San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 13 de diciembre de 2023

Santa Lucía, virgen y Mártir

 



         Vida de santidad[1].

         Nació en Siracusa, Sicilia (Italia), de padres nobles y ricos y fue educada en la fe cristiana y fue ejecutada en el año 304 d. C.  Su nombre figura en el canon de la misa romana, lo que probablemente se debe al Papa Gregorio Magno[2]. Se le representa llevando en la mano derecha la palma de la victoria, símbolo del martirio y en la izquierda los ojos que le fueron arrancados en su martirio por Cristo. Perdió a su padre durante la infancia y se consagró a Dios siendo muy joven. Sin embargo, mantuvo en secreto su voto de virginidad, de suerte que su madre, que se llamaba Eutiquia, quería que se casara con un joven pagano. Sin embargo, debido a que ella ya se había consagrado a Dios, le dijo a su madre que no se casaría. Su madre aceptó la decisión de la santa, pero el pretendiente de Lucía, indignado, la denunció ante las autoridades romanas, puesto que en ese entonces estaba en pleno apogeo una de las primeras persecuciones a la Iglesia y si alguien era denunciado como cristiano, era detenido de inmediato. El pro-cónsul Pascasio, siguiendo las órdenes del emperador Diocleciano, quien había decretado la persecución, ordenó la detención de Santa Lucía, conduciéndola luego ante el juez, para intentar hacerla apostatar de la fe en Cristo. El juez la amenazó todo lo que pudo para convencerla a que apostatara de la fe cristiana.  Ella le respondió: “Es inútil que insista. Jamás podrá apartarme del amor a mi Señor Jesucristo”. El juez le preguntó: “Y si la sometemos a torturas, ¿será capaz de resistir?”. La santa respondió: “Sí, porque los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. El juez entonces la amenazó con llevarla a una casa de meretrices para someterla a la fuerza a la ignominia.  Ella le respondió: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente”. Esta respuesta de la santa, admirada por Santo Tomás de Aquino, se corresponde con un profundo principio de moral: No hay pecado si no se consiente al mal.

El juez entonces la sentenció a muerte, pero no pudieron llevar a cabo la sentencia pues Dios impidió que los guardias pudiesen mover a la joven del sitio en que se hallaba. Entonces, los guardias trataron de quemarla en la hoguera, pero también fracasaron. En algún momento de la tortura, le extirparon ambos globos oculares, por lo cual se la representa con la palma de martirio en una mano y con los ojos suyos en una bandeja, en otra. Finalmente, la decapitaron. Pero aún con la garganta cortada, la joven siguió evangelizando a los demás cristianos, instándolos a que antepusieran los deberes con Dios a los de las criaturas.

Mensaje de santidad.

Santa Lucía es un modelo y ejemplo de cómo los jóvenes pueden amar a Dios por encima de las creaturas y con tal intensidad, que ya desde la infancia desean consagrar su virginidad a Dios, para entregarse a Él en cuerpo y alma. Con su consagración, Santa Lucía nos dice que la hermosura de Dios Trino es tan inmensa, que todo lo que conocemos fuera de Dios es igual a nada.

También es modelo y ejemplo de cómo los cristianos en general deben dar testimonio de Cristo, sin temor a los hombres, confiando en las palabras de Jesús: “No temáis a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Por último, Santa Lucía es también un modelo de cómo conservar el cuerpo como templo del Espíritu Santo, aun a costa de la vida propia, ya que es el Espíritu Santo quien les concede a los mártires la luz de la sabiduría divina para confesar con el martirio a Jesús como al Hombre-Dios, como así también les concede la fortaleza para soportar todo tipo de torturas, las cuales serían imposibles de soportar, si no estuvieran asistidos por el Espíritu Santo. Esto es además un aliciente para nosotros, que frecuentemente, por pequeñas contrariedades, nos vemos desanimados, sin detenernos a pensar en cómo el Espíritu Santo concede una fortaleza divina tan grande a los mártires, que los hace capaces de soportar torturas sobrehumanas. Es muy probable que no suframos el martirio cruento, como los mártires, pero sí podemos, tomando ejemplo de ellos, pedir asistencia al Espíritu Santo para que nos conceda sabiduría y fortalezas divinas, para así poder sobrellevar las adversidades de cada día. Le pidamos entonces a Santa Lucía que interceda para que no pidamos que nos sea retirada la cruz, sino para que la abracemos con el amor, la sabiduría y la fortaleza que solo el Espíritu Santo puede conceder; le pidamos también que, al igual que ella, que seguía viendo a pesar de no tener ya los ojos, seamos capaces, con el auxilio de la gracia divina, de cerrar los ojos a los placeres terrenos, para abrir los ojos del alma a la feliz eternidad que espera, en el Reino de los cielos, a quienes son fieles al Cordero de Dios, Cristo Jesús.

 



[1] Cfr. https://www.corazones.org/santos/lucia.htm ; Cfr. Butler, Vida de los Santos; Sálesman, Eliécer; Vidas de Santos.

[2] Además de las actas en versiones griegas y latinas de Santa Lucía, lo que es prueba de su existencia, está fuera de duda que, desde antiguo, se tributaba culto a la santa de Siracusa. En el siglo VI, se le veneraba ya también en Roma entre las vírgenes y mártires más ilustres. En la Edad Media se invocaba a la santa contra las enfermedades de los ojos, probablemente porque su nombre está relacionado con la luz y además porque en el martirio, a pesar de que le fueron extirpados ambos ojos, la santa continuaba viendo. La historicidad de Santa Lucía terminó de comprobarse cuando se descubrió, en el año 1894, una inscripción sepulcral con su nombre en las catacumbas de Siracusa.

lunes, 1 de febrero de 2021

Santa Águeda, virgen y mártir

 



         Vida de santidad[1].

