San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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martes, 27 de agosto de 2024

Santa Mónica

 



         Vida de santidad[1].

         Nació en Tagaste (África) el año 331, de familia cristiana. Muy joven, fue dada en matrimonio a un hombre llamado Patricio, un pagano de temperamento violento y de vida disipada. A pesar del carácter violento de su esposo, Santa Mónica obró con sabiduría cristiana para lograr la paz del hogar y con sus oraciones y sacrificios, obtuvo la gracia de la conversión de su esposo al cristianismo y fue así que Patricio murió cristianamente en el año 371, un año después de ser bautizado. Tuvo con Patricio tres hijos, Agustín, Navigio y una hija mujer cuyo nombre se desconoce. De los tres hijos, el que más trabajo le dio para su educación fue Agustín, ya que antes de su conversión, era de carácter caprichoso, egoísta e indolente, aunque lo peor de todo para Mónica, que era profundamente cristiana, era ver cómo su hijo se dejaba arrastrar por la herejía maniquea, la cual niega la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, al considerarlo solo una creatura más y no Dios Hijo encarnado.

Durante todo el tiempo en el que Agustín estuvo en la secta, Santa Mónica no dejaba de rezar continuamente por su conversión, además de hacer ayunos y sacrificios y de derramar abundantes lágrimas al ver que su hijo permanecía en la oscuridad de la secta maniquea. Santa Mónica acudió a un obispo para pedirle consejo y éste le dijo una frase que le daría un gran consuelo y que, al fin de cuentas, sería profética: “Estad tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”. A la edad de veintinueve años, Agustín decidió ir a Roma a enseñar retórica y como Santa Mónica quería acompañarlo para estar cerca de su hijo y seguir rezando por él, Agustín, que no quería que la acompañara, acudió a la mentira -todavía no estaba convertido y por eso, acudir al Padre de la mentira, el Demonio, era habitual en él- para lograr que su madre no lo siguiera, simulando que simplemente iba a despedir a un amigo y fue así que dejó a su madre orando en la iglesia de San Cipriano y se embarcó hacia Roma sin ella. Más tarde, escribió en las “Confesiones”: “Me atreví a engañarla, precisamente cuando ella lloraba y oraba por mí”. A pesar de todo, Santa Mónica se embarcó y llegó a Roma, pero Agustín había partido ya para Milán, la ciudad en donde el futuro Doctor de la Iglesia conoció a San Ambrosio y en donde también recibió la gracia de la conversión al catolicismo, abandonando definitivamente la secta maniquea, lo cual tuvo lugar en agosto del año 387.

Una vez convertido al catolicismo y ya en compañía de Santa Mónica, madre e hijo decidieron regresar a África, pero al llegar al puerto de Ostia, Santa Mónica enfermó gravemente, dándose cuenta la santa que sus días en la tierra estaban llegando a su fin, aunque eso era algo que solo ella sabía. San Agustín describe así en su libro “Confesiones”, uno de los últimos momentos de la vida terrena de Mónica: “Sucedió que ella y yo nos encontramos solos, apoyados en la ventana, que daba hacia el jardín interno de la casa en donde nos hospedábamos, en Ostia. Hablábamos entre nosotros, con infinita dulzura, olvidando el pasado y lanzándonos hacia el futuro, y buscábamos juntos, en presencia de la verdad, cuál sería la eterna vida de los santos, vida que ni ojo vio ni oído oyó, y que nunca penetró en el corazón del hombre”. Sabiendo que estaba ya por morir, Santa Mónica le dijo a San Agustín: “Hijo, ya nada de este mundo me deleita. Ya no sé cuál es mi misión en la tierra ni por qué me deja Dios vivir, pues todas mis esperanzas han sido colmadas. Mi único deseo era vivir hasta verte católico e hijo de Dios. Dios me ha concedido más de lo que yo le había pedido, ahora que has renunciado a la felicidad terrena y te has consagrado a su servicio”. Según lo que le manifiesta a San Agustín, lo único que quiso Santa Mónica, en sus últimos treinta años de vida, era la conversión de su hijo Agustín y una vez que el Señor se la concedió, la santa solo deseaba la vida eterna, en el Reino de los cielos, ya que aquí en la tierra no encontraba ninguna razón de seguir viviendo. El último para sus dos hijos fue que no se olvidaran de rezar por el descanso de su alma. San Agustín recuerda que su madre quería ser sepultada junto a su esposo, pero cuando alguien le dijo que podría ser sepultada lejos de él, respondió: “No hay sitio que esté lejos de Dios, de suerte que no tengo por qué temer que Dios no encuentre mi cuerpo para resucitarlo”. Cinco días más tarde, cayó gravemente enferma. Al cabo de nueve días de sufrimientos, fue a recibir el premio celestial, a los cincuenta y cinco años de edad. Era el año 387.  

