San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 28 de enero de 2021

Santo Tomás de Aquino

 



          Vida de santidad[1].

          Nació alrededor del año 1225, de la familia de los condes de Aquino. Estudió primero en el monasterio de Montecasino, luego en Nápoles; más tarde ingresó en la Orden de Predicadores, y completó sus estudios en París y en Colonia, donde tuvo por maestro a san Alberto Magno. Escribió muchas obras llenas de erudición y ejerció también el profesorado, contribuyendo en gran manera al incremento de la filosofía y de la teología. Murió cerca de Terracina el día 7 de marzo de 1274. Su memoria se celebra el día 28 de enero, por razón de que en esa fecha tuvo lugar, el año 1369, el traslado de su cuerpo a Tolosa.

          Mensaje de santidad.

          Cuando constatamos nuestra propia miseria -nuestras inclinaciones al mal, nuestras faltas de enmienda, nuestras escasas o nulas aspiraciones a la santidad-, en vez de desalentarnos y derrumbarnos espiritualmente frente a tantas dificultades, Santo Tomás de Aquino -quien además de eximio filósofo y teólogo era un místico excepcional-, nos da un instrumento con el cual podemos avanzar rápidamente en la vida espiritual y en el camino de la santidad. Arrodillados frente al Crucifijo o frente al Sagrario, podemos reflexionar acerca de la siguiente meditación de Santo Tomás, quien nos propone a Jesús crucificado como modelo y fuente de todas las virtudes.

          Al contemplar a Cristo crucificado, Santo Tomás se pregunta acerca de la necesidad de que Cristo padeciera en la Cruz como lo hizo, y la respuesta es doblemente afirmativa: para perdonarnos los pecados y para darnos ejemplo de cómo obrar santamente. Dice así el santo: “¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar”[2]. Nos detendremos en la segunda razón, que es la que nos servirá para progresar en la vida espiritual, ya que así lo asegura el santo: “la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida”. Es decir, es en la Pasión de Cristo -y particularmente en el momento de la crucifixión- en donde debemos buscar cualquier ejemplo de virtud en la cual deseemos progresar, sabiendo que las encontraremos en Cristo expresadas en grado infinito y no sólo eso, sino que, además de modelo de virtudes, Cristo es la Fuente de toda virtud. Entonces, si lo que necesitamos es amor, para dar a nuestro prójimo -no amor humano, sino el Amor sobrenatural del Corazón de Cristo, el Amor del Espíritu Santo-, lo encontraremos superabundantemente en Cristo crucificado: “Si buscas un ejemplo de amor: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz”[3].

          Si lo que necesitamos es paciencia, porque somos proclive no solo a la impaciencia, sino a la ira o a la cólera, también Cristo es modelo y fuente de paciencia: “Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: corramos también nosotros con firmeza y constancia la carrera para nosotros preparada”. Es decir, postrados ante la Cruz y abrazados a los pies ensangrentados de Jesús, contemplemos cuán pacientemente sufre Jesús toda clase de sufrimiento -físico y espiritual- y le imploremos la gracia de tener un corazón “manso y humilde” como el suyo.

          Si somos soberbios y orgullosos y lo que nos falta es humildad, todo eso lo encontraremos en Jesús crucificado: “Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilatos y morir”[4]. En una muestra extrema de humildad, Jesús, siendo Dios, no dudó, para salvarnos, en someterse voluntariamente al juicio inicuo de un juez terreno, como Pilatos.

          Si somos rebeldes y estamos dominados por nuestro juicio propio, busquemos el ejemplo extremo de obediencia en Jesús crucificado: “Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte”[5].

          Si estamos apegados a los bienes materiales y pensamos que esta vida se reduce a poseer más y más riquezas terrenas, busquemos en Jesús crucificado el extremo desprendimiento de todo lo material: “Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien, finalmente, dieron a beber hiel y vinagre”[6].

