San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 21 de junio de 2019

San Luis Gonzaga



         Estando San Luis Gonzaga en el noviciado, se desató una epidemia[1] en el año 1591, sobre toda la población de Roma. En algunos casos, la epidemia era mortal. San Luis, que era seminarista jesuita, se dedicaba a recorrer las calles para pedir víveres para los enfermos y luego se dedicó a curarlos él personalmente, además de prepararlos para la confesión, en el hospital que los jesuitas, por su cuenta, habían abierto  para atender a los enfermos graves y en el que todos los miembros de la orden, desde el padre general hasta los hermanos legos, prestaban servicios personales. Al estar en contacto con los enfermos, como era una enfermedad contagiosa, San Luis se contagió y contrajo la enfermedad. Luego de tres meses de estar enfermo con fiebre, San Luis se dio cuenta que estaba llegando la hora de partir de este mundo, por lo que se dedicó, con sus pocas fuerzas, a escribirle una carta a su madre, en la que la llama “ilustrísima señora” y en la que le dice que no llore su muerte, pues él va al cielo, en donde están todos vivos con Dios y en Dios.
Quienes asistieron a sus últimos momentos, narran que no apartaba su mirada de un pequeño crucifijo colgado ante su cama y que en todas las ocasiones en que le era posible, se levantaba del lecho, por la noche, para besar las llagas de Jesús crucificado y para besar una tras otra, las imágenes sagradas que guardaba en su habitación; también oraba mucho, arrodillado en el estrecho espacio entre la cama y la pared. Le preguntaba a su confesor, San Roberto Belarmino, si creía que algún hombre pudiese volar directamente, a la presencia de Dios, sin pasar por el Purgatorio; San Roberto le respondía afirmativamente y, como conocía bien el alma de Luis, le alentaba a tener esperanzas de que se le concediera esa gracia, esto es, la de pasar directamente de esta vida al cielo, sin pasar por el Purgatorio.
En una de aquellas ocasiones, el joven cayó en un arrobamiento que se prolongó durante toda la noche, y fue entonces cuando se le reveló que habría de morir en la octava del Corpus Christi. Durante todos los días siguientes, recitó el “Te Deum” como acción de gracias. Algunas veces se le oía repetir las palabras del Salmo 121, 1: “¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos a la Casa del Señor!”. En una de esas ocasiones, agregó: “¡Ya vamos con gusto, Señor, con mucho gusto!”. Le decía a Jesús que tenía muchas ganas de ir al cielo con Él. Al octavo día parecía estar tan mejorado, que el padre rector habló de enviarle a Frascati. Sin embargo, Luis afirmaba que iba a morir antes de que despuntara el alba del día siguiente y recibió de nuevo el viático. Al padre provincial, que llegó a visitarle, le dijo: “¡Ya nos vamos, padre; ya nos vamos...!”, “¿A dónde, Luis?”, le preguntó su superior y San Luis contestó: “¡Al Cielo!”.
Finalmente, San Luis Gonzaga murió a la edad de veintitrés años, con los ojos clavados en el crucifijo y el nombre de Jesús en sus labios a la medianoche, entre el 20 y el 21 de junio, repitiendo antes la misma oración de Jesús en la Cruz, antes de morir: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.
Fue canonizado en 1726; el Papa Benedicto XIII lo nombró protector de estudiantes jóvenes y el Papa Pío XI lo proclamó patrón de la juventud cristiana.
El mensaje de santidad de San Luis Gonzaga, además de su propia vida, está plasmado en la carta que le escribe a su madre, a la cual le dice así, entre otras cosas: “Alegraos, Dios me llama después de tan breve lucha. No lloréis como muerto al que vivirá en la vida del mismo Dios. Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias”. Es decir, San Luis sabía que estaba por morir, pero estaba contento porque sabía que iba a seguir viviendo en el cielo, con Dios y de Dios. En la carta demuestra que ama a Dios por encima de todas las cosas, que tiene un gran deseo del cielo, que conserva la pureza de su cuerpo y de su alma para ir directamente al cielo y además demuestra un gran amor a sus padres, sobre todo a su madre a la cual, como dijimos, no la llama por su nombre, sino que le da el título de “ilustrísima señora”. Así, San Luis Gonzaga nos enseña el amor a Dios y al cielo y a conservar la pureza del cuerpo y alma para estar siempre en gracia y en estado de ir al cielo; además, San Luis nos enseña el Cuarto Mandamiento, el amor a los padres luego del amor a Dios.

jueves, 21 de junio de 2018

San Luis Gonzaga, religioso



         Vida de santidad[1].

