San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 15 de octubre de 2024

Santa Teresa de Ávila y el recuerdo del amor de Cristo

 



         En el peregrinar de nuestra vida terrena hacia la Jerusalén del cielo, sucede con mucha frecuencia que se presentan pruebas, dificultades, tribulaciones, situaciones de dolor, enfermedades, fallecimientos de seres queridos, las cuales nos hacen olvidar lo que dice la Sagrada Escritura: “Lucha es la vida del hombre en la tierra” (Job 7, 1) y si no tenemos un fuerte auxilio espiritual, con toda seguridad, vamos a perecer en estas tribulaciones. Precisamente, para no perecer en estas tribulaciones que se presentan tan a menudo en esta vida terrena, en este peregrinar hacia el Reino de Dios, Santa Teresa de Ávila viene en nuestro auxilio, para recordarnos qué debemos hacer en dichos casos o, mejor aún, a Quién debemos recurrir y es a Nuestro Señor Jesucristo. Dice así Santa Teresa[1]: “Con tan buen amigo presente -Nuestro Señor Jesucristo-, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero. Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita”. Santa Teresa dice que con Jesús “todo se puede sufrir”, porque fue el primero en padecer (en la cruz) y además Él ayuda, da fuerzas, no falta, es decir, está siempre y es amigo verdadero y que si queremos agradar a Dios y que Dios nos haga “grandes mercedes”, es decir, grandes dones y milagros, que acudamos a su “Humanidad sacratísima” y esto no es otra cosa que la Eucaristía, o sea que Santa Teresa nos está diciendo que cuando nos encontremos en alguna situación de tribulación, acudamos a Jesús, el Amigo Fiel, en la Eucaristía y que Él nos ayudará desde la Eucaristía.

         Después dice la Santa: “He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de contemplación; por aquí vamos seguros. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes. Él lo enseñará; mirando su vida, es el mejor dechado”. Santa Teresa nos dice que Jesús es la Puerta, tal como Él nos enseña en el Evangelio –“Yo Soy la Puerta” (Jn 10, 9)- para conocer los secretos admirables de Dios y no hay otro camino que Cristo: “Yo Soy el Camino” y que es el Único Camino seguro por el que “nos vienen todos los bienes”. Entonces, desdichado quien busca otro camino que no es Cristo; feliz quien llega a Cristo y a su vez sabemos que el camino más rápido para llegar a Cristo es la Virgen.

         Luego dice Santa Teresa de Ávila que Cristo “no nos abandonará en las tribulaciones y trabajos”, como sí lo hacen los mundanos, y que es feliz aquél que ame verdaderamente a Cristo y que siempre lo tenga consigo, dando después el ejemplo de varios santos, empezando por San Pablo: “¿Qué más queremos que un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe de sí. Miremos al glorioso san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón. Yo he mirado con cuidado, después que esto he entendido, de algunos santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino: san Francisco, san Antonio de Padua, san Bernardo, santa Catalina de Siena”.

         Por último, dice Santa Teresa que nos acordemos del amor de Cristo, con el cual nos hizo tantos favores -nos rescató de las garras del Demonio, nos lavó la mancha del pecado con su Sangre y nos adoptó como hijos de Dios Padre, haciéndonos herederos del Reino de Dios-, porque el amor con amor se paga y si tenemos en el corazón el amor de Cristo, todo, incluso las tribulaciones y las pruebas más difíciles de esta vida terrena, todo será más fácil: “Siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor. Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar, porque, si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil, y obraremos muy en breve y muy sin trabajo”.  

 

 

 

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[1] Santa Teresa de Jesús, Libro de su vida, cap. 22, 6-7. 12. 14.

