San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 17 de noviembre de 2020

Santa Isabel de Hungría


 

         Vida de santidad[1].

         Isabel, a los 15 años fue dada en matrimonio por su padre el Rey de Hungría al príncipe Luis VI de Turingia,  el matrimonio tuvo tres hijos. Se amaban tan intensamente que ella llegó a exclamar un día: "Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿Cuánto más debiera amarte a Ti?". Puesto que su esposo era también un buen cristiano, aceptaba de buen grado lo que la santa realizaba, que era repartir a los pobres cuanto encontraba en la casa, respondiendo a los que la criticaban: “Cuanto más demos nosotros a los pobres, más nos dará Dios a nosotros”. Cuando apenas de veinte años y con su hijo menor recién nacido, su esposo, un cruzado, murió en un viaje a defender Tierra Santa.  Isabel se resignó y aceptó la voluntad de Dios, decidiéndose entonces  a vivir en la pobreza y dedicarse al servicio de los más pobres y desamparados. El sucesor de su marido la desterró del castillo y tuvo que huir con sus tres hijos, desprovistos de toda ayuda material. Ella, que cada día daba de comer a novecientos pobres en el castillo, ahora no tenía quién le diera para el desayuno. Pero confiaba totalmente en Dios y sabía que nunca la abandonaría, ni a sus hijos.  Finalmente consiguió que le devolvieran los bienes que le pertenecían como viuda, y con ellos construyó un gran hospital para pobres, además de auxiliar a muchas familias necesitadas.

Un día, cuando todavía era princesa, fue al templo vestida con los más exquisitos lujos, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó: “¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?”. Desde entonces, nunca más volvió a usar vestidos lujosos. Un Viernes Santo, se arrodilló ante un crucifijo y delante de varios religiosos hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto de pobreza, consagrando su vida al servicio de los más pobres y desamparados. Cambió sus vestidos de princesa por un simple hábito de hermana franciscana, de tela burda y ordinaria, y los últimos cuatro años de su vida se dedicó a atender a los pobres enfermos del hospital que había fundado. Recorría calles y campos pidiendo limosna para sus pobres, y vestía como las mujeres más pobres del campo; vivía en una humilde choza junto al hospital y tejía y hasta pescaba, con tal de obtener con qué compararles medicinas a los enfermos. Tenía un director espiritual que para ayudarla en su camino a la santidad, la trataba duramente, ante lo cual, ella exclamaba: “Dios mío, si a este sacerdote le tengo tanto temor, ¿cuánto más te debería temer a Ti, si desobedezco tus mandamientos?”. Un sacerdote de aquella época escribió: “Afirmo delante de Dios que raramente he visto una mujer de una actividad tan intensa, unida a una vida de oración y de contemplación tan elevada”.

Cuando apenas cumplía 24 años, el 17 de noviembre del año 1231, pasó de esta vida a la eternidad. A sus funerales asistieron el emperador Federico II y una inmensa multitud. El mismo día de la muerte de la santa, a un hermano lego se le fracturó un brazo en un accidente y estaba en cama sufriendo terribles dolores. De pronto vio a parecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo: “¿Señora, Usted que siempre ha vestido trajes tan pobres, por qué ahora tan hermosamente vestida?”. Y ella sonriente le dijo: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado”. El paciente estiró el brazo que tenía totalmente destrozado, y la curación fue completa e instantánea.

         Mensaje de santidad.

         Para entender el mensaje de santidad, debemos considerar qué es lo llevó a Santa Isabel de Hungría a renunciar a la realeza y a las riquezas y dedicar su vida a la atención de los más necesitados y es el deseo de alcanzar la vida eterna, ya que se dedicó a los pobres y enfermos no por mera filantropía, sino porque veía en los prójimos más necesitados al mismo Cristo, según las palabras de Jesús: “Lo que habéis hecho a estos de mis hermanos, a Mí me lo habéis hecho”. Es importante considerar esto, porque de lo contrario la figura de la santa no tendría nada de santidad y se reduciría a una figura filantrópica, que hace el bien simplemente porque es una persona de buena voluntad: no es el caso de Santa Isabel de Hungría, ya que ella renunció a todo en esta vida, para alcanzar la Vida eterna y se dedicó a los pobres no por los pobres en sí mismos, sino porque en ellos veía a Cristo, misteriosamente presente en ellos. En otras palabras, la santa renunció a la realeza terrena y a las riquezas terrenas no por amor al pobrismo y la filantropía, sino para conseguir un tesoro celestial, más valioso que todo el oro del mundo junto: la realeza de los hijos de Dios y la riqueza de la gracia y de la gloria divina. La mejor forma de imitar a la santa es, por lo tanto, renunciar a las cosas materiales y vanas de esta vida y obrar la misericordia corporal y espiritual para con los más necesitados, en nombre de Cristo, viendo a Cristo en los más necesitados; sólo así alcanzaremos el Reino de los cielos.

viernes, 8 de febrero de 2019

Santa Josefina Bakhita



         Vida de santidad.