         Mensaje de santidad.

         El mensaje de santidad de Santa Mónica lo obtenemos por San Agustín, ya que él es la principal fuente sobre la vida de Santa Mónica, al escribir sobre la santa de manera especial en sus Confesiones, libro IX, en donde escribe así de su madre: “Ella me engendró sea con su carne para que viniera a la luz del tiempo, sea con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad”. Esa frase de San Agustín describe el corazón en gracia de Santa Mónica: no deseaba para sus hijos éxitos terrenos, títulos, honores mundanos, reconocimientos de los hombres; solo deseaba aquello que es más importante y es la conversión del corazón a Nuestro Señor Jesucristo, porque esto asegura la vida eterna. Santa Mónica es ejemplo de esposa y de madre, porque con sus oraciones, ayunos y sacrificios, ofrecidos sin cesar durante treinta años, obtuvo la conversión de su esposo y la de sus hijos, entre ellos, San Agustín. Entonces, al recordarla en su día, le pidamos a Santa Mónica que interceda por nosotros para que, al igual que ella, solo deseemos llegar a la vida eterna en el Reino de los cielos, para adorar por toda la eternidad al Cordero de Dios, Jesucristo y que también sepamos rezar, ayunar y ofrecer sacrificios por la conversión de nuestros seres queridos y la de todo prójimo, para que todos adoremos por siempre al Hombre-Dios Jesucristo en el Reino celestial.

 



[1] Cfr. https://www.corazones.org/santos/monica.htm ; Butler, Vidas de los Santos; Sálesman, Eliecer, Vidas de Santos. 


viernes, 20 de agosto de 2021

Santa Mónica y su amor a las almas y al Cielo

 




         Santa Mónica es ejemplo de amor a las almas y también de amor al Cielo, a la vida eterna del Reino de los cielos.

         Es ejemplo de amor a las almas, porque durante treinta años no sólo rezó por la conversión de su hijo Agustín, sino también hacía sacrificios, penitencias, ayunos, llegando incluso a derramar abundantes lágrimas de dolor, pero no porque su hijo simplemente “no se portaba bien”, sino porque San Agustín no se convertía a Jesucristo y no se encontraba en un camino de santidad espiritual, ya que en su sincera búsqueda de la Verdad, iba de una secta a otra, hasta que por las oraciones de Santa Mónica, recibió la gracia de la conversión, conoció a Jesucristo y se convirtió en uno de los más grandes santos de la Iglesia Católica.

         Santa Mónica es también ejemplo de amor al Cielo, es decir, a la vida eterna en el Reino de los cielos, a la vida de la gloria de los hijos de Dios, que consiste en la contemplación gozosa, por toda la eternidad, de Dios Uno y Trino y del Cordero, que es la Lámpara de la Jerusalén celestial. Según ella misma le dijo a su hijo San Agustín, poco antes de morir, que ya no deseaba nada de esta tierra: lo único que deseaba era morir a la vida terrena para vivir en la eternidad, en el Reino de los cielos.

