San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 1 de junio de 2023

San Justino, mártir

 



         Vida de santidad.

San Justino Mártir nació en Neápolis (actual Nablus en Samaria, Palestina) hacia el año 100 de nuestra era y murió en el martirio, dando la vida por Cristo en el año 165 en Roma. Se caracterizaba por un gran deseo de saber y de alcanzar la verdad. Esto lo llevó a recorrer diferentes escuelas filosóficas como la de los estoicos, los peripatéticos, los pitagóricos y los neoplatónicos. Esta sed por la Verdad fue la que lo condujo a convertirse a Cristo, que es la Verdad Increada; su conversión a Cristo le llegó a través de un anciano cristiano en Éfeso, quien le enseñó la fe católica por medio de la lectura del Antiguo y el Nuevo Testamento. Según las actas notariales de su martirio fue decapitado bajo el prefecto Junio Rústico (163-167), en Roma, junto a otros seis cristianos: Caridad, Caritón, Evelpisto, Hierax, Peón y Liberiano. Así finalizó su vida terrena un hombre santo que vivió buscando la Verdad de Dios y la encontró en Jesucristo y, habiéndola encontrado, dio su vida por Jesucristo, la Sabiduría Encarnada.

         Mensaje de santidad.

         San Justino es modelo y ejemplo de santidad en su ferviente deseo por conocer la Verdad Última, la Verdad Primera y Absoluta sobre Dios, algo que caracterizaba también a San Agustín y a los filósofos pre-cristianos como Aristóteles y Platón: Aristóteles decía: “Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la Verdad”. Fue este deseo fervoroso de conocer la Verdad sobre Dios lo que lo llevó a descartar, una por una, todas las escuelas filosóficas paganas en las que no encontraba la Verdad en Sí misma; San Justino se dio cuenta de que en todas estas escuelas filosóficas solo había destellos de Verdad, pero no la Verdad Absoluta, Primera y Última acerca de Dios. En esto, San Justino es un gran ejemplo para nosotros, porque todo aquel que busque la Verdad y ame la Verdad, en realidad está buscando y amando a Dios, aun cuando no lo sepa, porque Dios es la Verdad Increada, es la Verdad Eterna y en Él no hay sombra alguna ni de error ni de falacia. Cuando alguien se propone, con rectitud de intención, buscar la Verdad, es ya una señal de que Dios lo está llamando a Sí mismo, por ser Él la Verdad y por habernos dado un instrumento, a todos y cada uno de los seres humanos, que es la razón, la cual es “capax Dei”, es “capaz de Dios”, en el sentido de que la razón humana solo encontrará su reposo en la Verdad, porque fue creada para buscar y reconocer a la Verdad, cuando esta se le presenta. Por eso el hombre puede distinguir, con la luz de su razón, lo verdadero de lo falso, por el don de la razón concedido por Dios. En esta búsqueda de la Verdad, para que sea sincera, el hombre debe apartarse de todo sistema filosófico o ideológico que se aparte de la Verdad Increada que es Dios -en nuestros tiempos, el relativismo, el ateísmo teórico y práctico, las ideologías materialistas y ateas como el marxismo, el comunismo, etc.- y así, siempre que esta búsqueda de la Verdad esté acompañada por el deseo de abrazarla, el hombre será capaz de encontrarla, como le sucedió a San Justino. Ahora bien, en el caso de Cristo, la búsqueda de la Verdad, su encuentro y el abrazar la Verdad de Dios que es Cristo, puede llegar a costar la vida, literal y materialmente, como le sucedió a San Justino. Mientras San Justino buscaba la verdad, era pagano, pero cuando la encontró en Cristo, se volvió cristiano y en muchas épocas de la historia, incluidos nuestros días, el ser cristiano puede costar la vida. A todo aquel que busque la Verdad de Dios, Dios le sale a su encuentro; con su razón lo descubre como Dios Uno y por la gracia le es revelada la Trinidad de Personas en Dios. Esto es lo que le pasó a San Justino y es lo que le sucede a todo aquel que, con rectitud de intención y con amor a la Verdad, la busca con ansias con su intelecto, con su inteligencia.

 

sábado, 29 de mayo de 2021

San Justino, mártir

 



         Vida de santidad[1].

Flavio Justino, conocido como San Justino Mártir, nació en Neápolis (actual Nablus o Naplusa, en Samaria, Palestina) hacia el año 100 de nuestra era y murió, martirialmente, en el año 165, en Roma. Poseía una poco frecuente sed por el saber, la verdad y el conocimiento y fue esto lo que lo llevó a buscar respuestas en diversas escuelas filosóficas de su tiempo, como la escuela de los estoicos, peripatéticos, pitagóricos y neoplatónicos; su amor por la Verdad lo llevó a su definitiva conversión al Cristianismo, conversión que le llegó por medio de las enseñanzas de un anciano cristiano en Éfeso, quien le enseñó la fe católica por medio de la lectura del Antiguo y el Nuevo Testamento. Por esto es considerado el primer filósofo cristiano y también uno de los primeros Padres Apologistas griegos, siendo la escuela filosófica cristiana fundada por él, un puente entre el paganismo y el Cristianismo, un puente que conduce, desde el error del politeísmo pagano, a la Verdad de un Dios Uno, según sus propias palabras: “la filosofía es lo que nos conduce a Dios y nos une a Él”.

