San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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sábado, 24 de octubre de 2020

Solemnidad de Todos los Santos

 



(Ciclo A – 2020)

         La Iglesia celebra en este día a “Todos los Santos”. ¿Quiénes son los santos? Los santos son seres humanos que han sido glorificados con la gloria divina luego de su muerte terrenal y, luego de morir y atravesar el Juicio Particular, fueron considerados dignos de ingresar en el Reino de los cielos, para alegrarse y gozarse por toda la eternidad, en la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y el Cordero, en compañía de la Santísima Virgen y de los Ángeles de Dios.

         Pero, ¿qué hizo que los santos fueran santos? Todos los santos –con la única excepción de la Madre de Dios, que nació sin la mancha del pecado original- fueron pecadores, porque nacieron, como todos los hombres, con la mancha del pecado original. Y hubieron algunos, como por ejemplo San Agustín, que vivieron largos años en estado de pecado, alejados de la gracia de Dios y de su Iglesia y sus Sacramentos. Sin embargo, todos los Santos, también sin excepción, recibieron, en algún momento de sus vidas, una gracia especialísima, que los convirtió de pecadores en santos, que los hizo abandonar su vida de pecado y los encaminó por el Camino Real de la Cruz y es así que todos los Santos se caracterizan por haber cargado la cruz de cada día y haber seguido a Cristo camino del Calvario, todos los días de su vida, hasta la muerte, siendo esta fidelidad a la gracia y a la cruz lo que los condujo al cielo, en donde ahora habitan, plenos de felicidad, por siglos sin fin. En otras palabras, los santos fueron, antes de ser santos, hombres comunes y pecadores que, de no haber recibido la gracia de la conversión, habrían continuado en su vida de pecado y se habrían condenado. Sin embargo, lo que los hizo convertir de pecadores a santos fue, como dijimos, la recepción de la gracia santificante, gracia que no sólo quitó el pecado de sus almas, sino que hizo que empezaran a vivir, por participación, de la vida del Cordero, ya desde esta vida terrena, vida que ahora viven en su plenitud, en la gloria del Reino de Dios. Esto quiere decir que, sin la gracia santificante, los Santos a los que veneramos y que están en el cielo, habrían sido hombres comunes y pecadores: esto nos anima a nosotros, que somos hombres comunes y pecadores –en realidad, somos “nada más pecado”- a emprender el camino de la santidad, tal como lo hicieron los Santos, camino que consiste, esencialmente, en recibir la gracia santificante, atesorarla en el corazón como el tesoro más preciado, más valioso que el oro y la plata, y cargar la cruz en el seguimiento de Cristo crucificado, para morir en el Calvario al hombre viejo y así nacer a la vida nueva de los hijos de Dios, los santos, destinados al Reino de los cielos. Entonces, es el atesoramiento de la gracia lo que hizo a los Santos ser Santos y merecedores del Reino de los cielos y por éste motivo es que la Iglesia nos pone como ejemplos, para que nosotros los imitemos en su camino de santidad, en su aprecio y amor de la gracia santificante.

         Por último, otra cosa que caracteriza a los Santos, sin excepción, es su amor por la Eucaristía y por la Virgen. No hay santo que no se haya destacado por su fe, devoción, piedad y amor hacia Jesús Eucaristía y hacia la Virgen, que es la Madre de la Eucaristía. Los Santos nos muestran entonces el camino al cielo: poseer la gracia santificante en el alma y amar a Jesús y a la Virgen. Si esto hacemos, algún día, luego de nuestro paso por la tierra y luego de atravesar el Juicio Particular, participaremos con Todos los Santos de su alegría, la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y del Cordero, por los siglos sin fin.

