San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 27 de septiembre de 2023

San Vicente de Paúl

 



Vida de santidad.[1]

         Nació San Vicente en el pueblecito de Pouy en Francia, en 1580. Su niñez la pasó en el campo, ayudando a sus padres en el pastoreo de las ovejas. Desde muy pequeño era sumamente generoso en ayudar a los pobres.
Los papás lo enviaron a estudiar con los padres franciscanos y luego en la Universidad de Toulouse, y a los 20 años, en 1600 fue ordenado de sacerdote. Dice el santo que al principio de su sacerdocio lo único que le interesaba era hacer una carrera brillante, pero Dios lo purificó con tres sufrimientos muy fuertes. 1º. El Cautiverio. Viajando por el mar, cayó en manos de unos piratas turcos los cuales lo llevaron como esclavo a Túnez donde estuvo los años 1605, 1606 y 1607 en continuos sufrimientos. 2º. Logró huir del cautiverio y llegar a Francia, y allí se hospedó en casa de un amigo, pero a este se le perdieron 400 monedas de plata y le echó la culpa a Vicente y por meses estuvo acusándolo de ladrón ante todos los que encontraba. El santo se callaba y solamente respondía: “Dios sabe que yo no fui el que robó ese dinero”. A los seis meses apareció el verdadero ladrón y se supo toda la verdad. San Vicente al narrar más tarde este caso a sus discípulos les decía: “Es muy provechoso tener paciencia y saber callar y dejar a Dios que tome nuestra defensa”. 3º. La tercera prueba fue una terrible tentación contra la fe, que aceptó para lograr que Dios librara de esa tentación a un amigo suyo. Esto lo hizo sufrir hasta lo indecible y fue para su alma “la noche oscura”. A los 30 años escribe a su madre contándole que amargado por los desengaños humanos piensa pasar el resto de su vida retirado en una humilde ermita. A los pies de un crucifijo, consagra su vida totalmente mediante voto a la caridad para con los necesitados, y es entonces cuando empieza su verdadera historia gloriosa.

Dice el santo: “Me di cuenta de que yo tenía un temperamento bilioso y amargo y me convencí de que con un modo de ser áspero y duro se hace más mal que bien en el trabajo de las almas. Y entonces me propuse pedir a Dios que me cambiara mi modo agrio de comportarme, en un modo amable y bondadoso y me propuse trabajar día tras día por transformar mi carácter áspero en un modo de ser agradable”. San Vicente contaba a sus discípulos: “Tres veces hablé cuando estaba de mal genio y con ira, y las tres veces dije barbaridades”. Por eso cuando le ofendían permanecía siempre callado, en silencio como Jesús en su santísima Pasión. Se propuso leer los escritos del amable San Francisco de Sales y estos le hicieron mucho bien y lo volvieron manso y humilde de corazón. Con este santo fueron muy buenos amigos.
Vicente se hace amigo del ministro de la marina de Francia, y este lo nombra capellán de los marineros y de los prisioneros que trabajan en los barcos, logrando suavizar un poco la penosa condición a la que estaban reducidos los hombres obligados a remar. Un ministro lo nombró capellán de las grandes regiones donde tenía sus haciendas y allí el santo descubrió con horror que los campesinos ignoraban totalmente la religión, que las pocas confesiones que hacía eran sacrílegas porque callaban casi todo y que no tenían quién les instruyera. Se consiguió un grupo de sacerdotes amigos, y empezó a predicar misiones por esos pueblos, consiguiendo un gran éxito evangelizador, ya que las gentes acudían por centenares y miles a escuchar los sermones y se confesaban y enmendaban su vida.

Fue entonces cuando tuvo la inspiración de fundar su Comunidad de Padres Vicentinos, que se dedican a instruir y ayudar a las gentes más necesitadas. El santo fundaba en todas partes a donde llegaba, unos grupos de caridad para ayudar e instruir a las gentes más pobres. Pero se dio cuenta de que para dirigir estas obras necesitaba unas religiosas que le ayudaran. Y habiendo encontrado una mujer especialmente bien dotada de cualidades para estas obras de caridad, Santa Luisa de Marillac, con ella fundó a las hermanas Vicentinas, quienes se dedican a socorrer e instruir a las gentes más pobres y abandonadas, según el espíritu de su fundador.

San Vicente poseía una gran cualidad para lograr que la gente rica le diera limosnas para los pobres. Reunía a las señoras más adineradas de París y les hablaba con tanta convicción acerca de la necesidad de ayudar a quienes estaban en la miseria, que ellas daban cuanto dinero encontraban a la mano. La reina (que se confesaba con él) le dijo un día: “No me queda más dinero para darle”, y el santo le respondió: “¿Y esas joyas que lleva en los dedos y en el cuello y en las orejas?”, y ella le regaló también sus joyas, para los pobres.

Parece casi imposible que un solo hombre haya podido repartir tantas, y tan grandes limosnas, en tantos sitios, y a tan diversas clases de gentes necesitadas, como lo logró San Vicente de Paúl. Había hecho juramento de dedicar toda su vida a los más miserables y lo fue cumpliendo día por día con generosidad heroica. Fundó varios hospitales y asilos para huérfanos, recogía grandes cantidades de dinero y lo llevaba a los que habían quedado en la miseria a causa de la guerra.

También se dio cuenta de que la causa principal del decaimiento de la religión en Francia era que los sacerdotes no estaban bien formados. Él decía que el mayor regalo que Dios puede hacer a un pueblo es dale un sacerdote santo. Por eso empezó a reunir a quienes se preparaban al sacerdocio, para hacerles cursos especiales, y a los que ya eran sacerdotes, los reunía cada martes para darles conferencias acerca de los deberes del sacerdocio. Luego con los religiosos fundados por él, fue organizando seminarios para preparar cuidadosamente a los seminaristas de manera que llegaran a ser sacerdotes santos y fervorosos. Aún ahora los Padres Vicentinos se dedican en muchos países del mundo a preparar en los seminarios a los que se preparan para el sacerdocio.

