San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 20 de septiembre de 2023

Las llagas del Padre Pío y el Amor de Dios

 



         Dentro de la inmensidad de dones, virtudes y prodigios que caracterizan la vida del Padre Pío, hay algo que sobresale a primera vista y es la presencia de las Llagas o estigmas, es decir, las heridas en sus manos, en sus pies y en su costado. Podemos preguntarnos qué significado tienen y cuál es la relación de esas llagas con cada uno de nosotros.

         Con relación a su significado, las Llagas del Padre Pío, si bien las llevaba él en su cuerpo, hay que decir que son las mismas Llagas de Cristo. Es decir, esas heridas abiertas y sangrantes que sufrió Nuestro Señor Jesucristo en la cruz, en el Monte Calvario, son las mismas Llagas que llevó el Padre Pío en su vida terrena y aunque él las cubría con un mitón o paño de lana, las heridas, cuando aparecían y por el tiempo que aparecían, ya que había momentos en que desaparecían, no dejaban de sangrar. Algo que hay que tener en cuenta es lo siguiente: si bien nosotros vemos fotos e incluso algunas filmaciones del Padre Pío en donde se lo ve sonriente con sus mitones en las manos, no es que las heridas no le doliesen: le dolían tal y como le dolían a Nuestro Señor Jesucristo en la cruz, pero el Padre Pío, sobreponiéndose al dolor, no dejaba de tener una sonrisa paternal y afectuosa en su rostro, para todo aquel que se le acercaba y de tal manera era así, que podemos decir que la inmensa mayoría no se daba cuenta del dolor que sufría el Padre Pío por llevar consigo las Llagas de Cristo. Otro detalle a tener en cuenta es que las Llagas nunca se infectaban, siempre permanecían abiertas y sangrantes, con sangre fresca y con los bordes de las heridas frescos y abiertos, lo cual indica dos cosas: una, que la ausencia de infección es signo de la pureza, no solo del Padre Pío, sino ante todo de Nuestro Señor Jesucristo, que en cuanto Dios, es la Pureza Increada, es el Cordero Inmaculado, sin mancha alguna de pecado y la Santidad Increada en Sí misma. El hecho de que siempre estuvieran sangrantes, es señal de que Cristo derramó, literalmente, hasta la última gota de su Sangre Preciosísima, para salvarnos de la eterna condenación, para perdonarnos nuestros pecados, para convertirnos en hijos adoptivos de Dios y para sí llevarnos al Cielo, al final de nuestra vida terrena.

         En cuanto a la relación que tienen las Llagas de Cristo, portadas por el Padre Pío en su vida terrena, son una señal visible, tangible, perceptible, del Amor de Dios por todos y cada uno de nosotros. Es decir, si alguno se pusiera a pensar y dijera: “¿Es verdad que me ama Dios, como si yo fuera el único ser humano en la tierra? Y si me ama, ¿cuál es la medida de su Amor por mí?”. Si alguien se hiciera esas preguntas, solo con contemplar las Llagas del Padre Pío, tendría de inmediato las respuestas: Dios nos ama a cada uno de nosotros como si cada uno de nosotros fuera el único habitante de la tierra, de manera que el Amor de Dios por nosotros no tiene límite ni medida, es infinito y eterno, así como es Dios, infinito y eterno; además, la medida del Amor de Dios por cada uno de nosotros, se puede comprobar también en las Llagas del Padre Pío, las Llagas de Cristo, porque lo que lo hace sufrir a Cristo su Calvario y su Pasión, como dice la Sierva de Dios Luisa Piccarretta, es el Amor, su Amor infinito y eterno por nosotros. Uno podría pensar que los flagelos, las trompadas, los golpes de todo tipo son los que hacen sufrir al Señor Jesús y no es así: el verdadero verdugo de Nuestro Señor Jesús es el Amor, porque es el Amor el que lo lleva a sufrir todo tipo de dolores y de amarguras, de penas y de tristezas, con el solo fin de salvarnos.