         Amor a las almas, rezar por ellas pidiendo por su conversión, despreciar esta vida terrena y desear vivir para siempre en la alegre contemplación de la Trinidad y del Cordero de Dios, en compañía de la Virgen, de los ángeles y de los santos, ése es el mensaje de santidad que nos deja Santa Mónica.

miércoles, 28 de agosto de 2019

San Agustín y el misterio del Dios católico



         Según narra el mismo Agustín, él tuvo un episodio en su vida en el que, meditando acerca de la Verdad de Dios, la encontró, del modo más inesperado posible. En efecto, San Agustín, que meditaba en cómo era posible que Dios fuera Uno y Trino, tuvo una revelación acerca del misterio del misterio de Dios, pero no de un Dios cualquiera, sino del Dios de los católicos, Dios Uno y Trino. Narra el santo que un día “paseaba por la orilla del mar, dando vueltas en su cabeza a muchas de las doctrinas sobre la realidad de Dios, una de ellas la doctrina de la Trinidad. De repente, alza la vista y ve a un niño, que está jugando en la arena, a la orilla del mar. Le observa más de cerca y ve que el niño corre hacia el mar, llena el cubo de agua del mar, y vuelve donde estaba antes y vacía el agua en un pequeño pozo. Así el niño lo hace una y otra vez, hasta que despierta la curiosidad de San Agustín por lo que, acercándose al niño, le pregunta: “Oye, niño, ¿qué haces?”. Y el niño le responde: “Estoy sacando toda el agua del mar y la voy a poner en este pozo”. Y San Agustín dice: “Pero, eso es imposible”. Y el niño –que en realidad era un ángel- responde: “Más imposible es tratar de hacer lo que tú estás haciendo: Tratar de comprender en tu mente pequeña el misterio de Dios”[1].
         Lo que el ángel le pretendía hacer entender a San Agustín es que, por un lado, el Dios que él buscaba estaba en la Iglesia Católica y en ningún otro lugar más, porque se trata de un Dios que es Trinidad de Personas; por otra parte, le quería hacer ver que este Dios católico es un misterio, un misterio tan insondable y tan grande, tan inefable y tan majestuoso, que la capacidad de la razón humana e incluso de la angélica –simbolizadas en el pozo- no puede llegar a comprender ni conocer a Dios en su constitución íntima, como Dios Uno en naturaleza y Trino en Personas –simbolizado en el mar-, si no es revelado. Con el ejemplo del pozo en la arena comparado con la inmensidad y majestuosidad de Dios, el ángel le demuestra a San Agustín la pequeñez de la mente humana y angélica –el pozo- en comparación con la grandeza y majestuosidad de Dios Uno y Trino –el mar-. Una grandeza y majestuosidad que no pueden ser ni siquiera imaginadas sino son revelados y estos se llaman “misterios sobrenaturales absolutos” de Dios. Entonces, Dios sí es católico, es el Dios Uno y Trino y la Segunda Persona de esa Trinidad se encarnó para salvarnos en el seno de María Virgen por obra del Espíritu Santo y por obra de ese mismo Espíritu, continúa y prolonga su Encarnación en la Eucaristía. La constitución íntima de Dios Trinidad, la Encarnación del Verbo y la prolongación de su Encarnación en la Eucaristía son misterios absolutos de Dios que sólo pueden ser conocidos si son revelados  y sólo pueden ser creídos si son amados. Le pidamos a San Agustín que nos haga partícipes de su humildad y de su amor a Dios Trino, para que también nosotros conozcamos la Verdad de Dios Uno y Trino y la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, y amemos estos misterios con todo el corazón, como lo hizo el mismo San Agustín.

martes, 28 de agosto de 2018

San Agustín de Hipona y la salvación del hombre


         Vida de santidad[1].

         Nació en Tagaste (África) el año 354. En su juventud, vivió despreocupadamente desde el punto de vista moral, e intelectualmente, estaba lejos de Jesucristo, la Verdad Absoluta de Dios. Sin embargo, en su alma había un gran deseo de conocer la Verdad y después de deambular por diversas escuelas filosóficas y gracias a las oraciones de su madre, Santa Mónica, que rezó por más de treinta años por su conversión, San Agustín recibió la gracia de la conversión. El santo obispo Ambrosio lo bautizó en el año 387. Regresó a su ciudad natal, llevando una vida de mucha oración y penitencia. Fue elegido obispo de Hipona, ejerciendo ese ministerio durante treinta y cuatro años, constituyéndose en un modelo de santidad para los fieles. Con sus numerosos escritos contribuyó en gran manera a una mayor profundización de la fe cristiana contra los errores doctrinales de su tiempo, lo cual le valió ser proclamado Doctor de la Iglesia. Murió el año 430.

