San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 18 de marzo de 2022

San José, esposo meramente legal de la Virgen y Madre de Dios

 



Cuando se habla de San José como esposo de la Virgen, hay que ser muy cautos y muy precisos en la terminología y en los conceptos, porque de lo contrario, se puede caer en graves errores que se convierten automáticamente en herejías y blasfemias. Hoy más que nunca, es necesario que el católico tenga bien presentes las verdades de fe y la condición de San José como esposo meramente legal de la Virgen es una verdad de fe, que se deriva a su vez del misterio salvífico de Jesús de Nazareth. Si esta verdad de fe se niega y se afirma lo contrario a la verdad, como lo hizo la monja blasfema Sor Lucía Caram, públicamente, en un programa televisivo en España[1] -vomitando sin pudor una gravísima mentira, al afirmar que San José y la Virgen eran un matrimonio “normal”, con toda la “normalidad” que eso implica, como el trato esponsal-, eso es profesar públicamente una herejía, además de atentar contra la Virgen, contra Dios Hijo, contra Dios Padre, contra Dios Espíritu Santo y contra el mismo San José. Por este motivo, es que en el día de San José, ofrecemos la Santa Misa en reparación por las blasfemias proferidas por la monja herética y blasfema, Sor Lucía Caram, de la Orden Dominicana, quien hasta el día de hoy no se ha retractado en lo más mínimo, a pesar de la gravedad de la ofensa.

Cuando se habla de la condición de San José como esposo de María Santísima, hay que tener en cuenta diversos aspectos de nuestra fe católica, porque de lo contrario, se cae en errores sumamente graves. En este caso, no da lo mismo decir que San José era solo el esposo legal de María Santísima, a afirmar que era un esposo en el sentido como se interpreta la palabra “esposo” entre los humanos. Si se dice que San José era solo el esposo legal, eso es acorde a la fe católica, porque así se proclama la castidad y santidad de San José –ser esposo legal quiere decir que el trato entre él y la Virgen no era el trato esponsal en el sentido humano de la palabra, sino que era un trato como de hermanos, es decir, un amor fraterno, de hermanos y NO un amor esponsal en el sentido humano-, al mismo tiempo que se reafirma la fe en María Santísima como Virgen y como Madre de Dios al mismo tiempo, es decir, María es Virgen porque jamás tuvo trato esponsal y es Madre de Dios porque dio a luz en el tiempo al Hijo Eterno del Padre, encarnado en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth; afirmar y creer que San José era solo esposo legal de María Santísima, es afirmar la fe en la divinidad del Hijo de María, Jesús de Nazareth, porque si San José no tenía trato esponsal con la Virgen, entonces es verdad lo que el Ángel le dice a San José en sueños: “No temas en recibir a María, porque lo engendrado en Ella viene del Espíritu Santo”; afirmar que San José era solo esposo legal de María Santísima, es afirmar la fe en el Espíritu Santo como Esposo Místico de la Madre de Dios, porque es el Espíritu Santo, el Amor de Dios, el que fecunda el seno virginal de María, conduciendo a Dios Hijo al seno de María por un lado, al mismo tiempo que crea la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth en el útero de María Santísima.

El que niega que San José sea solo el esposo meramente legal de la Virgen, comete una cuádruple blasfemia: blasfema contra la Virgen, negando la virginidad de María y negando por lo tanto su condición de Madre de Dios; blasfema contra Dios Hijo, Jesús, porque eso equivaldría a decir que Jesús era hijo biológico de San José y no Hijo de Dios, Hijo del Eterno Padre, engendrado desde la eternidad en el seno del Padre; blasfema contra el Espíritu Santo, porque sería negar que hubiera sido el Espíritu Santo, esto es, el Amor de Dios, el que llevó al Hijo de Dios al seno virginal de María, creando en el instante de la concepción, la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth; negar que San José sea solo el esposo legal de María Virgen, es blasfemar contra el mismo Padre Adoptivo del Hijo de Dios, San José, porque sería afirmar que él es el padre biológico de Jesús, con lo cual se negaría la castidad de San José y la divinidad de Jesús de Nazareth, porque si Jesús es hijo biológico de San José, entonces es una persona humana y no una Persona divina, como lo enseña la Iglesia Católica.

En el día en el que honramos a nuestro Santo Patrono San José, queremos, por un lado, repudiar con todas nuestras fuerzas las blasfemias de Sor Lucía Caram y de cualquiera que se atreva a atentar contra la persona santa, casta y pura de San José; por otro lado, queremos rendir homenaje a quien en su vida terrena cumpliera a la perfección el encargo dado por Dios Padre, el de ser el Padre Adoptivo del Hijo de Dios encarnado, Jesús de Nazareth y esposo meramente legal de la Virgen y Madre de Dios, María Santísima.

jueves, 3 de marzo de 2022

Los favores de San José para con sus devotos

 



         San Isidoro nos enseña la grandeza del amor de San José para con sus devotos, por medio de la siguiente historia, sucedida realmente. El santo relata que en Venecia vivía un buen hombre que era muy devoto de San José y que en honor de San José, daba gran cantidad de limosna a los más necesitados, además, acudía a los templos en donde se encontraba la imagen de San José, ayudaba a preparar los altares y hacía muchas otras demostraciones en honor de su Santo Patrono. Poco tiempo después, este señor, devoto de San José, se enfermó con cierta gravedad y al encontrarse en ese estado, enfermo, se preocupó mucho por su salud corporal y no tanto por la salud de su alma. Su enfermedad comenzó a agravarse cada vez más, por lo que hacía todo lo posible para curar su cuerpo y de tal manera se agravaba, que estaba ya a punto de morir, pero no pensaba ni por un instante en confesarse, porque los amigos del cuerpo y enemigos del alma, para no afligirlo, no le advertían que estaba a punto de morir.

Es aquí en donde interviene San José, demostrando cuánto amor tiene el Padre adoptivo de Jesús para con sus devotos: San José se le apareció en sueños y le hizo ver en el estado en el que se encontraba su alma –tenía muchos pecados ocultos y nunca confesados- y le ordenó que se confesara para que su alma quedara limpia de pecado, llena de la gracia de Dios y en estado de ir al Cielo. El devoto de San José, apenas despertó, pidió la asistencia de un sacerdote para confesarse, lo cual hizo con verdadera contrición, es decir, con dolor sincero por sus pecados, porque San José le había hecho tomar conciencia de que con sus pecados, había crucificado a Jesús. Luego de confesar todos sus pecados con verdadero arrepentimiento, entregó su espíritu al Señor Jesús por medio de las manos de su Abogado San José, ingresando así en el Cielo.

Con esta historia real, vemos cómo la devoción a San José le valió nada menos que la vida eterna en el Reino de Dios y vemos también cómo San José ama tanto a sus devotos, que no permite que ninguno se condene eternamente. Por último, vemos cómo San José no le obtuvo la salud del cuerpo, porque finalmente el devoto murió, pero sí le obtuvo lo más importante en esta vida, que es la salud del alma, porque a través de San José, que le avisó en qué estado estaba su alma, pudo confesarse y así obtener la salvación eterna.  

Como devotos de San José, preocupémonos de la salud del alma, más que por la salud del cuerpo: si cuidamos el cuerpo tomando medicinas, cuidemos todavía más el alma, recibiendo la gracia santificante por medio del Sacramento de la Penitencia. Si hacemos así, luego de nuestra partida de esta vida terrena, nos encontraremos con nuestro Santo Patrono San José en el Reino de los cielos y adoraremos con él y con la Madre de Dios, al Hijo adoptivo de San José, Nuestro Señor Jesucristo.

viernes, 30 de abril de 2021

San José, Patrono de los trabajadores

 


         El trabajo dignifica al hombre, ya que es un mandato divino en el Génesis: “Ganarás el pan de cada día con el sudor de tu frente”. Dios mismo da el ejemplo, pues Él “trabaja” –es un antropormorfismo, una manera de adecuar el hecho a la capacidad de interpretación del hombre- cuando Él crea el mundo, pues la Sagrada Escritura dice que “Dios creó el mundo y al séptimo día descansó” y el descanso viene luego de, obviamente, una ardua jornada de trabajo.

         Ahora bien, el trabajo ha sido, más que dignificado, santificado por el Hombre-Dios Jesucristo, pues siendo Él Dios en Persona, la Segunda de la Trinidad, quiso encarnarse en una humanidad, la humanidad santísima de Jesús de Nazareth y quiso, a través de esa humanidad, trabajar y como todo lo que Dios hace es santo, santificó el trabajo. Es decir, a partir de Cristo, el trabajo humano se convierte –siempre ofrecido a Dios como un sacrificio por medio de Jesucristo- en un medio de santificación del alma y un medio para alcanzar, meritoriamente, el Reino de los cielos. El hombre que trabaja imita, por un lado, a Dios Padre, quien “trabajó” en la Creación del universo visible e invisible; por otro lado, imita al Hombre-Dios Jesucristo, quien por la Encarnación, debió trabajar para ganar el sustento diario para su familia, ayudando a San José en su labor de carpintería.

