San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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sábado, 29 de agosto de 2015

San Agustín y el conocimiento de sí mismo que lleva a la santidad


En su libro “Confesiones”[1], San Agustín describe su proceso de conversión, el cual inicia en un camino de introspección interior. Ahora bien, es necesario tener en cuenta que el camino de San Agustín es un camino iniciado, guiado y conducido hasta su término por la gracia santificante y esto es lo que lo diferencia radicalmente de la introspección gnóstica.
Es necesario tener en cuenta esta distinción para no caer en el error de pensar que una y otra introspección son lo mismo: en la gnosis acuariana de la Nueva Era, finaliza en la errónea conclusión de que el hombre es su propio dios; en la otra, se reconoce la diferencia abismal entre el hombre y la creatura. Esta es la verdadera “gnosis”, el verdadero conocimiento de sí: el que proporciona la luz de la gracia: el hombre no es Dios y el hombre y Dios son dos seres absolutamente distintos, aunque el hombre está llamado a participar del Ser divino de un modo radicalmente nuevo y distinto al de las otras creaturas, por medio de la gracia.
Esto se infiere de los escritos de San Agustín, en el Capítulo 7 de las Confesiones. La introspección de San Agustín comienza por la gracia, porque es Dios quien lo conduce a ello. Dice así San Agustín: “Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tu mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste” Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tu mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste[2]. Es decir, la introspección que finaliza –“debía volver en mí mismo, penetré en mi interior”- en la conversión, se da por la gracia –“ello me fue posible porque Tú, Señor, me socorriste”-.
La introspección iniciada por la gracia, continúa por la gracia, que es luz sobrenatural y es la que permite el verdadero conocimiento: que Dios es Dios y es Creador, y que el hombre es hombre y es su creatura: “Entré y ví con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella. La conoce el que conoce la verdad. ¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad! Tú eres mi Dios, por ti suspiro día y noche”[3]. La luz participada de la gracia –“una luz que no es la de este mundo”- le permite conocer a la Luz Increada, Dios –“vi, por encima de mi mente, una luz inconmutable”-, y esta luz le permite conocer que Dios es Creador y que el hombre es creatura –“ella fue quien me hizo, y yo estaba en lo más bajo”- y que Dios es su misma eternidad y es Amor, y por ese Dios que es Amor eterno, el alma suspira –“¡Oh eterna verdad, verdadera caridad y cara eternidad!”-[4].
Conociendo a Dios, que es Amor eterno, el alma desea alimentarse de Él: “Y, cuando te conocí por vez primera, fuiste tú quien me elevó hacia ti, para hacerme ver que había algo que ver y que yo no era aún capaz de verlo. Y fortaleciste la debilidad de mi mirada irradiando con fuerza sobre mí, y me estremecí de amor y de temor; y me di cuenta de la gran distancia que me separaba de ti, por la gran desemejanza que hay entre tú y yo, como si oyera tu voz que me decía desde arriba: ‘Soy alimento de adultos: crece, y podrás comerme. Y no me transformarás en substancia tuya, como sucede con la comida corporal, sino que tú te transformarás en mí’”.
Pero el alma no puede unirse a Dios por sí misma, sino que debe transitar por el camino que conduce a Dios, Jesucristo, hombre y Dios, el Mediador entre Dios y los hombres, que se brinda como alimento para el alma en la Eucaristía: “Y yo buscaba el camino para adquirir un vigor que me hiciera capaz de gozar de ti, y no lo encontraba, hasta que me abracé al mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino de la verdad y de la vida, el que mezcla el alimento que yo no podía asimilar, con la carne, ya que la Palabra se hizo carne, para que, en atención a nuestro estado de infancia, se convirtiera en leche tu sabiduría, por la que creaste todas las cosas”[5].
Finalmente, el alma se da cuenta, al conocer al Dios Amor, que lo que amaba antes de la conversión, eran solo creaciones de Dios, pero no Dios mismo, y se lamenta de no haberlo amado antes, declarando su amor por Dios y no deseando otra cosa que Dios: “¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti”.
San Agustín describe, entonces, el verdadero proceso de conversión, iniciado por la introspección, y es que el alma se vuelva a su Dios, lo reconozca como tal, se una a Él por medio de Jesucristo en la Eucaristía y no ame otra cosa que no sea Él, todo lo cual es radicalmente distinto a la falsa gnosis de la Nueva Era.



[1] Libro 7, 10, 18, 27: CSEL 33, 157-163. 225.
[2] Cfr. ibídem.
[3] Cfr. ibídem.
[4] Cfr. ibídem.
[5] Cfr. ibídem.

