San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 1 de noviembre de 2023

Solemnidad de Todos los Santos

 



         La Santa Iglesia Católica, la Esposa Mística del Cordero de Dios, celebra en un solo día a todos los habitantes del Cielo, más específicamente, a todos los habitantes humanos del Cielo, a todos los humanos que, por haber lavado sus almas en la Sangre del Cordero, por haberlo amado hasta el fin de sus días terrenos, por haber seguido al Cordero por el Via Crucis, por el Camino Real de la Cruz, hasta el fin de sus días, fueron considerados dignos de ingresar en el Reino de Dios y de permanecer, en postración de amor y adoración ante el Cordero y la Trinidad, por toda la eternidad.

         Estos habitantes humanos que así ganaron el ingreso en el Reino de Dios y que por toda la eternidad viven en la contemplación de la gloria de la Santísima Trinidad, siendo iluminados por la Luz Eterna de la Jerusalén celestial, el Cordero de Dios, siendo acompañados en esta eterna adoración, dicha y júbilo, por la Madre de Dios y por los Ángeles de Dios que se mantuvieron fieles a la Trinidad al mando de San Miguel Arcángel, son llamados “santos” por la Iglesia Católica, porque participan de la vida, de la luz, de la gloria y de la Santidad Increada del Ser divino trinitario, por toda la eternidad, por los siglos sin fin.

         Por este motivo, los Santos son los seres más alegres, dichosos y afortunados que existen desde la Creación del mundo y lo serán así por la eternidad sin fin.

         Algo que debemos tener en cuenta es que todo bautizado en la Iglesia Católica está llamado a participar de la alegría de los Santos, por este motivo, en este día, la Iglesia no solo los recuerda, los conmemora, sino que los presenta como modelos de santidad, como modelos de vida virtuosa y santa, como modelos de seguimiento a Jesús por el Camino de la Cruz, el Único Camino que conduce al Cielo. Si bien cada santo tuvo su vida particular y personal en el tiempo en el que vivió en su vida terrena, hay sin embargo algo que los unifica, algo que todos tuvieron en común en esta vida terrena y que fue lo que los condujo al Cielo: todos los Santos se santificaron -y por eso están en el Cielo- por haber amado al Hombre-Dios Jesucristo por encima de todas las cosas y de todos los seres, sean hombres o ángeles, al punto de dar la vida por Jesucristo; todos los Santos se caracterizaron por amar a Jesucristo en su Presencia Real, Verdadera y Substancial, en la Sagrada Eucaristía, de manera que es inconcebible un Santo sin amor incondicional a la Sagrada Eucaristía; todos los Santos amaron, como a una verdadera Madre celestial, a la Virgen y Madre de Dios, María Santísima, de manera que es también inconcebible un Santo que no haya tenido por Madre a la Virgen y no la haya amado más que a su propia vida; todos los Santos tuvieron clara conciencia del valor inestimable de la gracia santificante, que se comunica por los Sacramentos y que hace partícipe al alma de la Vida de la Santísima Trinidad, de manera que es inconcebible un Santo que no haya dado su vida por la gracia; todos los Santos eran conscientes de la gravedad siniestra del pecado y sobre todo del pecado mortal, que aniquila la vida de la gracia en el alma y la separa de la Trinidad, sea temporalmente, si el alma puede confesar el pecado mortal, sea por toda la eternidad, si el alma no confiesa sus pecados mortales y por eso es inconcebible un Santo que no haya considerado al pecado como la verdadera peste mortal, la peste que quitando la vida de la gracia en el alma, la hace merecedora de un lugar en el Infierno.

         Todos estamos llamados a la santidad, todos estamos llamados a ser Santos, por eso los Santos son nuestros modelos de santidad, nuestros modelos de cómo amar la gracia y detestar el pecado, para así ingresar al Reino de los Cielos y adorar, junto con la Virgen y los Ángeles, al Cordero de Dios por toda la eternidad.

sábado, 24 de octubre de 2020

Solemnidad de Todos los Santos

 



(Ciclo A – 2020)

         La Iglesia celebra en este día a “Todos los Santos”. ¿Quiénes son los santos? Los santos son seres humanos que han sido glorificados con la gloria divina luego de su muerte terrenal y, luego de morir y atravesar el Juicio Particular, fueron considerados dignos de ingresar en el Reino de los cielos, para alegrarse y gozarse por toda la eternidad, en la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y el Cordero, en compañía de la Santísima Virgen y de los Ángeles de Dios.