San Vicente caminaba muy agachadito y un día por la calle no vio a un hombre que venía en dirección contraria y le dio un cabezazo. El otro le dio un terrible bofetón. El santo se arrodilló y le pidió perdón por aquella su falta involuntaria. El agresor averiguó quien era ese sacerdote y al día siguiente por la mañana estuvo en la capilla donde le santo celebraba misa y le pidió perdón llorando, y en adelante fue siempre su gran amigo. Se ganó esta amistad con su humildad y paciencia. Siempre vestía muy pobremente, y cuando le querían tributar honores, exclamaba: “Yo soy un pobre pastorcito de ovejas, que dejé el campo para venirme a la ciudad, pero sigo siendo siempre un campesino simplón y ordinario”.

En sus últimos años su salud estaba muy deteriorada, pero no por eso dejaba de inventar y dirigir nuevas y numerosas obras de caridad. Lo que más le conmovía era que la gente no amaba a Dios. Exclamaba: “No es suficiente que yo ame a Dios. Es necesario hacer que mis prójimos lo amen también”. El 27 de septiembre de 1660 pasó a la eternidad a recibir el premio prometido por Dios a quienes se dedican a amar y hacer el bien a los demás. Tenía 80 años. El Santo Padre León XIII proclamó a este sencillo campesino como Patrono de todas las asociaciones católicas de caridad.

Mensaje de santidad.

Un primer mensaje de santidad que nos deja San Vicente de Paúl es darnos cuenta de que en la Iglesia no debemos buscar el aplauso de los hombres, sino la imitación de Cristo y es por eso que trabajó espiritualmente consigo mismo para conseguir, con ayuda de la gracia, como él mismo lo dice, que su corazón duro y agrio se convirtiera en un corazón manso y humilde como el de Jesús; otro mensaje de santidad es su trabajo para con los pobres, ya que Él recordaba el pasaje de Jesús en el Día del Juicio Final, en donde dirá a los que se salven, porque hicieron obras de misericordia: “Venid, benditos de mi Padre, al cielo, porque tuve hambre y me disteis de comer, sed y me disteis de beber (…) Todo lo que hicisteis con esos pobres prójimos, Conmigo lo hicisteis”, así el santo nos anima a auxiliar a los más necesitados, con las obras de misericordia corporales y espirituales, para auxiliar a Cristo que está misteriosamente presente en los más pobres y necesitados, para así ganar el Cielo.

Otro mensaje de santidad es que el santo no se contentaba con el auxilio material a los pobres, sino que los instruía en la verdadera religión, la religión católica, y para eso forma sacerdotes y religiosas, para que los asistan material y espiritualmente. De esta manera el santo nos enseña cómo debemos despojarnos no solo de los bienes materiales, en auxilio de los pobres, sino de nosotros mismos, para así imitar a los Sagrados Corazones de Jesús y María.

Al recordar a San Vicente de Paúl en su día, le pidamos que interceda por nosotros, para que, siguiendo sus enseñanzas, logremos imitar la mansedumbre del Sagrado Corazón de Jesús y, haciendo obras de misericordia corporales y espirituales, logremos alcanzar el Reino de los cielos.

martes, 17 de noviembre de 2020

Santa Isabel de Hungría


 

         Vida de santidad[1].

         Isabel, a los 15 años fue dada en matrimonio por su padre el Rey de Hungría al príncipe Luis VI de Turingia,  el matrimonio tuvo tres hijos. Se amaban tan intensamente que ella llegó a exclamar un día: "Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿Cuánto más debiera amarte a Ti?". Puesto que su esposo era también un buen cristiano, aceptaba de buen grado lo que la santa realizaba, que era repartir a los pobres cuanto encontraba en la casa, respondiendo a los que la criticaban: “Cuanto más demos nosotros a los pobres, más nos dará Dios a nosotros”. Cuando apenas de veinte años y con su hijo menor recién nacido, su esposo, un cruzado, murió en un viaje a defender Tierra Santa.  Isabel se resignó y aceptó la voluntad de Dios, decidiéndose entonces  a vivir en la pobreza y dedicarse al servicio de los más pobres y desamparados. El sucesor de su marido la desterró del castillo y tuvo que huir con sus tres hijos, desprovistos de toda ayuda material. Ella, que cada día daba de comer a novecientos pobres en el castillo, ahora no tenía quién le diera para el desayuno. Pero confiaba totalmente en Dios y sabía que nunca la abandonaría, ni a sus hijos.  Finalmente consiguió que le devolvieran los bienes que le pertenecían como viuda, y con ellos construyó un gran hospital para pobres, además de auxiliar a muchas familias necesitadas.

Un día, cuando todavía era princesa, fue al templo vestida con los más exquisitos lujos, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó: “¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?”. Desde entonces, nunca más volvió a usar vestidos lujosos. Un Viernes Santo, se arrodilló ante un crucifijo y delante de varios religiosos hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto de pobreza, consagrando su vida al servicio de los más pobres y desamparados. Cambió sus vestidos de princesa por un simple hábito de hermana franciscana, de tela burda y ordinaria, y los últimos cuatro años de su vida se dedicó a atender a los pobres enfermos del hospital que había fundado. Recorría calles y campos pidiendo limosna para sus pobres, y vestía como las mujeres más pobres del campo; vivía en una humilde choza junto al hospital y tejía y hasta pescaba, con tal de obtener con qué compararles medicinas a los enfermos. Tenía un director espiritual que para ayudarla en su camino a la santidad, la trataba duramente, ante lo cual, ella exclamaba: “Dios mío, si a este sacerdote le tengo tanto temor, ¿cuánto más te debería temer a Ti, si desobedezco tus mandamientos?”. Un sacerdote de aquella época escribió: “Afirmo delante de Dios que raramente he visto una mujer de una actividad tan intensa, unida a una vida de oración y de contemplación tan elevada”.

Cuando apenas cumplía 24 años, el 17 de noviembre del año 1231, pasó de esta vida a la eternidad. A sus funerales asistieron el emperador Federico II y una inmensa multitud. El mismo día de la muerte de la santa, a un hermano lego se le fracturó un brazo en un accidente y estaba en cama sufriendo terribles dolores. De pronto vio a parecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo: “¿Señora, Usted que siempre ha vestido trajes tan pobres, por qué ahora tan hermosamente vestida?”. Y ella sonriente le dijo: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado”. El paciente estiró el brazo que tenía totalmente destrozado, y la curación fue completa e instantánea.

         Mensaje de santidad.