martes, 4 de agosto de 2015

El Cura de Ars y la obligación del hombre: orar y amar


         En estos oscuros días en los que vivimos, días en los que hasta el santo nombre de Dios parece haber desaparecido de la sociedad y de los corazones de los hombres, las enseñanzas del Santo Cura de Ars son un faro de luz en medio de una densa noche oscura. El Cura de Ars decía que el hombre tiene, para con Dios, una “hermosa obligación”: orar y amar[1].
         En su Catequesis sobre la oración, el Cura de Ars comienza diciendo directamente que “el tesoro del hombre está en el cielo”, por lo que hay que mirar directamente al cielo, nuestra meta final: “Consideradlo, hijos míos: el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. Por esto nuestro pensamiento debe estar siempre orientado hacia allí donde está nuestro tesoro”[2].
         Luego de hacer elevar la vista –el corazón- hacia el cielo, en donde se encuentra nuestro verdadero y único tesoro que es Dios, el Cura de Ars se detiene a considerar cuál es la obligación del hombre para con Dios. Lejos de considerar a Dios como un ser tiránico, cruel, y hasta sádico, que se complace en la muerte del hombre, tal como lo presenta la propaganda liberal y atea y ciertas exégesis tendenciosas de la Biblia, el Cura de Ars presenta a Dios como un ser de Amor, cuya unión con Él, precisamente, por la oración y el amor, da al hombre aquello que brota de Dios, que Es, en sí mismo, la plenitud de la perfección en el Ser: Amor Puro, que brota de su Ser divino trinitario, y en esto consiste la felicidad del hombre. Para lograr esta felicidad, el Cura sostiene que el hombre debe hacer dos cosas: orar y amar. Orar, porque es el modo de comunicación con Dios; amar, porque el amor con el que el hombre ore y ame a Dios, es connatural a aquello que brota del Ser trinitario divino, como de una fuente inagotable: Amor.
         Dice así el Cura de Ars: “El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo”[3]. La felicidad “en este mundo” no está en las cosas materiales, ni en el éxito mundano, ni en la satisfacción de las pasiones: está en “orar y amar” y esta felicidad es, a su vez, anticipo de la felicidad eterna.
El Cura de Ars afirma que la oración es –produce o conduce a- la unión con Dios, y puesto que Dios es Amor y el Amor de Dios es en sí mismo dulzura, embriaga con esta dulzura a quien a Él se une por la oración, y como al mismo tiempo Dios es luz, quien a Él se une por la oración, además de embriagarse en esta dulzura de su Amor, es iluminado en sus tinieblas espirituales: “La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable”[4].
Por la oración y el amor, el hombre se une verdadera, real y metafísicamente con Dios, de manera tal de no ser más dos, sino uno en el Amor –no significa esto que el ser del hombre se mezcle o confunda con el Ser de Dios Trino, lo cual es metafísicamente imposible-; es tan profunda esta unión, que el Cura de Ars la compara a la fusión de dos trozos de cera, como consecuencia de la acción del fuego y esto provoca en el hombre una felicidad imposible de comprender: “En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre creatura; es una felicidad que supera nuestra comprensión”[5].
Para el Cura de Ars, por la oración, hecha posible por la gracia de Dios, se establece un intercambio de amor entre Dios y el hombre: el hombre le da a Dios su oración, que es “como el incienso”, el cual “agrada a Dios”, y con la miel; por su parte, Dios le da al hombre su Amor y su dulzura: “Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su bondad, nos ha permitido hablar con él. Nuestra oración es el incienso que más le agrada. Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo”[6].
Por la oración, el hombre recibe “beneficios”, uno de los cuales es el que sus penas “se fundan, como la nieve al sol”: “En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol”[7].
Y como la oración produce tanto dulzor en el alma, como consecuencia del Amor de Dios, el hombre obtiene “otro beneficio”, y es que el tiempo “transcurra aprisa”, rápido: “Otro beneficio de la oración es que hace que el tiempo transcurra tan aprisa y con tanto deleite, que ni se percibe su duración. Mirad: cuando era párroco en Bresse, en cierta ocasión, en que casi todos mis colegas habían caído enfermos, tuve que hacer largas caminatas, durante las cuales oraba al buen Dios, y, creedme, que el tiempo se me hacía corto”[8].
el Cura de Ars pone como modelos de oración a los santos, y los compara con nosotros, que muchas veces o no sabemos “qué hacer ni pedir”, o, si hacemos oración, la hacemos de un modo apresurado, como si quisiéramos “deshacernos de Dios”: “Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros. Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que incluso parece como si le dijeran al buen Dios: “Sólo dos palabras, para deshacerme de ti...”[9].
Por último, el Cura de Ars afirma que “si acudiéramos a la oración con fe y con amor”, obtendríamos lo que pedimos: “Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro”[10]
De esta manera, con sus enseñanzas, el Santo Cura de Ars no solo elimina el estereotipo de cierta exégesis, que muestra a Dios como un ser justiciero, tiránico, que sólo está para castigar al hombre, sino que nos muestra el verdadero Ser de Dios: un Dios que "es Amor" (cfr. 1 Jn 4, 8) y que da de ese Amor a quien se le une con fe y con amor, por medio de la oración. Y por parte del hombre, el Cura de Ars nos enseña qué hacer para ser felices, en esta vida y en la eternidad: cumplir con la dulce "obligación" para con Dios, orar y amar.
           



[1] De la catequesis de san Juan María Vianney, presbítero; “Catéchisme sur la priére”: A. Monnin, “Esprit du Curé d'Ars”, París 1899, pp. 87-89.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.
[7] Cfr. ibidem.
[8] Cfr. ibidem.
[9] Cfr. ibidem.
[10] Cfr. ibidem.