Mensaje de santidad.

Para todos aquellos que atacan a la Iglesia por uno u otro motivo; para los que abandonan la Iglesia en un acto de formal apostasía –movimiento apóstata Apostasía Colectiva-; para todos aquellos que propagan y creen en un falso ecumenismo, según el cual fuera de la Iglesia Católica también hay salvación, San Agustín, Doctor de la Iglesia, afirma con contundencia lo siguiente: “Un hombre no puede salvarse si no está en la Iglesia Católica. Fuera de la Iglesia católica, puede tener todo, pero no la salvación. Puede tener honores (ser obispo), puede tener sacramentos, puede cantar aleluya, puede responder amén, puede tener el Evangelio, puede tener y predicar la fe en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, pero jamás podrá encontrar la salvación si no está en la Iglesia Católica (…) Puede incluso derramar su sangre, pero jamás recibirá la corona”.
En pocas palabras y con mucha contundencia, San Agustín refrenda las palabras de Jesús: “Sin Mí, nada podéis hacer” (Jn 15, 5) y “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?” (Mt 16, 26), además de refrendar lo que nos enseñan el Magisterio y la Tradición: “Fuera de la Iglesia Católica no hay salvación”.

lunes, 28 de agosto de 2017

San Agustín y el verdadero camino para encontrar a Dios


         En su libro “Confesiones”[1], San Agustín revela el camino interior que lo llevó a la conversión. A diferencia del gnosticismo, en donde el conocimiento interior de sí mismo lleva al descubrimiento de la propia divinidad, en San Agustín es clara la acción de la gracia santificante que, aunque no la describa con ese nombre, es la responsable de iluminar el interior del alma y es la que descubre la verdad del hombre al hombre mismo: el hombre no es Dios, sino una creatura. Es la gracia también la que da a conocer al hombre cuál es el designio divino sobre él: convertirlo en Dios por participación. Dice así San Agustín: “Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo Tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste”. Desde un inicio, San Agustín admite –a diferencia del gnosticismo- que hay “Alguien” que obra como guía en su auto-recorrido interior, y ese “Alguien” no es otro que Jesús: “(…) siendo Tú mi guía (…) Señor”. Desde el inicio, entonces, el cristiano admite que él no es Dios, sino que es Dios quien lo guía al auto-conocimiento de sí mismo.
Guiado por Dios en el recorrido por sí mismo, San Agustín descubre una luz, que no es ninguna luz creada, sino la Luz Increada, que es Dios, y que es quien ilumina sus tinieblas. En otras palabras, Dios es Luz, mientras que el hombre es oscuridad y mientras no esté iluminado por esta luz divina que proviene del Acto de Ser divino, el hombre es solo tinieblas y oscuridad: “Entré y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella”. San Agustín reconoce que esta luz no es creada, sino Increada, porque es Dios, que “es luz”, y es esta luz divina quien lo creó. El cristiano no es luz en sí mismo, sino alguien que ha sido creado por la Luz Increada, Dios Uno y Trino.
Al ser iluminado por esta luz divina, San Agustín adquiere un nuevo conocimiento, que es la Verdad divina, porque Dios es Luz y es Verdad Increada, que ilumina las almas y disipa las tinieblas de la ignorancia, del error, de la herejía, del cisma. Quien es iluminado por esta luz que es Dios, dice San Agustín, conoce la Verdad, que es Dios, y conoce la verdad sobre sí mismo, esto es, sobre el hombre, que es el de ser una creatura, hecha de barro, creada por la Luz Increada, pero también el que es iluminado por esta luz divina ama, y ama con un nuevo Amor, no el amor humano, contaminado por el pecado, sino con el Amor Divino, porque Dios, que es Luz, es también Amor, y esa es la razón por la cual, el que es iluminado por esta Divina Luz, ama y es amado por Dios: “La conoce el que conoce la verdad. ¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche. Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: “Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí”. El que es iluminado por esta luz, ama, a Dios, al prójimo y a sí mismo –“me estremecí de temor y amor”-, al tiempo que adquiere el conocimiento de sí mismo, como creatura que no es Dios –“me di cuenta de la gran distancia que me separaba de Ti”- y conoce además que sin esta luz, que es el Divino Amor, no puede vivir, porque escucha cómo Dios le dice que le dará de su substancia, y así lo convertirá en Dios por participación (le dice así esta Luz): “Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí”. En este momento y sin que San Agustín lo mencione, Dios –esto es, la Luz que lo ilumina y lo ama- le anticipa que su alimento espiritual será nada menos que la substancia divina, la cual le será comunicada en la Eucaristía, y que terminará por divinizarlo.
En esta búsqueda interior de sí mismo, San Agustín encuentra a Aquel que es el Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida, y el Único Camino que conduce al Padre: “Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: “Yo soy el camino de la verdad y la vida”, y el que mezcla aquel alimento, que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría, por la que creaste todas las cosas. Jesús es el Mediador, es Hombre, pero también Dios; es Dios hecho hombre perfecto, sin dejar de ser Dios, para conducirnos al Padre, en el Amor del Espíritu Santo, y por eso Jesús es, en la Eucaristía, el Camino que conduce al seno de Dios, la Verdad Eterna y la Vida divina.
Al descubrir a Dios Uno y Trino y a su Mesías, Cristo Dios, y al contemplarlo en su Hermosura –Dios es la Belleza Increada-, San Agustín prorrumpe en un lamento, que es el dolor de no haber conocido y amado antes a este Dios de tan inmensa majestad y hermosura: “¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!”.
Y no lo conocía ni amaba, porque deseando ser feliz, se desparramaba por el exterior, buscando inútilmente el amor y la belleza en las creaturas, cuando solo Dios es Amor y Hermosura Increados: “Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”. San Agustín, guiado por la luz de la gracia, conoce a Dios Trino y al Cordero, prueba el sabor exquisito de la substancia divina, contenida en la Eucaristía, y a partir de entonces, su alma reposa en la divina paz.
Es este el recorrido interior que todo cristiano debe hacer, y no el falso camino de las sectas gnósticas esotéricas, incluidos el hinduismo y el islamismo.



