San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 3 de junio de 2020

San Carlos Lwanga y compañeros mártires

San Carlos Luanga y los mártires de Uganda,3 de Junio,Vidas ...


          Vida de santidad[1].

          Uganda, país de África, fue misionado por los Padres Blancos del Cardenal Lavigerie, por lo que pronto comenzaron a convertirse al catolicismo muchos nativos. En ese entonces, el jefe de la nación, llamado Muanga, tenía el vicio de la homosexualidad y cuando el jefe del personal de mensajeros del palacio José Makasa, se convirtió al catolicismo, le hizo saber al jefe que en la Biblia se condena y prohíbe totalmente la homosexualidad y que la llama una “aberración”, o sea algo abominable, porque va contra la Ley Divina y por lo tanto es algo totalmente impropio de la persona humana. Le citó varios pasajes de la Biblia para confirmar sus dichos, como por ejemplo: “la homosexualidad es un pecado merecedor de la muerte” (Lev 18) y “algo que va contra la naturaleza” (Rom 1,26) y que los que lo cometen “no poseerán el Reino de Dios” (1 Cor 6,10). Esto enfureció tanto al rey, que ordenó asesinar a José Makasa el 15 de noviembre de 1885, y así este llegó a ser el primero de los 26 mártires de Uganda. Al saber esta terrible noticia, los demás católicos que trabajaban en el palacio real como mensajeros o empleados, en vez de acobardarse, se animaron más fuertemente a preferir morir antes que ofender a Dios.
La segunda víctima fue un pequeño mensajero llamado Denis. El jefe Muanga quiso irrespetar a un jovencito llamado Muafa, pero este le dijo, citando la Biblia, que su cuerpo era un “templo del Espíritu Santo”, y que él se haría respetar costara lo que costara. El rey averiguó quién le había enseñado al niño estas doctrinas y le dijeron que era otro de los mensajeros, Denis, por lo que también le dio muerte. Así este jovencito llegó a ser el segundo mártir San Denis. Antes de darle muerte, el rey le preguntó: “¿Eres cristiano?” y el niño respondió: “Sí, soy cristiano y lo seré hasta la muerte”.
Mientras tanto, el nuevo jefe de los mensajeros, Carlos Luanga (que había reemplazado a San José Makasa) reunía a todos los jóvenes y los catequizaba recordándoles lo que enseña San Pablo en la Biblia, acerca de que “los que cometen el pecado de homosexualidad tendrán un castigo inevitable por su extravío” (Rom 1, 18) y les recordaba que la “homosexualidad es la tendencia a cometer acciones impuras con personas del propio sexo”, y que eso no es amor de caridad que busca el bien de la otra persona, sino que es un “amor de concupiscencia” por el afecto que se siente hacia personas del propio sexo. Y les narraba cómo las ciudades de Sodoma y Gomorra fueron destruidas por una lluvia de fuego por cometer ese pecado, y cómo la Biblia anuncia tremendos castigos para los que lo cometen. Carlos terminaba sus charlas recordando aquellas palabras de Jesús: “Al que me confiese delante de los hombres, Yo declararé a su favor en el cielo”.
