San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
Mostrando las entradas con la etiqueta pobres. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta pobres. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de noviembre de 2019

Santa Isabel de Hungría


Resultado de imagen de santa isabel de hungria
          Vida de santidad[1].

A los 15 Isabel años fue dada en matrimonio por su padre el Rey de Hungría al príncipe Luis VI de Turingia, con el cual tuvo tres hijos. Se amaban tan intensamente que ella llegó a exclamar un día: “Dios mío, si a mi esposo lo amo tantísimo, ¿Cuánto más debiera amarte a Ti?”. Su esposo no ponía reparos a la costumbre de Isabel de dar a los pobres todo lo que encontraba en su casa. Él solía decir: “Cuanto más demos nosotros a los pobres, más nos dará Dios a nosotros”. Una vez se encontró un leproso abandonado en el camino, y no teniendo otro sitio en dónde colocarlo por el momento, lo acostó en la cama de su marido que estaba ausente. Llegó este inesperadamente y le contaron el caso. Se fue furioso a regañarla, pero al llegar a la habitación, vio en su cama, no el leproso sino un hermoso crucifijo ensangrentado. Recordó entonces que Jesús premia nuestros actos de caridad para con los pobres como hechos a Él mismo.
Cuando Isabel tenía apenas veinte años su esposo murió en una de las Cruzadas a Tierra Santa; Santa Isabel, con gran dolor, aceptó con resignación cristiana la voluntad de Dios y desde entonces, rechazando otras ofertas de matrimonio, se dedicó a vivir en la pobreza y a dedicarse al servicio de los más pobres y desamparados.
Sin embargo, un día su suerte cambió radicalmente, puesto que el sucesor de su marido la desterró del castillo y tuvo que huir con sus tres hijos, desprovistos de toda ayuda material. Y así, aquella que cada día daba de comer a 900 pobres en el castillo, ahora no tenía quién le diera para el desayuno. Pero Isabel nunca dejó de confiar en Dios y fe así que poco tiempo más tarde el Rey de Hungría consiguió que le devolvieran los bienes que le pertenecían como viuda, y con ellos construyó un gran hospital para pobres, y ayudó a muchas familias necesitadas. Un día, cuando todavía era princesa, fue al templo vestida con los más exquisitos lujos, pero al ver una imagen de Jesús crucificado pensó: “¿Jesús en la Cruz despojado de todo y coronado de espinas, y yo con corona de oro y vestidos lujosos?”. Nunca más volvió con vestidos lujosos al templo de Dios; como consecuencia de esto, un Viernes Santo, después de las ceremonias, cuando ya habían desvestido los altares en la iglesia, se arrodilló ante uno y delante de varios religiosos hizo voto de renuncia de todos sus bienes y voto de pobreza, como San Francisco de Asís, y consagró su vida al servicio de los más pobres y desamparados. Cambió sus vestidos de princesa por un simple hábito de tela burda y ordinaria de hermana franciscana y los últimos cuatro años de su vida –murió joven, a los veinticuatro años- se dedicó a atender a los pobres enfermos del hospital que había fundado. Se propuso recorrer calles y campos pidiendo limosna para sus pobres, y vestía como las mujeres más pobres del campo. Vivía en una humilde choza junto al hospital. Tejía y hasta pescaba, con tal de obtener con qué compararles medicinas a los enfermos.
Tenía un director espiritual que, para ayudarla en su camino a la santidad, la trataba duramente. Ella exclamaba: “Dios mío, si a este sacerdote le tengo tanto temor, ¿cuánto más te debería temer a Ti, si desobedezco tus mandamientos?”.
Cuando apenas cumplía 24 años, el 17 de noviembre del año 1231, pasó de esta vida a la eternidad. A sus funerales asistieron el emperador Federico II y una multitud tan grande formada por gentes de diversos países y de todas las clases sociales, que los asistentes decían que no se había visto ni quizá se volvería a ver en Alemania un entierro tan concurrido y fervoroso como el de Isabel de Hungría, la patrona de los pobres.
El mismo día de la muerte de la santa, a un hermano lego se le destrozó un brazo en un accidente y estaba en cama sufriendo terribles dolores. De pronto vio a parecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo: “¿Señora, Usted, que siempre ha vestido trajes tan pobres, por qué ahora tan hermosamente vestida?”. Y ella sonriente le dijo: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado”. El paciente estiró el brazo que tenía totalmente destrozado, y la curación fue completa e instantánea. Dos días después de su entierro, llegó al sepulcro de la santa un monje cisterciense el cual desde hacía varios años sufría un terrible dolor al corazón y ningún médico había logrado aliviarle de su dolencia. Se arrodilló por un buen rato a rezar junto a la tumba de la santa, y de un momento a otro quedó completamente curado de su dolor y de su enfermedad. Estos milagros y muchos más, movieron al Sumo Pontífice a declararla santa, cuando apenas habían pasado cuatro años de su muerte.

