San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 20 de septiembre de 2023

Las llagas del Padre Pío y el Amor de Dios

 



         Dentro de la inmensidad de dones, virtudes y prodigios que caracterizan la vida del Padre Pío, hay algo que sobresale a primera vista y es la presencia de las Llagas o estigmas, es decir, las heridas en sus manos, en sus pies y en su costado. Podemos preguntarnos qué significado tienen y cuál es la relación de esas llagas con cada uno de nosotros.

         Con relación a su significado, las Llagas del Padre Pío, si bien las llevaba él en su cuerpo, hay que decir que son las mismas Llagas de Cristo. Es decir, esas heridas abiertas y sangrantes que sufrió Nuestro Señor Jesucristo en la cruz, en el Monte Calvario, son las mismas Llagas que llevó el Padre Pío en su vida terrena y aunque él las cubría con un mitón o paño de lana, las heridas, cuando aparecían y por el tiempo que aparecían, ya que había momentos en que desaparecían, no dejaban de sangrar. Algo que hay que tener en cuenta es lo siguiente: si bien nosotros vemos fotos e incluso algunas filmaciones del Padre Pío en donde se lo ve sonriente con sus mitones en las manos, no es que las heridas no le doliesen: le dolían tal y como le dolían a Nuestro Señor Jesucristo en la cruz, pero el Padre Pío, sobreponiéndose al dolor, no dejaba de tener una sonrisa paternal y afectuosa en su rostro, para todo aquel que se le acercaba y de tal manera era así, que podemos decir que la inmensa mayoría no se daba cuenta del dolor que sufría el Padre Pío por llevar consigo las Llagas de Cristo. Otro detalle a tener en cuenta es que las Llagas nunca se infectaban, siempre permanecían abiertas y sangrantes, con sangre fresca y con los bordes de las heridas frescos y abiertos, lo cual indica dos cosas: una, que la ausencia de infección es signo de la pureza, no solo del Padre Pío, sino ante todo de Nuestro Señor Jesucristo, que en cuanto Dios, es la Pureza Increada, es el Cordero Inmaculado, sin mancha alguna de pecado y la Santidad Increada en Sí misma. El hecho de que siempre estuvieran sangrantes, es señal de que Cristo derramó, literalmente, hasta la última gota de su Sangre Preciosísima, para salvarnos de la eterna condenación, para perdonarnos nuestros pecados, para convertirnos en hijos adoptivos de Dios y para sí llevarnos al Cielo, al final de nuestra vida terrena.

         En cuanto a la relación que tienen las Llagas de Cristo, portadas por el Padre Pío en su vida terrena, son una señal visible, tangible, perceptible, del Amor de Dios por todos y cada uno de nosotros. Es decir, si alguno se pusiera a pensar y dijera: “¿Es verdad que me ama Dios, como si yo fuera el único ser humano en la tierra? Y si me ama, ¿cuál es la medida de su Amor por mí?”. Si alguien se hiciera esas preguntas, solo con contemplar las Llagas del Padre Pío, tendría de inmediato las respuestas: Dios nos ama a cada uno de nosotros como si cada uno de nosotros fuera el único habitante de la tierra, de manera que el Amor de Dios por nosotros no tiene límite ni medida, es infinito y eterno, así como es Dios, infinito y eterno; además, la medida del Amor de Dios por cada uno de nosotros, se puede comprobar también en las Llagas del Padre Pío, las Llagas de Cristo, porque lo que lo hace sufrir a Cristo su Calvario y su Pasión, como dice la Sierva de Dios Luisa Piccarretta, es el Amor, su Amor infinito y eterno por nosotros. Uno podría pensar que los flagelos, las trompadas, los golpes de todo tipo son los que hacen sufrir al Señor Jesús y no es así: el verdadero verdugo de Nuestro Señor Jesús es el Amor, porque es el Amor el que lo lleva a sufrir todo tipo de dolores y de amarguras, de penas y de tristezas, con el solo fin de salvarnos.

