San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 1 de junio de 2023

San Justino, mártir

 



         Vida de santidad.

San Justino Mártir nació en Neápolis (actual Nablus en Samaria, Palestina) hacia el año 100 de nuestra era y murió en el martirio, dando la vida por Cristo en el año 165 en Roma. Se caracterizaba por un gran deseo de saber y de alcanzar la verdad. Esto lo llevó a recorrer diferentes escuelas filosóficas como la de los estoicos, los peripatéticos, los pitagóricos y los neoplatónicos. Esta sed por la Verdad fue la que lo condujo a convertirse a Cristo, que es la Verdad Increada; su conversión a Cristo le llegó a través de un anciano cristiano en Éfeso, quien le enseñó la fe católica por medio de la lectura del Antiguo y el Nuevo Testamento. Según las actas notariales de su martirio fue decapitado bajo el prefecto Junio Rústico (163-167), en Roma, junto a otros seis cristianos: Caridad, Caritón, Evelpisto, Hierax, Peón y Liberiano. Así finalizó su vida terrena un hombre santo que vivió buscando la Verdad de Dios y la encontró en Jesucristo y, habiéndola encontrado, dio su vida por Jesucristo, la Sabiduría Encarnada.

         Mensaje de santidad.

         San Justino es modelo y ejemplo de santidad en su ferviente deseo por conocer la Verdad Última, la Verdad Primera y Absoluta sobre Dios, algo que caracterizaba también a San Agustín y a los filósofos pre-cristianos como Aristóteles y Platón: Aristóteles decía: “Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la Verdad”. Fue este deseo fervoroso de conocer la Verdad sobre Dios lo que lo llevó a descartar, una por una, todas las escuelas filosóficas paganas en las que no encontraba la Verdad en Sí misma; San Justino se dio cuenta de que en todas estas escuelas filosóficas solo había destellos de Verdad, pero no la Verdad Absoluta, Primera y Última acerca de Dios. En esto, San Justino es un gran ejemplo para nosotros, porque todo aquel que busque la Verdad y ame la Verdad, en realidad está buscando y amando a Dios, aun cuando no lo sepa, porque Dios es la Verdad Increada, es la Verdad Eterna y en Él no hay sombra alguna ni de error ni de falacia. Cuando alguien se propone, con rectitud de intención, buscar la Verdad, es ya una señal de que Dios lo está llamando a Sí mismo, por ser Él la Verdad y por habernos dado un instrumento, a todos y cada uno de los seres humanos, que es la razón, la cual es “capax Dei”, es “capaz de Dios”, en el sentido de que la razón humana solo encontrará su reposo en la Verdad, porque fue creada para buscar y reconocer a la Verdad, cuando esta se le presenta. Por eso el hombre puede distinguir, con la luz de su razón, lo verdadero de lo falso, por el don de la razón concedido por Dios. En esta búsqueda de la Verdad, para que sea sincera, el hombre debe apartarse de todo sistema filosófico o ideológico que se aparte de la Verdad Increada que es Dios -en nuestros tiempos, el relativismo, el ateísmo teórico y práctico, las ideologías materialistas y ateas como el marxismo, el comunismo, etc.- y así, siempre que esta búsqueda de la Verdad esté acompañada por el deseo de abrazarla, el hombre será capaz de encontrarla, como le sucedió a San Justino. Ahora bien, en el caso de Cristo, la búsqueda de la Verdad, su encuentro y el abrazar la Verdad de Dios que es Cristo, puede llegar a costar la vida, literal y materialmente, como le sucedió a San Justino. Mientras San Justino buscaba la verdad, era pagano, pero cuando la encontró en Cristo, se volvió cristiano y en muchas épocas de la historia, incluidos nuestros días, el ser cristiano puede costar la vida. A todo aquel que busque la Verdad de Dios, Dios le sale a su encuentro; con su razón lo descubre como Dios Uno y por la gracia le es revelada la Trinidad de Personas en Dios. Esto es lo que le pasó a San Justino y es lo que le sucede a todo aquel que, con rectitud de intención y con amor a la Verdad, la busca con ansias con su intelecto, con su inteligencia.

