San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
Mostrando las entradas con la etiqueta Santa Isabel de Portugal. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Santa Isabel de Portugal. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de julio de 2017

Santa Isabel de Portugal


         Vida de santidad[1].

Isabel nació en 1271, hija de Pedro III de Aragón, recibiendo en el bautismo el nombre de Isabel en honor de su tía abuela, santa Isabel de Hungría. El nacimiento de la niña fue ya un símbolo de la actividad pacificadora que iba a ejercer durante toda su vida, puesto que, gracias a su venida al mundo, hicieron la paz su abuelo, Jaime, que ocupaba entonces el trono, y su padre. La joven princesa era de carácter amable y de gran inclinación a la piedad y a la bondad. Trataba de imitar todas las virtudes que veía practicar a su alrededor, porque le habían enseñado que era conveniente unir a la oración la mortificación de la voluntad propia para obtener la gracia de vencer la inclinación innata al pecado.
Según la costumbre de la época, contrajo matrimonio muy joven, con el rey Dionisio de Portugal, quien le permitió practicar libremente sus devociones, sin sentirse por ello llamado a imitarla. Isabel se levantaba muy temprano para rezar maitines, laudes y prima antes de la misa; por la tarde, continuaba sus devociones después de las vísperas, aunque estas prácticas de piedad no la distraían de sus deberes de estado. Vestía con modestia, se alimentaba frugalmente y se mostraba siempre humilde y afable con sus prójimos, demostrando así, con estas obras exteriores, el hecho de que vivía consagrada al servicio de Dios. De entre todas las virtudes que la hicieron santa, la que más brilló en Santa Isabel de Portugal fue la caridad, haciendo todo lo necesario para que los peregrinos y los forasteros pobres no careciesen nunca de albergue, encargándose ella misma –a pesar de su condición de reina- de buscar y socorrer a los necesitados; además, a las doncellas que no poseían medios, las proveía de dote.
Fundó instituciones de caridad en diversos sitios del reino; entre ellas se contaban un hospital en Coimbra, una casa para mujeres arrepentidas en Torres Novas y un hospicio para niños abandonados. Sin embargo, como dijimos, a pesar de todas esas actividades, Isabel no descuidaba sus deberes de estado, sobre todo el respeto, amor y obediencia que debía a su marido, cuyas infidelidades y abandono soportaba con gran paciencia. Su esposo Dionisio, aunque era un buen gobernante, no había convertido aún su corazón al señor, siendo esclavo de múltiples vicios y pecados, siendo egoísta y licencioso. Santa Isabel vivía apenada por su esposo, por sus muchos pecados y por el escándalo continuo que con ellos daba a los súbditos, por lo que no cesaba de orar, día y noche, por su conversión. No solo demostraba de esta manera su bondad para con su esposo, sino que además la extendía a los hijos naturales de este, a quienes cuidaba cariñosamente, encargándose de su educación.
Santa Isabel tuvo dos hijos: Alfonso, que sería el sucesor de su padre y Constancia. Alfonso, quien desde muy joven se mostró rebelde, se levantó en armas en dos ocasiones y en ambas, la reina consiguió restablecer la concordia. Sin embargo, y como siempre sucede con los santos, que son calumniados, a imitación de Nuestro Señor, que fue también calumniado, llegaron a oídos del rey rumores falsos de que Isabel apoyaba en secreto la causa de su hijo, por lo que el rey la desterró algún tiempo de la corte. Además de la caridad, la reina poseía un don concedido por Dios, y era el de llevar la paz de Cristo a los corazones enfrentados; entre otras cosas, logró evitar la guerra entre Fernando IV de Castilla y su primo, y entre el mismo príncipe y Jaime II de Aragón.
El rey Dionisio cayó gravemente enfermo en 1324. Isabel se dedicó a asistirlo en su lecho de enfermo y con tal dedicación, que apenas salía de la cámara real más que para ir a misa. Durante su larga y penosa enfermedad, el monarca dio muestra de sincero arrepentimiento, muriendo en la paz del Señor y asistido por los sacramentos em Santarem, el 6 de enero de 1325. Habiendo enviudado, Santa Isabel hizo entonces una peregrinación a Santiago de Compostela, en donde decidió retirarse al convento de Clarisas Pobres que había fundado en Coimbra, aunque su confesor la disuadió de ello, por lo que la santa terminó por profesar en la Tercera Orden de San Francisco. Pasó sus últimos años santamente en una casa que había mandado construir cerca del convento que había fundado. La causa de la paz, por la que había trabajado toda su vida, fue también la ocasión de su muerte. En efecto, la santa murió el 4 de julio de 1336 en Estremoz, a donde había ido en una misión de reconciliación, a pesar de su edad y del insoportable calor. Fue sepultada en la iglesia del monasterio de las Clarisas Pobres de Coimbra. Dios bendijo su sepulcro con varios milagros. La canonización tuvo lugar en 1626.

Mensaje de santidad.