Con estas instrucciones de Carlos Luanga, ya todos los jovencitos mensajeros y empleados del palacio real de Uganda quedaron resueltos a perder su vida antes que renunciar a las creencias católicas o perder la pureza de su alma con un pecado de homosexualidad. Y ahora estaba por llegar el desenlace fatal y sangriento. El rey tenía como primer ministro a un brujo llamado Katikiro, el cual estaba disgustadísimo porque los que se volvían cristianos católicos, ya no se dejaban engañar por sus brujerías; entonces se propuso convencer al rey de que debía hacer morir a todos los que se habían declarado cristianos.
El cruel Muanga reunió a todos sus mensajeros y empleados y les dijo: “De hoy en adelante queda totalmente prohibido ser cristiano, aquí en mi reino. Los que dejen de rezar al Dios se los cristianos, y dejen de practicar esa religión, quedarán libres. Los que quieran seguir siendo cristianos irán a la cárcel y a la muerte”. Y luego les dio una orden mortal: “Los que quieran seguir siendo cristianos darán un paso hacia adelante”. Inmediatamente Carlos Luanga, jefe de todos los empleados y mensajeros del palacio, dio el paso hacia adelante. Lo siguió el más pequeño de los mensajeros, que se llamaba Kisito y enseguida veintidós jóvenes más dieron el paso decisivo. Inmediatamente entre golpes y humillaciones fueron llevados todos a prisión. El Padre misionero no había alcanzado a bautizar a algunos de ellos, por lo que estos jóvenes valientes viendo que su muerte estaba ya muy próxima pidieron a Carlos que los bautizara. Y allí en la oscuridad de la prisión Carlos Luanga bautizó a los que aún no estaban bautizados, y se prepararon todos para su paso a la eternidad feliz, que ya estaba muy cerca.
El rey los volvió a reunir y les preguntó: “¿Siguen decididos a seguir siendo cristianos?”. Y ellos respondieron a coro: “Cristianos hasta la muerte”. Entonces por orden del brujo Katikiro fueron llevados prisioneros a 60 kilómetros de distancia por el camino, y allí mismo fueron asesinados por los guardias. Después de haberlos tenido siete días en prisión en esas lejanías, en medio de los más atroces sufrimientos, mientras reunían la leña para el holocaustos el 3 de junio del año 1886, día de la Ascensión, los envolvieron en esteras de juntos muy secos, y haciendo un inmenso montón de leña seca los colocaron allí y les prendieron fuego. Entre las llamas salían sus voces aclamando a Cristo y cantando a Dios, además de recitar el Credo y esto lo hicieronhasta el último aliento de su vida. Por el camino se llevaron los verdugos a dos mártires más, ya mayores de edad. El uno por haber convertido y bautizado a unos niños (San Matías Kurumba) y el otro por haber logrado que su esposa se hiciera cristiana (San Andrés Kawa). Ellos se unieron a los otros mártires (de los cuales 17 eran jóvenes mensajeros) y en total murieron en aquel año veintiséis mártires católicos por defender su fe y su castidad. Los mártires de Uganda, con Carlos Luanga a la cabeza, fueron declarados santos por el Papa Pablo VI y ahora en Uganda hay un millón de católicos, cumpliéndose así el adagio: “La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos”.

