San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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lunes, 1 de febrero de 2021

Santa Águeda, virgen y mártir

 



         Vida de santidad[1].

         Santa Águeda provenía de una familia noble de Catania, Sicilia; además, poseía una gracia y belleza naturales. Sin embargo, nada de esto le importaba a Santa Águeda: para la santa, su tesoro más valioso y el objeto de todo su amor no estaba en la tierra, porque la santa sólo amaba a Jesucristo y deseaba con ansias que se acercara el momento en que podría encontrarse con Él, en la vida eterna. esta oportunidad se presentaría con ocasión de la perversión de un senador romano llamado Quintianus quien, con el pretexto de la persecución del emperador Decio (250-253) contra los cristianos, la tomó prisionera, pretendiendo poseerla para él, con la intención de satisfacer sus bajos instintos. Pero todos los esfuerzos del senador por seducir a Santa Águeda fueron inútiles, puesto que la santa ya había consagrado su amor y su virginidad al Hombre-Dios Jesucristo, al unirse esponsal, mística y sobrenaturalmente a Jesús y su decisión era tan firme, que estaba dispuesta a dar su vida terrena antes que renegar de Jesucristo, algo que efectivamente se cumplió poco tiempo después. Al verse rechazado en su intento de seducir a la santa, el senador Quintianus no se dio por vencido y la entregó en manos de Afrodisia, una mujer malvada, con la idea de que esta la hiciera caer en el pecado carnal y en la apostasía a Jesucristo, por medio de las tentaciones del mundo, aunque esto también fracasó, debido a la firme decisión de permanecer fiel a Jesucristo que demostraba Santa Águeda. Entonces el senador, dejándose llevar por la ira, cambió de estrategia y en vez de intentar seducirla, ordenó que la santa fuera cruelmente torturada, llegando a ordenar que le amputaran los senos. Es famosa respuesta de Santa Águeda: “Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?”. La santa fue consolada con una visión de San Pedro quien, milagrosamente, la curó. Pero las torturas continuaron y al fin la santa murió, al ser arrojada sobre una gran cantidad de carbones encendidos[2].

         Mensaje de santidad.

         Por su amor y su fidelidad a Jesucristo, Santa Águeda obtuvo una doble corona: la corona del martirio y la corona de la virginidad y esto es un gran ejemplo para los jóvenes de nuestros días, quienes son sometidos, por todos los medios de comunicación, tanto al abandono de la fe en Jesucristo –apostasía-, como al desprecio de la virtud de la virginidad y de la castidad, a través de la ideología de género y la Educación Sexual Integral. En efecto, el abandono de la fe católica en el Hombre-Dios Jesucristo se promueve a través de la secta luciferina de la Nueva Era, en donde Jesucristo es presentado como un profeta, o como un hombre santo, o incluso hasta como un extra-terrestre al mando de una flota intergaláctica, pero jamás es presentado como quien Es verdaderamente, el Hijo de Dios encarnado, la Segunda Persona de la Trinidad inhabitando la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth. Por otra parte, el desprecio de las virtudes de la castidad y de la virginidad –virtudes que deben ser vividas en la imitación de Cristo, quien es casto y puro al ser la Pureza Increada en sí misma-, se introduce en las mentes y corazones de jóvenes y no tan jóvenes, por medio de la promoción de la ideología de género y de la Educación Sexual Integral, para las cuales no existe pecado alguno en el uso de la sexualidad fuera del matrimonio, cuando es esto lo que enseña la Fe católica.

         En síntesis, en un mundo en el que la secta Nueva Era y la ideología de género parecen apropiarse de un número cada vez mayor de almas, los santos como Santa Águeda resplandecen como estrellas luminosas en medio de densas tinieblas espirituales.



[1] https://www.corazones.org/santos/agueda.htm ; Fuentes antiguas: su oficio en el Breviario Romano se toma, en parte de las Actas de latinas de su martirio. (Acta SS., I, Feb., 595 sqq.). De la carta del Papa Gelasius (492-496) a un tal Obispo Victor (Thiel. Epist. Roman. Pont., 495) conocemos de una Basílica de Santa Águeda. Gregorio I (590-604) menciona que está en Roma (Epp., IV, 19; P.L., LXXVII, 688) y parece que fue este Papa quien  incluyó su nombre en el Canon de la Misa. Aparece en el Martyrologium Hieronymianum (ed. De Rossi y Duchesne, en el Acta SS., Nov. II, 17) y en el Martyrologium Carthaginiense que data del quinto o sexto siglo (Ruinart, Acta Sincera, Ratisbon, 1859, 634). En el siglo VI, Venantius Fortunatus la menciona en su poema sobre la virginidad como una de las celebradas vírgenes y mártires cristianas (Carm., VIII, 4, De Virginitate: Illic Euphemia pariter quoque plaudit Agathe Et Justina simul consociante Thecla. etc.).

[2] Según la tradición, en una erupción del volcán Etna, ocurrida un año después del martirio de Santa Águeda  (c.250), la lava se detuvo milagrosamente al pedir los pobladores del área la intercesión de la santa mártir. Por eso la ciudad de Catania la tiene como patrona y las regiones aledañas al Etna la invocan como patrona y protectora contra fuego, rayos y volcanes. Además de estos elementos, la iconografía de Santa Águeda suele presentar la palma (victoria del martirio), y algún símbolo o gesto que recuerde las torturas que padeció.

 

jueves, 21 de enero de 2021

Santa Inés, virgen y mártir

 



          Vida de santidad.

          Murió mártir en Roma en la segunda mitad del siglo III o, más probablemente, a principios del IV. El papa Dámaso honró su sepulcro con un poema, y muchos Padres de la Iglesia, a partir de san Ambrosio, le dedicaron alabanzas[1].

          Mensaje de santidad.

          El mensaje de santidad de Santa Inés lo resume muy sabiamente San Ambrosio: “En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio”[2]. Es decir, Santa Inés obtuvo una doble corona de gloria: la de la castidad y la del martirio. La de la castidad, porque se rehusó a amar a nadie más que no fuera Nuestro Señor Jesucristo, despreciando todo tipo de belleza humana o creatural, según sus propias palabras: “Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que yo no quiero”[3]. Santa Inés declara que, aun a costa de la propia vida terrena, no quiere mancillar su cuerpo con amores humanos, porque ella ya sabe, al ser iluminada por el Espíritu Santo, que estos amores son efímeros y pasajeros, mientras que el Amor del Sagrado Corazón es un Amor eterno, divino, celestial, sobrenatural, que permanece para siempre. La otra corona de gloria que obtiene Santa Inés es la corona del martirio, porque muere por el hecho de negarse a rechazar la fe católica en Cristo, que no es la fe de las otras religiones, como, por ejemplo, la protestante: Santa Inés dio su vida por el Cristo católico, el Cristo del Credo de Constantinopla, el Cristo de Nicea, es decir, el Cristo Dios, el Hombre-Dios, el Hijo de Dios encarnado, que prolonga y continúa su Encarnación en la Eucaristía.