         Pero, ¿qué hizo que los santos fueran santos? Todos los santos –con la única excepción de la Madre de Dios, que nació sin la mancha del pecado original- fueron pecadores, porque nacieron, como todos los hombres, con la mancha del pecado original. Y hubieron algunos, como por ejemplo San Agustín, que vivieron largos años en estado de pecado, alejados de la gracia de Dios y de su Iglesia y sus Sacramentos. Sin embargo, todos los Santos, también sin excepción, recibieron, en algún momento de sus vidas, una gracia especialísima, que los convirtió de pecadores en santos, que los hizo abandonar su vida de pecado y los encaminó por el Camino Real de la Cruz y es así que todos los Santos se caracterizan por haber cargado la cruz de cada día y haber seguido a Cristo camino del Calvario, todos los días de su vida, hasta la muerte, siendo esta fidelidad a la gracia y a la cruz lo que los condujo al cielo, en donde ahora habitan, plenos de felicidad, por siglos sin fin. En otras palabras, los santos fueron, antes de ser santos, hombres comunes y pecadores que, de no haber recibido la gracia de la conversión, habrían continuado en su vida de pecado y se habrían condenado. Sin embargo, lo que los hizo convertir de pecadores a santos fue, como dijimos, la recepción de la gracia santificante, gracia que no sólo quitó el pecado de sus almas, sino que hizo que empezaran a vivir, por participación, de la vida del Cordero, ya desde esta vida terrena, vida que ahora viven en su plenitud, en la gloria del Reino de Dios. Esto quiere decir que, sin la gracia santificante, los Santos a los que veneramos y que están en el cielo, habrían sido hombres comunes y pecadores: esto nos anima a nosotros, que somos hombres comunes y pecadores –en realidad, somos “nada más pecado”- a emprender el camino de la santidad, tal como lo hicieron los Santos, camino que consiste, esencialmente, en recibir la gracia santificante, atesorarla en el corazón como el tesoro más preciado, más valioso que el oro y la plata, y cargar la cruz en el seguimiento de Cristo crucificado, para morir en el Calvario al hombre viejo y así nacer a la vida nueva de los hijos de Dios, los santos, destinados al Reino de los cielos. Entonces, es el atesoramiento de la gracia lo que hizo a los Santos ser Santos y merecedores del Reino de los cielos y por éste motivo es que la Iglesia nos pone como ejemplos, para que nosotros los imitemos en su camino de santidad, en su aprecio y amor de la gracia santificante.

         Por último, otra cosa que caracteriza a los Santos, sin excepción, es su amor por la Eucaristía y por la Virgen. No hay santo que no se haya destacado por su fe, devoción, piedad y amor hacia Jesús Eucaristía y hacia la Virgen, que es la Madre de la Eucaristía. Los Santos nos muestran entonces el camino al cielo: poseer la gracia santificante en el alma y amar a Jesús y a la Virgen. Si esto hacemos, algún día, luego de nuestro paso por la tierra y luego de atravesar el Juicio Particular, participaremos con Todos los Santos de su alegría, la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y del Cordero, por los siglos sin fin.

martes, 29 de octubre de 2019

Solemnidad de Todos los Santos



(Ciclo C – 2019)

         Al celebrar a los Santos, los habitantes del Cielo, la Iglesia no solo celebra y recuerda a aquellos hombres y mujeres que dieron sus vidas por Cristo, sino que recuerda, ante todo y antes que nada, a Cristo Redentor, sin cuya gracia santificante los santos no habrían sido más que hombres comunes y corrientes, además de pecadores. En efecto, si hoy nosotros podemos rezarles a nuestros santos de nuestra devoción –el P. Pío, Santa Margarita de Alacquoque, San Juan Pablo II, etc.-, es porque ellos están en el Cielo por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo. Si Jesús no hubiera muerto en Cruz por nuestra salvación y para concedernos su gracia, no habrían santos en el Cielo y no podrían ser nuestros intercesores ante la Trinidad, por lo que no tendría sentido celebrar una solemnidad como esta.
         Ahora bien, si podemos celebrar la Solemnidad de Todos los Santos, es entonces gracias a Nuestro Señor Jesucristo quien, al dar su vida en la Cruz por nuestra salvación, nos dejó como legado también su gracia santificante, que se nos comunica sobre todo a través de los sacramentos. Los Santos fueron los más sabios del mundo, en el sentido de que aprovecharon la gracia santificante en el mayor grado posible, y es así como salvaron sus almas. Aprovechar la gracia divina para salvar el alma demuestra que esa alma es sabia con la Sabiduría de Dios, según dice Santa Teresa de Ávila: “El que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”. Los santos se salvaron porque sabiamente se dieron cuenta que sin la gracia santificante no hay posibilidad de llegar al Cielo y salvar el alma y es así como hicieron todo lo que estuvo a su alcance, según sus estados de vidas, para adquirir, conservar y acrecentar la gracia, gracia que fue la que los llevó a los Cielos finalmente.
         Por lo tanto, al recordar a todos los Santos y en especial a aquellos a los que más devoción les tenemos, recordemos también a Aquel por cuya causa los santos son santos y no hombres pecadores, Cristo Jesús, y le pidamos a nuestros santos de predilección que intercedan por nosotros para que también nosotros, al igual que ellos, apreciemos la gracia santificante, la adquiramos si no la tenemos y la conservemos y acrecentemos si ya la tenemos. De este modo, pasaremos de ser, de pecadores en esta vida, a santos en la vida eterna, tal como les sucedió a los amados Santos de Dios.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Solemnidad de Todos los Santos