 

sábado, 29 de mayo de 2021

San Justino, mártir

 



         Vida de santidad[1].

Flavio Justino, conocido como San Justino Mártir, nació en Neápolis (actual Nablus o Naplusa, en Samaria, Palestina) hacia el año 100 de nuestra era y murió, martirialmente, en el año 165, en Roma. Poseía una poco frecuente sed por el saber, la verdad y el conocimiento y fue esto lo que lo llevó a buscar respuestas en diversas escuelas filosóficas de su tiempo, como la escuela de los estoicos, peripatéticos, pitagóricos y neoplatónicos; su amor por la Verdad lo llevó a su definitiva conversión al Cristianismo, conversión que le llegó por medio de las enseñanzas de un anciano cristiano en Éfeso, quien le enseñó la fe católica por medio de la lectura del Antiguo y el Nuevo Testamento. Por esto es considerado el primer filósofo cristiano y también uno de los primeros Padres Apologistas griegos, siendo la escuela filosófica cristiana fundada por él, un puente entre el paganismo y el Cristianismo, un puente que conduce, desde el error del politeísmo pagano, a la Verdad de un Dios Uno, según sus propias palabras: “la filosofía es lo que nos conduce a Dios y nos une a Él”.

Escribió unas ocho obras, pero sólo se conservan fragmentos de sus dos “Apologías” y de su “Diálogo con Trifón”. La primera o defensas de la Fe Cristiana frente a los malentendidos, ataques y persecuciones de los paganos, está dirigida al emperador Adriano y contiene tres artículos dedicados al Bautismo y a la Eucaristía y en ellos se nos muestran cómo la Iglesia se mantiene fiel al Cristianismo primigenio; la segunda apología es continuación de la anterior y va dirigida al emperador Marco Aurelio; en ambos casos, dice que las escribe “a favor de unos hombres y una raza que son injustamente perseguidos, yo uno de ellos, Justino, hijo de Prisco”. Por su parte el diálogo con el judío Trifón, su obra más importante en el marco de la Filosofía, recoge sus principales enseñanzas de corte filosófico y describe su búsqueda de la verdad, esto es, la Fe, después de la insatisfacción que le produjeron las diversas respuestas ofrecidas por los movimientos filosóficos de su tiempo.

Según las actas notariales de su martirio fue decapitado bajo el prefecto Junio Rústico (163-167), en Roma, junto a otros seis cristianos: Caridad, Caritón, Evelpisto, Hierax, Peón y Liberiano. Así finalizó su vida terrena un hombre santo que vivió buscando la Verdad de Dios y la encontró en Jesucristo y, habiéndola encontrado, dio su vida por Jesucristo, la Sabiduría Encarnada.

         Mensaje de santidad.

         Ante todo, San Justino es ejemplo de santidad en su deseo apasionado por conocer la Verdad acerca de Dios –y en esto se parece mucho a San Agustín-; por este deseo de conocer la Verdad divina, es que se dio cuenta de que en las escuelas filosóficas paganas no se encontraba la Verdad Absoluta, tal vez, algunos destellos de verdad, pero no la Verdad Total que Él andaba buscando. Esto es un ejemplo para nosotros, porque quien busca y ama la Verdad, en realidad está buscando y amando a Dios, que es la Verdad Increada y la filosofía, esto es, el uso del intelecto humano en búsqueda de la Verdad, es un instrumento óptimo para esta búsqueda, siempre que se sea honesto, como San Justino, es decir, siempre que, en la búsqueda de la Verdad, el alma sea capaz de apartarse de todo aquel sistema filosófico o religioso en donde no se encuentre la Verdad. San Justino, en su “Diálogo con el judío Trifón”, dice que “la divinidad no es visible a los ojos de los hombres pero sí es comprensible por su inteligencia”[2] y esto es así, porque el hombre es “capax Dei”, es capaz de encontrar a Dios con su intelecto, rectamente usado. Por esto es que San Justino es ejemplo para todo aquel que busca, con sinceridad de corazón y con amor, la Verdad Absoluta acerca de Dios. Quien esto hace, encuentra a Dios, porque Dios se deja encontrar por quien lo busca con recto corazón y con amor. Y cuando encuentra a Dios Uno con la inteligencia, Dios se revela, en Cristo, como Dios Uno y Trino, como Trinidad Una y Santa, que pone en marcha, por deseo de Dios Padre, el plan de salvación, enviando a la Segunda Persona de la Trinidad a morir en Cruz, para conducir a los hombres, por medio de la Tercera Persona de la Trinidad, el Espíritu Santo, al Reino de los cielos. Es esto lo que le sucedió a San Justino y es lo que le sucede a todo hombre que con rectitud de corazón y con amor busca a Dios: lo encuentra con su inteligencia como Dios Uno y ese Dios Uno se le revela como Uno y Trino, que ha venido a la tierra en el Hijo de Dios, para llevarlo, en el Hijo, por el Espíritu Santo, al seno de Dios Padre.