         Para entender el mensaje de santidad, debemos considerar qué es lo llevó a Santa Isabel de Hungría a renunciar a la realeza y a las riquezas y dedicar su vida a la atención de los más necesitados y es el deseo de alcanzar la vida eterna, ya que se dedicó a los pobres y enfermos no por mera filantropía, sino porque veía en los prójimos más necesitados al mismo Cristo, según las palabras de Jesús: “Lo que habéis hecho a estos de mis hermanos, a Mí me lo habéis hecho”. Es importante considerar esto, porque de lo contrario la figura de la santa no tendría nada de santidad y se reduciría a una figura filantrópica, que hace el bien simplemente porque es una persona de buena voluntad: no es el caso de Santa Isabel de Hungría, ya que ella renunció a todo en esta vida, para alcanzar la Vida eterna y se dedicó a los pobres no por los pobres en sí mismos, sino porque en ellos veía a Cristo, misteriosamente presente en ellos. En otras palabras, la santa renunció a la realeza terrena y a las riquezas terrenas no por amor al pobrismo y la filantropía, sino para conseguir un tesoro celestial, más valioso que todo el oro del mundo junto: la realeza de los hijos de Dios y la riqueza de la gracia y de la gloria divina. La mejor forma de imitar a la santa es, por lo tanto, renunciar a las cosas materiales y vanas de esta vida y obrar la misericordia corporal y espiritual para con los más necesitados, en nombre de Cristo, viendo a Cristo en los más necesitados; sólo así alcanzaremos el Reino de los cielos.

sábado, 24 de octubre de 2020

Solemnidad de Todos los Santos

 



(Ciclo A – 2020)

         La Iglesia celebra en este día a “Todos los Santos”. ¿Quiénes son los santos? Los santos son seres humanos que han sido glorificados con la gloria divina luego de su muerte terrenal y, luego de morir y atravesar el Juicio Particular, fueron considerados dignos de ingresar en el Reino de los cielos, para alegrarse y gozarse por toda la eternidad, en la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y el Cordero, en compañía de la Santísima Virgen y de los Ángeles de Dios.

         Pero, ¿qué hizo que los santos fueran santos? Todos los santos –con la única excepción de la Madre de Dios, que nació sin la mancha del pecado original- fueron pecadores, porque nacieron, como todos los hombres, con la mancha del pecado original. Y hubieron algunos, como por ejemplo San Agustín, que vivieron largos años en estado de pecado, alejados de la gracia de Dios y de su Iglesia y sus Sacramentos. Sin embargo, todos los Santos, también sin excepción, recibieron, en algún momento de sus vidas, una gracia especialísima, que los convirtió de pecadores en santos, que los hizo abandonar su vida de pecado y los encaminó por el Camino Real de la Cruz y es así que todos los Santos se caracterizan por haber cargado la cruz de cada día y haber seguido a Cristo camino del Calvario, todos los días de su vida, hasta la muerte, siendo esta fidelidad a la gracia y a la cruz lo que los condujo al cielo, en donde ahora habitan, plenos de felicidad, por siglos sin fin. En otras palabras, los santos fueron, antes de ser santos, hombres comunes y pecadores que, de no haber recibido la gracia de la conversión, habrían continuado en su vida de pecado y se habrían condenado. Sin embargo, lo que los hizo convertir de pecadores a santos fue, como dijimos, la recepción de la gracia santificante, gracia que no sólo quitó el pecado de sus almas, sino que hizo que empezaran a vivir, por participación, de la vida del Cordero, ya desde esta vida terrena, vida que ahora viven en su plenitud, en la gloria del Reino de Dios. Esto quiere decir que, sin la gracia santificante, los Santos a los que veneramos y que están en el cielo, habrían sido hombres comunes y pecadores: esto nos anima a nosotros, que somos hombres comunes y pecadores –en realidad, somos “nada más pecado”- a emprender el camino de la santidad, tal como lo hicieron los Santos, camino que consiste, esencialmente, en recibir la gracia santificante, atesorarla en el corazón como el tesoro más preciado, más valioso que el oro y la plata, y cargar la cruz en el seguimiento de Cristo crucificado, para morir en el Calvario al hombre viejo y así nacer a la vida nueva de los hijos de Dios, los santos, destinados al Reino de los cielos. Entonces, es el atesoramiento de la gracia lo que hizo a los Santos ser Santos y merecedores del Reino de los cielos y por éste motivo es que la Iglesia nos pone como ejemplos, para que nosotros los imitemos en su camino de santidad, en su aprecio y amor de la gracia santificante.

         Por último, otra cosa que caracteriza a los Santos, sin excepción, es su amor por la Eucaristía y por la Virgen. No hay santo que no se haya destacado por su fe, devoción, piedad y amor hacia Jesús Eucaristía y hacia la Virgen, que es la Madre de la Eucaristía. Los Santos nos muestran entonces el camino al cielo: poseer la gracia santificante en el alma y amar a Jesús y a la Virgen. Si esto hacemos, algún día, luego de nuestro paso por la tierra y luego de atravesar el Juicio Particular, participaremos con Todos los Santos de su alegría, la contemplación, amor y adoración de la Trinidad y del Cordero, por los siglos sin fin.

miércoles, 29 de abril de 2020

Santa Catalina de Siena




          Vida de santidad[1].

          Nacida en 1347, Catalina tuvo la primera visión: mientras cruzaba una calle con su hermano Esteban, vio al Señor rodeado de ángeles, que le sonreía, impartiéndole la bendición. Su padre pensó casarla con un hombre rico; sin embargo, la santa ya se había consagrado a Dios. A los dieciséis años, Santa Catalina ingresó en la tercera orden de Santo Domingo. Se destacó por su gran caridad y bondad, sobre todo para con los huérfanos y más necesitados. Durante la llamada “peste negra”, en la cual murió la tercera parte de la población de Siena, Santa Catalina se destacó por el cuidado de los enfermos.  A los veinticinco años de edad comienza su etapa en la vida pública, caracterizada como conciliadora de la paz entre los soberanos y aconsejando a los príncipes. Fue por su influjo que el papa Gregorio XI dejó la sede de Aviñón en Francia para retornar a Roma. Tanto este pontífice como Urbano VI se sirvieron de ella como embajadora en cuestiones gravísimas; en todas las cuales Catalina supo desempeñarse con prudencia, inteligencia y eficacia.
Aunque era analfabeta, como gran parte de las mujeres y muchos hombres de su tiempo, dictó un maravilloso libro titulado “Diálogo de la divina providencia”, donde recoge las experiencias místicas por ella vividas y donde se enseñan los caminos para hallar la salvación. Santa Catalina de Siena, quien murió a consecuencia de un ataque de apoplejía, a la temprana edad de treinta y tres años, el 29 de abril de 1380, fue la gran mística del siglo XIV. El papa Pío II la canonizó en 1461 y el papa Pablo VI, en 1970, la proclamó doctora de la Iglesia.

