San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 13 de junio de 2024

San Antonio de Padua, presbítero y Doctor de la Iglesia

 


San Antonio de Padua, presbítero y Doctor de la Iglesia, en uno de sus sermones, habla acerca del “don de lenguas”[1]. Ahora bien, contrariamente a lo que se pueda pensar en primera instancia, cuando San Antonio habla de “don de lenguas”, no se refiere a hablar en un lenguaje incomprensible para los demás o para uno mismo; no se refiere a hablar en un idioma del cual uno nunca ha hablado y que por inspiración del Espíritu Santo ahora lo está hablando. San Antonio de Padua, cuando habla de “don de lenguas”, habla de otra cosa muy distinta, habla de las obras de misericordia, que deben acompañar a la prédica de la Palabra de Dios, de manera tal que para el santo la Palabra de Dios tiene fuerza cuando va acompañada de las obras de misericordia[2].

Dice así San Antonio de Padua: “El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas. Estas diversas lenguas son los diversos testimonios que da de Cristo, como por ejemplo la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia, que son las palabras con que hablamos cuando los demás pueden verlas reflejadas en nuestra conducta. La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras, y por esto el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto, sino hojas tan sólo”. Entonces, para San Antonio, el que obra obras buenas -humildad, pobreza, paciencia, obediencia- son “palabras” dictadas por el Espíritu Santo, con las cuales el alma “habla” a los demás a través de su conducta, a través de su obrar; muchas veces, dice el santo, hablamos mucho, de Dios, del Evangelio, de la Iglesia, pero estamos vacíos de obras buenas y esto es causa de maldición divina, así como Jesús maldijo a la higuera, llena de hojas pero sin frutos. El cristiano que habla mucho pero no tiene obras es como esa higuera, frondosa pero sin frutos. Luego San Antonio cita a San Gregorio: “La norma del predicador -dice san Gregorio- es poner por obra lo que predica”. Y luego continúa: “En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana el que la contradice con sus obras. Pero los apóstoles hablaban según les hacía expresarse el Espíritu Santo. ¡Dichoso el que habla según le hace expresarse el Espíritu Santo y no según su propio sentir! Porque hay algunos que hablan movidos por su propio espíritu, roban las palabras de los demás y las proponen como suyas, atribuyéndolas a sí mismos. De estos tales y de otros semejantes dice el Señor por boca de Jeremías: Aquí estoy yo contra los profetas que se roban mis palabras uno a otro. Aquí estoy yo contra los profetas -oráculo del Señor- que manejan la lengua para echar oráculos. Aquí estoy yo contra los profetas de sueños falsos -oráculo del Señor-, que los cuentan para extraviar a mi pueblo, con sus embustes y jactancias. Yo no los mandé ni los envié, por eso son inútiles a mi pueblo -oráculo del Señor”-. San Antonio hace una comparación entre los Apóstoles, que hablaban -es decir, hacían obras buenas, obras de misericordia- según les dictaba el Espíritu Santo, y muchos cristianos, entre los que debemos procurar no contarnos nosotros, que hablan -hacen obras- no según el Espíritu Santo, sino según su propia vanagloria, o peor aún, “roban las obras de los demás” y se las atribuyen a sí mismos; contra estos tales advierte el Señor por medio del profeta Jeremías, porque de Dios nadie se burla.

Por último, finaliza San Antonio de Padua animándonos a dejarnos guiar por el Espíritu Santo, para que hablemos -es decir, hagamos obras- según el querer de Dios y no según nuestro propio querer, para que actuemos movidos por su gracia y no por nuestra propia voluntad, para que el Espíritu Santo nos conceda el don de la contrición, del arrepentimiento perfecto de nuestros pecados, de manera tal que, hablando con las obras dictadas por el Espíritu Santo aquí en la tierra, seamos considerados dignos de contemplar a la Trinidad y al Cordero en los cielos por toda la eternidad. Dice así el santo: “Hablemos, pues, según nos haga expresarnos el Espíritu Santo, pidiéndole con humildad y devoción que infunda en nosotros su gracia, para que completemos el significado quincuagenario del día de Pentecostés, mediante el perfeccionamiento de nuestros cinco sentidos y la observancia de los diez mandamientos, y para que nos llenemos de la ráfaga de viento de la contrición, de manera que, encendidos e iluminados por los sagrados esplendores, podamos llegar a la contemplación del Dios Uno y Trino”.



[1] Cfr. De los Sermones de san Antonio de Padua, presbítero
(I, 226).


lunes, 7 de agosto de 2023

San Lorenzo, diácono y mártir

 




Vida de santidad[1].

San Lorenzo (mártir), uno de los diáconos de la iglesia romana, fue una de las víctimas de la persecución de Valeriano en el año 258, al igual que lo fueron el Papa Sixto II y muchos otros clérigos romanos. A comienzos del mes de agosto del año 258, el emperador emitió un edicto ordenando matar inmediatamente a todos los obispos, curas y diáconos (“episcopi et presbyteriet diacones incontinenti animadvertantur” -- Cipriano, Epist. lxxx, 1). Esta orden imperial se ejecutó inmediatamente en Roma. El 6 de agosto, el Papa Sixto II fue capturado en una catacumba y ejecutado de inmediato (“Xistum in cimiterio animadversum sciatis VIII id. Augusti et cum eo diacones quattuor”. Cipriano, ep. lxxx, 1). Otros dos diáconos, Felicísimo y Agapito, fueron ejecutados el mismo día.

Mensaje de santidad.

