San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 31 de agosto de 2023

Santa Rosa de Lima

 



         Vida de santidad[1].

         Rosa de Lima, la primera santa americana canonizada, nació de ascendencia española en la capital del Perú en 1586. Sus humildes padres son Gaspar de Flores y María de Oliva. Sucedió que el padre de Rosa fracasó en la explotación de una mina, y la familia se vio en circunstancias económicas difíciles, debido a lo cual Rosa trabajaba el día entero en el huerto, cosía una parte de la noche y en esa forma ayudaba al sostenimiento de la familia. La santa deseaba desde pequeña consagrarse en cuerpo y alma a Dios y por esto tuvo que oponerse durante diez años a sus padres, que deseaban que contrajera matrimonio. Santa Rosa hizo voto de virginidad para confirmar su resolución de vivir consagrada al Señor. Después de esos años, ingresó en la tercera orden de Santo Domingo, imitando así a Santa Catalina de Siena. A partir de entonces, se recluyó prácticamente en una cabaña que había construido en el huerto. Llevaba sobre la cabeza una cinta de plata, cuyo interior era lleno de puntas, sirviendo así como una corona de espinas. Su amor de Dios era tan ardiente que, cuando hablaba de Él, cambiaba el tono de su voz y su rostro se encendía como un reflejo de la gracia divina en la que se sumergía su alma, en éxtasis místicos. Ese fenómeno se manifestaba, sobre todo, cuando la santa se hallaba en presencia del Santísimo Sacramento o cuando en la comunión unía su corazón a la Fuente del Amor, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Santa Rosa pasó los tres últimos años de su vida en la casa de Don Gonzalo de Massa, un empleado del gobierno, cuya esposa le tenía particular cariño. Durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte, la oración de la joven era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor” y esto porque el sufrimiento se convierte en instrumento de salvación solo si se lo une a los sufrimientos de Cristo en la cruz; sufrir sin Cristo, sufrir sin la cruz, sufrir sin el Amor de Dios, no conduce a nada. Dios la llamó a Sí el 24 de agosto de 1617, a los treinta y un años de edad. El capítulo, el senado y otros dignatarios de la ciudad se turnaron para transportar su cuerpo al sepulcro. El Papa Clemente X la canonizó en 1671.

         Mensaje de santidad.

Podemos destacar su mensaje de santidad en uno de sus escritos, que dice así: “El salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: “¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!”. Santa Rosa describe a Nuestro Señor Jesucristo quien, majestuosamente, nos revela el valor del sufrimiento o de la tribulación, cuando se sufre en estado de gracia y abrazados a la cruz de Cristo y el valor de la gracia y de la cruz es que son el único camino que conduce al cielo. Continúa luego Santa Rosa, describiendo lo que sucede en su alma luego de escuchar a Nuestro Señor: “Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: “Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma”. Santa Rosa quiere comunicar a todo el mundo, a todos los hombres, el valor del sufrimiento unido a Cristo y el valor de la gracia que hace que el alma participe de la vida divina, de la vida de la Santísima Trinidad. Finaliza este texto Santa Rosa, enalteciendo a la gracia santificante. Dice así: “Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces: “¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres”.

Al recordarla en su día, le pidamos a Santa Rosa de Lima que interceda por nosotros, para que apreciemos el valor incalculable de la gracia santificante, que se nos comunica por los sacramentos -los más frecuentes, el Sacramento de la Penitencia y la Sagrada Eucaristía- para que así vivamos ya, desde esta vida terrena, en Presencia de Dios, como un anticipo del cielo.

jueves, 29 de agosto de 2019

Santa Rosa de Lima y el secreto de la felicidad



         Todo ser humano –y, de modo particular, todo joven- busca la felicidad. El deseo de felicidad está inscripto en el alma, como un sello, desde que el alma es creada. Ya desde el nacimiento, y hasta el fin de la vida, el alma desea ser feliz. Esto no es un problema: el problema radica en las cosas en las que las personas creen que está la felicidad. En nuestros días, y alentados por los medios de comunicación, se transmite un mensaje, directo e indirecto, acerca de dónde radica la felicidad: a través de los medios se comunica la idea de que la felicidad está en las riquezas materiales, en los bienes terrenos, en el dinero, en la hermosura corporal, en el éxito, en la fama. Sin embargo, esto es falso, porque la felicidad profunda, verdadera, interior, espiritual, no está en estas cosas, es imposible conseguirlas allí. De aquí surge otra idea falsa: quien no tiene bienes materiales, quien no tiene dinero, quien no tiene fama, no es feliz. Esto es falso, porque la felicidad no consiste en estas cosas.
         Si esto es así, entonces nos preguntamos: ¿dónde está la felicidad? ¿Dónde radica la felicidad, para ir a buscarla y hacerla nuestra? Afortunadamente, santos como Santa Rosa de Lima, tienen la respuesta. En sus escritos, la santa hace hablar a Nuestro Señor Jesucristo, quien revela que la felicidad del hombre radica en la gracia que sigue a la cruz y a las tribulaciones. Escribe así Santa Rosa, haciendo hablar a Jesús[1]: “El salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: “¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: ésta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!”. Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: “Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma”. Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces: “¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres”.
         Entonces, según Santa Rosa de Lima, la felicidad del hombre radica en la gracia, la cual se nos concede para nosotros, los católicos, a través de los sacramentos, entre ellos, el sacramento de la confesión. Para quien quiera ser verdaderamente dichoso y feliz, en esta vida y en la otra, Santa Rosa de Lima, atravesando el tiempo y el espacio, nos deja este mensaje de santidad: la gracia, que se concede con los sacramentos, es lo que hace verdaderamente feliz al alma. De esto se sigue que, cuanto más se confiese el alma, sacramentalmente, y cuanto más reciba la Eucaristía, en estado de gracia, tanto más feliz será, en esta vida y en la otra. Éste es el mensaje de Santa Rosa de Lima para el hombre del siglo XXI.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Santa Rosa de Lima