Mensaje de santidad.

Los mártires de Uganda no sólo dieron la vida por la pureza corporal, sino también por la pureza de la fe, puesto que ambas van unidas: quien es casto y puro, lo es no por la virtud en sí misma, sino por amor a Cristo, que es la Castidad, la Pureza y la Inocencia Increadas en sí mismas. Por eso, en su sacrificio, no sólo debemos ver un homenaje a la virtud de la pureza de cuerpo y alma -que lo es-, sino también una participación en la Pasión de Cristo, puesto que su muerte martirial fue un modo de participar de la muerte martirial del Rey de los mártires, Cristo Jesús. Por último, los mártires de Uganda murieron entonando cánticos de alabanza a Dios y también rezando el Credo: cuando asistamos a la Santa Misa y recemos el Credo, recordemos que por las verdades del Credo debemos estar dispuestos a dar la vida, tal como lo hicieron los santos mártires de Uganda.

lunes, 2 de marzo de 2020

San Casimiro


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Vida de santidad[1].

San Casimiro era hijo del rey de Polonia y tuvo la gracia de ser educado por unos padres sumamente devotos y por el profesor Calímaco, quien lo introdujo en el camino de la santidad. Su más grande anhelo y su más fuerte deseo era siempre agradar a Dios y por eso trataba siempre de evitar no solo el pecado mortal, sino también el venial e incluso las imperfecciones. Para lograr esto buscaba de dominar su cuerpo, antes de que las pasiones sensuales mancharan su alma. Aunque era hijo del rey, sin embargo vestía muy sencillamente, sin ningún lujo. Hacía múltiples mortificaciones, sea en el comer, en el beber, en el mirar y en el dormir; muchas veces dormía sobre el duro suelo y se esforzaba por no tomar licor. Y esto lo hacía en un palacio real, donde las gentes eran bastante inclinadas a una vida fácil y de muchas comodidades y comilonas.
Para Casimiro el centro no solo de su devoción sino de su vida, era la Pasión y Muerte de Jesucristo. San Casimiro sabía que para crecer en el amor a Dios es muy provechoso meditar en la Pasión de Jesucristo y es así que pasaba la mayoría del tiempo meditando en la Agonía de Jesús en el Huerto y en los azotes que padeció, como también en la coronación de espinas y las bofetadas que le dieron a Nuestro Señor, además de la subida de Jesús al Calvario y en las cinco heridas del crucificado, meditando también en el amor que llevó a Jesús a sacrificarse por nosotros. Le gustaban los cristos muy sangrantes, y ante un crucifijo se quedaba tiempos y tiempos meditando, suplicando y dando gracias.
Otra gran devoción de Casimiro era la de Jesús Sacramentado. Como durante el día estaba sumamente ocupado ayudando a su padre a gobernar el Reino de Polonia y de Lituania, aprovechaba el descanso y el silencio de las noches para ir a los templos y pasar horas y horas adorando a Jesús en la Santa Hostia.
A pesar de tener mucha gente adinerada a su alrededor, pues eran los miembros de la corte real, sus preferidos sin embargo eran los pobres. La gente se admiraba de que, siendo hijo de un rey, nunca ni en sus palabras ni en su trato se mostraba orgulloso o despreciador con ninguno, ni siquiera con los más miserables y antipáticos. Esta predilección por los pobres no era pura filantropía, sino que era el amor tan grande que le tenía a Dios, el que lo llevaba a amar inmensamente al prójimo, y es por esto que nada le era tan agradable y apetecible como la entrega de todos sus bienes en favor de los más necesitados, y no sólo de sus bienes materiales, sino de su tiempo, sus energías, de su influencia respecto a su padre y de su inteligencia. Otra virtud que se destacó en San Casimiro fue el amor a la pureza: su padre quiso casarlo con la hija del Emperador Federico, pero Casimiro dijo que le había prometido a la Virgen Santísima conservarse en perpetua castidad y es por esto que renunció a tan honroso matrimonio.
Los secretarios y otras personas que vivieron con Casimiro durante varios años estuvieron todos de acuerdo en afirmar que lo más probable es que este santo joven no cometió ni un solo pecado grave en toda su vida. Y esto es tanto más admirable en cuanto que vivía en un ambiente de palacio de gobierno donde generalmente hay mucha relajación de costumbres. A su padre el rey le advertía con todo respeto pero con mucha valentía, las fallas que encontraba en el gobierno, especialmente cuando se cometían injusticias contra los pobres.
Se enfermó de tuberculosis, y el 4 de marzo de 1484, a la corta edad de 26 años, murió santamente dejando en todos los más edificantes recuerdos de bondad y de pureza. Lo sepultaron en Vilma, capital de Lituania.

Mensaje de santidad.

En un tiempo en donde se enarbolan las banderas de la impureza, de la lujuria, de la fornicación, como derechos humanos, y en un tiempo en el que los jóvenes pasan su tiempo embelesados con esos espejitos de colores que son los celulares, las computadoras y la televisión, el ejemplo de San Casimiro resplandece con todo el brillo de la santidad, señalando para los jóvenes de nuestro tiempo el camino que conduce al cielo. San Casimiro transmite a los jóvenes –y a los no tan jóvenes- cuál es el camino que conduce al cielo: el amor a la gracia –no basta con evitar el pecado-, el amor a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo –en vez de pasar horas consumiendo contenido vacío de santidad en las pantallas-, el deseo de imitarlo –en vez de imitar a tantos personajes que llevan vida disipada-, el amor a los pobres –que, como dijimos, no es filantropía, sino reverberación del amor a Dios, que se vuelca de preferencia en los más desamparados-; por último, el amor a la pureza, a la castidad, en lugar del desenfreno de las pasiones que alejan del camino de la santidad. La vida  de San Casimiro es un libro abierto en donde los jóvenes de hoy pueden contemplar cómo es el camino que conduce a la unión con Dios en esta vida y por la eternidad.
         

martes, 5 de febrero de 2019

Santa Águeda



         Vida de santidad[1].