         El trabajo, además de ser una virtud, porque con él se cumple el mandato divino de ganar el pan con el sudor de la frente, es también un medio de santificación del alma, pues cuando el trabajo –bien hecho, con la mayor perfección posible, porque no se puede ofrecer a Dios un trabajo hecho con mala gana-, se convierte en un camino para ganar, con méritos, el Reino de los cielos. Trabajar, para el cristiano, tiene una profunda connotación religiosa, pues une al alma a Dios Padre y a Dios Hijo y también a Dios Espíritu Santo, porque esta unión es realizada por el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor del Padre y del Hijo.

         Quien no trabaja –no porque no puede, ya que hay gente verdaderamente impedida de trabajar-, se aleja de la Trinidad, comete el pecado capital de la pereza y se acerca e imita al Padre de la pereza, el Demonio, quien en su odio contra Dios y el hombre, incita a éste último a no trabajar, para que precisamente no se parezca a Dios en su trabajo y no gane el Cielo con su trabajo. El perezoso, el que pretende ganar dinero sin trabajar, a costa del trabajo de los demás, no solo es una carga social, pues toda la sociedad debe aportar, forzadamente, para su manutención, sino que además se convierte en un agente de Satanás en el mundo y en un reclutador de futuros habitantes del Infierno, puesto que la pereza es un pecado capital y quien muere en pecado capital, se condena. Por esta razón, no da, absolutamente, lo mismo, trabajar que no trabajar: quien trabaja configura su alma a Dios Trino, posee en su corazón a Dios Hijo y hace méritos para ganar el Cielo; quien no trabaja, configura su alma al Perezoso por antonomasia, el Demonio, expulsa de su corazón a Dios Trino y entroniza al Demonio y se hace acreedor de un lugar fijo en el Infierno. Puede suceder, en algunos casos excepcionales, y por corto plazo de tiempo, que una familia necesite ayuda extra del Estado y de organizaciones no gubernamentales para poder subsistir durante un tiempo; pero si esta ayuda económica se prolonga de generación en generación, de manera que en una familia se dan tres, cuatro o cinco generaciones que no trabajan porque reciben subsidios del Estado, entonces en ese caso hay un deliberado deseo de no trabajar, de vivir sin trabajar, de vivir del dinero y el esfuerzo de los demás –lo cual, además de la pereza, le agrega el pecado del robo- y eso constituye un círculo vicioso que ningún cristiano, que se llame cristiano católico, puede permitirle, por el honor de su condición de católico y de hijo de Dios. El hijo de Dios debe desear parecerse a su Padre adoptivo, Dios Padre y al Hijo de Dios, Cristo Jesús, para ganar el pan con el sudor de su frente, para dignificarse a él y a su familia y para así ganar el Cielo. En este sentido, un ejemplo insuperable de trabajador infatigable, que vivió siempre con lo justo, pero sin que nunca le faltara nada para su familia, la Sagrada Familia de Nazareth, es San José, quien como padre adoptivo de Jesús y como esposo meramente legal de María Santísima, trabajó incansablemente para lograr el sustento de la Sagrada Familia. Según la Tradición, San José trabajó hasta el día de su muerte, pues fue en ocasión de acudir a un pueblo cercano, en medio de una tormenta de nieve, para cumplir un encargo de carpintería, lo que lo enfermó gravemente de neumonía, llevándolo a morir por esta enfermedad, en brazos de Jesús y María.

         No nos dejemos llevar por organizaciones anti-cristianas, como el socialismo, el comunismo ateo, el laicismo, que exaltan al trabajador pero solo para usarlo como propaganda para sus fines políticos, pues no desean la prosperidad del trabajador, sino su esclavización y el uso inhumano de su trabajo en beneficio propio y en cambio, imitemos a San José, Patrono de los trabajadores, para que con nuestro trabajo diario, hecho de cara a Dios y ofrecido a Él como sacrificio en Cristo Jesús, nos ganemos dos cosas: el pan de cada día y el Reino de los cielos.

jueves, 18 de marzo de 2021

San José, modelo de contemplación y adoración eucarística

 



         San José tuvo la gracia inigualable de ser el padre adoptivo y terreno del Hijo de Dios encarnado. Esto significa que, sin ser el padre por naturaleza de Nuestro Señor, fue hecho partícipe de la paternidad divina de Dios, Padre Eterno.

         El ser padre adoptivo de Jesús le fue concedido porque San José era varón pleno de dones, virtudes y gracias. Entre otras virtudes y gracias, caracterizaron a San José la castidad, la pureza de cuerpo y alma, la fe, la devoción, la piedad, la humildad, la fortaleza, etc. Pero sobre todo, había una gracia en particular que sobresalía en San José: como ya dijimos, el ser hecho partícipe de la paternidad divina de Dios Padre.

         Esto quiere decir que San José debía cumplir, en la tierra y en el tiempo, el papel de Padre que Dios cumplía en el cielo y en la eternidad. ¿En qué consistía el papel de Dios Padre? Ante todo, contemplaba a su Hijo, en quien “tenía puesta toda su predilección”, puesto que su Hijo era su misma Sabiduría, era su Verbo y era su Palabra y al contemplarlo, lo amaba, con un Amor Eterno, el Amor Divino, el Espíritu Santo.

         Dios Padre, desde la eternidad, contemplaba a su Hijo, que había sido engendrado en su seno paterna también desde la eternidad y junto con la contemplación, lo amaba con su Amor, el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

         De la misma manera San José, en relación a su Hijo adoptivo, si bien no había surgido de él –porque San José no era su padre biológico-, sin embargo imitaba a Dios Padre y participaba de su contemplación y de su amor por Jesús. San José contemplaba a Jesús, siendo Jesús Niño y Joven y se maravillaba –al ser iluminado por el Espíritu Santo- por el hecho de que su Hijo Jesús no era un niño más entre tantos, sino que era Dios Hijo encarnado, hecho Niño, su Niño, para que él, San José, cuidara de Jesús con todo su amor paterno. San José contemplaba a Jesús y no podía salir de su asombro, al comprobar, con la luz del Espíritu Santo que lo iluminaba, que su Hijo Jesús era la Segunda Persona de la Trinidad y que se había encarnado, que había descendido del seno del Padre al seno virgen de María Santísima y que, oculto en una naturaleza humana, hablaba, caminaba, reía, lo ayudaba en sus labores y, sobre todo, lo amaba como su Padre adoptivo. Si San José amaba a Jesús con su amor paterno, Jesús le devolvía ese amor, amándolo con el Amor de su Sagrado Corazón, el Espíritu Santo.

         San José, entonces, miraba la humanidad de su Hijo y en ella y a través de ella contemplaba la divinidad de la Segunda Persona y por esta razón lo amaba y lo adoraba y es por esto que San José es modelo de contemplación y de adoración eucarística, porque nosotros, de alguna manera, podemos imitar a San José, mirando con los ojos corporales a la apariencia de pan y contemplando, con la luz de la fe, a Dios Hijo encarnado, Presente, glorioso y resucitado, en la Eucaristía y amando, como amaba San José a su Hijo, Dios encarnado, a Jesús en el Santísimo Sacramento del altar. Por este motivo, San José es nuestro modelo de contemplación y adoración eucarística.