         Vida de santidad[1].

         Nació en el año 1586 de ascendencia española en la capital del Perú, Lima, en 1586. Sus padres, de origen humilde, fueron Gaspar de Flores y María de Oliva. Mientras vivía en su hogar y hasta que se consagró, llevó una vida de piedad, oración y virtud. Una vez consagrada y vistiendo el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo, profundizó todavía más su camino de penitencia y contemplación mística. Murió el día 24 de agosto del año 1617.
El nombre de Rosa lo adquirió la santa el día de su confirmación por parte del arzobispo de Lima, Santo Toribio. El  modelo de vida y santidad para Sana Rosa de Lima fue Santa Catalina de Siena. En una ocasión, su madre le coronó con una guirnalda de flores para lucirla ante algunas visitas; considerando esto como una vanidad y para reparar por esto, Santa Rosa se clavó una de las horquillas de la guirnalda en la cabeza, con la intención de hacer penitencia. Debido a que era muy agraciada por naturaleza, recibía constantes elogios de parte de la gente acerca de su belleza, por lo que la santa solía restregarse la piel con pimienta para desfigurarse y no ser ocasión de tentaciones para nadie.
En otra ocasión, una dama le hizo un día ciertos cumplimientos acerca de la suavidad de la piel de sus manos y de la finura de sus dedos; inmediatamente la santa se talló las manos con barro, a consecuencia de lo cual no pudo vestirse por sí misma en un mes. Estas y otras penitencias daban muestra de cómo aún a temprana edad, la santa poseía un espíritu de penitencia, mediante el cual combatía contra las acechanzas y peligros del mundo exterior y de las propias pasiones. Sin embargo, Santa Rosa era también consciente de que la penitencia de nada le serviría si antes no desterraba de su corazón la fuente de todo mal, que es el orgullo, el cual es una pasión que se manifiesta en el amor propio y es capaz de esconderse bajo el disfraz de la oración y el ayuno. Decidió emprender esta lucha contra su amor propio mediante la humildad, la obediencia y la abnegación de la voluntad propia.
Jamás desobedeció a sus padres, dando ejemplo de perfecto cumplimiento del Cuarto Mandamiento y no mostró nunca hacia nadie, aún en las dificultades y contradicciones, gestos del más mínimo fastidio, siendo con todos caritativa y paciente. Sufría mucho por quienes no tenían visión sobrenatural y no comprendían su camino de penitencia, austeridad y piedad.
Su familia padeció penurias económicas luego del fracaso en una empresa por parte del padre de Santa Rosa. Para ayudar al sostenimiento de la familia, Santa Rosa trabajaba todo el día en el huerto y durante parte de la noche, se dedicaba a la costura. A pesar de que sus padres querían que se casara e insistían permanentemente en ello, la santa hizo voto de virginidad durante diez años para confirmar su resolución de vivir consagrada al Señor. Pasados esos diez años e imitando a Santa Catalina de Siena, ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo. Desde ese momento, se recluyó en una cabaña que había construido en el huerto. Sobre su cabeza solía portar una cinta de plata, cuya parte interna estaba recubierta de puntas, sirviendo dicha cinta a modo de corona de espinas. Su amor de Dios era tan ardiente que, cuando hablaba de Él, cambiaba el tono de su voz y su rostro se encendía como un reflejo del sentimiento que embargaba su alma. Ese fenómeno se manifestaba, sobre todo, cuando la santa se hallaba en presencia del Santísimo Sacramento o cuando en la comunión eucarística su corazón se unía sobrenaturalmente al Amor Increado y Fuente del Amor.
A Santa Rosa le fueron concedidas enormes gracias extraordinarias, aunque también permitió Dios que sufriese durante quince años la persecución de sus amigos y conocidos, al mismo tiempo que su alma se veía sumergida en la más profunda desolación espiritual. Además de esto, sufría constantes ataques por parte del Demonio, quien la molestaba con violentas tentaciones. El único consejo que supieron darle aquellos a quienes consultó fue que comiese y durmiese más. Más tarde, una comisión de sacerdotes y médicos examinó a la santa y dictaminó que sus experiencias eran realmente sobrenaturales. Santa Rosa vivió los tres últimos años de su vida en la casa de Don Gonzalo de Massa, un empleado del gobierno, cuya esposa le tenía particular cariño. Durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte, la oración de la santa era: ·”Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”. Dios la llamó a Su Presencia el 24 de agosto de 1617, a los treinta y un años de edad. Al momento de su muerte su fama de santidad había trascendido tanto que el capítulo, el senado y otros dignatarios de la ciudad se turnaron para transportar su cuerpo al sepulcro. Fue canonizada por el Papa Clemente X en el año 1671.