         Santa Águeda provenía de una familia noble de Catania, Sicilia; además, poseía una gracia y belleza naturales. Sin embargo, nada de esto le importaba a Santa Águeda: para la santa, su tesoro más valioso y el objeto de todo su amor no estaba en la tierra, porque la santa sólo amaba a Jesucristo y deseaba con ansias que se acercara el momento en que podría encontrarse con Él, en la vida eterna. esta oportunidad se presentaría con ocasión de la perversión de un senador romano llamado Quintianus quien, con el pretexto de la persecución del emperador Decio (250-253) contra los cristianos, la tomó prisionera, pretendiendo poseerla para él, con la intención de satisfacer sus bajos instintos. Pero todos los esfuerzos del senador por seducir a Santa Águeda fueron inútiles, puesto que la santa ya había consagrado su amor y su virginidad al Hombre-Dios Jesucristo, al unirse esponsal, mística y sobrenaturalmente a Jesús y su decisión era tan firme, que estaba dispuesta a dar su vida terrena antes que renegar de Jesucristo, algo que efectivamente se cumplió poco tiempo después. Al verse rechazado en su intento de seducir a la santa, el senador Quintianus no se dio por vencido y la entregó en manos de Afrodisia, una mujer malvada, con la idea de que esta la hiciera caer en el pecado carnal y en la apostasía a Jesucristo, por medio de las tentaciones del mundo, aunque esto también fracasó, debido a la firme decisión de permanecer fiel a Jesucristo que demostraba Santa Águeda. Entonces el senador, dejándose llevar por la ira, cambió de estrategia y en vez de intentar seducirla, ordenó que la santa fuera cruelmente torturada, llegando a ordenar que le amputaran los senos. Es famosa respuesta de Santa Águeda: “Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?”. La santa fue consolada con una visión de San Pedro quien, milagrosamente, la curó. Pero las torturas continuaron y al fin la santa murió, al ser arrojada sobre una gran cantidad de carbones encendidos[2].

         Mensaje de santidad.

         Por su amor y su fidelidad a Jesucristo, Santa Águeda obtuvo una doble corona: la corona del martirio y la corona de la virginidad y esto es un gran ejemplo para los jóvenes de nuestros días, quienes son sometidos, por todos los medios de comunicación, tanto al abandono de la fe en Jesucristo –apostasía-, como al desprecio de la virtud de la virginidad y de la castidad, a través de la ideología de género y la Educación Sexual Integral. En efecto, el abandono de la fe católica en el Hombre-Dios Jesucristo se promueve a través de la secta luciferina de la Nueva Era, en donde Jesucristo es presentado como un profeta, o como un hombre santo, o incluso hasta como un extra-terrestre al mando de una flota intergaláctica, pero jamás es presentado como quien Es verdaderamente, el Hijo de Dios encarnado, la Segunda Persona de la Trinidad inhabitando la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth. Por otra parte, el desprecio de las virtudes de la castidad y de la virginidad –virtudes que deben ser vividas en la imitación de Cristo, quien es casto y puro al ser la Pureza Increada en sí misma-, se introduce en las mentes y corazones de jóvenes y no tan jóvenes, por medio de la promoción de la ideología de género y de la Educación Sexual Integral, para las cuales no existe pecado alguno en el uso de la sexualidad fuera del matrimonio, cuando es esto lo que enseña la Fe católica.

         En síntesis, en un mundo en el que la secta Nueva Era y la ideología de género parecen apropiarse de un número cada vez mayor de almas, los santos como Santa Águeda resplandecen como estrellas luminosas en medio de densas tinieblas espirituales.



[1] https://www.corazones.org/santos/agueda.htm ; Fuentes antiguas: su oficio en el Breviario Romano se toma, en parte de las Actas de latinas de su martirio. (Acta SS., I, Feb., 595 sqq.). De la carta del Papa Gelasius (492-496) a un tal Obispo Victor (Thiel. Epist. Roman. Pont., 495) conocemos de una Basílica de Santa Águeda. Gregorio I (590-604) menciona que está en Roma (Epp., IV, 19; P.L., LXXVII, 688) y parece que fue este Papa quien  incluyó su nombre en el Canon de la Misa. Aparece en el Martyrologium Hieronymianum (ed. De Rossi y Duchesne, en el Acta SS., Nov. II, 17) y en el Martyrologium Carthaginiense que data del quinto o sexto siglo (Ruinart, Acta Sincera, Ratisbon, 1859, 634). En el siglo VI, Venantius Fortunatus la menciona en su poema sobre la virginidad como una de las celebradas vírgenes y mártires cristianas (Carm., VIII, 4, De Virginitate: Illic Euphemia pariter quoque plaudit Agathe Et Justina simul consociante Thecla. etc.).

[2] Según la tradición, en una erupción del volcán Etna, ocurrida un año después del martirio de Santa Águeda  (c.250), la lava se detuvo milagrosamente al pedir los pobladores del área la intercesión de la santa mártir. Por eso la ciudad de Catania la tiene como patrona y las regiones aledañas al Etna la invocan como patrona y protectora contra fuego, rayos y volcanes. Además de estos elementos, la iconografía de Santa Águeda suele presentar la palma (victoria del martirio), y algún símbolo o gesto que recuerde las torturas que padeció.