         Al recordar al Padre Pío en su día, le pidamos que interceda por nosotros, para que no solo nunca nos quejemos de la Cruz, sino que seamos capaces de llevarla con amor, caminando detrás de Jesús por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis, el Único Camino que conduce al Cielo.

jueves, 4 de agosto de 2022

El Santo Cura de Ars y el Camino al Cielo

 



         Una vez que se ordenó sacerdote, enviaron a San Juan María Vianney al pueblo de Ars. Antes de llegar, estaba un poco desorientado, porque no conocía el lugar. Entonces encontró a un niño y el Cura de Ars le dijo: “Enséñame el camino al pueblo y yo te enseñaré el camino al Cielo”. Guiado por el niño, el Cura de Ars llegó al pueblo y allí comenzó su fecunda labor sacerdotal, que santificó centenares de miles de almas.

         El encuentro con el niño y la respuesta que le dio el Cura de Ars, que puede tomarse como una simple anécdota en su vida, resume la misión del sacerdote y del párroco: enseñar el camino al Cielo a las almas a las que Dios, por medio de la Iglesia, le ha encomendado. Ahora bien, el “camino al Cielo” no es una mera frase; es un camino real, es el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis. Este camino, el único que conduce al Cielo, es un camino áspero, difícil, estrecho; es en subida y además, quien lo recorra debe tomar su cruz de cada día y seguir a Jesús, que va delante del Camino, señalando la dirección correcta. Así como alguien puede llegar a destino si lee las indicaciones de los carteles del camino, así se puede saber si se está en el Camino de la Cruz si se siguen las señales particulares de este camino, que son las huellas ensangrentadas de Cristo.

         El Camino de la Cruz, que el sacerdote debe señalar a los fieles, no es fácil y puede granjearle muchos enemigos, porque para comenzar a transitarlo, el sacerdote debe indicarle al fiel muchas cosas: primero, cuál es el Verdadero Cristo y cuál es el falso cristo –el cristo de la Nueva Era-; el Verdadero Cristo es el Cristo Eucarístico, el que se encuentra en Persona, verdadera, real y substancialmente en la Eucaristía; el sacerdote debe indicarle al fiel que para seguir por el Camino de la Cruz debe negarse a sí mismo, en sus pasiones, en sus pecados y que debe adquirir virtudes, las virtudes del Sagrado Corazón y del Inmaculado Corazón de María; el sacerdote debe indicar a los fieles que deben fortalecer sus almas con la gracia santificante que proporcionan los Sacramentos, sobre todo la Confesión y la Eucaristía; debe advertirles de los peligros externos, el mundo y Satanás, que están al acecho para hacer desviar a los hijos de Dios del Camino de la Cruz; el sacerdote debe prevenir al fiel acerca de las trampas de Satanás, que en estos días se han multiplicado, como por ejemplo las falsas devociones, las devociones demoníacas, al Gauchito Gil, a la Difunta Correa, a San La Muerte, a la Pachamama; debe advertirles que deben usar los sacramentales de la Iglesia, medallas bendecidas de la Virgen y los santos y no los amuletos o talismanes de la brujería, como el árbol de la vida, la mano de Fátima, el ojo turco, la cinta roja y tantos otros más. Y es por eso que el sacerdote, en su tarea, no sea comprendido, o sea criticado por quienes son enemigos de Dios, pero la tarea del sacerdote es señalar, aun al precio de su vida y de su sangre, el Camino al Cielo, el Camino Real de la Cruz, tal como lo hizo el Santo Cura de Ars y tal como lo continúa haciendo desde el Cielo. Por último, el Santo Cura de Ars decía que la obligación del hombre era solo una: “orar y amar”[1]: orar al Dios del sagrario, Jesús Eucaristía y amarlo y adorarlo en su Presencia Eucarística y, por Jesús Eucaristía, amar al prójimo, incluido en primer lugar el enemigo. Al Santo Cura de Ars nos encomendamos para que todos, sacerdotes y fieles, cargando la cruz de cada día, sigamos por el Camino Real de la Cruz, el Camino del Calvario, el Via Crucis, todos los días de nuestra vida terrena, hasta llegar el Reino de los cielos en la vida eterna.