         Mensaje de santidad[2].

         Aunque sus dones y gracias eran particulares para su persona y por lo mismo no todos pueden imitar sus prácticas ascéticas, sí podemos pedirle a la santa que interceda por nosotros ante Nuestro Señor Jesucristo para que, por manos de la Virgen, Mediadora de todas las gracias, seamos capaces de imitarla en su ardiente amor por Nuestro Redentor Jesucristo.
Su mensaje de santidad también está contenido en sus escritos. En uno de ellos, Santa Rosa de Lima, haciendo hablar a Nuestro Señor Jesucristo, la Santa resalta el enorme valor de dos grandes dones del Cielo: las tribulaciones y la gracia que nos viene por los sacramentos. Escribe así la santa: “El Salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: “¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!”. La santa describe una experiencia mística en la que Nuestro Señor es el que habla, ponderando el valor del sufrimiento aceptado con humildad y jamás rechazado, como preludio del don de la gracia. Muchos cristianos se quejan de la cruz que les toca llevar, cometiendo así un grave error, puesto que la Santa Cruz es el único camino al Cielo. De allí tenemos que tomar lección nosotros, para no solo nunca quejarnos de la Cruz, sino para abrazarla con todo el amor del que seamos capaces.
Continúa luego la santa: “Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: “Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma”. En un mundo como el nuestro, en el que el predominan el materialismo y el hedonismo, es decir, la ausencia de Dios y la búsqueda de los placeres sensuales, el mensaje de santidad de Santa Rosa de Lima se dirige en dirección absolutamente contraria al espíritu mundano de nuestro siglo, desde el momento en que la santa nos anima a participar de la Pasión del Señor –sus aflicciones, su Cruz, su tribulación-, como modo de participar de la naturaleza divina, por medio de la gracia, adquirida por estas tribulaciones y aflicciones.
Luego continúa la santa elogiando el tesoro de la Gracia Divina: “Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces: “¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres”. 
Santa Rosa nos anima no solo a no desear los bienes y placeres terrenos, sino a desear un único bien, el bien divino de la Gracia celestial, que nos hace partícipes de la naturaleza divina, conseguida por Nuestro Señor Jesucristo para nosotros al precio de su Pasión. Su mensaje, entonces, puede resumirse así: no solo no quejarse de la Cruz, sino abrazarla con amor para participar de la Pasión del Redentor, de sus trabajos, aflicciones y tribulaciones, para así recibir la gracia divina que, al unirnos a la naturaleza divina, se convierte para nosotros en el bien más preciado y en la fuente de todo bien sobrenatural.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Santa Rosa de Lima, virgen


         Vida de santidad[1],[2].