miércoles, 15 de julio de 2015

San Buenaventura y el itinerario de la mente hacia Dios


Nació alrededor del año 1218 en Bagnoregio, en la región toscana; estudió filosofía y teología en París y, habiendo obtenido el grado de maestro, enseñó estas mismas asignaturas a sus compañeros de la Orden franciscana. Fue elegido ministro general de su Orden, cargo que ejerció con prudencia y sabiduría. Fue nombrado cardenal obispo de la diócesis de Albano y murió en Lyon el año 1274. Escribió muchas obras filosóficas y teológicas[1].
Su nombre se debe a un milagro recibido de parte de San Francisco de Asís: siendo niño pequeño, se encontraba gravemente enfermo, por lo que su madre lo llevó ante la presencia de San Francisco de Asís y el santo, al verlo, exclamó: “¡Buena Ventura!”, y el niño se curó inmediatamente[2]. Más tarde, en agradecimiento a San Francisco, San Buenaventura ingresó en la orden franciscana.
Estudió en la universidad de París y llegó a ser uno de los más grandes sabios de su tiempo. Se le llama “Doctor seráfico”, porque “Serafín” significa “el que arde en amor por Dios” y este santo en sus sermones, escritos y actitudes demostró vivir lleno de un amor inmenso hacia Nuestro Señor. Su inocencia y santidad de vida eran tales que su maestro, Alejandro de Alex, exclamaba “Buenaventura parece que hubiera nacido sin pecado original”.
Sin embargo, él no veía en sí mismo sino faltas y miserias y por eso empezó a padecer la enfermedad de los escrúpulos, que consiste en considerar pecado lo que no es pecado por lo que, creyéndose totalmente indigno, empezó a dejar de comulgar. Pero los escrúpulos finalizaron cuando observó en visión que Jesucristo en la Santa Hostia se venía desde el copón en el cual el sacerdote estaba repartiendo la Sagrada Comunión, y llegaba hasta sus labios. Con esto reconoció que el dejar de comulgar por escrúpulos era un error[3] y que, estando en gracia, no debía privarse de la comunión sacramental.
Buenaventura, además de dedicarse a dar clases en la Universidad de París donde se formaban estudiantes de filosofía y teología de muchos países, escribió numerosos sermones y varias obras de piedad que por siglos han hecho inmenso bien a infinidad de lectores. Una de ellas se llama “Itinerario de la mente hacia Dios”. En esta obra enseña que la perfección cristiana consiste en hacer bien las acciones ordinarias y todo por amor de Dios.
En un extracto de esta obra, San Buenaventura sostiene que la contemplación de Cristo crucificado constituye la plenitud para el alma, pues en su contemplación, el alma realiza el “paso”, la “pascua”, de este mundo al otro, es decir, es unido por Cristo y su Espíritu, al Padre –dirá en un momento “pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre”-, aun estando en esta vida, y esto, para San Buenaventura, constituye “el paraíso”; San Buenaventura compara la contemplación de Cristo con el paso del Mar Rojo, pero más que una comparación, la contemplación de Cristo crucificado equivale a un “paso” o “pascua” espiritual, real, mística, sobrenatural, para el alma que aún se encuentra en esta vida. Dice así el santo: “Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escalera y el vehículo, él, que es el propiciatorio colocado sobre el arca de Dios y el misterio oculto desde los siglos. El que mira plenamente de cara este propiciatorio y lo contempla suspendido en la cruz, con fe, con esperanza y caridad, con devoción, admiración, alegría, reconocimiento, alabanza y júbilo, este tal realiza con él la pascua, esto es, el paso, ya que, sirviéndose del bastón de la cruz, atraviesa el mar Rojo, sale de Egipto y penetra en el desierto, donde saborea el maná escondido, y descansa con Cristo en el sepulcro, como muerto en lo exterior, pero sintiendo, en cuanto es posible en el presente estado de viadores, lo que dijo Cristo al ladrón que estaba crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el paraíso”[4].
Para San Buenaventura, la contemplación de Cristo crucificado concede además al alma la Sabiduría divina, como don que el Espíritu Santo da a quien así lo desea, pero para ello, es necesario realizar un “abandono” de toda especulación intelectual y concentrar en Dios la totalidad de nuestro ser, de nuestra existencia, de nuestras aspiraciones; es decir, para recibir el don de la Sabiduría del Espíritu en la contemplación de Cristo crucificado, se necesita no solo “olvidarse” de uno mismo, sino “desear a Dios y su Amor”, como condición necesaria para trascender hacia Cristo, para realizar el “paso”, la “pascua”, y esto implica ya una acción del Espíritu, porque el deseo o el amor de Dios, es ya obra del Espíritu Santo en el alma. Una mente llena de uno mismo y de sus planes, proyectos y preocupaciones existenciales, dificulta y hasta bloquea el don del Espíritu: “Para que este paso sea perfecto, hay que abandonar toda especulación de orden intelectual y concentrar en Dios la totalidad de nuestras aspiraciones. Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo, que Cristo envió a la tierra. Por esto dice el Apóstol que esta sabiduría misteriosa es revelada por el Espíritu Santo”[5].
Ahora bien, la contemplación de Cristo crucificado, que ha sido puesta en el alma como deseo por el Espíritu, acrecienta el ardor de amor por Dios, y esto sucede sin que el alma sepa cómo sucede: “Si quieres saber cómo se realizan estas cosas, pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estudio y la lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos. Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ardentísima pasión, fervor que sólo puede comprender el que es capaz de decir: Preferiría morir asfixiado, preferiría la muerte”[6].
Esta contemplación de Cristo crucificado constituye la “pascua” para el alma, porque por Cristo, el alma recibe el Espíritu Santo, que lo lleva al Padre, y en eso consiste la “pascua” del cristiano, y quien esto hace, está muerto al mundo y a sus atractivos, porque vive solo del Amor de Dios, espirado por Cristo Jesús: “El que de tal modo ama la muerte puede ver a Dios, ya que está fuera de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie puede ver mi rostro y seguir viviendo. Muramos, pues, y entremos en la oscuridad, impongamos silencio a nuestras preocupaciones, deseos e imaginaciones; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, y así, una vez que nos haya mostrado al Padre, podremos decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos aquellas palabras dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con David, diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi herencia eterna. Bendito el Señor por siempre, y todo el pueblo diga: ‘¡Amén!’”[7].
A pesar de sus grandes dotes intelectuales y de los altos cargo eclesiásticos con los que fue investido –llegó a ser nombrado Superior General de los franciscanos y Cardenal-, San Buenaventura nunca tuvo ni el más ligero asomo de soberbia. Tanto es así, que incluso lavaba los platos con los hermanos legos; de hecho, la noticia de su nombramiento como Cardenal le llegó mientras estaba un día lavando platos en la cocina.
Precisamente, es con un hermano lego con el cual San Buenaventura entabla un memorable diálogo, al término del cual el santo nos deja una gran enseñanza, consoladora para quienes no tenemos su altura intelectual; según esta enseñanza, en el cielo, estarán más cerca de Dios los que más amen a Dios, no los que sean más inteligentes. El diálogo, verdadero, fue así: Fray Gil, uno de los hermanos legos más humildes, le preguntó un día: “Padre Buenaventura, ¿un pobre ignorante como yo, podrá algún día estar tan cerca de Dios, como su Reverencia que es tan inmensamente sabio?” El santo le respondió: “Oh mi querido Fray Gil: si una pobre viejecita ignorante tiene más amor de Dios que Fray Buenaventura, estará más cerca de Dios en la eternidad que Fray Buenaventura”. Esto le produjo un gran consuelo al hermano lego, quien dijo lo siguiente: “Fray Gil, borriquillo de Dios, aunque seas más ignorante que la más pobre viejecita, si amas a Dios más que Fray Buenaventura, estarás en el cielo más cerca de Dios que el gran Fray Buenaventura”[8].
Entonces, esto quiere decir que estar más lejos o más cerca de Dios, en el cielo, depende de nosotros, de la medida de nuestro amor, no de la capacidad de nuestro intelecto. ¿Y dónde comenzamos a amar a Dios, para después seguir amándolo en el cielo? Nos lo dice San Buenaventura: comenzamos a amar a nuestro Dios crucificado, Jesús de Nazareth, que por nuestro amor, subió a la cruz y derramó su Sangre y con su Sangre, todo su Amor, sobre nuestras almas.

La simpatía de San Buenaventura



[1] http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Buenaventura_7_15.htm
[3] Cfr. ibidem.
[4] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Buenaventura_7_15.htm
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.
[7] Del Opúsculo de San Buenaventura, obispo, Sobre el itinerario de la mente hacia Dios; Cap. 7, 1. 2. 4. 6: Opera omnia 5, 312-313.
[8] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Buenaventura_7_15.htm

