San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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sábado, 24 de octubre de 2020

Solemnidad de Todos los Santos

 



(Ciclo A – 2020)

         La Iglesia celebra en este día a “Todos los Santos”. ¿Quiénes son los santos? Los santos son seres humanos que han sido glorificados con la gloria divina luego de su muerte terrenal y, luego de morir y atravesar el Juicio Particular, fueron considerados dignos de ingresar en el Reino de los cielos, para alegrarse y gozarse por toda la eternidad, en la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y el Cordero, en compañía de la Santísima Virgen y de los Ángeles de Dios.

         Pero, ¿qué hizo que los santos fueran santos? Todos los santos –con la única excepción de la Madre de Dios, que nació sin la mancha del pecado original- fueron pecadores, porque nacieron, como todos los hombres, con la mancha del pecado original. Y hubieron algunos, como por ejemplo San Agustín, que vivieron largos años en estado de pecado, alejados de la gracia de Dios y de su Iglesia y sus Sacramentos. Sin embargo, todos los Santos, también sin excepción, recibieron, en algún momento de sus vidas, una gracia especialísima, que los convirtió de pecadores en santos, que los hizo abandonar su vida de pecado y los encaminó por el Camino Real de la Cruz y es así que todos los Santos se caracterizan por haber cargado la cruz de cada día y haber seguido a Cristo camino del Calvario, todos los días de su vida, hasta la muerte, siendo esta fidelidad a la gracia y a la cruz lo que los condujo al cielo, en donde ahora habitan, plenos de felicidad, por siglos sin fin. En otras palabras, los santos fueron, antes de ser santos, hombres comunes y pecadores que, de no haber recibido la gracia de la conversión, habrían continuado en su vida de pecado y se habrían condenado. Sin embargo, lo que los hizo convertir de pecadores a santos fue, como dijimos, la recepción de la gracia santificante, gracia que no sólo quitó el pecado de sus almas, sino que hizo que empezaran a vivir, por participación, de la vida del Cordero, ya desde esta vida terrena, vida que ahora viven en su plenitud, en la gloria del Reino de Dios. Esto quiere decir que, sin la gracia santificante, los Santos a los que veneramos y que están en el cielo, habrían sido hombres comunes y pecadores: esto nos anima a nosotros, que somos hombres comunes y pecadores –en realidad, somos “nada más pecado”- a emprender el camino de la santidad, tal como lo hicieron los Santos, camino que consiste, esencialmente, en recibir la gracia santificante, atesorarla en el corazón como el tesoro más preciado, más valioso que el oro y la plata, y cargar la cruz en el seguimiento de Cristo crucificado, para morir en el Calvario al hombre viejo y así nacer a la vida nueva de los hijos de Dios, los santos, destinados al Reino de los cielos. Entonces, es el atesoramiento de la gracia lo que hizo a los Santos ser Santos y merecedores del Reino de los cielos y por éste motivo es que la Iglesia nos pone como ejemplos, para que nosotros los imitemos en su camino de santidad, en su aprecio y amor de la gracia santificante.

         Por último, otra cosa que caracteriza a los Santos, sin excepción, es su amor por la Eucaristía y por la Virgen. No hay santo que no se haya destacado por su fe, devoción, piedad y amor hacia Jesús Eucaristía y hacia la Virgen, que es la Madre de la Eucaristía. Los Santos nos muestran entonces el camino al cielo: poseer la gracia santificante en el alma y amar a Jesús y a la Virgen. Si esto hacemos, algún día, luego de nuestro paso por la tierra y luego de atravesar el Juicio Particular, participaremos con Todos los Santos de su alegría, la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y del Cordero, por los siglos sin fin.

jueves, 15 de octubre de 2020

Santa Teresa de Ávila

 



         Vida de santidad[1].

         Nació en Ávila (España) el año 1515. Ingresó en la Orden del Carmelo, donde realizó grandes progresos en el camino de la perfección y gozó de místicas revelaciones. Habiendo emprendido la reforma de su Orden, tuvo que sufrir muchas dificultades, que superó con gran fortaleza de ánimo. También escribió varias obras, insignes por lo elevado de su doctrina, fruto de su experiencia personal. Murió en Alba de Tormes el año 1582.

         Mensaje de santidad.

         En un mundo caracterizado por dos extremos, un materialismo ateo y una espiritualidad pagana y anti-cristiana como la de la Nueva Era, Santa Teresa de Jesús nos deja un maravilloso mensaje de esperanza, no para esta vida, sino para la vida eterna. Analicemos brevemente el poema “Vivo sin vivir en mí”.

“Vivo sin vivir en mí,/y tan alta vida espero,/que muero porque no muero”. Santa Teresa vive, con la vida natural, pero no vive de ella y para ella, sino para otra vida, la vida eterna y es “tan alta” esta vida eterna en Cristo Jesús, que aunque viva con esta vida terrena, vive ansiando la muerte, para vivir eternamente con Cristo: “Muero porque no muero”.

“Esta divina unión/del amor con que yo vivo/hace a Dios ser mi cautivo/y libre mi corazón;/mas causa en mí tal pasión/ver a Dios mi prisionero,/que muero porque no muero”. Es un dogma de fe que Dios Trinidad, por la gracia, vive, inhabita, en el alma en gracia y a eso se refiere Santa Teresa cuando dice que “por el amor Dios vive cautivo en su corazón” y ese vivir de Dios Trino en su corazón, por la gracia y el amor, le causa tal ardor de amor, que se impacienta por no morir, para empezar a gozar de la visión beatífica: “Muero porque no muero”.