[1] Cfr. Libro 7, 10, 18; 10, 27: CSEL 33, 157-163. 255.

sábado, 29 de agosto de 2015

San Agustín y el conocimiento de sí mismo que lleva a la santidad


En su libro “Confesiones”[1], San Agustín describe su proceso de conversión, el cual inicia en un camino de introspección interior. Ahora bien, es necesario tener en cuenta que el camino de San Agustín es un camino iniciado, guiado y conducido hasta su término por la gracia santificante y esto es lo que lo diferencia radicalmente de la introspección gnóstica.
Es necesario tener en cuenta esta distinción para no caer en el error de pensar que una y otra introspección son lo mismo: en la gnosis acuariana de la Nueva Era, finaliza en la errónea conclusión de que el hombre es su propio dios; en la otra, se reconoce la diferencia abismal entre el hombre y la creatura. Esta es la verdadera “gnosis”, el verdadero conocimiento de sí: el que proporciona la luz de la gracia: el hombre no es Dios y el hombre y Dios son dos seres absolutamente distintos, aunque el hombre está llamado a participar del Ser divino de un modo radicalmente nuevo y distinto al de las otras creaturas, por medio de la gracia.
Esto se infiere de los escritos de San Agustín, en el Capítulo 7 de las Confesiones. La introspección de San Agustín comienza por la gracia, porque es Dios quien lo conduce a ello. Dice así San Agustín: “Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tu mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste” Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tu mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste[2]. Es decir, la introspección que finaliza –“debía volver en mí mismo, penetré en mi interior”- en la conversión, se da por la gracia –“ello me fue posible porque Tú, Señor, me socorriste”-.
La introspección iniciada por la gracia, continúa por la gracia, que es luz sobrenatural y es la que permite el verdadero conocimiento: que Dios es Dios y es Creador, y que el hombre es hombre y es su creatura: “Entré y ví con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella. La conoce el que conoce la verdad. ¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche”[3]. La luz participada de la gracia –“una luz que no es la de este mundo”- le permite conocer a la Luz Increada, Dios –“vi, por encima de mi mente, una luz inconmutable”-, y esta luz le permite conocer que Dios es Creador y que el hombre es creatura –“ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo”- y que Dios es su misma eternidad y es Amor, y por ese Dios que es Amor eterno, el alma suspira –“¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad!”-[4].
Conociendo a Dios, que es Amor eterno, el alma desea alimentarse de Él: “Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: ‘Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí’”.
Pero el alma no puede unirse a Dios por sí misma, sino que debe transitar por el camino que conduce a Dios, Jesucristo, hombre y Dios, el Mediador entre Dios y los hombres, que se brinda como alimento para el alma en la Eucaristía: “Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad y de la vida, el que mezcla el alimento que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría, por la que creaste todas las cosas”[5].
Finalmente, el alma se da cuenta, al conocer al Dios Amor, que lo que amaba antes de la conversión, eran solo creaciones de Dios, pero no Dios mismo, y se lamenta de no haberlo amado antes, declarando su amor por Dios y no deseando otra cosa que Dios: “¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”.
San Agustín describe, entonces, el verdadero proceso de conversión, iniciado por la introspección, y es que el alma se vuelva a su Dios, lo reconozca como tal, se una a Él por medio de Jesucristo en la Eucaristía y no ame otra cosa que no sea Él, todo lo cual es radicalmente distinto a la falsa gnosis de la Nueva Era.



