San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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miércoles, 27 de septiembre de 2023

San Vicente de Paúl

 



Vida de santidad.[1]

         Nació San Vicente en el pueblecito de Pouy en Francia, en 1580. Su niñez la pasó en el campo, ayudando a sus padres en el pastoreo de las ovejas. Desde muy pequeño era sumamente generoso en ayudar a los pobres.
Los papás lo enviaron a estudiar con los padres franciscanos y luego en la Universidad de Toulouse, y a los 20 años, en 1600 fue ordenado de sacerdote. Dice el santo que al principio de su sacerdocio lo único que le interesaba era hacer una carrera brillante, pero Dios lo purificó con tres sufrimientos muy fuertes. 1º. El Cautiverio. Viajando por el mar, cayó en manos de unos piratas turcos los cuales lo llevaron como esclavo a Túnez donde estuvo los años 1605, 1606 y 1607 en continuos sufrimientos. 2º. Logró huir del cautiverio y llegar a Francia, y allí se hospedó en casa de un amigo, pero a este se le perdieron 400 monedas de plata y le echó la culpa a Vicente y por meses estuvo acusándolo de ladrón ante todos los que encontraba. El santo se callaba y solamente respondía: “Dios sabe que yo no fui el que robó ese dinero”. A los seis meses apareció el verdadero ladrón y se supo toda la verdad. San Vicente al narrar más tarde este caso a sus discípulos les decía: “Es muy provechoso tener paciencia y saber callar y dejar a Dios que tome nuestra defensa”. 3º. La tercera prueba fue una terrible tentación contra la fe, que aceptó para lograr que Dios librara de esa tentación a un amigo suyo. Esto lo hizo sufrir hasta lo indecible y fue para su alma “la noche oscura”. A los 30 años escribe a su madre contándole que amargado por los desengaños humanos piensa pasar el resto de su vida retirado en una humilde ermita. A los pies de un crucifijo, consagra su vida totalmente mediante voto a la caridad para con los necesitados, y es entonces cuando empieza su verdadera historia gloriosa.

Dice el santo: “Me di cuenta de que yo tenía un temperamento bilioso y amargo y me convencí de que con un modo de ser áspero y duro se hace más mal que bien en el trabajo de las almas. Y entonces me propuse pedir a Dios que me cambiara mi modo agrio de comportarme, en un modo amable y bondadoso y me propuse trabajar día tras día por transformar mi carácter áspero en un modo de ser agradable”. San Vicente contaba a sus discípulos: “Tres veces hablé cuando estaba de mal genio y con ira, y las tres veces dije barbaridades”. Por eso cuando le ofendían permanecía siempre callado, en silencio como Jesús en su santísima Pasión. Se propuso leer los escritos del amable San Francisco de Sales y estos le hicieron mucho bien y lo volvieron manso y humilde de corazón. Con este santo fueron muy buenos amigos.
Vicente se hace amigo del ministro de la marina de Francia, y este lo nombra capellán de los marineros y de los prisioneros que trabajan en los barcos, logrando suavizar un poco la penosa condición a la que estaban reducidos los hombres obligados a remar. Un ministro lo nombró capellán de las grandes regiones donde tenía sus haciendas y allí el santo descubrió con horror que los campesinos ignoraban totalmente la religión, que las pocas confesiones que hacía eran sacrílegas porque callaban casi todo y que no tenían quién les instruyera. Se consiguió un grupo de sacerdotes amigos, y empezó a predicar misiones por esos pueblos, consiguiendo un gran éxito evangelizador, ya que las gentes acudían por centenares y miles a escuchar los sermones y se confesaban y enmendaban su vida.

Fue entonces cuando tuvo la inspiración de fundar su Comunidad de Padres Vicentinos, que se dedican a instruir y ayudar a las gentes más necesitadas. El santo fundaba en todas partes a donde llegaba, unos grupos de caridad para ayudar e instruir a las gentes más pobres. Pero se dio cuenta de que para dirigir estas obras necesitaba unas religiosas que le ayudaran. Y habiendo encontrado una mujer especialmente bien dotada de cualidades para estas obras de caridad, Santa Luisa de Marillac, con ella fundó a las hermanas Vicentinas, quienes se dedican a socorrer e instruir a las gentes más pobres y abandonadas, según el espíritu de su fundador.

San Vicente poseía una gran cualidad para lograr que la gente rica le diera limosnas para los pobres. Reunía a las señoras más adineradas de París y les hablaba con tanta convicción acerca de la necesidad de ayudar a quienes estaban en la miseria, que ellas daban cuanto dinero encontraban a la mano. La reina (que se confesaba con él) le dijo un día: “No me queda más dinero para darle”, y el santo le respondió: “¿Y esas joyas que lleva en los dedos y en el cuello y en las orejas?”, y ella le regaló también sus joyas, para los pobres.

Parece casi imposible que un solo hombre haya podido repartir tantas, y tan grandes limosnas, en tantos sitios, y a tan diversas clases de gentes necesitadas, como lo logró San Vicente de Paúl. Había hecho juramento de dedicar toda su vida a los más miserables y lo fue cumpliendo día por día con generosidad heroica. Fundó varios hospitales y asilos para huérfanos, recogía grandes cantidades de dinero y lo llevaba a los que habían quedado en la miseria a causa de la guerra.

También se dio cuenta de que la causa principal del decaimiento de la religión en Francia era que los sacerdotes no estaban bien formados. Él decía que el mayor regalo que Dios puede hacer a un pueblo es dale un sacerdote santo. Por eso empezó a reunir a quienes se preparaban al sacerdocio, para hacerles cursos especiales, y a los que ya eran sacerdotes, los reunía cada martes para darles conferencias acerca de los deberes del sacerdocio. Luego con los religiosos fundados por él, fue organizando seminarios para preparar cuidadosamente a los seminaristas de manera que llegaran a ser sacerdotes santos y fervorosos. Aún ahora los Padres Vicentinos se dedican en muchos países del mundo a preparar en los seminarios a los que se preparan para el sacerdocio.

San Vicente caminaba muy agachadito y un día por la calle no vio a un hombre que venía en dirección contraria y le dio un cabezazo. El otro le dio un terrible bofetón. El santo se arrodilló y le pidió perdón por aquella su falta involuntaria. El agresor averiguó quien era ese sacerdote y al día siguiente por la mañana estuvo en la capilla donde le santo celebraba misa y le pidió perdón llorando, y en adelante fue siempre su gran amigo. Se ganó esta amistad con su humildad y paciencia. Siempre vestía muy pobremente, y cuando le querían tributar honores, exclamaba: “Yo soy un pobre pastorcito de ovejas, que dejé el campo para venirme a la ciudad, pero sigo siendo siempre un campesino simplón y ordinario”.

