San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 15 de octubre de 2024

Santa Teresa de Ávila y el recuerdo del amor de Cristo

 



         En el peregrinar de nuestra vida terrena hacia la Jerusalén del cielo, sucede con mucha frecuencia que se presentan pruebas, dificultades, tribulaciones, situaciones de dolor, enfermedades, fallecimientos de seres queridos, las cuales nos hacen olvidar lo que dice la Sagrada Escritura: “Lucha es la vida del hombre en la tierra” (Job 7, 1) y si no tenemos un fuerte auxilio espiritual, con toda seguridad, vamos a perecer en estas tribulaciones. Precisamente, para no perecer en estas tribulaciones que se presentan tan a menudo en esta vida terrena, en este peregrinar hacia el Reino de Dios, Santa Teresa de Ávila viene en nuestro auxilio, para recordarnos qué debemos hacer en dichos casos o, mejor aún, a Quién debemos recurrir y es a Nuestro Señor Jesucristo. Dice así Santa Teresa[1]: “Con tan buen amigo presente -Nuestro Señor Jesucristo-, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero. Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita”. Santa Teresa dice que con Jesús “todo se puede sufrir”, porque fue el primero en padecer (en la cruz) y además Él ayuda, da fuerzas, no falta, es decir, está siempre y es amigo verdadero y que si queremos agradar a Dios y que Dios nos haga “grandes mercedes”, es decir, grandes dones y milagros, que acudamos a su “Humanidad sacratísima” y esto no es otra cosa que la Eucaristía, o sea que Santa Teresa nos está diciendo que cuando nos encontremos en alguna situación de tribulación, acudamos a Jesús, el Amigo Fiel, en la Eucaristía y que Él nos ayudará desde la Eucaristía.

         Después dice la Santa: “He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de contemplación; por aquí vamos seguros. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes. Él lo enseñará; mirando su vida, es el mejor dechado”. Santa Teresa nos dice que Jesús es la Puerta, tal como Él nos enseña en el Evangelio –“Yo Soy la Puerta” (Jn 10, 9)- para conocer los secretos admirables de Dios y no hay otro camino que Cristo: “Yo Soy el Camino” y que es el Único Camino seguro por el que “nos vienen todos los bienes”. Entonces, desdichado quien busca otro camino que no es Cristo; feliz quien llega a Cristo y a su vez sabemos que el camino más rápido para llegar a Cristo es la Virgen.

         Luego dice Santa Teresa de Ávila que Cristo “no nos abandonará en las tribulaciones y trabajos”, como sí lo hacen los mundanos, y que es feliz aquél que ame verdaderamente a Cristo y que siempre lo tenga consigo, dando después el ejemplo de varios santos, empezando por San Pablo: “¿Qué más queremos que un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe de sí. Miremos al glorioso san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón. Yo he mirado con cuidado, después que esto he entendido, de algunos santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino: san Francisco, san Antonio de Padua, san Bernardo, santa Catalina de Siena”.

         Por último, dice Santa Teresa que nos acordemos del amor de Cristo, con el cual nos hizo tantos favores -nos rescató de las garras del Demonio, nos lavó la mancha del pecado con su Sangre y nos adoptó como hijos de Dios Padre, haciéndonos herederos del Reino de Dios-, porque el amor con amor se paga y si tenemos en el corazón el amor de Cristo, todo, incluso las tribulaciones y las pruebas más difíciles de esta vida terrena, todo será más fácil: “Siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor. Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar, porque, si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil, y obraremos muy en breve y muy sin trabajo”.  

 

 

 

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[1] Santa Teresa de Jesús, Libro de su vida, cap. 22, 6-7. 12. 14.

 


jueves, 13 de junio de 2024

San Antonio de Padua, presbítero y Doctor de la Iglesia

 


San Antonio de Padua, presbítero y Doctor de la Iglesia, en uno de sus sermones, habla acerca del “don de lenguas”[1]. Ahora bien, contrariamente a lo que se pueda pensar en primera instancia, cuando San Antonio habla de “don de lenguas”, no se refiere a hablar en un lenguaje incomprensible para los demás o para uno mismo; no se refiere a hablar en un idioma del cual uno nunca ha hablado y que por inspiración del Espíritu Santo ahora lo está hablando. San Antonio de Padua, cuando habla de “don de lenguas”, habla de otra cosa muy distinta, habla de las obras de misericordia, que deben acompañar a la prédica de la Palabra de Dios, de manera tal que para el santo la Palabra de Dios tiene fuerza cuando va acompañada de las obras de misericordia[2].

