San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 27 de enero de 2015

Santo Tomás de Aquino y el Amor Divino como motor de la Pasión de Cristo


         Uno de los aportes más significativos de ese gran filósofo, teólogo y santo que fue Santo Tomás de Aquino, es el relativo a la Cristología, porque gracias a su metafísica del Acto de Ser, profundiza en la divinidad de la Persona de Cristo, según la dirección que ya había sido dada por el Concilio de Calcedonia: “una única persona en dos naturalezas, humana y divina”[1]. Santo Tomás afirma que la Persona en la que se unen las dos naturalezas, es la divina –es decir, la Segunda de la Santísima Trinidad-, y para hacerlo, recurre a su metafísica del ser: puesto que lo que da realidad y unidad a toda cosa es el acto de ser, entonces, el acto de ser –actus essendi- de la Persona divina de Cristo es el mismo acto de ser que da realidad a su naturaleza humana[2]. Pero el valor  de la cristología de Santo Tomás no reside solo en su precisión filosófica y teológica, sino también en su dimensión espiritual y mística, puesto que Santo Tomás coloca al Amor de Dios como el motor principal y exclusivo de la Pasión de Jesucristo, y lo hace de tal manera, es decir, le da un puesto tan central al Amor en la Pasión y Muerte en cruz de Jesucristo, que la cristología se califica como “cristología de la cruz” y “cristología del amor”.
         Para Santo Tomás, la cruz y el amor, el amor y la cruz, son los elementos sobrenaturales que explican el misterio pascual de Jesucristo: Jesucristo crucificado revela, de parte de Dios, su amor infinito, porque al deicidio de su Hijo por parte de los hombres –somos todos los hombres quienes matamos a Jesús en la cruz, con nuestros pecados-, Dios no responde fulminándonos con un rayo de su Justa Ira, como bien podría hacerlo, satisfaciendo así a la Justicia Divina, sino que responde con su Divina Misericordia, porque Jesús en la cruz es el signo del perdón divino y su Sangre derramada es el sello con el cual Dios nos besa y nos perdona; de parte del hombre, Jesucristo crucificado pone al descubierto la extrema miseria y maldad que anidan en el corazón humano, y esto como consecuencia del pecado original, porque si Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, está crucificado, cubierto de llagas, coronado de espinas y es dejado morir luego de tres horas de dolorosísima agonía, es a causa de la maldad del corazón de los hombres, que llevados por la ceguera que produce esta misma maldad, crucifican a la Divina Misericordia encarnada, Jesucristo, a pesar de haber obrado, esta Divina Misericordia, milagros, señales y prodigios de todo tipo, en favor de los mismos hombres que la crucifican.
         La Encarnación del Verbo de Dios y su Pasión son, por lo tanto, en la cristología de Santo Tomás, una muestra del amor infinito de Dios, que todo lo hace movido por su Amor infinito hacia el hombre, su creatura predilecta: “Dios quiso hacerse hombre, porque nada demuestra tanto su amor por el hombre como el unirse a él personalmente, siendo una propiedad del amor el unir al amante con el amado, todo lo que sea posible”[3]. Y también: “No hay otro signo más evidente de la caridad divina que esto: Dios, creador de todo, se hace creatura; nuestro Señor se convierte en nuestro hermano, el Hijo de Dios se convierte en Hijo del hombre; Dios ha amado tanto al mundo, al punto de darle su Hijo Unigénito”[4]. Y este mismo Dios que se encarna y muere en la cruz por Amor, será luego el que, en cada Santa Misa, prolongue y continúe su Encarnación, en la Eucaristía, también pro Amor.
         Quien contempla a Cristo según la cristología de Santo Tomás, no ve a un hombre común dando su vida por un ideal utópico e inexistente, la fraternidad humana: contempla a la Persona Segunda de la Santísima Trinidad que, movida por el Amor Divino, se encarna en una naturaleza humana, sufre la Pasión, muere en cruz, resucita y prolonga los misterios de su Pasión, Muerte y Resurrección en la Santa Misa, con el único objetivo de salvar al hombre y comunicarle su Amor infinito y eterno. En la cristología de Santo Tomás, es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, el motor que explica los misterios de la vida de Jesús de Nazareth.




[1] Cfr. Battista Mondini, La Cristologia di San Tomasso d’Aquino, Origine, dottrine principali, attualitá, Urbaniana University Press, Roma 1997, 232.
[2] Cfr. ibidem.
[3] S. C. Gent. IV, 54, n. 3926.
[4] In Symb. a. 3, n. 907.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Santa Margarita María de Alacquoque, las apariciones del Sagrado Corazón y la Comunión Eucarística