[1] Libro 7, 10, 18, 27: CSEL 33, 157-163. 225.
[2] Cfr. ibídem.
[3] Cfr. ibídem.
[4] Cfr. ibídem.
[5] Cfr. ibídem.

jueves, 27 de agosto de 2015

Santa Mónica, modelo de madre y esposa


         La mejor semblanza de Santa Mónica, mediante la cual podemos conocer su vida de santidad, es la que realizó San Agustín, su hijo: “Ella me engendró sea con su carne para que viniera a la luz del tiempo, sea con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad”[1]. En esta semblanza San Agustín da las pistas para entender el porqué Santa Mónica es modelo de madre, y por eso nos detendremos en este aspecto de la santa, en su ser modelo de madre. 
      En esta semblanza, San Agustín describe la doble maternidad de Santa Mónica, por la cual lo engendró a la vida terrena, mortal, la que finaliza con la muerte y la maternidad espiritual, mediante la cual Santa Mónica lo engendró para la vida eterna. La primera maternidad de Santa Mónica la describe así San Agustín: “Ella me engendró (…) con su carne para que viniera a la luz del tiempo”, y esto es propio de toda madre –es lo que convierte a una mujer en “madre”-, el concebir y engendrar a sus hijos, en sus cuerpos, para darlos “a luz”, es decir, para que salgan del seno materno y vean, con sus propios ojos, “la luz del tiempo”, la vida terrena. Esto que hizo Santa Mónica es lo que hace toda madre. Pero luego San Agustín describe la otra maternidad de la santa, esta vez, espiritual, y la describe así: “(Ella) me engendró (…) con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad”. Esta segunda maternidad de Santa Mónica, es eminentemente espiritual y no se da en toda madre; se trata de un “engendrar en el corazón” para que el hijo “nazca a la luz de la eternidad”. ¿De qué se trata propiamente? Se trata de un amor materno que trasciende los límites de la maternidad meramente biológica, porque es un amor materno fecundado por la fe en Cristo Jesús; se trata de un amor por el que el hijo es concebido dos veces, la primera, en el cuerpo, y la segunda, en el corazón; por esta segunda concepción, la madre ama más a su hijo que por la primera concepción, la corporal, porque es más fuerte que la primera, al estar este amor maternal espiritual, como decíamos, fecundado por la fe. Por esta segunda concepción, la madre ya no desea para su hijo sólo lo mejor –eso es amar, desear el máximo bien para el otro- en el plano terreno; por esta concepción espiritual, la madre ya no desea sólo para su hijo el éxito mundano, en el tiempo: puesto que se trata de un amor más profundo, desea a su hijo la eterna felicidad, felicidad que trasciende absolutamente el tiempo y el espacio y que es infinitamente más plena que cualquier felicidad temporal y terrena. Santa Mónica, según las palabras de San Agustín, lo engendró doblemente, la primera, de modo corporal, como hace toda madre; la segunda, de modo espiritual, como debería hacer toda madre con sus hijos. Ésta es la razón por la cual Santa Mónica es modelo de madre: porque engendra, por el Amor de Dios, a su hijo, en su corazón y desea para su hijo, no el éxito mundano, que es pasajero y superficial, sino la vida eterna. En esto consiste el verdadero amor, porque si amar es “desear el bien para el otro”, engendrar a un hijo para la vida eterna, es la máxima prueba de amor hacia ese hijo.
         Que a ejemplo de Santa Mónica, toda madre sea capaz de dar a luz a sus hijos, no sólo corporalmente, sino con el corazón, para que sus hijos nazcan a la luz de la eternidad, en donde se encuentra el Amor de los amores, Cristo Jesús.



