San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".
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lunes, 21 de septiembre de 2020

El Padre Pío y los estigmas de Cristo

 


          Una de las características más notorias del Padre Pío, además de su extraordinaria vida de santidad, son los estigmas visibles de Cristo, que llevó durante casi toda su vida en sus manos, sus pies y su costado. Debemos preguntarnos qué es lo que significan estos estigmas y porqué los llevó el Padre Pío, para que no queden estos en una mera curiosidad.

          Ante todo, hay que decir que los estigmas no son un producto de la mente o el espíritu del Padre Pío, ya que es imposible que el ser humano se los provoque a sí mismo, a voluntad: como tales, son un don de Dios, por medio de los cuales quiso hacer partícipe, al Padre Pío, de modo extraordinario, del misterio de su Pasión redentora. Es decir, los estigmas son un don divino, por medio de los cuales Dios hizo que el Padre Pío participara, lo más cerca que una creatura humana puede hacerlo, de su Pasión con la cual salvó a la humanidad. Por otra parte, hay que decir que los estigmas, siendo verdaderos, eran también dolorosos, lo cual significa que cuando le aparecían, el Padre Pío sufría intensamente los mismos dolores de Jesucristo en la Cruz y, al igual que Cristo, ofrecía estos dolores, movido por el Amor de Dios, para la conversión de los pecadores y la salvación de las almas.

          De modo particular, el Padre Pío sufría con mayor intensidad el dolor de los estigmas durante la celebración de la Santa Misa, porque la Santa Misa es la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario, que es el lugar en donde el dolor de Jesús en sus heridas alcanzó su máxima intensidad.

          Pero hay algo más que debemos tener en cuenta con relación a los estigmas y es que, al igual que Cristo, el Padre Pío no sólo experimentaba el dolor de la transfixión y del lanzazo en el costado, sino que también experimentaba el Amor de Dios, Amor por el cual Cristo permitió ser herido y sufrió los dolores de la crucifixión. Dolor, pero no solo dolor, sino Amor y Amor Divino, es lo que experimentaba, con máxima intensidad, el Padre Pío, en cada Santa Misa, al llevar en su cuerpo los estigmas de Cristo.

          Nosotros no tenemos los estigmas de Cristo, pero al participar de la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, pidamos la gracia de vivir la Santa Misa con dolor espiritual por nuestros pecados y los del mundo entero, y con amor de agradecimiento al Cordero de Dios, que por nuestro amor y por nuestra salvación, se inmola de forma incruenta cada vez, en el Santo Altar Eucarístico.

viernes, 3 de octubre de 2014

El significado de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús

         

