San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 30 de septiembre de 2022

“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y solo ha recibido de ellos ingratitud e indiferencia”

 


“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y solo ha recibido de ellos ingratitud e indiferencia”, le dice Jesús a Santa Margarita en una de sus apariciones.

¿Qué significan estas palabras? “Ingratitud”: es el desagradecido, el que no agradece el favor que se le hizo.

“Indiferencia”: a la persona no le importa que algo o alguien esté en algún lugar determinado o que haya hecho algo a su favor.

En los dos casos, se aplica a los cristianos católicos, tanto seglares como religiosos y se refieren a la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y a su Presencia sacramental, en Persona, en la Eucaristía.

Esta ingratitud e indiferencia se puede constatar a lo largo y ancho del planeta y abarca a toda la Iglesia Católica, en todo el planeta. Los católicos son ingratos e indiferentes para con Jesús, porque o no valoran o no les importa lo que Jesús hizo por todos y cada uno de nosotros. ¿Qué hizo Jesús? Dio su vida en la Cruz, para quitarnos el pecado original, para librarnos del Demonio, para concedernos la gracia de la filiación divina, todo a través de su Sangre Preciosísima, vehículo del Espíritu Santo. Además, ideó el Sacramento de la Eucaristía, por el cual cumple su palabra de quedarse con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo, además de concedernos su vida divina cuando lo recibimos en gracia, anticipándonos la vida eterna del Reino de los cielos.

Pero nada de esto parece importarles a la gran mayoría de los católicos, niños y adultos, jóvenes y ancianos, seglares y religiosos, que prefieren los atractivos mundanos antes que acudir a recibir en gracia, previo paso por la Confesión Sacramental, al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que late, vivo, glorioso y resucitado, en el Santísimo Sacramento del Altar.

“He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y solo ha recibido de ellos ingratitud e indiferencia”. Para no ser ingratos e indiferentes, debemos meditar en el peligro del cual Jesús nos libró, el Infierno y debemos meditar en su Sagrada Pasión y en su Presencia Personal en la Sagrada Eucaristía.

jueves, 10 de febrero de 2022

Jesús nos dona su Sagrado Corazón en cada Eucaristía

 



          En una de las apariciones a Santa Margarita María de Alacquoque, el Sagrado Corazón le pidió a la santa que le diera su propio corazón; ella tomó su corazón y se lo entregó a Jesús y Jesús a su vez lo introdujo en su pecho, que era como un horno ardiente en donde ardían las llamas del Espíritu Santo.

          Luego de esto, Jesús le devolvió el corazón a Santa Magarita, el cual había quedado convertido en una llama ardiente con forma de corazón. En otras palabras, Santa Margarita le entrega su corazón de carne y Jesús le devuelve una llama de Amor en forma de corazón, por lo que podemos decir que el Sagrado Corazón transformó el corazón de la santa en una copia y una prolongación de su propio Corazón, envuelto en las llamas del Amor Divino.

          Al contemplar este episodio, podemos experimentar el deseo de que Jesús haga lo mismo con nosotros, pero en realidad Jesús hace con nosotros algo infinitamente más grandioso que lo que hizo con Santa Margarita: no nos pide nuestro corazón, para encenderlo en las llamas del Espíritu Santo, sino que Él nos da su propio Corazón, que late en la Eucaristía, envuelto en las llamas del Amor de Dios, para que nuestros corazones y todo nuestro ser se incendien en el Fuego del Amor de Dios.

          Al comulgar, no vemos las llamas que envuelven al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, pero debemos saber recibimos al Corazón Eucarístico de Jesús, que quiere así encendernos en el Amor de Dios, el Espíritu Santo.

viernes, 6 de noviembre de 2015

El Sagrado Corazón y la causa de su dolor


Jesús ya había llamado interiormente a Santa Margarita a la vida religiosa, pero la santa no se decidía aún y, por el contrario, comenzó a mirar al mundo y a sentirse atraída por sus placeres y vanidades; comenzó a arreglarse para ser del agrado de los que la buscaban, además de buscar la diversión mundana todo lo que podía. Pero durante todo el tiempo en que estaba en estos juegos y pasatiempos, continuamente el Señor no dejaba de llamarla a su Corazón. En un momento determinado, Jesús se le apareció todo desfigurado, tal como estaba en Su flagelación y le dijo: “¿Y bien querrás gozar de este placer? Yo no gocé jamás de ninguno, y me entregué a todo género de amarguras por tu amor y por ganar tu corazón. ¿Querrás ahora disputármelo?”[1]. Santa Margarita comprendió que era su vanidad y su falta de amor a Jesús la que lo había reducido a ese estado. 
Este episodio de la vida de Santa Margarita, en el que Jesús la llama a la vida religiosa pero Santa Margarita, en vez de responder a su llamado, se vuelca al mundo, es decir, a lo opuesto a la vocación a la que Jesús la llamaba, se puede aplicar a todo bautizado, puesto que Jesús nos llama a todos, aunque si bien no a todos a la vida religiosa, como a Santa Margarita, sí nos llama, en cambio, a la vida de santidad y de esa vida de santidad –que implica, en primer lugar, el rechazo al pecado, es decir, a la malicia del corazón- ninguno –seamos laicos o religiosos- nos podemos excusar. Y cuando no respondemos al llamado de santidad que Jesús nos hace, que significa además de detestar el pecado, vivir en gracia y estar dispuesto a dar la vida antes que perderla, no hace falta que Jesús se nos aparezca como a Santa Margarita, todo desfigurado a causa de los golpes, la flagelación, la coronación de espinas: cada vez que rechazamos la santidad que nos da la vida de la gracia, golpeamos a Jesús, lo flagelamos, lo coronamos de espinas, lo crucificamos. No hace falta que Jesús se nos aparezca sensiblemente, como a Santa Margarita, todo golpeado y flagelado, para que sepamos que esos golpes, esos hematomas, esas heridas abiertas y sangrantes, y esas lágrimas que corren de los ojos de Jesús, son provocadas por los pecados que tanto placer de concupiscencia nos producen.
Ésta es la enseñanza del Sagrado Corazón: si el pecado produce placer de concupiscencia en el hombre, en Él se traduce en golpes, en hematomas, en heridas, en crucifixión. También a nosotros nos dice Jesús, desde la Eucaristía: “¿Y bien querrás gozar de este placer? Yo no gocé jamás de ninguno, y me entregué a todo género de amarguras por tu amor y por ganar tu corazón. ¿Querrás ahora disputármelo?”. Como dice Santa Teres de Ávila en su soneto, si no nos mueva a pecar ni el temor del infierno, ni el deseo del cielo, al menos que nos mueva a no pecar el amor y la compasión a Jesús, por nosotros flagelado, coronado de espinas y crucificado.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