         Nació el año 1568 cerca de Mantua, en Lombardía, hijo de los príncipes de Castiglione. Su madre lo educó cristianamente y muy pronto dio indicios de su inclinación a la vida religiosa. Renunció a favor de su hermano al título de príncipe, que le correspondía por derecho de primogenitura, e ingresó en la Compañía de Jesús, en Roma. Cuidando enfermos en los hospitales, contrajo él mismo una enfermedad que lo llevó al sepulcro el año 1591.

         Mensaje de santidad.

         En la Liturgia de las Horas, tanto en Laudes como en Vísperas, la Iglesia dice así en la Memoria de San Luis Gonzaga: “Dios nuestro, fuente y origen de todos los dones celestiales, tú que uniste en San Luis Gonzaga una admirable pureza de vida con la práctica de la penitencia, concédenos, por sus méritos e intercesión, que los que no hemos podido imitarlo en la inocencia de su vida lo imitemos en su espíritu de penitencia. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén”[2].
         En estas dos virtudes, la inocencia y la penitencia, radican la santidad de San Luis Gonzaga, porque la inocencia de vida significa que San Luis Gonzaga vivió a imitación y participación del Acto de Ser trinitario, que es Purísimo y es la Inocencia Increada en sí misma; por la vida de penitencia, San Luis Gonzaga vivió en imitación y participación a la Pasión del Señor, el Cordero Inocente e Inmaculado, que hizo la máxima penitencia y mortificación entregando su Vida divina en holocausto por nuestros pecados.
         Como pide la Iglesia para nosotros, sus hijos pecadores, en el día de San Luiz Gonzaga, que si no podemos imitarlo en su inocencia de vida, al menos lo hagamos en su vida de penitencia, de oración, de humildad, para así también nosotros poder llegar un día, como él, al Reino de los cielos.


miércoles, 21 de junio de 2017

San Luis Gonzaga, Patrono de los jóvenes que desean vivir la pureza de alma y cuerpo


Vida de santidad.