Dice así San Antonio de Padua: “El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas. Estas diversas lenguas son los diversos testimonios que da de Cristo, como por ejemplo la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia, que son las palabras con que hablamos cuando los demás pueden verlas reflejadas en nuestra conducta. La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras, y por esto el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto, sino hojas tan sólo”. Entonces, para San Antonio, el que obra obras buenas -humildad, pobreza, paciencia, obediencia- son “palabras” dictadas por el Espíritu Santo, con las cuales el alma “habla” a los demás a través de su conducta, a través de su obrar; muchas veces, dice el santo, hablamos mucho, de Dios, del Evangelio, de la Iglesia, pero estamos vacíos de obras buenas y esto es causa de maldición divina, así como Jesús maldijo a la higuera, llena de hojas pero sin frutos. El cristiano que habla mucho pero no tiene obras es como esa higuera, frondosa pero sin frutos. Luego San Antonio cita a San Gregorio: “La norma del predicador -dice san Gregorio- es poner por obra lo que predica”. Y luego continúa: “En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana el que la contradice con sus obras. Pero los apóstoles hablaban según les hacía expresarse el Espíritu Santo. ¡Dichoso el que habla según le hace expresarse el Espíritu Santo y no según su propio sentir! Porque hay algunos que hablan movidos por su propio espíritu, roban las palabras de los demás y las proponen como suyas, atribuyéndolas a sí mismos. De estos tales y de otros semejantes dice el Señor por boca de Jeremías: Aquí estoy yo contra los profetas que se roban mis palabras uno a otro. Aquí estoy yo contra los profetas -oráculo del Señor- que manejan la lengua para echar oráculos. Aquí estoy yo contra los profetas de sueños falsos -oráculo del Señor-, que los cuentan para extraviar a mi pueblo, con sus embustes y jactancias. Yo no los mandé ni los envié, por eso son inútiles a mi pueblo -oráculo del Señor”-. San Antonio hace una comparación entre los Apóstoles, que hablaban -es decir, hacían obras buenas, obras de misericordia- según les dictaba el Espíritu Santo, y muchos cristianos, entre los que debemos procurar no contarnos nosotros, que hablan -hacen obras- no según el Espíritu Santo, sino según su propia vanagloria, o peor aún, “roban las obras de los demás” y se las atribuyen a sí mismos; contra estos tales advierte el Señor por medio del profeta Jeremías, porque de Dios nadie se burla.

Por último, finaliza San Antonio de Padua animándonos a dejarnos guiar por el Espíritu Santo, para que hablemos -es decir, hagamos obras- según el querer de Dios y no según nuestro propio querer, para que actuemos movidos por su gracia y no por nuestra propia voluntad, para que el Espíritu Santo nos conceda el don de la contrición, del arrepentimiento perfecto de nuestros pecados, de manera tal que, hablando con las obras dictadas por el Espíritu Santo aquí en la tierra, seamos considerados dignos de contemplar a la Trinidad y al Cordero en los cielos por toda la eternidad. Dice así el santo: “Hablemos, pues, según nos haga expresarnos el Espíritu Santo, pidiéndole con humildad y devoción que infunda en nosotros su gracia, para que completemos el significado quincuagenario del día de Pentecostés, mediante el perfeccionamiento de nuestros cinco sentidos y la observancia de los diez mandamientos, y para que nos llenemos de la ráfaga de viento de la contrición, de manera que, encendidos e iluminados por los sagrados esplendores, podamos llegar a la contemplación del Dios Uno y Trino”.



[1] Cfr. De los Sermones de san Antonio de Padua, presbítero
(I, 226).


lunes, 13 de marzo de 2023

San Patricio

 



Vida de santidad[1].

Patricio nació con el nombre de Maewyn alrededor del año 387 en Bennhaven Taberniae, en la actual Escocia y murió hacia el año 461. Era hijo de un oficial romano, cuya religión era el cristianismo. A los dieciséis años fue tomado prisionero por unos piratas irlandeses y luego vendido como esclavo. Tras varios intentos, logró huir y se convirtió en predicador del Evangelio en Irlanda, isla que en esos tiempos se encontraba dividida en numerosos clanes sometidos a la poderosa autoridad de los druidas, que eran sacerdotes paganos que rendían culto al Demonio.

