San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 17 de noviembre de 2020

Santa Isabel de Hungría


 

         Vida de santidad[1].

         Isabel, a los 15 años fue dada en matrimonio por su padre el Rey de Hungría al príncipe Luis VI de Turingia,  el matrimonio tuvo tres hijos. Se amaban tan intensamente que ella llegó a exclamar un día: "Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿Cuánto más debiera amarte a Ti?". Puesto que su esposo era también un buen cristiano, aceptaba de buen grado lo que la santa realizaba, que era repartir a los pobres cuanto encontraba en la casa, respondiendo a los que la criticaban: “Cuanto más demos nosotros a los pobres, más nos dará Dios a nosotros”. Cuando apenas de veinte años y con su hijo menor recién nacido, su esposo, un cruzado, murió en un viaje a defender Tierra Santa.  Isabel se resignó y aceptó la voluntad de Dios, decidiéndose entonces  a vivir en la pobreza y dedicarse al servicio de los más pobres y desamparados. El sucesor de su marido la desterró del castillo y tuvo que huir con sus tres hijos, desprovistos de toda ayuda material. Ella, que cada día daba de comer a novecientos pobres en el castillo, ahora no tenía quién le diera para el desayuno. Pero confiaba totalmente en Dios y sabía que nunca la abandonaría, ni a sus hijos.  Finalmente consiguió que le devolvieran los bienes que le pertenecían como viuda, y con ellos construyó un gran hospital para pobres, además de auxiliar a muchas familias necesitadas.

Un día, cuando todavía era princesa, fue al templo vestida con los más exquisitos lujos, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó: “¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?”. Desde entonces, nunca más volvió a usar vestidos lujosos. Un Viernes Santo, se arrodilló ante un crucifijo y delante de varios religiosos hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto de pobreza, consagrando su vida al servicio de los más pobres y desamparados. Cambió sus vestidos de princesa por un simple hábito de hermana franciscana, de tela burda y ordinaria, y los últimos cuatro años de su vida se dedicó a atender a los pobres enfermos del hospital que había fundado. Recorría calles y campos pidiendo limosna para sus pobres, y vestía como las mujeres más pobres del campo; vivía en una humilde choza junto al hospital y tejía y hasta pescaba, con tal de obtener con qué compararles medicinas a los enfermos. Tenía un director espiritual que para ayudarla en su camino a la santidad, la trataba duramente, ante lo cual, ella exclamaba: “Dios mío, si a este sacerdote le tengo tanto temor, ¿cuánto más te debería temer a Ti, si desobedezco tus mandamientos?”. Un sacerdote de aquella época escribió: “Afirmo delante de Dios que raramente he visto una mujer de una actividad tan intensa, unida a una vida de oración y de contemplación tan elevada”.

Cuando apenas cumplía 24 años, el 17 de noviembre del año 1231, pasó de esta vida a la eternidad. A sus funerales asistieron el emperador Federico II y una inmensa multitud. El mismo día de la muerte de la santa, a un hermano lego se le fracturó un brazo en un accidente y estaba en cama sufriendo terribles dolores. De pronto vio a parecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo: “¿Señora, Usted que siempre ha vestido trajes tan pobres, por qué ahora tan hermosamente vestida?”. Y ella sonriente le dijo: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado”. El paciente estiró el brazo que tenía totalmente destrozado, y la curación fue completa e instantánea.

         Mensaje de santidad.

