San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 20 de septiembre de 2023

Las llagas del Padre Pío y el Amor de Dios

 



         Dentro de la inmensidad de dones, virtudes y prodigios que caracterizan la vida del Padre Pío, hay algo que sobresale a primera vista y es la presencia de las Llagas o estigmas, es decir, las heridas en sus manos, en sus pies y en su costado. Podemos preguntarnos qué significado tienen y cuál es la relación de esas llagas con cada uno de nosotros.

         Con relación a su significado, las Llagas del Padre Pío, si bien las llevaba él en su cuerpo, hay que decir que son las mismas Llagas de Cristo. Es decir, esas heridas abiertas y sangrantes que sufrió Nuestro Señor Jesucristo en la cruz, en el Monte Calvario, son las mismas Llagas que llevó el Padre Pío en su vida terrena y aunque él las cubría con un mitón o paño de lana, las heridas, cuando aparecían y por el tiempo que aparecían, ya que había momentos en que desaparecían, no dejaban de sangrar. Algo que hay que tener en cuenta es lo siguiente: si bien nosotros vemos fotos e incluso algunas filmaciones del Padre Pío en donde se lo ve sonriente con sus mitones en las manos, no es que las heridas no le doliesen: le dolían tal y como le dolían a Nuestro Señor Jesucristo en la cruz, pero el Padre Pío, sobreponiéndose al dolor, no dejaba de tener una sonrisa paternal y afectuosa en su rostro, para todo aquel que se le acercaba y de tal manera era así, que podemos decir que la inmensa mayoría no se daba cuenta del dolor que sufría el Padre Pío por llevar consigo las Llagas de Cristo. Otro detalle a tener en cuenta es que las Llagas nunca se infectaban, siempre permanecían abiertas y sangrantes, con sangre fresca y con los bordes de las heridas frescos y abiertos, lo cual indica dos cosas: una, que la ausencia de infección es signo de la pureza, no solo del Padre Pío, sino ante todo de Nuestro Señor Jesucristo, que en cuanto Dios, es la Pureza Increada, es el Cordero Inmaculado, sin mancha alguna de pecado y la Santidad Increada en Sí misma. El hecho de que siempre estuvieran sangrantes, es señal de que Cristo derramó, literalmente, hasta la última gota de su Sangre Preciosísima, para salvarnos de la eterna condenación, para perdonarnos nuestros pecados, para convertirnos en hijos adoptivos de Dios y para sí llevarnos al Cielo, al final de nuestra vida terrena.

         En cuanto a la relación que tienen las Llagas de Cristo, portadas por el Padre Pío en su vida terrena, son una señal visible, tangible, perceptible, del Amor de Dios por todos y cada uno de nosotros. Es decir, si alguno se pusiera a pensar y dijera: “¿Es verdad que me ama Dios, como si yo fuera el único ser humano en la tierra? Y si me ama, ¿cuál es la medida de su Amor por mí?”. Si alguien se hiciera esas preguntas, solo con contemplar las Llagas del Padre Pío, tendría de inmediato las respuestas: Dios nos ama a cada uno de nosotros como si cada uno de nosotros fuera el único habitante de la tierra, de manera que el Amor de Dios por nosotros no tiene límite ni medida, es infinito y eterno, así como es Dios, infinito y eterno; además, la medida del Amor de Dios por cada uno de nosotros, se puede comprobar también en las Llagas del Padre Pío, las Llagas de Cristo, porque lo que lo hace sufrir a Cristo su Calvario y su Pasión, como dice la Sierva de Dios Luisa Piccarretta, es el Amor, su Amor infinito y eterno por nosotros. Uno podría pensar que los flagelos, las trompadas, los golpes de todo tipo son los que hacen sufrir al Señor Jesús y no es así: el verdadero verdugo de Nuestro Señor Jesús es el Amor, porque es el Amor el que lo lleva a sufrir todo tipo de dolores y de amarguras, de penas y de tristezas, con el solo fin de salvarnos.

         Al recordar al Padre Pío en su día, le pidamos que interceda por nosotros, para que no solo nunca nos quejemos de la Cruz, sino que seamos capaces de llevarla con amor, caminando detrás de Jesús por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis, el Único Camino que conduce al Cielo.

viernes, 5 de agosto de 2022

El Sagrado Corazón y la Devoción del Primer Viernes

 