 

jueves, 21 de enero de 2021

Santa Inés, virgen y mártir

 



          Vida de santidad.

          Murió mártir en Roma en la segunda mitad del siglo III o, más probablemente, a principios del IV. El papa Dámaso honró su sepulcro con un poema, y muchos Padres de la Iglesia, a partir de san Ambrosio, le dedicaron alabanzas[1].

          Mensaje de santidad.

          El mensaje de santidad de Santa Inés lo resume muy sabiamente San Ambrosio: “En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio”[2]. Es decir, Santa Inés obtuvo una doble corona de gloria: la de la castidad y la del martirio. La de la castidad, porque se rehusó a amar a nadie más que no fuera Nuestro Señor Jesucristo, despreciando todo tipo de belleza humana o creatural, según sus propias palabras: “Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que yo no quiero”[3]. Santa Inés declara que, aun a costa de la propia vida terrena, no quiere mancillar su cuerpo con amores humanos, porque ella ya sabe, al ser iluminada por el Espíritu Santo, que estos amores son efímeros y pasajeros, mientras que el Amor del Sagrado Corazón es un Amor eterno, divino, celestial, sobrenatural, que permanece para siempre. La otra corona de gloria que obtiene Santa Inés es la corona del martirio, porque muere por el hecho de negarse a rechazar la fe católica en Cristo, que no es la fe de las otras religiones, como, por ejemplo, la protestante: Santa Inés dio su vida por el Cristo católico, el Cristo del Credo de Constantinopla, el Cristo de Nicea, es decir, el Cristo Dios, el Hombre-Dios, el Hijo de Dios encarnado, que prolonga y continúa su Encarnación en la Eucaristía.

          Por estas razones, Santa Inés es ejemplo para los jóvenes cristianos de nuestros días, porque muestra el camino para ir al Cielo: la pureza del cuerpo -es mártir de la castidad- y la pureza de la fe -es mártir por dar testimonio del Cristo católico, no del cristo de la Nueva Era-. En estos tiempos de densa oscuridad espiritual, en estos tiempos que pueden ser llamados “la hora de las tinieblas”, en el que las tinieblas parecen haber triunfado por sobre la luz, Santa Inés resplandece con el esplendor de la luz de la gloria de Cristo e ilumina el camino desde esta vida al Cielo, objetivo y meta de toda alma humana.



[2] Tratado sobre las vírgenes, Libro 1, cap. 2. 5. 7-9: PL 16 [edición 1845], 189-191.

[3] Cfr. ibidem.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Santa Águeda, virgen y mártir


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          Vida de santidad[1].

          Santa Águeda provenía de una familia distinguida, noble y rica y ella era en sí misma una joven que se distinguía por su belleza fuera de lo común. Podía decirse que, humanamente, poseía todo lo que una joven suele desear. Sin embargo, Santa Águeda poseía un tesoro mucho más admirable y precioso que cualquier tesoro terreno y era su fe en Jesucristo, a quien amaba por encima de cualquier cosa en este mundo. Esta fe y amor en Jesucristo pudo demostrarla Santa Águeda cuando el Senador Quintianus, aprovechándose de la persecución del emperador Decio (250-253) contra los cristianos, creyó que la santa se arrojaría en sus brazos sin más. Sin embargo, las propuestas hechas por este senador a la santa recibieron de su parte un rotundo “no”, pues ella afirmaba que ya estaba comprometida con otro esposo y ése era Jesucristo.
          El perverso senador Quintianus no se dio por vencido e intentó una malvada estratagema: la entregó en manos de una mujer amoral, llamada Afrodisia, para que esta la sedujera con las tentaciones del mundo. Pero nuevamente su perversión se vio frustrada, al mostrarse Santa Águeda más firme que nunca en su fe y amor a Jesucristo.
Quintianus cambió entonces de estrategia y si antes deseaba poseerla por la seducción, ahora, trastornado por la ira, torturó a la joven virgen cruelmente, hasta llegar a ordenar que se le corten los senos. Es famosa la respuesta de Santa Águeda: “Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?”. En medio de sus torturas, la santa fue consolada con una visión de San Pedro quien, milagrosamente, la sanó. Sin embargo, las torturas continuaron y al fin, viendo el tirano que nada podía contra la fe y el amor a Jesucristo que profesaba Santa Águeda, decidió que fuera martirizada siendo arrojada viva sobre carbones encendidos en Catania, Sicilia (Italia)[2].

          Mensaje de santidad.

          En Santa Águeda se destacan dos grandes virtudes, producidas ambas por una misma causa: el gran amor sobrenatural que la santa profesaba a Jesucristo. Si no hubiera sido por este amor, Santa Águeda se habría visto arrastrada por los placeres mundanos, a los cuales por su posición noble tenía acceso si lo hubiera deseado, o bien habría caído presa de las seducciones del perverso senador Quintianus. Sin embargo, nada de eso pudo triunfar sobre la santa, porque en su corazón ardía el amor exclusivo por Jesucristo, amor que en la santa era como dice la Escritura: “Más fuerte que la muerte”. De manera tal que si bien Santa Águeda tenía acceso al mundo y a las seducciones de los mundanos, esto era para ella menos que ceniza y polvo, comparados con el amor que ardía en su corazón por Jesucristo. Su ejemplo de vida y su mensaje de santidad son actuales para nuestros días, en los que Jesucristo es dejado de lado por el mundo y sus vanas seducciones y los cristianos, en vez de rechazar estas seducciones, se dejan atrapar por ellas. En este sentido, Santa Águeda es un ejemplo insuperable para las jóvenes generaciones de cristianos.





