San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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jueves, 13 de junio de 2024

San Antonio de Padua, presbítero y Doctor de la Iglesia

 


San Antonio de Padua, presbítero y Doctor de la Iglesia, en uno de sus sermones, habla acerca del “don de lenguas”[1]. Ahora bien, contrariamente a lo que se pueda pensar en primera instancia, cuando San Antonio habla de “don de lenguas”, no se refiere a hablar en un lenguaje incomprensible para los demás o para uno mismo; no se refiere a hablar en un idioma del cual uno nunca ha hablado y que por inspiración del Espíritu Santo ahora lo está hablando. San Antonio de Padua, cuando habla de “don de lenguas”, habla de otra cosa muy distinta, habla de las obras de misericordia, que deben acompañar a la prédica de la Palabra de Dios, de manera tal que para el santo la Palabra de Dios tiene fuerza cuando va acompañada de las obras de misericordia[2].

Dice así San Antonio de Padua: “El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas. Estas diversas lenguas son los diversos testimonios que da de Cristo, como por ejemplo la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia, que son las palabras con que hablamos cuando los demás pueden verlas reflejadas en nuestra conducta. La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras, y por esto el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto, sino hojas tan sólo”. Entonces, para San Antonio, el que obra obras buenas -humildad, pobreza, paciencia, obediencia- son “palabras” dictadas por el Espíritu Santo, con las cuales el alma “habla” a los demás a través de su conducta, a través de su obrar; muchas veces, dice el santo, hablamos mucho, de Dios, del Evangelio, de la Iglesia, pero estamos vacíos de obras buenas y esto es causa de maldición divina, así como Jesús maldijo a la higuera, llena de hojas pero sin frutos. El cristiano que habla mucho pero no tiene obras es como esa higuera, frondosa pero sin frutos. Luego San Antonio cita a San Gregorio: “La norma del predicador -dice san Gregorio- es poner por obra lo que predica”. Y luego continúa: “En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana el que la contradice con sus obras. Pero los apóstoles hablaban según les hacía expresarse el Espíritu Santo. ¡Dichoso el que habla según le hace expresarse el Espíritu Santo y no según su propio sentir! Porque hay algunos que hablan movidos por su propio espíritu, roban las palabras de los demás y las proponen como suyas, atribuyéndolas a sí mismos. De estos tales y de otros semejantes dice el Señor por boca de Jeremías: Aquí estoy yo contra los profetas que se roban mis palabras uno a otro. Aquí estoy yo contra los profetas -oráculo del Señor- que manejan la lengua para echar oráculos. Aquí estoy yo contra los profetas de sueños falsos -oráculo del Señor-, que los cuentan para extraviar a mi pueblo, con sus embustes y jactancias. Yo no los mandé ni los envié, por eso son inútiles a mi pueblo -oráculo del Señor”-. San Antonio hace una comparación entre los Apóstoles, que hablaban -es decir, hacían obras buenas, obras de misericordia- según les dictaba el Espíritu Santo, y muchos cristianos, entre los que debemos procurar no contarnos nosotros, que hablan -hacen obras- no según el Espíritu Santo, sino según su propia vanagloria, o peor aún, “roban las obras de los demás” y se las atribuyen a sí mismos; contra estos tales advierte el Señor por medio del profeta Jeremías, porque de Dios nadie se burla.

Por último, finaliza San Antonio de Padua animándonos a dejarnos guiar por el Espíritu Santo, para que hablemos -es decir, hagamos obras- según el querer de Dios y no según nuestro propio querer, para que actuemos movidos por su gracia y no por nuestra propia voluntad, para que el Espíritu Santo nos conceda el don de la contrición, del arrepentimiento perfecto de nuestros pecados, de manera tal que, hablando con las obras dictadas por el Espíritu Santo aquí en la tierra, seamos considerados dignos de contemplar a la Trinidad y al Cordero en los cielos por toda la eternidad. Dice así el santo: “Hablemos, pues, según nos haga expresarnos el Espíritu Santo, pidiéndole con humildad y devoción que infunda en nosotros su gracia, para que completemos el significado quincuagenario del día de Pentecostés, mediante el perfeccionamiento de nuestros cinco sentidos y la observancia de los diez mandamientos, y para que nos llenemos de la ráfaga de viento de la contrición, de manera que, encendidos e iluminados por los sagrados esplendores, podamos llegar a la contemplación del Dios Uno y Trino”.