         En la Tercera Revelación, ocurrida en el mes de julio de 1674[1], el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque y la santa lo relata así: “Un día, arrodillada ante el Santísimo sacramento expuesto en el altar… Jesucristo, mi dulce Maestro, se me presentó, todo resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas resplandeciendo como tantos soles. De todas partes de Su Sagrada Humanidad brotaban llamas pero especialmente de Su adorable pecho, que era como un horno. Abriéndolo, me mostró Su corazón amoroso y adorable como la fuente viva de esas llamas. Luego me reveló todas las maravillas indecibles de su amor puro y el exceso de amor que había concebido para los hombres de quienes no había recibido más que ingratitud y desprecio. Entonces Jesús le dijo: “Esto es más penoso para Mí, que todo lo que soporté en mi Pasión. Si tan solo me devolvieran algo de amor, no consideraría todo lo que he hecho por ellos, y haría aún más si fuera posible. Pero sólo tienen frialdad y desprecio por todos Mis esfuerzos por hacerles el bien. Tú, al menos, puedes darme la felicidad de compensar su ingratitud, tanto como puedas”. Jesús se queja ante Santa Margarita por la frialdad y la indiferencia que recibe de parte de los bautizados, por quienes Él entregó su Vida en la Cruz y donó su Amor en Pentecostés. En vez de adorarlo en el Santísimo Sacramento del altar, la Sagrada Eucaristía, los católicos prefieren sus propios intereses y diversiones, dejándolo a Jesús solo en el sagrario y en el altar, porque casi nadie viene a Misa los Domingos y mucho menos a adorarlo en la Sagrada Eucaristía. Luego Jesús le dijo qué es lo que debía hacer Santa Margarita para apaciguar su dolor y es el adorarlo a Él todas las veces que pueda y recibirlo en la Sagrada Comunión el primer viernes de cada mes: Primero, debes recibirme en el Santísimo Sacramento tan a menudo como la obediencia lo permita, sin importar qué mortificación o humillación pueda implicar. Además, recibiréis la Sagrada Comunión el primer viernes de cada mes y todas las noches entre el jueves y el viernes os haré partícipes de ese dolor de muerte que tuve la voluntad de sufrir en el Huerto de los Olivos. Este dolor te reducirá, sin que sepas cómo, a una especie de agonía más amarga que la muerte. Para unirte a Mí en la humilde oración que entonces ofrecí a Mi Padre celestial en agonía, debes levantarte entre las once y las doce y permanecer conmigo de rodillas durante una hora, con el rostro en tierra, para apaciguar la ira de mi Padre Eterno, y pedirle perdón por los pecadores. Así compartirás conmigo, y de alguna manera aliviarás el amargo dolor que sufrí cuando mis discípulos me abandonaron y me vi obligado a reprocharles que no podían velar conmigo ni siquiera por una hora. Durante esa hora debes hacer lo que yo te enseñaré”. Notemos que Jesús la llama a una intensa unión de amor en la Eucaristía, pero no le promete que su vida será un colchón de rosas, sino que la hará partícipe del dolor y de la amargura que Él padeció por amor a todos y cada uno de nosotros. Todos los católicos debemos, en consecuencia, pedir la gracia de unirnos a la Pasión de Amor del Sagrado Corazón, para así aliviar sus dolores, amarguras y sufrimientos.

 

lunes, 4 de abril de 2022

Santa Liduvina, Patrona de los enfermos crónicos, nos hace ver el valor del sufrimiento unido a Jesucristo

 



Cuando se enfrentan con una enfermedad grave o crónica, que provoca mucho sufrimiento corporal, muchos católicos, haciendo caso omiso de las enseñanzas de la Iglesia, se quejan de dichas enfermedades, dolores y sufrimientos, desaprovechando el tesoro espiritual que esto implica. Ahora bien, los santos son los que nos enseñan cómo aprovechar estos tesoros espirituales que el Cielo nos envía. Es el caso de Santa Liduvina (1380-1433), Patrona de los enfermos crónicos, quien tuvo la siguiente experiencia mística.

Según se narra en su biografía, la santa recién había comenzado con una enfermedad que le provocaría una parálisis, la cual la mantendría postrada hasta el fin de sus días; fue entonces que, una noche, la santa soñó que Nuestro Señor le proponía este negocio: “Para pago de tus pecados y conversión de los pecadores, ¿qué prefieres, 38 años tullida en una cama o 38 horas en el purgatorio?”. Y que ella respondió: “Prefiero 38 horas en el purgatorio”. Y sintió que moría que iba al purgatorio y empezaba a sufrir. Y fue así que pasaron 38 horas y 380 horas y 3.800 horas y su martirio no terminaba, y al fin preguntó a un ángel que pasaba por allí: “¿Por qué Nuestro Señor no me habrá cumplido el contrato que hicimos? Me dijo que me viniera 38 horas al purgatorio y ya llevo 3.800 horas”. El ángel fue y averiguó y volvió con esta respuesta: “¿Qué cuántas horas cree que ha estado en el Purgatorio?”. La santa le contestó: “¡Pues 3.800!”. El ángel le replicó: “¿Sabe cuánto hace que usted se murió? No hace todavía ni cinco minutos que se murió. Su cadáver todavía está caliente y no se ha enfriado. Sus familiares todavía no saben que usted se ha muerto. ¿No han pasado cinco minutos y ya se imagina que van 3.800?”. Al oír semejante respuesta, Liduvina se asustó y gritó: “¡Dios mío, prefiero entonces estarme 38 años tullida en la tierra!”. Y despertó. Y desde ese momento estuvo en verdad 38 años paralizada y a quienes la compadecían les respondía: “Tengan cuidado porque la Justicia Divina en la otra vida es muy severa. No ofendan a Dios, porque el castigo que espera a los pecadores en la eternidad es algo terrible, que no podemos ni imaginar”. Y seguía sufriendo contenta su parálisis para pagar sus propios pecados y para conseguir la salvación de muchos pecadores.

Por último, que los enfermos deban unir sus sufrimientos a la Pasión del Señor, es un premio que Dios concede a los que más aman y esto está en una de las Preces de la Liturgia de las Horas: “Señor, que los enfermos unan sus dolores a la Pasión de Cristo, para que así merezcan luego participar de su gloria en la vida eterna”.

jueves, 28 de enero de 2021

Santo Tomás de Aquino

 



          Vida de santidad[1].

          Nació alrededor del año 1225, de la familia de los condes de Aquino. Estudió primero en el monasterio de Montecasino, luego en Nápoles; más tarde ingresó en la Orden de Predicadores, y completó sus estudios en París y en Colonia, donde tuvo por maestro a san Alberto Magno. Escribió muchas obras llenas de erudición y ejerció también el profesorado, contribuyendo en gran manera al incremento de la filosofía y de la teología. Murió cerca de Terracina el día 7 de marzo de 1274. Su memoria se celebra el día 28 de enero, por razón de que en esa fecha tuvo lugar, el año 1369, el traslado de su cuerpo a Tolosa.

          Mensaje de santidad.