miércoles, 3 de junio de 2015

El Sagrado Corazón se nos dona en la Eucaristía


        Jesús se le apareció a Santa Margarita como el Sagrado Corazón de Jesús, lo cual supone una de las gracias más extraordinarias y sublimes que jamás santo alguno pueda haber recibido. Además, en la Primera revelación, acaecida el 27 de diciembre de 1673, Jesús le concedió otra gracia extraordinaria, que consistió en tomar el corazón de Santa Margarita e introducirlo en el suyo, para devolvérselo en forma de “llama encendida en forma de corazón”. Así relata Santa Margarita esta gracia extraordinaria: “Luego, me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado, diciéndome al propio tiempo: “He ahí, mi bien amada, una preciosa prenda de mi amor, que encierra en tu costado una chispa de sus más vivas llamas, para que te sirva de corazón y te consumas hasta el último instante y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará””[1]. Es decir, lo que hace Jesús es tomar el corazón de Santa Margarita, introducirlo en su pecho y en su Sagrado Corazón, encenderlo en el Fuego de su Amor, y devolvérselo convertido en una llama de amor, en forma de corazón.
         Ahora bien, si esta gracia nos parece y es extraordinaria, con todo, es muy inferior a la que recibimos, cada uno de nosotros, sin manifestaciones sensibles de ningún tipo, en la comunión eucarística, porque allí, Jesús, más que tomar nuestro corazón para introducirlo en las llamas de Fuego que envuelven al suyo, nos entrega su propio Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Amor Divino, y lo introduce en nuestros corazones por la comunión eucarística y esto es una gracia incomparablemente más grande que la concedida a Santa Margarita María de Alacquoque. En otras palrabras, a Santa Margarita, lo que hizo Jesús fue encenderle su corazón en su Amor, introduciéndolo en su Sagrado Corazón; con nosotros, hace al revés: introduce en nosotros su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Fuego del Espíritu Santo, para encender nuestro corazón, nuestra alma y todo nuestro ser, en el Fuego Santo del Divino Amor. Santa Margarita respondió a la gracia que le concedió Jesús, amándola con todas las fuerzas de su ser; ¿cómo respondemos nosotros al Amor del Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús? Nuestro corazón, ¿es como hierba seca, que se enciende al instante, al contacto con las llamas del Divino Amor que envuelven al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús? ¿O, por el contrario, nuestro corazón es como una piedra, fría y dura, que resiste al Fuego del Amor de Dios que se nos dona en la comunión  eucarística, y continúa siendo tan frío en el amor y tan negligente en el servicio a Jesús y a la Virgen, como antes de comulgar?



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

jueves, 5 de septiembre de 2013

El dolor y las espinas del Sagrado Corazón de Jesús


          Muchos en la Iglesia menosprecian la devoción al Sagrado Corazón, reduciéndolo a un mero afecto; otros tantos -incluso creyentes- reducen la devoción a una banal muestra de sensiblería piadosa. Sin embargo, la devoción al Sagrado Corazón constituye la muestra más grande del Amor divino, que se ha encarnado y materializado en Cristo Jesús. Precisamente el Amor divino, que es eterno e infinito y es inaccesible a los sentidos humanos, se encarna, se materializa y se hace visible en el Corazón de Jesús, de manera tal que los hombres, a partir de esta devoción, no puedan decir que "no saben" dónde está el Amor de Dios, porque este tiene su sede en el Corazón de Jesús y desde allí se irradia a los hombres que a Él se le acercan.
          Puede decirse entonces que el Amor divino está todo concentrado, con la infinita plenitud de su perfección eterna, en el Corazón de Jesús, y esto no quiere decir que no se encuentren manifestaciones del Amor divino en todos lados y en cualquier momento, sino que el Amor de Dios está Presente en Acto de Ser perfectísimo en el Sagrado Corazón, lo cual significa que quien se acerca a Él, recibe de Él la plenitud de su Amor, mientras que quien se aleja de Él, se aleja del Amor de Dios.
          El Amor de Dios por el hombre no se reduce a una mera declaración, ni tampoco se encuentra perdido en los cielos empíreos, en donde es inaccesible para el hombre: para que el hombre pueda acceder a Él, y para que de declaración pase a ser una misteriosa realidad que lo envuelve desde la raíz de su ser, el Amor de Dios se manifiesta al hombre de modo visible, sensible, tangible, en el Sagrado Corazón de Jesús. El Corazón palpitante de Jesús, que late con la fuerza infinita del Amor de Dios y cuyo ritmo de latidos está dictado por el Espíritu Santo, que es su fuerza vital, es la muestra más asombrosa, por parte de Dios, de que su Amor por el hombre -por cada hombre, por todo hombre- no tiene medida, porque es infinito, y no tiene tiempo, porque es eterno. Contemplar el Sagrado Corazón es contemplar entonces al Amor de Dios que no encuentra otra forma más elocuente de declarar su amor por los hombres.
          Pero, si esto es así de parte de Dios, ¿cuál es la respuesta del hombre frente a este Amor divino? Nos lo dice Santa Margarita en la Segunda Revelación, en el año 1674: "Ese día el divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de espinas significando las punzadas producidas por nuestros pecados". Esto quiere decir que si contenido del Corazón de Dios, el Amor divino, se materializa en el Sagrado Corazón de Jesús, el contenido del corazón del hombre, la maldad del pecado, se materializa en las espinas que lo rodean y lo estrechan fuertemente. Las espinas que punzan al Sagrado Corazón en cada latido, son la expresión material y dolorosa del contenido del corazón humano, que responde con malicia a la Bondad y Santidad de Dios. A cada latido del Corazón de Jesús, que se expande con la potencia infinita del Amor divino, le corresponde la dolorosa potencia del pecado del hombre, que no tiene otro modo de tratar a Dios que no sea con la malicia. Para que nos demos una idea de cuánto ofende a la santidad divina nuestra malicia, baste saber que un solo gesto de impaciencia, o un prejuicio formado en el pensamiento y asentido en el corazón atribuyendo malicia a nuestro prójimo, se materializan en las gruesas espinas que forman la corona que rodea al Corazón de Jesús. Y si esto sucede con los pecados más pequeños, ni siquiera podemos imaginar el dolor que causan a Jesús los pecados más horrendos y graves, los ultrajes más horrorosos, las injurias, ingratitudes y blasfemias más inconcebibles...



