San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
Mostrando las entradas con la etiqueta gracia santificante. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta gracia santificante. Mostrar todas las entradas

jueves, 31 de agosto de 2023

Santa Rosa de Lima

 



         Vida de santidad[1].

         Rosa de Lima, la primera santa americana canonizada, nació de ascendencia española en la capital del Perú en 1586. Sus humildes padres son Gaspar de Flores y María de Oliva. Sucedió que el padre de Rosa fracasó en la explotación de una mina, y la familia se vio en circunstancias económicas difíciles, debido a lo cual Rosa trabajaba el día entero en el huerto, cosía una parte de la noche y en esa forma ayudaba al sostenimiento de la familia. La santa deseaba desde pequeña consagrarse en cuerpo y alma a Dios y por esto tuvo que oponerse durante diez años a sus padres, que deseaban que contrajera matrimonio. Santa Rosa hizo voto de virginidad para confirmar su resolución de vivir consagrada al Señor. Después de esos años, ingresó en la tercera orden de Santo Domingo, imitando así a Santa Catalina de Siena. A partir de entonces, se recluyó prácticamente en una cabaña que había construido en el huerto. Llevaba sobre la cabeza una cinta de plata, cuyo interior era lleno de puntas, sirviendo así como una corona de espinas. Su amor de Dios era tan ardiente que, cuando hablaba de Él, cambiaba el tono de su voz y su rostro se encendía como un reflejo de la gracia divina en la que se sumergía su alma, en éxtasis místicos. Ese fenómeno se manifestaba, sobre todo, cuando la santa se hallaba en presencia del Santísimo Sacramento o cuando en la comunión unía su corazón a la Fuente del Amor, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Santa Rosa pasó los tres últimos años de su vida en la casa de Don Gonzalo de Massa, un empleado del gobierno, cuya esposa le tenía particular cariño. Durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte, la oración de la joven era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor” y esto porque el sufrimiento se convierte en instrumento de salvación solo si se lo une a los sufrimientos de Cristo en la cruz; sufrir sin Cristo, sufrir sin la cruz, sufrir sin el Amor de Dios, no conduce a nada. Dios la llamó a Sí el 24 de agosto de 1617, a los treinta y un años de edad. El capítulo, el senado y otros dignatarios de la ciudad se turnaron para transportar su cuerpo al sepulcro. El Papa Clemente X la canonizó en 1671.

         Mensaje de santidad.

Podemos destacar su mensaje de santidad en uno de sus escritos, que dice así: “El salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: “¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!”. Santa Rosa describe a Nuestro Señor Jesucristo quien, majestuosamente, nos revela el valor del sufrimiento o de la tribulación, cuando se sufre en estado de gracia y abrazados a la cruz de Cristo y el valor de la gracia y de la cruz es que son el único camino que conduce al cielo. Continúa luego Santa Rosa, describiendo lo que sucede en su alma luego de escuchar a Nuestro Señor: “Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: “Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma”. Santa Rosa quiere comunicar a todo el mundo, a todos los hombres, el valor del sufrimiento unido a Cristo y el valor de la gracia que hace que el alma participe de la vida divina, de la vida de la Santísima Trinidad. Finaliza este texto Santa Rosa, enalteciendo a la gracia santificante. Dice así: “Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces: “¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres”.

Al recordarla en su día, le pidamos a Santa Rosa de Lima que interceda por nosotros, para que apreciemos el valor incalculable de la gracia santificante, que se nos comunica por los sacramentos -los más frecuentes, el Sacramento de la Penitencia y la Sagrada Eucaristía- para que así vivamos ya, desde esta vida terrena, en Presencia de Dios, como un anticipo del cielo.

jueves, 3 de marzo de 2022

Los favores de San José para con sus devotos

 



         San Isidoro nos enseña la grandeza del amor de San José para con sus devotos, por medio de la siguiente historia, sucedida realmente. El santo relata que en Venecia vivía un buen hombre que era muy devoto de San José y que en honor de San José, daba gran cantidad de limosna a los más necesitados, además, acudía a los templos en donde se encontraba la imagen de San José, ayudaba a preparar los altares y hacía muchas otras demostraciones en honor de su Santo Patrono. Poco tiempo después, este señor, devoto de San José, se enfermó con cierta gravedad y al encontrarse en ese estado, enfermo, se preocupó mucho por su salud corporal y no tanto por la salud de su alma. Su enfermedad comenzó a agravarse cada vez más, por lo que hacía todo lo posible para curar su cuerpo y de tal manera se agravaba, que estaba ya a punto de morir, pero no pensaba ni por un instante en confesarse, porque los amigos del cuerpo y enemigos del alma, para no afligirlo, no le advertían que estaba a punto de morir.

Es aquí en donde interviene San José, demostrando cuánto amor tiene el Padre adoptivo de Jesús para con sus devotos: San José se le apareció en sueños y le hizo ver en el estado en el que se encontraba su alma –tenía muchos pecados ocultos y nunca confesados- y le ordenó que se confesara para que su alma quedara limpia de pecado, llena de la gracia de Dios y en estado de ir al Cielo. El devoto de San José, apenas despertó, pidió la asistencia de un sacerdote para confesarse, lo cual hizo con verdadera contrición, es decir, con dolor sincero por sus pecados, porque San José le había hecho tomar conciencia de que con sus pecados, había crucificado a Jesús. Luego de confesar todos sus pecados con verdadero arrepentimiento, entregó su espíritu al Señor Jesús por medio de las manos de su Abogado San José, ingresando así en el Cielo.

Con esta historia real, vemos cómo la devoción a San José le valió nada menos que la vida eterna en el Reino de Dios y vemos también cómo San José ama tanto a sus devotos, que no permite que ninguno se condene eternamente. Por último, vemos cómo San José no le obtuvo la salud del cuerpo, porque finalmente el devoto murió, pero sí le obtuvo lo más importante en esta vida, que es la salud del alma, porque a través de San José, que le avisó en qué estado estaba su alma, pudo confesarse y así obtener la salvación eterna.  

Como devotos de San José, preocupémonos de la salud del alma, más que por la salud del cuerpo: si cuidamos el cuerpo tomando medicinas, cuidemos todavía más el alma, recibiendo la gracia santificante por medio del Sacramento de la Penitencia. Si hacemos así, luego de nuestra partida de esta vida terrena, nos encontraremos con nuestro Santo Patrono San José en el Reino de los cielos y adoraremos con él y con la Madre de Dios, al Hijo adoptivo de San José, Nuestro Señor Jesucristo.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Participar de la Misa y adorar la Eucaristía es el equivalente para nosotros a la visión beatífica de Todos los Santos