[1] Confesiones, lib. IX.

martes, 27 de agosto de 2013

San Agustín de Hipona y la Ciudad de Dios contra la Ciudad Pagana


          Ya en su vejez, y por el espacio de quince años, San Agustín escribió una de sus obras más importantes, titulada "La Ciudad de Dios". El título original en latín refleja con más precisión el carácter general de la obra: "De Civitate Dei contra paganos", es decir, "La Ciudad de Dios contra los paganos". Se trata de una apología del cristianismo, en la que se confrontan dos ciudades: por un lado, la Ciudad Celestial; por otro lado, la Ciudad Pagana. Ambas ciudades tienen orígenes distintos, y por lo tanto, también su desarrollo y su final son diferentes: la Ciudad de Dios se construye sobre la Verdad absoluta de Dios, revelada por Jesucristo, y su gracia santificante, mientras que la Ciudad Pagana representa el falso edificio espiritual construido sobre el pecado del hombre y la falsedad del Príncipe de la mentira, Satanás. Ambas ciudades, dice San Agustín, "se encuentran mezcladas y confundidas en esta vida terrestre, hasta que las separe el Juicio Final".
          Si bien escribe esta obra a causa de la conmoción que le provocó la caída de Roma a manos del rey bárbaro Alarico I, con lo cual la entera civilización cristiana se encontraba en un grave peligro, desde el momento en que se veía amenazada no solo la capital del Imperio Romano, sino ante todo el Papa, Vicario de Cristo, el fin de la obra no es tanto político como espiritual. En otras palabras, para San Agustín, las Ciudades -tanto la de Dios como la Pagana-, están formadas por personas, porque es en las personas en donde reside la gracia santificante, y es en las personas en donde la Verdad absoluta de Dios, revelada por Jesucristo, se encarna, al ser aceptada en su plenitud. Cuando esto sucede, la Ciudad de Dios se alza en la persona, y esta resplandece con la Verdad y la gracia de Cristo. Por el contrario, cuando esto no sucede, es decir, cuando la Verdad de Cristo y su gracia son rechazadas por la persona humana, entonces se levanta en el alma la Ciudad Pagana, la ciudad construida sobre "arena y no sobre la roca" (cfr. Mt 7, 26), la Ciudad del mal, de la mentira, del engaño y de la falsedad, la Ciudad de la oscuridad, de las tinieblas, del horror y del espanto, en la que se erige como siniestro rey el Ángel caído, el Príncipe de las tinieblas.