viernes, 1 de mayo de 2020

San José, modelo de santidad para todo esposo, padre e hijo


Catholic.net - La Sagrada Familia

          Desde su más pequeña infancia, durante su juventud y en su edad adulta, San José se caracterizó por la diversidad de dones, virtudes y gracias que poseía: humilde, viril, puro, piadoso, devoto, ferviente y casto. La razón es que había sido elegido, desde su nacimiento, para ser el Padre Adoptivo de Dios Hijo en la tierra, además de ser el Esposo meramente legal de la Madre de Dios. Ambas funciones no las podía desempeñar cualquier hombre, ni siquiera un hombre sabio o prudente, sino que debía ser un hombre santo y el más santo entre todos y éste, por la gracia de Dios, era San José. Desde muy pequeño, la gracia de Dios asistió a San José para que no solo no cayera en el pecado, sino para que fuera uno de los santos más grandes entre todos los santos. A Él le confió Dios Padre los dos tesoros que más amaba: a su Hijo Jesús y a la Virgen María, su Madre. Dios Padre no podía ni quería encargar a nadie que no tuviera las cualidades, dones y virtudes que tenía San José, para que lo reemplazara en el papel de Padre en la tierra: Él era el Padre de Jesús en la eternidad, puesto que Jesús es Dios e inhabita en el seno del Padre desde la eternidad, pero al encarnarse, necesitaba de un padre terreno, adoptivo, y ése no podía ser otro que San José. A su vez, Dios Espíritu Santo, Esposo celestial de María Santísima, no podía encargar a otro que no fuera San José, el desempeñar el rol de esposo meramente legal de su virginal esposa, la Madre de Dios.
          Por estas razones, San José es modelo inigualable de hijo, de padre y de esposo: de hijo, porque cumplió a la perfección el rol que le asignó Dios Padre; de padre, porque cumplió ejemplarmente el papel de Padre adoptivo de Jesús, también encomendado por Dios Padre; por último, desempeñó a la perfección el rol de Esposo meramente legal de María Santísima, pues siempre la amó con amor de hermano, a la Virgen María. Por todo esto, San José es modelo inigualable de santidad para todo hijo, esposo y padre terrenos, que deseen alcanzar el Reino de los cielos.

martes, 19 de marzo de 2019

San José, modelo de santidad para todo cristiano



         Para todo cristiano, San José es modelo de santidad.
Es modelo de hijo, porque fue elegido por Dios Padre para ser Padre virginal y adoptivo de su Hijo Dios en la tierra y San José se comportó como hijo predilecto de Dios Padre, obedeciendo y cumpliendo a la perfección el rol que su Padre Dios le había encomendado.
Es modelo de padre, porque su tarea en la tierra fue la de ejercer como sustituto terreno de Dios Padre, para educar a Dios Hijo encarnado, quien al venir a esta tierra, vino en el seno de una familia, como niño pequeño y por lo tanto, necesitado de padre y de madre. Aunque el padre natural, desde toda la eternidad, de Jesús, era Dios Padre, San José hizo las veces de padre adoptivo de su Hijo Jesús, adoptando a Jesús como si fuera su verdadero hijo.
Es modelo de esposo, porque si bien el matrimonio con María era un matrimonio meramente legal, lo cual quiere decir que nunca jamás tuvieron trato esponsal como lo hacen los esposos de la tierra, siendo el trato entre ambos como el de los hermanos entre sí, San José se comportó como un esposo legal, en el sentido de que fue siempre fiel y dedicó todos sus esfuerzos y toda su vida y todo su amor, tanto a su Esposa legal, María Santísima como a su Hijo adoptivo, Cristo Jesús. Para San José, Padre y Esposo Virgen, no hubo en la tierra ninguna otra mujer que no fuera su esposa legal, María Santísima, a quien sirvió de cuerpo y alma toda su vida, tratándola como si fuera su hermana y jamás le dio un trato tal como lo hacen los esposos de la tierra.
Es modelo de adorador eucarístico, porque él debía tratar todos los días con su Hijo, que además de ser un niño, era Dios en Persona. Cuando San José contemplaba a su Hijo en su humanidad, como niño, lo contemplaba además como Dios y lo adoraba en su humanidad santísima y en su divinidad, admirándose de tan grandioso misterio, sin poder salir de su asombro de saber que ese Niño al que Él contemplaba y amaba, era al mismo tiempo el Dios que lo había creado, el Dios que habría de redimir a los hombres y el Dios que habría de santificar a la humanidad, enviando al Espíritu Santo junto al Padre. De la misma manera, el adorador eucarístico, imitando a San José, no debe salir de su asombro, al contemplar la Eucaristía, porque si a los ojos del cuerpo parece un pan, así como a los  ojos de San José Jesús aparecí como un Niño, a los ojos del alma del adorador la Eucaristía se revela en el esplendor de la divinidad de Cristo Jesús, el Hijo de Dios Padre, así como a los ojos del alma de San José el Niño Dios se le manifestaba como el Hijo del Eterno Padre. Y así como San José adoraba en la humanidad a la divinidad del Verbo, así el adorador eucarístico adora, en las especies sacramentales, a Dios Hijo encarnado.
Por todo esto, San José es modelo insuperable de santidad para todo cristiano, independientemente de su estado de vida.

domingo, 17 de junio de 2018

San José, modelo de santidad para todo padre de familia



         Para todo padre de familia que desee la santidad, San José es modelo de fe, de vida y sobre todo de santidad, porque vivió a la perfección las virtudes cristianas en su vida terrena. Por eso, todo padre de familia debe contemplar a San José como modelo ideal e insuperable de vida cristiana.
         Ante todo, San José es modelo como hijo de Dios, aun siendo él el Padre adoptivo de Jesús, porque este rol lo cumplió San José en cumplimiento de la voluntad de Dios Padre. Es decir, así como todo padre de familia es a su vez hijo, San José es modelo de cómo ser hijo, al cumplir con amor y a la perfección el encargo dado por Dios Padre de ser el padre adoptivo de Dios Hijo en la tierra.
         San José es modelo como Padre de familia, porque amó a su Esposa legal –nunca tuvo relación de tipo marital con la Virgen, sino que el trato entre ellos era como el de hermanos, visto que la Virgen era la Madre de Dios- y a su Hijo adoptivo, Jesús, con amor inigualable, prodigándose y trabajando día y noche para que a la Sagrada Familia no le faltara el sustento. En los días de tribulación, cuando por ejemplo su Hijo recién nacido estaba amenazado de muerte, San José, obedeciendo a las órdenes del Ángel, tomó a su Esposa y al Niño y los condujo, bajo su protección, hasta Egipto, siendo el Protector de la Sagrada Familia en un tan largo y peligroso viaje. Pero en los días de tranquilidad y de paz, que fueron muchos, San José también fue el Protector de la Sagrada Familia, porque con su oficio de carpintero, proveyó de todo lo necesario para que  María y Jesús tuvieran todo lo que les hacía falta.
         San José es modelo como Esposo, porque si bien, como dijimos, María fue su Esposa meramente legal y jamás hubo trato de tipo marital entre ellos, sino un amor de hermanos, San José amó a la Esposa legal que Dios le encomendó, la Virgen, y la amó y la trató con todo cuidado, con todo cariño, con todo respeto, dando su vida para Ella y su Hijo y no teniendo a nadie más en su corazón que no fuera a su Esposa legal.
         San José es modelo de Padre, porque si bien Jesús no era su hijo biológico, ya que Jesús es Hijo de Dios y su Padre es Dios Padre y la Concepción y Encarnación de Jesús fueron obra del Espíritu Santo y no de un varón como él, es modelo de Padre perfecto, porque si bien su Hijo adoptivo era Dios, San José cuidó de Él desde el día de su nacimiento y desde entonces, no pasaba ningún día sin que contemplase a su Hijo Dios, amándolo y adorándolo en el misterio de ser, su propio hijo adoptivo, el Dios que lo había creado y que ahora se encarnaba para salvarlo y santificarlo. Por eso, San José es modelo de oración en la vida de trabajo y de adoración contemplativa para todo padre de familia, porque así como San José amaba a su Hijo Dios mientras trabajaba y lo adoraba, así todo padre de familia cristiano debe, en medio de sus ocupaciones diarias, trabajar y contemplar a Jesús, rezando en imitación de San José y así también todo padre de familia debe adorar a Jesús Eucaristía, así como San José adoraba a su Hijo Jesús, Dios Encarnado.
         A San José también se le deben encomendar todos los padres difuntos, que en esta vida terrena recibieron el bautismo, la comunión y la confirmación, porque él es el Patrono de la muerte buena y santa, ya que murió entre los brazos de Jesús y María, según la Tradición, luego de enfermar gravemente de neumonía al ir a cumplir un encargo de trabajo en un pueblo vecino. Puesto que es el Patrono de la muerte buena y santa, a él se debe acudir para que interceda por todos los padres terrenos difuntos, que en esta vida fueron fieles de la Iglesia, para que por la misericordia de Dios gocen de la visión beatífica.
         Por último, en el día en el que se recuerda a los padres terrenos, es necesario elevar la mirada del alma, sobre todo los padres, que también son esposos e hijos a su vez, para que en San José contemplen el modelo ideal de vida del varón puro y santo, en el que se encuentran todas las virtudes necesarias para que todo padre de familia alcance la santidad en su imitación.