Acompañado por la gracia de Jesucristo, San Patricio realizó una gran labor apostólica, combatiendo la religión pagana de los druidas y evangelizando a los habitantes de la isla, predicando el Evangelio de Jesucristo y gracias a su prédica, los habitantes de Irlanda abrazaron desde entonces el catolicismo. Fue tan importante su trabajo evangelizador, que se le conoce como el “Apóstol de Irlanda”.  Según una tradición irlandesa, San Patricio libró a la isla de las serpientes y tanto es así, que en la actualidad Irlanda es la única región de las Islas Británicas que no posee ofidios silvestres. Según cuenta la tradición, San Patricio libró a la isla de las serpientes luego de golpear el suelo tres veces con el crucifijo, invocando al mismo tiempo a la Santísima Trinidad. Podemos decir que San Patricio libró a la isla de las serpientes, pero no solo de los animales, sino sobre todo de las serpientes preternaturales, los ángeles caídos, los demonios, los cuales huyen ante el Santo Crucifijo.

A San Patricio también se le adjudica la explicación acerca de la Santísima Trinidad, utilizando un trébol: utilizando un trébol como muestra, explicó que la Santísima Trinidad, al igual que el trébol, era una misma unidad, pero con tres personas diferentes (un mismo tallo con tres hojas).

Mensaje de santidad.

Un mensaje de santidad que nos deja San Patricio es el abrazarnos a Cristo crucificado, para no solo vernos libres de las acechanzas del Demonio, sino ante todo, para recibir el Amor del Sagrado Corazón de Jesús, traspasado en la cruz.

Otro mensaje de santidad de San Patricio puede tal vez sintetizarse en la oración conocida como “Coraza de San Patricio”, en la que Cristo rodea al alma fiel, tal como lo hizo con San Patricio durante toda su vida y tal como está Cristo en San Patricio ahora, por toda la eternidad, en el Reino de los cielos. La oración de la “Coraza de San Patricio”, la cual podemos rezar todos los días e incluso varias veces al día, es la siguiente:

Oración de la coraza de san Patricio:

Me levanto hoy

Por medio de poderosa fuerza, 

la invocación de la Trinidad,

Por medio de creer en sus Tres Personas,

Por medio de confesar la Unidad,

Del Creador de la Creación.

Me levanto hoy

Por medio de la fuerza del nacimiento de Cristo y su bautismo,

Por medio de la fuerza de Su crucifixión y su sepulcro,

Por medio de la fuerza de Su resurrección y ascención,

Por medio de la fuerza de Su descenso para juzgar el mal.

Me levanto hoy

Por medio de la fuerza del amor de Querubines,

En obediencia de Ángeles, En servicio de Arcángeles,

En la esperanza que la resurrección encuentra recompensa,

En oraciones de Patriarcas, En palabras de Profetas,

En prédicas de Apóstoles, En inocencia de Santas Vírgenes,

En obras de hombres de bien.

Me levanto hoy

Por medio del poder del cielo:

Luz del sol,

Esplendor del fuego,

Rapidez del rayo,

Ligereza del viento,

Profundidad de los mares,

Estabilidad de la tierra,

Firmeza de la roca.

Me levanto hoy

Por medio de la fuerza de Dios que me conduce:

Poder de Dios que me sostiene,

Sabiduría de Dios que me guía,

Mirada de Dios que me vigila,

Oído de Dios que me escucha,

Palabra de Dios que habla por mí,

Mano de Dios que me guarda,

Sendero de Dios tendido frente a mí,

Escudo de Dios que me protege,

Legiones de Dios para salvarme

De trampas del demonio,

De tentaciones de vicios,

De cualquiera que me desee mal,

Lejanos y cercanos,

Solos o en multitud.

Yo invoco éste día todos estos poderes entre mí y el malvado,

Contra despiadados poderes que se opongan a mi cuerpo y alma,

Contra conjuros de falsos profetas,

Contra las negras leyes de los paganos,

Contra las falsas leyes de los herejes,

Contra obras y fetiches de idolatría,

Contra encantamientos de brujas, forjas y hechiceros,

Contra cualquier conocimiento corruptor de cuerpo y alma.

Cristo escúdame hoy

Contra filtros y venenos, Contra quemaduras,

Contra sofocación, Contra heridas,

De tal forma que pueda recibir recompensa en abundancia.

Cristo conmigo, 

Cristo frente a mí, 

Cristo tras de mí,

Cristo en mí, Cristo a mi diestra,

Cristo a mi siniestra,

Cristo al descansar, 

Cristo al levantar,

Cristo en el corazón de cada hombre que piense en mí,

Cristo en la boca de todos los que hablen de mí,

Cristo en cada ojo que me mira, 

Cristo en cada oído que me escucha.

Me levanto hoy

Por medio de poderosa fuerza, la invocación de la Trinidad,

Por medio de creer en sus Tres Personas,

Por medio de confesar la Unidad,

Del Creador de la Creación.