          Mensaje de santidad[2].

Según relato de la propia santa, Nuestro Señor Jesucristo se le apareció en su celda portando consigo dos coronas, una de oro y otra de espinas; Jesús le dijo que eligiera cuál de ambas deseaba llevar puesta. Santa Catalina no dudó un instante en elegir la misma corona que Nuestro Señor llevó en la Pasión, esto es, la corona de espinas. No podía ella considerarse digna de llevar una corona de oro, mientras que Nuestro Señor llevaba una corona de espinas. Por supuesto que en el momento de su muerte, su corona de espinas fue trocada en una corona de valor infinitamente mayor que el de una corona de oro, y es la corona de la gloria en la eterna bienaventuranza. A nosotros no se nos aparecerá Jesús ofreciéndonos una corona de oro y otra de espinas, para que elijamos cuál de ellas llevar; sin embargo, guiados por el ejemplo de Santa Catalina de Siena, debemos pedir la gracia de llevar, sino materialmente, sí espiritualmente, la corona de espinas, la misma corona que llevó Nuestro Señor Jesucristo en la Pasión. Si hacemos esto, también nos sucederá como a la Santa en el momento de la muerte: la corona de espinas que llevemos en esta vida por amor a Cristo, se nos convertirá en una corona de gloria en el Reino de los cielos.


lunes, 18 de noviembre de 2019

Santa Isabel de Hungría


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          Vida de santidad[1].

A los 15 Isabel años fue dada en matrimonio por su padre el Rey de Hungría al príncipe Luis VI de Turingia, con el cual tuvo tres hijos. Se amaban tan intensamente que ella llegó a exclamar un día: “Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿Cuánto más debiera amarte a Ti?”. Su esposo no ponía reparos a la costumbre de Isabel de dar a los pobres todo lo que encontraba en su casa. Él solía decir: “Cuanto más demos nosotros a los pobres, más nos dará Dios a nosotros”. Una vez se encontró un leproso abandonado en el camino, y no teniendo otro sitio en dónde colocarlo por el momento, lo acostó en la cama de su marido que estaba ausente. Llegó este inesperadamente y le contaron el caso. Se fue furioso a regañarla, pero al llegar a la habitación, vio en su cama, no el leproso sino un hermoso crucifijo ensangrentado. Recordó entonces que Jesús premia nuestros actos de caridad para con los pobres como hechos a Él mismo.
Cuando Isabel tenía apenas veinte años su esposo murió en una de las Cruzadas a Tierra Santa; Santa Isabel, con gran dolor, aceptó con resignación cristiana la voluntad de Dios y desde entonces, rechazando otras ofertas de matrimonio, se dedicó a vivir en la pobreza y a dedicarse al servicio de los más pobres y desamparados.
Sin embargo, un día su suerte cambió radicalmente, puesto que el sucesor de su marido la desterró del castillo y tuvo que huir con sus tres hijos, desprovistos de toda ayuda material. Y así, aquella que cada día daba de comer a 900 pobres en el castillo, ahora no tenía quién le diera para el desayuno. Pero Isabel nunca dejó de confiar en Dios y fe así que poco tiempo más tarde el Rey de Hungría consiguió que le devolvieran los bienes que le pertenecían como viuda, y con ellos construyó un gran hospital para pobres, y ayudó a muchas familias necesitadas. Un día, cuando todavía era princesa, fue al templo vestida con los más exquisitos lujos, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó: “¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?”. Nunca más volvió con vestidos lujosos al templo de Dios; como consecuencia de esto, un Viernes Santo, después de las ceremonias, cuando ya habían desvestido los altares en la iglesia, se arrodilló ante uno y delante de varios religiosos hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto de pobreza, como San Francisco de Asís, y consagró su vida al servicio de los más pobres y desamparados. Cambió sus vestidos de princesa por un simple hábito de tela burda y ordinaria de hermana franciscana y los últimos cuatro años de su vida –murió joven, a los veinticuatro años- se dedicó a atender a los pobres enfermos del hospital que había fundado. Se propuso recorrer calles y campos pidiendo limosna para sus pobres, y vestía como las mujeres más pobres del campo. Vivía en una humilde choza junto al hospital. Tejía y hasta pescaba, con tal de obtener con qué compararles medicinas a los enfermos.
Tenía un director espiritual que, para ayudarla en su camino a la santidad, la trataba duramente. Ella exclamaba: “Dios mío, si a este sacerdote le tengo tanto temor, ¿cuánto más te debería temer a Ti, si desobedezco tus mandamientos?”.
Cuando apenas cumplía 24 años, el 17 de noviembre del año 1231, pasó de esta vida a la eternidad. A sus funerales asistieron el emperador Federico II y una multitud tan grande formada por gentes de diversos países y de todas las clases sociales, que los asistentes decían que no se había visto ni quizá se volvería a ver en Alemania un entierro tan concurrido y fervoroso como el de Isabel de Hungría, la patrona de los pobres.
El mismo día de la muerte de la santa, a un hermano lego se le destrozó un brazo en un accidente y estaba en cama sufriendo terribles dolores. De pronto vio a parecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo: “¿Señora, Usted, que siempre ha vestido trajes tan pobres, por qué ahora tan hermosamente vestida?”. Y ella sonriente le dijo: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado”. El paciente estiró el brazo que tenía totalmente destrozado, y la curación fue completa e instantánea. Dos días después de su entierro, llegó al sepulcro de la santa un monje cisterciense el cual desde hacía varios años sufría un terrible dolor al corazón y ningún médico había logrado aliviarle de su dolencia. Se arrodilló por un buen rato a rezar junto a la tumba de la santa, y de un momento a otro quedó completamente curado de su dolor y de su enfermedad. Estos milagros y muchos más, movieron al Sumo Pontífice a declararla santa, cuando apenas habían pasado cuatro años de su muerte.