En sus últimos años su salud estaba muy deteriorada, pero no por eso dejaba de inventar y dirigir nuevas y numerosas obras de caridad. Lo que más le conmovía era que la gente no amaba a Dios. Exclamaba: “No es suficiente que yo ame a Dios. Es necesario hacer que mis prójimos lo amen también”. El 27 de septiembre de 1660 pasó a la eternidad a recibir el premio prometido por Dios a quienes se dedican a amar y hacer el bien a los demás. Tenía 80 años. El Santo Padre León XIII proclamó a este sencillo campesino como Patrono de todas las asociaciones católicas de caridad.

Mensaje de santidad.

Un primer mensaje de santidad que nos deja San Vicente de Paúl es darnos cuenta de que en la Iglesia no debemos buscar el aplauso de los hombres, sino la imitación de Cristo y es por eso que trabajó espiritualmente consigo mismo para conseguir, con ayuda de la gracia, como él mismo lo dice, que su corazón duro y agrio se convirtiera en un corazón manso y humilde como el de Jesús; otro mensaje de santidad es su trabajo para con los pobres, ya que Él recordaba el pasaje de Jesús en el Día del Juicio Final, en donde dirá a los que se salven, porque hicieron obras de misericordia: “Venid, benditos de mi Padre, al cielo, porque tuve hambre y me disteis de comer, sed y me disteis de beber (…) Todo lo que hicisteis con esos pobres prójimos, Conmigo lo hicisteis”, así el santo nos anima a auxiliar a los más necesitados, con las obras de misericordia corporales y espirituales, para auxiliar a Cristo que está misteriosamente presente en los más pobres y necesitados, para así ganar el Cielo.

Otro mensaje de santidad es que el santo no se contentaba con el auxilio material a los pobres, sino que los instruía en la verdadera religión, la religión católica, y para eso forma sacerdotes y religiosas, para que los asistan material y espiritualmente. De esta manera el santo nos enseña cómo debemos despojarnos no solo de los bienes materiales, en auxilio de los pobres, sino de nosotros mismos, para así imitar a los Sagrados Corazones de Jesús y María.

Al recordar a San Vicente de Paúl en su día, le pidamos que interceda por nosotros, para que, siguiendo sus enseñanzas, logremos imitar la mansedumbre del Sagrado Corazón de Jesús y, haciendo obras de misericordia corporales y espirituales, logremos alcanzar el Reino de los cielos.

viernes, 6 de noviembre de 2020

San Martín de Tours

 



         Vida de santidad[1].

         San Martín nació en Panonia, Hungría, el 316. Sus padres, que eran paganos, lo obligan a ingresar en el ejército, para alejarlo del cristianismo. Sin embargo, fue en el mismo ejército en donde San Martín se convirtió del paganismo al cristianismo. En efecto, siendo militar, sucedió un hecho en la vida de San Martín de Tours, que lo condujo directamente a la conversión. Sucedió que un día de invierno, al entrar en la localidad de Amiens, el santo encontró un mendigo, prácticamente sin ropas y casi en estado de congelación. Al verlo en ese estado, San Martín de Tours descendió de su caballo, se quitó la capa, la partió en dos mitades con su espada y le dio una mitad al pobre, para que así pudiera abrigarse. Esa misma noche tuvo una visión en la que veía a Cristo con su media capa puesta, que decía a los ángeles: “¡Miren, este es el manto que me dio Martín el catecúmeno!”.

Pronto recibe el bautismo y dos años después, deja la milicia para seguir a Cristo. San Hilario de Poitiers le instruyó en teología, filosofía, Biblia y Santos Padres, con vistas a ordenarle de diácono y luego presbítero. Regresa a Poitiers y funda el monasterio de Ligugé, en donde pasa once años. En el año 371 fue nombrado obispo de Tours, emprendiendo una misión apostólica por toda Francia durante treinta y cinco años, realizando esta labor con tal fidelidad a la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo, que es por esto llamado en adelante “el apóstol de las Galias”. Entre sus obras, además de enfrentarse a emperadores, llamándolos a la conversión del paganismo al cristianismo, se encuentra su defensa de los más débiles y la realización de innumerables milagros. La intensidad de sus viajes apostólicos y la realización incansable de obras de caridad, terminaron por agotar sus fuerzas físicas, al punto que llegó un momento en que sentía que ya estaba por morir. Sus discípulos le piden que no les deje huérfanos, a lo que Martín contestó: “Señor, si aún soy necesario, no rehúso el trabajo. Sólo quiero tu voluntad”. Aún así, la muerte –y el ingreso en el Cielo- se acercaba inexorablemente. Estando en su lecho de muerte, los discípulos querían colocarlo en una posición más cómoda, pero San Martín les dijo, mirando al Cielo: “Déjenme así, para dirigir mi alma en dirección hacia Dios”. En su agonía, el demonio se hizo presente, por lo que San Martín exclamó: “¿Qué haces ahí, bestia sanguinaria? No hay nada en mí que te pertenezca, maldito. El seno de Abrahán me espera”. E inmediatamente entregó su alma a Dios. Era el 8 de noviembre del año 397.

         Mensaje de santidad

        San Martín fue un asceta, un apóstol, un hombre de oración, muy influyente en toda la espiritualidad medieval y su faceta principal fue la caridad. El gesto de Amiens, dar media capa, fue superado cuando, siendo obispo, entregó su túnica entera a un mendigo, aunque éste es un hecho menos conocido. Sus mismos milagros, como los de Cristo, fueron milagros de caridad. Como Nuestro Señor Jesucristo, “Pasó haciendo el bien”. Cuando le preguntaban qué profesiones había ejercido, respondía: “Fui soldado por obligación y por deber, y monje por inclinación y para salvar mi alma”. Por eso hay quien resume la vida de Martín así: “Soldado por fuera, obispo a la fuerza, monje por gusto”. Podemos decir que en algo estamos en grado de imitar al santo, ya que somos soldados de Cristo por la Confirmación y podemos ser, sino monjes ni obispos, al menos “contemplativos en la acción”, haciendo Adoración Eucarística en medio de nuestras ocupaciones cotidianas; también podemos –y debemos- imitar al santo en su caridad: muy probablemente no se nos aparezca Jesús como mendigo que pasa frío, pero sabemos por la fe que Jesús está, de modo misterioso pero real, en cada mendigo que pasa frío y hambre, en cada prójimo que tiene necesidad de ayuda material y espiritual. Obrar las obras de misericordia, espirituales y corporales, será el mejor modo de imitar a San Martín de Tours y de rendirle homenaje, como santo de Cristo.

lunes, 20 de enero de 2020

San Francisco de Sales


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Vida de santidad[1].