          Cuando constatamos nuestra propia miseria -nuestras inclinaciones al mal, nuestras faltas de enmienda, nuestras escasas o nulas aspiraciones a la santidad-, en vez de desalentarnos y derrumbarnos espiritualmente frente a tantas dificultades, Santo Tomás de Aquino -quien además de eximio filósofo y teólogo era un místico excepcional-, nos da un instrumento con el cual podemos avanzar rápidamente en la vida espiritual y en el camino de la santidad. Arrodillados frente al Crucifijo o frente al Sagrario, podemos reflexionar acerca de la siguiente meditación de Santo Tomás, quien nos propone a Jesús crucificado como modelo y fuente de todas las virtudes.

          Al contemplar a Cristo crucificado, Santo Tomás se pregunta acerca de la necesidad de que Cristo padeciera en la Cruz como lo hizo, y la respuesta es doblemente afirmativa: para perdonarnos los pecados y para darnos ejemplo de cómo obrar santamente. Dice así el santo: “¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar”[2]. Nos detendremos en la segunda razón, que es la que nos servirá para progresar en la vida espiritual, ya que así lo asegura el santo: “la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida”. Es decir, es en la Pasión de Cristo -y particularmente en el momento de la crucifixión- en donde debemos buscar cualquier ejemplo de virtud en la cual deseemos progresar, sabiendo que las encontraremos en Cristo expresadas en grado infinito y no sólo eso, sino que, además de modelo de virtudes, Cristo es la Fuente de toda virtud. Entonces, si lo que necesitamos es amor, para dar a nuestro prójimo -no amor humano, sino el Amor sobrenatural del Corazón de Cristo, el Amor del Espíritu Santo-, lo encontraremos superabundantemente en Cristo crucificado: “Si buscas un ejemplo de amor: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz”[3].

          Si lo que necesitamos es paciencia, porque somos proclive no solo a la impaciencia, sino a la ira o a la cólera, también Cristo es modelo y fuente de paciencia: “Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: corramos también nosotros con firmeza y constancia la carrera para nosotros preparada”. Es decir, postrados ante la Cruz y abrazados a los pies ensangrentados de Jesús, contemplemos cuán pacientemente sufre Jesús toda clase de sufrimiento -físico y espiritual- y le imploremos la gracia de tener un corazón “manso y humilde” como el suyo.

          Si somos soberbios y orgullosos y lo que nos falta es humildad, todo eso lo encontraremos en Jesús crucificado: “Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilatos y morir”[4]. En una muestra extrema de humildad, Jesús, siendo Dios, no dudó, para salvarnos, en someterse voluntariamente al juicio inicuo de un juez terreno, como Pilatos.

          Si somos rebeldes y estamos dominados por nuestro juicio propio, busquemos el ejemplo extremo de obediencia en Jesús crucificado: “Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte”[5].

          Si estamos apegados a los bienes materiales y pensamos que esta vida se reduce a poseer más y más riquezas terrenas, busquemos en Jesús crucificado el extremo desprendimiento de todo lo material: “Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien, finalmente, dieron a beber hiel y vinagre”[6].

          Un último consejo de Santo Tomás, siempre contemplando a Jesús crucificado -o en la humildad gloriosa de la apariencia de pan, la Eucaristía-, para que nos impulse cada vez más a no solo desprendernos de las cosas materiales, sino a desear nada más que la vida eterna: “No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se reparten mi ropa; ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que, entretejiendo una corona de espinas, la pusieron sobre mi cabeza; ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre”[7].

          Siguiendo a Santo Tomás, nos postremos ante Jesús crucificado o ante su Presencia en el sagrario, y abrazados a sus pies sangrantes, pidamos la gracia de tener sus virtudes, ya que Él no solo es modelo de toda virtud, sino Fuente Inagotable e Increada de toda virtud. Sólo así, en la imitación de Cristo, lograremos pasar de este mundo a la vida eterna, al Reino de los cielos.

         



[2] Santo Tomás de Aquino, Conferencia 6 sobre el Credo.

[3] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

[4] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

[5] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

[6] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

[7] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

miércoles, 29 de abril de 2020

Santa Catalina de Siena




          Vida de santidad[1].

          Nacida en 1347, Catalina tuvo la primera visión: mientras cruzaba una calle con su hermano Esteban, vio al Señor rodeado de ángeles, que le sonreía, impartiéndole la bendición. Su padre pensó casarla con un hombre rico; sin embargo, la santa ya se había consagrado a Dios. A los dieciséis años, Santa Catalina ingresó en la tercera orden de Santo Domingo. Se destacó por su gran caridad y bondad, sobre todo para con los huérfanos y más necesitados. Durante la llamada “peste negra”, en la cual murió la tercera parte de la población de Siena, Santa Catalina se destacó por el cuidado de los enfermos.  A los veinticinco años de edad comienza su etapa en la vida pública, caracterizada como conciliadora de la paz entre los soberanos y aconsejando a los príncipes. Fue por su influjo que el papa Gregorio XI dejó la sede de Aviñón en Francia para retornar a Roma. Tanto este pontífice como Urbano VI se sirvieron de ella como embajadora en cuestiones gravísimas; en todas las cuales Catalina supo desempeñarse con prudencia, inteligencia y eficacia.
Aunque era analfabeta, como gran parte de las mujeres y muchos hombres de su tiempo, dictó un maravilloso libro titulado “Diálogo de la divina providencia”, donde recoge las experiencias místicas por ella vividas y donde se enseñan los caminos para hallar la salvación. Santa Catalina de Siena, quien murió a consecuencia de un ataque de apoplejía, a la temprana edad de treinta y tres años, el 29 de abril de 1380, fue la gran mística del siglo XIV. El papa Pío II la canonizó en 1461 y el papa Pablo VI, en 1970, la proclamó doctora de la Iglesia.

          Mensaje de santidad[2].