          Por estas razones, Santa Inés es ejemplo para los jóvenes cristianos de nuestros días, porque muestra el camino para ir al Cielo: la pureza del cuerpo -es mártir de la castidad- y la pureza de la fe -es mártir por dar testimonio del Cristo católico, no del cristo de la Nueva Era-. En estos tiempos de densa oscuridad espiritual, en estos tiempos que pueden ser llamados “la hora de las tinieblas”, en el que las tinieblas parecen haber triunfado por sobre la luz, Santa Inés resplandece con el esplendor de la luz de la gloria de Cristo e ilumina el camino desde esta vida al Cielo, objetivo y meta de toda alma humana.



[2] Tratado sobre las vírgenes, Libro 1, cap. 2. 5. 7-9: PL 16 [edición 1845], 189-191.

[3] Cfr. ibidem.

miércoles, 16 de octubre de 2019

San Ignacio de Antioquía



         Vida de santidad[1].
Dicen que fue un discípulo de San Juan Evangelista. Por 40 años estuvo como obispo ejemplar de Antioquía que, después de Roma, era la ciudad más importante para los cristianos, porque tenía el mayor número de creyentes. Algunos escritores antiguos decían que Ignacio fue aquel niño que Jesús colocó en medio de los apóstoles para decirles: “Quien no se haga como un niño no puede entrar en el reino de los cielos” (Mc 9, 36).
         Mensaje de santidad.
         Su mensaje de santidad está en su deseo de dar la vida por Jesús, deseo expresado ante todo en dos momentos: ante el emperador Trajano, y ante los fieles que querían interceder ante las autoridades para que no fuera martirizado. San Ignacio fue apresado porque el emperador mandó que apresaran a todos los que no adoraran a los falsos dioses de los paganos. Como Ignacio se negó a adorar esos ídolos, fue llevado preso y entre el perseguidor y el santo se produjo el siguiente diálogo.
“¿Por qué te niegas a adorar a mis dioses, hombre malvado?”.
“No me llames malvado. Más bien llámame Teóforo, que significa el que lleva a Dios dentro de sí”.
“¿Y por qué no aceptas a mis dioses?”.
“Porque ellos no son dioses. No hay sino un solo Dios, el que hizo el cielo y la tierra. Y a su único Hijo Jesucristo, es a quien sirvo yo”.
El emperador le pregunta la razón del porqué San Ignacio se niega a adorar a los dioses romanos, paganos y San Ignacio le responde con una declaración de fe acercad de Jesucristo como Único Salvador y Dios: “No hay sino un solo Dios, el que hizo el cielo y la tierra. Y a su único Hijo Jesucristo, es a quien sirvo yo”.
La respuesta enfurece al emperador, quien ordena que Ignacio sea llevado a Roma y echado a las fieras, para diversión del pueblo.
Con los que se adelantaron a ir a la capital antes que él, envió una carta a los cristianos de Roma diciéndoles: “Por favor: no le vayan a pedir a Dios que las fieras no me hagan nada. Esto no sería para mí un bien sino un mal. Yo quiero ser devorado, molido como trigo, por los dientes de las fieras para así demostrarle a Cristo Jesús el gran amor que le tengo. Y si cuando yo llegue allá me lleno de miedo, no me vayan a hacer caso si digo que ya no quiero morir. Que vengan sobre mí, fuego, cruz, cuchilladas, fracturas, mordiscos, desgarrones, y que mi cuerpo sea hecho pedazos con tal de poder demostrarle mi amor al Señor Jesús”. Cuando unos fieles suyos se ofrecen para interceder para que no lo martiricen, San Ignacio les ruega que desistan, porque él lo que quiere es ser martirizado, para así dar testimonio de Jesús: quiere ser “devorado, molido como trigo, por los dientes de las fieras” y así demostrarle a Jesús el gran amor que le tiene. Y si ya estando en el martirio él les suplicase que detengan el martirio, les pide que no le hagan caso y que continúen con el mismo, para que su testimonio de Cristo sea completo. Quiere que su cuerpo triturado por las fieras sirva de testimonio de su amor a Jesús.
Al llegar a Roma, como al día siguiente era el último y el más concurrido día de las fiestas populares y el pueblo quería ver muchos martirizados en el circo, especialmente que fueran personajes importantes, fue llevado sin más al circo para echarlo a las fieras. Era el año 107.
Ante el inmenso gentío fue presentado en el anfiteatro. Él oró a Dios y en seguida fueron soltados dos leones hambrientos y feroces que lo destrozaron y devoraron, entre el aplauso de aquella multitud ignorante y cruel. Así consiguió Ignacio lo que tanto deseaba: ser martirizado por proclamar su amor a Jesucristo. En nuestros días, en los que la divinidad y el carácter mesiánico y salvador de Jesucristo son dejados de lado, para aceptar falsos dioses en lugar de Él, el testimonio martirial de San Ignacio de Antioquía en favor de Cristo como Dios y como Mesías es más actual que nunca.

miércoles, 28 de agosto de 2019

El martirio de Juan el Bautista



         Luego de ser encarcelado, Juan el Bautista muere decapitado por orden de Herodes, a quien el Bautista le había reprochado su unión adúltera con la esposa de su hermano. A pesar de parecer que el Bautista dio su vida por la unión matrimonial monogámica, es decir, entre el varón y la mujer, no es así: Juan el Bautista dio su vida por Cristo, por quien el matrimonio se convierte en unión esponsal santa y santificante. Cristo, en cuanto Dios, fue quien creó o inventó el matrimonio entre el varón y la mujer, en los inicios de la humanidad –por eso Cristo dice: “En el principio fue así”, es decir, varón y mujer- y luego, llegada la plenitud de los tiempos, elevó el matrimonio a rango de sacramento, lo cual quiere decir que los esposos quedan unidos, por el sacramento, a la unión esponsal y mística entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, siendo el varón una prolongación de Cristo Esposo y la mujer una prolongación de la Iglesia Esposa. Es por este “gran misterio” de Cristo Esposo y de su unión con la Iglesia Esposa, misterio que hace santo a todo matrimonio sacramental, por el cual el Bautista dio su vida. No dio su vida por combatir el adulterio, sino por dar testimonio de Aquel por el cual todo matrimonio sacramental es santo.
         Al recordar al Bautista en su martirio, recordemos entonces la santidad del matrimonio sacramental y su altísima dignidad, pero recordemos ante todo a Aquel por quien el Bautista dio su vida, Cristo Jesús y por quien todo matrimonio sacramental es fuente de santidad para los esposos, para la familia y para la Iglesia.

martes, 13 de agosto de 2019

San Maximiliano Kolbe



         Vida de santidad[1].