jueves, 1 de agosto de 2019

San Alfonso María de Ligorio y María Reina de Misericordia



San Alfonso nos anima a tener una gran confianza en María[1], aun cuando el alma sea la más pecadora de entre todas las almas pecadoras, porque María es Reina de Misericordia. Dice así citando a San Bernardo: “Pregunta San Bernardo: ¿Por qué la Iglesia llama a María reina de misericordia? Y responde: “Porque ella abre los caminos insondables de la misericordia de Dios a quien quiere, cuando quiere y como quiere, porque no hay pecador, por enormes que sean sus pecados, que se pierda si María lo protege”. Es decir, la Virgen, Mediadora de todas las gracias, decide cómo y cuándo conceder las gracias necesarias al pecador para que éste regrese lo antes posible a la vida de la gracia. Dice San Alfonso que no debe atemorizar al pecador la magnificencia real de esta reina, porque cuanto más elevada es esta reina, más inclinada está al pecador: “Pero ¿podremos temer que María se desdeñe de interceder por algún pecador al verlo demasiado cargado de pecados? ¿O nos asustará, tal vez, la majestad y santidad de esta gran reina? No, dice san Gregorio; cuanto más elevada y santa es ella, tanto más es dulce y piadosa con los pecadores que quieren enmendarse y a ella acuden” (…).
Puede suceder que los hombres poderosos infundan temor entre aquellos humildes, pero esto no es así con María, quien es la Omnipotencia Suplicante y la Reina de cielos y tierra: “Dice san Bernardo: ¿Qué temor pueden tener los miserables de acercarse a esta reina de misericordia si ella no tiene nada que aterrorice ni nada de severo para quien va en su busca, sino que se manifiesta toda dulzura y cortesía? ¿Por qué ha de temer la humana fragilidad acercarse a María? En ella no hay nada de austero ni terrible. Es todo suavidad ofreciendo a todos leche y lana”.
María no sólo protege contra la ira divina, sino que nos ofrece el consuelo de la misericordida divina: “María no sólo otorga dones, sino que ella misma nos ofrece a todos la leche de la misericordia para animarnos a tener suma confianza y la lana de su protección para embriagarnos contra los rayos de la divina justicia”.
La Virgen no solo no puede mentir, sino que no puede dejar a nadie que acude a Ella, marcharse sin el consuelo de la misericordia, por más miserable que sea y deben acudir a Ella por lo tanto no solo los pecadores, sino los más pecadores y miserables de todos, sin temor a ser rechazados por Ella: “A diferencia de los poderosos de la tierra, nuestra reina no puede mentir y puede obtener cuanto quiera para sus devotos. Tiene un corazón tan piadoso y benigno, que no puede sufrir el dejar descontento a quien le ruega. “Es tan benigna –dice Luis Blosio- que no deja que nadie se marche triste”. Pero ¿cómo puedes, oh María –le pregunta san Bernardo-, negarte a socorrer a los miserables cuando eres la reina de la misericordia? ¿Y quiénes son los súbditos de la misericordia sino los miserables? Tú eres la reina de la misericordia, y yo, el más miserable pecador, soy el primero de tus vasallos. Por tanto reina sobre nosotros, oh reina de la misericordia”.
Porque la Virgen es la reina de la misericordia, es que el alma, aun la más miserable y pecadora, no debe tener temor en acercársele, ya que Ella sólo quiere la salvación de sus hijos, sobre todo los más alejados: “Tú eres la reina de la misericordia y yo el pecador más miserable de todos; por tanto, si yo soy el principal de tus súbditos, tú debes tener más cuidado de mí que de todos los demás. Ten piedad de nosotros, reina de la misericordia, y procura nuestra salvación. Y no nos digas, Virgen santa, parece decirle Jorge de Nicomedia, que no puedes ayudarnos por culpa de la multitud de nuestros pecados, porque tienes tal poder y piedad que excede a todas las culpas imaginables”.
Si el pecado tiene una gran fuerza, es todavía más fuerte la misericordia de esta reina, a la cual el Hijo nada puede negarle, porque el Hijo le está agradecido el haberle dado la Virgen de su substancia humana cuando estaba en el seno materno: “Nada resiste a tu poder, pues tu gloria el Creador la estima como propia, pues eres su madre. Y el Hijo, gozando con tu gloria, como pagándose una deuda, da cumplimiento a todas tus peticiones. Quiere decir que si bien María tiene una deuda infinita con su Hijo por haberla elegido como su madre, sin embargo, no puede negarse que también el Hijo está sumamente agradecido a esta Madre por haberle dado el ser humano; por lo cual Jesús, como por recompensar cuanto debe a María, gozando con su gloria, la honra especialmente escuchando siempre todas su plegarias”.
Por esto mismo, aun cuando estemos cargados de pecados; aun cuando nos consideremos y seamos los más grandes pecadores del mundo, no dejemos de recurrir a María, Reina de Misericordia, y Ella colmará nuestra alma con la paz y el Amor de Dios y nos hará regresar al camino de la gracia.