 


sábado, 15 de octubre de 2022

Santa Teresa de Ávila y Jesús, el Amigo Fiel

 



         En la Sagrada Escritura se dice que “quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro”. Y también en la Sagrada Escritura, se nos dice quién es ese tesoro que podemos encontrar: ese tesoro es Jesús, porque Él nos ofrece su amistad. En la Última Cena, Jesús nos dice: “Ya no os llamo siervos, sino amigos”. Santa Teresa de Ávila, habiendo leído la Sagrada Escritura, aceptó el amor de amistad que le ofrecía Jesús y así tuvo a Jesús por su Amigo Fiel, el Amigo que nunca abandona. Ella dice así: “Con tan buen amigo presente -nuestro Señor Jesucristo-, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero[1].

         Dice Santa Teresa de Ávila que Jesús es “Amigo verdadero”, que “nunca falla” y que nos “ayuda y nos da fuerzas” y que con Él “todo se puede sufrir”.

         También nos dice la Santa que no debemos buscar otro camino que no sea Jesús; que Él es la única puerta por la que debemos entrar -al Reino de los cielos- y que a través de Él obtendremos todos los bienes espirituales que necesitamos para salvar el alma[2].

         También dice la Santa que es bienaventurado, es decir, feliz, dichoso, quien encuentra la amistad de Jesús, quien acepta la amistad que Jesús le ofrece y pone todo de su parte para permanecer en la amistad de Cristo, que a nosotros se nos ofrece sobre todo por la fe, por el amor y por los sacramentos, la Confesión y la Sagrada Eucaristía y que los grandes santos de la Iglesia han tenido siempre por Amigo Fiel a Nuestro Señor Jesucristo.

         Por último, la Santa dice que, así como Cristo obró en nosotros nuestra salvación por amor y solo por amor, a ese amor de Cristo le debemos corresponder con el amor, como dice el dicho: “Amor, con amor se paga”. Y así, con el Amor de Cristo Eucaristía en el corazón, todo será fácil, aun las tribulaciones y las cruces, porque Él las sufrirá por nosotros.

         “Quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro”, dice la Escritura. Nuestro tesoro es Cristo Eucaristía y ahí nos ofrece Jesús su Amor de amistad. Recibamos a Jesús en la Eucaristía, con un corazón purificado por el Sacramento de la Confesión y Jesús será nuestro Amigo Fiel, nuestro tesoro más valioso, para toda la vida.



[1] Libro de su vida, cap. 22, 6-7. 12. 14.

[2] Cfr. ibidem.

jueves, 15 de octubre de 2020

Santa Teresa de Ávila

 



         Vida de santidad[1].

         Nació en Ávila (España) el año 1515. Ingresó en la Orden del Carmelo, donde realizó grandes progresos en el camino de la perfección y gozó de místicas revelaciones. Habiendo emprendido la reforma de su Orden, tuvo que sufrir muchas dificultades, que superó con gran fortaleza de ánimo. También escribió varias obras, insignes por lo elevado de su doctrina, fruto de su experiencia personal. Murió en Alba de Tormes el año 1582.

         Mensaje de santidad.

         En un mundo caracterizado por dos extremos, un materialismo ateo y una espiritualidad pagana y anti-cristiana como la de la Nueva Era, Santa Teresa de Jesús nos deja un maravilloso mensaje de esperanza, no para esta vida, sino para la vida eterna. Analicemos brevemente el poema “Vivo sin vivir en mí”.

“Vivo sin vivir en mí,/y tan alta vida espero,/que muero porque no muero”. Santa Teresa vive, con la vida natural, pero no vive de ella y para ella, sino para otra vida, la vida eterna y es “tan alta” esta vida eterna en Cristo Jesús, que aunque viva con esta vida terrena, vive ansiando la muerte, para vivir eternamente con Cristo: “Muero porque no muero”.

“Esta divina unión/del amor con que yo vivo/hace a Dios ser mi cautivo/y libre mi corazón;/mas causa en mí tal pasión/ver a Dios mi prisionero,/que muero porque no muero”. Es un dogma de fe que Dios Trinidad, por la gracia, vive, inhabita, en el alma en gracia y a eso se refiere Santa Teresa cuando dice que “por el amor Dios vive cautivo en su corazón” y ese vivir de Dios Trino en su corazón, por la gracia y el amor, le causa tal ardor de amor, que se impacienta por no morir, para empezar a gozar de la visión beatífica: “Muero porque no muero”.