Nacido en Polonia, su familia, fervientemente devota de la Santísima Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora de Schesztokowa, le transmitió este gran amor por la Madre de Dios, amor que habría de marcar toda su vida, a la cual podemos definir esencialmente mariana. Ingresó en 1910 en los franciscanos, obteniendo en 1915 en la Universidad de Roma el doctorado en filosofía y en 1919 el doctorado en teología. Fue ordenado sacerdote en 1918.
Decimos que su vida fue esencialmente mariana, porque todos los esfuerzos de San Maximiliano estaban dirigidos a hacer conocer a la Santísima Virgen. Para conseguir este objetivo, fundó en 1927 en Polonia la Ciudad de la Inmaculada, una gran organización, que tuvo mucho éxito y una admirable expansión. Luego funda en Japón otra institución semejante, con éxito admirable.
Para propagar aún más el conocimiento, el amor y la devoción a la Santísima Virgen, el padre Maximiliano fundó dos periódicos: “El Caballero de la Inmaculada”, y “El Pequeño diario”, además de organizar una imprenta en la ciudad de la Inmaculada en Polonia. En Japón fundó una revista católica que pronto llegó a tener una tirada de quince mil ejemplares, lo cual se considera un verdadero milagro en ese país donde los católicos casi no existían. También fundó y dirigió una revista llamada “El caballero de la Inmaculada” y una radiodifusora. Todo lo que construyó fue destruido por la guerra, ya que el padre San Maximiliano fue hecho prisionero por los nazis al poco tiempo de iniciada la Segunda Guerra Mundial. Una vez prisionero en el campo de Auschwitz, San Maximiliano ofrendó su vida en testimonio de Cristo, intercambiándola por un padre de familia que iba a ser fusilado por los nazis. Estos aceptaron la propuesta del Padre Maximiliano, de morir él en lugar del padre de familia y fue así que fue conducido a una celda en donde se lo dejó morir de hambre junto con otros diez prisioneros. Todos murieron menos él, por lo que los nazis, que necesitaban la celda para nuevos prisioneros, pusieron fin a la vida de San Maximiliano Kolbe inyectándole cianuro. Era la víspera de la Asunción de la Virgen, el 14 de agosto de 1941.

         Mensaje de santidad.

Además de su gran amor a la Virgen, particularmente bajo la advocación de la Inmaculada Concepción y el deseo ardiente de que la Madre de Dios fuera conocida por la mayor cantidad de gente posible, podemos decir que el legado de santidad de San Maximiliano consta de dos coronas: la de la pureza y la del martirio. En efecto, cuando era niño tuvo un sueño en el cual la Virgen María le ofrecía dos coronas, si él permanecía fiel a la devoción mariana. Eran dos coronas, una corona blanca y otra roja: la blanca simbolizaba la virtud de la pureza, mientras que la roja, el martirio. El santo vivió a la perfección la doble pureza necesaria para el Reino de los cielos, la pureza del cuerpo y la pureza del alma, es decir, la castidad perfecta y la fe perfecta, sin contaminaciones con herejías y también mereció la corona del martirio porque, imitando a Cristo, que en la Cruz se ofreció como Víctima Inocente por nuestra salvación, San Maximiliano Kolbe, participando de la Pasión del Señor, se ofreció en intercambio para salvar la vida de un padre de familia. En su día, le pedimos a San Maximiliano Kolbe que intereceda para que, a imitación suya, amemos hasta el extremo a la Madre de Dios y a su Hijo Jesucristo.

sábado, 29 de junio de 2019

Solemnidad de los Santos Pedro y Pablo



(Ciclo C – 2019)

Los dos Apóstoles, San Pedro y San Pablo, tienen muchos elementos disímeles entre sí: por ejemplo, Pedro predica preferentemente a los  hebreos, mientras que Pablo a los gentiles y también sus tipos de prédica  oratoria son distintas, porque sus personalidades y capacidades eran distintas entre sí. Sin embargo, hay algo que estos dos Apóstoles tienen en común y es el martirio, es decir, el dar la vida en testimonio de Jesucristo. Ésa es la razón por la cual el color litúrgico en esta solemnidad es el rojo, para traer al recuerdo la sangre por ellos derramada al dar testimonio de Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios.
El martirio, elemento común en la vida de los Apóstoles Pedro y Pablo, es una gracia y en cuanto tal, debe ser concedida por el Cielo: esto implica también que quien se arriesga a morir martirialmente, sin haber recibido la gracia, está cometiendo una temeridad. El martirio se caracteriza por ser el máximo testimonio que un alma pueda dar acerca de Jesucristo. ¿Cuál es la razón que hace que el martirio sea el máximo testimonio de Jesús, el Hombre-Dios? Lo que le da esta característica es que el martirio implica la entrega de la vida.
Es decir, por fuera del martirio, el alma puede hacer muchos actos de amor a Dios –por ejemplo, oración, obras de misericordia- y estos actos, necesariamente, estarán divididos y separados uno del otro por el tiempo; en el martirio, por el contrario, todos los actos de amor a Dios se entregan de una vez y forma simultánea, a lo que se le suman el don de la vida propia y el hacerlo en nombre de Cristo.
Al recordar a los santos Apóstoles Pedro y Pablo, les pidamos que intercedan por nosotros para que, si no recibimos la gracia del martirio cruento, seamos al menos capaces de vivir la fe cotidiana de modo heroico, hasta el martirio.


lunes, 9 de julio de 2018

San Pelayo, mártir de la castidad del cuerpo y la pureza de la fe


Martirio de San Pelayo
(Juan Soreda)
         Vida de santidad[1].

         Por alguna de esas “misteriosas casualidades” la celebración de las fiestas del “orgullo gay” suele coincidir con el santo que celebramos hoy, San Pelayo de Córdoba. En el martirio de San Pelayo confluyen, ya hace más de 1.000 años, la resistencia ante el invasor musulmán, que ofrece el reino a cambio de renunciar a Cristo, y la locura de la atracción homosexual de un varón adulto hacia un niño.
¿Quién fue San Pelayo?
San Pelayo de Córdoba nació en Galicia en el siglo X y era sobrino del obispo Hermogio de Tuy, que fue hecho prisionero en la batalla de Val de Junquera entre los reyes cristianos y Abderramán III en el año 920. Pelayo acabó siendo prisionero del rey musulmán al cambiarse por su tío, que quedó en libertad. Durante tres años y medio, Pelayo permaneció como prisionero de Abderramán III. Sus compañeros de cautiverio cuentan que su comportamiento era “casto, sobrio, apacible, prudente, atento a orar, asiduo a su lectura”. Solía discutir también con los musulmanes sobre temas religiosos y pudo vivir en paz en prisión hasta que Abderramán III se encaprichó de él. Durante un banquete, Abderramán III prometió concederle todos los honores si apostataba y se convertía en uno de sus mancebos. Las crónicas narran la conversación que tuvo lugar en ese momento de esta manera:
“Abderramán le dijo sin titubeos:  -“Niño, te elevaré a los honores de un alto cargo, si quieres negar a Cristo y afirmar que nuestro profeta es auténtico. ¿No ves cuántos reinos tengo? Además te daré una gran cantidad de oro y plata, los mejores vestidos y adornos que precises. Recibirás, si aceptas, el que tú eligieres entre estos jovencitos, a fin de que te sirva a tu gusto, según tus principios. Y encima te ofreceré pandillas para habitar con ellas, caballos para montar, placeres para disfrutar. Por otra parte, sacaré también de la cárcel a cuantos desees, e incluso otorgaré honores inconmensurables a tus padres si tú quieres que estén en este país”.
Pelayo respondió decidido: –“Lo que prometes, emir, nada vale, y no negaré a Cristo; soy cristiano, lo he sido y lo seré, pues todo eso tiene fin y pasa a su tiempo; en cambio, Cristo, al que adoro, no puede tener fin, ya que tampoco tiene principio alguno, dado que Él personalmente es el que con el Padre y el Espíritu Santo permanece como único Dios, quien nos hizo de la nada y con su poder omnipotente nos conserva”.
Abderramán III no obstante, más enardecido, pretendió cierto acercamiento físico, tocándole el borde de la túnica, a lo que Pelayo reaccionó airado:–“Retírate, perro, dice Pelayo. ¿Es que piensas que soy como los tuyos, un afeminado?, y al punto desgarró las ropas que llevaba vestidas y se hizo fuerte en la palestra, prefiriendo morir honrosamente por Cristo a vivir de modo vergonzoso con el diablo y mancillarse con los vicios”.
Abderramán III no perdió por ello las esperanzas de seducir al niño y ordenó a los jovencitos de su corte que lo adularan, a ver, si, apostatando se rendía a tantas grandezas prometidas. Pero él se mantuvo firme y permaneció sin temor proclamando que sólo existe Cristo y afirmando que por siempre obedecería sus mandatos.
Abderramán ordenó entonces que lo torturaran y despedazaran, y echaran los pedazos al río.
Era el 26 de junio del 963.