         Al recordar al Padre Pío en su día, le pidamos que interceda por nosotros, para que no solo nunca nos quejemos de la Cruz, sino que seamos capaces de llevarla con amor, caminando detrás de Jesús por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis, el Único Camino que conduce al Cielo.

jueves, 22 de septiembre de 2022

El Padre Pío y el verdadero alivio del sufrimiento

 



         Dentro de todas las innumerables virtudes del Padre Pío, se encuentran su compasión por quienes se encuentran afligidos por diversas enfermedades. A tal punto llegó su compasión, que no se quedó cruzado de brazos, sino que comenzó una campaña para recolectar dinero para poder fundar un hospital destinado a los que padecen todo tipo de enfermedades, hospital al cual llamó: “Casa alivio del sufrimiento”. En la actualidad, el hospital fundado por el Padre Pío es uno de los mejores de Italia y del mundo.

         Pero hay un designio del Padre Pío en el nombre del hospital y es que en el nombre se indica cuál es el verdadero alivio que el Padre Pío quería para sus enfermos. Aunque pueda parecernos extraño, el Padre Pío quería que los enfermos se curaran y así se vieran aliviados, pero no era ese el principal deseo del Padre Pío, porque él buscaba otro alivio, mucho más profundo, para los enfermos, que la simple curación de sus enfermedades y era la curación del alma por la gracia santificante de Cristo y su santificación por medio de la participación en la Pasión y Muerte en cruz de Cristo. Ése era el verdadero alivio que buscaba el Padre Pío para los enfermos: no tanto que se curasen de sus enfermedades del cuerpo, sino ante todo que fueran curados en el alma por la gracia santificante de Nuestro Señor Jesucristo, gracia que brota de su Corazón traspasado y que se comunica por medio de los sacramentos.

Y es el mismo Padre Pío quien nos muestra cuál es el verdadero alivio del sufrimiento y nos lo muestra con sus llagas: el verdadero alivio no es la curación de la enfermedad, sino la unión con Cristo crucificado. Cuando el alma se une a Cristo en la cruz, es ahí cuando experimenta un alivio en su sufrimiento, no porque su enfermedad sea curada milagrosamente, sino porque al unirse a Cristo por el sufrimiento, es Cristo Quien toma ese sufrimiento como si fuera propio y lo convierte, con su santidad y su poder divino, en una fuente de santificación, para el alma que sufre y para todos aquellos por quienes esa alma ofrece su sufrimiento. Al recordarlo en su día, le pidamos al Padre Pío que nos enseñe a apreciar y desear unirnos a Cristo crucificado, para así obtener alivio para nuestras almas y las de nuestros seres queridos.

miércoles, 16 de junio de 2021

El Padre Pío y las llagas de Cristo

 



         El Padre Pío es, sin ninguna duda, uno de los más grandes santos y místicos de la historia de la Iglesia Católica. No solo por sus dones extraordinarios, como la lectura de los corazones, la bilocación, el realizar todo tipo de milagros, aun en vida, sino ante todo por su vida de santidad, es decir, por la heroicidad en la vida cristiana virtuosa, por el vivir en grado heroico las diversas virtudes, como la humildad, la fe, la caridad, etc. Además de todo esto, el Padre Pío es uno de los pocos santos estigmatizados de la Iglesia, es decir, de santos que llevaron, en sus cuerpos, las llagas de Cristo y es aquí en donde nos vamos a detener brevemente. Ante todo, al referirse a estas llagas, muchos dicen, erróneamente, “las llagas del Padre Pío” y en realidad no es así, sino que son “las llagas de Cristo”, porque son las heridas de Cristo las que, místicamente, llevó el Padre Pío a lo largo de su vida. No son llagas propias de él, del Padre Pío, sino que son las llagas de Jesucristo, del Hombre-Dios, quien quiso, explícitamente, que el Padre Pío las llevara visiblemente y también sensiblemente, porque estas llagas le dolían al Padre Pío, porque no es que las llevara simplemente, sin sentir su presencia. Este don extraordinario de las llagas visibles de Jesucristo nos lleva a preguntarnos qué sentido tienen, o mejor, cuál es la razón por la cual el Padre Pío las llevó, en su vida terrena, por voluntad explícita de Dios.