Mensaje de santidad.

Tal vez el mensaje de santidad lo podemos descubrir en dos afirmaciones de quienes conocieron a la santa. Un sacerdote de aquella época escribió: “Afirmo delante de Dios que raramente he visto una mujer de una actividad tan intensa, unida a una vida de oración y de contemplación tan elevada”. El mismo emperador Federico II afirmó: “La venerable Isabel, tan amada de Dios, iluminó las tinieblas de este mundo como una estrella luminosa en la noche oscura”. Es decir, Santa Isabel de Hungría, siendo noble de nacimiento y muy rica en bienes materiales, eligió, por amor a Cristo, despojarse de la nobleza terrena para adquirir la nobleza que da la gracia y eligió además despojarse de sus bienes materiales para darlos a los pobres y así ganar una mansión en el Reino de los cielos. Antes que los honores mundanos de la corte, prefirió el silencio y la oración y antes que disfrutar de los bienes terrenos, prefirió darlos todos a los pobres y servirlos a ellos, viendo en ellos al mismo Cristo crucificado. Santa Isabel de Hungría no sirvió a los pobres por mero altruismo, sino porque en ellos veía a Cristo crucificado, pobre y necesitado de todo. Y Cristo crucificado, recibiendo todo tipo de atenciones en los pobres, le dio a Santa Isabel lo que Él reserva para quienes lo abandonan todo por el Evangelio en esta vida: el Reino de los cielos.





[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Isabel_de_Hungr%C3%ADa.htm

jueves, 26 de septiembre de 2019

San Vicente de Paúl



         Vida de santidad[1].