[1] De una Catequesis, A. Morin, Espirit du Cura d’Ars, París 1899, 87-89.

lunes, 27 de abril de 2020

San Marcos, Evangelista


San Marcos Evangelista

          Vida de santidad[1].

Según tradición eclesiástica Marcos es el autor de un evangelio y el intérprete que traducía a Pedro en sus predicaciones frente a auditorios de habla griega. Primo de Bernabé, probablemente fuera como él de estirpe sacerdotal. Afirma por una parte la tradición que Marcos nunca habría oído personalmente la predicación del Señor y, por lo tanto, tal vez haya conocido al grupo de seguidores sin llegar a ser propiamente discípulo.
Al comenzar la expansión del evangelio, Pablo y Bernabé salieron de Jerusalén hacia Antioquía llevando con ellos a Marcos; éste los acompañó en sus primeras empresas misionales, a Chipre y Perges.
Bernabé llevó consigo a Marcos hasta Chipre; luego Marcos reaparece junto a Pablo en Roma, aunque se cree que fue más bien discípulo de Pedro, quien confirma esta suposición al llamarlo “hijo” suyo en su primera carta. El evangelio que se le atribuye, además, sigue muy de cerca el esquema de los discursos de Pedro, conservado en el libro de los Hechos de los Apóstoles.
De su existencia posterior, nada se sabe. La segunda carta a Timoteo lo señala entre los compañeros de este discípulo de Pablo; conforme a un dato que recoge el historiador Eusebio de Cesarea (a comienzos del siglo IV), la Iglesia de Alejandría lo habría tenido por fundador. Sus últimos años y el lugar de su muerte también son desconocidos.

Mensaje de santidad.

El mensaje de santidad de San Marcos Evangelista se encuentra en su Evangelio. En su relato, se descubre un espíritu observador y ágil. Por ejemplo, destaca el verdor de la hierba sobre la que Jesús hizo sentar a la muchedumbre hambrienta antes de multiplicar los panes y los pescados por primera vez y por eso se supone que era época de primavera.
A granes líneas, en su Evangelio se presenta a Jesús como bien recibido por la gente en un inicio, pero luego el carácter humilde del mesianismo de Jesús, en las antípodas de las expectativas revolucionarias y populares de los judíos, ocasiona la decepción de la masa. Al apagarse el entusiasmo de las masas, Marcos muestra al Señor Jesús retirándose de Galilea para dedicarse de lleno a la instrucción  de los discípulos, quienes por boca de Pedro confesarán la divinidad de su Maestro. A partir de este reconocimiento de Cesarea, todo el relato se orienta a Jerusalén; será aquí, en la Ciudad Santa, en donde la oposición a Jesucristo crecerá sin cesar, hasta culminar en el juicio inicuo y su posterior condena a muerte y su Pasión, la cual se continúa con su gloriosa resurrección.
Marcos hace del carácter mesiánico de Jesús un gran y misterioso secreto, dando así todo su fruto: Jesús, siervo humillado por la maldad y la ignorancia de los hombres que Él había venido a rescatar, es exaltado por Dios, al resucitarlo el Domingo luego de su muerte en Cruz. De la misma manera, ha de ser resucitado por Dios todo aquel que a Jesús se una de corazón y lo siga en el Camino de la Cruz, el único que permite comprender que la “Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios”, consiste en seguirlo a Él por el Via Crucis, hasta el día en que pasemos de esta vida al Reino de los cielos.  