domingo, 21 de septiembre de 2014

San Padre Pío de Pietrelcina y el significado de sus estigmas


Además de su vida de santidad extraordinaria y de los asombrosos milagros de todo tipo realizados –tanto en vida terrena como luego de su muerte-, lo que más se destaca en el Padre Pío de Pietrelcina, son sus estigmas, es decir, las llagas visibles que llevó durante muchos años, hasta su muerte. El Padre Pío es el primer sacerdote estigmatizado de la historia, porque hasta él, solo había recibido los estigmas visiblemente San Francisco de Asís, pero San Francisco no era sacerdote, sino hermano religioso. Otros santos recibieron los estigmas, como Santa Gemma Galgani, aunque de un modo invisible y no visible, como el Padre Pío. El hecho de que fueran visibles, nos lleva a preguntarnos por su significado y el significado es el de la participación en la Pasión de Jesús. En efecto, si bien Jesús, el Hombre-Dios, ya cumplió su misterio pascual de Muerte y Resurrección, y por lo tanto, ascendió a los cielos y allí se encuentra, vivo, glorioso y resucitado, y ya no muere más, sin embargo, su Pasión continúa en su Cuerpo Místico, los bautizados en la Iglesia Católica, hasta el fin de los tiempos. Así lo afirma el Magisterio de la Iglesia por la voz del Papa Pío XI: “La pasión expiadora de Cristo se renueva y en cierto modo se continúa y se completa en el Cuerpo místico, que es la Iglesia”[1] (…) “aunque la copiosa redención de Cristo sobreabundantemente ‘perdonó nuestros pecados’[2] (…) por (…) admirable disposición de la divina Sabiduría (…) ha de completarse en nuestra carne lo que falta en la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia[3] (por lo tanto), a las oraciones y satisfacciones ‘que Cristo ofreció a Dios en nombre de los pecadores’ podemos y debemos añadir también las nuestras”[4].



Esto lo pide también la Iglesia en la Liturgia de las Horas, cuando en las preces reza para que “los fieles vean en sus enfermedades y tribulaciones una participación en la Pasión de Jesús”[5]. En la misma Misa del Padre Pío se pide, en la Oración Colecta, que los fieles nos asociemos "a los sufrimientos de Cristo", para luego participar de su Resurrección" (cfr. Misal Romano, pág. 757, Edición Típica Latina). Por eso, aun cuando no llevemos las llagas visiblemente, como el Padre Pío, ni tampoco invisiblemente, como Santa Gemma Galgani, todos los cristianos, todos los bautizados, estamos llamados a unirnos -con nuestras existencias cotidianas y comunes-, a la Pasión de Jesús, ofreciendo nuestras vidas de todos los días, nuestros sufrimientos, nuestras tribulaciones, nuestras enfermedades, nuestras derrotas y fracasos, pero también nuestras alegrías y nuestros triunfos, grandes o pequeños, y todo lo debemos ofrecer a Jesús, al pie de la cruz, por manos de la Virgen, porque la Virgen está de pie, al lado de la cruz de su Hijo Jesús. Y si lo debemos ofrecer al pie de la cruz, no hay otro momento y lugar más adecuado para hacerlo, que la Santa Misa, porque la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario. Es ahí entonces, en donde debemos, con toda la intensidad de la que es capaz nuestro amor, de elevar nuestras oblaciones y ofrecimientos a Jesús crucificado y a la Virgen que está al pie de la cruz, diciéndole a Jesús, por medio de la Virgen: “Señor, que seas carne en mi carne, alma en mi alma, para que todo aquel que me vea, te vea, me oiga, te oiga. Amén”.
La conmemoración del Padre Pío, entonces, nos debe recordar que, como miembros del Cuerpo Místico de Jesús, estamos llamados a participar de su Pasión y que, por lo tanto, debemos unirnos a Él en su cruz, en la Santa Misa, ofreciéndole en oblación toda nuestra vida y todo nuestro ser, en el tiempo, para la eternidad.