martes, 1 de mayo de 2018

San José, obrero de Dios, por Dios y para Dios


Esta fiesta fue instituida por Pío XII el 1 de mayo de 1955. Por la misma, se honra a San José en su profesión de carpintero y en su condición de sostenedor económico de la Sagrada Familia.
Ese mismo día, el Santo Padre Pío XII dijo a los trabajadores reunidos en la Plaza de San Pedro: “El humilde obrero de Nazaret, además de encarnar delante de Dios y de la Iglesia la dignidad del obrero manual, sea también el próvido guardián de vosotros y de vuestras familias”. San José experimentó la dureza de la pobreza y de una vida de sacrificios, pero no por esto se rebeló de forma violenta contra los que más tenían. Su mayor riqueza era su Familia, la Sagrada Familia de Nazareth, en la que resplandecía su Hijo Dios, que al mismo tiempo que era su Hijo adoptivo, era el Dios que lo había creado, y ahora se encarnaba para redimirlo y santificarlo por el Don del Espíritu Santo. Su otra mayor riqueza era su Esposa meramente legal, la Santísima Virgen María. San José se santificó con su trabajo, no lo usó como herramienta para atacar “a las clases superiores”. Era consciente de que el trabajo debía ser dedicado a Dios, para santificarse él por medio del trabajo. San José fue elegido por Dios, con lo que él era y él era carpintero, un oficio humilde pero digno. Fue Dios quien quiso que el hombre en quien más confiaba en esta tierra para darle el cuidado de Dios Hijo y de la Esposa del Espíritu Santo fuera un obrero, por lo tanto fue Dios quien quiso que San José fuera obrero de Dios, para Dios, con Dios. Éste es el verdadero y único significado del Día del Trabajador y el modelo para todo trabajador cristiano es San José y sólo San José. Como San José, todo trabajador cristiano debe ser trabajador de Dios, para Dios y con Dios y así santificarse en su trabajo.
Ahora bien, otra cosa muy distinta es el establecimiento del 1º de Mayo como Día del Trabajador, el cual no se debe a la Iglesia, sino al Comunismo, derivado a su vez de la Revolución Francesa, la cabeza de hidra o la caja de Pandora de donde salieron todo tipo de males para la humanidad.
La II Internacional comunista proclamó en el año 1889 al 1º de Mayo como “fiesta revolucionaria del trabajo”, en oposición radical a la consideración del trabajo como medio de santificación del trabajador. Para contrarrestar esta nefasta influencia del trabajo como “fiesta revolucionaria” contra Dios, el Papa León León XIII publicó, también en 1889, la Quamquam pluries. Tiempo después, el marxismo internacional fundó la III Internacional que consagró la hegemonía del Partido Comunista, que tantos males traería al mundo, puesto que llevaría a cabo la concreción de la idea del trabajo como acción humana que desafía al reinado social de Jesucristo. El comunismo y el socialismo -expresión falsamente democrática del comunismo- fueron ideologías surgidas del satanista confeso Carlos Marx y desde un inicio se mostraron como mortales enemigos de la Iglesia y del obrero cristiano. Para preservar a los obreros cristianos de la influencia atea y materialista de estas ideologías, es que los Papas consideraron oportuno advertir a los fieles y confiarlos al cuidado de San José.
Por esto mismo, el socialismo fue condenado por Su Santidad León XIII en la encíclica Quod Apostolici Muneris, ya que sus principios -negación de Dios y de la Iglesia, supresión de toda autoridad, igualdad absoluta de todos los hombres en la esfera jurídica y en el plano político, disolubilidad del vínculo matrimonial y por consiguiente disolución de la familia, abolición del derecho a la propiedad privada, acción política demagógica sostenida por una propaganda revolucionaria y dirigida de modo violento contra otras clases sociales- constituían una clara amenaza contra el orden social cristiano que reconoce a Cristo como Rey de las personas, de las familias y de las naciones.
En el Motu Proprio Bonum sane et salutare, el Papa Benedicto XV, el 25 de julio de 1920, advirtió a los fieles respecto del socialismo y el gobierno mundial, al tiempo que los confiaba al cuidado de San José:
“Por lo tanto, hemos de deplorar mucho más que antes que las costumbres sean más libres y depravadas y que, por la misma razón, se agrave cada día más la que llaman causa social, de modo que debemos temer males de gravedad extrema… Pues, en los deseos y la expectativa de cualquier desvergonzado se presenta como inminente la aparición de cierta República Universal… y en la cual no habría diferencia alguna de nacionalidades ni se acataría la autoridad de los padres sobre los hijos, ni la del poder público sobre los ciudadanos, ni la de Dios sobre los hombres unidos en sociedad… Si esto se llevara a cabo no podría menos de haber una secuela de horrores espantosos; hoy día ya existe esto en una no exigua parte de Europa que los experimenta y siente. Ya vemos que se pretende producir esa misma situación en los demás pueblos; y que, por eso, ya existen aquí y allá grandes turbas revolucionarias porque las excitan el furor y la audacia de unos pocos… Por la misma razón, para retener en su deber a todos los hombres que se ganan el sustento por sus fuerzas y su trabajo donde quiera vivan y conservarlos inmunes del contagio del socialismo que es el enemigo más acérrimo de la sabiduría cristiana, ante todo les proponemos fervorosamente a San José para que lo elijan como guía particular de su vida y lo veneren como patrono”.  San José, entonces, es el verdadero y único patrono de los trabajadores, de aquellos trabajadores que quieren santificarse por su trabajo y no utilizarlo como mero pretexto de ideologías anti-cristianas para subvertir el orden natural y cristiano.
El Papa Pío XI, sucesor de Benedicto XV y viendo la creciente amenaza en contra de la Iglesia de la pestilente secta comunista, profundizó en la idea de San José como patrono de los trabajadores, idea que habría de contrarrestar la pestilente influencia del comunismo en las clases trabajadoras: “Para acelerar la paz de Cristo en el reino de Cristo, por todos tan deseada, ponemos la actividad de la Iglesia católica contra el comunismo ateo bajo la égida del poderoso Patrono de la Iglesia, San José”. Mientras el comunismo pretende que el trabajo sea un instrumento para esclavizar a las masas y controlarlas para instaurar una sociedad atea y regida por el comunismo, el Patrocinio de San José, por el contrario, defiende a los trabajadores de estas ideas perversas y los tutela para que, por el trabajo, se santifiquen y así conquisten el Reino de los cielos.
San José es un genuino representante de los trabajadores; siendo Padre adoptivo de Dios Hijo y por ello, perteneciendo a la nobleza celestial y poseyendo una fortuna incalculable desde el punto de vista espiritual, sin embargo perteneció a la clase obrera y experimentó personalmente el peso de la pobreza en sí mismo y para mantener económicamente a la Sagrada Familia, de la que era padre solícito y abnegado, tuvo que trabajar arduamente, a pesar de la riqueza espiritual mencionada -de hecho, murió de neumonía por causa de su trabajo, al enfermarse gravemente en medio de una tormenta, cuando se dirigía a cumplir un encargo-. Cumpliendo con toda fidelidad los deberes diarios de su profesión y todavía más, porque fue él quien protegió al Divino Niño cuando Herodes envió a sus sicarios para matarlo, San José es un ejemplo insuperable de vida para todos los que tienen que ganarse el pan con el trabajo de sus manos. Después de merecer el calificativo de justo (2 Pe 3, 13; cfr. Is 65,17; Ap 2,1), ha quedado como ejemplo viviente de la justicia cristiana, que debe regular la vida social de los hombres, además de ser ejemplo de santidad y de cómo un trabajador puede y debe santificarse por el trabajo, convirtiendo su lugar de trabajo en altar que se ofrece a Dios para su mayor honra y gloria.
Finalmente, fue el Papa Pío XII quien estableció que la fiesta de San José Obrero se celebre anualmente en la Iglesia Universal el 1 de mayo, fecha elegida específicamente para contrarrestar el feriado predominantemente socialista y comunista, conocido como “Día internacional de los trabajadores” o “Primero de Mayo”. En su discurso a los trabajadores italianos el Papa Pío XII, el 1° de mayo de 1955 dijo a los trabajadores: “Si quieres estar cerca de Cristo, te repito “Ite ad Ioseph”: ¡Ve a José!”. El Santo Padre no dice a los trabajadores: “Ve a Marx”, sino “Ve a José”. Marx es instaurador de la religión del odio, el comunismo, porque esta secta lo que hace es instaurar artificialmente el odio entre las clases sociales, además de exacerbarlo exprofeso. Dice así el Santo Padre: “El Cristianismo se funda en el amor, el marxismo parte del odio, de la lucha de clases, cree en el inmisericorde aniquilamiento de los adversarios. El Cristianismo es un llamado a todos los hombres, el marxismo convoca sólo a los proletarios, a los explotados. Uno cree en la Redención, el otro en la revolución”. Y una revolución no del hombre contra el hombre, sino del hombre contra Dios, porque es la revolución del ángel caído trasladada a los hombres.
El comunismo encierra un falso ideal de aparente redención y es falso porque es materialista y ateo por esencia y por lo tanto, “intrínsecamente perverso”. Su método para lograr el poder es enfrentar a las clases sociales por el odio y azuzar la lucha entre ellas. La difusión del comunismo se explica por las deslumbradoras promesas que hacen a los incautos -son los “espejitos de colores” con los que engañan a los hombres- y a los ignorantes, apoyándose en las injusticias del régimen económico liberal y es así como vemos hoy en tantas partes del mundo la difusión de los errores del comunismo, por medio del marxismo cultural. Las palabras de la Virgen en Fátima son de una actualidad estremecedora: “Si no se consagra a mi Inmaculado Corazón, Rusia esparcirá sus errores [esto es, el comunismo, N. del R.] por todo el mundo”. Y esta difusión de los errores del comunismo -con su secuela de violencia, destrucción, miseria y muerte por donde se asienta- es lo que estamos viviendo hoy, incluso dentro de la Iglesia Católica, con la Teología de la Liberación”. Por todo esto, no cabe duda de que el patrocinio de San José Obrero, es de inusitada urgencia.

