San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 22 de junio de 2021

Santa Rita y su devoción por la Pasión del Señor

 



         Es muy conocido, en la vida de Santa Rita, uno de los milagros más asombrosos recibidos por esta santa a lo largo de su vida terrena. Santa Rita, que amaba mucho y era muy devota de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, solía pasar largas horas, en su celda, arrodillada frente a un crucifijo, meditando acerca de los sufrimientos de Jesús. Fue en el transcurso de esas meditaciones, que sucedió el milagro que todos conocen: desde la corona de espinas de Nuestro Señor, una de las espinas de la corona se materializó, por así decirlo y fue a dar, con fuerza, en la frente de Santa Rita, la cual experimentó, como es obvio, un gran dolor, además de que su frente comenzó a sangrar.

         Desde ese momento, y durante toda su vida, Santa Rita llevó la espina de la corona de Jesús incrustada en su frente; sólo desapareció en una oportunidad, por unos días, en los que la santa y sus hermanas de religión peregrinaron al Vaticano para hacer una visita al Santo Padre y recibir su bendición; luego desapareció, sin dejar rastros, en el momento de su muerte y además de desaparecer, el olor repugnante que desprendía la herida se convirtió en un intenso aroma a perfume de rosas. Hay que decir que la espina no solo era una fuente de dolor permanente, puesto que era una espina verdadera, de madera de acacia, fuerte, punzante, extremadamente dolorosa, sino que también era causa de vergüenza para Santa Rita, porque la herida, con el tiempo, se infectó y se llenó de pus sanguinolenta, lo que hacía que despidiera un penetrante olor nauseabundo. Este olor, que desprendía la herida, era tan fuerte y tan desagradable, que provocaba náuseas a quien se le acercara, por lo que Santa Rita tuvo que vivir aislada de sus hermanas de religión por el resto de su vida terrena.

         Esto nos lleva a considerar lo siguiente: por un lado, la santa nos da ejemplo de oración y de amor a la Pasión de Nuestro Señor, puesto que la espina la recibió mientras meditaba en la Pasión. Esto significa que la Pasión es el camino para llegar al cielo, ya que Jesús así lo dice: “Quien quiera seguirme, que cargue su cruz y me siga” y como Jesús va camino del Calvario, el Calvario es el lugar en donde toda alma que ame a Jesús debe anhelar estar.

         Otra enseñanza que nos deja es que en la herida infectada y maloliente, están representados nuestros pecados, tal como Dios los ve: si para nosotros el pecado es insensible, en el sentido de que no puede ser captado por los sentidos, para Dios nuestros pecados son como la herida maloliente que la santa llevó en su frente. De forma contraria, la desaparición de la herida y su reemplazo por la piel sana y un intenso aroma a perfume de rosas, simboliza al alma que se encuentra en estado de gracia, porque el alma en gracia posee “el buen perfume de Cristo” (2 Cor 2, 15).

         Por otro lado, el milagro recibido por la santa nos muestra cuán inútiles son los atractivos del mundo y cuánto ama Jesús a quien más se aparta del mundo para acercarse a Él en la cruz. También nos enseña que no debemos buscar el favor y el aplauso de los hombres, sino el Amor de Dios, mediante el recogimiento, la oración y la adoración. El hecho de que la herida de la frente fuera tan maloliente, le ayudó a Santa Rita a apartarse de los vanos aplausos y glorificaciones que dan los hombres, para vivir estrechamente unida al Señor Jesús, crucificado por nuestro amor y para nuestra salvación.

         Este episodio de la vida de Santa Rita debe conducirnos a desear meditar en la Pasión del Señor, en su Amor infinito por nosotros y en el desprecio que debemos tener del mundo y sus atractivos. De esta manera, cuanto más nos alejemos de los falsos placeres terrenos, tanto más el Corazón de Jesús nos acercará hacia Sí con la fuerza de su Amor, el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

          

sábado, 30 de mayo de 2020

El significado del Sagrado Corazón y sus elementos



          Al aparecerse a Santa Margarita de Alacquoque como el Sagrado Corazón, Jesús le muestra su Corazón, al que lleva en una mano. Según lo describe la santa, el Corazón de Jesús era transparente como el cristal, estaba rodeado por una corona de espinas, en su ápice se veía una cruz y estaba envuelto en llamas de fuego.
          ¿Qué significado tienen cada uno de estos elementos?
          La transparencia del Corazón de Jesús significa la transparencia, en el sentido de ausencia de sombras, del Ser divino trinitario. En efecto, Dios Uno y Trino es la Verdad Absoluta, el Bien Supremo y la Misericordia en sí misma; en Él no hay sombra alguna de falsedad, mentira, engaño o corrupción. Es esto lo que significa la transparencia, entonces: la santidad de la Trinidad, que inhabita en el Corazón de Jesús.
          La corona de espinas que rodea al Corazón de Jesús y que le provoca un intenso dolor -misteriosamente, Jesús está resucitado y glorioso y no experimenta ya dolor, pero este dolor es de tipo moral-, representan los pecados de los hombres, nuestros pecados, que se materializan en las espinas de la corona y le provocan un acerbo dolor en ambas fases del latido del Corazón: en la fase de expansión, porque las espinas se incrustan en él; en la fase de contracción, porque las espinas desgarran el músculo cardíaco, provocando también dolor. Es para significar el dolor moral que experimenta Jesús ante nuestros pecados y que los pecados no pasan desapercibidos para Dios, sino que son causa de un profundo dolor moral (como el de una madre que ve cómo su hijo se dirige por el mal camino).
          La cruz en el ápice del Corazón de Jesús significa que, si queremos alcanzar el fruto exquisito de la salvación, que es el Corazón de Jesús, debemos subir al Árbol de la Vida, la Santa Cruz de Jesús, así como quien desea alcanzar un fruto exquisito de un árbol, debe subirse al árbol para conseguirlo. No hay otra manera de llegar al Corazón de Jesús que no sea por medio de la Santa Cruz.
          Por último, las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón, simbolizan al Espíritu Santo, llamado también “Fuego del Amor Divino”. El Espíritu Santo se simboliza con una paloma y también con llamas de fuego -así es como se manifiesta en Pentecostés- y es este Fuego del Divino Amor el que inhabita y envuelve al Corazón de Jesús y es el Amor que el Corazón de Jesús, contenido en la Eucaristía, comunica al alma cuando ésta lo recibe por la comunión sacramental en estado de gracia, con fe, piedad y amor.       

miércoles, 29 de abril de 2020

Santa Catalina de Siena




          Vida de santidad[1].