“¡Ay! ¡Qué larga es esta vida!/¡Qué duros estos destierros,/esta cárcel, estos hierros/en que el alma está metida!/Sólo esperar la salida/me causa dolor tan fiero,/que muero porque no muero”. Esta vida terrena, comparada con la hermosura inimaginable de la vida eterna en el Reino de los cielos, es como “una cárcel”, “unos hierros”, que se hacen “largos” porque el alma que contempla la vida futura en compañía del Cordero, no ve la hora en que llegue su muerte terrena, para alcanzar la vida eterna.

“¡Ay! ¡Qué vida tan amarga/do no se goza el Señor!/y si es dulce el amor,/no lo es la esperanza larga;/quíteme Dios esta carga/más pesada que el acero,/que muero porque no muero”. Esta vida terrena, además de ser una “cárcel” y unos “hierros”, es “amarga”, porque no se puede gozar, mientras estemos en la tierra, de la dulzura del Ser divino trinitario y de la contemplación en el Amor de Dios del Cordero; por eso, si bien se atenúa un poco la amargura por el amor que se puede tener a Dios, aun así, “la esperanza es larga”, esto es, la esperanza de morir cuanto antes a esta vida terrena para empezar a gozar de la Trinidad, hace que esta vida se vea como muy larga, y por eso el alma “muere porque no muere”.

“Sólo con la confianza/vivo de que he de morir,/porque, muriendo, el vivir/me asegura mi esperanza;/muerte do el vivir se alcanza,/no te tardes que te espero,/que muero porque no muero”. El alma que desea contemplar cara a cara a Dios Trino “muere porque no muere”, pero hasta que eso suceda, vive con la confianza que algún día ha de morir y que la muerte terrena significará, para el alma que vive en gracia, el comienzo de la vida eterna, de la bienaventuranza sin fin y por eso le dice a la muerte que “no tarde” y que hasta tanto, “muere porque no muere”.

“Vivo sin vivir en mí,/y tan alta vida espero,/que muero porque no muero. Amén”. El alma que ama a Dios vive en esta vida terrena, pero no vive en sí ni para sí, sino que vive en Dios, por Dios y para Dios y espera “tan alta vida” en el Reino de los cielos”, que “muere porque no muere”.

Imitemos a Santa Teresa de Ávila y vivamos en esta vida deseando morir para vivir la vida eterna; mientras tanto, recibamos de esa vida eterna que se nos da, como un anticipo, en la Sagrada Eucaristía, en donde Jesús vive para darnos su Vida Eterna.

 



[1] http://oraciondelashoras.blogspot.com/

lunes, 21 de septiembre de 2020

El Padre Pío y los estigmas de Cristo

 


          Una de las características más notorias del Padre Pío, además de su extraordinaria vida de santidad, son los estigmas visibles de Cristo, que llevó durante casi toda su vida en sus manos, sus pies y su costado. Debemos preguntarnos qué es lo que significan estos estigmas y porqué los llevó el Padre Pío, para que no queden estos en una mera curiosidad.

          Ante todo, hay que decir que los estigmas no son un producto de la mente o el espíritu del Padre Pío, ya que es imposible que el ser humano se los provoque a sí mismo, a voluntad: como tales, son un don de Dios, por medio de los cuales quiso hacer partícipe, al Padre Pío, de modo extraordinario, del misterio de su Pasión redentora. Es decir, los estigmas son un don divino, por medio de los cuales Dios hizo que el Padre Pío participara, lo más cerca que una creatura humana puede hacerlo, de su Pasión con la cual salvó a la humanidad. Por otra parte, hay que decir que los estigmas, siendo verdaderos, eran también dolorosos, lo cual significa que cuando le aparecían, el Padre Pío sufría intensamente los mismos dolores de Jesucristo en la Cruz y, al igual que Cristo, ofrecía estos dolores, movido por el Amor de Dios, para la conversión de los pecadores y la salvación de las almas.

          De modo particular, el Padre Pío sufría con mayor intensidad el dolor de los estigmas durante la celebración de la Santa Misa, porque la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario, que es el lugar en donde el dolor de Jesús en sus heridas alcanzó su máxima intensidad.

          Pero hay algo más que debemos tener en cuenta con relación a los estigmas y es que, al igual que Cristo, el Padre Pío no sólo experimentaba el dolor de la transfixión y del lanzazo en el costado, sino que también experimentaba el Amor de Dios, Amor por el cual Cristo permitió ser herido y sufrió los dolores de la crucifixión. Dolor, pero no solo dolor, sino Amor y Amor Divino, es lo que experimentaba, con máxima intensidad, el Padre Pío, en cada Santa Misa, al llevar en su cuerpo los estigmas de Cristo.

