San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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viernes, 12 de junio de 2015

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús


Muchos caracterizan, injustamente, a la devoción del Sagrado Corazón de Jesús, de ser una devoción “sensiblera” o “afectiva”, que consiste simplemente en afectos o sentimientos; para sostener estas falsas acusaciones, se basan en una interpretación errónea tanto del simbolismo del corazón humano como del simbolismo y significado del Corazón de Jesús. En la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, no hay nada que se parezca mínimamente a la sensiblería o a la afectividad superficial, puesto que el objeto central de esta devoción, el Sagrado Corazón de Jesús, no es el corazón de un hombre más entre tantos, sino el Corazón del Hombre-Dios Jesucristo, Persona Segunda de la Santísima Trinidad. Intentaremos explicar, brevemente, por qué nada tienen que ver, en esta devoción, la sensiblería y la afectividad superficial.
En las Apariciones, Jesús se presenta ante Santa Margarita y le muestra un Corazón, que es, obviamente, el suyo, en la mano, rodeado de espinas, envuelto en llamas, traspasado, y con una cruz en su base, y le dice: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres y que no ha ahorrado nada hasta el extremo de agotarse y consumirse para testimoniarles su amor. Y, en compensación, sólo recibe, de la mayoría de ellos, ingratitudes por medio de sus irreverencias y sacrilegios, así como por las frialdades y menosprecios que tienen para conmigo en este Sacramento de amor. Pero lo que más me duele es que se porten así los corazones que se me han consagrado”.
Quienes contemplen y escuchen a Jesús hasta aquí, podrían preguntarse lo siguiente: su Corazón, y por lo tanto el amor con el cual Él ha amado a los hombres y no ha sido correspondido; ¿es el corazón de un mero hombre? ¿Divinizado, santificado por la gracia, puesto que ahora es santo, pero es nada más que el corazón de un hombre? De hecho, lo que Jesús muestra a Santa Margarita, es un corazón humano. Si bien presenta elementos que pueden considerarse sobrenaturales –está estrechado por una corona de espinas, se encuentra traspasado y fluye sangre y agua, está envuelto en llamas, es transparente como el cristal y brillante como el sol y tiene en su base una cruz-, no deja de ser un corazón humano[1].
Y la respuesta es que sí, es verdad de que se trata de un corazón físico humano, y de que por lo tanto, se encuentra comprendido su doble amor humano, el sensible y el espiritual, vivificados por la caridad infusa, más el Amor divino, debido al misterio de la unión hipostática, es decir, al misterio de la unión de la naturaleza humana de Jesús en la Persona del Verbo de Dios[2].
Esto tiene una gran importancia para la vida espiritual, desde el momento entonces, en que no se trata de un mero corazón humano, sino de un corazón humano unido hipostáticamente, personalmente, a la Persona Segunda de la Trinidad y, por lo tanto, que se encuentra en relaciones con las otras Divinas Personas, con lo que se puede decir que el Corazón de Jesús, si bien es el “Corazón del Hijo”, se puede decir, en cierta manera, por la relación con las otras personas de la Trinidad, que es el “Corazón de Dios”. De manera tal que las quejas presentadas por Jesús con relación a su Sagrado Corazón –ingratitudes, irreverencias, sacrilegios, sumados a las frialdades, menosprecios en el Sacramento del Amor , es decir, la Eucaristía-, son quejas presentadas por la Trinidad en pleno, debido a la relación entre el misterio de la Santísima Trinidad y el culto al Sagrado Corazón de Jesús.
Por un lado, el Corazón físico del  Redentor es símbolo e imagen de la Caridad Divina[3], lo cual significa que el culto al Sagrado Corazón se  identifica con el culto al amor divino y humano del Verbo de Dios Encarnado y con el amor mismo con el que el Padre y el Espíritu Santo aman a los hombres. Vemos entonces cómo, en las apariciones a Santa Margarita, no solo no se trata de mero amor humano, sino del amor trinitario, tal como se lo dice el mismo Sagrado Corazón a Santa Margarita: “Mi Divino Corazón arde con un amor tan grande por los hombres y particularmente por ti que no puede retener más en sí las llamas de este fuego. Por lo tanto, a través tuyo, debe manifestarse para enriquecer a los hombres con los maravillosos tesoros que te revelo a ti”[4].
