San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 14 de febrero de 2023

San Valentín, Patrono de los novios en Cristo

 



         Vida de santidad.

         San Valentín nació en Interamna Terni, unos 100 kilómetros al norte de Roma, cerca del año 175. Fue ordenado por San Felicio de Foligno y consagrado obispo de Interamna por el Papa Víctor I en el año 190 d. C. Reconocido por su fervor evangelizador, por sus milagros y curaciones, ejerció como sacerdote en Roma durante el siglo III bajo el gobierno del Emperador Claudio II, para luego ser torturado y decapitado el 14 de febrero del año 270[1].

         Mensaje de santidad.

         En la época de San Valentín, el emperador había decretado la prohibición de los matrimonios, puesto que consideraba -erróneamente- que “Los solteros sin familia son mejores soldados, ya que no tienen ataduras”. San Valentín consideraba, acertadamente, que este decreto era injusto, puesto que privaba a los jóvenes de recibir el Santo Sacramento del Matrimonio. Puesto que San Valentín instruía en el sentido del verdadero noviazgo en Cristo a los jóvenes novios y luego les impartía el Sacramento del Matrimonio, fue detenido por los soldados del emperador y luego condenado a muerte. Debido a que murió dando testimonio de Cristo como Esposo de la Iglesia Esposa, lo cual es el fundamento del matrimonio sacramental católico, llevando al altar a los novios luego de ser catequizados, para que se unieran bajo el Sacramento del Matrimonio, San Valentín es Patrono de los novios que se aman con el Amor Puro e Inmaculado del Sagrado Corazón de Jesús; es el Patrono de los novios que se aman con un amor casto, puro, un amor que es partícipe del Amor casto y puro del Sagrado Corazón de Jesús y también de la Pureza del Inmaculado Corazón de María.

         Por esto mismo, San Valentín no es “patrono de los enamorados”, de forma genérica y abstracta y mucho menos cuando en nuestros días la palabra y el concepto de “amor” han sido degradados a la pasión, ahora no ya entre varón y mujer sino en cualquier tipo de unión. La memoria de San Valentín no tiene nada que ver con el proceso de secularización, descristianización y materialización que el mundo moderno ha hecho de su memoria en nuestros días, al reducir el día de San Valentín a una fecha secular en la que quienes están en relaciones pre-matrimoniales intercambian tarjetas, regalos y cosas por el estilo. San Valentín es Patrono solo, pura y exclusivamente, de quienes se aman en Cristo, de quienes llevan un verdadero noviazgo católico -sin relaciones prematrimoniales, sin convivencia concubinaria, sin relaciones múltiples como la aberración del “poliamor”- y que, en Cristo, desean formar una familia luego de recibir el sacramento del matrimonio.

Los novios que se aman con el amor puro de Cristo, no mancillan sus cuerpos con relaciones carnales, las cuales están reservadas, según el orden natural, para el matrimonio sacramental. La prueba de que los novios se aman verdaderamente en Cristo, es que precisamente no harán lo que está reservado para el matrimonio, esto es, las relaciones pre-matrimoniales, vividas en nuestros días como si eso fuera “normal” o como si no tuvieran consecuencias en el plano espiritual -la consecuencia es el pecado mortal-. Las relaciones propias del matrimonio, fuera del matrimonio, constituyen un pecado mortal y es por eso que si los novios se aman verdaderamente, no inducirán a su ser amado a cometer el más grave error que puede cometer un alma en esta vida y es el pecado mortal, en este caso, la fornicación. San Valentín es Patrono solamente de quienes se profesan el verdadero y único amor del noviazgo cristiano, el amor puro y casto, un amor que participa de la pureza del Amor de los Sagrados Corazones de Jesús y María.

 