         Nació en Darfur, África, en 1869. Era una niña de nueve años cuando en su África natal fue raptada por esclavistas. Quedó tan impresionada por el rapto, que se olvidó su nombre y por eso le pusieron el nombre “Bakhita” que significa “afortunada”[1]; a su vez, “Josefina” fue el nombre con el que fue bautizada. Creció junto con sus padres, tres hermanos y dos hermanas, una de ellas su gemela. Bakhita fue capturada por unos esclavistas, aunque antes de ella, fue capturada su gemela: la captura de su hermana por unos negreros que llegaron al pueblo de Olgossa, marcó mucho en el resto de la vida de Bakhita, tanto así que más adelante en su biografía escribiría: “Recuerdo cuánto lloró mamá y cuánto lloramos todos”.
En su biografía Bakhita cuenta su propia experiencia al encontrarse con los buscadores de esclavos. “Cuando aproximadamente tenía nueve años, paseaba con una amiga por el campo y vimos de pronto aparecer a dos extranjeros, de los cuales uno le dijo a mi amiga: “Deja a la niña pequeña ir al bosque a buscarme alguna fruta. Mientras, tú puedes continuar tu camino, te alcanzaremos dentro de poco”. El objetivo de ellos era capturarme, por lo que tenían que alejar a mi amiga para que no pudiera dar la alarma. Sin sospechar nada obedecí, como siempre hacia. Cuando estaba en el bosque, me percaté que las dos personas estaban detrás de mí, y fue cuando uno de ellos me agarró fuertemente y el otro sacó un cuchillo con el cual me amenazó diciéndome: “¡Si gritas, morirás! ¡Síguenos!”.
Después de ser capturada, Bakhita fue llevada a la ciudad de El Obeid, donde fue vendida a cinco distintos amos en el mercado de esclavos y a pesar de que siempre quiso escapar, nunca lo logró. Con quien más sufrió de humillaciones y torturas fue con su cuarto amo, cuando tenía más o menos 13 años. Fue tatuada, le realizaron 114 incisiones y para evitar infecciones le colocaron sal durante un mes. “Sentía que iba a morir en cualquier momento, en especial cuando me colocaban la sal”, cuenta en su biografía. Bakhita fue comprada por quinta vez por el comerciante italiano Calixto Leganini en 1882, y fue la primera vez que Bakhita fue tratada bien. “Esta vez fui realmente afortunada – escribe Bakhita – porque el nuevo patrón era un hombre bueno y me gustaba. No fui maltratada ni humillada, algo que me parecía completamente irreal, pudiendo llegar incluso a sentirme en paz y tranquilidad”.
En 1884 Leganini se vio obligado a marcharse y partió para Italia con su amigo Augusto Michieli; Bakhita se negó a dejar a su amo y se fue con él a Italia. Allí, los esperaba la esposa de Michieli, y sabiendo la llegado de varios esclavos, exigió uno, dándosele a Bakhita. Con su nueva familia, Bakhita trabajo de niñera y amiga de Minnina, hija de los Michieli.
Bakhita y Minnina ingresaron al noviciado del Instituto de las Hermanas de la Caridad en Venecia, congregación fundada en 1808 y conocida como Hermanas de Canossa.
En el Instituto, Bakhita conoció a Dios y fue así como supo que “Dios había permanecido en su corazón” y le había dado fuerzas para poder soportar la esclavitud, “pero recién en ese momento sabía quién era”. Recibió todos los sacramentos -el bautismo, primera comunión y confirmación- al mismo tiempo, el 9 de enero de 1890, por el Cardenal de Venecia. En este momento, tomó el nombre cristiano de Josefina Margarita Afortunada. En el momento en que era bautizada, exclamó, llena de alegría: “¡Aquí llego a convertirme en una de las hijas de Dios!”. Ella misma cuenta en su biografía que mientras estuvo en el Instituto conoció cada día más a Dios, “que me ha traído hasta aquí de esta extraña forma”. Bakhita permaneció en el Instituto y su vocación la llevó a convertirse en una de las Hermanas de la Orden el 7 de diciembre de 1893, a los 38 años de edad.
Fue trasladada a Venecia en 1902, para trabajar limpiando, cocinando y cuidando a los más pobres. Nunca realizó milagros ni fenómenos sobrenaturales, pero obtuvo la reputación de ser santa. Siempre fue modesta y humilde, mantuvo una fe firme en su interior y cumplió siempre sus obligaciones diarias. La salud de Bakhita se fue debilitando hacia sus últimos años y tuvo que postrarse a una silla de ruedas, la cual no le impidió seguir viajando, aunque todo ese tiempo fue de dolor y enfermedad. Se dice que le decía la enfermera: “¡Por favor, desatadme las cadenas… es demasiado!”. Falleció el 8 de febrero de 1947 en Schio, siendo sus últimas palabras: “Madonna! Madonna!”, que en italiano significa: “¡Virgen! ¡Virgen!”.
Ante su féretro desfilaron miles de personas, quienes le expresaron así el respeto y admiración que sentían hacia ella. Fue velada por tres días, durante los cuales, cuenta la gente, sus articulaciones aún permanecían calientes y las madres tomaban su mano para colocarla sobre la cabeza de sus hijos para que les otorgase la salvación. Su fama de santa llevó a que fuera recordada como Nostra Madre Moretta, en Schio. El 17 de mayo de 1992 fue beatificada por Juan Pablo II y se declaró día oficial de culto el 8 de febrero.

         Mensaje de santidad.