Pero también entre los grandes místicos del Medioevo ya había habido revelaciones de la relación entre el Corazón del Redentor y su Amor Increado, como por ejemplo, con Santa Matilde y Santa Gertrudis la Grande. Santa Matilde escribe, recordando una de las comunicaciones del Redentor: “Él se inclinó y me dijo: ‘Toma todo mi Corazón divino’. Y sentí entrar en el alma como un torrente, con gran ímpetu…que provenían del Corazón de Dios”. Santa Gertrudis: “Dirigida hacia el amorosísimo Corazón de Dios, vio cómo el Corazón divino, en el cual está escondido todo bien, se le abría un enorme Paraíso, pleno de delicias y beatitudines”.
En otras palabras, cuando Jesús se presenta con su Sagrado Corazón, no está simbolizando con él su solo amor creado humano; pero ni siquiera tampoco su amor teándrico, es decir, su amor creado humano divinizado en virtud de su unión con la Persona del Verbo. No, el Amor del Sagrado Corazón no es solo el amor teándrico, es decir, humano por su naturaleza y divinizado porque pertenece a la Persona Divina del Verbo, sino que sería además y principalmente el Amor Increado[5] del Hijo de Dios hecho hombre[6].
La relación entre el Corazón físico de Jesús y su Amor divino es directo y explícito, en virtud de la unión hipostática, personal, con la Segunda Persona de la Trinidad; en cambio, el simbolismo del Corazón de Jesús en relación al Amor del Padre y del Espíritu Santo es explícito con motivo de la naturaleza y de la íntima inmanencia o compenetración de las Divinas Personas entre sí (circuminsessio), pero sobre todo indirecto o correlativo, por la distinción y oposición relativa que siempre permanece, aun en la simultaneidad real y conceptual entre las Divinas Personas.
Sobre la base de los principios de la teología trinitaria, se puede concluir que en realidad el Corazón de Cristo, por el hecho mismo que es símbolo natural del Amor increado subsistente en el Verbo, es decir del Verbo como Amante, es también símbolo del Padre y del Espíritu Santo como Amantes en el Verbo y con el Verbo a la humanidad. Decir entonces “Amor Increado”, equivale a decir Dios amante: Padre, Hijo y Espíritu Santo[7].
Esto quiere decir que el Sagrado Corazón de Jesús nos ama no solo con su amor humano divinizado, debido a su unión con la Persona Segunda de la Trinidad, el Hijo, sino que nos ama con el Amor Increado de la Trinidad, el Espíritu Santo, el Amor con el cual el Padre y el Hijo se aman desde la eternidad. Es decir, al presentarnos su Sagrado Corazón, Jesús nos presenta aquello que simboliza el corazón, que es vida y amor, y en este caso, se trata de la Vida y del Amor de Dios Uno y Trino. Pero en la comunión eucarística, nos comunica realmente aquello que está simbolizado en su Sagrado Corazón: la Vida y el Amor trinitarios.
De esto resulta también la magnitud del desprecio y de la ofensa, los ultrajes y sacrilegios al Sagrado Corazón de Jesús, porque se trata de despreciar, ofender y cometer sacrilegio contra el Amor Trinitario que se ofrece, sin reservas, en el Santísimo Sacramento del altar, la Eucaristía. Ésta es la razón del pedido de Jesús a Santa Margarita, de la comunión reparadora de la Solemnidad del Primer Viernes después de Corpus: “Por eso te pido que el primer viernes después de la octava del Corpus se celebre una fiesta especial para honrar a mi Corazón, y que se comulgue dicho día para pedirle perdón y reparar los ultrajes por él recibidos durante el tiempo que ha permanecido expuesto en los altares. También te prometo que mi Corazón se dilatará para esparcir en abundancia las influencias de su divino amor sobre quienes le hagan ese honor y procuren que se le tribute”.
Finalmente, si, como vemos, lo que Jesús nos entrega en la devoción no es un mero corazón humano, sino el Corazón mismo de Dios, con su contenido, el Amor Increado de Dios Uno y Trino, y ese don de su Sagrado Corazón nos lo renueva, oculto bajo las especies sacramentales eucarísticas, ¿no deberíamos replantearnos, como mínimo, la frialdad e indiferencia con la que recibimos la Eucaristía en cada comunión?