“¡Ay! ¡Qué larga es esta vida!/¡Qué duros estos destierros,/esta cárcel, estos hierros/en que el alma está metida!/Sólo esperar la salida/me causa dolor tan fiero,/que muero porque no muero”. Esta vida terrena, comparada con la hermosura inimaginable de la vida eterna en el Reino de los cielos, es como “una cárcel”, “unos hierros”, que se hacen “largos” porque el alma que contempla la vida futura en compañía del Cordero, no ve la hora en que llegue su muerte terrena, para alcanzar la vida eterna.

“¡Ay! ¡Qué vida tan amarga/do no se goza el Señor!/y si es dulce el amor,/no lo es la esperanza larga;/quíteme Dios esta carga/más pesada que el acero,/que muero porque no muero”. Esta vida terrena, además de ser una “cárcel” y unos “hierros”, es “amarga”, porque no se puede gozar, mientras estemos en la tierra, de la dulzura del Ser divino trinitario y de la contemplación en el Amor de Dios del Cordero; por eso, si bien se atenúa un poco la amargura por el amor que se puede tener a Dios, aun así, “la esperanza es larga”, esto es, la esperanza de morir cuanto antes a esta vida terrena para empezar a gozar de la Trinidad, hace que esta vida se vea como muy larga, y por eso el alma “muere porque no muere”.

“Sólo con la confianza/vivo de que he de morir,/porque, muriendo, el vivir/me asegura mi esperanza;/muerte do el vivir se alcanza,/no te tardes que te espero,/que muero porque no muero”. El alma que desea contemplar cara a cara a Dios Trino “muere porque no muere”, pero hasta que eso suceda, vive con la confianza que algún día ha de morir y que la muerte terrena significará, para el alma que vive en gracia, el comienzo de la vida eterna, de la bienaventuranza sin fin y por eso le dice a la muerte que “no tarde” y que hasta tanto, “muere porque no muere”.

“Vivo sin vivir en mí,/y tan alta vida espero,/que muero porque no muero. Amén”. El alma que ama a Dios vive en esta vida terrena, pero no vive en sí ni para sí, sino que vive en Dios, por Dios y para Dios y espera “tan alta vida” en el Reino de los cielos”, que “muere porque no muere”.

Imitemos a Santa Teresa de Ávila y vivamos en esta vida deseando morir para vivir la vida eterna; mientras tanto, recibamos de esa vida eterna que se nos da, como un anticipo, en la Sagrada Eucaristía, en donde Jesús vive para darnos su Vida Eterna.

 



[1] http://oraciondelashoras.blogspot.com/

domingo, 13 de octubre de 2019

Santa Teresa de Ávila



         Vida de santidad[1].

         Reformadora del Carmelo, Madre de las Carmelitas Descalzas y de los Carmelitas Descalzos; mater spiritualium (título debajo de su estatua en la basílica vaticana); patrona de los escritores católicos y Doctora de la Iglesia (1970): La primera mujer, que junto a Santa Catalina de Sena recibe este título.

Mensaje de santidad.