          Nosotros no tenemos los estigmas de Cristo, pero al participar de la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, pidamos la gracia de vivir la Santa Misa con dolor espiritual por nuestros pecados y los del mundo entero, y con amor de agradecimiento al Cordero de Dios, que por nuestro amor y por nuestra salvación, se inmola de forma incruenta cada vez, en el Santo Altar Eucarístico.

sábado, 5 de agosto de 2017

Las Apariciones del Sagrado Corazón de Jesús y sus mensajes de Amor


         El Sagrado Corazón de Jesús no solo se apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, aunque sí fue con esta aparición que la devoción se extendió a la Iglesia universal. Antes de Santa Margarita, diversos santos fueron devotos del Sagrado Corazón: por ejemplo, los Padres de la Iglesia veían en los versículos de San Juan, tanto en el episodio de la lanzada como en San Juan 13, 23-28, al Corazón de Cristo, tomando al corazón en referencia a toda la persona de Cristo, que es el Amor Misericordioso de Dios encarnado. Luego, San Juan Eudes será quien redactará la primera misa para el Sagrado Corazón en 1672; finalmente, otros santos, como Santa Gertrudis, también se caracterizarán por tener un gran devoción al Sagrado Corazón[1]. Luego de las apariciones a Santa Margarita, Nuestro Señor Jesucristo se apareció a diversos santos, eligiendo a un santo por siglo: en el 1600, en España en 1731, en el Beaterio de Belén de la República de Guatemala en 1857[2]. Las apariciones más conocidas, son la primera y la última (la de Santa Margarita y la de Santa Faustina), pero entre medio se apareció al Beato Bernardo de Hoyos y a la Beata María Encarnación Rosal[3]. En todas, dejó distintos mensajes, aunque hay un elemento común a todas las apariciones: la manifestación de su Amor, contenido en su Sagrado Corazón, y el pedido de reparación, por los sacrilegios, ultrajes e indiferencias que recibe de modo continuo de parte nuestra, los hombres ingratos.
         Con respecto a Santa Margarita María de Alacquoque, Jesús se le apareció en el año 1673, en el día del apóstol San Juan, permitiéndole a la Santa recostarse en su pecho y oír los latidos de su corazón, tal como hiciera San Juan en la Última Cena. Fue a ella a quien le reveló las Doce promesas para quien fuera su devoto[4]. El objetivo principal en esta devoción es acercarnos a la Persona Divina de Jesucristo, siendo el Corazón, como órgano sagrado, el vínculo de unión con Jesús. El fin de esta revelación es recibir el Amor que envuelve en llamas al Sagrado Corazón, que es el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad. Esta es la razón por la cual Jesús, al aparecerse, le muestra a Santa Margarita su Sagrado Corazón envuelto en llamas: es el Fuego del Divino Amor, el que Él ha venido a traer a la tierra, y es el fuego que Él “quiere ver encendido”, porque lo que quiere incendiar son nuestros corazones, para que al contacto con su Sagrado Corazón, ardan en las llamas del Amor de Dios. El hecho de que el Corazón se muestre con la herida abierta producida por la lanza, es para significar que Jesús nos da todo su Amor, sin reservarse nada. En las apariciones a Santa Margarita, también se queja por la ingratitud de los hombres, los primeros de todos, los católicos, que hemos recibido la filiación divina por el bautismo: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor”[5].
         En Valladolid, el Beato Padre Bernardo de Hoyos recibirá del Corazón Sacratísimo el encargo de extender su culto, para que sea más amado, adorado y reverenciado su Sacro Corazón[6]. En estas apariciones, el Señor le hizo ver cómo el Sagrado Corazón, lleno de llamas, se acercaba a los corazones para incendiarlos, cosa que hizo con el mismo Padre Bernado, quien en ese entonces aún no estaba ordenado. A estas revelaciones se le sumó una aparición de San Miguel Arcángel, quien le manifestó al Padre que cuidaría de aquellos que propaguen esta devoción, pues habrían de atravesar muchas dificultades. El Sagrado Corazón volvió a prometer –como con Santa Margarita- que quienes le honren y busquen que otros le honren, habría de derramar sus bendiciones para ser más agradables sus trabajos. También le dijo al Beato Padre Bernardo que “cualquier cosa que se le pidiera al Sacro Corazón sería concedido”, finalizando con esta promesa: “Reinare en España con más y mayor devoción que en otras partes”. Recordemos que los hispanoamericanos podemos llamarnos, con orgullo, “España”, pues nuestro estatus colonial era el de “Provincias Ultramarinas de España”[7], con lo cual, esperamos que esta maravillosa promesa de Jesús se haga extensiva a nuestra Patria Argentina y a todo el continente Hispanoamericano.
         Otra aparición del Sagrado Corazón fue en Guatemala a la Madre Encarnación, en 1857, un 9 de abril. Ese día, la Madre fue a la Capilla a meditar en los sentimientos de pena y tristeza que habría experimentado el Sagrado Corazón, al ser traicionado por Judas Iscariote. Mientras meditaba, oyó el sonido como de una sutil campana, como de un metal muy fino; sintió además que tiraban suavemente de su velo, hasta que escuchó la voz del Señor que le dijo al oído: “Los hombres no celebran los dolores de mi Corazón”[8]. Esta experiencia se repitió unos días después, mientras comulgaba.
         Posteriormente, en el siglo XX, se le apareció a Sor Faustina Kowalska, a la cual, además de encargarle la difusión de la Devoción a la Divina Misericordia, le reveló que esta devoción, que habría de ser “la última, hasta el fin de los tiempos”, era para hacer conocer al mundo la Divina Misericordia, el Divino Amor, derramado sobre las almas por medio del Agua y la Sangre que brotaron del Corazón traspasado de Jesús en la Cruz[9]. La Devoción a la Divina Misericordia es, así, una continuación de la devoción al Sagrado Corazón, puesto que está indisolublemente ligado al Corazón de Jesús. Jesús se le apareció caminando con una túnica blanca mientras con su mano abre su pecho de donde brotan rayos: los rayos de color rojo y blanco, son símbolos de la Sangre y el Agua que brotaron del Corazón de Jesús el Viernes Santo. En esta devoción, también aparece el reclamo de Jesús de que Él es olvidado en su sacrificio de amor hecho por los hombres en la Cruz.
A nosotros no se nos aparece visiblemente, pero sí se hace Presente en Persona, con su Sagrado Corazón, vivo, glorioso, envuelto en las llamas del Divino Amor, en cada Eucaristía, y nos da, en silencio, el mismo mensaje: que recibamos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, y que hagamos reparación por los ultrajes que recibe en el Sacramento de la Eucaristía.



