San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
Mostrando las entradas con la etiqueta Santa Escolástica. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Santa Escolástica. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de febrero de 2022

Santa Escolástica, su último milagro y sus últimas palabras

 


 



Por lo general, cuando una persona fallece, se recuerdan de ella algunas anécdotas y algunos hechos particulares, como sus gustos, preferencias, hábitos y se recuerdan todavía más cuáles fueron sus últimos actos y sus últimas palabras.

En el caso de Santa Escolástica, hermana de San Benito de Nursia, sucede también lo mismo.

En su hagiografía se registran sus últimos actos y sus últimas palabras. Entre sus últimos actos, está el milagro que ella pidió a la Santísima Trinidad, que se desencadenase una tormenta para que ella pudiera pasar más tiempo con su hermano, para hablar de la vida eterna y del Reino de los cielos. Con toda seguridad Santa Escolástica sabía ya que estaba por partir de este mundo y por eso quería aprovechar hasta el último minuto en la tierra para estar con su hermano.

El otro hecho que se recuerda es la conversación que ella tuvo con San Benito: hablaron sólo del cielo y de la vida de paz, de alegría y de felicidad eterna que les esperaba al fin de esta vida terrena, si es que permanecían fieles hasta el fin al Cordero de Dios. evidentemente, esto es lo que hicieron, permanecer fieles, pues ambos viven ahora, por la eternidad, en el Reino de los cielos.

Ahora bien, probablemente no nos recuerden por los milagros -los milagros son gracias que Dios concede a quien Él elige-, pero al menos, procuremos obrar la misericordia, no para ser recordados por los hombres, que eso no importa, sino para ingresar en el Reino de Dios y vivir en él, por la eternidad, en compañía de Santa Escolástica y San Benito.

viernes, 10 de febrero de 2017

Santa Escolástica y la hermosura de la vida contemplativa


         La vida de Santa Escolástica, hermana gemela de San Benito abad, es un signo de contradicción para el mundo del siglo XXI en el que vivimos, caracterizado por el materialismo, el relativismo, el hedonismo y el gnosticismo. Por todas estas características, el mundo moderno no entiende la vida de santos como Santa Escolástica, a los que considera como seres inconmprensibles, que han elegido un modo de vida que, en el mejor de los casos, es “aburrido” y que, invariablemente, es un “sin sentido”.
         Sin embargo, la vida de Santa Escolástica, lejos de carecer de sentido, es un testimonio, para el mundo de hoy, del sentido nuevo y de la nueva dirección, el sentido y la dirección de la eternidad, que toda la humanidad adquiere a partir de la Encarnación del Verbo de Dios, Jesucristo. En efecto, con su vida de oración contemplativa, con su vida célibe, casta, pobre, sometida a la obediencia de sus superiores eclesiásticos, Santa Escolástica es un testimonio, ya en la tierra, de la vida futura que espera al hombre en el Reino de los cielos. Santa Escolástica, con su vida consagrada y contemplativa, contrasta con la mundanidad del secularismo y ateísmo que domina nuestros días: no sólo testimonia que Dios existe, sino que Dios es Uno y Trino y que el Hijo de Dios se ha encarnado para perdonarnos y conducirnos al cielo; con la renuncia a los bienes materiales, testimonia que hay bienes infinitamente superiores que nos esperan en el cielo, el Reino de Dios; con la castidad, testimonia que la vida futura los bienaventurados, con sus almas y cuerpos glorificados “serán como ángeles” (cfr. Mc 12, 25), como dice Jesús, con lo cual “no habrá más matrimonios” (cfr. Mt 22, 30), como los hay en la tierra; con la obediencia, testimonia que la razón humana se abre a la Revelación divina de Jesucristo y con ello es capaz de vislumbrar el destino de gloria y felicidad eterna que espera a quienes renuncian a este mundo terreno por el Evangelio.

         Los consagrados y sobre todo los contemplativos, como Santa Escolástica, son considerados “necios” por el mundo, pero a los ojos de Dios, son sus elegidos y el objeto predilecto de su Divino Amor.

