San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 24 de noviembre de 2015

Santos Andrés Dung-Lac, presbítero y compañeros, mártires


         
         La vida y muerte de estos santos nos muestra cómo la tribulación y el dolor, sufridos no simplemente de modo paciente y estoico, sino en unión con Jesucristo crucificado, constituyen un camino de santidad y un acceso directo al cielo.
         En efecto, los santos vietnamitas fueron apresados y sufrieron mucho en la cárcel, antes de morir, pero en todo momento fueron asistidos admirablemente por el Espíritu Santo, quien les dio clara conciencia de ser partícipes de la Pasión del Señor y de estar, por lo tanto, a un paso del cielo. Dice así en su carta Andrés Dung-Lac: “Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en el amor a Dios, alabéis conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia. Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas, actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de estas tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia”[1].
         San Pablo sufre mucho, pero al mismo tiempo, el sufrimiento se ve atemperado por la misteriosa Presencia de Cristo, que lo consuela, lo conforta y lo “llena de gozo y alegría”: “En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo”[2].
         La razón de la alegría de San Pablo Dung-Lac es que es el mismo Jesús en Persona quien, a través suyo, sufre en él, tomando consigo la casi totalidad del peso de la cruz, y dejándole para el mártir sólo una parte de la cruz “pequeña e insignificante”: “Él, nuestro maestro, aguanta todo el peso de la cruz, dejándome a mí solamente la parte más pequeña e insignificante”[3].
Pero además de llevar la cruz, Jesús vence en la lucha a favor del mártir y lo hace partícipe de su victoria, de su corona de gloria, y es aquí en donde radica la razón última de la felicidad del mártir, en que es Jesús el que vence y concede la participación en su gloria: “Él, no sólo es espectador de mi combate, sino que toma parte en él, vence y lleva a feliz término toda la lucha. Por esto en su cabeza lleva la corona de la victoria, de cuya gloria participan también sus miembros”[4].
La entrega del mártir a Jesucristo, para que Él sufra y triunfe a través suyo, se debe al Amor de Dios, porque el mártir no puede tolerar que el Nombre Santo de Dios y su Cristo sean ultrajados: “¿Cómo resistir este espectáculo, viendo cada día cómo los emperadores, los mandarines y sus cortesanos blasfeman tu santo nombre, Señor, que te sientas sobre querubines y serafines? ¡Mira, tu cruz es pisoteada por los paganos! ¿Dónde está tu gloria? Al ver todo esto, prefiero, encendido en tu amor, morir descuartizado, en testimonio de tu amor”[5]. El mártir muere no por defender los derechos de los hombres, sino por defender los derechos de Dios: respetando los derechos de Dios, todo recto derecho humano es a su vez respetado.
Esto quiere decir varias cosas: por un lado, que el sufrimiento y la tribulación no son vanos si se ofrecen a Jesucristo; Jesucristo sufre por el mártir, en el mártir, para el mártir y para las almas; Jesucristo lleva la casi totalidad del peso de la cruz, dejando una parte insignificante para el mártir que le ofreció su cuerpo, su alma y su vida para que Él sufra a través suyo; Jesucristo vence a través del mártir, o también, el mártir vence a través de Jesucristo, porque es del triunfo de Jesucristo del que es hecho partícipe el mártir; el mártir es hecho partícipe no solo del triunfo de Jesucristo, sino de su también de su gloria eterna, es decir, por una pequeña tribulación en la tierra, al mártir se le concede una felicidad y glorias eternas. Por último, a diferencia de otras religiones, en las que los “mártires” son los que quitan la vida a sus enemigos, en el caso del mártir católico, el mártir, porque participa de la cruz de Jesús, da su propia vida por la salvación de sus enemigos, de aquellos que le quitan la vida, cumpliendo así el mandato de la caridad de Jesús: “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen” (Mt 5, 44).