 

martes, 2 de junio de 2020

San Justino, mártir


San Justino
          Vida de santidad[1].

Nació a principios del siglo II en FIavia Neápolis—Nablus—, la antigua Siquem, en Samaria, de familia pagana; como ardiente buscador de la Verdad Absoluta, el itinerario de su conversión a Cristo pasa a través de la experiencia estoica, pitagórica, aristotélica y neoplatónica, desde donde llegó a la plenitud de la Verdad en el cristianismo.
Según sus mismas palabras, el santo se encontraba insatisfecho de las respuestas que le daban las diversas filosofías, por lo que se retiró a un lugar desierto, a orillas del mar, a meditar. Estando allí, un anciano al que le había confiado su desilusión le contestó que ninguna filosofía podía satisfacer al espíritu humano, porque la razón es incapaz por sí sola de garantizar la plena posesión de la verdad sin una ayuda divina.
Así fue como Justino descubrió el cristianismo a los treinta años; se convirtió en convencido predicador y, para proclamar al mundo su descubrimiento, escribió dos Apologías. La primera se la dedicó en el año 150 al emperador Antonino Pío y al hijo Marco Aurelio, y también al Senado y al pueblo romano. Escribió otras obras, entre ellas la más importante es la titulada Diálogo con Trifón, y se la recuerda porque abre el camino a la polémica antijudaica en la literatura cristiana. Gracias a sus escritos sabemos cómo se explicaba el cristianismo en ese tiempo y cómo se celebraban los ritos litúrgicos, sobre todo la administración del bautismo y la celebración de la Eucaristía.
San Justino fue a Roma y allí fue denunciado por Crescencio, un filósofo con quien Justino había disputado mucho tiempo. El magistrado que lo juzgó, Rústico, también era un filósofo estoico, amigo y confidente de Marco Aurelio. Pero para el magistrado, Justino no era más que un cristiano, igual a sus compañeros, todos condenados a la decapitación por su fe en Cristo. Todavía hoy se conservan actas auténticas del martirio de Justino.

Mensaje de santidad.

San Justino, como filósofo que era, buscó primero y encontró después la auténtica sabiduría, que no es una filosofía abstracta, sino Cristo, la Persona Segunda de la Trinidad encarnada en la humanidad de Jesús de Nazareth. Una vez conocida la Verdad Absoluta revelada en Cristo Jesús, confirmó esta Verdad cambiando sus costumbres paganas por las cristianas, enseñando lo que afirmaba y defendiéndola con sus escritos. Tan convencido estaba de que Cristo Jesús era la Verdad Absoluta y plena de Dios, revelada por Dios Hijo en Persona, que por confesarse cristiano y por no renegar de la fe en Cristo, fue condenado a muerte en el año 165. Podemos decir que San Justino, entre otras cosas, nos deja dos enseñanzas fundamentales: por un lado, que todo ser humano tiene sed de la Verdad Absoluta de Dios y que esta sed sólo se puede saciar en la Fuente de la Sabiduría Divina que es Cristo Dios, el Hijo de Dios encarnado; por otro lado, nos enseña que hay una prueba de fuego para quien alcanza esta Verdad Suprema y es el don de la vida propia en testimonio de esta Verdad –que comprende la Verdad sobre la Eucaristía, porque si Cristo es Dios, entonces la Eucaristía es Cristo Dios-. Al conmemorar a San Justino, le pidamos la gracia de, llegado el caso, si así lo dispusiera Dios en sus planes para nosotros, mantengamos firme la fe en Cristo Dios, hasta dar la vida si fuera necesario.