Nació en Castiglione, Italia, en 1568, hijo del marqués de Gonzaga[1]. De pequeño aprendió las artes militares y el más exquisito trato social. Siendo niño y sin saber lo que decía, empezó a repetir palabras groseras que les había oído a los militares, hasta que su maestro lo corrigió. También un día por imprudencia juvenil hizo estallar un cañón con grave peligro de varios soldados. De estos dos pecados lloró y se arrepintió toda la vida.
San Luis estuvo como edecán en palacios de altos gobernantes, pero nunca fijó sus ojos en el rostro de las mujeres, librándose así de muchas tentaciones. Él era extraordinariamente amable y bien educado. Su director espiritual fue San Roberto Belarmino, el cual le aconsejó tres medios para llegar a ser santo: frecuente confesión y comunión; mucha devoción a la Santísima Virgen; leer vidas de Santos. Un día, ante una imagen de la Virgen en Florencia, hizo juramento de permanecer siempre puro, es decir, hizo “voto de castidad”. San Luis Gonzaga tuvo que hacer muchos sacrificios para poder mantenerse siempre puro, y por eso la Santa Iglesia Católica lo ha nombrado Patrono de los Jóvenes que quieren conservar la santa pureza. El repetía la frase de San Pablo: “Domino mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre, no sea que enseñando a otros a salvarse, me condene yo mismo”. Sufría mucho de mal de riñones y esta enfermedad lo obligaba a quedarse días enteros, quieto en su cama. Pero esta quietud le trajo un gran bien: le permitió dedicarse a leer las Vidas de Santos, y esto lo animó muchísimo a volverse mejor (a veces sentía remordimiento porque le parecía que deseaba demasiado irse al cielo). Una vez arrodillado ante la imagen de Nuestra Señora del Buen Consejo, le pareció que la Santísima Virgen le decía: “¡Debes entrar en la Compañía de mi Hijo!”. Con esto entendió que su vocación era entrar en la Comunidad Compañía de Jesús, o sea hacerse jesuita. Para ello, le pidió permiso a su padre, pero él no lo dejó. Y para que se quitara de la cabeza este pensamiento, lo llevó a grandes fiestas y a palacios y así olvidara su deseo de ser sacerdote. Después de varios meses le preguntó: “¿Todavía sigues deseando ser sacerdote?”, y el joven le respondió: “En eso pienso noche y día”. Ante esta respuesta, su padre permitió entrar en la Compañía de Jesús. Apenas el hijo se hizo religioso su padre empezó a volverse mucho más piadoso de lo que era antes y murió después santamente. Luis renunció a todas las grandes herencias que le correspondían con tal de poder hacerse religioso y santo. Un oficio muy importante que hizo San Luis durante su vida fue ir de ciudad en ciudad poniendo la paz entre familias que estaban peleadas. Cuando él era enviado a poner paz entre los enemistados, estos ante su gran santidad, aceptaban hacer las paces y no pelear más.