[1] De la carta de san Pablo Le-Bao-Tinh a los alumnos del seminario de Ke-Vinh, enviada el año mil ochocientos cuarenta y tres; A. Launay, Le clergé tonkinois et ses pretres martyrs, MEP, París 1925, 80-83.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

martes, 4 de agosto de 2015

El Cura de Ars y la obligación del hombre: orar y amar


         En estos oscuros días en los que vivimos, días en los que hasta el santo nombre de Dios parece haber desaparecido de la sociedad y de los corazones de los hombres, las enseñanzas del Santo Cura de Ars son un faro de luz en medio de una densa noche oscura. El Cura de Ars decía que el hombre tiene, para con Dios, una “hermosa obligación”: orar y amar[1].
         En su Catequesis sobre la oración, el Cura de Ars comienza diciendo directamente que “el tesoro del hombre está en el cielo”, por lo que hay que mirar directamente al cielo, nuestra meta final: “Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro”[2].
         Luego de hacer elevar la vista –el corazón- hacia el cielo, en donde se encuentra nuestro verdadero y único tesoro que es Dios, el Cura de Ars se detiene a considerar cuál es la obligación del hombre para con Dios. Lejos de considerar a Dios como un ser tiránico, cruel, y hasta sádico, que se complace en la muerte del hombre, tal como lo presenta la propaganda liberal y atea y ciertas exégesis tendenciosas de la Biblia, el Cura de Ars presenta a Dios como un ser de Amor, cuya unión con Él, precisamente, por la oración y el amor, da al hombre aquello que brota de Dios, que Es, en sí mismo, la plenitud de la perfección en el Ser: Amor Puro, que brota de su Ser divino trinitario, y en esto consiste la felicidad del hombre. Para lograr esta felicidad, el Cura sostiene que el hombre debe hacer dos cosas: orar y amar. Orar, porque es el modo de comunicación con Dios; amar, porque el amor con el que el hombre ore y ame a Dios, es connatural a aquello que brota del Ser trinitario divino, como de una fuente inagotable: Amor.
         Dice así el Cura de Ars: “El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo”[3]. La felicidad “en este mundo” no está en las cosas materiales, ni en el éxito mundano, ni en la satisfacción de las pasiones: está en “orar y amar” y esta felicidad es, a su vez, anticipo de la felicidad eterna.
El Cura de Ars afirma que la oración es –produce o conduce a- la unión con Dios, y puesto que Dios es Amor y el Amor de Dios es en sí mismo dulzura, embriaga con esta dulzura a quien a Él se une por la oración, y como al mismo tiempo Dios es luz, quien a Él se une por la oración, además de embriagarse en esta dulzura de su Amor, es iluminado en sus tinieblas espirituales: “La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable”[4].
Por la oración y el amor, el hombre se une verdadera, real y metafísicamente con Dios, de manera tal de no ser más dos, sino uno en el Amor –no significa esto que el ser del hombre se mezcle o confunda con el Ser de Dios Trino, lo cual es metafísicamente imposible-; es tan profunda esta unión, que el Cura de Ars la compara a la fusión de dos trozos de cera, como consecuencia de la acción del fuego y esto provoca en el hombre una felicidad imposible de comprender: “En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre creatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión”[5].
Para el Cura de Ars, por la oración, hecha posible por la gracia de Dios, se establece un intercambio de amor entre Dios y el hombre: el hombre le da a Dios su oración, que es “como el incienso”, el cual “agrada a Dios”, y con la miel; por su parte, Dios le da al hombre su Amor y su dulzura: “Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada. Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo”[6].
Por la oración, el hombre recibe “beneficios”, uno de los cuales es el que sus penas “se fundan, como la nieve al sol”: “En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol”[7].
Y como la oración produce tanto dulzor en el alma, como consecuencia del Amor de Dios, el hombre obtiene “otro beneficio”, y es que el tiempo “transcurra aprisa”, rápido: “Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto”[8].
el Cura de Ars pone como modelos de oración a los santos, y los compara con nosotros, que muchas veces o no sabemos “qué hacer ni pedir”, o, si hacemos oración, la hacemos de un modo apresurado, como si quisiéramos “deshacernos de Dios”: “Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros. Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: “Sólo dos palabras, para deshacerme de ti...”[9].
Por último, el Cura de Ars afirma que “si acudiéramos a la oración con fe y con amor”, obtendríamos lo que pedimos: “Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro”[10]
De esta manera, con sus enseñanzas, el Santo Cura de Ars no solo elimina el estereotipo de cierta exégesis, que muestra a Dios como un ser justiciero, tiránico, que sólo está para castigar al hombre, sino que nos muestra el verdadero Ser de Dios: un Dios que "es Amor" (cfr. 1 Jn 4, 8) y que da de ese Amor a quien se le une con fe y con amor, por medio de la oración. Y por parte del hombre, el Cura de Ars nos enseña qué hacer para ser felices, en esta vida y en la eternidad: cumplir con la dulce "obligación" para con Dios, orar y amar.
           



