San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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lunes, 7 de agosto de 2023

Santa Teresa Benedicta de la Cruz

 



        Santa Edith Stein

         Vida de santidad[1].

         Edith Stein, la última de once hermanos de una familia judía, nació en Breslau el 12 de octubre de1891, durante la fiesta del Yom Kippur, día de la expiación. Caracterizada por una inteligencia sobresaliente, en 1913 fue a Gottinga para asistir a las clases universitarias de Edmund Husserl, de quien llegó a ser discípula y asistente, consiguiendo con él el doctorado. Hay que decir que la fenomenología de Husserl no sirve como sustrato filosófico para la fe católica, precedida por la filosofía y la metafísica aristotélica-platónica y actualizada por Santo Tomás de Aquino. Es conveniente tener esto en cuenta, para llegar a la conversión de Edith Stein, conversión que no fue facilitada por la filosofía fenomenológica que ella estudiaba. Husserl define la conciencia como un conjunto de actos que se conocen con el nombre de vivencias. Esta conciencia tiene la peculiaridad de eliminar toda referencia a una existencia real de las cosas, es decir la conciencia no percibe objetos reales sino que aprehende objetos, que se denominan fenómenos[2]. La ambición de Husserl era triple: 1ª, encontrar fenómenos puros de conciencia, a salvo de los malvados conceptos; 2ª, liberar esos fenómenos de conciencia de las interferencias del entendimiento, y experimentar su inobjetividad y 3ª, comprender esos fenómenos de conciencia a partir del encuentro, la liberación, la experimentación previamente realizada. Para ello, en conclusión, era preciso poner entre paréntesis los saberes heredados, y situarse ante el hecho de la conciencia sin conocimientos previos, esto es, sin tradición[3]. En consecuencia, de la triple ambición fenomenológica, que el personalismo introdujo en la pastoral de la Iglesia, nos quedan tres frentes de crisis que confrontar: el subjetivismo experiencialista, que ha deformado el sentido de la fe; los prejuicios contra la doctrina, la razón práctica, la metafísica y el derecho; y una concepción nominalista de la autoridad, que entiende que es la potestad del que manda un poder omnipotente que está por encima de la verdad. En el año 1921, se encontraba en la finca de un matrimonio convertido al Catolicismo; en la biblioteca, encontró la autobiografía de Santa Teresa de Ávila. La leyó durante toda la noche y refiriéndose a esta lectura de Santa Teresa, escribe: “Cuando cerré el libro, me dije: ‘Ésta es la verdad’”. Además, considerando en retrospectiva su vida, escribía más tarde: “Mi anhelo por la verdad era ya una oración”. En Gottinga Edith Stein se encontró también con el filósofo Max Scheler y este encuentro la condujo todavía más a la conversión al Catolicismo. Edith Stein se bautizó en enero de 1922, relatando así este momento crucial en su conversión al Catolicismo: “Había dejado de practicar mi religión hebrea y me sentía nuevamente hebrea solamente tras mi retorno a Dios”. Con la invasión nazi, en la noche de fin de año de 1938 cruza la frontera de los Países Bajos y la llevan al monasterio de Carmelitas de Echt, en Holanda. Allí redacta su testamento el 9 de junio de 1939. “Ya desde ahora acepto con gozo, en completa sumisión y según su santísima voluntad, la muerte que Dios me haya destinado. Ruego al Señor que acepte mi vida y muerte... de manera que el Señor sea reconocido por los suyos y que su Reino venga con toda su magnificencia para la salvación de Alemania y la paz del mundo”. 