          Nacida en 1347, Catalina tuvo la primera visión: mientras cruzaba una calle con su hermano Esteban, vio al Señor rodeado de ángeles, que le sonreía, impartiéndole la bendición. Su padre pensó casarla con un hombre rico; sin embargo, la santa ya se había consagrado a Dios. A los dieciséis años, Santa Catalina ingresó en la tercera orden de Santo Domingo. Se destacó por su gran caridad y bondad, sobre todo para con los huérfanos y más necesitados. Durante la llamada “peste negra”, en la cual murió la tercera parte de la población de Siena, Santa Catalina se destacó por el cuidado de los enfermos.  A los veinticinco años de edad comienza su etapa en la vida pública, caracterizada como conciliadora de la paz entre los soberanos y aconsejando a los príncipes. Fue por su influjo que el papa Gregorio XI dejó la sede de Aviñón en Francia para retornar a Roma. Tanto este pontífice como Urbano VI se sirvieron de ella como embajadora en cuestiones gravísimas; en todas las cuales Catalina supo desempeñarse con prudencia, inteligencia y eficacia.
Aunque era analfabeta, como gran parte de las mujeres y muchos hombres de su tiempo, dictó un maravilloso libro titulado “Diálogo de la divina providencia”, donde recoge las experiencias místicas por ella vividas y donde se enseñan los caminos para hallar la salvación. Santa Catalina de Siena, quien murió a consecuencia de un ataque de apoplejía, a la temprana edad de treinta y tres años, el 29 de abril de 1380, fue la gran mística del siglo XIV. El papa Pío II la canonizó en 1461 y el papa Pablo VI, en 1970, la proclamó doctora de la Iglesia.

          Mensaje de santidad[2].

Según relato de la propia santa, Nuestro Señor Jesucristo se le apareció en su celda portando consigo dos coronas, una de oro y otra de espinas; Jesús le dijo que eligiera cuál de ambas deseaba llevar puesta. Santa Catalina no dudó un instante en elegir la misma corona que Nuestro Señor llevó en la Pasión, esto es, la corona de espinas. No podía ella considerarse digna de llevar una corona de oro, mientras que Nuestro Señor llevaba una corona de espinas. Por supuesto que en el momento de su muerte, su corona de espinas fue trocada en una corona de valor infinitamente mayor que el de una corona de oro, y es la corona de la gloria en la eterna bienaventuranza. A nosotros no se nos aparecerá Jesús ofreciéndonos una corona de oro y otra de espinas, para que elijamos cuál de ellas llevar; sin embargo, guiados por el ejemplo de Santa Catalina de Siena, debemos pedir la gracia de llevar, sino materialmente, sí espiritualmente, la corona de espinas, la misma corona que llevó Nuestro Señor Jesucristo en la Pasión. Si hacemos esto, también nos sucederá como a la Santa en el momento de la muerte: la corona de espinas que llevemos en esta vida por amor a Cristo, se nos convertirá en una corona de gloria en el Reino de los cielos.


viernes, 1 de julio de 2016

El Sagrado Corazón de Jesús


         Unos dos o tres meses después de la primera aparición del Sagrado Corazón a Santa Margarita, se produjo la segunda gran revelación, la cual es descripta así por la santa: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más brillante que el sol, y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas (…) y una cruz en la parte superior (…)”[1].
         ¿Qué simbolizan cada uno de estos elementos?
Las espinas: nos lo dice la misma Santa Margarita: “significando las punzadas producidas por nuestros pecados”[2]. Jesús, en su Pasión, fue coronado de espinas en la cabeza, pero ahora vemos que también su Sagrado Corazón está circundado por una gruesa corona de afiladas, duras y punzantes espinas, que perforan y laceran su Corazón a cada latido. Estas espinas son la materialización de nuestros pecados y nos muestran así cuál es la realidad del pecado: mientras el pecado, en el hombre, produce placer de concupiscencia, este mismo pecado, en Jesús, se traduce en una gruesa, filosa y punzante espina. La contemplación de la corona de espinas del Sagrado Corazón debería conducirnos a no pecar más, al menos, para tener compasión de Jesús, para no seguir provocándole dolores tan intensos y desgarradores.
         Las llamas de fuego: Jesús es Dios y, como tal, espira el Espíritu Santo, Fuego de Amor divino, junto a su Padre, desde la eternidad. La Presencia del Espíritu Santo, simbolizado en las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón, no es algo accidental, ni está ahí sólo para ser contemplado: el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que envuelve al Sagrado Corazón, está en el Sagrado Corazón para ser donado junto con él, para que el alma que lo reciba, si dispone su corazón sediento del Amor de Dios, se encienda en las llamas de este Divino Amor, así como una madera o un hato de hierba reseca arden al contacto con las llamas de un fuego ardiente.
         La cruz: también este símbolo nos lo explica Santa Margarita: “(la cruz) la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en él la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”[3]. La cruz, plantada en la base del Sagrado Corazón, significan, por un lado, los sacrilegios, indiferencias, desprecios, que iba a sufrir por parte nuestra, los cristianos, que muchas veces nos comportamos y vivimos como paganos, porque simplemente dejamos de lado a Jesús, a su gracia santificante y a sus Mandamientos. Por otro lado, la cruz significa que el Sagrado Corazón se encuentra en Jesús crucificado, como el fruto exquisito del Árbol de la Vida, la Santa Cruz, así como un fruto delicioso cuelga de las ramas de un árbol frutal y que así como alguien, deseando comer de ese fruto, debe subirse al árbol para tomarlo, así el cristiano que quiera deleitarse con las dulzuras del Sagrado Corazón, debe subirse a la cruz, el Árbol de la Vida, para poder disfrutar de él.
         La herida por la que fluye su Sangre: la herida es el resultado del lanzazo recibido por Jesús en la cruz el Viernes Santo, herida por la cual comenzó a fluir, a borbotones, el contenido del Sagrado Corazón, la Preciosísima Sangre del Cordero, la cual, puesto que contiene al Espíritu Santo, quita los pecados del alma sobre al cual esta Preciosísima Sangre cae, al tiempo que la purifica y la santifica con la gracia divina.
         Por último, recordemos lo que sucedió en la Primera Revelación, siempre según la narración de Santa Margarita: “(El Sagrado Corazón) me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado (…)”.
         Lo que hizo Jesús, el tomar el corazón de Santa Margarita para introducirlo en el suyo y convertirlo en una llama encendida de amor, fue una muestra de amor para con Santa Margarita, pero para con nosotros, siendo muchísimo más indignos que esta gran santa, Jesús demuestra más amor todavía que para con ella, porque en vez de tomar nuestro corazón, nos da su Sagrado Corazón, contenido en la Eucaristía y envuelto en las llamas del Divino Amor, para que lo entronicemos en nuestros corazones. Es por esto que, cada comunión eucarística, realizada en gracia y con el corazón sediento por el Amor de Dios, es un don del Divino Amor y un milagro infinitamente más grande que la misma aparición del Sagrado Corazón.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