[1] Cfr. Miserentissimus Redemptor, n. 11.
[2] Col 2, 13.
[3] Col 2, 24.
[4] http://www.vatican.va/holy_father/pius_xi/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_08051928_miserentissimus-redemptor_sp.html
[5] Cfr. Liturgia de las Horas.

jueves, 21 de febrero de 2013

Santa Jacinta Marto




A partir de las visiones y apariciones de la Virgen a los tres pastorcitos en Fátima, Jacinta experimentó, con tan sólo 9 años de edad, un extraordinario crecimiento espiritual: además de rezar todos los días el Rosario y las oraciones que el Ángel les había enseñado, y de experimentar una gran devoción y amor a la Eucaristía, Jacinta demostró tener, cada vez más, una gran sensibilidad y una gran preocupación por el destino eterno de los pecadores, es decir, por aquellos que no vivían en gracia de Dios y nada hacían por cambiar su estado.

Jacinta quedó vivamente impresionada por la visión del infierno que la Virgen María en persona les mostró, en la que los niños pudieron apreciar la gran cantidad de almas que caían en este verdadero lago de fuego. También quedó profundamente impactada por las palabras de la Virgen, quien le dijo que “los pecadores van allí –al lado de fuego- porque no tienen quién rece y haga sacrificios por ellos”.

Con tan sólo nueve años de edad, pero con una gran comprensión e inteligencia sobrenaturales de lo que el cielo le transmitía a través de la Virgen, Jacinta comprendió que su misión en la tierra, con su escasa edad y con el escaso tiempo que le quedaba de vida terrena –la Virgen le había comunicado que pronto la llevaría al cielo, junto a Francisco-, era ofrecerse como víctima por la salvación de los pecadores, y eso es lo que hizo hasta el fin de sus días: rezó e hizo toda clase de mortificaciones y penitencias –como por ejemplo, no tomar agua durante días seguidos, en épocas de mucho calor, o dormir con una cuerda atada, que le provocaba dolor, y a tal punto, que la Virgen misma tuvo que decirle que suspendiera esta penitencia- por la conversión de los pecadores.

El ejemplo de Santa Jacinta Marto es válido para toda época, pero sobre todo para nuestros días, puesto que, por un lado, la impiedad, la apostasía, el materialismo, el egoísmo y toda clase de males, crecen día a día en una sociedad que se aleja cada vez más de Dios y de sus Mandamientos; por otro lado, como consecuencia de este oscurecimiento espiritual, ha aumentado el número de hombres que se encuentran en estado de condenación eterna, lo cual significa que en nuestros días, mucho más aún que en los días de Santa Jacinta Marto, son necesarias la oración y la penitencia por la conversión de los pecadores.

No vemos a la Virgen María, como sí lo hicieron los tres pastorcitos, pero conocemos las apariciones de Fátima, además de tener los ejemplos de santos como Jacinta. Al igual que ella, y siguiendo su ejemplo, además de hacer oración y de ofrecer penitencias y mortificaciones, cada cristiano puede y debe ofrecerse a sí mismo como víctima en la Santa Misa, junto a la Víctima Inmaculada, Jesús en la Eucaristía, por la salvación de los pecadores.