Mensaje de santidad.

Tal vez el mensaje de santidad lo podemos descubrir en dos afirmaciones de quienes conocieron a la santa. Un sacerdote de aquella época escribió: “Afirmo delante de Dios que raramente he visto una mujer de una actividad tan intensa, unida a una vida de oración y de contemplación tan elevada”. El mismo emperador Federico II afirmó: “La venerable Isabel, tan amada de Dios, iluminó las tinieblas de este mundo como una estrella luminosa en la noche oscura”. Es decir, Santa Isabel de Hungría, siendo noble de nacimiento y muy rica en bienes materiales, eligió, por amor a Cristo, despojarse de la nobleza terrena para adquirir la nobleza que da la gracia y eligió además despojarse de sus bienes materiales para darlos a los pobres y así ganar una mansión en el Reino de los cielos. Antes que los honores mundanos de la corte, prefirió el silencio y la oración y antes que disfrutar de los bienes terrenos, prefirió darlos todos a los pobres y servirlos a ellos, viendo en ellos al mismo Cristo crucificado. Santa Isabel de Hungría no sirvió a los pobres por mero altruismo, sino porque en ellos veía a Cristo crucificado, pobre y necesitado de todo. Y Cristo crucificado, recibiendo todo tipo de atenciones en los pobres, le dio a Santa Isabel lo que Él reserva para quienes lo abandonan todo por el Evangelio en esta vida: el Reino de los cielos.





[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Isabel_de_Hungr%C3%ADa.htm

martes, 29 de octubre de 2019

Solemnidad de Todos los Santos



(Ciclo C – 2019)

         Al celebrar a los Santos, los habitantes del Cielo, la Iglesia no solo celebra y recuerda a aquellos hombres y mujeres que dieron sus vidas por Cristo, sino que recuerda, ante todo y antes que nada, a Cristo Redentor, sin cuya gracia santificante los santos no habrían sido más que hombres comunes y corrientes, además de pecadores. En efecto, si hoy nosotros podemos rezarles a nuestros santos de nuestra devoción –el P. Pío, Santa Margarita de Alacquoque, San Juan Pablo II, etc.-, es porque ellos están en el Cielo por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo. Si Jesús no hubiera muerto en Cruz por nuestra salvación y para concedernos su gracia, no habrían santos en el Cielo y no podrían ser nuestros intercesores ante la Trinidad, por lo que no tendría sentido celebrar una solemnidad como esta.
         Ahora bien, si podemos celebrar la Solemnidad de Todos los Santos, es entonces gracias a Nuestro Señor Jesucristo quien, al dar su vida en la Cruz por nuestra salvación, nos dejó como legado también su gracia santificante, que se nos comunica sobre todo a través de los sacramentos. Los Santos fueron los más sabios del mundo, en el sentido de que aprovecharon la gracia santificante en el mayor grado posible, y es así como salvaron sus almas. Aprovechar la gracia divina para salvar el alma demuestra que esa alma es sabia con la Sabiduría de Dios, según dice Santa Teresa de Ávila: “El que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”. Los santos se salvaron porque sabiamente se dieron cuenta que sin la gracia santificante no hay posibilidad de llegar al Cielo y salvar el alma y es así como hicieron todo lo que estuvo a su alcance, según sus estados de vidas, para adquirir, conservar y acrecentar la gracia, gracia que fue la que los llevó a los Cielos finalmente.
         Por lo tanto, al recordar a todos los Santos y en especial a aquellos a los que más devoción les tenemos, recordemos también a Aquel por cuya causa los santos son santos y no hombres pecadores, Cristo Jesús, y le pidamos a nuestros santos de predilección que intercedan por nosotros para que también nosotros, al igual que ellos, apreciemos la gracia santificante, la adquiramos si no la tenemos y la conservemos y acrecentemos si ya la tenemos. De este modo, pasaremos de ser, de pecadores en esta vida, a santos en la vida eterna, tal como les sucedió a los amados Santos de Dios.