Dos contemporáneos de este Papa, San Ambrosio de Milán y el poeta Prudencio, dieron detalles concretos sobre la muerte de San Lorenzo. Ambrosio relata (De officiis min. Xxviii) cuando se le preguntó a San Lorenzo por los tesoros de la Iglesia, este, hizo comparecer a los pobres entre los que, en lugar de darles limosna, había repartido el tesoro, o aunque también se puede interpretar que el pobre es el tesoro de la Iglesia, en cuanto que en él se hace misteriosamente presente Nuestro Señor Jesucristo, dándonos la oportunidad de auxiliarlo, obrando obras de misericordia corporales y espirituales, las cuales nos abren las puertas del Reino de los cielos. Ambrosio también relata que cuando se llevaban al Papa Sixto II para ejecutarlo, éste reconfortó a San Lorenzo que deseaba compartir su martirio, diciéndole que le seguiría en tres días. El santo Obispo de Milán también explica que San Lorenzo fue quemado hasta la muerte en una parrilla de hierro (De offic., xli). San Lorenzo, al negarse rotundamente a renegar de su fe en Cristo, fue por esta misma fe en Cristo que, tres días más tarde, sufrió el tormento del fuego, pues fue colocado sobre una parrilla, debajo de la cual sus verdugos encendieron una gran fogata, pero por la acción del Espíritu Santo, el instrumento de su tortura se convirtió en el distintivo de su triunfo, ya que, aun padeciendo horribles quemaduras, no experimentó dolor en ningún momento, ni tampoco el menor signo de desesperación o de abandono. Luego fue enterrado su cuerpo en el cementerio de Campo Verano, que desde entonces fue llamado con su nombre (258). Podemos decir, con toda razón, que San Lorenzo, al permanecer fiel a Jesucristo, confesándolo como Dios y Redentor, recibió el don de soportar sin dolor alguno el fuego material, terreno, que abrasó su cuerpo y lo carbonizó; pero en recompensa a su fidelidad a Cristo, San Lorenzo fue asistido por el Espíritu Santo, el Divino Amor, quien envolvió su alma en el Fuego Santo del Amor de la Trinidad, Fuego que no solo no provoca dolor, sino alegría, paz, gozo y dulzura del alma, al hacerla partícipe de la visión y de la vida de la Santísima Trinidad. Al recordar al santo diácono en su día, le pidamos la gracia de su intercesión, para también nosotros seamos envueltos en el mismo Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, que arde por la eternidad en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

 

jueves, 11 de junio de 2020

San Bernabé, Apóstol


         Cristo en la Cruz
         Vida de santidad[1].

La historia de San Bernabé se encuentra escrita en el libro de Los Hechos de los apóstoles, en las Sagradas Escrituras. Nació en la isla de Chipre y era judío, de la tribu de Leví. Vendió las fincas que tenía y luego llevó el dinero que obtuvo y se lo dio a los apóstoles para que lo repartieran a los pobres. Un mérito formidable de San Bernabé es el haber descubierto a Saulo –quien posteriormente se llamaría San Pablo- y cuando después de su conversión Saulo llegó a Jerusalén, lo presentó a los apóstoles y se los recomendó. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, se hace de Bernabé unos elogios que es difícil encontrarlos respecto de otros personajes. Dice así: “Bernabé era un hombre bueno, lleno de fe y de Espíritu Santo” (Hech 11, 24).
Sucedió que en Antioquía se produjo la conversión al cristianismo de un gran número de paganos; al enterarse, Bernabé fue enviado allí y se quedó por un buen tiempo instruyéndolos aún más en la fe en Jesucristo. En aquella ciudad fue donde por primera vez se llamó “cristianos” a los seguidores de Cristo. Bernabé y Saulo, desde entonces, hicieron apostolado juntos, predicando en Antioquía, ciudad que se convirtió en un gran centro de evangelización. Un día mientras los cristianos de Antioquía estaban en oración, el Espíritu Santo habló por medio de algunos de ellos que eran profetas y dijo: “Separen a Bernabé y Saulo, que los tengo destinados a una misión especial”. Los cristianos rezaron por ellos, les impusieron las manos, y los dos, acompañados de Marcos, después de orar y ayunar, partieron para Chipre, la isla donde había nacido San Bernabé, en donde encontraron muy buena aceptación a su predicación, y lograron convertir al cristianismo nada menos que al mismo gobernador, que se llamaba Sergio Pablo. En honor a esta notable conversión, Saulo se cambió su nombre por el de Pablo. Y Bernabé tuvo la gran alegría de que su tierra natal aceptara la religión de Jesucristo. Luego emprendieron su primer viaje misionero por las ciudades y naciones del Asia Menor. En la otra ciudad de Antioquía (de Pisidia) al ver que los judíos no querían atender su predicación, Bernabé y Pablo declararon que de ahora en adelante les predicarían a los paganos, a los no israelitas. En Iconio estuvieron a punto de ser apedreados por una revolución tramada por los judíos y tuvieron que salir huyendo, aunque dejaron una buena cantidad de convertidos y confirmaron sus enseñanzas con formidables señales y prodigios que Dios obraba por medio de estos dos santos apóstoles. En la ciudad de Listra, al llegar curaron milagrosamente a un paralítico y entonces la gente creyó que ellos eran dos dioses. A Bernabé por ser alto y majestuoso le decían que era el dios Zeus y a Pablo por la facilidad con la que hablaba lo llamaban el dios Mercurio. Y ya les iban a ofrecer un toro en sacrificio, cuando ellos les declararon que no eran tales dioses, sino unos simples mortales. Luego llegaron unos judíos de Iconio y promovieron un tumulto y apedrearon a Pablo y cuando lo creyeron muerto se fueron, pero él se levantó luego y curado instantáneamente entró otra vez en la ciudad. Después de todo esto Bernabé y Pablo regresaron a las ciudades por donde habían estado evangelizando, recordándoles a los nuevos cristianos que “es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hech 14, 22).
Al llegar a Antioquía se encontraron con que los cristianos estaban divididos en dos partidos: unos (dirigidos por los antiguos judíos) decían que para salvarse había que circuncidarse y cumplir todos los detalles de las leyes de Moisés. Otros decían que no, que basta cumplir las leyes principales. Bernabé y Pablo se pusieron del lado de los que decían que no había que circuncidarse, y como la discusión se ponía acalorada, los de Antioquía enviaron a Jerusalén una embajada para que consultara con los apóstoles. La embajada estaba presidida por Bernabé y Pablo. Los apóstoles reunieron un concilio y le dieron la razón a Bernabé y Pablo. Volvieron a Antioquía y dispusieron organizar un segundo viaje misionero, pero se separaron y Bernabé se fue a terminar de evangelizar en su isla de Chipre y San Pablo se fue a su segundo viaje. Más tarde se encontraron otra vez misionando en Corinto (1 Cor 9, 6).

Mensaje de santidad.