viernes, 29 de abril de 2016

Santa Catalina de Siena y la corona de espinas


En un momento de su vida, Santa Catalina de Siena tuvo una aparición de Jesús, en la que Nuestro Señor tenía dos coronas en sus manos, una de oro y otra de espinas. Jesús le preguntó cuál de ambas quería y Santa Catalina le dijo que quería la de espinas. En su biografía, se relata así el episodio: “En una visión, Jesús se le presentó con dos coronas, una de oro y otra de espinas, ofreciéndole elegir con cuál de las dos se complacería. Ella respondió: “Yo deseo, Oh Señor, vivir aquí siempre conforme a tu pasión, y encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y deleite”. Luego, tomando ansiosamente la corona de espinas, se la colocó sobre la cabeza” [1].
¿Por qué esta elección de Santa Catalina? ¿No hubiera sido mejor que eligiera la corona de oro, puesto que ella, como sabemos, estaba unida en desposorios místicos con Jesús? Es decir, si Santa Catalina era –como lo era- la esposa mística del Rey de los cielos –en una aparición, Jesús en Persona le colocó el anillo esponsal-, y siendo Jesús como es, el Rey de la gloria, ¿no correspondía que una esposa de semejante Rey llevara una corona de gloria y no de espinas?
Para entender el porqué de la elección de Santa Catalina, debemos meditar en su respuesta[2]: “Yo deseo, oh Señor, vivir aquí conforme a tu Pasión y encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y deleite”.
“Deseo vivir aquí conforme a tu Pasión”: en la Pasión, Jesús no llevaba una corona de oro, sino una corona de espinas; luego, al elegir la corona de espinas, Santa Catalina de Siena desea “conformarse” a la Pasión de Jesús, es decir, vivir unida a la Pasión de Nuestro Señor. Esto implica recibir, en esta vida, lo que Jesús recibió en su Pasión: ignominia, humillación, dolor y muerte, lo cual es contrario a la cultura hedonista que impera en nuestros días.
“Encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y mi deleite”: No se trata de querer sufrir por el solo hecho de sufrir; tampoco se trata de una alteración de los valores en Santa Catalina: el “reposo y deleite en el sufrimiento y en el dolor” se deben a que, al unirse a la Pasión de Jesús prefiriendo la corona de espinas y no la de oro, Santa Catalina se une al sacrificio redentor de Nuestro Señor, lo cual quiere decir que el dolor, de tortura del alma y del cuerpo, se convierte en fuente de santificación, tanto personal, como de muchas almas, que por este dolor y santificación, se verán libres de la eterna condenación, lo cual, a su vez, es lo que explica el deleite y el reposo, es decir, la alegría y la paz que sobrevienen al alma, cuando participa de la Pasión de Jesús, y es la salvación propia y de muchas otras almas.
Ahora bien, en otra aparición de Jesús, Nuestro Señor le revela a Santa Catalina que no es la intensidad del dolor lo que posee valor expiatorio, sino el dolor por el pecado, que nace del amor a Dios: cuanto más grande sea el amor –y, si es infinito, mejor- con el que se desea reparar las ofensas propias y ajenas cometidas contra Dios, tanto mayor será la expiación. Es decir, es la magnitud del amor con el que se sufre, y no la intensidad del sufrimiento, lo que posee el valor redentor, y siempre que este amor esté unido al Amor de su Sagrado Corazón. Dice así Jesús a nuestra santa: “Debes saber hija mía, que todas las penas que sufre el alma en esta vida no son suficientes para expiar la más mínima culpa, ya que la ofensa hecha a Mí que soy Bien Infinito, requiere satisfacción infinita. Más si la verdadera contrición y el horror por el pecado tienen valor reparador y expiatorio, lo hacen, no por la intensidad del sufrimiento (que será siempre limitado), sino por el deseo infinito con que se padece, puesto que Dios, que es infinito, quiere infinitos el amor y el dolor; dolor del alma contra la ofensa cometida al Creador y al prójimo”[3].
Entonces, porque es necesaria la expiación de los pecados por el dolor y el amor, unidos a Santa Catalina, le pedimos a Jesús que, si es su Divina Voluntad, y aunque somos indignos, nos conceda la gracia de llevar espiritualmente su corona de espinas, para tener los mismos pensamientos, santos y puros, que Él tiene en su Pasión.





[1] http://www.corazones.org/santos/catalina_siena.htm
[2] Al decir esto, debemos aclarar que es obvio que debemos hacerlo con categorías sobrenaturales, pidiendo la iluminación del Espíritu Santo, porque si nada encontraremos si analizamos su respuesta desde el punto de vista de la mera razón humana, absolutamente insuficiente, por sí misma, de elevarse a lo sobrenatural
[3] Cfr. Santa Catalina de Siena, La Verdad Eterna.

viernes, 5 de febrero de 2016

“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”