Cuando iba a hacer o decir algo importante se preguntaba: “¿De qué sirve esto para la eternidad?” y si no le servía para la eternidad, ni lo hacía ni lo decía. En el año 1581, cuando San Luis Gonzaga estaba ya para ser ordenado sacerdote, se desató una epidemia de tifus y San Luis se contagió mortalmente, al echarse sobre los hombros a un enfermo grave y tirado en la calle, para llevarlo al hospital.  A causa de este contagio, murió el 21 de junio de 1591, a la edad de sólo 23 años. San Luis fue avisado en sueños que moriría el viernes de la semana siguiente al Corpus, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y en ese día murió, mirando el crucifijo y diciendo “Que alegría cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor”. Su confesor San Roberto, que lo acompañó en la hora de la muerte, dice que Luis Gonzaga murió sin haber cometido ni un sólo pecado mortal en su vida. Santa Magdalena de Pazzi vio en un éxtasis o visión a San Luis en el cielo, y decía: “Yo nunca me había imaginado que Luis Gonzaga tuviera un grado tan alto de gloria en el paraíso”. Después de muerto se apareció a un jesuita enfermo, y lo curó y le recomendó que no se cansara nunca de propagar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. La oración que la Iglesia le dirige a Dios en la fiesta de este santo le dice: “Señor: ya que no pudimos imitar a San Luis en la inocencia, que por lo menos lo logremos imitar en la penitencia. Amén”.

Mensaje de santidad.

Algo que se destaca en San Luis Gonzaga, es la pureza corporal, y es la causa por la cual la Iglesia lo nombró “Patrono de los jóvenes que desean mantener la pureza”. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿por qué es tan importante la virtud de la pureza? Esta pregunta es todavía más urgente en nuestros tiempos, cuando vemos que, por la ideología de género, se pretende que no solo los jóvenes, sino los niños, desde la primera infancia, vivan un estilo de vida calificado por la Iglesia como “impuro”, lo cual significa pecaminoso y que, de ser vivido hasta el último día de la vida, impide la entrada en el Reino de los cielos. ¿Por qué tiene tanta importancia la pureza corporal, siendo esta virtud la más destacada en San Luis Gonzaga? Porque no se trata simplemente de una virtud y no se limita al cuerpo: la pureza corporal, se deriva de la pureza del alma, la cual a su vez, está concedida por la gracia santificante, que hace que el alma participe de la vida del Ser divino trinitario. Y el Ser divino trinitario es Puro e Inmaculado, y esa es la razón por la cual, quien es impuro de cuerpo, es impuro de alma –no ama a Dios Trino y se inclina ante los ídolos, por eso es impuro de alma y su fe es impura-, no está en gracia y no tiene en sí la vida de Dios Trino. Por otra parte, el cuerpo, por la gracia santificante, es convertido en “templo del Espíritu Santo” y el corazón, en altar y tabernáculo donde es adorado Jesús Eucaristía, todo lo cual no puede suceder si hay impureza corporal, es decir, profanación del cuerpo. La pureza del cuerpo, entonces, no se limita al cuerpo, sino que abarca la pureza y pulcritud de la fe, que lleva a que el alma, que sólo desea adorar y amar a Dios Uno y Trino, no se incline ante los ídolos del mundo y no profane su cuerpo. Ésta es la razón por la cual la pureza corporal es tan importante, en los niños, en los jóvenes y en todo cristiano, y es la razón por la cual el ejemplo de pureza santa de San Luis Gonzaga, es más válido en nuestros tiempos que en su propia época.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Luis_Gonzaga_6_21.htm