         Podemos decir que el Padre Pío llevó las llagas de Cristo porque estas son un recordatorio de su Pasión de Amor: Jesús sufrió la Pasión no por obligación, no involuntariamente, sino por Amor, Amor que es Amor de Dios y no de un simple hombre y por lo tantos, es un Amor Eterno, Infinito, Incomprensible, sufrido por todos y cada uno de nosotros, de manera tal que si cada uno de nosotros fuéramos el único habitante de la tierra, Jesús habría sufrido su Pasión de Amor por nosotros, personalmente. Si es un recordatorio de su Pasión de Amor, entonces es un recordatorio de que debemos devolver ese Amor, según el dicho: “Amor con amor se paga” y el amor con el que debemos pagar la deuda de amor que tenemos con Cristo lo devolvemos con obras de misericordia, por ejemplo.

         Podemos decir que las llagas de Cristo que llevó el Padre Pío son un recordatorio de lo que significa ser cristianos: ser cristianos no es un simple título, sino que es ser hijos adoptivos de Dios Padre, en el Hijo y si Jesucristo sufrió la Pasión para salvarnos y llevarnos al Cielo, entonces también nosotros debemos pedir la gracia de participar de la Pasión de Cristo, de la forma en que Dios disponga según su santa voluntad. Las llagas nos recuerdan que nuestra vida como cristianos no es ni puede ser un lecho de rosas, porque Cristo está crucificado en el Monte Calvario y si Él está crucificado, con sus heridas abiertas y sangrantes, nosotros no podemos pretender vivir en un lecho de rosas.

         Podemos decir que las llagas de Cristo que llevó el Padre Pío son un recordatorio de que nuestras manos, pies, corazones, y todos nuestros pensamientos y sentidos, deben estar crucificados con Cristo, porque si Cristo está en la Cruz y nosotros estamos unidos a Él por el Sacramento del Bautismo, entonces nuestro lugar es la Cruz, es estar crucificados con Cristo. Esto significa, concretamente, que nuestros pensamientos, sentimientos y sentidos, deben ser los pensamientos, sentimientos y sentidos de Cristo crucificado.

         Podemos decir que las llagas de Cristo que llevó el Padre Pío son un recordatorio de que la Santa Cruz es el Camino al Cielo -y por lo tanto lo es la Santa Misa, que es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio del Calvario-: la contemplación de estas llagas deben llevarnos a la consideración de que estamos de paso en esta vida terrena y que nuestro destino final no es “vivir bien” en esta vida, sino buscar, con todo nuestro ser, unido a Cristo, la vida eterna, el Reino de los cielos.

         Por último, podemos decir que las llagas de Cristo que llevó el Padre Pío son un recordatorio de que las llagas de Cristo son el refugio que debemos buscar, si queremos salvar nuestras almas. Estamos en esta vida para salvar nuestras almas y las de nuestros hermanos, para escapar de la Ira de Dios y de la eterna condenación en el Infierno, para llegar, por el Amor de Cristo, al Reino de Dios en el Cielo, pero no lo haremos, en tanto y en cuanto vivamos apegados a esta vida y a sus atractivos: sólo si nos refugiamos en las heridas de Cristo, viviremos en gracia y, lo más importante, moriremos en gracia y así seremos llevados, por el Amor que brota de la herida del Costado de Cristo, al seno del Padre en la eternidad.

         Es esto lo que nos deben recordar las llagas de Cristo que lleva el Padre Pío.

lunes, 21 de septiembre de 2020

El Padre Pío y los estigmas de Cristo

 


          Una de las características más notorias del Padre Pío, además de su extraordinaria vida de santidad, son los estigmas visibles de Cristo, que llevó durante casi toda su vida en sus manos, sus pies y su costado. Debemos preguntarnos qué es lo que significan estos estigmas y porqué los llevó el Padre Pío, para que no queden estos en una mera curiosidad.