[1] Cfr. https://corazones.org/santos/agueda.htm; Butler, Vida de Santos, vol. IV.  México, D.F.: Collier’s International - John W. Clute, S.A., 1965; The Catholic Encyclopedia; Kirsch, J. P., Saint Agatha, Catholic Encyclopedia,   Encyclopedia Press. 1913; Sgarbossa, Mario y Giovannini, Luigi. Un Santo Para Cada Día. Santa Fe de Bogotá: San Pablo. 1996. Su oficio en el Breviario Romano se toma, en parte de las Actas de latinas de su martirio. (Acta SS., I, Feb., 595 sqq.). De la carta del Papa Gelasius (492-496) a un tal Obispo Victor (Thiel. Epist. Roman. Pont., 495) conocemos de una Basílica de Santa Águeda. Gregorio I (590-604) menciona que está en Roma (Epp., IV, 19; P.L., LXXVII, 688) y parece que fue este Papa quien  incluyó su nombre en el Canon de la Misa. Solo conocemos con certeza histórica el hecho y la fecha de su martirio y la veneración pública con que se le honraba in la Iglesia primitiva.  Aparece en el Martyrologium Hieronymianum (ed. De Rossi y Duchesne, en el Acta SS., Nov. II, 17) y en el Martyrologium Carthaginiense que data del quinto o sexto siglo (Ruinart, Acta Sincera, Ratisbon, 1859, 634). En el siglo VI, Venantius Fortunatus la menciona en su poema sobre la virginidad como una de las celebradas vírgenes y mártires cristianas (Carm., VIII, 4, De Virginitate: Illic Euphemia pariter quoque plaudit Agathe Et Justina simul consociante Thecla. etc.).


[2] Según la tradición, en una erupción del volcán Etna, ocurrida un año después del martirio de Santa Águeda (c.250), la lava se detuvo milagrosamente al pedir los pobladores del área la intercesión de la santa mártir. Por eso la ciudad de Catania la tiene como patrona y las regiones aledañas al Etna la invocan como patrona y protectora contra fuego, rayos y volcanes. Además de estos elementos, la iconografía de Santa Águeda suele presentar la palma (victoria del martirio), y algún símbolo o gesto que recuerde las torturas que padeció.

lunes, 18 de noviembre de 2019

Santa Cecilia, virgen y mártir


Santa Cecilia
          Vida de santidad[1].

          Una tradición muy antigua dice que pertenecía a una de las principales familias de Roma, que acostumbraba vestir una túnica de tela muy áspera y que había consagrado a Dios su virginidad. Sus padres la comprometieron en matrimonio con un joven llamado Valeriano, pero Cecilia le dijo a éste que ella había hecho voto de virginidad y que si él quería ver al ángel de Dios debía hacerse cristiano. Valeriano se hizo instruir por el Papa Urbano y fue bautizado. Luego entre Cecilia y Valeriano convencieron a Tiburcio, el hermano de éste, y lograron que también se hiciera cristiano.
Las historias antiguas dicen que Cecilia veía a su ángel de la guarda. El alcalde de Roma, Almaquio, había prohibido sepultar los cadáveres de los cristianos. Pero Valeriano y Tiburcio se dedicaron a sepultar todos los cadáveres de cristianos que encontraban y ése fue el motivo por el que los arrestaron. Al ser llevados ante el alcalde, éste les ordenó que declararan que adoraban a Júpiter, pero ellos le dijeron que únicamente adoraban al verdadero Dios del cielo y a su Hijo Jesucristo, Dios Hijo encarnado y que por lo tanto no estaban dispuestos, de ninguna manera, a adorar a ídolos. Ante su negativa de adorar a ídolos paganos, fueron entonces ferozmente azotados y luego les dieron muerte. Los dos santos mártires animaban a los demás cristianos de Roma a sufrir con gusto todos los horrores, con tal de no ser infieles a la santa religión, es decir, preferían toda clase de martirios y castigos, antes que renegar de la fe en Jesucristo Dios.
Luego de los dos mártires, fue arrestada Santa Cecilia, a quien también le exigieron que renunciara a la religión de Cristo y que desconociera a Cristo como Dios. Pero la santa, ante el asombro de todos, declaró firmemente que prefería la muerte antes que renegar de la verdadera religión y traicionar a Jesús. Entonces fue llevada junto a un horno caliente para tratar de sofocarla con los terribles gases que salían de allí, pero en vez de asfixiarse ella cantaba gozosa alabanzas a Cristo y a la Trinidad –por esta razón es que fue nombrada patrona de los músicos-. Al comprobar que con este martirio no podían acabar con ella, el cruel Almaquio mandó que le cortaran la cabeza. La santa, antes de morir le pidió al Papa Urbano que convirtiera su hermosa casa en un templo para orar, y así lo hicieron después de su martirio. Antes de morir, había repartido todos sus bienes entre los pobres. En 1599 permitieron al escultor Maderna ver el cuerpo incorrupto de la santa y él fabricó una estatua en mármol de ella, muy hermosa, la cual se conserva en la iglesia de Santa Cecilia en Roma. Está acostada de lado y parece que habla; además, tiene en su mano derecha extendidos los dedos pulgar, índice y medio, y doblados el anular y el meñique, indicando con esto a la Santísima Trinidad: esto quiere decir que aun después de muerta, la santa seguía confesando a Dios Uno y Trino como al Único y verdadero Dios y a Jesucristo como Dios Hijo encarnado y Salvador del mundo.