         Nació San Vicente en el pueblecito de Pouy en Francia, en 1580. Sus padres, que eran campesinos, lo enviaron a estudiar con los padres franciscanos y luego en la Universidad de Toulouse, y a los 20 años, en 1600 fue ordenado de sacerdote. Cuenta el mismo santo que al principio de su sacerdocio lo único que le interesaba era hacer una carrera brillante, pero Dios lo purificó con tres sufrimientos muy fuertes. El primero de ellos fue el cautiverio, pues fue atrapado por los turcos y esclavizado durante tres años; el segundo fue una falsa acusación de robo lanzada por un amigo que lo hospedaba en su casa y al que se le perdieron cuatrocientas monedas de plata; al aparecer el verdadero ladrón a los seis meses se supo la verdad; la tercera prueba fue una terrible tentación contra la fe, que aceptó para lograr que Dios librara de esa tentación a un amigo suyo. Esto lo hizo sufrir hasta lo indecible y fue para su alma “la noche oscura”. A los 30 años a los pies de un crucifijo, consagra su vida totalmente a la caridad para con los necesitados; hace voto o juramento de dedicar toda su vida a socorrer a los necesitados, y en adelante ya no pensará sino en los pobres.  
Dice el santo: “Me di cuenta de que yo tenía un temperamento bilioso y amargo y me convencí de que con un modo de ser áspero y duro se hace más mal que bien en el trabajo de las almas. Y entonces me propuse pedir a Dios que me cambiara mi modo agrio de comportarme, en un modo amable y bondadoso y me propuse trabajar día tras día por transformar mi carácter áspero en un modo de ser agradable”. Y en verdad que lo consiguió de tal manera, que varios años después, el gran orador Bossuet, exclamará: “Oh Dios mío, si el Padre Vicente de Paúl es tan amable, ¿Cómo lo serás Tú?”.
San Vicente contaba a sus discípulos: “Tres veces hablé cuando estaba de mal genio y con ira, y las tres veces dije barbaridades”. Por eso cuando le ofendían permanecía siempre callado, en silencio como Jesús en su santísima Pasión. El santo se hizo amigo del Ministro de la marina de Francia, quien lo nombró capellán de los marineros y de los prisioneros que trabajan en los barcos, logrando con su insistencia cambiar la vida inhumana de quienes eran allí obligados a remar.
Otro ministro, el Ministro Gondi nombró al Padre Vicente como capellán de las grandes regiones donde tenía sus haciendas: allí nuestro santo descubrió con horror que los campesinos ignoraban totalmente la religión. Que las pocas confesiones que hacía eran sacrílegas porque callaban casi todo. Y que no tenían quién les instruyera. Se consiguió un grupo de sacerdotes amigos, y empezó a predicar misiones por esos pueblos siendo el éxito clamoroso. Las gentes acudían por centenares y miles a escuchar los sermones y se confesaban y enmendaban su vida. De ahí le vino la idea de fundar su Comunidad de Padres Vicentinos, que se dedican a instruir y ayudar a las gentes más necesitadas.
El santo fundaba en todas partes a donde llegaba, unos grupos de caridad para ayudar e instruir a las gentes más pobres. Pero se dio cuenta de que para dirigir estas obras necesitaba unas religiosas que le ayudaran. Y habiendo encontrado una mujer especialmente bien dotada de cualidades para estas obras de caridad, Santa Luisa de Marillac, con ella fundó a las hermanas Vicentinas, que se dedican por completo a socorrer e instruir a las gentes más pobres y abandonadas, según el espíritu de su fundador.
San Vicente poseía una gran cualidad para lograr que la gente rica le diera limosnas para los pobres. Reunía a las señoras más adineradas de París y les hablaba con tanta convicción acerca de la necesidad de ayudar a quienes estaban en la miseria, que ellas daban cuanto dinero encontraban a la mano. La reina (que se confesaba con él) le dijo un día: “No me queda más dinero para darle”, y el santo le respondió: “¿Y esas joyas que lleva en los dedos y en el cuello y en las orejas?”, y ella le regaló también sus joyas, para los pobres.
Parece casi imposible que un solo hombre haya podido repartir tantas, y tan grandes limosnas, en tantos sitios, y a tan diversas clases de gentes necesitadas, como lo logró San Vicente de Paúl. Había hecho juramento de dedicar toda su vida a los más miserables y lo fue cumpliendo día por día con generosidad heroica. Fundó varios hospitales y asilos para huérfanos. Recogía grandes cantidades de dinero y lo llevaba a los que habían quedado en la miseria a causa de la guerra.
Se dio cuenta de que la causa principal del decaimiento de la religión en Francia era que los sacerdotes no estaban bien formados. Él decía que el mayor regalo que Dios puede hacer a un pueblo es dale un sacerdote santo. Por eso empezó a reunir a quienes se preparaban al sacerdocio, para hacerles cursos especiales, y a los que ya eran sacerdotes, los reunía cada martes para darles conferencias acerca de los deberes del sacerdocio. Luego con los religiosos fundados por él, fue organizando seminarios para preparar cuidadosamente a los seminaristas de manera que llegaran a ser sacerdotes santos y fervorosos.
Siempre vestía muy pobremente, y cuando le querían tributar honores, exclamaba: “Yo soy un pobre pastorcito de ovejas, que dejé el campo para venirme a la ciudad, pero sigo siendo siempre un campesino simplón y ordinario”. En sus últimos años su salud estaba muy deteriorada, pero no por eso dejaba de inventar y dirigir nuevas y numerosas obras de caridad. Lo que más le conmovía era que la gente no amaba a Dios. Exclamaba: “No es suficiente que yo ame a Dios. Es necesario hacer que mis prójimos lo amen también”.
El 27 de septiembre de 1660 pasó a la eternidad a recibir el premio prometido por Dios a quienes se dedican a amar y hacer el bien a los demás. Tenía 80 años.