         Mensaje de santidad.

San Pelayo tiene el gran privilegio de haber dado su vida defendiendo su fe en Cristo, además de la pureza del cuerpo precisamente por la fe en Cristo. No se concibe la pureza de la fe, que es el amor casto a la Verdad Pura de Dios que es Jesucristo, sin la pureza del cuerpo, que es el amor casto corporal que se abstiene de amores y placeres carnales por amor a Jesucristo, la Verdad Encarnada. San Pelayo murió dando testimonio por ambas purezas y es por eso que hoy está no solo en los altares, sino en el cielo, al resistir la tentación de abandonara la fe para corromper su alma sirviendo a un falso dios, Alá, y por no ceder a las propuestas inmorales y lascivas de un hombre abandonado a sus pasiones, el jeque musulmán. San Pelayo es ejemplo actualísimo no solo para los jóvenes de hoy, sino para los católicos de todos los tiempos, sobre todo los que, desde hace tiempo, han abandonado el ideal de santidad de la pureza y castidad sobrenaturales del cuerpo y del alma.



[1] Para la Vida de santidad, el párrafo está tomado en su totalidad de Gabriel Ariza Rossy, cit. http://religionlavozlibre.blogspot.com/2018/07/el-orgullo-gay-san-pelayo-y-el-emir.html

jueves, 7 de diciembre de 2017

Las lecciones del martirio de Santa Lucía


         El martirio de Santa Lucía nos deja numerosas lecciones para nuestra vida espiritual. Veremos de qué manera.
         Si bien no está documentado en las Actas, sin embargo, Santa Lucía aparece en las imágenes, retratada con sus ojos en una bandeja de oro y la razón es que “antiguas tradiciones narraban que a ella le habían sacado los ojos por proclamar su fe en Jesucristo”[1]. Esto nos enseña que, con tal de mantener la fe en Jesucristo, no importa nuestro cuerpo terreno y que nuestras miradas deben ser puras, como las miradas de la Virgen y de Jesús.
         Lo primero que se destaca es el tormento psicológico al que es sometida la santa, por medio de amenazas de muerte, dirigidas a que Santa Lucía apostate de su fe, es decir, renuncie a la fe en Jesucristo. La respuesta de la santa es firme y determinada: “Es inútil que insista. Jamás podrá apartarme del amor de mi Señor Jesucristo”. Quien ama a Jesucristo con el Amor mismo de Dios, no con un amor humano, lo ama más allá de esta vida terrena y está dispuesto a entregar esta vida terrena, con tal de permanecer en el Amor de Cristo. Se cumplen así las palabras del Señor: “Si alguien me ama, mi Padre y Yo moraremos en él”.
         Luego la amenaza con torturas físicas, las cuales suelen ser siempre muy crueles: el juez le preguntó: “Y si la sometemos a torturas, será capaz de resistir?”. Santa Lucía respondió: “Sí, porque los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. La Santa nos da las etapas de la vida espiritual: creer en Cristo, llevar una vida pura por amor a Él y en consecuencia, poseer el Espíritu Santo que, por la gracia santificante, inhabita en el alma del justo, siendo el Espíritu Santo el que da al alma del mártir “fuerza, inteligencia y valor”. Sólo por la Presencia del Espíritu Santo en el alma del mártir, es que se explica que los mártires puedan soportar torturas inhumanas, además de mantener la calma, la serenidad e incluso alegría, y responder con sabiduría celestial.
Ante el fracaso de la tortura psicológica, el juez la amenazó con hacerla llevar a un lugar en donde sería inducida a la corrupción y a la impureza corporal, pero Santa Lucía le respondió: “Aunque el cuerpo sea irrespetado, el alma no se mancha si no acepta ni consiente el mal”. Así, nos deja la enseñanza entre tentación, que no es pecado, y tentación consentida, que sí es pecado. Si no se consiente a la tentación, no hay pecado. Otra lección, es que la impureza corporal es despreciada por Santa Lucía, porque considera su cuerpo como “templo del Espíritu Santo”, destinado a servir de morada a la Santísima Trinidad, mientras que su corazón está destinado a ser altar en donde Jesús Eucaristía sea amado y adorado.
Al intentar llevarla a esta casa de perdición, los soldados trataron de moverla, pero no pudieron moverla, quedándose la santa inmóvil en el sitio donde estaba. Esto nos enseña cuán firme debe ser nuestra fe en Jesucristo, al punto de no ceder ante la presión del mundo.
Finalmente, la decapitaron, permaneciendo sin embargo todavía unida su cabeza al tronco, por lo que podía hablar suavemente; hasta su muerte, continuaba evangelizando y llamando a la conversión de los corazones a Cristo. Esto nos enseña cuán vanas son nuestras conversaciones y cómo debemos, como dice la Escritura, “predicara a tiempo y a destiempo”, no tanto con palabras, sino con ejemplo de vida, como Santa Lucía en su martirio.



[1] http://www.ewtn.com/spanish/saints/luc%C3%ADa.htm

martes, 25 de abril de 2017

San Jorge


Vida de santidad.

Nacido en Lydda, Palestina, la tierra de Jesús, era hijo de un agricultor –aunque algunos afirman que su padre, que se llamaba Geroncio, era oficial del ejército romano—muy estimado[1]; su madre, de nombre Policromía, lo educó en la fe cristiana[2]. Poco después de cumplir la mayoría de edad se enroló en el ejército y debido a su carisma, Jorge no tardó en ascender y, antes de cumplir los 30 años fue nombrado capitán, siendo entonces destinado a Nicomedia como guardia personal del emperador Diocleciano (284-305) [3]. Falleció a principios del IV, probablemente en la ciudad de Lydda, la actual Lod de Israel. Está atestiguado que murió mártir: San Jorge fue decapitado por profesar el cristianismo hacia el año 303. El martirio fue ordenado por el propio Diocleciano, después de que San Jorge le recriminara la cruenta persecución de los cristianos que el emperador había iniciado ese mismo año[4].