María, Reina de todos los santos.

         Así como en Halloween son el Infierno y el Demonio quienes celebran a los servidores de Satanás –brujos, hechiceros, magos- y a los habitantes del Infierno –demonios, almas condenadas-, así en la Solemnidad de Todos los Santos, la Santa Iglesia Católica celebra a los habitantes del Cielo, que en la tierra se santificaron por la gracia de Jesucristo y ahora lo aman y adoran por la eternidad.
         La razón por la cual los santos están en el cielo es, obviamente, la santidad de sus cuerpos y almas, puesto que nadie que no sea santo no puede estar ante la presencia de Dios, que es la Santidad Increada.
         Es la santidad, vivida en la tierra, la que llevó a los santos a dejar de ser lo que eran, hombres comunes y pecadores, para ser santos. Esto nos lleva entonces a preguntarnos qué es la santidad, puesto que la santidad es lo que hace que un hombre sea santo y no un pecador. Ante todo, podemos decir que la santidad no es un “producto” del hombre, como si dependiera de él o como si radicara en él, en su naturaleza humana, esta santidad. Ante todo, la santidad es la bondad, pero no la bondad humana –que por buena que sea una persona, está manchada por el pecado original, además de ser una bondad limitada por la misma naturaleza humana-, sino que es la bondad divina que, brotando del Corazón mismo de Dios Uno y Trino, inhiere en el alma por medio de la gracia santificante. La santidad, esto es, la bondad divina, convierte al alma, porque le quita el pecado, le concede la participación en la vida divina de Dios Trino y, como consecuencia de participar en su vida divina, permite que el alma viva con la bondad que no es humana, sino divina. El santo es el que, en la tierra, vive en estado de gracia santificante, gracia por la cual se hace partícipe de la bondad divina. Esto es lo que explica que los santos hayan obrado obras de misericordia que superan infinitamente las fuerzas humanas, porque no obraban con sus solas fuerzas humanas, sino que lo hacían con la fuerza de la bondad y del Amor divinos, comunicados por la gracia santificante. Sin la gracia santificante, el alma posee solo la bondad humana, bondad que por ser humana es limitada, además de contar con el agravante de estar contaminada con el pecado original.
         La santidad –esto es, la participación a la bondad divina por medio de la gracia, gracia que es conferida por los sacramentos-, es lo que diferencia a un santo –en vida terrena, un pecador que vive en gracia y que por lo mismo está “en el camino de la santidad”- de un hombre común, esto es, una persona “buena”, pero con una bondad puramente humana, limitada y contaminada por el pecado original. En otras palabras, es la santidad, hecha posible por la gracia santificante, la que diferencia a una persona que vive en la bondad divina, de una persona que, aun siendo buena, no posee la bondad divina y que, por lo mismo, puede obrar la misma obra externa de un santo, pero sin la bondad divina, lo cual quiere decir que no es meritorio para la vida eterna.
En otras palabras, un integrante de una ONG solidaria –por ejemplo, que asista a los pobres, proporcionándoles alimento, vestimentas, etc.- puede no diferenciarse casi en nada con un integrante de la Iglesia que, materialmente y considerado desde el punto de vista externo, realizan la misma obra, pero la diferencia es que el integrante de la ONG obra movido por su bondad humana, que no es santa y por eso no es salvífica, en tanto que el miembro de la Iglesia Católica lo hace movido por la bondad divina y, por lo tanto, su obrar es salvífico.
