San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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lunes, 30 de septiembre de 2019

Santa Teresita del Niño Jesús




“En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”. En sus Manuscritos biográficos, Santa Teresita tiene la siguiente expresión: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”. Ella quería encontrar su vocación en la Iglesia, y descubrió que ésta era el Amor, la caridad. En el Cuerpo Místico de la Iglesia, el puesto de Santa Teresita era el corazón, fuente del amor que, en el caso de la Iglesia, está “ardiendo en amor”, según expresión de la misma Santa Teresita. Es decir, ella no se reconoce ni en los mártires, ni en los doctores, ni en ninguna otra vocación de la Iglesia: ella se reconoce en el centro mismo del Cuerpo Místico, el Corazón de la Iglesia, en donde “arde el Amor”.
          Ahora bien, podríamos preguntarnos si este deseo de Santa Teresita de ser “el Amor en el Corazón de la Iglesia” es un deseo que permanece en mero deseo o si puede llegar a ser cumplido efectivamente, porque no es lo mismo que un deseo permanezca como tal, a que se realice y se lleve a cabo en la realidad. En el caso de Santa Teresita, no se queda en un mero deseo, sino que verdaderamente se cumple, se hace efectivo, de manera tal que ella, en el Corazón de la Iglesia, es el Amor. ¿De qué manera? El deseo de Santa Teresita se cumple efectivamente y no queda en mero deseo, por medio de la Eucaristía, es decir, por medio de su unión orgánica a la Eucaristía. La razón es que la Eucaristía es el Corazón Eucarístico de Jesús, Corazón en el que inhabita el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo. La Eucaristía es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, envuelto en el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo: esto quiere decir que quien se une orgánicamente a la Eucaristía por la comunión sacramental, se hace partícipe de este Divino Corazón, el cual le comunica las llamas del Amor de Dios que en Él inhabitan. Es decir, al comulgar, el alma entra en contacto con las llamas del Amor de Dios que se encuentran ardiendo en el Corazón Eucarístico de Jesús, por lo que comienza a participar y a ser parte viva y orgánica de ese Amor. El deseo de Santa Teresita de ser “el Amor en el Corazón de la Iglesia”, se cumple en la comunión eucarística. Si alguien, al igual que Santa Teresita, descubre que su vocación es también ser el Amor en el Corazón de la Iglesia, lo que debe hacer es comulgar con fe, con piedad y, sobre todo, con Amor.

miércoles, 29 de abril de 2015

Santa Catalina de Siena y su matrimonio místico con Jesús


En 1366, Santa Catalina experimentó lo que se denomina un “matrimonio místico” con Jesús. Cuando ella estaba orando en su habitación, se le apareció Cristo en una visión, acompañado por su Madre, la Virgen y un cortejo celestial[1]. Tomando la mano de Santa Catalina, Nuestra Señora la llevó hasta Cristo, quien le colocó un anillo y la desposó consigo, manifestando que en ese momento ella estaba sustentada por una fe que podría superar todas las tentaciones. Para Catalina, el anillo estaba siempre visible, aunque era invisible para los demás.
De este episodio sucedido a Santa Catalina, surgen varias preguntas: ¿cuál es su significado último? ¿Este “matrimonio místico” de Santa Catalina estaba reservada solo para ella? ¿O es posible también que otras almas lo experimenten?
Las respuestas nos las dan autores renombrados, quienes sostienen que estos matrimonios místicos, como el acontecido entre Santa Catalina y Jesús, no es exclusivo de Santa Catalina, sino que está reservado para toda alma, pues el significado último que se quiere representar mediante la figura de una unión esponsal, es el matrimonio del alma con Dios, adquirido por medio de la gracia[2].
Al aparecérsele Jesús a Santa Catalina y desposarla, quería significar el amor que Dios tiene por el alma, que es como el amor del esposo por la esposa. Por esto mismo vemos que este matrimonio místico no está reservado solo a Santa Catalina, sino que está destinado a toda alma en gracia, porque por la gracia el alma se convierte en esposa de Dios, con un vínculo más estrecho que el que se produce en el matrimonio humano[3]. En la unión esponsal que se da entre el alma y Dios, el vínculo conyugal que se establece en el Amor de Dios, es infinitamente más profundo y grandioso que el vínculo establecido entre los esposos terrenos, porque si lo que causa el matrimonio es que dos estén en una sola carne -como dice la Escritura, que el esposo, por amor de su esposa, “dejará a su padre y a su madre y se llegará a su mujer y será con ella una sola carne” (cfr. Gn 2, 24)-, lo que causa la gracia es que estén dos –el alma y Dios- en un espíritu[4], el Espíritu de Dios, el Amor. En otras palabras, si lo que constituye el matrimonio entre los esposos terrenos es el hecho de formar, por el amor esponsal que se profesan, “una sola carne”, por la gracia se establece el matrimonio místico y sobrenatural entre el alma y Dios, que los une en el Amor Divino, el Espíritu Santo.
Para poder darnos al menos una pálida idea acerca de la grandeza inconcebible que significa para el alma esta unión esponsal con Dios por medio de la gracia, imaginemos lo siguiente: consideremos que un poderoso rey, un monarca soberano, se enamora perdidamente de una labradora del campo, de entre las más pobres y olvidadas, la elige por esposa, la ensalza y la eleva al trono, la hace partícipe de todos sus bienes y, lo que es más importante, le declara su amor, no solo diciéndole, sino demostrándole, con todas estas pruebas de amor, que la ama más que a su propia vida[5]. Consideremos que esta labradora, habiendo correspondido en un primer momento al amor del monarca, le fuera sin embargo, tiempo más tarde, infiel, no solo cometiendo adulterio, sino pidiendo directamente el divorcio al rey que tanto la había amado, regresando a una condición peor a la que se encontraba anteriormente. ¿No sería esto, de parte de esta doncella, una gran traición y una villanía? Pues bien, esto es lo que sucede cuando el alma, luego de haber recibido la gracia santificante –y por lo tanto, haber sido elevada a la suprema majestad de esposa de Dios-, decide, libremente, abandonar a Dios por el pecado, despojándose así de la gracia y retornando a una vida oscura y siniestra, en la que las pasiones más bajas la dominan por completo.
Como vemos, el matrimonio místico de Santa Catalina de Siena, no está reservado a grandes santos y místicos como Santa Catalina; sin apariciones sensibles y sin grandes manifestaciones místicas, es sin embargo un grandísimo don que el Amor de Dios destina a todas las almas, por medio de la gracia santificante: basta que el alma esté en gracia, para que sea elevada al grado de unión esponsal mística con Dios, en el Espíritu Santo. Teniendo en cuenta esto, debemos pedir a Santa Catalina de Siena la gracia de la fidelidad al amor esponsal de Jesucristo -manifestado para con nosotros en el don de su gracia santificante, conseguido al precio altísimo de su Sangre derramada en el sacrificio de la cruz-, de manera tal de no solo nunca jamás traicionar a este amor esponsal, sino de serle cada día más fieles en el Amor.