Nacido en los Alpes, en el castillo saboyano de Sales, su familia lo envió a estudiar a la universidad de París y luego a Padua. Se desempeñó como canónigo de Annecy, obispo auxiliar de Ginebra, líder de debates con los protestantes y apóstol de la región de Chablais. Hay un libro escrito por él, de gran importancia para la vida espiritual y que ha sido el forjador de muchas vidas de santidad, llamado: “Introducción a la vida devota”. Sólo en vida del santo llevaba ya cuarenta ediciones.
Decía el santo: “¿No es una barbaridad querer desterrar la vida devota del cuartel de los soldados, del taller de los artesanos, del palacio de los príncipes, del hogar de los casados?”. Y es para eso que escribió el libro, para que el fervor, la devoción y el amor a Jesucristo se implantaran en las mentes y en los corazones de los hombres y de la sociedad, no solo de su tiempo, sino de las venideras también.
Hay una virtud que caracterizó al santo y es la de la bondad y eso a pesar de que en su juventud era conocido por su mal genio. Respecto a esto, es una constante en la biografía de todo santo su lucha ascética a fin de aumentar su capacidad de autodominio, luchando contra el mal genio para alcanzar la dulzura y la bondad en el trato. En relación a esta virtud, San Francisco de Sales escribió: “No nos enojemos en el camino unos contra otros; caminemos con nuestros hermanos y compañeros con dulzura, paz y amor; y te lo digo con toda claridad y sin excepción alguna: no te enojes jamás, si es posible; por ningún pretexto des en tu corazón entrada al enojo”.

          Mensaje de santidad.

          Si nuestro carácter tiene tendencia a la irascibilidad, recordemos a San Francisco de Sales, a su lucha ascética para conseguir la dulzura del corazón y también sus palabras, acerca de que no nos enojemos nunca con nadie, ni siquiera con nuestros enemigos más encarnizados. Pero recordemos ante todo que la dulzura de corazón del santo no provenía de él mismo, sino que era una participación a la dulzura del Sagrado Corazón de Jesús y entonces hagamos el propósito, cuando estemos por enojarnos por algún motivo, de imitar a San Francisco de Sales, que llegó a tener la bondad y dulzura de corazón del Sagrado Corazón de Jesús.


jueves, 26 de septiembre de 2019

San Vicente de Paúl



         Vida de santidad[1].

         Nació San Vicente en el pueblecito de Pouy en Francia, en 1580. Sus padres, que eran campesinos, lo enviaron a estudiar con los padres franciscanos y luego en la Universidad de Toulouse, y a los 20 años, en 1600 fue ordenado de sacerdote. Cuenta el mismo santo que al principio de su sacerdocio lo único que le interesaba era hacer una carrera brillante, pero Dios lo purificó con tres sufrimientos muy fuertes. El primero de ellos fue el cautiverio, pues fue atrapado por los turcos y esclavizado durante tres años; el segundo fue una falsa acusación de robo lanzada por un amigo que lo hospedaba en su casa y al que se le perdieron cuatrocientas monedas de plata; al aparecer el verdadero ladrón a los seis meses se supo la verdad; la tercera prueba fue una terrible tentación contra la fe, que aceptó para lograr que Dios librara de esa tentación a un amigo suyo. Esto lo hizo sufrir hasta lo indecible y fue para su alma “la noche oscura”. A los 30 años a los pies de un crucifijo, consagra su vida totalmente a la caridad para con los necesitados; hace voto o juramento de dedicar toda su vida a socorrer a los necesitados, y en adelante ya no pensará sino en los pobres.  
Dice el santo: “Me di cuenta de que yo tenía un temperamento bilioso y amargo y me convencí de que con un modo de ser áspero y duro se hace más mal que bien en el trabajo de las almas. Y entonces me propuse pedir a Dios que me cambiara mi modo agrio de comportarme, en un modo amable y bondadoso y me propuse trabajar día tras día por transformar mi carácter áspero en un modo de ser agradable”. Y en verdad que lo consiguió de tal manera, que varios años después, el gran orador Bossuet, exclamará: “Oh Dios mío, si el Padre Vicente de Paúl es tan amable, ¿Cómo lo serás Tú?”.
San Vicente contaba a sus discípulos: “Tres veces hablé cuando estaba de mal genio y con ira, y las tres veces dije barbaridades”. Por eso cuando le ofendían permanecía siempre callado, en silencio como Jesús en su santísima Pasión. El santo se hizo amigo del Ministro de la marina de Francia, quien lo nombró capellán de los marineros y de los prisioneros que trabajan en los barcos, logrando con su insistencia cambiar la vida inhumana de quienes eran allí obligados a remar.
Otro ministro, el Ministro Gondi nombró al Padre Vicente como capellán de las grandes regiones donde tenía sus haciendas: allí nuestro santo descubrió con horror que los campesinos ignoraban totalmente la religión. Que las pocas confesiones que hacía eran sacrílegas porque callaban casi todo. Y que no tenían quién les instruyera. Se consiguió un grupo de sacerdotes amigos, y empezó a predicar misiones por esos pueblos siendo el éxito clamoroso. Las gentes acudían por centenares y miles a escuchar los sermones y se confesaban y enmendaban su vida. De ahí le vino la idea de fundar su Comunidad de Padres Vicentinos, que se dedican a instruir y ayudar a las gentes más necesitadas.
El santo fundaba en todas partes a donde llegaba, unos grupos de caridad para ayudar e instruir a las gentes más pobres. Pero se dio cuenta de que para dirigir estas obras necesitaba unas religiosas que le ayudaran. Y habiendo encontrado una mujer especialmente bien dotada de cualidades para estas obras de caridad, Santa Luisa de Marillac, con ella fundó a las hermanas Vicentinas, que se dedican por completo a socorrer e instruir a las gentes más pobres y abandonadas, según el espíritu de su fundador.
San Vicente poseía una gran cualidad para lograr que la gente rica le diera limosnas para los pobres. Reunía a las señoras más adineradas de París y les hablaba con tanta convicción acerca de la necesidad de ayudar a quienes estaban en la miseria, que ellas daban cuanto dinero encontraban a la mano. La reina (que se confesaba con él) le dijo un día: “No me queda más dinero para darle”, y el santo le respondió: “¿Y esas joyas que lleva en los dedos y en el cuello y en las orejas?”, y ella le regaló también sus joyas, para los pobres.
Parece casi imposible que un solo hombre haya podido repartir tantas, y tan grandes limosnas, en tantos sitios, y a tan diversas clases de gentes necesitadas, como lo logró San Vicente de Paúl. Había hecho juramento de dedicar toda su vida a los más miserables y lo fue cumpliendo día por día con generosidad heroica. Fundó varios hospitales y asilos para huérfanos. Recogía grandes cantidades de dinero y lo llevaba a los que habían quedado en la miseria a causa de la guerra.
Se dio cuenta de que la causa principal del decaimiento de la religión en Francia era que los sacerdotes no estaban bien formados. Él decía que el mayor regalo que Dios puede hacer a un pueblo es dale un sacerdote santo. Por eso empezó a reunir a quienes se preparaban al sacerdocio, para hacerles cursos especiales, y a los que ya eran sacerdotes, los reunía cada martes para darles conferencias acerca de los deberes del sacerdocio. Luego con los religiosos fundados por él, fue organizando seminarios para preparar cuidadosamente a los seminaristas de manera que llegaran a ser sacerdotes santos y fervorosos.
Siempre vestía muy pobremente, y cuando le querían tributar honores, exclamaba: “Yo soy un pobre pastorcito de ovejas, que dejé el campo para venirme a la ciudad, pero sigo siendo siempre un campesino simplón y ordinario”. En sus últimos años su salud estaba muy deteriorada, pero no por eso dejaba de inventar y dirigir nuevas y numerosas obras de caridad. Lo que más le conmovía era que la gente no amaba a Dios. Exclamaba: “No es suficiente que yo ame a Dios. Es necesario hacer que mis prójimos lo amen también”.
El 27 de septiembre de 1660 pasó a la eternidad a recibir el premio prometido por Dios a quienes se dedican a amar y hacer el bien a los demás. Tenía 80 años.