“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”[1]. En su Cuarta Revelación, Jesús se le aparece a Santa Margarita, le muestra su Sagrado Corazón –envuelto en llamas, con una cruz en su base y rodeado de una corona de espinas- y le dice: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”. ¿Por qué dice Jesús lo que dice y qué relación tienen las apariciones del Sagrado Corazón con nuestra vida personal como cristianos?
Si bien Jesús se aparece a Santa Margarita, tanto el mensaje como su contenido van dirigidos a todos los hombres, pero de modo especial a los cristianos, más específicamente, a los católicos -y de modo más especial todavía, a los consagrados-. Es decir, somos nosotros, católicos del siglo XXI –y de todos los siglos- los destinatarios de las palabras de queja y reproche por parte de Jesús y esto es así porque la corona de espinas que rodea y lacera al Sagrado Corazón a cada instante, en cada latido, se deben a nuestros pecados, puesto que esas espinas son la materialización de la malicia producida –y consentida- en nuestros corazones, y es en eso en lo que consiste el pecado.
Los cristianos no dimensionamos, por lo general, las consecuencias que el pecado tiene en Cristo Jesús, porque pensamos que el Sagrado Corazón es una devoción sensiblera, sentimentalista, propia de otra época, o reservada a ciertas personas, principalmente mujeres y, de entre las mujeres, las señoras de edad, que no tienen otra cosa que hacer que rezar. Los cristianos, en el fondo, despreciamos la devoción al Sagrado Corazón, porque pensamos que no tiene relación alguna con nuestras vidas y que no está dirigida directamente a cada uno de nosotros, de modo particular y personal.
Sin embargo, esto constituye un grave error, porque el dolor que el Sagrado Corazón experimenta debido a su corona de espinas, se debe a que esas espinas son la materialización de nuestros pecados personales y particulares, en el sentido que Jesús recibe el castigo que nosotros merecíamos de parte de la Justicia Divina: “Él fue herido por nuestros pecados, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre El, y por sus heridas hemos sido sanados” (Is 53, 5).
Que Jesús esté herido y doliente a causa de nuestros pecados, está confirmado por otra aparición del Sagrado Corazón a Santa Margarita, en el que Jesús se aparece de pie, todo cubierto de heridas sangrantes, al tiempo que le dice a Santa Margarita que busca algún alma que se apiade de sus heridas, producidas por los pecadores: “¿No habrá quien tenga piedad de Mí y quiera compartir y tener parte en mi dolor en el lastimoso estado en que me ponen los pecadores sobre todo en este tiempo?”. “Lastimoso estado en el que me ponen los pecadores”: puesto que somos pecadores, somos nosotros, con nuestros pecados, los que ponemos en estado lastimoso a Dios Encarnado.
Es necesario que meditemos en este hecho: que Jesús sufrió en su Cuerpo el castigo que merecíamos por nuestros pecados –tengo que reflexionar en los pecados míos, propios, personales y particulares, y no en los pecados del prójimo-, como lo dice el profeta Isaías, pero también como lo dice San Pedro: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1 Pe 2, 14).
“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y no ha recibido de ellos más que ingratitudes”. Si, como dice Santa Teresa, no nos mueve, para no pecar, “ni el infierno tan temido”, “ni el cielo prometido”, que nos mueva, al menos, no solo para no pecar, sino para vivir en gracia y acrecentarla cada vez más, la compasión y la piedad hacia Jesús, cuyo Sagrado Corazón sufre inimaginablemente, al ser lacerado y desgarrado en cada latido, a causa de nuestros pecados.