[1] Cfr. Luigi M. Ciappi, La SS, Trinitá e il Cuore SS. Di Gesú. Natura dei rapporti tra i due misteri e loro importanza per la vita spirituale,117,
[2] Cfr. ibidem.
[3] –y no de mero amor humano-: “la misma Divina Caridad se propone para ser honorada con especial culto y las riquezas de su bondad se desvelan en la devoción con la cual honoramos al Corazón sacratísimo de Jesús, en el cual se esconden todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia”.Cfr. Encíclica Misererentiissimus Redemptor; Annum Sacrum.
[4] Santa Margarita, Vita e Rivelazione, 75, cit. Da Jossef Stierli, Cor Salvatoris, Morcelliana, 1956, 128.
[5] Decir “”Amor Increado”, equivale a decir Dios Amante: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
[6] Cfr. Luigi M. Ciappi, La SS, Trinitá e il Cuore SS. Di Gesú. Natura dei rapporti tra i due misteri e loro importanza per la vita spirituale,117,
[7] El simbolismo del Corazón de Jesús es de una trascendencia absoluta, puesto que alcanza a las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad, aunque no se trata sino de una representación analógica, infinitamente distante de la realidad significada. Cfr. ibidem.

sábado, 25 de octubre de 2014

Santos Simón y Judas, Apóstoles


Los santos Simón y Judas fueron elegidos por Jesús para que fueran Apóstoles de su Iglesia; tuvieron la dicha de formar el grupo selecto de amigos que compartió con Jesús la Última Cena y, si bien defeccionaron brevemente en la durísima prueba que significó para todos los Apóstoles la Pasión de Jesús, pues al igual que todos los demás Apóstoles, huyeron a causa del miedo cuando los romanos apresaron a Jesús, sin embargo repararon largamente esta defección, al donar sus vidas martirialmente por Jesús, años más tarde. Según la Tradición, a San Simón lo mataron aserrándolo por la mitad del cuerpo y a San Judas Tadeo lo decapitaron y por ese motivo es representado con un hacha en la mano. La Iglesia de Occidente los celebra juntos[1], aunque la Iglesia de Oriente los celebra por separado.
Simón es “el Zelote” para distinguirlo de Simón Pedro, el príncipe del Colegio Apostólico; Judas es llamado “Tadeo” para distinguirlo de Judas el traidor; San Juan le llama expresamente “Judas, no el Iscariote”.
         Además de esto, es poco lo que se sabe de estos santos Apóstoles.
Con respecto a San Simón, es, de todos los Apóstoles, el menos conocido. Se sabe que pertenecía al partido hebreo religioso de los zelotes, caracterizados por su fidelidad a la ley mosaica y por su férrea oposición a la dominación romana y a sus costumbres paganas[2]. Los zelotes, partido al que pertenecía el Apóstol San Simón, esperaban a un mesías, que sería el Libertador de Israel; este Libertador al que ellos esperaban con ansias, era el anunciado por los profetas, por lo que escrutaban las Escrituras y los profetas y eran grandes conocedores de las mismas, ya que esperaban al Mesías que allí se anunciaba. Sin embargo, en los zelotes, el Mesías esperado es más bien de orden terrenal y nacional (en esto consistía su error, en que el Mesías que esperaban era de orden terrenal, político y nacional), y por eso la tensión se orienta hacia lo político y terreno, y es lo que hace que se desencadene lo que se conoce como “guerras judías”[3]. San Simón pertenece a este partido religioso-político hebreo, en donde el nacionalismo se mezcla con lo político y lo religioso y en donde la espera del Mesías se orienta hacia un horizonte más bien terreno. Es en estas circunstancias, en donde se da su conversión hacia el verdadero y Único Mesías, Jesucristo, el Hombre-Dios (Hech 21, 20).
         Según la Tradición, luego de su conversión, predicó la doctrina evangélica en Egipto, luego en Mesopotamia y después en Persia, ya en compañía de San Judas. En la lista de los apóstoles aparece ya al final, junto a su compañero San Judas (cfr. Mt 10, 3-4; Mc 3, 16, 19; Lc 6,13; Hch 1,13).
Con respecto a San Judas, de él los Evangelios registran solamente una intervención, y es durante la Última Cena, en el marco del mandamiento muevo de Jesús[4]; apenas finaliza Jesús de dar su mandamiento nuevo, interviene San Judas, diciendo: “Señor, ¿cómo ha de ser esto, que te has de mostrar a nosotros, y no al mundo?” (Jn 14, 22). En su pregunta hay ya un ardor apostólico y un deseo por dar a conocer a los demás el Amor de Jesús: si Jesús se da a conocer a ellos, San Judas quiere que se dé a conocer también a todos los hombres: es el deseo de quien verdaderamente conoce y ama al Sagrado Corazón, porque quien lo conoce y lo ama, no descansa hasta que no lo hace conocer y amar por todos sus hermanos.
¿Cómo fue el martirio de ambos Apóstoles?
Según la tradición, recogida en los martirologios romanos, el de Beda y Adón, y a través de San Jerónimo y San Isidoro, nos dicen que San Simón y San Judas fueron martirizados en Persia[5], en la ciudad de Suamir, cuyos templos estaban repletos de ídolos. En ese lugar fueron hechos prisioneros los santos apóstoles. Simón fue conducido al templo del Sol y Judas al de la Luna, para que los adoraran, pero ante la presencia de los Santos Apóstoles los ídolos se derrumbaron estrepitosamente y de sus figuras desmoronadas salieron, dando gritos de odio, los demonios. Esto concuerda con lo que dice San Pablo: “Los ídolos de los gentiles son demonios” (cfr. 1 Cor 10, 19-21). Al ver esto, los sacerdotes paganos se volvieron contra los apóstoles y los martirizaron. Entonces, el cielo, que se encontraba en esos momentos, sereno y despejado, se cubrió repentinamente de oscuras y densas nubes, que desencadenaron una gran tempestad, la cual provocó la muerte de muchos de los presentes. El rey, que ya se había convertido al cristianismo por la predicación de los santos apóstoles, levantó un templo majestuoso, donde reposaron sus cuerpos hasta que fueron trasladados a la iglesia de San Pedro de Roma[6].
Al conmemorar a los santos apóstoles en su fiesta, podemos pedirles las siguientes gracias: a Simón, el zelote, que cambió la pasión de una causa terrena por el amor al Mesías verdadero, el Hombre-Dios Jesucristo, al punto de dar la vida y derramar su sangre por él, le pedimos que interceda por nosotros, para que tengamos siempre presente que esta vida terrena es finita y se termina pronto y que nos espera una eternidad de felicidad si somos fieles a la gracia y al Amor de Jesucristo; a San Judas, que movido por la caridad ardiente hacia el prójimo, le pidió a Jesús que también se manifestara a los demás (cfr. Jn 14, 22), y como prueba de su amor a Jesús, no se quedó en la pregunta, sino que ofreció a Jesús, para que a través suyo, Jesús se manifestara “al mundo” –porque la sangre derramada de los mártires es semilla de nuevos cristianos y por lo tanto es manifestación del Espíritu de Cristo a través del mártir-, le pedimos que interceda para que también Jesús se manifieste “al mundo” a través nuestro, y así le decimos a Jesús, por intermedio de San Judas: “Jesús, que seas carne en mi carne, sangre en mi sangre, alma en mi alma, para que todo aquel que me vea, Te vea, y todo aquel que me oiga, Te oiga. Amén”.