         Nacida en Lima, Perú, en 1586 (año de la aparición de la Virgen en Chiquinquirá) fue la primera mujer americana declarada santa por la Iglesia Católica. Al ser bautizada, le pusieron el nombre de Isabel, pero luego su madre comenzó a llamarla “Rosa” al comprobar que su rostro se volvía sonrosado y hermoso como una rosa, empezó a llamarla con el nombre de Rosa, nombre que le impuesto definitivamente en la Confirmación. Desde muy niña, Santa Rosa demostró una gran inclinación a la oración y a la meditación. Un día rezando ante una imagen de la Virgen María le pareció que el niño Jesús le decía: “Rosa conságrame a mí todo tu amor”. Y desde entonces, decidió no vivir sino para amar a Jesucristo. Puesto que su hermano le decía que muchos hombres se enamoraban perdidamente por la atracción de una larga cabellera o de una piel muy hermosa, se cortó el cabello y se propuso llevar el rostro cubierto con un velo, para no solo no ser motivo de tentaciones para nadie, sino ante todo, para dedicar todo su amor de modo exclusivo a Jesucristo.
Se propuso irse de monja Agustina, pero sucedió que se arrodilló ante una imagen de la Virgen Santísima para pedirle que le iluminara si debía irse de monja o no, comprobando entonces que no podía levantarse del suelo donde estaba arrodillada, ni siquiera con la ayuda de su hermano. Comprendió entonces que la voluntad de Dios era otra y le dijo a Nuestra Señora: “Oh Madre Celestial, si Dios no quiere que yo me vaya a un convento, desisto desde ahora de esta idea”. Dicho lo cual, pudo levantarse del suelo fácilmente.
Decidió estudiar la vida de Santa Catalina de Siena e imitarla en todo, no tanto externamente, sino ante todo, interior y espiritualmente. A partir de entonces, vistió el hábito de las Hermanas de la Tercera Orden de Santo Domingo, una túnica blanca y el manto negro y el velo también negro para la cabeza. Se entregó a la penitencia y a la oración, ardiendo de celo por la salvación de las almas. Fue en ese tiempo en el que su padre fracasó en el negocio de una mina y la familia quedó en gran pobreza.
Entonces Rosa se dedicó durante varias horas de cada día a cultivar un huerto en el solar de la casa y durante varias horas de la noche a hacer costuras, para ayudar a los gastos del hogar. Hacía enormes penitencias, muchas de las cuales no son para imitar, o al menos, no para todos. Se propuso rebajar su soberbia, su orgullo, su amor propio, su deseo de aparecer y de ser admirada y conocida, cumpliéndose en ella la promesa de Jesús: “El que se humilla será enaltecido”, porque luego de su auto-humillación voluntaria y terrena, fue premiada con la vida eterna en el Reino de los cielos. Una segunda penitencia de Rosa de lima fue la de los alimentos: hacía ayuno casi continuo, a lo que agregaba una abstinencia de carnes perpetua. Comía solo lo mínimo necesario para no desfallecer de debilidad. En los días de calores insoportables, no tomaba bebidas refrescantes de ninguna clase y aunque a veces la sed la atormentaba, le bastaba mirar el crucifijo y recordar la sed de Jesús en la cruz, para tener valor y seguir ofreciendo su sed, por amor a Dios y por la salvación de las almas. De esta manera, Santa Rosa participaba de la sed de Jesús por las almas: “Tengo sed”. Dormía sobre duras tablas, con un palo por almohada y cuando se le cruzó la idea de cambiar sus tablas por un colchón y una almohada, miró al crucifijo y le pareció que Jesús le decía: “Mi cruz, era mucho más cruel que todo esto”. Y desde ese día nunca más volvió a pensar en buscar un lecho más cómodo.
Durante los últimos años de su vida, vivía continuamente en un ambiente de oración mística, con la mente y el corazón casi ya más en el cielo que en la tierra. Por medio de su oración, sus sacrificios y penitencias, se convirtió una innumerable cantidad de pecadores, además de lograr el aumento de fervor, piedad y amor a Dios en los consagrados, religiosos y sacerdotes. En la ciudad de Lima era ya una convicción general de que Santa Rosa era una santa en vida. Desde el año 1614, cada año, al llegar la fiesta de San Bartolomé, el 24 de agosto, demuestra una gran alegría sobrenatural, explicando cuál es el motivo de este comportamiento: “Es que en una fiesta de San Bartolomé iré para siempre a estar cerca de mi redentor Jesucristo”. Nuestro Señor le había anunciado, con anticipación, cuándo sería el día de su muerte, sucediendo exactamente de esa manera: el 24 de agosto del año 1617, después de terrible y dolorosa agonía –debido a la participación en la agonía y muerte de Jesús en la Cruz-, Santa Rosa expiró, a los treinta y un años, con la alegría de irse a estar para siempre junto al amadísimo Salvador. Desde el momento mismo de su muerte, comenzaron a sucederse innumerables milagros en favor de quienes la invocaban. En poco tiempo, y debido a esta circunstancia, que atestiguaba que Santa Rosa estaba en el cielo e intercedía ante Dios Trino y el Cordero por sus devotos, luego de cumplir los procedimientos de rigor, el sumo pontífice la declaró santa y la proclamó Patrona de América Latina. El Papa Inocencio IX elogió admirablemente a Santa Rosa, afirmando lo siguiente: “Probablemente no ha habido en América un misionero que con sus predicaciones haya logrado más conversiones que las que Rosa de Lima obtuvo con su oración y sus mortificaciones”. De esto vemos el grandísimo valor que tienen tanto la oración como las mortificaciones, porque esto quiere decir que quien ora y se mortifica, participa de la oración y de la Pasión de Nuestro Señor, cuyo sacrificio salvífico en la Cruz es de valor infinito.

         Mensaje de santidad.