         Ahora bien, para obtener esta santidad –la gracia santificante que convierte al pecador en justo en esta vida y en santo en la vida eterna- es necesario, indispensablemente, recibir la gracia santificante, que a los católicos se nos transmite por los Sacramentos. Pretender, como erróneamente lo hace Karl Rahner, que todo hombre es “cristiano anónimo” por el hecho de la Encarnación y que por lo mismo no necesita de los sacramentos, es falsificar el concepto de santidad y condenar a miles de personas a permanecer sin el auxilio de la gracia, esto es, a negarles la entrada en el cielo en la vida futura, y es condenarlos a ser privados de la inhabitación del Santificador de las almas, el Espíritu Santo. Es doctrina católica que el alma del justo, cuando está en gracia –concedida por los sacramentos-, en virtud de esta gracia, no solo participa de la vida divina y de la bondad divina, sino que el Santificador, que es el Espíritu Santo, viene a inhabitar en sus almas. Así, por la gracia, el alma se convierte en morada de la Trinidad, el corazón en altar de Dios Hijo encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, y el cuerpo en templo del Espíritu Santo –de ahí que profanar el cuerpo es profanar al Espíritu Santo, Dueño del cuerpo del cristiano-. La incomprensión de esta verdad, por parte de miles de niños y jóvenes que año a año reciben la Primera Comunión y la Confirmación, y luego abandonan la Iglesia, es la responsable de la apostasía masiva que vive el catolicismo en nuestros días. La crisis de la Iglesia es crisis de santidad, porque no se busca ser santos, porque no se entendió que la santidad viene por la gracia y que la gracia se recibe por los sacramentos. Así, se da la paradoja de niños y jóvenes católicos que, en la práctica, habiendo apostatado de su identidad católica, abandonan los sacramentos y viven, de hecho, como protestantes.
         Todo católico tiene, por objetivo en esta vida, alcanzar la santidad, y esta se logra recibiendo la gracia santificante por los sacramentos, y obrando luego la misericordia con la misma bondad divina. Si el católico pierde de vista este objetivo, pierde de vista la razón por la cual Dios Trino lo eligió para que pertenezca a su Iglesia, por el Bautismo. Y si la Iglesia pierde de vista su objetivo primario, exclusivo y central, que es obtener la santidad de todos los hombres –esto es, que todos los hombres, por el Bautismo sacramental, reciban la gracia santificante que les permite que el Espíritu Santo more en ellos-, razón por la cual misiona hasta los confines del mundo, para convertir a las almas al Evangelio de Jesucristo, pierde la razón por la cual fue cread por Jesucristo, apostata de su misión y se convierte en una inmensa ONG; solidaria, sí, pero ONG al fin, que no busca la santidad y salvación del género humano. Y esto se llama apostasía. No es indiferentes ser o no ser santos, buscar o no la santidad, tanto como miembros individuales de la Iglesia, como Iglesia en cuanto Cuerpo Místico de Cristo: el rechazo de la santidad –favorecido por teólogos de la inmanencia, como Karl Rahner- conduce a la apostasía. Imitemos a los santos católicos de todos los tiempos, los cuales se caracterizaron por algo en común, y era el vivir en gracia; busquemos entonces vivir la santidad, esto es, busquemos vivir en gracia, recibiendo la Confesión y la Comunión con frecuencia, para que el Espíritu Santo inhabite en nosotros y se sirva de nosotros para esparcir, sobre el mundo, la bondad divina.