Los trabajadores católicos no deben dejarse manipular por la secta comunista, que pretende utilizar el Día del Trabajador como una herramienta de control social dirigida a la destrucción del orden natural cristiano y deben acudir a San José, para amar a Dios en el trabajo y así santificarse, como dice el Papa Pío XII: “Ve a José”, Ite ad Joseph.

domingo, 18 de marzo de 2018

San José, Patrono de la vida de la gracia y de la muerte santa y Maestro de adoración eucarística



         
         
      Podemos decir que toda nuestra vida de cristianos está, literalmente, bajo el patrocinio de San José: es decir, desde que nacemos, hasta que morimos e independientemente de cuál sea nuestro santo al cual le tengamos mayor devoción, toda nuestra vida, hasta la muerte, se encuentra bajo el patrocinio de San José. Esto tiene consecuencias prácticas en nuestra vida espiritual cotidiana. Por ejemplo, cuando experimentemos la presencia de algún peligro para la vida de la gracia –una tentación que puede hacernos caer en el pecado- debemos recurrir a San José pero también si, viviendo en gracia, deseamos no solo conservar la gracia, sino aumentarla, también debemos recurrir a San José. Y esto, en cualquier momento –o mejor, en todo momento- de nuestra vida terrena.
Pero dijimos que también en la hora de la muerte estamos bajo el patrocinio de San José por lo que, cuando estemos ya cercanos a partir al otro mundo, es decir, cuando estemos cerca del momento en el que debamos comparecer ante Dios para recibir el Juicio Particular, también debemos acudir a San José. En otras palabras, independientemente de cualquier otro santo al cual le tengamos devoción, toda nuestra vida, desde que nacemos hasta que morimos y hasta en el momento mismo de la muerte, estamos bajo el patrocinio de San José.
¿Cuál es la razón? La razón es que, por un lado, San José fue el Padre adoptivo de Aquel que es la Gracia Increada y el Autor de toda gracia creada, Cristo Jesús y por eso es el Patrono de nuestra vida de la gracia. Durante su vida terrena y desde que se desposó legalmente con María Santísima, San José fue el Custodio y Protector de la Gracia Increada, Cristo Jesús: ejerciendo de padre adoptivo, San José cuidó de Jesús, de quien procede toda gracia, en su niñez y juventud y por eso es el Custodio, no solo de la niñez, sino de aquello que hace que una persona adulta –de veinte, cincuenta o setenta años- sea “como niño” y por lo tanto esté en condiciones de “entrar en el Reino de los cielos” (cfr. Mt 18, 3) y es la gracia santificante. Así como San José cuidó con alma y vida y dejando su propia vida en esta tarea, a su Hijo Jesús, que en cuanto Dios era la Gracia Increada, así custodia también nuestra vida de la gracia, que nos viene de Cristo Jesús y es la que nos hace “como niños” delante de Dios. Por eso debemos recurrir a Él cuando experimentemos algún peligro para la vida de la gracia o cuando, por el contrario, deseemos fortalecer, conservar y acrecentar la gracia ya poseída.
Por otro lado, decimos que estamos bajo el patrocinio de San José en el momento de la muerte por el siguiente motivo: en el momento de su muerte San José estuvo en los brazos de Jesús y María de manera que pasó de esta vida a la otra acompañado por el Redentor y su Madre, María Santísima. Según la Tradición, la muerte de San José fue así: acompañado por Jesús, San José emprendió un viaje a un pueblo vecino para realizar un trabajo de carpintería que le habían encargado pero a mitad de camino se desencadenó un temporal de nieve que le provocó una fuerte neumonía, por lo que debió regresar a su pueblo. Debido al avance de la neumonía, San José entró prontamente en agonía y murió al poco tiempo, siendo acompañado en esta instancia por su Hijo Jesús y por María Virgen. Debido a que esa es la muerte más hermosa que jamás nadie pueda tener -porque el alma se despide de esta vida terrena contemplando los Rostros Sacratísimos de Jesús y María y luego, al entrar en la otra vida, ingresa en la vida eterna contemplando los mismos Rostros amorosísimos de Jesús y María-, no existe muerte más hermosa que la de San José. La muerte de San José es la verdadera muerte cristiana, ya que se trata de solo un paso, el atravesar un umbral, desde el tiempo hasta la eternidad, para ingresar en la vida eterna acompañados por Jesús y María. Ésta es la razón por la cual San José es el Patrono de una muerte buena y santa. Entonces, cuando sintamos que Dios nos está por llamar ante su Presencia –la muerte es el paso a la vida eterna, previa comparecencia ante el tribunal de Dios, Justo Juez-, acudamos a San José para que nuestra muerte sea una muerte como la suya, una muerte santa y buena, una muerte que, estando el alma entre los brazos amorosísimos de Jesús y María, se convierte en el anticipo del ingreso en la vida eterna del Reino de los cielos.
Por estos dos motivos, San José es el Patrono de los dos elementos más valiosos para la vida espiritual: la gracia santificante y el paso, en estado de gracia, de esta vida a la vida eterna.
Pero hay otro aspecto que debemos considerar en San José, además de su doble condición de Protector de la vida de la gracia y Patrono de una muerte santa y es algo muy importante para nuestra vida espiritual. San José es Maestro de adoración eucarística, porque él, siendo padre adoptivo de Jesús lo cuidó en cuanto niño y joven, es decir, lo custodió y protegió en su Humanidad, pero también lo adoró en su Divinidad, porque San José sabía que ese Niño, ese Joven, que era su Hijo adoptivo, era al mismo tiempo, Dios Hijo encarnado. Al mismo tiempo que cuidaba de su Hijo, lo amaba y adoraba en el misterio de ser su Hijo Jesús Dios Hijo encarnado; es decir, San José adoraba en Jesús su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Cuando estemos frente a la Eucaristía –el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús, el Hijo adoptivo de San José-, imploremos el auxilio de San José, Maestro de adoración eucarística incomparable, para aprender a amar y adorar a Jesús Eucaristía con el mismo amor y adoración con el que él amaba y adoraba a su Hijo Jesús.
         Entonces, tanto en la vida como en la muerte, el amoroso padre adoptivo de Jesús, San José, es nuestro santo patrono, en todo momento, por lo que a cada momento debemos invocar su presencia y protección.

jueves, 15 de marzo de 2018

San José enseñó a su Hijo Dios a trabajar el madero con el que fabricaría la Santa Cruz



         Cuando Jesús era niño, San José le fabricaba juguetes de madera como regalos con los que le demostraba su amor a su Hijo Jesús. Luego, siendo ya joven, San José, ejerciendo su rol de padre adoptivo encomendado por Dios Padre, le enseñó el oficio que él sabía hacer, el oficio de carpintero. Si bien Jesús era Dios y en cuanto tal era omnisciente, en cuanto hombre era perfecto pero también debía adquirir las destrezas necesarias para la vida de todo hombre, entre ellas, la de un oficio que, en este caso, era el de carpintero. Con su padre adoptivo como maestro, Jesús aprendió a trabajar el leño, el mismo leño con el que luego habría de ser fabricado el instrumento de salvación de los hombres, la Santa Cruz del Calvario.
         Junto a su padre adoptivo, Jesús trabajó aprendiendo el oficio de carpintero hasta la edad de treinta años, edad establecida por Dios Padre para que comenzara su predicación pública y la parte final del misterio pascual de muerte y resurrección con el cual habría de salvarnos. Sin embargo, aun antes de comenzar su prédica pública, durante toda su niñez y juventud, mientras trabajaba la madera, Jesús no estaba ajeno a nuestra salvación. Como Él es Dios, Él nos tenía, a todos y a cada uno de nosotros, presentes en su Mente y en su Corazón, y nos tenía de tal modo presentes, que a cada instante nos nombraba y amaba a cada uno, como si cada uno de nosotros fuéramos los únicos habitantes de la tierra. Mientras aprendía el oficio de carpintero, mientras su padre adoptivo le enseñaba a trabajar la madera, Jesús pensaba en cada uno de nosotros, a cada instante, y a cada enseñanza de San José sobre cómo trabajar la madera, Jesús suspiraba por el día en el que no ya San José, su padre adoptivo, sino Dios Padre, fuera quien le confeccionara con el madero una Cruz, la Santa Cruz, sobre la cual Él habría de extender su Cuerpo Purísimo para ofrendarlo en sacrificio y salvación de toda la humanidad, incluidos todos y cada uno de nosotros.