         Además de su vida de literalmente de santidad –Santa Rosa de Lima no cometió jamás ningún pecado, vivió sobria y humildemente, entregada a una vida de penitencia y oración por la salvación de las almas-, creemos que el principal mensaje de santidad son las palabras dichas a Santa Rosa por Nuestro Señor Jesucristo, ya que ella las siguió al pie de la letra: “Palabras del Salvador a Santa Rosa de Lima: “Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan que sin el peso de la aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia; que todos comprendan que la medida de los carismas aumenta en proporción con el incremento de las fatigas. Guárdense los hombres de pecar y de equivocarse: ésta es la única escala del paraíso, y sin la cruz no se encuentra el camino para subir al cielo”. Lo que Nuestro Señor nos dice a través de Santa Rosa de Lima, es que no podemos llegar al cielo, a la plenitud de la gloria, sino es por medio de la Cruz, y así como Él, que es la Gracia Increada, debió sufrir el peso de la aflicción de la Pasión para llegar al cielo, así también nosotros, no podemos pretender una vida relajada y sin tribulaciones; por el contrario, debemos considerar la tribulación como un signo del cielo, que nos hace participar de la Santa Cruz de Jesús, por lo que, en vez de renegar de ella, debemos postrarnos en acción de gracias, abrazar la Cruz y seguir detrás de Jesús –con la ayuda de la Virgen-. También nos advierte el Señor del gran peligro del pecado, hacia el cual estamos inclinados por la concupiscencia, herencia del pecado original, y en el cual podemos caer fácilmente, por nuestra debilidad y por la tentación del Demonio, sino somos socorridos por la gracia. Por último, Nuestro Señor nos indica cuál es el único camino para ir al cielo, su Santa Cruz: “Sin la Cruz no se encuentra el camino para subir al cielo”.




[1] NOTA: En el caso de santa Rosa de Lima, su vida ocurrió en el cruce de caminos de las tradiciones populares y la fijación normativa de las cuestiones relativas al culto. Así, a pesar de que murió un 23 de agosto, se la comenzó a celebrar el día 30 de agosto, ya desde el principio, posiblemente porque en ese día se haya trasladado alguna reliquia, o por algún otro acontecimiento semejante. Con esa fecha quedó inscripta en el breviario romano, pero cuando se relaizó su proceso canónico, se le asignó la fecha del 26 de agosto (no 23). Un siglo más tarde del proceso, cuando los Bolandistas publican, en 1745, sus "Acta Sanctorum", erudito monumento al saber hagiográfico, ya nadie recuerda exactamente por qué se la celebra el 30 de agosto, así que dicen respectod e esta fecha: "en este día [es decir, el 30 de agosto] la recoge el breviario romano, pero nosotros seguimos la fecha del Calendario Romano [es decir, en ese momento, el 26]" (Acta Sanctorum, agosto, t. VI, pág 543). En la actualidad, con la reforma del calendario litúrgico, se tomó la determinación de colocar su fecha litúrgica donde correspondería, es decir, el 23 de agosto, excepto en aquellos territorios donde el 30 de agosto sea tan tradicional, que no tenga sentido moverla, como ocurre en Perú y en muchas diócesis del continente americano.
[2] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20170823&id=12180&fd=0

martes, 23 de agosto de 2016

Santa Rosa de Lima


La Iglesia celebra a Santa Rosa de Lima, nacida en Perú en el año 1586. Desde muy temprana edad, se caracterizó por una virtuosa vida de piedad, penitencia y contemplación mística. Murió el 24 de agosto del año 1617, vistiendo el hábito de la tercera Orden de Santo Domingo. En Santa Rosa se cumple a la perfección la condición del cristiano de “vivir en el mundo, sin ser del mundo”, porque aun siendo laica y no religiosa, no solo vivió apartada del mundo y de todo lo mundano, entendido como lo que se opone a Dios, sino que, consagrándose por amor a Cristo en la penitencia, austeridad y virginidad, se constituyó en un testigo viviente de la vida futura, caracterizada por el desposorio místico del alma con el Cordero de Dios, Cristo Jesús. Con su vida laical consagrada, Santa Rosa renunció al amor terreno, pero no porque fuera incapaz de amar, sino porque eligió un amor esponsal infinitamente más grande, puro y casto, que el amor esponsal terreno, la unión esponsal mística con el Cordero de Dios, Cristo Jesús. Con este amor esponsal y místico ardiendo en su corazón, Santa Rosa no solo obtuvo, como todos los santos, una brillante victoria sobre la carne y la sangre[1], sino que ahora se alegra en la gloria eterna, porque en ella triunfó el purísimo y celestial Amor de Dios.
Al despreciar, por amor a Cristo, los placeres terrenos, Santa Rosa se hizo merecedora de los torrentes de delicias celestiales que brotan del Corazón traspasado del Cordero, y es tal la intensidad de este amor del que ahora goza por la eternidad Santa Rosa, que las aguas torrenciales no lo podrían apagar, y como es más valioso que el oro y la plata, no bastarían todas las riquezas para comprarlo, como dice el Cantar de los cantares: “Las aguas torrenciales no podrían apagar el amor, ni anegarlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable” (Ct 8, 7). Santa Rosa es una de las vírgenes prudentes y sabias del Evangelio que salen al encuentro de Cristo Esposo, al haber guardado en sus corazones el aceite de la fidelidad y la caridad que concede la gracia santificante.
Pero además de enseñarnos el camino de la santidad por medio de la virginidad consagrada, que con su amor esponsal al Cordero anticipa la vida futura en el Reino de Dios, Santa Rosa, al igual que quienes consagran su virginidad, es manifestación, en el tiempo y en la historia humana, de la Iglesia, que como Esposa Mística del Cordero, es “sin mancha ni arruga, siempre santa e inmaculada”[2].
Al recordarla en su día, le pedimos que interceda para que, al igual que ella, conservemos siempre la pureza del cuerpo y la integridad de la fe, y vivamos siempre alimentados por el Amor del Cordero, Jesús Eucaristía.