Santa Águeda provenía de una familia distinguida y además era una joven de gran belleza. Sin embargo, poseía algo más valioso todavía y era su fe en Jesucristo. En esa época, se desencadenó una de las persecuciones a la Iglesia por parte del emperador Decio (250-253). Un senador romano, llamado Quintianus, trató de aprovechar la situación para retener a Águeda para sí, pero esta lo rechazó sin miramientos, aduciendo que ya tenía otro esposo y ese Esposo era Jesucristo.
Quintianus no se dio por vencido y la entregó en manos de Afrodisia, una mujer de mala vida, para tratar de corromper a la joven con las tentaciones del mundo, pero las virtudes de Santa Águeda y su fidelidad a Cristo fueron más fuertes que las tentaciones a las que la sometía la mujer.
Quintianus entonces, al ver que no podía corromper y poseer a la joven, se dejó llevar por la ira, por lo que decidió torturar a la joven virgen con toda clase de crueldades, llegando al extremo de ordenar que se le corten los senos. La respuesta de Santa Águeda se volvió célebre: “Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?”. En medio de sus torturas, la santa fue consolada con una visión de San Pedro quien, milagrosamente, la sanó. Sin embargo, las torturas continuaron y fueron tan intensas que finalmente terminaron con la vida de la santa, cuyo cuerpo ya sin vida fue arrojado sobre un lecho de carbones encendidos. Esto sucedió en Catania, Sicilia (Italia). Desde la antigüedad su culto se extendió por toda la Iglesia y su nombre fue introducido en el Canon romano.

Mensaje de santidad[2].

Ya desde antiguo, se le atribuyen a la santa numerosos milagros. Uno de ellos es el de la detención de la lava del volcán Etna, que había hecho erupción en el año 250: según la tradición, debido al ruego de los habitantes a la santa, la lava se detuvo milagrosamente antes de llegar a la ciudad, salvándose la misma de ser arrasada por el fuego volcánico. Por esta razón es que la ciudad de Catania la tiene como patrona y las regiones aledañas al Etna la invocan como patrona y protectora contra fuego, rayos y volcanes. Además de estos elementos, la iconografía de Santa Águeda suele presentar la palma, que significa la victoria del martirio, como también algún símbolo que recuerde las torturas que padeció. Y es que la santa es ejemplo para nosotros no por los milagros que pueda haber hecho o continúe haciendo, porque los continúa haciendo con toda seguridad, sino que lo que nos deja a nosotros como mensaje de santidad es su gran amor a Jesucristo, el Hombre-Dios, manifestado no meramente de palabras, sino con obras –se destacaba por su gran bondad- y por el don de su vida, además de haberse consagrado virginalmente a Nuestro Señor. Es decir, Santa Águeda es ejemplo para nosotros porque ofrendó su vida por amor a Jesucristo y esto es sumamente válido en nuestros tiempos, en los que la gran mayoría de las personas ofrendan sus vidas a los ídolos. Así, Santa Águeda nos demuestra que vale la pena perder la vida por Cristo y que, como dice la Escritura, “todo lo que hay en este mundo es nada en comparación con Cristo”. El otro ejemplo que nos deja Santa Águeda es el de su castidad y virginidad, sobre todo en un tiempo, como el nuestro, en el que la sensualidad, el hedonismo, la búsqueda del placer y la exaltación de las pasiones, se han convertido en norma de vida, siendo las primeras víctimas de esta concepción hedonista del mundo los niños y los jóvenes, que crecen creyendo que el hedonismo y la satisfacción de las pasiones –a través de la ideología de género, de la ESI y del feminismo- es el objetivo de la vida, desconociendo las delicias y la bienaventuranza que la castidad y la virginidad por Cristo conceden al alma.
Por su martirio y por su castidad, Santa Águeda es doblemente ejemplo para los niños y jóvenes de hoy.