martes, 1 de noviembre de 2016

Solemnidad de Todos los Santos


         ¿Qué celebra la Iglesia en la Solemnidad de Todos los Santos? La Iglesia celebra, en la Solemnidad de Todos los Santos, el triunfo de la gracia santificante, obtenida al precio de la Sangre del Cordero de Dios, Jesucristo, sobre el pecado, la muerte y el Demonio.
         Sin la gracia santificante, los santos no serían lo que son: bienaventurados que gozan por toda la eternidad de la visión beatífica de la Trinidad Santísima; sin la gracia santificante, los santos nunca habrían realizado las grandiosas obras de caridad y misericordia, que brillan ante los hombres y ante Dios; sin la gracia santificante, los santos no habrían hecho los milagros extraordinarios que realizaron en sus vidas; sin la gracia santificante, los santos no habrían podido vivir las Bienaventuranzas del Sermón de la Montaña; sin la gracia santificante, los santos no habrían podido vivir las virtudes en modo heroico; sin la gracia santificante, los santos no podrían haber donado sus vidas y derramado su sangre en testimonio del Cordero de Dios, Jesús de Nazareth.
         Sin la gracia santificante, los santos sólo habrían sido hombres comunes y pecadores, como nosotros, e incluso llenos de falso celo, como por ejemplo Saulo, antes de su conversión y de su encuentro personal con Jesucristo. Antes de recibir la iluminación de la gracia, San Pablo era un hombre agresivo, violento, perseguidor de los cristianos, e incluso había participado, al menos indirectamente, de un homicidio, al asistir como espectador que aprobaba el asesinato de San Esteban.
         Sin la gracia santificante, los santos habrían sido presa fácil del Demonio y habrían sido engañados por su astucia perversa; habrían caído fácilmente en las tentaciones y seducciones del Padre de la mentira, pero la gracia santificante les otorgó la sabiduría divina para detectar el engaño y así poder discernir qué es lo que no era del agrado de Dios, para rechazarlo, y la fortaleza divina, para superar fácilmente las tentaciones, por fuertes que fueran. Pero sobre todo, la gracia santificante les concedió el Amor de Dios y fue ese Amor, que se encendió en sus corazones, el que los enamoró tanto y tan profundamente de Dios Trino y del Cordero, que los condujo a despreciar este mundo, sus pompas y sus riquezas, con tal de no separarse nunca de la comunión de vida y amor con la Trinidad y el Hombre-Dios Jesucristo.
         Sin la gracia santificante, los santos habrían muerto irremediablemente, no solo en la muerte corporal o muerte primera, sino en la muerte segunda o condenación eterna, porque sin la gracia el alma no puede, absolutamente, entrar en el Reino de Dios y se condena irremediablemente. Pero la gracia santificante les concedió participar en la vida divina de Dios Uno y Trino y es por eso que, viviendo en la tierra, vivían ya en anticipo la vida eterna y, cuando murieron a la vida terrena, nacieron a la vida eterna, la vida con la que ahora viven para siempre, en el Reino de los cielos.
         ¿De dónde obtuvieron la gracia santificante los santos que ahora se alegran en la Presencia del Cordero? Principalmente, de dos sacramentos: la Confesión Sacramental y la Eucaristía. Los santos se confesaban con mucha frecuencia –la Madre Teresa de Calcuta, por ejemplo, se confesaba todos los días- y comulgaban cuantas veces podían, pero no de un modo mecánico, frío, automático, sino con todo el fervor y con todo el amor del que eran capaces; los santos aprovechaban cada Comunión Eucarística para unirse con todo su ser a Jesús, que venía a ellos oculto en apariencia de pan; los santos veían a Jesús en la Eucaristía, con los ojos de la fe, y preparaban sus corazones y lo adornaban con la belleza de la gracia sacramental y lo perfumaban con el perfume de la gracia, y así convertían sus corazones en otros tantos altares, sagrarios y custodias, donde amaban, adoraban y glorificaban a Aquél que era la Causa de su santidad, Jesús Eucaristía.
         Además, los santos valoraron tanto la gracia, que prefirieron morir antes que perderla por un pecado, como en el caso de los mártires, y la conservaron y acrecentaron día a día, en el desempeño de sus deberes de estado, como en el caso de los demás santos.
         Por último, los santos amaron tanto a Jesús, que lo único que buscaban en sus vidas, era amar a Jesús y hacer que los demás conocieran y amaran a Jesús; no les importaba nada más en la vida, que amar cada vez más a Jesús y que todo el mundo lo conociera y lo amara. Por ejemplo, para Santa Teresa de Ávila, su mayor tristeza era que Jesús no era conocido ni amado, y por eso repetía siempre: “El Amor –es decir, Jesús- no es amado –no es conocido, no es valorado, no es apreciado, no es amado-”. Y como Jesús está en la Eucaristía, nosotros podemos decir, con Santa Teresa: “Jesús Eucaristía, el Amor de Dios, no es amado”.

         Al recordar a los santos en su día, les pidamos, a nuestros santos de mayor devoción, que intercedan para que recibamos la gracia de imitarlos en sus virtudes –para eso la Iglesia nos pone las vidas de los santos, para que los imitemos-, pero sobre todo, que intercedan para que seamos capaces de amar a Aquel que es la Causa de la gracia  y de la santidad en el alma, Jesús Eucaristía.