          ¿Qué hacer entonces? Con mucho cuidado, cortar una de las espinas, aunque sean las más pequeñas, de las que rodean al Sagrado Corazón, y con ella punzar el nuestro y de nuestros seres queridos, para que de ellos salga, como si de un absceso se tratara, todo aquello que no pertenece al Amor de Dios. De esta manera aliviaremos, al menos ínfimamente, el inmenso dolor del Sagrado Corazón de Jesús.

jueves, 2 de mayo de 2013

El Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús


         En la primera revelación, el 27 de diciembre de 1673, Jesús le dice a Santa Margarita María de Alacquoque: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres (…) que, no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Ardiente Caridad, le es preciso comunicarlas (…) y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos Tesoros que (…) contienen las Gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición. Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo Obra Mía”.
         Le revela que su Corazón está “apasionado de Amor por los hombres”, y que quiere “comunicar y manifestar” las “Llamas de Ardiente Caridad” que “contienen gracias santificantes” que “los separarán del abismo de perdición”.
         Podríamos decir que en esta declaración de Amor de Jesús, hay algo que Jesús no dice, pero que está contenido, y ese algo supera infinitamente el solo hecho de concedernos gracias santificantes que evitan nuestra eterna condenación. Es verdad que la gracia santificante actúa en el alma haciéndole ver la realidad y el horror del pecado y del castigo que éste atrae, que es la eterna condenación en el infierno. Pero el Amor del Sagrado Corazón no se limita a simplemente concedernos el rechazo de la malicia del pecado y la detestación del infierno; eso sería, y es, muy poco. Hay algo que Jesús no dice, pero que está implícito en el don de su Sagrado Corazón Eucarístico que arde en las llamas del Amor divino, y ese algo es la transformación del alma, por la gracia santificante, en una imagen viviente suya.
         Una señal de esto que decimos se encuentra en la siguiente experiencia de Santa Margarita: “Me pidió después el corazón y yo Le supliqué que lo tomase. Lo tomó y lo introdujo en Su Corazón adorable, en el cual me lo mostró como un pequeño átomo que se consumía en aquel Horno encendido. Lo sacó de allí, cual si fuera una llama ardiente en forma de corazón y lo volvió a colocar en el sitio de donde lo había tomado, diciéndome: “He ahí, mi muy amada, una preciosa prenda de Mi Amor, el cual encierra en tu pecho una pequeña centella de Sus Vivas Llamas para que te sirva de corazón y te consuma hasta el postrer momento, y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará”.
         Esto es entonces aquello que Jesús no dice en primera instancia, pero que está contenido en su revelación: la gracia santificante, que viene al alma por el Sacramento de la Confesión, no solo destruye el pecado, sino que convierte al alma en una imagen viviente del Hijo de Dios, de modo que Dios Padre no puede hacer otra cosa que amar al alma como ama con el mismo Amor con el cual ama a su Hijo Jesús, el Espíritu Santo. Es esto lo que está representado en el intercambio que hace Jesús, tomando el corazón de Santa Margarita y dándole a cambio una llama de su Sagrado Corazón en forma de corazón: el alma arde en el Amor de Dios porque ha sido transformada en una imagen de Jesús. Tan pronto como el alma recibe la gracia, se convierte de enemiga que era por el pecado, en hija de Dios, al ser destruido el pecado por la gracia, y de esa manera no solo se aplaca la justa ira de Dios, sino que se cambia en Amor de predilección, porque el alma se vuelve un miembro viviente de su Hijo y se convierte en una imagen de su Hijo[1]. Contra el fruto venenoso del pecado, solo cabe un único remedio, la Sangre del Hombre-Dios, con su poder y fruto, la divina gracia. El hombre debe beber la Sangre del Hombre-Dios como medicina, para así lavar las manchas de la malicia del pecado, que son al alma lo que la lepra al cuerpo. Cuando el alma recibe el torrente inagotable de gracia que fluye del Costado abierto de Cristo, no solo queda lavada de sus pecados, sino que recibe una nueva vida, la vida de la gracia, la vida del Hombre-Dios Jesucristo. El poder infinito de la gracia no solo destruye la obra de malicia del pecado, que era despojar al hombre de su amor hacia Dios, de modo que se formaba un abismo entre el hombre y Dios, sino que atrae hacia el hombre el Amor de Dios, reuniendo al hombre con Dios y a Dios con el hombre.
Ahora bien, si el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita en el año 1647, ¿eso quiere decir que quienes vivimos en el siglo XXI hemos quedado fuera de sus promesas? De ninguna manera, porque si a Santa Margarita se le apareció, pero no se le dio en comunión, a nosotros no se nos aparece sensiblemente, de modo que pueda ser captado por los sentidos, pero sí se nos da todo Él en la Eucaristía, porque ahí se encuentra el Sagrado Corazón Eucarístico en Persona, y por este motivo, es en la comunión eucarística en donde el Sagrado Corazón quiere que lo recibamos: “Tengo sed, pero una sed tan ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento, que esta sed Me consume y no hallo a nadie que se esfuerce según Mi Deseo en apagármela, correspondiendo de alguna manera a Mi Amor”.
El alma que recibe al Sagrado Corazón Eucarístico con fe y con amor, se esfuerza por saciar la sed de Amor que consume al Sagrado Corazón.



