San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 31 de agosto de 2023

Santa Rosa de Lima

 



         Vida de santidad[1].

         Rosa de Lima, la primera santa americana canonizada, nació de ascendencia española en la capital del Perú en 1586. Sus humildes padres son Gaspar de Flores y María de Oliva. Sucedió que el padre de Rosa fracasó en la explotación de una mina, y la familia se vio en circunstancias económicas difíciles, debido a lo cual Rosa trabajaba el día entero en el huerto, cosía una parte de la noche y en esa forma ayudaba al sostenimiento de la familia. La santa deseaba desde pequeña consagrarse en cuerpo y alma a Dios y por esto tuvo que oponerse durante diez años a sus padres, que deseaban que contrajera matrimonio. Santa Rosa hizo voto de virginidad para confirmar su resolución de vivir consagrada al Señor. Después de esos años, ingresó en la tercera orden de Santo Domingo, imitando así a Santa Catalina de Siena. A partir de entonces, se recluyó prácticamente en una cabaña que había construido en el huerto. Llevaba sobre la cabeza una cinta de plata, cuyo interior era lleno de puntas, sirviendo así como una corona de espinas. Su amor de Dios era tan ardiente que, cuando hablaba de Él, cambiaba el tono de su voz y su rostro se encendía como un reflejo de la gracia divina en la que se sumergía su alma, en éxtasis místicos. Ese fenómeno se manifestaba, sobre todo, cuando la santa se hallaba en presencia del Santísimo Sacramento o cuando en la comunión unía su corazón a la Fuente del Amor, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Santa Rosa pasó los tres últimos años de su vida en la casa de Don Gonzalo de Massa, un empleado del gobierno, cuya esposa le tenía particular cariño. Durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte, la oración de la joven era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor” y esto porque el sufrimiento se convierte en instrumento de salvación solo si se lo une a los sufrimientos de Cristo en la cruz; sufrir sin Cristo, sufrir sin la cruz, sufrir sin el Amor de Dios, no conduce a nada. Dios la llamó a Sí el 24 de agosto de 1617, a los treinta y un años de edad. El capítulo, el senado y otros dignatarios de la ciudad se turnaron para transportar su cuerpo al sepulcro. El Papa Clemente X la canonizó en 1671.

         Mensaje de santidad.

Podemos destacar su mensaje de santidad en uno de sus escritos, que dice así: “El salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: “¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!”. Santa Rosa describe a Nuestro Señor Jesucristo quien, majestuosamente, nos revela el valor del sufrimiento o de la tribulación, cuando se sufre en estado de gracia y abrazados a la cruz de Cristo y el valor de la gracia y de la cruz es que son el único camino que conduce al cielo. Continúa luego Santa Rosa, describiendo lo que sucede en su alma luego de escuchar a Nuestro Señor: “Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: “Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma”. Santa Rosa quiere comunicar a todo el mundo, a todos los hombres, el valor del sufrimiento unido a Cristo y el valor de la gracia que hace que el alma participe de la vida divina, de la vida de la Santísima Trinidad. Finaliza este texto Santa Rosa, enalteciendo a la gracia santificante. Dice así: “Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces: “¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres”.

Al recordarla en su día, le pidamos a Santa Rosa de Lima que interceda por nosotros, para que apreciemos el valor incalculable de la gracia santificante, que se nos comunica por los sacramentos -los más frecuentes, el Sacramento de la Penitencia y la Sagrada Eucaristía- para que así vivamos ya, desde esta vida terrena, en Presencia de Dios, como un anticipo del cielo.