         Mensaje de santidad.

         San Vicente de Paúl se dedicó a los pobres, comprendiendo en un sentido verdaderamente evangélico la frase de Jesús: “Lo que habéis hecho a uno de estos pequeños, a Mí me lo habéis hechos”. Es decir, San Vicente de Paúl sabía que el Salvador era Jesús y no los pobres, pero sabía también que en los pobres estaba misteriosamente presente Jesús, de manera que lo que le hacía a los pobres, se lo hacía a Jesús. Sabía que si daba un vaso de agua a un pobre, se lo estaba dando al pobre y a Jesús que, misteriosamente, mora en el pobre. Por esta razón, San Vicente de Paúl se dedicó a hacer no una obra meramente solidaria, sino que también se preocupaba por la pobreza espiritual, es decir, por aquella pobreza que consiste en ignorar que Cristo es Dios y es el Salvador de la humanidad, que se nos entrega en Persona en la Eucaristía. Esto es lo que explica la doble acción de San Vicente de Paúl sobre los pobres: no sólo los asistía materialmente, dándoles un hogar, un plato de comida y ropa para vestirse, sino que se preocupaba también de darles el Catecismo, de enseñarles que el único camino que lleva al cielo es el camino de la Cruz. San Vicente no se contentaba con darles cosas materiales a los pobres: quería que salieran de la mayor pobreza, que es la ignorancia de conocer al Verdadero Dios y a su Mesías. Por eso es que decía: “No es suficiente que yo ame a Dios. Es necesario hacer que mis prójimos lo amen también”. Por haber dado a Jesús en los pobres, tanto el alimento corporal como el espiritual, es que San Vicente de Paúl recibió como premio el Reino eterno de los cielos, en donde vive ahora por la eternidad.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

San Vicente de Paúl, presbítero y fundador


Vida de santidad.

Nació en Aquitania el año 1581. Cursados los correspondientes estudios, fue ordenado sacerdote y ejerció de párroco en París. Fundó la Congregación de la Misión, destinada a la formación del clero y al servicio de los pobres, y también, con la ayuda de Santa Luisa de Marillac[1], la Congregación de Hijas de la Caridad. San Vicente veía en los pobres el rostro del Señor doliente[2]. Murió en París el año 1660[3].

Mensaje de santidad.