Escribió unas ocho obras, pero sólo se conservan fragmentos de sus dos “Apologías” y de su “Diálogo con Trifón”. La primera o defensas de la Fe Cristiana frente a los malentendidos, ataques y persecuciones de los paganos, está dirigida al emperador Adriano y contiene tres artículos dedicados al Bautismo y a la Eucaristía y en ellos se nos muestran cómo la Iglesia se mantiene fiel al Cristianismo primigenio; la segunda apología es continuación de la anterior y va dirigida al emperador Marco Aurelio; en ambos casos, dice que las escribe “a favor de unos hombres y una raza que son injustamente perseguidos, yo uno de ellos, Justino, hijo de Prisco”. Por su parte el diálogo con el judío Trifón, su obra más importante en el marco de la Filosofía, recoge sus principales enseñanzas de corte filosófico y describe su búsqueda de la verdad, esto es, la Fe, después de la insatisfacción que le produjeron las diversas respuestas ofrecidas por los movimientos filosóficos de su tiempo.

Según las actas notariales de su martirio fue decapitado bajo el prefecto Junio Rústico (163-167), en Roma, junto a otros seis cristianos: Caridad, Caritón, Evelpisto, Hierax, Peón y Liberiano. Así finalizó su vida terrena un hombre santo que vivió buscando la Verdad de Dios y la encontró en Jesucristo y, habiéndola encontrado, dio su vida por Jesucristo, la Sabiduría Encarnada.

         Mensaje de santidad.

         Ante todo, San Justino es ejemplo de santidad en su deseo apasionado por conocer la Verdad acerca de Dios –y en esto se parece mucho a San Agustín-; por este deseo de conocer la Verdad divina, es que se dio cuenta de que en las escuelas filosóficas paganas no se encontraba la Verdad Absoluta, tal vez, algunos destellos de verdad, pero no la Verdad Total que Él andaba buscando. Esto es un ejemplo para nosotros, porque quien busca y ama la Verdad, en realidad está buscando y amando a Dios, que es la Verdad Increada y la filosofía, esto es, el uso del intelecto humano en búsqueda de la Verdad, es un instrumento óptimo para esta búsqueda, siempre que se sea honesto, como San Justino, es decir, siempre que, en la búsqueda de la Verdad, el alma sea capaz de apartarse de todo aquel sistema filosófico o religioso en donde no se encuentre la Verdad. San Justino, en su “Diálogo con el judío Trifón”, dice que “la divinidad no es visible a los ojos de los hombres pero sí es comprensible por su inteligencia”[2] y esto es así, porque el hombre es “capax Dei”, es capaz de encontrar a Dios con su intelecto, rectamente usado. Por esto es que San Justino es ejemplo para todo aquel que busca, con sinceridad de corazón y con amor, la Verdad Absoluta acerca de Dios. Quien esto hace, encuentra a Dios, porque Dios se deja encontrar por quien lo busca con recto corazón y con amor. Y cuando encuentra a Dios Uno con la inteligencia, Dios se revela, en Cristo, como Dios Uno y Trino, como Trinidad Una y Santa, que pone en marcha, por deseo de Dios Padre, el plan de salvación, enviando a la Segunda Persona de la Trinidad a morir en Cruz, para conducir a los hombres, por medio de la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, al Reino de los cielos. Es esto lo que le sucedió a San Justino y es lo que le sucede a todo hombre que con rectitud de corazón y con amor busca a Dios: lo encuentra con su inteligencia como Dios Uno y ese Dios Uno se le revela como Uno y Trino, que ha venido a la tierra en el Hijo de Dios, para llevarlo, en el Hijo, por el Espíritu Santo, al seno de Dios Padre.

 

viernes, 6 de noviembre de 2020

San Josafat, obispo y mártir


 


         Vida de santidad[1].

         Desde niño, su madre le enseñó a contemplar el Santo Crucifijo, cosa que hacía con gran devoción. Al llegar a la juventud, a pesar de tener la posibilidad de contraer matrimonio, eligió ingresar en el seminario, para ser sacerdote de Jesucristo. Tomada la decisión, ingresó en el monasterio de la Santísima Trinidad en Vilma, capital de Lituania, en 1604. En el convento se destacó por su gran fervor hacia la Sagrada Escritura, la oración y la penitencia, además de su caridad para con los más necesitados. Tenía el don del consejo y de la paz y así lograba que muchas abandonaran el cisma y se convencieran de que la verdadera iglesia de Jesucristo era la Iglesia Católica. Corría el año 1595 y los principales jefes religiosos ortodoxos de Lituania habían propuesto unirse a la Iglesia Católica de Roma, pero los más intransigentes dentro de los ortodoxos se habían opuesto violentamente, llegándose incluso a producirse desórdenes callejeros. Al ingresar al convento, el santo se decidió a trabajar y sacrificarse para lograr que su nación se pasara a la Iglesia Católica. En 1617, fue nombrado arzobispo de Polotsk, dedicándose a reconstruir templos y a obtener que los sacerdotes se comportaran de la mejor manera posible. Visitó una por una todas las parroquias. Redactó un catecismo y lo hizo circular y aprender por todas partes. Sucedió que un tal Melecio se hizo proclamar de arzobispo en vez de Josafat (mientras este visitaba Polonia) y algunos revoltosos empezaron a recorrer los pueblos iniciando una revuelta contra el santo, diciendo que no querían obedecer al Papa de Roma. El santo decidió acudir para llamar a los revoltosos a la unidad con la Iglesia de Roma; fue recibido con piedrazos e insultos e incluso intentaron matarlo. El santo les dijo: “Sé que ustedes quieren matarme y que me atacan por todas partes. En las calles, en los puentes, en los caminos, en la Plaza Central, en todas partes me han insultado. Yo no he venido en son de guerra sino como pastor de las ovejas, buscando el bien de las almas. Pero me considero verdaderamente feliz de poder dar la vida por el bien de todos ustedes. Sé que estoy a punto de morir, y ofrezco mi sacrificio por la unión de todas las iglesias bajo la dirección del Sumo Pontífice”. Sus enemigos rechazaron la oferta de paz de San Josafat y se dispusieron a asesinar a sus colaboradores, para luego asesinarlo a él. Cuando el santo vio que iban a linchar a sus colaboradores, salió al patio y gritó a los atacantes: “Por favor, hijos míos, no golpeen a mis ayudantes, que ellos no tienen la culpa de nada. Aquí estoy yo para sufrir en vez de ellos”. Al oír esto, los jefes de la rebelión gritaron: “¡Que muera el amigo del Papa!” y se lanzaron contra él. Le atravesaron de un lanzazo, le pegaron un balazo, y arrastraron su cuerpo por las calles de la ciudad y lo echaron al río Divna. Era el 12 de noviembre de 1623 cuando el santo dio su vida por la unidad de la Iglesia bajo el Romano Pontífice.