martes, 21 de junio de 2016

San Luis Gonzaga


Nació el año 1568 cerca de Mantua, en Lombardía, hijo de los príncipes de Castiglione. Su madre lo educó cristianamente y muy pronto dio indicios de su inclinación a la vida religiosa: a los siete años, además de las oraciones matinales y vespertinas, comenzó a recitar el oficio de Nuestra Señora. La entrega a Dios, por manos de María, a tan temprana edad, y con tanto fervor y amor, llevó a su director espiritual, San Roberto Belarmino y a tres de sus confesores, que nunca, en toda su vida, cometió un pecado mortal[1]. Debido a su condición de perteneciente a la nobleza, debía presentarse con frecuencia en la corte del gran ducado, en donde, según un historiador, debía tratar con individuos que “formaban una sociedad para el fraude, el vicio, el crimen, el veneno y la lujuria en su peor especie”. Sin embargo, San Luis Gonzaga, en vez de sucumbir a la tentación de “ser uno más” en la perversión, degradándose en su hombría y en su condición de hijo de Dios, no solo se mantuvo en su estado de gracia, sino que lo acrecentó notablemente, “negándose a sí mismo” para “seguir a Cristo” día a día, por medio de la virtud y en la castidad.
El círculo en el que se movía San Luis Gonzaga, lleno de perversión y lujuria, correspondería, en nuestros días, a los grupos de jóvenes que se intercambian videos eróticos por el sistema de mensajería instantánea, a través de los celulares: el santo no aceptaría ni siquiera pasivamente formar parte de ese grupo, es decir, no aceptaría formar parte de ese grupo ni siquiera con la condición de recibir dichos videos pero no compartirlos a su vez; lo que haría San Luis Gonzaga, sería directamente no formar parte del grupo. También evitaría las conversaciones y las bromas de doble sentido, puesto que constituyen la ocasión próxima para pecar mortalmente, sino son ya en sí mismas, pecado mortal.
San Luis Gonzaga, para no ceder a la tentación, se sometía voluntariamente a una rigurosa disciplina, realizando ayunos, rezando y pidiendo la gracia de la santa pureza, todo con el fin de no solo no pecar mortalmente, sino de imitar a Jesús, el Cordero Inmaculado, en su pureza, porque la pureza, tanto corporal como espiritual –es decir, la pureza de la fe-, es una expresión, en el alma humana, de la perfección del Ser trinitario de Dios, que es la Pureza en sí misma.
De esta manera, con su lucha ascética y mística por no solo combatir la tentación de la impureza, sino por imitar a Jesucristo en su pureza inmaculada, San Luis Gonzaga ofrece, a los jóvenes de nuestros días, el verdadero ejemplo del varón, porque es varón verdaderamente no quien se deja arrastrar por cuanta tentación se le cruce, sino que es varón –hombre viril-, quien, asistido por la gracia, tiene como horizonte de su alma imitar la pureza de cuerpo y alma de los Sagrados Corazones de Jesús y María.
San Luis Gonzaga es ejemplo también de caridad –amor sobrenatural- heroica al prójimo, y sobre todo al prójimo más necesitado, porque precisamente murió luego de contagiarse auxiliando a los afectados por una peste que asoló Roma en el año 1591. En nuestros días, en donde el individualismo más crudo, fruto del materialismo, el ateísmo, el hedonismo y el relativismo, se traducen en el egoísmo más desenfrenado, que lleva a la persona a pensar sólo en sí misma y a olvidarse de Dios y de su prójimo.
Por último, frente a la cultura de la muerte en la que vivimos hoy, mediante la cual se elimina la vida humana en sus inicios –aborto- y en su final –eutanasia, incluso para niños-, San Luis Gonzaga es ejemplo de cómo la muerte, sufrida en unión a Cristo Jesús, es sólo un umbral que conduce al Reino de los cielos, en donde espera una eternidad de gozo y alegría inimaginables, para quien muere en estado de gracia santificante. En efecto, nuestro santo les decía a quienes se apenaban por su estado de agonía: “Alegraos, Dios me llama después de tan breve lucha. No lloréis como muerto al que vivirá en la vida del mismo Dios. Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias”. Y en sus últimos momentos, no apartó ni por un instante su mirada de un pequeño crucifijo colgado ante su cama. El día de su muerte -anticipado por el mismo Luis, quien dijo que habría de morir antes que despuntara el alba del siguiente-, se verificó el siguiente diálogo entre San Luis Gonzaga y el padre provincial de los jesuitas, orden a la que pertenecía: “-¡Ya nos vamos, padre; ya nos vamos...! -¿A dónde, Luis? -¡Al Cielo! -¡Oigan a este joven! -exclamó el provincial- Habla de ir al cielo como nosotros hablamos de ir a Frascati (un poblado cercano, N. del R.)”.
Entre las diez y las once de aquella noche se produjo un cambio en su estado y fue evidente que el fin se acercaba. Con los ojos clavados en el crucifijo y el nombre de Jesús en sus labios, expiró alrededor de la medianoche, entre el 20 y el 21 de junio de 1591, al llegar a la edad de veintitrés años y ocho meses. El Papa Benedicto XIII lo nombró protector de estudiantes jóvenes y el Papa Pio XI lo proclamó patrono de la juventud cristiana.
Nacido en el siglo XVI, San Luis Gonzaga es ejemplo inigualable de virtudes y modelo de vida cristiana caracterizada por el amor a Dios, la pureza de cuerpo y alma y el deseo de la vida eterna en el Reino celestial. San Luis Gonzaga contrarresta así los grandes males que amenazan a la juventud en nuestros días: la satisfacción hedonista de las pasiones, el ateísmo y la ausencia de sentido de la vida, anteponiendo la castidad, la fe en el Hombre-Dios Jesucristo y el motivo para vivir esta vida, ganar el Reino de los cielos por amor a Dios.