Por insistencia del Archiabad Raphael Walzer, del convento de Beuron, hace largos viajes para dar conferencias. Dice la santa: “Durante el período inmediatamente precedente y también bastante después de mi conversión... creía que llevar una vida religiosa significaba renunciar a todas las cosas terrenas y vivir solamente con el pensamiento puesto en Dios. Gradualmente, sin embargo, me he dado cuenta de que este mundo exige de nosotros, además de esto, otras muchas cosas..., creo, incluso, que cuanto más se siente uno atraído por Dios, más debe “salir de sí mismo”, en el sentido de dirigirse al mundo para llevar allí una razón divina para vivir”. Su programa de trabajo es enorme. Traduce las cartas y los diarios del período precatólico de Newmann y la obra Quaestiones disputatae de veritate de Tomás de Aquino, en una versión muy libre por amor al diálogo con la filosofia moderna. El Padre Erich Przywara, S.J., la incitó a escribir también obras filosóficas propias. Aprendió que es posible “practicar la ciencia al servicio de Dios... sólo por tal motivo he podido decidirme a comenzar una serie de obras científicas”. Con gran sorpresa encontró una creyente y dice así: “Este ha sido mi primer encuentro con la cruz y con la fuerza divina que transmite a sus portadores... Fue el momento en que se desmoronó mi irreligiosidad y brilló Cristo”. Más tarde escribirá: “Lo que no estaba en mis planes estaba en los planes de Dios. Arraiga en mí la convicción profunda de que -visto desde el lado de Dios- no existe la casualidad; toda mi vida, hasta los más mínimos detalles, está ya trazada en los planes de la Providencia divina y, ante los ojos absolutamente clarividentes de Dios, presenta una coherencia perfectamente ensamblada.

 

En Echt, Edith Stein escribe su ensayo sobre Juan de la Cruz, el místico doctor de la Iglesia, con ocasión del cuatrocientos aniversario de su nacimiento, 1542-1942. En 1941 escribía a una religiosa con quien tenía amistad: “Una scientia crucis (la ciencia de la cruz) solamente puede ser entendida si se lleva todo el peso de la cruz. De ello estaba convencida ya desde el primer instante y de todo corazón he pronunciado: Ave, Crux, Spes unica (Te saludo, Cruz, única esperanza nuestra)”. Su estudio sobre San Juan de la Cruz lleva como subtítulo: “La ciencia de la Cruz”. El 2 de agosto de 1942 llega la Gestapo. En cinco minutos debe presentarse, junto con su hermana Rosa, que se había bautizado en la Iglesia Católica y prestaba servicio en las Carmelitas de Echt. Las últimas palabras de Edith Stein que se oyen en Echt están dirigidas a Rosa: “Ven, vayamos, por nuestro pueblo”. El 9 de agosto Sor Teresa Benedicta de la Cruz, junto con su hermana Rosa y muchos otros de su pueblo, murió en las cámaras de gas de Auschwitz.

Con su beatificación en Colonia el 1 de mayo de 1987, la Iglesia rindió honores, por decirlo con palabras del Sumo Pontífice Juan Pablo II, a "una hija de Israel, que durante la persecución de los nazis ha permanecido, como católica, unida con fe y amor al Señor Crucificado, Jesucristo, y, como judía, a su pueblo ".

Mensaje de santidad.

Un mensaje central que nos deja Santa Edith Stein es su amor apasionado por la Verdad: a pesar de obtener un doctorado en fenomenología, puesto que este sistema filosófico es un obstáculo para precisamente encontrar la verdad ontológica y substancial del ser, Edith Stein investiga por sí misma y finalmente encuentra la Verdad, que es Cristo: encuentra la Verdad en el plano espiritual, puesto que de judía -e incluso atea en un momento- que era, se convierte al Catolicismo, en donde la Verdad resplandece con todo su esplendor, sin mancha de error alguno; encuentra la Verdad también en el plano filosófico y metafísico, al dejar de lado la fenomenología existencialista y abrazando la metafísica, la filosofía y la teología católica, basada en Aristóteles, Platón y Santo Tomás de Aquino. Un último ejemplo de santidad es que, por amor a la Verdad, que es Cristo -Cristo es la Verdad Increada, es la Sabiduría del Padre-, no duda un instante en dar su vida, uniéndola a Cristo en la cruz, para la salvación de los hombres. Amor a la Verdad Increada, Encarnada en la Humanidad Santísima de Jesús de Nazareth, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía para la salvación del Pueblo Elegido, los hebreos y del Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica, es el legado de santidad que nos deja Santa Edith Stein.

 

sábado, 11 de agosto de 2018

Santa Teresa Benedicta de la Cruz



         Vida de santidad[1].