          Ante todo, hay que decir que los estigmas no son un producto de la mente o el espíritu del Padre Pío, ya que es imposible que el ser humano se los provoque a sí mismo, a voluntad: como tales, son un don de Dios, por medio de los cuales quiso hacer partícipe, al Padre Pío, de modo extraordinario, del misterio de su Pasión redentora. Es decir, los estigmas son un don divino, por medio de los cuales Dios hizo que el Padre Pío participara, lo más cerca que una creatura humana puede hacerlo, de su Pasión con la cual salvó a la humanidad. Por otra parte, hay que decir que los estigmas, siendo verdaderos, eran también dolorosos, lo cual significa que cuando le aparecían, el Padre Pío sufría intensamente los mismos dolores de Jesucristo en la Cruz y, al igual que Cristo, ofrecía estos dolores, movido por el Amor de Dios, para la conversión de los pecadores y la salvación de las almas.

          De modo particular, el Padre Pío sufría con mayor intensidad el dolor de los estigmas durante la celebración de la Santa Misa, porque la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario, que es el lugar en donde el dolor de Jesús en sus heridas alcanzó su máxima intensidad.

          Pero hay algo más que debemos tener en cuenta con relación a los estigmas y es que, al igual que Cristo, el Padre Pío no sólo experimentaba el dolor de la transfixión y del lanzazo en el costado, sino que también experimentaba el Amor de Dios, Amor por el cual Cristo permitió ser herido y sufrió los dolores de la crucifixión. Dolor, pero no solo dolor, sino Amor y Amor Divino, es lo que experimentaba, con máxima intensidad, el Padre Pío, en cada Santa Misa, al llevar en su cuerpo los estigmas de Cristo.

          Nosotros no tenemos los estigmas de Cristo, pero al participar de la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, pidamos la gracia de vivir la Santa Misa con dolor espiritual por nuestros pecados y los del mundo entero, y con amor de agradecimiento al Cordero de Dios, que por nuestro amor y por nuestra salvación, se inmola de forma incruenta cada vez, en el Santo Altar Eucarístico.

viernes, 23 de septiembre de 2016

El significado de las llagas del Padre Pío


         Una de las características más notorias del Padre Pío, además de su vida de santidad y de los innumerables milagros que realizó aun estando en vida, son sus llagas, las cuales fueron estudiadas en su tiempo por expertos médicos –que declararon, obviamente, que la causa de las mismas excede la capacidad de la ciencia médica de dar respuestas- y fueron y son sido también objeto de la devoción por parte de decenas de miles de fieles. Teniendo esto en cuenta, el hecho de ser una gracia extraordinaria, que Dios concede libremente a quienes Él elige, nos preguntamos: ¿qué significan las llagas del Padre Pío?
La respuesta es que no se trata de otra cosa más que de la participación, de modo visible, sensible –cruento, podríamos decir- de la Pasión redentora de Jesucristo, quien así continúa, en la historia y el tiempo humanos, su misterio pascual de Muerte y Resurrección. En otras palabras, es Jesús quien, a través del Padre Pío, continúa el misterio de la Redención, en el signo de los tiempos. Contemplar las llagas del Padre Pío es por lo tanto equivalente a contemplar las llagas de Jesús, porque son las llagas de Jesús propiamente las que se manifiestan a través del cuerpo del Padre Pío. Contemplar sus llagas es contemplar, por un lado, la magnitud sin medida -valga la expresión- del Amor Misericordioso del Sagrado Corazón de Jesús, que dejó lacerar su Cuerpo Sacratísimo, a fin de salvarnos; por otro lado, significa tomar conciencia del triple peligro de muerte eterna del que Jesús nos ha salvado, porque con sus Llagas nos libró del Demonio, el pecado y la muerte y es esto lo que significa “Redención”.
Así comprendemos porqué las Llagas de Jesús –y las llagas del Padre Pío- no son ni pueden ser objeto ni de curiosidad científica, ni tampoco de devoción que se queda en la sola visión de las mismas: significa contemplar el misterio de la Redención en su totalidad, y esto implica, desde el comienzo, saber qué es “Redención”. Y esto implica saber cuál es el precio altísimo que Jesús tuvo que pagar por nuestras almas y cuerpos, no solo para liberarnos del Demonio, del pecado y de la muerte, sino también para convertirnos en hijos adoptivos de Dios y para abrirnos las Puertas del cielo, para que, al final de nuestras vidas, si somos fieles a la gracia hasta el fin, seamos capaces de habitar en la Casa del Padre por la eternidad, como hijos suyos muy amados.
Otra consideración que debemos hacer es que, aunque nosotros no llevamos las llagas del Padre Pío, sí estamos, como él, llamados a participar “en cuerpo y alma” de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo –así lo pide la Iglesia para los fieles en sus oraciones oficiales[1]-, y para ello no tenemos necesidad de tener visiblemente las Llagas del Señor: basta con ofrecer la cruz de cada día, grande o pequeña, pero ofrecerla con paciencia, mansedumbre humildad y, sobre todo, con amor.