     Y nosotros podríamos agregar: "Cristo en la Eucaristía/Y la Eucaristía en mi corazón".

jueves, 22 de septiembre de 2022

El Padre Pío y el verdadero alivio del sufrimiento

 



         Dentro de todas las innumerables virtudes del Padre Pío, se encuentran su compasión por quienes se encuentran afligidos por diversas enfermedades. A tal punto llegó su compasión, que no se quedó cruzado de brazos, sino que comenzó una campaña para recolectar dinero para poder fundar un hospital destinado a los que padecen todo tipo de enfermedades, hospital al cual llamó: “Casa alivio del sufrimiento”. En la actualidad, el hospital fundado por el Padre Pío es uno de los mejores de Italia y del mundo.

         Pero hay un designio del Padre Pío en el nombre del hospital y es que en el nombre se indica cuál es el verdadero alivio que el Padre Pío quería para sus enfermos. Aunque pueda parecernos extraño, el Padre Pío quería que los enfermos se curaran y así se vieran aliviados, pero no era ese el principal deseo del Padre Pío, porque él buscaba otro alivio, mucho más profundo, para los enfermos, que la simple curación de sus enfermedades y era la curación del alma por la gracia santificante de Cristo y su santificación por medio de la participación en la Pasión y Muerte en cruz de Cristo. Ése era el verdadero alivio que buscaba el Padre Pío para los enfermos: no tanto que se curasen de sus enfermedades del cuerpo, sino ante todo que fueran curados en el alma por la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo, gracia que brota de su Corazón traspasado y que se comunica por medio de los sacramentos.

Y es el mismo Padre Pío quien nos muestra cuál es el verdadero alivio del sufrimiento y nos lo muestra con sus llagas: el verdadero alivio no es la curación de la enfermedad, sino la unión con Cristo crucificado. Cuando el alma se une a Cristo en la cruz, es ahí cuando experimenta un alivio en su sufrimiento, no porque su enfermedad sea curada milagrosamente, sino porque al unirse a Cristo por el sufrimiento, es Cristo Quien toma ese sufrimiento como si fuera propio y lo convierte, con su santidad y su poder divino, en una fuente de santificación, para el alma que sufre y para todos aquellos por quienes esa alma ofrece su sufrimiento. Al recordarlo en su día, le pidamos al Padre Pío que nos enseñe a apreciar y desear unirnos a Cristo crucificado, para así obtener alivio para nuestras almas y las de nuestros seres queridos.

viernes, 16 de julio de 2021

San Francisco Solano y la Evangelización en el Espíritu Santo


 


         San Francisco Solano fue un evangelizador de Cristo en tierras paganas, es decir, en estas tierras tucumanas que, antes de que viniera San Francisco Solano con la Cruz de Cristo, eran paganas.

         ¿Qué quiere decir esto?

         Quiere decir que, por un lado, ser evangelizador significa ser impulsado por el Espíritu Santo, porque no se explica de otra manera que una persona abandone no solo su vida laica para entrar en religión, sino que deje su familia, su tierra, su patria, para ir a otras tierras, a otras patrias, para predicar la Buena Noticia de Jesucristo.

         Quiere decir que este lugar, como todo lugar de misión, estaba infestado de demonios, de ángeles caídos, porque los ángeles rebeldes fueron precipitados a la tierra  luego de su rebelión, según las Escrituras. Estos demonios, a su vez, condujeron a los hombres caídos en pecado original a que los adoraran a ellos, en lugar de adorar al Verdadero y Único Dios, Uno y Trino y fue así que propiciaron la creación de numerosos ídolos paganos y demoníacos, como la Santa Muerte o Satánica Muerte y la Pachamama y en nuestros días, el Gauchito Gil, la Difunta Correa y también la Santa Muerte.

         El Evangelio dice que Nuestro Señor Jesucristo vino para “destruir las obras del Diablo” y los ídolos paganos son ídolos demoníacos que deben ser desaparecer del corazón y de la mente de los hombres, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, para entronizar, en las mentes y en los corazones, al Sagrado Corazón y al Inmaculado Corazón de María.

         Por otro lado, ser evangelizador quiere decir que el Espíritu Santo envía hombres de religión católica para que propaguen la única y verdadera religión, la Religión Católica. Es falso decir que el Espíritu Santo suscitó religiones paganas en América y al mismo tiempo en Roma la religión católica y que por lo tanto todas son legítimas y verdaderas: Dios no puede contradecirse y no puede enseñar que el error –las religiones paganas amerindias prehispánicas- y la religión católica traída por los Conquistadores y Evangelizadores españoles son lo mismo: las religiones amerindias son paganas y falsas, en tanto que la religión católica es la única verdadera.