Según relato de la propia santa, Nuestro Señor Jesucristo se le apareció en su celda portando consigo dos coronas, una de oro y otra de espinas; Jesús le dijo que eligiera cuál de ambas deseaba llevar puesta. Santa Catalina no dudó un instante en elegir la misma corona que Nuestro Señor llevó en la Pasión, esto es, la corona de espinas. No podía ella considerarse digna de llevar una corona de oro, mientras que Nuestro Señor llevaba una corona de espinas. Por supuesto que en el momento de su muerte, su corona de espinas fue trocada en una corona de valor infinitamente mayor que el de una corona de oro, y es la corona de la gloria en la eterna bienaventuranza. A nosotros no se nos aparecerá Jesús ofreciéndonos una corona de oro y otra de espinas, para que elijamos cuál de ellas llevar; sin embargo, guiados por el ejemplo de Santa Catalina de Siena, debemos pedir la gracia de llevar, sino materialmente, sí espiritualmente, la corona de espinas, la misma corona que llevó Nuestro Señor Jesucristo en la Pasión. Si hacemos esto, también nos sucederá como a la Santa en el momento de la muerte: la corona de espinas que llevemos en esta vida por amor a Cristo, se nos convertirá en una corona de gloria en el Reino de los cielos.


martes, 13 de agosto de 2019

San Maximiliano Kolbe



         Vida de santidad[1].

Nacido en Polonia, su familia, fervientemente devota de la Santísima Virgen bajo la advocación de Nuestra Señora de Schesztokowa, le transmitió este gran amor por la Madre de Dios, amor que habría de marcar toda su vida, a la cual podemos definir esencialmente mariana. Ingresó en 1910 en los franciscanos, obteniendo en 1915 en la Universidad de Roma el doctorado en filosofía y en 1919 el doctorado en teología. Fue ordenado sacerdote en 1918.
Decimos que su vida fue esencialmente mariana, porque todos los esfuerzos de San Maximiliano estaban dirigidos a hacer conocer a la Santísima Virgen. Para conseguir este objetivo, fundó en 1927 en Polonia la Ciudad de la Inmaculada, una gran organización, que tuvo mucho éxito y una admirable expansión. Luego funda en Japón otra institución semejante, con éxito admirable.
Para propagar aún más el conocimiento, el amor y la devoción a la Santísima Virgen, el padre Maximiliano fundó dos periódicos: “El Caballero de la Inmaculada”, y “El Pequeño diario”, además de organizar una imprenta en la ciudad de la Inmaculada en Polonia. En Japón fundó una revista católica que pronto llegó a tener una tirada de quince mil ejemplares, lo cual se considera un verdadero milagro en ese país donde los católicos casi no existían. También fundó y dirigió una revista llamada “El caballero de la Inmaculada” y una radiodifusora. Todo lo que construyó fue destruido por la guerra, ya que el padre San Maximiliano fue hecho prisionero por los nazis al poco tiempo de iniciada la Segunda Guerra Mundial. Una vez prisionero en el campo de Auschwitz, San Maximiliano ofrendó su vida en testimonio de Cristo, intercambiándola por un padre de familia que iba a ser fusilado por los nazis. Estos aceptaron la propuesta del Padre Maximiliano, de morir él en lugar del padre de familia y fue así que fue conducido a una celda en donde se lo dejó morir de hambre junto con otros diez prisioneros. Todos murieron menos él, por lo que los nazis, que necesitaban la celda para nuevos prisioneros, pusieron fin a la vida de San Maximiliano Kolbe inyectándole cianuro. Era la víspera de la Asunción de la Virgen, el 14 de agosto de 1941.

         Mensaje de santidad.

Además de su gran amor a la Virgen, particularmente bajo la advocación de la Inmaculada Concepción y el deseo ardiente de que la Madre de Dios fuera conocida por la mayor cantidad de gente posible, podemos decir que el legado de santidad de San Maximiliano consta de dos coronas: la de la pureza y la del martirio. En efecto, cuando era niño tuvo un sueño en el cual la Virgen María le ofrecía dos coronas, si él permanecía fiel a la devoción mariana. Eran dos coronas, una corona blanca y otra roja: la blanca simbolizaba la virtud de la pureza, mientras que la roja, el martirio. El santo vivió a la perfección la doble pureza necesaria para el Reino de los cielos, la pureza del cuerpo y la pureza del alma, es decir, la castidad perfecta y la fe perfecta, sin contaminaciones con herejías y también mereció la corona del martirio porque, imitando a Cristo, que en la Cruz se ofreció como Víctima Inocente por nuestra salvación, San Maximiliano Kolbe, participando de la Pasión del Señor, se ofreció en intercambio para salvar la vida de un padre de familia. En su día, le pedimos a San Maximiliano Kolbe que intereceda para que, a imitación suya, amemos hasta el extremo a la Madre de Dios y a su Hijo Jesucristo.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Santa Rosa de Lima



         Vida de santidad[1].