viernes, 4 de agosto de 2017

San Juan María Vianney y su advertencia contra el pecado mortal


         En una de sus famosas homilías, San Juan María Vianney advertía así acerca del pecado mortal y sus consecuencias: “Por una blasfemia, por un mal pensamiento, por una botella de vino, por dos minutos de placer… ¡Por dos minutos de placer perder a Dios, tu alma, el cielo... para siempre!”. En realidad, lo que hace aquí es enumerar solo a algunos de los grupos nombrados en las Escrituras, cuyos integrantes no entrarán en el Reino de los cielos: “Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes, contra las cuales os advierto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gál 5, 20-21). Y en el Apocalipsis[1], se dice así: “Pero los cobardes, incrédulos, abominables, asesinos, inmorales, hechiceros, idólatras y todos los mentirosos tendrán su herencia en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda”.
         Quienes formen parte de estos grupos, no entrarán en el Reino de los cielos, pero no porque Dios no desee, sino porque ellos, libremente, eligieron no entrar en el Reino de los cielos; libremente, eligieron el pecado, que es malicia del corazón en acto puro, deseado y querido y elegido libre y voluntariamente –hechicería, idolatría, magia, brujería, embriaguez, discordia, impureza corporal y espiritual-, y puesto que Dios es Espíritu Purísimo, nadie que tenga malicia, deseada y querida voluntariamente, para siempre, puede estar ante su Presencia, y es por eso que, si el alma no se arrepiente antes de morir, inevitablemente se auto-condenará en el Infierno.
         Luego, de una manera muy gráfica, el Cura de Ars da un ejemplo, para que tomemos conciencia de lo que significa, en la realidad del mundo espiritual y a los ojos de Dios, el pecado mortal. Dice así San Juan María Vianney: “Hijos míos, si veis a un hombre levantar una gran hoguera, apilar la leña, y le preguntáis qué es lo que hace, os responderá: Preparo el fuego que debe quemarme. ¿Qué pensaríais si vierais a este mismo hombre aproximarse a la llama de la hoguera y, cuando está encendida, echarse dentro? ¿Qué diríais? Al pecar, eso es lo que nosotros hacemos. No es Dios quien nos echa al infierno, somos nosotros por nuestros pecados. El condenado dirá: ¡He perdido a Dios, mi alma y el cielo: y es por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa! ¿Se levantará para volver a caer?”. Para el Santo Cura de Ars, el pecado mortal es el equivalente a que un hombre levante una gran pira de fuego y se arroje vivo, libre y voluntariamente en ella, para perecer quemado, con la diferencia de que el fuego del Infierno no se apaga nunca y no consume, ni el alma ni el cuerpo, quemando alma y cuerpo y provocando dolores insoportables, por toda la eternidad.
         En nuestros días, en los que la inmoralidad es ensalzada a virtud y la contra-natura a derecho humano; en nuestros días, en los que por medio de la ideología de género se pretende pervertir al hombre desde la niñez, enseñándola obligatoriamente en las escuelas; en nuestros días, en los que la brujería, la magia blanca y negra, la hechicería, el ocultismo, no son vistos como pecados abominables a los ojos de Dios, sino que son presentados como algo bueno, atractivo e inocente a través de películas como Harry Potter y a través de innumerables series destinados a los más pequeños, en los que la magia es algo bueno y agradable; en nuestros días, en los que el aborto y la eutanasia, que son homicidios, son presentados como derechos humanos; en nuestros días, en los que los países y los hombres no dudan un segundo en emprender guerras homicidas, motivados por ideologías perversas como el comunismo, el liberalismo, que en el fondo no son sino idolatrías encubiertas al dinero y por lo tanto al Demonio; en nuestros días, en los que la humanidad prepara un gigantesco horno de fuego para arrojarse voluntariamente en él, las palabras de advertencia del Santo Cura de Ars, acerca del pecado mortal y sus consecuencias, la eterna condenación en el Infierno, son más actuales, precisas y necesarias que nunca.



[1] (21, 8).