[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Marcos_evangelista.htm

miércoles, 2 de octubre de 2019

San Francisco de Asís y los estigmas de Jesucristo


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         San Francisco era heredero de una gran fortuna, pero por amor a Cristo, la abandonó y fue en pos de Jesús, siguiéndolo por el camino del Calvario, camino que es de pobreza, de abandono en Dios, de tribulación y amarguras, pero que conduce con toda seguridad al cielo. Pero San Francisco no recorrió sólo espiritualmente el Camino de la Cruz, el Via Crucis: también con su cuerpo terreno participó de la Pasión de Jesús, al recibir los estigmas o llagas de Jesús. En recompensa por haberlo dejado todo y por haberlo seguido con amor por el camino de la Cruz, Jesús, apareciéndosele como un serafín crucificado en el Cielo, le hizo partícipe de sus llagas, imprimiéndolas en su cuerpo, de manera que a partir de entonces, San Francisco comenzó a llevar consigo los estigmas, las huellas visibles de la Pasión de Jesús.
         Por esta razón, la pobreza voluntaria de San Francisco no se entiende sino es a la luz de la Santa Cruz de Jesús: San Francisco no fue un revolucionario, ni un amante de la pobreza por la pobreza en sí misma: eligió ser pobre porque de esa manera respondía mejor al llamado que le hacía Jesús de seguirlo por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis. Si San Francisco hubiera mantenido sus riquezas, no habría tenido las manos desocupadas, los pies libres y el corazón abierto, para recibir las llagas de Jesús. No se debe ver la pobreza de San Francisco como la glorificación de la pobreza en sí misma y por sí misma, lo cual sería un grave error: San Francisco eligió ser y vivir pobremente, porque así respondía mejor, con todo su ser, al camino particular por el cual Jesús quería conducirlo a la santidad.
         Entonces, en San Francisco, la pobreza no es glorificación y exaltación de la pobreza en sí misma, sino del Amor de Dios, porque Dios quería para él un camino particular, el camino de la pobreza, lo cual no es dado a todos, al menos no con esta intensidad. A su vez, las llagas que llevaba San Francisco en su cuerpo, eran una señal, no sólo de su respuesta al Amor de Dios, sino del Amor de Dios hecho carne, hecho visible, en las llagas de la Pasión, porque fue en la Cruz en donde Dios nos demostró hasta qué punto llegaba su Amor por todos y cada uno de nosotros.
         San Francisco pobre y portando las llagas de Cristo es la imagen, no de un revolucionario, sino de un santo que respondió con todo su ser al Amor de Dios que quería para él la pobreza de la Cruz y las llagas de la Pasión.

jueves, 19 de febrero de 2015

Beato Álvaro de Córdoba

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Dentro de todas sus obras de santidad, que le valieron ganar la vida eterna, se encuentra el ser el precursor de unos de los ejercicios piadosos más practicados por la cristiandad: el Via Crucis. La devoción del Beato Álvaro de Córdoba por la Pasión de Jesús, se encendió con mayor fervor luego de asistir a una peregrinación en Tierra Santa, en donde tuvo oportunidad de recorrer, in situ, el Via Crucis de Nuestro Señor.
Al regreso de esta peregrinación y deseoso de “participar en cuerpo y alma de la Pasión del Salvador” –tal como se pide en la Liturgia de las Horas-, el Beato fundó el convento de Santo Domingo Escalacoeli (Escalera del Cielo), en donde instaló distintos oratorios que reproducían la “vía dolorosa”. Fue en este lugar en donde Nuestro Señor Jesucristo se le apareció como mendigo.
El mismo Beato, que había construido las imágenes que recuerdan la Pasión de Cristo, practicaba esta devoción con todo fervor, amor y piedad. A partir de esta representación, se construyeron otras en otros conventos, constituyéndose en los precursores del actual Via Crucis, el cual obtendrá su forma definitiva, fijada en catorce estaciones, luego de las modificaciones del holandés Adricomio y del P. Daza. Finalmente, será San Leonardo de Porto Mauricio quien contribuirá a su difusión, al llevar la sagrada representación a Italia.
         ¿Cuál es el mensaje de santidad del Beato Álvaro de Córdoba?
         El deseo ardiente de participar de la Pasión de Jesucristo, en cuerpo y alma, puesto que el Via Crucis no es un mero ejercicio de piedad, realizado de forma mecánica y para cumplir una disposición del tiempo de Cuaresma: el Via Crucis, en la intención del Beato Álvaro de Córdoba, es la forma en la que el alma, movida por la gracia, demuestra su deseo de participar de la Pasión de Jesús, sintiéndose atraída por el Amor del Redentor, que por ella carga la cruz, cruz en la que lleva los pecados del mundo para lavarlos con su Sangre y quitarlos definitivamente y así allanar el camino del alma hacia el cielo. La práctica del Via Crucis, iniciada por el Beato Álvaro de Córdoba, no es entonces un simple ejercicio de piedad, reservado para devotos, en un tiempo determinado del año: es la participación, por medio de la oración, y en la medida en que lo permite la pequeñez de nuestra humanidad, en la Pasión salvadora de Jesucristo, Pasión por la cual nuestros pecados son borrados por la Sangre del Cordero y por la cual accedemos al cielo, al recibir su gracia santificante. De esta manera, el Via Crucis, de ejercicio de piedad, pasa a ser una verdadera escalera mística –Escalacoeli- que conduce al cielo. Para eso la ideó el Beato Álvaro de Córdoba, y ése es su principal legado de santidad.