         Nació en el año 1586 de ascendencia española en la capital del Perú, Lima, en 1586. Sus padres, de origen humilde, fueron Gaspar de Flores y María de Oliva. Mientras vivía en su hogar y hasta que se consagró, llevó una vida de piedad, oración y virtud. Una vez consagrada y vistiendo el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo, profundizó todavía más su camino de penitencia y contemplación mística. Murió el día 24 de agosto del año 1617.
El nombre de Rosa lo adquirió la santa el día de su confirmación por parte del arzobispo de Lima, Santo Toribio. El  modelo de vida y santidad para Sana Rosa de Lima fue Santa Catalina de Siena. En una ocasión, su madre le coronó con una guirnalda de flores para lucirla ante algunas visitas; considerando esto como una vanidad y para reparar por esto, Santa Rosa se clavó una de las horquillas de la guirnalda en la cabeza, con la intención de hacer penitencia. Debido a que era muy agraciada por naturaleza, recibía constantes elogios de parte de la gente acerca de su belleza, por lo que la santa solía restregarse la piel con pimienta para desfigurarse y no ser ocasión de tentaciones para nadie.
En otra ocasión, una dama le hizo un día ciertos cumplimientos acerca de la suavidad de la piel de sus manos y de la finura de sus dedos; inmediatamente la santa se talló las manos con barro, a consecuencia de lo cual no pudo vestirse por sí misma en un mes. Estas y otras penitencias daban muestra de cómo aún a temprana edad, la santa poseía un espíritu de penitencia, mediante el cual combatía contra las acechanzas y peligros del mundo exterior y de las propias pasiones. Sin embargo, Santa Rosa era también consciente de que la penitencia de nada le serviría si antes no desterraba de su corazón la fuente de todo mal, que es el orgullo, el cual es una pasión que se manifiesta en el amor propio y es capaz de esconderse bajo el disfraz de la oración y el ayuno. Decidió emprender esta lucha contra su amor propio mediante la humildad, la obediencia y la abnegación de la voluntad propia.
Jamás desobedeció a sus padres, dando ejemplo de perfecto cumplimiento del Cuarto Mandamiento y no mostró nunca hacia nadie, aún en las dificultades y contradicciones, gestos del más mínimo fastidio, siendo con todos caritativa y paciente. Sufría mucho por quienes no tenían visión sobrenatural y no comprendían su camino de penitencia, austeridad y piedad.
Su familia padeció penurias económicas luego del fracaso en una empresa por parte del padre de Santa Rosa. Para ayudar al sostenimiento de la familia, Santa Rosa trabajaba todo el día en el huerto y durante parte de la noche, se dedicaba a la costura. A pesar de que sus padres querían que se casara e insistían permanentemente en ello, la santa hizo voto de virginidad durante diez años para confirmar su resolución de vivir consagrada al Señor. Pasados esos diez años e imitando a Santa Catalina de Siena, ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo. Desde ese momento, se recluyó en una cabaña que había construido en el huerto. Sobre su cabeza solía portar una cinta de plata, cuya parte interna estaba recubierta de puntas, sirviendo dicha cinta a modo de corona de espinas. Su amor de Dios era tan ardiente que, cuando hablaba de Él, cambiaba el tono de su voz y su rostro se encendía como un reflejo del sentimiento que embargaba su alma. Ese fenómeno se manifestaba, sobre todo, cuando la santa se hallaba en presencia del Santísimo Sacramento o cuando en la comunión eucarística su corazón se unía sobrenaturalmente al Amor Increado y Fuente del Amor.
A Santa Rosa le fueron concedidas enormes gracias extraordinarias, aunque también permitió Dios que sufriese durante quince años la persecución de sus amigos y conocidos, al mismo tiempo que su alma se veía sumergida en la más profunda desolación espiritual. Además de esto, sufría constantes ataques por parte del Demonio, quien la molestaba con violentas tentaciones. El único consejo que supieron darle aquellos a quienes consultó fue que comiese y durmiese más. Más tarde, una comisión de sacerdotes y médicos examinó a la santa y dictaminó que sus experiencias eran realmente sobrenaturales. Santa Rosa vivió los tres últimos años de su vida en la casa de Don Gonzalo de Massa, un empleado del gobierno, cuya esposa le tenía particular cariño. Durante la penosa y larga enfermedad que precedió a su muerte, la oración de la santa era: ·”Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”. Dios la llamó a Su Presencia el 24 de agosto de 1617, a los treinta y un años de edad. Al momento de su muerte su fama de santidad había trascendido tanto que el capítulo, el senado y otros dignatarios de la ciudad se turnaron para transportar su cuerpo al sepulcro. Fue canonizada por el Papa Clemente X en el año 1671.

         Mensaje de santidad[2].

         Aunque sus dones y gracias eran particulares para su persona y por lo mismo no todos pueden imitar sus prácticas ascéticas, sí podemos pedirle a la santa que interceda por nosotros ante Nuestro Señor Jesucristo para que, por manos de la Virgen, Mediadora de todas las gracias, seamos capaces de imitarla en su ardiente amor por Nuestro Redentor Jesucristo.
Su mensaje de santidad también está contenido en sus escritos. En uno de ellos, Santa Rosa de Lima, haciendo hablar a Nuestro Señor Jesucristo, la Santa resalta el enorme valor de dos grandes dones del Cielo: las tribulaciones y la gracia que nos viene por los sacramentos. Escribe así la santa: “El Salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad: “¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!”. La santa describe una experiencia mística en la que Nuestro Señor es el que habla, ponderando el valor del sufrimiento aceptado con humildad y jamás rechazado, como preludio del don de la gracia. Muchos cristianos se quejan de la cruz que les toca llevar, cometiendo así un grave error, puesto que la Santa Cruz es el único camino al Cielo. De allí tenemos que tomar lección nosotros, para no solo nunca quejarnos de la Cruz, sino para abrazarla con todo el amor del que seamos capaces.
Continúa luego la santa: “Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen: “Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma”. En un mundo como el nuestro, en el que el predominan el materialismo y el hedonismo, es decir, la ausencia de Dios y la búsqueda de los placeres sensuales, el mensaje de santidad de Santa Rosa de Lima se dirige en dirección absolutamente contraria al espíritu mundano de nuestro siglo, desde el momento en que la santa nos anima a participar de la Pasión del Señor –sus aflicciones, su Cruz, su tribulación-, como modo de participar de la naturaleza divina, por medio de la gracia, adquirida por estas tribulaciones y aflicciones.
Luego continúa la santa elogiando el tesoro de la Gracia Divina: “Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces: “¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres”. 
Santa Rosa nos anima no solo a no desear los bienes y placeres terrenos, sino a desear un único bien, el bien divino de la Gracia celestial, que nos hace partícipes de la naturaleza divina, conseguida por Nuestro Señor Jesucristo para nosotros al precio de su Pasión. Su mensaje, entonces, puede resumirse así: no solo no quejarse de la Cruz, sino abrazarla con amor para participar de la Pasión del Redentor, de sus trabajos, aflicciones y tribulaciones, para así recibir la gracia divina que, al unirnos a la naturaleza divina, se convierte para nosotros en el bien más preciado y en la fuente de todo bien sobrenatural.