Un primer mensaje de santidad, en la vida de San Bernabé Apóstol, nos lo da la misma Sagrada Escritura, cuando dice de Bernabé que era “un hombre lleno de fe y de Espíritu Santo”. Este elogio que recibe Bernabé es, podemos decir, todo lo que un hombre necesita ser y tener en esta vida terrena, pues la fe, que es un don del Espíritu Santo, prepara para la eternidad, mientras que la posesión del Espíritu Santo –Bernabé estaba “lleno del Espíritu Santo”-, además de concederle grandes dones y gracias, al colmar su alma con la Presencia del Espíritu de Dios en esta vida terrena, hace que el alma viva ya con anticipación lo que será la vida eterna, esto es, la contemplación, en el Amor de Dios, el Espíritu Santo, de la Santísima Trinidad, de las Tres Divinas Personas. Ahora bien, el tener fe y el estar “lleno del Espíritu Santo” no es algo que dependa de nosotros ni está al alcance de nuestras fuerzas, sino que todo se trata de don y gracia de Dios, por lo que, si queremos imitar a San Bernabé, tenemos que postrarnos en adoración al Espíritu Santo y pedirle que purifique nuestras almas con la gracia y que, aunque somos indignos, inhabite en nuestros corazones, como anticipo de la visión bienaventurada en la gloria de la que habremos de gozar, por la Misericordia de Dios, en el Reino de los cielos.

sábado, 30 de mayo de 2020

El significado del Sagrado Corazón y sus elementos



          Al aparecerse a Santa Margarita de Alacquoque como el Sagrado Corazón, Jesús le muestra su Corazón, al que lleva en una mano. Según lo describe la santa, el Corazón de Jesús era transparente como el cristal, estaba rodeado por una corona de espinas, en su ápice se veía una cruz y estaba envuelto en llamas de fuego.
          ¿Qué significado tienen cada uno de estos elementos?
          La transparencia del Corazón de Jesús significa la transparencia, en el sentido de ausencia de sombras, del Ser divino trinitario. En efecto, Dios Uno y Trino es la Verdad Absoluta, el Bien Supremo y la Misericordia en sí misma; en Él no hay sombra alguna de falsedad, mentira, engaño o corrupción. Es esto lo que significa la transparencia, entonces: la santidad de la Trinidad, que inhabita en el Corazón de Jesús.
          La corona de espinas que rodea al Corazón de Jesús y que le provoca un intenso dolor -misteriosamente, Jesús está resucitado y glorioso y no experimenta ya dolor, pero este dolor es de tipo moral-, representan los pecados de los hombres, nuestros pecados, que se materializan en las espinas de la corona y le provocan un acerbo dolor en ambas fases del latido del Corazón: en la fase de expansión, porque las espinas se incrustan en él; en la fase de contracción, porque las espinas desgarran el músculo cardíaco, provocando también dolor. Es para significar el dolor moral que experimenta Jesús ante nuestros pecados y que los pecados no pasan desapercibidos para Dios, sino que son causa de un profundo dolor moral (como el de una madre que ve cómo su hijo se dirige por el mal camino).
          La cruz en el ápice del Corazón de Jesús significa que, si queremos alcanzar el fruto exquisito de la salvación, que es el Corazón de Jesús, debemos subir al Árbol de la Vida, la Santa Cruz de Jesús, así como quien desea alcanzar un fruto exquisito de un árbol, debe subirse al árbol para conseguirlo. No hay otra manera de llegar al Corazón de Jesús que no sea por medio de la Santa Cruz.
          Por último, las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón, simbolizan al Espíritu Santo, llamado también “Fuego del Amor Divino”. El Espíritu Santo se simboliza con una paloma y también con llamas de fuego -así es como se manifiesta en Pentecostés- y es este Fuego del Divino Amor el que inhabita y envuelve al Corazón de Jesús y es el Amor que el Corazón de Jesús, contenido en la Eucaristía, comunica al alma cuando ésta lo recibe por la comunión sacramental en estado de gracia, con fe, piedad y amor.       

viernes, 1 de mayo de 2020

San José, modelo de santidad para todo esposo, padre e hijo


Catholic.net - La Sagrada Familia

          Desde su más pequeña infancia, durante su juventud y en su edad adulta, San José se caracterizó por la diversidad de dones, virtudes y gracias que poseía: humilde, viril, puro, piadoso, devoto, ferviente y casto. La razón es que había sido elegido, desde su nacimiento, para ser el Padre Adoptivo de Dios Hijo en la tierra, además de ser el Esposo meramente legal de la Madre de Dios. Ambas funciones no las podía desempeñar cualquier hombre, ni siquiera un hombre sabio o prudente, sino que debía ser un hombre santo y el más santo entre todos y éste, por la gracia de Dios, era San José. Desde muy pequeño, la gracia de Dios asistió a San José para que no solo no cayera en el pecado, sino para que fuera uno de los santos más grandes entre todos los santos. A Él le confió Dios Padre los dos tesoros que más amaba: a su Hijo Jesús y a la Virgen María, su Madre. Dios Padre no podía ni quería encargar a nadie que no tuviera las cualidades, dones y virtudes que tenía San José, para que lo reemplazara en el papel de Padre en la tierra: Él era el Padre de Jesús en la eternidad, puesto que Jesús es Dios e inhabita en el seno del Padre desde la eternidad, pero al encarnarse, necesitaba de un padre terreno, adoptivo, y ése no podía ser otro que San José. A su vez, Dios Espíritu Santo, Esposo celestial de María Santísima, no podía encargar a otro que no fuera San José, el desempeñar el rol de esposo meramente legal de su virginal esposa, la Madre de Dios.
          Por estas razones, San José es modelo inigualable de hijo, de padre y de esposo: de hijo, porque cumplió a la perfección el rol que le asignó Dios Padre; de padre, porque cumplió ejemplarmente el papel de Padre adoptivo de Jesús, también encomendado por Dios Padre; por último, desempeñó a la perfección el rol de Esposo meramente legal de María Santísima, pues siempre la amó con amor de hermano, a la Virgen María. Por todo esto, San José es modelo inigualable de santidad para todo hijo, esposo y padre terrenos, que deseen alcanzar el Reino de los cielos.