         Santa Margarita María de Alacquoque recibió, de parte de Nuestro Señor Jesucristo, grandes dones, el más grande de todos, fue, obviamente, el haberla elegido para que fuera ella el instrumento que divulgara al mundo una de las devociones más hermosas de la Iglesia Católica, junto con la del Inmaculado Corazón de María, y es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
         Fueron estas apariciones y revelaciones las que colmaron la vida espiritual de Santa Margarita de manifestaciones extraordinarias, reservadas por el Señor solo a los grandes místicos, y a las almas a las cuales Él elige. Ahora bien, si todo el conjunto de las apariciones constituye en sí mismo un don de gracia infinita, porque Jesús se revela, por su intermedio, como el Sagrado Corazón, para toda la Iglesia universal, hubieron apariciones en las que  Santa Margarita recibió gracias y dones especiales, reservados solo para ella, que había sido especialmente elegida por Jesús (hay que tener en cuenta que Jesús le dijo que ella era “un abismo de miseria e indignidad”), como por ejemplo, cuando Jesús le pide su corazón y le da a cambio el mismo devuelto en forma de llama; o bien cuando la hace partícipe de las penas y amarguras y agonía del Huerto de Getsemaní. Se trata de gracias particulares, extraordinarias, enmarcadas dentro de la gran gracia que significa para la Iglesia la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.
Sin embargo, a pesar de lo extraordinario y lo maravilloso que significa el hecho de que Jesús la haya elegido para ser el instrumento de difusión de la devoción al Sagrado Corazón, con todo, Jesús no se le dio a Santa Margarita en alimento, como hace con nosotros en cada Comunión Eucarística, y este hecho es algo incomparablemente mayor a la aparición en sí misma, porque quien comulga, no ve sensiblemente al Sagrado Corazón de Jesús, sino que recibe en cambio como alimento a este mismo Sagrado Corazón. Si en la aparición el alma ve al Sagrado Corazón, con las llamas del Amor de Dios que lo envuelven, con la Cruz en su base, con la corona de espinas que lo rodea, en la comunión eucarística el alma incorpora a su ser al Sagrado Corazón, es ella misma envuelta en las llamas del Amor de Dios que inhabita a este Corazón Divino, y es hecha partícipe y asociada como víctima al sacrificio de Jesús, es decir, que la cruz y la corona de espinas que en la aparición solo se ven, en la comunión eucarística se hacen carne en la carne y alma en el alma del que comulga.

En síntesis, con todo lo maravilloso que supone la aparición de Jesús como el Sagrado Corazón, sin embargo, una sola comunión eucarística, en estado de gracia, constituye un don de gracia infinitamente superior a cualquier aparición. En efecto, esto es así, porque en la comunión eucarística, Jesús, el Hombre-Dios, se dona al alma con todo su Ser trinitario, derramando sobre ella la infinita plenitud del Amor Divino, que sobrepasa al alma como miles de millones de universos sobrepasan a un grano de arena. Para graficar esta plenitud del Amor Divino derramado en cada comunión, podemos utilizar la imagen de una mística, Marta Robin, la cual comparaba al alma con una esponja, y al Amor de Dios como un océano, en el que la esponja es arrojada: ¿qué más quiere la esponja, que ser colmada por el agua, si está sedienta de ella?, era la pregunta que se hacía Marta Robin. De la misma manera, también nosotros podemos comparar al corazón que se dispone a recibir la Eucaristía –en estado de gracia, por supuesto-, con una esponja seca, en tanto que el Océano de Amor en el cual esta esponja es arrojada –más que incorporar nosotros a Cristo, es Cristo quien nos incorpora a Él, dice San Agustín- es la Eucaristía. Entonces, al conmemorar a Santa Margarita María y a la maravillosa devoción que por su intermedio se dio a conocer al mundo, el Sagrado Corazón de Jesús, hagamos el propósito de valorar nuestras comuniones eucarísticas, teniendo en cuenta que comulgamos al Sagrado Corazón de Jesús en Persona y le pidamos a la Virgen, la Madre del Sagrado Corazón, de aprovecharlas al ciento por uno, de manera tal que nuestro corazón, como esponja seca arrojada al océano, viva permanentemente inmersa en el Océano infinito del Amor de Dios, que inhabita en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús.