         Mensaje de santidad.

         En nuestros días, la nación de Lituania es de gran mayoría católica, pero en un tiempo en ese país la religión era dirigida por los cismáticos ortodoxos que no obedecen al Sumo Pontífice: la conversión de Lituania al catolicismo se debe en buena parte a San Josafat, aunque tuvo que derramar su sangre, para conseguir que sus compatriotas aceptaran el catolicismo. Es por esta razón que el Papa ha declarado a San Josafat, Patrono de los que trabajan por la unión de los cristianos. El verdadero ecumenismo es el proclamado por San Josafat: la verdadera iglesia de Jesucristo es la Iglesia Católica, presidida por el Santo Padre, que reside en Roma. Es por esta verdad de fe que San Josafat entregó su vida al martirio. Le pidamos al santo estar también nosotros dispuestos a dar la vida por la unidad de la verdadera iglesia, la Iglesia Católica, pues en esto consiste el verdadero ecumenismo, el estar todos bajo la guía del Vicario de Cristo, el Papa. Cualquier ecumenismo que coloque al Papa a la altura de un jefe religioso más entre tantos, es un ecumenismo falso y por lo tanto, no debemos seguirlo. Sólo el ecumenismo que reúna a las iglesias cristianos bajo la guía y el cayado de Pedro, es el verdadero ecumenismo y sólo así se cumplen las palabras de Jesús: “Que todos sean uno, como Tú y Yo, Padre, somos Uno” (Jn 17, 20-26).

martes, 2 de junio de 2020

San Justino, mártir


San Justino
          Vida de santidad[1].

Nació a principios del siglo II en FIavia Neápolis—Nablus—, la antigua Siquem, en Samaria, de familia pagana; como ardiente buscador de la Verdad Absoluta, el itinerario de su conversión a Cristo pasa a través de la experiencia estoica, pitagórica, aristotélica y neoplatónica, desde donde llegó a la plenitud de la Verdad en el cristianismo.
Según sus mismas palabras, el santo se encontraba insatisfecho de las respuestas que le daban las diversas filosofías, por lo que se retiró a un lugar desierto, a orillas del mar, a meditar. Estando allí, un anciano al que le había confiado su desilusión le contestó que ninguna filosofía podía satisfacer al espíritu humano, porque la razón es incapaz por sí sola de garantizar la plena posesión de la verdad sin una ayuda divina.
Así fue como Justino descubrió el cristianismo a los treinta años; se convirtió en convencido predicador y, para proclamar al mundo su descubrimiento, escribió dos Apologías. La primera se la dedicó en el año 150 al emperador Antonino Pío y al hijo Marco Aurelio, y también al Senado y al pueblo romano. Escribió otras obras, entre ellas la más importante es la titulada Diálogo con Trifón, y se la recuerda porque abre el camino a la polémica antijudaica en la literatura cristiana. Gracias a sus escritos sabemos cómo se explicaba el cristianismo en ese tiempo y cómo se celebraban los ritos litúrgicos, sobre todo la administración del bautismo y la celebración de la Eucaristía.
San Justino fue a Roma y allí fue denunciado por Crescencio, un filósofo con quien Justino había disputado mucho tiempo. El magistrado que lo juzgó, Rústico, también era un filósofo estoico, amigo y confidente de Marco Aurelio. Pero para el magistrado, Justino no era más que un cristiano, igual a sus compañeros, todos condenados a la decapitación por su fe en Cristo. Todavía hoy se conservan actas auténticas del martirio de Justino.

Mensaje de santidad.

San Justino, como filósofo que era, buscó primero y encontró después la auténtica sabiduría, que no es una filosofía abstracta, sino Cristo, la Persona Segunda de la Trinidad encarnada en la humanidad de Jesús de Nazareth. Una vez conocida la Verdad Absoluta revelada en Cristo Jesús, confirmó esta Verdad cambiando sus costumbres paganas por las cristianas, enseñando lo que afirmaba y defendiéndola con sus escritos. Tan convencido estaba de que Cristo Jesús era la Verdad Absoluta y plena de Dios, revelada por Dios Hijo en Persona, que por confesarse cristiano y por no renegar de la fe en Cristo, fue condenado a muerte en el año 165. Podemos decir que San Justino, entre otras cosas, nos deja dos enseñanzas fundamentales: por un lado, que todo ser humano tiene sed de la Verdad Absoluta de Dios y que esta sed sólo se puede saciar en la Fuente de la Sabiduría Divina que es Cristo Dios, el Hijo de Dios encarnado; por otro lado, nos enseña que hay una prueba de fuego para quien alcanza esta Verdad Suprema y es el don de la vida propia en testimonio de esta Verdad –que comprende la Verdad sobre la Eucaristía, porque si Cristo es Dios, entonces la Eucaristía es Cristo Dios-. Al conmemorar a San Justino, le pidamos la gracia de, llegado el caso, si así lo dispusiera Dios en sus planes para nosotros, mantengamos firme la fe en Cristo Dios, hasta dar la vida si fuera necesario.