          Podemos decir entonces que cada uno de nosotros puede elegir, libremente, cuál de las dos Ciudades construir en el alma: si la de Dios, construida sobre la Roca que es Cristo, cimentada en la aceptación de la Verdad revelada y en la gracia santificante que concede al alma la participación en la vida divina, o la del Paganismo, construida sobre el error y el pecado. Quien elija construir para sí la Ciudad Pagana, tendrá como Rey al Príncipe de las tinieblas, y en el Día del Juicio Final será precipitado en las tinieblas sin fin, en donde no hay amor ni redención. Quien elija construir para sí la Ciudad de Dios, tendrá como Rey a Jesucristo y como Reina a la Virgen María, y en el Día del Juicio Final formará parte de la Jerusalén celestial, en donde reinan, para siempre, la alegría, la paz y el amor divinos. 

lunes, 26 de agosto de 2013

Santa Mónica y su mensaje de santidad para las madres del siglo XXI


          Para conocer acerca de la vida de santidad de Santa Mónica, es necesario recurrir a lo que de ella dice su propio hijo, San Agustín, quien así escribe en sus Confesiones: "Ella me engendró sea con su carne para que viniera a la luz del tiempo, sea con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad". Según San Agustín, su madre fue doblemente madre, ya que fue madre biológica, engendrándolo para la vida terrena, pero también fue madre espiritual, porque por sus oraciones y sacrificios le obtuvo el don de la fe, engendrándolo para la vida eterna.
          Este doble oficio materno lo desempeñó Santa Mónica toda su vida, pero particularmente al cumplir San Agustín los diecinueve años, momento en el que comienza a transitar un inicia un camino de doble perdición: llevaba una vida disoluta y había abrazado la herejía maniquea -error filosófico que, entre otras cosas, niega la responsabilidad del hombre por los males cometidos, desde el momento en que consideran erróneamente que no hay libre albedrío-, y fue así que, movida por su amor materno, pero sobre todo movida por el Amor de Dios, Santa Mónica, que desde muy pequeña vivía una vida de oración y penitencia, la intensificó todavía más, agregándole sacrificios y ayunos y derramando abundantes lágrimas ante el peligro de condenación eterna de su hijo.
          Durante casi nueve años, Santa Mónica no dejó de orar y llorar por su hijo, de ayunar y velar, de rogar a los miembros del clero para que lo persuadieran acerca de la verdadera doctrina de salvación. Ante las lágrimas e insistencia de Santa Mónica, un obispo, que había sido también maniqueo, pronunció las famosas palabras: "Estad tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas".
          La conversión de San Agustín, fruto de las oraciones, sacrificios y lágrimas de Santa Mónica, se produjo en la Pascua del año 387, recibiendo el santo el bautismo de parte de San Ambrosio.
          Años después, poco antes de morir, y con su hijo ya sacerdote, Santa Mónica revela las alegrías y las esperanzas de su corazón, que ya no están en este mundo. Le dijo así a San Agustín: "Hijo, ya nada de este mundo me deleita. Ya no sé cuál es mi misión en la tierra ni por qué me deja Dios vivir, pues todas mis esperanzas han sido colmadas. Mi único deseo era vivir hasta verte católico e hijo de Dios. Dios me ha concedido más de lo que yo le había pedido, ahora que has renunciado a la felicidad terrena y te has consagrado a su servicio". Hacia el final de su vida, Santa Mónica ve, con satisfacción, que su hijo no solo se había convertido, sino que se había consagrado a Dios con todo su corazón y con toda su vida -con lo cual da por cumplida su segunda maternidad, la espiritual-, al tiempo que se muestra ansiosa por dejar esta vida terrena e ingresar en la vida eterna.
          El mensaje de santidad de Santa Mónica es sobre todo importante en nuestros días, en el que muchas madres, habiendo perdido la fe y el sentido de la eternidad, solo se interesan por el progreso material y la felicidad terrena de sus hijos, sin importarles la vida del más allá. Con su doble amor maternal, Santa Mónica es ejemplo para las madres cristianas, puesto que no se preocupa porque su hijo adquiera un título profesional; tampoco le interesa que sea exitoso según el mundo, o que posea abundantes bienes materiales; no le importa tampoco que consiga una buena esposa que le de numerosos hijos: lo único que le importa a Santa Mónica es que su hijo se convierta, es decir, que conozca y ame a Jesucristo, el Salvador, para que así, conociéndolo y amándolo, lo siga por el Camino Real de la Cruz y salve su alma. El mensaje que da Santa Mónica a las madres cristianas del siglo XXI podría entonces resumirse así: "No te preocupes por las cosas del mundo: ¡salva el alma de tus hijos!".