[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

viernes, 7 de agosto de 2015

Las elementos del Sagrado Corazón de Jesús y su significado


         ¿Cuáles son los elementos y del Sagrado Corazón y cuál es su significado?
         Los elementos son: el Corazón, las llamas, el Agua y la Sangre que brotaron de él, la corona de espinas que lo circunda, la cruz en la base, las espinas y la herida abierta de por la lanza y, finalmente, la relación entre los latidos y la corona de espinas.
El Corazón: El Corazón de Jesús no es un corazón más entre tantos: es un Corazón sagrado, por el hecho de ser el Corazón del Hombre-Dios. El Corazón de Jesús es sagrado porque todo Él está santificado por la unión hipostática, personal, del Corazón en la Persona del Hijo de Dios. Al estar unido en la Persona de Dios Hijo, el Corazón de Jesús –y toda su humanidad, Alma y Cuerpo- queda, por este contacto, pleno de la divinidad de la Persona del Verbo de Dios, y ésa es la razón por la cual el Corazón de Jesús es Sagrado, porque en Él inhabita la divinidad. El Corazón de Jesús es el corazón de Dios hecho hombre; es el Corazón de Dios, que se hace hombre para tener un corazón de hombre, pero como el que se hace hombre es Dios, sin dejar de ser Dios, entonces ese corazón se convierte en el Corazón de Dios-Hombre, que ama conjuntamente con amor humano perfectísimo y santificado por la divinidad, y con Amor Divino de la Persona del Verbo de Dios, unido al amor humano perfecto y santificado del Hombre Jesús. Jesús nos da este Sagrado Corazón suyo, pleno del Amor. Al ofrecernos su Sagrado Corazón, Jesús, el Hombre-Dios, nos ofrece la plenitud del Amor Divino y humano que en él inhabita, pero también significa que nos da su Vida, que es la vida misma de Dios Uno y Trino, porque el corazón en el hombre, además de representar la sede del amor, representa la vida misma del hombre, puesto que sin corazón no se puede vivir. Al darnos su Sagrado Corazón, Jesús nos ofrece entonces su Amor Divino y humano y su vida misma, la Vida eterna que brota de su Ser divino trinitario. Con su Sagrado Corazón, Jesús nos da todo lo que ES y todo lo que TIENE.
         Las Llamas: Como el Hijo de Dios espira el Espíritu Santo junto al Padre, tanto como Dios que como Hombre, el Corazón Sagrado de Jesús está inhabitado por el Espíritu Santo y ésa es la razón por la cual el Sagrado Corazón aparece envuelto en llamas: son las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo, que lo abrasan sin consumirlo, así como la zarza ardiente que vio Moisés, estaba envuelta en llamas pero no se consumía. Es el Amor de Dios el que abrasa en el Fuego de su Amor al Sagrado Corazón, y Él está deseoso de abrasar con estas llamas a todas las almas: Jesús quiere amar a todas las almas con el Fuego del Divino Amor; a todos quiere incendiar con estas llamas; a todos quiere ver convertidos en antorchas llameantes, que ardan con el Fuego del Amor Divino, un fuego que no solo no provoca dolor, sino que concede al alma que en este Divino Fuego se ve envuelta, la plenitud de su felicidad, de manera tal que el alma ya nada más quiere ni desea, que no sea al menos una chispa de este Fuego del Divino Amor. Al ofrecernos su Sagrado Corazón, inhabitado por el Espíritu Santo, Jesús nos ofrece, con la Carne de su Corazón empapada en el Divino Amor –así como una esponja está empapada por el agua del mar al ser arrojada en él-, la plenitud del Amor Divino de Dios Uno y Trino, para que el Amor de Dios sea de nuestra posesión personal, a todos y cada uno de los redimidos. Ésa es la razón por la cual quien consume la Carne glorificada del Cordero, Presente en el Pan Eucarístico, recibe de esta Carne, la Vida, el Amor y la Gloria de Dios en los que esta Carne del Cordero está empapada, y esto es lo que explica las palabras de Jesús: “El Pan que Yo daré es mi Carne, para la vida del mundo” (Jn 6, 51). La Carne gloriosa del Sagrado Corazón, empapada en el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, está contenida en la Eucaristía, Pan Vivo bajado del cielo, que alimenta con el Amor de Dios a quien de este Pan, que es Carne glorificada del Cordero, asada en el Fuego del Espíritu Santo, lo comulga con fe y con amor. La Carne gloriosa del Sagrado Corazón de Jesús, envuelta en las llamas del Espíritu Santo, desean consumir y abrasar en el Fuego del Amor Divino a todos los corazones humanos, pero el corazón humano será abrasado en ese Amor sólo si está ávido de ese Amor, así como la madera seca o la hierba seca, al contacto con las llamas, se muestran ávidas del fuego. De la misma manera, nuestros corazones deben ser así, como una madera seca o como un hato de hierbas secas, para que se combustionen al instante, al contacto con la Brasa Ardiente de Amor que es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. De lo contrario, si nuestros corazones son como la roca fría, dura y húmeda, no podrá prender en ellos el Fuego de Amor, el Espíritu Santo.
El Agua y la Sangre que brotaron del Corazón traspasado: El Sagrado Corazón está envuelto en las llamas del Divino Amor, y esas llamas pujan por salir, para incendiar a todos los corazones humanos con el Fuego de este Amor Santo de Dios Trino, pero no puede hacerlo, hasta que no es traspasado por la lanza del soldado romano. Sólo cuando el soldado romano traspasa al Sagrado Corazón, puede el Espíritu Santo, el Fuego del Divino Amor, derramarse sobre las almas y los corazones de los hombres, por medio de la Sangre y el Agua que brotan del Corazón traspasado, como de una fuente inagotable. Quien se acerca al Sagrado Corazón, que está suspendido en la cruz, y se arrodilla ante Él con un corazón contrito y humillado, y pide humildemente, con fe y con amor, que “su Sangre caiga sobre él”, no en un sentido blasfemo e impío, sino para que esta Sangre le lave sus pecados, obtiene del Sagrado Corazón lo que pide, y así el alma se ve bañada por la Sangre y el Agua que brotan de este Corazón Sagrado, quedando no solo limpia de toda mancha de pecado, sino santificada con la santidad misma de Dios, y envuelta toda ella en el Fuego del Divino Amor, comenzando así a arder sin ser consumida, tal como la zarza ardiente de Moisés, figura de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, pero también de toda alma en gracia, que vive del Amor de Dios y en el Amor de Dios está envuelta.
         Las espinas: el Sagrado Corazón está envuelto y ceñido por una corona de espinas, gruesas, duras, filosas: son la materialización de nuestros pecados. Las espinas que oprimen al Sagrado Corazón, representan tanto los pecados personales de cada uno, como los pecados de toda la humanidad de todos los tiempos. Si el Sagrado Corazón es la ofrenda de la Trinidad hacia los hombres, la corona de espinas que atenaza y desgarra al Sagrado Corazón, es la ofrenda que a ese mismo Dios Trino hacemos los hombres, a cambio de su Amor. Dios Trino nos da su Amor, contenido en el Sagrado Corazón, y con su Amor, nos da su perdón, su vida divina, su luz y su alegría, y nos lo da sin reservas, para que el Sagrado Corazón sea nuestro único deleite y anhelo, en esta vida y en la otra. Las espinas representan nuestros pecados y es por eso que, al tomar conciencia del dolor moral que le provocamos con nuestros pecados, debemos hacer el propósito de no pecar de más, de huir de las ocasiones próximas de pecado y de vivir en la Presencia de Dios, creciendo en santidad y gracia cada vez más, antes de seguir ofendiendo y lastimando al Sagrado Corazón. Debemos buscar de quitar las espinas propias nuestras y las de nuestros seres queridos, con la penitencia, el ayuno y la oración, para no herir más al Sagrado Corazón.
         La cruz en la base: nos enseña que el Sagrado Corazón está suspendido en la cruz y que por lo tanto, quien desee obtenerlo, debe necesariamente subir a la Cruz para tomar a este Sagrado Corazón, así como un agricultor, recolector de frutas maduras, se sube a un árbol para recoger y cortar una fruta madura y gozar de su dulzor exquisito: el Sagrado Corazón es el fruto más dulce y exquisito del Árbol de la Vida, el Árbol de la Cruz, y quien se sube a este Árbol que es la cruz, para compartir con Jesucristo sus tormentos, dolores y amarguras y hasta su misma propia muerte, podrá tomar de este Árbol más preciado, la cruz, su fruto más exquisito, el Sagrado Corazón, para saborearlo Él solo con fruición y deleite.
         La herida abierta por la lanza: Del Costado traspasado de Jesús fluyen Sangre y Agua y, con ellos, va vehiculizado el Espíritu Santo. La lanzada del soldado romano, cuando Jesús ya estaba muerto en la cruz, es la última crueldad de los hombres hacia el Hombre-Dios; es el último ultraje que los hombres hacen al Hombre-Dios, estando ya Él muerto. Sin embargo, por un misterio incomprensible, ese Corazón traspasado, late con el Amor de Dios, porque la divinidad de Jesús nunca se separó, ni de su Cuerpo Sacratísimo, ni de su Alma Santísima, y es así que, paradójica y misteriosamente, aun estando ya muerto Jesús en la cruz, su Sagrado Corazón, traspasado por la lanza, puesto que late en con el ritmo y la fuerza del Amor de Dios, continúa bombeando Sangre, pero esta vez, no ya hacia su Cuerpo, sino hacia afuera, hacia los hombres, para que la Sangre y el Agua brotados de Él, caigan sobre la humanidad entera y les conceda el perdón de sus pecados y el don de la filiación divina.
         Los latidos del Sagrado Corazón y la corona de espinas: El Sagrado Corazón, si bien está estático en las imágenes, se encuentra dinámico en su realidad, lo que provoca que, al estar circundado por la corona de espinas, esta forme un anillo de punzantes espinas que le provocan inenarrables dolores, tanto en el movimiento de llenado del Corazón –diástole-, como en el movimiento de expulsión de sangre –sístole-: en la fase de llenado, al dilatarse el corazón, sea en sus aurículas como en sus ventrículos, las espinas, duras, gruesas y filosas, se clavan sin misericordia en las paredes cardíacas, mientras que en la fase de expulsión de la sangre, en la sístole, las paredes del Corazón se contraen con fuerza para expulsar la sangre, provocando las espinas otro tipo de dolor lacerante, consecuencia del desgarro que el filo de estas ocasiona en las paredes cardíacas. Puesto que el Sagrado Corazón late con la fuerza y el ritmo del Espíritu Santo, cada latido suyo dice, de parte de Dios  al hombres: “Amor”, mientas que la corona de espinas, puesta por nosotros, representa el odio deicida con el que matamos al Hombre-Dios con nuestra rebelión, con lo que cada latido representa, para el Sagrado Corazón, de parte de los hombres, una muestra de la malicia de sus corazones, que dicen: “Odio”. Al odio deicida de los hombres, Dios responde con el Amor de su Sagrado Corazón, que se dona en su totalidad en la Eucaristía.