viernes, 26 de septiembre de 2014

San Vicente de Paúl y el amor al prójimo como imagen viviente de Dios Encarnado


         San Vicente de Paúl se caracterizó por sus obras de misericordia corporales, especialmente las que se destinaban a la atención de los más necesitados e indigentes y para ello fundó la Congregación de la Misión, destinada a la formación del clero y también al servicio de los pobres y con la ayuda de santa Luisa de Marillac, fundó con ese mismo fin,la Congregación de Hijas de la Caridad. Esta predilección especial por los más carenciados se puede apreciar en algunas de sus frases: “Al servir a los Pobres se sirve a Jesucristo”[1]; “Por consiguiente, debe vaciarse de sí mismo para revestirse de Jesucristo”[2]; “No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo”[3]; “¡Cómo! ¡Ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él ni sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura”[4]; “Si se invoca a la Madre de Dios y se la toma como Patrona en las cosas importantes, no puede ocurrir sino que todo vaya bien y redunde en gloria del buen Jesús, su Hijo...”[5]; “No puede haber caridad si no va acompañada de justicia”[6]; “Nada más grande que un sacerdote a quien Dios de todo poder sobre su Cuerpo natural y su Cuerpo místico”[7].  Sin embargo, no hay que pensar que estas eran frases vacías, ni dichas para la posteridad en discursos académicos; tampoco fueron pronunciadas en salones de té, o en ruedas de amigos, sino que fueron vividas por San Vicente de Paúl en su vida diaria y practicadas con el ejemplo.
         ¿Por qué se dedicó San Vicente de Paúl con tanto empeño a hacer obras de caridad? Porque San Vicente de Paúl entendió, con sabiduría sobrenatural, que era imposible la salvación, sin amar al prójimo, y sobre todo al prójimo más necesitado. San Vicente de Paúl entendió que lo que Jesús les reprochaba a los fariseos, que eran los hombres religiosos de su tiempo, no era su dedicación a la religión, sino que habían vaciado a la religión de su esencia, el amor y la misericordia, porque se habían apegado a los ritos inventados por los hombres, y se habían olvidado de la compasión, de la caridad, de la misericordia y del amor. San Vicente de Paúl comprendió que no se podía ser religiosos, es decir, ser cristianos, si no se vivía, de modo concreto, el amor al prójimo, y por eso mismo, llevó a la práctica, con obras concretas de misericordia, lo que Jesús dijo en el Evangelio, quien condicionó nuestra entrada en el Reino de los cielos, a nuestro amor de caridad para con nuestros hermanos más necesitados: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; estuve enfermo y me socorristeis; estuve preso y me visitasteis…” (Mt 25, 31-40). Que es también lo mismo que dice el evangelista Juan: “Quien dice que ama a Dios a quien no ve, pero no ama a su prójimo, a quien ve, es un mentiroso” (1 Jn 4, 20).
         Nuestro prójimo es doblemente importante para nuestra salvación: primero, porque es “imagen  y semejanza de Dios”, porque fue creado a su imagen y semejanza, según el Génesis -y en la libertad y el amor está esa semejanza-, pero además, desde la Encarnación del Verbo, cada prójimo es imagen viviente de Dios encarnado, y Dios encarnado, en cierta manera, inhabita en cada prójimo y sobre todo, en el prójimo más desamparado y necesitado, y por eso, todo lo que hacemos a nuestro prójimo, en el bien y en el mal, se lo hacemos a Dios encarnado, que en él inhabita, y Dios nos lo devuelve al infinito, en el bien o en el mal. Esto lo comprendió muy bien San Vicente de Paúl, iluminado por la Sabiduría Divina y, movido por el Divino Amor, se decidió a socorrer a todas las imágenes vivientes de Dios encarnado que encontraba, deambulando en las calles, ateridas de frío, desamparadas, sin nada para comer, expuestas a los más grandes peligros, abandonadas por sus seres queridos y por la sociedad  y, con mucha frecuencia, por quienes ocupan bancos en las Iglesias. Que la conmemoración de San Vicente de Paúl nos recuerde que la religión no es recitar oraciones mecánicamente con los labios, sino elevar plegarias desde lo más profundo del corazón y acompañar esas plegarias con obras de misericordia, corporales y espirituales, atendiendo a los cristos sufrientes del camino, y que sólo así se gana el cielo.




[1] C. IX, 252.
[2] C. XI 342.
[3] C. XII, 262.
[4] CXII, 271.
[5]  C.XIV, 126.
[6] C. II, 54.
[7] http://www.corazones.org/santos/vicente_paul.htm

martes, 5 de agosto de 2014

El Santo Cura de Ars y el secreto de la felicidad


         Al igual que San Agustín, Santo Tomás, y muchos otros hombres santos a lo largo de la historia, el Santo Cura de Ars buscó y encontró el secreto de la felicidad para el hombre, para todo hombre, tanto para esta vida, como para la vida eterna.
Según el Cura de Ars, la felicidad del hombre está en el orar, porque por la oración, el hombre se une a Dios y de Dios recibe su Amor y en el Amor de Dios está toda la felicidad que el hombre puede siquiera imaginar: “El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo.  La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. Es algo muy hermoso esta unión con Dios con su pobre creatura; es una felicidad que supera toda comprensión”[1].
Y si la felicidad del hombre está en la oración, porque la oración lo une con Dios y le comunica su Amor, entonces la fuente inagotable de la felicidad es la Santa Misa, porque allí se dona en Persona, en la Eucaristía, el Dios a quien el hombre busca por la oración como causa de su felicidad, porque en ella, por Jesús, la humanidad se une íntimamente a Dios –por su unión hipostática, personal, con el Verbo- y a su vez Dios se dona en su totalidad, con toda la plenitud de su Ser trinitario y de su Amor trinitario, a la humanidad, causándole una felicidad que supera en grado infinito a la de todos los ángeles juntos y superando en grado infinito a cualquier felicidad que pudiera obtener la naturaleza humana en sí misma, porque la felicidad que le otorga el Verbo es la felicidad misma de la Trinidad. Por esta unión hipostática, lejos de ser un ritualismo vacío y formalista, carente de sentido, o válido solo para mentes pietistas de siglos pasados, la Santa Misa es la oración en la que el hombre se une del modo más íntimo posible con Dios, porque en ella la humanidad se une, a través del Hombre-Dios Jesucristo, del modo más íntimo y sobrenatural posible, porque la humanidad está unida personalmente, hipostáticamente, a la Persona del Verbo de Dios.
Esto quiere decir que si alguien se une a Cristo, en cuerpo y en espíritu, es decir, por la fe y por la comunión eucarística –comulgando el Cuerpo de Cristo y uniéndose a Él por la fe-, es unido a Él por el Espíritu Santo a su Cuerpo y a su Alma, a su Humanidad Santísima, y como su Cuerpo y su Alma están unidos hipostáticamente –personalmente-, a la Persona del Verbo, quien se une al Cuerpo de Cristo glorificado, es decir, quien comulga en gracia la Eucaristía, se une máximamente, de la mayor manera que un hombre mortal se puede unir, a Dios, aquí en la tierra, todavía sin vivir en el cielo, obteniendo así el máximo grado de felicidad, aún sin estar en el Reino de los cielos.
Es por esto que, si el hombre buscara la felicidad en donde ésta se encuentra, es decir, en la Santa Misa, en la comunión eucarística –esto es, en la unión por la fe, con el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor de Jesucristo-, no tendría en absoluto necesidad de recurrir a los falsos dioses del mundo, tal como lamentablemente vemos que lo hace en nuestros días.
Es esto lo que el Santo Cura de Ars quiere decir cuando dice que la felicidad del hombre está en la oración.