viernes, 8 de junio de 2018

El Sagrado Corazón a la Hermana Encarnación: “Los hombres no recuerdan los dolores de mi Pasión”



El Sagrado Corazón se le apareció a la hermana Encarnación del Sagrado Corazón en Guatemala para manifestarle cuánto dolor le causaban los hombres porque estos –distraídos con las cosas del mundo- no recuerdan su Pasión –y si no recuerdan su Pasión, no recuerdan los motivos de ésta, que es la Misericordia de Dios y el pecado de los hombres-. El día 9 de abril de 1857 la Madre fue a la Capilla a meditar la Pasión, en la parte en la que Jesús es traicionado por Judas Iscariote y sintió en ese momento que el Señor le decía al oído: “Los hombres no recuerdan los dolores de mi Corazón”.
En otra aparición, Jesús le dice así a Santa Gemma Galgani, quejándose de cómo los cristianos se olvidaban de su Corazón y su Amor y de cómo comulgaban muchos cristianos, con hipocresía y cinismo, además de convertir a sus templos en verdaderos "teatros": “Nadie se cuida ya de Mi amor; Mi corazón está olvidado, como si nada hubiese hecho por su amor, como si nada hubiera padecido por ellos, como si de todos fuera desconocido. Mi corazón está siempre triste. Solo Me hallo casi siempre en las iglesias, y si muchos se reúnen, lo hacen con motivos bien distintos de los que Yo quisiera; y así tengo que sufrir viendo a mi Iglesia convertida en teatro de diversiones; veo que muchos, con semblante hipócrita, me traicionan con comuniones sacrílegas”[1].
         Es decir, a través de estas dos apariciones, Jesús le dice a la Iglesia que los cristianos no solo no recuerdan los dolores de la Pasión, sino que no toman conciencia de que lo que reciben en la Eucaristía es el Corazón dolorido de Jesús, puesto que lo reciben distraídamente, haciendo comuniones sacrílegas en la mayoría de los casos porque cuando comulgan están pensando en cosas mundanas o en cualquier otra cosa menos en Él y además nos revela su dolor porque se encuentra abandonado en su Prisión de Amor, el sagrario
         ¿Por qué Jesús quiere que nos acordemos de sus dolores en la Pasión y por qué quiere que recibamos su Corazón Eucarístico con piedad, con amor, con fervor? Por un lado, porque este recuerdo no se trata de una mera afectividad y tener devoción al Sagrado Corazón no es una simple devoción dejada al libre querer del que le parezca: así como en la Pasión de Jesús están contenidas todas las gracias que necesitamos para la salvación, así también, de la misma manera, en el Sagrado Corazón  están contenidas todas las gracias necesarias para nuestra eterna salvación, según le dijo Jesús a Santa Margarita.
         Que en la devoción al Sagrado Corazón están contenidas las gracias más que suficientes y necesarias para la eterna salvación en el Reino de Dios y para al mismo tiempo evitar la eterna condenación en el Infierno, eso es lo que Jesús le dice a Santa Margarita en una de las apariciones: “Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado por los hombres y apartarlos del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número (y que ese Amor) le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres, con todos los tesoros de amor, de misericordia, de gracias, de santificación, y de salvación que contiene, a fin de que cuantos quieran rendirle y procurarle todo el amor, el honor y la gloria que puedan, queden enriquecidos abundante y profusamente con los divinos tesoros del Corazón de Dios, cuya fuente es, al que se ha de honrar bajo la figura de su Corazón de carne, cuya imagen quería ver expuesta y llevada por mi sobre el corazón, para grabar en él su amor y llenarlo de los dones de que está repleto, y para destruir en él todos los movimientos desordenados. Que esparciría sus gracias y bendiciones por dondequiera que estuviere expuesta su santa imagen para tributarle honores y que tal bendición sería como un último esfuerzo de su amor (…) a fin de apartarlos del imperio de Satanás, al que pretende arruinar, para ponernos en la dulce libertad del imperio de su amor, que quiere restablecer en el corazón de todos los que se decidan a abrazar esta devoción”.
Para esto se manifiesta Jesús como Sagrado Corazón y para esto quiere que le tengamos devoción: para “Apartar (a los hombres) del camino de la perdición, en el que los precipita Satanás en gran número (es decir, el Infierno); destruir en él (en el hombre) todos los movimientos desordenados (los movimientos desordenados son los pecados que, si son mortales y no se confiesan, conducen al Infierno); apartarlos del imperio de Satanás (el Príncipe del Infierno) (y que los hombres queden) bajo el imperio de su Amor”.
          Es para que nos apartemos del camino de Satanás y para que lo reconozcamos a Él, a Jesús, como a Nuestro único Rey, es para lo que Jesús nos revela su Sagrado Corazón y es para este fin que sufrió la Pasión ya desde el momento mismo de la Encarnación. Otro elemento a tener en cuenta es que si las gracias para nuestra eterna salvación están contenidas en la Pasión y en el Sagrado Corazón, están contenidas por lo tanto también en la Eucaristía, porque es allí donde está vivo y glorioso el Sagrado Corazón. Por esta razón es que nos entrega en cada comunión eucarística su Sagrado Corazón Eucarístico, porque en la Eucaristía el Sagrado Corazón está, lleno de la gloria y del Amor de Dios, vivo y palpitante.
Entonces, recordar, meditar, pedir la gracia de participar de los dolores de la Pasión de Jesús, ser devotos del Sagrado Corazón de Jesús es necesario para nuestra eterna salvación y es tan necesario, que quien no es devoto del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, no tiene modo de salvarse eternamente y quien rechaza esta devoción no tiene modo de librarse de Satanás y por lo tanto pone su salvación eterna en grave riesgo. Jesús se manifestó como el Sagrado Corazón para destruir los movimientos desordenados de nuestros corazones, que nos conducen al pecado; para librarnos de Satanás y de la eterna condenación en el Infierno y para colmarnos de toda clase de gracias necesarias para nuestra santificación y eterna salvación. Nada de esto tiene que ver con una devoción que se queda solo en la afección sensible, como erróneamente afirman muchos que desconocen al Sagrado Corazón.