         

lunes, 18 de febrero de 2013

El Beato Álvaro de Córdoba y el Via Crucis, el Camino Real de la Cruz



         El mensaje de santidad que nos deja el Beato Álvaro de Córdoba es el mostrarnos el camino a la felicidad, el camino al cielo. Si el mundo nos dice que la felicidad está en la satisfacción del “yo” egoísta, en la búsqueda de placer, en la sensualidad, en el erotismo, en la obtención de bienes materiales, en el desenfreno de las pasiones, el Beato Álvaro de Córdoba, por el contrario, nos enseña que el camino a la felicidad, que es el camino al cielo, está en Cristo, y en Cristo que lleva la Cruz a cuestas, subiendo la cuesta del Monte Calvario. Por este motivo, una de las obras apostólicas de Álvaro de Córdoba fue introducir en Occidente la devoción al Via Crucis, para que aprendiéramos de Jesús cómo llegar al cielo.
El Beato Álvaro de Córdoba nos enseña –porque él lo aprendió a su vez de Jesús- que si queremos alcanzar la felicidad, el único camino posible es el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis; veamos por lo tanto en qué consiste el Via Crucis que nos legó el Beato Álvaro. Ante todo, el Via Crucis no es un mero ejercicio de piedad; se trata de la contemplación de la culminación del misterio de la Pasión de Jesús, contemplación por la cual se alcanza, a través de la fe, la participación en ese mismo misterio de salvación. El Via Crucis es contemplación y participación en el misterio pascual redentor, porque en él se cumple a la perfección el consejo de Jesús: “Si alguien quiere venir en pos de Mí, tome su Cruz de cada día, niéguese a sí mismo, y me siga”. Para seguir a Jesús en el Via Crucis, en el Camino de la Cruz, es necesario querer seguir a Jesús, porque no se lo puede seguir camino del Calvario de modo obligado, a la fuerza, y esto Jesús mismo nos lo dice: “Si alguno quiere seguirme”; para seguir a Jesús en el Via Crucis, hay que tomar la Cruz de cada día, es decir, la tribulación, la enfermedad, las situaciones de angustia, que la Divina Providencia ha elegido como medio para acercarnos, subirnos y hacernos partícipes de la Cruz de Jesús, y esto es lo que Jesús quiere decir cuando dice: “que tome su cruz de cada día”; para seguir a Jesús en el Via Crucis, hay que negarse a uno mismo: “niéguese a sí mismo”, y “negarse a sí mismo” significa luchar contra uno mismo, contra nuestras pasiones desordenadas, contra nuestra tendencia a no obrar “el bien que queremos y obrar el mal que no queremos”; “negarse a sí mismos” es mortificarse uno mismo, rechazando la impaciencia, el trato hosco, áspero, el enojo, la pereza, etc.
Al introducir en Occidente el Via Crucis, el Beato Álvaro de Córdoba nos deja entonces su legado más preciado: el único camino para llegar al cielo, a la felicidad de la bienaventuranza, es el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis.