miércoles, 29 de mayo de 2019

San Justino, mártir



Las actas que se conservan acerca del martirio de Justino son uno de los documentos más impresionantes que se conservan de la antigüedad[1] en el que se da testimonio acerca de Jesucristo. Justino es llevado ante el alcalde de Roma, y empieza entre los dos un memorable diálogo que queda para la eternidad:
Alcalde: “¿Cuál es su especialidad? ¿En qué se ha especializado?”.
Justino: “Durante mis primeros treinta años me dediqué a estudiar filosofía, historia y literatura. Pero cuando conocí la doctrina de Jesucristo me dediqué por completo a tratar de convencer a otros de que el cristianismo es la mejor religión”.
Alcalde: “Loco debe de estar para seguir semejante religión, siendo Ud. tan sabio”.
Justino: “Ignorante fui cuando no conocía esta santa religión. Pero el cristianismo me ha proporcionado la verdad que no había encontrado en ninguna otra religión”.
Alcalde: “¿Y qué es lo que enseña esa religión?”.
Justino: “La religión cristiana enseña que hay uno solo Dios y Padre de todos nosotros, que ha creado los cielos y la tierra y todo lo que existe. Y que su Hijo Jesucristo, Dios como el Padre, se ha hecho hombre por salvarnos a todos. Nuestra religión enseña que Dios está en todas partes observando a los buenos y a los malos y que pagará a cada uno según haya sido su conducta”.
Alcalde: “¿Y Usted persiste en declarar públicamente que es cristiano?”.
Justino: “Sí; declaro públicamente que soy un seguidor de Jesucristo y quiero serlo hasta la muerte”.
El alcalde pregunta luego a los amigos de Justino si ellos también se declaran cristianos y todos proclaman que sí, que prefieren morir antes que dejar de ser amigos de Cristo.
Alcalde: “Y si yo lo mando torturar y ordeno que le corten la cabeza, Ud. que es tan elocuente y tan instruido ¿cree que se irá al cielo?”.
Justino: “No solamente lo creo, sino que estoy totalmente seguro de que si muero por Cristo y cumplo sus mandamientos tendré la Vida Eterna y gozaré para siempre en el cielo”.
Alcalde: “Por última vez le mando: acérquese y ofrezca incienso a los dioses. Y si no lo hace lo mandaré a torturar atrozmente y haré que le corten la cabeza”.
Justino: “Ningún cristiano que sea prudente va a cometer el tremendo error de dejar su santa religión por quemar incienso a falsos dioses. Nada más honroso para mí y para mis compañeros, y nada que más deseemos, que ofrecer nuestra vida en sacrificio por proclamar el amor que sentimos por Nuestro Señor Jesucristo”.
Los otros cristianos afirmaron a viva voz que ellos estaban totalmente de acuerdo con lo que Justino acababa de decir. Justino y sus compañeros, cinco hombres y una mujer, fueron azotados cruelmente, y luego les cortaron la cabeza. Y el antiquísimo documento termina con estas palabras: “Algunos fieles recogieron en secreto los cadáveres de los siete mártires, y les dieron sepultura, y se alegraron que les hubiera concedido tanto valor, Nuestro Señor Jesucristo a quien sea dada la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.
Mensaje de santidad.
A pesar de ser un letrado en ciencias humanas, Justino se declara ante el alcalde como ignorante cuando no conocía la doctrina de Jesucristo, al tiempo que confiesa que en la religión católica se encuentra la Verdad Absoluta sobre Dios, Verdad que no se encuentra en ninguna otra religión. Según Justino, en la religión católica se enseña que Jesús es Dios como el Padre y que se encarnó para salvarnos y que al fin del tiempo dará a cada uno según su conducta. Se declara públicamente seguidor de Jesucristo, pretendiendo serlo hasta su muerte, incluso si lo torturan y si ordenan su muerte por decapitación. San Justino está convencido de que si él da su vida por Jesucristo y cumple sus mandamientos, obtendrá la vida eterna en el Reino de los cielos. Esto, a diferencia de otras religiones, que para alcanzar lo que llaman “cielo”, deben quitar la vida a sus prójimos: en el cristianismo, hay que dar la vida propia por la salvación propia y del prójimo. Cuando le ofrecen quemar incienso a los falsos dioses y lo amenazan con la muerte si no lo hace, San Justino declara que sería un “tremendo error” quemar incienso a los falsos dioses, ya que sólo Jesucristo, el único Dios verdadero, merece ese honor. Es entonces cuando Justino y siete de sus compañeros y discípulos son decapitados. Puesto que San Justino se mantuvo fiel a Jesucristo hasta la muerte, ahora goza de su visión bienaventurada por los siglos sin fin. En nuestros días, en los que los hombres se postran ante los falsos dioses de la Nueva Era y de los ídolos del mundo y queman incienso sacrílegamente en su honor, el ejemplo del martirio de San Justino es sumamente actual y válido para nosotros, dándonos ejemplo de verdadero amor al Hombre-Dios Jesucristo, hasta dar la vida por Él.

martes, 5 de febrero de 2019

Santa Águeda



         Vida de santidad[1].