San Vicente de Paúl se caracterizó por toda clase de obras de misericordia, dirigidas ante todo hacia los prójimos más vulnerables, los pobres. Además de su propia vida de santidad, dedicada literalmente a los pobres, San Vicente nos dejó abundantes escritos con un contenido espiritual maravilloso, sumamente provechosos para el crecimiento del alma en el amor a Dios y al prójimo. Uno de sus escritos es el siguiente, y sobre el cual haremos una breve reflexión.
En este escrito[4], San Vicente de Paúl nos advierte que no nos debemos dejar llevar por las apariencias con respecto a los pobres, pues ellos, por lo general, son “rudos e incultos”, pero esto, lejos de disminuir su valor, lo acrecienta incalculablemente, porque para San Vicente, con su pobreza, imitan a Nuestro Señor Jesucristo, que siendo Dios –es decir, infinitamente rico con la riqueza de su Ser divino trinitario-, se hizo pobre, es decir, asumió nuestra naturaleza humana, infinitamente más limitada que la naturaleza divina: “Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que con frecuencia son rudos e incultos. Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre”.
Es decir, para San Vicente, el pobre se asemeja a Nuestro Señor en la Encarnación, porque siendo infinitamente rico –era Dios- asumió nuestra naturaleza humana, sin dejar de ser Dios, lo cual equivale a que un hombre multimillonario se vista como un indigente. Todavía más, el pobre se asemeja a Cristo no solo en la Encarnación, sino también en la Pasión, porque allí Nuestro Redentor, así como un pobre, que siendo pobre pierde lo poco que tiene, quedando aún más pobre que al inicio, así Jesús, en la Pasión, siendo ya pobre al haber asumido nuestra naturaleza humana, se hizo más pobre aún al casi perder por completo -a causa de los golpes, las heridas y la Sangre Preciosísima que lo recubría de pies a cabeza-, su naturaleza humana: “Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó a éstos como evangelizador de los pobres: Me envió a evangelizar a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos de estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos, ayudándolos y apoyándolos”. El pobre se asemeja a Nuestro Señor en la predicación –“Me envió a evangelizar a los pobres”- y nos conduce a Jesús, porque así como Jesús cuidó de ellos “consolándolos, ayudándolos y apoyándolos”, así debemos hacer nosotros, imitando a Jesús.
Para San Vicente de Paúl, el pobre es imagen de Cristo pobre, que en todo eligió la pobreza, identificándose incluso con los pobres, al punto de considerar como hecho a Él tanto el bien como el mal que a ellos se les hiciera: “Cristo, en efecto, quiso nacer pobre, llamó junto a sí a unos discípulos pobres, se hizo él mismo servidor de los pobres, y de tal modo se identificó con ellos, que dijo que consideraría como hecho a él mismo todo el bien o el mal que se hiciera a los pobres”.
Debemos amar a los pobres, porque Dios los ama y debemos amarlos, si queremos ser amados por Dios: “Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres, ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio. Por esto nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ame, en atención a los pobres”.
Antes de visitarlos, debemos implorar a Dios para que nos infunda “sentimientos de caridad y compasión”, para que nuestros corazones estén configurados al Corazón de Jesús, extra-colmado de estos sentimientos: “Por esto, al visitarlos, esforcémonos en cuidar del pobre y desvalido, compartiendo sus sentimientos, de manera que podamos decir como el Apóstol: Me he hecho todo para todos. Por lo cual todo nuestro esfuerzo ha de tender a que, conmovidos por las inquietudes y miserias del prójimo, roguemos a Dios que infunda en nosotros sentimientos de misericordia y compasión, de manera que nuestros corazones estén siempre llenos de estos sentimientos”.
La oración es central y esencial en la vida del cristiano y ante todo del religioso, pero si debe dejar por un momento la oración para atender al pobre, no debe dudarlo un instante, porque en este caso, la atención al pobre no es desprecio a Dios, sino servicio a su hijo más amado: “El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora. Por esto, si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre un medicamento o un auxilio cualquiera, id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga, ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración. Y no tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos”.
No es que la oración deba ser dejada de lado por un absurdo activismo: permaneciendo la oración como eje central de la vida espiritual del cristiano –la caridad es la máxima norma del cristiano y la oración es expresión de la caridad o amor del alma hacia Dios-, lo que dice San Vicente es que, dado un caso puntual, en el que se deba dejar por un momento la oración para atender al pobre, no hay que dudarlo en hacerlo, porque así se presta servicio “al mismo Dios”: “Así pues, si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que aquel servicio lo prestáis al mismo Dios. La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender: ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena. Renovemos, pues, nuestro espíritu de servicio a los pobres, principalmente para con los abandonados y desamparados, ya que ellos nos han sido dados para que los sirvamos como a señores”. Esforcémonos, por lo tanto, según San Vicente de Paúl, en servir a los pobres, pero no de cualquier manera, sino “como a señores” que son, por ser representación del “Rey de reyes y Señor de señores” (cfr. Ap 19, 16), Cristo Dios. 










[2] Cfr. Vidas de los santos de A. Butler, Herbert Thurston, SI.
[3] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[4] Carta 2.546: Correspondance, entretiens, documents, París 1922-1925, 7. 

martes, 18 de noviembre de 2014

Santa Isabel de Hungría, la Presencia real de Jesucristo en los pobres y su recompensa en la vida eterna


Santa Isabel de Hungría curando tiñosos
(Murillo, 1670)