Siendo reina de Portugal, Santa Isabel no solo no hizo nunca ostentación de esta condición, valiéndose de la misma para su propio provecho, sino que, por el contrario, se humilló a sí misma y, sin renunciar a sus riquezas y posesiones –sí lo hizo al final de su vida, cuando entró como religiosa en la Orden de las Clarisas de Estremoz, Portugal-, las administró todas en beneficio de los más necesitados, realizando así innumerables obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Al humillarse en su condición de reina y al consagrarse al servicio de Dios, imitó así a la Virgen, la cual, siendo Reina de cielos y tierra, se humilló a sí misma ante el anuncia del Ángel, llamándose “esclava del Señor” y consagrando toda su vida al servicio de Dios Hijo encarnado.
Además de las obras de caridad, Santa Isabel de Portugal se caracterizó por el don concedido por Dios, de llevar la paz de Cristo a los corazones que estaban enfrentados, consiguiendo que reyes enfrentados hiciesen las paces, haciéndose así merecedora de una de las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). Como vimos, fue por la causa de la paz de Cristo por la que murió, ya que falleció cuando se esforzaba por conseguir la reconciliación entre un hijo y un nieto suyos que estaban enfrentados.
En estos tiempos en los que vivimos, en los que predominan los criterios mundanos en vez de los Mandamientos de Dios, y en los que el hombre se postra ante ídolos como el dinero y el poder, y por los cuales comete los más grandes crímenes contra sus hermanos, el ejemplo de caridad cristiana, abnegación, humillación y don de pacificación de Santa Isabel de Portugal son más válidos y actuales que nunca antes.




lunes, 4 de julio de 2016

Santa Isabel de Portugal


         Vida de Santa Isabel de Portugal.

Santa Isabel nació en el año 1271 de cuna noble, pues era hija del rey Pedro III de Aragón[1]. En el bautismo recibió el nombre de Isabel en honor de su tía abuela, santa Isabel de Hungría. Entre otras cosas, se caracterizó por pacificar a quienes estaban enemistados entre sí, y esto se demostró ya desde su mismo nacimiento, puesto que, gracias a su nacimiento, se reconciliaron su abuelo, el rey Jaime, y su padre. Ya desde muy niña, demostró una gran inclinación a la piedad y a la bondad.
Unida en matrimonio a muy escasa edad, su esposo sin embargo se mostró comprensivo y tolerante y le permitió practicar libremente sus devociones: Isabel se levantaba muy temprano para reza r maitines y laudes antes de la Santa Misa y por la tarde, luego de realizar sus deberes domésticos y públicos, rezaba la hora de vísperas. Todo lo soportaba con gran paciencia, siendo además su modestia, su humildad, su caridad y su austeridad, por todos admirada.
Santa Isabel era princesa y luego se convirtió en reina; sin embargo, nunca se sintió atraída por la vida fastuosa de la corte y nunca demostró, hacia quienes no eran nobles como ella, ningún signo de desconsideración. Por el contrario, se comportó para con los más pobres, enfermos y necesitados, como una misericordiosa samaritana que los socorría con literalmente todos sus recursos materiales y con su misma persona, encargándose ella misma de buscar y socorrer a los más necesitados. En efecto, gastó toda su fortuna personal para fundar instituciones de caridad en diversos sitios del reino, como por ejemplo, un hospital en Coimbra, una casa para mujeres necesitadas en Torres Novas y un hospicio para niños abandonados. A pesar de todas esas actividades, Isabel no descuidaba sus deberes de estado, sobre todo el respeto, amor y obediencia que debía a su marido, al cual nunca desatendió y a quien siempre amó, a pesar de sus numerosas infidelidades, abandonos y faltas al amor esponsal, siendo su bondad tan grande, que cuidaba cariñosamente a los hijos naturales –extramatrimoniales- de su marido. Precisamente, por esta causa, es decir, por la mayor preferencia que su esposo infiel daba a sus hijos naturales, es que su hijo mayor, Alfonso –Santa Isabel tuvo además una hija, llamada Constanza-, se levantó en armas por dos veces contra su padre y en ambas, la reina consiguió restablecer la concordia. Con sus dotes de pacificadora, Santa Isabel logró también logró evitar la guerra entre Fernando IV de Castilla y su primo, y entre el mismo príncipe y Jaime II de Aragón. Y al igual que Nuestro Señor Jesucristo, que fue calumniado y desterrado de su propia ciudad, Jerusalén, Santa Isabel compartió esta porción de la Pasión del Señor, porque a causa de las malas lenguas que esparcieron el rumor de que la santa apoyaba en secreto la causa de su hijo, el rey, su esposo, la desterró algún tiempo de la corte, regresando luego de haberse comprobado que todo eran calumnias.

         Mensaje de santidad de Santa Isabel de Portugal.

Con su vida de oración, penitencia, austeridad, pobreza voluntaria, por medio de los cuales renunciaba voluntariamente a los fastos y a la riqueza que por su noble nacimiento le correspondían, y por su caridad sobrenatural que la llevaba a pacificar, con la paz de Cristo, a los que estaban enemistados entre sí, Santa Isabel de Portugal demostró que, a pesar de haber nacido como princesa y ser luego reina, prefería otro tipo de nobleza, la nobleza que concede la gracia de Jesucristo y que hace que el alma sea hija adoptiva de Dios, Rey del cielo, y que la convierte en heredera del Reino de los cielos. Más que el reino terreno y sus atractivos mundanos, Santa Isabel vivió en este mundo, pero pensando y anhelando siempre el Reino celestial, en donde ahora vive por la eternidad como bienaventurada. Con su vida de santidad, Santa Isabel de Portugal nos enseña a elevar nuestra mirada más allá de este mundo que pasa, para desear y trabajar activamente, con la caridad y la misericordia, para lograr una de las habitaciones reales del palacio celestial que Dios Padre tiene destinada para cada uno de nosotros, conforme a las palabras de Nuestro Señor Jesucristo: “En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar (Jn 14, 2)”.



[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20160704&id=12413&fd=0