          Mensaje de santidad.

          En estos tiempos tan difíciles en los que vivimos, llenos de confusión y de traiciones encubiertas y explícitas a Cristo Dios y a la Santa Religión Católica, es preciso que miremos al ejemplo de Santa Cecilia y que le pidamos su intercesión para estar dispuestos a dar la vida antes que renegar de Jesucristo y adorar a ídolos paganos como la Pachamama, el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte y tantos otros ídolos demoníacos más. Le digamos así a Santa Cecilia: “Santa Cecilia bendita, dile a Dios que también nosotros prefiramos mil muertes antes que ser infieles a nuestra santa religión Católica, Apostólica y Romana”.

martes, 6 de febrero de 2018

Memoria de Santa Águeda, virgen y mártir



         Vida de santidad[1].

Sufrió el martirio en Catania (Sicilia), probablemente en la persecución de Decio. Ya desde la antigüedad se propagó su culto por toda la Iglesia y se introdujo su nombre en el Canon romano.

         Mensaje de santidad.

         Para conocer el mensaje de santidad de Santa Águeda, nada mejor que el pensamiento de otro santo, en este caso, San Metodio.
         Comienza alabando su martirio, afirmando que Santa Águeda “murió mártir en el pasado”, pero su martirio “se hace actual debido a los milagros que obra por su intercesión”: “(Nos reunimos en el) aniversario de una santa mártir; su combate por la fe, tan conocido y venerado, es algo que históricamente pertenece al pasado, pero que, en cierto modo, se nos hace actual a través de los divinos milagros que un día tras otro van formando su corona y su ornato”[2].
         Luego, San Metodio elogia la virginidad de Santa Águeda, afirmando que ella es virgen porque “nació del Verbo de Dios”, que es “Espíritu Purísimo”, recibiendo de Él su filiación divina, puesto que Santa Águeda creyó en Él: “Es virgen porque nació del Verbo inmortal de Dios, Hijo invisible del Padre (este Hijo que también por mí experimentó la muerte en su carne), según aquellas palabras del evangelista Juan: A cuantos lo recibieron dio poder de llegar a ser hijos de Dios”[3].
         Santa Águeda, dice San Metodio, es virgen, y lo es, aun cuando está “desposada con Cristo”, porque se trata de un desposorio místico, celestial, sobrenatural, en el que brilla la virginidad de los esposos, unidos en el Amor Purísimo de Dios: “Esta mujer virgen, la que hoy os ha invitado a nuestro convite sagrado, es la mujer desposada con un solo esposo, Cristo, para decirlo con el mismo simbolismo nupcial que emplea el apóstol Pablo”[4].
         La santa, que por su fe en Cristo era también una de las vírgenes prudentes, bebía del Cáliz de la Nueva Alianza, Cáliz que contiene la Sangre Preciosísima del Cordero, y por esta Sangre recibía al Divino Amor, quien encendía cada vez más su corazón en el amor al Cordero y la llevaba a meditar en su Pasión, día y noche: “Una virgen que, con la lámpara siempre encendida, enrojecía y embellecía sus labios, mejillas y lengua con la púrpura de la sangre del verdadero y divino Cordero, y que no dejaba de recordar y meditar continuamente la muerte de su ardiente enamorado, como si la tuviera presente ante sus ojos”[5].
         Al beber la Sangre del Cordero, su alma quedaba impregnada por la gracia santificante, la cual se convertía en ella en el traje nupcial y la hacía resplandecer en su amor virginal: “De este modo, su mística vestidura es un testimonio que habla por sí mismo a todas las generaciones futuras, ya que lleva en sí la marca indeleble de la sangre de Cristo, de la que está impregnada, como también la blancura resplandeciente de su virginidad”[6].
         San Metodio analiza luego el nombre de la santa, que significa “buena”, y afirma que “hizo honor a su nombre”, pero no porque fuera buena por sí misma, sino porque por la gracia se hizo partícipe de la misma bondad divina: “Águeda hizo honor a su nombre, que significa «buena»; ella fue en verdad buena por su identificación con el mismo Dios; fue buena para su divino Esposo y lo es también para nosotros, ya que su bondad provenía del mismo Dios, fuente de todo bien. En efecto, ¿cuál es la causa suprema de toda bondad, sino aquel que es el sumo bien? Por esto, difícilmente hallaríamos algo que mereciera, como Águeda, nuestros elogios y alabanzas”[7].
         Por último, San Metodio elogia a Águeda en su bondad, que proviene, como hemos visto, por participación a la divina bondad, y espera que, por su intercesión, también nosotros seamos capaces de no solo imitarla en su bondad, sino de alcanzar el Reino de los cielos, como felizmente lo hizo Santa Águeda, por el doble camino virtuoso de la Cruz y de la virginidad: “Águeda, buena de nombre y por sus hechos; Águeda, cuyo nombre indica de antemano la bondad de sus obras maravillosas, y cuyas obras corresponden a la bondad de su nombre; Águeda, cuyo solo nombre es un estímulo para que todos acudan a ella, y que nos enseña también con su ejemplo a que todos pongamos el máximo empeño en llegar sin demora al bien verdadero, que es sólo Dios”.