[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] En mayo de 1673, el Corazón de Jesús le dio a Santa Margarita María para aquellas almas devotas a su Corazón las siguientes promesas: Les daré todas las gracias necesarias para su estado de vida./Les daré paz a sus familias./Las consolaré en todas sus penas./Seré su refugio durante la vida y sobre todo a la hora de la muerte./Derramaré abundantes bendiciones en todas sus empresas./Los pecadores encontrarán en mi Corazón un océano de misericordia./Las almas tibias se volverán fervorosas./Las almas fervorosas harán rápidos progresos en la perfección./Bendeciré las casas donde mi imagen sea expuesta y venerada./Otorgaré a aquellos que se ocupan de la salvación de las almas el don de mover los corazones más endurecidos./Grabaré para siempre en mi Corazón los nombres de aquellos que propaguen esta devoción./Yo te prometo, en la excesiva misericordia de mi Corazón, que su amor omnipotente concederá a todos aquellos que comulguen nueve Primeros Viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final: No morirán en desgracia mía, ni sin recibir sus Sacramentos, y mi Corazón divino será su refugio en aquél último momento. Cfr. https://www.ewtn.com/devotionals/heart/promesas.htm
[7] Por ejemplo, España regía a toda Centro América como Capitanía General de Guatemala, hasta 1820.
[9] Cfr. ibidem.

viernes, 7 de abril de 2017

El amor al Sagrado Corazón y a Jesús Eucaristía es un único y solo amor


         El amor al Sagrado Corazón y a Jesús Eucaristía es un único y solo amor
         Puede suceder que muchos católicos, con buena intención y de buena fe, piadosos y devotos, consideren que una cosa es la devoción y el amor al Sagrado Corazón de Jesús, y otra distinta, la devoción y el amor a Jesús Eucaristía. Son en realidad dos devociones distintas, sí, pero para nosotros, por nuestro modo limitado de conocer y porque necesitamos “dividir” la realidad para poder entender el conjunto o totalidad, aunque la realidad que en sí misma, en cuanto totalidad, es una sola cosa.
         Esto que decimos lo podemos constatar en la vida de Santa Margarita María de Alacquoque, en su período de vida previo a las Apariciones del Sagrado Corazón. En el itinerario de su crecimiento en el amor a Dios, podemos decir que en Santa Margarita se identifican tres etapas sucesivas, que comprenden: el amor a Dios, el amor al Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús, y el amor al Sagrado Corazón, que es el mismo Jesús Eucaristía. Es decir, Santa Margarita despierta en el amor a Dios desde muy pequeña; luego ese amor se hace más explícito en Jesús Eucaristía; por último, ese Dios, que es Jesús Eucaristía, se le manifiesta sensiblemente como el Sagrado Corazón, con el objetivo no tanto de que se inicie una nueva devoción en la Iglesia, sino de que todo el mundo pueda gozar de las delicias del Corazón de Dios.
         En su autobiografía, Santa Margarita afirma que desde pequeña recibió la gracia de amar a Dios y además le concedió la gracia de la aversión al pecado, de manera que aun la más pequeña falta le resultaba insoportable[1]. Es decir, desde niña ya comenzaba a desarrollarse en su corazón la gracia del amor a Dios, aunque era a un Dios invisible. Poco tiempo más adelante, este amor a Dios se afianza todavía más, al consagrar su virginidad durante la Misa, en la elevación de la Eucaristía (una parte muy importante de este crecimiento en el amor de Dios, fue el rezo del Santo Rosario, pues la Virgen, por el Rosario, nos hace crecer en el amor a Jesús). A los nueve años, cuando recibe la Primera Comunión, rechaza cada vez más los placeres mundanos, a la par que el amor a Dios se hace concreto en el amor a la Eucaristía. Dice así: “Desde ese día (el día de la Primera Comunión) el buen Dios me concedió tanta amargura en los placeres mundanos, que aunque como jovencita inexperta que era a veces los buscaba, me resultaban muy amargos y desagradables. En cambio encontraba un gusto especial en la oración”, realizada sobre todo ante el sagrario. A medida que crecía, experimentaba místicamente la Presencia de ese Dios de su niñez, que ahora estaba en el sagrario, oculto bajo los velos sacramentales. Amaba hacer oración delante del Sagrario, donde sabía que se encontraba Jesús Sacramentado en la Sagrada Hostia. El intenso amor que experimentaba por Jesús Eucaristía la llevaba a querer ocupar los primeros asientos, para así estar lo más cercana posible al altar, en la Santa Misa.
Más adelante, sucedió que un día, después de comulgar, sintió que Jesús le decía: “Soy lo mejor que en esta vida puedes elegir. Si te decides a dedicarte a mi servicio tendrás paz y alegría. Si te quedas en el mundo tendrás tristeza y amargura”. Es decir, llega un momento en que Santa Margarita ya no tenía dudas de que el Dios que había conocido desde pequeña, era el mismo Dios que, desde la Eucaristía, la llamaba a desposarse con Él por medio de la vida consagrada. Luego vendrán las apariciones, en donde ese Dios de su niñez, que era el Dios de la Eucaristía, se le manifestará visiblemente como el Sagrado Corazón. El itinerario espiritual de Santa Margarita, desde la niñez hasta las apariciones, será: Dios, Dios de la Eucaristía, Sagrado Corazón.
         Ahora bien, este itinerario espiritual de Santa Margarita también lo es para nosotros, que también tenemos que crecer desde un amor inicial a Dios, a quien no vemos, para pasar luego por el amor a ese Dios que está en la Eucaristía, hasta concretar en nosotros la imagen sensible del Corazón de Dios, que late en la Eucaristía y que, si lo pudiéramos ver, lo veríamos como al Sagrado Corazón. Entonces, la vida de Santa Margarita de Alacquoque es ejemplar para nosotros, católicos del siglo XXI, en este hecho: en que el amor a Dios crece, desde la concepción de un Dios invisible, a un Dios que está en la Eucaristía y que tiene un Corazón, que es el Sagrado Corazón de Jesús. Y puesto que el Sagrado Corazón de Jesús late en la Eucaristía por amor a nosotros -y en cada latido pronuncia nuestro nombre -personal, particular, individual-, la única manera de corresponder al amor de Dios, es uniendo nuestros corazones al Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, por medio de la comunión eucarística.