         Mensaje de santidad.

         San Vicente de Paúl se dedicó a los pobres, comprendiendo en un sentido verdaderamente evangélico la frase de Jesús: “Lo que habéis hecho a uno de estos pequeños, a Mí me lo habéis hechos”. Es decir, San Vicente de Paúl sabía que el Salvador era Jesús y no los pobres, pero sabía también que en los pobres estaba misteriosamente presente Jesús, de manera que lo que le hacía a los pobres, se lo hacía a Jesús. Sabía que si daba un vaso de agua a un pobre, se lo estaba dando al pobre y a Jesús que, misteriosamente, mora en el pobre. Por esta razón, San Vicente de Paúl se dedicó a hacer no una obra meramente solidaria, sino que también se preocupaba por la pobreza espiritual, es decir, por aquella pobreza que consiste en ignorar que Cristo es Dios y es el Salvador de la humanidad, que se nos entrega en Persona en la Eucaristía. Esto es lo que explica la doble acción de San Vicente de Paúl sobre los pobres: no sólo los asistía materialmente, dándoles un hogar, un plato de comida y ropa para vestirse, sino que se preocupaba también de darles el Catecismo, de enseñarles que el único camino que lleva al cielo es el camino de la Cruz. San Vicente no se contentaba con darles cosas materiales a los pobres: quería que salieran de la mayor pobreza, que es la ignorancia de conocer al Verdadero Dios y a su Mesías. Por eso es que decía: “No es suficiente que yo ame a Dios. Es necesario hacer que mis prójimos lo amen también”. Por haber dado a Jesús en los pobres, tanto el alimento corporal como el espiritual, es que San Vicente de Paúl recibió como premio el Reino eterno de los cielos, en donde vive ahora por la eternidad.

miércoles, 4 de julio de 2018

El distintivo de San Martín de Porres



         Algo que caracterizaba a San Martín de Porres era su capacidad para hacer milagros de todo tipo, como por ejemplo, curaciones, y también hablar con los animales. Pero no fue eso lo que le hizo ganar el cielo, porque esas cosas son dadas por Dios: lo que lo hizo ganar el cielo fue su bondad de corazón, su caridad y también su humildad: a él lo iban a visitar desde el gobernador y el arzobispo hasta el último indigente, y él trataba a todos por igual, sin hacer distinciones, y a ninguno le negaba su palabra de aliento o su caridad. Esto que hacía San Martín de Porres se llaman obras de misericordia y son necesarias para entrar en el cielo, de manera tal que si no las hacemos, no entraremos en el cielo. Aprendamos de él a ser caritativos y humildes, a no ensoberbecernos por el bien que hagamos, y a no hacer distinción de personas. Además, tenemos que saber que todos podemos hacer obras de misericordia, por lo menos una de las catorce que pide la Iglesia. Le pidamos a San Martín de Porres que interceda para que podamos ser misericordiosos y humildes como él, para así poder ganar el Reino de los cielos.

jueves, 3 de mayo de 2018

San Martín de Porres y su ejemplo de santidad



         Hermano religioso, fue peluquero y enfermero antes y durante su profesión religiosa[1]. Fundó un Asilo para huérfanos e indigentes. Rezaba todos los días y por largas horas frente a un gran crucifijo y a Él le contaba todo lo que le pasaba, sus penas, sus alegrías, sus trabajos y a Él y a la Virgen le pedía por todos los que acudían a él para pedirle algún favor.
         Tenía el don de la bilocación, por lo que se lo veía fuera del convento, visitando enfermos, o en países tan lejanos como China y Japón, consolando a misioneros desanimados, todo sin salir de su convento.
         Un día sucedió que llegaron enemigos a hacerle daño, pero San Martín rogó a Dios que lo hiciera invisible, de modo que estos no lo vieron y se retiraron sin hacerle nada.
         Amaba a los animales en cuanto creaturas de Dios; les hablaba y ellos entendían. Lograba que diferentes especies animales –gatos, perros, ratones- comieran de un mismo plato, sin pelearse entre ellos. Una vez terminó con una plaga de ratones, hablándoles y diciéndoles que fueran a la huerta y no a la sacristía.
         Por su fama de santidad y por los milagros, lo consultaban desde el Virrey hasta los más indigentes y atendía a todos, sin hacer distinción por nadie. Toda la limosna que conseguía, la repartía entre los indigentes.
         Pero el ejemplo de santidad que nos deja San Martín no son sus milagros, sino su oración frente al crucifijo y a la imagen de la Virgen y su caridad para con todos sus hermanos, sobre todo, los más necesitados. Así, San Martín demostraba que vivía cabalmente el primer Mandamiento: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

viernes, 3 de noviembre de 2017

San Martín de Porres


         Vida de santidad[1].

Nació en Lima, Perú, de padre español y madre mulata, el año 1579. A temprana edad aprendió el oficio de barbero-cirujano, oficio que luego, al ingresar en la Orden de Predicadores, ejerció ampliamente en favor de los pobres. Llevó una vida de mortificación, de humildad y de gran devoción a la eucaristía. Murió el año 1639.