[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De la Disertación de San Metodio de Sicilia, sobre santa Águeda, Analecta Bollandiana 68, 76-78.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.
[7] Cfr. ibidem.

sábado, 21 de enero de 2017

Santa Inés, virgen y mártir



          Antes de morir atravesada por la espada de su verdugo, Santa Inés dijo una frase en la que se condensa la fe del cristiano y que expresa hasta dónde llega esta fe, la cual no consiste en una mera proclamación con los labios, sino que debe llegar hasta el don de la propia vida. Santa Inés dijo así a su verdugo: “Puedes manchar tu espada con Mi sangre, pero nunca profanarás mi cuerpo que he consagrado a Cristo”. En esta frase está condensada nuestra fe cristiana: Santa Inés está a punto de morir, de perder la vida terrena, pero lejos de suplicar a quien la está por matar, que le perdone la vida, ofrece su vida terrena –“puedes manchar tu espada con mi sangre”, esto es: “puedes matarme”- porque espera ganar la vida eterna. En efecto, el mártir no desprecia temerariamente la vida terrena, sino que la entrega, con amor y fe, en testimonio de Aquél que es el Rey de los mártires, Cristo Jesús. Estamos en esta vida para testimoniar al Verbo de Dios Encarnado, Jesús, y esta misión la cumple cabalmente el mártir. En la segunda parte de la frase, también se expresa un segundo aspecto fundamental de nuestra fe, que es el de conservar la vida de la gracia, prefiriendo la muerte antes que perderla por el pecado. Dice Santa Inés: “nunca profanarás mi cuerpo que he consagrado a Cristo”; esto es, “prefiero morir por la espada antes que perder mi estado de gracia, profanando mi cuerpo con amores mundanos”. Santa Inés elige morir antes que perder la virginidad, consagrada a Cristo, y elige los gozos de la vida eterna y no los de la vida terrena, porque espera en Cristo. Como hermosamente dice San Ambrosio: “En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe”[1]. Este mensaje de santidad de Santa Inés es sumamente válido para nuestros días, caracterizados por la más nauseabunda oleada de impureza, sea corporal que espiritual, que inunda nuestro mundo, y es especialmente válido para los niños y jóvenes –aunque también para los adultos-, quienes deberían aprender de Santa Inés este mensaje: es preferible perder la vida terrena antes que perder la vida eterna, y es preferible que el cuerpo, que es “templo del Espíritu Santo” (cfr. 1 Cor 6, 19) sea destruido, antes que profanarlo por el pecado.


[1] Cfr. Tratado sobre las vírgenes, Libro 1, cap. 2. 5. 7-9: PL 16 [edición 1845], 189-191.

martes, 13 de diciembre de 2016

Santa Lucía, virgen y mártir


         Durante su vida terrena, Santa Lucía alcanzó dos méritos sobrenaturales, que le valieron ganar el cielo: el ser virgen y el ser mártir y con ambos anuncia que existe una vida eterna. Por esto mismo, y también por su juventud, Santa Lucía es un luminoso y valiosísimo ejemplo para los niños y jóvenes de nuestro tiempo, en donde se niega la trascendencia y la vida eterna –se vive el hoy, el aquí y ahora, en la inmanencia más absoluta-, al tiempo que se exalta la impureza –en todas sus formas, incluida la contra-natura- al punto de exigirla, reclamarla y declararla como “derecho humano”, es decir, se pretende convencer a niños y jóvenes no solo que la pureza corporal no tiene sentido, sino que la impureza corporal es legítima, natural y un “derecho del hombre”. Por su doble condición de virgen y mártir, entonces, Santa Lucía es un ejemplo inigualable para los cristianos, pero sobre todo, para niños y jóvenes.
         Con su virginidad –se consagró secretamente a Dios siendo niña muy pequeña y una de las causas de su muerte fue precisamente por resguardar esta consagración-, Santa Lucía anuncia ya la vida futura en el Reino de los cielos. Quien en esta vida elige la virginidad consagrada, es decir, renuncia al amor esponsal terreno, no lo hace porque no sabe amar a su prójimo, sino porque ama a un Amor Eterno, celestial, sobrenatural, encarnado y manifestado en Cristo Jesús. Es decir, la virginidad consagrada es un testimonio viviente de que hay un Amor esponsal que no es terreno, sino celestial y sobrenatural, que es el Amor de Jesucristo, que ama a cada alma así como un esposo ama a su esposa. Consagrar la virginidad y renunciar al amor esponsal terreno no es entonces no saber amar, sino amar con un amor esponsal a un Amor infinitamente más grande que cualquier amor humano, y es el Amor de Cristo. Santa Lucía, al consagrar su virginidad, anticipa entonces la vida eterna en los cielos, porque renuncia a los desposorios terrenos –y por lo tanto, a tener cónyuge y a formar una familia- para amar, ya desde la tierra, al Amor divino, Cristo Jesús. Así anticipa la vida celestial en la eternidad, porque nos indica que hay un Amor que está más allá de esta vida, reservado esponsalmente para quienes renuncian a los desposorios terrenos. El consagrado, con su virginidad, nos está diciendo: “No me caso en la tierra, porque espero desposarme con el Amor de Dios, Cristo Jesús, en el cielo”.
         El otro mérito de Santa Lucía, el martirio, es decir, derramar la sangre y entregar la vida por Jesucristo, es también un testimonio de que existe una vida eterna, porque al entregar la vida terrena despreciando todo lo que el mundo ofrece y que, con su mundanidad, ofende a Dios –el hedonismo, la satisfacción ilícita de las pasiones, el materialismo, el consumismo, y los ídolos de todo tipo que el paganismo y el neo-paganismo ofrecen-, elige libremente la vida eterna, con sus bienes celestiales, esto es, la contemplación de la esencia divina de Dios Trino y del Cordero, contemplación que provoca en el alma un gozo celestial imposible de imaginar, que brota del Ser trinitario de Dios como de una fuente inextinguible. Quien da la vida por Jesucristo, es decir, quien prefiere morir antes que renegar de la fe en Él, que es el Cordero de Dios, nos está diciendo: “Comparada con los gozos que nos esperan en la vida celestial, que se derivan de contemplar al Cordero, todo lo que ofrece este mundo es igual a nada, y por eso prefiero entregar la vida terrena, antes que resignar la vida eterna con sus gozos, dichas y alegrías infinitas”.