[1] Cfr. Liturgia de las Horas, Laudes.
[2] Cfr. ibidem.

sábado, 30 de agosto de 2014

Santa Rosa de Lima y las vanidades de nuestro siglo XXI


         Cuando se lee la vida de Santa Rosa de Lima, a la luz de las categorías mundanas de nuestro siglo XXI, caracterizado por el avance tecnológico, científico e industrial, y dominado por la visión materialista, atea, agnóstica, hedonista, existencialista, subjetivista y relativista de la gran mayoría de la población, no solo no se entienden sus actitudes, sino que se las interpretan como propias de la Edad Media, o de una mentalidad “oscurantista”, ya superada, felizmente, por la razón del hombre, que ha sido capaz de, precisamente, ir más allá de tanto atraso para la civilización humana.
         De su vida se lee, por ejemplo, que siendo niña, en una oportunidad, su madre le hizo una guirnalda de flores con ocasión de la llegada unas visitas, pero Rosa, que aun siendo niña ya tenía conciencia de la vanidad, para hacer penitencia y para no caer precisamente en la vanidad, se clavó en la cabeza una de las ramas de la guirnalda en forma de horquilla y se clavó la rama de una manera tan profunda, que después fue difícil poder quitársela. Además, como las personas alababan con frecuencia su hermosura, Rosa solía restregarse la piel con pimienta para desfigurarse y no ser ocasión de tentaciones para nadie[1].
Más adelante, cuando ingresó en la tercera orden de Santo Domingo, vivió prácticamente recluida en una cabaña que había construido en el huerto y para aumentar su penitencia, llevaba sobre la cabeza una cinta de plata, en cuyo interior estaba lleno de puntas, con lo cual esta cinta hacía a modo de corona de espinas. 
Dios le concedió gracias extraordinarias, pero también permitió que sufriese durante quince años la persecución de sus amigos y conocidos, además de permitir que sufriera la más profunda desolación espiritual.
Tres años antes de morir, padeció una larga y penosa enfermedad, su oración frecuente era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”[2].
         Por todo esto, Santa Rosa es contraria al espíritu de nuestro siglo XXI: es contraria al espíritu de belleza y cuidado corporales extremos, que vemos a diario; es contraria a la vanidad; es contraria al placer hedonista; es contraria al culto excesivo del cuerpo y de la juventud, estimada como un ideal del ser humano -hoy vivimos una especie de idolatría de la juventud, la cual se busca prolongarla por todos los medios posibles-: Santa Rosa desprecia todas estas cosas, haciendo grandes penitencias, ayunos, mortificaciones, y sacrificios.
Es en los escritos de Santa Rosa de Lima en donde se encuentran los verdaderos motivos que explican el por qué y la razón de su comportamiento, y es en estos escritos en donde se pone de relieve que, por un lado, los verdaderos oscurantistas, son los materialistas, relativistas, ateos y agnósticos de nuestros días, y por otro lado, se muestra que los grandes santos, como Santa Rosa de Lima, lo que hacían y que era tenido por necedad y locura, era en realidad muestra de sabiduría divina, porque eran penitencias, mortificaciones y sacrificios, tendientes todos a conservar y acrecentar la gracia santificante, única vía, junto con la cruz de Jesús, para llegar al cielo. Así lo expresa Nuestro Señor, según lo relata la misma Santa Rosa de Lima en sus escritos: “El salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: “¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!”. Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: “Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma”. Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces: “¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres”[3].
“Si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia (…) cuántas riquezas esconde en sí (…) andarían por todo el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento”. En un momento de la historia humana dominado por el materialismo, el hedonismo y el ateísmo, las palabras de Santa Rosa de Lima no se comprenden, porque vienen del cielo, pero aunque no se comprendan, los cristianos deben propagarlas a los cuatro vientos, pero para propagarlas, deben ellos primero vivirlas y experimentarlas en carne propia. Lo que nos enseña Santa Rosa de Lima, con su vida admirable de santidad, es que todo lo que no sea penitencia, sacrificio y cruz –que es lo que da alegría, paz y serenidad al alma-, es “vanidad de vanidades y atrapar el viento”[4].




