San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 4 de septiembre de 2014

El significado de las espinas, las llamas y la cruz del Sagrado Corazón de Jesús


         El Sagrado Corazón, el corazón del Hombre-Dios, posee tres elementos, que no están presentes en ningún corazón humano: las espinas, que forman una corona alrededor suyo; el fuego, cuyas llamas lo envuelven, y la cruz, que se yergue, triunfante, en su base.
         ¿Qué significan estos tres elementos?
Las espinas son la materialización de nuestros malos deseos, de nuestros malos  pensamientos, y la realización de nuestras malas obras; es decir, la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, es la materialización de nuestros pecados, lo cual quiere decir que todo aquello que para nosotros no representa dolor -o, por el contrario, representa placer, como por ejemplo, el placer que provoca la ira homicida en un acto de venganza-, en Jesús, se convierte en dolor, y en máximo dolor, puesto que la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, lo rodea en todo momento apretándolo contra sí misma, de manera tal que las espinas hieren la musculatura del Corazón de Jesús en los dos movimientos propios del Corazón, tanto en la fase de llenado -diástole porque las espinas se hunden de lleno contra las paredes cardíacas-, como en la fase de expulsión de la sangre, es decir, en la fase de la contracción cardíaca -sístole, porque en la retracción de las paredes ventriculares, las espinas desgarran la musculatura ventricular-. De esta manera, en cada latido, el Corazón de Jesús dice: “Amor, dolor”, Amor, que es lo que Él da, en cada latido, a las creaturas ingratas; dolor, por lo que El recibe de las creaturas, a cambio de su Amor. Entonces, las espinas que rodean al Sagrado Corazón de Jesús deben recordarnos, por un lado, el Amor infinito y eterno de Dios Uno y Trino, que se nos dona a través del Corazón de Jesús, Amor que está contenido en cada Eucaristía; por otro lado, debe recordarnos el dolor que nuestros pecados le provocan al Sagrado Corazón de Jesús -que si bien ha muerto y resucitado, continúa su Pasión en su Cuerpo Místico, hasta el fin de los tiempos-, y esto debe servir para que evitemos el pecado y hagamos el propósito de morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, es decir, antes de provocar un dolor de tal magnitud a Jesús.
Las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón significan el Amor de Dios que inhabita en el Sagrado Corazón desde la Encarnación misma del Verbo. El Amor de Dios se representa con fuego, porque es ardiente como el fuego y abrasa como el fuego, pero a diferencia del fuego material, no solo no provoca dolor, sino que provoca en el alma amor, dulzor, alegría, paz, y dicha sin fin, y envuelve al Sagrado Corazón porque el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y al encarnarse el Hijo, este Espíritu Santo, que procede eternamente del Padre y del Hijo, comienza a inhabitar en el Sagrado Corazón de Jesús, santificando su Humanidad santísima, glorificándola y haciéndola arder en el fuego del Amor Divino. Y como este Fuego es el que abrasa a Jesús en la cruz y es el que le hace exclamar: “Tengo sed” (Jn 19, 28), Jesús arde en deseos de comunicar el Amor que vuelve a su Corazón incandescente como una brasa; ese Fuego es el que desde el Sagrado Corazón quiere expandirse y comunicarse a los hombres y lo hará a través de la efusión de Sangre, cuando el Corazón de Jesús sea traspasado por la lanza, y es esto lo que explica que, sobre todo aquel sobre quien cae esta Sangre, ve lavados sus pecados y ve su corazón arder en el Amor de Dios, porque la Sangre del Cordero “como degollado” (cfr. Ap 5, 7-14) es vehículo del Espíritu Santo, y es por eso que el Cordero de Dios, “quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29) y concede la Vida eterna y enciende al alma en el Amor de Dios.
En la base del Sagrado Corazón, está la cruz, y esto es para significar que el Corazón del Hombre-Dios está crucificado y que por lo tanto, quien quiera acceder a los tesoros inagotables del Amor Divino, no tiene otro camino que el camino de la cruz; también quiere decir que quien quiera gozar del Amor Eterno de Dios Uno y Trino, del Amor de un Dios que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8) en sí mismo, no debe temer, ni debe desconfiar, ni debe pensar que Dios no lo ama, porque precisamente, para que el hombre no tema, ni desconfíe, ni piense que Dios Trino no lo ama, es que Dios se ha encarnado por Amor al hombre, se ha dejado crucificar por Amor al hombre y ha dejado su Sagrado Corazón en la cruz, traspasado, con su Sangre fluyendo y con su Amor vivo, latiendo, deseoso de ser recibido por un corazón contrito y humillado, humilde, piadoso, fervoroso y necesitado de su Amor Divino. Viendo al Sagrado Corazón traspasado en la cruz, que deja fluir, inagotable, su Sangre Preciosísima, y con su Sangre, el Espíritu Santo, el Amor Divino, para donarlo a quien quiera recibirlo, ¿quién puede dudar del Amor de Dios?
Por último, el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, y le mostró estos tres elementos, que no están en ningún corazón humano, pero con toda la gracia que significa tan maravillosa aparición, Jesús no se le dio en alimento; a nosotros, diariamente, se nos da en alimento en la Eucaristía y allí, en la Eucaristía, está latiendo, vivo y glorioso, el Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en las llamas del Amor Divino, Amor que se comunica en el silencio y en la intimidad del alma que comulga con fe, con humildad, con piedad y con amor.


martes, 19 de agosto de 2014

San Bernardo abad y su frase que condensa el Evangelio del Amor: "Amo porque amo, amo por amar"