martes, 22 de noviembre de 2016

Santa Cecilia, virgen y mártir


Vida de santidad.
Según una antigua tradición la santa, que pertenecía a una de las principales familias de Roma, acostumbraba vestir desde muy pequeña una túnica de tela muy áspera ya que había consagrado a Dios su virginidad. A pesar de esto, sus padres la obligaron a contraer matrimonio con un joven pagano llamado Valeriano, pero en la noche de bodas, Cecilia le dijo a éste que su Ángel de la Guarda la protegía en su deseo de guardar el voto de virginidad; además, le dijo que si él quería ver al ángel de Dios debía hacerse cristiano, lo cual hizo Valeriano, haciéndose instruir por el Papa Urbano para luego ser bautizado[1]. Es decir, el matrimonio de  Santa Cecilia no fue consumado, y esa es la razón por la cual, a pesar de haber contraído matrimonio, es virgen. También es mártir, porque entregó su vida testimoniando a Jesucristo, según consta en las Actas del Martirio[2] de la santa, el cual se produjo de la siguiente manera: debido a que era época de persecuciones cruentas a los cristianos por parte del Imperio Romano, habían muchos cadáveres abandonados en las calles y la razón era que el prefecto de Roma, Turcio Almaquio, había dispuesto la prohibición de sepultar los cadáveres de los cristianos, como modo de escarmiento para quien tuviera el deseo de abrazar la fe de Jesucristo. El esposo de Santa Cecilia, Valeriano, junto a su hermano Tiburcio, también cristiano, se dedicaban, a pesar de la prohibición, a dar sepultura digna a estos cadáveres, por lo que fueron sorprendidos por la guardia imperial, siendo arrestados inmediatamente y llevados ante el alcalde. Éste, que era pagano, les ofreció perdonarles la vida a cambio de que renegaran de Jesucristo y adoraran a Júpiter, uno de los falsos dioses del panteón pagano romano –equivalente, en nuestros días, al Gauchito Gil, la Difunta Correa o San La Muerte, entre tantos otros ídolos demoníacos-. Valeriano y Tiburcio, animados por el Espíritu Santo, se negaron a tal abominación, por lo que fueron asesinados, pasando a formar parte de los mártires que adoran al Cordero en el cielo. El funcionario del prefecto, Máximo, que había sido designado para ejecutar la sentencia, se convirtió y sufrió el martirio con los dos hermanos y sus restos fueron enterrados en una tumba por Cecilia. Debido a que Santa Cecilia era la esposa de Valeriano, el alcalde ordenó su arresto, exigiéndole también la renuncia a la fe en Cristo, a lo cual se negó Cecilia rotundamente, declarando que prefería la muerte antes que renegar de la verdadera religión. Entonces fue llevada junto a un horno caliente para tratar de sofocarle con los asfixiantes vapores que salían de allí, pero en vez de desesperarse por la falta de oxígeno, Santa Cecilia se mostraba alegre, mientras cantaba, con gozo, a Dios, lo cual explica que haya sido nombrada Patrona de los músicos). Después de una profesión de fe gloriosa, el prefecto la hizo decapitar allí mismo. El verdugo dejó caer su espada tres veces sin que se separara la cabeza del tronco, y huyó, dejando a la virgen bañada en su propia sangre. Vivió tres días más, hizo disposiciones en favor de los pobres y ordenó que, tras su muerte, su casa fuera dedicada como templo. En 1599 permitieron al escultor Maderna ver el cuerpo incorrupto de la santa y él fabricó una estatua en mármol de ella, la que se conserva en la iglesia de Santa Cecilia en Roma[3]. Debido a que fue sepultada en la catacumba Calixtina, se supone que el período del martirio de Santa Cecilia se ubica entre finales del siglo segundo y mediados del tercero.
Mensaje de santidad.
Podemos decir que Santa Cecilia nos da su mensaje de santidad con su cuerpo, con su virginidad y con su martirio.
Con su mismo cuerpo, tal como fue encontrado -cubierto con costosos adornos de oro, signo de la protección papal y con su ropa empapada en sangre hasta los pies, signo de su martirio[4]-, testimonia la creencia en el Dios católico, Dios Uno y Trino, es decir, la Santísima Trinidad: con el dedo índice de la mano izquierda señala a Dios Uno y con los tres dedos extendidos de la mano derecha, señala a las Tres Divinas Personas que existen en el Único Dios Verdadero. El escultor que hizo la escultura, Stefano Maderno, dejó una inscripción en la que afirma haber visto el cuerpo de la santa tal como la esculpió, es decir, indicando con sus dedos “1” y “3”, la fe católica en la Santísima Trinidad, Tres Divinas Personas en un solo Dios[5] verdadero. La razón por la cual Santa Cecilia es Patrona de la música no está clara, aunque se pueden suponer dos motivos: por un lado, porque cuando se casó por deseo de su padre –no por deseo propio, porque como vimos, ella consagró su virginidad desde muy pequeña a Dios-, mientras los músicos tocaban para amenizar el matrimonio terrenal –el cual finalmente no se llevó a cabo-, Santa Cecilia cantaba a Jesús en su corazón, es decir, Santa Cecilia cantaba de alegría por su desposorio místico con Jesucristo, y no por el matrimonio terreno.
Con su virginidad, la santa nos muestra cómo es la vida en el Reino de los cielos, en donde “los hombres y las mujeres no se casan, porque son como ángeles” (cfr. ), como dice Jesús; así, la virginidad consagrada, es un testimonio de la vida en la bienaventuranza eterna.
Con su martirio, cuál es el precio de creer en Jesucristo y hasta dónde debemos estar dispuestos a llegar –hasta la entrega de la propia vida- con tal de no renunciar a Jesucristo. Pero no hace falta que un gobierno envíe sus soldados para que nos ejecuten por ser cristianos: el cristiano debe estar dispuesto a dar su vida en testimonio de Cristo en la vida diaria, de todos los días, y la disposición debe ser la misma de la de Santa Cecilia. Es decir, un cristiano debe estar dispuesto a perder la vida, antes que cometer un pecado venial deliberado o un pecado mortal, porque ambas cosas significan la renuncia a la fe en Jesucristo, la pérdida de la gracia y la eventual pérdida de la vida eterna. Es esto lo que implica el ser cristianos, el estar dispuestos a morir antes que perder la gracia voluntariamente, y para esto no hace falta que alguien nos decapite, puesto que las ocasiones para dar testimonio de Jesús, en forma incruenta, se presentan día a día.