         Para entender el mensaje de santidad, debemos considerar qué es lo llevó a Santa Isabel de Hungría a renunciar a la realeza y a las riquezas y dedicar su vida a la atención de los más necesitados y es el deseo de alcanzar la vida eterna, ya que se dedicó a los pobres y enfermos no por mera filantropía, sino porque veía en los prójimos más necesitados al mismo Cristo, según las palabras de Jesús: “Lo que habéis hecho a estos de mis hermanos, a Mí me lo habéis hecho”. Es importante considerar esto, porque de lo contrario la figura de la santa no tendría nada de santidad y se reduciría a una figura filantrópica, que hace el bien simplemente porque es una persona de buena voluntad: no es el caso de Santa Isabel de Hungría, ya que ella renunció a todo en esta vida, para alcanzar la Vida eterna y se dedicó a los pobres no por los pobres en sí mismos, sino porque en ellos veía a Cristo, misteriosamente presente en ellos. En otras palabras, la santa renunció a la realeza terrena y a las riquezas terrenas no por amor al pobrismo y la filantropía, sino para conseguir un tesoro celestial, más valioso que todo el oro del mundo junto: la realeza de los hijos de Dios y la riqueza de la gracia y de la gloria divina. La mejor forma de imitar a la santa es, por lo tanto, renunciar a las cosas materiales y vanas de esta vida y obrar la misericordia corporal y espiritual para con los más necesitados, en nombre de Cristo, viendo a Cristo en los más necesitados; sólo así alcanzaremos el Reino de los cielos.

lunes, 18 de noviembre de 2019

Santa Isabel de Hungría


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          Vida de santidad[1].

A los 15 Isabel años fue dada en matrimonio por su padre el Rey de Hungría al príncipe Luis VI de Turingia, con el cual tuvo tres hijos. Se amaban tan intensamente que ella llegó a exclamar un día: “Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿Cuánto más debiera amarte a Ti?”. Su esposo no ponía reparos a la costumbre de Isabel de dar a los pobres todo lo que encontraba en su casa. Él solía decir: “Cuanto más demos nosotros a los pobres, más nos dará Dios a nosotros”. Una vez se encontró un leproso abandonado en el camino, y no teniendo otro sitio en dónde colocarlo por el momento, lo acostó en la cama de su marido que estaba ausente. Llegó este inesperadamente y le contaron el caso. Se fue furioso a regañarla, pero al llegar a la habitación, vio en su cama, no el leproso sino un hermoso crucifijo ensangrentado. Recordó entonces que Jesús premia nuestros actos de caridad para con los pobres como hechos a Él mismo.
Cuando Isabel tenía apenas veinte años su esposo murió en una de las Cruzadas a Tierra Santa; Santa Isabel, con gran dolor, aceptó con resignación cristiana la voluntad de Dios y desde entonces, rechazando otras ofertas de matrimonio, se dedicó a vivir en la pobreza y a dedicarse al servicio de los más pobres y desamparados.
Sin embargo, un día su suerte cambió radicalmente, puesto que el sucesor de su marido la desterró del castillo y tuvo que huir con sus tres hijos, desprovistos de toda ayuda material. Y así, aquella que cada día daba de comer a 900 pobres en el castillo, ahora no tenía quién le diera para el desayuno. Pero Isabel nunca dejó de confiar en Dios y fe así que poco tiempo más tarde el Rey de Hungría consiguió que le devolvieran los bienes que le pertenecían como viuda, y con ellos construyó un gran hospital para pobres, y ayudó a muchas familias necesitadas. Un día, cuando todavía era princesa, fue al templo vestida con los más exquisitos lujos, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó: “¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?”. Nunca más volvió con vestidos lujosos al templo de Dios; como consecuencia de esto, un Viernes Santo, después de las ceremonias, cuando ya habían desvestido los altares en la iglesia, se arrodilló ante uno y delante de varios religiosos hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto de pobreza, como San Francisco de Asís, y consagró su vida al servicio de los más pobres y desamparados. Cambió sus vestidos de princesa por un simple hábito de tela burda y ordinaria de hermana franciscana y los últimos cuatro años de su vida –murió joven, a los veinticuatro años- se dedicó a atender a los pobres enfermos del hospital que había fundado. Se propuso recorrer calles y campos pidiendo limosna para sus pobres, y vestía como las mujeres más pobres del campo. Vivía en una humilde choza junto al hospital. Tejía y hasta pescaba, con tal de obtener con qué compararles medicinas a los enfermos.
Tenía un director espiritual que, para ayudarla en su camino a la santidad, la trataba duramente. Ella exclamaba: “Dios mío, si a este sacerdote le tengo tanto temor, ¿cuánto más te debería temer a Ti, si desobedezco tus mandamientos?”.
Cuando apenas cumplía 24 años, el 17 de noviembre del año 1231, pasó de esta vida a la eternidad. A sus funerales asistieron el emperador Federico II y una multitud tan grande formada por gentes de diversos países y de todas las clases sociales, que los asistentes decían que no se había visto ni quizá se volvería a ver en Alemania un entierro tan concurrido y fervoroso como el de Isabel de Hungría, la patrona de los pobres.
El mismo día de la muerte de la santa, a un hermano lego se le destrozó un brazo en un accidente y estaba en cama sufriendo terribles dolores. De pronto vio a parecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo: “¿Señora, Usted, que siempre ha vestido trajes tan pobres, por qué ahora tan hermosamente vestida?”. Y ella sonriente le dijo: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado”. El paciente estiró el brazo que tenía totalmente destrozado, y la curación fue completa e instantánea. Dos días después de su entierro, llegó al sepulcro de la santa un monje cisterciense el cual desde hacía varios años sufría un terrible dolor al corazón y ningún médico había logrado aliviarle de su dolencia. Se arrodilló por un buen rato a rezar junto a la tumba de la santa, y de un momento a otro quedó completamente curado de su dolor y de su enfermedad. Estos milagros y muchos más, movieron al Sumo Pontífice a declararla santa, cuando apenas habían pasado cuatro años de su muerte.