[1] Cfr. https://www.corazones.org/santos/agueda.htm ; Butler, Vida de Santos, vol. IV.  México, D.F.: Collier’s International - John W. Clute, S.A., 1965; The Catholic Encyclopedia; Kirsch, J. P., Saint Agatha, Catholic Encyclopedia, Encyclopedia Press. 1913; Sgarbossa, Mario y Giovannini, Luigi. Un Santo Para Cada Día. Santa Fe de Bogotá: San Pablo. 1996.
[2] Fuentes antiguas: Su oficio en el Breviario Romano se toma, en parte de las Actas de latinas de su martirio. (Acta SS., I, Feb., 595 sqq.). De la carta del Papa Gelasius (492-496) a un tal Obispo Victor (Thiel. Epist. Roman. Pont., 495) conocemos de una Basílica de Santa Águeda. Gregorio I (590-604) menciona que está en Roma (Epp., IV, 19; P.L., LXXVII, 688) y parece que fue este Papa quien  incluyó su nombre en el Canon de la Misa. Solo conocemos con certeza histórica el hecho y la fecha de su martirio y la veneración pública con que se le honraba en la Iglesia primitiva.  Aparece en el Martyrologium Hieronymianum (ed. De Rossi y Duchesne, en el Acta SS., Nov. II, 17) y en el Martyrologium Carthaginiense que data del quinto o sexto siglo (Ruinart, Acta Sincera, Ratisbon, 1859, 634). En el siglo VI, Venantius Fortunatus la menciona en su poema sobre la virginidad como una de las celebradas vírgenes y mártires cristianas (Carm., VIII, 4, De Virginitate: Illic Euphemia pariter quoque plaudit Agathe Et Justina simul consociante Thecla. etc.).