Mensaje de santidad.

La iconografía de San Jorge lo representa, casi exclusivamente, en su lucha contra un dragón, y esto en detrimento de su condición de mártir, puesto que las representaciones en cuanto tal son muy escasas. ¿Qué significado tiene la imagen de San Jorge con el dragón? ¿Se trata de un hecho real, o de una alegoría que remite a una realidad sobrenatural? La respuesta más probable es la segunda, es decir, que sea una alegoría, lo cual no significa que sea un relato imaginario, sino una representación sensible de una realidad invisible, sobrenatural.
Si se tratara de un suceso real, lo cual es poco probable, podría decirse que el dragón sería, en realidad, un caimán de grandes proporciones, pero siempre un caimán, es decir, una creatura animal; otros afirman que se trataría de un tiburón, también de gran tamaño. En todo caso, este animal gigantesco tenía aterrorizada a una población de Libia, exigiendo dos corderos diarios para alimentarse, lo cual debía ser satisfecho por la población, puesto que el animal emanaba un hedor insoportable, al tiempo que, por la escasa higiene de su cuerpo, contaminaba el terreno a su paso. Luego de que los habitantes del poblado se quedaran sin animales para calmar a la bestia, decidieron que se entregaría una persona viva, la cual sería elegida por sorteo, tocándole en suerte a la hija del rey[5]. Es aquí en donde interviene San Jorge quien, arremetiendo a la carrera con su lanza, atravesó al animal de lado a lado, dándole muerte. Al enterarse del hecho, los vecinos, llenos de admiración, agradecieron a San Jorge quien, aprovechando la ocasión –como dice la Escritura: “Predica a tiempo y a destiempo”-, les predicó acerca de Jesucristo, haciendo que muchos de ellos se hicieran cristianos.
La otra posibilidad es que la iconografía se refiera a un hecho real pero sobrenatural, representado por símbolos e imágenes, es decir, que se trate de una alegoría. En este caso, los distintos elementos de la imagen, darían lugar a distintas realidades sobrenaturales y preternaturales (relativas al mundo de los ángeles). Así, el caballo blanco sería representación de la Iglesia que, en cuanto Esposa de Cristo, es inmaculada y pura, por la gracia del Espíritu Santo que inhabita en sus miembros y que brota de su Cabeza, Jesucristo; el dragón, sería el Demonio, el Ángel caído, que es nombrado como “dragón” en las Escrituras; también representaría aquello detrás de lo cual se oculta el Demonio, esto es, el paganismo y la idolatría[6] –en nuestros días, el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, y tantos otros ídolos demoníacos-, lo cual implica la brujería, la magia, la superstición –cinta roja, cruzar los dedos, etc.-, los adivinos, el ocultismo, y muchos otros trucos del Demonio; la hija del rey a punto de ser sacrificada al Dragón, puede significar, con su inocencia, juventud y hermosura, el alma en gracia, que es hija adoptiva de Dios y que por la gracia participa de la eterna juventud de Dios, de su inocencia y de su hermosura; el sacrificio de la hija del rey, significa la entrega de la juventud, por parte de la sociedad sin Dios, al Demonio, mediante la ofrenda de los jóvenes a los ídolos demoníacos de la sociedad materialista y atea: la droga, el dinero, la sensualidad, la fama, el poder; San Jorge, que atraviesa con su lanza la garganta del Dragón dándole muerte, representa al mismo santo que, con su prédica y participando de la fuerza celestial de Jesucristo, da muerte al Dragón y salva a la princesa, es decir, impide que el Demonio se apodere de las almas de los jóvenes, cuyas almas, por el bautismo, pertenecen a Jesucristo, y si no son bautizadas, pertenecen a Dios, por ser creaturas suyas creadas a su imagen y semejanza; también representaría la victoria del cristianismo sobre el paganismo, es decir, sobre la brujería, la wicca, la hechicería, el satanismo, propios de la Nueva Era; por último, la lanza de San Jorge, representaría las armas espirituales con las que el santo arrebata las almas al Demonio: el Santo Rosario, la Misa, la gracia santificante de los sacramentos.
En cuanto a su muerte, sucedió de la siguiente manera: en el año 303, el emperador Diocleciano emitió un edicto mediante el cual todos tenían que adorar ídolos o dioses falsos; además, se prohibía adorar a Jesucristo y se autorizaba la persecución de los cristianos por todo el imperio, persecución que continuó luego con Galerio (305-311). Jorge, que recibió órdenes de participar, confesó que él también era cristiano, que nunca dejaría de adorar a Cristo y que jamás adoraría a los ídolos paganos del imperio. Una vez conocida la decisión de San Jorge, Diocleciano ordenó que lo torturaran a fin de lograr su apostasía, pero debido a que no pudieron hacerlo renegar de la fe en Jesús, el emperador lo mandó matar por decapitación. Al enterarse de su condena a muerte, San Jorge se alegró enormemente, pues aquello que había deseado desde el momento de su conversión, el encuentro cara a cara con Jesucristo en el Reino de los cielos, estaba al fin por cumplirse éxito. De paso para el sitio del martirio lo llevaron al templo de los ídolos para ver si los adoraba, pero en su presencia varias de esas estatuas cayeron derribadas por el suelo y se despedazaron. Por ello se ordenó su ejecución y fue decapitado frente a las murallas de Nicomedia el 23 de abril de 303.
Mientras lo azotaban, meditaba en los azotes recibidos por Jesús en su lugar y, en acción de gracias, no se quejaba ni siquiera mínimamente. Al verlo sufrir por Cristo, muchos exclamaban: “ss valiente. En verdad que vale la pena ser seguidor de Cristo”. En el camino a la ejecución, recitaba las palabras de Jesús antes de morir: “Señor, en tus manos encomiendo mi alma”, lo cual nos da una idea del alto grado de mística participación de San Jorge en la Pasión del Señor.
La vida de santidad y su muerte martirial, constituyen un modelo invalorable para nuestros días, en los que el Demonio, escondido en las sectas multicolores de la Nueva Era, tiende trampas de todo tipo a la juventud. Al recordarlo en su día, debemos implorar su intercesión ante el Rey de los mártires, Jesucristo, para que envíe a su Iglesia grandes santos que, como San Jorge, enfrenten al Ángel caído con las armas espirituales de la Iglesia y así pongan a salvo a los hijos adoptivos de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica.



[1] https://www.aciprensa.com/recursos/san-jorge-4548/
[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_de_Capadocia
[3] http://www.santopedia.com/santos/san-jorge
[4] http://www.biografiasyvidas.com/biografia/j/jorge_san.htm
[5] https://www.aciprensa.com/recursos/san-jorge-4548/
[6] https://es.wikipedia.org/wiki/Jorge_de_Capadocia

jueves, 23 de febrero de 2017

San Policarpo


Vida de santidad[1].