         Santa Isabel de Hungría pertenecía a la nobleza y tuvo la gracia de descubrir la Presencia real de Jesucristo en los más necesitados. Así lo decía en una carta al Papa su director espiritual, Conrado de Marburgo: “Isabel reconoció y amó a Cristo en la persona de los pobres”[1]. Siendo hija de Andrés II, rey de Hungría, y esposada con Luis de Turingia, también perteneciente a la nobleza, poseía abundantes bienes, pero no solo nunca los usaba para su propio provecho, sino que los distribuía tanto entre los pobres, que con toda razón se puede decir que sus bienes eran patrimonio de los pobres[2]. Distribuía tanto sus bienes entre los pobres, que incluso hasta sus mismos criados se quejaban ante su esposo por la liberalidad de Santa Isabel. Un ejemplo de esto fue lo sucedido en el año 1225, en el que las malas cosechas provocaron una hambruna generalizada en esa región de Alemania; para socorrer a los más afectados, Santa Isabel utilizó todo su dinero y todo el grano que tenía almacenado en sus graneros. Su esposo estaba ausente y cuando regresó, algunos de sus empleados se quejaron de esta actitud de Santa Isabel. Luis preguntó si su esposa había vendido alguno de sus dominios y ellos le respondieron que no. Entonces el rey dijo: “Sus liberalidades atraerán sobre nosotros la misericordia divina. Nada nos faltará mientras le permitamos socorrer así a los pobres”.
Santa Isabel, además de ser una esposa y madre ejemplar, destinó todos sus bienes materiales en beneficio de los pobres, construyendo hospitales y asistiéndolos en sus necesidades, y dándoles ella misma de comer: tiempo más tarde, la santa ordenó construir un hospital al pie del monte del castillo de Wartuburg, donde ella vivía, y solía ir allá a dar de comer a los inválidos con sus propias manos, a hacerles la cama y a asistirlos en medio de los calores más abrumadores del verano. Además acostumbraba pagar la educación de los niños pobres, especialmente de los huérfanos. Fundó también otro hospital en el que se atendía a veintiocho personas y, diariamente alimentaba a novecientos pobres en su castillo, sin contar a los que ayudaba en otras partes de sus dominios[3]. Sin embargo, la caridad de la santa no era asistencialismo, y no por asistir a los más pobres, los menospreciaba; por el contrario, para no favorecer la ociosidad entre los que podían trabajar, les procuraba tareas adaptadas a sus fuerzas y habilidades[4].
Otro aspecto que se debe tener en cuenta es que el amor de Santa Isabel de Hungría por los pobres no era un amor filantrópico; era el verdadero amor cristiano, porque Santa Isabel reconocía en ellos la misteriosa Presencia real de Jesucristo. Cuando Santa Isabel daba de comer a los pobres, y los alimentaba, los vestía, los cuidaba, con todo cariño, amor y respeto, lo hacía porque veía, con la luz del Espíritu Santo, misteriosamente oculta, en ellos, a la Persona de Jesucristo, la Persona Segunda de la Santísima Trinidad, y mientras los asistía, resonaban en su mente y en su corazón las palabras de Jesús en el Evangelio: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; estuve enfermo y me socorristeis (…); cuantas veces hicisteis eso con estos pequeños, Conmigo lo hicisteis” (cfr. Mt 25, 35-45). Iluminada por el Espíritu Santo, Santa Isabel sabía que, al socorrer al prójimo más necesitado, misteriosamente, estaba socorriendo a Jesucristo, que se encontraba sufriendo en ese prójimo sufriente, y esa era la razón que la llevaba a dar todo lo que tenía, sin reservarse nada para ella.
Ahora bien, ella misma vestía pobremente, pero así mismo, fue recompensada grandemente, como el mismo Jesús promete en el Evangelio a quienes le son fieles: “Bien, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor…” (Mt 25, 21). Se narra que en el mismo día de la muerte de la santa, un hermano lego había sufrido un grave accidente en un brazo y se encontraba tendido en su cama soportando terribles dolores. De pronto vio aparecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo: “Señora, Ud. que siempre ha vestido trajes tan pobres, ¿por qué está ahora tan hermosamente vestida?”. Y ella sonriente le dijo: “Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado”. El paciente estiró el brazo que tenía gravemente herido, y la curación fue completa e instantánea[5].
Una reina colmada de bienes materiales, que en su vida terrena donó su reino a Dios y vivió pobremente para dedicarse a la atención de los pobres, porque en ellos veía al mismo Cristo sufriente; en recompensa, Cristo la colma de bienes celestiales en la vida eterna, haciéndola heredera del Reino de los cielos, y la corona de gloria celestial, aunque la recompensa mayor para toda la vida de servicio a los pobres, para Santa Isabel de Hungría, es Él mismo, la contemplación de su Rostro para toda la eternidad. La vida de Santa Isabel de Hungría nos enseña que Jesús, que es Dios, está verdadera y realmente Presente en el cielo y en la Eucaristía y, además, en los pobres, y que el desprendimiento de los bienes terrenos y el servicio de los pobres por amor a Cristo, nos granjea una eternidad de felicidad.