jueves, 4 de septiembre de 2014

El significado de las espinas, las llamas y la cruz del Sagrado Corazón de Jesús


         El Sagrado Corazón, el corazón del Hombre-Dios, posee tres elementos, que no están presentes en ningún corazón humano: las espinas, que forman una corona alrededor suyo; el fuego, cuyas llamas lo envuelven, y la cruz, que se yergue, triunfante, en su base.
         ¿Qué significan estos tres elementos?
Las espinas son la materialización de nuestros malos deseos, de nuestros malos  pensamientos, y la realización de nuestras malas obras; es decir, la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, es la materialización de nuestros pecados, lo cual quiere decir que todo aquello que para nosotros no representa dolor -o, por el contrario, representa placer, como por ejemplo, el placer que provoca la ira homicida en un acto de venganza-, en Jesús, se convierte en dolor, y en máximo dolor, puesto que la corona de espinas que rodea al Sagrado Corazón, lo rodea en todo momento apretándolo contra sí misma, de manera tal que las espinas hieren la musculatura del Corazón de Jesús en los dos movimientos propios del Corazón, tanto en la fase de llenado -diástole porque las espinas se hunden de lleno contra las paredes cardíacas-, como en la fase de expulsión de la sangre, es decir, en la fase de la contracción cardíaca -sístole, porque en la retracción de las paredes ventriculares, las espinas desgarran la musculatura ventricular-. De esta manera, en cada latido, el Corazón de Jesús dice: “Amor, dolor”, Amor, que es lo que Él da, en cada latido, a las creaturas ingratas; dolor, por lo que El recibe de las creaturas, a cambio de su Amor. Entonces, las espinas que rodean al Sagrado Corazón de Jesús deben recordarnos, por un lado, el Amor infinito y eterno de Dios Uno y Trino, que se nos dona a través del Corazón de Jesús, Amor que está contenido en cada Eucaristía; por otro lado, debe recordarnos el dolor que nuestros pecados le provocan al Sagrado Corazón de Jesús -que si bien ha muerto y resucitado, continúa su Pasión en su Cuerpo Místico, hasta el fin de los tiempos-, y esto debe servir para que evitemos el pecado y hagamos el propósito de morir antes de cometer un pecado mortal o venial deliberado, es decir, antes de provocar un dolor de tal magnitud a Jesús.
Las llamas de fuego que envuelven al Sagrado Corazón significan el Amor de Dios que inhabita en el Sagrado Corazón desde la Encarnación misma del Verbo. El Amor de Dios se representa con fuego, porque es ardiente como el fuego y abrasa como el fuego, pero a diferencia del fuego material, no solo no provoca dolor, sino que provoca en el alma amor, dulzor, alegría, paz, y dicha sin fin, y envuelve al Sagrado Corazón porque el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y al encarnarse el Hijo, este Espíritu Santo, que procede eternamente del Padre y del Hijo, comienza a inhabitar en el Sagrado Corazón de Jesús, santificando su Humanidad santísima, glorificándola y haciéndola arder en el fuego del Amor Divino. Y como este Fuego es el que abrasa a Jesús en la cruz y es el que le hace exclamar: “Tengo sed” (Jn 19, 28), Jesús arde en deseos de comunicar el Amor que vuelve a su Corazón incandescente como una brasa; ese Fuego es el que desde el Sagrado Corazón quiere expandirse y comunicarse a los hombres y lo hará a través de la efusión de Sangre, cuando el Corazón de Jesús sea traspasado por la lanza, y es esto lo que explica que, sobre todo aquel sobre quien cae esta Sangre, ve lavados sus pecados y ve su corazón arder en el Amor de Dios, porque la Sangre del Cordero “como degollado” (cfr. Ap 5, 7-14) es vehículo del Espíritu Santo, y es por eso que el Cordero de Dios, “quita los pecados del mundo” (Jn 1, 29) y concede la Vida eterna y enciende al alma en el Amor de Dios.
En la base del Sagrado Corazón, está la cruz, y esto es para significar que el Corazón del Hombre-Dios está crucificado y que por lo tanto, quien quiera acceder a los tesoros inagotables del Amor Divino, no tiene otro camino que el camino de la cruz; también quiere decir que quien quiera gozar del Amor Eterno de Dios Uno y Trino, del Amor de un Dios que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8) en sí mismo, no debe temer, ni debe desconfiar, ni debe pensar que Dios no lo ama, porque precisamente, para que el hombre no tema, ni desconfíe, ni piense que Dios Trino no lo ama, es que Dios se ha encarnado por Amor al hombre, se ha dejado crucificar por Amor al hombre y ha dejado su Sagrado Corazón en la cruz, traspasado, con su Sangre fluyendo y con su Amor vivo, latiendo, deseoso de ser recibido por un corazón contrito y humillado, humilde, piadoso, fervoroso y necesitado de su Amor Divino. Viendo al Sagrado Corazón traspasado en la cruz, que deja fluir, inagotable, su Sangre Preciosísima, y con su Sangre, el Espíritu Santo, el Amor Divino, para donarlo a quien quiera recibirlo, ¿quién puede dudar del Amor de Dios?
Por último, el Sagrado Corazón se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque, y le mostró estos tres elementos, que no están en ningún corazón humano, pero con toda la gracia que significa tan maravillosa aparición, Jesús no se le dio en alimento; a nosotros, diariamente, se nos da en alimento en la Eucaristía y allí, en la Eucaristía, está latiendo, vivo y glorioso, el Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en las llamas del Amor Divino, Amor que se comunica en el silencio y en la intimidad del alma que comulga con fe, con humildad, con piedad y con amor.


martes, 19 de agosto de 2014

San Bernardo abad y su frase que condensa el Evangelio del Amor: "Amo porque amo, amo por amar"