San Policarpo, discípulo de los apóstoles y obispo de Esmirna, huésped de Ignacio de Antioquía, fue a Roma para tratar con el papa Aniceto la cuestión de la Pascua. Sufrió el martirio hacia el año 155, siendo quemado en el estadio de la ciudad[2].
Fue el más conocido entre los obispos de la Iglesia primitiva a quienes se les da el nombre de “Padres Apostólicos”, por haber sido discípulos de los Apóstoles y directamente instruidos por ellos. Policarpo fue discípulo de San Juan Evangelista, y entre sus muchos discípulos y seguidores se encontraban San Ireneo y Papías. Cuando Florino, que había visitado con frecuencia a San Policarpo, empezó a profesar ciertas herejías, San Ireneo le escribió: “Esto no era lo que enseñaban los obispos, nuestros predecesores. Yo te puedo mostrar el sitio en el que el bienaventurado Policarpo acostumbraba a sentarse a predicar. Todavía recuerdo la gravedad de su porte, la santidad de su persona, la majestad de su rostro y de sus movimientos, así como sus santas exhortaciones al pueblo. Todavía me parece oírle contar cómo había conversado con Juan y con muchos otros que vieron a Jesucristo, y repetir las palabras que había oído de ellos. Pues bien, puedo jurar ante Dios que si el santo obispo hubiese oído tus errores, se habría tapado las orejas y habría exclamado, según su costumbre: “¡Dios mío!, ¿por qué me has hecho vivir hasta hoy para oír semejantes cosas?” Y al punto habría huido del sitio en que se predicaba tal doctrina”[3].
En efecto, Policarpo, iluminado por el Espíritu Santo, que concede la gracia de contemplar la Verdad y de rechazar el error, no admitía, de ninguna manera, la herejía. Según la tradición, una vez se encontró San Policarpo con el hereje Marción en las calles de Roma y este, al ver que el santo no lo saludaba, lo increpó diciéndole: “¿Qué, no me-conoces?” “Sí, -le respondió Policarpo-, sé que eres el primogénito de Satanás”. El santo obispo había heredado este aborrecimiento hacia las herejías de su maestro San Juan, quien salió huyendo de los baños, al ver a Cerinto. Ellos comprendían el gran daño que hace la herejía[4].
San Policarpo besó las cadenas de San Ignacio, cuando éste pasó por Esmirna, camino del martirio, e Ignacio a su vez, le recomendó que velara por su lejana Iglesia de Antioquía y le pidió que escribiera en su nombre a las Iglesias de Asia, a las que él no había podido escribir. San Policarpo escribió poco después a los Filipenses una carta que se conserva todavía, la cual en tiempos de San Jerónimo se leía públicamente en las iglesias, mereciendo toda admiración por la excelencia de sus consejos y la claridad de su estilo. Policarpo emprendió un viaje a Roma para aclarar ciertos puntos con el Papa San Aniceto, especialmente la cuestión de la fecha de la Pascua, porque las Iglesias de Asia diferían de las otras en este particular. Como Aniceto no pudiese convencer a Policarpo ni éste a aquél, convinieron en que ambos conservarían sus propias costumbres y permanecerían unidos por la caridad. Para mostrar su respeto por San Policarpo, Aniceto le pidió que celebrara la Eucaristía en su Iglesia. A esto se reduce todo lo que sabemos sobre San Policarpo, antes de su martirio[5].

         Mensaje de santidad.