miércoles, 9 de enero de 2013

San Simeón el estilita


5 de enero


Vida y milagros de San Simeón[1]
San Simeón es el fundador del movimiento de los estilitas, hombres que vivían en lo alto de una columna (estilita significa: el que vive en una columna), en oración ininterrumpida[2].
Nace cerca del año 400 en el pueblo de Sisan, en Cilicia, cerca de Tarso, donde nació San Pablo. Un día, al entrar en una iglesia, oyó al sacerdote leer en el sermón de la Montaña las bienaventuranzas, y se sintió atraído por dos en particular: “Dichosos los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los puros de corazón porque ellos verán a Dios”.
Preguntó a un anciano monje por su significado, y le rogó que le dijera cómo podía alcanzar la felicidad prometida. El anciano le respondió que el texto sagrado proponía como camino a la felicidad, la oración, la vigilia, el ayuno, la humillación y la paciencia en las persecuciones, y que la vida de soledad era la mejor manera de practicar la virtud. Decidido a ir en busca de las bienaventuranzas, Simeón se retiró a orar largamente, luego de lo cual, se quedó dormido y tuvo un sueño, relatado por él. Se vio a sí mismo cavando los cimientos de una casa. Las cuatro veces que interrumpió su trabajo para tomar aliento, oyó una voz que le ordenaba seguir excavando. Finalmente, recibió la orden de cesar, porque el foso era ya tan profundo, que podía abrigar los cimientos de un edificio de la forma y el tamaño que él escogiera. Como comenta Teodoreto, “los hechos verificaron la predicción, ya que los actos de ese hombre estaban tan por encima de la naturaleza, que los cimientos debían ser muy profundos para soportar peso tan enorme”.
Al despertar, Simeón se dirigió a un monasterio de las proximidades, cuyo abad se llamaba Timoteo y se detuvo a las puertas durante varios días sin comer ni beber, suplicando que le admitieran como el último de los sirvientes. Su petición fue bien acogida y por fin se le recibió por un plazo de cuatro meses. Ese tiempo le bastó para aprender de memoria el salterio.
Este contacto con el texto sagrado iba a alimentar su alma durante el resto de su vida.
Una vez en el monasterio, provocaba asombro por su austeridad: se pasaba semanas sin probar bocado, dormía sobre piedras, y se había enlazado a la cintura un cilicio[3] de mirto salvaje y espinoso, al que no se lo quitaba ni de día ni de noche. Un día el superior del monasterio se dio cuenta de que derramaba gotas de sangre y al examinarlo los monjes, se dieron cuenta de que la cuerda o cilicio se le había incrustado en la piel, logrando quitársela con mucha dificultad. El abad o superior le pidió que se fuera a otro sitio, porque allí su ejemplo de tan extrema penitencia podía llevar a los hermanos a exagerar en las mortificaciones.
Se fue entonces a vivir en una cisterna seca, abandonada, y después de estar allí cinco días en oración  decidió imitar a Nuestro Señor y pasar los 40 días de cuaresma sin comer ni beber. Le consultó a un anciano y éste le dijo: “Para morirse de hambre hay que pasar 55 días sin comer. Puedes hacer el ensayo, pero para no poner en demasiado peligro la vida, dejaré allí cerca tuyo diez panes y una jarra de agua, y si ves que vas desfallecer, come y bebe”. Así lo hizo. Los primeros 14 días de cuaresma rezó de pie. Los siguientes 14 rezó sentado. En los últimos días de la cuaresma era tanta su debilidad que tenía que rezar acostado en el suelo. El domingo de Resurrección llegó el anciano y lo encontró desmayado y el agua y los panes sin probar. Le mojó los labios con un algodón empañado en agua, le dio un poquito de pan, y recobró las fuerzas. Y así paso todas las demás cuaresmas de su larga vida, como penitencia de sus pecados y para obtener la conversión de los pecadores.
Lueo se retiró a una cueva del desierto para no dejarse dominar por la tentación de volverse a la ciudad y se hizo atar con una cadena de hierro a una roca y mandó soldar la cadena para no podérsela quitar. Pero varias semanas después pasó por allí el Obispo de Antioquía y le dijo: “A las fieras sí hay que atarlas con cadenas, pero al ser humano le basta su razón y la gracia de Dios para no excederse ni irse a donde no debe”. Entonces Simeón, que era humilde y obediente, se mandó quita la cadena.