San Francisco Solano vino a enseñar la verdadera y única religión, la religión católica, que nos salva del pecado, del Infierno y del error, por la gracia, la fe, el amor, la cruz y el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, por lo que deben ser erradicados todos los cultos paganos demoníacos (como la Pachamama, el Gauchito Gil, San La Muerte, etc.). Por último, San Francisco Solano dejó una surgente de agua milagrosa, como signo de la gracia santificante, que aleja al Demonio y eleva el alma al deseo de la unión con Cristo y la Virgen. Así como donde está el agua bendita no está el Demonio, así donde está la gracia, no está el pecado y está Cristo Rey. Ése es el legado de San Francisco Solano.

jueves, 15 de octubre de 2020

Santa Teresa de Ávila

 



         Vida de santidad[1].

         Nació en Ávila (España) el año 1515. Ingresó en la Orden del Carmelo, donde realizó grandes progresos en el camino de la perfección y gozó de místicas revelaciones. Habiendo emprendido la reforma de su Orden, tuvo que sufrir muchas dificultades, que superó con gran fortaleza de ánimo. También escribió varias obras, insignes por lo elevado de su doctrina, fruto de su experiencia personal. Murió en Alba de Tormes el año 1582.

         Mensaje de santidad.

         En un mundo caracterizado por dos extremos, un materialismo ateo y una espiritualidad pagana y anti-cristiana como la de la Nueva Era, Santa Teresa de Jesús nos deja un maravilloso mensaje de esperanza, no para esta vida, sino para la vida eterna. Analicemos brevemente el poema “Vivo sin vivir en mí”.

“Vivo sin vivir en mí,/y tan alta vida espero,/que muero porque no muero”. Santa Teresa vive, con la vida natural, pero no vive de ella y para ella, sino para otra vida, la vida eterna y es “tan alta” esta vida eterna en Cristo Jesús, que aunque viva con esta vida terrena, vive ansiando la muerte, para vivir eternamente con Cristo: “Muero porque no muero”.

“Esta divina unión/del amor con que yo vivo/hace a Dios ser mi cautivo/y libre mi corazón;/mas causa en mí tal pasión/ver a Dios mi prisionero,/que muero porque no muero”. Es un dogma de fe que Dios Trinidad, por la gracia, vive, inhabita, en el alma en gracia y a eso se refiere Santa Teresa cuando dice que “por el amor Dios vive cautivo en su corazón” y ese vivir de Dios Trino en su corazón, por la gracia y el amor, le causa tal ardor de amor, que se impacienta por no morir, para empezar a gozar de la visión beatífica: “Muero porque no muero”.

“¡Ay! ¡Qué larga es esta vida!/¡Qué duros estos destierros,/esta cárcel, estos hierros/en que el alma está metida!/Sólo esperar la salida/me causa dolor tan fiero,/que muero porque no muero”. Esta vida terrena, comparada con la hermosura inimaginable de la vida eterna en el Reino de los cielos, es como “una cárcel”, “unos hierros”, que se hacen “largos” porque el alma que contempla la vida futura en compañía del Cordero, no ve la hora en que llegue su muerte terrena, para alcanzar la vida eterna.

“¡Ay! ¡Qué vida tan amarga/do no se goza el Señor!/y si es dulce el amor,/no lo es la esperanza larga;/quíteme Dios esta carga/más pesada que el acero,/que muero porque no muero”. Esta vida terrena, además de ser una “cárcel” y unos “hierros”, es “amarga”, porque no se puede gozar, mientras estemos en la tierra, de la dulzura del Ser divino trinitario y de la contemplación en el Amor de Dios del Cordero; por eso, si bien se atenúa un poco la amargura por el amor que se puede tener a Dios, aun así, “la esperanza es larga”, esto es, la esperanza de morir cuanto antes a esta vida terrena para empezar a gozar de la Trinidad, hace que esta vida se vea como muy larga, y por eso el alma “muere porque no muere”.

“Sólo con la confianza/vivo de que he de morir,/porque, muriendo, el vivir/me asegura mi esperanza;/muerte do el vivir se alcanza,/no te tardes que te espero,/que muero porque no muero”. El alma que desea contemplar cara a cara a Dios Trino “muere porque no muere”, pero hasta que eso suceda, vive con la confianza que algún día ha de morir y que la muerte terrena significará, para el alma que vive en gracia, el comienzo de la vida eterna, de la bienaventuranza sin fin y por eso le dice a la muerte que “no tarde” y que hasta tanto, “muere porque no muere”.