         Nació el 12 de octubre de 1891, en la entonces ciudad alemana de Breslau (hoy Wroclaw-capital de la Silesia, que pasó a pertenecer a Polonia después de la Segunda Guerra Mundial). Ella era la menor de los 11 hijos que tuvo el matrimonio Stein. Sus padres, Sigfred y Auguste, dedicados al comercio, eran judíos. Él murió antes de que Edith cumpliera los dos años, y su madre hubo de cargar con la dirección del comercio y la educación de sus hijos.Judía de nacimiento, abraza la fe católica ya siendo profesora de universidad y reconocida filósofa. Entra en las Carmelitas descalzas y muere víctima de los nazis en Aushwitz. Canonizada por Juan Pablo II el 11 de Octubre, 1998. Consideró su conversión a la fe católica como una conversión también hacia una más profunda identificación con su identidad judía. Su testimonio ilustra dos temas inseparables: La unidad entre el judaísmo y la fe católica y el valor del sufrimiento.

         Mensaje de santidad[2].

         Además de su gran vida de santidad, su mensaje está en sus escritos. En uno de ellos, titulado: Ave Crux, spes única (Salve Cruz, esperanza única), Santa Teresa Benedicta o Edith Stein manifiesta la razón por la cual los cristianos ponemos toda nuestra esperanza y  nuestra única esperanza, en la cruz. Dice así: “Te saludamos, Cruz santa, única esperanza nuestra”. Así lo decimos en la Iglesia en el tiempo de Pasión, tiempo dedicado a la contemplación de los amargos sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo”. Edith Stein se refiere a una de las antífonas que la Iglesia canta en uno de los más importantes tiempos litúrgicos, el tiempo de Cuaresma, en donde la Iglesia no solo medita sino que participa, místicamente, de la Pasión del Señor, “de los amargos sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo”.
         Luego prosigue describiendo la situación actual del mundo contemporáneo, una situación en la que todo está envuelto en llamas, como producto de la “lucha entre Cristo y el Anticristo”: “El mundo está en llamas: la lucha entre Cristo y el Anticristo ha comenzado abiertamente, por eso si te decides en favor de Cristo, ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la vida”. Dice Santa Edith Stein que vivimos en una época en la que abiertamente luchan Cristo y el Anticristo y no se refiere simplemente a las luchas o guerras materiales, en las que se enfrentan un ejército contra otro, pues esta situación es consecuencia de una lucha espiritual entre las fuerzas del Bien, representadas en Cristo y su Iglesia, y las fuerzas del mal, representadas en el Anticristo y los hombres malvados a él aliados. En esta lucha, una probabilidad muy cierta es que, quien lucha para Cristo, deba ofrendar su vida por Él: “ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la propia vida”.
Más adelante, la santa nos anima a contemplar a Jesús crucificado, que por todos y cada uno de nosotros “cuelga del madero” en su obediencia al Padre hasta la muerte de cruz: “Contempla al Señor que ante ti cuelga del madero, porque ha sido obediente hasta la muerte de Cruz. Él vino al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre”. Es necesario contemplar a Jesús crucificado porque si el alma quiere desposarse en desposorios místicos con el Cordero, debe imitarlo en todo, principalmente, en su obediencia al Padre hasta la muerte de cruz: “Si quieres ser la esposa del Crucificado debes renunciar totalmente a tu voluntad y no tener más aspiración que la de cumplir la voluntad de Dios”.
La renuncia a todo bien terreno –y a toda gloria terrena- forma parte esencial del seguimiento de Nuestro Señor Jesucristo, puesto que Él muere pobre en la cruz. Si alguien desea seguir a Cristo pero no se decide a dejar los bienes terrenos, el apetito por los bienes materiales se interpondrá como un muro entre el alma y Jesucristo: “Frente a ti el Redentor pende de la Cruz despojado y desnudo, porque ha escogido la pobreza. Quien quiera seguirlo debe renunciar a toda posesión terrena”.