Pronto se extendió la fama de gran santidad, y fue así que acudían de regiones vecinas y también lejanas para consultarle, pedirle consejos y tocar su cuerpo con objetos para llevarlos en señal de bendición, llegando hasta quitarle pedacitos de su manto para llevarlos como reliquias.
Entonces para evitar que tanta gente viniera a distraerlo en su vida de oración, se ideó un modo de vivir totalmente nuevo: se hizo construir una columna de tres metros para vivir allí al sol, al agua, y al viento. Después mandó hacer una columna de 7 metros, y más tarde, como la gente todavía trataba de subirse hasta allá, hizo levantar una columna de 20 metros, y allí pasó sus últimos 37 años de su vida.
Es precisamente de aquí de donde viene el nombre con el que es conocido, “Simeón el estilita”, pues columna se dice “Stilos” en griego. Lejos de atenuarse, las penitencias en la columna se volvieron extremas -como así también la gracia recibida y alcanzada por San Simeón-: no comía sino una vez por semana;  la mayor parte del día y la noche la pasaba rezando, unos ratos de pie, otros arrodillado y otros tocando el piso de su columna con la frente.
Cuando oraba de pie, hacía reverencias continuamente con la cabeza, en señal de respeto hacia Dios. En un día le contaron más de mil inclinaciones de cabeza. Un sacerdote le llevaba la Sagrada Comunión. Su columna no pasaba de tener unos dos metros de superficie, lo cual le permitía apenas acostarse. Por lo demás, carecía de todo asiento. Sólo se recostaba para tomar un poco de descanso; el resto del tiempo lo pasaba encorvado en oración. Se vestía de pieles de animales, y jamás permitió que una mujer penetrara en el espacio cerrado en el que se levantaba su columna.
Las gentes acudían por multitudes a pedir consejos. Él les predicaba dos veces por día desde su columna y los corregía de sus malas costumbres. Y entre sermón y sermón oía sus súplicas, oraba por ellos y resolvía pleitos entre los que estaban peleados, para amistarlos otra vez. A muchos ricos los convencía para que perdonaran las deudas a los pobres que no les podían pagar. Convirtió a miles de paganos. Un famoso asesino, al oírlo predicar, empezó a pedir perdón a Dios a gritos y llorando. Algunos lo insultaban para probar su paciencia y nunca respondió a los insultos ni demostró disgusto por ellos. Hasta Obispos venían a consultarlo, y el Emperador Marciano de Constantinopla se disfrazó de peregrino y se fue a escucharlo y se quedó admirado del modo tan santo como vivía y hablaba.
Para saber si la vida que llevaba en la columna era santidad y virtud y no sólo un capricho, los monjes vecinos vinieron y le dieron la orden de que se bajara de la columna y se fuera a vivir con los demás. Simeón, que sabía que sin humildad y obediencia no hay santidad, se dispuso inmediatamente a bajarse de allí, pero los monjes al ver su docilidad le gritaron que se quedara otra vez allá arriba porque esa era la voluntad de Dios. Su discípulo Antonio nos cuenta que el santo oró muy especialmente por su madre, a la muerte de ésta.
Para que nadie piense que se trata de una leyenda, recordamos que la vida de San Simeón Estilita la escribió Teodoreto, Padre de la Iglesia y discípulo del Santo; Teodoreto era monje en aquel tiempo y fue luego Obispo de Ciro, ciudad cercana al sitio de los hechos.  Un siglo más tarde, un famoso abogado llamado Evagrio escribió también la historia de San Simeón y dice que las personas que fueron testigos de la vida de este santo afirmaban que todo lo que cuenta Teodoreto es cierto.
Murió el 5 de enero del año 459. Estaba arrodillado rezando, con la cabeza inclinada, y así se quedó muerto, como si estuviera dormido. El emperador tuvo que mandar una gran cantidad de soldados porque las gentes querían llevarse el cadáver, cada uno para su ciudad. En su sepulcro se obraron muchos milagros y junto al sitio donde estaba su columna se construyó un gran monasterio para monjes que deseaban hacer penitencia.