[1] http://www.aleteia.org/es/religion/contenido-agregado/hoy-celebramos-a-santa-catalina-de-siena-5276652636471296
[2] Cfr. P. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio y estima de la Divina Gracia, 232.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

jueves, 6 de marzo de 2014

La Sangre, el Agua y el Espíritu que brotan del Sagrado Corazón


         En el Evangelio se describe que cuando el soldado romano traspasó el costado de Jesús de Nazareth, estando éste ya muerto y suspendido en la cruz, de inmediato brotó Sangre y Agua, que al derramarse sobre el soldado, lo hicieron exclamar: “¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!” (Mc 15, 39). ¿Cómo puede ser que el exudado sanguíneo y la sangre fresca de un hombre que acaba de morir en la cruz, que caen sobre el rostro de un soldado romano pagano, despierten en el soldado un sentimiento religioso que se encuentra en las antípodas de su paganismo, esto es, el cristianismo, puesto que reconoce en ese hombre muerto crucificado al Hijo de Dios, Jesucristo?
         Lo que explica lo sucedido es que el exudado y la sangre fresca que brotan del corazón traspasado por la lanza son el Agua y la Sangre que brotan del Sagrado Corazón del Hombre-Dios Jesucristo y por lo tanto, contienen y transportan, en sí mismos, al Espíritu Santo, porque Jesús, en cuanto Hombre y en cuanto Dios, espira, junto al Padre, al Espíritu Santo, y así como en la eternidad, Él espira, junto al Padre, al Espíritu Santo, así también la efusión de Sangre de su Sagrado Corazón, en el tiempo, es la prolongación, continuación y actualización ad extra de esa espiración ad intra del Espíritu en la Trinidad. En otras palabras, el Padre y el Hijo espiran mutuamente el Espíritu Santo y esa espiración se continúa y prolonga en la efusión de Sangre y Agua del Corazón traspasado de Jesús por la lanza en el Calvario, y es lo que explica que todo aquel sobre el cual caiga la Sangre y sea bañado por esta, su alma se vea purificada por la gracia santificante y su corazón sea colmado por el Amor de Dios, como le sucedió Longinos, el soldado romano que traspasó con su lanza al Sagrado Corazón.

         “¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!”. En todo aquel que bebe del cáliz de la Santa Misa, se derrama sobre su alma la Sangre y el Agua del Sagrado Corazón de Jesús, que contiene el Espíritu Santo, el cual obra la obra de santificación que obró en San Longinos, llevándolo a reconocer en Jesús al Hijo de Dios: convirtió su cuerpo en templo de Dios, purificó su alma con la gracia santificante y colmó su corazón con el Amor del Espíritu Santo, haciéndolo exclamar, en un éxtasis de amor a Cristo crucificado: “¡Verdaderamente, éste es el Hijo de Dios!”. 