lunes, 11 de febrero de 2019

Las palabras de San José Sánchez del Río a su madre antes de morir



          ¿Por qué la Iglesia atesora las palabras de los mártires y las expone con tanta reverencia? Por lo que Jesús dijo en el Evangelio: “Cuando os persigan y encarcelen, no os preocupéis por lo que vayáis a decir, porque no sois vos los que habláis, sino que el Espíritu Santo hablará por vosotros” (Mt 10, 19; Mc 13, 11). En esta frase de Jesús está la razón del porqué de la pregunta inicial: porque en el mártir, en aquel que da su vida por Jesucristo, inhabita el Espíritu Santo y, por lo tanto, se pueden decir que las palabras de los mártires son inspiradas por Dios o, más precisos, dichas por Dios Espíritu Santo en persona. En un sentido lato, se pueden decir que son “Palabra de Dios”.
          Por esta razón, analizaremos brevemente la Carta escrita por el mártir San José Sánchez del Río antes de ser ejecutado por la masonería mexicana. Debemos tener en cuenta que Sánchez del Río, al ser ejecutado, contaba con apenas catorce años y al momento de escribir la Carta, ya había recibido la sentencia de muerte. Esto resalta más su valor, porque en la Carta se refleja una serenidad sobrenatural frente al hecho cierto de estar a punto de ser asesinado.
          La Carta en cuestión, fechada en Cotija, el 6 de febrero de 1928, dice así: “Mi querida mamá: Fui hecho prisionero en combate en este día. Creo que en los momentos actuales voy a morir, pero no importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios. No te preocupes por mi muerte, que es lo que me mortifica; antes diles a mis hermanos que sigan el ejemplo que les dejó su hermano el más chico. Y tú haz la voluntad de Dios, ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre. Salúdame a todos por última vez y tú recibe el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba. José Sánchez del Río”.
          “Mi querida mamá: Fui hecho prisionero en combate en este día”: comienza con una muestra de amor a su madre, llamándola “querida mamá”, lo cual podría no ser necesariamente una muestra de martirio, pero sí de serenidad sobrenatural, puesto que ya sabía que había sido condenado a muerte. Además, muestra cómo en los mártires se cumplen a la perfección los Mandamientos de la Ley de Dios; en este caso, el Cuarto Mandamiento, que manda “honrar padre y madre”. No olvida a su querida madre –y a su padre-, ni siquiera ante la perspectiva de morir asesinado. Luego, especifica que “fue hecho prisionero en combate”. El “combate” al que se refiere es el combate librado entre las fuerzas cristeras y el Ejército mexicano infiltrado por la Masonería, pero es también “el buen combate” de la fe, el combate que se libra desde la recitación del Credo en la Santa Misa, hasta dar la vida en testimonio de Jesucristo en el campo físico de la batalla terrena, como en el caso de San José Sánchez del Río.
“Creo que en los momentos actuales voy a morir, pero no importa, mamá”: con sus catorce años y con una condena a muerte sobre sí, el santo demuestra una serenidad y una paz admirables, sobrenaturales: “no importa; voy a morir, pero no importa” y esto no porque no valore la vida terrena: por el contrario, sabe que esta vida vale y vale tanto más, cuanto más se la entregue a Jesucristo y él está a punto de ofrendársela toda entera. San José Sánchez del Río sabe que, muriendo por Cristo, gana el Cielo y es por eso que “no le importa” morir. Lejos de banalizar la muerte –como ocurre en el mundo de hoy, agnóstico y materialista-, la valora en su justo precio, que es la adquisición del Reino de los Cielos: él entregará su vida a Jesucristo y Él le dará a cambio la vida eterna, por eso “no le importa” morir.
“Resígnate a la voluntad de Dios”: la madre debe resignarse a la Voluntad de Dios, que es que su hijo gane la vida eterna. Entregando su vida por Cristo, la madre de San José no perderá a su hijo, sino que lo conservará para la vida eterna. Si Dios permite que su hijo sufra un mal, como lo es la muerte terrena, es para que gane un bien infinito, la vida eterna. Es voluntad de Dios premiar a su hijo con el Reino de los Cielos y ya ha llegado la hora, pues ya ha demostrado con suficiencia cuánto ama San José Sánchez del Río a Jesucristo.
“No te preocupes por mi muerte, que es lo que me mortifica; antes diles a mis hermanos que sigan el ejemplo que les dejó su hermano el más chico”: una nueva muestra de serenidad sobrenatural: no le preocupa morir él, sino que su madre se apene por su muerte y por eso le pide que no se preocupe: él está a punto de ganar la corona más preciada, la corona de la gloria del martirio. Luego le pide a su madre que le diga a sus hermanos que ellos sigan “el ejemplo del más chico”: en esto recuerda la escena de los Macabeos, en los que la madre entrega a los hijos al martirio, antes de permitir que éstos apostaten del Verdadero Dios; en este caso, San José es como uno de los Macabeos e insta a su madre a que sea como la madre de los Macabeos, en el sentido de entregarlos también al martirio.
“Y tú haz la voluntad de Dios, ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre”: nuevamente le pide que cumpla la voluntad de Dios que es, en este caso, que ella –junto a su padre- lo bendiga, porque está entregando su vida a Dios. Hoy en día, los padres no bendicen a sus hijos y los entregan a Moloch –aborto-, a Baal –consagración a Satanás por la vida materialista y atea-, a Asmodeo –el demonio de la impureza-.
“Salúdame a todos por última vez y tú recibe el corazón de tu hijo que tanto te quiere y verte antes de morir deseaba”: expresa un deseo humano, el ver a su madre antes de morir, una crueldad más entre las tantas ejercidas por la masonería –entre otras cosas, despellajaron las plantas de sus pies y lo obligaron a caminar así, en medio de enormes dolores, hasta el lugar de su ejecución-. Ya no la verá en la tierra, pero él sabe que la verá desde el Cielo. Pide que los salude a todos sus seres queridos y le da lo último que le quedaba, su corazón de hijo, que ya había sido entregado a Jesucristo, por manos de María: “y tú recibe el corazón de tu hijo que tanto te quiere”. Le da su corazón, que en instantes dejará de latir en la tierra con vida humana, pero inmediatamente comenzará a latir, para ya no detenerse jamás, lleno del Amor, de la gloria de Dios y de la vida de Dios, en el Reino de los Cielos.
Que San José Sánchez del Río, joven mártir mexicano, sea el ejemplo de los niños y jóvenes de hoy, inmersos en un mundo de “tinieblas y sombras de muerte”, para que no sean dominados por estas tinieblas, sino que más bien sean iluminados por la Luz Eterna, Jesucristo.