miércoles, 29 de mayo de 2019

San Justino, mártir



Las actas que se conservan acerca del martirio de Justino son uno de los documentos más impresionantes que se conservan de la antigüedad[1] en el que se da testimonio acerca de Jesucristo. Justino es llevado ante el alcalde de Roma, y empieza entre los dos un memorable diálogo que queda para la eternidad:
Alcalde: “¿Cuál es su especialidad? ¿En qué se ha especializado?”.
Justino: “Durante mis primeros treinta años me dediqué a estudiar filosofía, historia y literatura. Pero cuando conocí la doctrina de Jesucristo me dediqué por completo a tratar de convencer a otros de que el cristianismo es la mejor religión”.
Alcalde: “Loco debe de estar para seguir semejante religión, siendo Ud. tan sabio”.
Justino: “Ignorante fui cuando no conocía esta santa religión. Pero el cristianismo me ha proporcionado la verdad que no había encontrado en ninguna otra religión”.
Alcalde: “¿Y qué es lo que enseña esa religión?”.
Justino: “La religión cristiana enseña que hay uno solo Dios y Padre de todos nosotros, que ha creado los cielos y la tierra y todo lo que existe. Y que su Hijo Jesucristo, Dios como el Padre, se ha hecho hombre por salvarnos a todos. Nuestra religión enseña que Dios está en todas partes observando a los buenos y a los malos y que pagará a cada uno según haya sido su conducta”.
Alcalde: “¿Y Usted persiste en declarar públicamente que es cristiano?”.
Justino: “Sí; declaro públicamente que soy un seguidor de Jesucristo y quiero serlo hasta la muerte”.
El alcalde pregunta luego a los amigos de Justino si ellos también se declaran cristianos y todos proclaman que sí, que prefieren morir antes que dejar de ser amigos de Cristo.
Alcalde: “Y si yo lo mando torturar y ordeno que le corten la cabeza, Ud. que es tan elocuente y tan instruido ¿cree que se irá al cielo?”.
Justino: “No solamente lo creo, sino que estoy totalmente seguro de que si muero por Cristo y cumplo sus mandamientos tendré la Vida Eterna y gozaré para siempre en el cielo”.
Alcalde: “Por última vez le mando: acérquese y ofrezca incienso a los dioses. Y si no lo hace lo mandaré a torturar atrozmente y haré que le corten la cabeza”.
Justino: “Ningún cristiano que sea prudente va a cometer el tremendo error de dejar su santa religión por quemar incienso a falsos dioses. Nada más honroso para mí y para mis compañeros, y nada que más deseemos, que ofrecer nuestra vida en sacrificio por proclamar el amor que sentimos por Nuestro Señor Jesucristo”.
Los otros cristianos afirmaron a viva voz que ellos estaban totalmente de acuerdo con lo que Justino acababa de decir. Justino y sus compañeros, cinco hombres y una mujer, fueron azotados cruelmente, y luego les cortaron la cabeza. Y el antiquísimo documento termina con estas palabras: “Algunos fieles recogieron en secreto los cadáveres de los siete mártires, y les dieron sepultura, y se alegraron que les hubiera concedido tanto valor, Nuestro Señor Jesucristo a quien sea dada la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.
Mensaje de santidad.
A pesar de ser un letrado en ciencias humanas, Justino se declara ante el alcalde como ignorante cuando no conocía la doctrina de Jesucristo, al tiempo que confiesa que en la religión católica se encuentra la Verdad Absoluta sobre Dios, Verdad que no se encuentra en ninguna otra religión. Según Justino, en la religión católica se enseña que Jesús es Dios como el Padre y que se encarnó para salvarnos y que al fin del tiempo dará a cada uno según su conducta. Se declara públicamente seguidor de Jesucristo, pretendiendo serlo hasta su muerte, incluso si lo torturan y si ordenan su muerte por decapitación. San Justino está convencido de que si él da su vida por Jesucristo y cumple sus mandamientos, obtendrá la vida eterna en el Reino de los cielos. Esto, a diferencia de otras religiones, que para alcanzar lo que llaman “cielo”, deben quitar la vida a sus prójimos: en el cristianismo, hay que dar la vida propia por la salvación propia y del prójimo. Cuando le ofrecen quemar incienso a los falsos dioses y lo amenazan con la muerte si no lo hace, San Justino declara que sería un “tremendo error” quemar incienso a los falsos dioses, ya que sólo Jesucristo, el único Dios verdadero, merece ese honor. Es entonces cuando Justino y siete de sus compañeros y discípulos son decapitados. Puesto que San Justino se mantuvo fiel a Jesucristo hasta la muerte, ahora goza de su visión bienaventurada por los siglos sin fin. En nuestros días, en los que los hombres se postran ante los falsos dioses de la Nueva Era y de los ídolos del mundo y queman incienso sacrílegamente en su honor, el ejemplo del martirio de San Justino es sumamente actual y válido para nosotros, dándonos ejemplo de verdadero amor al Hombre-Dios Jesucristo, hasta dar la vida por Él.