Cuando era niño, San José, como padre adoptivo de Jesús, le regalaba juguetes de madera; cuando era joven, San José le enseñó a amar el madero y el oficio de carpintero y todo esto que hacía San José era para preparar a Jesús para que recibiera, en la edad adulta, el regalo que Dios Padre le tenía preparado desde la eternidad: una hermosísima cruz de madera para que sobre ella ofreciera su Cuerpo y derramara su Sangre por nuestra salvación. Entonces, cuando Dios Padre nos regala una cruz, eso significa que nos está tratando con el mismo Amor con el que trataba a su Hijo Jesús.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Dios Padre participa a San José su paternidad en la tierra



         En su proyecto de salvación del género humano, caído por la desgracia del pecado original bajo el dominio del Demonio, la muerte y el pecado y habiendo ya creado a Aquella que sería la Madre de Dios Hijo encarnado, Dios Padre necesitaba, en la tierra, a alguien que, participando de su divina paternidad, ejerciera la paternidad en la tierra. Dios Padre necesitaba un varón íntegro, santo, casto, puro, que amara a su Hijo Dios como si fuera su propio hijo y que lo adorara al mismo tiempo como a su Dios que era. Un varón que amara con amor casto y puro a su Esposa meramente legal en la tierra, porque la Madre de Dios no habría de concebir por obra humana, sino por obra del Espíritu Santo. Un varón que, amando a la Sagrada Familia, se desviviera por trabajar para ella y la custodiara de los peligros que la acechaban. Un varón que amara con amor casto a su Esposa legal, que adorara a Dios Hijo encarnado, a Quien habría de adoptar y amar como Hijo propio; un varón que hiciera frente a los peligros a los que la Sagrada Familia habría de enfrentarse, como la persecución de Herodes en su intento por asesinar al Rey de reyes y Señor de señores, su Hijo adoptivo, Cristo Jesús; un varón que enseñara a su Hijo adoptivo que era Dios Hijo encarnado, el oficio de carpintero, como para que el Niño se familiarizara con el leño de la cruz, en la que un día habría de ofrendar su vida divina por la salvación de los hombres.
Dios Padre necesitaba un varón ejemplar, como nunca antes había conocido el mundo, para hacerlo partícipe de su divina paternidad en la tierra; un varón que, siendo hombre, se hiciera partícipe y ejerciera, en la historia y en el tiempo, de su paternidad celestial. En otras palabras, Dios Padre necesitaba un varón que en la tierra hiciera las veces de Dios Padre para que Dios Hijo encontrara en este padre adoptivo todo el amor paterno que del Padre había recibido desde la eternidad.
Y Dios Padre encontró este varón, tal como lo necesitaba, en San José: puro, casto, humilde, trabajador, sacrificado, adorador de su propio Hijo Dios, a la vez que dulce padre adoptivo terreno. Por su santidad, por su humildad, por su castidad y por su amor a Dios, San José fue el elegido por Dios Padre para ser partícipe de la divina paternidad. Y así como Jesús, Dios Hijo encarnado, encontró en María Santísima el mismo Amor con el que Dios Padre lo amaba desde la eternidad, porque la Virgen estaba inhabitada por el Espíritu Santo, así también Dios Hijo encontró a ese mismo Amor, el Espíritu Santo, en San José, el mismo Amor con el que el Padre lo amaba desde la eternidad.
Cumpliendo la voluntad de Dios, San José fue hijo excelente, porque cumplió a la perfección la obra encomendada por Dios Padre; fue padre excelente, porque cumplió a la perfección su rol de padre adoptivo de Dios Hijo encarnado; fue esposo excelente, porque cumplió a la perfección su rol de esposo meramente legal, casto y puro, para con María Santísima, Virgen y Madre de Dios.
Por estos motivos, San José es ejemplo inigualable para todo hijo, padre y esposo cristiano que quiera santificarse cumpliendo la voluntad de Dios en la tierra.

sábado, 18 de marzo de 2017

Solemnidad de San José, Esposo legal de María Virgen y Padre adoptivo del Hijo de Dios


Muerte de San José en brazos de Jesús y María.