[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, The glories of Divine Grace, TAN Books Publishers, Illinois 2000, 178.

jueves, 31 de enero de 2013

El altar eucarístico, símbolo del Sagrado Corazón



         El Sagrado Corazón de Jesús es llamado “altar de Dios”, porque allí se ofrece el sacrificio de adoración y de alabanzas a Dios Trino. El Sagrado Corazón, que se le aparece a Santa Margarita envuelto en llamas, arde en el Amor divino, Amor que es puro, perfecto y santo; Amor que es eterno e infinito; Amor que es el mismo Amor de la Trinidad, el Espíritu Santo. Por este motivo, el Sagrado Corazón es altar en el que se rinde el culto perfectísimo de adoración a Dios Uno y Trino, y es impensable que se ame y se adore, en este altar, a nadie que no sea Dios Uno y Trino.
         Las llamas del Amor divino, que envuelven al Sagrado Corazón, son un testimonio de que en este Corazón del Hombre-Dios ningún amor profano, ni creatural, ni sacrílego, tuvieron, tienen, ni podrán jamás nunca tener lugar, porque esas llamas representan al Espíritu Santo, la Persona Amor de la Trinidad, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Amor que une en la eternidad al Padre y al Hijo.
         El Sagrado Corazón, por estar envuelto en las llamas del Espíritu Santo, es el altar sagrado en donde se rinde adoración al Dios verdadero, Dios Uno y Trino; el Sagrado Corazón es la encarnación del Amor eterno que el Verbo de Dios profesa al Padre desde toda la eternidad, Amor que se expresa sensiblemente como llamas de fuego, porque el Amor que lo envuelve es el Fuego de Amor divino, el Espíritu Santo, que arde con amor eterno en el altar del Sagrado Corazón.
El Sagrado Corazón, entonces, envuelto en las llamas del Amor divino, es el altar exclusivo en donde se adora a Dios Uno y Trino; en la tierra, un símbolo del Sagrado Corazón es el altar eucarístico, puesto que en el altar eucarístico se rinde culto exclusivo, puro y perfectísimo a Dios Trino. En el altar eucarístico, al igual que en el Sagrado Corazón, no hay lugar para amores profanos, porque es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, el único que sobrevuela sobre el mismo, en la consagración de las especies, para convertirlas a estas en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Cordero de Dios, Jesús. El altar eucarístico, en la consagración, es envuelto por las llamas del Amor divino, el Espíritu Santo, espirado por el Padre y el Hijo, para convertir la materia inerte de las ofrendas en el Pan Vivo bajado del cielo. Por esto mismo, aunque está en la tierra y está hecho de materia, el altar eucarístico es una parcela del cielo eterno en la tierra, destinado a contener a Aquel a quien los cielos no pueden contener debido a su infinita grandeza, Cristo Jesús en la Eucaristía. Es impensable e inimaginable que el altar eucarístico, símbolo del Sagrado Corazón de Jesús, sobre el cual desciende el fuego del Espíritu Santo en la consagración, sea utilizado para otro fin que no sea el de rendir homenaje de amor, adoración, alabanza y gloria a Dios Uno y Trino, como es impensable e inimaginable que el Sagrado Corazón de Jesús pueda adorar a otro que no sea al único Dios verdadero, Dios Uno y Trino.
Y sin embargo, lo inimaginable, lo impensable, sucede. La realidad supera a la imaginación; la realidad supera a lo que la imaginación no puede concebir, y es así que el altar eucarístico, en un lugar de un país sudamericano, ha sido profanado, al haber sido utilizado para ritos de magia, por una tal "Maga Hania". En la magia se invoca al demonio, el Príncipe de las tinieblas, por lo que es inaceptable que en un altar eucarístico se haga un rito mágico y pagano.

La "Maga Hania" profanando el altar eucarístico
al rezar oraciones de magia y brujería
mediante las cuales se invoca al demonio.

No se trata de una simple transgresión de usos de objetos litúrgicos, sino de algo muchísimo más grave: se trata de la “abominación de la desolación” de la que habla el profeta Daniel (11, 31), porque si el altar eucarístico es una parcela del cielo eterno, parcela en donde se rinde adoración y alabanza a Dios Trino, entonces es un intento, aquí en la tierra, de las fuerzas del infierno, de colocar al Ángel caído en el lugar de Dios. Si en el cielo sólo se adora a Dios, y si en el altar eucarístico sólo se adora a Dios, rezar oraciones de magia, que son invocaciones al demonio, en el altar eucarístico, es hacer lo mismo que hizo el Demonio en los cielos: pretender desplazar a Dios y ocupar su lugar, y es en esto en lo que consiste la “abominación de la desolación”.
Cuando el demonio cometió el pecado que le valió perder el cielo para siempre, el pecado de soberbia, que lo llevó a decir la primera mentira “Yo soy como Dios”, el Arcángel San Miguel replicó, con voz tronante: “¿Quién como Dios? ¡No hay nadie como Dios!”, con lo cual dio inicio a la batalla que en los cielos finalizó con la expulsión de los ángeles rebeldes.
Esos mismos ángeles son los que continúan la lucha que perdieron en los cielos, en la tierra, y con la misma insolencia y soberbia con la que quisieron desplazar a Dios Trino de los cielos, así quieren desplazar al Sagrado Corazón Eucarístico de su altar.
Reparemos con misas, rosarios, oraciones, sacrificios, penitencias y ayunos tan grande sacrilegio, y junto con San Miguel Arcángel, defendamos el altar eucarístico, símbolo del Sagrado Corazón de Jesús, diciendo: “¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios! ¡Nadie que no sea Cristo Dios habrá de ocupar el altar eucarístico!”.