         San Bernardo de Claraval escribió una frase en un sermón, en el que condensa el Evangelio de Jesucristo: “Amo porque amo, amo por amar”[1]. En efecto, el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo se basa en el Amor, en la caridad, porque “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), y todo lo que hace Dios Uno y Trino, lo hace movido por el Amor: no hay otro motor en Él que no sea el Amor. Por lo tanto, todo el misterio pascual de Jesucristo, desde la Encarnación, hasta su Pasión, Muerte y Resurrección, está impregnado por el Amor, pero no por un amor humano, sino por el Amor Divino, que es el Amor de Dios Uno y Trino, el Amor que une a las Tres Divinas Personas desde la Eternidad, el Espíritu Santo: es el Amor que el Padre espira al Hijo y que el Hijo espira al Padre; es el Amor tan absolutamente perfecto, que constituye a una Persona, la Tercera de la Trinidad, el Espíritu Santo. Y es este Amor, tan absolutamente perfecto, tan admirablemente santo, que une a las Tres Divinas Personas desde la eternidad, el que lleva a las Tres Personas a obrar la Redención, la obra de la salvación de la humanidad.  Cuando contemplamos la Encarnación de la Palabra de Dios en el seno virginal de la Madre de Dios, cuando contemplamos el Nacimiento virginal del Verbo Eterno hecho Niño, cuando contemplamos la Pasión del Hombre-Dios, cuando contemplamos todos y cada uno de los misterios del Hombre-Dios, estamos contemplando el desplegarse de ese Amor Eterno en el tiempo y en la historia, que lo único que quiere es donársenos a todos y cada uno de nosotros, sin reservas, con toda la plenitud del Ser trinitario divino, para que nos gocemos de Él, en nuestro tiempo terreno y, luego de nuestra muerte, por toda la eternidad. Por eso dice San Bernardo de Claraval, en su sermón citado, que cuando la creatura responde con su amor humano, creatural, al Amor divino, aun cuando su amor sea muy pequeño, Dios se da por satisfecho, porque el amor es lo único con lo cual puede la creatura corresponderle a Dios –o “pagarle”, si podría caber el término, aunque la deuda en este caso es infinita y por lo tanto imposible de saldar-. Dice así San Bernardo: “Amo porque amo, amo por amar. (…) Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con lo que la criatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con lo que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí (…)”[2].
         Luego, San Bernardo se pregunta si, sabiendo la creatura que su amor creatural es pequeñísimo, comparado con el de Dios, no sentirá que su amor no vale nada y que por lo tanto “no tiene ningún valor ni eficacia su deseo nupcial”[3], y responde que no, porque –dice San Bernardo- “siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad (…) aunque la criatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio”[4].
“Amo porque amo, amor por amar”. Por último, no olvidemos que, por el misterio de la liturgia eucarística, el Amor de Jesús, de su Sagrado Corazón Eucarístico, continúa donándose en cada eucaristía; no olvidemos que en cada Eucaristía está Jesús con su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Amor Divino, deseoso de hacer arder en el Amor de Dios a todo aquel que quiera recibir su Amor; no olvidemos que en la Eucaristía está vivo y Presente, glorioso y resucitado Aquél que dijo: “He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo quisiera ya verlo ardiendo!”[5]. A ese Fuego de Amor que se nos ofrece en cada Eucaristía, entonces, le digamos, en el momento de la comunión, junto con San Bernardo de Claraval: “Jesús Eucaristía, Te amo porque te amo, te amo por amar”.




[1] Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Lc 12, 49.