jueves, 5 de septiembre de 2013

El dolor y las espinas del Sagrado Corazón de Jesús


          Muchos en la Iglesia menosprecian la devoción al Sagrado Corazón, reduciéndolo a un mero afecto; otros tantos -incluso creyentes- reducen la devoción a una banal muestra de sensiblería piadosa. Sin embargo, la devoción al Sagrado Corazón constituye la muestra más grande del Amor divino, que se ha encarnado y materializado en Cristo Jesús. Precisamente el Amor divino, que es eterno e infinito y es inaccesible a los sentidos humanos, se encarna, se materializa y se hace visible en el Corazón de Jesús, de manera tal que los hombres, a partir de esta devoción, no puedan decir que "no saben" dónde está el Amor de Dios, porque este tiene su sede en el Corazón de Jesús y desde allí se irradia a los hombres que a Él se le acercan.
          Puede decirse entonces que el Amor divino está todo concentrado, con la infinita plenitud de su perfección eterna, en el Corazón de Jesús, y esto no quiere decir que no se encuentren manifestaciones del Amor divino en todos lados y en cualquier momento, sino que el Amor de Dios está Presente en Acto de Ser perfectísimo en el Sagrado Corazón, lo cual significa que quien se acerca a Él, recibe de Él la plenitud de su Amor, mientras que quien se aleja de Él, se aleja del Amor de Dios.
          El Amor de Dios por el hombre no se reduce a una mera declaración, ni tampoco se encuentra perdido en los cielos empíreos, en donde es inaccesible para el hombre: para que el hombre pueda acceder a Él, y para que de declaración pase a ser una misteriosa realidad que lo envuelve desde la raíz de su ser, el Amor de Dios se manifiesta al hombre de modo visible, sensible, tangible, en el Sagrado Corazón de Jesús. El Corazón palpitante de Jesús, que late con la fuerza infinita del Amor de Dios y cuyo ritmo de latidos está dictado por el Espíritu Santo, que es su fuerza vital, es la muestra más asombrosa, por parte de Dios, de que su Amor por el hombre -por cada hombre, por todo hombre- no tiene medida, porque es infinito, y no tiene tiempo, porque es eterno. Contemplar el Sagrado Corazón es contemplar entonces al Amor de Dios que no encuentra otra forma más elocuente de declarar su amor por los hombres.
          Pero, si esto es así de parte de Dios, ¿cuál es la respuesta del hombre frente a este Amor divino? Nos lo dice Santa Margarita en la Segunda Revelación, en el año 1674: "Ese día el divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de espinas significando las punzadas producidas por nuestros pecados". Esto quiere decir que si contenido del Corazón de Dios, el Amor divino, se materializa en el Sagrado Corazón de Jesús, el contenido del corazón del hombre, la maldad del pecado, se materializa en las espinas que lo rodean y lo estrechan fuertemente. Las espinas que punzan al Sagrado Corazón en cada latido, son la expresión material y dolorosa del contenido del corazón humano, que responde con malicia a la Bondad y Santidad de Dios. A cada latido del Corazón de Jesús, que se expande con la potencia infinita del Amor divino, le corresponde la dolorosa potencia del pecado del hombre, que no tiene otro modo de tratar a Dios que no sea con la malicia. Para que nos demos una idea de cuánto ofende a la santidad divina nuestra malicia, baste saber que un solo gesto de impaciencia, o un prejuicio formado en el pensamiento y asentido en el corazón atribuyendo malicia a nuestro prójimo, se materializan en las gruesas espinas que forman la corona que rodea al Corazón de Jesús. Y si esto sucede con los pecados más pequeños, ni siquiera podemos imaginar el dolor que causan a Jesús los pecados más horrendos y graves, los ultrajes más horrorosos, las injurias, ingratitudes y blasfemias más inconcebibles...



          ¿Qué hacer entonces? Con mucho cuidado, cortar una de las espinas, aunque sean las más pequeñas, de las que rodean al Sagrado Corazón, y con ella punzar el nuestro y de nuestros seres queridos, para que de ellos salga, como si de un absceso se tratara, todo aquello que no pertenece al Amor de Dios. De esta manera aliviaremos, al menos ínfimamente, el inmenso dolor del Sagrado Corazón de Jesús.

lunes, 29 de julio de 2013

Santa Marta de Betania

En el conocido episodio del Evangelio, Santa Marta aparece ocupada en limpiar la casa y en disponer todo para a que Jesús, que ha ido a visitarla a ella y a sus hermanos Lázaro y María, no le falte nada.
En el episodio, Jesús entra en la casa de los hermanos, en Betania, y mientras Marta se pone a trabajar para que la casa esté limpia y ordenada, y para que Jesús tenga algo para comer como invitado de honor que es, María en cambio, se queda a los pies de Jesús, contemplándolo en éxtasis de amor. Esta actitud de María motiva la queja de Marta: “Señor, dile a mi hermana que me ayude”, al tiempo que causa también la respuesta de Jesús: “Marta, Marta, te preocupas por muchas cosas, pero solo una es necesaria. María ha elegido la mejor parte, y no le será quitada”. Jesús no le dice a Marta que lo que hace -ocuparse de la casa- esté mal; le dice que “sólo una cosa es necesaria”, la adoración contemplativa en éxtasis de amor de María, pero no le dice a Marta que deje de hacer lo que está haciendo, o que lo que hace no está bien.
Esta misma situación se repite en la comunión eucarística, puesto que Jesús también entra en nuestra casa, en nuestra alma, en cada comunión eucarística; Él es nuestro invitado de honor, que golpea a las puertas de nuestro corazón, y al cual le respondemos abriéndoselas con amor, según Él lo dice en el Apocalipsis: “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguien me escucha y abre, entraré y cenaré con él y él conmigo”.
A su vez, las dos hermanas representan dos aspectos distintas de la misma alma en relación a Jesús: Marta representa al alma que se preocupa por tener la casa limpia, es decir, la vida de la gracia; Marta limpiando la casa, sacudiendo el polvo la tierra para que la casa brille, es El alma cuando lucha contra los pecados veniales y mortales, que ensucian el corazón, y lo mantiene en condiciones impecables, para que Jesús Eucaristía entre en él; Marta encendiendo el horno a leña para preparar la comida, es el alma que ora y por la oración enciende su corazón en el Amor de Dios y desea ardientemente comulgar; María, contemplando a Cristo en éxtasis de amor, es el alma que goza ya de la Presencia sacramental de su Señor y se postra a sus pies. María tiene la mejor parte, pero sin el afanoso ocuparse de Marta, no habría sido posible.