viernes, 1 de junio de 2018

San Justino, mártir



         Vida de santidad[1].

         Justino, filósofo y mártir, nació a principios del siglo II en Flavia Neápolis (Nablus), la antigua Siquem, en Samaria, de familia pagana. Una vez convertido a la fe, escribió profusamente en defensa de la religión, aunque sólo se conservan de él dos “Apologías” y el “Diálogo con Trifón”. Abrió una escuela en Roma, en la que sostuvo públicas disputas. Sufrió el martirio, junto con sus compañeros, en tiempos de Marco Aurelio, hacia el año 165.

         Mensaje de santidad[2].

         El mensaje de santidad de San Justino, además de su vida de santidad, es el diálogo mantenido con el inicuo juez que lo condenó a muerte, pues en ese diálogo se demuestra su amor a Jesús y cómo por este amor a Jesús, desprecia incluso su propia vida, sin tener temor por las amenazas de muerte. Se puede apreciar también cómo se cumplen las palabras de Jesús, de que será el Espíritu Santo quien hablará por boca de los mártires, porque tal serenidad, tal fe, tal alegría, tal desprecio de los ídolos mundanos, tal valentía y falta de respetos humanos ante la autoridad inicua que buscaba hacerlo apostatar, tal fortaleza ante la amenaza de tortura y muerte, no pueden no venir sino de Dios Espíritu Santo, que inhabita en el alma y en el corazón de los mártires. He aquí el diálogo del mártir San Justino, el que le valió el cielo, según consta en las Actas de los Mártires: “Aquellos santos varones, una vez apresados, fueron conducidos al prefecto de Roma, que se llamaba Rústico. Cuando estuvieron ante el tribunal, el prefecto Rústico dijo a Justino: “Antes que nada, profesa tu fe en los dioses y obedece a los emperadores”. Justino respondió: “No es motivo de acusación ni de detención el hecho de obedecer a los mandamientos de nuestro Salvador Jesucristo”. Rústico dijo: “¿Cuáles son las enseñanzas que profesas?”. Respondió Justino: “Yo me he esforzado en conocer toda clase de enseñanzas, pero he abrazado las verdaderas enseñanzas de los cristianos, aunque no sean aprobadas por los que viven en el error”. El prefecto Rústico dijo: “¿Y tú las apruebas, miserable?”. Respondió Justino: “Así es, ya que las sigo según sus rectos principios”. Dijo el prefecto Rústico: “¿Y cuáles son estos principios?”. Justino respondió: “Que damos culto al Dios de los cristianos, al que consideramos como el único creador desde el principio y artífice de toda la creación, de todo lo visible y lo invisible, y al Señor Jesucristo, de quien anunciaron los profetas que vendría como mensajero de salvación al género humano y maestro de insignes discípulos. Y yo, que no soy más que un mero hombre, sé que mis palabras están muy por debajo de su divinidad infinita, pero admito el valor de las profecías que atestiguan que éste, al que acabo de referirme, es el Hijo de Dios. Porque sé que los profetas hablaban por inspiración divina al vaticinar su venida a los hombres”. Rústico dijo: “Luego, ¿eres cristiano?”. Justino respondió: “Así es, soy cristiano”. El prefecto dijo a Justino: “Escucha, tú que eres tenido por sabio y crees estar en posesión de la verdad: si eres flagelado y decapitado ¿estás persuadido de que subirás al cielo?”. Justino respondió: “Espero vivir en la casa del Señor, si sufro tales cosas, pues sé que, a todos los que hayan vivido rectamente, les está reservado el don de Dios para el fin del mundo”. El prefecto Rústico dijo: “Tú, pues, supones que has de subir al cielo, para recibir un cierto premio merecido”. Justino respondió: “No lo supongo, lo sé con certeza”. El prefecto Rústico dijo: “Dejemos esto y vayamos a la cuestión que ahora interesa y urge. Poneos de acuerdo y sacrificad a los dioses”. Justino dijo: “Nadie que piense rectamente abandonará la piedad para caer en la impiedad”. El prefecto Rústico dijo: “Si no hacéis lo que se os manda, seréis atormentados sin piedad”. Justino respondió: “Nuestro deseo es llegar a la salvación a través de los tormentos sufridos por causa de nuestro Señor Jesucristo, ya que ello será para nosotros motivo de salvación y de confianza ante el tribunal de nuestro Señor y Salvador, que será universal y más temible que éste”. Los otros mártires dijeron asimismo: “Haz lo que quieras; somos cristianos y no sacrificamos a los ídolos”. El prefecto Rústico pronunció la sentencia, diciendo: “Por haberse negado a sacrificar a los dioses y a obedecer las órdenes del emperador, serán flagelados y decapitados en castigo de su delito y a tenor de lo establecido por la ley”. Los santos mártires salieron, glorificando a Dios, hacia el lugar acostumbrado y allí fueron decapitados, coronando así el testimonio de su fe en el Salvador”.