sábado, 7 de octubre de 2017

Memoria de los Santos Ángeles Custodios


Los Santos Ángeles Custodios, creados para alegrarse en la contemplación de la gloria de Dios Uno y Trino y su Mesías, el Cordero, han recibido también una misión en favor de los hombres, de modo que con su presencia invisible, pero solícita, los asistan y acompañen[1].
Ángel es una palabra griega que significa mensajero (la misma que está en la raíz de la palabra “eu-angelio”, es decir, “mensaje bueno, propicio”).
El hombre se relaciona con los ángeles por su componente espiritual, el alma, y es así que en las Escrituras se lo asocia más a los ángeles que a los animales, con los cuales comparte la naturaleza corpórea. Esto se puede constatar, por ejemplo, en las distintas traducciones del salmo 8: “[al hombre] lo has hecho poco inferior a los ángeles” (traducción litúrgica); otros dicen: “Apenas inferior a un dios le hiciste” (Biblia de Jerusalén); o también: “lo has hecho poco inferior a Dios” (New American Standard Bible, en inglés el original).
Lo importante de esto es que, en el salmo, escrito por inspiración divina, habla de la excelsitud de un ser humano que a pesar de estar en la tierra sólo puede medirse auténticamente en las realidades divinas –Dios, los ángeles-; es decir, en vez de comparar al hombre con monos o moscas de la fruta, el salmo lo parangona con seres divinos y esto habla ya por sí mismo del amor con el que Dios ha creado al hombre.
Esta posición privilegiada del hombre, que lo acerca a los ángeles e incluso a Dios mismo, ya que lo muestra como hecho “a su imagen y semejanza”, se observa con claridad en el esquema de la Biblia hebrea: Dios está directamente en contacto con el hombre, lo salva, lo “amasa” para crearlo, le infunde su soplo de vida, se enfada con el hombre, se lamenta, se airía, camina a su lado, pero no compite con su poder (“Yo soy Dios, no un hombre”), no puede medirse el poder del hombre con el de Dios ni el de Dios con el del hombre. Deberíamos poder afirmar que para la Biblia Dios es en el hombre, a la vez que su destino trascendente, el origen de su más profunda raíz interior, puesto que es el Creador del acto del ser del hombre, lo cual se manifiesta en la expresión de San Agustín: Dios es “más interior que lo más íntimo mío, superor a lo más alto mío”[2]. Esa doble afirmación forma parte de la “experiencia de Dios” del creyente, la expresa la Biblia con metáforas, como cuando Elías ve la “espalda” de Dios, o Jacob “lucha con ‘Alguien’” en la noche, o como cuando se ve el “rostro de Dios”. De Dios nunca vemos su ser sino un rostro, una manifestación. Aparece luego una nueva expresión, “Melek Yahveh”: el Ángel de Yahveh (el Mensajero de Yahveh), presente en los primeros libros de la Biblia, cuando en el contexto que exige que sea el propio Dios quien habla, el texto dirá que ha sido Melek Yahveh, como por ejemplo, en el relato del “sacrificio de Abraham” (Gn 22), vemos que quien se le dirige es Melek Yahveh, pero luego queda claro que el diálogo se produce con el propio Dios (“ya que no me has negado...”); lo mismo pasa con la revelación de la zarza ardiendo, y en muchos otros relatos. El “ángel” -para esos textos bíblicos- no es otro que el propio Dios, y no un ser separado y distinto; sin embargo no es indiferente que los textos hablen de Melek Yahveh, en vez de hablar directamente de Yahveh, ya que ese “ángel” cumple una función específica: paradójicamente, no la de revelar a Dios, sino la de velarlo, la de no exponerlo tanto. En el Misal Romano, en la Plegaria Eucarística I, se dice, en este mismo sentido, que “el Ángel de Dios” es el que lleva la ofrenda eucarística, esto es, la Hostia ya consagrada, hasta el trono de Dios, y este Ángel de Dios, no es otro que el mismo Dios, en la Persona del Espíritu Santo.
En el Nuevo Testamento, las cosas no cambian muy radicalmente: posiblemente una de las mejores definiciones bíblicas de “ángel”, una de las definiciones más utilizadas por la teología, esté precisamente en carta a los Hebreos, 1,14: “espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación”. Esta frase está dicha en el contexto de una polémica religiosa, contra aquellos que pretenden poner a los ángeles en un peldaño superior al hombre, y el versículo anterior dirá: “¿A qué ángel dijo [Dios] alguna vez: ‘Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies?’”. La carta a los Hebreos no quiere exaltar a los ángeles, sino por el contrario, volver a situarlos en la posición subordinada que tienen en los textos bíblicos del Antiguo Testamento. Cristo, como verdadero hombre, se dirige a hombres, y es a los hombres a quienes abrió las puertas del Santuario Divino (Heb 9,12).
Para la teología, los ángeles son espíritus puros, individuales, dotados de inteligencia y voluntad, creados por Dios para asistirlo y sobre todo para realizar misiones entre los hombres y para servir al santuario divino en la liturgia eterna (ver, por ejemplo, Apocalipsis). Puesto que toda nuestra experiencia, incluso la que penetra en las realidades espirituales, comienza con los sentidos, con lo corpóreo y físico que nos rodea, poco podemos decir de ellos que no esté en peligro de desvariar y fantasear sobre realidades que se nos escapan. En la cuestión de los ángeles, como en todas las realidades que por su propia definición trascienden nuestras posibilidades de conocimiento natural, lo mejor es siempre mantenernos en la confesión de fe sencilla y poética de la Biblia, sin pretender decir mucho más que lo que ella dice y atenernos también a lo que el Magisterio y la Tradición de la Iglesia nos dicen de ellos. Si no hacemos así, corremos el grave riesgo, como sucede en la actualidad, en el que la angeleología está gravemente contaminada por el gnosticismo acuariano de la Nueva Era, que nos presenta ángeles que no tienen a Jesucristo por Rey ni a la Virgen por Reina, ni nos conducen al camino de la salvación, que es Cristo.
No sabemos en realidad cómo existen y actúan los “ángeles custodios”, y si quisiéramos racionalizarlos teológicamente –es decir, reducirlos al nivel de nuestra razón-, terminaríamos en absurdos antropológicos; pero sí sabemos que Dios envía a sus ángeles para que nos acompañen en este mundo de soledad y dolor, como Rafael acompañó a Tobías. Igual que Rafael, los ángeles presentan a Dios las oraciones de los hombres, las introducen en el coro celestial. A la mirada materialista el hombre le parece “no más que un mono” –la nefasta teoría de Darwin, que afirma que el hombre proviene del mono, para contrarrestar, precisamente, la verdad bíblica de que el hombre ha sido creado por Dios-; sin embargo, Jesús nos advierte que cada hombre, incluso el más pequeño y desvalido, está ya mismo -no sólo cuando muera- ante el rostro de Dios, precisamente a través de su ángel: “Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18,10). El hombre aparece así, ya como ciudadano de la tierra y por eso desvalido, pero a la vez ya habitante de los cielos, pero cada uno tan valioso y amado personalmente por Dios, que Dios envía a estos espíritus celestiales para que custodien a su creatura amada de manera tal que, protegiéndolo de todo peligro que amenace su vida eterna, lo conduzcan a la feliz unión con Él en el Reino de los cielos.
Con la relación a la historia de su culto, dice así Butler[3]: “Desde los primeros tiempos de la Iglesia, se tributó honor litúrgico a los ángeles. El oficio de la dedicación de la iglesia de san Miguel Arcángel, en la Vía Salaria, y el más antiguo de los sacramentarios romanos, llamado “Leonino”, aluden indirectamente en las oraciones al oficio de guardianes que desempeñan los ángeles. Desde la época de Alcuino (muerto el año 804), existe una misa votiva “ad suffragia angelorum postulanda”, y el mismo Alcuino habla dos veces en su correspondencia de los ángeles guardianes. La misa votiva de los Ángeles solía celebrarse el lunes, como lo prueba el Misal de Westminster, compuesto alrededor del año 1375. En España la tradición dice que también cada una de las ciudades tiene su ángel guardián particular. Así, por ejemplo, un oficio del año 1411 hace alusión al ángel guardián de Valencia. Fuera de España, Francisco de Estaing, obispo de Rodez, obtuvo del Papa León X una bula en la que dicho Pontífice aprobaba un oficio especial para la conmemoración de los Ángeles de la Guarda el l de marzo. También en Inglaterra estaba muy extendida la devoción a los ángeles. El Papa Paulo V autorizó una misa y un oficio especiales, a instancias de Fernando II de Austria, y concedió la celebración de la fiesta de los Santos Ángeles en todo el imperio. Clemente X la extendió como fiesta de obligación a toda la Iglesia de Occidente en 1670, y fijó como fecha de la celebración, el primer día feriado después de la fiesta de San Miguel, lo que luego derivó en el 2 de octubre como fecha fija.
Al recordarlos en su día, no dejemos de dar gracias a Dios por haber puesto a estos seres espirituales, llenos de su amor y de su gracia, para nuestra custodia en esta vida terrena, tan llena de tribulaciones, de peligros, de acechanzas del Enemigo de las almas, que dificultan nuestro peregrinar, por el desierto del mundo, hasta la Jerusalén celestial. Pero precisamente, nuestros Ángeles de la Guarda están para sostenernos en las tribulaciones, para defendernos de las seducciones y perversiones del Ángel caído y, sobre todo, para ayudarnos a perseverar en la gracia y a crecer, cada día más, en el Amor al Rey de los Ángeles, Cristo Jesús, y a la Virgen, Reina de los Ángeles. Que nuestros Ángeles de la Guarda y que el Ángel Custodio de Argentina nos libren de nuestros enemigos, los ángeles caídos, para que así seamos capaces, algún día, por la Misericordia Divina, de llegar al Reino de los cielos, para alabar, amar y adorar, nosotros junto con nuestros Ángeles, a Dios Uno y Trino y al Cordero, por los siglos sin fin.