Santa Águeda provenía de una familia distinguida y además era una joven de gran belleza. Sin embargo, poseía algo más valioso todavía y era su fe en Jesucristo. En esa época, se desencadenó una de las persecuciones a la Iglesia por parte del emperador Decio (250-253). Un senador romano, llamado Quintianus, trató de aprovechar la situación para retener a Águeda para sí, pero esta lo rechazó sin miramientos, aduciendo que ya tenía otro esposo y ese Esposo era Jesucristo.
Quintianus no se dio por vencido y la entregó en manos de Afrodisia, una mujer de mala vida, para tratar de corromper a la joven con las tentaciones del mundo, pero las virtudes de Santa Águeda y su fidelidad a Cristo fueron más fuertes que las tentaciones a las que la sometía la mujer.
Quintianus entonces, al ver que no podía corromper y poseer a la joven, se dejó llevar por la ira, por lo que decidió torturar a la joven virgen con toda clase de crueldades, llegando al extremo de ordenar que se le corten los senos. La respuesta de Santa Águeda se volvió célebre: “Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?”. En medio de sus torturas, la santa fue consolada con una visión de San Pedro quien, milagrosamente, la sanó. Sin embargo, las torturas continuaron y fueron tan intensas que finalmente terminaron con la vida de la santa, cuyo cuerpo ya sin vida fue arrojado sobre un lecho de carbones encendidos. Esto sucedió en Catania, Sicilia (Italia). Desde la antigüedad su culto se extendió por toda la Iglesia y su nombre fue introducido en el Canon romano.

Mensaje de santidad[2].

Ya desde antiguo, se le atribuyen a la santa numerosos milagros. Uno de ellos es el de la detención de la lava del volcán Etna, que había hecho erupción en el año 250: según la tradición, debido al ruego de los habitantes a la santa, la lava se detuvo milagrosamente antes de llegar a la ciudad, salvándose la misma de ser arrasada por el fuego volcánico. Por esta razón es que la ciudad de Catania la tiene como patrona y las regiones aledañas al Etna la invocan como patrona y protectora contra fuego, rayos y volcanes. Además de estos elementos, la iconografía de Santa Águeda suele presentar la palma, que significa la victoria del martirio, como también algún símbolo que recuerde las torturas que padeció. Y es que la santa es ejemplo para nosotros no por los milagros que pueda haber hecho o continúe haciendo, porque los continúa haciendo con toda seguridad, sino que lo que nos deja a nosotros como mensaje de santidad es su gran amor a Jesucristo, el Hombre-Dios, manifestado no meramente de palabras, sino con obras –se destacaba por su gran bondad- y por el don de su vida, además de haberse consagrado virginalmente a Nuestro Señor. Es decir, Santa Águeda es ejemplo para nosotros porque ofrendó su vida por amor a Jesucristo y esto es sumamente válido en nuestros tiempos, en los que la gran mayoría de las personas ofrendan sus vidas a los ídolos. Así, Santa Águeda nos demuestra que vale la pena perder la vida por Cristo y que, como dice la Escritura, “todo lo que hay en este mundo es nada en comparación con Cristo”. El otro ejemplo que nos deja Santa Águeda es el de su castidad y virginidad, sobre todo en un tiempo, como el nuestro, en el que la sensualidad, el hedonismo, la búsqueda del placer y la exaltación de las pasiones, se han convertido en norma de vida, siendo las primeras víctimas de esta concepción hedonista del mundo los niños y los jóvenes, que crecen creyendo que el hedonismo y la satisfacción de las pasiones –a través de la ideología de género, de la ESI y del feminismo- es el objetivo de la vida, desconociendo las delicias y la bienaventuranza que la castidad y la virginidad por Cristo conceden al alma.
Por su martirio y por su castidad, Santa Águeda es doblemente ejemplo para los niños y jóvenes de hoy.






[1] Cfr. https://www.corazones.org/santos/agueda.htm ; Butler, Vida de Santos, vol. IV.  México, D.F.: Collier’s International - John W. Clute, S.A., 1965; The Catholic Encyclopedia; Kirsch, J. P., Saint Agatha, Catholic Encyclopedia, Encyclopedia Press. 1913; Sgarbossa, Mario y Giovannini, Luigi. Un Santo Para Cada Día. Santa Fe de Bogotá: San Pablo. 1996.
[2] Fuentes antiguas: Su oficio en el Breviario Romano se toma, en parte de las Actas de latinas de su martirio. (Acta SS., I, Feb., 595 sqq.). De la carta del Papa Gelasius (492-496) a un tal Obispo Victor (Thiel. Epist. Roman. Pont., 495) conocemos de una Basílica de Santa Águeda. Gregorio I (590-604) menciona que está en Roma (Epp., IV, 19; P.L., LXXVII, 688) y parece que fue este Papa quien  incluyó su nombre en el Canon de la Misa. Solo conocemos con certeza histórica el hecho y la fecha de su martirio y la veneración pública con que se le honraba en la Iglesia primitiva.  Aparece en el Martyrologium Hieronymianum (ed. De Rossi y Duchesne, en el Acta SS., Nov. II, 17) y en el Martyrologium Carthaginiense que data del quinto o sexto siglo (Ruinart, Acta Sincera, Ratisbon, 1859, 634). En el siglo VI, Venantius Fortunatus la menciona en su poema sobre la virginidad como una de las celebradas vírgenes y mártires cristianas (Carm., VIII, 4, De Virginitate: Illic Euphemia pariter quoque plaudit Agathe Et Justina simul consociante Thecla. etc.).

viernes, 1 de junio de 2018

San Justino, mártir



         Vida de santidad[1].