[1] Cfr. Liturgia de las Horas.

martes, 30 de agosto de 2016

El Padre Pío y uno de sus milagros más asombrosos


         Además de su vida de santidad y de las llagas del Señor que llevó en su cuerpo, el Padre Pío se caracterizó por realizar –con el poder de Jesús participado- innumerables milagros, uno más grande que otro. Uno de los milagros más asombrosos tiene como beneficiaria a una devota italiana, llamada Ana María Gema di Giorgi, la cual aún vive, pues cuando recibió el milagro, era apenas una niña. El milagro consiste en que Emma es ciega de nacimiento, debido a que todas las estructuras aptas para la vista, como el nervio óptico, la retina, las pupilas, están atrofiadas desde el nacimiento. Sin embargo, a causa del milagro obrado por el Padre Pío, Ana María es capaz de ver, lo cual constituye un hecho sin precedentes en la historia de la medicina, imposible de explicar por medio de la razón científica. Aún más, si recurriéramos sólo a la razón científica, esta nos diría que es imposible que vea, y sin embargo, Ana María es capaz de ver, es decir, es capaz de percibir visualmente el mundo que nos rodea. Según el relato de la propia Ana María, el milagro se produjo en momentos en que ella iba con su abuela en el tren en dirección a San Giovanni Rotondo, para confesarse con el Padre Pío, puesto que debía tomar la Primera Comunión. La abuela de Ana María era su lazarillo, pues la llevaba a todas partes y le describía lo que ella no podía ver. En el trayecto del viaje, Ana María comenzó a ver y a contarle a su abuela lo que podía ver. Luego dice que, cuando fue a confesarse con el Padre Pío, le asustó su barba blanca y se largó a llorar, hecho por el que se olvidó de pedir “la gracia” que su abuela le había dicho que pidiera al Padre Pío. En la actualidad, Ana María utiliza lentes oscuros, pues sus ojos son los ojos de un no-vidente, aunque puede ver perfectamente. Su caso ha sido estudiado con los más modernos métodos de diagnóstico y análisis, y todos coinciden en el mismo punto: es imposible, humanamente hablando, que Ana María pueda ver y, sin embargo, ve. Esto nos recuerda lo que Jesús dice: “Lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios”. Ahora bien, este grandioso milagro nos debe llevar a la siguiente reflexión: Ana María di Giorgi, siendo no-vidente, ve, y no solo ve el mundo natural, sino que también ve el mundo sobrenatural, el mundo de la fe, las verdades de Jesucristo, el Hombre-Dios, que se encarnó, murió en la cruz para nuestra salvación y prolonga su encarnación en la Eucaristía.