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos


         ¿Por qué la Iglesia conmemora a los Fieles Difuntos? Porque la Iglesia es Madre y, como Madre que es, quiere que todos sus hijos alcancen el Reino de los cielos. Para entender un poco esta solicitud de la Iglesia, debemos recordar qué es lo que sucede en el momento de la muerte en las almas que están en gracia, en las que están en pecado mortal, y en las que están en gracia pero con pecados veniales no confesados.
         Cuando el alma muere en gracia, su alma se encuentra ya, desde la tierra, participando de la vida de Dios, lo cual quiere decir que, al momento de morir, el alma vive en el Amor de Dios y por lo tanto no hay nada que la separe de este Amor, con lo cual ingresa directamente en el Reino de los cielos.
         Cuando el alma muere en pecado mortal, no tiene en sí la gracia de Dios y por lo tanto no tiene ni su vida ni su Amor; por lo tanto, al morir, y al no haber ya oportunidad alguna de arrepentimiento, comprueba por sí misma que el único lugar al que puede ir, para siempre, es el Infierno, que es el lugar adonde van los que “libremente deciden morir en pecado mortal”, tal como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (cfr. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 212).
         Por último, cuando el alma muere en estado de gracia pero con pecados veniales –enojos, impaciencias, mentiras leves, etc., los cuales al no haber sido confesados llevan consigo la pena que les corresponde-, va dicha alma al Purgatorio, en donde las penas de esos pecados veniales son purgadas o purificadas en las llamas del Divino Amor, permaneciendo el alma allí hasta que esas penas sean debidamente eliminadas del alma. En otras palabras, el pecado venial es falta de amor a Dios en algo no grave, es decir, una falta leve en el amor a Dios –el pecado mortal es una falta grave a este amor divino-: en el Purgatorio, el alma “purga” o “se purifica” de esta falta, al crecer, a cada momento que pasa en el Purgatorio, en el amor a Dios, ese mismo amor para con el cual, en la tierra, se mostró distante, fría o tibia, porque no hizo suficiente oración, ni ayunos, ni penitencias, ni obras de caridad.
Al verse a la luz de Dios, el alma se da cuenta de que está en gracia pero que, al mismo tiempo, no posee un amor perfecto a Dios a causa, precisamente, de las faltas veniales que tuvo en la vida terrena –por ejemplo, una falta de perdón, o un enojo, o incapacidad de pedir perdón-; entonces, el alma misma pide, para sí misma, la purificación en el Amor, y eso es el Purgatorio. No está en estado de gracia santificante perfecto, como el alma del bienaventurado que ingresa directamente al cielo; tampoco está en estado de pecado mortal, como el que libremente decidió apartarse de Dios y por eso tampoco le corresponde el Infierno. Pero sí se ve, con perfección –porque se contempla a la luz de Dios, como hemos dicho-, que su amor a Dios es muy imperfecto, tal como lo era en la tierra –por ejemplo, prefería su propia impaciencia, antes que crecer en la humildad y en la mansedumbre del Cordero-, y es así que el alma misma pide, para sí misma, y con toda justicia, ser conducida al Purgatorio, de manera de crecer en el amor a Dios hasta el grado perfecto que le permita ingresar al Reino de los cielos.
Es para estos Fieles Difuntos, que murieron en amistad y en gracia de Dios, pero que necesitan que su amor a Dios se purifique y se haga perfecto, para los cuales la Iglesia destina todo un día, para que nosotros, que somos parte de la Iglesia Militante, abreviemos su Purgatorio con oraciones, sacrificios, misas y rosarios ofrecidos, penitencias.
         Es decir, con sus oraciones, la Iglesia Militante ayuda a que el tiempo que las almas pasan en el Purgatorio se abrevie, y es para esto para lo que la Iglesia destina todo un día, para conmemorar a los difuntos que murieron en gracia pero con pecados veniales, para rezar por ellos y así acortar el tiempo que deben pasar en el Purgatorio. Y si el alma del difunto ya está en el Cielo, las oraciones, sacrificios, penitencias y ayunos que se ofrecen en sufragio por estas almas, se aplican a otras almas que sí lo necesitan, por lo que las oraciones por las Almas del Purgatorio nunca están de más. Por sí mismas, estas Benditas Almas del Purgatorio no pueden realizar obras meritorias que acorten su estancia allí, pero sí lo podemos hacer nosotros, miembros de la Iglesia Militante, y es para eso que la Iglesia dispone la Conmemoración de los Fieles Difuntos: para que, extrayendo del tesoro de gracias del Sacrificio Redentor de Cristo en la Cruz, ganemos indulgencias para las Almas del Purgatorio[1].




[1] ¿Cómo ganar indulgencias para estas Benditas Almas del Purgatorio? Visitando piadosamente una Iglesia u oratorio el Día de los Fieles Difuntos y rezando un Padrenuestro y un Credo, aunque también se puede hacer esta visita, con el consentimiento del Ordinario, el domingo anterior o posterior, o en la Solemnidad de Todos los Santos. La otra forma es, desde el 1 al 8 de noviembre, visitar piadosamente un cementerio (aunque sea mentalmente) y rezar pidiendo por los difuntos. Para ganar una indulgencia plenaria, además de querer evitar cualquier pecado mortal o venial, hace falta cumplir tres condiciones: Confesión sacramental; Comunión Eucarística; Oración por las intenciones del Papa. Rezar por los Fieles Difuntos es una preciosísima obra de caridad, encomendada encarecidamente por el Amor Divino; es una muestra de amor sobrenatural el rezar por quien ha fallecido y necesita del alivio del ardor de las llamas del Purgatorio (recordemos que la intensidad del dolor es similar a la del Infierno, pero con la esencial diferencia de que en el Purgatorio el sufrimiento es gozoso, por así decirlo, porque se tiene pleno conocimiento de que finalizará algún día, y ese día será el inicio de la Eterna Bienaventuranza). Quienes oren por las Benditas Almas del Purgatorio, a la par de acortar el tiempo de purificación de los Fieles Difuntos, acortan al mismo tiempo su propio Purgatorio, porque la obra de misericordia consiste en que, con nuestras oraciones y buenas obras, les alcanzamos la Sangre de Jesucristo, que de esa manera apaga las llamas ardientes del Purgatorio y les concede alivio, lo cual será aplicado también para nosotros, en caso de necesitarlo, desde el día de nuestra muerte, es decir, si vamos al Purgatorio.