[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De las Actas del martirio de los santos Justino y compañeros;  Cap. 1-5: cf. PG 6, 1566-1571.


jueves, 1 de junio de 2017

San Justino, mártir


Vida de santidad[1].

San Justino, filósofo y mártir, nació a principios del siglo II en Flavia Neápolis (Nablus), la antigua Siquem, en Samaria, de familia pagana. Una vez convertido a la fe, escribió profusamente en defensa de la religión, aunque sólo se conservan de él dos «Apologías» y el «Diálogo con Trifón». Abrió una escuela en Roma, en la que sostuvo públicas disputas. Sufrió el martirio, junto con sus compañeros, en tiempos de Marco Aurelio, hacia el año 165.
No fue sacerdote, sino laico, y escribió varias apologías o defensas del cristianismo, frente a los detractores[2] de la religión católica. El mismo Justino cuenta que él era un Samaritano, porque nació en la antigua ciudad de Siquem, capital de Samaria. Sus padres eran paganos, de origen griego, y le dieron una excelente educación, instruyéndolo lo mejor posible en filosofía, literatura e historia.
Un día que paseaba junto al mar, meditando acerca de Dios, vio que se le acercaba un venerable anciano, el cual le dijo: “Si quiere saber mucho acerca de Dios, le recomiendo estudiar la religión cristiana, porque es la única que habla de Dios debidamente y de manera que el alma queda plenamente satisfecha”. El anciano le recomendó además que le pidiera a Dios la gracia de lograr saber más acerca de Él, y le recomendó la lectura de las Escrituras, consejo que San Justino siguió al pie de la letra, encontrando allí la verdadera sabiduría, dedicando toda su vida, en adelante, al estudio de la Palabra de Dios.
El santo cuenta que cuando todavía no era cristiano, había algo que lo conmovía profundamente y era ver el valor inmenso con el cual los mártires preferían los más atroces martirios, con tal de no renegar de su fe en Cristo, y que esto lo hacía pensar: “Estos no deben ser criminales porque mueren muy santamente y Cristo en el cual tanto creen, debe ser un ser muy importante, porque ningún tormento les hace dejar de creer en Él”.
Movido por el amor a la Verdad, y convencido de la cita del Eclesiástico en la que se afirma que la sabiduría de nada sirve si no se la comunica a los demás –“Tener sabiduría y guardársela para uno mismo sin comunicarla a los demás, es una infidelidad y una inutilidad”-, aprovechando sus conocimientos de filosofía, San Justino se dedicó a escribir en defensa de la religión cristiana, con el objetivo de que los paganos se convirtieran, y fue así que surgió su obra más conocida, llamada “Apologías”, en favor de la religión de Jesucristo y de la Iglesia Católica. Además de escribir, se dedicó a recorrer ciudades, discutiendo con los paganos, los herejes y los judíos, tratando de convencerlos de que el cristianismo es la única religión verdadera.
En Roma tuvo Justino una gran discusión filosófica con un filósofo cínico llamado Crescencio, en la cual le logró demostrar que las enseñanzas de los cínicos (que no respetan las leyes morales) son de mala fe y demuestran mucha ignorancia en lo religioso. Crescencio, lleno de odio al sentirse derrotado por los argumentos de Justino, dispuso acusarlo de cristiano, ante el alcalde de la ciudad. Había una ley que prohibía declararse públicamente como seguidor de Cristo. Y además en el gobierno había ciertos descontentos porque Justino había dirigido sus “Apologías” al emperador Antonino Pío y a su hijo Marco Aurelio, exigiéndoles que si en verdad querían ser piadosos y justos debían respetar a la religión cristiana.