martes, 21 de junio de 2016

San Luis Gonzaga


Nació el año 1568 cerca de Mantua, en Lombardía, hijo de los príncipes de Castiglione. Su madre lo educó cristianamente y muy pronto dio indicios de su inclinación a la vida religiosa: a los siete años, además de las oraciones matinales y vespertinas, comenzó a recitar el oficio de Nuestra Señora. La entrega a Dios, por manos de María, a tan temprana edad, y con tanto fervor y amor, llevó a su director espiritual, San Roberto Belarmino y a tres de sus confesores, que nunca, en toda su vida, cometió un pecado mortal[1]. Debido a su condición de perteneciente a la nobleza, debía presentarse con frecuencia en la corte del gran ducado, en donde, según un historiador, debía tratar con individuos que “formaban una sociedad para el fraude, el vicio, el crimen, el veneno y la lujuria en su peor especie”. Sin embargo, San Luis Gonzaga, en vez de sucumbir a la tentación de “ser uno más” en la perversión, degradándose en su hombría y en su condición de hijo de Dios, no solo se mantuvo en su estado de gracia, sino que lo acrecentó notablemente, “negándose a sí mismo” para “seguir a Cristo” día a día, por medio de la virtud y en la castidad.
El círculo en el que se movía San Luis Gonzaga, lleno de perversión y lujuria, correspondería, en nuestros días, a los grupos de jóvenes que se intercambian videos eróticos por el sistema de mensajería instantánea, a través de los celulares: el santo no aceptaría ni siquiera pasivamente formar parte de ese grupo, es decir, no aceptaría formar parte de ese grupo ni siquiera con la condición de recibir dichos videos pero no compartirlos a su vez; lo que haría San Luis Gonzaga, sería directamente no formar parte del grupo. También evitaría las conversaciones y las bromas de doble sentido, puesto que constituyen la ocasión próxima para pecar mortalmente, sino son ya en sí mismas, pecado mortal.
San Luis Gonzaga, para no ceder a la tentación, se sometía voluntariamente a una rigurosa disciplina, realizando ayunos, rezando y pidiendo la gracia de la santa pureza, todo con el fin de no solo no pecar mortalmente, sino de imitar a Jesús, el Cordero Inmaculado, en su pureza, porque la pureza, tanto corporal como espiritual –es decir, la pureza de la fe-, es una expresión, en el alma humana, de la perfección del Ser trinitario de Dios, que es la Pureza en sí misma.
De esta manera, con su lucha ascética y mística por no solo combatir la tentación de la impureza, sino por imitar a Jesucristo en su pureza inmaculada, San Luis Gonzaga ofrece, a los jóvenes de nuestros días, el verdadero ejemplo del varón, porque es varón verdaderamente no quien se deja arrastrar por cuanta tentación se le cruce, sino que es varón –hombre viril-, quien, asistido por la gracia, tiene como horizonte de su alma imitar la pureza de cuerpo y alma de los Sagrados Corazones de Jesús y María.
San Luis Gonzaga es ejemplo también de caridad –amor sobrenatural- heroica al prójimo, y sobre todo al prójimo más necesitado, porque precisamente murió luego de contagiarse auxiliando a los afectados por una peste que asoló Roma en el año 1591. En nuestros días, en donde el individualismo más crudo, fruto del materialismo, el ateísmo, el hedonismo y el relativismo, se traducen en el egoísmo más desenfrenado, que lleva a la persona a pensar sólo en sí misma y a olvidarse de Dios y de su prójimo.
Por último, frente a la cultura de la muerte en la que vivimos hoy, mediante la cual se elimina la vida humana en sus inicios –aborto- y en su final –eutanasia, incluso para niños-, San Luis Gonzaga es ejemplo de cómo la muerte, sufrida en unión a Cristo Jesús, es sólo un umbral que conduce al Reino de los cielos, en donde espera una eternidad de gozo y alegría inimaginables, para quien muere en estado de gracia santificante. En efecto, nuestro santo les decía a quienes se apenaban por su estado de agonía: “Alegraos, Dios me llama después de tan breve lucha. No lloréis como muerto al que vivirá en la vida del mismo Dios. Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias”. Y en sus últimos momentos, no apartó ni por un instante su mirada de un pequeño crucifijo colgado ante su cama. El día de su muerte -anticipado por el mismo Luis, quien dijo que habría de morir antes que despuntara el alba del siguiente-, se verificó el siguiente diálogo entre San Luis Gonzaga y el padre provincial de los jesuitas, orden a la que pertenecía: “-¡Ya nos vamos, padre; ya nos vamos...! -¿A dónde, Luis? -¡Al Cielo! -¡Oigan a este joven! -exclamó el provincial- Habla de ir al cielo como nosotros hablamos de ir a Frascati (un poblado cercano, N. del R.)”.
Entre las diez y las once de aquella noche se produjo un cambio en su estado y fue evidente que el fin se acercaba. Con los ojos clavados en el crucifijo y el nombre de Jesús en sus labios, expiró alrededor de la medianoche, entre el 20 y el 21 de junio de 1591, al llegar a la edad de veintitrés años y ocho meses. El Papa Benedicto XIII lo nombró protector de estudiantes jóvenes y el Papa Pio XI lo proclamó patrono de la juventud cristiana.
Nacido en el siglo XVI, San Luis Gonzaga es ejemplo inigualable de virtudes y modelo de vida cristiana caracterizada por el amor a Dios, la pureza de cuerpo y alma y el deseo de la vida eterna en el Reino celestial. San Luis Gonzaga contrarresta así los grandes males que amenazan a la juventud en nuestros días: la satisfacción hedonista de las pasiones, el ateísmo y la ausencia de sentido de la vida, anteponiendo la castidad, la fe en el Hombre-Dios Jesucristo y el motivo para vivir esta vida, ganar el Reino de los cielos por amor a Dios.