          Un último consejo de Santo Tomás, siempre contemplando a Jesús crucificado -o en la humildad gloriosa de la apariencia de pan, la Eucaristía-, para que nos impulse cada vez más a no solo desprendernos de las cosas materiales, sino a desear nada más que la vida eterna: “No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se reparten mi ropa; ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que, entretejiendo una corona de espinas, la pusieron sobre mi cabeza; ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre”[7].

          Siguiendo a Santo Tomás, nos postremos ante Jesús crucificado o ante su Presencia en el sagrario, y abrazados a sus pies sangrantes, pidamos la gracia de tener sus virtudes, ya que Él no solo es modelo de toda virtud, sino Fuente Inagotable e Increada de toda virtud. Sólo así, en la imitación de Cristo, lograremos pasar de este mundo a la vida eterna, al Reino de los cielos.

         



[2] Santo Tomás de Aquino, Conferencia 6 sobre el Credo.

[3] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

[4] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

[5] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

[6] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

[7] Cfr. Santo Tomás, ibidem.

viernes, 2 de agosto de 2019

El Sagrado Corazón y las tres armas para la lucha espiritual



         En el libro de Job se dice: “Lucha es la vida del hombre sobre la tierra”[1], es decir, esta vida no es para “pasarla bien”, sino para luchar, pero no para luchar por causas ideológicas, sino para luchar para salvar el alma de la eterna condenación y así entrar en el cielo. Para lograr este objetivo, el Sagrado Corazón le dio a Santa Margarita María de Alacquoque tres armas espirituales: una conciencia despierta que detecte el pecado y desee la gracia; la obediencia a los superiores y, por último, la Santa Cruz[2].
         Con relación a la primera arma, Jesús le revela a Santa Margarita el valor que tiene una conciencia delicada, porque por la conciencia delicada, el alma se da cuenta que por la gracia está delante de Dios y que si falta a la gracia, si comete pecado, sale de la presencia de Dios y lo ofende. Dice así Jesús: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”. Entonces, cuando estemos en falta, acudamos a la confesión, porque estar en gracia es el equivalente a estar en la gloria en el Reino de los cielos, contemplando a Dios cara a cara.
         Con relación a la segunda arma, la santa obediencia, Jesús le hace ver a Margarita el valor de la obediencia, porque así lo imita a Él que, por obediencia, se encarnó y murió en la cruz. De otra manera, desobedeciendo, el alma se asemeja más al Ángel Desobediente, el Demonio, que por no querer obedecer la orden de amar y adorar a Dios Trino, perdió el cielo para siempre. Todos tenemos un superior a quien obedecer, incluso el Papa, pues tiene que obedecer a Dios, de manera que todos tenemos y debemos utilizar esta arma espiritual de la obediencia, que nos acerca y nos hace imitar al Sagrado Corazón de Jesús.
Por último, la tercera arma espiritual, la Santa Cruz, la más importante de todas, porque sin Cruz no hay Jesús y sin Jesús no hay Cielo ni salvación. Si Jesús, el Hijo de Dios, pasó de esta vida a la otra por medio de la Cruz, entonces todo el que quiera ir al Cielo, lo debe hacer por medio de la Cruz. Sin la Cruz de Jesús, es imposible, de toda imposibilidad, llegar al Cielo.
Practiquemos estas tres armas espirituales que nos da el Sagrado Corazón –conciencia delicada, santa obediencia, Santa Cruz- para poder obtener el triunfo más importante de nuestras vidas, la salvación de nuestras almas y evitar la eterna condenación.

viernes, 14 de agosto de 2015

San Maximiliano Kolbe y la consagración a María como medio para alcanzar la santidad