viernes, 8 de agosto de 2014

Santo Domingo de Guzmán y el don del Rosario dado por la Virgen


         En nuestros tiempos, caracterizados por el relativismo y el subjetivismo, es decir, por el predominio de la razón humana, que pretende tener razón –valga la redundancia- aun por encima de la Sabiduría Divina, se utilizan argumentos racionales, humanos, para todo, incluidos y en primer lugar, los principios que deben regir la vida espiritual. Por ejemplo, el rezo del Santo Rosario, uno de los principales legados de Santo Domingo de Guzmán. Muchos católicos, para no rezarlo, se excusan diciendo que es una oración “repetitiva”, “mecánica”, en la que “no sienten nada”, y que por lo tanto, como ellos se encuentran en una fase espiritual “superior”, prefieren “espiritualidades” acordes a su “avanzado estado espiritual”, y es así como –lamentablemente- abandonan, aún antes de empezar siquiera, el rezo del Rosario, y se introducen en prácticas literalmente “non sanctas”, como las espiritualidades orientales, como las promovidas por la Nueva Era (yoga, budismo, meditación zen, etc.). Son prácticas “non sanctas”, en el sentido de que no acercan a la gracia y no forman parte del tesoro de la Revelación de la Iglesia Católica, por lo que, quienes se dejan guiar por estos equívocos pensamientos y razonamientos, literalmente pierden la filiación divina por un plato de lentejas.
         Quienes así piensan, sobre todo acerca del Santo Rosario –esto es, que el Rosario es una oración mecánica, repetitiva, aburrida, etc.-, se olvidan que fue la mismísima Madre de Dios en persona, es decir, la Santísima Virgen María, quien le dio el Santo Rosario a Santo Domingo de Guzmán -fundador de la Orden Dominicana, que dio a la Iglesia numerosísimos santos, entre ellos, Santo Tomás de Aquino- en el año 1208, para que él lo transmitiera a la Iglesia[1]. En otras palabras, el Santo Rosario, tal como lo conocemos –una oración que consiste en la repetición de Padrenuestros, Avemarías y Glorias-, no es, de ninguna manera, una oración “mecánica”, “repetitiva”, “aburrida”, “insensible”, ni nada por el estilo; decir esto, es contrariar a la Sabiduría Divina, que es quien nos regaló el Rosario, como una oración pensada por el mismo cielo para nosotros, pobres pecadores que peregrinamos en la tierra hacia la Morada Santa, el seno de Dios Padre. Si nosotros menospreciamos el Rosario, dado por la Santísima Virgen en Persona, entonces estamos menospreciando a la Santísima Virgen, a Jesucristo,  a Dios Padre y a Dios Espíritu Santo, que son quienes, con infinito Amor y con infinita Sabiduría, pensaron para nosotros una oración, la más maravillosa de todas, con la cual, a la par que glorificamos a la Santísima Trinidad –el rezo del Gloria-, veneramos a la Madre de Dios –el rezo del Avemaría-, honramos al Padre –el rezo del Padrenuestro-, dedicamos un espacio de tiempo para la meditación y contemplación de los misterios de la vida de Jesucristo –el tiempo que dura la recitación de los diez Avemarías-, espacio de tiempo en el cual la gracia de Dios, obrando a través de la Virgen María, modela nuestro corazón, haciéndolo igual al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, de manera tal que, cuantos más Rosarios recemos, tanto más parecidos serán nuestros corazones, a los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Ésta es la finalidad última del rezo del Santo Rosario, donado por la Santísima Virgen, por encargo de la Santísima Trinidad, a Santo Domingo de Guzmán –aparte de combatir las herejías de los cátaros, albigenses y valdenses, que negaban el Papado, los sacramentos y la Redención de Jesucristo-: que por el rezo del Rosario, nuestros corazones se conviertan en copias vivientes, por la gracia que actúa a través de la Virgen, Mediadora de todas las gracias, de los Sagrados Corazones de Jesús y de María.
         Pero además de todo esto, hay que recordar que fue también la Madre de Dios quien se le apareció, dos siglos después, al beato Alano de la Roche[2], para darle las Quince Promesas, para quien rezare devotamente el Santo Rosario todos los días. Estas promesas son las siguientes:
         1. Quien rece constantemente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida.
2. Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.
3. El Rosario es el escudo contra el infierno, destruye el vicio, libra de los pecados y abate las herejías.
4. El Rosario hace germinar las virtudes para que las almas consigan la misericordia divina. Sustituye en el corazón de los hombres el amor del mundo con el amor de Dios y los eleva a desear las cosas celestiales y eternas.
5. El alma que se me encomiende por el Rosario no perecerá.
6. El que con devoción rece mi Rosario, considerando sus sagrados misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá de muerte desgraciada, se convertirá si es pecador, perseverará en gracia si es justo y, en todo caso será admitido a la vida eterna.
7. Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los Sacramentos.
8. Todos los que rezan mi Rosario tendrán en vida y en muerte la luz y la plenitud de la gracia y serán partícipes de los méritos bienaventurados.
9. Libraré bien pronto del Purgatorio a las almas devotas a mi Rosario.
10. Los hijos de mi Rosario gozarán en el cielo de una gloria singular.
11. Todo cuanto se pida por medio del Rosario se alcanzará prontamente.
12. Socorreré en sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.
13. He solicitado a mi Hijo la gracia de que todos los cofrades y devotos tengan en vida y en muerte como hermanos a todos los bienaventurados de la corte celestial.
14. Los que rezan Rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos de mi Unigénito Jesús.
15. La devoción al Santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación de gloria.
         En pocas palabras, la Virgen nos está diciendo que si rezamos el Rosario todos los días, devotamente, tenemos el cielo asegurado, no solo para nosotros, sino para todos nuestros seres queridos.
         De esto se sigue, entonces, el enorme daño espiritual que se hacen –y hacen a los demás- aquellos que se niegan a rezar el Santo Rosario, anteponiendo sus erróneos razonamientos humanos; se sigue también cuánto ofenden a la Sabiduría Divina y al Amor Divino, al menospreciar una oración tan sencilla cuan profunda, y cuánto más ofenden a la Santísima Trinidad, quienes, además de despreciar este inmenso tesoro, se internan en espiritualidades que nada tienen para ofrecer al alma, sino tinieblas y sombras, en comparación con la Luz Eterna, Jesucristo, la Lámpara de la Jerusalén celestial, que alumbra a su Iglesia Peregrina con la luz de la gracia, de la fe y de la Verdad; Luz Eterna que ilumina con su resplandor divino a todo aquel que reza el Santo Rosario.



[1] http://www.corazones.org/santos/domingo_guzman.htm
[2] http://www.corazones.org/maria/rosario_historia.htm