[1] Catechisme sur la priére, A. Monnin, Esprit du Curé d’Ars, Paris 1899, 87-89.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos


         La Divina Piedad ha establecido que la Iglesia celebre un día en el que, de modo especial, se eleven oraciones a lo largo y ancho del mundo, para pedir por quienes, habiendo muerto en la gracia de Dios, deben sin embargo pagar sus penas para poder pasar al Reino de la eterna felicidad, la Casa del Padre. Es doctrina de la Iglesia Católica que, inmediatamente después de morir, el alma va ante la Presencia de Dios, a recibir su Juicio Particular. Una vez delante de Dios, toda la vida de la persona pasa delante de sus ojos y ve, con suma claridad, a la luz de Dios, sus actos buenos y malos, y ve sobre todo el momento de la muerte, en qué estado estaba su corazón en el momento de morir. El alma sabe si al momento de morir su corazón estaba en estado de gracia plena, o si estaba en gracia pero con pecados veniales, o si estaba en pecado mortal. De acuerdo a lo que ve en sí misma, a la luz de Dios, sabe cuál es su destino eterno, y ella misma lo pide ante la Divina Justicia: el alma sabe que si estaba en estado de gracia plena, le corresponde ir al cielo, para estar delante de Dios, que es la Gracia Increada, porque “lo semejante atrae a lo semejante”, y en este caso el alma ve que, por el estado de gracia que hay en ella, posee en sí misma la participación al Amor, la Luz, la Gracia, la Alegría infinita de Dios Uno y Trino y atraída por Dios Trinidad, pide ser introducida en el seno de Dios Trino, esto es, el cielo, por toda la eternidad. Esta clase de almas, llamadas “beatas” o “felices”, no necesitan estrictamente oraciones, porque están ya plenamente salvadas, así que no son las destinatarias de las oraciones de la Iglesia en este día. Por el contrario, a estas almas se les reza como a santos, pidiendo por su intercesión para obtener gracias para los que aún vivimos en esta tierra y en este mundo.
De otro modo sucede para quien, por libre y soberana decisión, eligió morir en estado de pecado mortal: al contemplar, también a la luz de Dios, por un lado, la inmensidad del Amor Divino que es Dios en sí mismo, y al contemplar la enormidad y negrura del pecado mortal con el que murió en su corazón, el alma se da cuenta que, en ese estado, es imposible permanecer delante de Dios, porque nada tienen que ver la Bondad y santidad infinitas que es Dios en sí mismo, con el Pecado y su malicia, y por lo tanto, el alma sola pide, ante la Justicia Divina, ser excluida para siempre de la amorosa Presencia de Dios, recibiendo lo que libremente eligió al morir con el pecado mortal, es decir, el infierno, la eterna condenación, en donde no hay redención y en donde el pecado permanece para siempre con aquel que lo eligió en vida como su fiel compañero. Tampoco son destinatarias de la oración de la Iglesia esta clase de almas, porque ya no hay redención posible y porque si Dios les llegara a conceder la gracia de la conversión, la rechazarían con aversión, porque ya es imposible para estas almas desear otra cosa que no sea el pecado, el apartamiento de Dios y la eterna condenación.
Las que sí son destinatarias de la oración de la Iglesia son en cambio las almas que, habiendo muerto en gracia de Dios, deben sin embargo purgar sus penas, porque no lo hicieron en esta vida, o no lo hicieron de modo suficiente, a través de mortificaciones, ayunos, penitencias, obras de caridad, oración. El alma se contempla a sí misma en gracia, pero con la necesidad de purificarse en el Amor, por lo cual no pide ni el cielo, adonde todavía no puede ir, porque es muy imperfecta en el Amor, ni tampoco el infierno, adonde no le corresponde ir, porque no está en estado de pecado mortal; pide en cambio ser conducida, cuanto antes, al Purgatorio, para purificarse del todo por medio de las llamas del Divino Amor y así empezar a gozar de una vez y para siempre de ese Amor, del cual está separada por sus imperfecciones. Este tercer grupo de almas, las de los Fieles Difuntos que murieron en gracia pero necesitan ser purificadas por el Amor de Dios en el Purgatorio, es el destinatario, propiamente hablando, de las oraciones de la Iglesia en el Día de los Fieles Difuntos.
La Iglesia, por medio de la Comunión de los Santos, puede dar alivio a estas almas que, por sí mismas, no pueden hacer nada, puesto que ya no pueden hacer obras buenas meritorias para salir del Purgatorio, pero sí lo pueden hacer, por ellas, implorando al Divino Amor, los miembros de la Iglesia Militante, es decir, aquellos que nos encontramos en estado de “viadores”, es decir, de “paso” en esta vida. 
¿Cómo ganar indulgencias para estas Benditas Almas del Purgatorio? Visitando piadosamente una Iglesia u oratorio el Día de los Fieles Difuntos y rezando un Padrenuestro y un Credo, aunque también se puede hacer esta visita, con el consentimiento del Ordinario, el domingo anterior o posterior, o en la Solemnidad de Todos los Santos. La otra forma es, desde el 1 al 8 de noviembre, visitar piadosamente un cementerio (aunque sea mentalmente) y rezar pidiendo por los difuntos.
Para ganar una indulgencia plenaria, además de querer evitar cualquier pecado mortal o venial, hace falta cumplir tres condiciones: Confesión sacramental; Comunión Eucarística; Oración por las intenciones del Papa.
Rezar por los Fieles Difuntos es una preciosísima obra de caridad, encomendada encarecidamente por el Amor Divino; es una muestra de amor sobrenatural el rezar por quien ha fallecido y necesita del alivio del ardor de las llamas del Purgatorio (recordemos que la intensidad del dolor es similar a la del Infierno, pero con la esencial diferencia de que en el Purgatorio el sufrimiento es gozoso, por así decirlo, porque se tiene pleno conocimiento de que finalizará algún día, y ese día será el inicio de la Eterna Bienaventuranza).