Mensaje de santidad.

Tal vez el mensaje de santidad lo podemos descubrir en dos afirmaciones de quienes conocieron a la santa. Un sacerdote de aquella época escribió: “Afirmo delante de Dios que raramente he visto una mujer de una actividad tan intensa, unida a una vida de oración y de contemplación tan elevada”. El mismo emperador Federico II afirmó: “La venerable Isabel, tan amada de Dios, iluminó las tinieblas de este mundo como una estrella luminosa en la noche oscura”. Es decir, Santa Isabel de Hungría, siendo noble de nacimiento y muy rica en bienes materiales, eligió, por amor a Cristo, despojarse de la nobleza terrena para adquirir la nobleza que da la gracia y eligió además despojarse de sus bienes materiales para darlos a los pobres y así ganar una mansión en el Reino de los cielos. Antes que los honores mundanos de la corte, prefirió el silencio y la oración y antes que disfrutar de los bienes terrenos, prefirió darlos todos a los pobres y servirlos a ellos, viendo en ellos al mismo Cristo crucificado. Santa Isabel de Hungría no sirvió a los pobres por mero altruismo, sino porque en ellos veía a Cristo crucificado, pobre y necesitado de todo. Y Cristo crucificado, recibiendo todo tipo de atenciones en los pobres, le dio a Santa Isabel lo que Él reserva para quienes lo abandonan todo por el Evangelio en esta vida: el Reino de los cielos.





[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Isabel_de_Hungr%C3%ADa.htm

jueves, 19 de noviembre de 2015

Santa Isabel de Hungría y el voluntario despojo de bienes terrenos para alcanzar los bienes eternos