En la ceremonia de beatificación, el Santo Padre reconoció el gran hecho de que transmitiera el mensaje de reconciliación y misericordia. En efecto, esto es lo que transmitió Bakhita con su vida, porque cuando le preguntaron qué les diría a sus captores, dijo: “Si volviese a encontrar a aquellos negreros que me raptaron y torturaron, me arrodillaría para besar sus manos porque, si no hubiese sucedido esto, ahora no sería cristiana y religiosa”. Tengamos en cuenta qué es lo que le hicieron sus captores, para valorar sus palabras: la raptaron cuando era niña; la separaron de sus seres queridos, a los que nunca más volvió a ver; la azotaron en la espalda tantas veces, que le arrancaron la piel con los azotes; en vez de curarla, le arrojaron sal, para que le doliera más y en consecuencia le quedó la espalda marcada de por vida con cicatrices gigantes; la trataron como esclava, humillándola permanentemente; la vendieron como esclava a cinco distintos amos en el mercado de esclavos, siendo el cuarto amo el que peor la trató. Así y todo, Bakhita, al serle preguntado qué les diría a sus captores si los viera, Bakhita respondió eso, que les besaría las manos, porque gracias a que la raptaron, se hizo cristiana. Aquí vemos no solamente la imitación de Cristo en la Pasión, sobre todo en la flagelación y en el perdón a los enemigos –“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”-, sino que vemos un gran amor y aprecio por la gracia santificante, que la hizo cristiana, le quitó el pecado original y la convirtió en hija adoptiva de Dios. Para Bakhita, ser hija de Dios era algo tan grande, que aun obteniendo esta filiación al precio de prácticamente su vida –porque sus captores le arruinaron la vida, humanamente hablando-, eso era nada en comparación con el don tan inmensamente grande de haber sido bautizada, esto es, el haber recibido la gracia de la filiación divina.
         Perdón a los enemigos, amor a los enemigos, amor a Cristo y su gracia hasta el extremo de despreciar la propia vida, son algunos de los ejemplos que nos brinda Santa Josefina Bakhita.

martes, 4 de julio de 2017

Santa Isabel de Portugal


         Vida de santidad[1].

Isabel nació en 1271, hija de Pedro III de Aragón, recibiendo en el bautismo el nombre de Isabel en honor de su tía abuela, santa Isabel de Hungría. El nacimiento de la niña fue ya un símbolo de la actividad pacificadora que iba a ejercer durante toda su vida, puesto que, gracias a su venida al mundo, hicieron la paz su abuelo, Jaime, que ocupaba entonces el trono, y su padre. La joven princesa era de carácter amable y de gran inclinación a la piedad y a la bondad. Trataba de imitar todas las virtudes que veía practicar a su alrededor, porque le habían enseñado que era conveniente unir a la oración la mortificación de la voluntad propia para obtener la gracia de vencer la inclinación innata al pecado.
Según la costumbre de la época, contrajo matrimonio muy joven, con el rey Dionisio de Portugal, quien le permitió practicar libremente sus devociones, sin sentirse por ello llamado a imitarla. Isabel se levantaba muy temprano para rezar maitines, laudes y prima antes de la misa; por la tarde, continuaba sus devociones después de las vísperas, aunque estas prácticas de piedad no la distraían de sus deberes de estado. Vestía con modestia, se alimentaba frugalmente y se mostraba siempre humilde y afable con sus prójimos, demostrando así, con estas obras exteriores, el hecho de que vivía consagrada al servicio de Dios. De entre todas las virtudes que la hicieron santa, la que más brilló en Santa Isabel de Portugal fue la caridad, haciendo todo lo necesario para que los peregrinos y los forasteros pobres no careciesen nunca de albergue, encargándose ella misma –a pesar de su condición de reina- de buscar y socorrer a los necesitados; además, a las doncellas que no poseían medios, las proveía de dote.
Fundó instituciones de caridad en diversos sitios del reino; entre ellas se contaban un hospital en Coimbra, una casa para mujeres arrepentidas en Torres Novas y un hospicio para niños abandonados. Sin embargo, como dijimos, a pesar de todas esas actividades, Isabel no descuidaba sus deberes de estado, sobre todo el respeto, amor y obediencia que debía a su marido, cuyas infidelidades y abandono soportaba con gran paciencia. Su esposo Dionisio, aunque era un buen gobernante, no había convertido aún su corazón al señor, siendo esclavo de múltiples vicios y pecados, siendo egoísta y licencioso. Santa Isabel vivía apenada por su esposo, por sus muchos pecados y por el escándalo continuo que con ellos daba a los súbditos, por lo que no cesaba de orar, día y noche, por su conversión. No solo demostraba de esta manera su bondad para con su esposo, sino que además la extendía a los hijos naturales de este, a quienes cuidaba cariñosamente, encargándose de su educación.
Santa Isabel tuvo dos hijos: Alfonso, que sería el sucesor de su padre y Constancia. Alfonso, quien desde muy joven se mostró rebelde, se levantó en armas en dos ocasiones y en ambas, la reina consiguió restablecer la concordia. Sin embargo, y como siempre sucede con los santos, que son calumniados, a imitación de Nuestro Señor, que fue también calumniado, llegaron a oídos del rey rumores falsos de que Isabel apoyaba en secreto la causa de su hijo, por lo que el rey la desterró algún tiempo de la corte. Además de la caridad, la reina poseía un don concedido por Dios, y era el de llevar la paz de Cristo a los corazones enfrentados; entre otras cosas, logró evitar la guerra entre Fernando IV de Castilla y su primo, y entre el mismo príncipe y Jaime II de Aragón.
El rey Dionisio cayó gravemente enfermo en 1324. Isabel se dedicó a asistirlo en su lecho de enfermo y con tal dedicación, que apenas salía de la cámara real más que para ir a misa. Durante su larga y penosa enfermedad, el monarca dio muestra de sincero arrepentimiento, muriendo en la paz del Señor y asistido por los sacramentos em Santarem, el 6 de enero de 1325. Habiendo enviudado, Santa Isabel hizo entonces una peregrinación a Santiago de Compostela, en donde decidió retirarse al convento de Clarisas Pobres que había fundado en Coimbra, aunque su confesor la disuadió de ello, por lo que la santa terminó por profesar en la Tercera Orden de San Francisco. Pasó sus últimos años santamente en una casa que había mandado construir cerca del convento que había fundado. La causa de la paz, por la que había trabajado toda su vida, fue también la ocasión de su muerte. En efecto, la santa murió el 4 de julio de 1336 en Estremoz, a donde había ido en una misión de reconciliación, a pesar de su edad y del insoportable calor. Fue sepultada en la iglesia del monasterio de las Clarisas Pobres de Coimbra. Dios bendijo su sepulcro con varios milagros. La canonización tuvo lugar en 1626.