         Justino, filósofo y mártir, nació a principios del siglo II en Flavia Neápolis (Nablus), la antigua Siquem, en Samaria, de familia pagana. Una vez convertido a la fe, escribió profusamente en defensa de la religión, aunque sólo se conservan de él dos “Apologías” y el “Diálogo con Trifón”. Abrió una escuela en Roma, en la que sostuvo públicas disputas. Sufrió el martirio, junto con sus compañeros, en tiempos de Marco Aurelio, hacia el año 165.

         Mensaje de santidad[2].

         El mensaje de santidad de San Justino, además de su vida de santidad, es el diálogo mantenido con el inicuo juez que lo condenó a muerte, pues en ese diálogo se demuestra su amor a Jesús y cómo por este amor a Jesús, desprecia incluso su propia vida, sin tener temor por las amenazas de muerte. Se puede apreciar también cómo se cumplen las palabras de Jesús, de que será el Espíritu Santo quien hablará por boca de los mártires, porque tal serenidad, tal fe, tal alegría, tal desprecio de los ídolos mundanos, tal valentía y falta de respetos humanos ante la autoridad inicua que buscaba hacerlo apostatar, tal fortaleza ante la amenaza de tortura y muerte, no pueden no venir sino de Dios Espíritu Santo, que inhabita en el alma y en el corazón de los mártires. He aquí el diálogo del mártir San Justino, el que le valió el cielo, según consta en las Actas de los Mártires: “Aquellos santos varones, una vez apresados, fueron conducidos al prefecto de Roma, que se llamaba Rústico. Cuando estuvieron ante el tribunal, el prefecto Rústico dijo a Justino: “Antes que nada, profesa tu fe en los dioses y obedece a los emperadores”. Justino respondió: “No es motivo de acusación ni de detención el hecho de obedecer a los mandamientos de nuestro Salvador Jesucristo”. Rústico dijo: “¿Cuáles son las enseñanzas que profesas?”. Respondió Justino: “Yo me he esforzado en conocer toda clase de enseñanzas, pero he abrazado las verdaderas enseñanzas de los cristianos, aunque no sean aprobadas por los que viven en el error”. El prefecto Rústico dijo: “¿Y tú las apruebas, miserable?”. Respondió Justino: “Así es, ya que las sigo según sus rectos principios”. Dijo el prefecto Rústico: “¿Y cuáles son estos principios?”. Justino respondió: “Que damos culto al Dios de los cristianos, al que consideramos como el único creador desde el principio y artífice de toda la creación, de todo lo visible y lo invisible, y al Señor Jesucristo, de quien anunciaron los profetas que vendría como mensajero de salvación al género humano y maestro de insignes discípulos. Y yo, que no soy más que un mero hombre, sé que mis palabras están muy por debajo de su divinidad infinita, pero admito el valor de las profecías que atestiguan que éste, al que acabo de referirme, es el Hijo de Dios. Porque sé que los profetas hablaban por inspiración divina al vaticinar su venida a los hombres”. Rústico dijo: “Luego, ¿eres cristiano?”. Justino respondió: “Así es, soy cristiano”. El prefecto dijo a Justino: “Escucha, tú que eres tenido por sabio y crees estar en posesión de la verdad: si eres flagelado y decapitado ¿estás persuadido de que subirás al cielo?”. Justino respondió: “Espero vivir en la casa del Señor, si sufro tales cosas, pues sé que, a todos los que hayan vivido rectamente, les está reservado el don de Dios para el fin del mundo”. El prefecto Rústico dijo: “Tú, pues, supones que has de subir al cielo, para recibir un cierto premio merecido”. Justino respondió: “No lo supongo, lo sé con certeza”. El prefecto Rústico dijo: “Dejemos esto y vayamos a la cuestión que ahora interesa y urge. Poneos de acuerdo y sacrificad a los dioses”. Justino dijo: “Nadie que piense rectamente abandonará la piedad para caer en la impiedad”. El prefecto Rústico dijo: “Si no hacéis lo que se os manda, seréis atormentados sin piedad”. Justino respondió: “Nuestro deseo es llegar a la salvación a través de los tormentos sufridos por causa de nuestro Señor Jesucristo, ya que ello será para nosotros motivo de salvación y de confianza ante el tribunal de nuestro Señor y Salvador, que será universal y más temible que éste”. Los otros mártires dijeron asimismo: “Haz lo que quieras; somos cristianos y no sacrificamos a los ídolos”. El prefecto Rústico pronunció la sentencia, diciendo: “Por haberse negado a sacrificar a los dioses y a obedecer las órdenes del emperador, serán flagelados y decapitados en castigo de su delito y a tenor de lo establecido por la ley”. Los santos mártires salieron, glorificando a Dios, hacia el lugar acostumbrado y allí fueron decapitados, coronando así el testimonio de su fe en el Salvador”.


[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De las Actas del martirio de los santos Justino y compañeros;  Cap. 1-5: cf. PG 6, 1566-1571.


jueves, 27 de julio de 2017

San Pantaleón, mártir


         Vida de santidad[1].