[1] Cfr. http://www.corazones.org/santos/rosa_lima.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] De los escritos de santa Rosa de Lima; cfr. http://www.corazones.org/santos/rosa_lima.htm
[4] Ecle 2, 11.

jueves, 29 de agosto de 2013

Santa Rosa de Lima y el don de la tribulación como participación a la Cruz de Cristo


Con mucha frecuencia sucede, entre los cristianos, que frente a las pruebas y tribulaciones de la vida, sobrevengan el desánimo y el desaliento, como consecuencia de la incomprensión del misterio pascual de Jesús, de Muerte y Resurrección. A raíz de esta incomprensión, los cristianos acuden a la oración para pedir a Dios que les sea quitada la tribulación y que la prueba finalice cuanto antes. Entre los escritos de Santa Rosa, existe un texto en el que Nuestro Señor no solo reafirma el valor de la tribulación y de la prueba, sino que advierte que es el único camino para acceder al cielo:
Así narra Santa Rosa las palabras de Jesús: “El divino Salvador, con inmensa majestad, dijo: «Que todos sepan que la tribulación va seguida de la gracia; que todos se convenzan que sin el peso de la aflicción no se puede llegar a la cima de la gracia; que todos comprendan que la medida de los carismas aumenta en proporción con el incremento de las fatigas. Guárdense los hombres de pecar y de equivocarse: ésta es la única escala del paraíso, y sin la cruz no se encuentra el camino para subir al cielo».
Las palabras de Jesús a Santa Rosa de Lima explicitan lo que Él nos reveló en el Evangelio: “Si alguien quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue su Cruz de todos los días, y me siga” (Lc 9, 22-25). ¿Por qué nos dice esto Jesús? Porque el cristiano está en esta vida para salvar su alma, pero la salvación solo viene por Cristo y Cristo crucificado, muerto y resucitado. De ahí la importancia de cargar la Cruz de cada día y de seguir a Jesús por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis; de ahí la importancia de la negación de uno mismo, porque en la cima del Calvario debe morir el hombre viejo, para que renazca el hombre nuevo, el hombre regenerado por la gracia; de ahí la importancia de aceptar las tribulaciones, las aflicciones, las fatigas, porque son dones del cielo que nos hacen participar de la Cruz de Jesús, porque la Cruz es tribulación -Suprema Tribulación-, aflicción -Suprema Aflicción-, fatiga -Suprema Fatiga-. Esto quiere decir que el cristiano no solo no debe jamás rechazar la tribulación -la que viene de la Cruz-, sino por el contrario, debe postrarse en acción de gracias por tan inmenso don, puesto que al ser una participación a la Cruz de Jesús, es un signo de predilección divina.
Esto es lo que explica también que en el camino opuesto al de la salvación, en el camino de la perdición, los réprobos no experimenten tribulación ni prueba alguna, porque allí no hay redención ni salvación. Es muy mala señal que alguien de rienda suelta a las pasiones y que su único objetivo en la vida sea obtener éxitos mundanos y bienes materiales: éste no es el camino de la Cruz, y no es el camino de la salvación, el camino que conduce al cielo.
Ahora bien, el cristiano debe saber que la tribulación no es un fin en sí mismo, y que nada termina en la tribulación; por el contrario, "a la tribulación", le dice Jesús a Santa Rosa de Lima, "le sigue la gracia"; "con el peso de la aflicción, se llega a la cima de la gracia"; "los carismas aumentan con el incremento de las fatigas", y esto es así porque a la Cruz le sigue la Luz, a la Muerte de Cristo en la Cruz, le sigue la Resurrección en la gloria divina. Y tal como le dice también Jesús a Santa Rosa, la tribulación de la Cruz no es un "camino alternativo" u "opcional", sino el único camino: "Ésta es la única escala del paraíso, y sin la Cruz no se encuentra el camino para subir al cielo".
Meditando sobre las palabras de Jesús, más adelante, Santa Rosa agrega: "¡Ojalá todos los mortales conocieran el gran valor de la divina gracia, su belleza, su nobleza, su infinito precio, lo inmenso de los tesoros que alberga, cuántas riquezas, gozos y deleites! Sin duda alguna, se entregarían, con suma diligencia, a la búsqueda de las penas y aflicciones. Por doquiera en el mundo, antepondrían a la fortuna las molestias, las enfermedades y los padecimientos, incomparable tesoro de la gracia. Tal es la retribución y el fruto final de la paciencia. Nadie se quejaría de sus cruces y sufrimientos, si conociera cuál es la balanza con que los hombres han de ser medidos".
Si las vidas de los santos son propuestas por la Iglesia para que aprendamos de ellos, la vida de Santa Rosa de Lima nos deja esta gran enseñanza: debemos agradecer la tribulación, signo de predilección del Amor divino, que nos hace participar de la Cruz de Jesús, Puerta abierta al cielo, a la eterna felicidad.