En su obra “Apología”, se dirige así a los gobernantes de su tiempo: “¿Por qué persiguen a los seguidores de Cristo? ¿Porque son ateos? No lo son. Creen en el Dios verdadero. ¿Porque son inmorales? No. Los cristianos observan mejor comportamiento que los de otras religiones. ¿Porque son un peligro para el gobierno? Nada de eso. Los cristianos son los ciudadanos más pacíficos del mundo. ¿Porque practican ceremonias indebidas?”. Y les describe enseguida cómo es el bautismo y cómo se celebra la Eucaristía, y de esa manera les demuestra que las ceremonias de los cristianos son las más santas que existen.
Las actas que se conservan acerca del martirio de Justino son uno de los documentos más impresionantes que se conservan de la antigüedad. Justino es llevado ante el alcalde de Roma, y empieza entre los dos un diálogo memorable:
Alcalde: ¿Cuál es su especialidad? ¿En qué se ha especializado?
Justino: Durante mis primero treinta años me dediqué a estudiar filosofía, historia y literatura. Pero cuando conocí la doctrina de Jesucristo me dediqué por completo a tratar de convencer a otros de que el cristianismo es la mejor religión.
Alcalde: Loco debe de estar para seguir semejante religión, siendo Ud. tan sabio.
Justino: Ignorante fui cuando no conocía esta santa religión. Pero el cristianismo me ha proporcionado la verdad que no había encontrado en ninguna otra religión.
Alcalde: ¿Y qué es lo que enseña esa religión?
Justino: La religión cristiana enseña que hay uno solo Dios y Padre de todos nosotros, que ha creado los cielos y la tierra y todo lo que existe. Y que su Hijo Jesucristo, Dios como el Padre, se ha hecho hombre por salvarnos a todos. Nuestra religión enseña que Dios está en todas partes observando a los buenos y a los malos y que pagará a cada uno según haya sido su conducta.
Alcalde: ¿Y Usted persiste en declarar públicamente que es cristiano?
Justino: Sí; declaro públicamente que soy un seguidor de Jesucristo y quiero serlo hasta la muerte.
El alcalde pregunta luego a los amigos de Justino si ellos también se declaran cristianos y todos proclaman que sí, que prefieren morir antes que dejar de ser discípulos de Cristo.
Alcalde: Y si yo lo mando torturar y ordeno que le corten la cabeza, Ud. que es tan elocuente y tan instruido ¿cree que se irá al cielo?
Justino: No solamente lo creo, sino que estoy totalmente seguro de que si muero por Cristo y cumplo sus mandamientos tendré la Vida Eterna y gozaré para siempre en el cielo.
Alcalde: Por última vez le mando: acérquese y ofrezca incienso a los dioses. Y si no lo hace lo mandaré a torturar atrozmente y haré que le corten la cabeza.
Justino: Ningún cristiano que sea prudente va a cometer el tremendo error de dejar su santa religión por quemar incienso a falsos dioses. Nada más honroso para mí y para mis compañeros, y nada que más deseemos, que ofrecer nuestra vida en sacrificio por proclamar el amor que sentimos por Nuestro Señor Jesucristo.
Los otros cristianos afirmaron que ellos estaban totalmente de acuerdo con lo que Justino acababa de decir. Justino y sus compañeros, cinco hombres y una mujer, fueron azotados cruelmente, y luego fueron decapitados.
Las Actas del martirio de San Justino termina con estas palabras: “Algunos fieles recogieron en secreto los cadáveres de los siete mártires, y les dieron sepultura, y se alegraron que les hubiera concedido tanto valor, Nuestro Señor Jesucristo a quien sea dada la gloria por los siglos de los siglos. Amén”.