[1] http://www.corazones.org/santos/isabel_hungria.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

viernes, 26 de septiembre de 2014

San Vicente de Paúl y el amor al prójimo como imagen viviente de Dios Encarnado


         San Vicente de Paúl se caracterizó por sus obras de misericordia corporales, especialmente las que se destinaban a la atención de los más necesitados e indigentes y para ello fundó la Congregación de la Misión, destinada a la formación del clero y también al servicio de los pobres y con la ayuda de santa Luisa de Marillac, fundó con ese mismo fin,la Congregación de Hijas de la Caridad. Esta predilección especial por los más carenciados se puede apreciar en algunas de sus frases: “Al servir a los Pobres se sirve a Jesucristo”[1]; “Por consiguiente, debe vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo”[2]; “No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo”[3]; “¡Cómo! ¡Ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura”[4]; “Si se invoca a la Madre de Dios y se la toma como Patrona en las cosas importantes, no puede ocurrir sino que todo vaya bien y redunde en gloria del buen Jesús, su Hijo...”[5]; “No puede haber caridad si no va acompañada de justicia”[6]; “Nada más grande que un sacerdote a quien Dios de todo poder sobre su Cuerpo natural y su Cuerpo místico”[7].  Sin embargo, no hay que pensar que estas eran frases vacías, ni dichas para la posteridad en discursos académicos; tampoco fueron pronunciadas en salones de té, o en ruedas de amigos, sino que fueron vividas por San Vicente de Paúl en su vida diaria y practicadas con el ejemplo.
         ¿Por qué se dedicó San Vicente de Paúl con tanto empeño a hacer obras de caridad? Porque San Vicente de Paúl entendió, con sabiduría sobrenatural, que era imposible la salvación, sin amar al prójimo, y sobre todo al prójimo más necesitado. San Vicente de Paúl entendió que lo que Jesús les reprochaba a los fariseos, que eran los hombres religiosos de su tiempo, no era su dedicación a la religión, sino que habían vaciado a la religión de su esencia, el amor y la misericordia, porque se habían apegado a los ritos inventados por los hombres, y se habían olvidado de la compasión, de la caridad, de la misericordia y del amor. San Vicente de Paúl comprendió que no se podía ser religiosos, es decir, ser cristianos, si no se vivía, de modo concreto, el amor al prójimo, y por eso mismo, llevó a la práctica, con obras concretas de misericordia, lo que Jesús dijo en el Evangelio, quien condicionó nuestra entrada en el Reino de los cielos, a nuestro amor de caridad para con nuestros hermanos más necesitados: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; estuve enfermo y me socorristeis; estuve preso y me visitasteis…” (Mt 25, 31-40). Que es también lo mismo que dice el evangelista Juan: “Quien dice que ama a Dios a quien no ve, pero no ama a su prójimo, a quien ve, es un mentiroso” (1 Jn 4, 20).
         Nuestro prójimo es doblemente importante para nuestra salvación: primero, porque es “imagen  y semejanza de Dios”, porque fue creado a su imagen y semejanza, según el Génesis -y en la libertad y el amor está esa semejanza-, pero además, desde la Encarnación del Verbo, cada prójimo es imagen viviente de Dios encarnado, y Dios encarnado, en cierta manera, inhabita en cada prójimo y sobre todo, en el prójimo más desamparado y necesitado, y por eso, todo lo que hacemos a nuestro prójimo, en el bien y en el mal, se lo hacemos a Dios encarnado, que en él inhabita, y Dios nos lo devuelve al infinito, en el bien o en el mal. Esto lo comprendió muy bien San Vicente de Paúl, iluminado por la Sabiduría Divina y, movido por el Divino Amor, se decidió a socorrer a todas las imágenes vivientes de Dios encarnado que encontraba, deambulando en las calles, ateridas de frío, desamparadas, sin nada para comer, expuestas a los más grandes peligros, abandonadas por sus seres queridos y por la sociedad  y, con mucha frecuencia, por quienes ocupan bancos en las Iglesias. Que la conmemoración de San Vicente de Paúl nos recuerde que la religión no es recitar oraciones mecánicamente con los labios, sino elevar plegarias desde lo más profundo del corazón y acompañar esas plegarias con obras de misericordia, corporales y espirituales, atendiendo a los cristos sufrientes del camino, y que sólo así se gana el cielo.