         San Bernardo de Claraval escribió una frase en un sermón, en el que condensa el Evangelio de Jesucristo: “Amo porque amo, amo por amar”[1]. En efecto, el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo se basa en el Amor, en la caridad, porque “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), y todo lo que hace Dios Uno y Trino, lo hace movido por el Amor: no hay otro motor en Él que no sea el Amor. Por lo tanto, todo el misterio pascual de Jesucristo, desde la Encarnación, hasta su Pasión, Muerte y Resurrección, está impregnado por el Amor, pero no por un amor humano, sino por el Amor Divino, que es el Amor de Dios Uno y Trino, el Amor que une a las Tres Divinas Personas desde la Eternidad, el Espíritu Santo: es el Amor que el Padre espira al Hijo y que el Hijo espira al Padre; es el Amor tan absolutamente perfecto, que constituye a una Persona, la Tercera de la Trinidad, el Espíritu Santo. Y es este Amor, tan absolutamente perfecto, tan admirablemente santo, que une a las Tres Divinas Personas desde la eternidad, el que lleva a las Tres Personas a obrar la Redención, la obra de la salvación de la humanidad.  Cuando contemplamos la Encarnación de la Palabra de Dios en el seno virginal de la Madre de Dios, cuando contemplamos el Nacimiento virginal del Verbo Eterno hecho Niño, cuando contemplamos la Pasión del Hombre-Dios, cuando contemplamos todos y cada uno de los misterios del Hombre-Dios, estamos contemplando el desplegarse de ese Amor Eterno en el tiempo y en la historia, que lo único que quiere es donársenos a todos y cada uno de nosotros, sin reservas, con toda la plenitud del Ser trinitario divino, para que nos gocemos de Él, en nuestro tiempo terreno y, luego de nuestra muerte, por toda la eternidad. Por eso dice San Bernardo de Claraval, en su sermón citado, que cuando la creatura responde con su amor humano, creatural, al Amor divino, aun cuando su amor sea muy pequeño, Dios se da por satisfecho, porque el amor es lo único con lo cual puede la creatura corresponderle a Dios –o “pagarle”, si podría caber el término, aunque la deuda en este caso es infinita y por lo tanto imposible de saldar-. Dice así San Bernardo: “Amo porque amo, amo por amar. (…) Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con lo que la criatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con lo que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí (…)”[2].
         Luego, San Bernardo se pregunta si, sabiendo la creatura que su amor creatural es pequeñísimo, comparado con el de Dios, no sentirá que su amor no vale nada y que por lo tanto “no tiene ningún valor ni eficacia su deseo nupcial”[3], y responde que no, porque –dice San Bernardo- “siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad (…) aunque la criatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio”[4].
“Amo porque amo, amor por amar”. Por último, no olvidemos que, por el misterio de la liturgia eucarística, el Amor de Jesús, de su Sagrado Corazón Eucarístico, continúa donándose en cada eucaristía; no olvidemos que en cada Eucaristía está Jesús con su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Amor Divino, deseoso de hacer arder en el Amor de Dios a todo aquel que quiera recibir su Amor; no olvidemos que en la Eucaristía está vivo y Presente, glorioso y resucitado Aquél que dijo: “He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo quisiera ya verlo ardiendo!”[5]. A ese Fuego de Amor que se nos ofrece en cada Eucaristía, entonces, le digamos, en el momento de la comunión, junto con San Bernardo de Claraval: “Jesús Eucaristía, Te amo porque te amo, te amo por amar”.




[1] Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Lc 12, 49.

martes, 16 de octubre de 2012

San Ignacio de Antioquía y su deseo de comulgar antes de morir



En su camino al martirio, antes de ser arrojado a los leones, San Ignacio de Antioquía escribe: “No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo... y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible”. San Ignacio desea la comunión eucarística antes de morir: el pan de Dios, la Eucaristía.
En la carta se hacen patentes los dos movimientos que experimenta el santo: el rechazo al mundo y sus placeres, y la atracción a Jesucristo, Presente en la Sagrada Comunión.
A poco tiempo de atravesar el umbral de la muerte, el santo mártir no sólo no encuentra deleite en lo que el mundo ofrece, sino que anhela y apetece, con fuerza cada vez mayor, la Eucaristía: “la carne de Jesucristo y su sangre, que es la caridad incorruptible”.
Lo que sucede es que al aproximarse la vida eterna, la gracia santificante que colma el alma del santo, al tiempo que prepara al espíritu para la unión transformante con el Hombre-Dios Jesucristo, se desborda sobre el cuerpo, quitando todo tipo de apetito corpóreo y eliminando todo resquicio de concupiscencia. Por todo esto, en el santo se verifica la paradoja de que la aproximación de la muerte corpórea significa la aproximación al inicio de una nueva vida, una vida en la gloria y en la beatitud divina, al quitarse, con la muerte corpórea, el último obstáculo que lo separaba de la unión con el Ser divino.
Para el santo, la proximidad de la muerte no significa, como para el mundo, la desaparición en la nada, o el destino incierto hacia un lugar desconocido: la muerte es apenas un umbral que anticipa una eternidad de felicidad y de alegría imposibles de imaginar.
Lo que los cristianos tenemos que apreciar y valorar, es que, ya antes de la muerte, poseemos en anticipo aquello que deseó San Ignacio con vehemencia antes de morir, y que será la causa de nuestra alegría eterna, si por gracia y misericordia de Dios vamos al cielo: la Eucaristía, la Carne y la Sangre del Cordero, su Amor eterno, imperecedero.