En sus escritos, San Maximiliano Kolbe da la respuesta al interrogante existencial: ¿para qué estamos en esta vida? Dice San Maximiliano que estamos en esta vida para “santificar y salvar nuestras almas[1]”. ¿De qué manera lo conseguimos? Dando a Dios “la gloria que Él merece (…) la mayor gloria posible”: “En la actualidad se da una gravísima epidemia de indiferencia, que afecta, aunque de modo diverso, no sólo a los laicos, sino también a los religiosos. Con todo, Dios es digno de una gloria infinita. Siendo nosotros pobres criaturas limitadas y, por tanto, incapaces de rendirle la gloria que él merece, esforcémonos, al menos, por contribuir, en cuanto podamos, a rendirle la mayor gloria posible”[2]. ¿En qué consiste esta glorificación de Dios? En la salvación de las almas, salvación obtenida al precio del sacrificio de Jesús en la cruz. Es por eso que el cristiano dará mayor gloria a Dios, cuanto más trabaje y se esfuerce por la salvación de las almas, la propia y las de sus hermanos, y en esto consistirá el “ideal más sublime” que una persona pueda tener en esta vida: “La gloria de Dios consiste en la salvación de las almas, que Cristo ha redimido con el alto precio de su muerte en la cruz. La salvación y la santificación más perfecta del mayor número de almas debe ser el ideal más sublime de nuestra vida apostólica”[3].
         Ahora bien, el mejor camino para glorificar a Dios, por medio de la salvación de las almas, es la obediencia a quienes son “sus representantes en la tierra”, porque la obediencia es la que nos manifiesta cuál es la voluntad de Dios: “Cuál sea el mejor camino para rendir a Dios la mayor gloria posible y llevar a la santidad más perfecta el mayor número de almas, Dios mismo lo conoce mejor que nosotros, porque él es omnisciente e infinitamente sabio. Él, y sólo él, Dios omnisciente, sabe lo que debemos hacer en cada momento para rendirle la mayor gloria posible. ¿Y cómo nos manifiesta Dios su propia voluntad? Por medio de sus representantes en la tierra. La obediencia, y sólo la santa obediencia, nos manifiesta con certeza la voluntad de Dios”[4].
Es decir, Dios, que quiere que “todos los hombres se salven”, quiere obrar a través nuestro su misericordia; quiere mostrar, a través de sus hijos adotpivos, su infinita bondad para con todos, porque a todos los hombres los quiere con Él, pero para eso, necesita –por así decirlo- de nosotros, para manifestar su Amor a los hombres por medio de nuestra vida. Y es aquí en donde se ve la necesidad de la obediencia, porque implica docilidad y humildad, a los superiores, a través de quienes se manifiesta su voluntad. En otras palabras, solo si somos dóciles y humildes a nuestros superiores, podrá Dios manifestar su voluntad en nuestras vidas, la cual será siempre que seamos una imitación y prolongación del Amor de Dios hecho carne, Cristo Jesús. Dice así San Maximiliano: “Dios (…) por medio de sus representantes aquí en la tierra, nos revela su admirable voluntad, nos atrae hacia sí, y quiere por medio nuestro atraer al mayor número posible de almas y unirlas a sí del modo más íntimo y personal”[5]. Por el contrario, un alma indócil y desobediente, al no obedecer a sus superiores, no le puede ser manifestada cuál sea la voluntad de Dios sobre ella, y no puede por lo tanto convertirse en instrumento del Divino Amor, que quiere a través suyo salvar a muchas almas. El alma dócil y obediente, el alma “obra conforme a la voluntad de Dios”, y en eso consiste “la grandeza del hombre”[6].
         La obediencia es “el único camino” para la santificación, porque consiste en la imitación de Cristo que, siendo Dios, se hizo hombre y en su etapa de niñez y juventud, “vivió sujeto y obedeció” a sus padres terrenos, San José y la Virgen: “Éste y sólo éste es el camino de la sabiduría y de la prudencia, y el modo de rendir a Dios la mayor gloria posible (…) Los treinta años de su vida escondida son descritos así por la sagrada Escritura: Y les estaba sujeto. Igualmente, por lo que se refiere al resto de la vida toda de Jesús, leemos con frecuencia en la misma sagrada Escritura que él había venido a la tierra para cumplir la voluntad del Padre”[7].
         El lugar donde se aprende la obediencia por amor, es “el crucifijo”, el “libro más bello y auténtico en donde profundizar este amor”: “El libro más bello y auténtico donde se puede aprender y profundizar este amor (que lleva a sacrificar la propia voluntad) es el Crucifijo”[8].
Por último, el modo más perfecto, según San Maximiliano María Kolbe, de cumplir la voluntad de Dios, es consagrándonos a María Santísima, porque a Ella “Dios le ha confiado toda la economía de la misericordia”, porque su voluntad –la de la Virgen-, es la voluntad de Dios: “(el amor de sacrificio) lo obtendremos mucho más fácilmente de Dios por medio de la Inmaculada, porque a ella ha confiado Dios toda la economía de la misericordia” (…) y porque al consagrarnos a Ella, seremos, como María y en María, instrumentos de la Divina Misericordia: “La voluntad de María (…) es la voluntad del mismo Dios (…) consagrándonos a ella, somos también como ella, en las manos de Dios, instrumentos de su divina misericordia. Dejémonos guiar por María; dejémonos llevar por ella, y estaremos bajo su dirección tranquilos y seguros: ella se ocupará de todo y proveerá a todas nuestras necesidades, tanto del alma como del cuerpo; ella misma removerá las dificultades y angustias nuestras”[9].