         San José, Esposo legal de María Virgen y Padre adoptivo del Hijo de Dios
         San José es uno de los más grandes santos de la Iglesia, en quien resplandecen todo tipo de virtudes. Fue por esto, precisamente, que Dios lo eligió para que fuera el encargado, en la tierra, de custodiar los dos más grandes tesoros de Dios: María Santísima y el Niño Dios.
Con respecto a María Santísima y a su matrimonio con la Virgen, hay que decir que San José fue Esposo de la Virgen, pero un esposo meramente legal de María, puesto que él mismo fue virgen, de manera tal que se le puede decir: “Padre Virgen”, que conservó intacta su virginidad antes y durante el matrimonio legal con María Santísima. Al respecto, dice así San Pedro Damián: “No parece que fuese suficiente que sólo la Madre fuese virgen; es de fe de la Iglesia que también aquel que hizo las veces de padre ha sido virgen. Nuestro Redentor ama tanto la integridad del pudor florido, que no sólo nació de seno virginal, sino también quiso ser tocado por un padre virgen”. Con relación a María, JAMÁS hubo trato carnal, tal como sucede con los esposos humanos: todos los santos coinciden en que San José era más bien, hacia María, un custodio, y no esposo en el sentido terreno. Es en este sentido en que se pronuncia un santo como San Francisco de Sales: “María y José habían hecho voto de virginidad para todo el tiempo de su vida y he aquí que Dios quiso que se uniesen por el vínculo del santo matrimonio, no para que se desdijeran y se arrepintieran de su voto, sino para que se confirmasen más y más y se animasen mutuamente juntos durante toda su vida”. Entonces, siendo San José Padre Virgen y Esposo Casto y Puro, el amor profesado a María Virgen no era, de ninguna manera, un amor carnal, sino que era como un amor de hermanos, un amor casto, puro, de afecto fraterno, y no podía ser de otra manera, porque así como la Madre de Dios debía ser Virgen antes, durante y después del parto, porque no podía estar contaminada con amores profanos y mundanos, así también el Padre adoptivo de Jesús, debía ser, por la dignidad del Hijo a quien debía adoptar, y por la dignidad de la Esposa, Madre y Virgen a la que debía esposar, virgen, casto y puro. En algunos evangelios apócrifos –falsos- se afirma que San José era ya anciano cuando desposó a María y que había enviudado, porque había estado desposado previamente y de este matrimonio previo habría tenido hijos, todo lo cual es absolutamente falso[1]. Dice Santo Tomás de Aquino: “Se debe creer que José permaneció virgen, porque no está escrito que haya tenido otra mujer y la infidelidad no la podemos atribuir a tan santo personaje”.
Es por esto que repudiamos, con todas las fuerzas de nuestro ser, las impías declaraciones de Sor Lucía Caram[2], acerca de que San José y la Virgen María “tuvieron relaciones sexuales”, al tiempo que rezamos y pedimos para que la hermana se arrepienta de estas blasfemias y pida perdón a la Iglesia, a los fieles y, sobre todo, a la Virgen y a Nuestro Señor Jesucristo. Nosotros, de nuestra parte, rezamos en reparación, proclamamos la única verdad con relación al matrimonio meramente legal de María y José, y pedimos nuestra conversión y la de la hermana Lucía Caram.
Retomando nuestra semblanza sobre San José, podemos decir que, por sus virtudes como Esposo Fiel, es modelo y ejemplo para todo esposo que verdaderamente ame a su esposa: el amor verdadero y puro es fiel, único, indisoluble, ya que de ninguna manera, quien ama a su esposa con todo su corazón, puede llegar a tener lugar para otra mujer que no sea su esposa. San José es el Padre Virgen, el Esposo Fiel, caso y puro, modelo admirable de amor esponsal para todo esposo cristiano. La infidelidad revela que el amor es tan débil y escaso, que en el corazón del esposo infiel, hay lugar para otros amores, que no sean su esposa legítima, lo cual no sucede, absolutamente hablando, en San José.
San José es modelo también de Padre, porque si bien es Padre adoptivo de Jesús, puesto que el Padre verdadero de Jesús es Dios Padre -ya que Jesús es Dios Hijo y por lo tanto procede del Padre desde la eternidad-, San José fue elegido por Dios Padre para que lo representara, en la tierra, en su rol paterno, para que ejerciera la paternidad en la tierra con su Hijo encarnado, así como Dios Padre es Padre de Dios Hijo en la eternidad, en los cielos. Esto es un privilegio que, por sí mismo, habla de las virtudes, en grado excelso, de San José, porque es Dios Padre quien lo elige para que sea Custodio y Padre adoptivo de su Hijo, el Verbo Eterno encarnado. San José es modelo para todo padre, porque dedica toda su vida, todos sus esfuerzos, todo su amor, a la educación de su Hijo y a la atención de su Esposa, trabajando incansablemente, arduamente, todos los días de su vida, incluso hasta su muerte, para que no les faltara el pan de cada día a su familia. Al respecto, hay que notar cómo San José trabaja para conseguir el pan material, para alimentar a Aquél que es el Pan de Vida eterna, que alimenta nuestras almas con la substancia misma de Dios. Y con respecto al trabajo –es ejemplo de cómo santificarnos en el trabajo, consagrándolo a Dios, porque su trabajo está dedicado a la Virgen y a Jesús-, según un libro que, se dice que fue dictado por la Virgen[3], San José murió precisamente, trabajando o a causa del trabajo. Según este libro, San José y Jesús habían salido a hacer un trabajo de carpintería, encargado en un pueblo vecino, para lo cual debían atravesar una montaña y recorrer un camino relativamente largo. Lo que sucedió fue que, como era invierno, y habiendo ya recorrido un largo trecho, comenzó a nevar y la temperatura descendió mucho, con lo cual San José enfermó de neumonía. Jesús, con todo el dolor de su Corazón, trató de abrigar a su Padre con su mismo Cuerpo, y lo llevó de regreso a Nazareth, donde esperaba la Virgen, que algo presentía. Al llegar, ya era tarde, porque la neumonía había avanzado mucho, y San José terminó muriendo, por esta causa, pero su muerte fue la más hermosa de todas las muertes, porque murió en brazos de Jesús y María, llenándose su alma de paz y amor celestial en el momento de morir, como anticipo del amor, la alegría y la paz que habría de experimentar en el Reino de los cielos, para siempre. Por que vivió y murió con Jesús y María, San José es Patrono de la vida bienaventurada y de la muerte cristiana y santa.
Por último, San José es modelo y maestro para todo adorador eucarístico, porque en su tarea de ser Padre adoptivo de Jesús, San José, al tiempo que educaba a Dios Hijo, no podía dejar de asombrarse y de maravillarse, al comprobar que ese Niño, al cual él educaba y criaba, era su mismo Dios, Creador, Santificador y Redentor. Es decir, San José, podemos decir, vivía en un estado de “adoración eucarística perpetua”, porque el Niño al cual él educaba y contemplaba con todo el amor de su corazón, era su propio Dios, el Dios que lo había creado, el Dios que lo habría de redimir con su Cruz, el Dios que lo habría de santificar y glorificar en el Reino de los cielos. Así como San José contemplaba, amaba y adoraba a su Hijo Jesús, que era Dios pero que estaba oculta su divinidad por el velo de su humanidad, así también entonces nosotros debemos contemplar, amar y adorar a Cristo Dios, que es el Dios de la Eucaristía, Presente en Persona con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía, aunque oculta su divinidad a los ojos corporales, bajo la apariencia de pan. Por esta razón, todo el que desee ser Adorador Eucarístico –o si, ya lo es, pero quiere adorar más y mejor la Eucaristía-, debe encomendarse a San José, Modelo y Maestro de los Adoradores Eucarísticos, para que en el silencio de la oración y en lo más profundo del corazón, enseñe a los Adoradores a amar, contemplar y adorar a su Hijo Jesús, Presente en la Eucaristía.



[1] Cfr. Historia de José el carpintero; Protoevangelio de Santiago; Evangelio de Tomás.
[2] Para conocer un poco más acerca de las penosas y lamentables declaraciones de Sor Lucía Caram, consultar el siguiente sitio: https://www.aciprensa.com/noticias/dominica-lucia-caram-asegura-que-la-virgen-maria-y-san-jose-tenian-sexo-38832/
[3] Cfr. Santiago Marín, El Evangelio secreto de la Virgen María, Editorial Planeta Testimonio, Barcelona 1996.

sábado, 11 de marzo de 2017

Los siete dolores y gozos de San José: Primer Dolor y Primer Gozo


San José, Esposo casto y puro y meramente legal de María Santísima, era también Padre adoptivo del Hijo de Dios encarnado, Jesús de Nazareth. Como jefe de la Sagrada Familia, experimentó los dolores, gozos y tribulaciones de las familias terrenas, pero en su caso, tanto sus dolores como sus gozos, adquirieron una dimensión sobrenatural, porque participó, de modo eminente, de la santidad de su Hijo y de su Esposa. Ofrecemos la meditación de sus Siete Dolores y Gozos en honor a San José, al tiempo que le pedimos que interceda para que lo imitemos en su más grande virtud: el amor casto y  puro a la Madre de Dios y a su Hijo adoptivo Jesús.

         Primer Dolor: San José experimenta el Primer Dolor cuando, estando desposado legalmente con María, y antes de convivir, se entera que María está embarazada. No podía saber, de ninguna manera, que el fruto del vientre de María Santísima, su Esposa, no provenía de hombre alguno, sino de Dios, Uno y Trino; San José no podía saber que la Santísima Trinidad en Persona había elegido, en primer lugar, a María Santísima, para que sea la Única creatura digna de un doble privilegio, el ser Madre y Virgen al mismo tiempo; no podía saber San José que el Niño engendrado en María no era fruto de un amor humano, sino del Divino Amor, porque era la Persona-Amor de la Trinidad, el Espíritu Santo, el que había llevado, por voluntad de Dios Padre, a Dios Hijo, desde el seno del Eterno Padre, al seno de la Virgen Madre; no podía saber, San José, que la Concepción de María era fruto del Amor de Dios y no de un amor humano y que la fecundación fue milagrosa y no al modo humano. Porque San José no sabía nada de esto, experimenta un profundo dolor, el Primer Dolor, pero para no hacer quedar en evidencia a su amada Esposa, decide abandonarla en silencio, con su corazón estrujado por el dolor de creer que su amada Esposa le había sido infiel.

         Primer Gozo: el Primer Dolor de San José es quitado cuando el Arcángel, en sueños, le revela la verdad celestial y sobrenatural del embarazo de su Esposa, dando así lugar al Primer Gozo. Mientras dormía, el Arcángel le dice a San José: “José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque el Niño que se ha engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). La revelación del Ángel no solo le quita el dolor de creer que María había concebido de otro varón que no fuera él, sino que le concede el gozo celestial de saber no solo que su Esposa siempre le había sido fiel y en ningún momento había roto la promesa nupcial, sino que además le revela que “el Niño que se ha engendrado en María es del Espíritu Santo”. San José experimenta así el Primer Gozo, el de saber que su Esposa siempre le había sido fiel y el de saber que sería Padre Adoptivo del Hijo de Dios Encarnado, llevado al seno virgen de María por el Amor de Dios, el Espíritu Santo. El Primer Gozo de San José está formado entonces, por dos alegrías: que María era Virgen y Madre de Dios, al tiempo que Esposa Siempre Fiel y que el Hijo concebido en María era Dios Hijo encarnado.

         San José, esposo casto de María Santísima, por el dolor que experimentaste al pensar que deberías abandonarla y por el gozo que inundó tu nobilísimo corazón cuando por el anuncio del ángel supiste que el Hijo de María era el Hijo de Dios, concebido por el Espíritu Santo, te suplicamos que intercedas para que crezcamos cada día en el amor a la Virgen y a Jesús. Amén.