martes, 10 de febrero de 2015

Santa Escolástica y el sentido de la vida religiosa


         Santa Escolástica, hermana de San Benito de Nursia, ingresó a la vida religiosa, siguiendo los pasos de su hermano. Vivió recluida, hasta su muerte, ocurrida en el año 547 –el día de su muerte, San Benito vio cómo su alma se elevaba, en forma de paloma blanca[1], al cielo- en un convento religioso ubicado en Montecassino, Italia. Al leer su biografía, el mundo no puede apreciar la riqueza de la vida de santa Escolástica, porque el mundo todo lo ve con la luz de la razón humana: una mujer joven, decide recluirse en un convento, de por vida. El mundo no puede entender esta elección y por eso considera, a santa Escolástica, y a todos los religiosos y consagrados en general, como personas sin razón, o antisociales, que prefieren recluirse, antes que “disfrutar” de los atractivos mundanos. Sin embargo, la vida de santa Escolástica es inimaginablemente rica y dichosa, porque la reclusión en un convento, indica la respuesta libre a un llamado, también libre y motivado por el Amor, de parte de Dios. En esto último radica el sentido y la esencia de la vida religiosa, y explica el porqué de la elección de una persona que, dejando atrás al mundo y a sus atractivos, ingresa en la vida religiosa: es la respuesta libre y movida por el amor, a una llamada divina, también libre y también movida por el Amor. En otras palabras, el religioso no se “recluye” en un convento, huyendo del mundo por su incapacidad para la vida social: el religioso, el que elige la vida religiosa y consagrada, se “refugia” en el convento –en la vida religiosa- para no solo estar “más tiempo” con un Dios, que es Trinidad de Personas, que por Amor lo ha llamado, sino que consagra toda su vida a ese Dios Trino, para estar, no solo “un poco más de tiempo”, sino todo lo que le queda de su vida terrena, en compañía y diálogo de Amor con ese Dios Trino que la ha elegido y llamado y para así continuar, por toda la eternidad, con el diálogo de Amor con la Trinidad de las Divinas Personas.
         Ahora bien, el mundo no entiende la vida religiosa, porque no posee la luz de la fe, que capacita para comprender la felicidad que esta encierra, y no la entiende, tanto más, cuanto que la vida religiosa implica adoptar un estilo de vida que se encuentra en las antípodas del estilo de vida mundano, puesto que el religioso se obliga a sí mismo, libremente, a vivir la pobreza, la castidad y la obediencia. El mundo, por el contrario, exalta la riqueza material, el desenfreno de las pasiones y la propia autonomía de la razón como única guía a seguir, de manera que el principio mundano es: “Haz lo que quieras”. El mundo no puede entender la vida religiosa, pero no solo el mundo, sino hasta los mismos cristianos, sino reflexionan y profundizan sobre esta, tampoco pueden entenderlo. Por eso, al conmemorar a Santa Escolástica, es oportuno reflexionar en la grandeza de la vida religiosa, preguntándonos: ¿qué es la vida religiosa y cuál es su fuente, para que almas, como Santa Escolástica, se refugien en ella hasta el día de su muerte?
La vida religiosa es imitación de Cristo, y como Cristo es Dios encarnado que vive su perfección divina a través de su humanidad asumida, la vida religiosa, que imita los actos de Cristo en su humanidad, es imitación del modo divino de vivir la humanidad, es imitación del modo como Dios Encarnado vivió su propia humanidad. Es vivir la humanidad al modo como la vivió la Persona del Verbo Eterno del Padre cuando se encarnó en el tiempo.
El valor de los actos virtuosos del religioso –actos de pobreza, de castidad y de obediencia- está dado por el hecho de ser él personalmente quien los hace, pero sobre todo por hacerlos animado y vivificado por el Espíritu de Cristo, en Cristo y por Cristo.
A la hermosura y al atractivo intrínseco que la pobreza, la castidad y la obediencia tienen en sí, se les agrega una hermosura y un atractivo sobrenatural, la hermosura y el atractivo del Ser divino, que viviéndolas y practicándolas en su vida terrena, eligiéndolas para Él como modo de vivir su vida humana, les concedió una belleza imposible siquiera de imaginar.
A partir de la encarnación del Verbo, la pobreza, la castidad y la obediencia no son más excelentes virtudes puramente humanas, son la expresión y la manifestación, en actos virtuosos humanos, de la infinita perfección y belleza del Ser divino.
Cuando el religioso vive los votos, no sólo practica virtudes humanas excelentes, no sólo imita externamente al Verbo en su paso por la tierra; se convierte en una prolongación de la Presencia del Verbo entre los hombres; se hace signo explícito de la Verdad eterna de Dios manifestada en Cristo. Los votos son por esto mismo una manifestación y una puesta en acto del misterio de Cristo, que mediante actos de los miembros predilectos de su Cuerpo, los religiosos, esparce su santidad en el mundo, redimiéndolo, transformándolo, y conduciéndolo, en el Espíritu, al Padre.
Y si la vida religiosa es vivir la pobreza, la castidad y la obediencia, para vivir y gozar de la riqueza y del amor de Dios, amándolo en Su voluntad, es para el religioso la Eucaristía la fuente y el manantial mismo de su vida religiosa, porque en su pobreza sensible la Eucaristía esconde la riqueza infinita de la Persona divina del Verbo, y en su humilde obediencia renueva sobre el altar el único sacrificio de la cruz, sacrificio por el cual el Verbo espira en el alma su Espíritu de Amor divino.
         Es esto lo que explica que almas, como Santa Escolástica, abandonen el mundo y se refugien en la vida religiosa, hasta el día de su muerte, que es el día de su ingreso en la bienaventuranza eterna.