Uno de sus mensajes de santidad lo podemos encontrar en su poema “Vivo sin vivir en mí”.
Vivo ya fuera de mí después que muero de amor, porque vivo en el Señor que me quiso para sí. Luego del encuentro personal con Dios que “es Amor”, Santa Teresa “muere de amor” y “fuera de sí”, porque ya no vive en ella y para ella, sino que vive en Dios y de su Amor.
         Cuando el corazón le di, puso en él este letrero: que muero porque no muero. La Santa le entrega su corazón a Dios-Amor y Dios-Amor pone tanto Amor en su corazón, que lo que dice el letrero es lo que la santa vive: muere porque no muere, porque si muriera, pasaría a disfrutar del Amor de Dios y de Dios-Amor por toda la eternidad, dejando las amarguras y tribulaciones de esta vida terrena.
Esta divina prisión del amor en que yo vivo, ha hecho a Dios mi cautivo, y libre mi corazón; y causa en mí tal pasión ver a Dios mi prisionero, que muero porque no muero. Al quedar encerrada en el Corazón de Dios y al ser inflamado su propio corazón en las llamas del Divino Amor, se ha producido un trueque: ella, que como creatura era esclava del pecado, como lo somos todos antes de la gracia, ahora es libre en el Amor de Dios, pero al venir Dios a su corazón humano, se ha quedado libremente encerrado en su corazón, convirtiéndose en prisionero de Amor. Y al ver a Dios de esta manera, repite su deseo de morir porque no muere, porque si muere pasa a gozar sin límites del Divino Amor.
¡Ay! ¡Qué larga es esta vida! ¡Qué duros estos destierros, esta cárcel, estos hierros en que el alma está metida! Sólo esperar la salida me causa un dolor tan fiero, que muero porque no muero. Esta vida es, para la santa, larga y dura y aunque el cuerpo es de carne, para el alma de la santa, que sólo ama a Dios, es igual que el hierro. La santa espera morir y morir pronto, pero la sola espera le provoca “dolor fiero”, porque muere porque no muere, porque si muere deja esta cárcel que es esta vida y pasa a gozar en la libertad del Reino de Dios, de Dios y su Amor.
¡Ay! ¡Qué vida tan amarga do no se goza el Señor! Porque si es dulce el amor, no es la esperanza larga; quíteme Dios esta carga, más pesada que el acero, que muero porque no muero. Esta vida terrena, “donde no se goza al Señor”, es amarga, porque no se gusta la dulzura del Divino Amor. Esta vida terrena es “carga más pesada que el acero” porque muere porque no muere, porque si muere, deja el amargor de esta vida, para comenzar a gustar de la dulzura del Divino Amor.
Solo con la confianza vivo de que he de morir, porque muriendo el vivir me asegura mi esperanza; muerte do el vivir se alcanza, no te tardes, que te espero, que muero porque no muero. La santa llama a la muerte y le pide que no se tarde, porque muere porque no muere, porque si la muerte la alcanza, le concede lo que anhela su esperanza, que es vivir eternamente en el Amor de Dios.
Estando ausente de ti, ¿qué vida puedo tener, sino muerte padecer la mayor que nunca vi? Lástima tengo de mí, por ser mi mal tan entero, que muero porque no muero. Al estar ausente de Dios, la vida terrena parece muerte, con padecimientos que no hay mayores; se compadece de su alma, porque para ella es un mal el vivir y una ganancia el vivir y por eso muere porque no muere.
Mira que el amor es fuerte: Vida no me seas molesta; mira que sólo te resta, para ganarte, perderte; venga ya la dulce muerte, venga el morir muy ligero, que muero porque no muero. Nuevamente la santa llama a la muerte, para que la libere de esta vida “amarga y dura”, porque el Amor con el que Dios la llama es fuerte y es más fuerte que la muerte y para ganar la Vida eterna, sólo tiene la santa que perder la vida terrena y hasta que eso suceda, muere porque no muere.
Aquella vida de arriba es la vida verdadera, hasta que esta vida muera, no se goza estando viva: muerte, no me seas esquiva; viva muriendo primero, que muero porque no muero. La Vida eterna, la Vida del Reino de Dios, es la “Vida verdadera” y la única forma de vivir esta vida terrena es vivir muriendo porque sólo en el morir se cumple el ansia de Vivir eternamente en el Amor de Dios y por eso la santa “muere porque no muere”.
Vida ¿qué puedo yo darle a mi Dios, que vive en mí si no es perderte a ti, para mejor a Él gozarle? Quiero muriendo alcanzarle, pues a Él sólo es el que quiero, que muero porque no muero. La santa quiere morir, es decir, quiere darle a Dios lo que tiene, que es esta vida terrena, porque perdiendo la vida terrena, gana la Vida eterna y así puede “mejor gozarle”. Al morir, quiere alcanzarlo porque sólo a Dios quiere y hasta que esto no sucede, la santa “muere porque no muere”.