Mensaje de santidad.

Siendo reina de Portugal, Santa Isabel no solo no hizo nunca ostentación de esta condición, valiéndose de la misma para su propio provecho, sino que, por el contrario, se humilló a sí misma y, sin renunciar a sus riquezas y posesiones –sí lo hizo al final de su vida, cuando entró como religiosa en la Orden de las Clarisas de Estremoz, Portugal-, las administró todas en beneficio de los más necesitados, realizando así innumerables obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Al humillarse en su condición de reina y al consagrarse al servicio de Dios, imitó así a la Virgen, la cual, siendo Reina de cielos y tierra, se humilló a sí misma ante el anuncia del Ángel, llamándose “esclava del Señor” y consagrando toda su vida al servicio de Dios Hijo encarnado.
Además de las obras de caridad, Santa Isabel de Portugal se caracterizó por el don concedido por Dios, de llevar la paz de Cristo a los corazones que estaban enfrentados, consiguiendo que reyes enfrentados hiciesen las paces, haciéndose así merecedora de una de las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). Como vimos, fue por la causa de la paz de Cristo por la que murió, ya que falleció cuando se esforzaba por conseguir la reconciliación entre un hijo y un nieto suyos que estaban enfrentados.
En estos tiempos en los que vivimos, en los que predominan los criterios mundanos en vez de los Mandamientos de Dios, y en los que el hombre se postra ante ídolos como el dinero y el poder, y por los cuales comete los más grandes crímenes contra sus hermanos, el ejemplo de caridad cristiana, abnegación, humillación y don de pacificación de Santa Isabel de Portugal son más válidos y actuales que nunca antes.




viernes, 9 de diciembre de 2016

San Juan Diego Cuauhtlatoatzain


         Puede decirse que San Juan Diego fue, en su vida terrena, uno de los hombres más afortunados de la tierra, puesto que tuvo el privilegio de ser el destinatario de las apariciones de la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de Guadalupe.
         Esto nos lleva a preguntarnos lo siguiente: ¿cómo era San Juan Diego antes de que la Virgen se le apareciese? ¿Qué características tenía su personalidad? ¿Era una persona letrada? ¿Era una persona importante, desde el punto de vista humano? Podemos decir que San Juan Diego era ya un hombre de mediana edad, de unos cincuenta años. De raza indígena, había sido catequizado y bautizado por los misioneros españoles y había adoptado el nombre de Juan Diego. Al momento de aparecérsele la Virgen, Juan Diego tenía por lo tanto estas características: había recibido la instrucción en la fe en Jesucristo, el Hombre-Dios, y vivía esta fe y la practicaba con mucho amor, y la prueba está en que, en el tiempo en el que la Virgen se le apareció, se encontraba practicando una de las obras de misericordia de la Iglesia, que es el asistir a los enfermos, ya que se encontraba de camino hacia el poblado para buscar al sacerdote que le diera la unción de los enfermos a su tío, gravemente enfermo. Otra característica de Juan Diego era su gran amor por la Misa y la Eucaristía, a la que asistía con asiduidad, a pesar de que para llegar al templo parroquial debía caminar por varios kilómetros, cada vez que había Misa. Otra característica es su gran humildad: a pesar de que es la Virgen misma la que lo elige, él se considera que es “nada” y que “la Señora” podría elegir otros que son “mejores que él”; también se consideraba indigno de presentarse ante el Obispo, a quien consideraba como lo que era, es decir, un sucesor de los Apóstoles. A pesar de tener cincuenta años, su corazón y su alma tenían la pureza y la inocencia de un niño, y esto lo da la gracia santificante, y hacía que su alma fuera sumamente agradable a Dios, porque el mismo Jesús nos dice que, para entrar en el Reino de los cielos, hay que ser como niños, es decir, puros e inocentes como niños, y esto solo lo da la gracia santificante; esto se prueba por las mismas palabras de la Virgen, quien se dirige a Juan Diego diciéndole “mi niño más pequeño”. No era letrado, porque no tenía estudios, pero sí tenía la sabiduría divina que le hacía apreciar y valorar la Eucaristía y la Unción de los enfermos como más valiosos que el oro, porque le permitían salvar su alma y la de su tío, y es por eso que su preocupación era encontrar un sacerdote para que le diera la unción a su tío agonizante. No era un personaje “importante” según el modo de ver de los humanos, porque no tenía estudios académicos, ni origen noble, ni ocupaba puestos sociales de importancia; sin embargo, poseía en su alma aquello que lo hacía noble a los ojos de Dios, y era la gracia santificante, a la cual cuidaba con todo celo y buscaba de acrecentarla con obras de caridad, como el asistir a los enfermos. Una vez que conoce a la Virgen, le obedece en todo lo que le dice, aun cuando lo que la Virgen le pide supera su capacidad de comprensión –por su sola razón, no podía creer que hubieran rosas de Castilla en la cima del monte Tepeyac, por la época invernal y por el lugar, y sin embargo, sube a buscar las rosas, porque la Virgen se lo pide-; también vence sus respetos humanos –como vimos, se consideraba indigno de presentarse ante el Obispo, pero lo hace porque la Virgen se lo pide- y le lleva al Obispo las rosas de Castilla que recoge del monte Tepeyac, tal como la Virgen se lo había pedido, y su obediencia y amor a la Virgen le valen el haber sido instrumento de uno de los más grandiosos milagros de la Virgen, que es la impresión en su tilma de la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.
         Estas son entonces las características de San Juan Diego: fe en Jesucristo y en la vida eterna que Él concede; amor a la Iglesia y amor a sus sacramentos, como la Eucaristía y la Unción de los enfermos; humildad de corazón; sabiduría divina; obediencia a las órdenes de la Virgen;  misericordia en su corazón, porque buscaba que su tío agonizante salvara su alma; amor a la Virgen y obediencia a lo que la Virgen le pedía, aun cuando no comprendiera con su razón natural; vivía en gracia santificante y eso le concedía el ser “como niño”, es decir, heredero y merecedor del cielo.