¿Trabaja nuestra alma, así como trabaja Santa Marta para limpiar su casa, para que el corazón esté resplandeciente por la gracia, la fe y el amor, para cuando entre el invitado de honor, Jesús Eucaristía?

viernes, 26 de julio de 2013

Santos Joaquin y Ana: padres de la Virgen María y abuelos del Hijo de Dios



La vida de los santos Joaquín y Ana es un ejemplo de cómo la bondad divina de Dios Trinidad, con el solo objetivo de donarnos su Amor infinito y eterno, no ha dudado en entrar personalmente no solo en la historia de la humanidad, sino en la historia personal de cada uno de los hombres. En el caso de Joaquín y Ana, la intervención de Dios Uno y Trino en sus vidas personales les concede una dimensión impensada, insospechada. Ellos eran ya personas buenas, piadosas, devotas y amantes de Dios, y vivían en comunión de vida y amor con Él, correspondiendo de esa manera al Amor de Dios que se les había manifestado en sus vidas. Pero Dios va más allá todavía: además de concederles su gracia, por medio de la cual los hace santos, su Amor lo lleva a unirse a su misma familia, al elegirlos para ser padres y abuelos, pero no padres y abuelos comunes: no son padres de una hija común y no son abuelos de un nieto más entre todos: son padres de la Virgen María y son abuelos del Hijo de Dios. Dios ama tanto a los hombres -en este caso a San Joaquín y Santa Ana-, que no le basta con darles la gracia para que sean santos: los elige para que sean parte de su familia. Es una “locura” de amor de parte de Dios, porque Dios les concede su gracia y los hace santos, pero al mismo tiempo se une a su familia, en su aspecto biológico, al elegir a la hija de ellos para que sea Madre de Dios Hijo, y al elegirlos para que sean abuelos de Dios Hijo encarnado. Locuras de amor de un Dios que es Amor: incoropora a la familia humana, Joaquín y Ana, a la Familia de la Santísima Trinidad. No solo les da su gracia santificante, sino que se incorpora a su familia biológica, haciéndose pariente de ellos.
Pero también con nosotros hace Dios Trino lo mismo: no solo nos crea; no solo nos da su gracia para ser santos, sino que además nos incorpora a la Familia Divina, la Familia compuesta por las Tres Personas de la Santísima Trinidad, convirtiéndonos en hijos adoptivos de Dios Padre, en hermanos de Dios Hijo, y nos ama con su Amor, que es un Amor esponsal, el Amor de Dios Espíritu Santo.

Y al igual que a los santos Joaquín y Ana, también a nosotros Dios Trino nos llama a su Reino, pero no como meros invitados, sino como herederos del Reino, como hijos del Padre, como hermanos del Hijo, como novios y esposos amados con el Amor nupcial del Espíritu Santo. Y al igual que los santos Joaquín y Ana, debemos responder a tanta muestra de Amor divino, con una vida de santidad.