         Los Santos se caracterizaron en esta vida terrena por permanecer unidos a Cristo por medio de la gracia. Si alguno en algún momento perdió la gracia, la recuperó prontamente por la Confesión Sacramental, para luego conservarla y acrecentarla cada vez más por medio de la fe, el amor, las obras de caridad y el acceso a los Sacramentos, ante todo la Eucaristía y la Confesión. En ese sentido, son un modelo para nuestra vida cristiana aquí en la tierra, porque ellos nos enseñan, con sus vidas de santidad, que lo único que realmente importa en esta vida terrena es permanecer unidos a Cristo y a su Santa Iglesia y que nada más importa que la salvación del alma. Como dice Santa Teresa de Ávila, “el que se salva, sabe y el que no, no sabe nada”. Los santos, con sus vidas ejemplares y luminosas por la santidad, son luces celestiales que iluminan nuestros pasos en las “tinieblas y sombras de muerte” en las que estamos envueltos en la historia humana.
         Y puesto que los santos vivieron en gracia, también murieron en estado de gracia y ésa es la razón por la cual ahora, en la eternidad, viven en la gloria del Reino de Dios. La gracia en la vida terrena se convirtió en la gloria en la vida eterna y la unión con Cristo por la gracia, la fe y el amor, se convirtió en unión con la divinidad por participación en la visión beatífica. En otras palabras, los santos vivieron en esta vida terrena unidos a Cristo, por medio de  la gracia de los sacramentos, por la y por el amor y ahora, en la eternidad, viven unidos para siempre a Cristo Dios, participando de su naturaleza divina mediante la visión beatífica. Los Santos en el cielo contemplan, adoran y alaban al Cordero de Dios, por los siglos sin fin, siendo sus almas colmadas por la gloria divina, la luz, el amor y la alegría que brotan del Cordero.
         Los Santos forman la Iglesia Triunfante, la que por la gracia del Cordero ha triunfado sobre el Demonio, el Pecado y la Muerte, y ahora viven en Dios Trino, en la gloria de Dios, participando de la Vida divina que brota del Ser divino trinitario y en esto consiste su máxima alegría y gozo, que durará por toda la eternidad. Nosotros, que vivimos en la tierra y en el tiempo y que todavía no hemos atravesado el umbral de la muerte, formamos la Iglesia Militante o Peregrina y en consecuencia, no podemos contemplar al Cordero “cara a cara”, como lo hacen los Santos en el cielo. Pero aun así, tenemos la oportunidad de unirnos a los Santos del cielo en su adoración al Cordero, por medio de la Santa Misa y de la Adoración Eucarística. Para nosotros, participar de la Santa Misa y hacer Adoración Eucarística, es el equivalente a la visión beatífica de la que gozan los Santos, porque en la Eucaristía adoramos al mismo y Único Cordero de Dios, que es la Lámpara de la Jerusalén celestial. La única diferencia es que estamos en esta vida terrena y no podemos contemplar con los ojos corporales al Cordero, pero si asistimos a la Santa Misa y si hacemos Adoración Eucarística, estamos delante del Cordero y recibimos de Él su gracia, su paz, su luz y su vida divina, al igual que los Santos reciben todo esto del Cordero en los cielos. Entonces, participar de la Santa Misa –y mucho más, comulgar en gracia- y hacer Adoración Eucarística es para nosotros, que vivimos en la tierra, como estar en forma anticipada en el Cielo, porque nos encontramos frente al Cordero de Dios, así como los Santos están frente al Cordero, adorándolo, por siglos sin fin.
         No nos acordemos de los Santos sólo un día al año: acordémonos de ellos todos los días del año y sobre todo, les pidamos para que intercedan por nosotros, que vivimos en este “valle de lágrimas”, para que al igual que ellos, seamos capaces de vivir y morir en gracia, para adorar al Cordero por la eternidad.

jueves, 19 de abril de 2018

El Demonio no nos tentará como a San Expedito pero sí bajo otras formas



         A San Expedito el Demonio se le apareció bajo forma de cuervo; es decir, era el Demonio en persona, pero tenía la apariencia de un cuervo negro. Y bajo esa apariencia es que lo tentó y la tentación consistía en posponer la conversión “para mañana”.
         A nosotros, no se nos va a aparecer como un cuervo; de hecho, no se nos aparecerá visiblemente –gracias a Dios- de ninguna manera, pero igualmente nos tentará, porque como dice la Escritura: “El Demonio anda rondando como un león rugiente, buscando a quién devorar”. Esto quiere decir que el Demonio, que es muy astuto e inteligente, es también para nosotros invisible, con lo cual no nos damos cuenta de su presencia, aunque sí esté en la realidad (como en este momento, en medio de la misa). Además, cuenta con otra ventaja sobre nosotros: si bien no puede leer nuestros pensamientos porque solo Dios puede hacerlo, sí sabe, en cambio, cuál es nuestro punto débil. El Demonio sabe, mejor que nosotros, cuál es la tentación a la cual cedemos más fácilmente y así buscará hacernos caer en aquello en lo que estamos más débiles. Por ejemplo, a algunos los tienta con la ira, a otros, con la pereza, a otros, con la lujuria, a otros, con la infidelidad, a otros, con la superstición –y así los tienta para que, en vez de rezar a la Virgen el Rosario frente a las tribulaciones de la vida, acudan a los brujos, magos, chamanes y hechiceros-; a otros, los tienta con el robo; a otros, los tienta con la pereza espiritual de no querer confesarse, ni comulgar, ni rezar; a otros, los tienta con los ídolos neo-paganos, como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte; a otros, los tienta con la codicia, la avaricia y la envidia de los bienes ajenos; a otros, los tientan con la desesperación y la tristeza; a otros, los tienta con la gula; a otros, con soberbia –es el que no perdona ni pide perdón-, etc.
         Es decir, el Demonio, como dice el dicho, sabe “dónde nos aprieta el zapato” a cada uno en particular.
         Sin embargo, San Expedito, con su ejemplo de santidad, viene en nuestra ayuda, ya que cualquiera que sea nuestra debilidad saldremos siempre triunfantes, así como salió triunfante San Expedito: probablemente, San Expedito, antes de ser santo, estaba atacado por la pereza, por eso el Demonio le decía que deje la conversión para más adelante, pero salió vencedor, porque venció a la pereza con la prontitud y celeridad en la respuesta a la gracia y por eso es el Patrono de las causas urgentes.
         ¿Cómo venció San Expedito a las tentaciones del Demonio? Abrazándose a la Cruz de Cristo, amándolo y adorándolo en su corazón y reconociéndolo como su único Dios y Señor. San Expedito plantó la cruz de Cristo en su corazón y de la Cruz de Cristo obtuvo las gracias más que suficientes para vencer a cualquier tentación. Que a imitación de San Expedito nosotros también nos aferremos a la Santa Cruz de Jesús, para así salir triunfantes sobre la Tentación y el Demonio.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Solemnidad de Todos los Santos


María, Reina de todos los santos.