         Lejos, muy lejos de ser como San Juan Diego, sin embargo nosotros podemos imitarlo en algo y es darle a la Virgen, no una tilma, sino nuestros corazones, para que Ella se digne imprimir en nuestros corazones su imagen, la hermosísima y maravillosa imagen de la Virgen de Guadalupe. Y también podemos ofrecerle a la Virgen nuestras tribulaciones y preocupaciones, para así escuchar de labios de la Virgen lo mismo que le dijera a San Juan Diego en el momento de mayor angustia en su vida, que era cuando su tío estaba agonizante: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón, no temas esa ni ninguna otra enfermedad o angustia. ¿Acaso no estoy aquí yo, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?”.

viernes, 11 de noviembre de 2016

San Martín de Tours y la misteriosa presencia de Jesús en el prójimo


En la vida de San Martín de Tours hubo un episodio que cambió su vida para siempre y fue el encuentro con un mendigo, en un día de invierno. Sucedió lo siguiente: “Siendo joven y estando de militar en Amiens (Francia). Un día de invierno muy frío se encontró por el camino con un pobre hombre que estaba tiritando de frío y a medio vestir. Martín, como no llevaba nada más para regalarle, sacó la espada y dividió en dos partes su manto, y le dio la mitad al pobre. Esa noche vio en sueños que Jesucristo se le presentaba vestido con el medio manto que él había regalado al pobre y oyó que le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto””[1]. Dice Sulpicio Severo, discípulo y biógrafo del santo, que luego de que Martín tuviera esta visión, se hizo bautizar (era catecúmeno, o sea estaba preparándose para el bautismo). Después de ser bautizado, se presentó a su general que estaba repartiendo regalos a los militares y le dijo: “Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión”. El general quiso darle varios premios pero él le dijo: “Estos regalos repártelos entre los que van a seguir luchando en tu ejército. Yo me voy a luchar en el ejército de Jesucristo, y mis premios serán espirituales”[2].
Como vemos, el encuentro con el mendigo cambió radicalmente la vida de San Martín de Tours, puesto que, una vez convertido, inició con toda seriedad su vida cristiana. Pero la enseñanza central de su vida de santidad es el encuentro con este misterioso hombre, aterido de frío, en un día de crudo invierno. ¿Era un hombre, es decir, un ser humano, en quien estaba Jesucristo? ¿O era Jesucristo quien, ocultándose a los ojos de San Martín en su gloria, se hacía pasar por un indigente? Las palabras de Jesús a San Martín de Porres no permiten aclarar la cuestión, y nos hacen inclinar ya sea a una u otra posibilidad. Sin embargo, más allá de eso, lo que nos enseña este episodio de la vida de San Martín, ya sea que fuera un hombre en quien estaba Jesús, o que fuera Jesús en Persona que se hacía pasar por un indigente, es: por un lado, que Jesús está Presente, de un modo misterioso pero real, en todo prójimo necesitado; por otro lado, el encuentro personal con Cristo conduce a la conversión y al Reino de los cielos.
También nos enseña que la recompensa que Jesús da a quien presta auxilio a un prójimo necesitado, supera infinitamente lo que podemos pensar, imaginar o desear, porque la recompensa que recibió San Martín de Tours, por realizar una obra de misericordiosa corporal –vestir al desnudo-, fue infinitamente más grande que la mitad de la capa que Él había dado al mendigo, y es la gracia de la conversión primero y la perseverancia final en la fe y en las buenas obras después, perseverancia que le obtuvo el ingreso en el Reino de los cielos.
Al recordar a San Martín de Tours en su día, meditemos en este episodio de su vida, y le pidamos que interceda por nosotros ante Jesús para que, como cristianos y a imitación suya, veamos en el prójimo –en todo prójimo, pero sobre todo, en el más necesitado- la misteriosa Presencia de Nuestro Señor Jesucristo, a fin de que, perseverando en la fe y en las buenas obras hasta el fin de la vida, seamos capaces de llegar un día al Reino de los cielos, para adorar, junto a San Martín de Porres y a todos los santos, al Cordero de Dios, Jesús de Nazareth.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/San%20Mart%C3%ADn%20de%20Tours.htm
[2] Cfr. ibidem.