viernes, 15 de abril de 2016

San Ezequiel, Profeta


San Ezequiel -598 a. C.- se caracterizó, además de por llevar una vida de santidad, por el hecho de haber recibido numerosas visiones de parte de Dios, todas relativas al Pueblo Elegido. Sin embargo, hay una, en particular, a la cual consideramos que se refiere al Nuevo Pueblo Elegido, los miembros del Cuerpo Místico de Jesús, los bautizados en la Iglesia Católica. ¿De cuál visión se trata? De una visión en la que le dijo el Señor[1]: “Le voy a mostrar cómo será en el futuro la religión verdadera de mi pueblo”. Luego de decir esto, Dios le mostró un río pequeño, en el que, debido a que el agua apenas llegaba hasta las rodillas, era fácil atravesarlo hasta la otra orilla. Pero luego el río comenzó a crecer progresivamente, con lo que el agua llegó primero hasta la cintura, más tarde hasta el cuello, hasta que se hizo imposible atravesarlo, dada la magnitud de la creciente. Las aguas de este río son muy particulares: son refrescantes, cristalinas, y dan vida a todo lo que riegan, como los campos de las orillas, los cuales se llenaron de árboles colmados de frutos exquisitos. La sorprendente vitalidad de las aguas del río se manifiesta todavía con más poder, cuando las aguas llegan al Mar Muerto, llamado así por la gran concentración salina de sus aguas, lo cual hace inviable la vida de cualquier especie marina: al tomar contacto con las aguas del río visto por Ezequiel, las aguas del Mar Muerto cambian y se vuelven aptas para la vida, llenándose inmediatamente de peces. ¿Qué significa esta visión?
El río de aguas cristalinas, que crece paulatinamente hasta desbordar el lecho y que a su paso hace crecer árboles que dan frutos de sabor exquisito, significa la gracia santificante que brota del Corazón traspasado de Jesús: el hecho de ser una creciente que se aumenta cada vez más su caudal, simboliza la inmensidad del don de la gracia, que brota del Corazón de Jesús como de un manantial inagotable y que se derrama sobre el alma de modo incontenible. Se cumple así la palabra de Jesús: “(…) el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4, 13-14). El que bebe del Costado traspasado de Jesús, sacia su sed de Dios y esta agua que da el Corazón de Jesús, se convierte en el alma en fuente de vida eterna.
La vitalidad del agua de este río, a su vez, simboliza la fuerza de la vida divina contenida en la gracia santificante, la cual, por un lado, hace fructificar al alma en frutos de santidad, los cuales antes estaban ausentes a causa del pecado: el pecado está simbolizado en las orillas del río secas y sin árboles; el estado del alma en gracia santificante, está simbolizado en el crecimiento de árboles que dan frutos exquisitos, los frutos de santidad.
Pero en donde más se nota la potencia de la Vida divina de la cual la gracia hace partícipe al alma, es en su contacto con el Mar Muerto, al cual lo convierte, de un lugar inerte y desolado, en un lugar pleno de vida: el Mar Muerto, sin vida, simboliza al alma muerta a la vida de Dios por el pecado mortal; el Mar Vivo –que es el Mar Muerto cambiado al contacto con las aguas del río-, a su vez, simboliza al alma en estado de gracia santificante, la cual no sólo ya no está más muerta por el pecado, sino que vive con la vida misma de Dios, una vida que antes no tenía porque no se trata de la vida humana, sino de la vida divina, que le concede la gracia santificante.
Finalmente, Dios le explica a Ezequiel la visión, diciéndole que este iba a ser el futuro de la Santa Religión, la cual, a diferencia de la religión del Antiguo Testamento, que no concedía la gracia santificante, en esta sí será concedida a través de los Sacramentos de la Iglesia Católica, para la santidad y salvación de las almas.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Ezequiel_4_15.htm