viernes, 6 de julio de 2012

Santa Brígida y el Sagrado Corazón



         Mucho antes de que se apareciera a Santa Margarita para pedirle que su solemnidad se celebrara en toda la Iglesia, el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Brígida de Suecia y, al igual que con Santa Margarita, los destinatarios principales de sus amargas quejas no eran los paganos, sino los cristianos católicos, los bautizados en la Iglesia Católica.
         Debido a la náusea y al disgusto que los católicos tibios le producen, en una ocasión Jesucristo amenaza con abandonar a los malos cristianos y llamar en su lugar a los gentiles[1].
Dice así el Sagrado Corazón a Santa Brígida: “Yo soy como el escultor, dice Jesucristo a la Santa, que de la arcilla hace una hermosa imagen, para dorarla con lucimiento. Después de algún tiempo, examinando el escultor la imagen, la vió húmeda y como desfigurada con el agua; perdida todo su hermosura, la boca había quedado como la de un perro, las orejas colgando, arrancados los ojos, y hundidas las mejillas y la frente. Entonces dijo el artista: No eres digna de que te cubra con mi oro, Y tomándola, la destrozó, e hizo otra digna de ser cubierta con él.
Yo soy el Divino escultor, que de tierra hice al hombre, para realzarlo con el oro de mi divinidad. Mas ahora el amor del placer y de la codicia lo han afeado de tal manera, que es indigno de mi oro; porque la boca, que fue creada para mi alabanza, no habla más que de lo que le agrada y es perjudicial al prójimo; sus oídos no oyen sino cosas de la tierra; sus ojos no ven sino lo deleitable; de su frente ha desaparecido la humildad, y se halla erguida con la soberbia.
Por consiguiente, escogeré para mí los pobres, esto es, los paganos menospreciados, a quienes diré: Entrad a descansar en el brazo de mi amor. Pero a vosotros que deberíais ser míos y lo menospreciasteis, vivid ahora según vuestra voluntad, y cuando llegare mi tiempo, que es el del juicio, os diré: Se os darán tantos tormentos, cuanto fue vuestro amor en querer el placer más que a vuestro Dios. Este, pues, vino a mí como el cachorro que presenta su cabeza y cuello para que le pongan el collar, y se tiene por un siervo; por tanto se le han perdonado sus culpas”.

Cuando se piensa que son cristianos la inmensa mayoría de los que domingo a domingo llenan paseos comerciales, estadios de fútbol, salas de cine, de espectáculos; cuando se piensa que son jóvenes cristianos los que los fines de semana se embriagan en bailes con músicas indecentes; cuando se piensa que son cristianos católicos los que consumen programas televisivos y de Internet inmorales e indecentes; cuando se piensa que son cristianos católicos los que protagonizan delitos de todo tipo todos los días, se puede comprobar cuánta razón tiene el Sagrado Corazón.


[1] Cfr. Visiones y revelaciones, Capítulo 25.

martes, 26 de junio de 2012

El fuego, las espinas y la cruz del Sagrado Corazón



         En una de sus apariciones, Jesús le muestra su Sagrado Corazón a Santa Margarita y le dice: “Este es el Corazón que tanto ha amado a los hombres (…) Pero de los hombres recibo a cambio solo desprecio, ingratitud, indiferencias, ultrajes”.
         ¿Cómo es el Corazón que Jesús le muestra a Santa Margarita? Según las declaraciones de la santa relativas a las apariciones, hay tres elementos dominantes: llamas de fuego que lo envuelven y que representan al Espíritu Santo, Fuego de Amor divino; espinas que lo rodean y lo punzan en cada latido, representando a los cristianos ingratos; y finalmente en su base, una cruz, que significa el camino que el alma debe recorrer para llegar a Él.
         Con respecto al Amor del Sagrado Corazón -representado en las llamas que lo envuelven-, no es un amor meramente declarativo, que se queda solo en la expresión verbal del amor: es un Amor que lleva a Cristo al extremo de morir en la Cruz por aquellos a quienes ama; es un Amor que no vacila en exprimir hasta la última gota de sangre del Corazón del Salvador, al punto de poder decir Dios que Él, como Dios, ya no tiene más para dar a los hombres, porque les ha dado literalmente no solo todo lo que Él tiene sino también todo lo que Él es, porque hasta en las últimas gotas de sangre de su Corazón traspasado se dona todo entero el Ser trinitario, que se derrama incontenible sobre la Humanidad.
         Pero el Corazón de Jesús, además de estar envuelto en las llamas del Amor divino, está rodeado también de espinas, de modo que a cada latido suyo de Amor, le corresponde un agudo dolor causado por las espinas que lo punzan. Y como el Corazón es uno de los órganos más sensibles al dolor, a un estado continuo de pulsaciones de amor, le corresponde un igual estado continuo de dolor. Las espinas representan a los hombres “ingratos”, “indiferentes”, que “desprecian” y “ultrajan” al Sagrado Corazón, y son la causa de las amargas quejas de Jesús.
Esto es así porque desde niños, hasta ancianos, pasando por la edad juvenil y la edad madura, los hombres –la gran mayoría- prefieren ensimismarse en la nada insignificante de sus entretenimientos y ocupaciones pasajeras, o en la náusea del pecado, en vez de postrarse, de rodillas, ante el Sagrado Corazón, que late de Amor en la Eucaristía, solo y abandonado por los cristianos, aquellos por quienes, en el extremo de su locura de amor, decidió dar su vida en la Cruz.
La Cruz, el tercer elemento de las apariciones a Santa Margarita, significa que el Sagrado Corazón, amoroso y doliente, está crucificado, agonizando de amor en el patíbulo de la Cruz; esto quiere decir que para acercarse al Sagrado Corazón, hay que subir a la Cruz, para escuchar sus latidos de Amor y de dolor; hay que subirse a la Cruz para beber de la fuente inagotable del Amor divino, abierta por la lanza.
Quien quiera amar al Sagrado Corazón debe subir a la Cruz, para ser crucificado con Él.
¿Qué más puede hacer Dios por nosotros? Viene a este mundo como un hombre fracasado, abandonado por todos excepto su Madre, permitiendo que traspasen su Corazón para que se derrame hasta la última gota de su Sangre, para salvarnos del demonio y para donarnos la filiación divina…
“De los hombres sólo recibo desprecios, ingratitudes, indiferencias…”. Que no tenga Jesús que lamentarse amargamente por nosotros, y que sepamos corresponder y reparar, con amor y adoración, como lo hizo la Virgen al pie de la Cruz, a tantos ultrajes y sacrilegios recibidos por el Sagrado Corazón en la Eucaristía.