martes, 23 de julio de 2013

Santa Brígida de Suecia y los enemigos de Jesús



En una de sus revelaciones a Santa Brígida, Jesús se queja de sus enemigos. Según su descripción, estos son “como las más salvajes de las bestias”, que “nunca pueden estar satisfechos ni permanecer en calma”, porque solo desean obrar el mal, y solo en el mal encuentran reposo y satisfacción. Jesús le dice también a la santa que el corazón de sus enemigos “está tan vacío de su amor, que el pensamiento de su Pasión nunca entra en ellos”, y que jamás agradecen el sacrificio que Él hizo por ellos. En estas almas, dice Jesús, no puede vivir su Espíritu, porque no sienten el divino amor por Él, y como no sienten amor por Él, experimentan solo deseos de traicionar a otros para conseguir su propio beneficio”. Dice así Jesús: “Mis enemigos son como la más salvaje de las bestias, que nunca pueden estar satisfechos ni permanecer en calma. Su corazón está tan vacío de mi amor que el pensamiento de mi pasión nunca lo penetra. Ni siquiera una sola vez, desde lo más íntimo de su corazón, ha escapado una palabra como ésta: “Señor, tú nos has redimido, ¡alabado seas por tu amarga pasión!” ¿Cómo puede vivir mi Espíritu en personas que no sienten el divino amor por mí, personas que están deseando traicionar a otros por conseguir su propio beneficio?”
Ahora bien, ¿quiénes son estos enemigos?
Ante todo, son aquellos que “no tienen el Amor de Dios” en sus corazones; son aquellos cuyos corazones están por lo tanto llenos de amor a sí mismo, pero como el amor a sí mismo sin el Amor de Dios es un amor impuro y no santo, se trata de un amor egoísta que excluye a Dios del objeto de su amor; por lo tanto, es un amor impuro y egoísta; es un amor-enamoramiento de sí imita al amor-enamoramiento de sí mismo que experimentó el demonio en los cielos, y que fue el motivo de su caída, porque excluye a Dios, que es Amor en sí mismo. En el cielo, el demonio y sus ángeles experimentaron el amor a sí mismos pero excluyendo a Dios; se vieron perfectos y hermosos, pero en vez de atribuir esa perfección y hermosura al Autor y Creador de toda perfección y hermosura, lo excluyeron y se atribuyeron falsamente la condición de ser los creadores del ser, y en esto consistió su mentira, su auto-engaño y su perdición. En la tierra, el hombre que vive sin el Amor de Dios porque no contempla a la Misericordia Divina encarnada, Cristo Jesús, se encierra en sí mismo, se contempla a sí mismo, se enamora de sí mismo, y comete el mismo error de soberbia y vanidad que cometieron en el cielo el demonio y sus ángeles: enamorarse de sí mismos, dejando de lado al Amor de Dios, a Dios, que “es Amor”. Sin el Amor de Dios, el corazón humano se llena de un amor impuro, egoísta, vanidoso y soberbio, el amor de sí mismo. No significa que el hombre no deba amarse a sí mismo; todo lo contrario, está prescripto en el Primer Mandamiento - “Amarás a Dios y al prójimo como a ti mismo”-; lo erróneo es el amor de sí excluyendo al Amor Primero, Dios, sin el cual nada hay puro y santo en el hombre.
Los enemigos de Cristo, entonces, están vacíos de este Amor divino, y llenos de amor impuro y egoísta a sí mismos, tal como lo está el corazán angélico del Príncipe de las tinieblas, y esta es la razón por la cual Jesús dice que “no tienen el Amor de Dios”.
Pero no suceden las cosas por acaso; hay una explicación bien precisa por parte de Jesús, acerca del origen de esta ausencia del Amor divino en los corazones de los hombres malvados, y es el olvido de su Pasión, olvido que los lleva a cometer las más grandes ingratitudes, desprecios e indiferencias hacia su Sacrificio redentor: “Su corazón está tan vacío de mi amor que el pensamiento de mi Pasión nunca lo penetra. Ni siquiera una sola vez, desde lo más íntimo de su corazón, ha escapado una palabra como ésta: “Señor, tú nos has redimido, ¡alabado seas por tu amarga pasión!”. La razón por la cual el corazón del hombre se vacía del Amor a Dios y se llena del amor impuro y egoísta a sí mismo, es el olvido de la Pasión de Jesús: “...el pensamiento de mi Pasión nunca lo penetra”. Y este amor impuro convierte al hombre en un ser ingrato para con su Dios, que ha sacrificado su Vida en la Cruz y ha derramado su Sangre para su salvación: Ni siquiera una sola vez, desde lo más íntimo de su corazón, ha escapado una palabra como ésta: “Señor, tú nos has redimido, ¡alabado seas por tu amarga pasión!”. El olvido de la Pasión de Jesús es la causa de la ausencia del Amor de Dios en el corazón del hombre, en quien no solo no se encuentra el más mínimo rastro del Divino Amor, sino que se expresa con fuerza el anti-amor egoísta que lo colma: ¿Cómo puede vivir mi Espíritu en personas que no sienten el divino amor por mí, personas quere están deseando traicionar a otros por conseguir su propio beneficio?”. La traición es la consecuencia directa de no poseer en sí el Amor de Dios.