[1] https://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=351
[2] Las “Actas del Martirio de Santa Cecilia” tienen su origen hacia la mitad del siglo quinto, y han sido transmitidas en numerosos manuscritos, así como traducidas al griego. Fueron asimismo utilizadas en los prefacios de las misas del mencionado “Sacramentarium Leonianum”.
[3] Cfr. ibidem.
[4] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20161122&id=12304&fd=0
[5] http://infocatolica.com/blog/sarmientos.php/0911230453-ipor-que-es-sta-cecilia-patro

jueves, 1 de noviembre de 2012

Solemnidad de Todos los Santos



         La Iglesia celebra y festeja a los habitantes del cielo, los santos, es decir, a aquellas personas que, por toda la eternidad, no solo no experimentarán nunca más el dolor ni la tristeza, ni tendrán los pesares ni las amarguras de esta vida, sino que vivirán para siempre, por los siglos de los siglos, sin fin, una alegría inimaginable, un gozo inagotable, una dicha imposible de ser concebida siquiera en su mínima expresión, por cualquier mortal.
         Los santos viven en un estado de éxtasis permanente de amor y de alegría, de dicha y de paz, y es tanta la alegría que experimentan, y tan grande el gozo, que apenas si pueden creer lo que están viviendo. Se cumple para ellos, en el cielo, lo que les sucedía a los discípulos al ver a Jesús resucitado: “No podían creer de la alegría”. Nada ni nadie les arrebatará la dicha, la alegría, el gozo, y las penurias de esta vida, y aún su misma condición de haber sido pecadores, les será sólo un ligero recuerdo, como dice San Agustín, puesto que toda la energía vital de sus almas, plenificadas por la gloria divina, estarán concentradas en disfrutar y gozar la más maravillosa y grandiosa hermosura que jamás pueda ser concebida, la Santísima Trinidad, y María Santísima. El alma humana fue creada para deleitarse en la belleza del Ser divino trinitario y en la Concepción Inmaculada de María Santísima, y este deleite lo experimentan los santos sin reservas, sin límites ni de espacio ni de tiempo, por los cielos infinitos, y por los siglos sin fin, para siempre.
La visión de la Santísima Trinidad y de María Santísima, que es lo que hace santo al santo, y lo que lo hace por lo tanto feliz o bienaventurado, hace que a cada instante –es solo un modo de decir, porque en el cielo no hay tiempo, por lo tanto, no hay instantes ni segundos ni nada parecido, solo eternidad-, experimenten gozos y alegrías imposibles de describir ni de imaginar; por cada segundo que pasa, se suceden para ellos explosiones interminables de infinito Amor divino; cada segundo que pasan en el cielo, se ve colmado de gritos de alegría e interminables éxtasis de felicidad; la visión beatífica del Ser trinitario y de María Santísima les lleva a danzas festivas, a cantos de alabanzas, de gloria, de honor, al Cordero que los redimió, los lavó con su Sangre, y los hizo participar de su misma alegría infinita, y si bien tienen, para su gozo y disfrute eterno, cientos de miles de millones de mundos celestiales, creados para ellos por la Trinidad, y si bien se suceden para ellos colores, música celestial y aromas exquisitos, y si a todo esto, que no es más que un empezar de un maravilloso mundo sin fin, se le agrega la visión de los hermosísimos ángeles de luz, los santos no quieren desperdiciar, ni por un segundo, la visión que los colma de gozo y de alegría inimaginable, el Ser Trinitario y la Virgen María.
¿Qué hicieron los santos, para merecer tanta alegría, tanta dicha, tanto Amor, tanta paz, tanto gozo?
Vivieron las Bienaventuranzas, y así fueron "pobres de espíritu", porque prefirieron la riqueza de la Eucaristía a las riquezas materiales; fueron mansos, porque imitaron la mansedumbre de los Sagrados Corazones de Jesús y de María; son bienaventurados porque, como signo de bendición divina, recibieron tribulaciones y por ellas lloraron, pero lo hicieron al pie de la Cruz, y jamás renegando del Salvador que se las enviaba; tuvieron "hambre y sed de justicia", porque no soportaban ver ultrajado el nombre de Dios; fueron misericordiosos, porque el prójimo más necesitado, material y espiritualmente, fue siempre su primera y más urgente ocupación;  fueron "puros de corazón", porque no solo rechazaron las impurezas de los apetitos carnales, sino que su deleite fue imitar la castidad de Jesús y de María; trabajaron por la paz, no como la da el mundo, sino la paz de Cristo, paz profunda del corazón, que asienta en un corazón contrito y humillado.
Pero además de vivir las Bienaventuranzas, fueron fieles a las palabras de Jesús: “El que quiera seguirme, que cargue su Cruz de cada día y me siga” (Mt 16, 24. Los santos abrazaron la Cruz, fueron fieles a la gracia santificante, prefirieron la muerte del Calvario antes que la vida mundana, y porque siguieron al Cordero camino de la Cruz, ahora lo adoran por los siglos sin fin en los cielos.