Nosotros, que podemos ver, nos comportamos, la mayoría de las veces, como si fuéramos no-videntes en lo que respecta a la fe, porque abandonamos aquello que es la Luz del alma, Jesús Eucaristía. Le podemos pedir entonces, al Padre Pío, que así como intercedió para que Ana María pudiera ver, también interceda para que nosotros seamos capaces de ver a Jesús, vivo, glorioso, resucitado, en la Eucaristía.

jueves, 25 de agosto de 2016

El Padre Pío y las llagas de Jesús


         Las llagas del Padre Pío son una manifestación visible de su participación a la Pasión de Jesús; en otras palabras, a través de las llagas visibles, el Padre Pío nos muestra, sensiblemente, visiblemente, su participación corporal y espiritual a la Pasión de Nuestro Señor, puesto que estas llagas no son “del Padre Pío” en sí mismo, sino que son las llagas de Jesús, que se manifiestan a través del Padre Pío. Con respecto a esta llagas, hay que refutar una posición ateo-agnóstica que, pretendiendo ser “científica”, lo que busca es desacreditar la sobrenaturalidad y el carácter místico y milagroso de estas llagas. Estas teorías sostienen, sin ningún asidero científico, que dichas llagas serían producidas por el propio ser humano, a través de un supuesto –y también todavía no descubierto- “poder”, mediante el cual el cerebro humano, o el espíritu humano, sería capaz de producir semejantes fenómenos. Es decir, no se trataría de una intervención natural y mucho menos de un milagro, sino que sería sólo la manifestación del poder de una mente que, como en el caso del Padre Pío, tiene tanta “fuerza”, que es capaz de auto-lesionar el organismo y producir estas llagas. Sería como decir que el Padre Pío, por un lado, tendría una mente muy poderosa y, por otro, tendría una especie de “obsesión” por la Pasión de Jesús, lo cual lleva a que su mente “produzca” estas heridas, que serían así auto-lesiones provocadas por el mismo hombre. Sin embargo, estas teorías, como decíamos anteriormente, carecen en absoluto de sustento científico, puesto que la mente humana es incapaz de provocar en el cuerpo, por sugestión, ni siquiera un rasguño, y por lo tanto, es todavía más que incapaz de provocar unas lesiones como las que tenía el Santo Padre Pío. Sus llagas son, y es la única explicación posible, una manifestación visible, corporal, de una participación mística, espiritual, sobrenatural, a la Pasión de Jesús.
         Otra consideración que podemos hacer es qué sucede con nosotros, bautizados comunes, que no tenemos –y lo más probable es que jamás las tengamos- a estas llagas, que constituyen un don extraordinario que da Dios a quienes Él elige con predilección.

         Sin embargo, esto no es un obstáculo para nuestra santidad, puesto que, aun sin tener estas llagas, esto no significa que no podamos participar de la Pasión del Señor –lo cual, por otra parte, es algo que pide la Iglesia a través de la Liturgia de las horas, esto es, que los fieles vean en sus sufrimientos una participación a la Pasión de Jesús-, puesto que, aun sin las llagas podemos –y debemos- unirnos con nuestras vidas, con lo que somos y tenemos –pasado, presente, futuro, dolores, tribulaciones, alegrías- a Jesús en su sacrificio en cruz, por la salvación de las almas. Y el momento y lugar más indicado es la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio del Altar.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