[1] De la catequesis de san Juan María Vianney, presbítero; “Catéchisme sur la priére”: A. Monnin, “Esprit du Curé d'Ars”, París 1899, pp. 87-89.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.
[7] Cfr. ibidem.
[8] Cfr. ibidem.
[9] Cfr. ibidem.
[10] Cfr. ibidem.

viernes, 31 de julio de 2015

San Ignacio de Loyola y el discernimiento de espíritus


         De todas las enseñanzas que nos transmitió San Ignacio de Loyola[1] hay una en particular, que es sumamente útil para la vida espiritual, y es acerca de cómo podemos diferenciar o discernir cuáles son los “espíritus” que actúan sobre nuestra vida y nuestra alma. San Ignacio de Loyola lo llamó: “discernimiento de espíritus”, y es un instrumento muy necesario para la vida interior. Según relata Luis Gonzalves, miembro de la Compañía de los Jesuitas, San Ignacio aprendió por experiencia propia a hacer este discernimiento, en un momento de su vida en el que, por una herida sufrida en la rodilla, tuvo que hacer mucho reposo, lo cual fue aprovechado por San Ignacio, para leer la “Vida de Cristo” y las vidas de los santos. Dice así Luis Gonzalves: “Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado “Vida de Cristo” y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna. Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior”.  
Continúa luego Gonzalves: “Pero entretanto iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo: “¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?”. Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo”[2]. Es en este momento, según Gonzalves, en donde San Ignacio comienza a hacer un discernimiento, puesto que comienza a ser atraído por la vida de santidad de los santos y se pregunta: “¿Por qué yo no puedo ser santo?”.
Es decir, San Ignacio comienza a vislumbrar una vida de santidad, como consecuencia de la acción de la gracia en él, que poco a poco comienza a disipar sus tinieblas espirituales.
Sin embargo, todavía faltaría un poco más, para poder luego establecer la distinción que es esencial para la vida espiritual: qué pensamientos vienen del mundo –y del maligno- y conducen a él, y qué pensamientos vienen de Dios –de su Espíritu- y conducen a él.
Continúa Gonzalves: “Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos”[3]. Es en este momento, entonces, en donde San Ignacio adquiere la luz para hacer un discernimiento de espíritus: las cosas del mundo provocan “gran placer”, pero se trata de un placer efímero, fugaz, más ligado a las pasiones y a lo terrenal, y dejan al alma en un estado de “tristeza” y de “aridez de espíritu”. Esto es así, porque el mundo –y el maligno-, aun cuando seduzcan con luces de colores, con música estridente y con carcajadas fáciles y perversas, es decir, aun cuando intenten hacer aparecer las cosas como “divertidas”, cuando en realidad son un veneno para el alma, no pueden nunca satisfacer al alma y colmarla de aquello para lo cual el alma ha sido creada: alegría, paz, gozo en el espíritu, porque todas esas cosas vienen, por participación, solo y únicamente de Dios Uno y Trino. Esto lo confirmó por experiencia propia San Ignacio cuando, según el relato de Gonzalves, “cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría”.
A diferencia del mundo, que paradójicamente provoca hastío y tristeza en el alma, a pesar de ofrecer lo que en teoría debería dar gozo, como es la rienda suelta a las pasiones, el solo hecho de pensar en la santidad de vida de los amigos de Cristo, los santos, e imitarlos en su austeridad, llenaba a San Ignacio de verdadero gozo y alegría espiritual, y la razón es que Dios inhabita en quien “carga la cruz de todos los días negándose a sí mismo y va en pos de Cristo” (cfr. Mt 16, 24), mortificando sus pasiones desordenadas y elevando la mente y el corazón al Reino de los cielos.
Que San Ignacio interceda para que siempre hagamos un buen discernimiento de espíritus, para que la Alegría que brota de la cruz de Jesucristo y el pensamiento de alcanzar un día el Reino de los cielos, por medio de la cruz, sea nuestra única alegría, en medio de las tribulaciones de la vida presente.