lunes, 30 de septiembre de 2013

Santa Teresita de Lisieux


         “En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”. ¿Qué es lo que quiere decir Santa Teresita con esta frase? ¿Se trata de la frase poética de una joven religiosa? ¿Es la expresión de un amor idealista y subjetivo, que nada tiene que ver con la realidad?
         No se trata  ni de una frase poética, ni es la expresión de un amor idealista y subjetivo; por el contrario, se refiere a un proceso de conversión espiritual experimentado en la realidad por el alma por la comunión eucaristica. Cuando Santa Teresita dice: “En el corazón de la Iglesia seré el Amor”, se está refiriendo a un proceso real de conversión que sucede en el alma humana por efecto de la comunión eucarística: debido a que Cristo es la Misericordia Divina encarnada o también, el Amor de Dios materializado en un cuerpo humano, y debido a que este Amor Divino está en Acto de Ser en el Cuerpo, en el Alma y en el Corazón humano de Cristo -el cual se encuentra glorificado en la Eucaristía-, cuando un alma comulga la Eucaristía, no es ella quien la asimila a sí, sino que es la Eucaristía, es decir, el Amor Divino de Cristo latente en su Sagrado Corazón, quien asimila a sí al alma, convirtiéndola en Amor, es decir, en sí mismo, por la potentísima fuerza del Amor de Dios.
Esto es así porque en realidad, cuando comulgamos, no somos nosotros los que comulgamos la Eucaristía, sino Cristo quien nos comulga a nosotros, como dice San Agustín, y es así entonces que, de la misma manera a como un alimento ingerido por el hombre es convertido, por la acción de la fuerza vital del alma en algo nuevo -los nutrientes-, asimilándolo a través del cuerpo para sí, así Cristo, cuando nos comulga, convierte al alma, por la potente acción del Espíritu Santo, en algo nuevo, en una parte de sí, por así decirlo, y como Él es Amor, aquello en que es convertida el alma, por efecto de la comunión, es en Amor. Comulgada por el Amor, es convertida en Amor, y es a esto a lo que se refiere Santa Teresita del Niño Jesús cuando dice: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor”, es decir, “En el corazón de la Iglesia, la Eucaristía, yo seré el Amor, yo seré Eucaristía”. Esta transformación del alma por efecto del Amor contenido en el Sagrado Corazón eucarístico de Jesús, está al alcance de todos y cada uno de los bautizados; el único límite a esta transformación está dado por el que comulga, puesto que la comunión distraída, mecánica, poco piadosa, o con algún resquicio de enojo, dificulta, retrasa o impide dicha transformación.
Si comulgáramos con el corazón abierto al Amor Divino y dejáramos que el Sagrado Corazón eucarístico de Jesús obre como Él lo desea, también nosotros deberíamos decir: “En el corazón de la Iglesia, yo seré el Amor, yo seré la Eucaristía”.

jueves, 26 de septiembre de 2013

San Vicente de Paúl y la verdadera caridad para con los pobres


         San Vicente de Paúl, fundador de las Hijas de la Caridad, destinadas a la atención de los pobres y abandonados de la sociedad, es un ejemplo de cómo debe el cristiano obrar la verdadera caridad cristiana para con los pobres. La caridad no es un amor natural, que brote del corazón humano: es el Amor Divino que se expresa y manifiesta a través de la ternura y del amor humano, pero no es amor humano: es Amor Divino, y por lo tanto la caridad que ejerce el cristiano debe tener las mismas características del Amor Divino, características entre las cuales sobresale la gratuidad, es decir, el dar y el donarse a sí mismo sin esperar retribución a cambio.
Esto es lo que diferencia a la caridad cristiana de la beneficencia social, y es lo que impide que la caridad cristiana sea instrumentalizada a favor de mezquinos intereses particulares. Es necesario hacer esta distinción, porque muchos en la Iglesia pretenden utilizar a su favor la asistencia a los pobres, pensando que por asistirlos, Dios habrá de darles en recompensa algún favor, sea material o espiritual. Esta actitud egoísta, que usa del pobre para obtener favores, es lo que ha condenado recientemente el Santo Padre Francisco:
“Algunos alardean, se llenan la boca con los pobres, algunos instrumentalizan a los pobres por interés personal o de su grupo. Lo sé, es humano, pero no está bien”. Y no solo “no está bien”, sino que, el mismo Santo Padre lo dice, es “un grave pecado (…) Sería mejor que se quedasen en casa antes de usar a los pobres por su propia vanidad”[1].
Para combatir esta instrumentalización, el Santo Padre pide que se obre siempre, en este aspecto, “con ternura y humildad”, y son estas dos cosas precisamente las que caracterizan a San Vicente de Paúl, quien sostiene que el hombre de fe debe vivir dos amores: el amor afectivo –como el amor de un padre que acaricia a su hijo pequeño de dos años- y el amor eficaz –el amor de un hijo que corresponde con obras al amor de su padre, aún cuando no se sienta sensiblemente el amor paterno-. Así debe ser el amor del cristiano para con Cristo: afectivo y eficaz, pero como Cristo, además de estar con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Eucaristía, está misteriosamente Presente, también en Persona, en el pobre, en el prójimo pobre y abandonado, es en el pobre en donde se debe practicar y vivir, de modo concreto, la caridad cristiana. Esta Presencia misteriosa de Cristo en el pobre es lo que explica que aquello que se hace a un pobre, se hace a Jesucristo, tanto en el bien como en el mal: “¿Cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer? (…) ¿Cuándo te vimos hambriento y no te dimos de comer?” (…) Lo que hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, Conmigo lo hicisteis” (cfr. Mt 25, 35-45).
         San Vicente de Paúl nos enseña, entonces, a vivir el verdadero amor de caridad para con los pobres, un amor desinteresado, que no busca otra cosa que comunicar el Amor Divino, porque en los pobres está Cristo y al servirlos a ellos, se sirve a Cristo: “Al servir a los pobres, se sirve a Jesucristo” (C IX, 252).   