         El mensaje de santidad de San Policarpo, además de toda su vida de gracia, radica en el martirio que sufrió, dando admirable testimonio de Nuestro Señor Jesucristo. Por la sabiduría celestial de sus respuestas a sus verdugos, que lo instaban a apostatar, y por los maravillosos prodigios que se sucedieron en su muerte, se puede decir que en San Policarpo -en su vida, pero sobre todo, en su martirio-, se cumplen las siguientes palabras de la Escritura: “Queridos hermanos: Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo. Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros: porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros” (1 Pe 4, 13-14).
Su martirio es narrado de la siguiente manera, por Butler[6]; nuestro comentario irá en cursiva: “El año sexto de Marco Aurelio, según la narración de Eusebio, estalló una grave persecución en Asia, en la que los cristianos dieron pruebas de un valor heroico. Germánico, quien había sido llevado a Esmirna con otros once o doce cristianos se señaló entre todos, y animó a los pusilánimes a soportar el Martirio. En el anfiteatro, el procónsul le exhortó a no entregarse a la muerte en plena juventud, cuando la vida tenía tantas cosas que ofrecerle, pero Germánico provocó a las fieras para que le arrebataran cuanto antes la vida perecedera. Pero también hubo cobardes: un frigio, llamado Quinto, consintió en hacer sacrificios a los dioses antes que morir. La multitud no se saciaba de la sangre derramada y gritaba: “¡Mueran los enemigos de los dioses! ¡Muera Policarpo!”. Los amigos del santo le habían persuadido que se escondiera, durante la persecución, en un pueblo vecino. Tres días antes de su martirio tuvo una visión en la que aparecía su almohada envuelta en llamas; esto fue para él una señal de que moriría quemado vivo como lo predijo a sus compañeros. Cuando los perseguidores fueron a buscarle, cambió de refugio, pero un esclavo, a quien habían amenazado si no le delataba, acabó por entregarle.
Los autores de la carta de la que tomamos estos datos, condenan justamente la presunción de los que se ofrecían espontáneamente al martirio y explican que el martirio de San Policarpo fue realmente evangélico, porque el santo no se entregó, sino que esperó a que le arrestaran los perseguidores, siguiendo el ejemplo de Cristo. El testimonio es importante, porque si bien la apostasía es “martirio por defecto”, si podemos decir así, la temeridad es “martirio por exceso”; ninguna de las dos opciones es evangélica, por lo que si San Policarpo se hubiera entregado espontáneamente al martirio, habría pecado por temeridad, lo cual, evidentemente, no hizo.
Herodes, el jefe de la policía, mandó por la noche a un piquete de caballería a que rodeara la casa en que estaba escondido Policarpo; éste se hallaba en la cama, y rehusó escapar, diciendo: “Hágase la voluntad de Dios”. Esto confirma lo que afirmábamos recién, acerca del verdadero martirio de Policarpo, pues ni huyó –apostasía- ni tampoco se entregó espontáneamente –temeridad-.
Descendió, pues, hasta la puerta, ofreció de cenar a los soldados y les pidió únicamente que le dejasen orar unos momentos. Habiéndosele concedido esta gracia, Policarpo oró de pie durante dos horas, por sus propios cristianos y por toda la Iglesia. Hizo esto con tal devoción, que algunos de los que habían venido a aprehenderle se arrepintieron de haberlo hecho. Montado en un asno fue conducido a la ciudad. Imita en todo a Nuestro Señor Jesucristo: como Él, que oró en el Huerto antes de ser entregado, también Policarpo ora antes de ser entregado a las autoridades; como Nuestro Señor, que entró en Jerusalén el Domingo de Ramos montado en un asno, también Policarpo al iniciar su martirio. Pero no es mera imitación exterior, sino verdadera participación mística y sobrenatural, a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
En el camino se cruzó con Herodes y el padre de éste, Nicetas, quienes le hicieron venir a su carruaje y trataron de persuadirle de que no “exagerase” su cristianismo: “¿Qué mal hay -le decían- en decir Señor al César, o en ofrecer un poco de incienso para escapar a la muerte?”. Hay que notar que la palabra “Señor” implicaba en aquellas circunstancias el reconocimiento de la divinidad del César. El obispo permaneció callado al principio; pero, como sus interlocutores le instaran a hablar, respondió firmemente: “Estoy decidido a no hacer lo que me aconsejáis”. Al oír esto, Herodes y Nicetas le arrojaron del carruaje con tal violencia, que se fracturó una pierna. Es admirable el testimonio en favor de Nuestro Señor Jesucristo, como el Único Dios y Señor al que hay que servir y adorar, y su rechazo absoluto a reconocer a un falso dios como el César. Su testimonio es tanto más válido hoy, cuando las multitudes de cristianos, sin necesidad de tirano alguno que las obligue a apostatar de Jesucristo y a adorar a los ídolos, se entregan por sí mismas a estos modernos ídolos neo-paganos y luciferinos –Gauchito Gil, Difunta Correa, San La Muerte, el dinero, el placer, entre muchos otros más-, postrándose ante ellos y abandonando al Dios de la Eucaristía, Jesús, en el sagrario.
El santo se arrastró calladamente hasta el sitio en que se hallaba reunido el pueblo. A la llegada de Policarpo, muchos oyeron una voz que decía: “Sé fuerte, Policarpo, y muestra que eres hombre”. El procónsul le exhortó a tener compasión de su avanzada edad, a jurar por el César y a gritar: “¡Mueran los enemigos de los dioses!”. El santo, volviéndose hacia la multitud de paganos reunida en el estadio, gritó: “¡Mueran los enemigos de Dios!”. El procónsul repitió: “Jura por el César y te dejaré libre; reniega de Cristo”. “Durante ochenta y seis años he servido a Cristo, y nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo quieres que reniegue de mi Dios y Salvador? Si lo que deseas es que jure por el César, he aquí mi respuesta: Soy cristiano. Y si quieres saber lo que significa ser cristiano, dame tiempo y escúchame”. El procónsul dijo: “Convence al pueblo”. El mártir replicó: “Me estoy dirigiendo a ti, porque mi religión enseña a respetar a las autoridades si ese respeto no quebranta la ley de Dios. Pero esta muchedumbre no es capaz de oír mi defensa”. En efecto, la rabia que consumía a la multitud le impedía prestar oídos al santo. Al dar testimonio del Hombre-Dios, Policarpo da testimonio también del verdadero hombre, el Nuevo Ser Humano, aquel que es regenerado por la gracia santificante y convertido en hijo adoptivo de Dios y en respuesta a la voz que le dijo que “mostrara que era hombre”, San Policarpo, con la valentía del León de Judá, Jesucristo, desafía a la multitud, pero no por sí mismo, sino para defender el honor de Dios Trino, ultrajado por el gentío que ensalza a los falsos dioses. Reconoce a Jesucristo como el Dios al que ha servido durante toda su vida –ochenta y seis años- y el cual “nunca le hizo daño”, por lo que no ve razón para renegar de Él. La multitud, enardecida, muestra que el necio se aturde con sus propios palabreríos y griteríos inútiles, los cuales impiden escuchar la voz de Dios, que está “en la suave brisa”, es decir, en el silencio interior. Por esta razón, San Policarpo no puede convencer a la multitud, situación que se repite en nuestros días, al ver cómo las multitudes acuden a los estadios de fútbol el Domingo, Día del Señor, para gritar enfervorizados y rendirle loas y pleitesía al dios pagano del fútbol, en vez de acudir a la Santa Misa Dominical, para recibir en la Eucaristía a su Dios y Señor, Jesucristo, y adorarlo en sus corazones.
El procónsul le amenazó: “Tengo fieras salvajes”. “Hazlas venir -respondió Policarpo-, porque estoy absolutamente resuelto a no convertirme del bien al mal, pues sólo es justo convertirse del mal al bien”. El procónsul replicó: “Puesto que desprecias a las fieras te mandaré quemar vivo”. Policarpo le dijo: “Me amenazas con fuego que dura un momento y después se extingue; eso demuestra ignoras el juicio que nos espera y qué clase de fuego inextinguible aguarda a los malvados. ¿Qué esperas? Dicta la sentencia que quieras”. Impresionante testimonio del destino de dolor eterno en el Infierno, que le espera a los que voluntariamente permanecen en la malicia de sus corazones. San Policarpo advierte acerca del fuego del Infierno, un “fuego inextinguible” destinado a los “malvados”, a los que niegan a Dios y su Cristo; un fuego terrible que hace arder al cuerpo y al espíritu del condenado, y frente a cuya ferocidad, el fuego de la tierra es poco más que un soplo.
Durante estos discursos, el rostro del santo reflejaba tal gozo y confianza y actitud tenía tal gracia, que el mismo procónsul se sintió impresionado. Sin embargo, ordenó que un heraldo gritara tres veces desde el centro del estadio: “Policarpo se ha confesado cristiano”. Al oír esto, la multitud exclamó: “¡Este es el maestro de Asia, el padre de los cristianos, el enemigo de nuestros dioses que enseña al pueblo a no sacrificarles ni adorarles!”. Como la multitud pidiera al procónsul que condenara a Policarpo a los leones, aquél respondió que no podía hacerlo, porque los juegos habían sido ya clausurados. Entonces gentiles y judíos pidieron que Policarpo fuera quemado vivo. El rostro luminoso del santo y la sabiduría celestial de sus palabras, son una muestra de la inhabitación del Espíritu Santo en él, y el fuego material con el que los paganos y herejes pretenden quemar su cuerpo para darle el muerte, es imagen del Fuego de Amor, el Espíritu Santo, con el que Dios hace arder el corazón de San Policarpo, dándole el Amor y la Vida de Dios a su alma.
En cuanto el procónsul accedió a su petición, todos se precipitaron a traer leña de los hornos, de los baños y de los talleres. Al ver la hoguera prendida, Policarpo se quitó los vestidos y las sandalias, cosa que no había hecho antes porque los fieles se disputaban el privilegio de tocarle. Los verdugos querían atarle, pero él les dijo: “Permitidme morir así. Aquél que me da su gracia para soportar el fuego me la dará también para soportarlo inmóvil”. Si no fuera por la Presencia del Espíritu Santo en su alma, nunca habría podido soportar el fuego material con el que quemaron su cuerpo; las palabras de San Policarpo, son una vez más, testimonio de que es el Espíritu Santo el que da fortaleza y sabiduría a los mártires, y que también habla a través de ellos, por lo que las palabras de los mártires bien puede decirse que están inspiradas por Dios.
Los verdugos se contentaron pues, con atarle las manos a la espalda. Alzando los ojos al cielo, Policarpo hizo la siguiente oración: “¡Señor Dios Todopoderoso, Padre de tu amado y bienaventurado Hijo, Jesucristo, por quien hemos venido en conocimiento de Ti, Dios de los ángeles, de todas las fuerzas de la creación y de toda la familia de los justos que viven en tu presencia! ¡Yo te bendigo porque te has complacido en hacerme vivir estos momentos en que voy a ocupar un sitio entre tus mártires y a participar del cáliz de tu Cristo, antes de resucitar en alma y cuerpo para siempre en la inmortalidad del Espíritu Santo! ¡Concédeme que sea yo recibido hoy entre tus mártires, y que el sacrificio que me has preparado Tú, Dios fiel y verdadero, te sea laudable! ¡Yo te alabo y te bendigo y te glorifico por todo ello, por medio del Sacerdote Eterno, Jesucristo, tu amado Hijo, con quien a Ti y al Espíritu sea dada toda gloria ahora y siempre! ¡Amén!”. Hermosísima oración de adoración, de alabanzas, de acción de gracias, a Dios Trino, además de ser una profesión de fe en la bienaventuranza eterna, prometida para aquellos que den sus vidas en testimonio del Cordero de Dios, Cristo Jesús. Otro aspecto que se destaca en esta bellísima oración, es no solo la serenidad, la alegría y el gozo, en los instantes previos a la muerte, lo cual es signo de la Presencia de Dios en el alma, porque si no fuera así, estaría desesperado, sino además la acción de gracias por el don del martirio, concedido por Dios solo a los elegidos.
No bien había acabado de decir la última palabra, cuando la hoguera fue encendida. “Pero he aquí que entonces aconteció un milagro ante nosotros, que fuimos preservados para dar testimonio de ello -escriben los autores de esta carta-: las llamas, encorvándose como las velas de un navío empujadas por el viento, rodearon suavemente el cuerpo del mártir, que entre ellas parecía no tanto un cuerpo devorado por el fuego, cuanto un pan o un metal precioso en el horno; y un olor como de incienso perfumó el ambiente”. Los verdugos, recibieron la orden de atravesar a Policarpo con una lanza; al hacerlo, brotó de su cuerpo una paloma y tal cantidad de sangre, que la hoguera se apagó[7]. El Fuego del Divino Amor, que ardía ya en el alma del santo, es el que domina al fuego material, mera creatura, para que, más que provocarle dolor, lo acariciara y convirtiera su cuerpo en figura de la Eucaristía, ya que el cuerpo del santo abrasado por el fuego parecía “pan” y la Eucaristía es el Pan Vivo bajado del cielo, cocido en el Fuego del Divino Amor; el Fuego del Divino Amor hace parecer también, al cuerpo del mártir, al “metal precioso en el horno”, lo cual se condice con la realidad, pues el santo es acrisolado en el fuego, como el oro, es decir, su amor es purificado por el Fuego de Amor que es el Espíritu Santo, para que su amor por Dios sea puro y santo como Dios, que es Amor Puro y Santo. El olor a incienso que perfumó el ambiente al morir San Policarpo, es signo de que toda su humanidad había sido convertida en oración agradable a Dios, que subía ahora, unida al sacrificio de Cristo, como incienso de agradable perfume, hasta el trono de su majestad en los cielos. La paloma que sale de su pecho atravesado por la lanza, junto con la sangre que apaga el fuego, es participación al lanzazo recibido por Jesucristo luego de morir: al atravesar su Corazón, la lanza abrió su Costado, del cual salió su Sangre, inhabitada por el Espíritu Santo, el cual, derramado por el Padre sobre la humanidad, apagara el fuego de las pasiones del hombre pecador.
Nicetas aconsejó al procónsul que no entregara el cuerpo a los cristianos, no fuera que estos, abandonando al Crucificado, adorasen a Policarpo. Los judíos habían sugerido esto a Nicetas, “sin saber -dicen los autores de la carta- que nosotros no podemos abandonar a Jesucristo ni adorar a nadie porque a Él le adoramos como Hijo de Dios, y a los mártires les amamos simplemente como discípulos e imitadores suyos, por el amor que muestran a su Rey y Maestro”. Viendo la discusión provocada por los judíos, el centurión redujo a cenizas el cuerpo del mártir. “Más tarde -explican los autores de la carta- recogimos nosotros los huesos, más preciosos que las más ricas joyas de oro, y los depositamos en un sitio donde Dios nos concedió reunirnos, gozosamente, para celebrar el nacimiento de este mártir”. Esto escribieron los discípulos y testigos. Policarpo recibió el premio de sus trabajos, a las dos de la tarde del 23 de febrero de 155, o 166, u otro año. Como muestra de la participación en la Pasión del Señor hasta lo último, también con el cuerpo del santo intentan los enemigos de Dios lo mismo que intentaron con el Cuerpo de Nuestro Señor, esto es, ocultarlo, además de inventar las mismas mentiras que inventaron con Nuestro Señor. Y si las reliquias del santo, que son sólo huesos, son “más preciosas que el oro”, ¡cuánto más la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo, que nos concede la participación en la vida divina de Dios Uno y Trino!