[1] Cfr. http://www.corazones.org/santos/luis_gonzaga.htm; Benedictinos, monjes de la abadía de San Agustin en Ramsgate. The Book of Saints. VI edition. Wilton: Morehouse Publishing, 1989;  Butler, Vida de Santos, vol. IV.  México, D.F.: Collier’s International - John W. Clute, S.A., 1965; Sgarbossa, Mario y Giovannini, Luigi. Un Santo Para Cada Dia. Santa Fe de Bogota: San Pablo. 1996.

jueves, 21 de enero de 2016

Santa Inés, virgen y mártir


         Inés, cuyo nombre proviene de “Agnus” y significa “Pura”[1], fue mártir de la pureza del cuerpo –la virginidad- y mártir de la pureza del alma –el alma que está en gracia y cree solo en Jesucristo por la fe-. Fue mártir de la pureza corporal porque rehusó el adulterio corporal, debido a que ya estaba desposada con Cristo Esposo, mediante su voto de castidad; fue mártir de la pureza del alma, es decir, del alma que se encuentra en gracia y vive de la fe en Cristo Jesús, porque rehusó el adulterio espiritual, al negarse a adorar a los ídolos, manteniendo firme su fe en que sólo Cristo es Dios, el Único y Verdadero Dios, que debe ser adorado. Santa Inés muere mártir por la doble pureza, del cuerpo y del alma y quien nos da noticias acerca de su doble martirio, es San Ambrosio[2]. Afirma el santo que Santa Inés, que tenía trece años, había consagrado su virginidad a Jesús, considerándolo como su Esposo; la causa de su martirio fue, precisamente, el negarse a desposarse con el hijo del alcalde de Roma. Cuando éste, enamorado de la belleza de Santa Inés, “le promete grandes regalos a cambio de la promesa de matrimonio, la santa le responde: “He sido solicitada por otro Amante. Yo amo a Cristo. Seré la esposa de Aquel cuya Madre es Virgen; lo amaré y seguiré siendo casta”[3]. Santa Inés consideraba, con razón, que si cedía a este amor terreno, cometería adulterio contra su Esposo, Cristo y es por eso que rechaza la propuesta de matrimonio. Su respuesta enfurece al hijo del alcalde, quien recurre a su padre; éste último la hace apresar para amenazarla luego con las llamas si no renegaba de su religión; al mostrarse firme en su relación de morir por Cristo, la condenan a morir decapitada[4].
Así relata San Ambrosio el doble martirio de Santa Inés: “(…) muchos desearon casarse con ella. Pero ella dijo: “Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que yo no quiero”[5]. En cuanto al martirio por la pureza del alma, es decir, el alma en gracia y que cree en Jesucristo como el Hombre-Dios, el Único Dios Viviente que merece ser adorado, dice así San Ambrosio: “Llevada contra su voluntad ante el altar de los ídolos, levantó sus manos puras hacia Jesucristo orando, y desde el fondo de la hoguera hizo el signo de la cruz, señal de la victoria de Jesucristo”[6].
En nuestros días, en los que se exalta la impureza corporal en todas sus formas, presentándola incluso como “derecho humano” y pretendiendo que aún los niños adquieran, desde su más tierna infancia, todas las faltas contra la pureza imaginables –se enseña en las escuelas a niños de pequeña edad que las faltas contra la castidad no son tales, sino parte de la “evolución” del sujeto-, el ejemplo de Santa Inés, que a la edad de trece años había consagrado su virginidad a Cristo Esposo y muere por no cometer adulterio contra Él, es más válido y más actual que nunca, y es por eso que Santa Inés resplandece en el firmamento como un ejemplo a seguir por los jóvenes que quieren conservar la pureza corporal y vivir la castidad, en la imitación de Cristo, Casto y Puro.
Pero Santa Inés es ejemplo también de la pureza espiritual, porque su fe, firme y límpida en Jesucristo como Hombre-Dios, no se ve contaminada, en ningún momento, por la adoración a los ídolos. En nuestros días, en los que la secta luciferina de la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario, propicia la idolatría, el neo-paganismo y la adoración de Lucifer, el doble martirio de Santa Inés, con su negativa a rendir culto idolátrico a los ídolos paganos, es un don que el cielo nos ofrece para no solo no caer en las tinieblas de la idolatría, sino para adorar al Único Dios Verdadero, Jesucristo, el Dios del sagrario, el Dios de la Eucaristía.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/In%C3%A9s.htm
[2] Del tratado de san Ambrosio, obispo, sobre las vírgenes, Libro 1, cap. 2. 5. 7-9: PL 16 [edición 1845], 189-191.
[3] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/In%C3%A9s.htm
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.