Quien desee seguir a Cristo debe arrodillarse ante su cruz con un corazón contrito, que ha renunciado de modo absoluto a toda posesión material y terrena, porque el Señor ha derramado hasta la última gota de us Sangre Preciosísima para demostrar cuánto amor nos tiene y así ganar nuestro amor. La renuncia a los bienes materiales y a la gloria mundana son necesarias para participar de su pureza, que en el hombre se traduce en “santa castidad”. Así, el alma que desee seguir a Jesucristo no debe tener otro pensamiento ni otro anhelo que no sea el mismo Jesucristo: “Ponte delante del Señor que cuelga de la Cruz, con corazón quebrantado; Él ha vertido la sangre de su corazón con el fin de ganar el tuyo. Para poder imitarle en la santa castidad, tu corazón ha de vivir libre de toda aspiración terrena; Jesús crucificado debe ser el objeto de toda tu tendencia, de todo tu deseo, de todo tu pensamiento”.
Como consecuencia de la lucha entre el Bien y el Mal, el mundo arde en llamas y esas llamas son tan altas y peligrosas que incluso pueden alcanzar la relativa seguridad del propio hogar. En esta situación, la cruz se presenta no solo como el único refugio seguro, sino como el único camino que nos quita de este mundo en llamas y nos traslada al Reino de los cielos: “El mundo está en llamas: el incendio podría también propagarse a nuestra casa, pero por encima de todas las llamas se alza la cruz, incombustible. La cruz es el camino que conduce de la tierra al cielo”.
Quien se abraza al madero de la cruz, es transportado al seno mismo de la Trinidad, porque es el Espíritu Santo quien, en Cristo, lleva al alma al Padre: “Quien se abraza a ella con fe, amor y esperanza se siente transportado a lo alto, hasta el seno de la Trinidad”.
Las llamas espirituales, que brotan del mismo Infierno y que abrasan este mundo terreno, solo pueden ser apagadas por la Sangre Preciosísima del Cordero, que brota inagotable de sus heridas abiertas: “El mundo está en llamas: ¿Deseas apagarlas? Contempla la cruz: del Corazón abierto brota la sangre del Redentor, sangre capaz de extinguir las mismas llamas del infierno”.
Quien mantiene fielmente los votos de castidad, obediencia y pobreza, no solo imita sino que participa del Acto de Ser divino trinitario y así su corazón se encuentra verdaderamente libre de toda clase de esclavitud, al tiempo que sobre él se derraman “torrentes del amor divino”: “Mediante la fiel observancia de los votos, mantén tu corazón libre y abierto; entonces rebosarán sobre él los torrentes del amor divino, haciéndolo desbordar fecundamente hasta los confines de la tierra”.
Quien se abraza a la cruz puede, verdaderamente, dar consuelo a las almas que están en este mundo en llamas y que por lo tanto sufren, aun cuando no sepan el origen de su dolor. El que así obra, se vuelve corredentor junto al Redentor: “Gracias al poder de la cruz puedes estar presente en todos los lugares del dolor a donde te lleve tu caridad compasiva, una caridad que dimana del Corazón Divino, y que te hace capaz de derramar en todas partes su preciosísima sangre para mitigar, salvar y redimir”.
Desde la cruz, Jesús nos mira a lo más profundo de nuestro ser y nos pregunta si aceptamos, libremente, el pacto por el cual Él derrama su Sangre sobre nuestros corazones y nosotros a cambio le damos la totalidad de nuestros pobres corazones y en ese pacto celestial, que brota de la cruz, radica toda nuestra esperanza y ésa es la razón por la cual decimos: “Salve, Cruz, esperanza única!”: “El Crucificado clava en ti los ojos interrogándote, interpelándote. ¿Quieres volver a pactar en serio con Él la alianza? Tú sólo tienes palabras de vida eterna. ¡Salve, Cruz, única esperanza!”.