[1] De los hechos de san Ignacio recibidos por Luis Goncalves de labios del mismo santo; Cap. 1, 5-9: Acta Sanctorum Iulii 7 [1868], 647.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

martes, 26 de mayo de 2015

San Felipe Neri y la fuente de su alegría


         Algo que caracterizaba a San Felipe Neri era su permanente alegría y buen humor. ¿De dónde provenían esta alegría y este buen humor? Visto mundanamente, San Felipe Neri no tenía motivos para estar alegre ni para tener buen humor: desde muy joven, renunció no solo a toda riqueza terrena sino a todo proyecto de construir humanamente una riqueza terrena[1]. Luego de su conversión, a los 17 años, partió hacia Roma, para ingresar en la vida religiosa, y desde allí, hasta su muerte, vivió como religioso, observando fielmente los votos de pobreza, castidad y obediencia. No tenía riquezas materiales, no estaba dominado por la concupiscencia de la carne, había renunciado libremente a hacer su propia voluntad, por el voto de obediencia: visto mundanamente, San Felipe no tenía motivos ni para ser feliz ni para estar alegre, y sin embargo, como decimos al principio, lo que caracterizó su vida fueron, precisamente, la felicidad, la alegría y el buen humor.
         ¿Cómo se puede explicar esta aparente contradicción?
La explicación de la felicidad, la alegría y el buen humor de San Felipe Neri, se encuentran en su amor a Jesús y en la certeza de saber que esta vida habría de terminar más bien pronto –aun cuando falleció a los ochenta años- y que luego le esperaba una eternidad de gozos, de alegría, de dicha inconcebible, en compañía de Jesús.
Pero además, y esto es lo más importante en su vida de santidad, San Felipe sabía que Jesús se encontraba misteriosamente en el prójimo más necesitado, y es así que se dedicó por completo a las obras de misericordia. Es por esto que caeríamos en un error si dijéramos que la fuente de la felicidad de San Felipe Neri eran solo los éxtasis místicos: más que estos, encontraba su felicidad en dedicar el día entero a las obras de misericordia corporales y espirituales: corporales, porque visitaba enfermos de toda clase; espirituales, porque buscaba permanentemente la conversión de las personas, y se dedicó con tanta pasión a esta tarea de misericordia, que se lo llamó “el Apóstol de Roma”. Para dar impulso a unas y otras obras de caridad, fundó la Cofradía de la Santísima Trinidad, conocida como la cofradía de los pobres, que se encargaba de socorrer a los peregrinos necesitados. Por medio de esa cofradía San Felipe difundió la devoción de las cuarenta horas (adoración Eucarística), además de fundar el célebre hospital de Santa Trinitá dei Pellegrini[2]. Fundó también la Congregación del Oratorio (los oratorianos), regidos por una constitución muy sencilla escrita por el mismo santo.
San Felipe Neri conocía el Amor de Dios, que es fuente de felicidad y de alegría inagotables, que se manifiesta en la caridad y en la misericordia hacia el prójimo más necesitado. Pero otra forma de expresarse el Amor de Dios –mucho menos frecuentes y reservada solo a los grandes santos- es a través de las experiencias místicas, las cuales eran habituales en él. En su biografía, pueden leerse algunas de estas: “Felipe consagraba el día entero al apostolado; pero al atardecer, se retiraba a la soledad para entrar en profunda oración y, con frecuencia, pasaba la noche en el pórtico de alguna iglesia, o en las catacumbas de San Sebastián, junto a la Via Appia. Se hallaba ahí, precisamente, la víspera se Pentecostés de 1544, pidiendo los dones del Espíritu Santo, cuando vio venir del cielo un globo de fuego que penetró en su boca y se dilató en su pecho. El santo se sintió poseído por un amor de Dios tan enorme, que parecía ahogarle; cayó al suelo, corno derribado y exclamó con acento de dolor: ‘¡Basta, Señor, basta! ¡No puedo soportarlo más!’