martes, 9 de diciembre de 2014

Por qué Nuestra Señora de Guadalupe eligió a San Juan Diego Cuauhtlatoatzain y no a otro


         San Juan Diego, un indígena mexicano de la etnia chichimecas, es el protagonista de una de las más grandes apariciones marianas de la historia de la Iglesia, la aparición de Nuestra Señora de Guadalupe. Ante los ojos de los hombres, que juzgan por las apariencias, San Juan Diego no habría desempeñado ningún papel de trascendencia y habría sido relegado, por el contrario, a tareas siempre menores: debido a su condición nativa, a su pobreza, su escasa cultura –apenas sabía leer y escribir- y a su nula posición social y económica, San Juan Diego sería lo que hoy en día se conoce como “un marginal” en la sociedad. Sin embargo, la Santísima Virgen María lo eligió a él y no a otro, más preparado, más culto, más inteligente, con mayor posición social, con mayor influencia entre los poderosos, para que llevara a cabo la importantísima tarea que debía encomendarle y que desembocaría en uno de los más asombrosos milagros marianos, la imagen de la “Virgen de Guadalupe”, impresa en la tilma de Juan Diego.
¿Por qué la Virgen eligió a Juan Diego y no a otro, más inteligente, más culto, más preparado, para la misión de la impresión de su imagen? La respuesta está en el Magnificat, cuando la misma Virgen dice: “(El Señor) despide a los ricos con las manos vacías y enaltece a los humildes”. La Virgen eligió a San Juan Diego por su fe, por su inocencia, por su humildad, por su amor al prójimo, por su docilidad y por su amor a la Santa Misa y a la Eucaristía.
La Virgen lo eligió por su fe, porque luego de ser catequizado, se bautizó y desde que fue bautizado, vivió su religión con gran amor, practicándola con gran fervor hasta el día de su muerte. También su esposa, María Lucía, se bautizó y ambos, enamorados de la castidad, decidieron vivir en perfecta continencia[1].
La Virgen lo eligió por su amor a la Misa y a la Eucaristía, porque para asistir a Misa los sábados y domingos, debía recorrer 20 kilómetros, y debía hacerlo a pie y descalzo, como lo hacían los de su etnia en ese tiempo, a causa de su pobreza.
La Virgen lo eligió por su amor al prójimo y por su misericordia, porque él cuidaba de su tío enfermo, el cual entró en agonía al momento de las apariciones; precisamente, en medio de las apariciones, Juan Diego decide ir por otro camino, para no encontrarse con la Virgen para ir a pedir auxilio espiritual para su tío Juan Bernardino, que se encontraba en trance de muerte.
La Virgen lo eligió por su humildad, porque Juan Diego, luego de ser rechazado por primera vez por el obispo Juan de Zumárraga, le pidió humildemente a la Virgen que eligiera a otra persona con más capacidad que él, que se consideraba un “pobre hombrecito”.
La Virgen lo eligió por la inocencia de su corazón, porque a pesar de ser ya un hombre de adulto, vivía su fe con la pureza de un niño y esa fue la razón por la cual la Virgen pudo aparecérsele, porque la Virgen no se aparece a cualquiera, y mucho menos a los soberbios.
La Virgen lo eligió por su docilidad, porque obedeció a todo cuanto Ella le dijo que hiciera, aun cuando humanamente, para él, le era difícil y hasta imposible hacerlo o creerlo, como por ejemplo, hablar nuevamente con el obispo Zumárraga, cuando ya lo había rechazado por primera vez, o ir a la cumbre del Monte Tepeyac, a recoger rosas, cuando por la época, era imposible que hubiera rosas, o, finalmente, en la decisión tal vez más difícil para Juan Diego, en vez de ir a buscar ayuda espiritual para su tío moribundo, desviarse de su camino para ir a transmitir el mensaje de la Virgen –que pedía que se erigiese en el Monte Tepeyac un iglesia- al obispo Zumárraga.
La Virgen elige a San Juan Diego porque es pobre de espíritu y manso de corazón, dos de las Bienaventuranzas que más asemejan al alma al Sagrado Corazón de su Hijo Jesús: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”; “Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios” (Mt 5, 3-12).
La vida de San Juan Diego nos enseña, entonces, que lo que cuenta a los ojos de Dios –que mira a los hombres a través de los ojos de la Virgen-, no son ni los títulos académicos, ni la ciencia, ni la posición social, ni tampoco la posición de poder, incluso dentro de la Iglesia: lo que cuenta, para Dios, que lee el corazón a través de la mirada maternal de la Virgen, es si en el alma hay fe, humildad, misericordia, bondad, inocencia, docilidad, castidad, pobreza de espíritu, amor a la Santa Misa y a la Eucaristía, como lo había en el corazón de San Juan Diego.