jueves, 6 de octubre de 2011

Por qué sufre el Corazón de Jesús



En una de sus apariciones, Jesús le hace saber a Santa Margarita la inmensidad de su amor por los hombres, y el dolor que le provocan las ingratitudes e indiferencias, principalmente a su Presencia en el Santísimo Sacramento, sobre todo de las almas consagradas: He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha reservado hasta agotarse y consumirse para mostrarles su amor. Tú, al menos, dame este consuelo: suplir cuanto puedas a su ingratitud (…) Mira este corazón mío, que a pesar de consumirse en amor abrasador por los hombres, no recibe de los cristianos otra cosa que sacrilegio, desprecio, indiferencia e ingratitud, aún en el mismo sacramento de mi amor. Pero lo que traspasa mi Corazón más desgarradoramente es que estos insultos los recibo de personas consagradas especialmente a mi servicio”.

¿Pero cuál es el motivo de su sufrimiento? El motivo por el cual Jesús sufre –no físicamente, sino moralmente, como un padre que ve que su hijo está por desbarrancarse en un abismo- es que Él es la santidad y el Amor en sí mismos, y ante su Presencia, no puede haber nada que no sea como Él.

Las pequeñas faltas de caridad, como el enojo, la impaciencia, y mucho más las faltas más serias, como la ira, se diferencian y resaltan ante la mansedumbre de su Corazón como el grito estridente en medio del silencio profundo.

Lo mismo sucede con cualquier otra falta, sobre todo las relacionadas con la castidad y pureza: cualquiera de estas faltas en este campo, aún las más pequeñas, aparecen ante Él, que es la santidad y la pureza en sí mismas, como la más inmunda de las cloacas y la más sucia de las pestilencias, que hace insoportable su permanencia ante Él por la pestilencia inaguantable de su olor.

Dice así Jesús: “Sabed que soy un Maestro santo, y enseño la santidad. Soy puro, y no puedo sufrir la más pequeña mancha. Por lo tanto, es preciso que andes en mi presencia con simplicidad de corazón en intención recta y pura. Pues no puedo sufrir el menor desvío, y te daré a conocer que si el exceso de mi amor me ha movido a ser tu Maestro para enseñarte y formarte en mi manera y según mis designios, no puedo soportar las almas tibias y cobardes, y que si soy manso para sufrir tus flaquezas, no seré menos severo y exacto en corregir tus infidelidades”.

Porque el Sagrado Corazón es infinitamente puro y santo, y llama a la pureza y a la santidad a los hombres, es que no puede soportar la visión de lo impuro y de lo que no sea santo.

Jesús sufre enormemente al ver que aquellos a quienes ha llamado a alimentarse con su purísimo Corazón, que late en la Eucaristía envuelto en las llamas del Amor divino, se deleitan en el barro de los placeres terrenos.

viernes, 1 de julio de 2011

Qué nos ofrece el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús

El Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús
nos ofrece
el amor humano divinizado
de Jesús de Nazareth
y el Amor divino trinitario
de las Tres Divinas Personas.

Cuando Jesús se aparece a Santa Margarita de Alacquoque, le muestra su Corazón físico. ¿Cuál es el significado simbólico de este corazón? ¿Qué consecuencias prácticas acarrea, para la espiritualidad del devoto del Sagrado Corazón, el hecho de que Jesús ofrezca su Corazón físico?

Lo primero que hay que tener en cuenta es que, si bien se trata de un corazón humano -y por lo tanto lo que se ofrece, prima facie, es un amor humano-, hay en él algo mucho más grande y es tan misterioso, que resulta inimaginable e incomprensible y por lo tanto imposible de ser apreciado en su magnitud real, ni esta vida, ni por toda la eternidad en la otra.

En la encíclica Haurietis aquas, de San Pío XII, el Sumo Pontífice enseña que en el simbolismo del Corazón físico de Jesús, está comprendido, además de su doble amor humano -el sensible y el espiritual, vivificado por la caridad infusa-, también el amor divino, porque se funda en el misterio de la unión hipostática[1], lo cual implica que, además del amor humano y del Amor divino de la Persona del Verbo, en el Corazón de Jesús está comprendido también el Amor trinitario.

Es decir, Jesús nos ofrece, no solo su amor humano, sensible y espiritual, divinizado, sino también su amor divino, el correspondiente a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, pero aún más, nos ofrece el Amor increado, el amor trinitario, el amor que el Hijo tiene en común con el Padre y el Espíritu Santo en el seno de la Trinidad.

Hay una relación directa y explícita entre el Corazón físico de Jesús y su Amor divino, debido a la unión hipostática, es decir, debido a que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad ha asumido personalmente una naturaleza humana, de modo que el Corazón físico de Jesús de Nazareth, está unido al Corazón divino de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Pero también hay una relación indirecta e implícita entre el Corazón físico de Cristo y el Amor del Padre y del Espíritu Santo, en virtud de la unidad de naturaleza y de la íntima compenetración de las Divinas Personas entre sí (circuminsessio[2])[3].