Quienes oren por las Benditas Almas del Purgatorio, a la par de acortar el tiempo de purificación de los Fieles Difuntos, acortan al mismo tiempo su propio Purgatorio, porque la obra de misericordia consiste en que, con nuestras oraciones y buenas obras, les alcanzamos la Sangre de Jesucristo, que de esa manera apaga las llamas ardientes del Purgatorio y les concede alivio, lo cual será aplicado también para nosotros, en caso de necesitarlo, desde el día de nuestra muerte, es decir, si vamos al Purgatorio.

martes, 20 de agosto de 2013

San Bernardo y el amor a Dios


          De acuerdo a los escritos de San Bernardo sobre el amor, no existe ser humano que no pueda darle algo a su Creador, y ese algo es, precisamente, amor: "Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la creatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que Él le da"[1]. creado por amor, por el Amor, y para el Amor, el hombre posee en sí mismo, en su alma, una cualidad que no la posee ninguna otra creatura del universo visible, y es la capacidad de amar. El hombre ha sido creado "a imagen y semejanza" de Dios, y es parte esencial de ese ser "imagen y semejanza" de Dios (cfr. Gn 2, 7), el poder crear actos de amor. Es decir, Dios crea al hombre por amor, a su imagen y semejanza, la cual consiste en estar dotado de la capacidad de crear actos de amor. De esta manera el hombre, para devolver el amor que Dios puso en el acto de su creación, lo único que tiene que hacer es devolverle algo -siempre será una infinitésima parte, insignificante, en relación al acto creador de Dios, pero al menos es algo- de ese amor, creando en sí mismo un acto de amor a Dios. Por este motivo, el mandamiento de la Ley de la Caridad de Jesucristo, no es algo impuesto artificialmente al hombre, ni es algo que el hombre no pueda o no sepa hacer, o no quiera hacer: el amor a Dios está como sellado en su esencia y por esto no hay algo más natural para el hombre que amar a Dios. Esto también nos hace ver que nadie puede excusarse de amar a Dios, porque está en su esencia humana, y es así que puede hacer un acto de amor a Dios tanto un mendigo como un multimillonario, un pobre o un rico, un hombre de raza blanca, o negra, o de cualquier raza, porque el amar a Dios no es algo extrínseco a la naturaleza humana, sino algo inherente a ella. De esto se también que al condicionar nuestra entrada a los cielos -y por lo tanto, nuestra salvación eterna-, al cumplimiento del Primer Mandamiento -"Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo"-, Jesús no solo no nos pide nada imposible, sino que nos concede la llave para la felicidad, tanto en esta vida como en la otra, porque como vemos, hemos sido creados por el Amor para el Amor, para amar, tanto a Dios como al prójimo, que es su imagen viviente en la tierra.
          Por supuesto que esta tendencia natural del hombre a amar a Dios -y a su imagen viviente, el prójimo-, puede no solo ser sofocada y disminuida, sino bloqueada e incluso pervertida, al amar algo o alguien que no sea Dios y, por el Amor de Dios, a su imagen viviente, el prójimo.  Pero esta "capacidad", que se pone en acto como consecuencia del pecado original,  no es una excusa para no amar a Dios, porque esta permanece aún en estado de pecado y, lo más grandioso, se potencia al infinito por medio de la gracia divina, y de tal manera, que el hombre se vuelve capaz de amar a Dios con su mismo Amor, con el Amor mismo con el cual Dios se ama a sí mismo desde la eternidad.



[1][1] San Bernardo Abad, Sermones, sobre el Cantar de los cantares, Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense, 2, 1968, 300-302.

jueves, 30 de mayo de 2013

Santa Juana de Arco, arquetipo de héroe y santo, modelo de amor a Dios y a la Patria