Mensaje de santidad[2].

En la homilía pronunciada en ocasión de su beatificación, el Papa Juan XXIII trazaba una semblanza de la vida de santidad de San Martín de Porres, caracterizada ante todo, por la caridad, es decir, por el amor sobrenatural a Dios y al prójimo. Decía así el Papa: “Martín nos demuestra con el ejemplo de su vida que podemos llegar a la salvación y a la santidad por el camino que nos enseñó Cristo Jesús: a saber, si, en primer lugar, amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente; y si, en segundo lugar, amamos al prójimo como a nosotros mismos”. El camino que nos muestra San Martín de Porres es el del cumplimiento del Primer Mandamiento, el más importante de todos, y en el que se concentran todos los Mandamientos de la Ley de Dios, el amor a Dios y al prójimo.
Este amor de caridad, en San Martín de Porres, se fundamenta en la Pasión de Jesús, ya que Jesús es la Fuente de la caridad y es a la vez el destinatario, en su Persona y en la persona de los más necesitados, del amor de caridad del cristiano: “Él sabía que Cristo Jesús padeció por nosotros y, cargado con nuestros pecados, subió al leño, y por esto tuvo un amor especial a Jesús crucificado, de tal modo que, al contemplar sus atroces sufrimientos, no podía evitar el derramar abundantes lágrimas”.
San Martín contemplaba a Cristo crucificado, y es de allí de donde obtenía el amor de caridad que lo santificó, pero no solo, sino también era en la adoración eucarística y en la comunión sacramental, de donde el santo se nutría con el Amor de Dios, que luego comunicaba a los demás: “Tuvo también una singular devoción al santísimo sacramento de la eucaristía, al que dedicaba con frecuencia largas horas de oculta adoración ante el sagrario, deseando nutrirse de él con la máxima frecuencia que le era posible”.
Afirma el Papa Juan XXIII que San Martín de Porres, además de la caridad, se destacaba en la virtud de la humildad, obedeciendo al Señor en sus mandamientos, particularmente estos dos: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado”, y “Aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón”: “Además, san Martín, obedeciendo el mandato del divino Maestro, se ejercitaba intensamente en la caridad para con sus hermanos, caridad que era fruto de su fe íntegra y de su humildad. Amaba a sus prójimos, porque los consideraba verdaderos hijos de Dios y hermanos suyos; y los amaba aún más que a sí mismo, ya que, por su humildad, los tenía a todos por más justos y perfectos que él”. San Martín de Porres, dice el Papa, era humilde porque era caritativo, y era caritativo porque era humilde, ya que consideraba a los demás “más justos y perfectos que él”, obedeciendo en esto también a la Escritura: “Consideren a los demás como superiores a ustedes mismos” (cfr. Fil 2, 13). Siempre cumpliendo con el mandato del Señor –“No he venido a ser servido, sino a servir”-, San Martín de Porres ponía siempre a los demás y sus necesidades, por encima de las suyas: “Coloca siempre las necesidades de los demás primero que las tuyas. De este modo Dios saciará tus necesidades a Su modo y a Su tiempo. Dios conoce tus necesidades mejor que tú”.
Era este amor de caridad el que lo llevaba a justificar a su prójimo, disculpando sus errores y perdonando sus ofensas, considerando estas ofensas como merecidas por su condición de pecador: “Disculpaba los errores de los demás; perdonaba las más graves injurias, pues estaba convencido que era mucho más lo que merecía por sus pecados; ponía todo su empeño en retornar al buen camino a los pecadores; socorría con amor a los enfermos; procuraba comida, vestido y medicinas a los pobres; en la medida que le era posible, ayudaba a los agricultores y a los negros y mulatos, que, por aquel tiempo, eran tratados como esclavos de la más baja condición, lo que le valió, por parte del pueblo, el apelativo de “Martín de la caridad”. San Martín de Porres ejercía la caridad en sus más variadas formas, no solo materialmente, sino también espiritualmente, buscando que todos retornaran al camino de la salvación.
Con su vida, dice el Papa Juan XXIII, San Martín de Porres es un luminoso ejemplo de cómo el cumplimiento de los mandatos del Señor es lo que hace verdaderamente feliz al alma, y este ejemplo de vida de santidad continúa vigente en nuestros días, aun cuando hayan muchos que no sean capaces de apreciarlo: “Este santo varón, que con sus palabras, ejemplos y virtudes impulsó a sus prójimos a una vida de piedad, también ahora goza de un poder admirable para elevar nuestras mentes a las cosas celestiales. No todos, por desgracia, son capaces de comprender estos bienes sobrenaturales, no todos los aprecian como es debido, al contrario, son muchos los que, enredados en sus vicios, los menosprecian, los desdeñan o los olvidan completamente. Ojalá que el ejemplo de Martín enseñe a muchos la dulzura y felicidad que se encuentra en el seguimiento de Jesucristo y en la sumisión a sus divinos mandatos”.
Por último, hay un episodio en la vida de San Martín de Porres, que refleja su santidad, y es la batalla final que entabla contra el Demonio, venciendo con la ayuda de la cruz. En efecto, el Demonio, a los que son de él, no los molesta, ya que los tiene seguros bajo sus garras; en cambio, con santos como San Martín de Porres, se esfuerza por hacerlos caer en el pecado, por medio de la tentación. Es esto lo que sucedió con San Martín, a lo largo de su vida terrena, y de modo particular en el momento de su muerte. Una estudiosa especialista de la vida del santo, Celia Cussen, profesora de ciencias históricas de la Universidad de Chile, declaró en una conferencia que San Martín fue atacado por el demonio en su lecho de muerte. Estas son sus palabras: “En su agonía, ya sin poder hablar y con varios frailes cerca, San Martín enfrentó su mayor lucha con Satanás. La rigidez de su cuerpo, la firmeza de sus dientes y toda la fisonomía de su rostro demostraban su gran sufrimiento y lucha. Los religiosos que presenciaron la escena de su muerte afirmaron que sin duda ésta fue la mayor tentación que le tocó vencer a fray Martín, en momentos en que se encontraba con los sentidos muy débiles. Su hagiógrafo dijo que fray Martín vio a la Virgen, a Santa Catalina y a Santo Domingo acompañándolo en su momento de lucha final”. La especialista también afirmó que “En medio de su agonía le pasaron una cruz, a los minutos falleció y por la paz de su rostro supieron que pudo vencer al demonio”. Esto fue lo que sucedió con el santo en su lecho de muerte, y así como fue que venció al demonio, con el santo crucifijo entre sus manos y el amor de Jesús en su corazón. Sin embargo, según esta misma estudiosa, el santo tuvo también, a lo largo de su vida, otros enfrentamientos con el demonio, como el que se relata a continuación, sucedido en una escalera del convento: “Un día, subiendo a los enfermos con un brasero en las manos tropezó -porque faltaba una luz que normalmente estaba en un peldaño – y dijo ‘quién apagó la luz’ y vio aparecer al diablo diciéndole ‘yo, aquí estoy cosechando almas’”. Cussen explicó que la gente solía tropezarse y maldecir y con eso el diablo se llevaba su alma según el santo: “Martín se enfurecía con esa trampa que el diablo hacía a la gente, y cuando él tropezó sacó su cinturón y de un latigazo lo mandó lejos diciéndole “Váyase a su lugar”, y así terminó venciéndolo en esa famosa tentación”.
Amor de caridad –esto es, amor sobrenatural, el verdadero amor- a Dios y al prójimo –tenía además un gran amor a los animales[3], los cuales, según muchos relatos de testigos, le obedecían-, obras de misericordia corporales y espirituales, lucha contra el pecado y el Demonio, vivir en el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios, he aquí el legado de santidad de San Martín de Porres, un feliz hermano religioso que, desde el cielo, nos indica el camino para llegar al encuentro en la eternidad con el Rey de los cielos, Nuestro Señor Jesucristo.