[1] Cfr. http://www.corazones.org/santos/luis_gonzaga.htm; Benedictinos, monjes de la abadía de San Agustin en Ramsgate. The Book of Saints. VI edition. Wilton: Morehouse Publishing, 1989;  Butler, Vida de Santos, vol. IV.  México, D.F.: Collier’s International - John W. Clute, S.A., 1965; Sgarbossa, Mario y Giovannini, Luigi. Un Santo Para Cada Dia. Santa Fe de Bogota: San Pablo. 1996.

viernes, 21 de junio de 2013

San Luis Gonzaga y el paso a la vida eterna


         Toda la vida de San Luis Gonzaga, pero sobre todo su muerte, es un ejemplo para el cristiano, y mucho más en nuestros días, en donde se banaliza el paso a la otra vida, al elaborarse las más peregrinas ideas acerca de ellas. La muerte de los santos es un preciosísimo testimonio, valga la paradoja, de vida eterna, de la existencia de la vida eterna, porque los santos, en la instancia de la muerte, ven con toda claridad el destino de eternidad en los cielos al cual están próximos a ingresar.
         A diferencia de la muerte de quien no cree en la vida eterna, la muerte del santo es ya un anticipo de la vida eterna, y por eso su muerte nunca es, paradójicamente, signo de mera muerte, sino signo de la vida divina, eterna y celestial, la vida que Jesús nos consiguió al precio de su Sangre derramada en la Cruz.
         Es por este motivo que vale la pena detenernos en los últimos momentos de la vida terrena de San Luis Gonzaga, porque nos hablan de la existencia de los cielos eternos, cielos a los cuales ingresa un alma que muere en estado de gracia. Es tan preclara la muerte de los santos, que más que muerte, puede llamársele: “atravesar el umbral que conduce a la vida eterna”. La muerte de los santos se convierte en una verdadera catequesis acerca de la muerte y de la vida eterna.
         La muerte cristiana y ejemplar de San Luis Gonzaga fue así: en el año 1591, se desencadenó en Roma una epidemia mortal que acabó con gran parte de la población. Los jesuitas, orden a la que pertenecía San Luis Gonzaga, abrieron un hospital en el que todos los miembros de la orden, desde el padre general hasta los hermanos legos, prestaban servicios personales.
Luis iba de puerta en puerta con un zurrón, mendigando víveres para los enfermos; luego, se encargó del cuidado de los moribundos, tarea a la que se entregó de lleno,  limpiando las llagas, haciendo las camas, preparando a los enfermos para la confesión. Ejerciendo esta obra de misericordia corporal –una de las que pide la Iglesia, socorrer a los enfermos, necesaria para entrar en los cielos-, era muy probable que contrajese la enfermedad que diezmaba a la población, cosa que efectivamente sucedió en muy poco tiempo. Su estado se agravó de tal manera, que Luis supo que su vida terrena estaba por finalizar, y para comunicar esta noticia a su madre, le escribió una carta, a modo de despedida, en la que, entre otras cosas, le decía así: “Alegraos, insigne señora, Dios me llama después de tan breve lucha. No lloréis como muerto al que vivirá en la vida del mismo Dios. Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias”. 
Le dice: “Dios me llama después de una tan breve lucha: la “breve lucha” es esta vida, este paso por la vida terrena, la cual es siempre lucha: “lucha es la vida del hombre en la tierra”; es una lucha contra enemigos mortales, el demonio, el mundo y la carne, y es una lucha que solo puede vencerse con las armas del cielo: la Santa Cruz, el Rosario, la Eucaristía, la Confesión sacramental. Los santos, como San Luis Gonzaga, han usado estas armas con eficacia, constancia, perseverancia y amor, y por eso han vencido en la lucha, han vencido, han merecido la corona de la victoria, y luego de la muerte, Dios les concede el premio a su triunfo, que es el triunfo de Cristo, y este premio es la vida eterna.
En la carta a su madre, le habla ya de la eternidad en la que está por ingresar: “no lloréis como muerto al que vivirá en la vida del mismo Dios”. Quien muere en gracia, pasa a la vida, y la vida eterna, porque es la vida de Dios mismo y, como dice la Escritura, “Dios es un Dios de vivos, y no de muertos”, y por eso, el que muere en Dios, recibe de Dios su vida, que es eterna, feliz, pacífica, agradable y amorosa. Aunque muera la vida terrena, “no se puede llorar como muerto al que vivirá la vida del mismo Dios”, porque está vivo en Dios, y vive para siempre con la vida misma de Dios. Aunque la muerte del justo provoque dolor y llanto, está vivo en Dios y de Dios recibe, para siempre, su vida, su Amor, su dicha, su paz y su felicidad.
Finalmente, San Luis endulza la separación que provoca la muerte recordándole que también ella habrá de morir y que, por la misericordia de Dios, se reencontrarán en el cielo: “Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias”. Para el cristiano, para el que muere esperando en la Misericordia Divina, la muerte no es nunca una separación final, sino temporaria; la separación durará el tiempo que durará la vida terrena de aquel que todavía no ha muerto, y cuando este muera, se producirá el reencuentro en Cristo. 
En sus últimos momentos no pudo apartar su mirada de un pequeño crucifijo colgado ante su cama, y esta fijación de su vista en el crucifijo se hizo más intensa a medida que se acercaba su final, de manera tal que murió con los ojos clavados en el crucifijo y el nombre de Jesús en sus labios, alrededor de la medianoche, entre el 20 y el 21 de junio de 1591, al llegar a la edad de veintitrés años y ocho meses.
Así nos enseña San Luis Gonzaga a morir: con los ojos clavados en el crucifijo –muy similar a la muerte de Santa Juana de Arco-, porque quien contempla a Cristo crucificado, recibe de Él la curación del alma, esto es, la conversión, aun cuando no reciba la curación corporal –esta curación estuvo prefigurada en la serpiente de bronce levantada en alto por Moisés en el desierto-; quien así muere, contemplando a Cristo crucificado, al cerrar los ojos corporales por la muerte física, abre sus ojos espirituales en la vida eterna, y comienza así la alegría inimaginable que significa contemplar cara a cara a Dios Uno y Trino.