martes, 23 de agosto de 2016

Santa Rosa de Lima


La Iglesia celebra a Santa Rosa de Lima, nacida en Perú en el año 1586. Desde muy temprana edad, se caracterizó por una virtuosa vida de piedad, penitencia y contemplación mística. Murió el 24 de agosto del año 1617, vistiendo el hábito de la tercera Orden de Santo Domingo. En Santa Rosa se cumple a la perfección la condición del cristiano de “vivir en el mundo, sin ser del mundo”, porque aun siendo laica y no religiosa, no solo vivió apartada del mundo y de todo lo mundano, entendido como lo que se opone a Dios, sino que, consagrándose por amor a Cristo en la penitencia, austeridad y virginidad, se constituyó en un testigo viviente de la vida futura, caracterizada por el desposorio místico del alma con el Cordero de Dios, Cristo Jesús. Con su vida laical consagrada, Santa Rosa renunció al amor terreno, pero no porque fuera incapaz de amar, sino porque eligió un amor esponsal infinitamente más grande, puro y casto, que el amor esponsal terreno, la unión esponsal mística con el Cordero de Dios, Cristo Jesús. Con este amor esponsal y místico ardiendo en su corazón, Santa Rosa no solo obtuvo, como todos los santos, una brillante victoria sobre la carne y la sangre[1], sino que ahora se alegra en la gloria eterna, porque en ella triunfó el purísimo y celestial Amor de Dios.
Al despreciar, por amor a Cristo, los placeres terrenos, Santa Rosa se hizo merecedora de los torrentes de delicias celestiales que brotan del Corazón traspasado del Cordero, y es tal la intensidad de este amor del que ahora goza por la eternidad Santa Rosa, que las aguas torrenciales no lo podrían apagar, y como es más valioso que el oro y la plata, no bastarían todas las riquezas para comprarlo, como dice el Cantar de los cantares: “Las aguas torrenciales no podrían apagar el amor, ni anegarlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable” (Ct 8, 7). Santa Rosa es una de las vírgenes prudentes y sabias del Evangelio que salen al encuentro de Cristo Esposo, al haber guardado en sus corazones el aceite de la fidelidad y la caridad que concede la gracia santificante.
Pero además de enseñarnos el camino de la santidad por medio de la virginidad consagrada, que con su amor esponsal al Cordero anticipa la vida futura en el Reino de Dios, Santa Rosa, al igual que quienes consagran su virginidad, es manifestación, en el tiempo y en la historia humana, de la Iglesia, que como Esposa Mística del Cordero, es “sin mancha ni arruga, siempre santa e inmaculada”[2].
Al recordarla en su día, le pedimos que interceda para que, al igual que ella, conservemos siempre la pureza del cuerpo y la integridad de la fe, y vivamos siempre alimentados por el Amor del Cordero, Jesús Eucaristía.




[1] Cfr. Liturgia de las Horas, Laudes.
[2] Cfr. ibidem.