lunes, 15 de octubre de 2018

Santa Teresa de Ávila y su llamado a defender a Cristo Rey



         En uno de sus escritos, Santa Teresa de Ávila hace un ardiente llamamiento a los cristianos verdaderos, a quienes son “adoradores de Dios en espíritu y en verdad”, a defender a Nuestro Señor Jesucristo. La santa dice así: “¡Oh Cristianos! Tiempo es de defender a nuestro Rey y de acompañarlo en tan grande soledad, que son muy pocos los servidores que le han quedado y mucha la multitud que acompaña a Lucifer; y lo que es peor, es que se muestran amigos en lo público y lo venden en lo secreto”.
         La santa advierte, en este corto escrito, de varios peligros que acechan a la Cristiandad: uno de ellos, es que el Señor Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores, debe ser defendido de las hordas de seguidores de Lucifer, los cuales conforman “una multitud”. Si bien este párrafo fue escrito por la santa hace siglos, no pierde vigencia, porque cuando vemos las hordas de seguidores de Lucifer que bajo diversas máscaras, como el neo-marxismo, el feminismo radical, el satanismo, la práctica de la brujería moderna o wicca, el ocultismo, el comunismo, el materialismo, el hedonismo, intentan apoderarse de las sociedades modernas y de desterrar el Santo Nombre de Dios de las mentes y corazones de los hombres, entonces nos damos cuenta que el escrito es más actual en nuestros días que en los días de la santa, en donde la gente era más devota y practicante y en donde no habían tantas ideologías perversas.
         Pero hay otro peligro acerca del cual advierte la santa y es mucho, muchísimo peor, que el peligro de las hordas neo-marxistas y satanistas intentando quemar iglesias y abortar niños: es el peligro de los que se auto-proclaman “cristianos”, pero en realidad son seguidores de Lucifer. En efecto, dice así Santa Teresa: “Son muy pocos los servidores que le han quedado y mucha la multitud que acompaña a Lucifer; y lo que es peor, es que se muestran amigos en lo público y lo venden en lo secreto”. Pero, ¿quiénes son estos seguidores de Lucifer”, que se hacen pasar por cristianos? Son los cristianos que no asisten a misa por pereza; son los cristianos que prefieren los ídolos del mundo, antes que Jesús Eucaristía; son los cristianos que no rezan; son los cristianos que no frecuentan los sacramentos; son los cristianos que dejan vacíos sus lugares en la Iglesia, porque no acuden a ella poniendo infinidad de pretextos; son los cristianos que ante cualquier dificultad, en vez de acudir a la oración a la Madre de Dios, Mediadora de todas las gracias, acuden a ídolos demoníacos y servidores de Satanás, como el Gauchito Gil y la Difunta Correa, cuando no acuden al Demonio en persona, la Santa Muerte; son los cristianos que, en vez de llevar al cuello una medalla de la Virgen o un crucifijo, llevan en sus muñecas una cinta roja contra la envidia o en sus cuellos el amuleto mágico llamado “árbol de la vida” o algún otro amuleto como “la mano de Fátima”; son los cristianos tibios que con su silencio cómplice, permiten que se les envíe todo tipo de material obsceno, sin decir una sola palabra; son los cristianos que, en vez de hacer adoración eucarística, prefieren un paseo o una salida al cine; son cristianos que aceptan la ideología de género, el comunismo, el marxismo genocida y el liberalismo y así podríamos seguir hasta el infinito. Todos estos son cristianos de nombre, hacia el exterior, pero que hace tiempo entregaron sus corazones a Lucifer. Este peligro es mucho más insidioso que el primero, porque si los primeros son fáciles de identificar, estos, los segundos, los llamados cristianos, que hacen de la tibieza su estado espiritual habitual, son los más abundantes. Éste último peligro es mucho más insidioso y peligroso, por cuanto por fuera parecen seguidores de Cristo, pero sus corazones están entregados a Lucifer, tal como lo dice Santa Teresa de Ávila.
         La Santa llama, entonces, a los que son “adoradores en espíritu y en verdad” a adorar a Nuestro Señor Jesucristo, Presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía, para reparar por las ofensas que recibe por parte de los seguidores de Lucifer, aquellos que lo siguen a cara descubierta y aquellos que se hacen pasar por cristianos.