. Cuando recuperó plenamente la conciencia, descubrió que su pecho estaba hinchado, teniendo un bulto del tamaño de un puño; pero jamás le causó dolor alguno. A partir de entonces, San Felipe experimentaba tales accesos de amor de Dios, que todo su cuerpo se estremecía. A menudo tenía que descubrirse el pecho para aliviar un poco el ardor que lo consumía; y rogaba a Dios que mitigase sus consuelos para no morir de gozo. Tan fuertes era las palpitaciones de su corazón que otros podían oírlas y sentir sus palpitaciones, especialmente años más tarde, cuando como sacerdote, celebraba la Santa Misa, confesaba o predicaba. Había también un resplandor celestial que desde su corazón emanaba calor. Tras su muerte, la autopsia del cadáver del santo reveló que tenía dos costillas rotas y que éstas se habían arqueado para dejar más sitio al corazón”[3]. De esta forma, Dios le había respondido a una oración que con frecuencia hacía San Felipe: “¿Oh Señor que eres tan adorable y me has mandado a amarte, por qué me diste tan solo un corazón y este tan pequeño?”. Es decir, Dios le dilató el corazón, para que tuviera más capacidad para “almacenar” el Amor de Dios.
También en las Misas eran frecuentes los arrebatos místicos: “Como frecuentemente era arrebatado en éxtasis durante la misa, los asistentes acabaron por tomar la costumbre de retirarse al “Agnus Dei”. El acólito hacía lo mismo. Después de apagar los cirios, encender una lamparilla y colgar de la puerta un letrero para anunciar que San Felipe estaba celebrando todavía; dos horas después volvía el acólito, encendía de nuevo los cirios y la misa continuaba”[4].
Como vemos, San Felipe Neri había experimentado el Amor de Dios, por medio de las obras de misericordia, pero también a través de numerosos éxtasis místicos, en los cuales el alma se sumerge y se deleita de tal manera en el Amor de Dios, que ya nada más quiere saber en esta vida y nada quiere entender ni amar que no sea ir a la otra vida para gozar del Amor de Dios para siempre –es lo que decía Santa Teresa de Ávila: “Tan alta vida espero, que muero porque no muero”-, y por lo  tanto sabía que, manteniéndose fiel en el Amor a Jesús y a su gracia, una vez traspasado el umbral de la muerte terrena, comenzaría a vivir la Vida eterna, plena de Amor divino, fuente inagotable de dicha, de consuelo, de luz, de paz, y ese pensamiento era lo que lo mantenía permanentemente alegre y de buen humor, y era la fuente de su permanente felicidad. No es casualidad que su médico de cabecera declarara que el día que “más alegre lo vio”[5], fuera el día de su muerte, y esto es coherente con lo que decimos, pues San Felipe Neri había recibido un anuncio del cielo, por medio del cual sabía que ese día moriría y que por lo tanto, comenzaría inmediatamente a gozar de la visión de su amado Jesús.
Con toda seguridad, no tendremos los éxtasis místicos que tenía San Felipe Neri, y estos no dependen de nosotros, pero como hemos visto, estos no eran la única ni la principal causa de su felicidad, sino que esta radicaba en su incansable dedicación al prójimo por medio de las obras de misericordia, y esto sí depende de nosotros. Al conmemorar a San Felipe, le rogamos que interceda para que también nosotros encontremos la felicidad, la alegría y el buen humor, que se derivan de olvidarnos de nosotros mismos, para dedicarnos a las necesidades espirituales y materiales de nuestros prójimos, para que, también al igual que San Felipe, vivamos una eternidad de alegría y gozo, en la contemplación de Jesús, el Hombre-Dios, en el Reino de los cielos.