martes, 30 de agosto de 2011

Santa Rosa de Lima



En una época materialista y hedonista, como la nuestra, caracterizada por la búsqueda desenfrenada del bienestar en todos los órdenes, por la satisfacción del apetito sensible del hombre, y por el egoísmo individualista como derecho a ser ejercitado, el ejemplo de vida vivida en el sacrificio, en la penitencia y en la mortificación de Santa Rosa, constituye un claro signo de la vida que debemos llevar como cristianos, si es que queremos salvar el alma.
Algo que caracterizó la vida de Santa Rosa fue su mortificación extrema, lo cual no puede explicarse por razones humanas, ni por un mero ascetismo, ni por simplemente refrenar sus pasiones, sino por un don sobrenatural que la llevaba a identificarse con Cristo crucificado, y es esta búsqueda de la imitación de Cristo es lo que explica su estado de casi continua mortificación y penitencia.
Santo Rosa vivió unida, místicamente, a la Pasión del Señor y buscaba la penitencia y la mortificación para identificarse con Jesucristo en la cruz.
Buscó permanentemente, ya desde niña, consagrándose a Dios con voto de virginidad, la configuración con Cristo humillado en la cruz, y para convertir a los que estaban más alejados de Dios, hizo de su vida un continuo sacrificio.
Para doblegar su orgullo, despreció las vestimentas seglares, y si bien ella era seglar –no fue religiosa porque al arrodillarse delante de una imagen de la Virgen no se pudo levantar hasta que comprendió que Dios no la quería como religiosa-, vistió siempre con una sencilla túnica blanca y con un velo negro.
Santa Rosa hacía también penitencia con los alimentos, buscando reparar, junto al hambre que padece Cristo en la cruz, los pecados de gula y la búsqueda desenfrenada de placeres terrenos por parte de los hombres. Comía lo mínimo necesario para mantenerse en la vida activa, y hacía voluntariamente una restricción total de carne.
En los días de calor, no bebía nada refrescante, y solía pasar días sin beber, para unir su sed a la sed que de almas experimentaba Jesús en la cruz. Y cuando la sed se le volvía insoportable, le bastaba mirar el crucifijo y recordar la sed de Jesús crucificado, para seguir todavía aguantando sin beber.
El momento de descanso era también para Santa Rosa un momento propicio para ofrecerlo como mortificación, porque nunca durmió en colchones ni usó almohadas: dormía sobre tablas de madera, y su almohada era un leño. Una vez tuvo deseos de cambiar las tablas y el leño por un colchón y una almohada, y mirando al crucifijo, le pareció que Jesús le decía desde la cruz: “Mi cruz, era mucho más cruel que todo esto”, y desde ese día nunca más volvió a pensar en buscar un lecho más cómodo.
La mortificación en Rosa no es mera ascesis, ni búsqueda egoísta de la perfección por medio del dominio de las pasiones. La mortificación persigue fines mucho más elevados: en sus escritos explica que es necesaria para ser saciados por el Espíritu de Dios, para vivir orientados por el Espíritu Santo, y para renovar la faz de la tierra a partir de la configuración con Cristo crucificado.
Pero además de la mortificación, Rosa se destacaba por sus obras de misericordia con los más necesitados y sobre todo con los indígenas, sometidos en algunos casos a grandes injusticias. Frente a sus prójimos es una mujer comprensiva: disculpa los errores de los demás, persona las injurias, se empeña en hacer retornar al buen camino a los pecadores, socorre a los enfermos. Se esfuerza en la misericordia y la compasión.
Su estado de permanente oración y de continuos sacrificios y penitencias no solo la configuraban místicamente con Jesús crucificado, sino que conseguían numerosas conversiones de pecadores, y aumento de fervor en muchos religiosos y sacerdotes, todo lo cual llevó a la ciudad de Lima a la convicción de que era una santa en vida.
Durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte, la oración de la joven era: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.
Y a esta muchacha de condición económica pobre y sin muchos estudios, le hicieron un funeral poco común en la ciudad de Lima. La primera cuadra llevaron su ataúd los monseñores de la catedral, como lo hacían cuando moría un arzobispo. La segunda cuadra lo llevaron los senadores, como lo hacían cuando moría un virrey. Y la tercera cuadra lo llevaron los religiosos de las Comunidades, para demostrarle su gran veneración.
Para los cristianos del siglo XXI, como nosotros, el ejemplo de santidad de Santa Rosa de Lima nos dice que no es en la búsqueda de placeres y comodidades terrenas en donde se encuentra la felicidad, sino en la imitación de Cristo crucificado.