    Una inmensa mayoría de católicos desconoce o malinterpreta la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Muchos piensan que se trata de una devoción puramente sentimentalista, basada en afectos pasajeros, o que está reservada a señoras de edad, integrantes de cofradías propias de siglos pasados, destinadas a desaparecer, puesto que ya no tienen lugar en una época como la nuestra, caracterizada por el avance de la ciencia, de la técnica y de la tecnología. Precisamente, una devoción sensiblera, anticuada, y sentimentalista, en una época de la historia dominada por la razón tecnológica y cientificista, no tiene razón de ser, y es lógico que quede relegada a señoras mayores de edad, ancladas en el pasado y nostálgicas de un catolicismo anticuado, deudor de unas formas de las que precisamente debe desligarse, para poder sobrevivir en el mundo actual.
         Sin embargo, quienes así piensan, son quienes desconocen por completo el verdadero sentido y significado de las apariciones del Sagrado Corazón de Jesús, y lo hacen, porque en el fondo, desconocen al Sagrado Corazón de Jesús, es decir, desconocen por completo a Jesús, el Hombre-Dios. Si conocieran a Jesús, jamás podrían decir que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús es una devoción sensiblera, sentimentalista, o pasada de moda; por otra parte, si conocieran al Sagrado Corazón de Jesús, las cofradías estarían repletas de fieles de todas las edades, desde niños que apenas están comenzando a hacer uso de la razón, pasando por jóvenes y adultos, hasta ancianos a punto de morir. Si los católicos conocieran verdaderamente la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, las iglesias rebosarían de fieles, y no se encontrarían vacías o semi-vacías, como en la actualidad.
         Pero para saber de qué se trata la devoción, es necesario recordar lo que el mismo Sagrado Corazón le dijo a Santa Margarita en su primera Aparición, el 27 de diciembre de 1673, en Paray-le-Monial, en Francia, cuando Santa Margarita tenía 26 años de edad y llevaba 14 meses de profesa. En esa primera aparición, Jesús le dijo: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres y por ti en particular que, no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Ardiente Caridad, le es preciso comunicarlas por tu medio y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos Tesoros que te estoy descubriendo, los cuales contienen las Gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición”. En estas palabras, hay ya demasiados elementos para advertirnos de que no se trata de una mera devoción sensiblera: por un lado, Jesús, el Hombre-Dios, le declara todo el Amor de su Divino Corazón, tanto hacia ella, como hacia toda la humanidad, lo cual quiere decir, hacia todos y cada uno de nosotros: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres”, y le dice también que no es tanto ese amor, que no puede contenerlo y que quiere darlo a comunicar, porque se trata de un Amor divino, lo cual es, por definición, un Amor eterno, infinito, celestial, sobrenatural, incomprensible e inagotable, y la ha elegido a Santa Margarita para darse a conocer: “no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Ardiente Caridad, le es preciso comunicarlas por tu medio y manifestarse a todos”.
Pero el Sagrado Corazón agrega después una revelación que nos advierte que el Amor de Dios, además de comunicarnos su Amor, nos quiere salvarnos de un peligro cierto, y ese peligro, no es el peligro de la inseguridad, de la inflación, de la escasez de alimentos, sino de algo infinitamente más grave: es el peligro de la eterna condenación: “(Mi Divino Corazón) contiene las Gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición”. Aquí se encuentra uno de los elementos fundamentales de la devoción al Sagrado Corazón, y que hace que esta devoción, lejos de ser una devoción sensiblera y sentimentalista, destinada a viejitas piadosas y anticuadas, esté destinada a toda la humanidad, y que sea una devoción recia y viril, y que el que no quiera ser devoto del Sagrado Corazón, o el que lo desprecie y no quiera ser abrasado por las Llamas de Amor que envuelven al Sagrado Corazón, se vea gravemente expuesto a ser envuelto, para siempre, por las llamas azulinas del Infierno.
Otro elemento de la devoción al Sagrado Corazón, es que Jesús elige a quienes son los más inútiles a los ojos del mundo, y eso es lo que le dice a Santa Margarita: “Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo Obra Mía”. Y esto lo hace, para que no nos ensoberbezcamos y pensemos que valemos algo, puesto que, como dice Jesús, “nada” podemos, sino es por Él: “Nada podéis hacer sin Mí.” (…).
Por último, el que es devoto del Sagrado Corazón, recibe a cambio, como Santa Margarita, al mismo Sagrado Corazón de Jesús, como le pasó a Santa Margarita: “Me pidió después el corazón y yo Le supliqué que lo tomase. Lo tomó y lo introdujo en Su Corazón adorable, en el cual me lo mostró como un pequeño átomo que se consumía en aquel Horno encendido. Lo sacó de allí, cual si fuera una llama ardiente en forma de corazón y lo volvió a colocar en el sitio de donde lo había tomado”. A nosotros no se nos aparece de esa manera, pero en la comunión eucarística, nos entrega su Sagrado Corazón Eucarístico, y a cambio, nosotros le entregamos nuestro pobre corazón, que es pequeño como un grano de arena y negro y duro como una roca.