         Ahora bien, dijimos que Santa Lucía es un ejemplo para niños y jóvenes –y también para todo cristiano-, y todos la podemos imitar, de alguna manera y en nuestro estado de vida en su pureza de cuerpo y alma. ¿De qué manera? Podemos imitarla, ya sea con la virginidad consagrada o con la castidad –aquí la imitamos en la pureza de cuerpo-, y también con el propósito de morir antes de pecar –aquí la imitamos en la pureza de alma- y, con esto, la imitamos también en su testimonio sobre la vida eterna, porque si queremos ser puros de cuerpo y alma como Santa Lucía, es para obtener, en anticipo, ya desde la tierra, el doble gozo del Amor esponsal con Jesús y la contemplación de la Trinidad, y esto lo tenemos por la comunión eucarística: cuando comulgamos, entronizamos a Jesús en nuestros corazones, para que allí el Cordero de Dios sea amado, bendecido y adorado; por la comunión en gracia, con pureza de cuerpo y alma, nos unimos a Jesús, Esposo celestial, ya desde la tierra, anticipando el gozo y la alegría que experimentaremos, en la eternidad, al adorar al Cordero de Dios, Jesús Eucaristía.

martes, 22 de noviembre de 2016

Santa Cecilia, virgen y mártir


Vida de santidad.
Según una antigua tradición la santa, que pertenecía a una de las principales familias de Roma, acostumbraba vestir desde muy pequeña una túnica de tela muy áspera ya que había consagrado a Dios su virginidad. A pesar de esto, sus padres la obligaron a contraer matrimonio con un joven pagano llamado Valeriano, pero en la noche de bodas, Cecilia le dijo a éste que su Ángel de la Guarda la protegía en su deseo de guardar el voto de virginidad; además, le dijo que si él quería ver al ángel de Dios debía hacerse cristiano, lo cual hizo Valeriano, haciéndose instruir por el Papa Urbano para luego ser bautizado[1]. Es decir, el matrimonio de  Santa Cecilia no fue consumado, y esa es la razón por la cual, a pesar de haber contraído matrimonio, es virgen. También es mártir, porque entregó su vida testimoniando a Jesucristo, según consta en las Actas del Martirio[2] de la santa, el cual se produjo de la siguiente manera: debido a que era época de persecuciones cruentas a los cristianos por parte del Imperio Romano, habían muchos cadáveres abandonados en las calles y la razón era que el prefecto de Roma, Turcio Almaquio, había dispuesto la prohibición de sepultar los cadáveres de los cristianos, como modo de escarmiento para quien tuviera el deseo de abrazar la fe de Jesucristo. El esposo de Santa Cecilia, Valeriano, junto a su hermano Tiburcio, también cristiano, se dedicaban, a pesar de la prohibición, a dar sepultura digna a estos cadáveres, por lo que fueron sorprendidos por la guardia imperial, siendo arrestados inmediatamente y llevados ante el alcalde. Éste, que era pagano, les ofreció perdonarles la vida a cambio de que renegaran de Jesucristo y adoraran a Júpiter, uno de los falsos dioses del panteón pagano romano –equivalente, en nuestros días, al Gauchito Gil, la Difunta Correa o San La Muerte, entre tantos otros ídolos demoníacos-. Valeriano y Tiburcio, animados por el Espíritu Santo, se negaron a tal abominación, por lo que fueron asesinados, pasando a formar parte de los mártires que adoran al Cordero en el cielo. El funcionario del prefecto, Máximo, que había sido designado para ejecutar la sentencia, se convirtió y sufrió el martirio con los dos hermanos y sus restos fueron enterrados en una tumba por Cecilia. Debido a que Santa Cecilia era la esposa de Valeriano, el alcalde ordenó su arresto, exigiéndole también la renuncia a la fe en Cristo, a lo cual se negó Cecilia rotundamente, declarando que prefería la muerte antes que renegar de la verdadera religión. Entonces fue llevada junto a un horno caliente para tratar de sofocarle con los asfixiantes vapores que salían de allí, pero en vez de desesperarse por la falta de oxígeno, Santa Cecilia se mostraba alegre, mientras cantaba, con gozo, a Dios, lo cual explica que haya sido nombrada Patrona de los músicos). Después de una profesión de fe gloriosa, el prefecto la hizo decapitar allí mismo. El verdugo dejó caer su espada tres veces sin que se separara la cabeza del tronco, y huyó, dejando a la virgen bañada en su propia sangre. Vivió tres días más, hizo disposiciones en favor de los pobres y ordenó que, tras su muerte, su casa fuera dedicada como templo. En 1599 permitieron al escultor Maderna ver el cuerpo incorrupto de la santa y él fabricó una estatua en mármol de ella, la que se conserva en la iglesia de Santa Cecilia en Roma[3]. Debido a que fue sepultada en la catacumba Calixtina, se supone que el período del martirio de Santa Cecilia se ubica entre finales del siglo segundo y mediados del tercero.
Mensaje de santidad.
Podemos decir que Santa Cecilia nos da su mensaje de santidad con su cuerpo, con su virginidad y con su martirio.
Con su mismo cuerpo, tal como fue encontrado -cubierto con costosos adornos de oro, signo de la protección papal y con su ropa empapada en sangre hasta los pies, signo de su martirio[4]-, testimonia la creencia en el Dios católico, Dios Uno y Trino, es decir, la Santísima Trinidad: con el dedo índice de la mano izquierda señala a Dios Uno y con los tres dedos extendidos de la mano derecha, señala a las Tres Divinas Personas que existen en el Único Dios Verdadero. El escultor que hizo la escultura, Stefano Maderno, dejó una inscripción en la que afirma haber visto el cuerpo de la santa tal como la esculpió, es decir, indicando con sus dedos “1” y “3”, la fe católica en la Santísima Trinidad, Tres Divinas Personas en un solo Dios[5] verdadero. La razón por la cual Santa Cecilia es Patrona de la música no está clara, aunque se pueden suponer dos motivos: por un lado, porque cuando se casó por deseo de su padre –no por deseo propio, porque como vimos, ella consagró su virginidad desde muy pequeña a Dios-, mientras los músicos tocaban para amenizar el matrimonio terrenal –el cual finalmente no se llevó a cabo-, Santa Cecilia cantaba a Jesús en su corazón, es decir, Santa Cecilia cantaba de alegría por su desposorio místico con Jesucristo, y no por el matrimonio terreno.
Con su virginidad, la santa nos muestra cómo es la vida en el Reino de los cielos, en donde “los hombres y las mujeres no se casan, porque son como ángeles” (cfr. ), como dice Jesús; así, la virginidad consagrada, es un testimonio de la vida en la bienaventuranza eterna.
Con su martirio, cuál es el precio de creer en Jesucristo y hasta dónde debemos estar dispuestos a llegar –hasta la entrega de la propia vida- con tal de no renunciar a Jesucristo. Pero no hace falta que un gobierno envíe sus soldados para que nos ejecuten por ser cristianos: el cristiano debe estar dispuesto a dar su vida en testimonio de Cristo en la vida diaria, de todos los días, y la disposición debe ser la misma de la de Santa Cecilia. Es decir, un cristiano debe estar dispuesto a perder la vida, antes que cometer un pecado venial deliberado o un pecado mortal, porque ambas cosas significan la renuncia a la fe en Jesucristo, la pérdida de la gracia y la eventual pérdida de la vida eterna. Es esto lo que implica el ser cristianos, el estar dispuestos a morir antes que perder la gracia voluntariamente, y para esto no hace falta que alguien nos decapite, puesto que las ocasiones para dar testimonio de Jesús, en forma incruenta, se presentan día a día.