miércoles, 31 de mayo de 2017

Las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón


         En las apariciones del Sagrado Corazón, Jesús le muestra a Santa Margarita su Corazón, el cual, además de estar rodeado de espinas, tener una cruz en la base y estar traspasado, está envuelto en llamas de fuego.
         ¿Qué significan estas llamas de fuego? Ante todo, es un fuego que arde pero no consume, lo cual hace recordar al episodio de la zarza ardiente (cfr. Éx 3, 2), en donde el fuego también arde, pero no reduce a la zarza a cenizas, sino que está en ella, sin dañarla. Podemos decir entonces que la zarza ardiente es como una prefiguración del Corazón de Jesús, envuelto en llamas. Pero todavía no hemos respondido la pregunta: ¿qué significan estas llamas de fuego? Significan al Espíritu Santo, pero el Espíritu Santo no está en el Corazón de Jesús como algo añadido, sino como algo que le pertenece intrínseca y esencialmente. Es decir, el Espíritu Santo, el Fuego del Divino Amor, no está en el corazón de Jesús como algo agregado, como lo puede estar en los corazones de los santos y de los ángeles: puesto que Jesús es Dios Hijo, Él espira el Espíritu Santo, con el Padre, desde la eternidad, de manera que al encarnarse, el Espíritu Santo es soplado por Él y por el Padre en su Cuerpo –constituido por una célula llamada “cigoto”, cuyos genes paternos han sido creados al momento de la Encarnación y no donados por hombre alguno-, lo cual constituye la unción que Jesús recibe en el momento de la Encarnación en su Cuerpo. Dicho de otro modo, en el momento mismo de encarnarse, el Cuerpo de Jesús es ungido por el Espíritu Santo, porque Él lo infunde con el Padre y por eso se constituye en el Mesías, el Ungido por el Espíritu de Dios. Y ese mismo Espíritu es el que, al formarse ya el Corazón de Jesús en el seno virgen de María, arde en el fuego del Amor de Dios, porque el Amor de Dios, el Espíritu Santo, está en Él, en su Cuerpo humano, desde la Encarnación, porque Él es el Dador del Espíritu junto al Padre desde la eternidad.
         Esto es entonces lo que significan las llamas del Sagrado Corazón: es el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo que el Padre dona al Hijo y el Hijo al Padre, desde toda la eternidad.

Ahora bien, en la Eucaristía está el mismo Corazón ardiente de Jesús, que arde como una brasa incandescente por la acción del Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo. Así como el fuego penetra el carbón a tal punto de convertirlo en parte de sí mismo, puesto que el carbón y el fuego se convierten en una misma cosa, al ser el carbón, por la acción del fuego, una brasa incandescente, así también el Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en las llamas del Divino Amor, es una sola cosa con este Divino Amor, de manera que el Amor de Dios, el Espíritu Santo, es inseparable del Corazón de Jesús. Por esta razón, quien comulga la Eucaristía, comulga al Corazón de Jesús envuelto en el Fuego del Amor de Dios, el Espíritu Santo, y el deseo de Jesús es que estas llamas que envuelven su Sagrado Corazón, enciendan en el Amor de Dios a los corazones de los que comulgan, según sus palabras: “He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo quisiera verlo ya ardiendo!” (Lc 12, 49).

lunes, 26 de diciembre de 2016

San Esteban, protomártir


         Vida de santidad.
Teniendo en cuenta que las palabras de los mártires son inspiradas por el Espíritu Santo, es conveniente recordar lo dicho por San Esteban, diácono y protomártir, según lo relatan las Sagradas Escrituras en Hechos 7, 51-54, a quienes serían sus verdugos. En su discurso, San Esteban demostró que Abraham había dado testimonio de Dios y había recibido de Él grandes prodigios y favores; que a Moisés se le mandó hacer un tabernáculo, pero que también se le vaticinó una nueva ley y el advenimiento de un Mesías; afirmó que tanto el Templo como las leyes de Moisés eran temporales y transitorias y debían ceder el lugar a otras instituciones mejores, establecidas por Dios mismo al enviar al mundo al Mesías[1].
         Luego San Esteban les reprocha que “resisten al Espíritu Santo” y que ellos, como sus padres, que asesinaron a los profetas, así también ellos “asesinaron al Justo”: “¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como vuestros padres, así vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquel a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado; vosotros que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis guardado”. El “Justo” al que “asesinaron”, no es otro que Cristo Jesús, el Mesías, el Salvador, el Cordero de Dios Inmaculado, que fue acusado injustamente e injustamente condenado a muerte en la Cruz, por lo que se hacen culpables de deicidio, al haber asesinado a Dios Encarnado.
         Estas palabras de Esteban a los fariseos, le vale la condena a muerte, tal como se relata en la Escritura[2], siendo en ese momento en que San Esteban tiene la visión del cielo, adonde irá inmediatamente después de morir: “Al oír esto, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él. Pero él (Esteban), lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios”. Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una sobre él; le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y diciendo esto, se durmió”.
Mensaje de santidad.
San Esteban se enfrenta y acusa a quienes fueron los autores intelectuales de la crucifixión de Jesús –y que son quienes le darán muerte a él también-, pero lo que tenemos que considerar es que no son sólo los fariseos, escribas y maestros de la Ley los que “asesinaron al Justo”, condenándolo a muerte infame de Cruz: también nosotros, los cristianos, cada vez que cometemos un pecado, lo crucificamos y le damos muerte, porque elegimos la iniquidad y la malicia del pecado, antes que la justicia y la bondad de la gracia santificante. Otro mensaje de santidad es la asistencia del Espíritu Santo al alma del mártir, que configura al mártir con el Rey de los mártires, Jesucristo: en efecto, San Esteban, al momento de morir –curiosamente, la Escritura dice: “dormir”-, repite dos de las palabras de Jesús en la Cruz: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”, que equivale a las palabras de Jesús: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46), y luego perdona a sus verdugos: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”, equivalente a la expresión de Jesús: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). San Esteban, mártir, imita, porque es hecho partícipe, por el Espíritu Santo, al Rey de los mártires, Jesucristo.
El otro mensaje de santidad que San Esteban nos deja es que el Credo que profesamos, y el que tantas veces repetimos tal vez un poco mecánicamente, comporta la decisión de dar la vida, literalmente hablando, por la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, y en Quien decimos creer. Y esta decisión se prolonga a la fe en la Eucaristía, puesto que la Eucaristía es el mismo Cristo Jesús que, encarnado en el seno de María, prolonga su Encarnación en el seno virgen la Iglesia, el altar eucarístico, por el poder del Espíritu Santo.