[2] Edith Stein Weke, II. Band, Verborgenes Leben ‘Vida Escondida’, Freiburg-Basel-Wien 1987, S. 124-126

miércoles, 9 de agosto de 2017

Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), virgen y mártir


Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), virgen y mártir.

         Vida de santidad[1].

         Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith) Stein, virgen de la Orden de Carmelitas Descalzas y mártir, nacida y educada en la religión judía, después de haber enseñado filosofía durante algunos años entre grandes dificultades, recibió por el bautismo la nueva vida en Cristo, prosiguiéndola bajo el velo de las vírgenes consagradas hasta que, en tiempo de un régimen hostil a la dignidad del hombre y de la fe, fue encarcelada lejos de su patria, y en el campo de exterminio de Auschwitz, cercano a Cracovia, en Polonia, murió en la cámara de gas.
Edith Stein,  Teresa Benedicta de la Cruz, nació el día del Kippur, día festivo para los hebreos, y en Breslavia Alemania, el 12 de octubre de 1891, en el seno de una familia hebrea. Edith fue la última de once hijos. A los dos años de edad, muere su padre. Hizo sus primeros estudios y el Bachillerato en su ciudad natal con calificaciones siempre sobresalientes. En la Universidad de Breslau estudia, de 1911 a 1913, Germanística, Historia, Psicología y Filosofía. En 1913 se traslada a Göttingen para seguir sus estudios de filosofía siendo discípula de Edmund Husserl, un hebreo y no creyente, genio filosófico de su tiempo, haciendo el examen de Licenciatura con calificación sobresaliente en 1915. Durante este período, llega a un ateísmo casi total, pues abandonó la fe y las prácticas religiosas. Estalla en 1914 la Primera Guerra Mundial y Edith trabaja como enfermera voluntaria siendo enviada a un hospital del frente. Luego hace el examen de doctorado en la Universidad de Freiburg, con la calificación Summa cum laude.  Cuando contaba con 32 años enseña en la escuela de formación de maestras de las dominicas de Santa Magdalena en Espira. Además de las clases, escribe, traduce y da conferencias sobre la cuestión femenina y sobre la educación católica que la llevarán por diversas ciudades de Alemania y por los países limítrofes. A los 41 años, es profesora en el Instituto Alemán de Pedagogía científica en Münster. Su fama de conferenciante traspasa las fronteras de Alemania y es invitada a hablar en Francia y Suiza. Desde su conversión deseó entrar en el Carmelo a pesar de la oposición de la familia, y su deseo se vio cumplido el 14 de octubre de 1933, a los 42 años, ingresando en el Carmelo de Colonia. Aquí cambia su nombre por el de Teresa Benedicta de la Cruz. Su familia hebrea, rompe con ella. El 21 de abril de 1935, domingo de Pascua de Resurrección, emite sus votos religiosos y tres años después, aquél mismo día, sus votos perpetuos. Su vida será ya una Cruz convertida en Pascua. Dentro del convento, por orden del Provincial, continúa sus estudios científicos. A medida que el nazismo se consolida en el poder su condición de judía es una amenaza para ella y para la comunidad. El día 31 de diciembre de 1938 emigra a Holanda y se establece en el convento de Echt. Aquí la encomiendan, entre otros trabajos, un estudio sobre San Juan de la Cruz, y escribe “La ciencia de la Cruz”. El día 2 de agosto de 1942 es detenida por la Gestapo, junto con su hermana Rosa, también convertida al catolicismo, y llevada con otros religiosos y religiosas al campo de concentración de Amersfoort. Luego, en la noche entre el 3 y el 4 de agosto, los presos fueron trasladados al campo de Westerbork, situado en una zona completamente deshabitada al norte de Holanda. El 9 de agosto de 1942, llegaba en el tren de la muerte al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. Por su edad (51 años cumplidos), su baja estatura, sin signos externos de robustez, en la mentalidad nazista, no servía para trabajos forzados. La llevaron a la barraca 36, siendo marcada con el Nº 44.074 de deportación, para morir mártir de la fe cristiana a los 51 años de edad, en la casita blanca, víctima del Ziclon B (Ácido Cianhídrico), que produce la muerte instantánea al ser emitido desde las duchas de agua. Su cuerpo sin vida fue calcinado con leña (todavía estábamos en agosto de 1942). No hay tumba. Las cenizas o huesos de la Hermana Edith se arrojaron en el campo adyacente. Hoy es un verde campo con cruces que plantan allí los grupos de peregrinos. Mujer de singular inteligencia y cultura, ha dejado numerosos escritos de elevada doctrina y de honda espiritualidad. En 1962 se inició su proceso de beatificación. Teresa Benedicta de la Cruz representa la dramática síntesis de nuestro tiempo, Mujer hija de Israel, Mártir por la fe en Cristo, y Víctima del exterminio judío, fue beatificada por Juan Pablo II en Colonia, el 1 de mayo de 1987. Su fiesta se celebra en el Carmelo Teresiano el 9 de agosto. El Papa Juan Pablo II canonizó a la judía, filósofa, monja, mártir y beata, Teresa Benedicta de la Cruz de la Orden del Carmelo, el 11 de Octubre de 1998 en la Basílica de San Pedro en Roma.