[1] Según el relato de San Gregorio Magno, Papa; en: Diálogos de San Gregorio Magno, Libro 2, 33: PL 66, 194-196.

lunes, 6 de febrero de 2012

Santa Escolástica


10 de febrero



Vida y milagros de Santa Escolástica[1]
Religiosa, era hermana gemela de San Benito de Nursia, el santo que fundó la primera comunidad religiosa de occidente. Nació en el año 480, en Nursia, Italia. Al igual que su hermano, entró en religión muy joven, y mientras él dirigía un convento para hombres en el Monte Casino, Escolástica fundó un convento para mujeres a los pies de ese mismo monte.
La acción evangelizadora de ambos santos hermanos supuso no solo un avance cultural para Occidente, en una época caracterizada por el dominio de pueblos bárbaros e incultos, sino ante todo, sus monasterios y conventos constituyeron grandiosos faros de luz divina que iluminaron, y continúan iluminando aún hoy, las tinieblas espirituales de los hombres caídos en el pecado.
Tanto San Benito como Santa Escolástica hermosearon, a la par que santificaron, Europa y el mundo entero, no solo en la Baja Edad Media, sino en toda época. De la rama benedictina, del gran árbol de la Santa Iglesia Católica, maduraron maravillosos frutos de santidad: Santa Hildegarda, Santa Matilde, Santa Gertrudis, y muchísimos otros santos más.
Aunque eran hermanos y se amaban mucho, San Benito, en cumplimiento de las estrictas normas conventuales, iba a visitar a Escolástica solo una vez al año, y el día de la visita lo pasaban los dos hablando de temas espirituales.
Sucedió que pocos días antes de la muerte de la santa fue su hermano a visitarla y después de haber pasado el día entero en charlas religiosas, y al llegar el atardecer, San Benito se despidió de su hermana con la intención de regresar al monasterio. Era el primer jueves de Cuaresma del año 547. El Papa San Gregorio Magno es quien nos refiere siguiente diálogo mantenido entre San Benito y su hermana Santa Escolástica[2].
Sin embargo, y a pesar de saber que era contrario a las reglas conventuales, Escolástica le pidió a San Benito que se quedara aquella noche charlando con ella acerca del cielo y de Dios. El santo le respondió: “¿Cómo se te ocurre hermana semejante petición? ¿No sabes que nuestros reglamentos nos prohíben pasar la noche fuera del convento?”. Entonces ella juntó sus manos y se quedó con la cabeza inclinada, orando a Dios. Y en seguida se desató una tormenta tan fuerte y un aguacero tan violento, que San Benito y los dos monjes que lo acompañaban no pudieron ni siquiera intentar volver aquella noche a su convento. Entonces le dijo Escolástica a su hermano: “¿Ves hermano? Te rogué a ti y no quisiste hacerme caso. Le rogué a Dios, y El sí atendió mi petición”.
Y pasaron toda aquella noche rezando y hablando de Dios y de la Vida Eterna, quedando cada uno gozoso de las palabras que escuchaba a su hermano.
Al día siguiente, San Benito volvió a su convento de Monte Casino y a los tres días, al asomarse a la ventana de su celda vio una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo. Entonces por inspiración divina supo que era el alma de su hermana que viajaba hacia la feliz eternidad. Envió a unos de sus monjes a que trajeran su cadáver, y lo hizo enterrar en la tumba que se había preparado para él mismo. Pocos días después murió también el santo. Así estos dos hermanos que vivieron toda la vida tan unidos espiritualmente, quedaron juntos en la tumba, mientras sus almas cantan eternamente las alabanzas a Dios en el cielo.

Mensaje de santidad de Santa Escolástica
Santa Escolástica, al igual que su hermano San Benito, eligió la vida monástica, lo cual quiere decir ocultamiento a los ojos del mundo. Para el mundo, un monje es alguien que prácticamente no existe, que ha desaparecido de toda actividad, y por lo tanto es ignorado y no cuenta. Sin embargo, si el monje desaparece para el mundo, es en cambio conocido por Dios y amado por Él, y es tan amado por Dios, que Él le devuelve con creces todo lo que el contemplativo le ofrendó a Él. Santa Escolástica le dio a Dios su vida y también a su hermano, a quien tanto quería, y Dios le dio a cambio la vida eterna, y el tener a su hermano para siempre en la feliz eternidad.
Desde hace catorce siglos, las reliquias de Santa Escolástica y de San Benito, germinan incesantemente en frutos de santidad. A pesar del paso del tiempo, San Benito continúa presente en los santos de la orden y en sus conventos y religiosos, porque “todo lo que nace de Dios vence al mundo”. Y también se perpetúa y continúa viva Santa Escolástica, cuya vida oculta encarna el poder de la oración contemplativa, razón de ser de los claustros conventuales[3].
Santa Escolástica, estando oculta al mundo, no era escuchada ni por su propio hermano, que quería regresar a toda costa al monasterio, pero sí era escuchada por Dios, quien le concedió su petición de una tormenta para que su hermano se quedase, para así poder hablar de la eternidad a la que pronto habrían de ingresar.
Unidos por el amor fraternal, y por el amor que concede la gracia divina, ambos hermanos, sepultados en la misma tumba, viven ahora para siempre, en la alegría eterna de los cielos, en la contemplación gozosa de Dios Uno y Trino. Ambos se entregaron a Él en esta vida, para amarlo en la oración contemplativa, en la oscuridad luminosa de la fe, y ambos lo aman ahora, por la eternidad, en la alegre contemplación cara a cara.