jueves, 30 de octubre de 2014

Solemnidad de Todos los Santos




         Antes de la Conmemoración de los Fieles Difuntos, la Santa Iglesia celebra a los “santos”, es decir, a aquellos de sus hijos que han entrado ya a participar en el Banquete festivo del Reino de los cielos, y es una fiesta tan importante, que llama a esta fiesta: “Solemnidad”.
Pero, ¿quiénes son estos santos?
Los santos son los descriptos en el Apocalipsis, los que han “lavado sus mantos con la Sangre del Cordero”, los que han pasado grandes tribulaciones en sus vidas terrenas, pero todas las tribulaciones las han sobrellevado abrazados a la cruz y porque han estado abrazados a la cruz, han sido bañados y lavados con la Sangre del Cordero: “Estos son los que vienen de la gran tribulación, y han lavado sus vestiduras y las han emblanquecido en la sangre del Cordero” (7, 14) y por eso han sido encontrados sin mancha alguna, puros e inmaculados, pero no solo sin mancha alguna, sino revestidos “de toda gracia y perfección” (cfr. Ef 6, 10), porque sus almas estaban, al momento de morir, como el alma de la Virgen María, “llena de gracia”, porque además de hijos de Dios, son hijos de la Virgen, y sus almas resplandecen con la gracia, a imitación de su Madre, la Llena de gracia (cfr. Lc 1, 28); los santos son los “siervos buenos y fieles” (cfr. Mt 25, 21) que, durante sus vidas terrenas, han configurado sus almas y sus corazones a Jesucristo, el Hombre-Dios y así Dios Padre les ha granjeado la entrada a su Casa, para que “pasen a gozar del Reino que les tenía prometido” (cfr. Mt 25, 21), porque ha visto en ellos una copia y una imagen viviente de su Hijo Jesucristo y al verlos, ha visto en ellos a su mismo Hijo y los ha hecho pasar a su Casa; los santos son los que vivieron en esta vida terrena las Bienaventuranzas, y así merecieron ser llamados “bienaventurados” (cfr. Mt 5, 3-12): los santos son los que fueron “pobres de espíritu”, porque se reconocieron indigentes y necesitados de la luz, de la paz, de la alegría, del Amor, de la fortaleza y de la Sabiduría de Cristo Dios, y así se hicieron merecedores del Reino de los cielos y por ese motivo en ellos se cumplió a la perfección la Bienaventuranza de la pobreza espiritual: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”; los santos son los que fueron “mansos y humildes de corazón” (cfr. Mt 11, 29), porque imitaron al Sagrado Corazón de Jesús, y así se hicieron “herederos de la tierra nueva y de los cielos nuevos” y por eso en ellos se cumplió a la perfección la Bienaventuranza de la mansedumbre del corazón, que los hizo ser una imagen viviente del Sagrado Corazón de Jesús: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra”; los santos son los que “lloraron” con Jesús en el Huerto de Getsemaní y bebieron del cáliz de la amargura del Hombre-Dios y así fueron consolados por el mismo Hombre-Dios en Persona, en el Reino de los cielos, y por eso se cumplió en ellos a la perfección la Bienaventuranza de los que lloran junto al Hombre-Dios: “Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados”; los santos son los que en esta vida no soportaron la injusticia de ver el Nombre Sacrosanto de Dios Uno y Trino, olvidado, menospreciado, injuriado, vilipendiado, y tampoco soportaron ver los innumerables ultrajes, las incontables ofensas, las increíbles profanaciones cometidas contra el Santísimo Sacramento del Altar, la Eucaristía, y es así que vivieron siempre con hambre y sed de justicia, porque deseaban ardientemente ver restaurados el Santo Nombre de Dios y el culto debido a la Santísima Eucaristía, y por eso merecieron ser saciados de su hambre y sed de justicia, en el Reino de los cielos, cumpliéndose en ellos a la perfección la Bienaventuranza de los que tienen hambre y sed de justicia: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”; los santos son los que obraron las obras de misericordia corporales y espirituales para con sus prójimos más necesitados, porque veían en sus hermanos más necesitados al mismo Cristo en Persona que inhabitaba en ellos, y por eso Cristo los recompensó, según sus mismas palabras: “Lo que habéis hecho con uno de estos pequeños, a Mí me lo habéis hecho”, y por haber obrado en su vida terrena la misericordia con los más necesitados, los santos obtuvieron, a la hora de su muerte, la Misericordia Divina, y así se cumplió en ellos a la perfección la Bienaventuranza de la Misericordia, reservada para los que obran la misericordia: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”; los santos son los que conservaron sus cuerpos, sus mentes y sus corazones, puros y limpios, en estado de gracia, porque tenían siempre presente que el “cuerpo es templo del Espíritu Santo”, y por eso se guardaban muy bien de no profanarlo, para no profanar a la Persona Tercera de la Trinidad, Dueña de sus cuerpos en virtud del Sacramento del Bautismo; pero además, conservaban en sus corazones la pureza del amor a Dios, desechando cualquier amor mundano y profano y en sus mentes