el mismo y único sacrificio del Calvario, la tarea de los ángeles custodios alcanza su máxima eficacia cuando conduce al alma al Nuevo Calvario, el altar eucarístico.
         

lunes, 6 de febrero de 2012

Santa Escolástica


10 de febrero



Vida y milagros de Santa Escolástica[1]
Religiosa, era hermana gemela de San Benito de Nursia, el santo que fundó la primera comunidad religiosa de occidente. Nació en el año 480, en Nursia, Italia. Al igual que su hermano, entró en religión muy joven, y mientras él dirigía un convento para hombres en el Monte Casino, Escolástica fundó un convento para mujeres a los pies de ese mismo monte.
La acción evangelizadora de ambos santos hermanos supuso no solo un avance cultural para Occidente, en una época caracterizada por el dominio de pueblos bárbaros e incultos, sino ante todo, sus monasterios y conventos constituyeron grandiosos faros de luz divina que iluminaron, y continúan iluminando aún hoy, las tinieblas espirituales de los hombres caídos en el pecado.
Tanto San Benito como Santa Escolástica hermosearon, a la par que santificaron, Europa y el mundo entero, no solo en la Baja Edad Media, sino en toda época. De la rama benedictina, del gran árbol de la Santa Iglesia Católica, maduraron maravillosos frutos de santidad: Santa Hildegarda, Santa Matilde, Santa Gertrudis, y muchísimos otros santos más.
Aunque eran hermanos y se amaban mucho, San Benito, en cumplimiento de las estrictas normas conventuales, iba a visitar a Escolástica solo una vez al año, y el día de la visita lo pasaban los dos hablando de temas espirituales.
Sucedió que pocos días antes de la muerte de la santa fue su hermano a visitarla y después de haber pasado el día entero en charlas religiosas, y al llegar el atardecer, San Benito se despidió de su hermana con la intención de regresar al monasterio. Era el primer jueves de Cuaresma del año 547. El Papa San Gregorio Magno es quien nos refiere siguiente diálogo mantenido entre San Benito y su hermana Santa Escolástica[2].
Sin embargo, y a pesar de saber que era contrario a las reglas conventuales, Escolástica le pidió a San Benito que se quedara aquella noche charlando con ella acerca del cielo y de Dios. El santo le respondió: “¿Cómo se te ocurre hermana semejante petición? ¿No sabes que nuestros reglamentos nos prohíben pasar la noche fuera del convento?”. Entonces ella juntó sus manos y se quedó con la cabeza inclinada, orando a Dios. Y en seguida se desató una tormenta tan fuerte y un aguacero tan violento, que San Benito y los dos monjes que lo acompañaban no pudieron ni siquiera intentar volver aquella noche a su convento. Entonces le dijo Escolástica a su hermano: “¿Ves hermano? Te rogué a ti y no quisiste hacerme caso. Le rogué a Dios, y El sí atendió mi petición”.
Y pasaron toda aquella noche rezando y hablando de Dios y de la Vida Eterna, quedando cada uno gozoso de las palabras que escuchaba a su hermano.
Al día siguiente, San Benito volvió a su convento de Monte Casino y a los tres días, al asomarse a la ventana de su celda vio una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo. Entonces por inspiración divina supo que era el alma de su hermana que viajaba hacia la feliz eternidad. Envió a unos de sus monjes a que trajeran su cadáver, y lo hizo enterrar en la tumba que se había preparado para él mismo. Pocos días después murió también el santo. Así estos dos hermanos que vivieron toda la vida tan unidos espiritualmente, quedaron juntos en la tumba, mientras sus almas cantan eternamente las alabanzas a Dios en el cielo.

Mensaje de santidad de Santa Escolástica
Santa Escolástica, al igual que su hermano San Benito, eligió la vida monástica, lo cual quiere decir ocultamiento a los ojos del mundo. Para el mundo, un monje es alguien que prácticamente no existe, que ha desaparecido de toda actividad, y por lo tanto es ignorado y no cuenta. Sin embargo, si el monje desaparece para el mundo, es en cambio conocido por Dios y amado por Él, y es tan amado por Dios, que Él le devuelve con creces todo lo que el contemplativo le ofrendó a Él. Santa Escolástica le dio a Dios su vida y también a su hermano, a quien tanto quería, y Dios le dio a cambio la vida eterna, y el tener a su hermano para siempre en la feliz eternidad.
Desde hace catorce siglos, las reliquias de Santa Escolástica y de San Benito, germinan incesantemente en frutos de santidad. A pesar del paso del tiempo, San Benito continúa presente en los santos de la orden y en sus conventos y religiosos, porque “todo lo que nace de Dios vence al mundo”. Y también se perpetúa y continúa viva Santa Escolástica, cuya vida oculta encarna el poder de la oración contemplativa, razón de ser de los claustros conventuales[3].
Santa Escolástica, estando oculta al mundo, no era escuchada ni por su propio hermano, que quería regresar a toda costa al monasterio, pero sí era escuchada por Dios, quien le concedió su petición de una tormenta para que su hermano se quedase, para así poder hablar de la eternidad a la que pronto habrían de ingresar.
Unidos por el amor fraternal, y por el amor que concede la gracia divina, ambos hermanos, sepultados en la misma tumba, viven ahora para siempre, en la alegría eterna de los cielos, en la contemplación gozosa de Dios Uno y Trino. Ambos se entregaron a Él en esta vida, para amarlo en la oración contemplativa, en la oscuridad luminosa de la fe, y ambos lo aman ahora, por la eternidad, en la alegre contemplación cara a cara.