El Corazón de Cristo, por el hecho mismo de ser el símbolo natural del Amor increado y subsistente en el Verbo, es decir, del Verbo como Amante, es también símbolo del Padre y del Espíritu Santo como Amantes de la humanidad en el Verbo y con el Verbo. El simbolismo del Corazón de Cristo es de una trascendencia absoluta, porque comprende a las Tres Personas de la Santísima Trinidad, aunque siempre se debe tener en cuenta que es una representación analógica, es decir, que permanece infinitamente distante de la realidad significada.

En otras palabras, el Corazón físico de Jesús, sede simbólica de su amor humano, sensible y espiritual, divinizado, es sede también del Amor divino, no sólo del Amor de la Segunda Persona de la Trinidad, sino del Amor increado del Padre y del Hijo. A través de su herida abierta por la lanza en la cruz, se efunde la sangre, y con la efusión de sangre, se simboliza la efusión del amor del Corazón humano de Jesús de Nazareth, del Amor de la Segunda Persona de la Trinidad, y del Amor del Padre y del Hijo.

Este Amor es comunicado y efundido por el Sagrado Corazón, en el momento de ser traspasado en la cruz, puesto que es por la herida abierta que se derrama sobre el mundo el Amor trinitario, simbolizado y contenido en la efusión de sangre del Corazón de Jesús al ser atravesado.

Este Amor divino y trinitario, uno en naturaleza y trino en las Personas, donado en la efusión de Sangre del Corazón traspasado, es Amor sublime, purísimo, indivisible, eterno; es Amor de complacencia, de benevolencia y de amistad; e Amor de Bondad divina, es decir, es Amor simplicísimo, infinito, inmenso, inmutable, eterno, uno, verdadero, vivificante; es Amor que es vida, voluntad, amor, justicia, misericordia, providencia, omnipotencia, felicidad; es Amor de las Divinas Personas, que poseen una misma naturaleza, pero se distinguen, aunque no se dividen, en las relaciones personales; es Amor privado absolutamente de cualquier imperfección subjetiva u objetiva; sin egoísmos, sin pasiones o enfriamientos; es Amor necesario hacia la Bondad divina y hacia las Personas que lo comunican; es Amor liberalísimo hacia las criaturas, para llamarlas a la existencia; es Amor eterno y sin embargo libre y misericordioso de predilección y de predestinación hacia algunas criaturas espirituales, a las cuales les comunica la vida de la gracia en el tiempo y la vida de la gloria en la eternidad[4].

Es en este Amor divino en donde finaliza el simbolismo del Sagrado Corazón de Jesús, si es contemplado, no con la mirada sensible o del sentimiento, sino con “el ojo de la fe”, como dice Santa Catalina de Siena.

Esto tiene su consecuencia para la vida espiritual del devoto del Sagrado Corazón: el culto al Sagrado Corazón finaliza en el culto de latría, es decir, de adoración a la Segunda Persona de la Trinidad y a las otras dos Personas de la Trinidad, porque todas las Divinas Personas tienen en común el Amor Increado[5], que se comunica a través del Corazón traspasado en la cruz.

Es esto lo que el devoto del Sagrado Corazón debe considerar, cuando en cumplimiento de las promesas a Santa Margarita, comulga los primeros viernes de mes: en esas comuniones, recibe en la Eucaristía a este Corazón, vivo y palpitante, latiendo con el Amor divino-humano de Jesús de Nazareth, y con el Amor Increado de las Tres Divinas Personas.

[1] Ciappi, L., La Santissima Trinità e il Cuore SS. di Gesù, s.d.

[2] Cfr. S. THOM., S. Th., I, q. 42 a 3 ad 2; a. 5.

[3] Cfr. Ciappi, ibidem, 121.

[4] Cfr. Ibidem, 128.

[5] Cfr. ibidem, 143.

jueves, 2 de junio de 2011

Las llamas del Sagrado Corazón

Las llamas que envuelven
al Sagrado Corazón,
representan al Ser divino,
que es Amor en Acto Puro.
Jesús comunica de estas llamas
en cada comunión eucarística,
y si el alma no se enciende
en el fuego del Amor divino,
es porque el fuego
no puede encender
la roca dura y fría.


El Sagrado Corazón, según los relatos de Santa Margarita María de Alacquoque, aparece envuelto en llamas. Las llamas son figura del Ser divino, que es Amor celestial, espiritual y perfecto, en Acto Puro, cuyo ardor sólo puede ser representado adecuadamente por medio del fuego, porque así como el fuego abrasa y envuelve, así el Amor de Dios abrasa y envuelve a aquellos a los que ama, tomando posesión de ellos por la eternidad.

El significado de las llamas que envuelven al Sagrado Corazón es develado por el mismo Jesús en Persona, a Santa Margarita: “Mi Divino Corazón, está tan apasionado de Amor a los hombres, en particular hacia ti, que, no pudiendo contener en el las llamas de su ardiente caridad, es menester que las derrame valiéndose de ti y se manifieste a ellos para enriquecerlos con los preciosos dones que te estoy descubriendo los cuales contienen las gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición. Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo obra mía”.

Lo que quiere hacer el Sagrado Corazón es tomar el corazón de cada persona –su ser, su alma, su cuerpo, su vida toda-, e introducirla en ese horno ardiente de caridad, para hacerlo arder en el fuego de su amor, y convertirlo así en una llama viviente del Amor divino: “Luego” -continúa Margarita-, “me pidió el corazón, el cual yo le suplicaba tomara y lo cual hizo, poniéndome entonces en el suyo adorable, desde el cual me lo hizo ver como un pequeño átomo que se consumía en el horno encendido del suyo, de donde lo sacó como llama encendida en forma de corazón, poniéndolo a continuación en el lugar de donde lo había tomado, diciéndome al propio tiempo: “He ahí, mi bien amada, una preciosa prenda de mi amor, que encierra en tu costado una chispa de sus mas vivas llamas, para que te sirva de corazón y te consumas hasta el último instante y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará. De tal forma te marcaré con la Sangre de mi Cruz, que te reportará más humillaciones que consuelos. Y como prueba de que la gracia que te acabo de conceder no es nada imaginario, aunque he cerrado la llaga de tu costado, te quedará para siempre su dolor y, si hasta el presente solo has tomado el nombre de esclava mía, ahora te doy el de discípula muy amada de mi Sagrado Corazón”.