Santa Juana de Arco nació en día de la Epifanía de 1412, cerca de Champagne, Francia. Se caracterizó por su gran bondad y por su laboriosidad en el hogar, pero nunca aprendió a leer ni a escribir.
Los vecinos de la familia, en el proceso de rehabilitación de la santa, dejaron testimonios conmovedores de la piedad y ejemplar conducta de la joven. Tanto los sacerdotes que la conocieron como sus compañeros de juegos, atestiguaron que le gustaba ir a orar a la Iglesia, que recibía con frecuencia los sacramentos, que se ocupaba de los enfermos y era particularmente bondadosa con los peregrinos, a los que más de una vez, cedió su lecho. Según uno de los testigos “era tan buena, que todo el pueblo la quería”.
Santa Juana era todavía muy niña cuando Enrique V de Inglaterra invadió Francia, asoló Normandía y reclamó la corona de Carlos VI. Francia se hallaba en aquel momento dividida por la guerra civil entre los partidarios del duque de Borgoña y el duque de Orleáns, de suerte que no había podido organizar rápidamente la resistencia. Por otra parte, después de que el duque de Borgoña fue traidoramente asesinado por los hombres del delfín, los borgoñeses se aliaron con los ingleses, que apoyaban su causa. El duque de Bedford, regente del monarca inglés, prosiguió vigorosamente la campaña y las ciudades cayeron, una tras otra, en manos de los aliados. Entre tanto, Carlos VII, o el delfín, como se insistía en llamarle, consideraba la situación perdida sin remedio y se entregaba a frívolos pasatiempos en su corte.
A los catorce años de edad, Santa Juana tuvo la primera de las experiencias místicas que habían de conducirla por el camino del patriotismo hasta la muerte en la hoguera. Primero oyó una voz, parecía hablarle de cerca, y vio un resplandor; más tarde, las voces se multiplicaron y la joven empezó a ver a sus interlocutores, que eran, entre otros, San Miguel Arcángel, Santa Catalina y Santa Margarita. Poco a poco, le explicaron la abrumadora misión a la que el cielo la tenía destinada: ¡Ella, una simple campesina debía salvar a Francia! Para no despertar la cólera de su padre, Santa Juana mantuvo silencio. Pero, en mayo de 1428, las voces se hicieron imperiosas y explícitas: la joven debía presentarse ante Roberto de Baudricourt, comandante de las fuerzas reales, en la cercana población de Vaucouleurs. Santa Juana consiguió que un tío suyo que vivía en Vaucouleurs, la llevase consigo. Pero Baudricourt se burló de sus palabras y despidió a la doncella, diciéndole que lo que necesitaba era que su padre le diese unas buenas nalgadas.
En aquel momento, la posición militar del rey era desesperada, pues los ingleses atacaban Orleáns, el último reducto de la resistencia. Santa Juana volvió a Domrémy, pero las voces no le dieron descanso. Cuando la joven respondió que era una campesina que no sabía ni montar a caballo, ni hacer la guerra, las voces le replicaron: "Dios te lo manda."  Incapaz de resistir a este llamamiento, Santa Juana huyó de su casa y se dirigió nuevamente a Vaucouleurs. El escepticismo de Baudricourt desapareció cuando recibió la noticia oficial de una derrota que Santa Juana había predicho; así pues, no sólo consintió en mandarla a ver al rey, sino que le dio una escolta de tres soldados. Santa Juana pidió que le permitieran vestirse de hombre para proteger su virtud. 
Los viajeros llegaron a Chinon, donde se hallaba en monarca, el 6 de marzo de 1429; pero Santa Juana no consiguió verle sino hasta dos días después. Carlos se había disfrazado para desconcertar a Santa Juana; pero la doncella le reconoció al punto por una señal secreta que le comunicaron las voces y que ella transmitió sólo al rey. Ello bastó para persuadir a Carlos VII del carácter sobrenatural de la misión de la doncella. Santa Juana le pidió un regimiento para ir a salvar Orleáns. El favorito del rey, la Trémouille, y la mayor parte de la corte, que consideraban a Santa Juana como una visionaria o una impostora, se opusieron a su petición. El rey decidió enviar a Santa Juana a Poitiers a que la examinara una comisión de sabios teólogos.
Al cabo de un interrogatorio que duró tres semanas por lo menos, la comisión declaró que no encontraba nada que reprochar a la joven y aconsejó que el rey se valiese, prudentemente, de sus servicios. Santa Juana volvió entonces a Chinon, donde se iniciaron los preparativos para la expedición que ella debía encabezar. El estandarte que se confeccionó especialmente para ella, tenía bordados los nombres de Jesús y de María y una imagen del Padre Eterno, a quien dos ángeles le presentaban, de rodillas, una flor de lis. La expedición partió de Blois, el 27 de abril. Santa Juana iba al a cabeza, revestida con una armadura blanca.
A pesar de algunos contratiempos, el ejército consiguió entrar en Orleáns, el 29 de abril y su presencia obró maravillas. Para el 8 de mayo, ya habían caído los fuertes ingleses que rodeaban la ciudad y, al mismo tiempo, se levantó el sitio. Santa Juana recibió una herida de flecha bajo el hombro. Antes de la campaña, había profetizado todos estos acontecimientos, con las fechas aproximadas. La doncella hubiese querido continuar la guerra, pues las voces le habían asegurado que no viviría mucho tiempo. Pero La Trémouille y el arzobispo de Reims, que consideraban la liberación de Orleáns como obra de la buena suerte, se inclinaban a negociar con los ingleses. Sin embargo, se permitió a Santa Juana emprender una campaña en el Loira con el duque de Alencon. La campaña fue muy breve y dio el triunfo aplastante sobre las tropas de Sir John Fastolf, en Patay. Santa Juana trató de coronar inmediatamente al delfín. El camino a Reims estaba prácticamente conquistado y el último obstáculo desapareció con la inesperada capitulación de Troyes.
Los nobles franceses opusieron cierta resistencia; sin embargo, acabaron por seguir a la santa a Reims, donde, el 17 de julio de 1429, Carlos VII fue solemnemente coronado. Durante la ceremonia, Santa Juana permaneció de pie con su estandarte, junto al rey. Con la coronación de Carlos VII terminó la misión que las voces habían confiado a la santa y también su carrera de triunfos militares.
Santa Juana se lanzó audazmente al ataque de París, pero la empresa fracasó por la falta de los refuerzos que el rey había prometido enviar y por la ausencia del monarca. La santa recibió una herida en el muslo durante la batalla y el duque de Alencon tuvo que retirarla casi a rastras. La tregua de invierno que siguió, la pasó Santa Juana en la corte, donde los nobles la miraban con mal disimulado recelo. Cuando recomenzaron las hostilidades, Santa Juana acudió a socorrer la plaza de Compiegne, que resistía a los borgoñones. El 23 de mayo de 1430, entró en la ciudad y ese mismo día organizó un ataque que no tuvo éxito. A causa del pánico, o debido a un error de cálculo del gobernador de la plaza, se levantó demasiado pronto el puente levadizo, y Santa Juana, con algunos de sus hombres, quedaron en el foso a merced del enemigo. Los borgoñeses derribaron del caballo a la doncella entre una furiosa gritería y la llevaron al campamento de Juan de Luxemburgo, pues uno de sus soldados la había hecho prisionera. Desde entonces hasta bien entrado el otoño, la joven estuvo presa en manos del duque de Borgoña. Ni el rey ni los compañeros de la santa hicieron el menor esfuerzo por rescatarla, sino que la abandonaron a su suerte. Pero, si los franceses la olvidaban, los ingleses en cambio se interesaban por ella y la compraron, el 21 de noviembre, por una suma equivalente a 23,000 libras esterlinas, actualmente. Una vez en manos de los ingleses, Santa Juana estaba perdida. Estos no podían condenarla a muerte por haberles derrotado, pero la acusaron de hechicería y de herejía. Como la brujería estaba entonces a la orden del día, la acusación no era extravagante. Además, es cierto que los ingleses y los borgoñeses habían atribuido sus derrotas a conjuros mágicos de la santa doncella.
Los ingleses la condujeron, dos días antes de Navidad, al castillo de Rouen. Según se dice sin suficiente fundamento, la encerraron, primero, en una jaula de acero, porque había intentado huir dos veces; después la trasladaron a una celda, donde la encadenaron a un poyo de piedra y la vigilaban día y noche. El 21 de febrero de 1431, la santa compareció por primera vez ante un tribunal presidido por Pedro Cauchon, obispo de Beauvais, un hombre sin escrúpulos, que esperaba conseguir la sede arquiepiscopal de Rouen con la ayuda de los ingleses. El tribunal, cuidadosamente elegido por Cauchon, estaba compuesto de magistrados, doctores, clérigos y empleados ordinarios. En seis sesiones públicas y nueve sesiones privadas, el tribunal interrogó a la doncella acerca de sus visones y "voces", de sus vestidos de hombre, de su fe y de sus disposiciones para someterse a la Iglesia. Sola y sin defensa, la santa hizo frente a sus jueces valerosamente y muchas veces los confundió con sus hábiles respuestas y su memoria exactísima. Una vez terminadas las sesiones, se presentó a los jueces y a la Universidad de Paría un resumen burdo e injusto de las declaraciones de la joven. En base a ello, los jueces determinaron que las revelaciones habían sido diabólicas y la Universidad la acusó en términos violentos.
En la deliberación final el tribunal declaró que, si no se retractaba, debía ser entregada como hereje al brazo secular. La santa se negó a retractarse a pesar de las amenazas de tortura. Pero, cuando se vio frente a una gran multitud en el cementerio de Saint-Ouen, perdió valor e hizo una vaga retractación. Digamos, sin embargo, que no se conservan los términos de si retractación y que se ha discutido mucho sobre el hecho. La joven fue conducida nuevamente a la prisión, pero ese respiro no duró mucho tiempo.
Ya fuese por voluntad propia, ya por artimañas de los que deseaban su muerte, lo cierto es que Santa Juana volvió a vestirse de hombre, contra la promesa que le habían arrancado sus enemigos. Cuando Cauchon y sus hombres fueron a interrogarla en su celda sobre lo que ellos consideraban como una infidelidad, Santa Juana, que había recobrado todo su valor, declaró nuevamente que Dios la había enviado y que las voces procedían de Dios.
Según se dice, al salir del castillo, Cauchon dijo al Conde de Warwick: “Tened buen ánimo, que pronto acabaremos con ella”. El martes 29 de mayo de 1431, los jueces, después de oír el informe de Cauchon, resolvieron entregar a la santa al brazo secular como hereje renegada. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, Santa Juana fue conducida a la plaza del mercado de Rouen para ser quemada en vida. Cuando los verdugos encendieron la hoguera, Santa Juana pidió a un fraile dominico que mantuviese una cruz a la altura de sus ojos. Murió rezando. Invocaba al Arcángel San Miguel, al cual siempre le había tenido gran devoción e invocando el nombre de Jesús tres veces, entregó su espíritu al Señor. La santa no había cumplido todavía los veinte años. Sus cenizas fueron arrojadas al río Sena. Más de uno de los espectadores debió haber hecho eco al comentario amargo de Juan Tressart, uno de los secretarios del rey Enrique: “¡Estamos perdidos! ¡Hemos quemado a una santa!”.
Veintitrés años después de la muerte de Santa Juana, su madre y dos de sus hermanos pidieron que se examinase nuevamente el caso, y el Papa Calixto III nombró a una comisión encargada de hacerlo. El 7 de julio de 1456, el veredicto de la comisión rehabilitó plenamente a la santa. Más de cuatro siglos y medio después, el 16 de mayo de 1920, Juana de Arco fue solemnemente canonizada por el Papa Benedicto XV[1].
Mensaje de santidad de Santa Juana de Arco