martes, 22 de noviembre de 2011

Santa Cecilia mártir



Se cree que Santa Cecilia nació en Roma, en el seno de una familia noble, y que fue casada contra su voluntad con un joven pagano llamado Valeriano[1].

Cecilia logró que su marido respetara su virginidad y se convirtiera al cristianismo.

Las actas del martirio de la santa afirman que pertenecía a una familia patricia de Roma y que fue educada en el cristianismo. Solía llevar un vestido de tela muy áspera bajo la túnica propia de su dignidad, ayunaba varios días por semana y había consagrado a Dios su virginidad. Fue obligada a contraer matrimonio con un joven pagano llamado Valeriano, pero según las mismas actas, el día de la celebración del matrimonio, mientras los músicos tocaban y los invitados se divertían, Cecilia se sentó en un rincón a cantar a Dios en su corazón y a pedirle que la ayudase.

Cuando los jóvenes esposos se retiraron a sus habitaciones, Cecilia, armada de todo su valor, dijo dulcemente a su esposo: “Tengo que comunicarte un secreto. Has de saber que un ángel del Señor vela por mí. Si me tocas como si fuera yo tu esposa, el ángel se enfurecerá y tú sufrirás las consecuencias; en cambio si me respetas, el ángel te amará como me ama a mí”. Valeriano replicó: “Muéstramelo. Si es realmente un ángel de Dios, haré lo que me pides”. Cecilia le dijo: “Si crees en el Dios vivo y verdadero y recibes el agua del bautismo verás al ángel”. Valeriano accedió, se convirtió y fue bautizado.

Luego Valeriano, junto a su hermano y a otro romano convertido, fueron decapitados por haber dado sepelio a otros mártires, y Cecilia sepultó los cadáveres. Ante esta actitud, Cecilia fue llamada para que también renunciase a la fe y debido a que se negó a hacerlo, fue condenada a morir en la hoguera, pero aunque los soldados estuvieron todo un día atizando el fuego, no le sucedió nada a Cecilia.

Finalmente, el prefecto romano envió a un soldado a decapitarla, el cual descargó tres veces la espada sobre su cuello sin lograr su propósito –es decir, sin lograr decapitarla totalmente- y la dejó tirada en el suelo, agonizando. Cecilia pasó tres días entre la vida y la muerte. Una de sus manos quedó con dos dedos doblados y tres en alto, indicando la Santísima Trinidad.

Las actas señalan también que, al igual que en su matrimonio, cantó también durante el tormento, por lo cual es patrona de los músicos.