brillaba la brillantez inmaculada de la Sabiduría Divina, por lo que detestaban con todas sus fuerzas el engaño, la mentira, el error, la herejía, la falsedad, y toda clase de falsedad, porque amaban a la Verdad Absoluta, la Verdad Encarnada, Jesucristo, y eran enemigos del Príncipe de las tinieblas, el Padre de la mentira, el Demonio, con el cual no tenían ningún tipo de trato, y por eso en ellos se cumplió a la perfección la Bienaventuranza de la pureza del corazón, y así es como ahora contemplan a Dios Trino, cara a cara, por toda la eternidad: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”; los santos son los que en esta vida terrena buscaron siempre la paz, pero no la paz del mundo, que es la paz del compromiso mundano a costa de renunciar a la Verdad; los santos buscaban la paz de Dios, que es la paz de Cristo, la paz que sobreviene al alma al saberse perdonada y amada por el Padre en Cristo Jesús, y la prueba de este perdón y amor es la Sangre del Cordero derramada en la cruz, Sangre que contiene al Espíritu Santo, el Amor de Dios; los santos amaban la paz de Dios, contenida en la Sangre de Cristo, Sangre que sellaba el perdón y el Amor de Dios en sus almas, pero a costa de ser incomprendidos por el mundo, y por eso se hicieron merecedores de la Bienaventuranza de ser llamados “hijos de Dios”: “Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”; los santos son los que siguieron al Cordero por el Camino Real de la Cruz, y por seguir al Cordero, fueron perseguidos por el mundo, y así se hicieron merecedores de la Bienaventuranza de ser perseguidos por causa de la justicia de Dios y se hicieron dignos del Reino de los cielos: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos”; los santos son los que fueron injuriados, perseguidos y calumniados, por causa de Jesucristo,  así merecieron ser recompensados grandemente, con la vida eterna en los cielos, y merecieron alegrarse y regocijarse, con una alegría y regocijo sobrenaturales, celestiales, que nada ni nadie les puede quitar, nunca jamás, porque es la alegría y el regocijo que les transmite el mismo Jesús: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos”.
Los santos son entonces aquellos en quienes se cumplieron a la perfección las Bienaventuranzas proclamadas por Nuestro Señor en el Sermón de la Montaña, pero son también aquellos en quienes se cumplió a la perfección la Nueva Bienaventuranza, la Bienaventuranza proclamada por la Santa Madre Iglesia desde el Nuevo Monte de las Bienaventuranzas, el Altar Eucarístico, por medio del sacerdote ministerial, en la Santa Misa, una vez producido el milagro de la Transubstanciación, cuando el sacerdote, ostentando la Eucaristía en alto, dice al Nuevo Pueblo Elegido: “Felices–es decir, bienaventurados, dichosos, alegres, benditos-, los invitados al banquete celestial -a la Mesa del Altar, al Banquete Eucarístico”[1]. Por esto, los santos son los que se alimentaron de la Eucaristía y prefirieron el Banquete Eucarístico antes que los banquetes de la tierra; los santos son los que despreciaron los manjares de la tierra, como si fueran cenizas, porque los más exquisitos manjares de la tierra, tenían para ellos sabor a cenizas, en comparación con el manjar de los manjares, ofrecido por la Santa Madre Iglesia en el Banquete Dominical: la Carne del Cordero, asada en el Fuego del Espíritu Santo, el Pan Vivo bajado del cielo y el Vino de la Alianza Nueva  y Eterna, la Sagrada Eucaristía; los santos son los que prefirieron morir, literalmente hablando, antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado, tomando al pie de la letra lo que decían a Jesucristo, oculto en el sacerdote ministerial, al recitar la fórmula de la confesión sacramental: “…antes querría haber muerto que haberos ofendido”, porque sabían bien que el pecado mortal o el venial deliberado los privaba, en mayor y en menor medida, respectivamente, de la unión sacramental con el Amor Divino Encarnado, Jesucristo, y por no privarse de la unión sacramental con el Amor de los amores, preferían literalmente la muerte, antes que pecar mortalmente o con un pecado venial deliberado; los santos fueron los que entraron al Reino de Dios por la “Puerta Estrecha” (Lc 13, 22-30), que es la Santa Cruz de Jesús; son los que se esforzaron por cumplir los Mandamientos de Jesús, dictados desde la cruz, movidos por el amor a Jesús que brotaba de un corazón contrito y humillado, y no por el deseo del cielo, ni por el temor al infierno, y es por eso que el amor con el que amaron a Jesús fue un amor perfecto, porque no los movía ni las delicias del cielo, ni los dolores del infierno, sino el amor puro y ardiente a Jesús crucificado.
         Estos son los santos, a los cuales celebra la Santa Iglesia Católica, y a los cuales nos propone para que los imitemos: son los que amaron a la gracia santificante y a la Eucaristía, más que a la propia vida, y por eso mismo, ahora son bienaventurados, es decir, dichosos, alegres, felices, por toda la eternidad.



