San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 7 de agosto de 2015

Las elementos del Sagrado Corazón de Jesús y su significado


         ¿Cuáles son los elementos y del Sagrado Corazón y cuál es su significado?
         Los elementos son: el Corazón, las llamas, el Agua y la Sangre que brotaron de él, la corona de espinas que lo circunda, la cruz en la base, las espinas y la herida abierta de por la lanza y, finalmente, la relación entre los latidos y la corona de espinas.
El Corazón: El Corazón de Jesús no es un corazón más entre tantos: es un Corazón sagrado, por el hecho de ser el Corazón del Hombre-Dios. El Corazón de Jesús es sagrado porque todo Él está santificado por la unión hipostática, personal, del Corazón en la Persona del Hijo de Dios. Al estar unido en la Persona de Dios Hijo, el Corazón de Jesús –y toda su humanidad, Alma y Cuerpo- queda, por este contacto, pleno de la divinidad de la Persona del Verbo de Dios, y ésa es la razón por la cual el Corazón de Jesús es Sagrado, porque en Él inhabita la divinidad. El Corazón de Jesús es el corazón de Dios hecho hombre; es el Corazón de Dios, que se hace hombre para tener un corazón de hombre, pero como el que se hace hombre es Dios, sin dejar de ser Dios, entonces ese corazón se convierte en el Corazón de Dios-Hombre, que ama conjuntamente con amor humano perfectísimo y santificado por la divinidad, y con Amor Divino de la Persona del Verbo de Dios, unido al amor humano perfecto y santificado del Hombre Jesús. Jesús nos da este Sagrado Corazón suyo, pleno del Amor. Al ofrecernos su Sagrado Corazón, Jesús, el Hombre-Dios, nos ofrece la plenitud del Amor Divino y humano que en él inhabita, pero también significa que nos da su Vida, que es la vida misma de Dios Uno y Trino, porque el corazón en el hombre, además de representar la sede del amor, representa la vida misma del hombre, puesto que sin corazón no se puede vivir. Al darnos su Sagrado Corazón, Jesús nos ofrece entonces su Amor Divino y humano y su vida misma, la Vida eterna que brota de su Ser divino trinitario. Con su Sagrado Corazón, Jesús nos da todo lo que ES y todo lo que TIENE.
         Las Llamas: Como el Hijo de Dios espira el Espíritu Santo junto al Padre, tanto como Dios que como Hombre, el Corazón Sagrado de Jesús está inhabitado por el Espíritu Santo y ésa es la razón por la cual el Sagrado Corazón aparece envuelto en llamas: son las llamas del Divino Amor, el Espíritu Santo, que lo abrasan sin consumirlo, así como la zarza ardiente que vio Moisés, estaba envuelta en llamas pero no se consumía. Es el Amor de Dios el que abrasa en el Fuego de su Amor al Sagrado Corazón, y Él está deseoso de abrasar con estas llamas a todas las almas: Jesús quiere amar a todas las almas con el Fuego del Divino Amor; a todos quiere incendiar con estas llamas; a todos quiere ver convertidos en antorchas llameantes, que ardan con el Fuego del Amor Divino, un fuego que no solo no provoca dolor, sino que concede al alma que en este Divino Fuego se ve envuelta, la plenitud de su felicidad, de manera tal que el alma ya nada más quiere ni desea, que no sea al menos una chispa de este Fuego del Divino Amor. Al ofrecernos su Sagrado Corazón, inhabitado por el Espíritu Santo, Jesús nos ofrece, con la Carne de su Corazón empapada en el Divino Amor –así como una esponja está empapada por el agua del mar al ser arrojada en él-, la plenitud del Amor Divino de Dios Uno y Trino, para que el Amor de Dios sea de nuestra posesión personal, a todos y cada uno de los redimidos. Ésa es la razón por la cual quien consume la Carne glorificada del Cordero, Presente en el Pan Eucarístico, recibe de esta Carne, la Vida, el Amor y la Gloria de Dios en los que esta Carne del Cordero está empapada, y esto es lo que explica las palabras de Jesús: “El Pan que Yo daré es mi Carne, para la vida del mundo” (Jn 6, 51). La Carne gloriosa del Sagrado Corazón, empapada en el Fuego del Divino Amor, el Espíritu Santo, está contenida en la Eucaristía, Pan Vivo bajado del cielo, que alimenta con el Amor de Dios a quien de este Pan, que es Carne glorificada del Cordero, asada en el Fuego del Espíritu Santo, lo comulga con fe y con amor. La Carne gloriosa del Sagrado Corazón de Jesús, envuelta en las llamas del Espíritu Santo, desean consumir y abrasar en el Fuego del Amor Divino a todos los corazones humanos, pero el corazón humano será abrasado en ese Amor sólo si está ávido de ese Amor, así como la madera seca o la hierba seca, al contacto con las llamas, se muestran ávidas del fuego. De la misma manera, nuestros corazones deben ser así, como una madera seca o como un hato de hierbas secas, para que se combustionen al instante, al contacto con la Brasa Ardiente de Amor que es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. De lo contrario, si nuestros corazones son como la roca fría, dura y húmeda, no podrá prender en ellos el Fuego de Amor, el Espíritu Santo.
El Agua y la Sangre que brotaron del Corazón traspasado: El Sagrado Corazón está envuelto en las llamas del Divino Amor, y esas llamas pujan por salir, para incendiar a todos los corazones humanos con el Fuego de este Amor Santo de Dios Trino, pero no puede hacerlo, hasta que no es traspasado por la lanza del soldado romano. Sólo cuando el soldado romano traspasa al Sagrado Corazón, puede el Espíritu Santo, el Fuego del Divino Amor, derramarse sobre las almas y los corazones de los hombres, por medio de la Sangre y el Agua que brotan del Corazón traspasado, como de una fuente inagotable. Quien se acerca al Sagrado Corazón, que está suspendido en la cruz, y se arrodilla ante Él con un corazón contrito y humillado, y pide humildemente, con fe y con amor, que “su Sangre caiga sobre él”, no en un sentido blasfemo e impío, sino para que esta Sangre le lave sus pecados, obtiene del Sagrado Corazón lo que pide, y así el alma se ve bañada por la Sangre y el Agua que brotan de este Corazón Sagrado, quedando no solo limpia de toda mancha de pecado, sino santificada con la santidad misma de Dios, y envuelta toda ella en el Fuego del Divino Amor, comenzando así a arder sin ser consumida, tal como la zarza ardiente de Moisés, figura de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, pero también de toda alma en gracia, que vive del Amor de Dios y en el Amor de Dios está envuelta.
         Las espinas: el Sagrado Corazón está envuelto y ceñido por una corona de espinas, gruesas, duras, filosas: son la materialización de nuestros pecados. Las espinas que oprimen al Sagrado Corazón, representan tanto los pecados personales de cada uno, como los pecados de toda la humanidad de todos los tiempos. Si el Sagrado Corazón es la ofrenda de la Trinidad hacia los hombres, la corona de espinas que atenaza y desgarra al Sagrado Corazón, es la ofrenda que a ese mismo Dios Trino hacemos los hombres, a cambio de su Amor. Dios Trino nos da su Amor, contenido en el Sagrado Corazón, y con su Amor, nos da su perdón, su vida divina, su luz y su alegría, y nos lo da sin reservas, para que el Sagrado Corazón sea nuestro único deleite y anhelo, en esta vida y en la otra. Las espinas representan nuestros pecados y es por eso que, al tomar conciencia del dolor moral que le provocamos con nuestros pecados, debemos hacer el propósito de no pecar de más, de huir de las ocasiones próximas de pecado y de vivir en la Presencia de Dios, creciendo en santidad y gracia cada vez más, antes de seguir ofendiendo y lastimando al Sagrado Corazón. Debemos buscar de quitar las espinas propias nuestras y las de nuestros seres queridos, con la penitencia, el ayuno y la oración, para no herir más al Sagrado Corazón.
         La cruz en la base: nos enseña que el Sagrado Corazón está suspendido en la cruz y que por lo tanto, quien desee obtenerlo, debe necesariamente subir a la Cruz para tomar a este Sagrado Corazón, así como un agricultor, recolector de frutas maduras, se sube a un árbol para recoger y cortar una fruta madura y gozar de su dulzor exquisito: el Sagrado Corazón es el fruto más dulce y exquisito del Árbol de la Vida, el Árbol de la Cruz, y quien se sube a este Árbol que es la cruz, para compartir con Jesucristo sus tormentos, dolores y amarguras y hasta su misma propia muerte, podrá tomar de este Árbol más preciado, la cruz, su fruto más exquisito, el Sagrado Corazón, para saborearlo Él solo con fruición y deleite.
         La herida abierta por la lanza: Del Costado traspasado de Jesús fluyen Sangre y Agua y, con ellos, va vehiculizado el Espíritu Santo. La lanzada del soldado romano, cuando Jesús ya estaba muerto en la cruz, es la última crueldad de los hombres hacia el Hombre-Dios; es el último ultraje que los hombres hacen al Hombre-Dios, estando ya Él muerto. Sin embargo, por un misterio incomprensible, ese Corazón traspasado, late con el Amor de Dios, porque la divinidad de Jesús nunca se separó, ni de su Cuerpo Sacratísimo, ni de su Alma Santísima, y es así que, paradójica y misteriosamente, aun estando ya muerto Jesús en la cruz, su Sagrado Corazón, traspasado por la lanza, puesto que late en con el ritmo y la fuerza del Amor de Dios, continúa bombeando Sangre, pero esta vez, no ya hacia su Cuerpo, sino hacia afuera, hacia los hombres, para que la Sangre y el Agua brotados de Él, caigan sobre la humanidad entera y les conceda el perdón de sus pecados y el don de la filiación divina.
         Los latidos del Sagrado Corazón y la corona de espinas: El Sagrado Corazón, si bien está estático en las imágenes, se encuentra dinámico en su realidad, lo que provoca que, al estar circundado por la corona de espinas, esta forme un anillo de punzantes espinas que le provocan inenarrables dolores, tanto en el movimiento de llenado del Corazón –diástole-, como en el movimiento de expulsión de sangre –sístole-: en la fase de llenado, al dilatarse el corazón, sea en sus aurículas como en sus ventrículos, las espinas, duras, gruesas y filosas, se clavan sin misericordia en las paredes cardíacas, mientras que en la fase de expulsión de la sangre, en la sístole, las paredes del Corazón se contraen con fuerza para expulsar la sangre, provocando las espinas otro tipo de dolor lacerante, consecuencia del desgarro que el filo de estas ocasiona en las paredes cardíacas. Puesto que el Sagrado Corazón late con la fuerza y el ritmo del Espíritu Santo, cada latido suyo dice, de parte de Dios  al hombres: “Amor”, mientas que la corona de espinas, puesta por nosotros, representa el odio deicida con el que matamos al Hombre-Dios con nuestra rebelión, con lo que cada latido representa, para el Sagrado Corazón, de parte de los hombres, una muestra de la malicia de sus corazones, que dicen: “Odio”. Al odio deicida de los hombres, Dios responde con el Amor de su Sagrado Corazón, que se dona en su totalidad en la Eucaristía.

         Estos son, entonces, los elementos del Sagrado Corazón y su respectivo significado.

jueves, 4 de septiembre de 2014

El significado de las espinas, las llamas y la cruz del Sagrado Corazón de Jesús


         El Sagrado Corazón, el corazón del Hombre-Dios, posee tres elementos, que no están presentes en ningún corazón humano: las espinas, que forman una corona alrededor suyo; el fuego, cuyas llamas lo envuelven, y la cruz, que se yergue, triunfante, en su base.
         ¿Qué significan estos tres elementos?
Las espinas son la materialización de nuestros malos deseos, de nuestros malos  pensamientos, y la realización de nuestras malas obras; es decir, la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, es la materialización de nuestros pecados, lo cual quiere decir que todo aquello que para nosotros no representa dolor -o, por el contrario, representa placer, como por ejemplo, el placer que provoca la ira homicida en un acto de venganza-, en Jesús, se convierte en dolor, y en máximo dolor, puesto que la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, lo rodea en todo momento apretándolo contra sí misma, de manera tal que las espinas hieren la musculatura del Corazón de Jesús en los dos movimientos propios del Corazón, tanto en la fase de llenado -diástole porque las espinas se hunden de lleno contra las paredes cardíacas-, como en la fase de expulsión de la sangre, es decir, en la fase de la contracción cardíaca -sístole, porque en la retracción de las paredes ventriculares, las espinas desgarran la musculatura ventricular-. De esta manera, en cada latido, el Corazón de Jesús dice: “Amor, dolor”, Amor, que es lo que Él da, en cada latido, a las creaturas ingratas; dolor, por lo que El recibe de las creaturas, a cambio de su Amor. Entonces, las espinas que rodean al Sagrado Corazón de Jesús deben recordarnos, por un lado, el Amor infinito y eterno de Dios Uno y Trino, que se nos dona a través del Corazón de Jesús, Amor que está contenido en cada Eucaristía; por otro lado, debe recordarnos el dolor que nuestros pecados le provocan al Sagrado Corazón de Jesús -que si bien ha muerto y resucitado, continúa su Pasión en su Cuerpo Místico, hasta el fin de los tiempos-, y esto debe servir para que evitemos el pecado y hagamos el propósito de morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, es decir, antes de provocar un dolor de tal magnitud a Jesús.
Las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón significan el Amor de Dios que inhabita en el Sagrado Corazón desde la Encarnación misma del Verbo. El Amor de Dios se representa con fuego, porque es ardiente como el fuego y abrasa como el fuego, pero a diferencia del fuego material, no solo no provoca dolor, sino que provoca en el alma amor, dulzor, alegría, paz, y dicha sin fin, y envuelve al Sagrado Corazón porque el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y al encarnarse el Hijo, este Espíritu Santo, que procede eternamente del Padre y del Hijo, comienza a inhabitar en el Sagrado Corazón de Jesús, santificando su Humanidad santísima, glorificándola y haciéndola arder en el fuego del Amor Divino. Y como este Fuego es el que abrasa a Jesús en la cruz y es el que le hace exclamar: “Tengo sed” (Jn 19, 28), Jesús arde en deseos de comunicar el Amor que vuelve a su Corazón incandescente como una brasa; ese Fuego es el que desde el Sagrado Corazón quiere expandirse y comunicarse a los hombres y lo hará a través de la efusión de Sangre, cuando el Corazón de Jesús sea traspasado por la lanza, y es esto lo que explica que, sobre todo aquel sobre quien cae esta Sangre, ve lavados sus pecados y ve su corazón arder en el Amor de Dios, porque la Sangre del Cordero “como degollado” (cfr. Ap 5, 7-14) es vehículo del Espíritu Santo, y es por eso que el Cordero de Dios, “quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29) y concede la Vida eterna y enciende al alma en el Amor de Dios.
En la base del Sagrado Corazón, está la cruz, y esto es para significar que el Corazón del Hombre-Dios está crucificado y que por lo tanto, quien quiera acceder a los tesoros inagotables del Amor Divino, no tiene otro camino que el camino de la cruz; también quiere decir que quien quiera gozar del Amor Eterno de Dios Uno y Trino, del Amor de un Dios que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8) en sí mismo, no debe temer, ni debe desconfiar, ni debe pensar que Dios no lo ama, porque precisamente, para que el hombre no tema, ni desconfíe, ni piense que Dios Trino no lo ama, es que Dios se ha encarnado por Amor al hombre, se ha dejado crucificar por Amor al hombre y ha dejado su Sagrado Corazón en la cruz, traspasado, con su Sangre fluyendo y con su Amor vivo, latiendo, deseoso de ser recibido por un corazón contrito y humillado, humilde, piadoso, fervoroso y necesitado de su Amor Divino. Viendo al Sagrado Corazón traspasado en la cruz, que deja fluir, inagotable, su Sangre Preciosísima, y con su Sangre, el Espíritu Santo, el Amor Divino, para donarlo a quien quiera recibirlo, ¿quién puede dudar del Amor de Dios?
Por último, el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, y le mostró estos tres elementos, que no están en ningún corazón humano, pero con toda la gracia que significa tan maravillosa aparición, Jesús no se le dio en alimento; a nosotros, diariamente, se nos da en alimento en la Eucaristía y allí, en la Eucaristía, está latiendo, vivo y glorioso, el Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en las llamas del Amor Divino, Amor que se comunica en el silencio y en la intimidad del alma que comulga con fe, con humildad, con piedad y con amor.


jueves, 2 de junio de 2011

Las llamas del Sagrado Corazón

Las llamas que envuelven
al Sagrado Corazón,
representan al Ser divino,
que es Amor en Acto Puro.
Jesús comunica de estas llamas
en cada comunión eucarística,
y si el alma no se enciende
en el fuego del Amor divino,
es porque el fuego
no puede encender
la roca dura y fría.


El Sagrado Corazón, según los relatos de Santa Margarita María de Alacquoque, aparece envuelto en llamas. Las llamas son figura del Ser divino, que es Amor celestial, espiritual y perfecto, en Acto Puro, cuyo ardor sólo puede ser representado adecuadamente por medio del fuego, porque así como el fuego abrasa y envuelve, así el Amor de Dios abrasa y envuelve a aquellos a los que ama, tomando posesión de ellos por la eternidad.

El significado de las llamas que envuelven al Sagrado Corazón es develado por el mismo Jesús en Persona, a Santa Margarita: “Mi Divino Corazón, está tan apasionado de Amor a los hombres, en particular hacia ti, que, no pudiendo contener en el las llamas de su ardiente caridad, es menester que las derrame valiéndose de ti y se manifieste a ellos para enriquecerlos con los preciosos dones que te estoy descubriendo los cuales contienen las gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición. Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo obra mía”.

Lo que quiere hacer el Sagrado Corazón es tomar el corazón de cada persona –su ser, su alma, su cuerpo, su vida toda-, e introducirla en ese horno ardiente de caridad, para hacerlo arder en el fuego de su amor, y convertirlo así en una llama viviente del Amor divino: “Luego” -continúa Margarita-, “me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado, diciéndome al propio tiempo: “He ahí, mi bien amada, una preciosa prenda de mi amor, que encierra en tu costado una chispa de sus mas vivas llamas, para que te sirva de corazón y te consumas hasta el último instante y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará. De tal forma te marcaré con la Sangre de mi Cruz, que te reportará más humillaciones que consuelos. Y como prueba de que la gracia que te acabo de conceder no es nada imaginario, aunque he cerrado la llaga de tu costado, te quedará para siempre su dolor y, si hasta el presente solo has tomado el nombre de esclava mía, ahora te doy el de discípula muy amada de mi Sagrado Corazón”.

En la comunión eucarística se da, de manera real y mística, algo más grande que en las apariciones del Sagrado Corazón: más que pedirnos nuestro corazón, Jesús nos entrega su Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Amor divino, para que al tomar contacto el alma con la Eucaristía, el corazón humano se encienda en el fuego del Amor de Dios, de modo que el alma quede toda encendida en la caridad divina.

Si esto no sucede, se debe únicamente a que el fuego no puede prender en la fría y dura roca.

viernes, 7 de enero de 2011

El Sagrado Corazón, el Amor divino y la ingratitud humana


Muchos, erróneamente, tildan a la devoción al Sagrado Corazón de sensiblera y superficial. Muchos, erróneamente, creen que una devoción así, en esta época hipertecnológica y cientificista, que todo lo explica con el rasero de la razón científica, es propio de señoras grandes, que se quedaron en el pasado, y que por lo tanto nada útil puede aportar para el progreso del hombre. El hombre del siglo XXI, dicen muchos, fascinado por el progreso de la ciencia y de la tecnología, no puede obtener nada útil de una devoción sensiblera y anticuada.

¿Cómo evitar caer en la deformación de la verdadera devoción al Corazón de Jesús? ¿De qué manera podemos al menos intuir el alcance de las apariciones de Jesús a Santa Margarita, apariciones que son para la Iglesia toda?

No se comprende la devoción al Sagrado Corazón, si no se tienen en cuenta, por un lado, la inmensidad inabarcable y la profundidad insondable del Amor divino, expresado y manifestado en el amor del Hombre-Dios Jesucristo y, por otro, la inmensidad de la ingratitud y de la malicia del corazón del hombre sin Dios.

Ambos aspectos aparecen figurados en la segunda aparición de Jesús a Santa Margarita: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, mas brillante que el sol, y transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas y significando las punzadas producidas por nuestros pecados, y una cruz en la parte superior, la cual significaba que, desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que se formó el Sagrado Corazón, quedó plantado en él la cruz, quedando lleno, desde el primer momento, de todas las amarguras que debían producirle las humillaciones, la pobreza, el dolor, y el menosprecio que su Sagrada Humanidad iba a sufrir durante todo el curso de su vida y en Su Santa Pasión”.

El Sagrado Corazón aparece en un "trono de llamas", “transparente como el cristal”, con la “llaga adorable”, lo cual significa que el corazón humano del hombre Jesús de Nazareth, el corazón compuesto por músculo cardíaco, se encuentra unido a la divinidad, al corazón único de Dios, y está envuelto en el Amor de Dios, todo lo cual está significado por la transparencia del cristal, símbolo de la pureza del Ser divino, y por las llamas, símbolo del Amor divino. El corazón humano de Cristo, que late con la fuerza de su humanidad perfecta, sin pecado, santificada al infinito por el contacto con la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, late además con el Amor de esa misma Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que es el Amor de Dios Trino, el Espíritu Santo. La transparencia del corazón y las llamas, presentes en esta segunda aparición, significan la santidad y el Amor sin manchas del Ser divino, que se comunican y transmiten a través de la santidad y del amor humano del corazón de Jesús de Nazareth.

El otro elemento de la aparición son la cruz y la corona de espinas, las cuales significan los dolores producidos por los pecados de los hombres, y la ingratitud y el menosprecio que recibiría el Amor de Dios, manifestado y donado en Cristo Jesús.

En el Corazón de Jesús, se ven entonces los dos elementos necesarios para comprender el alcance de la devoción: el Amor eterno, infinito, insondable, inabarcable, de un Dios que, en el extremo de locura de amor por su criatura, el hombre, se auto-dona a sí mismo por medio del amor humano del corazón humano de Jesús de Nazareth; por otro lado, se ve la ingratitud, el desprecio, la indiferencia, el rechazo, la maldad, del corazón humano, que al Amor de Dios le responde abofeteando su rostro, escupiéndolo en la cara, coronando de espinas su cabeza, y crucificándolo. Y no conforme con esto, estando ya muerto el Hombre-Dios, la maldad del hombre lo lleva a perforar su costado con una lanza, para asegurarse de que está bien muerto en la cruz, y que no volverá a vivir, pero Dios, en su locura de amor, responde con amor al odio deicida, porque en el momento en el que el soldado le traspasa su Corazón Sagrado, suspendido en la cruz, derrama su sangre sobre la humanidad, y con la efusión de su sangre, efunde su Espíritu Santo, su Espíritu de Amor. Al extremo odio deicida del hombre, que traspasa su cuerpo ya muerto, Dios responde derramando su sangre, y con su sangre, su Amor, el Espíritu Santo.

¿Qué hacer, entonces, no sólo para no desvirtuar a la devoción al Sagrado Corazón, pensando que es una devoción sentimentalista reservada a señoras grandes, pasada de moda, inútil para el mundo científico, racionalista, e hipertecnológico en el que vivimos?

El mismo Sagrado Corazón nos da la respuesta. Le dice así a Santa Margarita. “De Jueves a viernes haré que participes de aquella mortal tristeza que Yo quise sentir en el huerto de los olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía mas difícil de sufrir que la muerte”. Es decir, la adoración al Santísimo Sacramento, en donde late, vivo y glorioso, el Sagrado Corazón, y la expiación y reparación por aquellos que no creen, ni esperan, ni adoran, ni aman. Nuevamente el Sagrado Corazón: “Una vez, estando expuesto el Santísimo Sacramento, se presentó Jesucristo resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas que se presentaban como otro tanto soles, saliendo llamaradas de todas partes de Su Sagrada Humanidad, pero sobre todo de su adorable pecho que, parecía un horno encendido. Habiéndose abierto, me descubrió su amabilísimo y amante Corazón, que era el vivo manantial de las llamas. Entonces fue cuando me descubrió las inexplicables maravillas de su puro amor con que había amado hasta el exceso a los hombres, recibiendo solamente de ellos ingratitudes y desconocimiento. ‘Eso, le dice Jesús a Margarita, fue lo que más me dolió de todo cuanto sufrí en mi Pasión, mientras que si me correspondiesen con algo de amor, tendría por poco todo lo que hice por ellos y, de poder ser, aún habría querido hacer más. Mas sólo frialdades y desaires tienen para todo mi afán en procurarles el bien. Al menos dame tú el gusto de suplir su ingratitud de todo cuanto te sea dado conforme a tus posibilidades’”.

La verdadera devoción al Sagrado Corazón consiste en esto: en corresponder a su infinito amor con la adoración al Santísimo Sacramento, y con la expiación y reparación por los que no creen, ni esperan, ni adoran, ni aman.