[1] Cfr. De los Sermones de san Antonio de Padua, presbítero
(I, 226).


miércoles, 27 de septiembre de 2023

San Vicente de Paúl

 



Vida de santidad.[1]

         Nació San Vicente en el pueblecito de Pouy en Francia, en 1580. Su niñez la pasó en el campo, ayudando a sus padres en el pastoreo de las ovejas. Desde muy pequeño era sumamente generoso en ayudar a los pobres.
Los papás lo enviaron a estudiar con los padres franciscanos y luego en la Universidad de Toulouse, y a los 20 años, en 1600 fue ordenado de sacerdote. Dice el santo que al principio de su sacerdocio lo único que le interesaba era hacer una carrera brillante, pero Dios lo purificó con tres sufrimientos muy fuertes. 1º. El Cautiverio. Viajando por el mar, cayó en manos de unos piratas turcos los cuales lo llevaron como esclavo a Túnez donde estuvo los años 1605, 1606 y 1607 en continuos sufrimientos. 2º. Logró huir del cautiverio y llegar a Francia, y allí se hospedó en casa de un amigo, pero a este se le perdieron 400 monedas de plata y le echó la culpa a Vicente y por meses estuvo acusándolo de ladrón ante todos los que encontraba. El santo se callaba y solamente respondía: “Dios sabe que yo no fui el que robó ese dinero”. A los seis meses apareció el verdadero ladrón y se supo toda la verdad. San Vicente al narrar más tarde este caso a sus discípulos les decía: “Es muy provechoso tener paciencia y saber callar y dejar a Dios que tome nuestra defensa”. 3º. La tercera prueba fue una terrible tentación contra la fe, que aceptó para lograr que Dios librara de esa tentación a un amigo suyo. Esto lo hizo sufrir hasta lo indecible y fue para su alma “la noche oscura”. A los 30 años escribe a su madre contándole que amargado por los desengaños humanos piensa pasar el resto de su vida retirado en una humilde ermita. A los pies de un crucifijo, consagra su vida totalmente mediante voto a la caridad para con los necesitados, y es entonces cuando empieza su verdadera historia gloriosa.

Dice el santo: “Me di cuenta de que yo tenía un temperamento bilioso y amargo y me convencí de que con un modo de ser áspero y duro se hace más mal que bien en el trabajo de las almas. Y entonces me propuse pedir a Dios que me cambiara mi modo agrio de comportarme, en un modo amable y bondadoso y me propuse trabajar día tras día por transformar mi carácter áspero en un modo de ser agradable”. San Vicente contaba a sus discípulos: “Tres veces hablé cuando estaba de mal genio y con ira, y las tres veces dije barbaridades”. Por eso cuando le ofendían permanecía siempre callado, en silencio como Jesús en su santísima Pasión. Se propuso leer los escritos del amable San Francisco de Sales y estos le hicieron mucho bien y lo volvieron manso y humilde de corazón. Con este santo fueron muy buenos amigos.
Vicente se hace amigo del ministro de la marina de Francia, y este lo nombra capellán de los marineros y de los prisioneros que trabajan en los barcos, logrando suavizar un poco la penosa condición a la que estaban reducidos los hombres obligados a remar. Un ministro lo nombró capellán de las grandes regiones donde tenía sus haciendas y allí el santo descubrió con horror que los campesinos ignoraban totalmente la religión, que las pocas confesiones que hacía eran sacrílegas porque callaban casi todo y que no tenían quién les instruyera. Se consiguió un grupo de sacerdotes amigos, y empezó a predicar misiones por esos pueblos, consiguiendo un gran éxito evangelizador, ya que las gentes acudían por centenares y miles a escuchar los sermones y se confesaban y enmendaban su vida.