Por último, el que quiera verdaderamente saber cómo es la verdadera devoción al Sagrado Corazón de Jesús, debe pedir unirse a los dolores de la Pasión de Jesús, y pedirle experimentar sus penas y sus amarguras, para ser, junto con Él, y unido a la Virgen de los Dolores, corredentor de la humanidad, porque el Sagrado Corazón de Jesús busca, así como buscó en Getsemaní  a los apóstoles, que se unieran con Él en la oración del Huerto, almas que quieran unirse con Él en el sacrificio redentor de la cruz: “Busco una víctima para Mi Corazón, que quiera sacrificarse como hostia de inmolación en el cumplimiento de Mis Designios”. Y esta unión con el Sagrado Corazón, la puede hacer cada uno, en el Santo Sacrificio del Altar, en la Santa Misa, uniéndose a Jesús, que renueva sobre el altar, su Santo Sacrificio de la cruz. En esto consiste la verdadera devoción al Sagrado Corazón de Jesús: unirse a Él, como víctima, como hostia de inmolación, en la Santa Misa, que es la renovación incruenta del Santo Sacrificio de la cruz, para reparar por los pecados del mundo”.

martes, 16 de septiembre de 2014

Santos Cipriano y Cornelio, mártires


Los Santos Cornelio, Papa, y Cipriano, Obispo, junto a la Virgen y el Niño.
Miniatura del Siglo XVII en un libro de heráldica alemán

San Cipriano, obispo de Cartago, murió decapitado el 14 de septiembre del año 258, durante la persecución del emperador Valeriano. Junto con el Papa Cornelio fueron mártires porque dieron sus vidas y derramaron su sangre, como lo dice el mismo Cipriano en una carta a Cornelio, “confesando el nombre de Cristo”[1]. En el caso de estos santos mártires, la confesión de Cristo revistió características particulares, sobre todo la de San Cipriano, según se puede deducir, al leer las Actas de su martirio. En efecto, de su lectura, se puede constatar que mientras San Cornelio se enfrentó a la herejía de los Novacianos[2], San Cipriano, por el contrario, se caracterizó por defender la Santa Misa, al negarse a quemar incienso a los ídolos.
El testimonio de ambos mártires, pero particularmente el de San Cipriano, es particularmente válido para nuestros días, en el que la Santa Misa, que es la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario –por eso se llama “Santo Sacrificio del Altar”- es menospreciada, infravalorada, ultrajada, despreciada, pospuesta, dejada de lado, a cambio de los ídolos del mundo moderno, por la inmensa mayoría de los católicos.
Dice así el Acta de martirio de San Cipriano:
“Juez: “El emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Ud. Qué responde?” Cipriano: “Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A Él rezamos cada día los cristianos”. El 14 de septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez. Este le preguntó a Cipriano: “¿Es usted el responsable de toda esta gente?” Cipriano: “Si, lo soy”. El juez: “El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses”. Cipriano: “No