En un siglo caracterizado por la ideología atea y globalista, que busca hacer desaparecer el amor a Dios y a la Patria, Santa Juana de Arco es un precioso y valioso ejemplo de cómo amar, hasta el extremo de dar la vida, tanto a Dios como a la Patria: a Dios, por ser Él quien es, Dios de majestad infinita; a la Patria, por ser la Patria un regalo del Amor divino.
Pero esta muestra de amor a Dios y a la Patria no surge en Santa Juana por sí misma, sino que le es dada, como un don, por el cielo, y su mérito está en su docilidad a la gracia, aun cuando el camino que se le presentaba era el del sacrificio de la propia vida y el ser acusada de sacrílega y blasfema, hasta el punto de perder la vida por falsas acusaciones luego de un juicio inicuo.
Santa Juana ama a su Patria, a la cual rescata con la ayuda sobrenatural del cielo, y la prueba de la ayuda del cielo está en que cuando el cielo no la ayuda, fracasa en sus empresas militares, y ahí es cuando es capturada.
Santa Juana ama a Dios y a sus ángeles y santos y da testimonio público de Jesucristo, porque cuando recibe las locuciones de San Miguel Arcángel y de los santos, se muestra dócil a ellos y obedece a sus órdenes, obediencia mediante la cual obtiene resonantes triunfos sobre sus enemigos. La lucha contra los enemigos terrenos de la Patria, que amenazan su existencia, representa la lucha contra los enemigos del alma, las “siniestras potestades de los aires”, que amenazan la vida del alma buscando la eterna condenación.
Santa Juana enarbola con amor y valentía el estandarte que el cielo le manda confeccionar: los nombres de Jesús y de María y una imagen del Padre Eterno, a quien dos ángeles le presentan, de rodillas, una flor de lis. El estandarte, que flamea victorioso al viento, es una representación del corazón de Santa Juana: por acción de la gracia, en el corazón de Santa Juana de Arco inhabitan Jesús y María, y ella misma está representada en la flor de lis, cuya belleza y aroma agradan a Dios Padre y a sus ángeles.
Santa Juana de Arco no sabía leer ni escribir, pero sin embargo poseía la sabiduría venida de lo alto, pues sabía discernir entre el Bien y el mal y su alma pura y cristalina por la acción de la gracia santificante, era capaz de escuchar las voces del cielo, voces que la guiaron, por el camino del amor y de la fidelidad a Dios y a la Patria, a lo más alto del cielo.
Santa Juana cumplió fielmente la misión que Dios le encomendó: ser en la tierra la conductora de un ejército victorioso, y para eso le envió como instructor y guía al Príncipe de la Milicia celestial, San Miguel Arcángel, cuya protección siempre invocó, hasta momentos antes de espirar.
Santa Juana imitó a Jesús, ya que dio la vida por Dios, por su Patria y por sus compatriotas, cumpliendo con su gesto las palabras de Jesús: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”. También como Jesús, que siendo Dios en Persona y por lo tanto Tres veces Santo, fue acusado falsamente de estar inspirado por Beelzebul, Santa Juana, estando en estado de gracia santificante, fue acusada falsamente de hechicería y brujería, pero al igual que Jesús, que triunfó sobre el infierno en la Cruz, así Santa Juana triunfó sobre sus enemigos, “las potestades siniestras de los aires”.
Santa Juana siguió fielmente el camino de la Cruz, en la imitación de Jesús, porque compartió con Jesús el amargo sabor del abandono y de la traición de aquellos mismos por quienes daba su vida, participando de esta manera de la traición que sufrió Jesús a manos de Judas Iscariote, ya que de la misma manera a como Jesús fue vendido por treinta monedas de plata, así Santa Juana fue comprada por 23.000 libras esterlinas, pero así como Jesús fue reconocido como el Hijo de Dios, Tres veces Santo, luego de su muerte, al dar la lanzada el soldado romano y exclamar: “Verdaderamente, este era el Hijo de Dios”, así también Santa Juana, luego de ser quemada en la hoguera, fue reconocida como santa, tal como lo expresó Juan Tressart, secretario del Rey Enrique: “¡Hemos quemado a una santa!”.
Se mantiene fiel en todo momento a Jesús y a la Iglesia, y por esa fidelidad, se muestra capaz de vencer a los enemigos de su Patria y liberarla, pero también por esa fidelidad soporta la traición y el juicio inicuo que la conducen a la hoguera, y por esa fidelidad a Cristo y a su Iglesia en la hora de la prueba, de la tribulación y del dolor, es premiada con la corona de la gloria eterna en los cielos. Santa Juana es así ejemplo de amor a Dios y a la Patria, y constituye un glorioso arquetipo de héroe y de santo para todas las generaciones.
Santa Juana se mantiene fiel a Jesucristo hasta la muerte, porque pide al verdugo morir elevando sus ojos a Cristo crucificado, y expira luego de invocar su nombre por tres veces, para luego pasar a la vida eterna y seguir entonando el dulce Nombre de Jesús, Dios Tres veces Santo.


[1] Cfr. Alan Butler, Vidas de los Santos de Butler, Vol. II, Collier’s International, México 1964.