martes, 21 de febrero de 2012

Beato Álvaro de Córdoba



19 de febrero
         Vida y milagros del Beato Álvaro de Córdoba[1]
El Beato Álvaro de Córdoba nació a mediados del siglo XIV, en Zamora (1360?) y murió en Córdoba el 19 de febrero y fue sepultado en su convento en el año 1430. El Papa Benedicto XIV, aprobó su culto el 22 de septiembre de 1741. Perteneció a la noble familia Cardona. Entró en el convento dominico de San Pedro en Córdoba, en el año 1368. Fue un famoso y ardiente predicador, y con su ejemplo y sus obras, contribuyó a la reforma de la Orden, iniciada por el Beato Raimundo de Capúa y sus discípulos. Vivió en tiempos muy difíciles, tanto para la Iglesia como para la sociedad: la peste negra asoló Europa dejando los conventos vacíos, que luego intentaron llenarse con gente no preparada con lo que decayó la vida religiosa y, consecuentemente, sobrevino también la corrupción de costumbres. Hay, con ínfulas de legitimidad, tres tiaras; unos obedecen como legítimo al papa de Avignón, otros al de Roma y otros al que está en Pisa. A Álvaro le duele el alma; predica, observa, reza y hace penitencia por la unidad tan deseada.
Es nombrado confesor de la reina Catalina de Lancaster y de su hijo Juan II. Pero Álvaro deja pronto la corte porque anhela la reforma dominicana. Después de volver de una peregrinación a Tierra Santa, quedó impactado en el corazón por el doloroso Camino del Calvario, recorrido por nuestro Salvador. Deseoso de vivir una existencia en soledad y perfección, para meditar y unirse, por la oración, el sacrificio y el ayuno, a la Pasión del Salvador, y con el favor del rey D. Juan II de Castilla, del que era su confesor, pudo fundar a tres millas de Córdoba el famoso y observante convento de Santo Domingo Escalaceli (Escalera del Cielo), donde había varios oratorios que reproducían la “vía dolorosa”, por él venerada en Jerusalén. De noche, se retiraba a una gruta distante del convento donde, a imitación de su Santo Padre Domingo, oraba y se flagelaba. Con el tiempo, ésta se convirtió en meta de peregrinaciones para los fieles. Poseía el don de profecía y obró milagros.
Enamorado de la Pasión de Cristo -la que le llevó a Tierra Santa- planta pasos que recuerdan la Pasión de Jesús en la sierra de Córdoba desde Getsemaní hasta la cruz del Gólgota; piadosamente reza, medita y recorre una y otra vez los distintos momentos o pasos o estaciones del itinerario doloroso del Señor. Era para Álvaro y sus religiosos la “Vía dolorosa”.
Esta sagrada representación fue imitada en otros conventos, dando origen a la devoción tan bella del “Vía Crucis”, apreciadísima en la piedad cristiana. Luego, el holandés Adricomio y el P. Daza darán la forma y fijarán en catorce las estaciones al primer Via Crucis que Leonardo de Porto Mauricio popularizará más adelante también en Italia, importándolo de España.
Escalaceli es centro de peregrinaciones de las gentes que, cada vez desde sitios más distantes, pasan noches en vela, rezan, lloran sus pecados, piden perdón, expían y luego cantan. De ella recibió buen influjo y enseñanza la devoción del pueblo andaluz por sus Macarenas, sus Cristos crucificados y sus “pasos” de Semana Santa.

         Mensaje de santidad del Beato Álvaro de Córdoba
         Es el precursor del Via Crucis, al que llamó “Scala Coeli” (Escalera al cielo), porque la Cruz de Jesús es el único camino que conduce al Reino de Dios. Para apreciar mejor el mensaje de santidad del Beato Álvaro de Córdoba, meditemos en el pasaje del Evangelio en donde Jesús les habla a los discípulos acerca del camino al cielo, la Cruz.
         El camino al cielo, beber del cáliz y subir a la cruz (Mt 20, 17-28)
         De camino a Jerusalén, Jesús va con sus discípulos, y durante la marcha, se vuelve y les habla a solas, anunciándoles su misterio pascual de muerte y resurrección[2]. La madre de Santiago y Juan se postra delante de Él para pedirle los primeros puestos en su reino para sus hijos. Jesús corrige con delicadeza y caridad la mirada un poco estrecha y egoísta de sus discípulos y de la madre de estos, haciéndoles ver que que su reino es ante todo espiritual, que no es como los reinos de la tierra, que recompensan a los que triunfan con honores mundanos. Jesús no sólo da una lección de humildad: “el que quiera ser grande, debe ser servidor (...), así como el Hijo del hombre, que no vino a ser servido, sino a servir”. Les está diciendo que para entrar en el reino deberán compartir su destino, y su destino es la cruz: Cristo es nuestro camino, pero como Cristo y la cruz son una misma cosa, la cruz de Cristo es nuestro camino[3], no sólo de salvación, sino de nuestra filiación divina y de nuestra comunión con la Trinidad. Por la Pasión se llega a la Resurrección, por la cruz se entra en el reino de su Padre. Su reino es un reino espiritual, y lo conquistan quienes puedan beber el cáliz amargo de la Pasión, junto a Él, y quienes sean capaces de entregar sus vidas libremente en la cruz, como Él, como sacrificio en honor al Padre y por amor a los hombres. El primer puesto en los cielos se consigue aquí en la tierra, imitándolo a Él y participando de su cruz: quienes estén más dispuestos a seguirlo en la humillación de la cruz y en la amargura de la Pasión, quienes sean capaces de beber el cáliz amargo de la Pasión, de los dolores y de las afrentas, ése, porque lo imita a Él, entrará con Él en el Reino de los cielos. Jesús no tolera la ambición desmedida, al modo de los reinos mundanos; quien quiera tener un puesto en el reino, deberá ser servidor, como Él se llama a sí mismo –el Hijo del hombre es servidor, a venido a servir-; deberá ser esclavo, así como Él, siendo Señor y Dios omnipotente, tomando la forma de esclavo, encarnándose, dió su vida en rescate por muchos, del mismo modo a como un esclavo se vende para adquirir otras cosas[4]. Jesús en la cruz es ejemplo de entrega y de donación libre por amor a Dios y a los hombres; quien quiera entrar en el reino, deberá seguirlo en el camino de la cruz, que es el camino de la humillación y del oprobio. La corona de luz y de gloria está precedida por otra corona, la corona de espinas; sin corona de espinas, no hay corona de luz. “He aquí el que estuvo suspendido en la cruz, reina ahora como Dios sobre todas las cosas”[5].
         También va Jesús con nosotros, que nos dirigimos, en el camino de esta vida, a la Jerusalén celestial. También a nosotros nos corrige nuestra ambición humana, de pretender siempre los primeros puestos. Y al igual que para con los discípulos, a quienes les muestra que el camino a la resurrección pasa por beber del cáliz de la Pasión y por subir a la cruz, también a nosotros nos hace la misma invitación: nos inivita a beber del cáliz de su Sangre, y nos invita a unirnos a su sacrificio en cruz, renovado sacramentalmente en el altar. La oportunidad para beber del cáliz de la Pasión y seguir a Jesús en la cruz se nos presenta en cada misa, ya que en cada misa, en el misterio de la liturgia, asistimos a su sacrificio en cruz, el mismo del Calvario, y bebemos del cáliz, bebemos de su Sangre, que de la cruz cae en el cáliz. Sólo si bebemos del cáliz de su Sangre, que contiene el Espíritu Santo, sólo si nos unimos interiormente a Él que renueva su sacrificio en la cruz delante nuestro, sobre el altar, seremos capaces de ocupar no los primeros puestos, sino los puestos que el Padre tenga designados para nosotros en el cielo.
         “¿Podéis beber del cáliz?” “Podemos, y también queremos subir a la cruz”.



[1] http://santopedia.com
[2] Cfr. B. Orchard et al., Comentario a la Sagrada Escritura, Tomo III, Editorial Herder, Barcelona 1954, 432.
[3] Cfr. Odo Casel, Misterio de la cruz, Los libros del monograma, Madrid2 1964, 175.
[4] Cfr. Orchard, ibidem, 433.
[5] Himno pascual de San Venancio Fortunato, en A. S. Walpole, Early Latin Hymns, 1992, 185.