lo haré nunca”. El juez: “Píenselo bien”. Cipriano: “Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar”. El juez Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta sentencia: “Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano: queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada”. Al oír la sentencia, Cipriano exclamó: “¡Gracias sean dadas a Dios!” Toda la inmensa multitud gritaba: “Que nos maten también a nosotros, junto con él”, y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del martirio. Al llegar al lugar donde lo iban a matar Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquias. El santo obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza con un golpe de espada. Esa noche los fieles llevaron en solemne procesión, con antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir para darle honrosa sepultura. A los pocos días murió de repente el juez Valerio. Pocas semanas después, el emperador Valeriano fue hecho prisionero por sus enemigos en una guerra en Persia y esclavo prisionero estuvo hasta su muerte”[3].
Como se lee en las Actas de su martirio, San Cipriano se deja decapitar antes que renunciar a la Santa Misa y antes que quemar incienso a los ídolos, es decir, antes que cometer el pecado de apostasía, todo lo contrario a lo que sucede con ingentes masas de católicos, que se inclinan ante los ídolos neo-paganos del mundo de hoy, ídolos presentados por los medios de comunicación masiva y que a pesar de la estridencia de sus gritos; a pesar del volumen ensordecedor de la música que embota el cerebro y los sentidos de quienes los idolatran, y a pesar de las vestimentas y espejos multicolores con los cuales se disfrazan, son ídolos mudos, sordos y ciegos, que prometen una felicidad vana y pasajera, y que esconden, detrás de una sonrisa de cartón, la amargura, la tristeza y el dolor provocados por la ausencia de Dios, porque el objetivo principal de estos ídolos neo-paganos –fútbol, música, espectáculos, deportes, política, y todo lo que el hombre moderno inventa para olvidarse de Dios-, es apartar al hombre del Domingo y de la Santa Misa.
Por este motivo, el Acta del martirio de San Cipriano, es de suma actualidad y valor para nuestros días, en el que la Santa Misa ha sido dejada de lado por estos ídolos neo-paganos, construidos por los medios masivos de comunicación. Al conmemorar a los Santos Cornelio y Cipriano, pidamos por su intercesión, la gracia de no solo rechazar a los modernos ídolos neo-paganos, sino ante todo y en primer lugar, de saber apreciar y amar, cada vez más, la Santa Misa, el Santo Sacrificio del Altar, hasta dar la vida en sacrificio por el Hombre-Dios, que en la Misa se sacrifica por nosotros, entregando su Cuerpo Sacratísimo en la Eucaristía y derramando su Sangre Preciosísima en el Cáliz, para donarnos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, cada vez que lo recibimos en la sagrada comunión.