Mensaje de santidad.
Ya desde la elección de su nombre el 15 de abril de 1934 cuando toma el hábito carmelitano eligiendo el de “Teresa Benedicta de la Cruz” -muchos traducen su nombre como Teresa “bendecida por la cruz”-, la santa nos deja un mensaje de santidad esencial: ha entendido que la esencia del catolicismo y de la vida religiosa en particular consiste en abrazar la cruz y entregar, en unión con Cristo crucificado, la propia vida, para la salvación de las almas. Tomamos dos extractos de su obra: “La ciencia de la Cruz”.
En un párrafo escribe: “Mira hacia el Crucificado. Si estás unida a él, como una novia en el fiel cumplimiento de tus santos votos, es tu sangre y Su sangre preciosa las que se derraman. Unida a él, eres como el omnipresente. Con la fuerza de la Cruz, puede estar en todos los lugares de aflicción”. El alma que contempla a Cristo Crucificado, no puede hacer otra cosa que unirse a Él, místicamente, de manera tan real y profunda que la sangre del que contempla a Cristo y la Sangre de Cristo son una misma y única Sangre, que se derraman sobre las almas para su conversión. El alma, que es unida al Cuerpo Místico de Cristo por el Espíritu Santo y es animada por este mismo Espíritu, del mismo modo a como un órgano del cuerpo es animado por el alma que anima y vivifica al cuerpo entero, se convierte así en corredentora, unida al Redentor, volviéndose capaz, por la unión mística con Cristo Crucificado, de estar presente, misteriosamente, “en todo lugar de aflicción”.
Es este aspecto de corredención del alma que se une a Cristo Crucificado, el que resalta Santa Edith Stein, como elemento esencial del catolicismo y de la vida religiosa en particular: “Hay una vocación a sufrir con Cristo y por lo tanto a colaborar en su obra de redención. Si estamos unidos al Señor, entonces somos miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Todo sufrimiento llevado en unión con el Señor es un sufrimiento que da fruto porque forma parte de la gran obra de redención”[2]. La consagración del alma por el Bautismo y la consagración por la vida religiosa, no tiene otro objetivo que el formar parte del Cuerpo Místico de Cristo, Cuerpo que no puede no estar crucificado con Cristo y esto de manera real, es decir, uniendo los sufrimientos propios a los sufrimientos de Cristo en la Cruz. Sólo así, el sufrimiento personal, e incluso hasta la propia muerte, dejam de ser castigo por el pecado original, para convertirse en fuente de santificación y salvación, tanto personal como del prójimo, que es en lo que consiste la obra de la redención. Presentar un catolicismo y una vida consagrada distintas o con otros objetivos que no sean estos, es falsificar la noción misma de catolicismo.
Por último, en el telegrama que Edith había enviado a la Priora de Echt antes de ser llevada a Auschwitz, se contenía esta declaración: “No se puede adquirir la ciencia de la Cruz más que sufriendo verdaderamente el peso de la cruz. Desde el primer instante he tenido la convicción íntima de ello y me he dicho desde el fondo de mi corazón: Salve, Oh Cruz, mi única esperanza”. Aun siendo brillante en las ciencias humanas, Santa Teresa Benedicta de la Cruz considera que es infinitamente más valiosa la ciencia de la Cruz, la cual se aprende, no estudiando largos tratados de teología, sino llevando la cruz y soportando, espiritualmente, el peso de la misma: No se puede adquirir la ciencia de la Cruz más que sufriendo verdaderamente el peso de la cruz”. No hay otra forma de aprender la ciencia de la Cruz, la única ciencia capaz de salvar el alma, la única ciencia que vuelve verdaderamente docto hasta al más ignorante en ciencias humanas de los hombres –según lo de Santa Teresa de Ávila: “El que se salva sabe, y el que no, no sabe nada”-, es “sufriendo verdaderamente el peso de la cruz”. Es en la Santa Cruz de Cristo, en donde el alma se vuelve verdaderamente docta, porque allí adquiere la sabiduría salvífica, que salva al alma de la eterna condenación y la conduce a la eterna bienaventuranza. Sólo la Cruz es la única esperanza del alma que desea, más que salvarse, unirse en el Amor con Cristo crucificado.