Fue entonces cuando tuvo la inspiración de fundar su Comunidad de Padres Vicentinos, que se dedican a instruir y ayudar a las gentes más necesitadas. El santo fundaba en todas partes a donde llegaba, unos grupos de caridad para ayudar e instruir a las gentes más pobres. Pero se dio cuenta de que para dirigir estas obras necesitaba unas religiosas que le ayudaran. Y habiendo encontrado una mujer especialmente bien dotada de cualidades para estas obras de caridad, Santa Luisa de Marillac, con ella fundó a las hermanas Vicentinas, quienes se dedican a socorrer e instruir a las gentes más pobres y abandonadas, según el espíritu de su fundador.

San Vicente poseía una gran cualidad para lograr que la gente rica le diera limosnas para los pobres. Reunía a las señoras más adineradas de París y les hablaba con tanta convicción acerca de la necesidad de ayudar a quienes estaban en la miseria, que ellas daban cuanto dinero encontraban a la mano. La reina (que se confesaba con él) le dijo un día: “No me queda más dinero para darle”, y el santo le respondió: “¿Y esas joyas que lleva en los dedos y en el cuello y en las orejas?”, y ella le regaló también sus joyas, para los pobres.

Parece casi imposible que un solo hombre haya podido repartir tantas, y tan grandes limosnas, en tantos sitios, y a tan diversas clases de gentes necesitadas, como lo logró San Vicente de Paúl. Había hecho juramento de dedicar toda su vida a los más miserables y lo fue cumpliendo día por día con generosidad heroica. Fundó varios hospitales y asilos para huérfanos, recogía grandes cantidades de dinero y lo llevaba a los que habían quedado en la miseria a causa de la guerra.

También se dio cuenta de que la causa principal del decaimiento de la religión en Francia era que los sacerdotes no estaban bien formados. Él decía que el mayor regalo que Dios puede hacer a un pueblo es dale un sacerdote santo. Por eso empezó a reunir a quienes se preparaban al sacerdocio, para hacerles cursos especiales, y a los que ya eran sacerdotes, los reunía cada martes para darles conferencias acerca de los deberes del sacerdocio. Luego con los religiosos fundados por él, fue organizando seminarios para preparar cuidadosamente a los seminaristas de manera que llegaran a ser sacerdotes santos y fervorosos. Aún ahora los Padres Vicentinos se dedican en muchos países del mundo a preparar en los seminarios a los que se preparan para el sacerdocio.

San Vicente caminaba muy agachadito y un día por la calle no vio a un hombre que venía en dirección contraria y le dio un cabezazo. El otro le dio un terrible bofetón. El santo se arrodilló y le pidió perdón por aquella su falta involuntaria. El agresor averiguó quien era ese sacerdote y al día siguiente por la mañana estuvo en la capilla donde le santo celebraba misa y le pidió perdón llorando, y en adelante fue siempre su gran amigo. Se ganó esta amistad con su humildad y paciencia. Siempre vestía muy pobremente, y cuando le querían tributar honores, exclamaba: “Yo soy un pobre pastorcito de ovejas, que dejé el campo para venirme a la ciudad, pero sigo siendo siempre un campesino simplón y ordinario”.

En sus últimos años su salud estaba muy deteriorada, pero no por eso dejaba de inventar y dirigir nuevas y numerosas obras de caridad. Lo que más le conmovía era que la gente no amaba a Dios. Exclamaba: “No es suficiente que yo ame a Dios. Es necesario hacer que mis prójimos lo amen también”. El 27 de septiembre de 1660 pasó a la eternidad a recibir el premio prometido por Dios a quienes se dedican a amar y hacer el bien a los demás. Tenía 80 años. El Santo Padre León XIII proclamó a este sencillo campesino como Patrono de todas las asociaciones católicas de caridad.

Mensaje de santidad.

Un primer mensaje de santidad que nos deja San Vicente de Paúl es darnos cuenta de que en la Iglesia no debemos buscar el aplauso de los hombres, sino la imitación de Cristo y es por eso que trabajó espiritualmente consigo mismo para conseguir, con ayuda de la gracia, como él mismo lo dice, que su corazón duro y agrio se convirtiera en un corazón manso y humilde como el de Jesús; otro mensaje de santidad es su trabajo para con los pobres, ya que Él recordaba el pasaje de Jesús en el Día del Juicio Final, en donde dirá a los que se salven, porque hicieron obras de misericordia: “Venid, benditos de mi Padre, al cielo, porque tuve hambre y me disteis de comer, sed y me disteis de beber (…) Todo lo que hicisteis con esos pobres prójimos, Conmigo lo hicisteis”, así el santo nos anima a auxiliar a los más necesitados, con las obras de misericordia corporales y espirituales, para auxiliar a Cristo que está misteriosamente presente en los más pobres y necesitados, para así ganar el Cielo.