Pero no son enemigos de Cristo solo los que obran decididamente el mal, porque si la causa de ser enemigos de Cristo es el olvido de su Pasión, esto quiere decir que se convierten en enemigos de Jesús aquellos que, por tibieza, olvidan la Pasión. Unos, olvidan la Pasión por maldad; otros, por tibieza, por pereza, por indiferencia, por hastío de las cosas de Dios. El tibio, el católico que prefiere un programa de televisión antes que rezar; el que prefiere un partido de fútbol antes que el Rosario; el que elige dormir en vez de acudir a la Santa Misa el Domingo, Día del Señor, ese tal se convierte en enemigo de Dios, porque se olvida de la Pasión de Jesús. O, peor aún, se acuerda de ella, pero solo para rechazarla como pensamiento tedioso y reemplazarlo por otro más “divertido” o “alegre”. ¿No son centenares de miles los niños, jóvenes y adultos, que abandonan en masa las iglesias los domingos, para acudir, también en masa, a conciertos, espectáculos deportivos, mundanos?
Al reflexionar entonces sobre las palabras de Jesús dichas a Santa Brígida, no debemos, por lo tanto, pensar que los “enemigos de Cristo” son solo aquellos que, de modo ostensible y directo, obran el mal: olvidarse de la Pasión y volcarse al mundo, es causa de conversión en enemigos de Jesucristo.
¿De qué manera podemos librarnos de este vacío del corazón, de esta frialdad del alma que lleva a dejar de lado a Jesús y su Pasión? Teniendo presente, continuamente, a lo largo del día, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, la Pasión de Jesús, y pedirle que se grabe a fuego en nuestros corazones, y de manera tal, que nunca se borre de ellos. La Pasión de Jesús debe estar tan dentro nuestro y debe estar tan identificada con nuestro ser, que si la olvidamos, debe equivaler a olvidarnos de nosotros, de quienes somos y para qué existimos y vivimos en este mundo. Además, el recuerdo de la Pasión debe ser como un avivamiento del fuego de amor que Jesús enciende en nuestros corazones, así como el pasto seco se incendia al contacto con un carbón ardiente: el carbón ardiente es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús; el pasto seco es nuestro pobre corazón. De esta manera, Jesús sopla sobre nosotros su Espíritu de Amor, que es Fuego de Amor divino, y este Espíritu nos incendia en su Amor, y el Amor a su vez, nos inflama con nuevos ardores de Amor divino, que a su vez atraen más al Espíritu Santo, con lo cual se establece un círculo virtuoso de amor y gratitud, que se eleva desde el fondo del corazón hasta el trono de la majestad divina.
El Amor a Dios, expresado en el agradecimiento por su Pasión de Amor, y encendido cada vez en la Comunión Eucarística, es entonces el “antídoto” para no solo no convertirnos en sus enemigos, sino para ser sus amigos más dilectos y preferidos. Dice así Jesús a Santa Brígida: “Pero tú, hija mía, a quien he elegido para mí y con quien hablo en el Espíritu, ¡ámame con todo tu corazón, no como amas a tu hijo o a tu hija o a tus padres sino más que cualquier cosa en el mundo! Yo te creé y no evité que ninguno de mis miembros sufriera por ti. Aún amo tanto a tu alma que, si fuera posible, me dejaría ser de nuevo clavado en la cruz antes que perderte. Imita mi humildad: Yo, que soy el Rey de la gloria y de los ángeles, fui vestido de pobres harapos y estuve desnudo eel pilar mientras mis oídos oían todo tipo de insultos y burlas. Antepón mi voluntad tu ya porque mi Madre, tu Señora, desde el principio hasta el final, nunca quiso nada más que lo que yo quise. Si haces esto, entonces tu corazón estará con el mío y lo inflamaré con mi amor, de la misma forma que lo árido y seco se inflama fácilmente ante el fuego.
Tu alma estará llena de mí y Yo estaré en ti, todo lo temporal se volverá amargo para ti, y el deseo carnal te será como el veneno. Descansarás en mis divinos brazos, donde no hay deseo carnal sino sólo gozo y deleite espiritual. Ahí, el alma, colmada tanto interior como exteriormente, está llena de gozo, no pensando en nada ni deseando nada más que el gozo que posee. Por ello, ámame sólo a mí y tendrás todo lo que desees en abundancia. ¿No está escrito que el aceite de la vida no faltará hasta el día en que el Señor envíe lluvia sobre la tierra según las palabras del profeta? Yo soy el verdadero profeta. Si crees en mis palabras y las cumples, ni el aceite ni el gozo ni la alegría te faltarán jamás en toda la eternidad”. 

Meditemos en la Pasión de Jesús, día y noche; pidamos que el Espíritu Santo grabe a fuego su Pasión en nuestros corazones, agradezcamos su infinito Amor por nosotros, y así viviremos por anticipado la alegría de la vida eterna en el Reino de los cielos.

viernes, 5 de abril de 2013

Sagrado Corazón de Jesús, Puerta abierta del cielo a través de la cual se derrama el Amor de Dios



         “Si rasgaras los cielos y descendieras” (Is 64, 1). El profeta Isaías suspira e implora al Dios de toda majestad y bondad, expresando el deseo más ardiente de su corazón, pidiéndole que rasgue los cielos y descienda. ¿Por qué Isaías hace este pedido? Porque ve, por un lado, la inmensa desolación que es este mundo; ve la maldad del corazón del hombre, que se convierte en “lobo del hombre”, al usar a su prójimo como objeto de satisfacción de sus bajas pasiones; ve cómo el mundo está sumergido en las tinieblas más profundas y densas, las tinieblas del error, del pecado, de la ignorancia, de la apostasía, de la negación de Dios y de su bondad y majestad; ve cómo el mundo está asolado y sitiado por las tinieblas del infierno, tinieblas vivientes, formadas por siniestros seres, los ángeles caídos, que maquinan continuamente la perdición del hombre; ve cómo el mundo sin Dios se encamina decididamente a su perdición eterna. Ante la vista del mal que asola al mundo, San Isaías hace esta súplica a Jesús: “Si rasgaras los cielos y descendieras”. 
        Pero Isaías no solo pronuncia este deseo del descenso de la divinidad a través de los cielos rasgados, por el solo hecho de que el mal, que anida en el corazón del hombre y del ángel caído, ha tomado posesión de la tierra. El profeta Isaías clama por la venida de Dios a la tierra, rasgando los cielos, porque ha contemplado la hermosura indescriptible del Ser divino y, enamorado de Dios por la visión de su majestad incomprensible, considera que este mundo, comparado con tanta belleza y hermosura, es un sitio desolado, hórrido y siniestro, y por eso clama su venida.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”. El profeta Isaías, arrebatado en un éxtasis de amor ante la visión de la bondad y la majestad divina, clama a Dios que rasgue los cielos y descienda, para que con su bondad y hermosura divina atraiga a los hombres hacia Él, para que así todos los hombres conozcan en qué consiste la verdadera felicidad, que no es otra cosa que contemplarlo y adorarlo por siglos sin fin. Pero el profeta Isaías, a pesar de su santidad personal y a pesar del amor a Dios que arde en su corazón, amor expresado en su ferviente súplica, no tuvo la dicha de ver los cielos rasgados, ni tampoco pudo ver a Dios descender, y así este santo profeta no pudo tener, en esta vida y en esta tierra, aquello que había contemplado en un éxtasis de amor.
Sin embargo, aquello que el profeta Isaías no pudo ver en vida, sí lo tenemos y lo podemos ver, por la fe, los católicos; todavía más, por la inefable misericordia de Dios, poseemos algo que el profeta Isaías ni siquiera podía imaginar, y es el Corazón traspasado de Jesús en la Cruz, que es algo más grande que los cielos abiertos, porque es el Amor de Dios en Persona que se derrama a través de la herida abierta del Corazón de Jesús.
El Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús es algo más grande que los cielos rasgados, porque a través del Corazón de Jesús, se derrama sobre el alma su Sangre, y con la Sangre, el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que colma con la abundancia de su Amor divino el deseo de felicidad que tiene el alma.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”. Jesús no solo cumple con creces el deseo del profeta Isaías, bajando del cielo para encarnarse en el seno virgen de María, sino que rasga algo más grande que los cielos, al permitir que su Corazón sea traspasado en la Cruz, para que con la efusión de su Sangre, descienda sobre nosotros el Amor de Dios.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”, le dice el profeta Isaías a Dios, y Dios cumple con creces el pedido en Cristo, que es Dios. Pero si Isaías hace un pedido a Dios, Cristo a su vez nos dice a nosotros: “Si rasgaras tu corazón para que yo pueda entrar y darte mi amor”. Por lo  tanto, ante el pedido de Cristo Dios, debemos corresponder rasgando nuestros corazones con la oración, la mortificación y la misericordia, para que entre, a través del corazón rasgado, contrito y humillado, el Dios que ha bajado de los cielos para darnos su Amor, Jesús Eucaristía.

jueves, 28 de febrero de 2013

Las espinas del Sagrado Corazón de Jesús



         En sus apariciones a Santa Margarita, el Sagrado Corazón de Jesús aparece envuelto en llamas, las cuales representan el Amor de Dios, el Espíritu Santo. Pero también se presenta rodeado de espinas, que forman a su alrededor una especie de corona. Teniendo en cuenta que es un Corazón vivo y que por lo tanto se encuentra en movimiento continuo, y teniendo en cuenta que las espinas lo rodean estrechamente, es de suponer que en cada latido, en cada movimiento de contracción-dilatación, de sístole y diástole, las espinas le provoquen un agudo dolor, sobre todo en el momento de la diástole, es decir, en el momento en el que el corazón se relaja, luego de la contracción sistólica, para almacenar nueva sangre en los ventrículos y poder continuar su función de bomba.
         Debido a que las llamas representan al Amor de Dios, el Espíritu Santo, todo el Sagrado Corazón está en Acto continuo de Amor perfecto, simbolizado en los dos movimientos cardíacos: en la diástole, esto es, en el momento de la relajación de las paredes ventriculares, necesario para que ingrese un nuevo torrente sanguíneo, se representa el Amor de Dios que llega, que viene a los hombres, concentrándose en el Sagrado Corazón; en la sístole, en el momento de la contracción de los ventrículos, en donde se expulsa la sangre hacia el cuerpo, simboliza la efusión del Amor de Dios sobre su Cuerpo Místico, la Iglesia. En cada latido del Sagrado Corazón, late el Amor de Dios; cada movimiento del Sagrado Corazón es un movimiento del Amor de Dios hacia los hombres.
         Pero si el Amor está presente en cada latido, lo está también el dolor, puesto que las espinas, que forman una apretada corona alrededor del Corazón, provocan dolor en las dos fases del movimiento del Corazón; en la diástole, en la fase de llenado, porque las espinas se incrustan con fuerza en la pared de los ventrículos; en la sístole, porque el movimiento de contracción de la musculatura ventricular exacerba el dolor producido por la laceración ocurrida en el movimiento anterior. Si el Amor está dado por el Padre, que le dona el Espíritu Santo desde la eternidad, el dolor provocado por las espinas le es proporcionado por los hombres, porque sus pecados, la malicia de sus corazones, se traducen en gruesas espinas que laceran y desgarran al Corazón de Jesús.
         En otras palabras, en cada movimiento cardíaco, en cada diástole y en cada sístole, el Sagrado Corazón experimenta Amor y dolor: el Amor del Padre, que desde la eternidad le ha donado el Espíritu Santo, y que desea ardientemente volcarse sobre toda la humanidad y sobre todo hombre, y el dolor de parte de los hombres, que al Amor incomprensible, inagotable, inabarcable de Dios Trino, responden con indiferencias, desprecios, ingratitudes, postrándose ante vanos ídolos mundanos, despreciando y posponiendo el Amor divino, que se derrama incontenible con la Sangre del Sagrado Corazón traspasado, que se vierte por la herida abierta del costado.
         Desde la Cruz, en la cima del Monte Calvario, en donde agoniza de Amor, el Sagrado Corazón nos pide reparación, penitencias, ofrendas, holocaustos, que se sintetizan en el Primer Mandamiento, “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”, y en las obras de misericordia espirituales y corporales.
         