Padrenuestro, Ave y Gloria.

viernes, 22 de julio de 2016

San José, modelo de padre y esposo


¿Puede un hombre, del siglo I de nuestra era, ser ejemplo para el hombre del siglo XXI? Sí, sí lo puede ser, y ese hombre es San José, esposo de María Virgen, quien por la magnitud de sus virtudes, emerge como modelo incomparable de esposo y padre, para el hombre de todo tiempo y  lugar.
San José es modelo incomparable de esposo, porque si bien su matrimonio con María Santísima fue meramente legal –su trato afectivo con la Virgen fue como el de dos hermanos-, acompañó a María, tanto en los momentos de serenidad, paz y alegría familiar, como en las situaciones de zozobra y tribulación. Desde el inicio de su matrimonio legal[1], San José dio muestras de su amor casto y puro por la Virgen: cuando tuvo noticias del embarazo de María Santísima[2], aun cuando no sabía él acerca del origen divino y milagroso de la concepción de María  –Jesús fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, y no por intervención humana-, San José, dando muestras de su nobleza de alma, decidió no denunciarla puesto que de hacerlo, implicaría el repudio público de la Virgen, según las costumbres de la época. Para evitar esto, San José tomó la decisión de abandonarla en silencio[3], cambiando esta decisión luego de que un ángel le revelara en sueños que Jesús era el Hijo de Dios, encarnado por el Amor de Dios, el Espíritu Santo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque su concepción es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). En una sola frase, el ángel le reveló cuatro secretos divinos a San José, que le devolvieron la paz a su alma: el origen divino de Jesús; su concepción por obra del Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad; la condición de María, de ser Virgen y, al mismo tiempo, Madre de Dios; por último, su misma condición, la de ser Padre adoptivo y Esposo meramente legal de María Santísima. Todo esto serenó su noble alma y es por eso que revocó su decisión de abandonar a María y, obedeciendo al ángel, se decidió a “recibir a María, su esposa”.
San José acompañó también, como esposo diligente, a María, en su peregrinación a Belén, donde debían empadronarse para cumplir con las disposiciones del censo imperial (cfr. Lc 2, 1-4). Estuvo al lado de María cuando tanto Ella como su Hijo, aun no concebido, fueron rechazados por las posadas ricas de Belén (cfr. Lc 2, 7), símbolos del corazón humano que, pleno de orgullo y amor egoísta a sí mismo, rechaza a Dios y su Mesías. Al no encontrar sitio en las posadas San José se encargó, como esposo providente, de buscar un lugar para el nacimiento de su hijo, encontrando el pobre y oscuro Portal de Belén, que a pesar de su pobreza y oscuridad, y a pesar de ser refugio de animales, sin embargo albergó a la Virgen y sirvió de lugar de nacimiento para el Hijo de Dios, convirtiéndose así en símbolo del corazón del hombre que, pobre y oscuro debido a que no posee la gracia, y atribulado por sus pasiones, aun así ama a Dios y abre su corazón para que nazca en él, por la gracia, el Hijo de Dios, Jesucristo.
San José se comportó así, con su amor casto y puro, como un esposo fiel, que dio todo de sí para que a su esposa -que era la Virgen y la Madre de Dios al mismo tiempo-, tuviera siempre el refugio moral, espiritual y también material, que supone un esposo para su esposa.
San José es modelo incomparable de padre, porque si bien no fue el padre biológico de Jesús de Nazareth, ejerció sin embargo la paternidad de Dios Hijo encarnado un modo admirable. Luego del Nacimiento –milagroso y virginal- de Jesús (cfr. Lc 2, 1-20), San José fue en todo momento, para su Hijo, que era el Hijo de Dios, un dignísimo sustituto de Dios Padre Eterno, quien le  había delegado a San José, movido por la confianza que le tenía, la maravillosa tarea de educar humanamente a Aquel que era la Sabiduría divina en sí misma. Es decir, San José debía “educar a Dios”[4]. ¿Educar a Dios? Sí, y por increíble que parezca, esa fue la tarea encomendada por Dios Padre a San José: educar a Jesús de Nazareth, Dios Hijo encarnado; una tarea noble, elevada y sublime, acorde a su alma justa.
Como padre adoptivo de Jesús, San José estuvo siempre y en todo momento a su lado: en la Presentación del templo (cfr. Lc 2, 21); en la Huida a Egipto (cfr. Mt 2, 13-15), cuando el rey Herodes “buscaba al niño para matarlo” (cfr. Mt 2, 16); en los momentos serenos y calmos en Nazareth (cfr. Lc 2, 51); en la búsqueda de tres días, luego de perderlo de vista en Jerusalén, encontrándolo, junto a María, en el templo (cfr. Lc 2, 45ss) -dándonos así ejemplo de cómo tenemos que buscar a su hijo Jesús que está en el templo, en la Eucaristía, en el sagrario-. Finalmente, acompañó a su Hijo, Dios, enseñándole el oficio de carpintero, transmitiéndole lo que él sabía acerca de cómo trabajar la madera, esa misma madera que luego sería utilizada para que su Hijo, que era Dios encarnado, fuera crucificado, para la salvación de los hombres.
San José, modelo de amor a Jesús y María.
Hemos visto cómo San José es modelo de esposo y padre, pues fue pródigo en amor esponsal, casto y puro hacia su esposa, María Santísima, y también en amor paternal, hacia su hijo adoptivo, Jesús. Pero San José es también modelo y ejemplo para todos los hombres -para todos nosotros, cuando nos llegue la hora de pasar de esta vida a la eterna-, porque nos enseña a amar a Jesús y María no solo durante la vida, sino hasta el momento mismo de atravesar el umbral de la muerte, puesto que, según la Tradición, murió en los brazos de su Hijo y de su esposa. San José es llamado el “Patrono de la buena muerte” porque en la hora de la muerte, en la hora en que debía pasar “de este mundo al Padre” (cfr. Jn 13, 1), murió rodeado y envuelto en el amor de los Sagrados Corazones de Jesús y María, siendo esta la muerte más dulce y amable de todas, porque es muerte que da paso a la vida eterna.  
Así como San José fue esposo y padre ejemplar hasta el último instante de su vida terrena, acompañando siempre y en todo momento a María y a Jesús, así también, en el momento de su propia muerte, fueron María y Jesús quienes estuvieron a su lado, rodeándolo de amor, y esta muerte de San José es modelo para todo hombre. ¿Cómo fue la muerte de San José? De acuerdo con algunos autores[5], su muerte fue así: cuando Jesús tenía veinte años, Él y San José recibieron, como carpinteros que eran, un pedido de un vecino, que consistía en que debían trasladarse con sus herramientas a la montaña, para arreglar el refugio de su rebaño de cabras, en peligro debido a que las lluvias lo habían dañado, además de que el lobo andaba merodeando por esos lugares. San José y Jesús partieron para cumplir con el trabajo, pero los sorprendió una fuerte tormenta de lluvia y nieve a mitad de camino, que provocó que San José desarrollara una grave neumonía, con tos, fiebre y mucho decaimiento. Cuando Jesús lo trajo de regreso –intentaba en vano darle calor con su cuerpo-, San José estaba ya en agonía, con la respiración entrecortada y el cuerpo helado, por lo que no tardó en morir. Su muerte fue la más hermosa y santa de todas porque murió proclamando del amor de Dios y, como hemos dicho, murió en brazos de Jesús y María, con la serena alegría de saber que la muerte temporal en Dios era sólo una separación pasajera y que luego, en el cielo, habría de reencontrarse con su Esposa y con su Hijo, para ya nunca más separarse de ellos.
Así vemos cómo San José, con su amor casto y puro, es modelo de fidelidad a la gracia, no solo para todo esposo y todo padre que desee alcanzar la santidad, sino que es modelo y ejemplo inimitable de vida santa para todo aquel que, amando a Jesús y a María en esta vida, desee continuar amándolos por toda la eternidad, en el Reino de los cielos.
A nuestro amado Santo Patrono -a quien, como hemos visto, le podemos decir que es "Patrono de la vida santa y de la buena muerte"- le decimos: “¡San José, Esposo casto de la Virgen y Padre adoptivo del Hijo de Dios encarnado, intercede desde el cielo, para que amando a Jesús y María en esta vida, continuemos amándolos para siempre en el Reino de Dios! Amén”.  




[1] Era costumbre que el matrimonio tuviera dos etapas: la primera, desposorios, pero sin cohabitar; al cabo de un año, la segunda, con la cohabitación.
[2] La concepción virginal de Jesús se produjo entre la primera y la segunda etapa del matrimonio.
[3] Cfr. Mt 1, 19.
[4] Santiago Martín, El Evangelio secreto de María, Editorial Planeta, Barcelona 1996, 124.
[5] Cfr. Martín, o. c., 150.