viernes, 3 de junio de 2016

El Sagrado Corazón late en la Eucaristía


En el siglo diecisiete, Nuestro Señor Jesucristo se apareció a Santa Margarita María de Alacoque, en Paray-le-Monial, Francia, para dar inicio a una nueva devoción a su Corazón en la Iglesia. Su Corazón estaba rodeado de llamas, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y, del interior de su corazón, salía una cruz. En la aparición, Jesús le dijo: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor”.
¿Por qué se queja Jesús de los hombres?
Para saber la respuesta, podemos meditar en sus palabras, pero también podemos contemplar su Sagrado Corazón: las llamas simbolizan al Espíritu Santo, el Amor de Dios, que inhabita en el Sagrado Corazón y que es la Causa de la muerte en cruz de Jesús y del don de sí mismo a los hombres; la cruz en la base del Corazón, es para significar que el Corazón de Jesús es el fruto santo del Árbol de la Vida eterna, la Santa Cruz, y que todo el que quiera saborear este fruto exquisito, que deleita el alma con el sabor exquisito del Ser divino, lo único que tiene que hacer es subir al Árbol de la Cruz e introducir su mano en el Costado traspasado del Salvador, así como cuando alguien se sube a un árbol con frutos deliciosos, para deleitarse en ellos; la Sangre y el Agua que brotan de la herida abierta por la lanza significan, como dice San Buenaventura, los sacramentos de la Iglesia con su “virtud de conferir la vida de la gracia”, para que los sacramentos fueran, “para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que brota para comunicar vida eterna”[1]. Por último, las espinas que atenazan al Sagrado Corazón y lo estrechan fuertemente, provocándole agudísimos dolores a cada latido, sin darle descanso en su dolor, ni en la contracción ni en la relajación del Corazón, es decir, a cada momento, a cada instante, representan los pecados de los hombres, y no sólo de los discípulos que, en el Huerto de Getsemaní, llevados por el desamor, la frialdad y la indiferencia ante el sufrimiento del Sagrado Corazón, se pusieron a dormir en vez de orar con Él, tal como Jesús se los había pedido: la corona de espinas representan a todos los hombres de todos los tiempos, cuyos pecados personales se materializan y forman duras, gruesas y filosas espinas que se introducen y desgarran, en cada latido, al Sagrado Corazón.
“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor”. Puesto que el Sagrado Corazón de Jesús late en la Eucaristía, el reproche de Jesús se dirige también a los cristianos que, habiendo recibido toda clase de dones, favores y gracias de parte de Jesús, lo dejan abandonado en el sagrario y lo desairan en la Santa Misa –sobre todo la dominical-, prefiriendo los falsos y pasajeros placeres del mundo, antes que deleitarse con el Fruto exquisito del Árbol de la Cruz, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.
Jesús se queja por la “ingratitud, irreverencia y desprecio” a su Corazón, “sacramento de amor”. Ese mismo Corazón, sacramento de amor, late en la Eucaristía, esperando nuestra reparación, nuestra acción de gracias, nuestra adoración, nuestro amor. Reparemos, con la Adoración Eucarística, las ofensas al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, cometidas por nosotros mismos y por nuestros hermanos.



[1] Cfr. Opúsculo 3, El árbol de la vida, 29-30. 47: Opera omnia 8, 79.

jueves, 1 de octubre de 2015

Santa Teresita del Niño Jesús y su misión en la Iglesia


         Santa Teresita del Niño Jesús y su misión en la Iglesia
         Luego de reflexionar acerca de su misión en la Iglesia, y habiendo deseado en un primer momento ser enviada como misionera a tierras lejanas, Santa Teresita dijo: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”[1]. Esto, que puede parecer una frase sentimentalista, es sin embargo una profunda reflexión, que alcanza las más altas cumbres místicas. Analicemos la frase de Santa Teresita.
         “En el corazón de la Iglesia”: ¿Cuál es el “corazón de la Iglesia”? El corazón de la Iglesia, Cuerpo Místico de Jesús, es la Eucaristía, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, así como su Sagrado Corazón es el corazón de su Cuerpo real. El “corazón de la Iglesia” es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que late con el impulso del Espíritu Santo y arde en las llamas del Divino Amor, y se dona a las almas en cada Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario, así como se donó en el Santo Sacrificio de la Cruz. Santa Teresita había descubierto que su misión en la Iglesia, era una misión eucarística, porque su misión estaba en el corazón de la Iglesia, que es la Eucaristía.
         “Yo seré”: Santa Teresita dice: “En el corazón de la Iglesia, “yo seré” el Amor”. Santa Teresita no dice: “Siento que voy a ser el amor” y esto porque no se refiere a un sentimiento pasajero, como un afecto sensible que pasa y se va; no es un deseo veleidoso, inconstante, que aparece y desaparece. Santa Teresita Utiliza el verbo “ser”, con lo cual está indicando el compromiso de toda su persona, de todo lo que es, ontológicamente hablando, y de todo lo que tiene. Al utilizar el verbo “ser”, está indicando que en la misión en el corazón de la Iglesia está implicada ella misma con todo su ser metafísico, con todo su acto de ser, es decir, toda ella, con lo que es y con lo que tiene; está implicada en la totalidad de su persona y esto quiere decir que se dona a ese “corazón de la Iglesia”, es decir, al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, a sí misma, con su historia de vida, con su actualidad como religiosa y con su futuro como alma bienaventurada. Al decir: “seré”, significa que se entrega toda a sí misma al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, sin reservarse nada para sí. El “ser” implica la donación total y absoluta de todo sí misma a Jesús Eucaristía, Corazón de la Iglesia.
         “El Amor”: Santa Teresita dice: “en el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”. No está hablando de un amor meramente humano, de un amor pasajero, de un amor que se deja llevar por las apariencias, como es el amor humano. Está hablando del Amor de Dios; de Dios, que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8); está hablando del Amor que envuelve con sus llamas y aparece como lenguas de fuego en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Santa Teresita quiere ser el Amor; no parecer ni sentir, sino ser el Amor. ¿De qué manera? Uniéndose, en el Amor, a Jesús, que se le dona todo a sí mismo en la Eucaristía, sin reservas, permitiendo que Jesús la abrace con sus llamas de Amor, dejando que su alma se incendie en el Fuego del Divino Amor, haciendo así realidad el sueño de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo quisiera ya verlo ardiendo!” (Lc 12, 49).
“En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”. La misión de Santa Teresita es la misión de todo cristiano; cumplir o no esa misión depende de la medida en que cada uno desea fusionarse con el Amor de Dios que envuelve al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.