Otro mensaje de santidad es que el santo no se contentaba con el auxilio material a los pobres, sino que los instruía en la verdadera religión, la religión católica, y para eso forma sacerdotes y religiosas, para que los asistan material y espiritualmente. De esta manera el santo nos enseña cómo debemos despojarnos no solo de los bienes materiales, en auxilio de los pobres, sino de nosotros mismos, para así imitar a los Sagrados Corazones de Jesús y María.

Al recordar a San Vicente de Paúl en su día, le pidamos que interceda por nosotros, para que, siguiendo sus enseñanzas, logremos imitar la mansedumbre del Sagrado Corazón de Jesús y, haciendo obras de misericordia corporales y espirituales, logremos alcanzar el Reino de los cielos.

viernes, 6 de noviembre de 2020

San Martín de Tours

 



         Vida de santidad[1].

         San Martín nació en Panonia, Hungría, el 316. Sus padres, que eran paganos, lo obligan a ingresar en el ejército, para alejarlo del cristianismo. Sin embargo, fue en el mismo ejército en donde San Martín se convirtió del paganismo al cristianismo. En efecto, siendo militar, sucedió un hecho en la vida de San Martín de Tours, que lo condujo directamente a la conversión. Sucedió que un día de invierno, al entrar en la localidad de Amiens, el santo encontró un mendigo, prácticamente sin ropas y casi en estado de congelación. Al verlo en ese estado, San Martín de Tours descendió de su caballo, se quitó la capa, la partió en dos mitades con su espada y le dio una mitad al pobre, para que así pudiera abrigarse. Esa misma noche tuvo una visión en la que veía a Cristo con su media capa puesta, que decía a los ángeles: “¡Miren, este es el manto que me dio Martín el catecúmeno!”.

Pronto recibe el bautismo y dos años después, deja la milicia para seguir a Cristo. San Hilario de Poitiers le instruyó en teología, filosofía, Biblia y Santos Padres, con vistas a ordenarle de diácono y luego presbítero. Regresa a Poitiers y funda el monasterio de Ligugé, en donde pasa once años. En el año 371 fue nombrado obispo de Tours, emprendiendo una misión apostólica por toda Francia durante treinta y cinco años, realizando esta labor con tal fidelidad a la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo, que es por esto llamado en adelante “el apóstol de las Galias”. Entre sus obras, además de enfrentarse a emperadores, llamándolos a la conversión del paganismo al cristianismo, se encuentra su defensa de los más débiles y la realización de innumerables milagros. La intensidad de sus viajes apostólicos y la realización incansable de obras de caridad, terminaron por agotar sus fuerzas físicas, al punto que llegó un momento en que sentía que ya estaba por morir. Sus discípulos le piden que no les deje huérfanos, a lo que Martín contestó: “Señor, si aún soy necesario, no rehúso el trabajo. Sólo quiero tu voluntad”. Aún así, la muerte –y el ingreso en el Cielo- se acercaba inexorablemente. Estando en su lecho de muerte, los discípulos querían colocarlo en una posición más cómoda, pero San Martín les dijo, mirando al Cielo: “Déjenme así, para dirigir mi alma en dirección hacia Dios”. En su agonía, el demonio se hizo presente, por lo que San Martín exclamó: “¿Qué haces ahí, bestia sanguinaria? No hay nada en mí que te pertenezca, maldito. El seno de Abrahán me espera”. E inmediatamente entregó su alma a Dios. Era el 8 de noviembre del año 397.