En la comunión eucarística se da, de manera real y mística, algo más grande que en las apariciones del Sagrado Corazón: más que pedirnos nuestro corazón, Jesús nos entrega su Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Amor divino, para que al tomar contacto el alma con la Eucaristía, el corazón humano se encienda en el fuego del Amor de Dios, de modo que el alma quede toda encendida en la caridad divina.

Si esto no sucede, se debe únicamente a que el fuego no puede prender en la fría y dura roca.

viernes, 6 de mayo de 2011

El Sagrado Corazón y sus sufrimientos

En el signo de los tiempos,
el Sagrado Corazón
continúa sufriendo.


Cuando Jesús se le aparece a Santa Margarita María, le muestra su Corazón, que está rodeado de espinas, las cuales simbolizan el dolor que experimenta el Sagrado Corazón. Dice Jesús a Santa Margarita: “Todas las noches del jueves al viernes te haré participar de la mortal tristeza que quise padecer en el Huerto de los Olivos; tristeza que te reducirá a una especie de agonía más difícil de soportar que la muerte. Y para acompañarme en aquella humilde plegaria, que entonces presenté a mi Padre, te postrarás con la faz en tierra, deseosa de aplacar la cólera divina y en demanda de perdón por los pecadores”.

Las espinas simbolizan el dolor que la maldad del corazón humano le produce a Dios encarnado. Muchos, aún dentro de la Iglesia, afirman que Dios, por ser quien es, precisamente, Dios, es inmutable, y por lo tanto, no puede sufrir.

Sostienen además que Dios no siente ninguna ofensa, y que tampoco puede ser consolado en su sufrimiento, pues no sufre, y si no sufre, no hay nada para consolar.

Es verdad que Dios, en cuanto Dios, en cuanto Ser perfectísimo, es inmutable, y no puede sufrir; pero es verdad también que ese Dios, sin dejar de ser Dios, se encarnó, asumió una naturaleza humana, un alma y un cuerpo humanos, y los hizo suyos, y por un milagro de su omnipotencia divina, impidió que su gloria se comunicase, de modo inmediato y visible, a su cuerpo, para poder sufrir la Pasión. Si Dios no hubiera hecho este milagro, es decir, si se hubiera encarnado e inmediatamente hubiera dejado entrever su gloria a través de su humanidad, entonces, desde el instante mismo de la concepción, ya en el estadio de cigoto unicelular, en el vientre purísimo de María, debería haber resplandecido de gloria y de luz, tal como resplandeció en el Monte Tabor (cfr. Mt 17, 1-6), y tal como resplandeció en la Resurrección. Si hubiera sucedido esto, su cuerpo habría adquirido, inmediatamente, todas las propiedades de un cuerpo glorioso, entre las primeras, la impasibilidad, es decir, la imposibilidad de sufrir[1].

Pero Dios, precisamente para poder sufrir la Pasión es que, por un milagro de su omnipotencia, no permite que su gloria inunde su cuerpo, dejando a su cuerpo con la capacidad de sufrir. De esta manera, asume todo el dolor y todo el sufrimiento humano, y lo santifica, al contacto con su humanidad santísima y con su Persona divina.

De esta manera, el Sagrado Corazón de Jesús experimentó un verdadero sufrimiento, tan verdadero, como verdadero es el sufrimiento de cualquier ser humano. Sufrió desde el primer instante de su concepción, pues en cuanto Dios sabía, desde ese instante, que debía sufrir la Pasión. El Sagrado Corazón sufrió ya desde antes de empezar a latir, cuando recién se estaba gestando en el vientre de María, por todos los niños que son eliminados antes de nacer. El Sagrado Corazón sufrió de Niño cuando, estando dulcemente reposando en los brazos de su Madre, se le aparecieron los ángeles de Dios, con los instrumentos de la Pasión en sus manos, y se los mostraron al Niño, provocando que éste diera un gemido de temor y girara en busca de su Madre, la cual lo estrechó aún más fuertemente entre sus brazos. El Sagrado Corazón de Jesús sufrió cuando adolescente, al ver cuántos jóvenes se habrían de perder para siempre, atrapados en los falsos placeres del mundo. El Sagrado Corazón sufrió de adulto, ya en la cruz, cuando veía que, a pesar de su sacrificio, muchas almas lo rechazan, internándose voluntariamente en las tinieblas que no tienen fin.

Pero el Sagrado Corazón continúa sufriendo, en el signo de los tiempos, pues su Pasión está en Acto Presente, y lo estará hasta el fin de los tiempos. El Sagrado Corazón continúa sufriendo, con cada pensamiento malo, con cada deseo malo, con cada sentimiento malo consentido, con cada obra mala realizada. El Corazón de Jesús sufre con cada aborto, con cada violencia, con cada robo, con cada mentira, con cada despojo, con cada insulto, con cada sacrilegio, con cada comunión realizada en pecado mortal. El Sagrado Corazón sufre con cada alma que se condena.

Pero el Sagrado Corazón también es consolado en sus penas, cuando en la soledad de su Prisión de amor, el Sagrario, es visitado por las almas piadosas, que con sus sacrificios, mortificaciones, renuncias, y adoraciones, se ofrecen a Él y en Él como víctimas expiatorias por la maldad del hombre.

De nosotros depende, de nuestra libertad personal, ceñir cada vez más las espinas que rodean al Sagrado Corazón, o bien tratar de aliviar su dolor con oración, sacrificios, reparación, y misericordia para con el prójimo.

[1] Cfr. Scheeben, M. J., Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964.