[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De la homilía pronunciada por el papa Juan XXIII en la canonización de san Martín de Porres
(Día 6 de mayo de 1962: AAS 54 [1962], 306-309).
[3] En los documentos del proceso de beatificación se cuenta también que Fray Martín “se ocupaba en cuidar y alimentar no sólo a los pobres sino también a los perros, a los gatos, a los ratones y demás animalejos, y que se esforzaba para poner paz no sólo entre las personas sino también entre perros y gatos, y entre gatos y ratones, instaurando pactos de no agresión y promesas de recíproco respeto”. No es extraño que en el convento, los perros, gatos y ratones comieran del mismo plato cuando Fray Martín les ponía el alimento. Se cuenta que iba un día camino del convento y que en la calle vio a un perro sangrando por el cuello y a punto de caer. Se dirigió a él, le reprendió dulcemente y le dijo estas palabras: “Pobre viejo; quisiste ser demasiado listo y provocaste la pelea. Te salió mal el caso. Mira ahora el espectáculo que ofreces. Ven conmigo al convento a ver si puedo remediarte”. Fue con él al convento, acostó al perro en una alfombra de paja, le registró la herida y le aplicó sus medicinas, sus ungüentos. Después de permanecer una semana en la casa, le despidió con unas palmaditas en el lomo, que él agradeció meneando la cola, y unos buenos consejos para el futuro: “No vuelvas a las andadas -le dijo-, que ya estás viejo para la lucha”. Otra anécdota que explica su amor a los animales es la siguiente: resulta que el convento estaba entonces infestado de ratones y de ratas, los cuales roían la ropa y los hábitos, tanto en la sacristía como en las celdas y en el guardarropa. Después que los frailes resolvieran tomar medidas drásticas para exterminarlos, Martín de Porres se sintió afligido por ello y sufrió al pensar que aquellos inocentes animalitos tuvieran que ser condenados de aquella manera. Así que, habiendo encontrado a una de aquellas bestias le dijo: “Pequeño hermano rata, óyeme bien: ustedes ya no están seguros aquí. Ve a decirles a tus compañeros que vayan al albergue situado en el fondo del jardín. Me comprometo a llevarles allí comida, a condición de que me prometan no venir ya a causar estragos en el convento”. Después de estas palabras, según se cuenta, el “jefe” de la tribu ratonil rápidamente llevó el aviso a todo el ejército de ratas y ratones, y pudo verse una larga procesión de estos animales desfilando a lo largo de los pasillos y de los claustros para llegar al jardín indicado. En su biografía se cuentan otros muchos recuerdos y anécdotas al respecto: como por ejemplo, su costumbre de acariciar a las gallinas del convento que muy contentas siempre se le acercaban;  de cuando calmó a un becerro bravo o amansó a un perro salvaje  e incluso como curaba a gatos, mulas y pájaros. Su tacto sobre los animales era realmente maravilloso. Cfr. https://fraymartindeporres.wordpress.com/2013/01/26/san-martin-de-porres-y-su-amor-por-los-animales/

martes, 4 de julio de 2017

Santa Isabel de Portugal


         Vida de santidad[1].