[1] Manuscrits autobiographiques, Lisieux 1957, 227-229.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

San Pío de Pietrelcina y las llagas de Cristo


         Una de las características más sobresalientes en la vida de santidad del Padre Pío fueron las heridas que llevaba en sus pies, en sus manos y en su costado. Los exámenes médicos confirmaron, una y otra vez, que las heridas eran auténticas, así como auténtica era la sangre que de ellas manaba. Descartando de plano toda posibilidad de engaño y descartando así mismo la absurda teoría de que fuera él, con su imaginación y poder mental, quien se las hubiera auto-infligido, queda una sola explicación posible: las heridas, reales, son la confirmación externa de la participación interna, por la gracia, a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
         La participación a la Pasión es una verdad de fe: el cristiano es el Cuerpo Místico de Jesús, quien continúa su Pasión, a lo largo del tiempo y de la historia humana, por medio de los miembros de su Cuerpo. Esto, que se da por la gracia, por la fe y por el amor en todo cristiano, pero de modo insensible e invisible, se volvió sensible y visible en el caso del Padre Pío, por un designio especial de Dios. Fue Dios quien le concedió la gracia al Padre Pío de hacer visible y sensible su participación a su Pasión. Es esto lo que explica la aparición de las llagas: es Cristo quien padece a través del Padre Pío. No son “las llagas del Padre Pío”, sino las llagas mismas de Jesús, que se hacen visibles y sensibles a través del Padre Pío. Quien veía al Padre Pío y sus llagas, veía a Jesús con sus llagas.
         ¿Cuál es la razón de esta gracia tan particular, concedida a muy pocos santos en la historia de la Iglesia? Podríamos pensar que es para el Padre Pío pudiera hacer milagros, como de hecho los hizo, ya que por la imposición de sus manos llagadas se curaban, efectivamente, toda clase de enfermedades, corporales y espirituales.
         Sin embargo, no es esta la razón última. La razón de las llagas visibles en el Padre Pío consiste en que los hombres, al contemplar unas llagas que no tienen explicación humana posible, nos demos cuenta de que estamos inmersos en un misterio incomprensible, el misterio del Amor del Hombre-Dios Jesucristo, que nos muestra sus llagas, de modo visible, para que veamos con nuestros propios ojos al mismo Amor que se materializa y se hace llagas para demostrarnos cuán profundo e insondable es el Amor con el que el Amor nos ama. Es verdad que el Padre Pío hacía curaciones milagrosas cuando imponía sus manos llagadas; pero si nos quedamos en el milagro de la curación, nos perdemos de vista al Amor Divino que por esas llagas se nos manifiesta, visible y sensiblemente.

jueves, 20 de agosto de 2015

San Bernardo de Claraval y el amor a Dios como forma de corresponder gratuitamente al Divino Amor


         En uno de sus escritos[1], San Bernardo nos ayuda a entender la razón por la cual, en el cumplimiento del Primer Mandamiento de la Ley de Dios: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”, radica la felicidad del ser humano. En este mandamiento, en el que está resumida y concentrada toda la Ley Nueva, se manda a amar con un triple amor: a Dios, al prójimo y a uno mismo, y esto basta para que el ser humano alcance la plena felicidad, debido a la naturaleza misma del amor, según San Bernardo. El santo afirma que “El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí”[2]. Es decir, Dios obra por amor y sólo por amor, y por ese motivo es que “ordena” a su creatura predilecta, el hombre, que si quiere habitar con Él, en el tiempo y en la eternidad, haga lo mismo que Él: que ame. Si el hombre quiere vivir en Dios y de Dios, entonces debe ser Dios, debe convertirse en aquello que ama, y es el Amor de Dios, y para ello, debe amar. “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), dice el Evangelista Juan: por lo tanto, nadie que no “sea amor”, puede estar en su Presencia, ni en esta vida, ni en la otra. En esta vida, está en Presencia de Dios –Dios inhabita en él- aquél que vive en gracia; en la vida eterna, la gracia se convertirá en gloria y aquél que vivía en gracia, será glorificado en cuerpo y alma e inhabitará en Dios Uno y Trino por la eternidad. Pero esto es solo posible para quien se “convierta” en Dios, es decir, para quien participe del Ser divino trinitario a través del amor, del triple amor que manda el Primer Mandamiento; sólo así podrá estar en la Presencia de Dios, según el axioma filosófico: “lo semejante ama lo semejante”. Si no se es amor en Dios y por su gracia, no puede el alma, ni estar en Presencia de Dios, ni Dios puede inhabitar en esa alma, sólo quien “es Amor” puede hacerlo y para esto es que Dios manda el triple amor del Primer Mandamiento. Ésta es la razón también por la cual el pecado excluye de Dios, puesto que el pecado es malicia y la malicia es incompatible con la santidad y con el Amor de Dios.
         El amor, dice San Bernardo, es lo único con lo cual la creatura puede retribuirle a Dios, que “es Amor” y a su vez, es lo único que lo hace semejante a Dios y es lo único, por lo tanto, que le da felicidad, porque asemeja, en la gratuidad del amor, a Dios, que ama por el solo hecho de que quiere ser amado: “Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la creatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí”[3].
         Ésta es la razón entonces por la cual el cristiano debe “cumplir” el Primer Mandamiento: porque Dios es Amor y quiere que el hombre “se convierta” en Él, que es Amor; un Amor eterno, inagotable, incomprensible y, sobre todo, gratuito, porque no busca otra cosa que amar y ser amado. Entonces, ¿por qué cumplir el Primer Mandamiento, según San Bernardo? Porque Dios es Amor y me ama gratuitamente y sólo con el triple amor –a Dios, al prójimo y a mí mismo-, no solo corresponderé a ese Amor divino, sino que seré Amor divino. No hay otra razón para “cumplir” el Primer Mandamiento, que la gratuidad del Divino Amor, lo cual se resume en esta frase de San Bernardo: “Amo porque amo; amo por amar”[4], es decir: “Amo a Dios porque amo el Amor; amo por el simple hecho de amar el Amor”.