[1] Cfr. Misal Romano.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Solemnidad de Todos los Santos



         La Iglesia celebra y festeja a los habitantes del cielo, los santos, es decir, a aquellas personas que, por toda la eternidad, no solo no experimentarán nunca más el dolor ni la tristeza, ni tendrán los pesares ni las amarguras de esta vida, sino que vivirán para siempre, por los siglos de los siglos, sin fin, una alegría inimaginable, un gozo inagotable, una dicha imposible de ser concebida siquiera en su mínima expresión, por cualquier mortal.
         Los santos viven en un estado de éxtasis permanente de amor y de alegría, de dicha y de paz, y es tanta la alegría que experimentan, y tan grande el gozo, que apenas si pueden creer lo que están viviendo. Se cumple para ellos, en el cielo, lo que les sucedía a los discípulos al ver a Jesús resucitado: “No podían creer de la alegría”. Nada ni nadie les arrebatará la dicha, la alegría, el gozo, y las penurias de esta vida, y aún su misma condición de haber sido pecadores, les será sólo un ligero recuerdo, como dice San Agustín, puesto que toda la energía vital de sus almas, plenificadas por la gloria divina, estarán concentradas en disfrutar y gozar la más maravillosa y grandiosa hermosura que jamás pueda ser concebida, la Santísima Trinidad, y María Santísima. El alma humana fue creada para deleitarse en la belleza del Ser divino trinitario y en la Concepción Inmaculada de María Santísima, y este deleite lo experimentan los santos sin reservas, sin límites ni de espacio ni de tiempo, por los cielos infinitos, y por los siglos sin fin, para siempre.
La visión de la Santísima Trinidad y de María Santísima, que es lo que hace santo al santo, y lo que lo hace por lo tanto feliz o bienaventurado, hace que a cada instante –es solo un modo de decir, porque en el cielo no hay tiempo, por lo tanto, no hay instantes ni segundos ni nada parecido, solo eternidad-, experimenten gozos y alegrías imposibles de describir ni de imaginar; por cada segundo que pasa, se suceden para ellos explosiones interminables de infinito Amor divino; cada segundo que pasan en el cielo, se ve colmado de gritos de alegría e interminables éxtasis de felicidad; la visión beatífica del Ser trinitario y de María Santísima les lleva a danzas festivas, a cantos de alabanzas, de gloria, de honor, al Cordero que los redimió, los lavó con su Sangre, y los hizo participar de su misma alegría infinita, y si bien tienen, para su gozo y disfrute eterno, cientos de miles de millones de mundos celestiales, creados para ellos por la Trinidad, y si bien se suceden para ellos colores, música celestial y aromas exquisitos, y si a todo esto, que no es más que un empezar de un maravilloso mundo sin fin, se le agrega la visión de los hermosísimos ángeles de luz, los santos no quieren desperdiciar, ni por un segundo, la visión que los colma de gozo y de alegría inimaginable, el Ser Trinitario y la Virgen María.
¿Qué hicieron los santos, para merecer tanta alegría, tanta dicha, tanto Amor, tanta paz, tanto gozo?
Vivieron las Bienaventuranzas, y así fueron "pobres de espíritu", porque prefirieron la riqueza de la Eucaristía a las riquezas materiales; fueron mansos, porque imitaron la mansedumbre de los Sagrados Corazones de Jesús y de María; son bienaventurados porque, como signo de bendición divina, recibieron tribulaciones y por ellas lloraron, pero lo hicieron al pie de la Cruz, y jamás renegando del Salvador que se las enviaba; tuvieron "hambre y sed de justicia", porque no soportaban ver ultrajado el nombre de Dios; fueron misericordiosos, porque el prójimo más necesitado, material y espiritualmente, fue siempre su primera y más urgente ocupación;  fueron "puros de corazón", porque no solo rechazaron las impurezas de los apetitos carnales, sino que su deleite fue imitar la castidad de Jesús y de María; trabajaron por la paz, no como la da el mundo, sino la paz de Cristo, paz profunda del corazón, que asienta en un corazón contrito y humillado.
Pero además de vivir las Bienaventuranzas, fueron fieles a las palabras de Jesús: “El que quiera seguirme, que cargue su Cruz de cada día y me siga” (Mt 16, 24. Los santos abrazaron la Cruz, fueron fieles a la gracia santificante, prefirieron la muerte del Calvario antes que la vida mundana, y porque siguieron al Cordero camino de la Cruz, ahora lo adoran por los siglos sin fin en los cielos.