sábado, 15 de octubre de 2016

Santa Teresa de Jesús


         En un mundo hedonista, materialista, relativista, como en el que vivimos hoy, en el que se exalta esta vida terrena como si fuera la única y en el que se empeña y hasta da la vida, literalmente, por “disfrutar” de sus placeres; en un mundo en el que el hombre ha construido su vida terrena sin pensar que existe una vida eterna, el poema de Santa Teresa de Ávila, escrito siglos atrás, nos concede la gracia de poder apreciar esta vida terrena en su justa medida: nada de este mundo es digno de ser deseado, sino solo el morir en gracia de Dios, para vivir en la eterna bienaventuranza en los cielos.
         Vivo sin vivir en mí.
(Poema – Santa Teresa de Ávila)
Vivo sin vivir en mí,
La santa vive esta vida terrena, pero vive “sin vivir en ella”, es decir, como si esta vida no fuese vida;
y tan alta vida espero,
La “alta vida” que espera es la vida eterna, la vida en el Reino de los cielos;
que muero porque no muero.
Es tanto el deseo de la vida eterna, que muere de ganas de morir a la vida terrena y al comprobar que todavía no ha muerto, muere porque no muere.
Esta divina unión
La razón del deseo de la vida eterna es la gracia santificante, que une al alma con el Ser divino trinitario y la hace partícipe de su vida divina; la “divina unión” se da por la gracia, y también por la fe pero, sobre todo, por el amor a Dios Trino.
del amor con que yo vivo
El Amor Eterno de Dios, que “es Amor”, es lo que le da vida divina ya en esta vida; la vida que vive con amor, estando viva en esta tierra, es el germen de la vida celestial con la que vivirá en los cielos: Dios es Amor y el Amor es Vida y vida eterna, y con esta vida eterna, concedida por la gracia, es que vive Santa Teresa en lo que le queda de vida terrena: “del amor con que yo vivo”.
hace a Dios ser mi cautivo
El amor a Dios en el corazón de la santa es tan intenso y fuerte, que lo convierte en una cárcel para Dios: tanto lo ama en su corazón, que no lo deja salir, y por eso “lo hace a Dios ser su cautivo”, su prisionero de amor: el corazón de Santa Teresa se ha convertido en un sagrario viviente, en donde está cautivo Dios y de ahí no lo deja salir.
y libre mi corazón;
Pero al mismo tiempo que encarcela a Dios en su corazón, su corazón se vuelve libre, porque nunca es más libre el corazón humano, que cuando está atado a Dios con las cadenas del Divino Amor.
mas causa en mí tal pasión
Ese Divino Amor, que encarcela a Dios en su corazón y libera el corazón de Santa Teresa al encadenarlo a Dios, le causa a la santa una ardiente pasión de amor, una pasión que es “más fuerte que la muerte”.
ver a Dios mi prisionero,
La pasión de amor de la santa por Dios, se enciende y aumenta cada vez, al ver a su Dios prisionero en su corazón, encarcelado por ella con barrotes más fuertes que el hierro, porque son barrotes hechos de amor.
que muero porque no muero.
El deseo de vivir en plenitud el amor que la apasiona, que encarcela a su Dios y hace libre a su corazón, le hace desear la muerte, y muere porque la muerte no le llega, muere porque no muere de una vez a esta vida terrena, para comenzar a vivir la vida celestial.
¡Ay! ¡Qué larga es esta vida!
Sin el gozo pleno de Dios, gozo que se dará en el Reino de los cielos, esta vida, por corta que sea, parece larga y tanto más larga se hace, cuanto más se ama a Dios, porque más se desea gozarle a todo Él, en su Trinidad amabilísima, sin las interrupciones, dificultades, distracciones y sequedades propias de este mundo y de la naturaleza humana.
¡Qué duros estos destierros,
Nada en este mundo es placentero, cuando se espera gozar de la Trinidad en el cielo, y así esta vida terrena, con todos sus gozos y placeres, no es más que un “destierro” y quien esta vida vive, vive como aquel que, lejos de su Patria amada, suspira por ella día y noche.
esta cárcel, estos hierros
La cárcel de este cuerpo y los hierros de este tiempo, que son los que nos separan de Dios, hacen que el alma experimente esta vida como si fuera la más dura prisión y que experimente lo que experimenta un encarcelado, imposibilitado de gozar de la libertad, a causa de los duros barrotes de hierro.
en que el alma está metida!