         En la vida de Santa Isabel de Hungría se hacen realidad las palabras de Jesús: “Atesorad tesoros en el cielo” (Mt 6, 20) y “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25, 35-45). Santa Isabel de Hungría, siendo noble de cuna –era hija del Rey de Hungría- y heredera de todo un reino con sus riquezas, a la muerte de su esposo, el príncipe Luis VI de Turingia, abandonó la vida cortesana y despreocupada de su condición de reina y se dedicó de lleno a servir a los más carenciados[1]. Según se narra en su biografía, siendo todavía princesa, fue al templo vestida lujosamente, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó: “¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?”. Desde entonces, nunca más volvió con vestidos lujosos al templo de Dios. También siendo princesa, se cuenta que una vez se encontró un leproso abandonado en el camino, y no teniendo otro sitio en dónde colocarlo por el momento, lo acostó en la cama de su marido que estaba ausente. Llegó este inesperadamente, le contaron el caso y se fue de inmediato a reclamarle por lo que había hecho, pero al llegar a la habitación, vio en su cama, no el leproso sino un hermoso crucifijo ensangrentado. Recordó entonces que Jesús premia nuestros actos de caridad para con los pobres como hechos a Él mismo.
Luego de morir su esposo, un Viernes Santo, hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto de pobreza, como San Francisco de Asís,  y consagró su vida al servicio de los más pobres y desamparados. Cambió sus costosos vestidos de princesa por un simple hábito de hermana franciscana, de tela burda y ordinaria, y comenzó a recorrer calles y campos pidiendo limosna para sus pobres. Además, vivía en una humilde choza junto al hospital, tejía y hasta pescaba, con tal de obtener con qué compararles medicinas a los enfermos.
En su deseo por atender a pobres y enfermos como al mismo Cristo, vendió todas sus posesiones materiales y con lo obtenido construyó un hospital, dedicándose a atender con toda laboriosidad y caridad a los pobres y enfermos del hospital que ella misma había fundado.
Con su vida de santidad, Santa Isabel de Hungría nos deja muchas enseñanzas: nos enseña, con su vida de desprendimiento, a poner el corazón en el cielo, en los bienes eternos, según las palabras de Jesús: “Donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6, 21); nos enseña a imitar a Jesús crucificado, despojándonos tanto de los honores y glorias mundanas, como de los bienes materiales y terrenos; nos enseña a obrar la misericordia para con los más necesitados, porque en ellos está misteriosamente Presente Jesucristo, según Él mismo lo dice: “Lo que habéis hecho con uno de estos mis pobres hermanos, Conmigo lo habéis hecho”. A Santa Isabel le decimos: “Santa Isabel de Hungría, intercede ante Nuestro Señor, para que, al igual que tú, seamos capaces de desapegarnos de las riquezas terrenas y de los honores mundanos y de consolar a Cristo que sufre en los pobres y enfermos, para así ganar un día el Reino de los cielos. Amén”.



[1] Cfr. https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Isabel_de_Hungr%C3%ADa.htm

martes, 18 de noviembre de 2014

Santa Isabel de Hungría, la Presencia real de Jesucristo en los pobres y su recompensa en la vida eterna


Santa Isabel de Hungría curando tiñosos
(Murillo, 1670)