[1] Carta 60, 1-2. 5: CSEL 3,691-692. 694-695.
[2] Doctrina rigorista surgida en el seno de la Iglesia en el siglo III, según la cual se debe negar la absolución a los lapsos, ya que afirma que la Iglesia no puede perdonar a los que renegaron de la fe en la persecución. Esta doctrina rigorista fue perdiendo adeptos hasta desaparecer en el siglo VII.
[3] https://www.ewtn.com/spanish/saints/Cornelio_y_San_Cipriano.htm




miércoles, 31 de julio de 2013

San Ignacio de Loyola, el crucifijo y la contrición del corazón

Dentro de la vasta riqueza de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, se encuentra la “fórmula”, por así decirlo, que puede conducir a un alma a elevados grados de perfección. En la Segunda Semana de los Ejercicios, se propone al ejercitante una meditación llamada: “Tres grados de humildad”1, que pueden llamarse indistintamente “Tres grados de santidad” o “Tres grados de perfección”, y son como tres gradas o peldaños -uno supone al otro- mediantes los cuales el alma se eleva de perfección en perfección. Consisten en lo siguiente: en el primer grado de humildad, el alma se decide a “perder el mundo”, es decir, incluso la vida física, “antes que cometer un pecado mortal”. Este grado de humildad cierra las puertas del Infierno, pero dejan entreabierta las puertas del Purgatorio, y no abre las puertas del Cielo. Es la promesa que hace aquel que se confiesa, a Jesús que lo perdona en el sacramento de la Confesión: “Antes querría haber muerto que haberos ofendido”. Aquí, por medio de la oración que reza el penitente antes de recibir la absolución sacramental, el alma se duele ante Dios precisamente por no haber poseído este grado de humildad primero: “antes querría haber muerto que haberos ofendido”: el alma se duele por no haber perdido la vida física antes que haber pecado mortalmente, porque nadie se condena por morirse, pero sí por un solo pecado mortal. Cada vez que nos confesamos, cada vez que acudimos al sacramento de la Penitencia, tenemos la oportunidad de crecer en este primer grado o escalón de humildad.
En el segundo grado de humildad -supone el primero-, el alma está dispuesta a “perder el mundo”, es decir, la vida física, antes que cometer un pecado venial deliberado. Este grado cierra las puertas del Purgatorio, pero tampoco abre las puertas del Cielo.
En el tercer grado de humildad, el alma, que está dispuesta a perder la vida terrena antes que cometer un pecado mortal o venial deliberado, es decir, que ha cerrado las puertas del Infierno y del Purgatorio, se eleva hacia un grado perfectísimo, pero no porque tenga deseos del Cielo, que sí los tiene, sino porque se configura a Cristo crucificado: en este grado, al alma no le importa ni evitar el Infierno, ni evitar el Purgatorio, ni ganar el Cielo: le importa configurarse a Cristo crucificado, y es por esto que el alma elige, por amor, aquello que tiene Jesús en la Cruz: pobreza, humillación, oprobio. En el Tercer grado de humildad, mucho más que cerrarse las puertas del Infierno y del Purgatorio, e infinitamente más que abrirse las puertas del Cielo, se abren para el alma las puertas del Sagrado Corazón de Jesús, su Herida abierta por la lanza, su Corazón traspasado, a través del cual se derrama sobre el alma, por medio de la Sangre de Jesús, como suave bálsamo, el Amor Divino, el Espíritu Santo.
Este camino espiritual de perfección que propone San Ignacio coincide con el propuesto por Santa Teresa de Ávila en su hermosísimo poema: “No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido/ ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte/Tú me mueves, Señor/Muéveme el verte clavado en una Cruz y escarnecido,/muéveme ver tu Cuerpo tan herido,/muévenme tus afrentas y tu muerte./Muéveme, en fin, tu Amor, y en tal manera,/que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/y aunque no hubiera infierno, te temiera./No me tienes que dar porque te quiera,/pues aunque lo que espero no esperara,/lo mismo que te quiero te quisiera/”.
San Ignacio nos propone, entonces, un camino espiritual que, por la gracia santificante, nos conduce a altísimas alturas de santidad, a niveles inimaginables e insospechados, porque nos introduce en el mismísimo Sagrado Corazón traspasado de Jesús. ¿Dónde se puede hacer este Ejercicio Espiritual? ¿Acaso se debe asistir a un retiro espiritual en un convento aislado, que se encuentra a centenares de kilómetros de donde habito? Puede ser, pero este Ejercicio Espiritual de los Tres grados de humildad se realiza, ante todo, a los pies del crucifijo, arrodillados y postrados en amorosa adoración ante Cristo crucificado. Y también en la Santa Misa, llamada Santo Sacrificio del altar, porque es la renovación sacramental, incruenta, del mismo y único Santo Sacrificio de la Cruz.

1Cfr. Ejercicios Espirituales, 164-168.