Mensaje de santidad.

En una época en la que el ateísmo, el agnosticismo y el ocultismo gnóstico de la Nueva Era buscan hacer desaparecer de la faz de la tierra y, sobre todo, del corazón y de la mente de los hombres, no solo la religión cristiana, sino hasta el nombre mismo de “Dios”, para reemplazarlo por el materialismo, el hedonismo, y la práctica del ocultismo, el ejemplo de San Justino, de amor a la Sabiduría de Dios y la Verdad encarnada, Jesucristo, el Hombre-Dios, es tanto o más actual que en los primeros años del cristianismo. Es tanto o más actual hoy, cuando el hombre se aleja de Dios para postrarse ante los ídolos de la neo-modernidad, y cuando gustoso abandona las iglesias para llenar estadios de fútbol, porque el martirio de San Justino, quien da la vida por no renegar de Jesucristo, es la contracara luminosa de la Verdad de Dios, en medio de las siniestras tinieblas de muerte en las que el mundo está inserto.

jueves, 2 de junio de 2016

San Justino y el amor a la Verdad que salva, Cristo Jesús


         ¿Qué fue lo que llevó a San Justino a dar su vida por Jesucristo? Su amor a la Verdad, porque San Justino buscó siempre la verdad, la que hace brillar el alma con la Divina Sabiduría, disipando las tinieblas del error y la ignorancia. Y como la Verdad de Dios Encarnada es Jesucristo, al buscar a la Verdad, sin saberlo, San Justino buscaba al Hijo de Dios Encarnado, la Verdad y Sabiduría de Dios en Persona. Al responder al Alcalde que finalmente lo enviaría a ser decapitado, San Justino proclamaba, en pocas palabras, la verdad de fe de la religión católica, verdad que salva las almas: “La religión cristiana enseña que hay uno solo Dios y Padre de todos nosotros, que ha creado los cielos y la tierra y todo lo que existe. Y que su Hijo Jesucristo, Dios como el Padre, se ha hecho hombre por salvarnos a todos. Nuestra religión enseña que Dios está en todas partes observando a los buenos y a los malos y que pagará a cada uno según haya sido su conducta”[1]. Basta saber esto para entrar en el Reino de los cielos, aunque para poder entrar es necesario sellar con la propia sangre el testimonio de lo que se cree, como lo hizo San Justino, aunque en nuestros días el testimonio martirial sea de otro tipo: no cruento, sino incruento, y todos los días, pues todos los días el mundo trata de imponer su error, para alejarnos de la Verdad Encarnada, Jesucristo, Verdad que es Camino al Padre y Vida eterna para el alma (cfr. Jn 14, 6).
         Que San Justino interceda por nosotros, en estos tiempos nuestros signados por la confusión, el error y la ignorancia acerca de las verdades elementales de la verdadera y única fe en Jesucristo, el Hombre-Dios, Dios Hijo Encarnado que se dona con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía, para que también nosotros, como él, seamos capaces de dar testimonio cotidiano de la Verdad en Persona, Jesús de Nazareth.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Justino_6_1.htm