San Pantaleón o Pantalaimón (significa en griego “el que se compadece de todos”), murió mártir, alrededor del 305. Nació en Nicomedia, ciudad de Bitinia, y fue venerado en Oriente por haber ejercido como médico sin recibir retribución alguna. Era el hijo de un pagano rico, que se llamaba, Eustorgius de Nicomedia, y fue instruido en el Cristianismo por su madre que era Cristiana, Ebula. Luego se convirtió en extraño al Cristianismo. Estudió medicina y llegó a ser médico del emperador Galerio Maximiano en Nicomedia. Fue en la corte del rey, en donde se vivía en la vanagloria mundana y en el paganismo, en donde cayó en la apostasía, renegando del cristianismo. Sin embargo, regresó al Redil de Cristo gracias a los prudentes consejos del sacerdote Hermolaus. San Pantaleón tenía una gran fortuna, producto de la herencia recibida luego de la muerte de su padre, pero cuando comenzó la persecución de Diocleciano en Nicomedia, el año 303, Pantaleón distribuyó todos sus bienes entre los pobres y se quedó sin nada.
Al poco tiempo y denunciado por algunos médicos que le tenían envidia, fue  delatado a las autoridades, las cuales le arrestaron junto con Hermolaos y otros dos cristianos. El emperador, que deseaba salvar a Pantaleón, le exhortó a apostatar, pero éste se negó a ello y para demostrar la verdad de la fe curó milagrosamente a un paralítico. Luego de sufrir numerosos tormentos, los cuatro fueron condenados a ser decapitados, aunque la ejecución de san Pantaleón se retrasó un día. Precisamente, en su ejecución, las actas de su martirio nos relatan sobre hechos milagrosos, que prueban cómo el Espíritu Santo inhabita en los mártires y hace dulces y livianos los tormentos aplicados por los hombres: los verdugos trataron de matarle de seis maneras diferentes; con fuego, con plomo fundido, ahogándole, tirándole a las fieras, torturándole en la rueda, atravesándole una espada, arrojándole flechas, lanzándolo en medio de tigres y leones para que lo devoraran vivo. Con la ayuda del Señor, Pantaleón salió ileso[2]: el fuego se apagó, la espada se dobló, las fieras salvajes se amansaron ante su voz, etc. Finalmente, el mártir permitió libremente que lo decapitaran, llegando así San Pantaleón al más extremo grado de heroicidad, al derramar su sangre por Cristo, lo cual es, para la Iglesia Católica, un signo inequívoco de santidad[3]. San Pantaleón murió mártir a la edad de 29 años el 27 de julio del 304.

Mensaje de santidad.

Si bien San Pantaleón tuvo un momento de debilidad, que es cuando estuvo en el palacio y se dejó seducir por el paganismo y la vida mundana, sin embargo después, haciendo caso de los consejos de un sacerdote, quien le dijo que morir por Jesús era lo más hermoso que le podía pasar a una persona en esta tierra, porque así se ganaba el cielo, el santo dio su vida por Jesús, reparando así su debilidad para con Jesús y brindando la máxima muestra de amor que un cristiano puede dar por Jesús, que es dar la vida por Él. En otras palabras, llevado por el espíritu mundano, que mira a lo malo como bueno y a lo bueno como malo, San Pantaleón renegó de su fe, pero luego dio su vida y murió por esa fe que un día había negado, reparando su falta y manifestando su amor al Señor. El mensaje de San Pantaleón es que cae en la apostasía, pero se arrepiente, se convierte y da testimonio de Cristo con su propia vida; desprecia los bienes terrenos, pues los reparte entre los pobres, pero ante todo, desprecia su propia vida, con tal de ganar el cielo. En nuestros tiempos, en los que el espíritu mundano y pagano llevan al hombre a olvidarse de los Mandamientos de Dios y de la vida eterna, el ejemplo de fe y de amor a Jesucristo, por encima de todas las cosas, es más válido y actual que nunca, para todos los cristianos.





[2] http://www.corazones.org/santos/pantaleon.htm
[3] Las vidas que contienen estas características legendarias son todas tarde en fecha y sin valor. Con todo el hecho del martirio, por sí mismo parece probar por veneración, por lo cual es un testimonio temprano, entre otros de Theodoret (Graecarum affectionum curatio, Sermo VIII, De martyribus, en Migne, P. G., LXXXIII 1033) Procopius de Caesarea (De aedificiis Justiniani I, ix; V, ix) y el Martyrologium Hieronymianum (Acta SS., Nov., II, 1, 97).   