[1] Cfr. Gli scritti di Massimiliano Kolbe eroe di Oswiecim e beato della Chiesa, vol 1, Cittá di Vita, Firenze 1975, 44-46. 113-114.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.
[7] Cfr. ibidem.
[8] Cfr. ibidem.
[9] Cfr. ibidem.

jueves, 5 de marzo de 2015

Las tres armas espirituales que el Sagrado Corazón le dio a Santa Margarita para que alcanzara la santidad


Santa Margarita María de Alacquoque recibió del Sagrado Corazón de Jesús tres armas espirituales, necesarias e indispensables para alcanzar su santidad[1]. Estas armas eran: una conciencia delicada y odio y dolor ante la más pequeña falta; la santa obediencia y el amor a la Santa Cruz. Si bien Santa Margarita era religiosa y por lo tanto estas armas espirituales le correspondían con mayor razón, no deja de ser cierto que estas armas espirituales son válidas para cualquier alma, en cualquier estado de vida, por lo que las consideraremos como un preciosísimo tesoro dado por el mismo Jesús en Persona.
La primera arma espiritual consistía, como dijimos, en una conciencia delicada y un profundo odio y dolor ante la más pequeña falta. Una vez le dijo el Señor cuando había Margarita cometido una falta: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”. Esto se debe a que Jesús, siendo Dios, es la santidad personificada, por lo que cualquier no ya pequeño pecado venial, sino imperfección, queda en gran evidencia. Para darnos una idea, imaginemos un mar de un cristal limpidísimo, en el cual arrojáramos una pequeñísima gota de tinta negra: inmediatamente, la gota negra resaltaría; ese mar de cristal limpidísimo, es Dios en su santidad; la gota de tinta negra, es cualquier imperfección; de esta manera, nos damos cuenta de cómo, frente a Dios, no ya nuestros pecados, sino nuestras imperfecciones, quedan completamente al descubierto. Cuando Santa Margarita cometía una imperfección, acudía a pedir penitencia a su superiora cuando cometía una falta, pues sabía que Jesús solo se contentaba con las penitencias impuestas por la obediencia.
La segunda arma espiritual que le dio el Sagrado Corazón era la santa obediencia y si bien Santa Margarita, al ser religiosa, tenía superiores inmediatos a quien obedecer, un laico también puede obedecer a sus superiores. Por ejemplo, un hijo, a sus padres, o un fiel bautizado, a su director espiritual, o los parroquianos, a su párroco, etc.
Santa Margarita sostiene que lo que más severamente le reprendía Jesús a ella eran sus faltas en la obediencia, ya sea a sus superiores o a su regla y que no le agradaba cuando Santa Margarita lograba, a costa de su terquedad, doblegar la voluntad de sus superiores. Una vez, Jesús le dijo: “Te engañas creyendo que puedes agradarme con esa clase de acciones y mortificaciones en las cuales la voluntad propia, hecha ya su elección, más bien que someterse, consigue doblegar la voluntad de las superioras. ¡Oh! yo rechazo todo eso como fruto corrompido por el propio querer, el cual en un alma religiosa me causa horror, y me gustaría mas verla gozando de todas sus pequeñas comodidades por obediencia, que martirizándose con austeridades y ayunos por voluntad propia”.