Todo cristiano está llamado a imitar a Santa Cecilia en su vida: como ella, el cristiano está llamado a unirse en místicas nupcias con Dios Uno y Trino; como ella, el cristiano está llamado a dar testimonio de la Trinidad y de la Encarnación del Hijo de Dios, de su Pasión y Resurrección, y aunque este testimonio no sea cruento, el cristiano está llamado al martirio cotidiano que supone vivir la fe en Cristo Dios en un mundo paganizado; como Santa Cecilia, todo cristiano está llamado a cantar a Dios Trinidad en su corazón, en todo tiempo, como anticipo del canto de alabanza y glorificación que ha de entonar en los cielos, por la eternidad; como Santa Cecilia, que con su cuerpo agonizante testimonió el misterio de la Santísima Trinidad, porque recibió tres golpes, uno por cada Persona, y con los dedos de su mano señalaba el número tres, así el cristiano está llamado a dar testimonio de Dios, no como Dios Uno, sino como Dios Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, pues son las Tres Personas Divinas, que poseen la misma Esencia y el mismo Ser divino, la misma majestad y la misma gloria y poder, las que disponen todo en la vida del cristiano para llevarlo al cielo, a la feliz eternidad.


[1] Cfr. Butler, Vida de los Santos, Vol. IV.

viernes, 1 de julio de 2011

Qué nos ofrece el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús

El Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús
nos ofrece
el amor humano divinizado
de Jesús de Nazareth
y el Amor divino trinitario
de las Tres Divinas Personas.

Cuando Jesús se aparece a Santa Margarita de Alacquoque, le muestra su Corazón físico. ¿Cuál es el significado simbólico de este corazón? ¿Qué consecuencias prácticas acarrea, para la espiritualidad del devoto del Sagrado Corazón, el hecho de que Jesús ofrezca su Corazón físico?

Lo primero que hay que tener en cuenta es que, si bien se trata de un corazón humano -y por lo tanto lo que se ofrece, prima facie, es un amor humano-, hay en él algo mucho más grande y es tan misterioso, que resulta inimaginable e incomprensible y por lo tanto imposible de ser apreciado en su magnitud real, ni esta vida, ni por toda la eternidad en la otra.

En la encíclica Haurietis aquas, de San Pío XII, el Sumo Pontífice enseña que en el simbolismo del Corazón físico de Jesús, está comprendido, además de su doble amor humano -el sensible y el espiritual, vivificado por la caridad infusa-, también el amor divino, porque se funda en el misterio de la unión hipostática[1], lo cual implica que, además del amor humano y del Amor divino de la Persona del Verbo, en el Corazón de Jesús está comprendido también el Amor trinitario.

Es decir, Jesús nos ofrece, no solo su amor humano, sensible y espiritual, divinizado, sino también su amor divino, el correspondiente a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, pero aún más, nos ofrece el Amor increado, el amor trinitario, el amor que el Hijo tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo en el seno de la Trinidad.

Hay una relación directa y explícita entre el Corazón físico de Jesús y su Amor divino, debido a la unión hipostática, es decir, debido a que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad ha asumido personalmente una naturaleza humana, de modo que el Corazón físico de Jesús de Nazareth, está unido al Corazón divino de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Pero también hay una relación indirecta e implícita entre el Corazón físico de Cristo y el Amor del Padre y del Espíritu Santo, en virtud de la unidad de naturaleza y de la íntima compenetración de las Divinas Personas entre sí (circuminsessio[2])[3].

El Corazón de Cristo, por el hecho mismo de ser el símbolo natural del Amor increado y subsistente en el Verbo, es decir, del Verbo como Amante, es también símbolo del Padre y del Espíritu Santo como Amantes de la humanidad en el Verbo y con el Verbo. El simbolismo del Corazón de Cristo es de una trascendencia absoluta, porque comprende a las Tres Personas de la Santísima Trinidad, aunque siempre se debe tener en cuenta que es una representación analógica, es decir, que permanece infinitamente distante de la realidad significada.

En otras palabras, el Corazón físico de Jesús, sede simbólica de su amor humano, sensible y espiritual, divinizado, es sede también del Amor divino, no sólo del Amor de la Segunda Persona de la Trinidad, sino del Amor increado del Padre y del Hijo. A través de su herida abierta por la lanza en la cruz, se efunde la sangre, y con la efusión de sangre, se simboliza la efusión del amor del Corazón humano de Jesús de Nazareth, del Amor de la Segunda Persona de la Trinidad, y del Amor del Padre y del Hijo.