         Estos son, entonces, los elementos del Sagrado Corazón y su respectivo significado.

jueves, 21 de mayo de 2015

Santa Rita de Casia y su amor a Jesucristo hasta el extremo de lo imposible


         Se dice que Santa Rita de Casia es “Patrona de lo imposible” y es así como su figura viene asociada a peticiones de casos cuya solución parece, precisamente, imposible. Sin embargo, se presta poca atención a un hecho particular central en su vida, que la condujo, no solo a los altares, sino al cielo, y es el hecho de que Santa Rita amó a Jesucristo en condiciones que, humanamente, podríamos llamar “imposibles”.
         Santa Rita amó a Jesucristo hasta el final, hasta lo imposible, aun cuando ninguno de sus anhelos se cumplía ni realizaba, según puede verse en su vida, y aun así siguió amándolo, hasta lo imposible.
Desde niña, Santa Rita quería ser monja, pero sus padres no solo se negaron, sino que le impusieron un esposo y Santa Rita, por obedecerles y no contrariarlos, se casó[1]. Una vez casada, su esposo, lejos de ser un esposo dulce y amante, fue cruel y violento, causándole muchos sufrimientos, aunque ella devolvió su crueldad con oración y bondad. Con el tiempo, la bondad de Santa Rita para con su esposo dio sus frutos, ya que él se convirtió, llegando a ser un hombre con gran temor de Dios. Sin embargo, no terminaron aquí las tribulaciones matrimoniales de Santa Rita, pues tuvo que soportar un gran dolor cuando su esposo fue asesinado[2]. Como vemos, durante su dura etapa de niñez, de juventud y de vida matrimonial, aunque todos sus sueños fueron contrariados, cuando muchos otros hubieran desistido en el amor y en el seguimiento de Jesucristo, Santa Rita hizo lo que parecía imposible: se mantuvo fiel en el amor a Jesucristo, a pesar de todas las contrariedades.
Luego de la muerte de su esposo, Santa Rita se dio cuenta que sus dos hijos pensaban cometer un crimen para vengar el asesinato del padre, siguiendo la perversa y diabólica costumbre de la “vendetta” o venganza. Debido a que esto es un pecado mortal y si lo cometían se condenarían, perdiendo sus almas por toda la eternidad en el infierno, Santa Rita, demostrando un amor verdaderamente heroico y sobrenatural por sus almas, suplicó a Dios que se los llevara de esta vida antes de permitirles cometer este pecado mortal. Poco tiempo después, los dos hijos de Santa Rita murieron, no sin antes haber tenido tiempo de preparar sus almas para el encuentro con Dios.
Ya sin su esposo e hijos, Santa Rita se entregó a la oración, penitencia y obras de caridad, y luego de un tiempo, pidió ingresar al Convento Agustiniano en Casia[3], retomando su primigenia vocación religiosa. Pero tampoco aquí fue fácil para Santa Rita, ya que no fue aceptada en un primer momento: solo después de rezarle a sus tres especiales santos patronos - San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino - entró milagrosamente al convento, siendo finalmente admitida en la vida religiosa, alrededor del año 1411.
Una vez en el convento, la vida de Santa Rita fue marcada por su gran caridad y severas penitencias, al tiempo que sus oraciones obtuvieron para otros, curas notables, liberaciones del demonio y otros favores especiales de Dios. Podríamos pensar que, siendo Santa Rita una religiosa ejemplar y de gran caridad, sus tribulaciones pasadas en su vida laical deberían ya haber finalizado. Sin embargo, Nuestro Señor le concedió un don especialísimo, reservado para aquellos a quienes más ama: para que ella pudiera compartir el dolor de su Corona de Espinas, Nuestro Señor la hizo participar a Santa Rita –una vez que ella estaba meditando en la Pasión, delante de un crucifijo- de una de sus heridas de espinas en la frente, la cual le provocaba fuertes dolores. Sin embargo, la gracia no finalizaba aquí, porque Jesús no solo quería que Santa Rita participara del dolor de la coronación de espinas, sino que participara también de la humillación que Él sufrió durante su Pasión –pensemos cuán humillante y ultrajante fue para Jesús el ser condenado a muerte injusta, insultado, golpeado, desnudado, flagelado, salivado, cargado con una cruz, crucificado, y tantas otras humillaciones más, que nos son ocultas, debido a la humildad de Nuestro Señor-, y para eso, Jesús le concedió que la herida de la frente no solo fuera dolorosa y no cicatrizara nunca, sino que despidiera un olor sumamente desagradable, con lo cual Santa Rita debía vivir prácticamente sola. Esta herida duró por el resto de su vida y solo desapareció en una oportunidad, por unos días, en el que Santa Rita y sus hermanas de religión fueron a Roma en ocasión de una visita al Santo Padre. A pesar del dolor y la humillación que le provocaba la herida, el amor de Santa Rita a Jesús no solo no disminuyó, sino que aumentó cada vez más, pues ella la consideraba una “gracia divina”[4]. Santa Rita oraba así: “Oh amado Jesús, aumenta mi paciencia en la medida que aumentan mis sufrimientos”. El día de su muerte el 22 de Mayo de 1457, la herida purulenta de la frente desapareció y su cuerpo despidió una fragancia exquisita. Desde su muerte, acaecida a la edad de 76 años, Santa Rita ha intercedido innumerables veces desde el cielo, concediendo, como dijimos al principio, soluciones a casos considerados “imposibles”. Que la beata Santa Rita interceda para que, cuando agobiados por las pruebas, tribulaciones y persecuciones de este mundo, nos parezca desfallecer en el amor a Jesús, perseveremos en su amor y, llevados por María Virgen, seamos capaces, como Santa Rita de amar a Jesús hasta el extremo de lo imposible.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Rita_de_Casia_5_22.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