         Así como en Halloween son el Infierno y el Demonio quienes celebran a los servidores de Satanás –brujos, hechiceros, magos- y a los habitantes del Infierno –demonios, almas condenadas-, así en la Solemnidad de Todos los Santos, la Santa Iglesia Católica celebra a los habitantes del Cielo, que en la tierra se santificaron por la gracia de Jesucristo y ahora lo aman y adoran por la eternidad.
         La razón por la cual los santos están en el cielo es, obviamente, la santidad de sus cuerpos y almas, puesto que nadie que no sea santo no puede estar ante la presencia de Dios, que es la Santidad Increada.
         Es la santidad, vivida en la tierra, la que llevó a los santos a dejar de ser lo que eran, hombres comunes y pecadores, para ser santos. Esto nos lleva entonces a preguntarnos qué es la santidad, puesto que la santidad es lo que hace que un hombre sea santo y no un pecador. Ante todo, podemos decir que la santidad no es un “producto” del hombre, como si dependiera de él o como si radicara en él, en su naturaleza humana, esta santidad. Ante todo, la santidad es la bondad, pero no la bondad humana –que por buena que sea una persona, está manchada por el pecado original, además de ser una bondad limitada por la misma naturaleza humana-, sino que es la bondad divina que, brotando del Corazón mismo de Dios Uno y Trino, inhiere en el alma por medio de la gracia santificante. La santidad, esto es, la bondad divina, convierte al alma, porque le quita el pecado, le concede la participación en la vida divina de Dios Trino y, como consecuencia de participar en su vida divina, permite que el alma viva con la bondad que no es humana, sino divina. El santo es el que, en la tierra, vive en estado de gracia santificante, gracia por la cual se hace partícipe de la bondad divina. Esto es lo que explica que los santos hayan obrado obras de misericordia que superan infinitamente las fuerzas humanas, porque no obraban con sus solas fuerzas humanas, sino que lo hacían con la fuerza de la bondad y del Amor divinos, comunicados por la gracia santificante. Sin la gracia santificante, el alma posee solo la bondad humana, bondad que por ser humana es limitada, además de contar con el agravante de estar contaminada con el pecado original.
         La santidad –esto es, la participación a la bondad divina por medio de la gracia, gracia que es conferida por los sacramentos-, es lo que diferencia a un santo –en vida terrena, un pecador que vive en gracia y que por lo mismo está “en el camino de la santidad”- de un hombre común, esto es, una persona “buena”, pero con una bondad puramente humana, limitada y contaminada por el pecado original. En otras palabras, es la santidad, hecha posible por la gracia santificante, la que diferencia a una persona que vive en la bondad divina, de una persona que, aun siendo buena, no posee la bondad divina y que, por lo mismo, puede obrar la misma obra externa de un santo, pero sin la bondad divina, lo cual quiere decir que no es meritorio para la vida eterna.
En otras palabras, un integrante de una ONG solidaria –por ejemplo, que asista a los pobres, proporcionándoles alimento, vestimentas, etc.- puede no diferenciarse casi en nada con un integrante de la Iglesia que, materialmente y considerado desde el punto de vista externo, realizan la misma obra, pero la diferencia es que el integrante de la ONG obra movido por su bondad humana, que no es santa y por eso no es salvífica, en tanto que el miembro de la Iglesia Católica lo hace movido por la bondad divina y, por lo tanto, su obrar es salvífico.
         Ahora bien, para obtener esta santidad –la gracia santificante que convierte al pecador en justo en esta vida y en santo en la vida eterna- es necesario, indispensablemente, recibir la gracia santificante, que a los católicos se nos transmite por los Sacramentos. Pretender, como erróneamente lo hace Karl Rahner, que todo hombre es “cristiano anónimo” por el hecho de la Encarnación y que por lo mismo no necesita de los sacramentos, es falsificar el concepto de santidad y condenar a miles de personas a permanecer sin el auxilio de la gracia, esto es, a negarles la entrada en el cielo en la vida futura, y es condenarlos a ser privados de la inhabitación del Santificador de las almas, el Espíritu Santo. Es doctrina católica que el alma del justo, cuando está en gracia –concedida por los sacramentos-, en virtud de esta gracia, no solo participa de la vida divina y de la bondad divina, sino que el Santificador, que es el Espíritu Santo, viene a inhabitar en sus almas. Así, por la gracia, el alma se convierte en morada de la Trinidad, el corazón en altar de Dios Hijo encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, y el cuerpo en templo del Espíritu Santo –de ahí que profanar el cuerpo es profanar al Espíritu Santo, Dueño del cuerpo del cristiano-. La incomprensión de esta verdad, por parte de miles de niños y jóvenes que año a año reciben la Primera Comunión y la Confirmación, y luego abandonan la Iglesia, es la responsable de la apostasía masiva que vive el catolicismo en nuestros días. La crisis de la Iglesia es crisis de santidad, porque no se busca ser santos, porque no se entendió que la santidad viene por la gracia y que la gracia se recibe por los sacramentos. Así, se da la paradoja de niños y jóvenes católicos que, en la práctica, habiendo apostatado de su identidad católica, abandonan los sacramentos y viven, de hecho, como protestantes.
         Todo católico tiene, por objetivo en esta vida, alcanzar la santidad, y esta se logra recibiendo la gracia santificante por los sacramentos, y obrando luego la misericordia con la misma bondad divina. Si el católico pierde de vista este objetivo, pierde de vista la razón por la cual Dios Trino lo eligió para que pertenezca a su Iglesia, por el Bautismo. Y si la Iglesia pierde de vista su objetivo primario, exclusivo y central, que es obtener la santidad de todos los hombres –esto es, que todos los hombres, por el Bautismo sacramental, reciban la gracia santificante que les permite que el Espíritu Santo more en ellos-, razón por la cual misiona hasta los confines del mundo, para convertir a las almas al Evangelio de Jesucristo, pierde la razón por la cual fue cread por Jesucristo, apostata de su misión y se convierte en una inmensa ONG; solidaria, sí, pero ONG al fin, que no busca la santidad y salvación del género humano. Y esto se llama apostasía. No es indiferentes ser o no ser santos, buscar o no la santidad, tanto como miembros individuales de la Iglesia, como Iglesia en cuanto Cuerpo Místico de Cristo: el rechazo de la santidad –favorecido por teólogos de la inmanencia, como Karl Rahner- conduce a la apostasía. Imitemos a los santos católicos de todos los tiempos, los cuales se caracterizaron por algo en común, y era el vivir en gracia; busquemos entonces vivir la santidad, esto es, busquemos vivir en gracia, recibiendo la Confesión y la Comunión con frecuencia, para que el Espíritu Santo inhabite en nosotros y se sirva de nosotros para esparcir, sobre el mundo, la bondad divina.


miércoles, 21 de junio de 2017

San Luis Gonzaga, Patrono de los jóvenes que desean vivir la pureza de alma y cuerpo


Vida de santidad.

Nació en Castiglione, Italia, en 1568, hijo del marqués de Gonzaga[1]. De pequeño aprendió las artes militares y el más exquisito trato social. Siendo niño y sin saber lo que decía, empezó a repetir palabras groseras que les había oído a los militares, hasta que su maestro lo corrigió. También un día por imprudencia juvenil hizo estallar un cañón con grave peligro de varios soldados. De estos dos pecados lloró y se arrepintió toda la vida.
San Luis estuvo como edecán en palacios de altos gobernantes, pero nunca fijó sus ojos en el rostro de las mujeres, librándose así de muchas tentaciones. Él era extraordinariamente amable y bien educado. Su director espiritual fue San Roberto Belarmino, el cual le aconsejó tres medios para llegar a ser santo: frecuente confesión y comunión; mucha devoción a la Santísima Virgen; leer vidas de Santos. Un día, ante una imagen de la Virgen en Florencia, hizo juramento de permanecer siempre puro, es decir, hizo “voto de castidad”. San Luis Gonzaga tuvo que hacer muchos sacrificios para poder mantenerse siempre puro, y por eso la Santa Iglesia Católica lo ha nombrado Patrono de los Jóvenes que quieren conservar la santa pureza. El repetía la frase de San Pablo: “Domino mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que enseñando a otros a salvarse, me condene yo mismo”. Sufría mucho de mal de riñones y esta enfermedad lo obligaba a quedarse días enteros, quieto en su cama. Pero esta quietud le trajo un gran bien: le permitió dedicarse a leer las Vidas de Santos, y esto lo animó muchísimo a volverse mejor (a veces sentía remordimiento porque le parecía que deseaba demasiado irse al cielo). Una vez arrodillado ante la imagen de Nuestra Señora del Buen Consejo, le pareció que la Santísima Virgen le decía: “¡Debes entrar en la Compañía de mi Hijo!”. Con esto entendió que su vocación era entrar en la Comunidad Compañía de Jesús, o sea hacerse jesuita. Para ello, le pidió permiso a su padre, pero él no lo dejó. Y para que se quitara de la cabeza este pensamiento, lo llevó a grandes fiestas y a palacios y así olvidara su deseo de ser sacerdote. Después de varios meses le preguntó: “¿Todavía sigues deseando ser sacerdote?”, y el joven le respondió: “En eso pienso noche y día”. Ante esta respuesta, su padre permitió entrar en la Compañía de Jesús. Apenas el hijo se hizo religioso su padre empezó a volverse mucho más piadoso de lo que era antes y murió después santamente. Luis renunció a todas las grandes herencias que le correspondían con tal de poder hacerse religioso y santo. Un oficio muy importante que hizo San Luis durante su vida fue ir de ciudad en ciudad poniendo la paz entre familias que estaban peleadas. Cuando él era enviado a poner paz entre los enemistados, estos ante su gran santidad, aceptaban hacer las paces y no pelear más.
Cuando iba a hacer o decir algo importante se preguntaba: “¿De qué sirve esto para la eternidad?” y si no le servía para la eternidad, ni lo hacía ni lo decía. En el año 1581, cuando San Luis Gonzaga estaba ya para ser ordenado sacerdote, se desató una epidemia de tifus y San Luis se contagió mortalmente, al echarse sobre los hombros a un enfermo grave y tirado en la calle, para llevarlo al hospital.  A causa de este contagio, murió el 21 de junio de 1591, a la edad de sólo 23 años. San Luis fue avisado en sueños que moriría el viernes de la semana siguiente al Corpus, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y en ese día murió, mirando el crucifijo y diciendo “Que alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor”. Su confesor San Roberto, que lo acompañó en la hora de la muerte, dice que Luis Gonzaga murió sin haber cometido ni un sólo pecado mortal en su vida. Santa Magdalena de Pazzi vio en un éxtasis o visión a San Luis en el cielo, y decía: “Yo nunca me había imaginado que Luis Gonzaga tuviera un grado tan alto de gloria en el paraíso”. Después de muerto se apareció a un jesuita enfermo, y lo curó y le recomendó que no se cansara nunca de propagar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. La oración que la Iglesia le dirige a Dios en la fiesta de este santo le dice: “Señor: ya que no pudimos imitar a San Luis en la inocencia, que por lo menos lo logremos imitar en la penitencia. Amén”.