“Vivo sin vivir en mí,/y tan alta vida espero,/que muero porque no muero. Amén”. El alma que ama a Dios vive en esta vida terrena, pero no vive en sí ni para sí, sino que vive en Dios, por Dios y para Dios y espera “tan alta vida” en el Reino de los cielos”, que “muere porque no muere”.

Imitemos a Santa Teresa de Ávila y vivamos en esta vida deseando morir para vivir la vida eterna; mientras tanto, recibamos de esa vida eterna que se nos da, como un anticipo, en la Sagrada Eucaristía, en donde Jesús vive para darnos su Vida Eterna.

 



[1] http://oraciondelashoras.blogspot.com/

viernes, 14 de febrero de 2020

Santos Cirilo y Metodio


  Resultado de imagen de vida de los santos cirilo y metodio        

Vida de santidad[1].

          Cirilo, monje, es llamado también “Apóstol de los eslavos”. Nació en Tesalónica y se destacó de joven en los estudios en Constantinopla, para luego enseñar filosofía en esa ciudad. Evangelizó en Rusia con gran éxito. En el 863, se dirigió con su hermano Metodio a evangelizar a Moravia en la lengua nativa, desarrollando primero el alfabeto de la lengua eslava y traduciendo después la liturgia a este lenguaje.
De esta manera, entre los dos publicaron los textos litúrgicos en lengua eslava escritos en caracteres “cirílicos”, como después se designaron en honor a San Cirilo. Promovieron grandemente la cultura y la fe. Llamados a Roma, Cirilo murió allí el 14 de febrero del año 869. Metodio, consagrado obispo, marchó a Panonia, donde desarrolló una infatigable labor de evangelización. Tuvo que sufrir mucho a causa de los envidiosos, pero contó siempre con el apoyo de los papas.  Evangelizó en Moravia, Bohemia, Panonia y Polonia. Bautizó a San Ludmila y al duke Boriwoi. Fue arzobispo de Vellehrad, Eslovaquia, donde fue apresado en el 870 por la oposición del clero alemán. Algunos le acusaron de hereje, pero siempre fue liberado de cargos. Tradujo la Biblia a la lengua eslava. Murió el 6 de abril del año 885 en la ciudad eslovaca de Vellehrad.

Mensaje de santidad[2].