[1] Cfr. http://www.americaeconomia.com/node/101354: “El Papa Francisco critica a quien alardea de ayudar a los pobres”.

jueves, 5 de septiembre de 2013

El dolor y las espinas del Sagrado Corazón de Jesús


          Muchos en la Iglesia menosprecian la devoción al Sagrado Corazón, reduciéndolo a un mero afecto; otros tantos -incluso creyentes- reducen la devoción a una banal muestra de sensiblería piadosa. Sin embargo, la devoción al Sagrado Corazón constituye la muestra más grande del Amor divino, que se ha encarnado y materializado en Cristo Jesús. Precisamente el Amor divino, que es eterno e infinito y es inaccesible a los sentidos humanos, se encarna, se materializa y se hace visible en el Corazón de Jesús, de manera tal que los hombres, a partir de esta devoción, no puedan decir que "no saben" dónde está el Amor de Dios, porque este tiene su sede en el Corazón de Jesús y desde allí se irradia a los hombres que a Él se le acercan.
          Puede decirse entonces que el Amor divino está todo concentrado, con la infinita plenitud de su perfección eterna, en el Corazón de Jesús, y esto no quiere decir que no se encuentren manifestaciones del Amor divino en todos lados y en cualquier momento, sino que el Amor de Dios está Presente en Acto de Ser perfectísimo en el Sagrado Corazón, lo cual significa que quien se acerca a Él, recibe de Él la plenitud de su Amor, mientras que quien se aleja de Él, se aleja del Amor de Dios.
          El Amor de Dios por el hombre no se reduce a una mera declaración, ni tampoco se encuentra perdido en los cielos empíreos, en donde es inaccesible para el hombre: para que el hombre pueda acceder a Él, y para que de declaración pase a ser una misteriosa realidad que lo envuelve desde la raíz de su ser, el Amor de Dios se manifiesta al hombre de modo visible, sensible, tangible, en el Sagrado Corazón de Jesús. El Corazón palpitante de Jesús, que late con la fuerza infinita del Amor de Dios y cuyo ritmo de latidos está dictado por el Espíritu Santo, que es su fuerza vital, es la muestra más asombrosa, por parte de Dios, de que su Amor por el hombre -por cada hombre, por todo hombre- no tiene medida, porque es infinito, y no tiene tiempo, porque es eterno. Contemplar el Sagrado Corazón es contemplar entonces al Amor de Dios que no encuentra otra forma más elocuente de declarar su amor por los hombres.
          Pero, si esto es así de parte de Dios, ¿cuál es la respuesta del hombre frente a este Amor divino? Nos lo dice Santa Margarita en la Segunda Revelación, en el año 1674: "Ese día el divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de espinas significando las punzadas producidas por nuestros pecados". Esto quiere decir que si contenido del Corazón de Dios, el Amor divino, se materializa en el Sagrado Corazón de Jesús, el contenido del corazón del hombre, la maldad del pecado, se materializa en las espinas que lo rodean y lo estrechan fuertemente. Las espinas que punzan al Sagrado Corazón en cada latido, son la expresión material y dolorosa del contenido del corazón humano, que responde con malicia a la Bondad y Santidad de Dios. A cada latido del Corazón de Jesús, que se expande con la potencia infinita del Amor divino, le corresponde la dolorosa potencia del pecado del hombre, que no tiene otro modo de tratar a Dios que no sea con la malicia. Para que nos demos una idea de cuánto ofende a la santidad divina nuestra malicia, baste saber que un solo gesto de impaciencia, o un prejuicio formado en el pensamiento y asentido en el corazón atribuyendo malicia a nuestro prójimo, se materializan en las gruesas espinas que forman la corona que rodea al Corazón de Jesús. Y si esto sucede con los pecados más pequeños, ni siquiera podemos imaginar el dolor que causan a Jesús los pecados más horrendos y graves, los ultrajes más horrorosos, las injurias, ingratitudes y blasfemias más inconcebibles...



          ¿Qué hacer entonces? Con mucho cuidado, cortar una de las espinas, aunque sean las más pequeñas, de las que rodean al Sagrado Corazón, y con ella punzar el nuestro y de nuestros seres queridos, para que de ellos salga, como si de un absceso se tratara, todo aquello que no pertenece al Amor de Dios. De esta manera aliviaremos, al menos ínfimamente, el inmenso dolor del Sagrado Corazón de Jesús.

viernes, 7 de junio de 2013

Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, fuente inagotable del Amor divino