viernes, 15 de julio de 2016

San Buenaventura y el conocimiento de Dios que da el Espíritu Santo


         San Buenaventura nos da la clave para llegar a Dios, y es Cristo, el “misterio oculto desde los siglos”: “Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo, él, que es el propiciatorio colocado sobre el arca de Dios y el misterio oculto desde los siglos”[1]. Cristo crucificado es, dice San Buenaventura, nuestra Pascua, y quien lo contempla con fe y con amor, realiza en Él la Pascua, es decir, el paso, desde el desierto de esta vida, al paraíso, al tiempo que, al igual que el Pueblo Elegido se alimentó del maná, el alma que contempla a Cristo se alimenta de Él, de su Cuerpo y su Sangre, que es “el maná escondido”. Dice así San Buenaventura: “El que mira plenamente de cara este propiciatorio y lo contempla suspendido en la cruz, con fe, con esperanza y caridad, con devoción, admiración, alegría, reconocimiento, alabanza y júbilo, este tal realiza con él la pascua, esto es, el paso, ya que, sirviéndose del bastón de la cruz, atraviesa el mar Rojo, sale de Egipto y penetra en el desierto, donde saborea el maná escondido, y descansa con Cristo en el sepulcro, como muerto en lo exterior, pero sintiendo, en cuanto es posible en el presente estado de viadores, lo que dijo Cristo al ladrón que estaba crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el paraíso”[2].
Quien esto hace, es decir, quien contempla a Cristo crucificado, cumple la Pascua, el paso de esta vida a la eterna, aún en esta vida, pero para que el paso sea perfecto, es necesario dejar de lado la actividad del intelecto, de manera que sea el Espíritu Santo en Persona quien infunda los misterios supraracionales del Verbo de Dios encarnado: “Para que este paso sea perfecto, hay que abandonar toda especulación de orden intelectual y concentrar en Dios la totalidad de nuestras aspiraciones. Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo, que Cristo envió a la tierra. Por esto dice el Apóstol que esta sabiduría misteriosa es revelada por el Espíritu Santo”[3].
La contemplación de Cristo y el consiguiente paso de esta vida a la otra, no es obra humana, sino de la gracia: “Si quieres saber cómo se realizan estas cosas, pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estudio y la lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos”[4].
La contemplación de Cristo no solo ilumina el intelecto para que así pueda realizar la Pascua –esto es, el paso de este mundo al Padre-, sino que enciende el alma en el Amor de Dios por obra del Espíritu Santo, y para esto es necesario desear morir a nosotros mismos: “Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ardentísima pasión, fervor que sólo puede comprender el que es capaz de decir: Preferiría morir asfixiado, preferiría la muerte. El que de tal modo ama la muerte puede ver a Dios, ya que está fuera de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie puede ver mi rostro y seguir viviendo. Muramos, pues, y entremos en la oscuridad, impongamos silencio a nuestras preocupaciones, deseos e imaginaciones; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre”[5].
Una vez contemplado el Padre, por medio de Cristo y por obra del Espíritu Santo, habremos llegado a nuestra Jerusalén, es decir, habremos encontrado lo que deseaba nuestra alma: “Y así, una vez que nos haya mostrado al Padre, podremos decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos aquellas palabras dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con David, diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi herencia eterna”[6].



[1] Opúsculo Sobre el itinerario de la mente hacia Dios, Cap. 7, 1. 2. 4. 6: Opera omnia 5, 312-313.

[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.

jueves, 9 de junio de 2016

San Efrén de Siria, Diácono y Doctor de la Iglesia


Diácono y Doctor de la Iglesia[1], llamado “el Arpa del Espíritu Santo”, a pesar de no contar con grandes estudios, poseía un conocimiento sobrenatural de los misterios de la fe. Atraído desde joven por la Verdad Encarnada, Jesucristo, se decidió a combatir las falsas doctrinas gnósticas que surgían por todas partes y que se introducían, como una hiedra venenosa, en el corazón mismo de la Iglesia. Con sus composiciones e himnos, no solo logró combatir y erradicar el error gnóstico de la liturgia, sino que la enriqueció con la descripción del sublime misterio del Hombre-Dios Jesucristo. Precisamente, el error gnóstico consiste en el rebajar el misterio de la Segunda Persona de la Trinidad, encarnada en la Humanidad de Jesús de Nazareth, al nivel de lo que puede la limitada razón humana comprender.
San Efrén, iluminado por el Espíritu Santo, contempló el misterio de Dios Trino y la Encarnación de la Persona del Verbo en Jesús de Nazareth, y volcó esta contemplación en innumerables escritos, en himnos y composiciones litúrgicas. Valga como ejemplo de lo que decimos, el siguiente comentario que San Efrén hiciera acerca del aposento donde tuvo lugar la Ultima Cena: “¡Oh tú, lugar bendito, estrecho aposento en el que cupo el mundo! Lo que tú contuviste, no obstante estar cercado por límites estrechos, llegó a colmar el universo. ¡Bendito sea el mísero lugar en que con mano santa el pan fue roto! ¡Dentro de ti, las uvas que maduraron en la viña de María, fueron exprimidas en el cáliz de la salvación! ¡Oh, lugar santo! Ningún hombre ha visto ni verá jamás las cosas que tú viste. En ti, el Señor se hizo verdadero altar, sacerdote, pan y cáliz de salvación. Sólo Él bastaba para todo y, sin embargo, nadie era bastante para Él. Altar y cordero fue, víctima y sacrificador, sacerdote y alimento...”.
¿Qué es lo que veía San Efrén en el Cenáculo de la Última Cena?
Decía así: “¡Oh tú, lugar bendito, estrecho aposento en el que cupo el mundo! Lo que tú contuviste, no obstante estar cercado por límites estrechos, llegó a colmar el universo”. El Cenáculo es “lugar bendito”, porque “lo que él contuvo –-, llegó a colmar el universo”. Pero nosotros podríamos agregar que el Cenáculo es bendito porque contuvo a Aquel que, donándose a sí mismo con su Ser divino trinitario en los estrechos límites de la apariencia de pan, es más grande que los universos y que los cielos eternos, porque ése es Cristo Jesús, el Hombre-Dios, Dios Creador del universo, Redentor de los hombres y Santificador de la Iglesia.
San Efrén ve en el cáliz de la Última Cena no un poco de vino, sino el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, el fruto santo de la Vid Verdadera, Cristo Jesús, exprimido en la vendimia de la Pasión: “¡Dentro de ti, las uvas que maduraron en la viña de María, fueron exprimidas en el cáliz de la salvación!”. Para San Efrén, Jesús es la Vid celestial que, plantada en la tierra fértil, el seno virgen de María Santísima, al ser exprimido y triturado en la Pasión, dio como fruto un Vino exquisito, la Sangre del Cordero de Dios que, brotando de su Corazón traspasado, se derrama en el Cáliz del altar eucarístico, para luego ser derramado sobre las almas y los corazones de los que aman a Dios con un Amor puro y santo.
Por último, dice San Efrén del Cenáculo de la Última Cena: “En ti, el Señor se hizo verdadero altar, sacerdote, pan y cáliz de salvación. Sólo Él bastaba para todo y, sin embargo, nadie era bastante para Él. Altar y cordero fue, víctima y sacrificador, sacerdote y alimento...”. Es decir, el Cenáculo es un “lugar bendito” porque en él tuvo lugar el Prodigio de los prodigios, el Milagro de los milagros, la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor; en el Cenáculo fue inmolado, por el Sacerdote Sumo y Eterno, el Hijo de Dios humanado, la Víctima Pura y Santa, el Cordero de Dios como Víctima, en el Altar tres veces santo de su Humanidad beatísima.
San Efrén no ve lo que vería una mente racional y gnóstica, alejada del misterio del Hombre-Dios; no ve solo un aposento en el que un líder religioso, fundador de una nueva religión, cena por última vez con sus discípulos, antes de ser entregado a sus enemigos para morir crucificado. San Efrén ve el misterio de la Última Cena, ve en ese Cenáculo, al interior del Sagrado Corazón de Jesús; San Efrén ve en el Cenáculo no sólo la Última Cena, sino la Primera Misa y el Misterio del Santo Sacrificio del Calvario anticipado sacramentalmente. San Efrén no era gnóstico, sino santo.