martes, 9 de agosto de 2016

Santa Edith Stein o Santa Teresa Benedicta de la Cruz


Santa Edith Stein[1]
En un momento de la historia dominado por el relativismo, el agnosticismo, el materialismo y el ateísmo, y cuando oscuras fuerzas preternaturales intentan quitar de la mente y el corazón de los hombres a Jesucristo y su Cruz -lo cual se puede constatar en la persecución cruenta de cristianos y en el ataque incruento pero no menos virulento de los medios de comunicación a la Iglesia-, Santa Teresa Benedicta de la Cruz nos invita a contemplar a Nuestro Señor Jesucristo y a abrazarnos con fuerza a la Santa Cruz, no para recibir consuelo de ninguna clase, sino ante todo, para participar de su martirio. Tiempo antes de su muerte había escrito así: “Yo sólo deseo que la muerte me encuentre en un lugar apartado, lejos de todo trato con los hombres, sin hermanos de hábito a quienes dirigir; sin alegrías que me consuelen, y atormentada de toda clase de penas y dolores. He querido que Dios me pruebe como a sierva, después de que Él ha probado en el trabajo la tenacidad de mi carácter; he querido que me visite en la enfermedad, como me ha tentado en la salud y la fuerza; he querido que me tentase en el oprobio, como lo ha hecho con el buen nombre que he tenido ante mis enemigos. Dígnate, Señor, coronar con el martirio la cabeza de tu indigna sierva”[2]. Antes de ser apresada por miembros de la SS, quienes se presentaron en su convento para llevarla detenida al campo de concentración de Auschwitz el 2 de agosto del año 1942, cuando salía del convento, la Hermana Teresa llamó con toda tranquilidad a su hermana tomándola de la mano y le dijo: “¡Ven, hagámoslo por nuestro pueblo!”. Se refería a eso que había pedido: morir “probada por Dios en su condición de sierva”, “sola”, “sin alegrías que la consuelen” y “atormentada por toda clase de dolores”, y esto no es otra cosa que la muerte en cruz, la muerte martirial en cruz. Lo que deseaba Santa Edith Stein no era otra cosa que ser partícipe de la muerte del Rey de los mártires, Jesucristo, porque su muerte es una muerte sin ningún tipo de consuelo –el único es la presencia de María al pie de la Cruz-, solo y atormentado por toda clase de dolores. En tiempos dominados por el agnosticismo, el materialismo y el rechazo de la Cruz, Santa Edith Stein nos llama a elevar la vista hacia Jesús crucificado para participar de su sacrificio en cruz, inmolándonos en el sacrificio de Cristo como víctimas unida a la Víctima, Jesús, por la salvación de las almas.
¿Dónde podemos llevar a cabo esta contemplación y unión con Cristo crucificado? Por supuesto que frente al crucifijo, porque la fe y el amor nos unen, en el espíritu, a Jesús en la cruz. Pero también, y ante todo, en la Santa Misa, porque la Misa es renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario, Sacrificio del Altar por el cual Cristo se hace presente en el altar eucarístico con su Cuerpo crucificado y derrama su Sangre en el Cáliz, para donarse a nuestras almas como Pan de Vida eterna. Si delante del crucifijo nos unimos en el espíritu, por la Santa Misa, por la Comunión Eucarística, nos unimos a su Cuerpo, recibimos su Espíritu y somos convertidos en Él. Como cristianos, así es como debemos participar en la Santa Misa, con el espíritu del Calvario, como lo pedía Santa Edith Stein.
También en otro escrito, Santa Teresa Benedicta de la Cruz nos invita a poner nuestra esperanza no en las seguridades humanas –en los afectos humanos, en los trabajos humanos, en los consuelos humanos-, sino solamente en la Santa Cruz, “única esperanza nuestra”, como ella la llama: “Te saludamos, Cruz santa, única esperanza nuestra”.
En los tiempos de Santa Benedicta, el mundo estaba en Guerra, y mientras otros confiaban en la fuerza de los ejércitos y en el poder de las armas, Santa Edith Stein ponía toda su confianza solo en la Santa Cruz: “El mundo está en llamas: la lucha entre Cristo y el Anticristo ha comenzado abiertamente, por eso si te decides en favor de Cristo, ello puede acarrearte incluso el sacrificio de la vida. Contempla al Señor que ante ti cuelga del madero, porque ha sido obediente hasta la muerte de Cruz. Él vino al mundo no para hacer su voluntad, sino la del Padre. Si quieres ser la esposa del Crucificado debes renunciar totalmente a tu voluntad y no tener más aspiración que la de cumplir la voluntad de Dios. Frente a ti el Redentor pende de la Cruz despojado y desnudo, porque ha escogido la pobreza. Quien quiera seguirlo debe renunciar a toda posesión terrena”.
Para el alma que ama a Jesucristo, nada debe anteponerse a Él y Él en la cruz debe ser el objeto de todo su amor: “Ponte delante del Señor que cuelga de la Cruz, con corazón quebrantado; Él ha vertido la sangre de su corazón con el fin de ganar el tuyo. Para poder imitarle en la santa castidad, tu corazón ha de vivir libre de toda aspiración terrena; Jesús crucificado debe ser el objeto de toda tu tendencia, de todo tu deseo, de todo tu pensamiento”.
Si el mundo arde en la violencia de las llamas y el fuego, Jesús crucificado es el refugio y camino seguro que conduce al cielo: “El mundo está en llamas: el incendio podría también propagarse a nuestra casa, pero por encima de todas las llamas se alza la cruz, incombustible. La cruz es el camino que conduce de la tierra al cielo”.
El que se abraza a la Cruz de Cristo, es transportado, por el Espíritu Santo, en el Hijo, al Padre: “Quien se abraza a ella con fe, amor y esperanza se siente transportado a lo alto, hasta el seno de la Trinidad”.
El cristiano debe contemplar a Jesús crucificado y dejar que la Sangre de su Sagrado Corazón se derrame en su alma, para que así broten de él “torrentes de agua viva” que lo hagan llevar al Amor de Dios hasta los confines del mundo: “El mundo está en llamas: ¿Deseas apagarlas? Contempla la cruz: del Corazón abierto brota la sangre del Redentor, sangre capaz de extinguir las mismas llamas del infierno. Mediante la fiel observancia de los votos, mantén tu corazón libre y abierto; entonces rebosarán sobre él los torrentes del amor divino, haciéndolo desbordar fecundamente hasta los confines de la tierra”.
El que se abraza a la Cruz se hace partícipe del Amor Misericordioso de Jesucristo y se vuelve con caridad, compasión y misericordia a su prójimo: “Gracias al poder de la cruz puedes estar presente en todos los lugares del dolor a donde te lleve tu caridad compasiva, una caridad que dimana del Corazón Divino, y que te hace capaz de derramar en todas partes su preciosísima sangre para mitigar, salvar y redimir”.
Jesús nos mira desde la cruz y nos pide que renovemos, en el Amor de Dios, la Alianza Nueva y Eterna, sellada con su Sangre: “El Crucificado clava en ti los ojos interrogándote. ¿Quieres volver a pactar en serio con Él la alianza? Tú sólo tienes palabras de vida eterna. ¡Salve, Cruz, única esperanza!”.
Ahora bien, como afirmamos anteriormente, lo mismo que nos dice Santa Edith Stein acerca de la cruz, lo decimos nosotros de la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario. Parafraseando a Santa Edith Stein, podemos decir: “La Santa Misa, única esperanza nuestra”.