Mensaje de santidad de San Simeón el estilita
La vida y la conducta de San Simeón llamaron la atención, no sólo de todo el Imperio Romano, sino también de los pueblos bárbaros, que le tenían en gran admiración. Los emperadores romanos se encomendaban a sus oraciones y le consultaban sobre asuntos de importancia. Sin embargo, debe reconocerse que se trata de un santo más admirable que ejemplar[4]. Su vida es profundamente edificante, en el sentido de que no podemos menos de sentirnos confundidos, al comparar su fervor con nuestra indolencia en el servicio divino. Sin embargo, hay que hacer notar que la santidad de almas como la de San Simeón no consiste, ni en sus acciones extraordinarias, ni en sus milagros, sino en la perfección de su caridad, de su paciencia y de su humildad; y estas virtudes brillaron esplendorosamente en la vida de San Simeón. Exhortaba ardientemente al pueblo a corregirse de su inveterada costumbre de blasfemar, a practicar la justicia, a desterrar la usura, a la seriedad en la piedad, y a orar por la salvación de las almas.
En su mensaje de santidad, San Simeón nos enseña además el valor de la oración, de la obediencia, de la humildad y de la penitencia corporal, para llegar a la santidad. La oración, porque la oración es el alimento del alma, alimento por el cual el hombre recibe la substancia misma de Dios; la obediencia, porque así se imita mejor a Jesucristo, Hombre-Dios, que “se hizo obediente hasta la muerte”, por amor, para salvar a la humanidad; la humildad, que es la virtud, junto con la obediencia, que más nos asemeja al Hombre-Dios, infinitamente humilde y bueno y obediente a Dios, su Padre; la penitencia corporal, que es una forma de rezar con el cuerpo, al tiempo que se expían los pecados propios y los de los demás, siendo necesaria para entrar en el cielo según las palabras de Jesús: “Si no hacéis penitencia, todos pereceréis”. La celebración de la memoria de Simeón el Estilita nos debe llevar a recordar las palabras de Jesucristo y a dedicarnos a ofrecer penitencias por nuestros pecados y por los pecados del mundo entero.