lunes, 5 de junio de 2017

San Bonifacio, obispo y mártir


         En una de sus cartas[1], escribe así San Bonifacio acerca de la Iglesia y su gobierno en tiempos difíciles: “La Iglesia, que como una gran nave surca los mares de este mundo, y que es azotada por las olas de las diversas pruebas de esta vida, no ha de ser abandonada a sí misma, sino gobernada”. Utiliza la imagen de la nave que surca los mares tempestuosos, para describir a la Santa Iglesia Católica, y afirma que, en medio de las pruebas y tribulaciones del mundo y de la historia, “debe ser gobernada”, y no “abandonada a sí misma”; es decir, la Iglesia no debe ser abandonada por los hombres, frente al ataque de sus enemigos –externos e internos-, sino que debe “ser gobernada”. Pero no se refiere al gobierno sobrenatural, porque este está a cargo de Dios, de la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo; se refiere al gobierno de los hombres, que se dejan guiar por el Espíritu Santo, porque son dóciles a sus inspiraciones. San Bonifacio cita a grandes papas, santos y mártires, como ejemplo de hombres que deben guiar a la Iglesia, dóciles al Espíritu de Dios: “De ello nos dan ejemplo nuestros primeros padres Clemente y Cornelio y muchos otros en la ciudad de Roma, Cipriano en Cartago, Atanasio en Alejandría, los cuales, bajo el reinado de los emperadores paganos, gobernaban la nave de Cristo, su amada esposa, que es la Iglesia, con sus enseñanzas, con su protección, con sus trabajos y sufrimientos hasta derramar su sangre”. Para San Bonifacio, los hombres que deben gobernar la Iglesia son guiados por el Espíritu Santo, porque en medio del reino de los paganos, guían a los bautizados con la luz de la Divina Sabiduría, ofrecen sus sacrificios a Nuestro Señor, y llegan incluso hasta “derramar su sangre” por amor a la Iglesia.
Cuando San Bonifacio piensa en los santos y mártires, “se estremece de terror y temor”, pues se compara con ellos y ve, en ellos, la santidad, y en él, “el pecado y las ganas de abandonar”, pero “encuentra ejemplo de eso en las Escrituras y los Padres, por lo que no lo sigue considerando: “Al pensar en éstos y otros semejantes, me estremezco y me asalta el temor y el terror, me cubre el espanto por mis pecados, y de buena gana abandonaría el gobierno de la Iglesia que me ha sido confiado, si para ello encontrara apoyo en el ejemplo de los Padres o en la sagrada Escritura”. San Bonifacio dice esto porque cree firmemente que los que deben guiar a la Iglesia son los santos y los mártires, es decir, los que “en todo momento y circunstancia siguen la voz del Espíritu Santo”, según la definición de Castellani: “(el santo es) aquél que en todo momento y en cualquier circunstancia sigue la voz del Espíritu Santo”[2].
El santo no debe confiar en sus propias fuerzas, sino en la santidad y la justicia de Dios, y apoyarse en su Nombre Tres veces Santo: “Mas, puesto que las cosas son así y la verdad puede ser impugnada, pero no vencida ni engañada, nuestra mente fatigada se refugia en aquellas palabras de Salomón: “Confía en el Señor con toda el alma, no te fíes de tu propia inteligencia; en todos tus caminos piensa en él, y él allanará tus sendas”. Y en otro lugar: “Torre fortísima es el nombre del Señor, en él espera el justo y es socorrido”.
Y así, fortalecido por el Nombre de Dios, se dispone “a la prueba”, por eso de que “el oro se prueba en el crisol” (cfr. Prov. 17, 3; 1 Pe 1, 7), ya que Dios envía tribulaciones para probar y fortalecer a los que confían en El, pero los que en Él confían salen siempre triunfantes: “Mantengámonos en la justicia y preparemos nuestras almas para la prueba; sepamos aguantar hasta el tiempo que Dios quiera y digámosle: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”.
Dice San Bonifacio que la carga que lleva el que gobierna la Iglesia, ha sido puesta por Dios mismo, pues se trata de su “yugo, que es suave” (cfr. Mt 11, 30), según sus propias palabras en el Evangelio: “Tengamos confianza en él, que es quien nos ha impuesto esta carga. Lo que no podamos llevar por nosotros mismos, llevémoslo con la fuerza de aquel que es todopoderoso y que ha dicho: Mi yugo es suave y mi carga ligera”.
Quien es puesto al frente de la Iglesia por el Señor, porque se deja guiar por el Espíritu Santo al ser dócil a sus inspiraciones, debe enfrentar a “días de angustia y aflicción”, porque la Iglesia debe soportar los embates del Infierno, que ataca a la Esposa de Cristo por medio de agentes externos e internos –los enemigos más peligrosos de la Iglesia son los modernos Judas Iscariotes: “los falsos hombres de iglesia crucifican a los santos”[3]-, debiendo estar dispuestos, los que aman a la Iglesia, a “morir por las santas leyes y así conseguir la herencia eterna”: “Mantengámonos firmes en la lucha en el día del Señor, ya que han venido sobre nosotros días de angustia y aflicción. Muramos, si así lo quiere Dios, por las santas leyes de nuestros padres, para que merezcamos como ellos conseguir la herencia eterna”.
Por último, dice San Bonifacio que al vigilar sobre el rebaño de Cristo, “no debemos ser perros mudos” ni “centinelas silenciosos”, ni tampoco “mercenarios que huyen del lobo, sino “pastores solícitos que anuncien el Evangelio a todo hombre”, “a tiempo y destiempo”: “No seamos perros mudos, no seamos centinelas silenciosos, no seamos mercenarios que huyen del lobo, sino pastores solícitos que vigilan sobre el rebaño de Cristo, anunciando el designio de Dios a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres, a los hombres de toda condición y de toda edad, en la medida en que Dios nos dé fuerzas, a tiempo y a destiempo, tal como lo escribió san Gregorio en su libro a los pastores de la Iglesia”. No seamos perros mudos, ni centinelas silenciosos, ni mercenarios, frente al gnosticismo neo-pagano, el relativismo, el naturalismo y el racionalismo que, negando los misterios sobrenaturales absolutos de Dios Uno y Trino y de la Encarnación del Verbo en el seno de María Virgen, asolan a nuestra Santa Madre Iglesia en estos sombríos y aciagos días. No seamos perros mudos del rebaño del Señor, pues el Buen Pastor, el Sumo y Eterno Sacerdote, Jesucristo, vigila Él mismo sobre su rebaño, y “vendrá pronto a dar a cada uno su salario, según hayan sido sus obras” (cfr. Ap 22, 12-14).



[1] Carta 78; MGH, Epistolae 3, 352. 354.
[2] Cfr. Daniel Giaquinta, en Javier Navascués, Leonardo Castellani, Defensor de la Tradición, https://adelantelafe.com/leonardo-castellani-defensor-la-tradicion/
[3] Cfr. Giaquinta, passim.