viernes, 11 de marzo de 2016

Los siete dolores y gozos de San José - Séptimo Dolor y Séptimo Gozo



Si bien San José fue un padre y esposo terreno y experimentó, como todo padre y esposo de esta tierra, gozos y dolores en los distintos sucesos de su familia, estos adquirieron una dimensión sobrenatural, desde el momento en que San José era Esposo casto y puro, meramente legal, de la Madre de Dios, y era Padre pero no biológico, sino adoptivo, de su Hijo, Quien era desde la eternidad el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad. Sus gozos y dolores se comprenden entonces al interno de la historia de la salvación y en ella adquieren su trascendencia sobrenatural. Su recuerdo no es un mero traer a la memoria, sino una participación, por el misterio del Cuerpo Místico de Jesús, a la vida de San José y al misterio salvífico de su Hijo adoptivo, Jesucristo, el Hombre-Dios. Según una tradición, los Siete Dolores y Gozos de San José se realizan en siete Domingos sucesivos. Ofrecemos, en honor de San José y en su Novena, las siguientes meditaciones, con la intención de participar, con fe y con amor, de los misterios de su paternidad, prolongación en la tierra y por un instrumento humano, de la Paternidad divina de Dios Padre.

Séptimo Dolor: San José experimenta el Séptimo Dolor cuando, habiendo acudido a Jerusalén junto con María y Jesús Niño, de doce años, tanto José como María, emprenden el regreso en puntos distantes de la caravana, pensando cada uno que el Niño está con el otro, cuando en realidad no estaba con ninguno, puesto que se encontraba en el Templo, iluminando con su Divina Sabiduría a los Doctores sedientos de la misma. San José sufre –también sufre María Santísima- porque, sin culpa, ambos pierden de vista al Niño, comenzando una búsqueda angustiosa que durará tres días, hasta que finalmente lo encuentren donde siempre estuvo, en el Templo. Y cuando encuentran a Jesús, el Niño le dice a su Madre amantísima que Él “debía ocuparse de los asuntos de su Padre Dios” (cfr. Lc 20, 40-52), siendo esa la razón por la cual dejó por un breve tiempo su familia terrena. En su búsqueda de tres días a Jesús a quien creía perdido, San José nos enseña, junto a María, que cuando perdamos de vista a Jesús –por culpa nuestra, porque si perdemos a Dios, es porque nos alejamos culpablemente de su Presencia, no como José y María, que lo perdieron sin culpa propia-, debemos buscarlo siempre, siempre, donde Él está, y donde Él estuvo desde la Última Cena, y donde Él estará hasta el fin de los tiempos: en el Templo, en el sagrario, en la Eucaristía, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Hostia consagrada. Y Jesús está en la Hostia consagrada para darnos su luz, su Amor, su consuelo; para tomar Él la cruz que nos agobia a veces; para transformar nuestras penas y dolores en gozos y alegrías, por la fuerza de su cruz; para recordarnos que la vida eterna se encuentra a sólo un paso y que Él nos espera en la cruz, con los brazos abiertos, para llevarnos al Reino de los cielos.

Séptimo Gozo: San José experimenta el Séptimo Gozo y Alegría cuando encuentra a su Hijo Jesús en el Templo, en medio de los Doctores. Así, San José nos enseña que la verdadera alegría no está en las cosas del mundo, sino en la contemplación de Jesús Eucaristía; San José nos enseña que la verdadera alegría del cristiano no está en los bienes materiales, ni en el reconocimiento mundano, ni en la vanagloria que los hombres se tributan unos a otros; San José nos enseña que el cristiano se goza y se alegra en un único Amor: Jesús Eucaristía, Presente en Persona con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Hostia consagrada, Presente el Templo, Presente en el sagrario; San José nos enseña que, si por culpa nuestra, hemos perdido de vista a Jesús –como por ejemplo, un pecado mortal-, encontraremos a Jesús en el Sacramento de la Penitencia y así Él nos devolverá la Alegría de su Presencia en nosotros, convirtiendo nuestras almas y cuerpos en templos de la Santísima Trinidad y nuestros corazones en otros tantos sagrarios y tabernáculos en donde Él sea adorado, bendecido y exaltado en su gloria divina.