[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20141209&id=12317&fd=0

lunes, 10 de noviembre de 2014

San Martín de Tours y la verdadera caridad cristiana


         Un hecho sucedido en la vida de San Martín de Tours nos da la medida de cómo debe ser la verdadera caridad cristiana, además de hacernos reflexionar acerca de la Presencia invisible y misteriosa, pero no menos real y cierta, de Nuestro Señor Jesucristo en el prójimo más necesitado.
         En efecto, siendo joven y estando de militar en Amiens, Francia, un día de invierno muy frío se encontró por el camino con un pobre hombre que estaba tiritando de frío y a medio vestir. Martín, como no llevaba nada más para regalarle, sacó la espada y dividió en dos partes su manto, y le dio la mitad al pobre. Esa noche vio en sueños que Jesucristo se le presentaba vestido con el medio manto que él había regalado al pobre y oyó que le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto”[1].
Sulpicio Severo, discípulo y biógrafo del santo, cuenta que tan pronto Martín tuvo esta visión se hizo bautizar (era catecúmeno, o sea estaba preparándose para el bautismo). Luego se presentó a su general que estaba repartiendo regalos a los militares y le dijo: “Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión”. El general quiso darle varios premios pero él le dijo: “Estos regalos repártelos entre los que van a seguir luchando en tu ejército. Yo me voy a luchar en el ejército de Jesucristo, y mis premios serán espirituales”[2].
Con relación al episodio sucedido con el mendigo, al cual San Martín le había dado la mitad de su manto, es en este episodio en donde podemos encontrar una de las principales enseñanzas de nuestro santo: por un lado, nos enseña que la verdadera caridad cristiana, no consiste en dar aquello que sobra, o lo que no se usa, o lo que se está a punto de tirar, sino lo que realmente nos sirve y nos es útil. Dar lo que no sirve, lo que es inútil, lo que se está a punto de arrojar al cesto de residuos, no es ni siquiera justicia. Muchas dependencias de Cáritas parroquiales parecen, en la actualidad, depósitos de residuos o de trastos viejos, porque los católicos se piensan que “hacer caridad con los pobres” es, precisamente, deshacerse de lo que ya no les sirve o de lo que están a punto de tirar, y para ahorrarse la molestia de arrojarlos ellos al cesto de los residuos, lo llevan a Cáritas parroquial. Sin embargo, San Martín de Tours nos da el ejemplo de cómo debe ser la verdadera caridad cristiana: dar de lo propio, de lo que estamos usando, de lo nos sirve; dar lo que está en buen estado; dar un objeto nuevo, y no uno en mal estado, o viejo, o roto, o que está a punto de estropearse.
La otra enseñanza que nos deja San Martín de Tours, en el episodio en el que comparte la mitad de su capa con el mendigo que se le aparece en el camino, y que finalmente resulta ser el mismo Jesucristo en Persona, es precisamente esto: que en el prójimo más desvalido y más necesitado, se encuentra presente, real y misteriosamente, Nuestro Señor Jesucristo. Esto se corresponde exactamente con las enseñanzas del Evangelio: al hablar del Día del Juicio Final, y de la recompensa que dará a los Bienaventurados y del castigo que merecerán los réprobos, Jesús tomará en cuenta las obras de misericordia realizadas y las que no se realizaron en los más necesitados. A los que se salven, les dirá: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, y me disteis de comer, tuve sed, y me disteis de beber, estuve desnude, y me vestisteis…”; y a los que se condenen, les dirá: “Apartaos de Mí, malditos, porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; estuve desnudo, y no me vestisteis…” (Mt 25, 31-46).
La conmemoración de la santidad de vida de San Martín de Tours debe conducirnos a meditar acerca de la imperiosa necesidad de obrar la misericordia como requisito ineludible, si es que queremos salvar nuestras almas, puesto que no obtendremos misericordia si no somos capaces de dar misericordia (cfr. Lc 6, 36), como sí lo hizo San Martín de Tours.



[1] http://www.ewtn.com/spanish/saints/San%20Mart%C3%ADn%20de%20Tours.htm
[2] Cfr. http://www.ewtn.com/spanish/saints/San%20Mart%C3%ADn%20de%20Tours.htm

jueves, 17 de octubre de 2013

San Lucas, Evangelista




         San Lucas, Evangelista, no conoció personalmente a Jesucristo; sin embargo, nos dejó el que es considerado como el más completo de ente todos los Evangelios.
¿Cómo pudo saber con tanta precisión acerca de Jesús, si él no lo conoció personalmente? Tal vez podría explicarse por el hecho de que San Lucas era médico, y si bien las ciencias médicas no eran tan avanzadas como ahora, exigían igualmente una cierta disciplina en los estudios y el ejercicio frecuente de la memoria y del razonamiento. En otras palabras, la mente científica de San Lucas sería la causa de que su Evangelio sea uno de los más completos y precisos, tal como él lo dice, que escribe para dar testimonio luego de informarse “de todo exactamente desde su primer origen”.
Sin embargo, la razón primera y última, y única acerca de su Evangelio, es decir, de la visión que San Lucas nos deja del Hombre-Dios Jesucristo, no radica en motivos humanos. Cuando analizamos su Evangelio, nos damos cuenta de las fuentes que lo inspiraron: fue discípulo directo de San Pablo y, según la Tradición, fue la Virgen María quien le habló acerca de su Hijo, y por esa razón escribió lo que sabemos acerca de la infancia de Jesús (también se dice que San Lucas fue el primero en pintar un retrato de la Virgen). Por último, y como a todo autor humano de la Biblia, San Lucas fue inspirado por el Espíritu Santo -esto explica que sea el evangelista de la Divina Misericordia, porque relata las parábolas del Hijo pródigo, de la dracma perdida, del Buen samaritano, etc.-, de modo que todo lo que está escrito en su Evangelio, es obra del Espíritu Santo.
Son estas fuentes –San Pablo, la Virgen, el Espíritu Santo-, entonces, las que explican la redacción del Evangelio y el hecho de ser el más completo de los Evangelios. Ahora bien, para poder ser instrumento fiel y seguro, como San Lucas, que transmita con fidelidad lo que se dicta, es necesario no solo haber erradicado de sí la soberbia, el orgullo, el juicio propio, la duda contra la fe, sino también poseer las dos virtudes que Jesús pide específicamente en el Evangelio que aprendamos de Él para imitarlo, la mansedumbre y la humildad: “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29).
Es por esto que a San Lucas se lo representa con la figura de un buey, animal que es sinónimo de mansedumbre –y, por extensión, de humildad-, que es lo que se necesita para ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo, a la voz de la Virgen María, y a las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia Católica.
Si San Lucas hubiera sido orgulloso, soberbio, apegado a su juicio propio, jamás podría haber sido dócil instrumento de Dios para escribir su Evangelio. Nosotros no hemos de escribir un Evangelio, pero necesitamos de la misma mansedumbre y humildad de San Lucas, para que el Espíritu Santo pueda grabar una imagen viva de su Hijo Jesucristo en nuestros corazones, para que cuando nuestro prójimo nos vea y oiga, vea y oiga a Jesucristo.