Isabel nació en 1271, hija de Pedro III de Aragón, recibiendo en el bautismo el nombre de Isabel en honor de su tía abuela, santa Isabel de Hungría. El nacimiento de la niña fue ya un símbolo de la actividad pacificadora que iba a ejercer durante toda su vida, puesto que, gracias a su venida al mundo, hicieron la paz su abuelo, Jaime, que ocupaba entonces el trono, y su padre. La joven princesa era de carácter amable y de gran inclinación a la piedad y a la bondad. Trataba de imitar todas las virtudes que veía practicar a su alrededor, porque le habían enseñado que era conveniente unir a la oración la mortificación de la voluntad propia para obtener la gracia de vencer la inclinación innata al pecado.
Según la costumbre de la época, contrajo matrimonio muy joven, con el rey Dionisio de Portugal, quien le permitió practicar libremente sus devociones, sin sentirse por ello llamado a imitarla. Isabel se levantaba muy temprano para rezar maitines, laudes y prima antes de la misa; por la tarde, continuaba sus devociones después de las vísperas, aunque estas prácticas de piedad no la distraían de sus deberes de estado. Vestía con modestia, se alimentaba frugalmente y se mostraba siempre humilde y afable con sus prójimos, demostrando así, con estas obras exteriores, el hecho de que vivía consagrada al servicio de Dios. De entre todas las virtudes que la hicieron santa, la que más brilló en Santa Isabel de Portugal fue la caridad, haciendo todo lo necesario para que los peregrinos y los forasteros pobres no careciesen nunca de albergue, encargándose ella misma –a pesar de su condición de reina- de buscar y socorrer a los necesitados; además, a las doncellas que no poseían medios, las proveía de dote.
Fundó instituciones de caridad en diversos sitios del reino; entre ellas se contaban un hospital en Coimbra, una casa para mujeres arrepentidas en Torres Novas y un hospicio para niños abandonados. Sin embargo, como dijimos, a pesar de todas esas actividades, Isabel no descuidaba sus deberes de estado, sobre todo el respeto, amor y obediencia que debía a su marido, cuyas infidelidades y abandono soportaba con gran paciencia. Su esposo Dionisio, aunque era un buen gobernante, no había convertido aún su corazón al señor, siendo esclavo de múltiples vicios y pecados, siendo egoísta y licencioso. Santa Isabel vivía apenada por su esposo, por sus muchos pecados y por el escándalo continuo que con ellos daba a los súbditos, por lo que no cesaba de orar, día y noche, por su conversión. No solo demostraba de esta manera su bondad para con su esposo, sino que además la extendía a los hijos naturales de este, a quienes cuidaba cariñosamente, encargándose de su educación.
Santa Isabel tuvo dos hijos: Alfonso, que sería el sucesor de su padre y Constancia. Alfonso, quien desde muy joven se mostró rebelde, se levantó en armas en dos ocasiones y en ambas, la reina consiguió restablecer la concordia. Sin embargo, y como siempre sucede con los santos, que son calumniados, a imitación de Nuestro Señor, que fue también calumniado, llegaron a oídos del rey rumores falsos de que Isabel apoyaba en secreto la causa de su hijo, por lo que el rey la desterró algún tiempo de la corte. Además de la caridad, la reina poseía un don concedido por Dios, y era el de llevar la paz de Cristo a los corazones enfrentados; entre otras cosas, logró evitar la guerra entre Fernando IV de Castilla y su primo, y entre el mismo príncipe y Jaime II de Aragón.
El rey Dionisio cayó gravemente enfermo en 1324. Isabel se dedicó a asistirlo en su lecho de enfermo y con tal dedicación, que apenas salía de la cámara real más que para ir a misa. Durante su larga y penosa enfermedad, el monarca dio muestra de sincero arrepentimiento, muriendo en la paz del Señor y asistido por los sacramentos em Santarem, el 6 de enero de 1325. Habiendo enviudado, Santa Isabel hizo entonces una peregrinación a Santiago de Compostela, en donde decidió retirarse al convento de Clarisas Pobres que había fundado en Coimbra, aunque su confesor la disuadió de ello, por lo que la santa terminó por profesar en la Tercera Orden de San Francisco. Pasó sus últimos años santamente en una casa que había mandado construir cerca del convento que había fundado. La causa de la paz, por la que había trabajado toda su vida, fue también la ocasión de su muerte. En efecto, la santa murió el 4 de julio de 1336 en Estremoz, a donde había ido en una misión de reconciliación, a pesar de su edad y del insoportable calor. Fue sepultada en la iglesia del monasterio de las Clarisas Pobres de Coimbra. Dios bendijo su sepulcro con varios milagros. La canonización tuvo lugar en 1626.

Mensaje de santidad.

Siendo reina de Portugal, Santa Isabel no solo no hizo nunca ostentación de esta condición, valiéndose de la misma para su propio provecho, sino que, por el contrario, se humilló a sí misma y, sin renunciar a sus riquezas y posesiones –sí lo hizo al final de su vida, cuando entró como religiosa en la Orden de las Clarisas de Estremoz, Portugal-, las administró todas en beneficio de los más necesitados, realizando así innumerables obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Al humillarse en su condición de reina y al consagrarse al servicio de Dios, imitó así a la Virgen, la cual, siendo Reina de cielos y tierra, se humilló a sí misma ante el anuncia del Ángel, llamándose “esclava del Señor” y consagrando toda su vida al servicio de Dios Hijo encarnado.
Además de las obras de caridad, Santa Isabel de Portugal se caracterizó por el don concedido por Dios, de llevar la paz de Cristo a los corazones que estaban enfrentados, consiguiendo que reyes enfrentados hiciesen las paces, haciéndose así merecedora de una de las Bienaventuranzas: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). Como vimos, fue por la causa de la paz de Cristo por la que murió, ya que falleció cuando se esforzaba por conseguir la reconciliación entre un hijo y un nieto suyos que estaban enfrentados.
En estos tiempos en los que vivimos, en los que predominan los criterios mundanos en vez de los Mandamientos de Dios, y en los que el hombre se postra ante ídolos como el dinero y el poder, y por los cuales comete los más grandes crímenes contra sus hermanos, el ejemplo de caridad cristiana, abnegación, humillación y don de pacificación de Santa Isabel de Portugal son más válidos y actuales que nunca antes.




jueves, 3 de noviembre de 2016

San Martín de Porres



Vida de santidad[1].