[1] De los Sermones de san Bernardo, abad, sobre el Cantar de los cantares (Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense, 2 [1958], 300-302).
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

martes, 4 de agosto de 2015

El Cura de Ars y la obligación del hombre: orar y amar


         En estos oscuros días en los que vivimos, días en los que hasta el santo nombre de Dios parece haber desaparecido de la sociedad y de los corazones de los hombres, las enseñanzas del Santo Cura de Ars son un faro de luz en medio de una densa noche oscura. El Cura de Ars decía que el hombre tiene, para con Dios, una “hermosa obligación”: orar y amar[1].
         En su Catequesis sobre la oración, el Cura de Ars comienza diciendo directamente que “el tesoro del hombre está en el cielo”, por lo que hay que mirar directamente al cielo, nuestra meta final: “Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro”[2].
         Luego de hacer elevar la vista –el corazón- hacia el cielo, en donde se encuentra nuestro verdadero y único tesoro que es Dios, el Cura de Ars se detiene a considerar cuál es la obligación del hombre para con Dios. Lejos de considerar a Dios como un ser tiránico, cruel, y hasta sádico, que se complace en la muerte del hombre, tal como lo presenta la propaganda liberal y atea y ciertas exégesis tendenciosas de la Biblia, el Cura de Ars presenta a Dios como un ser de Amor, cuya unión con Él, precisamente, por la oración y el amor, da al hombre aquello que brota de Dios, que Es, en sí mismo, la plenitud de la perfección en el Ser: Amor Puro, que brota de su Ser divino trinitario, y en esto consiste la felicidad del hombre. Para lograr esta felicidad, el Cura sostiene que el hombre debe hacer dos cosas: orar y amar. Orar, porque es el modo de comunicación con Dios; amar, porque el amor con el que el hombre ore y ame a Dios, es connatural a aquello que brota del Ser trinitario divino, como de una fuente inagotable: Amor.
         Dice así el Cura de Ars: “El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo”[3]. La felicidad “en este mundo” no está en las cosas materiales, ni en el éxito mundano, ni en la satisfacción de las pasiones: está en “orar y amar” y esta felicidad es, a su vez, anticipo de la felicidad eterna.
El Cura de Ars afirma que la oración es –produce o conduce a- la unión con Dios, y puesto que Dios es Amor y el Amor de Dios es en sí mismo dulzura, embriaga con esta dulzura a quien a Él se une por la oración, y como al mismo tiempo Dios es luz, quien a Él se une por la oración, además de embriagarse en esta dulzura de su Amor, es iluminado en sus tinieblas espirituales: “La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable”[4].
Por la oración y el amor, el hombre se une verdadera, real y metafísicamente con Dios, de manera tal de no ser más dos, sino uno en el Amor –no significa esto que el ser del hombre se mezcle o confunda con el Ser de Dios Trino, lo cual es metafísicamente imposible-; es tan profunda esta unión, que el Cura de Ars la compara a la fusión de dos trozos de cera, como consecuencia de la acción del fuego y esto provoca en el hombre una felicidad imposible de comprender: “En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre creatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión”[5].
Para el Cura de Ars, por la oración, hecha posible por la gracia de Dios, se establece un intercambio de amor entre Dios y el hombre: el hombre le da a Dios su oración, que es “como el incienso”, el cual “agrada a Dios”, y con la miel; por su parte, Dios le da al hombre su Amor y su dulzura: “Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada. Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo”[6].
Por la oración, el hombre recibe “beneficios”, uno de los cuales es el que sus penas “se fundan, como la nieve al sol”: “En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol”[7].
Y como la oración produce tanto dulzor en el alma, como consecuencia del Amor de Dios, el hombre obtiene “otro beneficio”, y es que el tiempo “transcurra aprisa”, rápido: “Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto”[8].
el Cura de Ars pone como modelos de oración a los santos, y los compara con nosotros, que muchas veces o no sabemos “qué hacer ni pedir”, o, si hacemos oración, la hacemos de un modo apresurado, como si quisiéramos “deshacernos de Dios”: “Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros. Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: “Sólo dos palabras, para deshacerme de ti...”[9].
Por último, el Cura de Ars afirma que “si acudiéramos a la oración con fe y con amor”, obtendríamos lo que pedimos: “Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro”[10]
De esta manera, con sus enseñanzas, el Santo Cura de Ars no solo elimina el estereotipo de cierta exégesis, que muestra a Dios como un ser justiciero, tiránico, que sólo está para castigar al hombre, sino que nos muestra el verdadero Ser de Dios: un Dios que "es Amor" (cfr. 1 Jn 4, 8) y que da de ese Amor a quien se le une con fe y con amor, por medio de la oración. Y por parte del hombre, el Cura de Ars nos enseña qué hacer para ser felices, en esta vida y en la eternidad: cumplir con la dulce "obligación" para con Dios, orar y amar.
           



[1] De la catequesis de san Juan María Vianney, presbítero; “Catéchisme sur la priére”: A. Monnin, “Esprit du Curé d'Ars”, París 1899, pp. 87-89.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.
[7] Cfr. ibidem.
[8] Cfr. ibidem.
[9] Cfr. ibidem.
[10] Cfr. ibidem.