Se caracterizaba por su gran capacidad de trabajo y su incansable celo apostólico. Días antes de morir, Cirilo se enfermó y en uno de sus días en el lecho de enfermo tuvo una visión de Dios, en la que se le anticipaba su muerte y su ingreso en el Reino de los cielos, por lo que cantó así: “Qué alegría cuando me dijeron: “Vamos a la casa del Señor»; se regocijan mi corazón y mi espíritu”. Se revistió con sus ornamentos y lleno de alegría, decía: “Desde ahora ya no soy siervo ni del emperador ni de hombre alguno sobre la tierra, sino sólo de Dios todopoderoso. Primero no existía, luego existí, y existiré para siempre. Amén”. Decía: “Existiré para siempre porque sabía que luego de morir, habría de vivir la vida eterna, la vida que es para siempre.
Cuando llegó el momento de pasar “de esta vida a la otra”, elevando sus manos hacia Dios, hizo esta plegaria, en la que nos deja parte de su profunda espiritualidad: “Señor Dios mío, que creaste todas las jerarquías angélicas y las potestades incorpóreas, desplegaste el cielo y afirmaste la tierra y trajiste todas las cosas de la inexistencia a la existencia, que escuchas continuamente a los que hacen tu voluntad, te temen y guardan tus preceptos: escucha mi oración y guarda a tu fiel rebaño, que encomendaste a este tu siervo inepto e indigno”. Sabiéndose próximo a la muerte, empieza comenzando por reconocer a Dios como Creador del universo visible e invisible y luego le encomienda a aquellos que “hacen su voluntad, lo temen y guardan sus preceptos”, es decir, los que cumplen la voluntad de Dios, tienen temor de Dios y se preocupan por observar sus Mandamientos.
Luego continuó: “Líbralos de la impiedad y del paganismo de los que blasfeman contra ti, acrecienta tu Iglesia y reúne a todos sus miembros en la unidad”. Es un pedido de unidad para la Iglesia, pero una unidad dada por Dios quien es quien, por su Misericordia, librará a los justos del supremo pecado que es la impiedad y de la suprema idolatría que es el paganismo, que lleva al hombre a blasfemar contra Dios. Cirilo le pide a Dios por todos ellos, para que se vean libres de estos males espirituales.
Su oración continúa de esta manera: “Haz que tu pueblo viva concorde en la verdadera fe, e inspírale la palabra de tu doctrina, pues tuyo es el don que nos diste para que predicáramos el Evangelio de tu Cristo, exhortándonos a hacer buenas obras que fueran de tu agrado”. Se dirige a Dios pidiéndole que su pueblo no se vuelva ni pagano ni idólatra, sino que, guiados por el Espíritu Santo, vivan en la verdadera fe en Jesucristo, el Hombre-Dios, cuyo Evangelio todo cristiano debe predicar, con santidad de vida. El paganismo y la idolatría son pecados espirituales que apartan al alma de la verdadera y única fe, la fe católica en Cristo Dios y es por eso que Cirilo pide a Dios por los fieles, para que no caigan en esos errores.
Finaliza su oración diciendo: “Te devuelvo como tuyos a los que me diste; dirígelos con tu poderosa diestra y guárdalos bajo la sombra de tus alas, para que todos alaben y glorifiquen el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. Se dirige a Dios como sacerdote, como pastor de la grey que le ha sido confiada, sabedor que no eran suyas las ovejas sino de Dios y es por eso que a Él se las devuelve y se las devuelve no de cualquier manera, sino habiéndolas custodiado del Lobo Infernal y luego de alimentarlas con el Pan de la Palabra de Dios encarnada, la Sagrada Eucaristía. Le pide a Dios que no solo no los abandone, sino que, conocedor de los peligros que encierra este destierro terreno, le suplica que los dirija con su “poderosa diestra” y que los “guarde bajo la sombra de sus alas, para que todos glorifiquen” a la Trinidad Santísima, Único Dios Verdadero.
Experimentando ya la cercanía de la muerte y su paso a la eternidad, dio a todos el ósculo santo diciendo: “Bendito el Señor, que no nos entregó en presa a sus dientes; hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador; la trampa se rompió, y escapamos”. Alaba a Dios, citando el salmo en el que Dios libra a los suyos de las trampas que tiende el Lobo Infernal. Luego de recitar este salmo, a la edad de cuarenta y dos años, murió a esta vida terrena para empezar a vivir en la vida eterna.
Al recordarlo en su día, obremos de manera tal de pertenecer a los justos por los que San Cirilo rezaba.


[2] Cap. 18: Denkschriften der kaiserl. Akademie der Wissenschaften 19, Viena 1870, 246.

sábado, 28 de diciembre de 2019

Los Santos Mártires Inocentes


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         Vida de santidad[1].

         El Día de los Santos Inocentes es la conmemoración de un episodio hagiográfico del cristianismo: la matanza de los niños menores de dos años nacidos en Belén (Judea), ordenada por el rey Herodes I el Grande con el fin de deshacerse del recién nacido Jesús de Nazaret. La Iglesia católica recuerda este acontecimiento el 28 de diciembre, aunque de acuerdo con el Evangelio de Mateo, la matanza debió haber sucedido después de la visita de los Magos al rey Herodes I el Grande (uno o dos días después del 6 de enero), aunque también la fecha de la adoración de los astrólogos a Jesús no tiene una fecha dada exactamente en las escrituras. La brutalidad del episodio está en armonía con el carácter de Herodes, tal como Josefo lo describió en Antigüedades judías (15.3, 3 § 53-56). Josefo presentó a Herodes como un ser patológicamente celoso de su poder: varios de sus familiares fueron asesinados por orden suya, ya que sospechaba que trataban de suplantarlo.

         Mensaje de santidad.