jueves, 4 de septiembre de 2014

El significado de las espinas, las llamas y la cruz del Sagrado Corazón de Jesús


         El Sagrado Corazón, el corazón del Hombre-Dios, posee tres elementos, que no están presentes en ningún corazón humano: las espinas, que forman una corona alrededor suyo; el fuego, cuyas llamas lo envuelven, y la cruz, que se yergue, triunfante, en su base.
         ¿Qué significan estos tres elementos?
Las espinas son la materialización de nuestros malos deseos, de nuestros malos  pensamientos, y la realización de nuestras malas obras; es decir, la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, es la materialización de nuestros pecados, lo cual quiere decir que todo aquello que para nosotros no representa dolor -o, por el contrario, representa placer, como por ejemplo, el placer que provoca la ira homicida en un acto de venganza-, en Jesús, se convierte en dolor, y en máximo dolor, puesto que la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, lo rodea en todo momento apretándolo contra sí misma, de manera tal que las espinas hieren la musculatura del Corazón de Jesús en los dos movimientos propios del Corazón, tanto en la fase de llenado -diástole porque las espinas se hunden de lleno contra las paredes cardíacas-, como en la fase de expulsión de la sangre, es decir, en la fase de la contracción cardíaca -sístole, porque en la retracción de las paredes ventriculares, las espinas desgarran la musculatura ventricular-. De esta manera, en cada latido, el Corazón de Jesús dice: “Amor, dolor”, Amor, que es lo que Él da, en cada latido, a las creaturas ingratas; dolor, por lo que El recibe de las creaturas, a cambio de su Amor. Entonces, las espinas que rodean al Sagrado Corazón de Jesús deben recordarnos, por un lado, el Amor infinito y eterno de Dios Uno y Trino, que se nos dona a través del Corazón de Jesús, Amor que está contenido en cada Eucaristía; por otro lado, debe recordarnos el dolor que nuestros pecados le provocan al Sagrado Corazón de Jesús -que si bien ha muerto y resucitado, continúa su Pasión en su Cuerpo Místico, hasta el fin de los tiempos-, y esto debe servir para que evitemos el pecado y hagamos el propósito de morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, es decir, antes de provocar un dolor de tal magnitud a Jesús.
Las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón significan el Amor de Dios que inhabita en el Sagrado Corazón desde la Encarnación misma del Verbo. El Amor de Dios se representa con fuego, porque es ardiente como el fuego y abrasa como el fuego, pero a diferencia del fuego material, no solo no provoca dolor, sino que provoca en el alma amor, dulzor, alegría, paz, y dicha sin fin, y envuelve al Sagrado Corazón porque el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y al encarnarse el Hijo, este Espíritu Santo, que procede eternamente del Padre y del Hijo, comienza a inhabitar en el Sagrado Corazón de Jesús, santificando su Humanidad santísima, glorificándola y haciéndola arder en el fuego del Amor Divino. Y como este Fuego es el que abrasa a Jesús en la cruz y es el que le hace exclamar: “Tengo sed” (Jn 19, 28), Jesús arde en deseos de comunicar el Amor que vuelve a su Corazón incandescente como una brasa; ese Fuego es el que desde el Sagrado Corazón quiere expandirse y comunicarse a los hombres y lo hará a través de la efusión de Sangre, cuando el Corazón de Jesús sea traspasado por la lanza, y es esto lo que explica que, sobre todo aquel sobre quien cae esta Sangre, ve lavados sus pecados y ve su corazón arder en el Amor de Dios, porque la Sangre del Cordero “como degollado” (cfr. Ap 5, 7-14) es vehículo del Espíritu Santo, y es por eso que el Cordero de Dios, “quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29) y concede la Vida eterna y enciende al alma en el Amor de Dios.
En la base del Sagrado Corazón, está la cruz, y esto es para significar que el Corazón del Hombre-Dios está crucificado y que por lo tanto, quien quiera acceder a los tesoros inagotables del Amor Divino, no tiene otro camino que el camino de la cruz; también quiere decir que quien quiera gozar del Amor Eterno de Dios Uno y Trino, del Amor de un Dios que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8) en sí mismo, no debe temer, ni debe desconfiar, ni debe pensar que Dios no lo ama, porque precisamente, para que el hombre no tema, ni desconfíe, ni piense que Dios Trino no lo ama, es que Dios se ha encarnado por Amor al hombre, se ha dejado crucificar por Amor al hombre y ha dejado su Sagrado Corazón en la cruz, traspasado, con su Sangre fluyendo y con su Amor vivo, latiendo, deseoso de ser recibido por un corazón contrito y humillado, humilde, piadoso, fervoroso y necesitado de su Amor Divino. Viendo al Sagrado Corazón traspasado en la cruz, que deja fluir, inagotable, su Sangre Preciosísima, y con su Sangre, el Espíritu Santo, el Amor Divino, para donarlo a quien quiera recibirlo, ¿quién puede dudar del Amor de Dios?
Por último, el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, y le mostró estos tres elementos, que no están en ningún corazón humano, pero con toda la gracia que significa tan maravillosa aparición, Jesús no se le dio en alimento; a nosotros, diariamente, se nos da en alimento en la Eucaristía y allí, en la Eucaristía, está latiendo, vivo y glorioso, el Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en las llamas del Amor Divino, Amor que se comunica en el silencio y en la intimidad del alma que comulga con fe, con humildad, con piedad y con amor.


martes, 29 de abril de 2014

Santa Catalina de Siena y la corona de espinas de Jesús


          En un mundo como el nuestro, dominado por el materialismo y el exitismo y el deseo de acumular bienes materiales a toda costa, como fruto de una visión puramente temporal y terrena, sin visión sobrenatural, en la que todo se limita a esta vida y no hay una perspectiva de una vida en el más allá, la vida, las palabras, las acciones de los santos, nos abren un horizonte nuevo que nos permiten trascender los estrechos límites de la vida humana.


          Es lo que sucede con santos como Santa Catalina de Siena, quienes a pesar de vivir en la tierra, el estado de gracia santificante permanente y las gracias místicas recibidas, hacían de sus vidas terrenas un anticipo del cielo en la tierra. Santa Catalina vivía en una unión mística permanente con Jesús y es por eso que vivía en grado heroico las virtudes sobrenaturales como la castidad y la caridad, y es este grado de unión mística con Jesús por la gracia, lo que explica sus elecciones, incomprensibles para el mundo materialista y ateo de hoy. Fue esta unión con Jesús lo que llevó a Santa Catalina a elegir la corona de espinas en vez de la corona de oro que le ofrecía Jesús. En la visión en la que Jesús se le presentó ofreciéndole que eligiera una de las dos coronas, Santa Catalina de Siena le respondió así: “Yo deseo, Oh Señor, vivir aquí siempre conforme a tu Pasión, y encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y deleite[1]”. Luego, tomó ansiosamente la corona de espinas y se la colocó sobre la cabeza.
          La elección de Santa Catalina de Siena no se entiende a la luz de la filosofía atea y existencialista, materialista y utilitarista del mundo progresista y sin valores trascendentales en el que vivimos hoy. El mundo de hoy pone sus esperanzas en el oro, en el dinero, en la materia, porque no cree en Dios, porque ha desplazado a Dios, pero esas esperanzas son vanas, porque el dinero nada puede dar, sino desesperación y vacío. No en vano Jesús advierte en el Evangelio: “No se puede servir a Dios y al dinero” (Lc 16, 13), porque el que pone sus esperanzas en el dinero, pone sus esperanzas en el vacío y en la nada. Santa Catalina, al elegir la corona de espinas, nos está diciendo lo mismo que nos dice Jesús en el Evangelio: no se puede servir al rey dinero; se debe servir al Rey de reyes, al Rey coronado de espinas, al Rey cuya corona no es una corona de oro, de plata, de zafiros, de rubíes, sino de gruesas y afiladas espinas; al Rey de la gloria, al Rey cuyo trono es una cruz ensangrentada y cuyo cetro son tres gruesos clavos de hierro.