Mensaje de santidad.

Algo que se destaca en San Luis Gonzaga, es la pureza corporal, y es la causa por la cual la Iglesia lo nombró “Patrono de los jóvenes que desean mantener la pureza”. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿por qué es tan importante la virtud de la pureza? Esta pregunta es todavía más urgente en nuestros tiempos, cuando vemos que, por la ideología de género, se pretende que no solo los jóvenes, sino los niños, desde la primera infancia, vivan un estilo de vida calificado por la Iglesia como “impuro”, lo cual significa pecaminoso y que, de ser vivido hasta el último día de la vida, impide la entrada en el Reino de los cielos. ¿Por qué tiene tanta importancia la pureza corporal, siendo esta virtud la más destacada en San Luis Gonzaga? Porque no se trata simplemente de una virtud y no se limita al cuerpo: la pureza corporal, se deriva de la pureza del alma, la cual a su vez, está concedida por la gracia santificante, que hace que el alma participe de la vida del Ser divino trinitario. Y el Ser divino trinitario es Puro e Inmaculado, y esa es la razón por la cual, quien es impuro de cuerpo, es impuro de alma –no ama a Dios Trino y se inclina ante los ídolos, por eso es impuro de alma y su fe es impura-, no está en gracia y no tiene en sí la vida de Dios Trino. Por otra parte, el cuerpo, por la gracia santificante, es convertido en “templo del Espíritu Santo” y el corazón, en altar y tabernáculo donde es adorado Jesús Eucaristía, todo lo cual no puede suceder si hay impureza corporal, es decir, profanación del cuerpo. La pureza del cuerpo, entonces, no se limita al cuerpo, sino que abarca la pureza y pulcritud de la fe, que lleva a que el alma, que sólo desea adorar y amar a Dios Uno y Trino, no se incline ante los ídolos del mundo y no profane su cuerpo. Ésta es la razón por la cual la pureza corporal es tan importante, en los niños, en los jóvenes y en todo cristiano, y es la razón por la cual el ejemplo de pureza santa de San Luis Gonzaga, es más válido en nuestros tiempos que en su propia época.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Luis_Gonzaga_6_21.htm

viernes, 9 de diciembre de 2016

San Juan Diego Cuauhtlatoatzain


         Puede decirse que San Juan Diego fue, en su vida terrena, uno de los hombres más afortunados de la tierra, puesto que tuvo el privilegio de ser el destinatario de las apariciones de la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe.
         Esto nos lleva a preguntarnos lo siguiente: ¿cómo era San Juan Diego antes de que la Virgen se le apareciese? ¿Qué características tenía su personalidad? ¿Era una persona letrada? ¿Era una persona importante, desde el punto de vista humano? Podemos decir que San Juan Diego era ya un hombre de mediana edad, de unos cincuenta años. De raza indígena, había sido catequizado y bautizado por los misioneros españoles y había adoptado el nombre de Juan Diego. Al momento de aparecérsele la Virgen, Juan Diego tenía por lo tanto estas características: había recibido la instrucción en la fe en Jesucristo, el Hombre-Dios, y vivía esta fe y la practicaba con mucho amor, y la prueba está en que, en el tiempo en el que la Virgen se le apareció, se encontraba practicando una de las obras de misericordia de la Iglesia, que es el asistir a los enfermos, ya que se encontraba de camino hacia el poblado para buscar al sacerdote que le diera la unción de los enfermos a su tío, gravemente enfermo. Otra característica de Juan Diego era su gran amor por la Misa y la Eucaristía, a la que asistía con asiduidad, a pesar de que para llegar al templo parroquial debía caminar por varios kilómetros, cada vez que había Misa. Otra característica es su gran humildad: a pesar de que es la Virgen misma la que lo elige, él se considera que es “nada” y que “la Señora” podría elegir otros que son “mejores que él”; también se consideraba indigno de presentarse ante el Obispo, a quien consideraba como lo que era, es decir, un sucesor de los Apóstoles. A pesar de tener cincuenta años, su corazón y su alma tenían la pureza y la inocencia de un niño, y esto lo da la gracia santificante, y hacía que su alma fuera sumamente agradable a Dios, porque el mismo Jesús nos dice que, para entrar en el Reino de los cielos, hay que ser como niños, es decir, puros e inocentes como niños, y esto solo lo da la gracia santificante; esto se prueba por las mismas palabras de la Virgen, quien se dirige a Juan Diego diciéndole “mi niño más pequeño”. No era letrado, porque no tenía estudios, pero sí tenía la sabiduría divina que le hacía apreciar y valorar la Eucaristía y la Unción de los enfermos como más valiosos que el oro, porque le permitían salvar su alma y la de su tío, y es por eso que su preocupación era encontrar un sacerdote para que le diera la unción a su tío agonizante. No era un personaje “importante” según el modo de ver de los humanos, porque no tenía estudios académicos, ni origen noble, ni ocupaba puestos sociales de importancia; sin embargo, poseía en su alma aquello que lo hacía noble a los ojos de Dios, y era la gracia santificante, a la cual cuidaba con todo celo y buscaba de acrecentarla con obras de caridad, como el asistir a los enfermos. Una vez que conoce a la Virgen, le obedece en todo lo que le dice, aun cuando lo que la Virgen le pide supera su capacidad de comprensión –por su sola razón, no podía creer que hubieran rosas de Castilla en la cima del monte Tepeyac, por la época invernal y por el lugar, y sin embargo, sube a buscar las rosas, porque la Virgen se lo pide-; también vence sus respetos humanos –como vimos, se consideraba indigno de presentarse ante el Obispo, pero lo hace porque la Virgen se lo pide- y le lleva al Obispo las rosas de Castilla que recoge del monte Tepeyac, tal como la Virgen se lo había pedido, y su obediencia y amor a la Virgen le valen el haber sido instrumento de uno de los más grandiosos milagros de la Virgen, que es la impresión en su tilma de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.
         Estas son entonces las características de San Juan Diego: fe en Jesucristo y en la vida eterna que Él concede; amor a la Iglesia y amor a sus sacramentos, como la Eucaristía y la Unción de los enfermos; humildad de corazón; sabiduría divina; obediencia a las órdenes de la Virgen;  misericordia en su corazón, porque buscaba que su tío agonizante salvara su alma; amor a la Virgen y obediencia a lo que la Virgen le pedía, aun cuando no comprendiera con su razón natural; vivía en gracia santificante y eso le concedía el ser “como niño”, es decir, heredero y merecedor del cielo.

         Lejos, muy lejos de ser como San Juan Diego, sin embargo nosotros podemos imitarlo en algo y es darle a la Virgen, no una tilma, sino nuestros corazones, para que Ella se digne imprimir en nuestros corazones su imagen, la hermosísima y maravillosa imagen de la Virgen de Guadalupe. Y también podemos ofrecerle a la Virgen nuestras tribulaciones y preocupaciones, para así escuchar de labios de la Virgen lo mismo que le dijera a San Juan Diego en el momento de mayor angustia en su vida, que era cuando su tío estaba agonizante: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas esa ni ninguna otra enfermedad o angustia. ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?”.

martes, 1 de noviembre de 2016

Solemnidad de Todos los Santos


         ¿Qué celebra la Iglesia en la Solemnidad de Todos los Santos? La Iglesia celebra, en la Solemnidad de Todos los Santos, el triunfo de la gracia santificante, obtenida al precio de la Sangre del Cordero de Dios, Jesucristo, sobre el pecado, la muerte y el Demonio.
         Sin la gracia santificante, los santos no serían lo que son: bienaventurados que gozan por toda la eternidad de la visión beatífica de la Trinidad Santísima; sin la gracia santificante, los santos nunca habrían realizado las grandiosas obras de caridad y misericordia, que brillan ante los hombres y ante Dios; sin la gracia santificante, los santos no habrían hecho los milagros extraordinarios que realizaron en sus vidas; sin la gracia santificante, los santos no habrían podido vivir las Bienaventuranzas del Sermón de la Montaña; sin la gracia santificante, los santos no habrían podido vivir las virtudes en modo heroico; sin la gracia santificante, los santos no podrían haber donado sus vidas y derramado su sangre en testimonio del Cordero de Dios, Jesús de Nazareth.
         Sin la gracia santificante, los santos sólo habrían sido hombres comunes y pecadores, como nosotros, e incluso llenos de falso celo, como por ejemplo Saulo, antes de su conversión y de su encuentro personal con Jesucristo. Antes de recibir la iluminación de la gracia, San Pablo era un hombre agresivo, violento, perseguidor de los cristianos, e incluso había participado, al menos indirectamente, de un homicidio, al asistir como espectador que aprobaba el asesinato de San Esteban.
         Sin la gracia santificante, los santos habrían sido presa fácil del Demonio y habrían sido engañados por su astucia perversa; habrían caído fácilmente en las tentaciones y seducciones del Padre de la mentira, pero la gracia santificante les otorgó la sabiduría divina para detectar el engaño y así poder discernir qué es lo que no era del agrado de Dios, para rechazarlo, y la fortaleza divina, para superar fácilmente las tentaciones, por fuertes que fueran. Pero sobre todo, la gracia santificante les concedió el Amor de Dios y fue ese Amor, que se encendió en sus corazones, el que los enamoró tanto y tan profundamente de Dios Trino y del Cordero, que los condujo a despreciar este mundo, sus pompas y sus riquezas, con tal de no separarse nunca de la comunión de vida y amor con la Trinidad y el Hombre-Dios Jesucristo.
         Sin la gracia santificante, los santos habrían muerto irremediablemente, no solo en la muerte corporal o muerte primera, sino en la muerte segunda o condenación eterna, porque sin la gracia el alma no puede, absolutamente, entrar en el Reino de Dios y se condena irremediablemente. Pero la gracia santificante les concedió participar en la vida divina de Dios Uno y Trino y es por eso que, viviendo en la tierra, vivían ya en anticipo la vida eterna y, cuando murieron a la vida terrena, nacieron a la vida eterna, la vida con la que ahora viven para siempre, en el Reino de los cielos.
         ¿De dónde obtuvieron la gracia santificante los santos que ahora se alegran en la Presencia del Cordero? Principalmente, de dos sacramentos: la Confesión Sacramental y la Eucaristía. Los santos se confesaban con mucha frecuencia –la Madre Teresa de Calcuta, por ejemplo, se confesaba todos los días- y comulgaban cuantas veces podían, pero no de un modo mecánico, frío, automático, sino con todo el fervor y con todo el amor del que eran capaces; los santos aprovechaban cada Comunión Eucarística para unirse con todo su ser a Jesús, que venía a ellos oculto en apariencia de pan; los santos veían a Jesús en la Eucaristía, con los ojos de la fe, y preparaban sus corazones y lo adornaban con la belleza de la gracia sacramental y lo perfumaban con el perfume de la gracia, y así convertían sus corazones en otros tantos altares, sagrarios y custodias, donde amaban, adoraban y glorificaban a Aquél que era la Causa de su santidad, Jesús Eucaristía.
         Además, los santos valoraron tanto la gracia, que prefirieron morir antes que perderla por un pecado, como en el caso de los mártires, y la conservaron y acrecentaron día a día, en el desempeño de sus deberes de estado, como en el caso de los demás santos.
         Por último, los santos amaron tanto a Jesús, que lo único que buscaban en sus vidas, era amar a Jesús y hacer que los demás conocieran y amaran a Jesús; no les importaba nada más en la vida, que amar cada vez más a Jesús y que todo el mundo lo conociera y lo amara. Por ejemplo, para Santa Teresa de Ávila, su mayor tristeza era que Jesús no era conocido ni amado, y por eso repetía siempre: “El Amor –es decir, Jesús- no es amado –no es conocido, no es valorado, no es apreciado, no es amado-”. Y como Jesús está en la Eucaristía, nosotros podemos decir, con Santa Teresa: “Jesús Eucaristía, el Amor de Dios, no es amado”.

         Al recordar a los santos en su día, les pidamos, a nuestros santos de mayor devoción, que intercedan para que recibamos la gracia de imitarlos en sus virtudes –para eso la Iglesia nos pone las vidas de los santos, para que los imitemos-, pero sobre todo, que intercedan para que seamos capaces de amar a Aquel que es la Causa de la gracia  y de la santidad en el alma, Jesús Eucaristía.

viernes, 15 de abril de 2016

San Ezequiel, Profeta


San Ezequiel -598 a. C.- se caracterizó, además de por llevar una vida de santidad, por el hecho de haber recibido numerosas visiones de parte de Dios, todas relativas al Pueblo Elegido. Sin embargo, hay una, en particular, a la cual consideramos que se refiere al Nuevo Pueblo Elegido, los miembros del Cuerpo Místico de Jesús, los bautizados en la Iglesia Católica. ¿De cuál visión se trata? De una visión en la que le dijo el Señor[1]: “Le voy a mostrar cómo será en el futuro la religión verdadera de mi pueblo”. Luego de decir esto, Dios le mostró un río pequeño, en el que, debido a que el agua apenas llegaba hasta las rodillas, era fácil atravesarlo hasta la otra orilla. Pero luego el río comenzó a crecer progresivamente, con lo que el agua llegó primero hasta la cintura, más tarde hasta el cuello, hasta que se hizo imposible atravesarlo, dada la magnitud de la creciente. Las aguas de este río son muy particulares: son refrescantes, cristalinas, y dan vida a todo lo que riegan, como los campos de las orillas, los cuales se llenaron de árboles colmados de frutos exquisitos. La sorprendente vitalidad de las aguas del río se manifiesta todavía con más poder, cuando las aguas llegan al Mar Muerto, llamado así por la gran concentración salina de sus aguas, lo cual hace inviable la vida de cualquier especie marina: al tomar contacto con las aguas del río visto por Ezequiel, las aguas del Mar Muerto cambian y se vuelven aptas para la vida, llenándose inmediatamente de peces. ¿Qué significa esta visión?
El río de aguas cristalinas, que crece paulatinamente hasta desbordar el lecho y que a su paso hace crecer árboles que dan frutos de sabor exquisito, significa la gracia santificante que brota del Corazón traspasado de Jesús: el hecho de ser una creciente que se aumenta cada vez más su caudal, simboliza la inmensidad del don de la gracia, que brota del Corazón de Jesús como de un manantial inagotable y que se derrama sobre el alma de modo incontenible. Se cumple así la palabra de Jesús: “(…) el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 13-14). El que bebe del Costado traspasado de Jesús, sacia su sed de Dios y esta agua que da el Corazón de Jesús, se convierte en el alma en fuente de vida eterna.
La vitalidad del agua de este río, a su vez, simboliza la fuerza de la vida divina contenida en la gracia santificante, la cual, por un lado, hace fructificar al alma en frutos de santidad, los cuales antes estaban ausentes a causa del pecado: el pecado está simbolizado en las orillas del río secas y sin árboles; el estado del alma en gracia santificante, está simbolizado en el crecimiento de árboles que dan frutos exquisitos, los frutos de santidad.
Pero en donde más se nota la potencia de la Vida divina de la cual la gracia hace partícipe al alma, es en su contacto con el Mar Muerto, al cual lo convierte, de un lugar inerte y desolado, en un lugar pleno de vida: el Mar Muerto, sin vida, simboliza al alma muerta a la vida de Dios por el pecado mortal; el Mar Vivo –que es el Mar Muerto cambiado al contacto con las aguas del río-, a su vez, simboliza al alma en estado de gracia santificante, la cual no sólo ya no está más muerta por el pecado, sino que vive con la vida misma de Dios, una vida que antes no tenía porque no se trata de la vida humana, sino de la vida divina, que le concede la gracia santificante.
Finalmente, Dios le explica a Ezequiel la visión, diciéndole que este iba a ser el futuro de la Santa Religión, la cual, a diferencia de la religión del Antiguo Testamento, que no concedía la gracia santificante, en esta sí será concedida a través de los Sacramentos de la Iglesia Católica, para la santidad y salvación de las almas.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Ezequiel_4_15.htm

miércoles, 29 de abril de 2015

Santa Catalina de Siena y su matrimonio místico con Jesús


En 1366, Santa Catalina experimentó lo que se denomina un “matrimonio místico” con Jesús. Cuando ella estaba orando en su habitación, se le apareció Cristo en una visión, acompañado por su Madre, la Virgen y un cortejo celestial[1]. Tomando la mano de Santa Catalina, Nuestra Señora la llevó hasta Cristo, quien le colocó un anillo y la desposó consigo, manifestando que en ese momento ella estaba sustentada por una fe que podría superar todas las tentaciones. Para Catalina, el anillo estaba siempre visible, aunque era invisible para los demás.
De este episodio sucedido a Santa Catalina, surgen varias preguntas: ¿cuál es su significado último? ¿Este “matrimonio místico” de Santa Catalina estaba reservada solo para ella? ¿O es posible también que otras almas lo experimenten?
Las respuestas nos las dan autores renombrados, quienes sostienen que estos matrimonios místicos, como el acontecido entre Santa Catalina y Jesús, no es exclusivo de Santa Catalina, sino que está reservado para toda alma, pues el significado último que se quiere representar mediante la figura de una unión esponsal, es el matrimonio del alma con Dios, adquirido por medio de la gracia[2].
Al aparecérsele Jesús a Santa Catalina y desposarla, quería significar el amor que Dios tiene por el alma, que es como el amor del esposo por la esposa. Por esto mismo vemos que este matrimonio místico no está reservado solo a Santa Catalina, sino que está destinado a toda alma en gracia, porque por la gracia el alma se convierte en esposa de Dios, con un vínculo más estrecho que el que se produce en el matrimonio humano[3]. En la unión esponsal que se da entre el alma y Dios, el vínculo conyugal que se establece en el Amor de Dios, es infinitamente más profundo y grandioso que el vínculo establecido entre los esposos terrenos, porque si lo que causa el matrimonio es que dos estén en una sola carne -como dice la Escritura, que el esposo, por amor de su esposa, “dejará a su padre y a su madre y se llegará a su mujer y será con ella una sola carne” (cfr. Gn 2, 24)-, lo que causa la gracia es que estén dos –el alma y Dios- en un espíritu[4], el Espíritu de Dios, el Amor. En otras palabras, si lo que constituye el matrimonio entre los esposos terrenos es el hecho de formar, por el amor esponsal que se profesan, “una sola carne”, por la gracia se establece el matrimonio místico y sobrenatural entre el alma y Dios, que los une en el Amor Divino, el Espíritu Santo.
Para poder darnos al menos una pálida idea acerca de la grandeza inconcebible que significa para el alma esta unión esponsal con Dios por medio de la gracia, imaginemos lo siguiente: consideremos que un poderoso rey, un monarca soberano, se enamora perdidamente de una labradora del campo, de entre las más pobres y olvidadas, la elige por esposa, la ensalza y la eleva al trono, la hace partícipe de todos sus bienes y, lo que es más importante, le declara su amor, no solo diciéndole, sino demostrándole, con todas estas pruebas de amor, que la ama más que a su propia vida[5]. Consideremos que esta labradora, habiendo correspondido en un primer momento al amor del monarca, le fuera sin embargo, tiempo más tarde, infiel, no solo cometiendo adulterio, sino pidiendo directamente el divorcio al rey que tanto la había amado, regresando a una condición peor a la que se encontraba anteriormente. ¿No sería esto, de parte de esta doncella, una gran traición y una villanía? Pues bien, esto es lo que sucede cuando el alma, luego de haber recibido la gracia santificante –y por lo tanto, haber sido elevada a la suprema majestad de esposa de Dios-, decide, libremente, abandonar a Dios por el pecado, despojándose así de la gracia y retornando a una vida oscura y siniestra, en la que las pasiones más bajas la dominan por completo.
Como vemos, el matrimonio místico de Santa Catalina de Siena, no está reservado a grandes santos y místicos como Santa Catalina; sin apariciones sensibles y sin grandes manifestaciones místicas, es sin embargo un grandísimo don que el Amor de Dios destina a todas las almas, por medio de la gracia santificante: basta que el alma esté en gracia, para que sea elevada al grado de unión esponsal mística con Dios, en el Espíritu Santo. Teniendo en cuenta esto, debemos pedir a Santa Catalina de Siena la gracia de la fidelidad al amor esponsal de Jesucristo -manifestado para con nosotros en el don de su gracia santificante, conseguido al precio altísimo de su Sangre derramada en el sacrificio de la cruz-, de manera tal de no solo nunca jamás traicionar a este amor esponsal, sino de serle cada día más fieles en el Amor.




[1] http://www.aleteia.org/es/religion/contenido-agregado/hoy-celebramos-a-santa-catalina-de-siena-5276652636471296
[2] Cfr. P. Juan Eusebio Nieremberg, Aprecio y estima de la Divina Gracia, 232.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

miércoles, 21 de enero de 2015

Santa Inés, virgen y mártir


         Santa Inés, virgen y mártir, fue martirizada a los doce años, pero no solo por defender su virginidad, sino ante todo, por mantenerse fiel en el amor a Jesucristo. La virginidad corporal, es decir, la preservación intacta del cuerpo, no basta, por sí misma, para que una persona alcance el Reino de los cielos. La virginidad corporal es sólo el prolegómeno y la figura de otra virginidad, la espiritual, aquella en la que el alma no solo no se contamina con los hedores de las idolatrías paganas rendidas a los falsos dioses, sino que se conserva intacta en su capacidad de amar a Jesucristo, Dios encarnado y, por su intermedio, a las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad.
         El cuerpo virgen, en el consagrado, es la consecuencia del alma virgen, es decir, del alma no solo no contaminada por amores impuros y mundanos, sino consagrada en su amor puro –y por lo tanto, virginal- a Jesucristo y a Dios Uno y Trino.
         Es esta doble virginidad la que caracteriza a la vida consagrada, porque el religioso consagra, dedica, para toda la vida terrena y para la eternidad, su cuerpo y su alma, no a un amor humano –que pueden ser santos y puros, como el amor materno, el amor paterno, el amor filial, el amor fraternal y el amor de amistad-, sino al Amor de los amores, Jesucristo, la Misericordia Divina encarnada.
         Santa Inés, con doce años, consiguió una doble corona: la de la virginidad y la del martirio, y por esta doble corona ahora goza, por la eternidad, del Amor del Cordero, por cuyo Amor conservó intactos su cuerpo y su alma, y por cuyo Amor entregó su cuerpo al verdugo que la decapitó.
         Ahora bien, existe una “virginidad secundaria”, la otorgada por la gracia santificante, que devuelve la pureza, el candor y la inocencia al alma, y existe un “martirio no cruento”, el que consiste en dar testimonio de la fe en el Hombre-Dios Jesucristo, cotidianamente, en un mundo ateo, racionalista y hedonista como el nuestro, y ésa es la razón por la cual el cristiano común puede –y debe, como obligación de amor a Jesucristo- imitar a Santa Inés en su virginidad y en su martirio.

         

jueves, 30 de octubre de 2014

Solemnidad de Todos los Santos




         Antes de la Conmemoración de los Fieles Difuntos, la Santa Iglesia celebra a los “santos”, es decir, a aquellos de sus hijos que han entrado ya a participar en el Banquete festivo del Reino de los cielos, y es una fiesta tan importante, que llama a esta fiesta: “Solemnidad”.
Pero, ¿quiénes son estos santos?
Los santos son los descriptos en el Apocalipsis, los que han “lavado sus mantos con la Sangre del Cordero”, los que han pasado grandes tribulaciones en sus vidas terrenas, pero todas las tribulaciones las han sobrellevado abrazados a la cruz y porque han estado abrazados a la cruz, han sido bañados y lavados con la Sangre del Cordero: “Estos son los que vienen de la gran tribulación, y han lavado sus vestiduras y las han emblanquecido en la sangre del Cordero” (7, 14) y por eso han sido encontrados sin mancha alguna, puros e inmaculados, pero no solo sin mancha alguna, sino revestidos “de toda gracia y perfección” (cfr. Ef 6, 10), porque sus almas estaban, al momento de morir, como el alma de la Virgen María, “llena de gracia”, porque además de hijos de Dios, son hijos de la Virgen, y sus almas resplandecen con la gracia, a imitación de su Madre, la Llena de gracia (cfr. Lc 1, 28); los santos son los “siervos buenos y fieles” (cfr. Mt 25, 21) que, durante sus vidas terrenas, han configurado sus almas y sus corazones a Jesucristo, el Hombre-Dios y así Dios Padre les ha granjeado la entrada a su Casa, para que “pasen a gozar del Reino que les tenía prometido” (cfr. Mt 25, 21), porque ha visto en ellos una copia y una imagen viviente de su Hijo Jesucristo y al verlos, ha visto en ellos a su mismo Hijo y los ha hecho pasar a su Casa; los santos son los que vivieron en esta vida terrena las Bienaventuranzas, y así merecieron ser llamados “bienaventurados” (cfr. Mt 5, 3-12): los santos son los que fueron “pobres de espíritu”, porque se reconocieron indigentes y necesitados de la luz, de la paz, de la alegría, del Amor, de la fortaleza y de la Sabiduría de Cristo Dios, y así se hicieron merecedores del Reino de los cielos y por ese motivo en ellos se cumplió a la perfección la Bienaventuranza de la pobreza espiritual: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”; los santos son los que fueron “mansos y humildes de corazón” (cfr. Mt 11, 29), porque imitaron al Sagrado Corazón de Jesús, y así se hicieron “herederos de la tierra nueva y de los cielos nuevos” y por eso en ellos se cumplió a la perfección la Bienaventuranza de la mansedumbre del corazón, que los hizo ser una imagen viviente del Sagrado Corazón de Jesús: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”; los santos son los que “lloraron” con Jesús en el Huerto de Getsemaní y bebieron del cáliz de la amargura del Hombre-Dios y así fueron consolados por el mismo Hombre-Dios en Persona, en el Reino de los cielos, y por eso se cumplió en ellos a la perfección la Bienaventuranza de los que lloran junto al Hombre-Dios: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”; los santos son los que en esta vida no soportaron la injusticia de ver el Nombre Sacrosanto de Dios Uno y Trino, olvidado, menospreciado, injuriado, vilipendiado, y tampoco soportaron ver los innumerables ultrajes, las incontables ofensas, las increíbles profanaciones cometidas contra el Santísimo Sacramento del Altar, la Eucaristía, y es así que vivieron siempre con hambre y sed de justicia, porque deseaban ardientemente ver restaurados el Santo Nombre de Dios y el culto debido a la Santísima Eucaristía, y por eso merecieron ser saciados de su hambre y sed de justicia, en el Reino de los cielos, cumpliéndose en ellos a la perfección la Bienaventuranza de los que tienen hambre y sed de justicia: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”; los santos son los que obraron las obras de misericordia corporales y espirituales para con sus prójimos más necesitados, porque veían en sus hermanos más necesitados al mismo Cristo en Persona que inhabitaba en ellos, y por eso Cristo los recompensó, según sus mismas palabras: “Lo que habéis hecho con uno de estos pequeños, a Mí me lo habéis hecho”, y por haber obrado en su vida terrena la misericordia con los más necesitados, los santos obtuvieron, a la hora de su muerte, la Misericordia Divina, y así se cumplió en ellos a la perfección la Bienaventuranza de la Misericordia, reservada para los que obran la misericordia: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”; los santos son los que conservaron sus cuerpos, sus mentes y sus corazones, puros y limpios, en estado de gracia, porque tenían siempre presente que el “cuerpo es templo del Espíritu Santo”, y por eso se guardaban muy bien de no profanarlo, para no profanar a la Persona Tercera de la Trinidad, Dueña de sus cuerpos en virtud del Sacramento del Bautismo; pero además, conservaban en sus corazones la pureza del amor a Dios, desechando cualquier amor mundano y profano y en sus mentes brillaba la brillantez inmaculada de la Sabiduría Divina, por lo que detestaban con todas sus fuerzas el engaño, la mentira, el error, la herejía, la falsedad, y toda clase de falsedad, porque amaban a la Verdad Absoluta, la Verdad Encarnada, Jesucristo, y eran enemigos del Príncipe de las tinieblas, el Padre de la mentira, el Demonio, con el cual no tenían ningún tipo de trato, y por eso en ellos se cumplió a la perfección la Bienaventuranza de la pureza del corazón, y así es como ahora contemplan a Dios Trino, cara a cara, por toda la eternidad: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”; los santos son los que en esta vida terrena buscaron siempre la paz, pero no la paz del mundo, que es la paz del compromiso mundano a costa de renunciar a la Verdad; los santos buscaban la paz de Dios, que es la paz de Cristo, la paz que sobreviene al alma al saberse perdonada y amada por el Padre en Cristo Jesús, y la prueba de este perdón y amor es la Sangre del Cordero derramada en la cruz, Sangre que contiene al Espíritu Santo, el Amor de Dios; los santos amaban la paz de Dios, contenida en la Sangre de Cristo, Sangre que sellaba el perdón y el Amor de Dios en sus almas, pero a costa de ser incomprendidos por el mundo, y por eso se hicieron merecedores de la Bienaventuranza de ser llamados “hijos de Dios”: “Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”; los santos son los que siguieron al Cordero por el Camino Real de la Cruz, y por seguir al Cordero, fueron perseguidos por el mundo, y así se hicieron merecedores de la Bienaventuranza de ser perseguidos por causa de la justicia de Dios y se hicieron dignos del Reino de los cielos: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos”; los santos son los que fueron injuriados, perseguidos y calumniados, por causa de Jesucristo,  así merecieron ser recompensados grandemente, con la vida eterna en los cielos, y merecieron alegrarse y regocijarse, con una alegría y regocijo sobrenaturales, celestiales, que nada ni nadie les puede quitar, nunca jamás, porque es la alegría y el regocijo que les transmite el mismo Jesús: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos”.
Los santos son entonces aquellos en quienes se cumplieron a la perfección las Bienaventuranzas proclamadas por Nuestro Señor en el Sermón de la Montaña, pero son también aquellos en quienes se cumplió a la perfección la Nueva Bienaventuranza, la Bienaventuranza proclamada por la Santa Madre Iglesia desde el Nuevo Monte de las Bienaventuranzas, el Altar Eucarístico, por medio del sacerdote ministerial, en la Santa Misa, una vez producido el milagro de la Transubstanciación, cuando el sacerdote, ostentando la Eucaristía en alto, dice al Nuevo Pueblo Elegido: “Felices–es decir, bienaventurados, dichosos, alegres, benditos-, los invitados al banquete celestial -a la Mesa del Altar, al Banquete Eucarístico”[1]. Por esto, los santos son los que se alimentaron de la Eucaristía y prefirieron el Banquete Eucarístico antes que los banquetes de la tierra; los santos son los que despreciaron los manjares de la tierra, como si fueran cenizas, porque los más exquisitos manjares de la tierra, tenían para ellos sabor a cenizas, en comparación con el manjar de los manjares, ofrecido por la Santa Madre Iglesia en el Banquete Dominical: la Carne del Cordero, asada en el Fuego del Espíritu Santo, el Pan Vivo bajado del cielo y el Vino de la Alianza Nueva  y Eterna, la Sagrada Eucaristía; los santos son los que prefirieron morir, literalmente hablando, antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado, tomando al pie de la letra lo que decían a Jesucristo, oculto en el sacerdote ministerial, al recitar la fórmula de la confesión sacramental: “…antes querría haber muerto que haberos ofendido”, porque sabían bien que el pecado mortal o el venial deliberado los privaba, en mayor y en menor medida, respectivamente, de la unión sacramental con el Amor Divino Encarnado, Jesucristo, y por no privarse de la unión sacramental con el Amor de los amores, preferían literalmente la muerte, antes que pecar mortalmente o con un pecado venial deliberado; los santos fueron los que entraron al Reino de Dios por la “Puerta Estrecha” (Lc 13, 22-30), que es la Santa Cruz de Jesús; son los que se esforzaron por cumplir los Mandamientos de Jesús, dictados desde la cruz, movidos por el amor a Jesús que brotaba de un corazón contrito y humillado, y no por el deseo del cielo, ni por el temor al infierno, y es por eso que el amor con el que amaron a Jesús fue un amor perfecto, porque no los movía ni las delicias del cielo, ni los dolores del infierno, sino el amor puro y ardiente a Jesús crucificado.
         Estos son los santos, a los cuales celebra la Santa Iglesia Católica, y a los cuales nos propone para que los imitemos: son los que amaron a la gracia santificante y a la Eucaristía, más que a la propia vida, y por eso mismo, ahora son bienaventurados, es decir, dichosos, alegres, felices, por toda la eternidad.



[1] Cfr. Misal Romano.

jueves, 6 de marzo de 2014

La Sangre, el Agua y el Espíritu que brotan del Sagrado Corazón


         En el Evangelio se describe que cuando el soldado romano traspasó el costado de Jesús de Nazareth, estando éste ya muerto y suspendido en la cruz, de inmediato brotó Sangre y Agua, que al derramarse sobre el soldado, lo hicieron exclamar: “¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!” (Mc 15, 39). ¿Cómo puede ser que el exudado sanguíneo y la sangre fresca de un hombre que acaba de morir en la cruz, que caen sobre el rostro de un soldado romano pagano, despierten en el soldado un sentimiento religioso que se encuentra en las antípodas de su paganismo, esto es, el cristianismo, puesto que reconoce en ese hombre muerto crucificado al Hijo de Dios, Jesucristo?
         Lo que explica lo sucedido es que el exudado y la sangre fresca que brotan del corazón traspasado por la lanza son el Agua y la Sangre que brotan del Sagrado Corazón del Hombre-Dios Jesucristo y por lo tanto, contienen y transportan, en sí mismos, al Espíritu Santo, porque Jesús, en cuanto Hombre y en cuanto Dios, espira, junto al Padre, al Espíritu Santo, y así como en la eternidad, Él espira, junto al Padre, al Espíritu Santo, así también la efusión de Sangre de su Sagrado Corazón, en el tiempo, es la prolongación, continuación y actualización ad extra de esa espiración ad intra del Espíritu en la Trinidad. En otras palabras, el Padre y el Hijo espiran mutuamente el Espíritu Santo y esa espiración se continúa y prolonga en la efusión de Sangre y Agua del Corazón traspasado de Jesús por la lanza en el Calvario, y es lo que explica que todo aquel sobre el cual caiga la Sangre y sea bañado por esta, su alma se vea purificada por la gracia santificante y su corazón sea colmado por el Amor de Dios, como le sucedió Longinos, el soldado romano que traspasó con su lanza al Sagrado Corazón.

         “¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!”. En todo aquel que bebe del cáliz de la Santa Misa, se derrama sobre su alma la Sangre y el Agua del Sagrado Corazón de Jesús, que contiene el Espíritu Santo, el cual obra la obra de santificación que obró en San Longinos, llevándolo a reconocer en Jesús al Hijo de Dios: convirtió su cuerpo en templo de Dios, purificó su alma con la gracia santificante y colmó su corazón con el Amor del Espíritu Santo, haciéndolo exclamar, en un éxtasis de amor a Cristo crucificado: “¡Verdaderamente, éste es el Hijo de Dios!”.