[1] http://www.corazones.org/santos/policarpo.htm
[2] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[3] Cfr. Butler, Vida de los Santos, 172-175. Existe una muy vasta literatura sobre San Policarpo y todo lo relacionado con él. Los principales puntos de discusión que pueden interesarnos son los siguientes: 1) la autenticidad de la carta que describe su martirio, escrita en nombre de la Iglesia de Esmirna: 2) la autenticidad de la carta de San Ignacio de Antioquía a San Policarpo; 3) la autenticidad de la carta de San Policarpo a los filipenses; 4) el valor de las informaciones que San Ireneo y otros autores primitivos nos dan sobre las relaciones de San Policarpo con el apóstol San Juan; 5) la fecha del martirio; 6) el valor de la Vida de Policarpo atribuida a Pionio. Por lo que toca a los cuatro primeros puntos, se puede decir que los especialistas sobre la Iglesia primitiva, se declaran casi unánimemente en favor de la tradición ortodoxa. Las conclusiones a las que llegaron tan laboriosamente, Lightfoot y Funk han sido finalmente aceptadas casi por unanimidad. Por consiguiente, dichos documentos pueden considerarse entre los más preciosos recuerdos que han llegado hasta nosotros sobre los primeros pasos en la vida de la Iglesia. Esos documentos que se encuentran reunidos en la obra inapreciable de Lightfoot, The Apostolic Fathers, Ignatius and Polycarp, 3 vols., y en la edición abreviada en un solo volumen de J. R. Harmer, The Apostolic Fathers (1891). En cuanto a la fecha del martirio, los escritores primitivos, basándose en la Crónica de Eusebio, aceptaban sin discusión que San Policarpo había muerto el año 166; pero los críticos actuales sitúan el martirio en los años 155 o 156. Ver, sin embargo, J. Chapman, quien en la Revue Bénédictine, vol. xix, pp. 145 ss., expone los motivos por los que prefiere el año 166; H. Grégoire, en Analecta Bollandiana, Vol. LXIX (1951), pp. 1-38, arguye largamente en favor del año 177.
[4] Cfr. Butler, ibidem.
[5] Cfr. Butler, ibidem.
[6] Cfr. Vida de los santos.
[7] De la Carta de la Iglesia de Esmirna sobre el martirio de san Policarpo, Cap. 13, 2--15, 2: Funk 1, 297-299.