[1] C. IX, 252.
[2] C. XI 342.
[3] C. XII, 262.
[4] CXII, 271.
[5]  C.XIV, 126.
[6] C. II, 54.
[7] http://www.corazones.org/santos/vicente_paul.htm

jueves, 26 de septiembre de 2013

San Vicente de Paúl y la verdadera caridad para con los pobres


         San Vicente de Paúl, fundador de las Hijas de la Caridad, destinadas a la atención de los pobres y abandonados de la sociedad, es un ejemplo de cómo debe el cristiano obrar la verdadera caridad cristiana para con los pobres. La caridad no es un amor natural, que brote del corazón humano: es el Amor Divino que se expresa y manifiesta a través de la ternura y del amor humano, pero no es amor humano: es Amor Divino, y por lo tanto la caridad que ejerce el cristiano debe tener las mismas características del Amor Divino, características entre las cuales sobresale la gratuidad, es decir, el dar y el donarse a sí mismo sin esperar retribución a cambio.
Esto es lo que diferencia a la caridad cristiana de la beneficencia social, y es lo que impide que la caridad cristiana sea instrumentalizada a favor de mezquinos intereses particulares. Es necesario hacer esta distinción, porque muchos en la Iglesia pretenden utilizar a su favor la asistencia a los pobres, pensando que por asistirlos, Dios habrá de darles en recompensa algún favor, sea material o espiritual. Esta actitud egoísta, que usa del pobre para obtener favores, es lo que ha condenado recientemente el Santo Padre Francisco:
“Algunos alardean, se llenan la boca con los pobres, algunos instrumentalizan a los pobres por interés personal o de su grupo. Lo sé, es humano, pero no está bien”. Y no solo “no está bien”, sino que, el mismo Santo Padre lo dice, es “un grave pecado (…) Sería mejor que se quedasen en casa antes de usar a los pobres por su propia vanidad”[1].
Para combatir esta instrumentalización, el Santo Padre pide que se obre siempre, en este aspecto, “con ternura y humildad”, y son estas dos cosas precisamente las que caracterizan a San Vicente de Paúl, quien sostiene que el hombre de fe debe vivir dos amores: el amor afectivo –como el amor de un padre que acaricia a su hijo pequeño de dos años- y el amor eficaz –el amor de un hijo que corresponde con obras al amor de su padre, aún cuando no se sienta sensiblemente el amor paterno-. Así debe ser el amor del cristiano para con Cristo: afectivo y eficaz, pero como Cristo, además de estar con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía, está misteriosamente Presente, también en Persona, en el pobre, en el prójimo pobre y abandonado, es en el pobre en donde se debe practicar y vivir, de modo concreto, la caridad cristiana. Esta Presencia misteriosa de Cristo en el pobre es lo que explica que aquello que se hace a un pobre, se hace a Jesucristo, tanto en el bien como en el mal: “¿Cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer? (…) ¿Cuándo te vimos hambriento y no te dimos de comer?” (…) Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, Conmigo lo hicisteis” (cfr. Mt 25, 35-45).
         San Vicente de Paúl nos enseña, entonces, a vivir el verdadero amor de caridad para con los pobres, un amor desinteresado, que no busca otra cosa que comunicar el Amor Divino, porque en los pobres está Cristo y al servirlos a ellos, se sirve a Cristo: “Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo” (C IX, 252).   



[1] Cfr. http://www.americaeconomia.com/node/101354: “El Papa Francisco critica a quien alardea de ayudar a los pobres”.