viernes, 5 de abril de 2013

Sagrado Corazón de Jesús, Puerta abierta del cielo a través de la cual se derrama el Amor de Dios



         “Si rasgaras los cielos y descendieras” (Is 64, 1). El profeta Isaías suspira e implora al Dios de toda majestad y bondad, expresando el deseo más ardiente de su corazón, pidiéndole que rasgue los cielos y descienda. ¿Por qué Isaías hace este pedido? Porque ve, por un lado, la inmensa desolación que es este mundo; ve la maldad del corazón del hombre, que se convierte en “lobo del hombre”, al usar a su prójimo como objeto de satisfacción de sus bajas pasiones; ve cómo el mundo está sumergido en las tinieblas más profundas y densas, las tinieblas del error, del pecado, de la ignorancia, de la apostasía, de la negación de Dios y de su bondad y majestad; ve cómo el mundo está asolado y sitiado por las tinieblas del infierno, tinieblas vivientes, formadas por siniestros seres, los ángeles caídos, que maquinan continuamente la perdición del hombre; ve cómo el mundo sin Dios se encamina decididamente a su perdición eterna. Ante la vista del mal que asola al mundo, San Isaías hace esta súplica a Jesús: “Si rasgaras los cielos y descendieras”. 
        Pero Isaías no solo pronuncia este deseo del descenso de la divinidad a través de los cielos rasgados, por el solo hecho de que el mal, que anida en el corazón del hombre y del ángel caído, ha tomado posesión de la tierra. El profeta Isaías clama por la venida de Dios a la tierra, rasgando los cielos, porque ha contemplado la hermosura indescriptible del Ser divino y, enamorado de Dios por la visión de su majestad incomprensible, considera que este mundo, comparado con tanta belleza y hermosura, es un sitio desolado, hórrido y siniestro, y por eso clama su venida.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”. El profeta Isaías, arrebatado en un éxtasis de amor ante la visión de la bondad y la majestad divina, clama a Dios que rasgue los cielos y descienda, para que con su bondad y hermosura divina atraiga a los hombres hacia Él, para que así todos los hombres conozcan en qué consiste la verdadera felicidad, que no es otra cosa que contemplarlo y adorarlo por siglos sin fin. Pero el profeta Isaías, a pesar de su santidad personal y a pesar del amor a Dios que arde en su corazón, amor expresado en su ferviente súplica, no tuvo la dicha de ver los cielos rasgados, ni tampoco pudo ver a Dios descender, y así este santo profeta no pudo tener, en esta vida y en esta tierra, aquello que había contemplado en un éxtasis de amor.
Sin embargo, aquello que el profeta Isaías no pudo ver en vida, sí lo tenemos y lo podemos ver, por la fe, los católicos; todavía más, por la inefable misericordia de Dios, poseemos algo que el profeta Isaías ni siquiera podía imaginar, y es el Corazón traspasado de Jesús en la Cruz, que es algo más grande que los cielos abiertos, porque es el Amor de Dios en Persona que se derrama a través de la herida abierta del Corazón de Jesús.
El Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús es algo más grande que los cielos rasgados, porque a través del Corazón de Jesús, se derrama sobre el alma su Sangre, y con la Sangre, el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que colma con la abundancia de su Amor divino el deseo de felicidad que tiene el alma.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”. Jesús no solo cumple con creces el deseo del profeta Isaías, bajando del cielo para encarnarse en el seno virgen de María, sino que rasga algo más grande que los cielos, al permitir que su Corazón sea traspasado en la Cruz, para que con la efusión de su Sangre, descienda sobre nosotros el Amor de Dios.
“Si rasgaras los cielos y descendieras”, le dice el profeta Isaías a Dios, y Dios cumple con creces el pedido en Cristo, que es Dios. Pero si Isaías hace un pedido a Dios, Cristo a su vez nos dice a nosotros: “Si rasgaras tu corazón para que yo pueda entrar y darte mi amor”. Por lo  tanto, ante el pedido de Cristo Dios, debemos corresponder rasgando nuestros corazones con la oración, la mortificación y la misericordia, para que entre, a través del corazón rasgado, contrito y humillado, el Dios que ha bajado de los cielos para darnos su Amor, Jesús Eucaristía.