[1] Cfr. www.religionenlibertad.com/la-terrible-carta-de-gema-galgani-13999.htm

martes, 23 de mayo de 2017

Santa Rita de Casia


Vida de santidad[1].

Santa Rita nació en 1381 en Casia, Umbría. Se casó con Pablo Fernando, de su aldea natal. Debido al carácter irascible de su esposo, su matrimonio constituyó, desde sus primeros inicios, un verdadero martirio, el cual es aceptado por la santa con heroicidad cristiana. Ante el constante maltrato de su esposo, Santa Rita pone en juego las armas espirituales que la Madre Iglesia le ha enseñado: callar, sufrir en silencio y ofreciendo su dolor, rezando por la conversión de su esposo, conversión que llega finalmente gracias a su bondad y paciencia y la acción de la gracia.
Su matrimonio, del cual nacieron dos gemelos, vivió una verdadera tragedia al ser asesinado su esposo, como consecuencia de los enemigos que se había acarreado por su mala vida pasada, antes de su conversión. Santa Rita perdona a los asesinos de su esposo y les pide a sus hijos que hagan lo mismo, imitando el perdón que Cristo nos dio a cada uno de nosotros, al ser nosotros, con nuestros pecados, los que le quitábamos la vida. Sin embargo, sus hijos no escuchan el pedido de su madre e insisten en la idea de vengarse. Al ver que estaban en peligro de eterna condenación, Santa Rita ora pidiendo a Dios que se lleve a sus hijos, antes de que estos cometan un pecado mortal, lo cual sucede efectivamente.
Al haber enviudado y al haber quedado sin hijos, Santa Rita vislumbra la posibilidad de concretar su deseo de consagrarse, por la vida religiosa, al Señor, por lo que pide la admisión por tres veces en las Agustinas de Casia, siendo rechazada las tres veces.
Es admitida en el monasterio luego de que, milagrosamente, se le aparecieran San Juan Bautista, San Agustín y San Nicolás de Tolentino. Hace la profesión religiosa ese mismo año de 1417, y allí pasa 40 años, vividos sólo para Dios. Como religiosa, fue ejemplar, viviendo en extrema humildad, pobreza, obediencia, y ofreciendo continuos ayunos, vigilias y penitencias con cilicios. Llevada por la gracia, recorrió con alegría y amor las tres vías de la vida espiritual, purgativa, iluminativa y unitiva.
Sus hermanas en religión refieren un episodio que da cuenta de su santidad. La Priora le manda regar un sarmiento seco, lo cual, visto humanamente, no tenía mucho sentido, puesto que era imposible que reverdeciera. Sin embargo, Rita cumple la orden rigurosamente durante varios meses y el sarmiento reverdece.
Santa Rita solía pasar largas horas de rodillas, en un reclinatorio, ante la imagen de Jesús crucificado, meditando en su Pasión y en el dolor que nuestros pecados le provocaban. Fue en una de esas meditaciones que recibió una gracia muy particular: se le produjo una herida en la frente, como si fuera producida por una de las espinas de la corona de Jesús, la cual le procuraba un intenso dolor continuo, además de humillación permanente. Esta herida no cicatrizaba nunca y, aún más, empeoraba y comenzaba a supurar, emitiendo un olor nauseabundo, con lo que Santa Rita, a  pesar de ser religiosa y amar la vida comunitaria propia de la vida consagrada, tuvo que vivir hasta su muerte, apartada del resto de la comunidad. La herida desapareció solo una vez, por unos días, cuando Santa Rita, con sus hermanas en religión, salieron del convento para asistir a una misa en Roma, presidida por el Santo Padre. También desapareció definitivamente cuando Santa Rita murió, y en vez del olor nauseabundo que hasta ese entonces se sentía, el cuerpo de Santa Rita comenzó a exhalar un exquisito perfume de rosas.
En los días anteriores y en el momento de su muerte, sucedieron también hechos prodigiosos, como el florecer de una rosa y el madurar de dos higos en pleno invierno, para satisfacer sus antojos de enferma. También al morir se produjo otro sorprendente milagro, indicios de que su alma en gracia ingresaba en el Reino de los cielos: al momento de expirar, las campanas comenzaron a tañer solas a gloria y su celda se iluminó con una luz resplandeciente y desconocida. Murió en el año 1457 y fue canonizada por el Papa   León XIII en el año 1900.   

         Mensaje de santidad.