Oh glorioso San José, modelo de toda santidad, que habiendo perdido sin culpa vuestra al Niño Jesús, lo buscaste junto a María Santísima durante tres días con profundo dolor, hasta que, lleno de gozo, le hallasteis en el templo, en medio de los doctores; por este dolor y este gozo, te suplico, desde lo más profundo de mi corazón, que intercedas para que nunca jamás nos suceda el perder a Jesús por algún pecado mortal, pero si por desgracia sucediera, haz que lo busquemos con tal dolor del corazón, que no encontremos descanso hasta encontrarlo nuevamente, en el Sacramento de la Penitencia y en la Eucaristía, para que viviendo en su gracia nuestra vida terrena, vivamos en su Presencia, por la eternidad, en el Reino de los cielos. Amén.
Padrenuestro, Ave María, Gloria.

domingo, 5 de mayo de 2013

Santo Domingo Savio: Antes morir que pecar



         Santo Domingo Savio, alumno de Don Bosco, expresó un deseo el día de su Primera Comunión: “Morir antes que pecar”. A su corta edad, no más de diez años, el niño expresaba la característica fundamental de la santidad: estar dispuestos a morir antes que cometer un pecado. Esta determinación se basa en la profunda apreciación de la vida de la gracia: la gracia es algo tan alto y valioso, que es preferible perder la vida terrena, antes que cometer un pecado mortal, pues este hace perder la gracia y, con la gracia, la vida eterna. La firme determinación de Santo Domingo Savio no es consecuencia de su carácter natural, ni se debe a que el niño era de mente lúcida, a la vez que poseía un temperamento fuerte y decidido, puesto que la valoración de la gracia que hace se equipara a la de los grandes santos y sobre todo a la de los mártires, quienes precisamente se convirtieron en mártires, porque eligieron la muerte corporal antes que perder la vida eterna por el pecado.
         ¿De dónde podía venir este aprecio por la gracia? Sin ninguna duda, venía de la Virgen, porque Santo Domingo Savio había fundado, con escasos doce años de edad, la “Compañía de María Inmaculada”, la mayoría de cuyos integrantes estuvo presente cuando Don Bosco fundó, dos años después, la Congregación Salesiana[1]. Este hecho, la devoción a la Virgen por parte de Domingo, es lo que explica el aprecio del santo a la vida de la gracia, porque la devoción a la Virgen es una consecuencia de la libre adhesión del alma a la invitación de la Virgen a consagrarse a su Inmaculado Corazón. En otras palabras, el hecho de que Santo Domingo prefiera morir antes que pecar, demostrando una apreciación y valoración sobrenatural de la vida de la gracia, y funde la Compañía de María a los doce años, indica que su corazón pertenece a María y que se ha consagrado a Ella en cuerpo y alma, respondiendo a la invitación maternal de María, e indica además que, perteneciendo a María y siendo hijo suyo, es Ella quien le comunica la valoración y el amor por la gracia, amor y valoración que no se explican por ninguna causa humana o creatural. La Virgen le concede tan alta vivencia de la vida de la gracia, que Domingo prefiere perder la vida terrena antes que cometer un pecado mortal, porque el pecado mortal, aunque conserva la vida corpórea, hace perder la vida de la gracia y, con ella, la vida eterna.
         Como todo santo, Domingo Savio es ejemplo para el cristiano, y lo es ante todo en su devoción mariana y en la determinación suya de morir antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado.
Ahora bien, este deseo del santo está expresado en la oración del “Pésame” que rezamos cada vez que nos confesamos, cuando decimos: “…antes querría haber muerto que haberos ofendido”. No se trata de una frase hecha, ni de una expresión genérica; claramente, expresamos el pesar por no “haber muerto”, es decir, por no haber perdido la vida corporal, antes que pecar, antes que “haber ofendido a un Dios tan bueno y tan grande”. La conmemoración de Santo Domingo debe llevar entonces a renovar el dolor de los pecados, la apreciación de la vida de la gracia, y aquello que decimos a Cristo, oculto en el sacerdote ministerial, en el momento de confesarnos sacramentalmente. Y para que este deseo de morir corporalmente antes que pecar no quede en una mera expresión de deseos, sino que se convierta en un programa de vida, en un camino de santidad y en una puerta abierta al cielo, como lo fue para Santo Domingo Savio, es conveniente pedir esta gracia, todos los días, a la Virgen: “María, Auxiliadora de los cristianos, concédeme la gracia de morir antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado”.


[1] Cfr. Butler, Vidas de los Santos, Voumen I; http://www.corazones.org/santos/domingo_savio.htm