[1] http://www.corazones.org/santos/judas_tadeo.htm
[2] http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/10/10-28_S_Simon_y_Judas.htm
[3] Cfr. ibidem.
[4] http://www.mercaba.org/SANTORAL/Vida/10/10-28_S_Simon_y_Judas.htm
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.

lunes, 1 de octubre de 2012

Los Santos Ángeles custodios nos enseñan el Camino para llegar al cielo: Cristo Jesús



         Con la devoción a los Ángeles Custodios se verifica, hoy en día, una triste paradoja: mientras los hijos de Dios -es decir, aquellos que han sido bautizados en la Iglesia Católica, a los que la Divina Providencia les ha asignado un ángel custodio para que los acompañen desde el nacimiento hasta la muerte, guiándolos en el camino que conduce a Cristo-, niegan su existencia, o la ignoran, o son indiferentes a su existencia, o la consideran un cuento de niños para Primera Comunión, los hijos de las tinieblas, por el contrario, exaltan el culto y la devoción a los ángeles, aunque no se trata, en este caso, de los ángeles de luz, sino de los ángeles de la oscuridad, los ángeles caídos, los ángeles de la Nueva Era. En otras palabras, mientras los católicos, poseedores de un ángel custodio, los relegan a la categoría de fábula, leyenda o cuento para niños que estudian el Catecismo, olvidándolos de esta manera por completo, los sectarios de la Nueva Era multiplican cada vez más el culto de los ángeles caídos. Estos ángeles de la oscuridad, que se presentan disfrazados de luz, prometen bienes pasajeros y superficiales, cuando no dañinos para la vida espiritual, como "buena suerte", "paz mundana", "sabiduría esotérica, gnóstica y ocultista", aumentando de esta manera, cada vez más, la confusión, el error, la maldad, en el mundo y sobre todo en la Iglesia.
         Nada tiene que ver esto con el verdadero culto a los ángeles custodios, los ángeles que se mantuvieron fieles a Dios Uno y Trino, seres espirituales puros que están ante la Presencia de Dios, y lo adoran continuamente. Estos seres celestiales tienen la misión de custodiar a los hombres en su peregrinar por la tierra hacia la Jerusalén celestial, pero no pueden ejercer de modo eficaz esta custodia, si los hombres no acuden a ellos en la oración; por lo tanto, el descuido de su devoción no es mera falta de piedad, sino abandono en masa, por parte de los hombres, del camino de la salvación. 
         El abandono de estos ángeles se debe, en gran medida, a una mala interpretación de su misión: por lo general, en ambientes católicos, comenzando por el Catecismo de Primera Comunión, es el primer lugar en donde se rebaja su misión, la cual queda reducida a una especie de "guardaespaldas" cuya tarea es simplemente velar o proteger físicamente a los seres humanos, para que no sufran percances. 
       Esta noción simplista, agregado al hecho de que su creencia ha quedado relegada a la infancia, puesto que "el hombre adulto y racional del siglo XXI no puede creer en cosas de la Edad Media", ha contribuido, en gran manera, a desvirtuar su función principal, la de proteger de los males espirituales, el primero de todos, el olvido de Dios y el pecado, y la de proteger de los espíritus malignos, los ángeles de la oscuridad.
Pero además de esta protección física y espiritual, los ángeles tienen otra misión, principalísima, y es la de hacer conocer al Hombre-Dios Jesucristo, y a la Reina de los ángeles, la Virgen María, y acompañar a los hombres a lo largo de esta vida terrena, en el camino del Calvario, el camino que los conduce a la feliz eternidad. Y debido a que en la Santa Misa se renueva sacramentalmente el Sacrificio del altar, que es el mismo y único sacrificio del Calvario, la tarea de los ángeles custodios alcanza su máxima eficacia cuando conduce al alma al Nuevo Calvario, el altar eucarístico.