[1] http://www.corazones.org/santos/felipe_neri.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

sábado, 30 de agosto de 2014

Santa Rosa de Lima y las vanidades de nuestro siglo XXI


         Cuando se lee la vida de Santa Rosa de Lima, a la luz de las categorías mundanas de nuestro siglo XXI, caracterizado por el avance tecnológico, científico e industrial, y dominado por la visión materialista, atea, agnóstica, hedonista, existencialista, subjetivista y relativista de la gran mayoría de la población, no solo no se entienden sus actitudes, sino que se las interpretan como propias de la Edad Media, o de una mentalidad “oscurantista”, ya superada, felizmente, por la razón del hombre, que ha sido capaz de, precisamente, ir más allá de tanto atraso para la civilización humana.
         De su vida se lee, por ejemplo, que siendo niña, en una oportunidad, su madre le hizo una guirnalda de flores con ocasión de la llegada unas visitas, pero Rosa, que aun siendo niña ya tenía conciencia de la vanidad, para hacer penitencia y para no caer precisamente en la vanidad, se clavó en la cabeza una de las ramas de la guirnalda en forma de horquilla y se clavó la rama de una manera tan profunda, que después fue difícil poder quitársela. Además, como las personas alababan con frecuencia su hermosura, Rosa solía restregarse la piel con pimienta para desfigurarse y no ser ocasión de tentaciones para nadie[1].
Más adelante, cuando ingresó en la tercera orden de Santo Domingo, vivió prácticamente recluida en una cabaña que había construido en el huerto y para aumentar su penitencia, llevaba sobre la cabeza una cinta de plata, en cuyo interior estaba lleno de puntas, con lo cual esta cinta hacía a modo de corona de espinas. 
Dios le concedió gracias extraordinarias, pero también permitió que sufriese durante quince años la persecución de sus amigos y conocidos, además de permitir que sufriera la más profunda desolación espiritual.
Tres años antes de morir, padeció una larga y penosa enfermedad, su oración frecuente era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”[2].
         Por todo esto, Santa Rosa es contraria al espíritu de nuestro siglo XXI: es contraria al espíritu de belleza y cuidado corporales extremos, que vemos a diario; es contraria a la vanidad; es contraria al placer hedonista; es contraria al culto excesivo del cuerpo y de la juventud, estimada como un ideal del ser humano -hoy vivimos una especie de idolatría de la juventud, la cual se busca prolongarla por todos los medios posibles-: Santa Rosa desprecia todas estas cosas, haciendo grandes penitencias, ayunos, mortificaciones, y sacrificios.
Es en los escritos de Santa Rosa de Lima en donde se encuentran los verdaderos motivos que explican el por qué y la razón de su comportamiento, y es en estos escritos en donde se pone de relieve que, por un lado, los verdaderos oscurantistas, son los materialistas, relativistas, ateos y agnósticos de nuestros días, y por otro lado, se muestra que los grandes santos, como Santa Rosa de Lima, lo que hacían y que era tenido por necedad y locura, era en realidad muestra de sabiduría divina, porque eran penitencias, mortificaciones y sacrificios, tendientes todos a conservar y acrecentar la gracia santificante, única vía, junto con la cruz de Jesús, para llegar al cielo. Así lo expresa Nuestro Señor, según lo relata la misma Santa Rosa de Lima en sus escritos: “El salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: “¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!”. Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: “Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma”. Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces: “¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres”[3].
“Si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia (…) cuántas riquezas esconde en sí (…) andarían por todo el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento”. En un momento de la historia humana dominado por el materialismo, el hedonismo y el ateísmo, las palabras de Santa Rosa de Lima no se comprenden, porque vienen del cielo, pero aunque no se comprendan, los cristianos deben propagarlas a los cuatro vientos, pero para propagarlas, deben ellos primero vivirlas y experimentarlas en carne propia. Lo que nos enseña Santa Rosa de Lima, con su vida admirable de santidad, es que todo lo que no sea penitencia, sacrificio y cruz –que es lo que da alegría, paz y serenidad al alma-, es “vanidad de vanidades y atrapar el viento”[4].




[1] Cfr. http://www.corazones.org/santos/rosa_lima.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] De los escritos de santa Rosa de Lima; cfr. http://www.corazones.org/santos/rosa_lima.htm
[4] Ecle 2, 11.