jueves, 7 de febrero de 2013

Santa Josefina Bakhita y el amor a la Voluntad de Dios



Vista su vida con los ojos del mundo, Josefina Bakhita tenía todo para odiar: secuestrada a los nueve años de edad por negreros esclavistas; vendida como un animal de feria; privada no sólo de su infancia, sino de su adolescencia y de su juventud; humillada; torturada con extrema crueldad –le hicieron 114 incisiones a los trece años para tatuarla y para evitar infecciones le colocaron sal durante un mes, lo cual le provocaba grandes dolores.; privada de su identidad; alejada de su familia y de su patria; tratada como un objeto gran parte de su vida.
         Vista su vida con los ojos del mundo, Josefina Bakhita tenía todo para odiar a muchas personas, comenzando por los negreros que la secuestraron, siguiendo por todos los que la humillaron, y finalizando con sus “amos” que la maltrataron, menos el último, y sin embargo, sus palabras para con esclavistas que arruinaron su vida son: “Si volviese a encontrar a aquellos negreros que me raptaron y torturaron, me arrodillaría para besar sus manos porque, si no hubiese sucedido esto, ahora no sería cristiana y religiosa”.
         Es decir, lejos de odiar, no solo ni siquiera hay el más mínimo rencor hacia sus captores, sino que hay palabras de perdón implícito y, lo más sorprendente, de agradecimiento. Santa Josefina Bakhita contradice al mundo.
¿Cuál es el motivo de este sentir de Bakhita, tan contrapuesto con el mundo? 
         La razón está en sus propias palabras: “Si volviese a encontrar a aquellos negreros que me raptaron y torturaron, me arrodillaría para besar sus manos porque, si no hubiese sucedido esto, ahora no sería cristiana y religiosa”.
         Santa Josefina Bakhita ve, en toda su vida, la Voluntad de Dios, Voluntad que la lleva a la máxima felicidad, que es ser hija de Dios y consagrada: “si no hubiese sucedido esto, ahora no sería cristiana y religiosa”. Para Bakhita, los negreros han sido instrumentos de la Voluntad amorosísima y providente de Dios, que la han llevado a un lugar extraño, sacándola de su ambiente familiar y natural, para que pudiera recibir el don de los dones, el don más grande que un ser humano pueda recibir, y es el ser convertido en hijo adoptivo de Dios; todavía más, para Bakhita había un don del Amor de Dios, destinado para ella, el ser religiosa consagrada, signo de predilección del Amor divino. Si los negreros no la hubieran secuestrado, no habría recibido jamás el bautismo, y no podría haberse ni siquiera enterado que Dios la había amado con amor de predilección desde la eternidad, eligiéndola para ser religiosa. Los caminos de Dios son inescrutables, y para nuestra limitada mente, pueden parecer extraños, como también le parecían a Bakhita, según ella misma lo expresa, cuando dice que “cada día que pasa ama más a Dios”, que “la traído hasta aquí (el Instituto donde fue bautizada y se hizo religiosa) de un modo extraño”. “Extraño”, sí, pero lleno de amor, y de un amor que continúa por la eternidad, tal como lo experimenta ahora Bakhita en los cielos, para siempre.
         Contrariando al mundo, Bakhita muestra amor y agradecimiento a sus captores y a todos los que la humillaron, pero esto no se debe a que Bakhita era “naturalmente buena”. Hay una razón mucho más profunda que explica el amor de Bakhita, y es el participar del Amor de Cristo, derramado con su Sangre en la Cruz. Un amor tan grande como el de Bakhita no tiene explicaciones humanas: se origina en el seno de Dios Trinidad, en el Ser trinitario, en la espiración de Amor mutuo entre el Padre y el Hijo en la Trinidad.
         Este es el motivo por el cual sus palabras: “Si volviese a encontrar a aquellos negreros que me raptaron y torturaron, me arrodillaría para besar sus manos porque, si no hubiese sucedido esto, ahora no sería cristiana y religiosa”, no solo contradicen al mundo, cuyo mandato es la venganza y el rencor, sino que manifiestan el perdón y el Amor de Cristo Dios, perdón y Amor donados sin límites desde la Cruz a toda la humanidad.
         El mensaje de santidad de Santa Josefina Bakhita es entonces, no solo el ver la Voluntad amorosísima de Dios en todos los acontecimientos de la vida, aún y sobre todo aquellos que más dolorosos y extraños puedan ser, sino también la participación en el Amor de Cristo como único medio para amar al prójimo, principalmente si este es enemigo, para así alcanzar el Reino de los cielos.