El alma anhela ser libre y algo de esta libertad saborea, cuando por la gracia, la fe y el amor, se une a su Dios que es todo Amor, que es Amor eterno, infinito, incomprensible, pero mientras está en la cárcel del cuerpo y encerrada por los barrotes de hierro del tiempo y la historia, no puede el alma más que lamentarse de su dura cárcel, que la separa de su Bienamado Dios.
Sólo esperar la salida
El alma sabe que algún día saldrá de la cárcel, porque el cuerpo se disgregará con la muerte terrena y los hierros del tiempo desaparecerán cuando la muerte termine con su vida en el tiempo y se abra así la puerta de la eternidad.
me causa dolor tan fiero,
Pero el solo hecho de esperar que la cárcel del cuerpo y los barrotes del tiempo desaparezcan con la muerte corpórea, sólo le aumenta el ardor del deseo de contemplar a Dios Trino en su esencia en los cielos y, al ver que este deseo no es aún cumplido, pues sigue el alma todavía viva en esta vida que es muerte, le provoca y le causa un dolor tan fiero, tan hondo, tan profundo, que solo desea morir, para vivir eternamente.
que muero porque no muero.
         Y cuando comprueba que aún no es llegada la hora, de gozar con el Bienamado, muere porque no muere.
¡Ay! ¡Qué vida tan amarga
La vida terrena es amarga como el ajenjo, porque aún sus placeres más grandes, son sólo ceniza y polvo, comparados con la delicia sin fin que es la contemplación de la Trinidad y el Cordero, de manos de María.
do no se goza el Señor!
La razón de la amargura de esta vida terrena es que “no se goza el Señor”, y cuando el alma se ve privada de las mieles del Amor de Dios.
y si es dulce el amor,
         El Amor a Dios, el Amor de Dios, es dulce y su dulzura deleita al alma de tal manera, que una vez saboreado, aunque sea una pequeñísima parte, todo lo que no sea este Dulce Amor, es ceniza, amargor y ajenjo.
no lo es la esperanza larga;
La esperanza, si es corta, no es dulce, y mucho menos, cuanto más larga es, porque más hace prolongar el encuentro con el Dulce Dios del Amor, Cristo Jesús.
quíteme Dios esta carga
Vivir esta vida sin el Amor de Dios, es carga muy pesada, que solo Dios, llamando al alma ante su Presencia, puede quitarla.
más pesada que el acero,
La vida sin Dios, o al menos, sin contemplarlo en su esencia, pesa más que mil toneladas de acero; preferible sería soportar mil años esta carga, que un segundo sin su Amor.
que muero porque no muero.
Pero como la vida terrena continúa y todavía no acaba, sólo se vislumbra el Amor eterna que al otro lado espera, y saber que todavía aquí se vive, sin morir, para así poder vivir la vida eterna, hace que el alma viva la vida en agonía, hasta que muriendo, comience a vivir en la eterna alegría.
Sólo con la confianza
Hay sólo una cosa que permite afrontar esta cárcel, estos hierros, este peso más pesado que el acero, y es la confianza en que pronto, más pronto que tarde, la vida terrena, porque es vida limitada y terrena, tiene que finalizar.
vivo de que he de morir,
Sólo el saber que pronto se ha de morir a esta vida terrena, para comenzar a vivir la vida eterna, hace que se viva en el tiempo, deseando morir para vivir.
porque, muriendo, el vivir
Es muriendo que se vive, porque al morir, se deja esta vida muerta y se inicia a vivir la vida plena y feliz, la vida bienaventurada en la adoración de la Trinidad y el Cordero.
me asegura mi esperanza;
Es esta certeza de que al morir la vida muerta, se llega a la vida plena, es lo que colma de esperanzas al alma que, por gozar del Amor trinitario, muere porque no muere.
muerte do el vivir se alcanza,
Por la muerte terrena, se alcanza la vida feliz, la vida bienaventurada del Reino de Dios, siendo así la muerte sólo el umbral que debe el alma atravesar, para abrazar y fundirse en el abrazo, con el Dios amado, Tres veces santo.
no te tardes que te espero,
El alma que ama a Dios con locura, espera la muerte con ansias, porque la llegada de la muerte terrena, significa el comienzo de la vida eterna y feliz, y por eso, la espera.
que muero porque no muero.
Y hasta que la muerte no llegue para quitarle esta vida terrena y así comenzar la vida sin fin en el Divino Amor, el alma muere porque no muere.
Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,