[1] https://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=351
[2] Las “Actas del Martirio de Santa Cecilia” tienen su origen hacia la mitad del siglo quinto, y han sido transmitidas en numerosos manuscritos, así como traducidas al griego. Fueron asimismo utilizadas en los prefacios de las misas del mencionado “Sacramentarium Leonianum”.
[3] Cfr. ibidem.
[4] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20161122&id=12304&fd=0
[5] http://infocatolica.com/blog/sarmientos.php/0911230453-ipor-que-es-sta-cecilia-patro

miércoles, 21 de enero de 2015

Santa Inés, virgen y mártir


         Santa Inés, virgen y mártir, fue martirizada a los doce años, pero no solo por defender su virginidad, sino ante todo, por mantenerse fiel en el amor a Jesucristo. La virginidad corporal, es decir, la preservación intacta del cuerpo, no basta, por sí misma, para que una persona alcance el Reino de los cielos. La virginidad corporal es sólo el prolegómeno y la figura de otra virginidad, la espiritual, aquella en la que el alma no solo no se contamina con los hedores de las idolatrías paganas rendidas a los falsos dioses, sino que se conserva intacta en su capacidad de amar a Jesucristo, Dios encarnado y, por su intermedio, a las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad.
         El cuerpo virgen, en el consagrado, es la consecuencia del alma virgen, es decir, del alma no solo no contaminada por amores impuros y mundanos, sino consagrada en su amor puro –y por lo tanto, virginal- a Jesucristo y a Dios Uno y Trino.
         Es esta doble virginidad la que caracteriza a la vida consagrada, porque el religioso consagra, dedica, para toda la vida terrena y para la eternidad, su cuerpo y su alma, no a un amor humano –que pueden ser santos y puros, como el amor materno, el amor paterno, el amor filial, el amor fraternal y el amor de amistad-, sino al Amor de los amores, Jesucristo, la Misericordia Divina encarnada.
         Santa Inés, con doce años, consiguió una doble corona: la de la virginidad y la del martirio, y por esta doble corona ahora goza, por la eternidad, del Amor del Cordero, por cuyo Amor conservó intactos su cuerpo y su alma, y por cuyo Amor entregó su cuerpo al verdugo que la decapitó.
         Ahora bien, existe una “virginidad secundaria”, la otorgada por la gracia santificante, que devuelve la pureza, el candor y la inocencia al alma, y existe un “martirio no cruento”, el que consiste en dar testimonio de la fe en el Hombre-Dios Jesucristo, cotidianamente, en un mundo ateo, racionalista y hedonista como el nuestro, y ésa es la razón por la cual el cristiano común puede –y debe, como obligación de amor a Jesucristo- imitar a Santa Inés en su virginidad y en su martirio.