lunes, 21 de julio de 2014

María Magdalena y la alegría de la Resurrección


         María Magdalena es el ejemplo de cómo el encuentro personal con Jesús cambia radicalmente la vida de una persona, pero no en el mero sentido existencial; María Magdalena es un ejemplo de cómo su encuentro personal con Jesús da un giro decisivo a su vida, tanto en el tiempo, como en la eternidad. En el tiempo, porque el encontrarse con Jesús, le significa a ella no solo el salvar doblemente la vida –puesto que Jesús la salva de ser lapidada y además le perdona los pecados, es decir, le salva la vida temporal, terrena, y le devuelve la vida del alma, al sacarla del estado de pecado mortal, expulsándole los demonios- y el ser liberada de sus enemigos, naturales y preternaturales –los fariseos, que querían lapidarla, y los demonios, que habían poseído su cuerpo-, sino que le significa también el inicio de una nueva vida, una vida absolutamente distinta, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, la vida concedida solo por Jesucristo, la vida que comienza precisamente a partir del encuentro personal con Él, y es una vida que comienza en el tiempo y que continúa por toda la eternidad, si el alma es fiel a la gracia.
Los últimos atisbos de la vida terrena y pasada de María Magdalena, anteriores al encuentro con Jesucristo, caracterizados por la tristeza y el llanto que producen la perspectiva de la muerte sin la resurrección, se dan momentos antes de su encuentro con Jesús resucitado (cfr. Jn 20, 11ss): allí, María Magdalena llora porque si bien su vida ha experimentado el encuentro con Jesús, todavía no conoce la alegría de la Resurrección; todavía le falta experimentar el triunfo de Jesús sobre la muerte y la alegría que brota de Jesús resucitado, y es por eso que llora desconsoladamente, ante la posibilidad de no volver a ver más -según su pensamiento-, a Jesús. Pero este pensamiento oscuro, causa de su tristeza y de su llanto, desaparecerán para siempre cuando Jesús resucitado se le manifieste con todo su esplendor, no solo a sus ojos corporales, sino ante todo a su alma, haciéndole ver la majestuosidad de su humanidad glorificada por la divinidad y transfigurada por la gloria divina, comunicándole la alegría de la Resurrección, una alegría que no pertenece a este mundo, y que hace que el alma no quepa en sí de gozo y de admiración. Ahora bien, lo más importante es que esta alegría que experimenta María Magdalena, al contemplar a Cristo resucitado en el jardín, es solo el inicio de una alegría que no habría de finalizar nunca jamás, puesto que no se trata de una alegría pasajera, ocasional, sino que se trata de la alegría de la resurrección, y por lo tanto, es la alegría que se vive en los cielos, en la eternidad, porque es la alegría que se deriva del Ser trinitario de Jesucristo, Ser que es eterno y por lo mismo, no finaliza jamás.
El encuentro personal de María Magdalena con Jesucristo, cambia entonces radicalmente la vida de María Magdalena, no solo porque en su vida terrena la libra de sus enemigos –los fariseos y los demonios-, y no solo porque le concede la vida de la gracia, sino porque, por la gracia, la conduce a la vida eterna, y el episodio de la alegría de la resurrección, es solo el preludio de la alegría eterna, sin fin, que María Magdalena habría de experimentar por toda la eternidad.

Por lo tanto, María Magdalena es ejemplo para todo cristiano, porque todo cristiano debe experimentar el encuentro personal con Jesús, el encuentro que cambiará su vida, tanto en el tiempo, como en la eternidad. Ahora bien, María Magdalena lo encontró en el jardín; el cristiano lo encuentra, al mismo y único Jesucristo, igualmente resucitado y glorioso, en la Eucaristía, desde donde también comunica la alegría de la Resurrección.