         Mensaje de santidad

        San Martín fue un asceta, un apóstol, un hombre de oración, muy influyente en toda la espiritualidad medieval y su faceta principal fue la caridad. El gesto de Amiens, dar media capa, fue superado cuando, siendo obispo, entregó su túnica entera a un mendigo, aunque éste es un hecho menos conocido. Sus mismos milagros, como los de Cristo, fueron milagros de caridad. Como Nuestro Señor Jesucristo, “Pasó haciendo el bien”. Cuando le preguntaban qué profesiones había ejercido, respondía: “Fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y para salvar mi alma”. Por eso hay quien resume la vida de Martín así: “Soldado por fuera, obispo a la fuerza, monje por gusto”. Podemos decir que en algo estamos en grado de imitar al santo, ya que somos soldados de Cristo por la Confirmación y podemos ser, sino monjes ni obispos, al menos “contemplativos en la acción”, haciendo Adoración Eucarística en medio de nuestras ocupaciones cotidianas; también podemos –y debemos- imitar al santo en su caridad: muy probablemente no se nos aparezca Jesús como mendigo que pasa frío, pero sabemos por la fe que Jesús está, de modo misterioso pero real, en cada mendigo que pasa frío y hambre, en cada prójimo que tiene necesidad de ayuda material y espiritual. Obrar las obras de misericordia, espirituales y corporales, será el mejor modo de imitar a San Martín de Tours y de rendirle homenaje, como santo de Cristo.