Es decir, a Jesús le agrada más lo que se hace con la mortificación de la obediencia, que con la satisfacción de la propia voluntad, porque al hacer una obra por obediencia, mortificando a la propia voluntad, obtenemos una victoria espiritual, porque doblegamos nuestro orgullo; por el contrario, cuando hacemos una obra satisfaciendo nuestra propia voluntad, en contra de la obediencia, lo único que hacemos es hacer crecer nuestra soberbia. De ahí el gran valor que el Sagrado Corazón le concede a las obras hechas por obediencia.
Por último, la tercera arma espiritual concedida por el Sagrado Corazón, era el amor a su Santa Cruz, el más precioso de todos sus regalos. Un día después que ella recibió la comunión, se hizo presente ante los ojos de ella una gran cruz, cuya extremidad no podía ver; estaba la cruz toda cubierta de flores. Y el Señor le dijo: “He ahí el lecho de mis castas esposas, donde te haré gustar las delicias de mi amor; poco a poco irán cayendo esas flores, y solo te quedarán las espinas, ocultas ahora a causa de tu flaqueza, las cuales te harán sentir tan vivamente sus punzadas, que tendrás necesidad de toda la fuerza de mi amor para soportar el sufrimiento”.
Junto con la cruz, vinieron para Santa Margarita toda clase de humillaciones, enfermedades, desprecios, injurias, tribulaciones todas permitidas y queridas por el Sagrado Corazón de Jesús, para hacerla partícipe de sus propias amarguras, tribulaciones, humillaciones e injurias, sufridas en la Pasión. Fue humillada por sus compañeras y por sus superioras. De su paso por la enfermería, dijo: “Sólo Dios sabe lo que tuve que sufrir allí”. Como Santa Margarita era callada, lenta y juiciosa, su superiora, estando ella delante del obispo, dijo de ella: “Es una tonta”. Es por eso que se equivoca quien piensa que el seguimiento de Jesús crucificado es un camino de diversión; Jesús nos quiere desapegar de todos los afectos terrenos, para que apeguemos nuestros corazones a su Sagrado Corazón, que está en la cruz, que es la Puerta abierta al cielo, y es la única forma en que podremos alcanzar la eternidad. Si no crucificamos nuestros corazones junto con el Sagrado Corazón de Jesús, nunca podremos ingresar en la feliz eternidad; para hacerlo, para que entremos a gozar del Reino de los cielos, no hay otro camino que ser crucificados junto al Sagrado Corazón de Jesús. Eso es lo que hizo Jesús con Santa Margarita, al regalarle la tercera arma espiritual, la Santa Cruz, para despegar su alma y su corazón del apego y del afecto a las cosas de esta tierra y sobre todo a sí misma, y por eso permitió que le sobreviniesen continuas humillaciones y desprecios, como a Él en la Pasión, aunque al mismo tiempo, no dejaba de asistirla con toda clase de gracias. Lo mismo hace con todos nosotros y con todo aquel que quiera tomar su cruz de cada día y seguirlo camino del Calvario, para crucificar su corazón junto al Sagrado Corazón de Jesús.
Una vez le dijo Jesús a Santa Margarita: “Has de querer como si no quisieras, debiendo ser tus delicias agradarme a mí. No debes buscar nada fuera de mí pues de lo contrario injuriarías a mi poder y me ofenderías gravemente, ya que yo quiero ser solo todo para ti”. Querer algo fuera del Sagrado Corazón, es injuriarlo: todo se debe querer por Él, en Él y para Él.
Conciencia delicada, santa obediencia, amor a la Santa Cruz: las tres armas espirituales que nos da a todos el Sagrado Corazón de Jesús para que alcancemos el cielo.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