que muero porque no muero. Amén.

domingo, 14 de octubre de 2012

Santa Teresa de Ávila y el Amor perfecto



No me mueve, mi Dios, para quererte 
el cielo que me tienes prometido, 
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte 
clavado en una cruz y escarnecido, 
muéveme ver tu cuerpo tan herido, 
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, 
que aunque no hubiera cielo, yo te amara, 
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera, 
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

                En un breve pero maravilloso poema, Santa Teresa de Ávila, a quien se le atribuye su autoría, describe cuál la cima de la perfección cristiana; en pocas palabras, Santa Teresa alcanza la más alta sabiduría divina, aquella que solo se puede alcanzar a los pies de la Cruz: el Amor a Dios, por parte del cristiano, el amor más perfecto y puro, que más que abrir las puertas del cielo, abre las puertas del Sagrado Corazón de Jesús, es el que se tiene, no por temor al infierno, ni por deseos del cielo, sino por compasión a Jesús crucificado, llagado y herido de amor en la Cruz.
         Es Amor perfecto, porque amar a Dios por temor al infierno, es más temer al dolor que ser movido por el amor; amar a Dios por deseo del cielo, es más amor a sí mismo por el disfrute de lo bello y santo, que amar a Dios por ser quien Es, Dios infinitamente perfecto y santo. Uno y otro son buenos amores, pero muy imperfectos, porque miran más, uno, al infierno, y el otro, al cielo, antes que a Cristo crucificado. Sólo el Amor que surge de la contemplación de Cristo crucificado, de sus llagas, de sus golpes, de su humillación, de su dolor, de su Sangre derramada, es el Amor perfecto, el Amor puro, el Amor que se enciende en el corazón del hombre como fuego de Amor vivo, porque es Amor que desciende directamente del Sagrado Corazón al corazón de quien lo contempla.
         Pero también es perfecto de toda perfección, el Amor que surge de la contemplación de la Presencia Eucarística de Dios Hijo encarnado, y por eso podríamos parafrasear a Santa Teresa y decir:

Oh Dios de la Eucaristía,
no me mueve, para quererte,
el cielo prometido,
ni me mueve, para no ofenderte,
el infierno tan temido.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
oculto en el blanco silencio
De la Hostia santa y pura;
Muéveme, y en tal manera,
Que aunque infierno no hubiera,
Y aunque cielo no esperara,
Lo mismo, 
Por tu Amor de infinita caridad,
por tu Amor Eterno,
Por tu Amor Santo,
Por tu Amor incomprensible,
Lo mismo, Te amara y adorara,
En el tiempo y en la eternidad. Amén.