         A pesar de todos estos prodigios que verdaderamente sucedieron, lo que la hizo santa no fueron estos, sino una vida de virtudes heroicas cristiana en todos los estados de vida que le tocó vivir: fue un modelo extraordinario de esposa, de madre, de viuda y de monja. Como esposa, sufrió en silencio la brutalidad de su esposo antes de su conversión, además de rezar permanentemente por su conversión, obteniendo del Señor esta gracia. Como madre, amaba tanto a sus hijos, que pidió para ellos la muerte terrena, antes de que cometieran el pecado mortal de la venganza y así sufrieran la segunda muerte, es decir, la eterna condenación en el infierno. Como viuda, guardó luto cristiano y desde el momento mismo en que enviudó, guardó con respeto y caridad cristiana la memoria de su esposo fallecido, tomando la decisión de ingresar en el convento para consagrarse como religiosa. Ya como religiosa, cumplió siempre a la perfección la regla de su Orden, además de recibir la gracia mística de sufrir, de modo permanente y hasta su muerte, una herida producida por una de las espinas de la corona del Señor, participando y uniéndose místicamente a su Pasión, la cual amaba meditar, día y noche. Por todo esto, Santa Rita es modelo ejemplar para toda mujer, en cualquier estado de vida que se encuentre.

viernes, 29 de abril de 2016

Santa Catalina de Siena y la corona de espinas


En un momento de su vida, Santa Catalina de Siena tuvo una aparición de Jesús, en la que Nuestro Señor tenía dos coronas en sus manos, una de oro y otra de espinas. Jesús le preguntó cuál de ambas quería y Santa Catalina le dijo que quería la de espinas. En su biografía, se relata así el episodio: “En una visión, Jesús se le presentó con dos coronas, una de oro y otra de espinas, ofreciéndole elegir con cuál de las dos se complacería. Ella respondió: “Yo deseo, Oh Señor, vivir aquí siempre conforme a tu pasión, y encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y deleite”. Luego, tomando ansiosamente la corona de espinas, se la colocó sobre la cabeza” [1].
¿Por qué esta elección de Santa Catalina? ¿No hubiera sido mejor que eligiera la corona de oro, puesto que ella, como sabemos, estaba unida en desposorios místicos con Jesús? Es decir, si Santa Catalina era –como lo era- la esposa mística del Rey de los cielos –en una aparición, Jesús en Persona le colocó el anillo esponsal-, y siendo Jesús como es, el Rey de la gloria, ¿no correspondía que una esposa de semejante Rey llevara una corona de gloria y no de espinas?
Para entender el porqué de la elección de Santa Catalina, debemos meditar en su respuesta[2]: “Yo deseo, oh Señor, vivir aquí conforme a tu Pasión y encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y deleite”.
“Deseo vivir aquí conforme a tu Pasión”: en la Pasión, Jesús no llevaba una corona de oro, sino una corona de espinas; luego, al elegir la corona de espinas, Santa Catalina de Siena desea “conformarse” a la Pasión de Jesús, es decir, vivir unida a la Pasión de Nuestro Señor. Esto implica recibir, en esta vida, lo que Jesús recibió en su Pasión: ignominia, humillación, dolor y muerte, lo cual es contrario a la cultura hedonista que impera en nuestros días.
“Encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y mi deleite”: No se trata de querer sufrir por el solo hecho de sufrir; tampoco se trata de una alteración de los valores en Santa Catalina: el “reposo y deleite en el sufrimiento y en el dolor” se deben a que, al unirse a la Pasión de Jesús prefiriendo la corona de espinas y no la de oro, Santa Catalina se une al sacrificio redentor de Nuestro Señor, lo cual quiere decir que el dolor, de tortura del alma y del cuerpo, se convierte en fuente de santificación, tanto personal, como de muchas almas, que por este dolor y santificación, se verán libres de la eterna condenación, lo cual, a su vez, es lo que explica el deleite y el reposo, es decir, la alegría y la paz que sobrevienen al alma, cuando participa de la Pasión de Jesús, y es la salvación propia y de muchas otras almas.
Ahora bien, en otra aparición de Jesús, Nuestro Señor le revela a Santa Catalina que no es la intensidad del dolor lo que posee valor expiatorio, sino el dolor por el pecado, que nace del amor a Dios: cuanto más grande sea el amor –y, si es infinito, mejor- con el que se desea reparar las ofensas propias y ajenas cometidas contra Dios, tanto mayor será la expiación. Es decir, es la magnitud del amor con el que se sufre, y no la intensidad del sufrimiento, lo que posee el valor redentor, y siempre que este amor esté unido al Amor de su Sagrado Corazón. Dice así Jesús a nuestra santa: “Debes saber hija mía, que todas las penas que sufre el alma en esta vida no son suficientes para expiar la más mínima culpa, ya que la ofensa hecha a Mí que soy Bien Infinito, requiere satisfacción infinita. Más si la verdadera contrición y el horror por el pecado tienen valor reparador y expiatorio, lo hacen, no por la intensidad del sufrimiento (que será siempre limitado), sino por el deseo infinito con que se padece, puesto que Dios, que es infinito, quiere infinitos el amor y el dolor; dolor del alma contra la ofensa cometida al Creador y al prójimo”[3].
Entonces, porque es necesaria la expiación de los pecados por el dolor y el amor, unidos a Santa Catalina, le pedimos a Jesús que, si es su Divina Voluntad, y aunque somos indignos, nos conceda la gracia de llevar espiritualmente su corona de espinas, para tener los mismos pensamientos, santos y puros, que Él tiene en su Pasión.





[1] http://www.corazones.org/santos/catalina_siena.htm
[2] Al decir esto, debemos aclarar que es obvio que debemos hacerlo con categorías sobrenaturales, pidiendo la iluminación del Espíritu Santo, porque si nada encontraremos si analizamos su respuesta desde el punto de vista de la mera razón humana, absolutamente insuficiente, por sí misma, de elevarse a lo sobrenatural
[3] Cfr. Santa Catalina de Siena, La Verdad Eterna.