jueves, 16 de mayo de 2013

San Pascual Bailón




         San Pascual Bailón nació en el año 1592. Hermano religioso de la Orden de los Frailes Menores Descalzos y Patrono de los Congresos Eucarísticos Internacionales, se caracterizó por su gran caridad hacia los hermanos en religión y hacia los pobres, y por su cumplimiento a la perfección de su condición de hermano religioso. Testimonia así a su favor el P. Jiménez, provincial de los alcantarinos: “No recuerdo haber visto jamás una sola falta en el hermano Pascual, aunque viví con él en varios de nuestros conventos y fuimos compañeros de viaje en dos ocasiones. Ahora bien, el cansancio y la monotonía de los viajes dan fácilmente ocasión de descuidarse un poco en la virtud…”[1].
         Pero la característica más sobresaliente de San Pascual era su devoción al Santísimo Sacramento. Ya antes de entrar como religioso, siendo un joven y pobre pastor, cuando no podía asistir a Misa, se arrodillaba a hacer oración durante horas, con la mirada fija en el santuario de Nuestra Señora de la Sierra, donde se celebraba el santo sacrificio. Cincuenta años más tarde, un anciano pastor, que había conocido a Pascual en esa época, fue testigo de que más de una vez, en esas ocasiones, los ángeles llevaron el Santísimo Sacramento al pastorcito con la hostia suspendida sobre un cáliz para que pudiese verla y adorarla[2] (un hecho similar a la Tercera Aparición del Ángel de Portugal en Fátima).
         Una vez ya en el convento, Pascual se destacó también por su amor a la Santa Misa y a la Eucaristía. Sus hermanos en religión lo llamaban “el Santo del Santísimo Sacramento”, porque acostumbraba pasar largas horas arrodillado ante el tabernáculo, con los brazos en cruz. Cuando tenía un momento libre, se dirigía a la capilla y su mayor alegría era ayudar a una misa tras otra, desde muy temprano.
         Llevado por su amor a la Eucaristía, San Pascual compuso oraciones para después de la comunión. Una vez, el beato Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, quedó tan impresionado por la profundidad sobrenatural de estas oraciones, que mandó a pedir una reliquia del santo. Cuando le llevaron la reliquia, el beato le dijo al P. Jiménez, biógrafo de San Pascual: “Padre provincial, las almas sencillas nos están robando el cielo. No nos queda más que quemar todos nuestros libros”. El P. Jiménez le contestó: “Señor, los culpables no son los libros sino nuestra soberbia; eso es lo que deberíamos quemar”.
         San Pascual sufrió también la hostilidad de parte de los protestantes. Había sido enviado a Francia a llevar un mensaje muy importante a un superior de una orden, en pleno apogeo de las guerras de religión. San Pascual cumplió su misión, pero en su viaje de regreso fue apedreado y hostilizado por los hugonotes, recibiendo una herida en el hombro que lo hizo sufrir el resto de su vida.
         San Pascual murió en el convento de Villarreal, un domingo de Pentecostés, a los cincuenta y dos años de edad. Expiró con el nombre de Jesús en los labios, en el momento mismo en el que las campanas anunciaban el momento de la consagración en la misa[3].
         Mensaje de santidad
         San Pascual Bailón era sumamente pobre en su vida como laico, apenas sabía leer y escribir, y en su vida como religioso lego –nunca fue sacerdote- nunca ocupó cargos de importancia en los conventos. Sin embargo, su amor y devoción a la Santa Misa y al Santísimo Sacramento del altar transformaron su vida de un modo inimaginable: su pobreza se convirtió en riqueza, porque Jesús lo hizo heredero del Reino de los cielos, cuya riqueza principal, Jesús en la Eucaristía, supera todo lo que el ángel y el hombre puedan imaginar; su condición de cuasi-analfabeto, que apenas sabía leer y escribir, se convirtió en la más grande sabiduría celestial, sabiduría que rebaja a los más grandiosos tratados humanos a la nada, porque compuso sus conocidas oraciones al Santísimo Sacramento, oraciones caracterizadas no solo por su hermosura literaria, sino por reflejar el amor a Cristo Jesús en el que se enciende el corazón por la comunión eucarística, y la sabiduría celestial que el mismo Cristo Jesús comunica a quien lo recibe con fe y con amor, como San Pascual; si en la tierra nunca ocupó cargos de importancia en la Iglesia Peregrina, el Amor al Santísimo Sacramento lo convirtió, en la Iglesia Triunfante, la Iglesia que adora al Cordero en los cielos, en uno de sus más brillantes y destacados miembros, con tanta luz, gracia, amor y sabiduría, que fue nombrado luego de su muerte Patrono de los Congresos Eucarísticos y de las cofradías del Santísimo Sacramento. Por último, San Pascual amaba el Santo Sacrificio del altar, la Santa Misa, sacrificio en el cual Cristo renueva sacramental e incruentamente su Muerte en Cruz para la salvación de los hombres, y por eso fue que San Pascual murió en el momento de la consagración, en el momento de la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, porque en ese momento Jesús, en premio a su devoción y amor a la Misa, lo llevó a los cielos, en donde San Pascual vive en la eterna alegría que produce la adoración y contemplación cara a cara de Aquel a quien en esta vida adoraba y contemplaba oculto en la Eucaristía, detrás de las apariencias sacramentales del pan y del vino, de Cristo Jesús.


[1] Cfr. Alan Butler, Vidas de los Santos de Butler, Volumen II, México2 1950, 322.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.