jueves, 10 de enero de 2013

San Gonzalo


10 de enero


            Vida y milagros de San Gonzalo[1]
Etimológicamente significa “dispuesto, guerrero”. Viene de la lengua alemana.
El joven Gonzalo nació en Taglide, Portugal, de una familia de la alta aristocracia de entonces. Desde niño, los padres encomendaron su educación a un sacerdote amigo, quien le inculcó con sabiduría conocimientos científicos y religiosos. Todos los que lo conocían, lo consideraban como un joven virtuoso y muy atento en socorrer a los pobres. Fue en este período de su vida en el que San Gonzalo, sintiendo el llamado de Dios al sacerdocio ministerial, le dijo “sí” a los planes que Dios tenía para él, y se decidió a hacerse sacerdote, y es así que, en plena juventud, se consagró a Jesús, viviendo heroicamente las virtudes propias de su estado religioso (pobreza, castidad, obediencia). Una vez ordenado sacerdote, debido a que era un gran devoto de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, se fue en peregrinación a Roma para rezar delante de sus reliquias. Terminada esta peregrinación, y esta vez llevado por su gran amor a Jesucristo, y para mejor meditar en su Pasión, inició otra peregrinación -ahora a Jerusalén- para rezar en el Santo Sepulcro. Hay que destacar que al momento de marchar a Tierra Santa, San Conzalo era el abad de un monasterio. Cuando volvió, los monjes ya habían elegido a un sobrino suyo en su lugar. Lejos de protestar, y para no molestar a los hermanos ni a su familiar, él hizo – por inspiración de la Virgen – una vida de ermitaño, al lado mismo del monasterio.
El tiempo demostraría que los planes de santidad de Dios para San Gonzalo pasaban por una vida de oración eremítica, y no como abad de un monasterio. Junto a la ribera del río Tamaca edificó una pequeña ermita en la que vivía, hacía sus oraciones, practicaba la penitencia y trabajaba construyendo pequeños puentes para que la gente pudiera pasar. Desde entonces – y ya son siglos – existe todavía una romería a cada año a este lugar, en el que vivió este santo confesor ermitaño hasta que murió en el año 1260.

Mensaje de santidad de San Gonzalo
            San Gonzalo nos deja el mensaje de grandes y hermosas virtudes que configuran el alma a Cristo: la oración, la pobreza, la humildad, la caridad para con los más pobres. También nos deja el ejemplo del amor a Nuestro Señor, pues fue por amor a él que emprendió las peregrinaciones, primero a la tumba de los Apóstoles Pedro y Pablo, y después a Jerusalén, al Santo Sepulcro, en una época en la que viajar a tanta distancia y por tan largo tiempo implicaba, con toda seguridad, dejar la vida en el intento.
Pero el amor a Jesús era en el corazón de San Gonzalo más grande que el temor a perder la vida, y es así como pudo meditar en el Santo Sepulcro la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, meditación que le anticipó en el tiempo la gloria eterna en la cual San Gonzalo vive ahora para siempre, en los cielos.
Que San Gonzalo bendiga e ilumine a todos los que llevan su nombre –aunque no sean monjes ni sacerdotes-, para que meditando en la Pasión del Señor, y en su gloriosa Resurrección, lleguen un día a los cielos, en donde adorarán por los siglos sin fin al Hombre-Dios Jesucristo.

[1] Adaptado de: http://www.autorescatolicos.org/felipesantossangonzalo.htm; Autor: Padre Felipe Santos Campaña, SD.
[2] Cfr. Baur, Benedikt, O. S. B., Sed Luz. Meditaciones litúrgicas. Fiestas de los santos del Misal Romano, Tomo IV, Editorial Herder, Barcelona 1963, 27.
[3] Cfr. Baur, ibidem.