[1] Santa Teresa Benedicta de la Cruz; Edith Stein Weke, II. Band, Verborgenes Leben ‘Vida Escondida’ Freiburg-Basel-Wien 1987, S. 124-126.
[2] http://www.corazones.org/santos/edith_stein.htm#Ave_Crux,_spes_unica

viernes, 9 de agosto de 2013

Santa Teresa Benedicta de la Cruz


         Representa, en su persona y en su vida, a todo lo humano asumido y redimido en Cristo: es de raza hebrea y de religión judía, y se convierte a Cristo, en quien ya no hay “ni judío ni gentil”; es filósofa, y por el camino del Amor a la Verdad Absoluta abre su mente y prepara su espíritu para el don de la gracia, que la hará partícipe de la Sabiduría de Dios, Jesús de Nazareth; es  laica y abraza la vida religiosa en el Carmelo, entregando su vida como esposa del Cordero; finalmente, al ser apresada y ejecutada por el paganismo nazi, entrega todo su ser, cuerpo y alma, en un doble holocausto: en el holocausto de la Shoá, el sufrido por todo el pueblo hebreo, y en el Holocausto del Cordero, al ser consumida en las llamas del Fuego del Amor divino que brota del Sagrado Corazón traspasado de Jesús.

         Por todo esto, Santa Teresa Benedicta de la Cruz representa a la Nueva Humanidad, la humanidad regenerada por la gracia divina, la humanidad que está y estará delante del Cordero, alegrándose en su Presencia, cantando junto a los ángeles loas de alabanza, y cánticos de acción de gracias, adorándolo y amándolo por toda la eternidad.