Este Amor es comunicado y efundido por el Sagrado Corazón, en el momento de ser traspasado en la cruz, puesto que es por la herida abierta que se derrama sobre el mundo el Amor trinitario, simbolizado y contenido en la efusión de sangre del Corazón de Jesús al ser atravesado.

Este Amor divino y trinitario, uno en naturaleza y trino en las Personas, donado en la efusión de Sangre del Corazón traspasado, es Amor sublime, purísimo, indivisible, eterno; es Amor de complacencia, de benevolencia y de amistad; e Amor de Bondad divina, es decir, es Amor simplicísimo, infinito, inmenso, inmutable, eterno, uno, verdadero, vivificante; es Amor que es vida, voluntad, amor, justicia, misericordia, providencia, omnipotencia, felicidad; es Amor de las Divinas Personas, que poseen una misma naturaleza, pero se distinguen, aunque no se dividen, en las relaciones personales; es Amor privado absolutamente de cualquier imperfección subjetiva u objetiva; sin egoísmos, sin pasiones o enfriamientos; es Amor necesario hacia la Bondad divina y hacia las Personas que lo comunican; es Amor liberalísimo hacia las criaturas, para llamarlas a la existencia; es Amor eterno y sin embargo libre y misericordioso de predilección y de predestinación hacia algunas criaturas espirituales, a las cuales les comunica la vida de la gracia en el tiempo y la vida de la gloria en la eternidad[4].

Es en este Amor divino en donde finaliza el simbolismo del Sagrado Corazón de Jesús, si es contemplado, no con la mirada sensible o del sentimiento, sino con “el ojo de la fe”, como dice Santa Catalina de Siena.

Esto tiene su consecuencia para la vida espiritual del devoto del Sagrado Corazón: el culto al Sagrado Corazón finaliza en el culto de latría, es decir, de adoración a la Segunda Persona de la Trinidad y a las otras dos Personas de la Trinidad, porque todas las Divinas Personas tienen en común el Amor Increado[5], que se comunica a través del Corazón traspasado en la cruz.

Es esto lo que el devoto del Sagrado Corazón debe considerar, cuando en cumplimiento de las promesas a Santa Margarita, comulga los primeros viernes de mes: en esas comuniones, recibe en la Eucaristía a este Corazón, vivo y palpitante, latiendo con el Amor divino-humano de Jesús de Nazareth, y con el Amor Increado de las Tres Divinas Personas.

[1] Ciappi, L., La Santissima Trinità e il Cuore SS. di Gesù, s.d.

[2] Cfr. S. THOM., S. Th., I, q. 42 a 3 ad 2; a. 5.

[3] Cfr. Ciappi, ibidem, 121.

[4] Cfr. Ibidem, 128.

[5] Cfr. ibidem, 143.

viernes, 7 de enero de 2011

El Sagrado Corazón, el Amor divino y la ingratitud humana


Muchos, erróneamente, tildan a la devoción al Sagrado Corazón de sensiblera y superficial. Muchos, erróneamente, creen que una devoción así, en esta época hipertecnológica y cientificista, que todo lo explica con el rasero de la razón científica, es propio de señoras grandes, que se quedaron en el pasado, y que por lo tanto nada útil puede aportar para el progreso del hombre. El hombre del siglo XXI, dicen muchos, fascinado por el progreso de la ciencia y de la tecnología, no puede obtener nada útil de una devoción sensiblera y anticuada.

¿Cómo evitar caer en la deformación de la verdadera devoción al Corazón de Jesús? ¿De qué manera podemos al menos intuir el alcance de las apariciones de Jesús a Santa Margarita, apariciones que son para la Iglesia toda?

No se comprende la devoción al Sagrado Corazón, si no se tienen en cuenta, por un lado, la inmensidad inabarcable y la profundidad insondable del Amor divino, expresado y manifestado en el amor del Hombre-Dios Jesucristo y, por otro, la inmensidad de la ingratitud y de la malicia del corazón del hombre sin Dios.

Ambos aspectos aparecen figurados en la segunda aparición de Jesús a Santa Margarita: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, mas brillante que el sol, y transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en la parte superior, la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en él la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”.