[1] Cfr. Butler, Alan, Vidas de los Santos de Butler, Tomo I, México2 1968, 37ss.
[3] Cilicio: cuerda hiriente que algunos penitentes se amarran en la cintura para hacer penitencia corporal, como método que dispone al cuerpo para recibir la gracia que permita dominar las tentaciones. Se considera a San Simeón inventor del cilicio.
[4] Cfr. Butler, o. c., 38.

viernes, 7 de septiembre de 2012

El Sagrado Corazón y su dolor



         En una de las apariciones a Santa Margarita –llamada “Tercera Gran Revelación” del año 1674-, Jesús le dice que vaya a hacer adoración eucarística los jueves a la noche, entre las 10 y las 11 de la noche. Si alguien no está enterado de la totalidad de los mensajes, y si viera solo la imagen del Sagrado Corazón, teniendo en cuenta que Jesús en el sagrario está con su Cuerpo resucitado, glorioso, impasible, y por lo tanto no puede sufrir, uno podría creer que Jesús llama a Santa Margarita frente al sagrario para comunicarle su alegría de resucitado, su gozo inefable, su paz, su inmensa dicha.
         Sin embargo, Jesús no la llama para comunicarle su alegría, sino su tristeza, aunque, considerando las palabras de Jesús, “tristeza” no alcanza a reflejar el abismo de dolor y de amargura en el que su Corazón está sumergido. Dice así Jesús: “Comulgarás todos los primeros viernes de cada mes.
   Todas las noches del jueves al viernes haré que participes de aquella mortal tristeza que Yo quise sentir en el huerto de los Olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía más difícil de sufrir que la muerte. Para acompañarme en la humilde oración que hice entonces a mi Padre en medio de todas mis congojas, te levantaré de once a doce de la noche para postrarte durante una hora conmigo, el rostro en el suelo…”.
Como vemos, el estado de ánimo que Jesús experimentó en el Huerto de los Olivos, y que es el que quiere comunicar a Santa Margarita, no es para nada el de la alegría y el gozo, sino el de la tristeza, una tristeza tan profunda, que la hará sumergir en agonía, una agonía más dura y difícil de sufrir que la misma muerte.
Si Jesús ya no sufre, porque está en la gloria, y en la Eucaristía está con su Cuerpo glorioso, ¿por qué tanto dolor en Jesús? ¿Es eso lo que Jesús quiere comunicarnos desde el sagrario? ¿Qué es lo que causa tanto dolor en Jesús, al punto de llevarlo a una agonía más dura que la misma muerte?
Ante todo, si bien es cierto que Jesús ya no sufre, sí es cierto que desde la Eucaristía sufre con un sufrimiento no físico, pero sí moral, al comprobar cuántos bautizados, día a día, se dejan arrastrar por el pecado, y cuántos, aún sin cometer pecados mortales, viven en la tibieza, y lo abandonan en el sagrario, como los discípulos lo abandonaron en el Huerto. Dice así Jesús: “(Vendrás los jueves, a postrarte rostro en tierra), tanto para calmar la cólera divina, pidiendo misericordia para los pecadores, como para suavizar, en cierto modo, la amargura que sentí al ser abandonado por mis Apóstoles, obligándome a echarles en cara el no haber podido velar una hora conmigo; durante esta hora harás lo que yo te enseñaré”.
Pero no son los pecadores ni los cristianos tibios los que causan el dolor más grande del Sagrado Corazón: lo que lo lleva a morir de la pena, de la tristeza, de la amargura y del dolor, es el comprobar cuántas almas hacen vano su sacrificio, cayendo en los abismos del infierno, tal como se lo revela a Santa Brígida de Suecia, relatándolo así la santa en sus oraciones: “Acordáos de la tristeza aguda que habéis sentido al contemplar con anticipación, las almas que habían de condenarse (…) Habéis contemplado tristemente la inmensa multitud de réprobos que serían condenados por sus pecados, y Os habéis quejado amargamente de esos desesperados, perdidos y desgraciados pecadores…”. Según Luisa Piccarretta, Jesús sufre y llora amargamente por Judas Iscariote, que rechaza con corazón endurecido todas sus muestras de amor, y elige la condenación eterna, pero como en Judas está representada toda la serie de católicos apóstatas y traidores que habrían igualmente de condenarse, Jesús llora amargamente también por ellos, al verlos caer en el infierno.
Pero puede haber quienes duden de la actualidad de estos mensajes, ya que se podría decir que son del año 1674, y que ahora estamos en el siglo XXI, y que los tiempos son distintos, y que por lo tanto no hay que exagerar, ya que con toda seguridad el infierno está vacío; para quien dice esto, basta solo repasar, superficialmente, solo muy superficialmente, la inmensidad de espantosos y pavorosos males en los cuales vive el hombre de hoy, males creados por su propio corazón sin Dios y que, de no mediar un verdadero arrepentimiento, conducen a la condenación eterna: el genocidio silencioso del aborto –sólo en EE.UU. mueren por aborto 1 bebé cada 18 segundos-; los asesinatos en masa; la eutanasia; las muertes por fecundación in vitro; los crímenes y violencias de todo tipo; los tráficos de personas; las guerras pasadas, presentes y futuras, las que se planean movidas por el odio al hermano y por la avaricia del oro y del petróleo, la drogadicción sin freno; el alcoholismo; la lujuria y la lascivia presentadas en programas televisivos y en programas educativos para niños; la ausencia de perdón entre los mismos cristianos, entre los que están llamados a amarse como Cristo los amó, hasta la muerte de Cruz, y que en vez de eso, arden en rencor y en deseos de venganza hacia su prójimo; la falta de caridad en las comunidades cristianas, la falta de amor sobrenatural entre los bautizados, la ausencia de testimonio cristiano entre aquellos que se dicen practicar la religión, ya que esos mismos son los primeros en desear, buscar, planear y ejecutar la venganza frente al prójimo que los ha ofendido de alguna manera. Estos, y tantos y tantos crímenes cometidos por los cristianos todos los días, son los que llenan hasta rebosar al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, con los dolores más amargos que puedan ser siquiera imaginados.
Ser devotos del Sagrado Corazón significa, por lo tanto, empezar a reconocer los propios pecados, y hacer el propósito de morir antes que ofender al Sagrado Corazón.