         Santa Isabel de Hungría pertenecía a la nobleza y tuvo la gracia de descubrir la Presencia real de Jesucristo en los más necesitados. Así lo decía en una carta al Papa su director espiritual, Conrado de Marburgo: “Isabel reconoció y amó a Cristo en la persona de los pobres”[1]. Siendo hija de Andrés II, rey de Hungría, y esposada con Luis de Turingia, también perteneciente a la nobleza, poseía abundantes bienes, pero no solo nunca los usaba para su propio provecho, sino que los distribuía tanto entre los pobres, que con toda razón se puede decir que sus bienes eran patrimonio de los pobres[2]. Distribuía tanto sus bienes entre los pobres, que incluso hasta sus mismos criados se quejaban ante su esposo por la liberalidad de Santa Isabel. Un ejemplo de esto fue lo sucedido en el año 1225, en el que las malas cosechas provocaron una hambruna generalizada en esa región de Alemania; para socorrer a los más afectados, Santa Isabel utilizó todo su dinero y todo el grano que tenía almacenado en sus graneros. Su esposo estaba ausente y cuando regresó, algunos de sus empleados se quejaron de esta actitud de Santa Isabel. Luis preguntó si su esposa había vendido alguno de sus dominios y ellos le respondieron que no. Entonces el rey dijo: “Sus liberalidades atraerán sobre nosotros la misericordia divina. Nada nos faltará mientras le permitamos socorrer así a los pobres”.
Santa Isabel, además de ser una esposa y madre ejemplar, destinó todos sus bienes materiales en beneficio de los pobres, construyendo hospitales y asistiéndolos en sus necesidades, y dándoles ella misma de comer: tiempo más tarde, la santa ordenó construir un hospital al pie del monte del castillo de Wartuburg, donde ella vivía, y solía ir allá a dar de comer a los inválidos con sus propias manos, a hacerles la cama y a asistirlos en medio de los calores más abrumadores del verano. Además acostumbraba pagar la educación de los niños pobres, especialmente de los huérfanos. Fundó también otro hospital en el que se atendía a veintiocho personas y, diariamente alimentaba a novecientos pobres en su castillo, sin contar a los que ayudaba en otras partes de sus dominios[3]. Sin embargo, la caridad de la santa no era asistencialismo, y no por asistir a los más pobres, los menospreciaba; por el contrario, para no favorecer la ociosidad entre los que podían trabajar, les procuraba tareas adaptadas a sus fuerzas y habilidades[4].
Otro aspecto que se debe tener en cuenta es que el amor de Santa Isabel de Hungría por los pobres no era un amor filantrópico; era el verdadero amor cristiano, porque Santa Isabel reconocía en ellos la misteriosa Presencia real de Jesucristo. Cuando Santa Isabel daba de comer a los pobres, y los alimentaba, los vestía, los cuidaba, con todo cariño, amor y respeto, lo hacía porque veía, con la luz del Espíritu Santo, misteriosamente oculta, en ellos, a la Persona de Jesucristo, la Persona Segunda de la Santísima Trinidad, y mientras los asistía, resonaban en su mente y en su corazón las palabras de Jesús en el Evangelio: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estuve enfermo y me socorristeis (…); cuantas veces hicisteis eso con estos pequeños, Conmigo lo hicisteis” (cfr. Mt 25, 35-45). Iluminada por el Espíritu Santo, Santa Isabel sabía que, al socorrer al prójimo más necesitado, misteriosamente, estaba socorriendo a Jesucristo, que se encontraba sufriendo en ese prójimo sufriente, y esa era la razón que la llevaba a dar todo lo que tenía, sin reservarse nada para ella.
Ahora bien, ella misma vestía pobremente, pero así mismo, fue recompensada grandemente, como el mismo Jesús promete en el Evangelio a quienes le son fieles: “Bien, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor…” (Mt 25, 21). Se narra que en el mismo día de la muerte de la santa, un hermano lego había sufrido un grave accidente en un brazo y se encontraba tendido en su cama soportando terribles dolores. De pronto vio aparecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo: “Señora, Ud. que siempre ha vestido trajes tan pobres, ¿por qué está ahora tan hermosamente vestida?”. Y ella sonriente le dijo: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado”. El paciente estiró el brazo que tenía gravemente herido, y la curación fue completa e instantánea[5].
Una reina colmada de bienes materiales, que en su vida terrena donó su reino a Dios y vivió pobremente para dedicarse a la atención de los pobres, porque en ellos veía al mismo Cristo sufriente; en recompensa, Cristo la colma de bienes celestiales en la vida eterna, haciéndola heredera del Reino de los cielos, y la corona de gloria celestial, aunque la recompensa mayor para toda la vida de servicio a los pobres, para Santa Isabel de Hungría, es Él mismo, la contemplación de su Rostro para toda la eternidad. La vida de Santa Isabel de Hungría nos enseña que Jesús, que es Dios, está verdadera y realmente Presente en el cielo y en la Eucaristía y, además, en los pobres, y que el desprendimiento de los bienes terrenos y el servicio de los pobres por amor a Cristo, nos granjea una eternidad de felicidad.




[1] http://www.corazones.org/santos/isabel_hungria.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.