El Sagrado Corazón aparece en un "trono de llamas", “transparente como el cristal”, con la “llaga adorable”, lo cual significa que el corazón humano del hombre Jesús de Nazareth, el corazón compuesto por músculo cardíaco, se encuentra unido a la divinidad, al corazón único de Dios, y está envuelto en el Amor de Dios, todo lo cual está significado por la transparencia del cristal, símbolo de la pureza del Ser divino, y por las llamas, símbolo del Amor divino. El corazón humano de Cristo, que late con la fuerza de su humanidad perfecta, sin pecado, santificada al infinito por el contacto con la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, late además con el Amor de esa misma Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que es el Amor de Dios Trino, el Espíritu Santo. La transparencia del corazón y las llamas, presentes en esta segunda aparición, significan la santidad y el Amor sin manchas del Ser divino, que se comunican y transmiten a través de la santidad y del amor humano del corazón de Jesús de Nazareth.

El otro elemento de la aparición son la cruz y la corona de espinas, las cuales significan los dolores producidos por los pecados de los hombres, y la ingratitud y el menosprecio que recibiría el Amor de Dios, manifestado y donado en Cristo Jesús.

En el Corazón de Jesús, se ven entonces los dos elementos necesarios para comprender el alcance de la devoción: el Amor eterno, infinito, insondable, inabarcable, de un Dios que, en el extremo de locura de amor por su criatura, el hombre, se auto-dona a sí mismo por medio del amor humano del corazón humano de Jesús de Nazareth; por otro lado, se ve la ingratitud, el desprecio, la indiferencia, el rechazo, la maldad, del corazón humano, que al Amor de Dios le responde abofeteando su rostro, escupiéndolo en la cara, coronando de espinas su cabeza, y crucificándolo. Y no conforme con esto, estando ya muerto el Hombre-Dios, la maldad del hombre lo lleva a perforar su costado con una lanza, para asegurarse de que está bien muerto en la cruz, y que no volverá a vivir, pero Dios, en su locura de amor, responde con amor al odio deicida, porque en el momento en el que el soldado le traspasa su Corazón Sagrado, suspendido en la cruz, derrama su sangre sobre la humanidad, y con la efusión de su sangre, efunde su Espíritu Santo, su Espíritu de Amor. Al extremo odio deicida del hombre, que traspasa su cuerpo ya muerto, Dios responde derramando su sangre, y con su sangre, su Amor, el Espíritu Santo.

¿Qué hacer, entonces, no sólo para no desvirtuar a la devoción al Sagrado Corazón, pensando que es una devoción sentimentalista reservada a señoras grandes, pasada de moda, inútil para el mundo científico, racionalista, e hipertecnológico en el que vivimos?

El mismo Sagrado Corazón nos da la respuesta. Le dice así a Santa Margarita. “De Jueves a viernes haré que participes de aquella mortal tristeza que Yo quise sentir en el huerto de los olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía mas difícil de sufrir que la muerte”. Es decir, la adoración al Santísimo Sacramento, en donde late, vivo y glorioso, el Sagrado Corazón, y la expiación y reparación por aquellos que no creen, ni esperan, ni adoran, ni aman. Nuevamente el Sagrado Corazón: “Una vez, estando expuesto el Santísimo Sacramento, se presentó Jesucristo resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas que se presentaban como otro tanto soles, saliendo llamaradas de todas partes de Su Sagrada Humanidad, pero sobre todo de su adorable pecho que, parecía un horno encendido. Habiéndose abierto, me descubrió su amabilísimo y amante Corazón, que era el vivo manantial de las llamas. Entonces fue cuando me descubrió las inexplicables maravillas de su puro amor con que había amado hasta el exceso a los hombres, recibiendo solamente de ellos ingratitudes y desconocimiento. ‘Eso, le dice Jesús a Margarita, fue lo que más me dolió de todo cuanto sufrí en mi Pasión, mientras que si me correspondiesen con algo de amor, tendría por poco todo lo que hice por ellos y, de poder ser, aún habría querido hacer más. Mas sólo frialdades y desaires tienen para todo mi afán en procurarles el bien. Al menos dame tú el gusto de suplir su ingratitud de todo cuanto te sea dado conforme a tus posibilidades’”.

La verdadera devoción al Sagrado Corazón consiste en esto: en corresponder a su infinito amor con la adoración al Santísimo Sacramento, y con la expiación y reparación por los que no creen, ni esperan, ni adoran, ni aman.