martes, 26 de mayo de 2015

San Felipe Neri y la fuente de su alegría


         Algo que caracterizaba a San Felipe Neri era su permanente alegría y buen humor. ¿De dónde provenían esta alegría y este buen humor? Visto mundanamente, San Felipe Neri no tenía motivos para estar alegre ni para tener buen humor: desde muy joven, renunció no solo a toda riqueza terrena sino a todo proyecto de construir humanamente una riqueza terrena[1]. Luego de su conversión, a los 17 años, partió hacia Roma, para ingresar en la vida religiosa, y desde allí, hasta su muerte, vivió como religioso, observando fielmente los votos de pobreza, castidad y obediencia. No tenía riquezas materiales, no estaba dominado por la concupiscencia de la carne, había renunciado libremente a hacer su propia voluntad, por el voto de obediencia: visto mundanamente, San Felipe no tenía motivos ni para ser feliz ni para estar alegre, y sin embargo, como decimos al principio, lo que caracterizó su vida fueron, precisamente, la felicidad, la alegría y el buen humor.
         ¿Cómo se puede explicar esta aparente contradicción?
La explicación de la felicidad, la alegría y el buen humor de San Felipe Neri, se encuentran en su amor a Jesús y en la certeza de saber que esta vida habría de terminar más bien pronto –aun cuando falleció a los ochenta años- y que luego le esperaba una eternidad de gozos, de alegría, de dicha inconcebible, en compañía de Jesús.
Pero además, y esto es lo más importante en su vida de santidad, San Felipe sabía que Jesús se encontraba misteriosamente en el prójimo más necesitado, y es así que se dedicó por completo a las obras de misericordia. Es por esto que caeríamos en un error si dijéramos que la fuente de la felicidad de San Felipe Neri eran solo los éxtasis místicos: más que estos, encontraba su felicidad en dedicar el día entero a las obras de misericordia corporales y espirituales: corporales, porque visitaba enfermos de toda clase; espirituales, porque buscaba permanentemente la conversión de las personas, y se dedicó con tanta pasión a esta tarea de misericordia, que se lo llamó “el Apóstol de Roma”. Para dar impulso a unas y otras obras de caridad, fundó la Cofradía de la Santísima Trinidad, conocida como la cofradía de los pobres, que se encargaba de socorrer a los peregrinos necesitados. Por medio de esa cofradía San Felipe difundió la devoción de las cuarenta horas (adoración Eucarística), además de fundar el célebre hospital de Santa Trinitá dei Pellegrini[2]. Fundó también la Congregación del Oratorio (los oratorianos), regidos por una constitución muy sencilla escrita por el mismo santo.
San Felipe Neri conocía el Amor de Dios, que es fuente de felicidad y de alegría inagotables, que se manifiesta en la caridad y en la misericordia hacia el prójimo más necesitado. Pero otra forma de expresarse el Amor de Dios –mucho menos frecuentes y reservada solo a los grandes santos- es a través de las experiencias místicas, las cuales eran habituales en él. En su biografía, pueden leerse algunas de estas: “Felipe consagraba el día entero al apostolado; pero al atardecer, se retiraba a la soledad para entrar en profunda oración y, con frecuencia, pasaba la noche en el pórtico de alguna iglesia, o en las catacumbas de San Sebastián, junto a la Via Appia. Se hallaba ahí, precisamente, la víspera se Pentecostés de 1544, pidiendo los dones del Espíritu Santo, cuando vio venir del cielo un globo de fuego que penetró en su boca y se dilató en su pecho. El santo se sintió poseído por un amor de Dios tan enorme, que parecía ahogarle; cayó al suelo, corno derribado y exclamó con acento de dolor: ‘¡Basta, Señor, basta! ¡No puedo soportarlo más!’. Cuando recuperó plenamente la conciencia, descubrió que su pecho estaba hinchado, teniendo un bulto del tamaño de un puño; pero jamás le causó dolor alguno. A partir de entonces, San Felipe experimentaba tales accesos de amor de Dios, que todo su cuerpo se estremecía. A menudo tenía que descubrirse el pecho para aliviar un poco el ardor que lo consumía; y rogaba a Dios que mitigase sus consuelos para no morir de gozo. Tan fuertes era las palpitaciones de su corazón que otros podían oírlas y sentir sus palpitaciones, especialmente años más tarde, cuando como sacerdote, celebraba la Santa Misa, confesaba o predicaba. Había también un resplandor celestial que desde su corazón emanaba calor. Tras su muerte, la autopsia del cadáver del santo reveló que tenía dos costillas rotas y que éstas se habían arqueado para dejar más sitio al corazón”[3]. De esta forma, Dios le había respondido a una oración que con frecuencia hacía San Felipe: “¿Oh Señor que eres tan adorable y me has mandado a amarte, por qué me diste tan solo un corazón y este tan pequeño?”. Es decir, Dios le dilató el corazón, para que tuviera más capacidad para “almacenar” el Amor de Dios.
También en las Misas eran frecuentes los arrebatos místicos: “Como frecuentemente era arrebatado en éxtasis durante la misa, los asistentes acabaron por tomar la costumbre de retirarse al “Agnus Dei”. El acólito hacía lo mismo. Después de apagar los cirios, encender una lamparilla y colgar de la puerta un letrero para anunciar que San Felipe estaba celebrando todavía; dos horas después volvía el acólito, encendía de nuevo los cirios y la misa continuaba”[4].
Como vemos, San Felipe Neri había experimentado el Amor de Dios, por medio de las obras de misericordia, pero también a través de numerosos éxtasis místicos, en los cuales el alma se sumerge y se deleita de tal manera en el Amor de Dios, que ya nada más quiere saber en esta vida y nada quiere entender ni amar que no sea ir a la otra vida para gozar del Amor de Dios para siempre –es lo que decía Santa Teresa de Ávila: “Tan alta vida espero, que muero porque no muero”-, y por lo  tanto sabía que, manteniéndose fiel en el Amor a Jesús y a su gracia, una vez traspasado el umbral de la muerte terrena, comenzaría a vivir la Vida eterna, plena de Amor divino, fuente inagotable de dicha, de consuelo, de luz, de paz, y ese pensamiento era lo que lo mantenía permanentemente alegre y de buen humor, y era la fuente de su permanente felicidad. No es casualidad que su médico de cabecera declarara que el día que “más alegre lo vio”[5], fuera el día de su muerte, y esto es coherente con lo que decimos, pues San Felipe Neri había recibido un anuncio del cielo, por medio del cual sabía que ese día moriría y que por lo tanto, comenzaría inmediatamente a gozar de la visión de su amado Jesús.
Con toda seguridad, no tendremos los éxtasis místicos que tenía San Felipe Neri, y estos no dependen de nosotros, pero como hemos visto, estos no eran la única ni la principal causa de su felicidad, sino que esta radicaba en su incansable dedicación al prójimo por medio de las obras de misericordia, y esto sí depende de nosotros. Al conmemorar a San Felipe, le rogamos que interceda para que también nosotros encontremos la felicidad, la alegría y el buen humor, que se derivan de olvidarnos de nosotros mismos, para dedicarnos a las necesidades espirituales y materiales de nuestros prójimos, para que, también al igual que San Felipe, vivamos una eternidad de alegría y gozo, en la contemplación de Jesús, el Hombre-Dios, en el Reino de los cielos.




[1] http://www.corazones.org/santos/felipe_neri.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.