miércoles, 5 de febrero de 2014

San Pablo Miki, sus compañeros mártires y el Espíritu Santo




         Cuando se revisa, con la distancia de los años, la escena del martirio de San Pablo Miki y la de sus compañeros mártires, hay algo en la historia que no parece cuadrar. Por un lado, se destaca la extrema crueldad que aplican sus ejecutores: a todos los integrantes del grupo de 26 mártires, entre los cuales se encontraban tres niños de trece años que eran monaguillos, antes de ejecutarlos, les cortaron la oreja izquierda y, sin hacerles curaciones de ningún tipo y sin ningún tipo de abrigo especial, los obligaron a emprender una larga caminata en pleno invierno hasta el lugar del martirio, durante un mes, recorriendo numerosos pueblos, para que sirvieran de escarmiento y atemorizar a los que quisieran convertirse al cristianismo.
         Una vez llegados a Nagasaki, lugar del martirio –en donde se arrojaría una de las bombas atómicas en el año 1945-, les permitieron confesarse con los sacerdotes, y luego los crucificaron, atándolos a las cruces con cuerdas y cadenas en piernas y brazos y sujetándolos al madero con una argolla de hierro al cuello. Entre una cruz y otra había la distancia de un metro y medio.
         Debe tenerse en cuenta los mártires estaban ateridos de frío, se habían desangrado por la herida de las orejas cortadas, sufrían dolores atroces por el hecho de estar colgados y atados con cadenas en pies y manos y sujetados con argollas de hierros en el cuello.
¿Qué es lo que no encaja en la historia? Lo que no cuadra  en la historia es lo que sigue: a pesar de la crueldad extrema de sus verdugos, a pesar del frío reinante, a pesar de las heridas de los mártires, a pesar de la agonía y de los dolores crecientes que la crucifixión suponía, los mártires no manifestaron en ningún momento tristeza, desesperación, angustia, pesar, dolor, rabia, quejas, como cabría esperarse, humanamente hablando, en una situación como esta. Por el contrario, lo que se destaca en ellos es una valentía sobrehumana, una alegría celestial, una esperanza, una paciencia y una confianza que no eran de este mundo, tal como lo relatan los testigos. “Una vez crucificados, era admirable ver el fervor y la paciencia de todos. Los sacerdotes animaban a los demás a sufrir todo por amor a Jesucristo y la salvación de las almas. El Padre Pedro estaba inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos, en acción de gracias a la bondad de Dios, y entre frase y frase iba repitiendo aquella oración del salmo 30: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’ (…) El hermano Gonzalo rezaba fervorosamente el Padre Nuestro y el Avemaría” (…) en el rostro de todos se veía una alegría muy grande, especialmente en el del niño Luis; éste, al gritarle otro cristiano que pronto estaría en el Paraíso, atrajo hacia sí las miradas de todos por el gesto lleno de gozo que hizo. El niño Antonio, que estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber invocado los santísimos nombres de Jesús, José y María, se pudo a cantar los salmos que había aprendido en la clase de catecismo. A otros se les oía decir continuamente: ‘Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía’. Varios de los crucificados aconsejaban a las gentes allí presentes que permanecieran fieles a nuestra santa religión por siempre”. Finalmente, los verdugos sacaron sus lanzas y asestaron a cada uno de los crucificados dos lanzazos, con lo que en unos momentos pusieron fin a sus vidas[1].
¿Por qué se da este contraste en el mártir, entre el extremo sufrimiento por un lado, y la alegría por otro? Mejor dicho, ¿por qué el mártir, a pesar de los tormentos aplicados por los verdugos, no experimentan ni los dolores, ni las penas, ni las tristezas, ni las desesperaciones, ni las amarguras, que estas torturas sí provocan en los hombres? ¿Qué es lo que hace que los mártires, en vez de esto, manifiesten alegría y eleven los ojos al cielo y ansíen la muerte con calma y paz en el alma, desafiando toda lógica humana?
Lo que explica esta falta de lógica humana es la Presencia del Espíritu Santo en las almas, corazones, los sentidos y los cuerpos de los mártires, que los invade y los colma con su dulzura, sus contentos, sus alegrías y su Amor de una manera tan profunda e intensa, que puede decirse que experimentan, en medio de los tormentos, el cielo por anticipado. Es esta Presencia personal y acción del Espíritu en los mártires lo que no solo los sustrae de las horrendas torturas a las que los someten sus verdugos, sino que les concede la calma, la paz, la alegría, la dicha y la felicidad del cielo, estando aún en la tierra y es lo que explica que las palabras de los mártires sean palabras inspiradas por el mismo Espíritu Santo, tal como lo dice Jesús en el Evangelio: “Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que habréis de decir, porque en aquella hora os será dado lo que habréis de hablar; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros” (Mt 10, 19-20).
De manera análoga, también habla el Espíritu Santo e inhabita en quien, en medio de las tribulaciones, las pruebas, los dolores, no solo no se abandona a sí mismo, sino que, como los mártires de Nagasaki, se aferra cada vez con más fuerza a la Cruz de Jesús y al manto de María Santísima.


[1] http://www.ewtn.com/spanish/saints/Pablo_Miki.htm