San Pío de Pietrelcina y las llagas de Cristo


         Una de las características más sobresalientes en la vida de santidad del Padre Pío fueron las heridas que llevaba en sus pies, en sus manos y en su costado. Los exámenes médicos confirmaron, una y otra vez, que las heridas eran auténticas, así como auténtica era la sangre que de ellas manaba. Descartando de plano toda posibilidad de engaño y descartando así mismo la absurda teoría de que fuera él, con su imaginación y poder mental, quien se las hubiera auto-infligido, queda una sola explicación posible: las heridas, reales, son la confirmación externa de la participación interna, por la gracia, a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
         La participación a la Pasión es una verdad de fe: el cristiano es el Cuerpo Místico de Jesús, quien continúa su Pasión, a lo largo del tiempo y de la historia humana, por medio de los miembros de su Cuerpo. Esto, que se da por la gracia, por la fe y por el amor en todo cristiano, pero de modo insensible e invisible, se volvió sensible y visible en el caso del Padre Pío, por un designio especial de Dios. Fue Dios quien le concedió la gracia al Padre Pío de hacer visible y sensible su participación a su Pasión. Es esto lo que explica la aparición de las llagas: es Cristo quien padece a través del Padre Pío. No son “las llagas del Padre Pío”, sino las llagas mismas de Jesús, que se hacen visibles y sensibles a través del Padre Pío. Quien veía al Padre Pío y sus llagas, veía a Jesús con sus llagas.
         ¿Cuál es la razón de esta gracia tan particular, concedida a muy pocos santos en la historia de la Iglesia? Podríamos pensar que es para el Padre Pío pudiera hacer milagros, como de hecho los hizo, ya que por la imposición de sus manos llagadas se curaban, efectivamente, toda clase de enfermedades, corporales y espirituales.
         Sin embargo, no es esta la razón última. La razón de las llagas visibles en el Padre Pío consiste en que los hombres, al contemplar unas llagas que no tienen explicación humana posible, nos demos cuenta de que estamos inmersos en un misterio incomprensible, el misterio del Amor del Hombre-Dios Jesucristo, que nos muestra sus llagas, de modo visible, para que veamos con nuestros propios ojos al mismo Amor que se materializa y se hace llagas para demostrarnos cuán profundo e insondable es el Amor con el que el Amor nos ama. Es verdad que el Padre Pío hacía curaciones milagrosas cuando imponía sus manos llagadas; pero si nos quedamos en el milagro de la curación, nos perdemos de vista al Amor Divino que por esas llagas se nos manifiesta, visible y sensiblemente.

lunes, 23 de septiembre de 2013

El Padre Pío y los estigmas de Jesús


         El Padre Pío, fraile franciscano, recibió los estigmas, es decir, las llagas de la Pasión y crucifixión de Jesús, prolongando de esta manera el idéntico don recibido por San Francisco de Asís. Los estigmas del Padre Pío sangraron abundantemente, desde el momento en que los recibió, en septiembre de 1910, hasta dos días antes de su muerte, momento en que se cerraron.
         Más allá de lo asombroso que resultan en sí mismos, desde el punto de vista médico y científico –heridas abiertas producidas sin causa natural, sangrantes, que a pesar del tiempo transcurrido nunca se infectaron, lo cual contradice todas las reglas de la medicina-, lo más asombroso en los estigmas del Padre Pío está dado por el origen de los mismos y por su significado. En lo que respecta a su origen, los estigmas se originan en Cristo, y por eso deben ser llamados, con más propiedad, “estigmas de Cristo en el Padre Pío”, y representan un cumplimiento literal y material de la frase de San Pablo: “Completo en mi cuerpo lo que falta a la Pasión de Cristo”. Por esto, más que ser el Padre Pío el que sufre por los estigmas de Jesús, es Jesús quien continúa sufriendo su Pasión, a través del Padre Pío, y es este el significado de las llagas: puesto que de las heridas del primer sacerdote estigmatizado de la historia no son suyas, sino que son las de Jesús, la presencia de las heridas en el cuerpo de un sacerdote que vive distante veinte siglos de Jesús, significa que es el mismo Cristo Jesús quien, a través del Padre Pío, continúa derramando su Sangre redentora, por la salvación de las almas.
         De esta manera, el misterio de las llagas del Padre Pío se engrandece al infinito, superando ampliamente el mero interés científico o médico, ya que remiten, por su origen, al Hombre-Dios y a su Pasión salvadora. Y el misterio aumenta aún más, si se considera que las manos de Cristo, perforadas por las llagas, son las que consagran el pan y el vino en el altar, en cada Santa Misa, desde el momento en que el sacerdote ministerial actúa in Persona Christi. En otras palabras, si las manos llagadas del Padre Pío eran las manos llagadas de Jesús hechas visibles, esas mismas manos llagadas, pero ahora invisibles -desde el momento en que el sacerdote ministerial no posee los estigmas-, son las que consagran el pan y el vino en la transubstanciación. Si las llagas visibles del Padre Pío son un misterio insondable, las llagas invisibles de las manos de Cristo que consagran a través de las manos del sacerdote ministerial en la Santa Misa, constituyen un misterio absoluto que supera toda capacidad de comprensión humana y angélica, misterio ante el cual solo caben el asombro, la adoración y la acción de gracias a Dios Trino por tanta misericordia.