         Su mensaje de santidad está dado por su testimonio de Cristo, puesto que murieron a causa de Cristo. La paradoja es que los niños aun no podían hablar y sin embargo dieron testimonio de Él; no lo conocían personalmente, pero murieron a causa de Cristo y dando testimonio de Él. Y si bien murieron, en su mayoría, traspasados por las lanzas, las espadas y las cuchillas de los esbirros de Herodes, todos, sin excepción, murieron participando, anticipadamente, de la Pasión de Cristo. Es decir, los niños a los que Herodes mató, pensando que en ellos mataba a Cristo, son mártires no por sí mismos, sino porque murieron dando testimonio de Cristo y dieron testimonio de Cristo porque Cristo los asoció a su Pasión. De otra manera, si no estuvieran asociados, de alguna manera, a la Pasión de Cristo, no serían mártires. Pero sí lo son, porque fueron asociados, sin saber hablar aún a causa de su corta edad y sin conocer personalmente a Cristo, a la Pasión de Cristo: murieron unidos a la muerte de Cristo en la Cruz y por esa razón es que son mártires y testigos de Cristo. Sus frágiles cuerpos fueron atravesados, cortados y desmembrados por el frío y cruel hierro de las armas de los soldados de Herodes y de esa manera imitaron y participaron de la muerte de Cristo en la Cruz, porque el Cuerpo de Cristo en la Cruz también fue atravesado por el frío y cruel hierro de los clavos y luego su Sagrado Corazón fue traspasado por el duro acero de la lanza del soldado Longinos. Por esta participación en la Pasión, por ser asociados a la muerte de Cristo, es que los Santos Mártires Inocentes, luego de un breve período de dolor y muerte en la tierra, viven ahora adorando al Cordero en los cielos, por toda la eternidad.
         En nuestros días, la matanza de los Santos Inocentes no solo se perpetúa sino que se multiplica, porque cientos de miles de niños por nacer son asesinados en el vientre de sus madres a causa del aborto. También son mártires, porque en el fondo, el genocidio del aborto es de causa demoníaca: detrás del aborto en masa está el demonio, que busca matar a Cristo en sus imágenes, los niños por nacer y puesto que no le puede hacer nada a Cristo, que lo venció en la Cruz, descarga su furia homicida en aquellos que son imágenes vivientes del Hombre-Dios, los niños por nacer. Y puesto que mueren porque el Demonio persigue a Cristo –como en el episodio del Apocalipsis, en el que el Dragón persigue a la Mujer con el Niño y ésta con el Niño huyen al desierto-, mueren asociados a la Pasión de Cristo y así son también mártires que mueren dando testimonio de Cristo, Creador de la vida y la Vida Increada en sí misma. Los niños que mueren en los abortorios no conocen a Cristo en esta vida, pero sí lo conocen apenas pasan de esta vida a la otra y si bien no pueden hablar, dan testimonio de Él con su muerte silenciosa en el seno de sus madres. Es decir, sin conocer a Cristo y sin poder hablar de Él, dieron testimonio de Él porque fueron asociados a su Pasión. Cada niño muerto en el seno de su madre nos recuerda a Cristo crucificado.

martes, 29 de octubre de 2019

Solemnidad de Todos los Santos



(Ciclo C – 2019)

         Al celebrar a los Santos, los habitantes del Cielo, la Iglesia no solo celebra y recuerda a aquellos hombres y mujeres que dieron sus vidas por Cristo, sino que recuerda, ante todo y antes que nada, a Cristo Redentor, sin cuya gracia santificante los santos no habrían sido más que hombres comunes y corrientes, además de pecadores. En efecto, si hoy nosotros podemos rezarles a nuestros santos de nuestra devoción –el P. Pío, Santa Margarita de Alacquoque, San Juan Pablo II, etc.-, es porque ellos están en el Cielo por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo. Si Jesús no hubiera muerto en Cruz por nuestra salvación y para concedernos su gracia, no habrían santos en el Cielo y no podrían ser nuestros intercesores ante la Trinidad, por lo que no tendría sentido celebrar una solemnidad como esta.
         Ahora bien, si podemos celebrar la Solemnidad de Todos los Santos, es entonces gracias a Nuestro Señor Jesucristo quien, al dar su vida en la Cruz por nuestra salvación, nos dejó como legado también su gracia santificante, que se nos comunica sobre todo a través de los sacramentos. Los Santos fueron los más sabios del mundo, en el sentido de que aprovecharon la gracia santificante en el mayor grado posible, y es así como salvaron sus almas. Aprovechar la gracia divina para salvar el alma demuestra que esa alma es sabia con la Sabiduría de Dios, según dice Santa Teresa de Ávila: “El que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”. Los santos se salvaron porque sabiamente se dieron cuenta que sin la gracia santificante no hay posibilidad de llegar al Cielo y salvar el alma y es así como hicieron todo lo que estuvo a su alcance, según sus estados de vidas, para adquirir, conservar y acrecentar la gracia, gracia que fue la que los llevó a los Cielos finalmente.
         Por lo tanto, al recordar a todos los Santos y en especial a aquellos a los que más devoción les tenemos, recordemos también a Aquel por cuya causa los santos son santos y no hombres pecadores, Cristo Jesús, y le pidamos a nuestros santos de predilección que intercedan por nosotros para que también nosotros, al igual que ellos, apreciemos la gracia santificante, la adquiramos si no la tenemos y la conservemos y acrecentemos si ya la tenemos. De este modo, pasaremos de ser, de pecadores en esta vida, a santos en la vida eterna, tal como les sucedió a los amados Santos de Dios.