[2] Conf. III, 11.
[3] Cfr. Herbert Thurston, SI, Vidas de los santos de A. Butler

lunes, 4 de julio de 2016

Santa Isabel de Portugal


         Vida de Santa Isabel de Portugal.

Santa Isabel nació en el año 1271 de cuna noble, pues era hija del rey Pedro III de Aragón[1]. En el bautismo recibió el nombre de Isabel en honor de su tía abuela, santa Isabel de Hungría. Entre otras cosas, se caracterizó por pacificar a quienes estaban enemistados entre sí, y esto se demostró ya desde su mismo nacimiento, puesto que, gracias a su nacimiento, se reconciliaron su abuelo, el rey Jaime, y su padre. Ya desde muy niña, demostró una gran inclinación a la piedad y a la bondad.
Unida en matrimonio a muy escasa edad, su esposo sin embargo se mostró comprensivo y tolerante y le permitió practicar libremente sus devociones: Isabel se levantaba muy temprano para reza r maitines y laudes antes de la Santa Misa y por la tarde, luego de realizar sus deberes domésticos y públicos, rezaba la hora de vísperas. Todo lo soportaba con gran paciencia, siendo además su modestia, su humildad, su caridad y su austeridad, por todos admirada.
Santa Isabel era princesa y luego se convirtió en reina; sin embargo, nunca se sintió atraída por la vida fastuosa de la corte y nunca demostró, hacia quienes no eran nobles como ella, ningún signo de desconsideración. Por el contrario, se comportó para con los más pobres, enfermos y necesitados, como una misericordiosa samaritana que los socorría con literalmente todos sus recursos materiales y con su misma persona, encargándose ella misma de buscar y socorrer a los más necesitados. En efecto, gastó toda su fortuna personal para fundar instituciones de caridad en diversos sitios del reino, como por ejemplo, un hospital en Coimbra, una casa para mujeres necesitadas en Torres Novas y un hospicio para niños abandonados. A pesar de todas esas actividades, Isabel no descuidaba sus deberes de estado, sobre todo el respeto, amor y obediencia que debía a su marido, al cual nunca desatendió y a quien siempre amó, a pesar de sus numerosas infidelidades, abandonos y faltas al amor esponsal, siendo su bondad tan grande, que cuidaba cariñosamente a los hijos naturales –extramatrimoniales- de su marido. Precisamente, por esta causa, es decir, por la mayor preferencia que su esposo infiel daba a sus hijos naturales, es que su hijo mayor, Alfonso –Santa Isabel tuvo además una hija, llamada Constanza-, se levantó en armas por dos veces contra su padre y en ambas, la reina consiguió restablecer la concordia. Con sus dotes de pacificadora, Santa Isabel logró también logró evitar la guerra entre Fernando IV de Castilla y su primo, y entre el mismo príncipe y Jaime II de Aragón. Y al igual que Nuestro Señor Jesucristo, que fue calumniado y desterrado de su propia ciudad, Jerusalén, Santa Isabel compartió esta porción de la Pasión del Señor, porque a causa de las malas lenguas que esparcieron el rumor de que la santa apoyaba en secreto la causa de su hijo, el rey, su esposo, la desterró algún tiempo de la corte, regresando luego de haberse comprobado que todo eran calumnias.

         Mensaje de santidad de Santa Isabel de Portugal.

Con su vida de oración, penitencia, austeridad, pobreza voluntaria, por medio de los cuales renunciaba voluntariamente a los fastos y a la riqueza que por su noble nacimiento le correspondían, y por su caridad sobrenatural que la llevaba a pacificar, con la paz de Cristo, a los que estaban enemistados entre sí, Santa Isabel de Portugal demostró que, a pesar de haber nacido como princesa y ser luego reina, prefería otro tipo de nobleza, la nobleza que concede la gracia de Jesucristo y que hace que el alma sea hija adoptiva de Dios, Rey del cielo, y que la convierte en heredera del Reino de los cielos. Más que el reino terreno y sus atractivos mundanos, Santa Isabel vivió en este mundo, pero pensando y anhelando siempre el Reino celestial, en donde ahora vive por la eternidad como bienaventurada. Con su vida de santidad, Santa Isabel de Portugal nos enseña a elevar nuestra mirada más allá de este mundo que pasa, para desear y trabajar activamente, con la caridad y la misericordia, para lograr una de las habitaciones reales del palacio celestial que Dios Padre tiene destinada para cada uno de nosotros, conforme a las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar (Jn 14, 2)”.