[1] Cfr. http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160609&id=12088&fd=0

jueves, 11 de junio de 2015

San Bernabé Apóstol


De origen judío, el Apóstol San Bernabé se caracteriza, además de por ser el gran acompañante de los viajes misioneros de San Pablo, por su relación con el Espíritu Santo: es el Espíritu Santo en Persona quien lo elige, junto a San Pablo, para la misión a los paganos: dice la Escritura que, estando los cristianos de Antioquía en oración, fue el Espíritu Santo en Persona quien habló por medio de algunos de estos cristianos, que eran profetas, y dijo: “Separen a Bernabé y Saulo, que los tengo destinados a una misión especial”. Siguiendo las indicaciones del Espíritu Santo, los cristianos rezaron por ellos, les impusieron las manos, y los dos, después de orar y ayunar, partieron para su primer viaje misionero por las ciudades y naciones del Asia Menor[1]. En otro lugar, se destaca de él que estaba “lleno del Espíritu Santo”, lo cual es un elogio difícil de encontrar para cualquier otro personaje en la Biblia. Con respecto a la inhabitación del Espíritu Santo en San Bernabé, dice así la Sagrada Escritura: “Bernabé era un hombre bueno, lleno de fe y de Espíritu Santo” (Hch 11, 24)[2].
De la vida de santidad de San Bernabé podemos destacar dos enseñanzas: una, en ocasión de un milagro sucedido en la ciudad de Listra, en donde al llegar, él y San Pablo curaron milagrosamente a un paralítico. El sorprendente prodigio, sumado al hecho de que los habitantes de la ciudad eran paganos, los condujo a estos a confundirlos con los dioses paganos Zeus y Mercurio y a ofrecerles un toro en sacrificio, a lo cual se negaron rotundamente. En la actualidad, sucede lo mismo con numerosos cristianos que, ignorantes de su fe, cuando reciben un verdadero milagro, del orden que sea, en vez de atribuirlo a Jesucristo -o a la intercesión de la Virgen, o a los santos que están en el cielo-, debido a que estos cristianos han caído en el neo-paganismo, cometen el mismo error que los paganos de la ciudad de Listra, que confundieron a San Pablo y a San Bernabé con Zeus y Mercurio, y es así como atribuyen los milagros –cuando son verdaderos- a los ídolos demoníacos como el Gauchito Gil, la Difunta Correa o San La Muerte. San Pablo y San Bernabé obran un milagro porque están inhabitados por el Espíritu Santo; la enseñanza que nos deja este episodio de la vida de San Bernabé es que atribuir la bondad del milagro del Espíritu Santo a dioses paganos, como los ciudadanos de Listra, o a ídolos neo-paganos, como hacen muchos cristianos paganizados de nuestros días –sea por ignorancia o por malicia-, es cometer una afrenta al Espíritu Santo.
La otra enseñanza que nos deja San Bernabé, es el consejo que él y San Pablo dan a los cristianos de las ciudades por las que ya habían estado evangelizando: “es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hch 14, 22). Es decir, San Pablo y San Bernabé nos recuerdan que al Reino de Dios no se llega por otro camino que no sea por el Camino de la Cruz, que es el camino en donde abundan las tribulaciones. Si estas faltan, es señal de que no nos estamos dirigiendo al cielo.
En el día en el que conmemoramos a San Bernabé, le pidamos que interceda para que, como él, apreciemos el valor inestimable de la gracia que, como a él, “nos llena del Espíritu Santo”, convierte al cuerpo en “templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19), al alma en santuario de la Trinidad y al corazón en altar de la Jesús Eucaristía y, aunque con toda seguridad, no haremos milagros prodigiosos como los que hizo él en compañía con San Pablo, si vivimos en gracia, no nos hará falta nada, porque quien vive en gracia, tiene a Dios y, como dice Santa Teresa, “quien a Dios tiene nada le falta”, porque tiene al Amor y el Amor, que “es Dios” (1 Jn 4, 8), lo es Todo.