         Si Jesús es Dios Hijo y en cuanto Dios Hijo, es la Sabiduría Divina, ¿no sería más adecuado que se manifestara como la “Inteligencia Suprema del Universo”, o algún título parecido? ¿Por qué elige el Corazón para su manifestación? ¿Acaso no es un atributo inferior en el hombre, toda vez que se identifica al corazón con la sensibilidad?
La respuesta nos la dan dos de los más grandes doctores de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino y San Agustín, para quienes el corazón, en el hombre, es el símbolo del amor, pero no solo es el símbolo, sino también es la sede del amor, con lo cual quieren significar que el corazón es “el todo del hombre”.
Veamos de qué manera.
Dice Santo Tomás que el corazón es “el principio de todas nuestras acciones”, y San Agustín, por su parte, afirma que es “el principio de todos los actos de nuestra vida”, y el motivo es que el corazón es la sede del amor y es el amor –a alguien, a algo- lo que constituye el motor, el impulso, que nos empuja a conseguir aquello que amamos; el amor es como un peso que hace inclinar el alma entera y la hace dirigir hacia un fin determinado[1]. Para Santo Tomás y para San Agustín, el amor, cuya sede es el corazón, es el motor de nuestras acciones, y así, según sea aquello que amemos, así será nuestro movimiento, el movimiento de todo nuestro ser, de toda nuestra alma, de todas nuestras potencias, dirigidos a conseguir aquello que amamos. No en vano el mandamiento más importante está formulado en este sentido: “Amarás a Dios con toda tu alma, con todo tu ser, con todo tu corazón”. Es decir, amarás a Dios con todo tu amor o, lo que es lo mismo, con todo lo que eres y con todo lo que tienes: con todo tu ser, con toda tu inteligencia, con todo tu amor, con todas tus obras. El amor es un motor que pone en funcionamiento al ser mismo y, con el ser, todas las potencias del alma que del ser emanan. El amor es el motor y al mismo tiempo el combustible, sin el cual el movimiento del hombre hacia un fin es imposible. Solo cuando el hombre experimenta amor -por algo o por alguien-, es capaz de moverse a sí mismo. Por supuesto que muchas veces ama algo o alguien que solo le provoca daño y en lo cual jamás encontrará su felicidad, porque no es el objeto adecuado para su amor, pero lo que nos interesa considerar aquí es que, más allá de que el objeto de su amor sea adecuado o no, le conceda felicidad o no, el amor será siempre el motor y el combustible de su movimiento, y determinará todo en el hombre: sus pensamientos, sus deseos, sus palabras y su obrar. El amor, cuya sede es el corazón, y por lo tanto está simbólicamente representado en el corazón en cuanto órgano físico, es una fuerza dinámica cuya energía se imprime a todo el ser del hombre y lo pone en movimiento, haciéndolo obrar en la dirección necesaria para obtener aquello que ama, y lo hace con tanta intensidad, que nada lo detiene y ningún sacrificio es obstáculo para conseguir lo que ama, incluso es capaz de sacrificarse hasta la muerte.
El amor es como un foco o punto central en el hombre, en donde todo converge: la inteligencia, la voluntad, los afectos, los sentimientos. Todo pasa por el amor: la inteligencia contempla su objeto, la imaginación lo embellece, la memoria solo conserva recuerdos buenos, la voluntad solo desea lo que ama, las potencias operativas se disponen a conseguir aquello que ha sido contemplado en el amor.
Este es el motivo por el cual se dice que “el amor lo es todo para el alma, como el corazón lo es todo para el cuerpo”[2]. Esto es lo que lleva a San Agustín a afirmar que el hombre es lo que ama: “Amas la tierra, eres tierra; sois dioses, si amáis a Dios”[3].
         Llegados aquí, podemos entonces responder a las preguntas del inicio: si el corazón –y el amor, cuya sede es- es “el todo del hombre”, lo es también en el Hombre-Dios y tanto más en Él, que en cuanto Dios,  “es Amor” (1 Jn 4, 16). El hombre es imagen de Dios, y si en el hombre el corazón y el amor lo es todo, así también en Dios, cuya imagen refleja. Jesús se manifiesta como el Sagrado Corazón porque en Él todo es Amor, Amor Puro, Perfecto, en Acto Puro de Ser; Amor eterno, Amor inagotable, incomprensible, celestial, Amor que ama con locura a la humanidad toda, Amor por la humanidad que no vacila en dar la vida en el santo sacrificio de la Cruz, para salvarla y conducirla a sí mismo; Amor que se hace Carne gloriosa y resucitada en cada Eucaristía; Amor que se dona todo entero, sin reservas, en la Sangre que brota del Sagrado Corazón traspasado por la lanza y que se recoge, cada vez, en el cáliz de la Santa Misa, para ser libado por los corazones que aman a Dios Uno y Trino.
         Al manifestarse como el Sagrado Corazón, Dios Hijo nos revela que todo lo que Él es, Amor en Acto Puro de Ser, lo ha llevado a dar la vida en la Cruz por nuestra salvación y por nuestro amor y que nada más que nuestro amor y nuestra salvación quiere para nosotros. Es por eso que le dice a Santa Margarita: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres”, pero luego también el amargo reproche: “y solo ha recibido de ellos ingratitud, indiferencia, desprecios y ultrajes”. Amemos al Sagrado Corazón –“el Amor no es amado”, decía Santa Teresa de Ávila-, y de manera tal, que al menos de nosotros no tenga que quejarse de la frialdad y dureza del corazón de los hombres; amemos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús con todas las fuerzas de nuestro pobre corazón, y que el Amor del Sagrado Corazón sea el motor, el combustible, el impulso y la fuerza que ponga en movimiento todo nuestro ser, en el tiempo y en la eternidad.




[1] Amor meus, pondus meum; quocumque feror, amore feror. (S. Agustín Confes. 13, 10).
[2] Diligcs Dominum, etc... Diligcs proximum, etc... in his duobus mandatis universa lex pendet et prophetae. (S. Mat 22, 37.39.405 Hoc est enim omnis horno. (Eccl. 12, 13).
[3] Terra diligis? terra cris. Deum diligis? Deus cris. Non audeo dicere ex me, Scriptu­ram audiamus. (Ps. 81,6; Ego dixi; Dii estis, et Filii Altissimi omnes. (S. Agustín, in Epist la Sti Joan., tract. II, n. 14, t. 111, p. 1997).