[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160704&id=12413&fd=0

martes, 21 de junio de 2016

San Luis Gonzaga


Nació el año 1568 cerca de Mantua, en Lombardía, hijo de los príncipes de Castiglione. Su madre lo educó cristianamente y muy pronto dio indicios de su inclinación a la vida religiosa: a los siete años, además de las oraciones matinales y vespertinas, comenzó a recitar el oficio de Nuestra Señora. La entrega a Dios, por manos de María, a tan temprana edad, y con tanto fervor y amor, llevó a su director espiritual, San Roberto Belarmino y a tres de sus confesores, que nunca, en toda su vida, cometió un pecado mortal[1]. Debido a su condición de perteneciente a la nobleza, debía presentarse con frecuencia en la corte del gran ducado, en donde, según un historiador, debía tratar con individuos que “formaban una sociedad para el fraude, el vicio, el crimen, el veneno y la lujuria en su peor especie”. Sin embargo, San Luis Gonzaga, en vez de sucumbir a la tentación de “ser uno más” en la perversión, degradándose en su hombría y en su condición de hijo de Dios, no solo se mantuvo en su estado de gracia, sino que lo acrecentó notablemente, “negándose a sí mismo” para “seguir a Cristo” día a día, por medio de la virtud y en la castidad.
El círculo en el que se movía San Luis Gonzaga, lleno de perversión y lujuria, correspondería, en nuestros días, a los grupos de jóvenes que se intercambian videos eróticos por el sistema de mensajería instantánea, a través de los celulares: el santo no aceptaría ni siquiera pasivamente formar parte de ese grupo, es decir, no aceptaría formar parte de ese grupo ni siquiera con la condición de recibir dichos videos pero no compartirlos a su vez; lo que haría San Luis Gonzaga, sería directamente no formar parte del grupo. También evitaría las conversaciones y las bromas de doble sentido, puesto que constituyen la ocasión próxima para pecar mortalmente, sino son ya en sí mismas, pecado mortal.
San Luis Gonzaga, para no ceder a la tentación, se sometía voluntariamente a una rigurosa disciplina, realizando ayunos, rezando y pidiendo la gracia de la santa pureza, todo con el fin de no solo no pecar mortalmente, sino de imitar a Jesús, el Cordero Inmaculado, en su pureza, porque la pureza, tanto corporal como espiritual –es decir, la pureza de la fe-, es una expresión, en el alma humana, de la perfección del Ser trinitario de Dios, que es la Pureza en sí misma.
De esta manera, con su lucha ascética y mística por no solo combatir la tentación de la impureza, sino por imitar a Jesucristo en su pureza inmaculada, San Luis Gonzaga ofrece, a los jóvenes de nuestros días, el verdadero ejemplo del varón, porque es varón verdaderamente no quien se deja arrastrar por cuanta tentación se le cruce, sino que es varón –hombre viril-, quien, asistido por la gracia, tiene como horizonte de su alma imitar la pureza de cuerpo y alma de los Sagrados Corazones de Jesús y María.
San Luis Gonzaga es ejemplo también de caridad –amor sobrenatural- heroica al prójimo, y sobre todo al prójimo más necesitado, porque precisamente murió luego de contagiarse auxiliando a los afectados por una peste que asoló Roma en el año 1591. En nuestros días, en donde el individualismo más crudo, fruto del materialismo, el ateísmo, el hedonismo y el relativismo, se traducen en el egoísmo más desenfrenado, que lleva a la persona a pensar sólo en sí misma y a olvidarse de Dios y de su prójimo.
Por último, frente a la cultura de la muerte en la que vivimos hoy, mediante la cual se elimina la vida humana en sus inicios –aborto- y en su final –eutanasia, incluso para niños-, San Luis Gonzaga es ejemplo de cómo la muerte, sufrida en unión a Cristo Jesús, es sólo un umbral que conduce al Reino de los cielos, en donde espera una eternidad de gozo y alegría inimaginables, para quien muere en estado de gracia santificante. En efecto, nuestro santo les decía a quienes se apenaban por su estado de agonía: “Alegraos, Dios me llama después de tan breve lucha. No lloréis como muerto al que vivirá en la vida del mismo Dios. Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias”. Y en sus últimos momentos, no apartó ni por un instante su mirada de un pequeño crucifijo colgado ante su cama. El día de su muerte -anticipado por el mismo Luis, quien dijo que habría de morir antes que despuntara el alba del siguiente-, se verificó el siguiente diálogo entre San Luis Gonzaga y el padre provincial de los jesuitas, orden a la que pertenecía: “-¡Ya nos vamos, padre; ya nos vamos...! -¿A dónde, Luis? -¡Al Cielo! -¡Oigan a este joven! -exclamó el provincial- Habla de ir al cielo como nosotros hablamos de ir a Frascati (un poblado cercano, N. del R.)”.
Entre las diez y las once de aquella noche se produjo un cambio en su estado y fue evidente que el fin se acercaba. Con los ojos clavados en el crucifijo y el nombre de Jesús en sus labios, expiró alrededor de la medianoche, entre el 20 y el 21 de junio de 1591, al llegar a la edad de veintitrés años y ocho meses. El Papa Benedicto XIII lo nombró protector de estudiantes jóvenes y el Papa Pio XI lo proclamó patrono de la juventud cristiana.
Nacido en el siglo XVI, San Luis Gonzaga es ejemplo inigualable de virtudes y modelo de vida cristiana caracterizada por el amor a Dios, la pureza de cuerpo y alma y el deseo de la vida eterna en el Reino celestial. San Luis Gonzaga contrarresta así los grandes males que amenazan a la juventud en nuestros días: la satisfacción hedonista de las pasiones, el ateísmo y la ausencia de sentido de la vida, anteponiendo la castidad, la fe en el Hombre-Dios Jesucristo y el motivo para vivir esta vida, ganar el Reino de los cielos por amor a Dios.



[1] Cfr. http://www.corazones.org/santos/luis_gonzaga.htm; Benedictinos, monjes de la abadía de San Agustin en Ramsgate. The Book of Saints. VI edition. Wilton: Morehouse Publishing, 1989;  Butler, Vida de Santos, vol. IV.  México, D.F.: Collier’s International - John W. Clute, S.A., 1965; Sgarbossa, Mario y Giovannini, Luigi. Un Santo Para Cada Dia. Santa Fe de Bogota: San Pablo. 1996.