Fue un mulato, nacido en Lima, Perú, en el 9 de diciembre de 1579. En el libro de bautismo fue inscrito como “hijo de padre desconocido”. Era hijo natural del caballero español Juan de Porres  y de una india panameña libre, llamada Ana Velásquez. Era sumamente capaz y muy inteligente y tenía inclinación por la medicina. Había aprendido las primeras nociones en la droguería-ambulatorio de dos vecinos de casa y puesto que la profesión de barbero en aquella época estaba ligada con la medicina, ejerció durante un tiempo esta doble carrera.
Sintiendo el llamado de la perfección cristiana pidió a los quince años de edad ingresar en el convento de los dominicos del Rosario en Lima, siendo admitido como hermano lego y recibiendo como encargo los trabajos más humildes. A pesar de que a los ojos de los demás parecía el más insignificante de todos, a los ojos  de Dios, sin embargo, era uno de los más valiosos, por sus virtudes heroicas, destacándose principalmente en dos, que lo asemejaban al Sagrado Corazón de Jesús: la humildad y la caridad. Por su humildad, era capaz de soportar con una sonrisa las injurias y los malos tratos recibidos por otros miembros de la caridad, llegando incluso a alegrarse de las injurias, como cuando un hermano de religión, que estaba enfermo y malhumorado, lo trató de “perro mulato”. San Martín de Porres ofrecía en silencio estas humillaciones, uniéndolas a las humillaciones de Jesús en la Pasión, y esto era lo que le daba paz y alegría a su alma. Con respecto a la virtud de la caridad, Fray Martín sobresalió en su tarea de enfermero, al atender y al curar a los más de doscientos hermanos religiosos, además de gente que venía al convento, sin hacer distinción entre ricos y pobres.
Poseía el don de curar milagrosamente todo tipo de enfermedades, recibiendo a todos con tanta solicitud y caridad, que a quien hablaba con él, le parecía estar hablando con el mismo Cristo en Persona.
Vivía de forma muy austera; apenas comía lo necesario para mantenerse en pie y dormía debajo de una escalera sólo unas pocas horas. Todas las noches, pasaba largas horas rezando delante de un gran crucifijo, al cual le contaba sus penas y problemas, y también hacía largas horas de adoración frente a Jesús Sacramentado, o bien hacía oración ante la imagen de la Virgen.
Además de la mansedumbre, la humildad, la caridad y el don de la curación milagrosa, tenía también otros dones sobrenaturales, como la profecía –conocía con anticipación lo que habría de suceder-, el éxtasis -unión sobrenatural con Dios en el que los sentidos quedan suspendidos, para poder contemplar la divinidad- y la bilocación: sin haber salido nunca de Lima, fue visto en lugares tan distantes como África, China y Japón, dando ánimo a los misioneros que se encontraban en dificultades. Sin tener las llaves de la puerta del convento, solía salir del convento para atender a un enfermo grave, para luego regresar, y cuando le preguntaban cómo lo hacía, respondía simplemente: “Yo tengo mis modos de entrar y salir”.
Por el don de curación, venía a él los enfermos de peste, cuando hubo una epidemia en una ocasión, y curó milagrosamente a todos los que acudieron a él[2]. Una vez que unos enemigos suyos entraron a su habitación para hacerle daño, San Martín le pidió a Dios que lo hiciera invisible y así sucedió, porque estos no lo vieron, a pesar de estar delante suyo.
Con la ayuda de varios ricos de la ciudad fundó el Asilo de Santa Cruz para reunir a todos los vagos, huérfanos y limosneros y ayudarles a salir de su penosa situación.
En diversas ocasiones –algunas cuando estaba delante de un gran crucifijo- se lo vio en éxtasis y es conocido el episodio en el que el virrey fue a verlo y tuvo que esperar a que saliera del éxtasis. Poseía también el don de la sabiduría divina, pues a pesar de no ser un gran letrado ni tener estudios superiores eclesiásticos, sin embargo acudían a él para hacerle consultas números teólogos, obispos y autoridades civiles.
Por ser parte de la Creación de Dios y debido a que vivía en un alto estado de gracia y santidad, a San Martín de Porres le obedecían insectos y animales y tenía por ellos un gran cuidado. Una vez, sucedió que los mosquitos lo atormentaban con sus picaduras; al ir a ser curado con un hermano de religión, éste le decía: “Vámonos a nuestro convento, que allí no hay mosquitos”. Y Fray Martín respondía: “¿Cómo hemos de merecer, si no damos de comer al hambriento?” – “¡Pero hermano, estos son mosquitos y no gente!” – “Sin embargo, se les debe dar de comer, que son criaturas de Dios”, respondió el humilde fraile.
Otras anécdotas sucedieron con ratones: en una ocasión, estos infestaban la ropería y dañaban el vestuario. San Martín no le puso trampas, sino que les dijo; “Hermanos, vayan a la huerta, que allí hallaréis comida” y ante su orden, los ratones obedecieron en el momento. Además, Fray Martín les daba todos los restos de comida y si alguno volvía a la ropería, el santo lo tomaba por la cola y lo echaba a la huerta, diciendo: “Vete adonde no hagas mal”.  Loa animales le seguían en fila muy obedientes. Daba de comer en un mismo recipiente, al mismo tiempo y sin rencillas, a un gato, un perro y varios ratones. En la actualidad todavía se lo invoca contra la invasión de los ratones.
A los sesenta años, después de haber pasado 45 en religión, Fray Martín se sintió enfermo y anunció proféticamente que habría de morir a causa de esa enfermedad. Toda la ciudad de Lima se conmovió y el mismo virrey en persona, conde de Chichón, se acercó a su lecho de moribundo para besar la mano de aquél que se llamaba a sí mismo “perro mulato”. Mientras se le rezaba el Credo, Fray Martín, al oír las palabras “Et homo factus est” –Y el Verbo se hizo carne-, besando el crucifijo expiró plácidamente. Era el 3 de noviembre de 1639; toda la ciudad acudió a su entierro, multiplicándose desde entonces los milagros por su intercesión.

Mensaje de santidad.

San Martín de Porres se caracterizó porque, sin tener grandes dignidades ni civiles ni eclesiásticas, tuvo sin embargo muchos dones sobrenaturales, como la profecía, el éxtasis, la bilocación y el don de curar milagrosamente las más variadas enfermedades, con solo imponer sus manos. Sin embargo, lo que lo hizo santo no fueron estos dones –que, por otra parte, él no los pedía, sino que Dios se los concedió en su bondad-, sino la fidelidad a la gracia –como todo santo, detestaba el pecado- y la posesión de dos virtudes que agradan especialmente a Dios: la mansedumbre y la caridad. Por la mansedumbre, soportó con paciencia, alegría y amor, las más duras ofensas, como el ser llamado “perro mulato”, y esto lo podía hacer porque cada vez que era humillado, de esta o de otra forma, en vez de rebelarse, enojarse y ofenderse, demostrando así soberbia, aprovechaba esas ocasiones para unirse a Jesús, humillado por él y por todos nosotros, en la Pasión, y así nos enseña el santo a cómo no solo soportar, sino ofrecer las humillaciones y así crecer en santidad. La otra virtud era la caridad, es decir, un amor sobrenatural, un amor celestial, un amor que es el Amor de Dios, que no es como el amor humano, que se deja llevar por las apariencias, sino que ama al prójimo por ser el prójimo una imagen viviente de Dios y porque en el prójimo, sobre todo en el más necesitado, ve a Jesucristo, misteriosamente Presente en él. Mansedumbre, humildad y caridad, esas son las virtudes que le hicieron ganar el cielo a San Martín de Porres, y esas son las virtudes que debemos buscar imitar, si es que también queremos ganar el cielo.



[1] http://www.corazones.org/santos/martin_porres.htm; cfr. Butler; Vida de los Santos; Sálesman, Eliecer, Vidas de Santos 4; Sgarbossa, Mario, Luigi Giovannini, Un Santo Para Cada Día.
[2] Sorprendió a muchos con sus curaciones instantáneas, como la del novicio Fray Luis Gutiérrez que se había cortado un dedo casi hasta desprendérselo; a los tres días tenía hinchados la mano y el brazo, por lo que acudió al hermano Martín, quien le puso unas hierbas machacadas en la herida. Al día siguiente, el dedo estaba unido de nuevo y el brazo enteramente sano. En cierta ocasión, el arzobispo Feliciano Vega, que iba a tomar posesión de la sede de México, enfermó de algo que parece haber sido pulmonía y mandó llamar a Fray Martín. Al llegar éste a la presencia del prelado enfermo, se arrodilló, mas él le dijo: "levántese y ponga su mano aquí, donde me duele". ¿Para qué quiere un príncipe la mano de un pobre mulato?, preguntó el santo. Sin embargo, durante un buen rato puso la mano donde lo indicó el enfermo y, poco después, el arzobispo estaba curado.