[1] http://www.ewtn.com/spanish/Saints/Bernab%C3%A9_6_11.htm 
[2] Cfr. ibidem.

martes, 12 de mayo de 2015

Edel Quinn y su santificación en la Legión de María


Edel Quinn, uno de los primeros miembros de la Legión de María, fue enviada en 1936 desde Dublín para establecer la Legión en el Este y el Centro de África[1]. Desde un primer momento, las dificultades que se presentaron fueron enormes, pero ella respondió a cada dificultad con fe y coraje inquebrantables. Cuando otros vacilaban, su respuesta invariable era: “¿Por qué no podemos confiar en Nuestra Señora?” o “Nuestra Señora se hará cargo de todas las cosas”. Por casi ocho años, con su salud deteriorándose constantemente, Edel trabajó en los extensos territorios que le habían sido asignados. Como resultado de su labor apostólica, se establecieron de manera permanente cientos de præsidia de la Legión y muchos consejos superiores; de esa manera,  su trabajo misionero sirvió de efecto multiplicador para la difusión del Evangelio por medio de la Legión de María, con lo cual fueron evangelizados miles de almas en el continente africano.
Una anécdota refleja la gran confianza que Edel Quinn tenía en la Virgen: “Un día de 1937 un sacerdote alemán llevaba a una joven a una reunión de la Legión de María, alejándose algunos kilómetros de su misión en África.  Llegaron a un río tan crecido que el puente que lo atravesaba ni siquiera se alcanzaba a ver.  Él estaba a punto de dar marcha atrás cuando la joven le dijo: “Padre, por favor, siga adelante, estoy segura que Nuestra Señora nos va a proteger”. El padre decidió hacerle caso, y unos hombres se sujetaron en una cadena humana para verificar que el puente aún seguía allí. Efectivamente seguía allí, así que él condujo a ciegas.  El agua inundó el motor y lo apagó, pero el impulso permitió llevar el vehículo hasta el otro lado. Una vez en la otra orilla, secó los contactos y arrancó el motor. El vehículo volvió a funcionar y llegaron a tiempo a la reunión.  La joven era Edel Quinn y el incidente era uno más entre tantos de su historia de santidad.
¿Cuál era la fuente de la energía que animaba a Edel? ¿Cuál era el Motor que movía su alma? ¿Qué sostenía a Edel en un ambiente como el africano, tan diferente a su Irlanda natal? ¿Qué era lo que la llevaba a querer comunicar el Evangelio a lugares tan lejanos y a culturas tan diferentes? ¿De dónde obtenía Edel la energía para tanta actividad apostólica?
         La respuesta está en que la fuente de toda la actividad de Edel radicaba no en sus propias fuerzas, sino en su profunda unión en el Amor con Dios, unión que se cimentaba, a su vez, en dos pilares fundamentales del legionario: la Eucaristía y el Santo Rosario. Tal como afirman sus biógrafos y quienes la conocieron, “la Eucaristía fue el centro de su vida”[2], y así lo expresaba continuamente: “Qué desolada sería la vida sin la Eucaristía”, escribió. Devoción a la Eucaristía significa amor al Sagrado Corazón de Jesús, que está Presente, vivo, latiendo, glorioso y resucitado, en la Eucaristía y es de ahí, del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, de donde Edel Quinn tomaba, más que las fuerzas, el Amor Divino más que necesario, para cumplir su misión de legionaria. Pero quien ama al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, lo hace no por sí mismo, sino porque es la Madre del Sagrado Corazón, la Virgen, quien antes lo ha presentado ante su Hijo y lo hecho amarlo, porque nadie puede acercarse -y mucho menos amar- al Hijo, si no es llevado por la Madre. Es por eso que, además de la devoción y el amor a la Eucaristía, Eden Quinn tenía una gran devoción y amor a la Virgen, demostrada tanto en una “confianza filial”, como en una “generosidad absoluta”, según afirman los que la conocieron[3]. La “confianza filial”, la confianza de hija, la demostraba Edel rezando el Rosario todos los días, porque Rosario es el ramo de rosas espirituales que todo hijo de María le regala a su Madre del cielo en acción de gracias por su protección maternal y en reconocimiento por su protección maternal. Rezaba el Santo Rosario continuamente, de manera tal que “parecía tener siempre en su mano el Rosario de María”[4]. La “generosidad absoluta” hacia la Virgen, la demostraba Edel haciendo cualquier cosa, por ardua y dificultosa, al saber que era para la Virgen: Edel decía que “nunca se rehusaría a nada que ella pensara que necesitara Nuestra Señora”. Es decir, bastaba que Edel supiera que alguna obra era para la Virgen, para que ella no solo no pusiera reparos, sino que se pusiera inmediatamente en acción y con toda diligencia, para cumplirla con la mayor perfección posible.
         Su vida de santidad quedó plasmada en hechos y no solo en palabras o escritos. De acuerdo a los testimonios recogidos para su proceso de beatificación, lo que caracterizaba a Edel eran el amor, la alegría y la paz, tal como lo testimonió el Vicario General de la isla Mauricio: “Quiero hacer énfasis especial en su alegría constante; ella siempre estaba sonriente; nunca se quejó; siempre estaba a disposición de las personas, nunca escatimó su tiempo con ellos”[5]. Pero esto no porque fueran virtudes humanas, desarrolladas por ella: esto quiere decir que Edel estaba llena del Espíritu Santo –recordemos que ése es el fin de la Legión- y el Espíritu Santo es Amor, Alegría y Paz en sí mismo, entre otras infinitas virtudes-, y colma, no solo con sus virtudes a sus santos, sino con su Presencia Personal, con su inhabitación, porque el Espíritu Santo inhabita en quienes viven en gracia. Y ésa es la razón por la cual Edel –y todos los santos- irradiaba amor, alegría y paz: porque el Espíritu Santo inhabitaba en ella. Y, como dijimos, ése es el fin de la Legión: que, por medio de la Virgen, el alma sea inhabitada por el Espíritu Santo, para que el Espíritu obre a través del alma, “renovando la faz de la tierra” con su santidad.
         Edel Quinn vivió y cumplió a la perfección el espíritu de la Legión de María: se santificó consagrándose a la Virgen, se alimentó del Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, vivió inhabitada por el Espíritu Santo, quien se sirvió de ella como dócil instrumento para “renovar la faz de la tierra” y sirvió al prójimo, siendo un foco de amor, alegría y paz para los que la rodeaban. Por ese motivo, Edel Quinn es un luminoso ejemplo para todo legionario que busca la santificación en la Legión de María.




[1] http://legiondemariabogota.org.co/edel-quinn/
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.