          Como los santos son ejemplos que Dios Uno y Trino nos brinda para que los imitemos, hagamos como Santa Catalina, y pidamos también como ella a Jesús la corona de espinas, porque no podemos, de ninguna manera, pretender una corona de oro, mientras nuestro amado Rey está coronado de espinas. Más que pedir, supliquemos, roguemos, imploremos, con lágrimas de contrición en los ojos y arrodillados ante la cruz, a la Virgen de los Dolores, que está de pie junto a la Cruz, mientras besamos con amor los pies ensangrentados del Rey de reyes, que nos dé la corona de espinas de su Hijo Jesús. 




[1] http://www.corazones.org/santos/catalina_siena.htm

jueves, 6 de febrero de 2014

Las espinas que rodean al Sagrado Corazón de Jesús


         Cuando Jesús murió en la cruz, estaba coronado de espinas. Al resucitar, esa corona había desaparecido. Sólo quedaba, como recuerdo de su Pasión, las llagas de sus manos y de sus pies y la llaga abierta de su costado, de las cuales ya no manaba Sangre, sino Luz gloriosa.
         Sin embargo, cuando Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, al mostrarle su Corazón, este se encontraba, además de abierto por la lanza y envuelto en las llamas del Espíritu Santo y con la Cruz en su base, rodeado de una corona de espinas, con lo cual, la corona de espinas con la cual Él murió en la cruz, nunca le fue quitada con la Resurrección, sino que le fue quitada de la Cabeza y de la Cabeza le fue trasladada al Corazón.
         ¿Por qué? ¿Cuál es el significado?
         El significado es que, si bien Jesús murió y resucitó y ascendió a los cielos y está glorioso y resucitado en los cielos y en la Eucaristía y ya no muere más y ya no sufre más, es verdad también que la Pasión de Cristo continúa, misteriosamente, en su Cuerpo Místico y continuará hasta el fin de los tiempos. La corona de espinas en la cabeza -que es la materialización de nuestros pecados, desde el pecado más insignificante, hasta el pecado mortal más abominable-, que estaba en la cabeza de Jesús crucificado aparece luego rodeando al Sagrado Corazón para representar precisamente este hecho: que así como los hombres continuarán pecando hasta el fin de los tiempos, así también la Pasión redentora de Jesús continuará hasta el fin de los tiempos. Hasta el Último Día, el Sagrado Corazón de Jesús continuará latiendo y redimiendo con sus latidos de Amor el pecado y la malicia de los hombres, representado y materializado en la corona de espinas que lo rodea y lo estrecha fuertemente. Es por esto que el que vive en gracia, alivia y repara los terribles dolores del Sagrado Corazón; el que vive en pecado, provoca lacerantes y desgarradoras heridas al Corazón de Jesús.

jueves, 5 de diciembre de 2013

El dolor del Sagrado Corazón de Jesús


         En la Segunda Revelación, Jesús se le aparece a Santa Margarita María de Alacquoque con su Corazón rodeado de espinas: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más brillante que el sol, y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas, significando las punzadas producidas por nuestros pecados…”[1].
         Debido a que estamos acostumbrados a ver imágenes estáticas del Sagrado Corazón, podemos llegar a creer que las espinas no le provocan dolor a Jesús, reduciéndolas así a un elemento casi decorativo en la devoción. Pero las espinas, que representan nuestros pecados, como lo dice el mismo Jesús, le provocan dolores intensos y continuos. En otras palabras, el hecho de que Jesús se aparezca a Santa Margarita María con su Corazón rodeado de espinas, no se debe a un intento de construir una devoción basada en solo los afectos: describe el estado real de intenso sufrimiento del Sagrado Corazón de Jesús en el Huerto de Getsemaní y en la Pasión, en donde la enormidad de los pecados de toda la humanidad, abatiéndose sobre Él, le produjo dolores intensísimos y de una magnitud desconocida para el hombre. Son estos dolores atroces los que están representados por la corona de espinas que rodean al Sagrado Corazón, dolores sufridos en la Pasión pero también ahora, en su estado actual de resucitado y glorioso, porque si bien Jesús ya no sufre físicamente, sí sufre moralmente, así como sufre un padre que ve que su hijo se encamina irremediablemente hacia el abismo. Las espinas del Sagrado Corazón representan por lo tanto no solo el dolor físico, moral y espiritual sufrido por Jesús en la Pasión, sino también el dolor moral experimentado ahora, en su estado de resucitado, dolor que se extenderá hasta el fin de los tiempos.
Las espinas sirven para que nos demos al menos una ligera idea de la intensidad, atrocidad y agudeza de los dolores de Jesús, y eso lo podemos hacer considerando qué es lo que sucede en un corazón vivo que se encuentre rodeado de espinas, puesto que Jesús está vivo y con su Corazón latiendo con el ritmo cardíaco propio de cada corazón. Como todo corazón vivo, entonces, el Corazón de Jesús late pero al estar rodeado de espinas, sufre en cada latido; sufre en la fase de expansión del Corazón –diástole-, en el momento en el que el corazón se relaja, porque allí es perforado y atravesado por las espinas punzantes, las cuales llegan hasta el interior de las cavidades cardíacas; sufre también luego, en la fase de contracción –sístole-, porque estas espinas se retiran, provocando el desgarro de las paredes cardíacas, aumentando el dolor producido en la fase anterior.
De esta manera, podemos darnos al menos una pálida idea de los sufrimientos padecidos por Jesús en el Huerto de Getsemaní y en la Pasión, sufrimientos que continúan y continuarán hasta el fin de los tiempos y que son causados, como lo dice Jesús, por la ingratitud, la indiferencia, la frialdad de los cristianos para con su Sacrificio redentor y para con su Presencia eucarística. Esta es la razón por la cual, si queremos en algo consolar y aliviar los dolores del Sagrado Corazón de Jesús, debemos ofrecer Horas Santas en reparación.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm